Capítulo 36.

Los días siguieron su curso y la creciente tensión a nivel global seguía en aumento. Pese a todo no se producía ningún movimiento extraordinario que requiriera de una acción a nivel mundial y cada país seguía tratando de solucionar sus problemas internos.

Febrero llegó con la publicación, en todos los medios de comunicación, del Manifiesto de William Wood. Un informe redactado de la intensa entrevista que mantuvo el brujo de varita azul con la reportera del diario El Profeta. En aquel artículo había multitud de mensajes en el que hacían ver, a la opinión pública, de que William Wood no era el monstruo que los gobiernos y medios de comunicación le habían descrito.

La reportera lo quiso alejar de la manida comparación con el Antiguo Señor Tenebroso y lo presentó ante la sociedad como el hijo deseado de un matrimonio feliz. Un matrimónio que luchó por sus propias convicciones hasta su triste final en la batalla de Hogwarts. Pese a que sus progenitores pertenecieron al bando oscuro, daba la imagen de que eran dos personas entregadas a la causa y a sus ideales, por equivocados que fueran, les hacía justificar su pertenencia a los Mortífagos.

Una infancia triste, al quedarse huérfano a la edad de los seis años, una niñez problemática, sin ninguna atención por parte del Ministerio que se limitó a colocarlo en un internado y lo abandonó por completo. La etapa de estudiante la pasó en Hogwarts contra su voluntad y que, por su procedencia y su escaso nivel adquisitivo, lo pasó muy mal pues no contaba con la ayuda de nadie, convirtiéndose en un auténtico superviviente del cruel mundo.

Daba la imagen, a la opinión pública, de que el Ministerio de Magia en Londres había creado un monstruo, uno de muchos, por su completa desidia en su educación como persona. El mundo era cruel y el Ministerio no podía ser menos; era el responsable directo del lamentable futuro que aguardaba a William desde que se quedó huérfano.

Adolescencia problemática, derivación hacia las artes oscuras, cuando terminó su educación, la sociedad hizo lo que se esperaba de ella, le dieron la patada y liberaron a aquella bestia llena de ira a las calles para que se valiera por sí misma. Su vida criminal estaba predicha mucho antes de cumplir la mayoría de edad, todos lo sabían y nadie hizo nada.

Cuando cumplió con lo que se esperaba de él, acabó en el lugar donde tenía una celda reservada desde el día en el que murieron sus padres, la prisión de Azkaban. Los augurios se cumplieron y al final acabó con los huesos entre rejas, hasta el día de su escape de la prisión y el renacer, como el ave Fénix, en el poderoso mago que era hoy.

Pese a ese pasado traumático, se presentaba al mundo como un superviviente que conocía lo peor del mundo y quería cambiar las cosas. Sería un futuro gobernante que iba a barrer a los verdaderos delincuentes de la sociedad, a los corruptos y demás tipos de escoria humana, en resumen: a poner orden y paz al mundo de perpetuidad. Ofrecía seguridad para todos, dando igual su estatus, cuando gobernara el mundo todos podrían dormir tranquilos. Un futuro en el que tendrían trabajo, comida, oportunidades para todos, en definitiva, convertiría la tierra en un paraíso.

Aquel extenso manifiesto convenció a muchos, pero también disgustó a otros tantos. Los Mortífagos disidentes no habían sido informados de la verdadera intención de aquel panfleto y el hecho de que quisiera un mundo sin más clases, que la de él gobernándolo, les disgustó mucho e hizo que se alejaran aun más de su causa.

Las fuerzas del orden tuvieron que hacer un cerco, a una gran distancia del bastión de aquel mago, para que los creyentes en él, que acudían de voluntad propia, se acercaran a recibir la marca del mago al creer sus promesas sobre el futuro. La voluntad de esos creyentes, al ver que no podían acercarse a la mansión, intentaban ser captados por algún destacamento que partía en busca de nuevos acólitos para sus fuerzas. Lo peor era que, en el caso de los Mortífagos creyentes en William, traicionaban a los suyos al implorar que los detuvieran no solo a ellos sino a todos los feligreses en alguna de sus reuniones. Los marcados podían trasportarse desde el interior del bastión al exterior del mundo y se hacían más numerosos con el paso de los días.

Lo peor para el ministerio era que la marca del mago podía hacerse invisible y nadie sabía quien había sido marcado y quién no. Si antes había desconfianzas en el mundo mágico, ahora eran más evidentes que nunca. Aunque trataran de encontrar una forma en la que podrían detectar a los marcados no habían dado con ella.

La contención era su mayor arma, evitar la sustracción de personas era lo único que podían hacer para no incrementar las fuerzas de William Wood, pues todo el que llevaba su símbolo en el antebrazo tenía sellado su destino.


A principios de Marzo, Harry Potter miraba desde una de las ventanas del edificio de los Aurores. Desde allí podía ver el Atrio y contemplaba como la gente seguía yendo y viniendo del Ministerio. Miraba y se fijaba en algunos en concreto, preguntándose si sería un acólito o no. Sus temores llegaron hasta el punto de sospechar que si marcaban a uno de sus hombres sería un más nefasto, pues podría comprometer todas las investigaciones.

Se creó un perímetro de seguridad, dentro del órgano de los Aurores, en el que la información estaría clasificada y era solo accesible a Harry Potter. Debían protegerse como fuera de agentes dobles. Su angustia por la situación actual le estaba pasando factura y casi no dormía de noche por las múltiples preocupaciones.

Sobre la mesa de su escritorio había periódicos en los que informaban del cambio de actitud de algunos países, que estarían interesados en aliarse con William Wood. El hombre sabía que era un desesperado intento por mantenerse en el poder una vez llegara el Nuevo Orden Mundial y preferían abandonar el barco antes de que se hundiera.

Los problemas crecían por todos lados y no encontraba nueva información que le ayudara a continuar con el juego de su némesis principal. Entre sus múltiples preocupaciones laborales: no sabía el motivo por el que la corona de flores había sido sustraída. No tenía ni idea de quién era la chica que portaba el peón blanco. Desconocía el motivo por el que las reliquias habían sido robadas. Ignoraba el motivo por el que las corrientes del tiempo, por desconocidas que fueran, habían desaparecido. Tampoco había averiguado nada del símbolo del árbol y los "agentes", que tenía en el colegio de Hogwarts, tampoco habían dado con algo aun. Lo más preocupado que lo tenía era la profecía, la última carta que disponía ante un nuevo acto, desconocían todo de ella, su propietario y el que la hubiera formulado.

No solo le acusaba las preocupaciones laborales, las de carácter personal también lo tenían atormentado. No había dado con la identidad del auténtico homicida de Percy y su familia. No tenía noticias de Teddy desde hacía semanas y aquello lo angustiaba. Desde hacía unos días había llegado a una conclusión personal y no podía dejar de pensar en toda su familia, que era todo su mundo, y el temor de perderlos era otro de los motivos por los que no lograba conciliar el sueño.

Su angustia era tan potente que ni el mejor de los brebajes para dormir hacía efecto en él y su estado de alerta era perpetuo. Este estrés se reflejaba en su cara y en sus canas, pues el pelo lo tenía casi blanco. Un cansancio que le estaba pasando factura a su salud y amenazaba con enfermarlo.

Sus familiares, sus amigos, los Aurores, los miembros de la Gestora y toda la población en general notaban su cada vez más lamentable aspecto y todos le decían que debía dormir algo. Pero el hecho de repetirlo hasta la saciedad conseguía el efecto contrario, pues cargaban aun más la atormentada mente de Harry.

En completa soledad decidió darse una vuelta por el Ministerio, para despejar la mente. Fue hasta el Departamento del Tiempo y allí le dijeron que no se había producido ninguna eventualidad en aquellos meses y todo seguía igual al día 21 de Diciembre, el día en el que todos los relojes se quedaron trabados a las doce menos un segundo.

Fue hasta la zona más secreta de aquel departamento, el inicio de la tubería en la que antes del 21 de diciembre corría las corrientes del tiempo y, como ningún hechizo, ni objeto mágico, ni invento tecnológico funcionaba allí dentro, fue con una última esperanza de poder averiguar hacia donde se dirigía aquella cañería natural.

Frente a la rotura, desde donde se podía acceder al interior, allí sacó una pastilla de la selección de George Weasley, aquella que le daba ocho minutos de disminución de tamaño. Al tomársela y adoptar unas dimensiones lo suficiente como para caber allí, se lanzó al interior rezando de que al menos la golosina funcionara donde ni los objetos, ni la magia, ni la tecnología lograban nada.

Al ver que mantenía el tamaño, cronometrando el tiempo, comenzó a correr en una de las dos posibles direcciones. Por desgracia solo podía alejarse durante cuatro minutos, si no encontraba otro lugar donde recuperar su tamaño normal y tomarse una nueva toma, adoptar su forma ordinaria en aquel pequeño conducto sería su fin.

Tras un primer intento infructuoso, volvió justo con tiempo para no morir allí dentro. Frustrado de solo contar con ocho minutos, le iba a pedir a su cuñado que se esforzara al máximo para alargar el tiempo de duración de la pastilla cambia tamaños. Quería saber a dónde llegaba el conducto como fuera.

Marchándose de allí, se dio un salto por el despacho del Senador Yusuf Stevenson, que aun tenían una gran cantidad de personas clasificando cada cuento, cada mito, cada leyenda recopilada en aquel laberinto que era su oficina.

Sin decir nada más que el saludo oficial, a los empleados de por allí, se dedicó a pasear entre los escritos aun no clasificados. Recorriéndolos pensaba como había sido posible que hubiera por allí elfos domésticos si todo el lugar estaba protegido, con potentes conjuros, contra la intromisión de cualquier clase de intrusos.

En el centro del despacho estuvo un rato antes de querer marcharse de allí pero, un empleado, al apoyarse mal para coger uno de los escritos que estaban en los estantes más altos, provocó que las estanterías cayeran en forma de dominó creándose primero un gran estruendo y alboroto, para después dejar un caos tremendo en el que se habían mezclado los documentos clasificados con los que no.

Tras preguntar si todos estaban bien y cerciorarse de que nadie había resultado herido, respirando profundo aun en el centro del despacho, uno de los documentos llegaba rodando hasta donde él se encontraba y se paró justo a sus pies. No tenía marca de haber sido ya investigado y lo recogió con la intención de entregarlo a los empleados, que comenzaban a realizar conjuros para reordenarlo todo por arte de magia, pero no dejó que saliera de sus manos. Fue entonces cuando se fijó que todas las estanterías deberían estar clavadas al suelo, pues tenían el hueco para los tornillos y en el piso estaban las marcas de donde habían sido ancladas, que no tuviera ninguno lo dejó extrañado.

Evitando entregarlo, sin decir nada más, se sentó en el asiento principal del despacho y desplegó el escrito, curioso de que podría guardar en el interior. Al comenzar a desenrollarlo pudo leer el título: El Nexo de Unión.


"El Nexo de Unión.

Cuentan las leyendas, de las civilizaciones más antiguas, que hace tiempo, cuando el planeta era muy joven y mucho tiempo antes al nacimiento del hombre, se produjo un conflicto entre las fuerzas que dominaban la tierra. Nada se supo del origen de sus desavenencias pero lo cierto es que, para evitar el recrudecimiento de su disputa, pusieron barreras de por medio.

Murallas, la mayoría de ellas se construyen para protegerse de lo que hay al otro lado y que, desde este mismo punto, no vieran lo que en el lado que protegen acontece. Aquellos seres primigenios se distanciaron unos de otros creando una red de murallas dobles, tan poderosas que nada podría atravesarlas, con eso dejaron de verse los unos a los otros y con el continuo paso del tiempo hasta dejaron de ver los muros que los separaban, quedando invisibles a sus ojos.

El problema, entre cada par de muros, es que no eran barreras rígidas y fluyen por el continuo espacio tiempo. Ondulaciones en las que a veces se acercan y otras se distancian, siendo tan malo lo primero como lo segundo. El espacio entre ellas, que era tierra de nadie, si se reduce esto conlleva que ambos muros choquen y al ser iguales en fuerza acaban rompiéndose. En el caso de que se alejen demasiado, ese mismo espacio intermedio acaba replegándose y provoca el mismo efecto que si hubieran colisionado.

Tras las primeras fisuras en varios de los muros, con sus consecuencias catastróficas, el paso del tiempo hizo que lo que hubiera a cada lado se olvidara de su vecino y al volver a verse las caras la violencia del encuentro era terrible. Aunque por fortuna solo fueron pequeños roces, que no consiguieron tirar a bajo todos los muros que los separaban de una sola vez, aunque el peligro de que eso pasase era muy real.

Para evitar este terrible escenario surgió un ser capaz de existir en el espacio que había entre ambas murallas al que se le llamó Nexo de Unión. Su función era la de evitar la colisión o la excesiva lejanía entre las paredes que pudieran provocar una nueva fractura.

Pocos conocen su forma, solo se puede ver a ojos del hombre cuando alcanza lo que se denomina: Horizonte de Intervalo. Ese preciso momento en el que dos de los muros están tan cerca el uno del otro que la presión entre ambas es insoportable y adopta una forma visible.

Los que han logrado verla la describen como un ser sin forma, de una tonalidad naranja que irradia energía en forma de tentáculos, que se concentra en si misma cuando ejerce una fuerza opuesta a la que la azota y luego se distancia cuando alcanza su objetivo y se vuelve invisible cuando la presión se normaliza.

Desde entonces no se ha vuelto a producir ningún choque ni fisura en las murallas. Cuentan los grandes hombres, de las antiguas civilizaciones, que las barreras que nos separan las tenemos frente a nuestros ojos pero no las vemos y las ignoramos, sin percatarnos de los peligros que podría haber al otro lado.

El Nexo de Unión es un ser vital para la existencia, es lo que nos separa y a la vez nos une de un todo, en el que nadie quiere encontrarse con los otros."


Harry Potter no daba crédito a lo que leía y al final del documento había un grabado de cómo era la forma, según la teoría, de quienes se habían cruzado con aquella entidad y se percató de que era lo mismo que mató a Jacob Smith, al final del Primer Acto, para acabar transformándose en esa piedra.

Con el papel enrollado, salió a toda prisa del despacho hacia el Departamento de Seguridad Mágica, donde sabía que estaba Hermione, escoltada por Ronald, que seguían en la investigación de conocer más sobre los arquitectos de los colegios de magia en el mundo.

Al verle aparecer se preocuparon aun más de su lamentable aspecto, pero se preguntaron de que le había traído hasta allí con tantas prisas y cuando se percataron de que tenía un documento en las manos, de los mismos que había en el despacho del difunto senador, corriendo se fueron al despacho privado de la máxima autoridad por allí. Harry extendía el papel y los otros dos lo leyeron quedándose tan perplejos como él.

— ¿Cómo lo has encontrado?

—Llegó hasta mí en el despacho cuando cayeron las estanterías. Estanterías que por algún motivo no estaban ancladas al suelo.

— ¿Casualidad? —El pelirrojo preguntaba aunque con la misma mirada que los otros, pues sabían que aquello no era casual.

—Harry: si la leyenda es cierta… y suponiendo que el Nexo de Unión ha sido capturado en el momento del Horizonte de Intervalo. ¿De cuánto tiempo dispondremos para evitar la fisura de uno de los muros? o lo que sería peor: la rotura total de todos ellos.

—No lo sé, pero al menos sabemos que logró detener un choque antes de ser capturada. Quién sabe cuánto tiempo ha de pasar para que se vuelva a producir un escenario de esa clase.

—Dicen que los muros los tenemos delante y no los vemos, ¿a que se referiría?

—No es difícil de entender, te daré un ejemplo: la comunidad mágica ha puesto un muro del mundo muggle. Ellos no ven la barrera que nos separan, no saben de nuestra existencia y ni siquiera se imaginan que nosotros si los vemos a ellos. Si pudieran levantar un muro igual, en su lado del plano, los magos y los muggles ni siquiera sabrían de la existencia del otro.

—Quien está detrás de todo esto: ¿sabrá de lo que pasa al capturar al Nexo? Porque de ser así: ¿Para qué querría provocar semejante escenario?

—No tengo ni la menor idea —Se quedaba pensativo y daba vueltas por el despacho de Hermione tratando de encajar datos—. Esto no lo puede saber nadie o cundirá el pánico. Creo que esta confinando a fuerzas tan antiguas como desconocidas de la naturaleza por alguna razón, por eso provoca la caída de los portadores de las varitas para que acaben encerradas en una gema. Pero la finalidad de la gema es lo que me preocupa.

—Si eso es así: ¿Por qué no lo hace el mismo? En lugar de dejar que nosotros seamos los encargados de acabar con ellos. ¿No deberíamos hablar con William y Igor? Para explicarles de los peligros que corren.

—No lo veo factible Ronald, pero tampoco tenemos muchas opciones. Ha escogido bien a sus peones: Uno no se fía del ser humano y el otro desea someterlo bajo su yugo. Cualquier cosa que tratemos de explicarles será ignorada.

—Esta vez no tendremos otra opción más que la de pasar por el aro y esperar que podamos controlar la situación más adelante.

—Al menos ya hemos identificado a las cuatro de las cinco entidades que componen las varitas de cristal. Nos falta conocer la de tonalidad verde. Si supiéramos el lugar exacto donde fue atrapado el Nexo de Unión, sería buena idea ir hasta allí a investigar cuando se normalice la situación. Pero… sin más pistas estamos como con La Catrina y El Guardián de la Puerta.

—Ese dragón, en el que se ha convertido Igor Morris, parece que ha sido su forma definitiva. Tal vez tenga algo que ver con la entidad atrapada en su interior —Harry sacaba un grabado de la forma en la que se había convertido el brujo, como no tenían una fotografía nítida tuvieron que recrearlo por dibujo—. Pero ya se está investigando a nivel internacional sin resultado y nunca se había visto uno igual.

— ¿Cuándo creéis que se producirá el Cuarto Acto?

—Si te soy franco no tengo ni la menor idea.

Se produjo un silencio sepulcral en el despacho y los tres se quedaron pensativos. Tras estar un rato en esa posición volvieron a mencionarle a Harry su mal aspecto físico. Le recomendaron que necesitaba descansar algo o le iba a pasar algo pero, ignorándolos a los dos con un comportamiento más errático de lo normal, se marchaba del despacho de Hermione para volver directo al suyo.


Lejos de allí, a mediados de marzo en la mansión Ryddle, William Wood leía como, manifestando un discurso pacificador, ganaba adeptos en el mundo mágico y gobiernos mundanos. Sonreía al ver que diciéndole a la gente lo que quería oír era mucho más efectivo que decirles la verdad de lo que pretendía hacer a la humanidad.

Sus fuerzas eran cada vez mayores, contaba ya con un ejército de casi cinco mil magos en todo el globo. Algunos habían sido reclutados a la fuerza y otros venían por voluntad propia. Sentía gran placer al ver sus caras de obediencia cuando ligaba su destino al suyo.

Pese a ganar combatientes, que luego liberaban pues la marca podía volverse invisible hasta que él quisiera convocarlos, seguía estando en una clara inferioridad numérica. Pero a cada nuevo marcado, ahora que formaban parte de su ejército, podía ver y oír lo que sus siervos oían y veían si tenían el antebrazo al descubierto.

A pesar de poder aplastar las defensas de los diferentes gobiernos que se le oponían, seguía esperando a que fuera Igor Morris el siguiente en actuar. Pero este no salía de su refugio de recreo y no tenía intención de hacerlo en el futuro. Gracias a sus espías enviados al ministerio de magia, entre ellos algunos Aurores capturados a la fuerza, pudo averiguar que solo contaban con una profecía para defenderse del siguiente en moverse.

Pensando en que tal vez el que les había entregado las varitas solo quería que sobreviviera uno de ellos, se propuso en encontrar la manera de sacar a su compañero de su escondrijo, pero aun no sabía cómo.

De buenas a primeras llegó Vladimir al gran salón con diez nuevos secuestrados, con las manos atadas, la cabeza cubierta por una bolsa de tela traspirable y que estaban listos para ser marcados como el ganado. Estos desgraciados trataban de agitarse al sentirse en presencia del brujo de varita azul que, notando como habían dejado de tener fe en su salvador, habían vuelto a ponerse sus ropajes negros.

Acercándose al primero de ellos le quitó la capucha de la cabeza para que viera la figura de su señor y deshaciendo los nudos, que le aprisionaban las manos, lo dominó con la maldición Imperius para que extendiera su brazo y recibir la marca entre terribles gritos de dolor.

Así continuó de izquierda a derecha, pero al llegar al penúltimo se sorprendió cuando quitó la capucha de tela del prisionero. Era el mismísimo Edward Lupin el que habían logrado atrapar en una de las redadas de magos oscuros de la capital.

—Pero que tenemos aquí… —Movía la varita delante del joven pensando en que debería hacer con él—. El ahijado de Harry Potter. ¿Juntándote con malas compañías? Que pensará tu padrino de ti —Vacilante meditaba que debiera hacer con él pues matarle tal vez podría dañar a Harry.

Sin llegar a ponerle la varita encima, se apresuró a marcar al último de aquel grupo, a la vez que llegaban otros secuestrados, de diferentes países, para repetir el proceso. El brujo ordenó a todos que salieran del salón. Los marcados podrían irse y los no marcados esperarían su turno aprisionados en las habitaciones de la mansión a esperas de una audiencia con él. Cuando se quedó a solas con el joven prosiguió interrogándolo.

—Bien: ¿Qué debería hacer contigo? Seguro que Harry se pone muy triste si te envió a él en pequeños fragmentos.

—No quiero saber nada de mi padrino —Aun metido en su papel de Mortífago, trataba de enfatizar su desprecio hacia el enemigo de su enemigo—. Me ha dejado tirado. Tiene a su familia que quiere y yo solo soy un pobre huérfano al que ha ignorado como la sociedad suele hacer con los de mi calaña —Al dedicarle aquellas palabras conseguía crear empatía con William, que era otro huérfano.

—Tú y yo tenemos algo en común: nuestros padres murieron la misma noche en el mismo lugar. Nos convertimos en huérfanos a la vez, que ironía de la vida juntarnos en el futuro ¿no crees? Pero no creas que no sepa nada sobre ti. Eras el huérfano más famoso de todos al tener como padrino al mago más popular hasta la fecha. ¿Crees que vas a conseguir darme pena al presentarte como un joven en mi misma condición? Si estas con los Mortífagos es probable que se deba a dos posibles condiciones: Estas enfadado con el mundo porque no puedes comprarte la última escoba de vuelo que hay en el mercado, la más veloz y de mejor estética de todas las que se han creado y, por la rebeldía de la edad, te ha dado por juntarte con los magos oscuros. O bien estas por petición de Harry Potter, que está tan desesperado por conseguir información, que le ha forzado a exponer a su ahijado. Puedo sacarte la verdad entre gritos… así que tú decides.

— ¿La verdad? —Ante la amenaza de la maldición de la tortura y que sabía que iba a conseguir lo que se propusiera, causándole un daño inmenso, optó por confesar—. Harry me captó para lanzar el rumor sobre ti y tu varita, pero me hizo prometer que no me juntaría con los Mortífagos.

—Si se lo prometiste: ¿Qué hacías con ellos?

—Quise ayudar mucho más y me infiltré como agente doble sin que se enterase.

— ¡No me jodas! ¡Qué fuerte! —Al notar la sinceridad en sus palabras no quiso torturarlo y las dio por válidas—. Que caro has pagado el hecho de ser un obstinado rebelde. Cuando un adulto te lanza una advertencia de ese calibre y es alguien que sabe mucho de la vida, lo mejor era haberle hecho caso. Pero seguro que te entró el típico cliché, que cuentan en los libros e historias, de querer convertirte en un héroe; de ir contra lo establecido y lanzarte a la aventura por tu cuenta. Ese manido cliché en el que todo te saldría redondo, pero siempre al borde del peligro y con todo el mundo en tu contra, por estar nadando contra la corriente haciendo lo que en teoría no debieras. Pero eres el héroe, todo te sale bien, salvas a la chica o al mundo y al final tu padrino, en la consecución de tu periplo, se daría cuenta, por fin, de cual equivocado estaba. Harry sabría que te habías convertido en un héroe y se arrepentiría de haberte prohibido realizar tu sueño —le decía todo aquel discurso con un tono burlesco sin pretender ocultarlo—. Pero Teddy: eso es un cliché que solo funciona en la ficción, por lo general los "rebeldes", esos que actúan por libre y contra lo establecido, esos mueren a la primera de cambio.

—No hace falta que metas el dedo en la llaga… —Comprendiendo que había cometido un error muy gordo solo le faltaba llorar de la rabia que tenía contra sí mismo—. ¿Qué piensas hacer conmigo?

—Te voy a exponer un dilema personal que tengo y dependiendo de tu respuesta actuaré —Se ponía cómodo atrayendo hasta ellos dos de las sillas, que estaban alrededor de la mesa del salón, para que ambos pudieran sentarse—. Tengo un amigo, un mago portentoso de nombre William…. No, William no que ese es muy obvio, de apellido Wood. Joe ese tampoco, no soy bueno a la hora de ocultar identidades, digamos que tengo un colega que tiene una poderosa varita de cristal azul zafiro —Con bromas dejaba muy obvio que se refería a sí mismo—. Este amigo tiene otro amigo, una auténtica bestia, que está esperando, escondido, el momento para salir al mundo con la intención de purificarlo. Ese amigo de varita azul sabe que su colega espera que primero se mueva él para luego reaccionar. El amigo, que es una bestia, no sabe que sus enemigos comunes tienen algo reservado para el próximo en moverse. Mi dilema es el siguiente: ¿Qué tendría que hacer el primero de mis amigos para que, sin moverse y provocar el pánico en el mundo, incitar al segundo para que salga de donde está escondido?

— ¿Quieres que te diga cómo hacer salir a Igor Morris de su refugio?

—Nooooo, no estamos hablando de mí ni de Igor Morris. ¡Yo no necesito que me aconsejen! Soy el mago más terrible del mundo. Por favor, mira que pensar que me refería a mí, debería tortúrate un rato por tal osadía. Estamos hablando de dos personas que solo conozco yo.

—Pues… —Poniendo su mente a trabajar pensó en una forma—. Tal vez la mejor manera de hacerle moverse es sembrando el miedo.

— ¿Cómo podría mi amigo sembrar el miedo en una bestia de ese tamaño?

—Tu amigo tendría que ir hasta la bestia y decirle que sus enemigos comunes tienen algo que podría derrotarlo y que entre más tiempo esté refugiado será peor para él. El desconocimiento y el miedo actuarán convirtiéndose en odio, de ahí a la ira y la ira suele conllevar a actos irracionales.

— ¡Eres bueno! —exclamaba ilusionado—. Creo que ya sé que hacer contigo —Le hacía extender el antebrazo y lo tenía muy cerca—. Una amiga me ha dicho que matar solo me proporcionará placer una vez, marcarte será un placer más duradero —Tocándole con la varita comenzaba a aplicarle la marca al joven, que trataba de no gritar de dolor al quedársele impresa en la piel—. Ahora nuestros destinos están unidos bajo el mismo sino. Ahora formas parte de mi glorioso ejército, eres libre de hacer lo que quieras hasta que te reclame para iniciar la conquista del mundo. Puedes tomártelo con calma, asimílalo a tu ritmo, pero quiero que tu padrino se entere de que estás marcado. Seguro que se volverá eufórico de "alegría" al conocer que enfrentarse a mí es como hacerlo contra ti y eso seguro que lo enloquecerá.

— Eres un hijo de… —fue a pronunciar una grosera palabra pero fue silenciado en el acto.

—Mucho cuidado con tus palabras, te he perdonado la vida, me tienes que estar agradecido. Todo lo que te importa está condenado a la desaparición, como bien has dicho antes, ambos somos huérfanos y ese lazo que nos une puede que sea lo único que te quede cuando al final me adueñe del mundo. Así que mejor no pierdas el respeto que te tengo.

Marchándose del salón lo dejaba solo allí. Ahora se había convertido en un marcado, un paria social del que todo el mundo huiría o bien atacaba si se percataba de su situación. Los ropajes negros que llevaba, se arrancó parte de la camisa y se cubrió el antebrazo con ella. Sin saber qué hacer realizó una potente Aparición que lo llevó hasta su guardilla en Londres.

En la oscuridad de su pequeña vivienda, con la marca aun brillando bajo los trozos de ropa durante poco tiempo antes de desaparecer, se acostó en la cama adoptando posición fetal. Estaba destrozado por haber fallado a su padrino y no sabía cómo se lo iba a contar. Prefirió quedarse a solas allí tratando de mantenerse sereno, aunque la sombra de que era alguien condenado no hacía más que ir y venir en su cabeza.


En el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, la segunda evaluación estaba cerca de acabar, estaban ya en la penúltima semana de marzo y el domingo 25 volvían a casa a pasar las vacaciones de Semana Santa. La nieve invernal había dejado paso a la primavera y todo volvía a reverdecerse, las temperaturas volvían a subir y los días se hacían más largos.

Aquellos tres meses habían dado para mucho a nivel académico: Albus Potter parecía haber perdido el miedo a las alturas y su nota en vuelo había pasado de mediocre a sobresaliente. El tándem de Scorpius Malfoy y Rose Weasley estaban dando una cantidad de puntos a la casa del león, casi todos los concernientes a los de primer curso, que les hacía estar a la cabeza de la lista seguidos muy de cerca de Ravenclaw.

James Potter, a pesar de que los alumnos exigían su indulto, cumplía con el castigo diario impuesto por la subdirectora que, cumpliendo con su palabra y aunque ella también supiera que ya no se lo merecía, debía mantenerse hasta final de curso. Pero al joven no parecía importarle los trabajos forzados, ni verse excluido de los eventos del colegio. Estaba sacando mejores notas que nunca, estaba perfeccionándose en los duelos y su condición física estaba optimizándose a la vez que su destreza en los enfrentamientos.

Se veía mucho tiempo a James Potter con Vega, otra que también estaba sacando notas sobresalientes en los estudios mágicos sin dejar de lado sus aspiraciones en el mundo muggle. Nadie sabía que ambos acudían con frecuencia a la sala de los Menesteres, que cambiaba de forma cada día. Los instructores que aparecían por allí eran maniquíes articulados con forma definida y con la capacidad de hablar que, sin ningún reparo, les ofrecía experiencia extra en lanzamiento de conjuros, defensas mágicas de toda índole, defensa personal, artes marciales y, muy de vez en cuando, se encontraban con El Largo Pasillo del que salían escaldados sin que nadie los viera acabar en tan lamentable aspecto.

En el caso de Albus Potter, a principios de la segunda evaluación seguía encontrándose con asiduidad con la entrada de la sala de los Menesteres por todo el colegio, aunque lo que tuviera reservado para él tenía que abrirlo con el peón blanco, la llave que encajaba en la cerradura, que seguía en su poder. No se atrevió a entrar en aquel tiempo y cada día que pasaba se la encontraba con menos frecuencia, no veía el día en el que desapareciera del todo pues no pensaba ver que había al otro lado.

En lo referente a lo que concernía a la investigación no dieron con el menor vestigio durante aquellos meses. Ahora siempre acompañados por Scorpius Malfoy, el trío de once añeros acudía cada día a leer y analizar la prensa internacional buscando cualquier cosa con la que poder ayudar a Harry Potter. Aunque pusieran todo su empeño no habían conseguido nada más que preocuparse por todo lo que estaba aconteciendo fuera de los muros del colegio.

Mientras Hagrid les preparaba una taza de té, los tres jovencitos le informaban de sus escasos avances en la investigación. El mayor les instaba a no desanimarse pues cuando menos lo esperasen darían con algo.

—Hemos mirado en toda la biblioteca y no hay nada —Rose estaba frustrada de que tanto esfuerzo no estuviera dando resultados—. De arriba a abajo, de delante a atrás, no hay nada ni de los arquitectos ni del emblema, esto es una pérdida de tiempo.

—Bueno… no hemos mirado en la Sección Prohibida —El rubio trataba de pensar si podría estar en algún que otro libro—. Pero ya no solo la protege una cuerda mágica, sino cuatro, el profesorado se ha esmerado para proteger esa sección. Sin un pase firmado por el director y siendo alumnos de primer año no vamos a poder ni acercarnos a ella y, según tengo entendido, hay libros que ni siquiera están en nuestro idioma.

—Hagrid: ¿crees que podrás conseguir un pase para investigar por allí?

—Lo siento mucho Rose, pero podríamos meternos en problemas si accedéis a ella. Si no encontramos nada en la sección permitida a todos los alumnos, tendremos que dejarlo para cuando seáis más adultos y podáis acceder a ella sin riesgo para vosotros. A demás del hecho de que, como bien ha dicho Scorpius, hay libros que ni siquiera entenderéis.

Mientras el grandullón hablaba con el rubio y la pelirroja, Albus estaba muy en silencio. Había visto las cuerdas que protegían ese espacio anexo de la biblioteca y sabía que por seguridad no se estaban dando pases a ninguno de los alumnos bajo ninguna circunstancia. Pensando en lo que solo él era capaz de hacer, iba a esperar la caída de la noche para aventurarse hasta allí.

Después de la cena y que todos se fueran a dormir, el jovencito se quedó en la sala común. No solo tenía que esperar a que se durmieran sus compañeros sino también los cuadros, para poder salir de la Torre de Gryffindors y llegar a la biblioteca sin ser visto por nadie.

Parecía indetectable, aun estando los Prefectos patrullando los pasillos nadie le oía aproximarse hasta la biblioteca y aprovechando que estaba abierta, al estar los exámenes de final de evaluación, entró en ella sin que le detectasen.

Había alumnos estudiando a aquellas horas, pero eran escasos, la encargada de la biblioteca estaba ahora descansando y lo había protegido todo con poderosos conjuros. Albus, por suerte, podía jugar con los ángulos muertos entre las estanterías para llegar hasta la sección prohibida sin llamar la atención.

Estaba delante de las cuerdas, que protegían la entrada a aquella parte anexa, que estaba en completo silencio y por su complicada ubicación, si entraba nadie se daría cuenta de que estaba allí. Al acariciar los cordones no ocurría nada. Tampoco pasó nada cuando apartándolas abría la reja que evitaba la entrada, sin que nada pasara, se adentró en la sección que ningún alumno había pisado en aquel año académico.

Aquella sección era oscura y lúgubre. Los libros estaban encadenados a las estanterías y eran muchos, tantos que podría llevarle mucho tiempo buscar entre ellos. El jovencito, al ser la primera vez que andaba por allí, no sabía cómo organizarse para leerlos pues había muchos con títulos desconocidos para él, aunque los entendía todos por escritura extraña en la que estuvieran redactados.

Abrumado por la cantidad de libros que había se fijó en un lugar particular de la sección, pues uno de los libros no estaba en su estante y la cadena que lo protegía colgaba de la repisa. Acercándose hasta allí se preguntó por qué faltaba y qué contendría.

Pensando que abría sido algún profesor el que lo hubiera sacado de allí, comenzó a coger libros y los abría. Aunque le habían dicho que algunos gritaban, alertando que alguien no autorizado estaba cotilleándolos, estos no hacían nada y dejaba que el joven los leyera todo lo que quisiera.

Colocándose apoyado en la pared que estaba frente al hueco en la estantería, se puso a leer el que tenía en las manos, que hablaba de una magia muy oscura usada por antiguos aquelarres de brujas que nada tenía que ver con lo que andaba buscando. Lo cerró sin saber si estaba escrito en su idioma y cogió otro tan oscuro como el primero.

Como era su primera vez en aquella sala no se organizó para nada y los cogía al alzar sin ningún éxito. Como no disponía de toda la noche tuvo que dejarlo y volver por donde había venido sin que nadie le viera retornar a la Torre. Al menos ya sabía que podía acceder a la Sección Prohibida cuando quisiera, solo debía evitar que nadie le viese entrar ni salir, a demás de que tenía que crear un método para poder leerlos todos sin perderse nada.

Acostándose en su cama se preguntaba que podría haber en el libro sustraído e iba a esperar a que, quien lo hubiera cogido, lo devolviera para leerlo pues la curiosidad era superior a él. Tenía cuatro días para investigar por allí, pues pensaba volver a casa a entregar el informe de todo lo encontrado en aquellos meses pasara lo que pasase.


Durante las primeras horas del día 26 de Marzo, en la escarpada orografía de la cordillera escandinava, los puestos de vigilancia por parte de los diferentes Ministerios internacionales, todos seguían en sus puestos de observación. Más no llegaron a ver como un intruso se colaba en el Santuario de Dragones que estaba vetado a todos.

William Wood había llegado hasta el inicio del santuario sin que nadie le viese salir de la mansión, ni atravesar todos los controles de seguridad que estaban para impedir que nadie se acercara a la cordillera y asegurarse de que nadie saliera sin ser detectado.

El rubio paseaba entre aquellas majestuosas criaturas que poblaban las montañas ignorándolas y siendo ignorado por ellas. Era uno de los mejores lugares de anidación para las especies autóctonas y ahora, bajo la protección del gran dragón, había conseguido atraer hasta allí a especies de todas partes del mundo para su próxima nidada.

Aunque la comunidad mágica trataba de impedir la aglomeración de aquellas criaturas en un solo lugar, no podían hacer mucho para evitarlo. Temían la reacción del brujo si hacían daño a cualquier clase de aquella especie, en su intento de que no fueran hasta él.

Especies conocidas, Bola de Fuego Chino, Hébrido Negro, Colacuerno Húngaro entre muchas especies clasificadas que estaban por allí conviviendo en paz sin molestar a nadie. Pero no solo estaban las conocidas, las había desconocidas incluso para el mundo mágico.

Había más variedad que los clásicos escupe fuegos. Había una especie desconocida de la África más profunda, que solo existían en las leyendas, los Dracónidos Ugandianos. Una especie sin la capacidad de escupir fuego, de tonalidad oscura y agresiva. Aunque no lanzaba fuego era muy peligrosa, pues todo su cuerpo era espinoso y contaba con largas púas, muy venenosas, que podían proyectar al sacudirse o girar en pleno vuelo. El veneno era corrosivo y era su manera de hacer la digestión pues disolvían la carne hasta convertirla en paté que luego engullían en grandes cantidades.

Otra, de la cantidad de especies que había por allí, se trataba de una en concreto que no les hacía falta posarse en tierra a no ser que fueran a anidar, los Voladores del Pacífico. Una hermosa variedad de aquella especie, muy poco conocida, que volaba en manada y cuya respiración los camuflaba en una especie de nube tan blanca como peligrosa, pues solo su hálito prendía fuego a la nube, todo ardía a temperaturas extremas y solo los seres ignífugos podrían sobrevivir a semejante explosión. Eran hermosos, enormes, rosados y poseían cuatro alas en lugar de dos, aunque solo usaran un par, pues mientras volaban con unas las otras reposaban y así no se cansaban nunca de estar en pleno vuelo.

Aquellas criaturas observaban al personaje que llegaba hasta el corazón del bastión, escogido por su antiguo compañero, hasta la ladera de una enorme montaña en la que había que fijarse muy bien para descubrir el cuerpo de la nueva apariencia de Igor Morris. Este se camuflaba a la perfección entre los árboles y montañas que había por allí hasta acabar formando parte del paisaje. Es más, si no llega a abrir sus poderosos ojos verdes hasta William ni lo hubiera detectado y hubiera caminado sobre su superficie sin darse cuenta.

Aquella enorme criatura, que era evidente que era herbívora, parecía esperarlo y moviéndose hacia una enorme y oscura gruta entre montañas, se ocultó en lo más profundo y solo se le podía distinguir sus dos ojos verdes que observaban a su compañero.

—William: ¿Por qué has venido hasta aquí? —con un potente tono de voz pero hablando bajito, para que su conversación no trascendiera de aquellas montañas, comenzó a hablarle.

—Quería despedirme de ti.

— ¿Despedirte de mí? ¿Qué bicho te ha picado?

— ¿No lo sabes? Somos los últimos de nuestro equipo, los otros tres han caído pese a tener un poder inimaginable. ¿Por qué crees que ha ocurrido?

— ¿Por incompetencia?

—No, en absoluto. Quien nos ha dado la varita nos quiere muertos y es por eso que han caído uno tras otro.

— ¿Pero qué estás diciendo? —no parecía creerle y le preguntaba con tono burlesco.

—No tienes que creerme si no quieres. Pero ya no me importa que destruyas el mundo, soy el último en caer, el siguiente eres tú.

— ¡Explícate!

—Nuestro benefactor nos ha mentido, engañados como idiotas para hacerle el trabajo sucio con la promesa de un gran poder con el que disfrutar en el futuro. Pero lo que en verdad quiere es que nos eliminen por turnos. Ha dejado pistas que los Aurores han utilizado para eliminar a nuestros compañeros uno tras otro. Por mis espías se que el Ministerio tiene una nueva pista para acabar contigo, cuando averigüen sus secretos vendrán hasta aquí y te matarán a ti junto a todos tus dragones.

—Tonterías, los destruiré antes de que pongan un pie en el Santuario —Los ojos redondos de aquella criatura cambiaron de forma, se volvieron un poco más agresivos y el sonido de escamas fortificándose se escuchó en la oscuridad a la vez que una de las enormes placas defensivas, que estaban en su lomo, caía por la ladera al desprenderse de él.

—No tienes porque creerme si no quieres, total, nada vas a poder hacer cuando vengan a por ti. Han podido contra Jacob Smith. Derrotaron a Tiffany Tuner y Amanda Parker cuando parecían invencibles. Lo lamento hermano pero creo que nuestra guerra final nunca se va a producir. Una pena, ni yo podré gobernar el mundo ni tu podrás quemarlo —Se daba la vuelta para marcharse por donde había venido—. Ha sido un placer conocerte Igor Morris, no se tu, pero yo pienso dejar mi huella en los libros de historia cuando llegue mi momento —Se quedaba quieto un segundo y miraba la belleza de aquellas montañas—. Este es un buen sitio para morir, lástima que también tengan que hacerlo las maravillosas criaturas que estén a tu lado en el momento en que acaben contigo.

Sin decir nada más, hizo una aparición para esfumarse de allí en el acto. Los ojos de aquella criatura, que seguían brillando en la oscuridad de la caverna, se volvieron aun más agresivos y otra escama se le caía del lomo pero se escuchaba regenerarse otras de otra clase. Aun preocupado cerró sus ojos tratando de que no calara lo que había escuchado. Pensaba que nada podrían hacer para enfrentarse a él, pero el saber que tres de los cinco habían caído le preocupaba mucho.

La semilla del miedo había sido plantada y solo era cuestión de tiempo que germinara. Le había dado en que pensar y sabía que los malos pensamientos acabarían ganando a los que se creían inmunes a todo mal que le asechase. William sabía que ahora era solo cuestión de tiempo que la bestia se encolerizara y atacara con toda su furia, siendo el siguiente en moverse.


El día 25 de Marzo, un día antes del encuentro entre los brujos y el día en el que los niños volvían a casa en su periodo vacacional, Harry Potter acudía como cada día al Ministerio de Magia. Las últimas noches no las había pasado en La Madriguera, había estado toda la noche tratando de localizar, neutralizar y evitar secuestros ciudadanos por el ejército de William.

Su aspecto físico era cada vez peor, desaliñado, con barba de varios días y pronunciadas ojeras. Su insomnio iba en aumento y no conseguía dormir por las noches por las noticias de las constantes incursiones a nivel mundial del ejército del brujo, que seguían aumentando sin parar a cada escaramuza. El nivel de trabajo que tenía encima no le permitía descansar y le estaba haciendo entrar en una severa depresión.

Aunque le suplicaban que se tomara un descanso, no se lo podía conceder, acudía a su puesto de trabajo cada día, aunque la vida se le estuviera yendo en ello. Aunque durante aquella mañana, en su despacho le esperaban su mujer, Ronald y Hermione que le habían tendido una emboscada para hacerle entrar en razón de que necesitaba un descanso y lo necesitaba ahora mismo.

Cuando al entrar en su oficina se encontró a tres de las personas más importantes en su vida, se sobresaltó pensando si había ocurrido algo malo, más luego entendió cuáles eran sus intenciones. Cogiendo unos archivos trató de ignorarlos para continuar con su trabajo.

—Harry: no nos ignores y afronta el problema —El pelirrojo, que pese a acompañarle durante algunas noches en sus redadas, era consciente de que permanecer en ese estado iba a acabar con su vida.

—Cada vez lo veo más claro —decía bajando la carpeta que tenía en las manos.

— ¿Qué ves más claro?

—Creo que no voy a sobrevivir al Quinto Acto y quiero dejarlo todo bien atado para cuando eso pase.

— ¿Qué dices? Ves lo que pasa cuando no duermes, te vuelves paranoico.

—No son paranoias. En la invitación que recibí antes de que todo comenzase, me invitaba a no abandonar el escenario antes de llegar al Quinto Acto, pero no dijo nada de que tendría que superarlo. Creo que voy a morir al final de este estúpido juego y quiero poner mis asuntos en orden. Tengo que aclarar todo, o bien dejaros el camino bien marcado para que vosotros terminéis lo que yo no pueda continuar.

—No pienses en eso —Su mujer lo abrazaba, estando ella de pie y él sentado en la silla, se aferraba a ella tratando de calmar su espíritu atormentado—. ¿Cuántos peligros has superado? Este episodio no será menos.

—Pero en aquellos tiempos había una profecía que me señalaba como el elegido para derrotar al Señor Tenebroso. Ahora no hay nada establecido y cualquiera de nosotros puede morir al menor descuido.

—Nuestros hijos no deben verte así o se preocuparán tanto como lo estamos nosotros. Vete a casa, aséate, descansa y recupera fuerzas. No es la primera vez que pierdes el sueño, intenta descansar.

—Lo he intentado todo pero no concilio el sueño, ni con el brebaje para dormir más potente me quedo dormido; inclusive he tratado de que me dejen inconsciente pero es inútil, me reanimo a los pocos segundos.

Sin saber qué hacer se produjo un silencio en aquel despacho. Todos estaban angustiados por el mal estado de Harry pero nadie sabía qué hacer en aquellas circunstancias. Ginny se puso firme y no iba a dejar que la vida de su marido pendiera de un hilo. Le ordenó irse a casa, con tanta decisión, que su esposo obedeció, aunque tenía pocas esperanzas de quedarse dormido, dándole la mano se preparaban para irse de allí.

El matrimonio Weasley sonreía al ver que iban a tratar de ponerle remedio pero, para colmo de infortunios, algo pasó que volvió a dejarlos pasmados a todos. Un Patronus aparecía en la oficina dejándolos a todos sorprendidos. Era el espectro de luz de un hermoso lobo, era el patronus de Teddy Lupin, que aparentaba estar herido y aquello dejó a Harry estático en el sitio.

"¡Teddy!" Gritaron Ronald, Hermione y Ginny a la vez, mientras Harry se acercaba al Patronus y tocándolo realizaba una aparición que lo llevó directo a la guardilla de su ahijado.

Aquel pequeño habitáculo estaba a oscuras, con la puerta y la ventana cerradas, y el sonido de la lluvia caer fuera era intenso. No se veía nada así que Harry sacó su varita y se preparó para lanzar un conjuro lumínico pero, antes de realizarlo, escuchó una voz conocida.

—Espera Harry —Teddy, escondido en las sombras de su guardilla, le imploraba que no realizara el conjuro de luz.

— ¿Qué ocurre Teddy?

—Perdóname Harry, no quería fallarte —con un tono de voz acongojado parecía que estuviera al borde del llanto.

— ¡¿Dime qué ocurre?!

—Se que te lo prometí, pero no cumplí mi promesa y me he metido en un lío del que no sé cómo salir —Se dejaba ver ante su padrino, con un aspecto tan lamentable como él, con el antebrazo cubierto por unas telas.

— ¡¿Qué te ha pasado en el brazo?! —Aunque supusiera de lo que se trataba no quería creerlo y por eso preguntaba lo obvio.

—Pensé que arriesgándome te ayudaría, pero ahora no solo no te he ayudado sino que me he hundido en la mierda —Le enseñaba la marca del brujo, símbolo de su condenación, durante un segundo pues sabía que si la mantenía al descubierto William Wood podría ver y oír lo que se dijeran allí.

— ¡No! —Llorando no sabía qué hacer y lo abrazaba al ver lo mal que estaba el joven, que ahora lo estaba pasando peor que él y por eso no quiso enfadarse o reprenderle por haber incumplido su promesa—. Lanzar el rumor ha sido uno de los mayores errores de mi vida, no me ha traído sino desgracias. ¿Por qué te habré inmiscuido en este lío?

Ambos llorando se pusieron uno al lado del otro apoyados en la pared hasta acabar sentados en el suelo. Teddy tenía muchas preocupaciones pero ahora su padrino no solo tenía las propias, sino también las de su ahijado que adoptó como suyas. El peor temor era que ambos sabían que si William moría, la muerte no solo lo arrastraría a él sino que también se llevaría a Teddy.

Harry, tras estar un rato taciturno y absorto, comenzó a enfurecerse. Sabía que lo habían marcado con la intención de hacerle daño por haberlo metido donde nunca debió ir y la culpa lo corroía por dentro.

De repente se puso en pie y pareciera que se iba a ir de la guardilla. Sabía que ahora no podía llevar a Teddy a la Madriguera pues, en cualquier descuido, haría que su nuevo señor supiera donde se encontraban. El joven debía permanecer allí por obligación y tampoco pareciera que quisiera buscar refugio entre los Weasley, pues había llegado a la misma conclusión y no quería perjudicar a nadie más.

— ¿Qué hago Harry? —le preguntaba al ver que se iba a ir.

—Quedarte aquí pero procura salir al exterior, no te quedes enclaustrado, pues estar tanto tiempo pensando en un problema no es nada sano —lo decía refiriéndose también así mismo, pues lo único que hacía era dar vueltas al problema que tenía y que rememorarlo tanto le estaba enloqueciendo—. La marca desaparece y nadie sabrá, ni ha de saber, que eres un marcado. Te enviaré dinero para que puedas sobrevivir.

— ¿Tu qué vas a hacer?

— ¿Yo? Voy a ir a hablar con él.

—William no te recibirá y si lo hace aprovechará la ocasión para matarte o bien marcarte.

—No voy a ir a hablar con William. Voy a hablar con quien está por encima de él.

— ¿Cómo? —su pregunta no fue respondida y su padrino, realizando una aparición, desapareció de allí en el acto.