¡A LEER!

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Capítulo 34.

Aro Vulturi recibió al matrimonio Masen Swan, en la consulta privada que tenía junto a su casa. Como siempre, con su serenidad y amabilidad hizo pasar a sus invitados, ofreciéndoles asiento en las butacas de cuero café.

—Gracias por recibirnos un sábado, doctor —agradeció Bella. Aro Vulturi le sonrió con cortesía y respondiendo a su saludo con un apretón de manos.

—Me alegro que no hayan tenido problemas en venir hoy, aunque en realidad con quien me interesa hablar es contigo, Bella…

—Un momento —intervino Edward, haciéndose hacia adelante, mirando para nada contento al doctor—. Me dijiste que querías hablar con ambos, no hacerle una encerrona a mi mujer. Ella no necesita un loquero.

— ¡Oh, vamos Edward! —Dijo Aro, aligerando el tono de voz—. Todos necesitamos alguna vez pasar por un psicólogo o un psiquiatra. Nadie ha muerto por ello.

—Por mí no hay problema —dijo Bella como si nada, mirando al doctor y a su marido alternadamente. Edward arrugó su frente y se reclinó en el asiento, cruzándose de brazos con la idea férrea de no moverse de ahí. Si el loquero tenía algo que hablar con su mujer, lo haría delante de él.

—Edward, las conversaciones entre mis pacientes y yo, son privadas. No puedes quedarte —Aro, como buen terapeuta de Edward, leyó su disposición con su comportamiento. Bella, que también lo conocía, miró a su esposo y tras sonreírle y tomarle la mano, intervino para ayudar con la situación.

—No pasa nada, Edward. Yo misma te contaré lo que hablé con el doctor.

— ¡Joder, demonio! —molesto, se puso de pie y mirando a su doctor, advirtió—. Diez minutos. Después de eso yo mismo entraré y me vale que no hayan terminado.

—Con diez minutos tendré suficiente. Ahora, si nos disculpas.

Salió gruñendo, muy a su estilo, dejando a Aro y a Bella a solas, quien se sentía un poco intimidada ante la presencia tan fresca del doctor. Alisó su vestido gris y tapó sus rodillas, reacomodándose su chaquetita de mezclilla, intentando acomodarse y no poner en evidencia su nerviosismo ante el doctor… pero qué tontera, pues él era psiquiatra.

—Bueno, como sólo tenemos diez minutos, voy a ir directo al grano —se sentó en su sillón de felpa negro justo frente a Bella, cruzándose de piernas—: El trastorno bipolar que sufre Edward, está bastante controlado. Muy pocas veces ha sufrido episodios como el que tuviste la desdicha de presenciar hace un tiempo atrás. Además, la situación que lo desencadenó y que haya dejado su medicación contribuyó a su descontrol. Pero el trastorno siempre existirá, es algo crónico con lo que él tendrá que vivir…

—No tengo miedo, si nuestro hijo hereda eso… —se apresuró en decir, intuyendo que el doctor dirigiera la conversación hacia allá.

Aro alzó las cejas un poco sorprendido por la vehemencia de la declaración de la joven, sonriéndole a continuación.

—Eso es perfecto, pues Edward tiene un miedo tan profundo que su heredero cargue su mismo mal, que muy probablemente fue lo que lo llevó a decirte que abortaras.

—Va a ser un estupendo padre, lo sé.

—Y yo lo sé también, pero él no lo cree, por eso has de tener mucha paciencia con él, enseñarle a dar pasos que lo acerquen al bebé que viene en camino —aconsejó—. Él va a intentarlo, pero se sentirá torpe y en algún momento volverá a decir lo mala idea que fue, permitirle ser padre y tú, debes ser capaz de aplacarlo, porque en realidad, él quiere al niño que viene en camino, pero tiene miedo, es todo.

—Lo ayudaré, como sea —limpió una lágrima que calló por su mejilla cuando dijo eso. Otra vez Aro sonrió con ternura pues sin duda la mujer frente a él, contribuía a la sanación de Edward y a su control, mucho más que cualquier medicamento. Los afectos que vio perdidos en el pasado, los sentimientos cálidos de amor y comprensión eran lo que él necesitaba.

—Ahora, la reaparición del padre de Edward y conocer que tiene una hermana pequeña, le han dado esperanzas respecto a todo ―acotó el buen doctor ―.Edward creció pensando en que su padre no lo quería, cuando él lo idolatraba de pequeño. Es una relación que se va a afianzar y que está dando luces de ello. Lo mismo con Alice, él mantiene esperanzas con recuperarla y cree que el regreso de su padre y la llegada de su nueva hermana lo ayudará.

—Yo creo que será así. También lo ayudaré con eso.

—Pero eso no depende de nosotros. No he hablado nunca con Alice, pero ella tiene conflictos, probablemente muy similares en un sentido a los de Edward, que arrastra desde la niñez. Edward ha hecho todo para que ella lo perdone, y eso lo tiene siempre al filo de la desazón sin saber qué más hacer. Por eso la llegada de su padre le da más luces de esperanza, las que ciertamente no exterioriza, pero las tiene.

Bella asentía en silencio, muy concentrada en las palabras del doctor. ¿Qué tendría que ocurrir para que lo perdonara?

—Por último, hay otra cosa que quisiera dejarte en sobre aviso: Edward ahora mismo está pasando por un estado depresivo que…

— ¿Depresión? —preguntó ella muy alarmada, poniendo una mano en su pecho. Él asintió, torciendo su boca.

—Es de cuidado, sobre todo por el desorden que Edward padece, que como te dije está bajo control, pero hay situaciones que lo pueden desencadenar a que actúe o reaccione de mala forma. La muerte de la hermana Gabriela fue un golpe muy duro. Esa mujer representó para Edward la imagen materna cuando su verdadera madre murió.

—Fue como volver a perder a su madre.

—Exacto.

—Y… ¿qué tengo… qué tengo que hacer para ayudarlo?

—Lo que has hecho hasta ahora, Bella. Digamos que eres una terapia avanzada, sólo te pongo de sobre aviso en el caso que lo veas más pasivo que de costumbre, más cabizbajo y no con los arranques tan propios de su personalidad. Hazlo pensar en ustedes, en el niño que viene en camino, sácalo de todo lo que lo pone triste… tú ahora eres su pilar, Bella.

—Yo… yo no sé…

—No titubees ahora, Bella. Todo saldrá bien, si sigues haciendo lo que has hecho con Edward hasta este momento.

—Gra…gracias doctor.

Hasta ahí llegó la privacidad de esa sesión, pues Edward sin golpear, entró bufando y tomando asiento junto a su mujer, mientras lanzaba dardos nada amables a su doctor con los ojos. Aro, alzó las cejas algo divertido y mirando su reloj de pulsera para después regresar sus ojos a Edward.

—Creo que te has adelantado en un par de minutos.

—Mi mujer no es tu paciente, así que nada tienes que hablar con ella.

— ¡Oh! Yo creo que sí tengo mucho que hablar con Bella. Ahora estás casado con ella y pues… son de su incumbencia muchas más cosas de las que crees.

— ¿Qué te dijo este loquero, demonio? —gruñó hacia su mujer, apretándole la mano. Ella torció la cara y sonrió con ternura, levantando su mano libre para acariciarle el rostro. El Dr. Vulturi, pudo ver en vivo y en directo como aquella mujer con una simple mirada, un simple toque, lograba apaciguarlo.

—Me dijo lo buen equipo que hacemos juntos —él estrechó sus ojos hacia ella, evaluando su declaración. Sus ojos se oscurecieron, deseando estar a solas con su mujer para tumbarla sobre el piso y hacerle el amor allí mismo.

—Eso es malditamente cierto, demonio —susurró.

—Claro que sí—mordió su labio, sabiendo lo que él estaba pensando.

—Bueno, bueno… —interrumpió Aro, percibiendo la tensión sexual entre ambos— creo que es todo. Me alegró mucho conocerte Bella y hablar contigo.

—Lo mismo digo, doctor.

—Y ya sabes dónde está mi consulta, para cuando necesites hablar conmigo por cualquier cosa…

—Ella no necesitará tus servicios —gruñó el ogro, poniéndose de pie y arrastrando con él a su esposa—, que tu secretaria me envíe el recordatorio de la próxima cita y que despache las pastillas a mi domicilio, por favor.

—Seguro.

—Adiós doctor, y muchas gracias —se despidió Bella, desde la puerta pues su marido la había arrastrado hacia allí. Aro, rio con gracia y levantó la mano hacia la pareja que salía rápidamente de su consulta.

—Comienza a hablar, demonio —dijo Edward una vez estuvieron dentro del auto. Ella lo miró, enarcando una ceja.

— ¿Crees que hablamos mucho en siete minutos?

—Conozco al loquero, sé cómo de astuto es cuando de ocupar tiempo hablando se trata. Habla.

—Bueno, tocamos el tema del embarazo y tu reacción. Hablamos sobre Damián, sobre la hermana Gabriela…

— ¿Y me dices que no hablaron mucho en siete minutos? ¡Joder con este loquero!

—Edward, está todo bien…

—Y no creas que pasé por alto que al menos derramaste un par de lagrimones —aseveró sin siquiera mirarla.

—No fue nada… mejor dime, ¿qué hacemos para esperar a Bea?

El día anterior, Bella había convencido a su esposo de llamar a Beatriz e invitarla a pasar el fin de semana con ellos. Edward, pensó en un par de pretextos para evitar aquello y no porque no quisiera pasar tiempo con la niña sino porque se ponía un poco nervioso. Sin embargo, Bella —estoica e inamovible en su postura—, no hizo caso y tendió el teléfono para que él mismo la llamara. Así que como obediente marido, aunque gruñendo pues prefería que ella le llamara, agarró el teléfono y le marcó a Damián, pidiendo hablar con su hermana.

Incluso Bella, sentada al otro lado del sofá, oyó el grito feliz que lanzó Bea cuando su fantástico hermano mayor la invitó. Le dijo que tenía un montón de videojuegos o que podían salir al cine por la noche y recorrer la ciudad… si ella quería. Y por emocionada que estaba, le pareció fabuloso, dichosa de que su hermano la hubiera invitado.

—Uhm… podemos comer fuera y llevarla a pasear… no sé… y mañana cocinar juntos… invitar a Carmen y a Damián para que nos acompañen…

— ¡Tienes todo el panorama hecho, mi amor! ¡Y me encanta! —se inclinó hacia el lado y besó la mejilla de su marido, quien estoicamente siguió mirando hacia el frente.

Fueron a recoger a la pequeña Beatriz, que llegó a la planta baja del edificio donde vivía, con una sonrisa luminosa en su rostro. La misma sonrisa de Damián que arrastraba la silla de ruedas. Mientras Bella ayudaba a la niña a subir al coche, Edward invitaba a su padre a almorzar con ellos al día siguiente. Ciertamente Damián aceptó encantado.

— ¿Entonces? —preguntó la niña desde el asiento trasero del coche, mientras se abrochaba el cinturón de seguridad. Bella miró a su marido, esperando que él mismo contestara.

—Uhm, habíamos pensado en comer afuera y recorrer la ciudad…

— ¡Sí! —exclamó la niña antes que él pudiera terminar.

Y así fue como pasaron un día encantador con la pequeña Beatriz. Comieron en un patio de comidas muy pintoresco, en un sector lleno de locales artesanales, donde en casi cada lugar compraron algo. Incluso se fotografiaron, viéndose Edward sonriendo varias oportunidades, algo extraño para él. Y es que Bea hablaba tanta locura que a él no le quedaba más que reírse. No podía negarlo, se sentía cómodo alrededor de su hermanita.

Llegaron exhaustos a casa, sobre todo Bella que se dejó caer en el sofá de la sala. Estaba cansada, pero feliz.

—Mi esposa tendría que hacer lo honores para mostrarte el departamento, pero como verás, está cansada —comentó Edward a Bea, mientras observaba a su esposa.

—Caminamos mucho. Deja que me recomponga y preparamos algo para comer mientras jugamos algún videojuego —propuso ella, acomodándose en el sofá—. Además, tú tienes que hacer los honores.

—Vamos, Bea, dejemos a Bella recuperar fuerzas —tomó la silla de ruedas de su hermana y la arrastró por el pent-house, enseñándoselo.

—Es grande —comentó la niña, mirando hacia todos lados— y lindo. ¿Vives hace mucho aquí?

—Unos cuantos años. Lo compré mucho antes de conocer a Bella.

— ¿Y vivirás aquí para siempre?

—No, estamos buscando una casa…

—Vaya… papá ya encontró una pero no sé por qué demora tanto en arreglarla. A mí me parecía perfecta como estaba…

Edward inspiró, sabiendo él por qué la demora con los arreglos de la casa. No estaba seguro si querría su hermana saber que en esa casa vacía había ocurrido un asesinato.

—Quizás… será que espera encontrar algo mejor…

— ¿Algo mejor que la casa que ya compró? ¡Es gigante, Edward! Y tiene un jardín inmenso y…

—Podríamos vivir cerca… encontrar dos casas… no sé…

— ¿De verdad? ¡Sería genial!... yo pensé —arrugó su frente y nerviosa como pocas veces Edward la vio, agregó—, yo pensé que no te caía bien. No sé…

— ¿He hecho algo para que pienses eso?

—No…no… pero… no sé.

—Beatriz —estaban en el cuarto de invitados, donde había él dejado la mochila de su hermana. Acercó la silla de ruedas hasta él, que estaba sentado en la cama, quedando ambos frente a frente—. Me tomó por sorpresa, lo reconozco y pensé que me costaría más habituarme a la idea de tener otra hermana, pero ha sido fácil, es muy sencillo tomarte cariño. Y créeme, si me hubieras caído mal como dices, lo sabrías, no lo habría ocultado por muy niña que seas.

—Yo también te he tomado cariño… siempre quise tener un hermano mayor, y cuando supe de ti, soñé con… —bajó su cara y restregó sus ojos. A Edward lo invadió un sentimiento de ternura por Beatriz, que no pudo contenerse de inclinarse hacia ella y abrazarla. Como le dijo antes y con total sinceridad, le había tomado cariño. Era su hermanita y la quería—. Pensé que no ibas a quererme, por tu historia con papá… —lloriqueó ella, aferrándose el cuello de su hermano mayor. Él sonrió y acarició el cabello rojizo.

—Oye, no te pongas triste.

—No estoy triste, estoy muy contenta pero tengo ganas de llorar… no sé.

—Vale —sonrió él, apretando con cuidado el cuerpo de su hermana.

Desde la puerta, viendo la escena en segundo plano, se encontraba Bella, que al igual que Bea estaba profundamente emocionada por los sentimientos hermosos que su amado marido, estaba dejando salir. Y si era así con esa niña que hacía poco había conocido, se imaginaba todo el amor que iba a sentir por el pequeñito que estaba creciendo en su vientre.

Edward, que presentía siempre cuando su esposa andaba cerca, torció la cabeza hacia la puerta. Levantó una mano y la extendió hacia ella, invitándola a acercarse. Bella sonrió y lo hizo, sentándose en la cama junto a Edward, acariciando la espalda a su esposo.

—Oigan, tenemos una noche de videojuegos por delante, a no ser que quieran quedarse aquí lloriqueando… —comentó Bella a la vez que su esposo se apartó un poco de Bea. La niña sonrió y se limpió los ojos, asintiendo entusiasta con la cabeza.

— ¡Vamos a jugar! —exclamó la niña, moviéndose para salir del dormitorio.

Fue increíble —al menos para Edward— lo entretenido y relajado que se sintió en compañía de su hermana, la que tenía una habilidad sorprendente con los videojuegos. A él lo sacaron de combate bastante pronto de todos los juegos que pusieron en la consola, así que la lucha final siempre quedaba en manos de las dos mujeres.

Bea se fue a su recamara pasadas las once de la noche, después de postear en su perfil de Facebook, lo feliz que estaba con su hermano y su cuñada. Por supuesto, después de recorrer la ciudad, matar zombis y hablar con su hermano, se sumió en un profundo sueño casi al instante que puso la cabeza en la almohada, después de darle las buenas noches a su hermano, quien estuvo con ella hasta que se durmió.

Cuando regresó al dormitorio se fue derecho al baño donde encontró a su mujer vestida con su pantalón de lino habitual que generalmente usaba para dormir —y que él sacaba a media noche, por supuesto— y una camiseta de tirantes blanca, la que estaba levantada sobre el vientre. Ella la había dejado allí para contemplarse de perfil frente al espejo y cerciorarse como cada noche, de los cambios que iba teniendo su cuerpo.

— ¿Lo notas? —preguntó a Edward sabiendo que estaba a un costado de ella apoyado en la jambra de la puerta, mientras ella, se miraba al espejo y pasaba la mano por su vientre. Él suspiró son sus ojos puestos en el cuerpo de su mujer.

—Claro que lo noto —murmuró con voz ronca—. Creo que conozco tan bien tu cuerpo que podría decir incluso cuantas pecas tienes. Por supuesto que noto el cambio de tu cuerpo… no es muy notorio, pero lo noto.

—Yo sé que estoy cambiando, porque lo siento… pero no creo que se note —arrugó su frente ante aquel comentario. Otra vez él suspiró y caminó hasta ella, rodeándole desde atrás, pegando sus manos con mucho cuidado sobre el vientre de ella. Bella tuvo que morderse el labio para no echarse a llorar por la ternura que vio en los ojos de su marido cuando hizo ese gesto.

"Va a ser un buen padre, lo sé…"

—Para las diez semanas que tienes, creo que es normal —acotó él, poniendo su barbilla sobre el hombro de su mujer, sin apartar las manos de donde las tenía.

—Edward —susurró dejando entrever su emoción—, te hace ilusión y a pesar de todo, quieres que llegue el momento que conozcamos a nuestro bebé, ¿verdad?

Edward la miró por el reflejo del espejo y sus ojos azul grisáceos destellaron una mezcla de sentimientos que le eran muy difíciles de definir.

—Sigo teniendo mucho miedo… sé que me voy a volver loco de aprensión contigo y con él por miedo de que alguien venga y me los arrebate, pero… eso porque son lo más valioso que tengo. Y claro que me hace ilusión… pese a todo lo que pasó antes… yo…

Bella se giró y se abrazó a la cintura de su marido como hiedra, fuertemente aferrada a él, con su oído pegado en su pecho, oyendo cómo latía su corazón. Edward hizo lo mismo, la aferró por la cintura y la apretó a su cuerpo, amoldándose ambos de manera natural.

—Seremos un gran equipo, lo sé… y seremos tan fuertes que nadie podrá separarnos.

—Nadie podrá separarnos —reiteró en susurro, besando la cabeza de su mujer—. Ahora, demonio, métete en la cama, que necesitas descansar.

—No tengo sueño… —aseguró ella mientras bostezaba, quitándole autenticidad a sus palabras. Él alzó una ceja y dio un paso atrás. Giró a su mujer y por los hombros la sacó del baño y la metió en la cama.

—Ahora a dormir —ordenó, tapándole con las mantas hasta el cuello.

— ¿No me harás el amor esta noche? —preguntó ella con los ojos ya cerrados, removiéndose para acomodarse bajo las sábanas.

—Con todo el ruido que metes, seguro despiertas a Beatriz y no quiero que la traumes —apuntó. Se quitó el sweater negro sobre la cabeza, quedando a torso desnudo. Ella, cuando abrió los ojos y lo vio, digamos que se despertó, despabilando con ella todas sus hormonas. Estrechó la mirada y mordió su labio mientras contemplaba a su atractivo marido que se sentó en la cama para quitarse los zapatos y desabotonarse los jeans. Caminó hacia el armario y después de un minuto reapareció sólo con su pantalón de dormir, con el que se veía muy sexy, según ella… y según cualquiera que lo mirara.

— ¿Y por qué no estás dormida, demonio?

—Te estaba esperando… digamos que se me espantó el sueño —dijo, contorneándose en la cama y allegándose a su marido cuando este se acostó a su lado. Pasó sus manos por su pectoral sinuosamente y dejó un besos que iban desde su pecho hasta el cuello de su hombre.

—Demonio, no seas cruel —pidió, cerrando sus ojos y sintiendo como su cuerpo reaccionaba a su mujer. ¡Pero debía contenerse! ¿Debía hacerlo, no? Ella estaba cansada…

Cometió entonces el error de colar sus manos que parece se mandaban solas, por debajo de la camiseta de Bella y tocar su piel tersa y cálida.

Ella ya estaba sobre él, agarrando su cabello y saqueando sus labios con hambre, restregándose sobre él, con hambre de él.

—Seré silenciosa, lo juro… Edward —gimió entonces, cuando la determinación de su marido se fue a tierra y coló sus manos bajo sus pantalones, apretándole con ambas manos sus nalgas. Ciertamente aquel pantalón iba a volver a desaparecer. Y desapareció junto a las otras prendas de ropa que cubrían ambos cuerpos, ardientes y ansiosos por encontrarse.

—Eres todo lo que quiero, nena… —declaró, besando su cuello, estrujando con sus dedos los pezones erectos y sensibles de su mujer, recorriendo con sus manos su piel ahora húmeda. Bella se removía bajo él, abriendo sus piernas, enroscándolo con estas por la cintura y con sus manos en su espalda, arañándole en un ruego mudo que entrara en ella y la llenara de él.

Con bocas pegadas, gimiendo ávidas fue que la erección de hierro de Edward entró muy lentamente en ella, acción que repitió muchas, muchas veces mientras ambas manos se recorrían, sus labios se encontraban y ahogaban los gritos que ella no lograba retener, amándose con libertad, porque eso era lo que hacían, amarse, abstrayéndose de todo lo demás.

—Uhm… Edward… —gimió ella, llena de placer. Él gruñó e inhaló el aroma a rosas y sexo que expelía el cuerpo de su mujer, ahora preso de la lujuria que él provocaba.

**OoO**

Pese a que los tramites de liquidación de la empresa "Masen & CO" llevaron a Damián Brandon aquel lunes, a instalarse en la oficina que hasta hacía poco usaba su hijo. Recordó, sentado en la silla de cuero, el estupendo día anterior que habían pasado en el apartamento, llenándosele el corazón de dicha por ver cómo interactuaban su pequeña Bea y su hijo mayor, que a simple vista ya había sido conquistado por los encantos de su pequeña. Sólo faltaba Alice para que su dicha fuera plena, y eso estaba seguro pronto se daría. ¡Y qué decir de la dicha de la llegada de su primer nieto!

Se balanceaba con una gigantesca sonrisa que partía su cara a la mitad, sonrisa que se esfumó cuando sin previo aviso entró como toro endiablado doña Elizabeth Masen, que una vez adentro azotó la puerta tras de sí. Inspiró y enderezó su postura, enfrentando a la vieja que entraba iracunda a la oficina.

—Me alegro que hayas venido, Elizabeth —la saludó con tono sarcástico—, los liquidadores y los abogados están por llegar…

— ¡No voy a dejar que un tipejo como tú hunda mi empresa!

— ¿Hundir tu empresa, Elizabeth? Firmé un cheque por una considerable suma de dinero para salvar tu empresa, pero te ocupaste de malgastar esos fondos, además de otras malas decisiones que tomaste…

— ¡Las malas decisiones las tomó el inepto de tu hijo! —Le increpó, apuntándole con el dedo índice—. Seguro estuvo todo este tiempo coludido contigo sólo para molestarme…

—La inepta eres tú, Elizabeth Masen —dijo Damián, poniéndose de pie y saliendo tras su escritorio, acercándose como fiera al acecho, muy lento y amenazante hacia ella. Vio que ante aquel movimiento, pasó por los ojos de la mujer un dejo de miedo que él aprovecharía, además de su estado alterado porque su empresa en breve sería liquidada para pagar las deudas. Era su momento, sabía que acosándola un poco, le sacaría información—. ¿Crees que todo lo que has hecho, hasta ahora, quedaría impune? Eres realmente estúpida, Elizabeth. Y entérate, esto es sólo el comienzo de tu maldito fin…

— ¿Qué? ¿Vas a matarme?

—No me tientes…

—Tienes una hija, ¿qué sería de la pobre chiquilla inválida si a su padre lo meten a la cárcel, otra vez?

Lo agarró desprevenido que la vieja supiera de la existencia de Beatriz. Lo enervó que la tratara tan despectivamente.

— ¡No hables de mi hija, maldita vieja!

— ¿Tienes miedo de que le pase algo o que te pase algo a ti…?

— ¿Por qué lo dices, Elizabeth? ¿Por qué en vez de matarme a mí, mataste a una inocente monja?

Los ojos de la anciana se abrieron poco a poco, evidenciando su sorpresa. Llevó su mano nerviosamente hacia su siempre bien puesto collar de perlas blancas y jugueteó con él mientras Damián, dejándose llevar por la rabia y el resentimiento contra esa mujer, se acercaba a ella. Pero no quiso evidenciarse más, así que carraspeó e irguió su espalda, enfrentando al maniático ese que la estaba acusando.

—Ves muchas películas policiales. ¿Por qué una pobre anciana como yo iba a querer matar a una monja? Ni siquiera sé manejar un revolver.

—Interesante —comentó Damián, asintiendo despacio, mirando a la vieja con atención, sintiendo y sabiendo a ciencia cierta que frente a él tenía sin duda a la autora del crimen de la madre Gabriela.

— ¡¿Qué te parece tan interesante…?!

—Yo nunca te hablé de un revolver…

—Pe pero…. —otra vez sus ojos se abrieron y el nerviosismo afloró dentro de ella— salió en las noticias…

—Estabas en una clínica, internada por un agudo cuadro de no sé qué mierda, ¿cómo es que leías los periódicos o veías televisión? Además, tú no te inclinas a ese tipo de noticias cuando abres un periódico.

— ¡No estoy aquí para hablar de eso!

— ¿Estás nerviosa, Elizabeth? ¿Tienes miedo que salga a luz lo despreciable que eres? ¡Qué dirán tus amistades! Sobre todo que ya se sabe que tu imperio se fue a tierra…

— ¡No voy a permitir eso! —gritó, dándole un empujón a Damián, quien estaba bastante cerca de ella. Tensó su mandíbula y roja de la ira, le amenazó—. Erré una vez, cuando esa monja se puso en mi camino, pero no va a volver a pasar.

La respiración de Damián se aceleró y no por la amenaza que la mujer furiosa frente a él estaba profiriéndole, sino por la admisión de su crimen.

—Te vas a hundir en la cárcel, maldita vieja…

—Eso no pasará… ¡jamás! ¡Tú eres el culpable! ¡Tú y tu afán de poner las manos sobre lo que no te corresponde! ¿A caso no aprendiste tu lección cuando te metí en la cárcel, cuando hice que te sacaran del país? Puedo volver a sacarte de mi camino, Damián Brandon, y lo haré, más temprano que tarde, lo haré.

—Te vas a arrepentir de cada palabra que estás diciendo justo ahora, de cada cosa que has hecho vas a arrepentirte.

—No lo creo, sé cómo hacer las cosas. Haré que pagues por malograr mi empresa y serás tú quien se arrepienta de haber vuelto a cruzarte en mi camino —dijo y caminó hacia la puerta— y cuida a tu hija, Damián; los accidentes están a la vuelta de la esquina.

Y tras decir aquello, sin siquiera un rastro de arrepentimiento, salió azotando la puerta.

—Mierda —gruñó Damián, agarrando su teléfono móvil que había dejado sobre su escritorio. Le marcó a James, maldiciéndose de no haber activado el grabador de voz de su móvil para tener la confesión de la vieja maldita esa.

— ¿Damián? —dijo la voz de James al otro lado del teléfono.

— ¡Joder, James! La vieja acaba de irse de aquí… —tragó grueso y continuó hablando con las palabras topándose entre ellas—. ¡Y lo reconoció, maldita sea! reconoció lo de la hermana Gabriela… y habló de mi hija, de Beatriz… tenemos que poner seguridad para ella, para Alice y para Edward también… esa vieja está loca…

— ¡Cálmate, Damián!

— ¡¿Cómo quieres que me calme cuando me amenazó y amenazó a mi hija?! ¡¿Dónde está ahora?! ¡¿Con quién está?! ¡Mierda, mierda, mierda!

— ¡Damián, no te desesperes! Beatriz hoy está con Alice, ¿lo olvidas? Está segura…

— ¡No puedo tranquilizarme! Esa vieja quiere verme muerto y lo iba a hacer. Mató a una monja y no hubo indicios de remordimiento cuando lo reconoció…

— ¿Te lo dijo?

— ¡Lo reconoció, maldita sea! ¡Escúchame! Tenemos que reunirnos con el grupo de investigación y decirles lo que la vieja me dijo para que la llamen a declarar. ¡Me lo dijo, no puede negarlo!

—Tiene coartadas, Damián. Y los investigadores están en sobre aviso, pero no quieren sacarlo a la luz hasta no tener pruebas concretas, ¿tienes cómo probar lo que te dijo? ¿La gravaste? ¿Alguien más lo escuchó?

— ¡No, joder!

—Mira, reunámonos esta noche como lo teníamos previsto con el resto de los muchachos —dijo James, haciendo alusión a la junta que tenían con Edward, Garrett, Jacob y Emmett—, quizás ellos tengan algo más que pueda servir como prueba. La vieja es astuta y tiene gente que puede ayudarla, por eso debemos mantenerlo bajo secreto todo lo que investiguemos respecto a ella, hay que hacerle creer que realmente no hay pruebas en su contra.

—Vale, vale… ahora… ahora vendrán los liquidadores y… estoy a cargo…

—Concéntrate en eso por ahora. Nos reunimos esta noche con los demás para hablar lo que la vieja esa te dijo y por Beatriz, despreocúpate. Ella está segura…

—La llamaré de todas formas…

—Así como estás de alterado, vas a asustarla. Deja que me encargue de ella, ¿vale?

—Está bien —cerró los ojos y suspiró, oyendo en su puerta dos golpes suaves —tengo que dejarte. Es hora de mi reunión.

—Nos vemos más tarde.

—Gracias James.

Colgó la llamada tras la despedida y se irguió, echando su cabeza hacia atrás. Podía sentir su espalda y su cuello tensos después del encuentro con la vieja esa. La admisión de su crimen y la amenaza contra su hija lo dejaron tenso y no estaría tranquilo hasta verla detrás de las rejas.

"Pero estoy cerca, Elizabeth… estoy muy cerca de verte caer, y no podrás volver a poner tus sucias manos sobre los que amo. No lo harás de nuevo, porque antes te mato…" juró en silencio, porque no escatimaría en nada con tal de protegerlos.

**OoO**

—Están haciendo pruebas de huellas de neumáticos en los entornos de la casa, de vehículos que llegaron hasta allí ese día, pero la policía lo está haciendo a puertas cerradas con un grupo elegido con pinzas para evitar que la información que vayan obteniendo, se filtre —comentó Jacob, quien estaba al tanto del equipo policial investigativo que pusieron a cargo del caso de la hermana Gabriela. Habían movido sus influencias y la familia alzó la voz diciéndoles que si no se ponían a investigar, iban a hacer una denuncia formal contra el cuerpo de policías y hasta los canales de televisión iban a caer sobre ellos como aves de rapiña. La credibilidad de la institución estaría en juego.

— ¿Y no tienen nada nuevo? —le peguntó Edward, que oía sobre lo poco que habían obtenido sobre el caso. Se sentía impotente por no poder hacer nada más, pues el líder de la organización de investigadores había rogado que dejaran en manos de ellos la investigación, pero él y sus amigos eran algo tercos y cada uno estaba investigando por su lado, sobre todo siguiendo la pista de la vieja Elizabeth, sobre quien caía la mayor sospecha, pero sobre la cual no tenían pruebas que la inculparan. Hasta ese momento.

—Encontraron huellas de un par de vehículos que no eran de la constructora, los que circulaban habitualmente. Están investigando sobre eso…

— ¡Pero no hay nada, joder! —exclamó Edward, golpeando con sus puños sobre los cojines donde estaba sentado.

—Edward, si intervenimos, podríamos cagarla… poner en sobre aviso a la vieja y sabrá que se le está investigando, podría ser un error y le daría tiempo para escapar como las ratas —expuso Jacob la teoría que James en su momento le había dado también a Damián, quienes en ese momento aún no habían llegado a la reunión.

—No podría moverse aunque quisiera. La empresa está siendo liquidada y ella es la accionista mayoritaria, la ley impide que salga siquiera de la ciudad antes que acabe el proceso —intervino Garrett.

—Eso, a la vieja no le importaría con tal de salvar su pellejo, y lo sabes.

Los tres caballeros se quedaron en silencio, pensando en el tiempo que había transcurrido sin tener nada en concreto que los ayudara a saber quién dio muerte a la monja. Por supuesto, ninguno iba a descansar hasta ver al culpable tras las rejas. O la culpable, pues más que las pruebas, el instinto les indicaba que la culpa recaía sobre la única mujer que hubiera tenido sangre fría para cometer un crimen así, ya sea por error o no.

— ¿Y dónde está Emmett?—preguntó Garrett a Jacob.

—Su hija se enfermó y la llevó a la clínica. Rosalie no podía porque ha estado con Damián todo el día por el asunto de la liquidación.

— ¿Y la niña está bien?

—Sí, está bien.

— ¿Y dónde está Bella?

—Adentro, trabajando —comentó Edward a su amigo Jacob, mientras mantenía su vista fija en la alfombra.

—Y… uhm… ¿hablaste para saber sobre tu… sobre Benjamín?

—Esta mañana le hablé a la Madre Superiora. Ha estado bien, ayer estuvo en el jardín casi toda la tarde. Le hace bien el aire libre.

—Que se le negó por tanto tiempo.

El timbre de la puerta principal sonó, levantándose el dueño de casa a abrir y recibir a los dos caballeros que faltaban. El rostro de James era como siempre, muy tranquilo cuando saludó a Edward, pero Damián se veía cansado y atormentado.

—No tienes buena cara —comentó Edward a Damián cuando regresaron a la sala.

—Un día de mierda —se dejó caer en el sofá, soltando el aire de sus pulmones como si fuera un globo que se desinflaba, intentando relajarse, echando su cabeza hacia atrás.

— ¿Todo en orden con la liquidación? —preguntó Edward, cruzando sus brazos sobre el pecho, parado detrás del uno de los sillones que daba frente a Damián. Simplemente pasó de sentarse pues no podía estarse quieto.

—Todo en orden. Dentro de poco, se dará aviso de remate de lo que quede luego de pagar las deudas.

—Estaré atento —intervino Garrett, quien sería el primer y mejor postor para tomar lo que quedara de esa empresa y levantarla, junto a Edward por supuesto.

—Damián, creo que debes poner al tanto a los demás de tu conversación con Elizabeth.

Edward enseguida torció la cara hacia James y luego hacia Damián, frunciendo su entrecejo. No le sería extraño que se hubiera topado con ella, pues la vieja debía estar presente, pero la forma en cómo James lo comentó y la forma en que Damián emitió un quejido y volvió a tensar su postura, supo que había algo más.

—De qué se trata.

—Entre otras cosas, y resumiendo, amenazó con hacerle daño a Beatriz como venganza contra mí de todo lo que estoy haciendo en su empresa… y además… reconoció que ella mató a la hermana Gabriela…

El relato apesadumbrado y preocupado de Damián llegó hasta allí porque Edward, que se había quedado de pies junto a la ventana, hizo estallar contra la pared un ornamento que encontró en una mesita cercana. Su rostro estaba rojo, sus venas sobresalían, su pecho subía y bajaba con rapidez, sus músculos estaban tensos a más no poder, sus ojos oscuros de rabia…

—¡Maldita vieja de mierda, maldita vieja de mierda! ¡La odio, la odio!

Jacob y Garrett se levantaron en cosa de segundos hasta él, para contenerlo, pues ya bien sabían ellos de qué se trataba eso. Los dichos que Damián confirmaron las sospechas de todos, sobre todo las de Edward, y aquello había sido la gota que rebosaba el vaso, provocándole y llevándolo a esos episodios de descontrol que ni las malditas pastillas controlaban. Lograron retenerlo cuando se puso a darle puñetazos a la pared, mientras seguía gritando fuera de control.

— ¡Joder, Edward, amigo, cálmate!

—¡La voy a matar, la voy a matar!

Damián y James también se pusieron de pie, sobresaltados, pues nunca les había tocado ver en aquel estado de enajenación a Edward. Pero para Damián fue más terrible, pues lo que vio lo llevó treinta años atrás, cuando su esposa sufría de la misma crisis. Trataba de rasgarse las ropas, se jalaba el cabello, respiraba con dificultad y lo único que quería era destruir todo a su paso, como Edward en aquel momento. Caminó hacia ellos con calma, mientras Jacob y Garrett intentaban controlarlo, amenazándolo con llevarlo con camisa de fuerza al loquero para que lo internaran, que recordara lo que había pasado la última vez.

Bella ciertamente no demoró en aparecer. Con sus ojos ampliamente abiertos vio a su esposo, corriendo hacia él, pero Jacob la detuvo, pues Edward en su descontrol podría hacerle daño.

— ¿Pero… qué pasó…? —gimoteaba Bella, sujeta por los hombros por Jacob, mientras Damián tomaba su lugar y trataba de hablarle a su hijo con palabras tranquilas, como en aquel entonces trataba de hacerlo su esposa, pero Edward nada más tenía la imagen de Elizabeth en su cabeza y su odio contra ella se desbordaba y hacia que sus instintos asesinos emergieran, porque eso quería él, matarla de una vez.

—Bella, métete adentro…

— ¡No! —contradijo ella, zafándose del agarre de Jacob y corriendo hacia Edward. Alcanzó a agarrar el rostro mojado y ardiente de su marido entre sus manos temblorosas—. Edward, mírame…

Pero Edward se removía, como animal furioso, intentando soltarse mientras gruñía y gritaba. No estaba haciendo caso ni a las palabras de sus amigos, ni a los de su padre, ni a los de su mujer. Quería azotar su cabeza contra el muro, quería gritar, aunque sabía que nada sería suficiente para acallar su dolor.

—Por Dios, hijo… —lloriqueó Damián, girando su rostro hacia atrás—. ¡Llamen a su doctor! Hay que controlarlo de alguna forma…

—Ya lo llamé —dijo Jacob, cortando la llamada—, en diez minutos estará aquí.

— ¡Mierda, Edward, cálmate o te va a dar algo, amigo! —trataba Garrett de hacerlo entrar en razón, mientras Bella lloraba sintiéndose incapaz de hacer algo para calmarlo, pero debía intentarlo. Así que volvió a agarra su cara entre las manos y lo obligó a mirarle, apoyando su frente en la de él, como él siempre lo hacía con ella.

—Mi amor, cálmate, por favor…

— ¡No me voy a calmar hasta que me encargue de esa vieja con mis propias manos! —le gritó a la cara. Seguía estando furioso que ni siquiera las palabras y el sonido de la voz de su esposa, que siempre lo amansaban, lograban controlarlo. Se apartó de las manos de su mujer y siguió moviéndose para soltarse de las manos de tres hombres que estaban impidiéndole moverse—. ¡Suéltenme, maldita sea!

— ¡¿Le vas a dar en el gusto a la maldita vieja esa, Edward?! —gritó su padre, desesperado, agarrándolo por el cabello, obligándolo ahora a mirarle. Todos se sobresaltaron por el tono rotundo de Damián—. ¡¿Vas a darle el maldito gusto de verte así?! ¡¿Sacarías algo?! ¡Maldita sea, Edward! Regresé para recuperarte, para recuperarlos y no voy a dejar que ella salga limpia de todo esto. Voy a hacer que pague y que se arrepienta de todo lo que hizo, y lo voy a cumplir. ¡Pero joder, necesito que me ayudes! ¡Campeón, necesito tu ayuda! —le dijo eso último, agarrando como Bella, su rostro entre las manos. Las pupilas dilatadas de Edward lo miraban como hipnotizado, aunque sus músculos no habían cedido y su respiración seguía siendo dificultosa. Estuvo así un par de segundos, antes de cerrar los ojos y desvanecerse en los brazos de Garrett y James.

— ¡Edward! —Bella aterrada gritó, mientras los caballeros lo llevaban hasta el sofá más cercano.

—Yo sabía, maldita sea —gruñó Jacob, tomando atención en su pulso carotideo—, está muy baja.

— ¡¿Y el doctor?! ¡Hay que volver a llamarlo! ¡Llevémoslo al hospital! —exclamaba Bella a punto del colapso también, porque le fue inevitable no acordarse de la primera vez que Edward se ofusco hasta ese punto, teniendo que llevarlo a la clínica por problemas cardiacos desatados por lo mismo.

Pero no fue necesario volver a llamar al doctor o llevar a Edward a la historia, pues el buen doctor golpeó la puerta en ese momento. Garrett se apresuró en ir a abrir y hacerlo pasar. Enseguida él pidió espacio para revisar a Edward con su indumentaria, pidiendo que lo llevaran a su recamara para acostarlo allí. Una vez allí y mientras él revisaba sus signos, preguntó lo que había pasado, explicándoles todos atropelladamente qué fue lo que empujó a Edward a esa crisis.

—Entiendo, entiendo —dijo Aro, llamando a la calma—. Su organismo cedió y se desmayó, es todo. Creo que hay que dejarlo descansar ahora, no hay que presionarlo para que despierte. Esta noticia lo dejó muy alterado y explotó, es todo. Hay que tenerlo vigilado y que esté tranquilo al menos…

— ¿Tranquilo, después de lo que sabe que hizo su abuela? Si usted cree que va a acatar esa orden, es porque no lo conoce.

—Edward está pasando por un cuadro depresivo, es lo que le comenté a Bella hace un par de días —miró a Bella, quien lloraba en silencio agarrada del brazo de Jacob—, dudo que cuando despierte lo haga enajenado… muy por el contrario.

— ¿Depresión?

—Algo muy común, señor…

—Brandon. Damián Brandon, soy el padre de Edward.

—Por supuesto. Pese a todo, Edward está bajo control, aunque hace momentos atrás no pareciera. Lo mejor será dejarlo descansar, seguro estará fuera de combate un par de horas. Cuando despierte le administraremos un medicamento y hablaré con él. Si es necesario lo llevaremos a examinar, pero no lo creo necesario. Mientras tanto, dejémoslo solo. Yo quisiera aprovechar de hablar con usted, señor Brandon.

—Por supuesto —asintió de inmediato. Giró su vista hacia Bella entonces para preguntar si le facilitaba el despacho para hablar con el doctor a lo que ella asintió. Los caballeros salieron y ella, muy terca se quedó sentada, cuidando a su marido.

—Todo va a resolverse, mi amor, ya verás —susurró con voz quebrada, mientras acariciaba el pelo de su marido mientras lo veía dormir—. Ya verás mi amor.


¡Ay mi Dios! nuestro ogro volvió a estallar! Justo ahora que falta tan poquito para despedirnos de él... tres capítulos, ¿lo pueden creer? Pues yo no.

Durante este viaje con el ogro, no me he cansado ni me cansaré de agradecerle lo lindas que han sido conmigo a través de sus comentarios, siempre me alientan y me ayudan a seguir escribiendo, así que pues ya saben, cada capítulo está dedicado a ustedes. =)

También agradezco a mi súper equipo, Maritza Mx en la edición, y miss Manu de Marte en las alertas de adelanto que entrega en el grupo de facebook, donde todas son bienvenidas para que pasen y comenten. =)

Bueno pues, nos leemos la próxima semana. Un abrazo grande a todas y ya saben, las quiero mucho.

Cata!