Allí estaba su hermosa y delicada princesa. Una cama de metro cincuenta acogía entre sus sábanas inmaculadas a una joven durmiente, quien parecía que en ese momento su vida dependía de la funciones que desempeñaban las distintas máquinas y sueros conectados a sus venas. Un tubo anexionado a su frágil y blanca nariz le administraba una cantidad moderada de oxígeno comprimido en una bombona situada al lado del camastro. Una joven enfermera acomodaba el cuerpo de la chica de modo que se encontrase en una posición correcta y bien arropada por las mantas.

Heiji se acercó con pasos lentos y amortiguados hasta la camilla, con la mirada clavada en la cara de su querida amiga, hasta llegar a su lado. Llevó una mano a la mejilla femenina y acarició con el pulgar su suave piel. Está tan fría... Pensó el moreno, con un enternecido rostro triste. Arrastró la silla que había tras él y se sentó al lado de la cama, sujetando la mano libre de conductos intravenosos entre las suyas, como un perro fiel. Quiso besar la comisura de los labios de la chica, pero desistió al ver que la enfermera estaba mirándolo. Además, cabía la posibilidad de ser regañado por hacer lo que no debía.

-Ya está fuera de peligro.-Informó la enfermerita.- La hemos sedado para estabilizar sus nervios. Ahora solo precisa reposo. Puede quedarse aquí pero sin molestar, por favor.

Heiji asintió, dando a entender que no volvería a perturbar la calma del edificio. Tras observar cómo la practicante cerraba la puerta, volvió a centrarse en Kazuha.

Su piel estaba fría y pálida. Respiraba lentamente, podía observarlo en el vaivén de su pecho. Habían soltado su pelo, que se desparramaba por la almohada aparentemente de forma premeditada, como si cada mechón de su cabello hubiese sido colocado de forma precisa por un ente divino. Sus ojos cerrados, sus labios ligeramente secos y morados pedían un beso que ayudase a despertar. En su mano derecha, unos cuantos conductos que propulsaban suero y calmantes por las venas de la chica.

Los párpados del muchacho pesaban sobremanera. El aparatito de la derecha de la cama informaba que el pulso de Kazuha era estable, no tenía de qué preocuparse. No estaba muerta. Su cabeza buscó confort en el regazo de la chica. Sentado en la silla, acarició con su mejilla el vientre femenino tapado por las mantas, sin abandonar la mano izquierda de la paciente. Una vez acomodado, delineó los nudillos y los dedos de ella con los suyos hasta quedarse dormido. Estaría allí hasta que ella le dijera lo contrario cuando despertara.

Sintió que algo lo zarandeaba ligeramente. Abrió un poco los ojos, adormilado. Pudo ver que ante él se alzaba la figura paterna de la muchacha a la que acompañaba en ese instante, contrastado con la luz de los fluorescentes y las paredes blancas del cuarto.

-Eres un buen chico.-Pronunció con voz grave el hombre.- Cuídala por mí, muchacho. Sé que puedo confiar en ti.

Los ojos de Heiji volvieron a caer. El contorno oscuro del señor Toyama se desvaneció entre la luz y la blancura de las paredes. Había vuelto a quedarse dormido.