-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 35

En el Imperio Uchiha y la vida cortesana, más bien, las rencillas personales, diferencias o problemas de cualquier tipo habitualmente tendían a mantenerse al margen en momentos de importancia y—por así decirlo—recogimiento en que se debía recibir debida y alegremente al Sultan y al Príncipe Heredero que regresaban de su "misión diplomática" a Persia, que había tardado cuanto era necesario, ni más ni menos. Por ello es que, y con el debido formalismo, las hijas y esposa del Sultan, así como la Haseki del Príncipe Heredero, se encontraban presentes en los aposentos del Sultan, esperando la llegada del soberano y el Príncipe.

Encabezando la fila se encontraba, evidentemente, la Sultana Sakura, acompañada de su pequeña hija, la Sultana Hanan, así como por la Sultana Aratani, inmediatamente junto a ella se hallaba la primogénita de la Sultana Sakura, la Sultana Mikoto, la mujer más poderosa del Imperio tras su madre, envidiada y deseada por muchos, casi a la par que su progenitora. Portaba un sencillo vestido de seda Porráceo, de escote en V ribeteado en encaje, y con tres botones de igual color que cerraban el escote, y mangas ajustadas y afianzadas desde los hombros a las muñecas, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de tafetán negro plagada de bordados de hilo de oro, emulando ondas y ramas con pequeñas flores de cerezo, cerrada bajo el busto formando un escote en V y abierta bajo el vientre. Su largo cabello rosado se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, exponiendo así su cuello que solo conseguía resaltar un par de pendientes de cuna de oro con un rubí en el centro y ribeteado alrededor por un serie de diminuto diamantes, a juego con el velo granate que sostenía la corona de oro en forma d flores de cerezo, ribeteada en diamantes y que mutaba en una especie de broche frontal que hacia caer un diminuto rubí en forma de lagrima por sobre su frente.

A continuación de su hermana mayor se encontraba la Sultana Shina, seria pero hermosa como siempre a pesar de su indisoluble animadversión, —a la par de la que sentía su madre—no dejándose afectar por ella. Lucía un agraciado pero sencillo vestido de seda caoba, calzado a su envidiable figura, de escote corazón con seis botones de diamante ambarino desde el escote hasta la altura del vientre, así como de mangas ajustadas hasta los codos que continuaban en holgadas mangas de gasa que llegaban a cubrir las manos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de igual color, de mangas ajustadas hasta los codos y abierta en el frente, escasamente unida por sobre el escote y a la altura del vientre por obra del encaje salmón claro que se encontraba engarzado; en los costados de la chaqueta, en los bordes de las mangas y en secciones inespecíficas de la tela, emulando ondas, pétalos y flores de cerezo enlazadas con el soberbio emblema de los Uchiha. Su largo cabello rubio castaño se encontraba totalmente suelto pero peinado de tal modo que sus cadenciosos rizos cayeran totalmente sobre su hombro derecho, adornando por una corona de oro, diamantes y cristales, emulando un compleja estructura en forma de ondas y flores de jazmín –que sostenía un velo burdeo, —a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima.

Junto a sus dos hermanas e igualmente hermosa relucía la Sultana Sarada, cuyo embarazo no hacía más que enaltecer su temple sereno que la asemejaba tanto a su madre pese a las destacables diferencias físicas como lo eran el color de cabello y los ojos, porque de otro modo todos daban por hecho de que bien podría ser su hermana gemela. Aun esbelta y sumamente agraciada, la Sultana portaba un sencillo vestido morado de escote bajo y cuadrado, así como mangas holgadas de seda que llegaban a cubrirle las manos, sencillo en realidad pero del cual apenas y eran visibles la mitad de las mangas y la falda ya que sobre este se hallaba una chaqueta de seda indigno, cerrada por sietes botones de plata desde el escote hasta la altura del vientre, así como de mangas ajustadas y cortas hasta los codos, abierta bajo el vientre, el centro del corpiño, el borde del escote y las mangas, así como el dobladillo de la falda estaban enmarcados por un escueto pero favorecedor bordado y encaje de escamas de plata que aportaban un aspecto riguroso e igualmente digno. Su largo cabello azabache, plagado de ricos, se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, resaltando su cuello que se encontraba adornado por una cadena de plata de la cual pendía un dije de una de diamante con un zafiro homólogo en su centro, a imagen de un par de pendientes a juego, sobre su cabeza se hallaba una corona de plata, escamas de oro, diamantes, al igual que zafiros y topacios emulando una estructura en forma de espinas y diminutos capullos de rosa.

-¡Atención!, ¡Su Majestad el Sultan Sasuke y su Alteza el Príncipe Daisuke!- anuncio el heraldo, desde el exterior.

En tanto las puertas se hubieron abierto, por obra de los leales jenízaros en el exterior y, como dictaba la tradición, de forma inmediata todos los presentes—a excepción de la Sultana Sakura—bajaron la cabeza y reverenciaron al Sultan y al Príncipe Heredero que ingresaron en la habitación y cuya mirada de forma inmediata se centró en la Sultana Haseki—que había ejercido como Regente del Sultanato—que se mantenía digna e insuperable, acaparando sus miradas indudablemente.

El Sultan se mostraba soberbio y orgulloso y como siempre, portando—por sobre la usual túnica color negro de cuello alto y manga ajustadas, cerrada en torno al cuello por un broche de cuna de oro con una piedra de ónix en el centro—un Kaftan de terciopelo negro plagado de estampados gris claro que representaban el emblema de los Uchiha y cuyos contornos estaban trazados en hilo cobrizo, de mangas holgadas y abiertas desde los hombros que se destacaban por unas marcadas hombreras de cuero color negro, y ceñido al cuerpo por un fajín de seda color negro en complemento a las botas de cuero de usanza militar que resultaba escasamente visibles. Sasuke se sintió devuelto a la vida en cuanto vislumbro el rostro de esposa, ero de igual modo el puñal de la culpa se clavó en su pecho al ver que no lucia tan radiantemente alegre como en ocasiones anteriores, a su regreso, solo se veía simplemente alegre pero en una medida muy estricta como recordatorio de que nada de lo que él había hecho estaba olvidado aun, a pesar del tiempo.

Pero y si bien el protocolo hacia que el Sultan fuese el centro de la atención, en todo momento, la atención del poderosísimo gobernante del Imperio que gobernaba al mundo no estaba centrada en nadie salvo en su Sultana Haseki, a quien había añorado cada minuto, hora, día y semana desde su partida; contando ansiosamente los instantes que faltaran para volver a estar ante ella que era su paz absoluta en el mundo, su ancla, su razón de vivir, su conciencia y su justicia. Temía no poder jamás ser merecedor de su perdón, pero pese a ello se consolaba a si mismo con la esperanza de que—con paciencia y tiempo—pudieran dejar los hechos tristes atrás, no tenían por qué permitir que el amor que sentían el uno por el otro desapareciera por acontecimientos mucho más importantes que ellos mismos.

Había mantenido una regencia simplemente ecuánime y perfecta en ausencia del Sultan y el Príncipe Heredero, eso el pueblo bien podía afirmarlo de viva voz y Sakura se enorgullecía de saber que—a pesar de su sufrimiento, -podía hacer felices a aquellos que no tenían nada y que la necesitaban como la luna que era el emblema elemental que representaba al Imperio y la capital. Sabía que, quizá, cuando ya estuviese muerta el mundo fuese a darle múltiples nombres, pero en lugar de suceder en esas circunstancias, estaba sucediendo ahora; ángel, Regina, Sultana de Sultanas, Madre Sultana, guía, emisaria, enviada de Kami…jamás, en su humilde y sencillo pasado, había llegado a siquiera concebir tener un grado de semejante importancia en el mundo: había pasado de ser una insignificante joven griega a ser la mujer y Sultana más poderosa del mundo. La Sultana Haseki del Imperio, —además de Regente del Sultanato—portaba un sencillo vestido crema claro, de escote redondo con tres botones de perla en caída vertical desde el escote hasta la altura del vientre, y mangas ajustadas hasta los codos que se abrían cuales lienzos de gasa, exponiendo sus brazos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta turquesa metálico plagada de bordado de hilo de plata e incrustaciones de diamante, cerrada escasamente a la altura del vientre, permitiendo así que ambas capas del conjunto fueran plenamente visibles. Su largo cabello rosado se encontraba prolijamente recogido tras su nuca, exponiendo su cuello alrededor del cual se hallaba el infaltable emblema de lo Uchiha que complementaba una hermosa corona de oro blanco, diamantes, zafiros y topacios que emulaba rosas azules y que combinaban a la perfección con un par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima.

-Majestad, bienvenido- saludo Sakura cordialmente, plasmando una sonrisa sutil en su rostro pero que en consonancia con su belleza la hacía lucir indudablemente perfecta y angelical.

-Sakura, te extrañe tanto- el Uchiha hubo acortado irrefrenablemente las distancias entre ambos, besándole la frente y contentándose con la serenidad de su rostro que no presto objeción alguna. La mirada del Sultan descendió a la pequeña figura de pie junto al costado de la falda de su Haseki, manteniendo su diminuta mano aferrada a la de s madre a quien se asemejaba tanto. -Hanan, que grande estas- Sasuke se inclinó para cargar a su hija menor que se abrazó fuertemente de él, soltando la mano de su madre.

El tiempo había favorecido muy bien a todos los miembros de la familia Imperial, desde el gallardo Sultan, a su Sultana Haseki, y si alguien merecía ser alagada por su belleza singular e inocente—después de la Sultana Sakura, —esa personita sin lugar a dudas era la Sultana Hanan que con ya casi dos años daba obvias señales de ser tan hermosa en el futuro como lo eran cada una de sus hermanas; con sus rizos rosados se arremolinaban hasta la altura de sus hombros, adornados por una diadema de tipo cintillo hecha de oro y decorada con una serie de pequeños diamantes color rosa sobre su estructura. Su infantil y diminuta figura se encontraba cubierta por un vestido rosa claro de escote cuadrado, y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas como lienzos para replicar parte de la imagen de su progenitora y hermanas, por no hablar de la chaqueta a juego sobre el vestido, plagada de bordados de oro, cerrada por dos botones de perla, formando un escote en V, y abierta a la altura del vientre.

-Te extrañe, papá- garantizo la pequeña Sultana con su dulce voz infantil cargada de cariño, sorprendiendo a su padre que no pudo evitar dirigir su mirada hacia su Haseki que sonrió ante su sorpresa.

-Aprendió a hablar en tu ausencia- explico Sakura, sin partir la mirada de su hija que fue cuidadosamente depositada sobre el suelo, intercalando su mirada desde su gallardo padre a su hermosa madre.

-Como siempre, me pierdo las mejores cosas- ironizo Sasuke, acariciando cuidadosamente la mejilla de su hija que sonrió aún más, inflando sus infantiles mofletes en un gesto totalmente enternecedor.

La mirada que la Sultana Haseki le dirigió al Sultan era lo que se esperaba que fuera, —por protocolo—una sonrisa escasa y sin demasiado interés sobre su persona, en cierto modo era correcto decir que parecía expresar una milésima del amor que—en su día—se habían profesado el uno al otro y que ahora solo parecía unilateral, pero pronto ese tema paso a segundo plano en cuanto la mirada de la Sultana se llenó de calidez y una radiante sonrisa se plasmó en sus labios, única y exclusivamente dedicada a su hijo Daisuke que respetuosamente sostuvo una de sus manos y le beso los nudillos caballerosamente con un gesto tanto afectuoso como protocolario.

El Príncipe tan digno y sereno como era en presencia de su madre, portaba un riguroso y elegante—por sobre la usual túnica azul oscuro de cuello y mangas ajustadas—Kaftan azul marino de cuello alto, marcadas hombreras, y sin mangas, la tela estaba plagada de estampados dorados que replicaban el emblema de los Uchiha, el centro del Kaftan, el cuello y las hombreras eran totalmente lisos, y el centro del pecho—bajo el cuello—contaba con una serie de seis botones de oro en grupos horizontales—de tres—en caída vertical, entrelazados entre sí por hilos de oro replicando el contorno de un moño, y finalmente el Kaftan se ceñía a su cuerpo por un fajín de seda azul oscuro que creaba la elegante caída del Kaftan y ocultaba ligeramente la mayor parte de la visión que eran las botas de cuero color negro, de usanza militar.

-Daisuke, mi sol- saludo Sakura, sonriéndole radiantemente a su hijo, antes de ser abrazada por él y recibir a cambio su calor maternal tan entrañable para él. -Hay una sorpresa que se querrás ver- advirtió la Haseki, haciendo que el abrazo que rompiera lentamente, percatándose de ipso facto de la extrañeza en la mirada de su hijo. -Aratani- nombro Sakura.

Sonriéndoles una vez más a su madre y a su hermana menor, la mirada de Daisuke no tardo en trasladarse hacia su Haseki que sabía se hallaba junto a su madre, como siempre, pero resulto sorpresivo para el Príncipe verla tal esbelta y hermosa como recordaba, habiendo dejado atrás—aparentemente—el embarazo en que él recordaba haberla despedido hacía meses atrás. Aratani no consiguió evitar sonreír ligeramente ante la sorpresa visible en los ojos de su príncipe, y es que la figura de la Haseki del Príncipe destellaba no solo encanto sino madurez en aquel sencillo vestido de seda aguamarina de escote corazón, con cinco botones de diamante desde el escote hasta la altura del vientre, de mangas ajustadas hasta los codos y abiertas frontalmente cuales lienzos de seda que se arremolinan a los costados de sus brazos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de tafetán teal, con marcadas hombreras y escasamente cerrada a la altura del vientre, con una serie de bordados que replicaban el emblema de los Uchiha en puntos inexacto de la tela, por no aludir el grueso margen de encaje dorado que replicaba flores de cerezo en los bordes y el dobladillo de la chaqueta, así como en las hombreras. Su largo cabello castaño cual marea de rizos caían libremente sobre sus hombros y tras su espalda, enmarcando el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello, y ocultando parcialmente un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima que complementaba la una sencilla corona de oro, esmeraldas y diamantes que emulaba flores de cerezo y capullos de rosa, manteniendo sus manos cruzadas sobre su vientre, Aratani lucia su sortija de matrimonio, casi siendo la homologa de la Sultana Sakura, de pie a su lado.

La belleza de su Haseki resultaba inexplicable para Daisuke ya que no había recibido noticia alguna que comunicase el hecho de que el parto ya había tenido lugar, pero cualquier pregunta que el Príncipe Heredero pensase en hacer fue respondida de forma inmediata en tanto Aratani volteo ligeramente su mirada hacia las tres doncellas que se hallaba tras ella, cada una cargando un bebé en concreto; el primero vestía de azul oscuro y era el vivo reflejo de su difunto hermano Kagami, adorable y llamativo, el segundo vestía de verde y unidos a sus propios rasgos se encontraban los de Aratani en una conjunción perfecta, peor la tercera—que claramente era una niña—vestía de rosa y era una amalgama de belleza entre su madre y Aratani, con los mismos brillantes orbes esmeralda que lo observaron con curiosidad. Había esperado un Príncipe, o un a Sultana, o incluso tal vez dos hijos, ¿pero tres…? Eso era más de lo que hubiera llegado a concebir siquiera, era abrumadoramente sorpresivo y perfecto.

-¿Tres?, ¿Cómo…?- enormemente feliz, Daisuke no pudo evitar tartamudear, no cabiendo en su sorpresa.

-El parto se adelantó- esclareció Sarada, de pie junto a Aratani, -ya que todo salió perfectamente quisimos darte la sorpresa- explico la Uchiha, sonriendo con ternura a sus pequeños sobrinos y sobrina.

Había sido un parto muy largo que no solo había ocupado toda la noche en que había iniciado sino también parte de la mañana del día siguiente; afortunadamente Aratani había salido ilesa de todo y en un par de días se había recuperado por completo, y gracias a ello es que el Palacio estaba rebosante de felicidad ante lo que significaba la expansión del imperio de tal manera. Volteando hacia sus doncellas es que Aratani cargo cuidadosamente al que era su primogénito entre sus brazos, besándole la frente antes de tendérselo a Daisuke que sonrió con esperanzas renovadas, siendo cálidamente observado pro su madre que se sentía tranquila al volver a verlo feliz.

-Y vaya sorpresa- rió Daisuke, mucho más interesado en su única Sultana, la pequeña bebé de rizos castaños y obres esmeralda que Aratani mantuvo en sus brazos.

-Baru, Kagami y Sumiye- nombro Aratani, intercalando su mirada hacia sus hijos respectivamente.

El parto había sucedido hacia ya casi dos semanas, y ante la ausencia del Sultan y el Príncipe Heredero es que la Sultana Sakura se había hecho cargo de nombrar a los pequeños Príncipes y Sultana; Baru y Kagami en honor a os de sus hijos, hermanos de Daisuke, y que habían sido jóvenes y nobles miembros del Imperio; y Sumiye, una variación del nombre Safiye que significaba puro, eran nombres más que adecuados para os nuevos integrantes del Imperio y que—Kami mediante—habrían de mantener le poderío que tanto se luchaba por mantener, eso y la piedad. Daisuke asintió sin reproche alguno, besando la frente de Aratani que le sonrió, feliz y plena por estar junto a él nuevamente, como tanto había deseado. Sasuke paso tras Daisuke, situándose frente a Sarada que le sonrió radiantemente a su padre, entrelazando sus manos on la de él, leal l hombre más importante en su vida por más que—al igual que su madre, hermanas y hermanos—tuviera mucho que reprocharle al Sultan del mundo.

-Sarada, me entere de la noticia, Kami mediante esta vez será una Sultana- oro Sasuke, no por ello menos orgulloso de su nieto Izuna.

-Es lo que también deseo sinceramente, padre- secundo Sarada, feliz de volver a ver a su familia reunida tras aquella separación que había durado unos breves meses.

Una última mirada fue todo cuanto padre e hija hubieron necesitado para saber que sus sentimientos iban en consonancia, o al menos hasta que la atención del Sultan se hubo dirigido a su segunda hija, aquella que relucía como él sol, que siempre mantenía su dignidad y que indudablemente tenía una moral y justicia tan elevada que solo podía compararse a la de su madre, homologa en su belleza y por cuyas venas corría la misma sangre griega, la misma libertad de espíritu, un espirito absolutamente indomable, el mismo ímpetu y la misma fuerza y tolerancia con que dirigirse a todos cuantos la vieran y rodearan. Una Sultana en todo, pero esencialmente reconocida por su título y su linaje sanguíneo.

-Shina- nombro Sasuke, haciendo que el temple de seguridad de su hija se marcara aun más, -me dejas sin palabras- elogio el Uchiha ante la elegancia demostrada por su hija que jamás era menos de lo que todos esperaban que fuera una Sultana.

-Creí que solo el Sultan del mundo tenía esa habilidad- bromeo Shina, plasmando una sonrisa en su rostro.

Luciendo absolutamente impecable como siempre es que la mirada de Sasuke no pudo evitar dirigirse hacia su hija mayor, la segunda mujer más poderosa del Imperio, una que mantenía sus sentimientos aislados de la política y que su vez le permitían a Sasuke saber que ninguna de sus hijas—aparentemente—le guardaba recelo alguno pese a las difíciles decisiones que había tenido que tomar. Mikoto era muy parecida a Sakura, indudablemente, pero del mismo modo era diferente de ella en muchas cosas, y eso aparentemente era una virtud en su caso.

-Mikoto- Sasuke no aparto su vista del rostro de su primogénita, acariciándole cariñosamente los hombros y recibiendo a cambio una luminosa e incomparable sonrisa.

-Padre- sonrió Mikoto, ignorando todo prejuicio que tuviera hacia el Sultan, solo viendo a su padre en aquellos momentos, tal y como habían hecho sus hermanas, -gracias a Kami ambos regresaron con bien, nuestras oraciones siempre se dirigieron hacia ustedes- garantizo la pelirosa con absoluta sinceridad.

-Creo que por ello volvimos antes de lo planeado- comento Sasuke, haciendo sonreír aún más a su hija que fingió desinterés pese a que eso no fuese su estilo, solo para amenizar aún más la instancia.

Si bien el Imperio Uchiha se ceñía a tradiciones muy marcadas, estipuladas por un protocolo rigurosísimo que hacia competencia a los protocolos regidos en corte europeas como la española; eso no significase que las personas pertenecientes a la familia real fueran seres frívolos, egoístas y maliciosos que pensaran en sí mismos. Claro, desde el exterior mucho se podía inferir por meras apariencias, pero la familia Imperial en el Sultanato que se ejercía era una familia unida, cálida, que si bien no se expresaba en público interinamente estaba llena de amor, todos se mantenían unidos entre sí, unidos por lazos invisibles, por ello es que esa reunión tenía lugar ante el regreso de un Sultan o miembro de la dinastía. En décadas y siglos pasados no era tan necesario cumplir con ese formalismo, pero para la Sultan Haseki, Sultanas y Príncipes no era una obligación, pero una representación de lo unidos que estaban entre sí, como la familia que eran. Bajo aquellas circunstancias y pensamientos es que resulto aún más extraño para Sasuke reparar en la ausencia de su hijo Shisui; más no dándole importancia a la ausencia de su hija Izumi que bien podía encontrarse en su propio Palacio, ¿pero Shisui…? Eso no tenía explicación.

-¿Shisui no vino?- afirmo Sasuke, más bien, inquieto con respecto a ello.

-No se siente bien- justifico Mikoto de forma inmediata.

-Nada grave espero- infirió el Uchiha, esperando que no estuvieran encubriendo u ocultando algo de él.

-En absoluto- determino Sakura, de manera inquebrantable, para así dar por zanjado el tema, -pero prefirió recuperarse y estar presentable adecuadamente- se expresó la Haseki con un tono respetuoso ero igualmente cortante, observando a Sasuke a los ojos.

Si bien hasta ahora había sido discreta, responsable, perfecta, callada y servicial; Sakura no pudo evitar proteger a su hijo con su propia autoridad en la corte, quizá no ostentase el poder sanguíneo que Sasuke tenía por derecho de nacimiento, pero ella era la imagen del Sultanato, el pueblo siempre estaba con ella, ¿Qué importaba Sasuke? Ella era quien sostenía ese Imperio y se había sacrificado como fiel testimonio de ello. Si Sasuke quería mantenerse en el trono, debía tener su beneplácito en absolutamente todo, de lo contrario desaparecería, y Sakura no tenía reparos en admitirlo. De la forma más ligera posible es que un débil sonrisa se plasmó en los labios de Mikoto y Shina que se hubieron observado de sola sayo entre sí, inclusive Sarada que por apariencias de mantuvo imperturbable sabía que más que lealtad hacia el Sultan, hora todas ellas—inclusive Daisuke y Aratani, así como Naruto Uzumaki—estaban absolutamente volcadas a proteger a Shisui.

-Que sea como él quiera- acepto Sasuke.


Si bien Shisui se sentía mucho más calmado y seguro gracias a las continuas atenciones de su madre y el hecho del enorme e insuperable poder que ella poseía; Shisui seguía en su propia rutina, recostados sobre su cama en ropa de dormir, pero acompañado por su hermana Izumi que—sosteniendo un pequeño plato e porcelana con dulces en su regazo—no despegaba su vista de él, haciéndole compañía. Su embarazo seguía sin hacerse notorio, peor los antojos ya habían iniciado y prueba de ello era el hecho de la forma en que los dulces no abandonaban su entorno, habiendo decidido permanecer en el Palacio tanto por él como por lealtad a su madre, sabiéndola el foco de la auténtica verdad del Imperio.

-Nuestra madre tuvo que mentir y decir que no estabas bien- reprocho Izumi, tomando una postura de hermana mayor.

Habiendo obtenido el consentimiento de su madre para encontrarse ausente durante el recibimiento otorgado a su padre y hermano es que Izumi se hallaba en compañía de su hermano mellizo, sabía que las preocupaciones y temores Shisui eran grandes, y parecía padecer de una enfermedad mental que lo hacía aún más vulnerable, no al nivel de su tío Yosuke, afortunadamente, pero no por ello menos preocupante; para ella, sus hermanas y especialmente su madre que modificaba su entorno y rutina con tal de pasar tiempo con Shisui. Sentada tranquilamente frente a su hermano, Izumi portaba un vestido de seda y encaje zafiro-violáceo, inocente y muy femenino por decir lo menos, de escote corazón y marcadas hombreras ribeteadas en encaje al igual que los costados y parte central del corpiño, la falda por otro modo era más bien lisa pero igualmente constando con un patrón destacable de encaje que emulaba el emblema de los Uchiha, las mangas por otro lado—hecha de gasa—eran transparentes, pero igualmente plagada de bordados con diamantes engarzados como el resto de la tela. Su largo cabello castaño caía libremente tras su espalda y sobre sus hombros en una cascada de rizos que se veía adornada por una sencilla corona de oro y perlasen forma de lágrima a juego con un par de pendientes.

-No se lo pedí- protesto Shisui, no deseando pensar en su padre bajo ninguna circunstancia.

-Modera tu vocabulario, Shisui- reprendió Izumi, valiéndose de su experiencia para mangonear a su mellizo que era más inmaduro e inocente que ella.

Izumi no necesitaba cuestionarse nada para saber que Shisui si valoraba todo cuanto hacia su madre, los riesgos que estaba dispuesta a tomar con tal de protegerlos a todos ellos; pero eso no dejaba de ser preocupante. Si el Sultan había aprobado la ejecución de uno de sus hijos sin titubeo alguno, ¿Por qué no habría de deshacerse de su esposa, de la mujer que decía amar? Nada era seguro, eso era lo peor; si se daba algo por sentado, acababa siendo la ruina de cualquiera: se caía cuando no se pensaba que caería, y se moría cuando no se pensaba que se moriría. El regreso de Daisuke alegraba a Shisui, desde luego, era su hermano y deseaba tenerlo cerca; pero el regreso de su padre…eso solo contribuía a inquietar más el frágil sentir nerviosos de Shisui que poco y nada conseguía ocultar su miedo hacia su propio padre y la devastadora idea de que acabase ejecutándolo, más pese a sus propias preocupaciones es que Shisui elogio no manifestar sus miedos y—en lugar de ello—optar por hacer algo que hasta entonces no había hecho:

-Felicidades, por cierto- declaró Shisui, sonriéndole su hermana.

-Gracias- sonrió Izumi, sosteniendo una de las manos de su hermano entre las suyas.

No quería abrumar a su hermana con sus preocupaciones, no si Izumi se encontraba embarazada, porque sabía que lo que su hermana menos debía de sentir eran miedos o nervios. Debía dominarse a sí mismo, de lo contrario se volviera un objetivo más que obvio para su padre y entonces el mismo seria quien acabaría firmando su sentencia de muerte.


Bajo la atenta mirada del Príncipe Heredero y su Haseki es que las doncellas de la Sultana se hubieron retirado a las habitaciones aledañas a las propias, donde residían los Príncipe Baru y Kagami, la Sultana Sumiye, así como la Sultana Aratani que más bien habría de considerar suyos los aposentos del Príncipe ya que pocas veces abandonaba aquel lugar. Por más que las puertas se hubieran cerrado tras la partida de las doncellas es que Daisuke—sentado tras su cama, junto a Aratani—aun no alcanzaba a creer el modo en que la vida le había devuelto todo lo que había perdido por causa de Koyuki; Midoriko y sus hijos Sasuke y Mikoto estaba muertos, pero si bien no los recuperaría jamás, ahora tenía a Aratani a quien amaba de todo corazón, a Baru y Kagami—no un Príncipe, sino dos—y una hija; Sumiye. Desde luego que pensaba tener más hijos junto a Aratani, otra niña quizá, pro hasta hora estaba más que agradecido por los obsequios que la providencia le había brindado, el más grande de ellos era Aratani, su Haseki.

-Aun me parece un sueño- confeso Daisuke, observando la dulce faz de Aratani que le sonrió a cambio, entrelazando sus manos con las de él, portando e su mano derecha la sortija que él le había obsequiado en su noche de bodas.

-Pero no lo es- confirmo Aratani, como lo más obvio del mundo, y eso era para ella aquella realidad, -estas aquí, ellos están aquí y siempre lo estaremos- prometió la Sultana, alzando una de sus manos y colocándola cálidamente sobre la mejilla del Príncipe que recargo su mejilla en ella.

Rememorando el pasado es que Daisuke podía recordar con claridad lo sucedido: Aratani había llegado al Palacio la misma noche en que él había abandonado los Kafer, como si de una señal se tratase, un nuevo inicio, una prueba d que lo que creía haber sentido por Koyuki estaba totalmente equivocado. Gracias a Aratani había retomado el rumbo correcto en su vida, se había reintegrado como un Príncipe leal al Imperio, había vuelto a dirigirle su amor y devoción a su madre, todo por Aratani que ahora le devolvía lo que creía perdido, una familia propia; ella que era su esposa, le había dado dos hijos y una hija. Sentado frente a ella es que Daisuke se permitió la egoísta acción de contemplarla tan atentamente que Aratani llego a sentirse casi como una inocente golondrina bajo la vista de un poderoso león.

Silueta perfecta y simplemente tentadora, piel blanca como el alabastro, un rostro delicado y redondeado; labios exquisitos, tanto perfectos físicamente como dulces en tacto, una nariz pequeña, delicada y que creaba una ecuanimidad total en cuya cima se encontraban unas cejas finas pero que solo hacían destacar aún más la profundidad de sus ojos, comparables a un estuche de esmeraldas adornadas por pestañas sin par. Sus largos rizos castaños caían sobre sus hombros en su espontánea y natural perfección, enmarcando su rostro e impidiéndole a Daisuke apartar sus ojos de ella, ni sentirse infinitamente abrumado por su perfume. No solo griega, —al igual que su madre—sino que, de igual modo, era indiscutiblemente encantadora e importante para él, invaluable. Después de su madre, Aratani era lo más importante en su vida, su soporte y esperanza, su alegría y su razón de ser.

-Eres tan hermosa- elogio Daisuke con absoluta fascinación, -te extrañe tanto- manifestó el Uchiha pegando su frente a la de ella, casi rosando sus labios con los de ella.

-Ya estoy aquí, ¿no?- sonrió Aratani, si reparo alguno, más que dispuesta; como siempre.

-Lo estas- afirmo el Uchiha, situando posesivamente una de sus manos en el cuello de su esposa penas una fracción de segundo antes de unir sus labios con los de ella.

Como siempre, el beso contenía todo cuanto ambos hubieran podido desear; el amor incondicional que se tenían y que había crecido ante la distancia y tiempo transcurrido, la lealtad que se tenían más allá de los títulos y el protocolo, y ese deseo que no cesaba, esa necesidad de amarse del modo en que lo hacían. Sonriendo contra los labios del Príncipe, Aratani se dejó recostar sobre la cama apenas y sintió una de las manos de Daisuke situarse sobre uno de sus muslos, bajo el vestido. Ya habían pasado los cuarenta días de reposo, habían ansiado volver estar juntos luego de estar separados por primera vez, ¿Por qué esperar? Ambos se preguntaron eso muy vagamente, permitiendo que ese fuego incandescente que sentían surcara libremente por ambos, producto de su amor.


Un nuevo día se alzaba glorioso en el poderoso Imperio Uchiha, y el jardín Imperial, en su increíble belleza, era alumbrado por la cálida y amena luz del sol que hacia brillar el agua del estanque y las fuentes, las flores ligeramente húmedas, cubiertas de roció y que florecían impecablemente bajo los cuidados que los sirvientes les brindaban para satisfacer los deseos de los habitantes del Palacio, aún más especialmente de la Sultana Sakura que incluso decidía encargarse del cuidado personal de las rosas que crecían y que eran—junto a las flores de cerezo—sus flores predilectas, jamás ineludibles de su atención; mimadas personalmente por ella en todos los momentos libres y que la Sultana bien sabía aprovechar, siendo tan escasamente egoísta que los soldados jenízaros que ejercían como escolta prácticamente la idolatraban y veneraban como si fuese la mismísima Venus, Afrodita, la diosa de la belleza e igualmente Selene, la diosa romana de la luna, una mujer enigmática, hermosa, poderosa y con un carácter empoderado y cargado de valor que hacía vasallo y humilde al más poderoso de los hombres del Imperio, incluso al Sultan, o al menos anteriormente ya que ahora la Sultana Sakura apuntaba su lealtad hacia el Imperio, no al Sultanato, o al menos no más que por meras apariencias.

Pero, fuera por las circunstancias que fuera por las cuales la Sultana Haseki se encontraba en el jardín, nadie se oponía a ello, contemplando desde lejos el modo en que la sencilla capa de seda y encaje esmeralda claro—casi aguamarina—realzaba el color de sus ojos, cerrada alrededor de su cuello por broche de oro, ocultaba su vestido, su largo cabello rosado se encontraba elegantemente recogido tras su nuca y-a juego con un par de pendientes de oro y esmeralda en forma de lagrima-una hermosa corona de oro, esmeraldas y piedras de jade en forma de orquídeas resplandecía sobre su cabello, sosteniendo un largo velo color jade a juego con toda su deslumbrante apariencia.

La Sultana mantuvo su total atención en las rosas que estaban bajo sus cuidados, trazando con impecable cuidado le contorno de los pétalos con la punta de sus dedos; sonriendo ante el dulce aroma de las flores que ya estaban en su apogeo, y de aquellas que iniciaban a florecer, siendo asistida en todo momento por Tenten que se mantenía pegada a ella de forma incondicional, velando porque se encontrase bien. Estaba esperando a alguien, y casi haciendo acopio a sus pensamientos es que Sakura hubo levantado la vista hacia la entrada del jardín donde vio parecer a Naruto. Como si de una señal se tratase, e inspirando el aroma de las rosas una última vez, la Sultana se apartó de las flores, cruzando las manos por sobre su vientre y—seguida en todo momento por Tenten—aguardando hasta que Naruto se hubo detenido frente a ella.

-Sultana- reverencio el Uzumaki, devota y respetuosamente.

-Naruto- sonrió Sakura radiantemente como ni siquiera hacía en presencia de Sasuke.

El tiempo lejos de Sasuke, ya habiendo perdido su confianza en él, le habían enseñado una o dos cosas a Sakura; que Naruto la amaba sinceramente, y que en parte ella podía corresponderle muy nimiamente con un cariño y afecto filial, como amigos, pero no más. No quería darse por vencida con respecto a Sasuke, más sabia que la confianza que se rompía una vez por decepción; jamás se recuperaba, y su caso no era diferente, pero de igual modo no quería tirar a la basura el amor que la había sacado de su hogar en la isla Tinos, traído al Palacio, y del cual sus hijos eran fruto. Quería creer que aun había remedio para Sasuke y ella, pese a que jamás pudiera perdonar lo que él había hecho. Del mismo modo es que sabía que si no podía contar con Sasuke, Naruto estaría ahí para ella como lo había estado en todo momento, antes y durante la ausencia de Sasuke e incluso ahora.

-Me sorprende verla aquí tan temprano- reconoció Naruto, no menos cautivado por ella.

-Soy un ave sin alas, Naruto- se expresó Sakura, encogiéndose de hombros como si de una niña se tratara, -eso significa que intento tener algo de tiempo para mí, a pesar de las limitaciones- reconoció la Haseki, volteando a ver a Tenten detrás de ella y que sonrió de igual modo.

Desde siempre—incluso e su isla griega—había sido alguien libre, alguien a quien ni siquiera la rigurosa educación de su madre Mebuki había conseguido dominar, una salvaje como Kurenai la había apodado a su llegada al Palacio; alguien que no hacia lo que no deseaba, que no bajaba la cabeza ante nadie, que de un u otra moda imponía su conducta porque sabía que estaba bien, ¿arrogancia? No, no, no; solo simple sentido común y filosofía innata, algo en que los griegos tenían mucho talento. Naruto comprendió, pese a su aparente buen ánimo que ella no estaba bien, el brillo en sus ojos no era de alegría ni paz, era de inquietud y nostalgia, añoranza de días felices, lo mismo que él sentía cada vez que se enfrascaba en el futuro, o en que veía una cualidad o característica de su difunta esposa; la Sultana Hinata, en su hijo Boruto.

-Espero no equivocarme al deducir que no está feliz- declaro Naruto, conociéndola lo suficiente.

-Acertaste, Naruto- confirmo Sakura, bajando la mirada tristemente, -no he sido feliz desde aquella noche- aludió la Haseki, sintiendo su corazón oprimirse de solo recordar la muerte de Rai que había sido su hijo en todo menos en la sangre, pero lo había criado de tal modo que lo amaba como tal, -si mis hijos regresaran a la vida y a mi lado, entonces sería feliz- declaro la Sultana, añorando profundamente ese momento en que su vida llegase naturalmente a su fin, y así poder reencontrarse con tos lo que amaba y había perdido.

-Sucederá Sultana- tranquilizo Naruto, pensando lo mismo que ella, -Kami mediante cada uno de nosotros se reencontrara con quienes amo- secundo el Uzumaki con sinceridad.

Esta declaración no sorprendió ni extraño a Sakura en lo absoluto, ella bien comprendía que un amor tan grande no podía ser olvidado con facilidad, y tampoco es como si ella pretendiese ocupar ese lugar; ciertamente no había conocido bien a la Sultana Hinata como para poder afirmar algo concreto de ella, pero sabía que Naruto no podría haberse enamorado de ella si no fuese una buena persona, pero lastimeramente la muerte le había llamado antes que a Naruto, antes que muchos de los miembros del Imperio, y esto era algo tanto triste como envidiable, dependiendo como se mirase; al fin y al cabo, no existía una sola verdad, o si pero contada desde diferentes perspectivas.

-¿Extrañas a la Sultana Hinata?- inquirió Sakura, con irrefutable curiosidad.

-No hay día en que no la recuerde- afirmo Naruto sin problema alguno, -pero usted sabe, mi Sultana, que hay alguien más en mi corazón- declaro el Uzumaki con inequívoca lealtad.

-Y tú sabes que tienes un lugar en mi corazón- confirmo la Haseki, dedicándole una de sus más deslumbrantes sonrisas.


La felicidad era un estado emocional que impulsaba a una persona a exhibir sus sentimiento de forma positiva, por medio de gestos sonrisas, un tono de voz especial y un comportamiento que reflejara—valga la redundancia—la felicidad que se sentía y que igualmente significaba algo importante para un individuo, pero si se tenía un motivo en concreto por el cual ser feliz, se debía disfrutar de él, o eso es lo que Izumi recordaba que su madre le había dicho desde siempre, y por primera vez entendía parte de todo cuanto su madre sentía, porque estaba extasiada y feliz pese a que su embarazo apenas y constase de poco menos de un mes, haciéndola sentir ansiosa por tener entre sus brazos a un o una bebé, fruto de su matrimonio con Mitsuki, un matrimonio del que inicialmente había dudado pero que, con absoluta certeza, ahora estaba basado en el amor, la confianza y la honestidad más pura con la que hubiera podido soñar jamás.

Recorriendo los pasillos del Palacio, de regreso hacia los aposentos de su mellizo, en compañía de él, la Sultana Izumi se mostraba radiante en un sencillo vestido verde claro de escote en V ribeteado en encaje, calzado a su figura y de mangas ajustadas hasta los codos que se volvían holgadas y semi transparentes hasta cubrir las manos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta malaquita de escote en V bordada en hilo de oro para replicar el emblema de los Uchiha como estampado a lo largo de la tela, sin mangas, cerrada a su figura por un cinturón de cadena de oro con esmeraldas incrustada que igualmente hacia que la falda se abriera bajo el vientre. Su largo cabello castaño caía sobre sus hombros y tras su espalda como una marea de rizos, enmarcando un par de pendientes de cuna de oro en forma de ovalada con una esmeralda en el centro que complementaban la hermosa corona de oro, jade y esmeralda sobre su cabeza, replicando flores de cerezo.

Por otro lado y prácticamente pegado a ella se encontraba el Príncipe Shisui que a pesar de seguir siendo inocente, ingenuo y algo inmaduro, ya era un atractivo joven de quince años y que visiblemente había heredado el inequívoco temple de gobernante de sus antepasados, abuelo, padre y hermano. El Príncipe portaba—por sobe la usual túnica color negro de cuello alto y mangas ajustadas-un sencillo Kaftan Teal de estilo militar, de cuello alto y cerrado, y mangas cortas hasta los codos, abierto bajo el abdomen para así exponer las botas de cuero negro de usanza jenízara y militar, el centro del pecho, el cuello, el dobladillo del Kaftan y el borde de las manga eran verde Veronese, con una serie de cinco botones en caída vertical conformados por hileras—de grupos de tres—horizontales entrelazadas por una gruesa línea de terciopelo color negro que, en conjunto con todo los demás aditamento de su atuendo, lo hacían ver mayor de lo que era.

-Shisui, ¿No hay nadie que llame tu atención?- pregunto Izumi repentinamente.

-¿Mi atención, Izumi?- Shisui no comprendió el trasfondo de su pregunta, parpadeando confundido.

Izumi observo con obviedad a su hermano, evitando reír al contemplar que-a sus dieciocho años-Shisui seguía siendo tan inocente como un niño, todo por ser el menor de los Príncipes y en quien se depositaban expectativas prácticamente nulas de que fuera Sultan algún día; y si su madre no intervenía o lo presionaba, era por respeto a las decisiones de Shisui, o eso es lo que Izumi tenía claro.

-Tenemos la misma edad, es normal que hablemos de estos temas- aludió la Sultana simplemente, dándole a entender a su hermano a que se estaba refiriendo.

-¡Atención!, ¡Su Alteza la Sultana Izumi y su Alteza el Príncipe Shisui!

El anuncio del heraldo del Harem resulto insignificante para ambos que se observaron entre sí. La insinuación de parte de su hermana y su propio desconcierto por causa de ello hicieron que ambos se detuvieran en la entrada del Harem, ignorando a las concubinas que-en el interior-se hubieron acomodado en filas paralelas, manteniendo la cabeza abajo tal y como dictaba el protocolo, guardando un silencio inquebrantable, aguardando a la partida o intervención del Príncipe y la Sultana.

-Adelante, tienes el Harem entero para ti- animo Izumi, dirigiendo su mirada hacia las jóvenes que allí se encontraban, -Daisuke no mira a nadie que no sea Aratani, debe haber alguien que te guste- justifico la Sultana, aludiendo brevemente a su hermano y su tendencia; al igual que su padre, a la monogamia, lo cual era ciertamente positivo de mencionar.

Ante aquella suposición o carta blanca para él, Shisui ciertamente no supo que decir. Desde siempre había sido inseguro y por ello es que no tenía la confianza que había poseído su difunto hermano Kagami que había estado a punto de tener un hijo con su favorita, Eri. No, él no se consideraba lo bastante interesante, ni atractivo como para pensar que alguna concubina del Palacio fuera a compartir su interés romántico, si es que ello sucedía, ni tampoco sabía si se desempeñaría según lo esperado; su madre—a fin de no presionarlo—le había brindado el espacio que Shisui consideraba pertinente, no enviándole concubinas ya que Shisui declaraba no sentirse preparado, pero ante el planteamiento de su hermana, Shisui hubo de reconocer que comenzaba a sentir la muda y natural atracción por el sexo opuesto, por ello es que su mirada se centró en las jóvenes del Harem que se mantenían con la mirada baja pero sin conseguir ocultar su belleza y encanto propio, haciendo que la mirada de Shisui se centrara en una de las jóvenes presentes:

Portaba un sencillo vestido jade de escote en V ribeteado en encaje esmeralda en el borde del escote, con cuatro botones de oro en caída vertical hasta la altura del vientre, de mangas holgadas y semi transparentes hasta cubrir las manos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de encaje esmeralda, sin mangas y que se cerraba a escasamente a la altura del vientre por obra de un cinturón de cadena de oro que detallaba su cintura. Su largo cabello castaño formaba sutiles y encantadoras ondas que caían sobre sus hombros y tras su espalda, enmarando su rostro por obra de una diadema de oro de tipo cintillo decorada con pequeños cristales jade. Sencilla pero extrañamente cautivante a entender del Príncipe.

-Ella, la de cabello oscuro y vestido jade- señalo Shisui con visible interés, cosa que satisfizo a su hermana por completo.

-Eri- llamo Izumi con una sonrisa.

Eri acudió inmediatamente al llamado de la Sultana Izumi, como siempre haciéndose cargo del Harem en compañía de lady Ino a pesar de que no tenía por qué hacerlo ya que era la madre de una Sultana, más aun así Eri tomaba tal responsabilidad porque deseaba sentir útil y contribuir en el complejo estatus social del Imperio y la corte del Palacio Imperial. Encantadora como siempre, la Kalfa llevaba un sencillo pero favorecedor vestido jade de escote cuadrado ribeteado en encaje de igual color, más el borde del escote estaba enmarcado por un fino margen de encaje aguamarina, las mangas eran ajustadas hasta los codos y abiertas frontalmente en forma de lienzos, los costados del corpiño, así como la falda superior y las mangas estaba plagadas de bordados de hilo de oro que replicaban el contorno de rosas y lilas por sobre la tela, aportando una imagen enriquecedora y claramente más portentosa que la que cualquiera de las muchachas del Harem pudiera tener ya que Eri estaba bajo el rango de una Sultana, pero por encima de cualquier concubina del Palacio. Su largo cabello rubio enmarcaba su rostro al caer como una marea de rizos sobre sus hombros, adornado por una diadema de oro de tipo broche en forma de orquídeas, decorada por diamantes y cristales jade, sosteniendo un largo velo jade a juego con su vestido.

-Sultana- reverencio la Kalfa.

-¿Quién es ella?- consulto Izumi observando a la joven que había llamado la atención de su hermano.

-Su nombre es Ryoko- reconoció la Kalfa, desviando su mirada de la joven a la Sultan Izumi que asintió, conforme, -la preparare para el Príncipe Shisui, si gusta, alteza- comento Eri, esperando no plantear una situación equivocada.

Conociendo a su hermano es que Izumi levanto la vista hacia Shisui, esperando no importunarlo al tomar una decisión errónea, pero para su sorpresa es que su hermano seguía siendo incapaz de apartar sus ojos de la bella joven que había capturado su atención y que-con la mirada baja-era ajena a todo cuanto pudiera sentir o pensar el Príncipe sobre ella. Tal vez la primera vez de su hermano no fuese a la primera oportunidad en que aquella bella joven estuviera frente a él, pero tiempo había así que Izumi pensaba informar a Ryoko, de todo lo referente a su labor como favorita del Príncipe antes de que ella se encontrase en presencia de Shisui.

-Hazlo, Eri, y gracias- sonrió Izumi.

En caso de que sucediera lo inesperado, y el trono algún día recayera sobre Shisui…debía de tener herederos.


Estar de regreso en la capital, en ese Palacio que lo había visto nacer y crecer, era algo sin precedentes para Daisuke, algo que simplemente no tenía comparación sin importar cuanto intentase hallarse a gusto en otro lugar y no necesitaba hondar más profundamente en el tema para saber que tanto su madre como su hermanas compartían esta forma de pensar, ese Palacio podía ser un infierno, pero igualmente era un hogar para ello, un hogar que en momentos cruciales de su vida los había hecho sentir amados, a salvo y felices sin importar que actualmente la situación real no fuese sino todo lo contrario. Por ello y contemplando apaciblemente el día despejado y el luminoso astro rey que iluminaba el cielo es que el príncipe heredero, en compañía de su Haseki—e hijos—y su hermana, se encontraba en el jardín Imperial, ocupando los elegante divanes dispuestos por sobre la elegante alfombra purpura bordada en plata y, bloqueando la luz del sol, se encontraba un toldo borgoña bordado en oro que lo protegía de la luz solar.

Elegante, apuesto y gallardo como siempre es que el príncipe se encontraba ataviado en un insuperable Kaftan—por sobre la tradicional túnica de cuello alto y mangas ajustadas de igual color-marrón oscuro grisáceo bordado en hilo de oro e hilo cobrizo, de corte en V cerrado a la altura de las costillas por tres botones de oro entrelazados por cadenas, con marcas hombreras de cuero por sobre las mangas hasta los codos, un fajín marrón de seda cerraba el Kaftan por sobre la túnica y complementaba igualmente las pesadas botas de cuero de usanza militar. Además y aún más encantador, cargaba en sus brazos a su hija Sumiye que por lejos y a pesar de tener dos Príncipe era su favorita.

Sentada en el diván continuo, a la derecha del Príncipe Heredero, se encontraba la Haseki de este, la Sultana Aratani que cargaba en sus brazos a su primogénito, Baru, sonriendo en todo momento ante la dicha que significaba para ella estar nuevamente con el hombre que tanto amaba y que estaba pendiente de ella y sus hijos a cada momento, todo era mucho más de lo que hubiera podido imaginar en el pasado, era más feliz de lo que hubiera podido imaginar en su vida, se sentía absolutamente completa, feliz y realizada. Haciendo notorio su buen ánimo es que la Sultana portaba unas sencillas galas blancas de escote corazón, perfectamente calzadas a su figura y de mangas de gasa semi transparentes, holgadas y abiertas a la altura de los codos para exponer los brazos, por sobre el vestido se hallaba una brillante chaqueta rojo naranjado metálico, bordada en hilo cobrizo para emular el contorno de flores de cerezo. Y que se cerraba escasamente a la altura del vientre por obra de un cinturón de cadena de oro con diamante y cristales incrustados. Su larga melena de rizos castaños, recogido en una coleta, caía impecablemente tras su espalda, adornada por un broche de oro en formar e lores de jazmín ribeteadas en oro y cristales ambarinos a juego con un par de pendiente de oro y cristal en forma de lagrima que complementaban el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello, así como su sortija que resplandecía aún más ante la luz del sol.

Por otro lado y a la izquierda de su hermano Daisuke se encontraba la Sultana Sarada, cargando en sus brazos a su sobrino Kagami, homólogamente nombrado en honor al fallecido Príncipe de la dinastía y que en cierto modo la acercaba nuevamente a la sensación de la maternidad, aun sin cumplir cinco meses, aún faltaba poco menos de seis meses antes de que tuviera a un nuevo hijo o hija en sus brazos y ansiaba que ese día llegara ya que tanto ella como Boruto eran fieles y devotos partidarios de tener una hija, incluso Izuna estaba de acuerdo con esta idea. La encantadora Sultana resplandecía en su impecable belleza gracias a un sencillo pero sumamente elegante y favorecedor conjunto compuesto por un vestido de seda color tinto, de escote recatado en V y mangas ajustadas hasta las muñecas y del cual únicamente el borde inicial del escote, las mangas y la falda, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de seda de igual color, solo que de escote redondo e igualmente alto—creando una especie de cuello falso en V que en realidad era el escote del vestido inferior—y mangas cortas y ajustadas has los codos, y abierta bajo el vientre para sí crear una falda superior, además y como un detalle infaltable es que las mangas—bajo la altura de los hombros—al igual que los contornos del escote, el entro del corpiño y el dobladillo de la falda así como los laterales y la parte posterior de esta estaban bordados en encaje plateado ribeteado en diamantes que brindaba un aspecto simplemente insuperable. Su cabello se encontraba elegantemente peinado de tal modo que sus largos rizos cayeran sobre su hombro derecho, adornados por una hermosa corona de plata, granates y cristales burdeo que creaban una estructura en forma de dalias y pequeños capullos de rosa que tenía por complemento un par de pendiente de cuna de oro en forma ovalada con un granate homólogo en el centro y de la cual pendía un cristal burdeo en forma de lagrima.

-Sumiye, cariño- llamo Sarada, observando a su sobrina que permanecía en brazos de su hermano, sin apartar la mirada de él, -es igual de terca que tu Daisuke- rio la Uchiha, recordando los comentarios de su madre acerca de su infancia y la del resto de sus hermanos y hermanas.

-Espero que no- bromeo el Príncipe, bajado la mirada hacia su hija que sin saberlo inflaba tiernamente sus mofletes, sin apartar sus orbes esmeralda de su padre.

-Lo es, recuerdo que le dabas los mismos problemas a nuestra madre- rió Sarada, valiéndose de la ocasión para mencionar un hecho del pasado y al mismo tiempo sobresaltar a su hermano que se ruborizo ligeramente.

-Me estas avergonzando- regaño Daisuke.

-Soy tu hermana, es mi deber- justifico la Uchiha sencillamente, encogiéndose de hombros con naturalidad.

No porque pertenecieran a la nobleza por derecho de sangre es que iban a comportarse como individuos apolillados y restrictivos siendo que tenían breves momentos libres en que ser ellos mismos, claro que no, además; Sarada era un año mayor Daisuke y tenía conocimientos que en ocasiones la hacían parecer superior, aunque su intención no era aquella. El entorno bajo el cual su madre los había criado había sido imperante de amor y calidez; una vida remotamente sencilla y normal como la de cualquier niño, solo que con títulos, sirvientes y privilegios propios, pero lejos de aquella imagen de poderío inigualable eran hombres y mujeres comunes que llevaban sobre si la carga del Imperio más poderoso del mundo, no más; eso era lo que lo hacía tan cercanos a su madre, gracias a quien tenían un atisbo de la realidad que regía al mundo normal, donde los hombres y mujeres eran—por así decirlo—libres de vivir su propia vida, teniendo existencias sencillas que ellos anhelaban.

-No les hagas lo mismo a tus hermanos- pidió Daisuke a Sumiye que parpadeo como si entendiera sus palabras, -los dejaras en vergüenza- recalco el Príncipe, levantando su mirada hacia Sarada que se hizo la desentendida.

-Lo hará- rió Aratani, abrazando al pequeño y somnoliento Baru contra su pecho, -es muy bello ver esto- no pudo evitar comentar la Sultana, causando el desconcierto de la Sultana Sarada, y del Príncipe Daisuke, -jamás tuve hermanos, ni hermanas, así que verlos ser tan unidos entre si es…perfecto- se explicó Aratani, enternecida por aquel cuadro familiar.

Contraria a la Sultana Sakura, que al menos había tenido una hermana en su vida en la isla Tinos, Aratani había sido hija única, sin hermanos o más parientes que sus padres tras cuyas muertes se había encontrado irremediablemente sola, viviendo en la calle y padeciendo una existencia precaria y vergonzosa como mendiga. Para ella, la posibilidad de llegar a ser un Sultana algún día—al momento de su llegada al Palacio—era algo sencillamente imposible, una fantasía que solo en su mente—quizá—hubiera podido existir, todo por un amor que había latido en su corazón desde aquella primera vez en que había visto al Príncipe Daisuke; ella con casi trece años y el con dieciséis.

-Eres parte de esta dinastía ahora, Aratani- aclaro Sarada, plasmando una sonrisa en su rostro, -no importa si no tuviste hermanos, nosotros también somos tu familia ahora- animo la Uchiha, dirigiéndole una mirada a Daisuke que entrelazo una de sus manos con la de Aratani.

-Gracias, Sultana- sonrió Aratani.

Su pasado como esclava era insignificante ahora, ya no era la concubina ateniense que había llegado al Palacio; era la protegida de la Sultana Sakura que por sus cuidados y educación era ahora la esposa legal del Príncipe Heredero del imperio, madre de sus hijos: era una Sultana.


La política era un juego sucio en que se debía ser inteligente para sobrevivir, por más que se albergaran buenas intenciones, no servía de nada aquello si no se conseguían influencias y Sakura siempre había contado con ellas ya que su sinceridad e inteligencia de forma inmediata le habían otorgado un lugar en la sociedad Imperial como la indiscutible favorita del Sultan del mundo, pero en ese entonces todo era puro, honesto y bueno, algo que distaba mucho de la realidad actual y por ende es que Sakura ahora estaba segura de que debería de luchar para proteger a sus hijos del propio Sultan, de Sasuke, debía ser más inteligente y tramar una estrategia que garantizara el futuro y la estabilidad del Imperio. Bajo aquellas circunstancias y temiendo por sus hijos, Daisuke y Shisui, es que Sakura había reunido a sus aliados más leales para que juraran lealtad para el que habría de ser—si Kami así lo permitía—el próximo Sultan que habría de reinar, con ella como Madre Sultana; su hijo, su Daisuke.

Sentada sobre el diván junto a la ventana, en su aposentos, la Sultana Haseki resultaba imposible de eludir ante su insuperable belleza, ataviada en un favorecedor pero senillo vestido rojo—el color representativo del Imperio—de escote cuadrado, con un falso cuello en V, y mangas ajustadas hasta las muñecas, calzado a su figura en su totalidad, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta –sin mangas—bermejo brillante bordada en hilo cobrizo e hilo de oro para crear un contraste muy agradable, representando el contorno de rosas y jazmín siendo que dicha chaqueta-de escote redondo—se eraba bajo el busto por obra de sei botones de oro en ciada vertical antes de la cadena de oro, rubíes y cristales que enmarcaba la chaqueta a su femenina y cadenciosa figura. Su largo cabello rosado elegantemente recogido tras su nuca permitía la visualización de una gargantilla de oro compuesta por diminutas piezas y cristales ambarinos, con un dije central que representaba el emblema de los Uchiha, gargantilla complementada por un par de pendientes de dije de oro en forma de lagrima, finalmente y sobre su cabello casi complementando la sortija de las Sultanas en el dedo anular de su mano derecha se hallaba sobre su cabello un hermosa y única corona de oro, diamantes y escamas de plata para recrear flores de jazmín, pétalos y hojas, así como pequeños capullos, dejando caer una especie de dije de escama de plata en forma de rosa sobre su coronilla, realzando aún más el contorno de su rostro que resultaba imposible no eludir, así como su mera presencia.

-No me gusta este silencio, no nos presagia nada nuevo- manifestó Sakura con la rigurosidad que tanto la caracterizaba, deseando corroborar la clase de futuro que se estaba gestando.

No menos importante o significativa se encontraba al Sultana Mikoto como respaldo, sentada junto a su madre y siendo participe de esta medida seguridad que ella y sus hermanas aprobaban de forma indeleble ya que la perdida que había significado Rai como una especie de traición había sido y sería algo que nadie jamás podría olvidar y no podían permitir que volviese a suceder. Era mejor prevenir que lamentar. Elegante, como siempre, la primogénita de la Sultana del Pueblo vestía un modesto pero no menos favorecedor vestido Porráceo de terciopelo, calzado a su femenina figura, de escote redondo—con un cuello falso de gasa verde oscuro grisáceo de corte en V—y mangas ajustadas hasta los codos hasta transformarse en mangas holgadas que llegaban a cubrir las manos salvo que la Sultana evitaba esto al mantenerla cruzadas sobre su regazo. Su largo cabello rosado impecablemente plagado de rizos caía libremente tras su espalda, y un mechón sobre su hombro izquierdo, adornado en su cima por una diadema de oro, compleja pero hermosa de tipo broche que hacia caer una esmeralda en forma de lagrima sobre su frente, además de los pequeños broches o piezas de oro que adornaban sus rizos. Sus joyas, simplemente magnificas, eran: un par de largos pendientes de cuna de oro en forma de lagrima—ribeteada en diamantes—con una esmeralda en su centro y de cuna cuya pendía otra homologa, por no citar el hecho de que parte su cabello se encontraba adornado por pequeñas piezas o broches de oro que brillaban contra la luz, y finalmente una guirnalda de oro que constaba con una serie de seis dijes de cuna de oro ribeteados en diamantes, con una esmeralda en su centro, pegados entre si y que brindaban la ostentosidad necesaria en ese momento.

De pie frente a ellas y siendo de su entera confianza se encontraban el Gran Visir Kakashi Hatake, y los Pashas; Boruto Uzumaki, Mitsuki y Konohamaru Sarutobi, sus yernos y miembros de la dinastía por matrimonio. Ciertamente ninguno de ellos era invulnerable y lo sabían muy bien, era por el imperio, su continuidad y la propia protección de su esposas y la autoridad que ellas sostenían es que los Pashas presentes pretendía arriesgarlo todo, inclusive contra el Sultan quien los había nombrado. Siempre era riesgoso depender únicamente de la línea de sucesión ya que eventos inesperados podían suceder, y ahora que—de no ser por los infantes príncipes Baru y Kagami—solo se contaba con los Príncipes Daisuke y Shisui, se debían tomar precauciones y pronto.

-Me temo que tiene razón, Sultana- declaro Kakashi con uniformidad, desviando de vez en vez su mirada hacia su esposa.

-La gente ha comenzado a hablar, murmuran, "Sasuke el cruel"- advirtió Boruto

Esta mención no era sorpresiva de escuchar por parte de Sakura; una vez cruel, siempre cruel, decía el dicho popular, y Sasuke había errado al tomar la decisión que significaba la ejecución de Rai. Aun resultaba simplemente incomprensible para Sakura, ¿Cómo es que un padre podía permitir la muerte de su hijo, aún más, aprobarla él mismo? No es como si ella pensase en declararse santa o mártir, no; era una mujer como cualquier otra y así de fácil podía pecar y errar, ¿pero sus hijos? Ellos habrían de sobrevivirla, vivía por ellos, no al contrario. Mikoto se apretó las manos ligeramente, bajando la mirada, sintiéndose decepcionada por la suerte que su propio padre estaba provocándose.

-Evidentemente el regreso del Sultan y la falta de respuestas dadas para justificar la ejecución del Príncipe Rai resultan decepcionantes para el pueblo- comento Mikoto, volteando a ver a su madre que asintió en consonancia.

-Aunque nadie se atreve a manifestarlo abiertamente, temen tanto al Sultan en si como a la idea que tienen de él- declaro Boruto, secundando el comentario de la Sultana Mikoto.

-Los Sultanes siempre han dado que hablar- comento Sakura simplemente, sin desviar su mirada de los Pashas presentes, evitando que así viera como Mikoto asentía para sí misma con conformidad, -en caso de una amenaza debemos de prepararnos- advirtió la Haseki, con prevención.

-¿Qué sugiere Sultana?- consulto Konohamaru

-Hacer planes- respondió Sakura con obviedad, -si algo le sucede al Sultan Sasuke, el Príncipe Daisuke ascenderá al trono- declaro la Haseki de manera premonitoria, adelantándose a cualquier posible acontecimiento, -sea cual sea el caso, mis hijos han de ser lo primero- especifico la Sultana con una postura inamovible.

N quería que acontecimientos como lo eran las muertes de Baru, Itachi, Kagami y Rai tuvieran lugar una segunda vez, la próxima vez que se tomasen medidas preventivas sus hijos habrían de estar primero en la lista de triunfo, ¿Qué importaba si ella moría? Nada, pero sus hijos, sus hijas; el Imperio, ellos habían de sobrevivir y pelear otro día más, ella no importaba, pero no se perdonaría si moría sin saber que sus hijos estarían a salvo. Claro que tenía esperanzas de que Sasuke comprendiera y remediara sus errores, pero en cualquier caso—positivo o negativo—era su deber como Haseki y Sultana Regente mantener a salvo al Imperio al que pertenecía por matrimonio y que a la par con sus hijos era todo para ella.

-¿Y el Príncipe Shisui, Sultana?- se aventuró a indagar Mitsuki.

-Dije que el Príncipe Daisuke llegara el trono y tras él sus hijos- reitero Sakura calmadamente, segura en que quien habría de reinar tras Sasuke seria Daisuke, -Shisui no estará capacitado para ser elegible como Sultan a menos que yo diga lo contrario- esclareció la Sultana.

Su hijo menor, Shisui, claramente no estaba capacitado para gobernar, sus nervios se lo impedían; pero en una u otra forma es que Sakura tenía pensado ser Sultana Regente de ser necesario en la instancia inesperada de que—Kami no lo quisiera—algo le sucediese a Daisuke, o a los pequeños Baru y Kagami, pero de una u otra forma sus hijos estarían a salvo, no moriría hasta saber que había una esperanza para el Imperio.


PD: hola a todos, prometí actualizar pronto y lo prometido es ley, damas y caballeros :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, garantizando actualizar el fic "La Bella & La Bestia" durante la siguiente semana, ya que esta semana esta libre para mi pero tengo muchos trabajos que hacer; pero de igual modo actualizare algunas de mis historias :3), a Adrit126 (pidiendo paciencia con respecto a su fic: "El Emperador Sasuke", comunicándole que quizá actualice este fin de semana o la siguiente semana :3)y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción. Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o peliculas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima..