XXXV
Herbert expuesto
La Siberia rusa, 25 de diciembre de 1968, 08:31a.m.
La devastación en el gulag había sido casi absoluta. Los tres viajeros entraron por el boquete que Darren había hecho hace varias horas atrás, viendo que había muy pocos guardias con vida, casi todos ellos con heridas lo suficientemente graves para impedirles caminar o siquiera tomar un arma.
Sailor Cosmos había recuperado buena parte de sus energías y podía caminar sin dificultad. No obstante, no se podía decir lo mismo de Darren, quien era ayudado por Moira para que no se hiciera más daño en la herida en su pecho.
—Vaya, es increíble que tú hayas hecho todo esto, Darren —dijo Moira, quien estaba ligeramente ruborizada por sostener a su amigo por la cintura, casi como si fuesen pareja—. Bastó con tragarte una gema para tener los poderes y la apariencia de una Sailor Senshi.
Darren se puso colorado, pero por razones distintas a las de Moira.
—Te juro que no es algo que me enorgullezca —dijo, indicando con el dedo el edificio central del gulag, donde seguramente encontraría lo que estaba buscando—. Es por aquí, pero la entrada está bloqueada por un trozo de hormigón.
—No hay problema —dijo Sailor Cosmos y se deshizo de la obstrucción como si en lugar de levantar hormigón armado sostuviera plumas—. Hay unas escaleras, pero se ven inestables. Yo los llevaré al último piso.
Segundos más tarde, el trío estaba mirando la oficina central del complejo. Las paredes estaban tapizadas con equipos electrónicos, estantes llenos de carpetas y un escritorio victoriano que desentonaba flagrantemente con el resto de los aparatos allí presentes.
—Hay que revisar las carpetas —dijo Darren y los tres se pusieron a examinar los archivos. Había reportes diarios de peleas y castigos, inventarios varios, currículums de los diversos empleados del gulag…
—Convictos —dijo Moira, sosteniendo un archivador bastante grueso y que se antojaba muy pesado. Lo dejó sobre el escritorio y comenzó a hojear los expedientes de cada recluso. Darren estaba seguro que allí estaba la información que necesitaba.
—¡Es él! —dijo de repente, mirando el expediente de un sujeto llamado Roger Mullins y cuya fotografía mostraba a un hombre de mandíbula cuadrada, corte de cabello militar y ojos que semejaban trozos de carbón—. Es el hombre que me atacó en Oregon y aquí.
—¡Vaya! Esos soviéticos hicieron un trabajo especialmente minucioso con este tipo —acotó Moira, notando que el expediente de Roger Mullins era bastante extenso—. Tiene todos sus antecedentes militares, su tiempo en el cuerpo de marines y…
—¿Brigada 2506? —interrumpió Darren, recordando el escuadrón paramilitar que había sido la punta de lanza en la invasión de Bahía de Cochinos en abril de 1961—. Este sujeto fue uno de los hombres que lideró aquella fracasada invasión a Cuba.
—¿Task Force 101? —dijo Moira, mirando el final del expediente—. ¿Qué rayos es la Task Force 101?
—Pues aquí dice que es un grupo selecto de soldados que realiza operaciones paramilitares dentro y fuera de los Estados Unidos —leyó Darren en una nota al margen, pero fueron las siguientes líneas lo que le causó escalofríos—. Según este expediente, la Task Force 101 fue creada por una junta militar por sugerencia de Richard Helms y es actualmente liderada por un individuo llamado Herbert Dixon.
Sailor Cosmos frunció el ceño.
—¿Herbert Dixon?
—Sí, el mismo del que me platicaste hace no mucho —dijo Darren, sintiendo sus músculos adormecidos por la revelación—. ¿Pero cómo diablos los soviéticos pudieron obtener esa información?
—Aquí hay otra nota —dijo Moira, indicándola con el dedo—. Dice que el sujeto se mostró reacio a entregar información importante hasta que fue sometido a tortura psicológica. Los soviéticos quebraron al soldado para que entregara la información.
Pero a Darren ya no le importaba cómo los soviéticos supieron sobre Herbert Dixon. Ese expediente era exactamente lo que había estado esperando encontrar. Las implicaciones desfilaron en rápida sucesión por su cabeza.
Roger Mullins trabaja para Herbert Dixon.
Roger Mullins quería el fragmento.
Herbert Dixon está juntando los trozos del Sailor Cristal de Sailor Galaxia. ¡Por eso no quería que nadie supiera sobre las Sailor Senshi! Si nadie estaba buscando los fragmentos del Sailor Cristal, le sería más fácil encontrarlo sin levantar sospechas. En cambio, si todos sabían sobre el tema, solamente sería cuestión de tiempo para que más de alguien descubriera lo que eran esos trozos y se armaría un tremendo tumulto. Sería una búsqueda del tesoro a una escala jamás vista.
Darren extrajo el expediente de Roger Mullins con cuidado y lo guardó en su morral. Luego, miró a Sailor Cosmos.
—¿Estás en condiciones de llevarnos de vuelta a Estados Unidos?
Sailor Cosmos sonrió.
—¿A qué lugar desean llegar?
Chicago, 26 de diciembre de 1968, 03:32p.m.
Darren despertó y, estirándose, se levantó de la cama y se dio cuenta que Moira había dormido a su lado. ¿Habré tenido sexo con ella sin que me diera cuenta? Luego, notó que se había preocupado en balde. Moira usaba su conservador pijama y le estaba dando la espalda. Me pregunto si Moira sabrá siquiera lo que es el sexo. Darren lanzó una carcajada suave. La sola noción de ella en un acto sexual le causaba mucha gracia. Por último, olvidó el asunto y se dirigió a la cocina para prepararse un café.
La herida ya no dolía tanto, no cuando Moira le había insistido hasta el cansancio que se dirigiera a un hospital. Darren le había hecho caso y los médicos hicieron un buen trabajo con su problema, recetándole antibióticos para prevenir infecciones y algunas píldoras para el dolor.
Se sorprendió de ver a Sailor Cosmos haciendo algo tan mundano como beber leche, de pie en la cocina. Era como si un ángel hubiera decidido hospedarse en la casa de alguien por unos días, y la Sailor Senshi lucía muy fuera de lugar allí.
—Hola, Darren.
El aludido dudó por un segundo antes de devolver el saludo.
—Te agradezco por haberme ayudado con este asunto. Ahora sé lo que salió mal en mi tiempo. Saberlo me da fuerzas para seguir peleando.
—Me alegra saberlo —dijo Darren, leyendo las intenciones de Sailor Cosmos como si estuvieran escritas en su frente—. ¿Ya te vas?
—Tengo que continuar —dijo Sailor Cosmos, mirando al techo y crispando los puños—. Ustedes los humanos pueden ser seres muy tenaces. Solamente tienen que creer en sí mismos y verán que harán de este mundo un lugar mejor, algo que me hace mucha falta.
—Entiendo —dijo Darren, tomando el envase con leche y vertió un poco en un vaso limpio—. Te deseo mucha suerte en tu batalla contra Sailor Chaos. Solamente espero que no tengas que pelear por toda la eternidad contra ella.
Sailor Cosmos sonrió.
—Yo también, Darren. Yo también. —Dejó el vaso sobre la mesa y alzó su cetro por encima de su cabeza—. Adiós, Darren. Que la fortuna te sonría siempre.
Darren se llevó una mano a los ojos para protegerse del destello de luz blanca que envolvió a Sailor Cosmos por un par de segundos antes de desaparecer del mundo por completo.
Cuida a Moira. Cuídala bien.
Las últimas palabras de Sailor Cosmos resonaron por un largo rato en la cabeza de Darren antes de recordar que había acudido a la cocina por un café. Se quedó quieto por un momento para asegurarse que Moira siguiera durmiendo y llenó la tetera con agua. Mientras ponía a hervir el agua en la cocina, Darren pensó en las últimas palabras de Sailor Cosmos.
Cuida a Moira. Cuídala bien.
Darren soltó una risa sarcástica.
Estoy seguro que ella no querría eso. Diría que ella puede cuidarse por su cuenta y que no necesita a un hombre, ni mucho menos a un hombre como yo.
Unos toques a la puerta sacaron a Darren de sus pensamientos. Preguntándose quién podría ser, abrió la puerta, sólo para ser atacado por un hombre que usaba un palo de madera como arma. Darren cayó al suelo y vio que un lazo de luz brotaba del palo y se envolvía en su cuello, cortándole la respiración.
—Así que tú eres Darren Church —dijo una voz amenazante—. El hombre que ha descubierto la verdad sobre mí.
—Tú… eres… Herbert…
—Sí, soy Herbert Dixon —dijo el aludido con calma—. Y sé lo que obtuviste en ese gulag olvidado de Dios. Tengo ojos y oídos en todas partes, ya que tengo a la CIA comiendo de mi mano. Lo normal sería acabar con tu vida en este preciso instante, pero últimamente me he vuelto generoso. Te perdonaré la vida, con la condición que no digas ni pío sobre tus hallazgos. ¿Verdad que es un trato justo? Pues a mí me lo parece, y una persona racional como tú debería estar de acuerdo, ¿no crees?
Darren se estaba ahogando y no era capaz de decir ni una sola palabra. Herbert lucía conforme y levantó su arma, desenrollando el lazo de luz y vio con una sonrisa cómo Darren se sentaba sobre el piso, llevándose ambas manos al cuello y respirando agitadamente. Herbert dio media vuelta y salió de la cocina, pero antes de cerrar la puerta, dirigió una mirada cargada de amenaza a Darren.
—Ah, pero si hablas sobre tus descubrimientos, aunque sea una pequeña parte de ellos, por cualquier método de difusión, te buscaré, te encontraré y te mataré. ¿Verdad que te parece una condición razonable?
Y con esas últimas palabras, Herbert desapareció, dejando a Darren luchando por aire y con un cúmulo de pensamientos revoloteando como canarios enjaulados dentro de su cabeza. No se puso de pie por varios minutos, tratando de decidir qué hacer, pero su mente no reaccionaba como usualmente lo hacía. La amenaza de Herbert había sido algo terrible, pero lo era más la liviandad con la que se había expresado, como si amenazar personas fuese un pasatiempo estimulante.
¿Qué diablos hago ahora? Si hablo, Herbert me matará. Pero si no lo hago, nadie sabrá la verdad y Herbert quedará impune. ¡Mierda!
Darren, en su frustración, golpeó fuertemente el piso con ambas manos, apretando los dientes para refrenarse de gritar. Luego, trató de respirar para calmarse y tratar de encontrar una solución que no involucrara un ataúd pero que al mismo tiempo expusiera a Herbert Dixon. En eso estaba cuando escuchó unos pasos acercarse a él. Darren giró la cabeza y se encontró con los ojos de Moira. Ella notó la frustración y el miedo en su mirada y se acuclilló delante de él, sin decir siquiera una palabra. No las necesitaba, pues había escuchado hablar a Herbert Dixon y sabía lo que se cernía sobre Darren. Tampoco era el momento para salir con un comentario del tipo "te lo dije". Él necesitaba apoyo, una mano que ayudara, no que hiciera las cosas peor.
—Mo… Moira.
Ella, de improviso, le dio un abrazo muy apretado a Darren, con tal fuerza que casi lo tumbó.
—Pero… Moira.
Las palabras brillaban por su ausencia. Moira seguía abrazando a Darren y él no sabía cómo diablos reaccionar. Ella jamás se había comportado de ese modo con él, pese a que ambos habían sido amigos por más de diez años. Lo único que sabía era que sería una descortesía no devolverle el abrazo, así que lo hizo. Así estuvieron los dos por un minuto que se hizo eterno, sin palabras, sin gestos raros.
Finalmente, Moira dejó de abrazar a Darren y se puso de pie. Él hizo lo mismo.
—Darren… podrás contar conmigo cuando quieras.
El aludido se quedó mirando a su amiga como si ella fuese otra persona.
—Eh… sí… porque somos amigos.
—No —dijo Moira, bajando la cabeza—. No le hecho justicia a la amistad que hay entre nosotros. Nunca estuve ahí para ayudarte, y sin embargo, tú estuviste para mí cuando te necesité. Solamente veía tus defectos, tu lado infantil y cómo jamás tomabas algo en serio. Pero me equivoqué. No vi más allá de tu comportamiento y te juzgué por eso. Pero en esta aventura me demostraste que yo solamente había arañado la superficie contigo. Fui una tonta al no darme cuenta que si te lo tomabas todo a la ligera, jamás habrías sido bueno en lo que haces. Perdóname por no apreciarte por lo que realmente eres.
Aquellas palabras habían sonado muy honestas, por eso Darren tenía la boca abierta y los ojos desorbitados. Ese momento era uno de los pocos en los que Moira no salía con un comentario ácido o mostrara su agudeza. Estaba hablando en serio y no sabía qué decir.
—Por favor, dime algo, Darren —dijo Moira con apremio—Tu silencio no me sirve. Necesito que hables.
¿Y qué podía decir el pobre Darren? Moira no se estaba comportando como usualmente lo hacía ni decía las palabras de siempre, y él no estaba acostumbrado a ello.
—Dime algo —insistió Moira. Darren tragó saliva, sabiendo que ella iba a seguir hasta que él dijera algo. Temía decir algo inapropiado o algo que proviniera de su estómago. Al final, después de mucho debate mental, decidió hablar con lo único que podía hacerlo en esas circunstancias.
—¿Te encuentras bien? ¿Te tomo la temperatura?
Moira se quedó de piedra antes que le comenzara a temblar el ojo. Se sentía como si hubiera cargado con el peso de un edificio y fuese recompensada con una palmada en el hombro.
—¡Oye! Mi preocupación es genuina…
—¡CIERRA TU MALDITA BOCA! —explotó Moira, poniéndose roja como un tomate—. ¡ESTABA CONFESÁNDOME ANTE TI Y TÚ ME DICES ESAS PALABRAS! ¿CÓMO MIERDA TE ATREVES A TRATARME ASÍ?
Darren se quedó enraizado al piso, temblando como gelatina durante un terremoto. Era obvio que no había dicho las palabras correctas.
—Es que… es que no eres la Moira que conozco y… y pensé que algo andaba mal contigo…
—¡Estoy bien, gracias por preocuparte! ¡Arruinaste el momento!
—Lo siento, lo siento —se disculpó Darren, llevándose una mano a la nuca y soltando carcajadas nerviosas—. No debí bromear en un momento así. Pensé que así aliviaría la tensión.
—¡Sabías que yo estaba hablando en serio y aun así dijiste esas tonterías! ¡Nunca vas a madurar, Darren! ¡Ahora me estoy arrepintiendo de todo lo que…!
Pero Moira no alcanzó a decir ni una palabra más, pues su boca había sido taponada con algo. Tardó tres segundos en darse cuenta de lo que realmente estaba ocurriendo, y se trataba de algo que pensó que jamás iba a pasar. También explicaba por qué le había tomado tanto tiempo entender lo que ocurría.
Otra acción fuera de carácter estaba teniendo lugar en la cocina, pero las palabras estaban de más. Moira tenía los ojos muy abiertos cuando sintió cómo era besada por Darren. También notó que él la tenía abrazada por la cintura, apretándola contra su cuerpo, negándose a dejarla ir. Moira no sabía si corresponder al gesto o no, y todavía no había tomado una decisión cuando Darren abandonó sus labios y se separó de ella, componiendo una cara como cuando alguien se atrevía a provocar a una hiena furiosa.
Diablos, eso fue peor se dijo Darren, temiendo que Moira se asemejara a un volcán en plena erupción. Y, en efecto, su color de cara cambió a un rojo furioso, pero ella no tenía el ceño fruncido ni le temblaba la comisura de los labios. De hecho, lucía avergonzada y tímida. Darren esperó a que Moira se calmara lo suficiente para que pudiera decir algo. No obstante, el color de su cara permaneció igual.
—Esa… era la respuesta correcta —dijo Moira con voz trémula, mirando a Darren como si no pudiera reconocerlo—. ¿Por qué me hiciste enojar de ese modo si sabías qué hacer?
—Es que… es que en verdad creí que no tenía ninguna oportunidad contigo y no pensé que alguna vez me verías como alguien más que un amigo. —Darren lucía avergonzado, pero Moira se quedó con la boca abierta. Así que era cierto. Yo le gustaba a Darren, pero creía que yo nunca lo vería como alguien más que un amigo. Bueno, ¿qué hablo yo? Yo tenía pensamientos similares.
—Debimos ser honestos con nuestros sentimientos desde el principio —dijo Moira, tratando de mirar a Darren a los ojos, pero le resultaba muy difícil—. Lamento hacerte creer que no podías ser alguien más para mí.
—Y yo lamento ser un cobarde —dijo Darren, con la mirada fija en Moira—. Aunque creo que la mayoría de los hombres somos así cuando tenemos que enfrentar esta clase de situaciones.
—Bueno, te atreviste a hacerlo al final —dijo Moira, tomando las manos de Darren—. Y vaya forma en que lo hiciste. Nunca creí que lo tuvieras dentro de ti.
—Yo tampoco —dijo Darren, sintiéndose un poco incómodo al notar que ella entrelazaba sus dedos con los de él—. Al menos ya pasamos ese escollo.
Y, aunque sabían que más problemas vendrían a su encuentro, ambos confiaban en que juntos serían capaces de superarlos. Ya lo habían demostrado en su aventura por descubrir la verdad sobre las Sailor Senshi.
—Oye, Moira —dijo Darren, soltando gentilmente sus manos—. Creo que tengo una idea para exponer a Herbert sin arriesgar nuestras vidas.
—¿Y cómo lo vamos a hacer?
—Bueno, es momento de ir al banco. Hay que hacer un enorme giro.
Washington, 24 de junio de 1969, 2:48p.m.
Herbert Dixon no tenía mucho que hacer, aparte que era un día de descanso en el laboratorio subterráneo. Estaba al tanto de lo que podía ocurrir si sus empleados trabajaban sin descanso por periodos largos de tiempo, por lo que había organizado un sistema de turnos para que los trabajadores tuvieran el debido descanso antes de volver a sus trabajos con energías nuevas.
Bostezando, Herbert oprimió un botón y un mueble descendió del techo. El mueble contenía un televisor y él lo encendió para ver las noticias. Parecía ser que una entrevista estaba a punto de comenzar.
—Dígame, señor Church —decía la voz del periodista en tono de conversación—, ¿de qué se trata su nuevo descubrimiento?
Herbert, de pronto, puso toda su atención en la pantalla del televisor. Tenía un mal presentimiento sobre aquel programa.
—¿Se ha preguntado por qué, después de una notoria aparición a finales de 1963, no se ha sabido nada sobre las Sailor Senshi? —dijo Darren, dejando que la pregunta colgara en el aire por unos momentos, para luego continuar sin que el periodista tomara la palabra—. Pues tengo información que he ido recolectando por mucho tiempo, información que apunta a un encubrimiento colosal por parte del gobierno de Lyndon Johnson y ciertos elementos de la Agencia Central de Inteligencia, entre los que se puede nombrar a un individuo muy peligroso llamado Herbert Dixon.
Herbert apagó el televisor con dedos temblorosos. Sentía cómo la ira recorría sus venas, mostrándole el siguiente paso.
Así que te atreviste a hablar, maldito arqueólogo. ¡Ya verás que te encontraré y te haré trizas!
Y Herbert, cogiendo su arma, se dirigió a la salida del laboratorio, preguntándose si era capaz de detener la filtración a tiempo.
Algo le decía que no lo iba a conseguir.
