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Capítulo XXXV- Armonías Conciliadoras
—Tres en punto. Ni un minuto más tarde. ¿Ha quedado claro?—Meiko enfatizó cuidadosamente sus palabras, advirtiendo severas consecuencias si sucedía un acontecimiento similar a los del día anterior, y dio su beneplácito para que la rubia se retirara.
Rin se había desvelado la mitad de la noche para acomodar su descomunal maleta, que ella consideraba demasiado gigantesca para lo poco que llevaba consigo, y arreglar su desordenado equipaje dentro de ésta antes de partir a Los Ángeles. Meiko había caído dormida, probablemente cansada por la agitación que le causó su súbita desaparición, apenas habían llegado a su habitación. Mientras la castaña roncaba por la mala posición en la que dormía, Rin se encargaba de dejar cada detalle listo para su viaje. No tendría tiempo mañana, por lo que era indispensable aprovechar cada segundo que transcurría.
La rubia salió a la concurrida avenida y batalló por llamar un taxi. Len había llamado al hotel durante el transcurso de la mañana para avisarle que se reunirían en Brooklyn, a más de media hora del hotel donde se hospedaba si considerabas el tráfico, y tomarían la línea de subterráneos IND Queens Boulevard hasta la comunidad de Jackson Heights, en el condado de Queens, donde se hallaba localizado el nuevo hogar temporal de las gemelas. Rin perdió unos diez minutos intentando ser notada por un taxi y, cuando por fin consiguió detener un vehículo amarillo, una arrogante señora le empujó fuera del camino y le quitó lo que por derecho era suyo. Rin ardió en rabia y quiso gritarle reproches, pero se contuvo.
—Veo que tienes problemas, pequeña ingenua—dijo Meiko detrás de ella, riéndose. Rin se sobresaltó y Meiko tuvo que sostenerle para que no brincara de la acera a la calle—. Cuando estudiaba en San Francisco, hubo un verano en el que mis compañeros decidieron que debíamos pasar tiempo aquí y disfrutar de los placeres neoyorquinos antes de que nuestro descanso acabase. Si algo aprendí de esa experiencia en esta alocada ciudad es cómo lidiar y atraer la atención de un taxista. Ven, te enseño.
—Meiko-nee, no sé por qué pero siento que esto no terminará bien—murmuró la rubia, alisando con inquietud el ras de su holgado suéter negro con margaritas blancas. La castaña le indicó que observase atentamente y aprendiera. Pasaron unos minutos sin que un taxi vacío apareciera en el horizonte. Cuando Meiko divisó uno aproximándose a toda velocidad, esperó unos segundos y saltó a la calle, haciendo que el taxi frenase a pocos metros de ella. La rubia sintió que sus ojos por poco se salían de sus cavidades.
—¡Perfecto! Señor, necesito que nos lleve hasta Brooklyn—indicó Meiko. El taxista desbloqueó las puertas del vehículo y les pidió que se adentrasen en la cabina. La castaña empujó a una rubia atónita y abatida y se sentó a su lado, cruzando sus piernas. El taxi arrancó.
—Uh…—La más joven frunció el ceño y tragó lentamente. No quería sonar grosera, pero un detalle mísero empezaba a incomodarle—, ¿Meiko-nee?
—¿Mm?
Rin suspiró.
—¿Por qué estás tú aquí?
—¿Por qué más? Te acompañaré hasta Brooklyn. Tienes cara de turista desamparada, Rin. Temo que se aprovechen de ti.
—Uh. Ok, gracias—contestó realmente confundida. La castaña acarició su coronilla y jugó con los mechones dorados de su hermanita menor. Rin le observó con curiosidad impregnando sus ojos celestes.
—Es un placer, Rin. Siempre me tendrás aquí para cuidarte—musitó, aunque Rin no pudo oírle. Su atención se había desviado a los transeúntes que circulaban por las extravagantes calles.
—Gracias por acompañarme, Meiko-nee. Por favor, déjame pagar el viaje de vuelta…Me siento mal sabiendo que te costó treinta dólares el recorrido hasta acá—intentó persuadirle, pero la mujer se rehusó a escucharla. Se encontraban a una cuadra de la estación en que Len y Rin habían pautado su encuentro. Meiko y ella habían descendido del automóvil, no sin antes pedirle al taxista que esperase unos momentos para llevar de regreso a Meiko hacia Manhattan.
—Pórtate bien, Rin, y has que ese idiota Asakawa se babee por ti—la rubia se sonrojó profundamente y agitó con vigor su cabeza, escandalizada por las desvergonzadas palabras de su hermana mayor. Meiko rio y con ella, el entrometido taxista. Su cara probablemente producía demasiada gracia porque estaba segurísima que el nombre no podía pronunciar ni dos palabras en japonés—. Está bien. Tienes razón, lo lamento. No debí decir eso. Estoy equivocada… Él ya lo hace, ¿no? Es tan evidente.
—¡Meiko-nee!
—Rin, sabes que solo estoy jugando contigo—el rostro de la castaña pronto perdió todo rastro de broma y se tornó súbitamente sombrío, cosa que espantó a la rubia—. Ahora, hablando en serio, necesito que me prometas algo.
—¿Qué cosa, oneesan?
—Sin importar qué pueda suceder hoy, piensa muy bien tus decisiones antes de actuar. Rin, prométeme que te cuidarás, que serás prudente y cautelosa. No quiero verte herida ni triste otra vez.
—Meiko-nee, en verdad no comprendo a qué te refieres.
—Rin, hoy partiremos hacia Los Ángeles y luego nos iremos de Estados Unidos. ¿Sabes cuándo volveremos a ver a Len de nuevo?—Una punzada atravesó el corazón de Rin. Ella clavó sus dientes en su labio inferior y clavó sus ojos en el pavimento. Por supuesto que lo sabía. En un principio, cómo ansiaba que los días restantes en Nueva York se acabasen y pudiesen moverse a su siguiente parada. No obstante, ahora tendía a evadir aquel horrible pensamiento, lamentando el hecho de no contar con más tiempo para revivir su pasado con el rubio. Dios, aquello le afectaba más de lo que debería hacerlo—. Es probable que no le veamos más en mucho, mucho tiempo. La cuenta podría llegar hasta años, ¿no es cierto?
—Ya lo sé…
—Bien. Yo confío en ti, Rin. Ya estás madurando y es hora de que tus decisiones sean las de un adulto. Confío en que sabrás que es lo mejor para ti. Busca una solución equilibrada entre tu corazón y tu razón, y no dejes que ninguno de los dos nuble por completo tu juicio. Antes de dar tu conclusión, sé precavida y tómalo con calma. ¿Está bien?
—Meiko-nee, ¿por qué suenas tan preocupada? Siento que estás insinuando cosas que no son…—Rin inclinó su cabeza y se detuvo a pensar unos momentos—. Por favor, no tengas ideas erradas. No es como si Len y yo estuviésemos planeando volver a estar juntos… ¡Por Dios! ¡Apenas nos encontramos hace unos días! Para mí, Len es…es un muy buen amigo—Rin volvió a agachar la mirada, aturdida por el torbellino interno que le gritaba con potencia: "¡mentirosa!"—. Además, Len tiene a SeeU-chan.
—¿Uh? ¿A SeeU?—Meiko quiso golpearse en la cabeza al ver la vacilación en la respuesta de su hermana menor—. ¿En qué rayos está pensando ese cabeza hueca? Más le vale resolver estos malentendidos antes de que sea demasiado tarde. Bueno, Rin… Si Len no te lo ha dicho entonces, supongo, que pronto lo hará. Si es lo suficientemente listo como para comprender la delicadeza de la situación, lo hará.
—¿Decirme qué? ¿Oneesan?—Rin frunció el ceño—: ¿Qué me estás ocultando?
—Que te lo diga él—contestó, contrayendo sus hombros—. En fin. Solo quiero que te grabes que debes considerar paso por paso antes de precipitarte a cualquier cosa. ¿Comprendido? Ah, y metí algo dentro de tu bolsillo que probablemente quieras ver más tarde. Sé puntual y no tardes en alcanzarnos en el hotel. Diviértete mucho y mándale mis saludos a ese par de mini demonios. Nos vemos, pequeña.
¿Mini demonios?
—¿Uh? Está bien…Adiós, oneesan—Meiko asintió y se subió en el vehículo, despidiéndose con un lento movimiento de manos. La rubia le regresó el saludo, aún desorientada por sus espontáneas y deshiladas palabras. Cuando el automóvil se había perdido de su vista y ella se hubo tornado, divisó al rubio en la cumbre de las escaleras que conducían al subterráneo, conversando por teléfono.
Se acercó lentamente y se detuvo detrás de él, sin ser percibida por Len.
—Sí, ya lo sé. No tienes que sobreactuar, SeeU… Sí, ya lo he discutido con mis papás. Ya no hay vuelta atrás. ¿Podemos hablar de esto más tarde?—Una prolongada pausa cortó la voz suave de Len—. Sí, gracias. Tú sabes que yo también te quiero. No hay necesidad de que te lo recuerde.
Auch.
La rubia giró sobre sus talones y distrajo su atención examinando las edificaciones de los alrededores. ¿Por qué duele tanto? Su vista pasó de ventana en ventana, intrigada por saber qué clase de persona habitaba dentro de cada departamento. Vio a una niña saludándole desde lo alto de un edificio viejo y no pudo evitar imitar su gesto. La pequeña se escondió por la vergüenza y la rubia rio, quizás más alto de lo que tenía planeado, siendo descubierta finalmente por su cita.
—¿Rin?—Dijo él, colgando la llamada, sorprendido de no haberse percatado de su llegada. Ella le sonrió débilmente, abrazando la cinta de su bolso. Len se fijó en el atuendo simple y cómodo que cargaba. Un suéter negro con flores blancas estampadas en él, un par de blue jeans oscuros y unas zapatillas. Sobre su cabeza venía el hermoso lazo blanco que le caracterizaba. Len extendió su mano y le invitó a tomarla.
—¿Tienes mucho tiempo esperando? Lamento si se me hizo un poco tarde, tuve problemas tomando un taxi hasta acá—se disculpó suavemente, queriendo morir cuando Len entrelazó sus dedos y empezó a guiarle escaleras abajo. ¿Cómo podía Rin definir precisamente lo que eran? ¿Muy buenos conocidos? ¿Amigos íntimos? ¿O…?
No. Len tiene novia. No pienses idioteces, Rin.
—No te preocupes, no llevaba mucho tiempo esperando cuando te encontré riéndote detrás de mí. Discúlpame tú a mí por haberte ignorado involuntariamente; prometo que no volverá a suceder—la rubia apretó su mano, dándole a entender que no era necesario que pidiese perdón por una tontería como aquélla. Él sonrió y procedió a comprar sus tickets, dejando libre su mano mientras le evitaba la molestia de enfilarse.
Rin le miraba a pocos metros, cerca de las barras de seguridad que restringían la entrada, y, antes de que pudiese percatarse, se había perdido en sus propios pensamientos. ¿Por qué? Repetía su acusadora conciencia. Es hora de que detengas las emociones. Estás ilusionándote, Rin. Saldrás lastimada si no pisas tierra firme pronto. El remordimiento era casi insoportable. Rin sentía que todo su interior se estremecía por la culpa cuando recordaba el rostro de SeeU. Pero… no todo era su responsabilidad, ¿cierto? Las acciones dulces y atentas de Len daban mucho que pensar y esperar. ¿Adónde quiere llegar Len con todo esto? ¿A qué está jugando? O… ¿Soy yo la única que se siente acortejada? ¿Es que estoy tomando las cosas demasiado en serio?
—¿Lista?
Ella respingó.
—¿Uh? S-Sí, por supuesto—él la condujo a través de los largos túneles, bañados en una leve penumbra, hasta alcanzar la parada que los trasladaría hasta Queens.
Le seguía, dubitativa, intentando descifrar que escondería Len detrás de aquella hermosa sonrisa suya. Él había probado ser de confianza, mas… Rin no sabía qué debía creer en verdad. Lo más posible era que las palabras de Meiko se relacionaran con aquella situación tan exasperante. No debía apurarse y tampoco debía dejar que sus emociones obstaculizaran su raciocinio. Debía ser cuidadosa con el impredecible Len Asakawa. Después de todo, Len era poco más que un extraño, pero poco menos que un verdadero amigo. Rin suspiró.
—¿Rin? ¿Estás escuchándome?—Len palpó su hombro y ella saltó sobre su asiento. Rin observó su entorno y sus ojos se abrieron descomunalmente. ¿Precisamente cuándo había arribado el tren? ¿En qué momento exacto se había adentrando en él? Len, percibiendo su alarmante pánico, sostuvo su mano y le pidió con un murmullo que se calmara. Ella mordió su mejilla.
—¿Estás bien? Te noto… extraña.
—Perdóname, estoy algo distraída. Ayer no conseguí dormir mucho, ya sabes, porque estaba preparando mi equipaje y todo eso. Um… ¿Qué me decías?
—Estaba hablándote sobre mi madre, Rin—la rubia pestañeó varias veces, intentando recalcar su supuesta conversación, pero su mente estaba totalmente vacía, completamente en blanco. Qué novedad, opinó con ironía mientras sus cejas se fruncían. Regresándole una sonrisa apenada, le suplicó a Len que continuase hablando—. Bueno, ayer, cuando mi madre conoció a Leti y a Tia, no pudo evitar ver en ellas a las hijas de su… eh… anterior compañero sentimental—articuló, inseguro de cómo llamar exactamente a Yamato. Rin recordó a las pelirrojas que habían aparecido con el gatito en el acuario.
—Uh, claro. Les recuerdo—Len le miró, fascinado, y ella se aclaró la garganta—. Quizá no sean recuerdos perfectos y claros, pero puedo visualizar el escenario. ¿Qué ha dicho Shizuka-san sobre ellas?
—Mi madre les extraña, de hecho. Eran buenas niñas y espera que puedan crecer sanas y fuertes—Rin armó una sonrisa conmovida—. La última vez que les vi fue hace unos cinco meses atrás. Yamato contactó a mi madre para felicitarla en su cumpleaños. Al parecer, Wakana y Kotone querían hablar con ella y verle otra vez. Eso hizo que me diera cuenta que realmente se habían encariñado con mi madre.
—¿Quién no podría encariñarse con Shizuka-san? Es una persona muy cálida y fabulosa, además de ser una madre estupenda—replicó honestamente. Len enterneció su mirada y tomó la mano de Rin entre las suyas. Besó la palma de su mano. Las mejillas de Rin fueron pintadas por un tierno carmesí.
—Mi madre y tú son muy parecidas, Rin. Tú eres tan especial como ella lo es; tan estupenda, fantástica, cálida, preciosa e insustituible—la rubia cerró sus ojos y se embriagó con la extrema dulzura que les rodeaba. Bueno, Len Asakawa, si tu propósito era confundirme más, lo has conseguido. Felicidades.
—Gracias, Len—dijo, apartando su mano y enderezándose sobre su asiento. Sé cautelosa. Len se acomodó también y suspiró. Prometía ser un viaje más largo de lo que parecía.
Se detuvieron por fin delante de un edificio antiguo y amplio. Tenía un porche bastante simple, protegido detrás de unas viejas rejas de hierro y conformando por unas cuantas escaleras de cemento que daban a la acera principal. En uno de los muros donde las bisagras del portón se hallaban incrustadas había una placa de bronce con la siguiente inscripción: Guardian Angel Group Home. Rin observó cómo Len, tan ensimismado por el aspecto callado de la casa hogar, procedía a tocar el timbre. Pronto se escuchó, a través del comunicador encima del botón del timbre, que alguien atendía y preguntaba de quién se trataba.
—¿Señorita Orange? Buenos días, soy Len Asakawa, hijo de Shizuka Asakawa—habló el rubio, cuidadosamente, esperando a que la mujer lo reconociese—. He venido hasta acá para hacer una visita a las gemelas que recién ingresaron ayer en la institución.
—¡Oh, claro! El hijo del empresario japonés, por supuesto. La señorita Orange no se encuentra en estos momentos, pero con gusto les recibiré. Por favor, esperen unos momentos.
Aguardaron como les fue indicado y pronto vieron surgir, desde las puertas oscuras de roble, a una mujer alta, vestida casualmente, con una sonrisa refinada. Len observó a Rin y Rin observó a Len. Tenía una peculiar melena rosada y unos profundos ojos violetas. Llegaría a los treinta años como máximo. Su piel estaba algo bronceada.
—Es un placer tenerlos como visitantes. Mi nombre es Mirai Pickett y soy una de las principales encargadas de esta institución. Tengo entendido, por una llamada que recibí de uno de los abogados de la casa hogar, que han venido como visitantes a cerciorarse de que las gemelas japonesas, Leti y Tia, se estén adaptando adecuadamente.
—Sí, así es—contestó Len mientras Rin alzaba sus cejas. Mirai asintió.
—En un principio la idea me puso escéptica. No vemos casos como estos tan seguidos—siguió hablando la señora, guiándoles dentro de la acogedora edificación—. Por lo general, esta clase de "simples visitas" no son permitidas con tanta facilidad. Tememos algún tipo de preferencia hacia los niños, por lo que dejamos todos los trámites legales en manos de la agencia de adopción a la que estamos asociadas y, cuando finalmente recibimos una confirmación, concluimos la adopción y entregamos al niño.
—Suena como un negocio—musitó Rin entre dientes. Mirai no le escuchó, y si lo hizo, entonces intentó ignorarle. Len no añadió nada más.
—He oído por la señorita Orange que sus padres, joven Len, piensan iniciar los trámites necesarios para adquirir la tutela de Leti y Tia. Es maravilloso. Quedé realmente pasmada cuando oí sobre el accidente que tomó la vida su madre.
—Sí, fue terrible. Preferiríamos no hablar sobre ello—respondió la rubia, sabiendo lo afectado que se mostraba Len cuando el tema salía a flote. La mujer le lanzó una mirada indagadora y asintió lentamente. Los condujo por un pasillo largo, después de haberles retenido momentáneamente en el vestíbulo. Asomaba su cabeza de vez en cuando dentro de las numerosas habitaciones, buscando al par de niñas astutas que se movían tan ágilmente como los ninjas dentro de aquella planta.
Rin y Len saludaban de vez en cuando a los niños, quienes quedaban fascinados o atraídos por el hecho de ver visitantes inesperados, y continuaban pisando los talones de la frenética mujer que buscaba de recámara en recámara a las gemelas. Rin se había detenido a jugar con los niños o a leerles algo en varias ocasiones al tiempo en que Len era retado por algún infante a competir. Mientras se hallaban en aquella eterna odisea, los dos se tomaron también la molestia de examinar los entornos donde Leti y Tia permanecerían temporalmente. Las instalaciones estaban en un estado impecable; las literas se veían cómodas, los armarios y guardarropas estaban ordenados perfectamente, los juguetes y útiles iban en pilas organizadas por colores y tamaños… Parecía un ambiente propicio para el crecimiento y desarrollo de jóvenes.
Salieron al modesto patio trasero, donde varios niños jugaban en un pequeño parque mientras otros se encontraban realizando quehaceres con las ayudantes de la casa hogar. Rin y Len localizaron, finalmente, a una de las gemelas. Leti se encontraba en la cima del castillo de juegos, peinando a una muñeca de trapo, totalmente ajena a su alrededor. Tia acababa de deslizarse por el tobogán que salía del cajón donde Leti estaba, riéndose mientras escalaba de nuevo para tirarse una vez más. Len no pudo evitar acercarse rápidamente a ellas, para la sorpresa de Mirai y Rin.
—¡Oniisan!—Leti se sobresaltó al oír la viva exclamación de su hermana gemela. Tia se lanzó hasta una de las piernas de Len y se asió de su pantalón, brincando felizmente. Leti intentó bajar por el tobogán, sin embargo, víctima de su irremediable torpeza, tropezó y se deslizó de cara hasta dar con la tierra al final de la rampa de plástico. Rin corrió a auxiliarle, temiendo que hubiese podido herirse.
—¡Oneesan! ¡Eres tú!—Leti se colgó de su cuello y se apretó alegremente a él—. ¡Creímos que oneesan ya no nos volvería a ver nunca más!
—¿Cómo podría? Ustedes dos son muy especiales como para que pudiese hacer algo así—comentó Rin y frotó la nariz de Leti, que había quedado sucia por restos de grama, prueba del indeseado beso que le dio a la tierra.
—¿Cómo han pasado la noche, niñas? ¿Ha sido agradable? ¿Han dormido bien? ¿Con quién comparten su habitación? ¿Han hecho amigos ya? ¿Los niños de aquí son simpáticos con ustedes?—Balbuceó Len, armando una sonrisa conciliadora, y las dos pequeñas parecieron perderse en lo que dijo. Rin negó suavemente con la cabeza.
—A lo que Len se refiere—intervino Rin al notar que las niñas empezaban a complicarse por responder todas las interrogantes que Len les había lanzado—: ¿les gusta su nuevo hogar?
—¡Sí! Es muy lindo—respondió Tia—, pero creo que a Leti no le agrada estar aquí…—susurró en el oído de Len. Éste asintió y le dirigió un efímero vistazo al otro par de chicas.
—Leti, Tia… Me gustaría discutir algo con ustedes dos—Rin, Tia y Leti observaron detenidamente a Len, quien se veía indeciso por soltar la información que retenía. Rin encontró tierno el evidente nerviosismo de Len. Algo dentro de ella, quizás intuición femenina, predecía cuál sería el tema de conversación. Él mostró una sonrisa amena y abrazó a la niña en sus brazos con mucho afecto—. ¿Qué pensarían si tuviesen… uh…un padre joven? Así de joven como un hermano mayor…
—¿Joven como un hermano mayor?—Repitieron a coro las otras dos, con sus ojos ensanchándose como si hubiesen descubierto una importante noticia—. ¿Existen esa clase de papás?—confirmó Leti y Tia complementó:—¡Pero los papás que aparecen en la televisión siempre son muy grandes y altos! A veces tienen arrugas y son muy serios, otras veces son muy raros... ¿Cómo sería un papá joven?
—Como oniisan—respondió Rin con una sonrisa cómplice. Len estuvo cerca de ahogarse con su propia saliva. Estaba asustado. Rin opinaba que su miedo era bastante cómico, vaya chica—. ¿No les gustaría tener un papá como oniisan? ¿Así de joven, apuesto y amable? ¿Verdad que suena bien?
—¡¿Cómo oniisan?! ¿Es eso en verdad posible? ¿Sí se puede hacer?—Exclamó Leti, sonriendo abiertamente, asombrada, mientras brincaba en los brazos de Rin. La rubia rio y afirmó—. ¡Sí, sí! ¡Sería muy divertido! Leti y Tia siempre han querido tener un papá, pero mamá decía que no era posible… Como no tenemos uno, ¡entonces oniisan puede ser el nuestro! ¿Es así, oneesan?
—Así es—Tia también agrandó su sonrisa y miró a Lenny con ilusión, uniéndose a las aclamaciones de emoción de su gemela—. Deberían comenzar a llamarle "papá" desde ahora. Estoy segura de que Lenny lo adorará.
—¡Papá! —Dijeron con ánimo y Len tembló por el júbilo. Aquello había resultado mucho mejor de lo que había esperado—. Uh…—Leti se quedó pensativa—. Papá, la señorita Pickett ha dicho que permaneceríamos aquí hasta que encontrasen un papás nuevos para nosotras… Si oniisan es nuestro papá ahora, ¿significa que nos iremos de aquí?
—Astuta—Pensó Rin al tiempo en que Len negaba con cuidado.
—Es algo complicado. Estarán aquí por un tiempo más, unos cuantos meses, harán amigos, jugarán y se divertirán. Yo necesito que unos papeles estén listos para que puedan ser oficialmente "mis hijas". Cuando esos papeles estén listos, podré llevarlas conmigo a Boston. Son cosas de adultos, en resumen —las dos niñas asintieron y decidieron olvidar el tema, felices por el hecho de tener su propio papá.
Conversaron un rato más, jugaron con las niñas y dos infantes más que pronto serían adoptados por una familia marrueca inmigrante, según les había explicado la señorita Pickett, y pronto todos los pequeños fueron llamados para una merienda. Rin y Len trabajaron como voluntarios ese día, repartiendo cartones de leche y galletas caseras, y cuando hubieron terminado, se retiraron del comedor para dejar que los niños tuviesen un receso tranquilo. La señorita Pickett los llevó hasta un salón, chiquito y sencillo, y les indicó que aquél era el salón de siestas de los más chiquitos en la institución.
Len fue atraído inmediatamente por un viejo piano vertical o de pared que reposaba en una esquina del aposento. Rin, despidiéndose de la señorita que se había disculpado para atender una llamada, le siguió con la mirada. Lo vio acomodarse sobre el asiento y destapar las teclas ligeramente empolvadas del piano. Ensimismado, Len deslizó las yemas de sus dedos sobre la superficie de las teclas y acomodó sus pies en los pedales.
—Ven acá—indicó a Rin, arrimándose para hacer espacio—. Quiero tocar algo para ti.
—Oh…
Una melodía comenzó a sonar en la habitación. Rin saboreó cada nota y, sin pensarlo mucho, dejó que las armonías le absorbiesen por completo. Suena familiar. Con sus ojos apretados, tarareó suavemente al ritmo de la música, recordando poco a poco pequeños fragmentos de la letra de aquella canción.
Todo lo recuerdo, siempre estabas junto a mí…
Rin entreabrió sus párpados y admiró cómo Len tocaba con pasión y anhelo, drenando sus emociones con el delicado y exacto vaivén de sus manos, embriagándose por el placer que le otorgaba dejarse llevar cuando tocaba. Rin contuvo las lágrimas.
Mi vida nunca lo podrá remediar.
Comprendo que estuve mal…
Deseo a la vida otra oportunidad;
mi anhelo lo entregaré al mar.
Regret Message. Ése era el nombre de la canción. Una de las últimas partes de su proclamado musical favorito. La rubia palpó cuidadosamente la tela de su blue jean y respiró con pesadumbre. Lo recordaba…
Ve lejos de la orilla, botella de cristal.
Con mi deseo puesto en el mensaje…
Más allá del horizonte, desaparece en silencio.
Ve lejos de la orilla, pequeño deseo.
En mis lágrimas se ve mi arrepentimiento.
Si en este mundo vuelvo a nacer…
—Precioso—susurró cuando Len cerraba la canción con una impecable gracia. El rubio se tornó hacia ella y le encontró con sus ojos empañados en lágrimas. Sin previo aviso, ella se lanzó sobre él, ocasionando que ambos cayesen estrepitosamente del banco en el que se encontraban, y le abrazó con fuerza. Pronto sollozó sobre su hombro, descargando el conflictivo desbarajuste de emociones que afloraron con aquella canción.
—¿R-Rin? ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?
—Toca otra canción para mí, Lenny—murmuró en su oído. Él se tensó por el desespero que gobernaba en su voz. Intentó erguirse, pero ella lo detuvo—. Toca Servant of Evil, por favor.
Len se quedó en shock por breves instantes. Relamió sus labios secos y tragó bruscamente. Fue entonces que su memoria revivió un momento en el que Haku, durante las prácticas para el montaje durante el Festival Cultural, improvisaba líneas del parlamento, intentando sumergir a sus alumnos en el arte del teatro.
—Tu deseo son mis órdenes—respondió, poniéndose de pie. Le ayudó a sentarse de nuevo y estiró sus dedos, confundido por su abrupta petición. Por más que su corazón ansiase sentirse dichoso con la repentina súplica, él sabía que no debía hacerse demasiadas ilusiones. Miku y Gumi le habían hablado sobre sus gustos en el pasado, así que era natural que supiese sobre la canción… pero no sobre el significado que tenía para ellos dos, particularmente para él.
Inhalando profundamente, preparándose para cualquier tipo de reacción, Len dejó que sus dedos hicieran magia con aquel instrumento de cuerdas percutidas. Pronto aquella melodía tan importante en su historia empezó a inundar el ambiente. Rin cerró sus ojos y apreció la cálida sensación que cada nota despertaba en ella. Su alma se estremecía. Las imágenes del musical se deslizaban por su memoria, como si se escurriesen por finas ranuras de la celda bloqueada de su mente, apareciendo por segmentos delante de ella. Recuerdos, recuerdos y más recuerdos resucitaban y se levantaban con cada tecla tocada por las fervorosas manos de Len. Len había conseguido, con aquella poderosa canción, lo que sus amigas y los doctores habían estado intentando lograr a lo largo de tantos años. Es un milagro…
Tú misma estabas esperando que tus recuerdos fuesen liberados por la persona adecuada.
—Oneesan, ¿por qué lloras?—Susurró una voz lejana y Rin se sobresaltó en su puesto. Len detuvo la pieza con brusquedad y sin gracia, volviéndose al umbral de entrada, donde las gemelas aguardaban por oír una respuesta. Rin limpió sus mejillas húmedas y sonrió.
—Len estaba tocando una canción que me pone sentimental. Me trae muchísimos recuerdos sobre mi pasado—contestó, pidiéndoles que se acercaran. Las otras dos corrieron hasta ellos. Rin se puso de pie y les indicó que ocupasen su lugar mientras ella se retiraba al baño—. Esperen aquí; estoy segura de que su papá adoraría enseñarles una canción.
Len se dispuso, entonces, a intentar enseñar a sus futuras hijas las nociones básicas para aprender a tocar el piano. Las otras dos oían atentas e interesadas su simple explicación, fascinadas por saber cómo funcionaba aquel misterioso objeto que descansaba en la pared del salón de siestas. Mientras Leti y Tia se entretenían pisando con sus juguetones dedos varias teclas a lo largo del teclado, supuestamente siguiendo lo señalado por su nuevo papá, Len posó su mirada en la dirección por la cual había visto marchar a Rin.
¿Qué tendrá tu mente tan ocupada, Rin?
El susurro del agua se asemejaba al de una distante cascada en el medio del bosque. Rin giró la llave del baño, cerrándola, y se quedó observando su reflejo en el pequeño espejo del baño de visitas. Sus ojos estaban enrojecidos.
Siempre lo supe. ¿Acaso me creíste tan tonto? No por algo profesaba un amor genuino hacia ti. Sería estúpido si no pudiese reconocer a la persona que más quiero. Pero eso ya no interesa ahora...
—¿Por qué?—Murmuró, confrontando a su patético reflejo—. ¿Por qué no podías permanecer callada, infame memoria? ¿Por qué debías revivir recuerdos tan dolorosos y nefastos?
¿No era eso lo que querías? ¿No fue eso lo que tanto pedías? ¿No fue por ello por lo que tanto llorabas? Si es lo que tu corazón ansiaba, ¿por qué ahora reprochas lo sucedido?
—¡Tsk! Ahora sí estoy perdiendo la cabeza. ¡Hablándome a mí misma!—Rin suspiró pesadamente y agitó su bolso en busca de un chicle. Su psicólogo le había comentado en una ocasión, precisamente cuando se veía a punto de caer es una desesperante crisis por no ser capaz de revivir sus memorias, que masticar chicle sin azúcar mitigaba el estrés, reduciendo la ansiedad en más del diecisiete por ciento.
Abrió un bolsillo de su cartera y encontró un pequeño sobre. Rin despegó el sello y observó el contenido. Era brillante y dorado. Frunció su ceño cuando distinguió de qué se trataba aquello…
—Meiko-nee, ¿en qué rayos estabas pensando cuando escondiste esto aquí?
Len arrastró sus pies, de un lado a otro, delante de la puerta del baño donde sabía que Rin se encontraba. Leti y Tia habían sido llamadas por la señorita Peckitt para ayudar a limpiar el comedor y Len, intentando sonar lo más cortés posible, se había excusado para ir a buscar a la desaparecida rubia. Quedaba casi una hora antes de que se separaran definitivamente y no podía permitir que la rubia la desperdiciase de aquella forma.
Armándose de valor, tocó la puerta tres veces. Aguardó unos segundos y, finalmente, dijo:
—¿Rin? ¿Estás bien?
Al no recibir ninguna respuesta, levantó su puño para llamar por segunda vez, pero la superficie de madera desapareció de su vista antes de que pudiese intentarlo de vuelta y, en su lugar, el rostro consumido y confundido de Rin afloró desde el baño. Totalmente preocupado, Len dio un paso hacia ella y, para su profunda sorpresa, Rin retrocedió. ¿Qué estaba sucediendo? Su cara trastornada horripilaba el humor del joven.
—¿Me odias, Len?—Preguntó ella, con su mirada oculta debajo de su flequillo, mordiendo sus labios sin piedad. El rubio se quedó sin palabras. Sus cejas arqueadas y su mandíbula caída evidenciaban su tajante pasmo. El tono quebrado de Rin consiguió romper algo dentro de él. Oía añicos de un vidrio cayendo al vacío.
—¿De qué hablas? ¿Cómo podría hacerlo?—Dijo, alarmado por la súbita cuestión—. Eres una de las personas más importantes en mi vida, Rin. Lo fuiste una vez y siempre lo serás, sin importar cuánto sufrimiento haya tenido que aguantar—complementó su subconsciente a costa de su voluntad.
—Una vez me dijiste—continuó hablando ella, sosteniendo su mirada entristecida— que jamás volverías a confiar en mí, porque te había mentido y había mantenido oculto un secreto muy importante durante mucho tiempo—Rin reveló lo que su puño escondía y Len sintió que sus labios temblaban al dibujar el contorno de aquella llave en forma de corazón que había encontrado después de la huida de Cenicienta—. Me dijiste que si alguna vez había llegado a considerar que mis mentiras podían haber sido una de las causas por las que habían acabado nuestra relación y que, por ello, yo no podía hacerme la víctima de todo lo que sucedía.
—Ri-Rin…
—También, lo recuerdo bien, te pronunciaste en contra de una posible amistad… Pero no te culpo; yo en tu lugar hubiese tomado la misma decisión. Deseaste que nuestros caminos nunca volviesen a cruzarse y yo, en lo más hondo de mi ser, quise que ese deseo se hiciera realidad. No obstante, como me ha sucedido un millar de veces, las cosas nunca parecen suceder cómo yo lo espero—admitió, con un aire de derrota y las lágrimas aglomerándose en sus orbes—. La vida se rio en mi cara y te puso de nuevo en la senda de mi vida.
—¿Te arrepientes de todo lo que ha sucedido?—Cuestionó él seriamente. Dependiendo de su respuesta, su relación acabaría en ese lugar en ese preciso instante.
—¿Te arrepientes tú de todo lo que ha sucedido?—Rebatió ella, agachando otra vez la mirada—. Porque yo sí lo hago—Rin tomó una pausa y Len esperó a que acabase—. Me arrepiento de no haberte dicho la verdad desde un principio y de no haber visto tu partida como un paso indispensable para la unión de tu familia. Me arrepiento por haber sido tan egoísta y porque, después tanto tiempo, aun lo sigo siendo.
Rin respiró profundamente.
—Mis sentimientos por ti no han cambiado—confesó rápidamente, en un tono bajo e inseguro, quizás mentalizándose para un rechazo. Len parpadeó, en completo éxtasis, mientras las palabras tomaban sentido—. Te sigo queriendo, quizás aún más de lo que llegué a hacerlo en el pasado. Verte sonreír me ha hecho tan feliz en estos últimos días… Quisiera… que tu sonrisa fuera solo para mí.
—¿Cómo es posible? C-Creí que no recordabas nada sobre mí—balbuceó él. Ella inclinó su cabeza, arrepentida.
—Y en verdad no lo hacía. Pero, fue precisamente ello acudí a ti, Len. Algo dentro de mí me decía que a través de ti encontraría respuestas… Y me alegro en decir que no me equivocaba. Gracias a tu encantadora interpretación varios de aquellos recuerdos enterrados salieron a la luz nuevamente. Recuerdos, principalmente, sobre nosotros—contestó, un tenue sonrojo adornando sus mejillas. Len quería gritar y llorar de la alegría.
—Oh, Rin… ¡Cuánto tiempo he añorado este momento!—Aclamó antes de apretarla en un seguro y necesitado abrazo. Las emociones corrían y se desprendían en cantidades desmesuradas. Vibras de dicha y temor se expandieron como látigos a lo largo de sus espaldas. Rin tembló entre sus brazos, soltando leves gemidos—. Empecemos otra vez, Rin. Volvamos a intentarlo, esta vez, de la forma correcta—murmuró con su cabeza escondida entre el hombro y el cuello de la chica. Ella sintió sus dientes tintinar.
—L-Len…
—Jamás en mi vida había lamentado algo tanto como lamenté haber dado por terminada nuestra relación. El haberte dado mi espalda en momentos tan difíciles ha sido el error más grande de toda mi vida. Sé que no puedo recuperar el tiempo que hemos perdido, pero sí puedo reparar el daño que te he causado en los tiempos que vendrán. Que nos he causado a ambos, específicamente. Déjame ser otra vez tu otra mitad, Rin. La persona en la que puedas confiar ciegamente y en la que nunca dudes que puedas apoyarte. Al igual que tú, yo también admito mis sentimientos por ti tampoco han cambiado. Si es posible, a pesar de que creí que se habían extinguido en este periodo en el que estuvimos separados, se han fortalecido en estos breves días que hemos estado juntos…
Len acomodó su frente sobre la de ella y sonrió con una genuina y sincera felicidad, derritiendo cualquier barrera que Rin estuviese planeando forjar para evitar un nuevo engaño. Ella se dejó llevar por las expresiones abiertas y honestas del rubio. Los ojos cálidos del rubio y sus palabras tersas le habían encantado nuevamente.
—Tú has dicho que verme sonreír te ha hecho feliz, Rin. Pues una simple mirada tuya, querida, puede concederme plena alegría por toda una eternidad—Rin enterró su cabeza en el pecho de Len, sintiendo su rostro arder por la sencillez con la que Len se expresaba—. Si es tu deseo ser la dueña de mis sonrisas, adelante. Yo no te detendré. A ti te pertenece cada suspiro, cada latido, cada respiro… Te adoro, amada mía. He esperado tanto para tenerte de nuevo así.
Len se inclinó y descansó suavemente sus labios sobre los sonrosados de Rin. La rubia dejó que un par de lágrimas corriesen por sus mejillas. El contacto, dulce y adictivo, había traído sensaciones que había olvidado. Sonriendo entre el beso, él le apretó aún más. Rin se separó cuando cierta persona apareció en su mente.
—¡Esto no está bien, Len!—Musitó, con sus ojos llenándose de lágrimas—. ¡Tú tienes una novia! ¡SeeU no merece esto! No puedes, no es lo correcto- No puedes besarme así sabiendo que ella-
—¿Novia? ¿De dónde sacaste eso?—Rin estaba a punto de responderle cuando el recuerdo explotó en su cabeza. Éste suspiró pesadamente—. Tsk; sabía que eso causaría problemas tarde o temprano. No, Rin. SeeU no es mi novia. Ella es una gran amiga nada más. En aquella ocasión ella solo dijo eso para protegerme, o algo así.
—¿Qué? ¿Eso quiere decir que… me mintió?—Confirmó, frunciendo su ceño con una ingenua indignación. El rubio asintió, sonriendo al ver rastros de la vieja Rin renaciendo en aquella chica—. ¡¿Perdí horas de sueño y apetito amargándome por una vil mentira?! ¡Estuve deprimida y apagada y….! ¡No puedo creerlo! ¿Cómo pude ser tan crédula? ¡Ah! Pero tú… ¡Oí tu conversación con ella! Le dijiste que la querías. ¿Cómo es que…?
—Oh Dios, ¿estás celosa?—La rubia negó rápidamente y apartó la mirada. Len se rio por lo bajo y le abrazó con más intensidad. Ella se relajó—. Te he extrañado tanto, Rin. Claro que le quiero, como a una hermana quizás, así como quiero a Miki y a Kaito. No te preocupes, mi amor por ti es mucho más fuerte.
—Basta, deja de decir cosas tan vergonzosas—suplicó, apenada. Su corazón ya no podría resistir más emociones. Él besó su mejilla y trazó la línea de su mandíbula con la punta de su nariz—. Len, estamos en un lugar público, en una casa hogar, debes comportarte, por favor. Hay reglas sobre las demostraciones de afecto en lugares como éste…
—No nos queda mucho tiempo—murmuró él, asesinando el ambiente. Rin se separó y se alejó unos pasos, recordando la triste realidad. Él, arrepintiéndose por haber dicho lo que ocasionó la desaparición de la amena sonrisa de Rin, se apresuró a decir: —No pongas esa cara; prometo que encontraremos una manera de hacer que las cosas funcionen esta vez.
—Len…
—Ya hemos comprobado que somos más felices estando juntos. Entonces, ¿por qué deberíamos negarnos esa clase de limpios placeres sabiendo que nacimos para ser felices? Confiemos en el otro, Rin. Estoy seguro de que las cosas resultarán—ella suspiró. Len entonces recordó el motivo que los había llevado a realizar esa visita y sonrió pícaramente—. Además, no puedo pensar en otra persona más para elegir como la madre de mis hijas.
Rin se sonrojó violentamente. Justamente cuando se mentalizaba para lanzar una respuesta y contraatacar, la señorita Misha se asomó por el pasillo y les pidió que regresasen al salón de siestas, donde los niños esperaban a oír una canción en el piano. Len tomó su mano, entrelazó sus dedos y le haló con él. Rin no mostró ningún tipo de objeción.
Realmente atesoraba la cercanía entre ellos.
Continuará…
OK. RÁPIDA ACTUALIZACIÓN.
ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO EL CAPÍTULO :D :D
RIN Y LEN SE RECONCILIARON~ ¡YAY!
PERO AÚN QUEDA UN CAPÍTULO MÁS... Y ÉSE SERÁ EL ÚLTIMO.
GRACIAS A TODAS POR SU INFINITO APOYO.
¡MUCHAS GRACIAS!
ESTOY FELIZ DE QUE HAYAMOS ALCANZADO LOS 400 REVIEWS.
NO DEJEN DE CONTINUAR APOYANDO ESTA HISTORIA, POR FAVOR.
LAS QUIERO UN MONTÓN... NO HAY PALABRAS PARA DESCRIBIR LO AGRADECIDA QUE ESTOY POR SU INMENSO APOYO.
¡LAS ADORO!
Les envío un abrazo virtual y muchísimos besos desde Venezuela
(alguien preguntó de qué país soy, así que~)
Bien, nos leemos pronto pronto.
¡Las quiero!
Se cuidan.
Con amor, Jess.
