Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, provienen de la bella imaginación de la hermosa Stephenie Meyer. La historia es completamente mía, ya que a mi loca cabecita le encanta soñar despierta.


Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)


"Te amo mucho, mi nenita bella", rezaba el pie de la última fotografía en el Instagram de Edward, donde aparecían él y Bella sentados al pie del árbol de navidad en casa de Liz y Maggie. Los novios se daban un beso, abrazados, Bella entre las piernas de él. Sin embargo, la imagen en si no fue lo que llamó la atención esa mañana del 25 de diciembre, ni siquiera el hecho de que usaban pijamas iguales —mamelucos de renos de Santa que Collin compró solo para ellos— fue suficiente para distraer al mundo. No.

Los fans, siempre fijándose en los detalles más pequeños, ocultos e insignificantes, descubrieron una banda negra en el dedo corazón de Edward que apenas saltaba a la vista, pues Margaret había tomado la fotografía alejada, con el objetivo de que se vieran el árbol, los regalos aún sin abrir y las pijamas, así como también evitar que el anillo se viera a simple vista.

Las redes sociales eran un caos, ya que todos asumían que Edward y Bella se habían casado en secreto y los fans conspiraban para encontrar alguna prueba de que así fue; pero no eran los únicos. La prensa se olvidó por completo de que tenían familia, con tal de ser los primeros en informar de la hermosa, tradicional e íntima boda de la pareja más hermosa de Hollywood. ¿O quizás fue moderna, gótica y grande? No, no, no. Fue íntima, moderna pero tradicional, en la casa de Liz, ¿o en la de los Swan? ¡Aún mejor! En el set de Cupido... ¿En un restaurante de Londres? ¡Cambridge! ¿Y si se fugaron a Las Vegas? ¡Sí! ¡En Las Vegas! Y les dieron la noticia a sus familias en Nochebuena, por eso Edward lucía su anillo con libertad esa mañana. ¡Qué romántico!

Edward y Bella eran completamente ajenos a todas esas especulaciones, mientras abrían regalos y tomaban un rico y caliente chocolate blanco, la especialidad de Liz que solo servía en la mañana de Navidad.

—¿Quién quiere más? —preguntó Liz, saliendo de la cocina con una nueva jarra de chocolate y el bote de crema batida en la otra mano.

—Yo, por favor —respondió Bella, extendiendo la taza blanca con un árbol de navidad y su nombre grabados. Otro regalo de Collin para toda la familia.

—Yo también —cantó Maggie. Y eso resultó ser una buena distracción cuando Stefan y Carmen recibieron el mensaje de sus respectivas agencias que les informaban acerca de los chismorreos del día.

Más tarde, escribieron ambos antes de concentrarse en la entrega de regalos.

Stefan fue el siguiente en entregar los regalos para Liz y Collin —que habían comenzado a vivir juntos un mes atrás— y Charlie y Renée. Para los primeros resultó ser un juego de cinco portarretratos que contenían fotografías individuales de Edward, Bella, Maggie, Ava y Tammy, las hijas del anterior matrimonio de Collin que en ese momento se encontraban con su madre, pero llegarían más tarde para la cena de Navidad. Para Charlie y Renée no cambió mucho el regalo, solo en cantidad: un portarretrato triple con dos imágenes individuales de Bella y Edward, respectivamente y en el centro una de ellos dos juntos tomada por detrás en una alfombra roja.

—Mencionaron que estaban buscando los marcos perfectos para hacer eso —explicó Stefan—, así que yo me tomé la pequeña libertad de prepararlo.

—Es perfecto —musitó Charlie—. Gracias, Stefan.

—Cuando mis chicas lo vean morirán de la emoción —rio Collin, mientras Liz colocaba el marco en la única repisa que podía verse incluso desde la cocina.

—Nuestro regalo es parecido —soltó Bella, inclinándose hacia el árbol sin soltar la mano de Edward. Tomó dos cajas de tamaño más pequeño, entregó una a Liz y la otra a Renée—. Las encontré en la tableta de Edward. —El aludido rio, dándole un beso en la mejilla. Las madres rasgaron el papel de sus respectivos regalos y destaparon las cajas. Ambas miraron a Bella con una sonrisa que realmente les salió desde el fondo del corazón.

—¿Qué es? —preguntó Maggie. Edward, que ya sabía de qué se trataban esos regalos, le sonrió a su hermanita, al tiempo que Renée y Liz mostraban sus regalos: fotografías tomadas el día de la fiesta de cumpleaños de Bella en las que aparecían Renée y Charlie compartiendo unas risas con Edward, mientras que en la otra, la que Liz recibió, los mostraba a ella abrazando a Bella con una mano en su mejilla y Collin detrás envolviéndolas por los hombros, los tres sonreían alegres, al borde de las risas por las caras que hacía Edward detrás de la tableta.

Liz y Renée abrazaron a los chicos en agradecimiento. Liz no tardó en colocar ese regalo junto al de Stefan.

—Más les vale que los siguientes regalos sean más divertidos que emotivos o me perderán —reclamó Carmen, pasándose un dedo por el lagrimal.

—De hecho, ya que lo mencionas... —dijo Edward—. Creo que son los últimos —anunció, sacando dos enormes cajas envueltas en papel navideño blanco y dorado de diferentes diseños para identificarlos. Entregó una a Bella y otra a Maggie.

—Se nota que lo envolviste tú —rio Maggie. Bella chocó palmas con su cuñada.

—Solo ábranlo —respondió Edward.

Las chicas rasgaron el papel y con ayuda de las llaves de Collin rompieron la cinta adhesiva que cerraba las cajas.

—¡No es cierto! —gritó Carmen, cuando vieron que esas enormes cajas en realidad contenían los regalos de Edward para su novia y su hermanita—. Te volviste loco.

—No me pude decidir —dijo él, con una sonrisa.

Bella recibió —todo en oro rosado y negro—: una plancha para el cabello, un secador y un set de rizadores, tres plumas y otra para caligrafía —que le valió a Edward un gran beso en la mejilla en deferencia a la presencia de Charlie y Renée—, y una cómoda aunque sexy pijama de top y shorts. Bella se sonrojó, escondiendo el rostro en la delgada tela del top.

—No mostraré esto —rio, guardando el conjunto de nuevo en la caja. Todos lanzaron unas risitas, adivinando lo que era.

Maggie, por su parte, se hizo acreedora —en amarillo— de: una mochila de diseñador, una taza de porcelana, los tenis que deseó en todo el año pero no pudo encontrar —y que resultó en otro beso para Edward—, una cámara instantánea y un reloj de muñeca.

Además, ambas obtuvieron protectores transparentes para sus celulares —líquida y con glitter para Bella y de naturaleza muerta para Maggie—, una agenda y divertidas diademas de orejas de gato.

—Acabas de crear un nuevo estándar de futuros regalos por los siguientes veinte años —dijo Collin. Edward se encogió de hombros, sin mostrar ninguna clase de vergüenza.

—Lo que sea por mis chicas.

Nadie pudo siquiera pensar que no lo decía de todo corazón.

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Con un suéter de lana color vino, leggings negros de lentejuelas y sus queridos y originales zapatos negros de grueso tacón transparente, Bella se arreglaba frente al espejo del baño en la habitación de Edward en la casa de Liz. Estrenó la plancha y uno de los rizadores para su cabello que había sido recién retocado con la intención conservar el rubio fresa que tanto les gustó a ella y Edward.

Edward entró al baño y, sonriendo, la envolvió de la cintura aferrándola a su pecho.

—¿Te gustaron tus regalos? —le preguntó.

—Me encantaron —respondió. Acarició la banda negra en el dedo de Edward—. ¿Y a ti?

—Totalmente. —Le dio un beso detrás de la oreja, para después apoyar su barbilla en el hombro de ella—. Stefan me mostró algo.

—El anillo.

—Sí. —Bella torció el gesto—. Oye, no pongas esa carita. Stefan y Carmen se están encargando de desmentirlo.

—Si tienes que quitártelo...

—No. Ya se los dije, esa no es una opción. Claro que aceptaron a regañadientes pero tendrá que acabarse el mundo antes de que siquiera considere dejar de usarlo. Te amo, Bella. Mucho.

—Y yo a ti, Edward.

Compartieron un largo y amoroso beso que comunicó más cosas que todas las palabras del diccionario, más que todos los te amo del mundo. Más que nada.

—Vamos. Nos deben estar esperando.

—Espera —dijo Bella. De la cama tomó la diadema de orejas de gatito y se la colocó sobre el cabello lacio con algunos mechones rizados, sacándole unas risas a su novio—. ¿Qué? Nos las diste para que las usáramos, ¿no?

—Por supuesto. A Ava y Tammy les encantaron las suyas.

—¿Ya llegaron?

—Hace un rato. Se mueren por conocerte.

—¿Fans?

Mucho. Collin dice que demasiado.

—Oh. Eso es dulce.

—Y tú eres adorable. Necesito un nuevo protector de pantalla, ven aquí.

Bella rio y posó para la cámara del iPhone de Edward dándole un beso en la mejilla mientras él sonreía enormemente al lente. Para otra toma, esta vez en el teléfono de Bella, él ahora le besó la mejilla. La primera fue compartida en Instagram al tiempo que bajaban las escaleras, diciendo: Feliz Navidad. Simple y sencillo.

Bella saludó a las hijas de Collin con alegría, la misma con la que ellas señalaron sus orejitas y convocaron a Maggie para que lo inmortalizara con su cámara nueva, fotografía que también fue compartida con el mundo.

—¡Prueba de calidad! —gritó Renée. Maggie, Ava y Tammy corrieron a la cocina. Bella iba a seguirlas, pero Edward la detuvo.

—¿A dónde va tan rápido, señorita? ¿Acaso no ha visto lo que tenemos aquí arriba? —inquirió él, señalando hacia el muérdago que colgaba de una de las vigas.

—Pero es prueba de calidad.

—Uno chiquito. Pequeñito —dijo, con un puchero.

—Está bien —respondió Bella, entre risas. Tomó a su novio de los hombros con una gran sonrisa y aceptó encantada el beso que él le daba, pero que fue groseramente interrumpido cuando la puerta de la casa se abrió.

Carlisle, Esme y Jane entraron bajo las estupefactas miradas de los novios que no habían soltado su abrazo.

—Feliz Navidad —saludó Carlisle. Edward miró a los recién llegados con el ceño fruncido y Bella lo miró a él, acariciando su espalda con la intención de tranquilizarlo.

—Feliz Navidad, Carlisle —respondió Bella, sonriéndoles ligeramente—, Esme, Jane. Pasen, tomen asiento. Amor, tal vez deberías ir a avisarle a tu mamá y a tu hermana que tenemos invitados sorpresa. —Edward no había cambiado su expresión ni despegaba su vista de su padre—. Edward —lo llamó Bella, él parpadeó y miró a su novia.

—Sí —contestó débilmente. Soltó a Bella, dándole un beso en la mejilla y caminó a la cocina.

—Vamos, denme eso. Lo pondré debajo del árbol —musitó Bella, extendiendo los brazos hacia los regalos que cargaban. Un gran estruendo salió de la cocina. Las cuatro personas en la sala dieron un brinco por el susto. Bella miró hacia esa dirección con los ojos abiertos de par en par. Cambió rápidamente su expresión, sonriéndoles de nuevo a Carlisle, Esme y Jane. No se le escapó la sonrisita de suficiencia de Esme, pero Bella se vengó, no dejando los regalos en el árbol, sino a los pies de la repisa donde Liz había colocado las fotografías nuevas y llamando la atención de Carlisle hacia ellas.

—El blanco es para ti, Isabella —le dijo Carlisle, con un matiz de enojo en la voz. Bella esbozó una pequeña sonrisa y se giró hacia él.

—Oh. Gracias, Carlisle, no se hubieran molestado —musitó.

—Izzy —la llamó Renée—, cariño, te necesito un segundo. Solo tú puedes lograr que las banderillas queden esponjadas.

—Seguro —respondió Bella, colocando la mano sobre la repisa, de nuevo llevando la atención a las fotografías. A Renée no se le escapó el gesto y le dedicó una mirada de mamá.

—Vamos —le dijo.

—Sí —sonrió Bella. Movió un poco la fotografía que ella regaló y siguió a su mamá.

—Niña... —la regañó Renée.

—¿Qué? —se burló, entrando a la cocina. Liz y Maggie le sonrieron y salieron. Collin iba a ir, pero Bella lo detuvo—. Yo que tú me quedaría.

—¿Por?

—Amm... Tal vez, solo tal vez, alguien les "mostró" los portarretratos e hizo enojar, o entristecer, a Carlisle. No sé. Yo no estaba ahí.

—¡Isabella! —murmuró Charlie, al tiempo que Tammy y Ava lanzaban unas risitas y Edward le sonreía con mucho orgullo. Bella se encogió de hombros.

—No importa, tengo que ir —musitó Collin y se fue.

—¡Collin! —exclamó Bella, tratando de seguirlo pero dándose por vencida cuando lo vio irse decidido. Miró a las chicas—. Ya maté a su papá.

—No. Tiene nueve vidas —respondió Tammy.

—Le pusieron las orejitas —rio Edward.

—Que divertido. Yo... —comenzó, dirigiéndose a Charlie, que la miraba con los brazos cruzados.

—No te atrevas —le dijo.

—Okey.

Maggie volvió a la cocina, agitada.

—Papá preguntó si es cierto que se casaron. Por eso vinieron.

—¿Y? —inquirió Edward.

—Mamá le dijo que no era un tema para tratar frente a personas ajenas a la familia. Se puso furioso.

—Bien —dijo Edward, con gusto—, así no se quedarán a cenar.

—Edward, es tu papá.

—Izzy... —la detuvo Charlie.

Edward le sonrió a su novia ligeramente y la abrazó, besándole la coronilla.

Collin fue el siguiente en regresar.

—Es Navidad —masculló. La cocina resonó con un suspiro colectivo de derrota.

—Trabajan tres lugares más —dijo Bella. Apretujó la mano de Edward en señal de apoyo y sacó lo que restaba de la vajilla. Maggie fue la que los colocó en la mesa, mientras Collin llevaba las sillas.

Poco a poco la cocina se fue vaciando, hasta que quedaron Bella y Edward solos, haciendo las condenadas banderillas.

—¿Estás bien? —le preguntó Edward, preparando un plato con papel absorbente para recibir las salchichas que Bella estaba por sacar.

Bella lo miró sorprendida.

—¿Yo?

—Jane está aquí.

—Estoy tratando de no pensar en eso —soltó, dejando la primera salchicha en el plato. Tomó uno de los palitos de madera preparados y lo clavó en el centro de la banderilla, casi con violencia—. No voy a dejar que arruine nuestra Navidad, ¿y tú?

—Tampoco.

—Entonces, deja de amargarte. Solo están aquí para molestar y lo sabes.

—Y lo están logrando.

—Exacto.

—Chicos, a cenar —les dijo Liz—. No pasa nada, ¿de acuerdo? Sigamos disfrutando de la Navidad.

—Okey —dijo Bella. Se llevó a Edward de la mano al comedor, donde ya estaba el resto. Renée fue con Liz a la cocina, de esta acción destacó el hecho de que Esme ni siquiera intentó moverse, encontrándose cómodamente sentada en el lugar que se suponía pertenecía a Liz. Bella buscó la manera de quitarla y se lo comentó a Liz cuando volvió, robándole una sonrisa condescendiente.

—Déjala. Lo necesita más que yo —le dijo, guiñándole un ojo—. Ve a sentarte, mi vida.

Se presentó una pequeña batalla por los lugares, cuando Esme hizo que Jane se sentara junto a Edward, siendo Bella y Maggie las que lo impidieran. ¿Frente a él? Tammy, Ava, Charlie y Renée lo hicieron primero. Así, poco a poco, la fueron relegando a la esquina más alejada de Edward, para decepción de la chica y su madre. Pero los desaires no pararon ahí. Collin cortó la pierna de pavo justo cuando Carlisle se disponía a hacerlo, y al intentar ser quien sirviera el vino, Charlie lo tomó sin preguntar. El brindis fue el golpe bajo, pues, esta vez, Edward tomó la batuta, dejando muy claro quiénes no eran bienvenidos ahí.

Edward y Bella se olvidaron rápidamente de los visitantes sorpresa y disfrutaron de la cena como si todo estuviera igual al año pasado, cuando estuvieron tan bien resguardados en Cambridge que ni siquiera los fans pudieron entrar en su pequeña burbuja.

—Y, entonces, no miró por donde iba y pisó el colador en el suelo —rio Edward a costa de Bella, quien rodó los ojos ante las carcajadas de toda..., bueno, casi toda la mesa.

—Pero esa fue tu culpa, porque si no me hubieras espantado no habría tirado la pasta —reclamó.

—De acuerdo, de acuerdo, lo acepto. Fue mi culpa que termináramos cenando tailandesa.

—Eres un idiota —soltó Bella y le dio un beso en la mejilla.

—¡Oh! ¡No empiecen! —gritó Maggie. Los novios se dieron un besito, solo para molestar a la chica, que reaccionó cubriéndose los ojos con la servilleta roja. La mesa de nuevo resonó con carcajadas.

Se retiraron a comer el postre en la sala. Edward y Bella se sentaron en las escaleras a jugar con los naipes oro rosado que Stefan le regaló a Bella y los negros que le dio a Edward. Comenzaron un reto de Solitario y apostaron que el perdedor cocinaría completamente la cena de Año Nuevo.

—¿Lista? —le preguntó Edward, con el cronómetro del celular preparado.

—Arranca —respondió, terminando con la natilla de rompope que acompañó al postre especial de Renée. Edward sonrió y tocó la pantalla, comenzando el conteo y el juego. Como siempre sucede en el Solitario, los primeros movimientos fueron inmediatos y llenaron de confianza a los novios—. Te voy a ganar, amorcito —rio Bella en el momento que Edward se detuvo, mirando su bloqueado juego.

—Ya lo veremos, mi vidita —le dijo Edward. Ella le enseñó la lengua. Maggie se golpeó la frente con una mano.

—Este par son más competitivos que un deportista —soltó.

—Déjalos, ya sabes cómo son —rio Renée.

Jane apretó los labios, torciendo el gesto. Sin proponérselo, Edward y Bella le estaban amargando la Navidad. Es que ella había visto la publicación de Edward y todas las especulaciones que se desataron, y convenció a Carlisle y Esme de ir a la casa de Liz e investigar qué tan ciertos eran los rumores, esperaba encontrarse con que todo había sido una confusión de los fans, que no existiera anillo... Pero Edward lucía su banda con orgullo, mostrándola y tocándola inconscientemente, mirándola con los mismos ojos brillantes que estaban reservados para Bella. Carlisle preguntó sin obtener respuesta, sin embargo él le prometió que lo averiguaría, y eso estaba haciendo mientras contemplaba las fotografías en la sala, buscando alguna que los delatara. Si eran ellos quienes confirmaban la boda, recibirían semanas y semanas de aparición en la prensa, la preparación perfecta para la temporada de premiaciones y los festivales de principio de año.

Aunque lo único que Carlisle consiguió en su búsqueda fue un horrible dolor en el corazón. Nunca se imaginó que terminaría tan desplazado de la vida de sus hijos; se separó de Elizabeth, no de ellos y aún se preocupaba por sus vidas y sus carreras. Por eso no quería a Bella cerca de Edward. Era de las típicas estrellitas fugaces que tienen unos cuantos años de éxito y después desaparecen. Edward no tendría por qué perder sus años en la cima siendo el novio de una celebridad de entrada por salida. Jane era diferente. Jane tenía toda su vida en el medio, no era una estrella fugaz. Era con Jane con quien Edward debía estar.

Bella gritó, levantándose de un salto del escalón en el que estaba sentada, al tiempo que Edward botaba la carta negra que tenía en la mano.

—¡GANÉ! —exclamó la chica, haciendo un ridículo baile de victoria en las escaleras—. ¡GANÉ, GANÉ!

—Gracias al cielo, sus retos me ponen de... ¡EDWARD! —gritó Liz al ver como los pies de Bella se enredaban entre ellos, haciéndola tropezar. Edward fue lo suficientemente rápido para poder tomarla en brazos cuando la chica se fue de espaldas.

—¡Dios! ¡No me vuelvas a hacer eso! —la regañó él. Bella se escondió en el pecho de su novio, controlando su respiración. Casi se caía de las escaleras, le tenía un gran pavor a eso después de la estrepitosa caída en Cambridge que la dejó inconsciente por unos minutos y le rompió el brazo. Edward le besó la frente con ternura—. ¿Estás bien?

—Dame un minuto —pidió en un susurro. Edward asintió hacia el resto, que se habían levantado con el grito de Liz, incluso Carlisle, Esme y Jane que reaccionaron más que nada por la sorpresa. Renée y Charlie dejaron soltar el aire que contuvieron y volvieron a tomar asiento. Su pequeñita estaba bien.

Finalmente, Bella asintió. Edward la dejó nuevamente sobre sus pies.

—Ay, niña —murmuró Charlie.

—Lo siento, pero gané. Edward tendrá que cocinar en Año Nuevo...

Edward rodó los ojos con diversión. Solo su Bella podía comportarse tan boba después de casi caer por las escaleras.

—Vamos a morir —declaró Maggie.

—Graciosa —refunfuñó Edward.

—Quiero irme —murmuró Jane a su madre.

—No, no quieres. Ve a hablar con Edward.

—Lo haré yo primero —intervino Carlisle.

Pero a ninguno de los dos les dio tiempo de acercarse a Edward, ya que los novios comenzaron a despedirse y guardar los regalos en la cajuela del coche.

—Hazlo ya —ordenó Esme, empujando discretamente a Carlisle. El hombre se puso de pie y se acercó a su hijo.

—Edward, ¿podemos hablar? A solas —aclaró, dirigiendo una rápida mirada a Isabella.

—No —respondió Edward, totalmente serio. Carlisle miró incrédulo a su hijo—. Es Navidad y en verdad, en verdad no quiero amargarme el día más de lo que tu inesperada visita lo ha hecho —soltó. Bella abrió los ojos como platos. Ay, Dios. La lengua estadounidense.

Liz se puso de pie con su copa de vino, pasó por detrás de Bella y Edward y susurró al oído de la chica:

—Sácalo de aquí.

—Bebé, vámonos —le dijo Bella, dándole un beso en la mejilla y apoyando su mano libre en el estómago de su novio. Edward se dejó empujar, sin dejar de mirar a su padre con una mezcla de enojo y decepción, las mismas emociones que salían a brote desde tres años atrás.

Después de unos cuantos pasos, Edward se giró y envolvió los hombros de Bella con un brazo.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana, chicos —respondió Collin.

En el coche, se mantuvieron en silencio la mitad del trayecto de Hollywood a Pasadena, solo escuchando la suave música que salía del estéreo con el iPod de Bella conectado. Al paso de los minutos, Edward fue recobrando la calma, relajando las manos crispadas en el volante de su amado Aston Martin hasta que soltó una de ellas para tomar la de Bella. Ella le sonrió y le besó el dorso de la mano.

—Lo siento —se disculpó él. Bella negó.

—Está bien. ¿Quieres ver Los Fantasmas de Scrooge?

—No suena mal. ¿Palomitas?

—Las de caramelo están debajo de las escaleras.

—Tú pones la película y yo las preparo.

—Perfecto.

Al llegar a su vecindario, fueron directamente a la casa de Bella. Bajaron los regalos de la cajuela antes de entrar. Bella subió con su pijama nueva y la plancha y los rizadores. Acomodó los aparatos en el baño y ahí mismo se cambió la ropa de la cena por el sexy conjunto de satín oro rosado y encaje blanco en la espalda. Le gustaba como se veía y se sentía cuando se miró al espejo. Edward se mostró travieso al comprarlo y eso le encantaba.

Buscó la película en una de las mesas de noche, la metió al reproductor de DVD y se acostó en la cama con los controles en la mano. Edward subió llevando los dos contenedores con las palomitas, pasmándose cuando vio a su novia usando su regalo con las orejitas de gato aún sobre la cabeza.

—Dios bendito —musitó.

—¿Eso quiere decir que se me ve tal como esperabas?

—No te hice justicia para nada —confesó él. Dejó las palomitas en la otra mesa de noche y se abalanzó sobre su novia, besándola y acariciando toda la piel que no cubría el conjunto.

—Feliz Navidad, nene —le dijo Bella.

—Feliz Navidad, nena —respondió Edward.

—¿Listo para desenvolver el último regalo del año?

—Que el maldito infierno me impida de hacerlo.

Bella rio y lanzó un gritito cuando Edward le mordió el cuello.


Hola, chicas, soy yo otra vez. ¿Como están? Aquí tienen un nuevo capítulo, ¿les gusto? Espero que lo hayan disfrutado. Gracias a Adriu, Yoliki y jupy por sus reviews en el capítulo anterior, y al resto de ustedes por leer. Nos vemos en los reviews o en cuanto la vida real me lo permita. Un abrazo.

Annie. xx