Disclaimer: Al final, solo esta idea fue mía.
Novia imperfecta
por MissKaro
Capítulo 35
Haciendo la diferencia
—Decían que ese profesor de inglés es terrible y es cierto —lloriqueó Kotoko en la mesa del almuerzo, ocasionando que, escuchándola, Naoki riera en voz baja.
Dos clases y ella ya se estaba arrepintiendo de decidir por el maestro con la peor fama de estricto en la universidad, sólo porque quería aprender. Sufriría a consecuencia de su elección, por como veía.
—Al menos, tu conocimiento del inglés no es elemental —opinó, y después comió de su arroz frito.
Ella hizo una cara de sufrimiento mirando al cielo, antes de dejar caer la cabeza para contemplar su comida, que comenzó a degustar con una sonrisa.
—Este año será eterno —masculló Kotoko, para luego coger un poco de fideos con sus palillos, concentrándose en su mayor amor, la comida.
Parecía que los problemas, con el estómago lleno, se le olvidaban.
Y no podía sentirse envidioso de que algo la hiciera más feliz que estar con él, era infantil; además, se contentaba con que estuviera bien.
—Naoki-kun, ¿continuarás en el club de tenis? —cuestionó ella, tragando lo que masticaba.
¿Tendría pretendido unirse en esa ocasión?
—Mi acuerdo con Sudou es para los partidos —informó, interrumpiendo su comida.
Ella se rió. —Sudou-san estará feliz de tener a Matsumoto-san solo para él —comentó, con una mirada jubilosa. Él puso los ojos en blanco, aunque asintió.
Observando el rostro de ella, cogió una de las dos servilletas que tenía en su plato y se la ofreció. —Mejilla derecha —dijo, cuando lo miró interrogante, refiriendo a la gota marrón en su pómulo, que un fideo salpicó mientras comía con rapidez.
Eso no cambiaba en Kotoko; perdía la noción de su alrededor al estar enteramente concentrada en sus alimentos, y conseguía quedarse con un poco de ellos en la comisura de su labio o en sus mofletes, que al inflarlos le daban una imagen por demás graciosa.
Ella pasó la servilleta por la zona, con movimientos cuidados, hasta que él asintió al resultado, buscando otro signo fuera de lugar en su cara; pero no lo hubo, en especial con la sonrisa que adornaba su rostro y el brillo que iluminaba sus ojos de avellana, que esperaba no se borrara de nuevo de ellos, menos a su causa.
—Yo me uniré al club de ski con Jinko y Satomi —manifestó ella—, casi no las veo desde que entramos a la universidad; y Nakamura-sensei me aceptó… Y los chicos del club de manga están muy concentrados en su trabajo y su nuevo anime, que aceptaron bien no retenerme en su club. —Ella hizo una mueca—. Aunque quieren convencerme que use su traje y siga siendo su imagen.
Él sonrió de lado, porque no cedería.
—Además, así no llegaré tan temprano a casa y estaré menos tiempo sola por las tardes.
Arrugó la frente ligeramente. —Puedes venir a casa —ofreció, especialmente porque su madre repetía mucho eso, invitándola continuamente; solo el sábado anterior había logrado su cometido.
Kotoko se encogió de hombros. —Estoy acostumbrada y el restaurante está muy cerca para pasar tiempo ahí.
—¿Ese club no descuidará tus clases? —inquirió.
—No —aseguró ella, alzando un puño. —Quiero graduarme de la universidad. Aunque tendré mucha tarea de Comprensión Inglesa —se quejó bajando los hombros.
Negó, divertido por la cara exagerada que hizo.
—Al menos Chris dijo que practicaremos juntas nuestros idiomas —agregó ella, recuperando el ánimo. —Y se ha ofrecido a revisar mis tareas para ayudarme.
—Dime cuando ella no pueda —indicó.
Ella se quedó boquiabierta un momento y asintió, otorgándole una sonrisa.
Kotoko siguió hablando intermitentemente, interrumpiéndose para comer, elaborándose en diferentes temas sin conexión, pero para lo que él ya tenía suficiente práctica, por su costumbre de expresarse de aquel modo y por su capacidad para entender rápido. Más de la mitad eran niñerías de su departamento, que conseguían hacerla a ella entusiasmarse por los diversos acontecimientos en los que la gente se veía envuelta.
Ella lo narraba como uno de esos dramas que le gustaban tanto y estaba seguro que mucho era de su propia creación, o de las jóvenes con quienes se reunía en clase.
La escuchó, respondiendo solo cuando así era necesario, con el pensamiento de que ella le gustaba más así animada como estaba ahora, de la forma en que actuaba siempre, aun cuando alcanzaba a mostrar sus momentos de madurez, donde solo pocos eran capaces de notarlos.
—Kotoko.
Ambos miraron a las chicas pelinegras que estaban junto a la mesa, cargando bandejas de comida.
—¡Sakura, Natsuki! —exclamó su novia.
—¿Podemos coger los asientos libres? No hay mucho sitio.
Asintió, consciente de tener la mirada de Kotoko sobre él, quien afirmó también.
—Ellas son compañeras de curso —señaló Kotoko, sonriéndole a las dos jóvenes.
—Irie Naoki —dijo en tono neutro, inclinando la cabeza en un ángulo corto.
—Izumi Sakura.
—Saionji Natsuki.
La última era la chica con quien más veía a Kotoko, de ojos oscuros, en tanto la otra los tenía claros. Ya en la plática las había mencionado como sus amigas de carrera.
—Gusto en conocerlas —agregó, ignorando la mirada penetrante de la que tenía nombre de cerezo.
—De igual manera —expresó Natsuki.
—Sí, hasta que podemos conocer en persona al novio genio de Kotoko. —Fue lo que comentó la otra, de modo condescendiente, para después sonreír de manera amplia a su novia, observándola con ojos demasiado brillantes y apreciativos, muy parecido a lo que… Ikezawa.
Kotoko pareció ajena al modo en que era contemplada por su compañera, pero él se encontró con los ojos oscuros de la otro estudiante de Trabajo Social, quien asintió imperceptiblemente, confirmándole lo que pensaba.
Encogió los hombros, desinteresado. No le sorprendía que pudiera gustar de alguien como lo era Kotoko, aunque le fuese ajeno a ésta el interés que suscitaba en una persona cercana, que llevaba en silencio su admiración por ella.
Era una pena por la chica que Kotoko fuese su novia y no pensara cederla a cualquier persona interesada en ella. Que se contentara con su amistad.
Su teléfono vibró en su bolsillo, antes de sonar, indicando que debía volver a su edificio.
—Tengo clase —le hizo saber a Kotoko, mientras se levantaba de su asiento.
Ella asintió, agitando su mano a modo de despedida. —Hasta luego, Naoki-kun —enunció entusiastamente.
La miró unos segundos y desvió la vista para inclinar la cabeza hacia sus amigas.
—Cuidado al ir a casa —susurró al pasar junto a ella con su bandeja vacía, obteniendo una aceptación de su parte.
Se alejó para depositar su bandeja y sintió la mirada de alguien encima.
Sus ojos se encontraron con los de Ikezawa, que debía analizar sus movimientos como un halcón; le sostuvo la mirada hasta que el otro brincó, puesto que la inglesa se acercó para besarlo en la mejilla, sonrojándolo y alterándolo.
Él sonrió de lado; como en su caso, ya se imaginaba lo que pasaría con esos dos.
Observó sobre su hombro a Kotoko, que platicaba con sus acompañantes de mesa, y tomó dirección a la salida.
[…]
Kotoko vociferó su mantra, e inmediatamente después Naoki hizo un saque para que la pelota de tenis llegara a ella, quien saltó y la golpeó en derecha con mucho esfuerzo, consiguiendo devolverla a su lado.
Él le dio a la pelota con menor potencia, dirigiéndola muy cerca de donde ella estaba, para que pudiera golpearla y mandarla a su lado. Continuó haciéndolo, aumentando la fuerza y velocidad de sus movimientos, para darle mayor dificultad a Kotoko, a quien se le escapó la pelota después del octavo golpe.
Ella soltó la raqueta y se dejó caer al suelo, extendiendo los brazos y las piernas como si fuese a hacer un ángel de nieve, respirando agitadamente.
Sonriendo, él caminó hasta el final de la red y se apoyó en el palo de ésta, sin un ápice de cansancio en el cuerpo, entretenido por la gran exageración de ella, después de su esfuerzo para seguir un ritmo muy lento.
Ella soltó un chillido excitado y se puso en pie, dando vueltas en brincos a su lado de la cancha, a modo de victoria, celebrando con palabras diversas el haber pasado de los cinco golpes de pelota, su cantidad habitual.
Nadie lo habría creído, pero había mejorado, mínimamente, en dos años. Sabía que nunca podría jugar bien, su avance era menos de lo que haría un principiante; solo que su persistencia había logrado que pudiera darle a la pelota más veces.
Si hacía cálculos, con la probabilidad más en contra, que a favor, le daría diez años para ser oponente a un novato.
No obstante, solo con lo que había obtenido, ella era feliz.
Naoki rodeó la red y extendió la mano para cogerla del brazo cuando pasó por donde estaba, deteniéndola y aproximándola a él rodeando su cintura.
Con la mano apartó de su frente unas de sus hebras ligeramente húmedas por la transpiración, e hizo descender su dedo por el contorno de su cara, cuello y brazo, haciéndola estremecer. Ella se puso en puntas y humedeció sus labios con su lengua, antes de cerrar los ojos. Desde la noche en que volvieron a ser novios, no la había besado, y eso hacía veinticinco días.
Podía pasar sin besarla un tiempo, pero al momento la emoción que irradiaba en su rostro, con su baile de victoria, le tentaba. Y estar solos era la oportunidad perfecta.
Bajó su cabeza a la vez que la ayudaba a cortar la distancia entre los dos, y depositó un beso en la comisura de sus labios; luego cerró los ojos y con su lengua trazó el contorno de su boca, ladeando la cabeza cuando ella abrió los labios. Los suyos se movieron sobre los de ella lentamente y sintió cómo ascendía sus manos hasta su cuello para rodearlo, provocándole un escalofrío al recorrer con sus dedos detrás de su oreja, donde era sensible a su tacto caliente.
Sus sentidos se concentraron en besarla y así pasó largo rato, incapaz de apartarse de ella todavía, sin necesidad de acelerar el ritmo, disfrutando únicamente de la suavidad de su boca rosada, y la emoción que le llenaba las venas con los brazos rodeándola.
Kotoko dejó escapar un suspiro cuando sus labios se despegaron, y ella volvió a unir su boca a la de él, esa vez tratando de dirigir a su propia marcha, haciéndole esbozar una sonrisa sobre su boca, acallando después el quejido cuando no consiguió obtener dominancia.
Ella separó su rostro y resopló con la nariz, ocasionando que los hombros de él se movieran y se riera, divertido, más cuando abrió los ojos y dio con el puchero que hacían sus labios, y la arruga entre sus cejas.
Presionó con un dedo aquel punto en su frente y deshizo su expresión infantil de enfado, apartándose de ella con el asomo de una sonrisa bailando en su boca.
—Sigamos —pronunció, invitándola a dar la vuelta para que recogiera la raqueta.
Ella se cruzó de brazos y le sacó la lengua sobre su hombro, mientras iba al centro de la cancha.
Él solo rió.
[…]
El viernes de su tercera semana de clases llegó muy rápido, y pronto Naoki se hallaba, junto a Kotoko, de camino a la estación, con ella alabando el fin de semana y lo agotador de las clases, sus brazos abiertos.
Ese día ella se había quedado en la biblioteca y su hora de salida había coincidido con la suya; ya en dos ocasiones se había repetido lo mismo.
—No quiero que lleguen los exámenes de mitad de trimestre —pronunció ella, una vez dentro de la estación, cuando llegaron a los molinetes de acceso.
A él, aquello le tenía sin cuidado; ese día había tenido una de sus pruebas cotidianas, y en realidad las evaluaciones no eran muy aparatosas para él, especialmente porque le gustaba lo que hacía.
Pero sabía que para ella difería en ese tema.
Frunció el ceño cuando se proponía despedir de Kotoko, que cogió el mismo rumbo que él para ir a casa.
—¿A dónde vas? Tu línea es hacia el otro lado —dijo—. ¿O ya lo olvidaste? —preguntó en tono de broma.
Por la cara que ella puso, lo hacía adrede, y debía ser otra invitación a su madre.
—Oba-sama quiere que cene con ustedes —comunicó ella—. ¿Está bien para ti? —cuestionó después, con una sonrisa meliflua.
Él suspiró, fingiendo cansancio, y encogió los hombros. —Tengo que aceptarlo —expresó en tono seco, mirándola para que viera que su expresión divertida negaba sus palabras.
Kotoko soltó una risa y le sacó la lengua. Se adelantó a él, dándole la espalda al camino. —Malo —se quejó ella y él la sujetó cuando estuvo por impactar contra una pared, donde debían de doblar.
—No cambias —musitó, negando suavemente con la cabeza. —Cuidado.
Ella puso expresión abochornada y saltó para cogerse de su brazo, sin perder sus buenos ánimos. Exactamente un mes atrás lo había aceptado de nuevo y era increíble que retomara su modo de ser, aunque a veces la encontrara mirándolo detenidamente, como si estuviera esperando alguna muestra de su parte.
Reconocía estar siendo probado, pero a solas con Kotoko, sin público, o en contacto con ella, se encontraba a gusto, y deseaba que la naturalidad de su actuar al estar con ella, le demostrara realmente que hablaba en serio.
Le pesaría el modo en que la daño y toda su historia inicial, solo que lo callaría.
Hicieron el descenso a las escaleras con ella parloteando de una película de amor; hasta que él apresuró el paso, con ella a cuestas por seguir prendada de su brazo, al notar que su transporte estaba detenido y las personas ya habían hecho su descenso.
Las puertas iban a cerrarse.
Kotoko dejó escapar una serie de risas cuando estuvieron dentro del vagón, y él puso sus ojos en blanco, guiándola a un costado. No estaba demasiado lleno a la hora.
Al final, también dejó escapar una pequeña risa.
—Chris está muy decidida en conseguir que Kin-chan le conceda una cita —comentó Kotoko, riendo, momentos después—. Ella me confesó que, después de escapar de su ex prometido, estará en Japón un año para conseguir novio y aprender mejor el idioma; su amor a los dramas japoneses le orilló a aprender. Qué loco, ¿no?
Asintió, rodando los ojos.
—Y Kin-chan le huye en todas partes —dijo ella en tono divertido—, pero Chris asegura que es el amor de su vida; que le envió una foto a su madre y ella piensa que tiene muy buenos gustos.
Él bufó, preguntándose qué pasaba por la cabeza de las mujeres occidentales.
—Su okaa-san es famosa —continuó Kotoko—. Es actriz… y es muy bella. Es de la nobleza. Su otōsan es dueño de un banco… —Ella llevó una mano a su boca, acallando una risa con expresión culpable—. Dice que Kin-chan es un mono.
Á él se le escapó una risotada, encontrando la gracia en la descripción del padre de la inglesa.
Ella no pudo disimular su diversión y se rió mientras él la observaba, pareciendo arrepentida cuando sus carcajadas se mitigaron.
—Chris me agrada —manifestó Kotoko. —Y ella tiene su objetivo bien delimitado. Yo la apoyo. Quiero que ambos tengan su final feliz, como nosotros. Hacen muy buena…
Él se quedó helado mientras ella continuaba hablando, reparando en sus palabras. Sintió alivio, agradecido de escuchar la opinión que tenía de ambos, y de saber que ella estaba contenta a su lado, después de lo ocurrido. Sus acciones debían ser las correctas, y era bueno; no bastaba con saber lo que tenía que hacer, sino llevarlo a cabo; al menos, funcionaba el irla recuperando, y tener una relación estable, sin los pormenores del pasado.
Reprimiendo una sonrisa, siguió escuchándola, en lo que continuaba el trayecto a casa.
[…]
Naoki completó su limpieza bucal en el aseo de la planta baja, luego de un buen rato esperando a que todos lo hicieran, y salió del pequeño cuarto.
Escuchó a su madre y a Kotoko hablar en el salón, al que se dirigió un breve momento para preguntarle si iría a casa y acompañarle, dado que la noche había caído. Su madre había adelantado la hora de la cena, solo para que ella pudiera estar presente y tener la oportunidad de volver.
—¿Regresarás ya a tu casa? —cuestionó, mirando a Kotoko, quien estuvo por asentir, cuando su madre tomó la palabra.
—Kotoko-chan, acompaña un rato a onii-chan. Estudia mucho en su cuarto.
—Pero… —trató de replicar su novia.
—Onii-chan o papá te llevarán después en el auto —convino su madre, sonriendo.
Él se encogió de hombros; también se preguntó por qué insistiría en que lo acompañara, si amaba la compañía de Kotoko, y, sobre todo, que él ocupaba ese tiempo para leer, antes de dormir.
Entonces, mientras su madre hacía entrega a Kotoko de un libro de tejido, la vio darle un guiño. Él tuvo que rolar sus ojos; claro que ella los enviaba con otras intenciones.
Qué atrevido de su parte; en especial, porque tenía toda la planta para él solo, y porque su cabeza estaba puesta en que tuvieran intimidad, con el conocimiento de los demás en casa de lo que podría ocurrir, según insinuaba.
Evitó sonrojarse, pensando en la última vez en que los dos estuvieron a solas allí.
Si su madre supiera.
Pero no iba a tomar esos rumbos, no era imprescindible en su relación, aunque realmente la deseara; se conformaba con ella y esa ocasión había sido un desliz llevado por las fuertes emociones, y no tenían que limitar al aspecto físico lo suyo. Así también, en el futuro habría suficiente oportunidad e iban a ir paso a paso.
Precedió a Kotoko en el camino a su habitación, con el sonido de los pasos de ella como único acompañante, hasta llegar a su espacio personal, donde le indicó que podría entrar, tras abrir.
Ella se sonrojó bajo el quicio de la puerta de su dormitorio, sin avanzar, y él dejó escapar una pequeña risa, consciente de lo que debía pasar por su cabeza.
Se volvió hacia Kotoko, depositando su mano sobre su cabeza, con un movimiento que a los demás asemejaba una caricia.
—Entra —invitó ecuánime, y ella tomó aire, asintiendo, para ingresar cabizbaja. —Ocupa el lugar que quieras.
—Sí —susurró ella, quedándose inmóvil en medio de la habitación, observando a su alrededor.
Él, a propósito, dejó la puerta de su habitación abierta, y caminó después hasta su escritorio, donde tomó lugar y cogió el libro de Farmacología en que estaba concentrado esos días.
Decidió darle su espacio y le dio la espalda, conteniéndose de curiosear lo que estaría haciendo. Ella no se había asomado a su habitación desde que se acostaran y no había tenido oportunidad de que asentara del todo en su cabeza.
Pasados unos momentos, escuchó el ligero sonido del colchón, por lo que pudo más su interés y volteó, para hallarla recostada en su cama, con su copia en miniatura en el pecho y sosteniendo el libro de tejido encima de su cabeza.
La comisura de su boca se arqueó con la imagen y suspiró, retornando la vista a las letras del tomo médico, en el que se concentró por completo.
Mucho tiempo después, cuando los ojos le pesaban un poco, y notando que llevaba un rato sin escuchar el sonido de las páginas desde su cama, le dio una mirada al reloj, dándose cuenta que debía llevarla a casa.
Movió su cabeza circularmente y vio la página en que se quedó, poniéndose en pie.
—Kotoko —llamó, acomodando la mesa.
Al no obtener respuesta, se giró.
—Naoki-kun —musitó Kotoko, en lo que él se acercaba a la cama, para después reparar en que ella se había quedado dormida, con la muñeca a su lado.
Recogió el libro en el suelo y lo colocó en la mesa de noche, antes de poner los ojos en ella.
Tomó el móvil de Kotoko, que descansaba en su pecho, rodeado por su mano, y soltó una risa, al ver una partida de solitario abierta. Lo apagó y lo acomodó sobre el libro, suspirando.
Extrajo su propio móvil de su bolsillo y presionó la pantalla para llamar a Shigeo-san, quien atendió prontamente.
—Buenas noches, oji-san —saludó también.
—¿Qué ocurre? —preguntó su suegro del otro lado.
—Kotoko se quedó dormida en casa.
Del otro lado, Shigeo-san rió. También debía saber de su sueño pesado.
—Aunque no lo creas, me tranquiliza —dijo Shigeo-san—. Hoy el restaurante está algo movido; principalmente porque la clientela ha aumentado desde la presencia de Christine. Cerraremos un poco más tarde; no tendré que preocuparme porque esté sola.
—Entonces no le interrumpo más, oji-san.
—Gracias por comunicarte. Sé que estará bien cuidada. Ten buena noche.
—Le deseo lo mismo. Hasta luego.
Colgó y miró a su novia, antes de maniobrar para acomodarla debajo de las sábanas y ayudarla a encontrarse lo más cómoda que pudiera estar en sus actuales circunstancias. Era un punto favorable que utilizara falda y no pantalones de mezclilla, así que solo tuvo que soltar la liga que sujetaba su cabello, ubicando su cabeza sobre la almohada, en la que ella se acomodó entre sueños.
Se inclinó y depositó un beso sobre sus labios, para ir por sus pertenencias y tomar una ducha, dejando como única luz la lámpara de su mesa de noche.
Diez minutos después, tratando de secar lo más posible su cabello, decidió acostarse también y no retrasar más su sueño.
Cerró la puerta del cuarto y dio vuelta a la cama, para ocupar el sitio de la izquierda. Se acostó, apagando la luz de la lámpara; acomodó su cuerpo boca arriba para dormir y cerró los ojos.
Sin embargo, antes de que el sueño le ganara, la sintió apoyarse a él, con la muñeca colocada entre los dos. Hizo una espiración leve y cogió a la muñeca para depositarla en la mesa a su izquierda, acomodándose nuevamente, esa vez aproximando el cuerpo de Kotoko al suyo, experimentando una sensación de regocijo por tenerla entre sus brazos durante la noche.
Debería esperar mucho para que pasara de nuevo.
Sería paciente.
Con un suspiro, volvió a cerrar los ojos y dejó que el sueño le rindiera.
[…]
La mañana siguiente, Naoki fue despertado bruscamente por su madre, quien parloteaba incesantemente mientras lo movía de los hombros, hasta que él habló haciéndole saber que estaba consciente, obligándola a dar la vuelta a la cama y llamar a Kotoko.
Ella no estaba apegada a él como cuando se durmió, porque en la noche descubrió esa movilización a la que Yuuki se refirió en su diario de observación, la cual hizo que Kotoko pusiera distancia entre los dos en alguna hora de la noche. Sintió que se movió durante unos momentos, pero de ahí en fuera nada fue lo suficientemente brusco como para alterar del todo su sueño.
Afortunadamente por su inquietud nocturna, su madre no los encontró demasiado juntos a esas horas.
Se dio cuenta que no había puesto la alarma para despertarse e ir a su práctica, pero supuso que no tenía gran importancia.
—¿Qué hora es? —preguntó Kotoko desperezándose apenas, mientras él se frotaba los ojos.
—Las diez pasadas —informó su madre, haciéndole parpadear sorprendido.
Se incorporó y corroboró que así era, levantándose de la cama, estirando sus músculos en el proceso.
—Onii-chan, vístete para salir —le pidió su madre, sujetando de la mano a su novia. —Kotoko-chan, tengo ropa para ti, de la mucha que te compré y no te llevaste, vamos.
—¿Por qué el apuro? —cuestionó él, arrugando el ceño.
—Después de que desayunen iremos a un sitio que remodelaron, quiero que lo vean —expresó su madre, haciendo pararse a Kotoko, que caminaba como un zombi.
Él puso los ojos en blanco y cogió sus cosas, alistándose como ella quería. No entendía por qué tanto interés de su madre en un lugar remodelado, pero, con tal de no tenerle insistiendo, acataría sus ridículas órdenes.
Se vistió con vaqueros oscuros y una camisa de color azul, cruzándose con una somnolienta Kotoko en el pasillo de la planta, quien unos segundos lo observó confundida mientras veía su vestido celeste y miraba a su alrededor.
—¿Retrocedí en el tiempo? —inquirió, con las cejas fruncidas.
Él rió. —Avanzaste —musitó, encaminándose a las escaleras al mismo paso que ella.
—¿Eh?
—Te quedaste dormida —explicó, encogiendo los hombros. —Avisé a tu padre.
La miró sobre su hombro, obteniendo una afirmación de cabeza. —¿A dónde vamos? ¿No entrenaremos?
—Una de las ocurrencias de mi madre —comunicó, descendiendo—. Y no entrenaremos.
—Oh.
Ella bostezó.
—Es increíble que tengas sueño después de todo lo que has dormido —observó, haciendo que ella riera.
—Nunca se duerme lo suficiente —sentenció.
Negó y terminó el primer tramo de las escaleras, donde se cruzó con Yuuki, quien puso cara de no saber cuando le cuestionó con la mirada a qué iba la actitud de su madre.
—Buenos días, tonta —saludó su hermano con una risita.
Ella sacó su lengua. —Buenos días, otouto. No te olvides que soy tu onee-san —se burló.
Él se adelantó mientras tenían su pelea infantil y llegó a la primera planta de su casa, acercándose al comedor para tomar su desayuno, tomando asiento justo cuando Kotoko se acercaba corriendo.
—¡Gracias por la comida! —pronunció ella antes de arrasar con sus alimentos.
Él hizo lo propio, a un ritmo más comedido con ella, en lo que su madre paseaba por allí dándoles miradas que le intrigaron de sobremanera.
Ese modo de observarle provocó una pizca de renuencia en su interior, que continuó en todo el camino en coche que realizaron, con su madre en el volante, los demás observando el exterior teniendo las mismas expresiones desconcertadas, mientras él entrecerraba los ojos tratando de pensar qué clase de cosa podría provocar tal entusiasmo y mirada en su progenitora.
Tras media hora de camino, sin mediar palabra, su madre aparcó, en un sitio donde predominaban casas residenciales, donde él no había estado antes.
Sus ojos seguían curiosos a su alrededor, preguntándose exactamente qué clase de edificio podría haber allí… completamente receloso de todo eso.
—Caminaremos un poco —ofreció su madre sonriente, adelantándose para que la siguieran.
El mal presentimiento aumentaba conforme avanzaban por la acera, observando meticulosamente en rededor.
—¡Ya llegamos! —Su madre se detuvo con las manos en alto y él miró sorprendido el punto exacto en que lo hizo, observando una campana en la parte superior de un edificio religioso.
—¿Por qué tenía que venir aquí, Noriko? —Él se giró a la derecha, con un párpado temblando, hacia el padre de Kotoko, que cerró la puerta de su taxi y los miró a todos con cara anonadada.
—¡Por una boda! —exclamó su madre.
Las puertas del templo se abrieron de par en par, dando paso a sus conocidos, que agitaron sus manos, saludándoles.
Una ola de enfado le recorrió y rechinó los dientes, mirando con furia a su madre, quien informaba feliz que había estado planeando encantada el evento.
Semejante descaro.
Sus ojos se apartaron de su imprudente progenitora y se dirigieron a su novia, cuyos orbes marrones refulgían de pánico. Con todo lo que pasó para que la aceptara, pretendía presionarla, presionarlos (porque él quería que finalizaran sus estudios antes de casarse con ella) para unirse en matrimonio.
—¡Okaa-san! —reclamó él, volviendo los ojos a su madre.
—Oba-sama —susurró Kotoko a su costado.
En su periferia, la vio encogida.
Era muy pronto para eso; aunque quería casarse con ella, deseaba hacerlo de un modo diferente… únicamente aceptaría en ese momento, si ella estuviera de acuerdo. Pero, por su lenguaje corporal, en la actualidad estaba muy lejos de darlo.
Si su madre se había equivocado con algo antes, eso lo superaba con creces.
Acortó completamente la distancia a su novia, quien, temerosa lo observó, y se inclinó para hablarle al oído. —¿Quieres hacer una carrera? —murmuró, solo para que ella lo oyera.
Pasaron unos segundos y Kotoko se giró a él, cambiando su expresión a una sonrisa. Después asintió.
Él la cogió de la mano, lo que provocó aplausos emocionados de su madre, a quien enarcó una ceja. Estaría muy ocupada en las próximas horas, pensó con malicia, vengativo.
Dieron un paso hacia su madre, los demás haciéndoles espacio, y la rodeó, mientras ella, a sus espaldas, decía que tenía la ropa lista para todos.
—Vamos —susurró a Kotoko.
Entonces, echó a correr con ella, que le siguió el paso, andando lo más rápido que pudieran para aumentar la distancia entre la locura de Irie Noriko y ellos.
Sin importarles otra cosa, escaparon, escuchando los gritos asombrados de su madre, detrás, llamándolos.
[…]
Tras largo recorrido, Naoki se detuvo, Kotoko imitándole, y ambos respiraron agitados, recuperando el aire después de una larga carrera, que les alejara lo más posible del sitio en que antes estuvieron.
Habían corrido suficiente tramo para que su madre, con la imposición de su deseo, en sus planes, no les diera alcance; además, que estaría muy atareada para cancelar todo lo que había orquestado.
Durante un instante, se sintió ligeramente culpable, pero eso cambió tan pronto como tuvo la seguridad de que era lo correcto para ellos dos no casarse en ese momento, menos con las dudas y el temor que había visto en el rostro de Kotoko. Era claro que ella pensaría, de convencerla ahora, que podía tratarse de algo relacionado a la proposición de su padre, aun cuando le había asegurado que solo fueron unas palabras de parte del mayor.
Dio largas bocanadas de aire y alzó la vista, dándose cuenta que al otro lado de la calle había un parque, en todo su esplendor primaveral. Había un estanque donde nadaban los patos y un par de niños alimentaba a unos cuantos, también se veían personas ejercitándose y a otras andar calmadamente un sábado en mediodía.
—Yo… —Miró a Kotoko. —Ahora mismo… no…
Metió las manos en sus bolsillos. —¿Quieres alimentar a los patos? —preguntó él, como si nada.
Ella se quedó boquiabierta un momento, para después sonreír con una afirmación de cabeza.
—Por ahora soy feliz como tu novia —manifestó sujetándose de su brazo.
Naoki rió en voz baja, aunque sintió agrado de que lo dijera por primera vez.
Cruzaron la calle y se dirigieron a un puesto de venta, dejándola pedir el alimento para los patos mientras extraía su vibrante teléfono de su bolsillo, que apagó sin mirar.
Hicieron la compra y caminaron hasta una banca vacía cerca del estanque, donde se sentaron, ajenos a lo que ocurría en la realidad que habían dejado de lado momentos atrás.
Kotoko, contenta, comenzó a lanzar comida a los patos, y él los contempló, graznando alegres, disfrutando de la calma que aquel instante le transmitía, sintiéndose feliz y pleno.
Sus ojos observaron de soslayo a su novia, quien sonreía entretenida a las aves, y pudo esbozar una sonrisa disimulada. La imperfecta novia para cualquiera, pero indicada para él.
Sin girarse, colocó una mano tras la espalda de ella, sintiendo en sus dedos el roce de su cintura cuando ella aproximó su cuerpo al suyo.
Y, en su compañía, dejó que el tiempo pasara.
NA: Ja,ja, ¿podría pasársele en la cabeza a Irie que Kotoko considerara que él no se lo había pedido? (Tampoco es eso, pero sí una posibilidad).
Queda el epílogo.
adriana bulla: Ay, sabes que tratándose de Kotoko no lo haría sufrir mucho ni se alargaría el dolor ella. También el corazoncito le dice que no lo pase mal. Muchas gracias por tus palabras, me hacen muy feliz. Espero que tú puedas interesarte por otras historias mías. Y, como creo que será la última vez respondiéndote aquí, agradezco mucho que estuvieras atenta a esta historia, me siento muy complacida que te gustara y te animaras a llegar hasta el final. Y lo que me has dicho me halaga demasiado, lo llevo en mi corazoncito. Cuídate mucho, mucho; espero encontrarte de nuevo; si no, éxito.
