(*) Publicado el 10 de mayo de 2017

36. Sí, juro

«I hurt myself today to see if I still feel. I focus on the pain, the only thing that's real.

I will let you down, I will make you hurt.

I wear this crown of thorns upon my liar's chair, full of broken thoughts I cannot repair»

Hurt, Nine Inch Nails

—Repíteme otra vez por qué estás viviendo en esta chabola perdida de la mano de Salazar en lugar de venir conmigo a casa, Tom.

Voldemort dejó de escribir, suspiró con desgana y abrió la boca para responder a mi padre.

—Ya sé que todavía quieres permanecer en el anonimato —le cortó. Estaba de pie en la estancia, cuidándose mucho de no tocar absolutamente nada con el bajo de la túnica—, lo que no sé es el porqué.

—Nos da ventaja, Manny. Lo sabes perfectamente.

—Y te obliga a vivir entre toda esta porquería. Casi preferiría un poco menos de ventaja y un poco más de higiene.

—No me importan esas cosas.

—Pues a mí sí, Tom, qué asco. —Al final se resignó y se sentó en un sofá apolillado, frente al amigo de su infancia. Cambió de tema—. ¿De verdad crees que Malfoy es capaz de coordinar la misión del Ministerio?

Había rabia en su voz, no hacía falta que Voldemort fuera experto en Legeremancia para darse cuenta de ello. En otro tiempo hubiera sonreído al percibirlo.

—¿Insinúas que tú lo harías mejor?

A Emmanuel aquello le sentó como una patada en los cojones. Estaba viejo, estaba cansado, estaba deprimido, pero seguía siendo mejor que ese rubio prepotente de Lucius Malfoy.

—Lucius tiene más capacidad que tú para coordinar un grupo, Manny. No te lo tomes como algo personal.

—No soporto que me dé órdenes —se quejó, pero no lo contradijo. Sabía de sobra que las misiones nunca habían sido su fuerte. Era demasiado torpe para la acción y demasiado clasista como para considerar algo más que insectos a los mortífagos nuevos. Y para Emmanuel todos aquellos que se unieron a la causa después de Tony, Elric, Wyot y él eran nuevos.

—Hay cosas peores.

—Sí, como Bellatrix.

Voldemort iba a responder cuando un par de magos encapuchados entraron por la puerta de la cabaña. Uno se descubrió la cara enseguida, mostrando unos rasgos alegres y casi infantiles a pesar de los años que cargaba a la espalda. El otro, ligeramente encorvado, siguió entre las sombras con lo que parecía un periódico enrollado en la mano.

—Mirad quién a venido a charlar —anunció el mago risueño, Wyot Mulciber—. Muy notable, tíos.

El que estaba oculto le lanzó el periódico —que resultó ser la edición vespertina de El Profeta— a Emmanuel Nott. En la portada se anunciaba la fuga de diez mortífagos de Azkaban y se achacaba estúpidamente a Sirius Black.

Cuando se quitó la túnica y la dejó caer en el suelo, Voldemort lo observó con intensidad. Estaba demacrado, demasiado delgado y demasiado sucio incluso para él. Pero estaba ahí, con ellos. Al fin.

—Bienvenido, Tony.

Antonin Dolohov sonrió y esa vez Voldemort lo hizo con él.


—¿Otra vez aquí?

El murmullo le meció el pelo. Daphne Greengrass abrió los ojos, soñolienta, y se encontró con mi cara a escasos centímetros de la suya. No se preocupó de las legañas o del mal aliento que pudiera tener, como habría hecho otras veces. En lugar de eso buscó algo en mis ojos con suma concentración.

Ahí estaba esa chispa. Pese al frío que hacía, sintió algo cálido recorriéndole la piel. Le resultaba imposible explicarlo sin sonar como una idiota, pero desde que habíamos vuelto de las vacaciones de Navidad, desde aquel descubrimiento en el despacho de mi padre, sintió que, al fin, las cosas iban bien entre los dos. No era porque se hubiera sentido útil arrullándome ese día —o todos los que le siguieron—, aunque sabía que ayudaba. Era algo en la forma que tenía de mirarla, una forma nueva y a la vez conocida para ella. Era ridículo, pero no le quedaban dudas sobre absolutamente nada.

Se hizo un ovillo y se acercó más a mí en busca de calor corporal.

Hacía pocos días que había cumplido dieciséis años y, a diferencia de los quince restantes, esa vez no hubo celebración por todo lo alto en casa de los Greengrass. Tuvo regalos, como no podía ser de otro modo, pero se disculpó con su familia diciendo que sus amigos le habían organizado una fiesta sorpresa y le habían avisado a última hora. Era mentira: aunque Pansy y Vincent le mandaron lechuzas y le preguntaron si quería hacer algo, el uno de enero Daphne Greengrass se lo pasó en pijama en casa de los Nott junto a Draco, Blaise y yo. Hicimos un amago de celebración cogiendo algo del alcohol de mi padre, pero salió espantosamente mal gracias a uno de mis ataques, así que mis carceleros tuvieron que cancelarlo y atarme a la cama. No se lo echo en cara, ese día fui brutal.

—No puedes dormir todas las noches conmigo —le expliqué al no recibir respuesta para ese «¿otra vez aquí?» que le había planteado.

—Pruébame —contestó por detrás de una sonrisa. Podía y lo haría si así lo quisiera, por muy estrecha que fuera la cama del dormitorio del colegio. Por mucho que Gregory hiciera bromas y ruidos groseros o Vincent mascullara tacos para sí cada vez que la veía al amanecer.

Me recorrió con un dedo la línea de la mandíbula y yo cerré los ojos para embeberme de la caricia. Para tratar de sentirla como algo real.

—Ayúdame a ayudarte, Theodore —me suplicó en un susurro. Seguí con los ojos cerrados y a pesar de todo la vi: su pelo revuelto enredado en un moño, su camiseta, vieja pero cómoda, a modo de pijama y sus ojos enmarcados en unas enormes ojeras que hacían juego perfectamente con las mías—. Dime qué necesitas.

—Lo siento —respondí, volviendo a mirarla.

No sentía que lo pasara mal por mi culpa, de hecho eso me reconfortaba. Sentía no poder ayudarla a ayudarme. Sentía estar perdiéndome.

—Explícame esto, al menos. —Me cogió de la muñeca para enseñarme a lo que se refería: las heridas del antebrazo, las viejas, las nuevas y el hueco para las que estaban por llegar—. ¿Por qué lo haces? Entiendo los gritos y las lágrimas, el enfado, pero ¿esto? ¿Te estás castigando? Porque ya te he explicado que no tuviste la culpa, no hay forma de controlar un…

—No tiene nada que ver con eso —la corté. Tiré del brazo para que me lo devolviera y lo coloqué sobre su cadera—. Nada tiene que ver con eso, Daphne. —Sonreí con indolencia, ¿me juzgaría a esas alturas, después de las cosas horribles que sabía de mí? No estaba seguro—. Nada. Ni los gritos, ni los enfados, ni siquiera los llantos. Nada tiene que ver con lo que hice. Asumí lo que pasó en el mismo momento en el que me desperté.

—¿Te refieres a cuando se rompió el hechizo de tu padre?

—Exacto. —Ya le había explicado con pelos y señales mi vivencia dentro de mí mismo, además, claro, de lo que vi en el pensadero. Si le pareció una locura no me lo dijo nunca—. La echo de menos igual que antes, cuando no sabía nada, pero no me pesa su muerte aunque sepa perfectamente que tuve la culpa. Si te soy sincero, no pienso mucho en ello. Haber resuelto el misterio ha significado cerrar esa etapa en la medida de lo posible. —Supongo que en ese momento Daphne escogió no creerme: parecía más fácil que pensar que la persona de la que estaba enamorada no estaba afectada por saberse asesino de su propia madre.

—Entonces ¿por qué lo haces? ¿Por qué te vuelves loco?

Me reí por lo bajo, casi sin ganas.

—No me vuelvo loco. Estoy loco.

—Theodore, por Salazar, no has bromeado en tu vida y no vas a empezar a hacerlo ahora. Y menos con este tema —me regañó entre murmullos. Pegó su frente a la mía y con nuestras narices rozándose me exigió todos mis secretos—. Cuéntamelo.

—Las heridas son la consecuencia de lo demás —le expliqué con calma. Ni siquiera yo comprendía bien qué estaba pasando—. Me hago daño para saber que… estoy vivo. Algo así.

—Pero estás vivo. Estás aquí.

—Ya, pero no por dentro. Joder, no sé, Daphne. A veces, cuando grito, es porque siento como si no existiera. Como si hubiera un vacío enorme dentro de mí que me tragara poco a poco.

—No lo entiendo.

—Ni yo.


La noticia de que tanto Hagrid como Trelawney estaban en periodo de prueba no había sacudido especialmente a1 colegio. Lo del semigigante lo lamentaban sobre todo los Gryffindor, pero algunos incluso lo consideraban un alivio. Ni siquiera ellos eran tan estúpidos como para no reconocer que era un profesor lamentable. Lo de Trelawney no le importaba ni al profesorado.

Pansy estaba en la sala común de Slytherin con Blaise, parloteando sin cesar sobre esto y aquello. En los escasos momentos en los que no estaba hablando, se preguntaba qué era lo que estaba pasando. Estaba preocupada: desde que habíamos vuelto todos de las vacaciones de Navidad estábamos muy raros, especialmente Draco, Daphne y Blaise. «Bueno, y Theodore, pero él siempre está raro», se dijo.

Había hecho planes con el moreno para quedar un par de veces a finales de diciembre, sin éxito.

«Quizá me esté evitando», pensó, confusa. Estaba demasiado acostumbrada a que Draco le hiciera eso, sabía reconocer las señales. Daba igual que Blaise le dijera que no y que pareciera sincero —¡sincero, Blaise Zabini!— cuando lo hacía. No se le quitaba de la cabeza la idea de que quizá ya se hubiera cansado de ella.

—Qué curioso lo de los threstals de la clase de Cuidado de las Criaturas Mágicas, ¿no? —Tanteó. El muchacho asintió para darle la razón, pero parecía estar en otra parte. Una parte que estaba muy lejos de ella—. Aunque yo no fui capaz de verlos. Theodore sí, claro, supongo que por lo de su madre…

Blaise se puso pálido de repente y la miró como si le hubiera pinchado. «¿Qué demonios le pasa?».

—¿Sabes, Pansy? No debería estar aquí. O sea, sí. Siempre debería estar aquí. Aquí es contigo, ya sabes a qué me refiero. Pero… —Parecía muy nervioso, por mucho que tratara de bromear—. Mi cola debería estar contigo, pero el resto de mi cuerpo tendría que estar en otro lado. Y como evidentemente ninguno de los dos queremos que me deshaga de mi basilisco, me temo que tengo que irme un rato.

Pansy se cruzó de brazos, ceñuda. Ya estaba otra vez.

—¿Adónde?

—A… no aquí. Me siento culpable si estoy aquí y no ahí, ¿me entiendes, preciosa?

—Pues no, no te entiendo.

—¿Y qué posibilidades hay de que te enfades si me voy dejándote sin entenderlo?

—Muchísimas.

El moreno se frotó las palmas sobre los muslos, inquieto. Parecía estar manteniendo un gran debate consigo mismo.

—¿Te pasa algo conmigo, Blaise?

Él la miró con los ojos como platos, a todas luces aterrorizado.

—¡Pues claro que no! No, Pansy, no me mires así… ¡Joder, me lo estás poniendo muy difícil!

La chica se incorporó y mientras recogía sus cosas con brusquedad soltó:

—Mira, da igual. Haz lo que te dé la gana y vete ya. Sé captar cuando alguien no quiere estar conmigo —dijo todo aquello de carrerilla, muy molesta y, en el fondo, muy dolida.

—¡No! ¡Pansy! —Se mordió el labio, indeciso—. ¡Espera!

Y ella esperó. Se giró, mirándolo con esos ojos de cachorrito abandonado, y Blaise se rindió completamente. Extendió una mano para sujetarla de la túnica y agachó la cabeza con pesadumbre.

—Me vas a destrozar la vida, ¿lo sabías? —murmuró, un poco en broma y todo lo demás en serio. Tiró de ella para aproximarla aún más a él y casi se deshizo al no encontrar ninguna resistencia por parte de la chica—. Es Theodore —confesó. Traicionó. Otra vez—. Está mal.

—Theodore siempre está mal —objetó Pansy con voz suave. Apoyó sus manos en los hombros caídos de él—. Puedes confiar en mí, Blaise.

—Confiar en ti supone traicionarlo a él, ¿sabes? Y no hay nada en el mundo que quiera hacer más que confiar en ti, pero no sé si soy lo suficientemente cabrón como para maldecirlo por la espalda de nuevo. En realidad sí que soy lo suficientemente cabrón, lo que no quiero es saber que lo soy. No sé si me entiendes. Yo no me entiendo. Por favor, Pansy, entiéndeme y explícame porque estoy hecho un lío.

—¿Por qué ibas a traicionarlo al compartir conmigo lo que le pasa? —Le acarició los rizos de la nuca para tranquilizarlo… y porque le apeteció hacerlo—. Yo también soy su amiga, ¿sabéis? Aunque parezcáis olvidarlo a la primera de cambio, lo he ayudado otras veces con sus tonterías. Sé que le he dicho cosas… bueno, le he dicho la verdad. Quizá de forma un poco abrupta, pero no se me puede echar en cara. Y de todos modos he estado ahí para él cuando me lo ha pedido, ¡cuando no había nadie más! Ni tú, ni Draco, ni siquiera Daphne. Y ahora estáis los tres tramando algo, como si yo ni pintara nada, cuando no hace mucho lo encontré tirado en un pasillo llorando solo, ¡literalmente! —Se tomó un momento para calmarse y finalmente suplicó con un hilo de voz—: No me excluyáis, por favor.

Blaise Zabini alzó la cabeza y la miró. La tenía tan cerca que con un empujón habría bastado para besarla.

—Es diferente a otras veces, Pansy. No te haces una idea de lo diferente que es.

—Y no me haré a la idea nunca si no me lo contáis —sabía que estaba ganando. Que ya había ganado.

El chico apoyó los codos sobre sus rodillas y se tapó la cara con las manos. La iba a cagar de nuevo.

—Tienes que prometerme, pienses lo que pienses después de saber lo que ha pasado, que no le dirás nada de esto a nadie.

Estaba negociando su rendición a un precio muy bajo, era consciente.

—Te lo prometo.

A no ser que…

—Y… ¿me lo jurarías, Pansy?

Era lo mínimo que podía hacer por él.

—No estás hablando de lo que creo que estás hablando, ¿verdad? —Había indignación en su tono, pero sobre todo miedo.

—Sí, me estoy refiriendo precisamente a eso. Un Juramento Inquebrantable.


Cuando Blaise Zabini entró en el dormitorio de los chicos como un vendaval, Draco se sacó la varita del bolsillo trasero del pantalón por puro instinto.

El rubio tenía los nervios de punta con razón: llevaba velándome junto a Daphne y al propio Blaise desde el incidente con el pensadero de mi padre y no se puede decir que les estuviera poniendo las cosas fáciles. No lo hacía a propósito, pero, como ya os dije, adaptarme a mis nuevas circunstancias no iba a ser tan sencillo. Al fin era plenamente consciente de mí, de quién y por qué era. Se había acabado la constante sensación de incomprensión, de que había algo que se me escapaba. Sin embargo en su lugar había aparecido un enorme vacío que, de cuando en cuando, me asfixiaba.

Como en el momento en el que Blaise entró como un vendaval en el dormitorio.

—¡Joder! —Exclamaron al mismo tiempo él y Draco.

El rubio lo hizo por el susto, Blaise por la guisa de la que estaba. Draco bajó la varita para volver a apuntarme con ella y el otro Slytherin aprovechó para acercarse a mi cama.

Estaba tumbado de lado con los brazos y el cuello llenos de heridas. La mayoría arañazos y, para disgusto de Zabini, también algún que otro mordisco. Contuvo un escalofrío y preguntó a nadie en particular:

—¿Otra vez? ¿No creéis que le pasa con cada vez más frecuencia?

—No, según las notas que he tomado parece completamente aleatorio —respondió Daphne sin dejar de aplicarme un ungüento blancuzco en las heridas.

Os preguntaréis por qué hablaban de mí como si no estuviera delante. Lo cierto es que era perfectamente capaz de escucharlos, pero cuando me daban los ataques —o en la resaca que los seguía— no me importaba una mierda lo que sucediera a mi alrededor. Habían intentado por activa y por pasiva razonar conmigo (Draco incluso llegó a pegarme un puñetazo en la mejilla) y no habían obtenido nada, así que se habían rendido con esa táctica y habían empezado a elaborar otras.

—Deberíamos petrificarlo —sugirió Malfoy.

—Ya te he dicho que no —ladró la chica, categórica—. ¿Qué es lo que conseguimos si lo hechizamos? Nada. Que haga estas cosas cuando no esté petrificado y no, Draco, no lo vamos a tener así siempre. Tenemos que ayudarlo, tenemos que… —Negó con la cabeza, frustrada—. Tiene que haber algo que podamos hacer.

El rubio asintió.

—Ya se ha perdido tres clases; como sigamos así, Snape acabará llamándolo a su despacho.

Blaise se arrodilló a los pies de mi cama para poner su cara a la altura de la mía. Se le encogió el corazón que no creía tener al verme llorar sin hacer ruido.

—Parece catatónico. ¿Qué le habéis hecho?

—¡Nada! —chilló Draco—. Si Daphne no se hubiera interpuesto, habría intentado… ¡bah, da igual!

—No da igual —se defendió ella. Después miró a Zabini para buscar su apoyo—: ¡Quería probar a lanzarle un imperius!

—¡¿Qué?! ¡Joder, Malfoy! —Se giró hacia el aludido con la cara desencajada—. ¿Te das cuenta de que podrías haberlo dejado gilipollas por no tener ni puta idea de cómo lanzar la maldición?

—Peor no se iba a quedar —se defendió Draco, aunque parecía ligeramente avergonzado.

Tras un suspiro que trataba de llamar a la poca calma que aún quedaba en la habitación, Blaise Zabini se incorporó y se puso a pasear de izquierda a derecha mientras les explicaba su plan.

—Bueno, resulta que se me ha ocurrido una idea. Algo que podría ayudarnos en tan… —me echó un vistazo rápido— turbio y sanguinolento asunto. Y no, no es hechizar a Theodore, querida, deja de mirarme con todo ese rencor y ten cuidado con la gasa o acabarás untándole de poción el ojo. A lo que iba: está claro que nosotros tres solos no lo estamos haciendo bien. ¡Sssh, Draco, cállate y déjame hablar! Pues eso, que creo que necesitamos toda la ayuda que sea posible. Cuantos más mejor y todo eso, ¿no? —Se encogió de hombros—. Así que deberíamos incluir en esto a Pansy, Vincent, Gregory y… Lisa Turpin.

El moreno arrugó la cara para anticiparse a los gritos de disgusto que seguro que iban a salir de Daphne ante ese último sustantivo. Al no recibir nada (ni siquiera un bofetón), la volvió a mirar sorprendido: ni siquiera levantado la vista de su paciente.

—¿Daphne? —tanteó.

—Creo que tienes razón.

—Perdona, ¿qué?

— He dicho que creo que tienes razón.

Draco la miró dando aún menos crédito que Blaise a sus palabras y exclamó haciendo aspavientos con los brazos:

—Pero ¿estáis locos? ¡Peor que él! —Me señaló sin ningún tipo de tacto y continuó con el ataque—. No niego que Vin y Greg puedan ayudar, incluso Pansy, pero… ¿Turpin? ¡Es una Ravenclaw, imbéciles! ¡¿De verdad creéis que se va a quedar de brazos cruzados cuando descubra que su Teddy es un puto psicópata?!

—Estoy segura de que Blaise no nos habría propuesto esto si no hubiera pensado en ese punto en concreto.

—¡Bingo! Gracias, Daphne, es un placer cuando defiendes mis intereses. Un placer muy pero que muy inusual, pero bienvenido igualmente.

»La solución es mucho más simple de lo que parece, no sé cómo no se nos había ocurrido antes. Bueno, sí que lo sé, porque no queremos morir… No, no, da igual —gesticuló con ambas manos como si estuviera espantando moscas—, centrémonos en lo positivo: no sé cómo lograr que nos ayuden, supongo que eso depende de ellos, pero sí que sé cómo hacer que no hablen.

—¿Desmemorizándolos?

—Mucho mejor, Draco. —Se preparó antes de soltar la bomba. Estaba seguro de que le iba a tocar defender su idea a capa y espada—: Un Juramento Inquebrantable.

—No es mala idea. —Muy a su pesar, Draco lo miró apreciativamente.

Daphne asintió con calma:

—Tienes razón, hagámoslo.

—¿En serio?

—En serio. —Malfoy señaló a su amiga con un gesto de cabeza y después se explicó—: Nosotros no íbamos a hablar de todos modos, así que no corremos ningún tipo de peligro. Y dudo que los demás lo hagan, pero no está de más cerciorarse. Lo que sigo sin ver es lo de la dichosa Turpin: vale que con esto no abrirá la boca, pero… ¿de qué va a servir incluirla?

—No creo que sirva —le respondió Daphne—, pero por intentarlo no perdemos nada. Si tiene su historia con Theodore será por algo. O eso quiero suponer.

Parecía que iba a decir algo más, Blaise estaba seguro, pero se calló.

—De acuerdo, iré a buscar a Vincent y a Gregory, Daphne, tú ve a por Pansy. A ti te toca la mojigata, Zabini. Arréglatelas para encontrarla. Aunque no creo que te cueste mucho: lleva desde que empezamos las clases merodeando como una desesperada por la biblioteca y los pasillos, supongo que esperando encontrarse con Theodore.

—Pues se lo va a comer con patatas como que me llamo Blaise Zabini.

Al cabo del rato, cuando concretaron el plan y el rubio hubo salido a buscar a Goyle y a Crabbe, Blaise le preguntó a Daphne con sospecha:

—¿Qué es lo que no me estás contando?

—¿A qué te refieres? —Ni siquiera se molestó en fingir sorpresa o indignación. Siguió recogiendo sus cosas (la poción curativa y las gasas las dejó en un cajón de mi mesilla) como si nada.

—¿Por qué quieres meter en esto a Lisa Turpin?

Ahí estaba, esa mirada feroz que brillaba cada vez que la Ravenclaw salía a colación.

—No quiero meter a esa estúpida en nada.

—¿Y por qué no lo has dicho?

—Porque quiero que haga el Juramento. —Tras una sonrisa, la primera que le veía en días, explicó—: Solo quiero que, pase lo que pase, no sea capaz de hablar con nadie de ello.

—Eh… ¿y qué crees que va a pasar, Daphne?

—Quién sabe.

Pero Daphne Greengrass sabía o, como mínimo, intuía. Había relacionado a la velocidad de una maldición imperdonable mis recuerdos robados de niño con mi turbulenta relación con Lisa Turpin. Creyó que hacerla sufrir podría reconfortarme de algún modo, tal y como lo habían hecho las muertes de los animales cuando era un crío.


—¡Vaya, Daphne! Cuando dijiste que tenías en mente el lugar perfecto para hacer esto, jamás se me habría pasado por la cabeza que sería esta fantástica habitación de las mazmorras llena de telarañas, sillas y mesas apiladas en la que desde luego no hemos estado nunca!

El grupo compuesto por Blaise, Vincent, Gregory, Pansy y Daphne, liderado por esta última, se había abierto paso por un sinfín pasillos oscuros y fríos hasta llegar a su destino. Nadie salvo el chico moreno pareció encontrar algo malo en aquel lugar, al fin y al cabo, las mazmorras de Hogwarts estaban llenas de habitaciones como aquella con material inservible o directamente olvidado. Rara vez los profesores paseaban por ahí, mucho menos desde que la Brigada Inquisitorial había sido fundada: Umbridge les había dejado a cargo de los corredores de la escuela, especialmente de aquellos tan desagradables como aquel, mientras se dedicaba a la noble tarea de joder por completo el colegio. Si se hubieran encontrado con cualquier alumno, como bien dijo Gregory, Pansy, Vincent y él habrían tenido potestad suficiente como para mandarlo a la mierda con un par de buenas amenazas.

Ese era su territorio. Y esa era una habitación asquerosa más de él, o eso era lo que pensaba Pansy antes de que a Blaise prácticamente se le salieran los ojos de las cuencas al mirar en derredor.

—¿Qué es lo que pasa con este sitio? —quiso saber.

Daphne Greengrass sonrió anchamente y añadió:

—¿No te gusta, Blaise? Yo lo encuentro perfecto para hacer cosas lejos de miradas indiscretas.

—Ay, pues no sé. Siempre puede venir Theodore Nott a husmear —apuntilló el moreno, picajoso y tenso.

—Dejaos de gilipolleces y decidnos de una puta vez qué cojones hacemos aquí —gruñó Crabbe.

Había accedido de mala gana a ir allí. Últimamente estaba más paranoico que de costumbre y no le daba buena espina ese «tenemos que hablar en un lugar privado, Vincent» que le había soltado Draco hacía unas horas. Un Draco Malfoy que había desaparecido hacía diez minutos refunfuñando algo como: «no me creo que no la hayas encontrado, Zabini, joder. ¡Si está por todas partes! Ya voy yo a buscarla».

A Vincent no le gustaban las sorpresas. Le ponía de muy mal humor ser el único que no se había enterado de algo y quedarse con cara de idiota cuando se desvelaba el misterio. Él no era ningún idiota, por mucho que lo tomaran como tal, y todo aquello le daba muy mala espina. No es que no quisiera confiar en Daphne (de hecho se sorprendió deseando con todas sus fuerzas hacerlo), es que había un montón de miedo cabalgando sobre otro montón de inseguridad que le impedían tener fe ciega en alguien. ¿Y si su amiga —todavía le parecía increíble referirse a ella como a su amiga— se había ido de la lengua?, ¿y si lo que pretendían era hacerle una encerrona para que confesara lo que sentía por Greg? Si fuera así, pensó, lo lógico sería que estuviera también Theodore. Habría pensado que él era al que Draco había ido a buscar de no ser porque se había referido a la persona que faltaba en femenino. ¿Sería Millicent? Imposible. Millicent no pintaba nada ahí. A menos que… ¿y si Greg le había estado ocultando que mantenían una asquerosa relación a sus espaldas? Sintió un escalofrío. No, no podía ser. No debía ser.

Daphne era su amiga. Tenía que serlo. «Por favor, que lo sea».

Como si le hubiera leído el pensamiento, la chica se puso a su lado y le dio un apretón cariñoso en el brazo. Sin emitir ningún sonido, formó con los labios un «tranquilo» que, contra todo pronóstico, surtió efecto.

A Gregory no se le escapó lo rápido que había ido Daphne a colocarse al lado de su mejor amigo. Tampoco esa caricia que le había regalado casi a escondidas. Frunció un poco el ceño, pero trató de sacarse la imagen de la cabeza. Necesitaba estar despejado para lo que fuera que ocurriera ahí, lo notaba. Desde las vacaciones de Navidad todos habían estado actuando de manera rara y quizá —ojalá— hubiera llegado el momento de las explicaciones. Goyle tenía fe en que su pasado discurso hubiera calado en sus compañeros, tenía fe en que fueran un equipo. Las partes completamente opuestas y a la vez complementarias que conformaban un todo.

Cuando Draco Malfoy entró en la habitación seguido por una acongojada Lisa Turpin, a Pansy casi se le cayó la mandíbula al suelo. «¿Qué hace esa aquí?», pensó. Y:

—¡¿Qué hace esta aquí?! —dijo.

—Vale, ya estamos todos —decretó el rubio, obviando por completo su pregunta—. Blaise, te toca.

—¿Acabas de llamar a Blaise «Blaise»? —Pansy seguía sin dar crédito.

—Normalmente me llama «papito», pero últimamente está más formal. Bien, vale. Sin tonterías. —Hizo un gesto con el brazo para abarcar el suelo—. Sentaos donde podáis y tened cuidado, puede haber condones por… Vale, vale, ya lo dejo. Sentaos. Tengo algo que deciros.

»Estamos aquí reunidos para celebrar…

—¡Vale ya! —demandó Daphne, perdiendo por completo los nervios para sorpresa de todos los presentes a excepción de Draco y el propio Zabini.

—Tienes razón, joder. Es que estoy nervioso —se disculpó—. Realmente estamos aquí porque estamos jodidos. Porque Theodore está jodido —puntualizó—. Mucho más que de costumbre, como seguro que os habéis percatado.

Lisa carraspeó antes de decir con timidez:

—¿Hay algún modo de ayudarlo?

—Oh, por Salazar bendito, ¡cállate!

Daphne miró a Pansy con agradecimiento después de que su amiga dijera aquello. Esa niña rubia era insoportable.

—Sí que hay un modo. O, al menos, espero que lo haya. Pero antes de entrar en detalles tenéis que jurar que no le diréis nada a nadie.

—Por supuesto que…

—No me has entendido, Lisa, querida. Para ser Ravenclaw eres muy poco perspicaz. He dicho, con una entonación muy marcada, que debéis jurar.

—Ya lo sé. —La rubia pareció molesta por la interrupción del Slytherin—. Y yo he dicho que claro que…

—¡Está hablando de un Juramento Inquebrantable, pedazo de estúpida!

Esa vez Daphne estuvo a punto de besar a su amiga en la boca. Le estaba costando mucho no saltarle a la yugular a esa cría (perdiendo así toda la compostura que tanto le estaba costando mantener), pero la morena parecía decirle exactamente lo que ella pensaba sin que tuviera que molestarse en lanzarle una mirada elocuente. Anotó mentalmente el agradecérselo después de aquello.

La mención al peligroso hechizo calló por fin a Turpin e hizo palidecer a todos los presentes, incluidos los que ya conocían de qué iba aquello. Eran palabras mayores, lo sabían de sobra. Había que formular el juramento con muchísimo cuidado para no dar lugar a equívocos y, aun haciéndolo, era un sortilegio que te ataba de por vida.

Tras unos minutos de silencio, Lisa recuperó la voz:

—¿Qué hemos de jurar?

—Eso es sencillo: juraremos no hablar de esto con nadie. Además de con los presentes, claro. Entre nosotros deberíamos poder hablar de ello, ¿no? —Blaise esperó a que tanto Draco como Daphne asintieran con la cabeza. Era lo suyo.

—¿No hablar… de qué exactamente?

Zabini miró a Gregory con duda. Ahí era donde se complicaba el asunto, donde con total probabilidad los mandarían a Daphne, Draco y él a la mierda. Suspiró y murmuró rápido, como si quisiera quitárselo de encima lo antes posible:

—Lo divertido es que no sabréis lo que vais a jurar hasta que lo hagáis y podamos asegurarnos de que no abriréis la boca.

—¡¿Qué?! —De todas las gilipolleces que habían hecho a lo largo de su vida, que no habían sido pocas, a Vincent aquella le pareció la más grande—. ¿Me estás diciendo que queréis que hagamos un Juramento Inquebrantable que, ¡sorpresa!, puede matarnos, sin saber por qué lo hacemos? Me niego.

—¿Merece la pena? —preguntó en su lugar Gregory.

Parecía calmado, para asombro de Draco. Mucho más determinado que él, y eso que el rubio sabía lo que se jugaba y por qué lo hacía. «Como un Gryffindor», pensó despectivamente. Lo hizo muy alto, para tratar de cubrir toda la admiración que sintió hacia su compañero de Casa.

—Todo depende de lo que os importe Theodore —intervino Daphne—. Si de verdad —pronunció aquello con retintín, mirando directamente a Lisa— queréis ayudarlo, el único modo de intentarlo es pasar por esto. No podemos arriesgarnos a que su problema salga de estas cuatro paredes. Yo no tengo ningún miedo a jurar porque no iba a traicionarlo de ninguna de las maneras. La cuestión es si lo tenéis vosotros.

Lisa Turpin se puso muy recta y dijo con voz desafiante:

—Yo no tengo miedo.

Nadie la creyó.

El miedo era lógico. El miedo era el obstáculo que tenían que superar para que todo aquello valiera algo.

—¿Y bien? —Draco pasó la mirada por cada uno de los presentes—. ¿Qué decís?

—Daphne y yo estamos dentro —contestó inmediatamente Blaise—. Nosotros tres hemos sido los que hemos estudiado esta posibilidad y, por supuesto, juraremos también. ¿Pansy?

—Contad conmigo.

Lo dijo sin asomo de duda o miedo, igual que Gregory cuando añadió:

—Estoy dentro.

Cuando el chico le puso una mano en el hombro a su mejor amigo, Vincent tuvo que luchar contra todos sus demonios para no apartarlo de un empujón. Ese contacto físico tan tonto y tan simple se le clavaba en la culpa de manera espantosa. Se sentía culpable por sentir lo que no debía con respecto a Goyle, por haber dudado de la promesa de silencio de Daphne y por no ser tan valiente como parecían serlo el resto de sus compañeros de Casa. No es que no me apreciara, a su modo lo hacía, pero le inquietaba la posibilidad de que ese juramento pudiera comprometer sus secretos de algún modo. No se le ocurría qué modo podría ser ese, pero ¿y si…? Y si. El y si que dominaba su vida desde que le alcanzaba la memoria.

—Yo juraré.

La voz de Lisa Turpin interrumpió sus dudas. Quiso partirle la cara a esa chica y se preguntó si sería por alguna empatía que hubiera desarrollado con Daphne. Era indudable que la Ravenclaw pecaba de cargante y ñoña, pero Pansy también lo hacía y a Vincent le caía bien. Pertenecía a otra Casa, pero nunca le había importado demasiado ese tema.

O quizá fuera porque acababa de demostrar que, de todo ese variopinto grupo, él era el más cobarde. Como siempre.

—Está bien —dijo al fin.

No por nada su puto nombre se escribía con «uve» de «valiente», como había dicho Gregory tantos años atrás.


Lisa se retorció las manos, nerviosa.

—¿Alguien sabe hacer el hechizo?

Tal y como había previsto, su pregunta sentó como una maldición en el grupo. ¡Ni que la hubiera formulado de malas maneras! Era un modo como otro cualquiera de entablar una conversación en ese ambiente tan tenso que se había formado. Daphne la miró como si quisiera desintegrarla y escupió: «¿por quién me tomas, niña?». ¡Lo que faltaba! Era absolutamente odiosa, por mucho que Blaise la hubiera defendido el año pasado cuando le hizo saber su animadversión. Pareciera que solo tuviera dos formas de ser: la de hacerle la vida imposible a Theodore y la de hacer que todos a su alrededor se sintieran miserables.

—Creo que lo mejor es que os pongáis todos en círculo, menos yo, para jurar. Después Draco puede formularme las mismas preguntas a mí mientras Blaise sostiene la varita.

La rubia sabía que lo que su némesis había planteado era lo lógico, pero no fue capaz de evitar una pizca de sospecha. ¿Y si quería escaquearse? ¿Y si todo aquello no era más que otra de sus jugarretas? Pero no dijo nada y todos los demás asintieron conformes.

—Colocaos en círculo, dándole la mano al que tengáis al lado —ordenó Greengrass—. La derecha al de la derecha y la izquierda al de la izquierda, muy bien.

A Lisa le tocó situarse entre la otra chica, Pansy Parkinson, y Blaise Zabini. El corazón comenzó a martillearle en el pecho y temió que todos pudieran escuchar los botes que daba. Lo único que le faltaba era que supieran que estaba aterrorizada para dudar aún más de ella.

—Cuando formule la pregunta —siguió explicando Greengrass—, un hilo formado como por unas llamas saldrá de la punta de mi varita. No os preocupéis, no quema —añadió eso al fijarse en uno de los amigos gigantescos de Draco Malfoy, no sabía cuál de ellos. El de la pelusilla en el mentón—. Una vez haya terminado de hablar, debéis decir «sí, juro» y el embrujo se enredará por vuestras manos como si fuera una cuerda. Habrá tantas cuerdas como preguntas a jurar. Podéis echaros atrás en cualquier momento, pero lo que ya habéis jurado prevalecerá. ¿Me habéis entendido?

Otro asentimiento colectivo. Lisa se convenció a si misma de que todos debían de estar fingiendo, al igual que ella, que no tenían miedo. Y qué bien lo fingían.

La chica del pelo castaño levantó su varita y, tras una floritura, comenzó esa locura:

—¿Juráis, sin importar qué, no hablar con nadie además de con los presentes sobre lo que averigüéis esta noche sobre Theodore Nott?

—Sí, juro —murmuraron al unísono.

Puede que la cuerda de fuego no quemara, como había dicho Daphne, pero apretaba mucho de una forma extraña y terrorífica. «Como en el corazón», pensó Lisa.

—¿Juráis, sin importar qué, no denunciar ante nadie además de ante los presentes cualquier comportamiento que pueda tener Theodore Nott derivado de lo que os va a ser revelado hoy?

—Sí, juro.

—Y, por último —¿había sido su imaginación o Daphne había sonreído en dirección a ella?—, ¿juráis mentir en beneficio de Theodore Nott si cualquiera, además de los presentes, os hace alguna pregunta que pueda incriminarlo por el comportamiento antes mencionado?

—Sí, juro.


Cuando las últimas palabras de Blaise aún reverberaban en aquella habitación, Pansy, mortalmente pálida, dio media vuelta y salió de allí a paso ligero. Ninguno de los otros temió que la revelación que les había hecho Zabini sobre mí y mi circunstancia hubieran traumatizado tanto a la morena como para olvidarse de que moriría si hablaba de ello con otra persona. De hecho, ninguno de los otros temió que se hubiera traumatizado siquiera salvo, quizá, Lisa Turpin. Pero Lisa no conocía a Parkinson como los demás, no sabía lo fuerte que era ni todo el peso que eran capaces de cargar sus enjutos hombros. Draco sí que lo sabía y, pese a todo, la siguió por el pasillo. La muchacha había avanzado a paso ligero por el corredor, pero al rubio le hicieron falta unas pocas zancadas para alcanzarla.

—¡Eh, Pansy! —la llamó.

Lo hizo inútilmente, cuando ella ya se había girado para encararlo: había oído sus pasos tras ella y lo había confundido con Blaise. Le sorprendió que fuera él y no su falso novio el que la buscara, pero trató de no demostrarlo con su expresión. No le costó demasiado: parecía tener muertos todos y cada uno de los músculos de la cara.

Draco se situó frente a ella y la estudió con intensidad. «Ha crecido», se dijo Pansy, sorprendida, «y yo no me he dado cuenta». Al principio ese pensamiento la relajó pero, al cabo de unos segundos, le provocó una tristeza pesada que se hundió al fondo de su estómago. «A pesar de verlo cada día, no me he dado cuenta».

—¿Estás bien? —dijo él al fin.

«Es muy tarde para que sirva de algo que demuestres que te preocupas por mí, idiota».

—Por supuesto que no estoy bien.

—Ya. Claro.

Pero no era solo eso. Draco había corrido tras ella por algo más y, por mucho que lo intentó, no fue capaz de intuir el motivo. Él miró hacia atrás, como si temiera que alguno de los otros saliera en su búsqueda.

—Te acompaño a la sala común.

—Será si yo quiero —espetó. Los músculos muertos de su cara parecieron reanimarse un instante para formar un ceño fruncido.

—Puedo acompañarte quieras o no, te recuerdo que tienes las piernas muy cortas y que cada vez que intentas correr te tropiezas con tus propios pies.

«¡¿Te atreves a bromear conmigo a estas alturas, Draco Malfoy?!», quiso gritarle. En lugar de ello, apretó los puños y dio media vuelta para emprender de nuevo su camino.

Y él, como había amenazado, la acompañó. Al verlo de reojo con las manos en los bolsillos y dando zancadas largas pero pausadas, Pansy se sintió ridícula. Si apretaba más el paso acabaría correteando, y no pensaba darle ese placer. Así que se empecinó en ignorarlo lo mejor que supo —y nunca supo muy bien— y avanzó.

El Slytherin tardó un buen rato en empezar a hablar.

—Sabes que él no tiene la culpa. —A Pansy le costó unos segundos darse cuenta de que hablaba de mí y eso sí que la sorprendió. Aunque no hizo que se detuviera, sí que la volvió más receptiva. Al fin y al cabo, era toda una novedad no adivinar cada uno de los pensamientos de Draco—. Está jodido.

—Está loco.

—Eso es estar jodido.

—Mira, si lo que te preocupa es que hable con alguien de ello…

—¡Oh, vamos, Pansy, sé que no vas a hacerlo!

La vehemencia de su frase hizo que se detuviera y lo encarara. Lo señaló, furiosa.

—Exacto, porque gracias a vosotros moriré si se me ocurre hacerlo.

—No ibas a hacerlo de todos modos —sentenció él, cruzándose de brazos.

Eso la enervó aún más.

—¿Ah, no? Pareces muy seguro de ello.

—Lo estoy. Te conozco, Pan.

Fue como una descarga que la recorrió del corazón a las puntas de los dedos de las manos y de los pies. «Pan», como cuando eran unos críos. «Pan», como cuando ella todavía soñaba con el futuro que tendrían.

No muy segura de si prefería abofetearlo o llorar de frustración, tensó los labios en una línea fina y se dio la vuelta de nuevo para continuar con su marcha.

Él la persiguió lo suficiente como para decir a su espalda:

—No me da miedo que se lo cuentes a nadie, me da miedo que no quieras ayudarlo.

—Creía que habías dicho que me conocías.


Esa noche Lisa tuvo pesadillas. Soñó que encontraba a sus padres muertos en su propia cama y que, cuando iba a gritar, se daba cuenta de que tenía un cuchillo enorme en la mano, lleno de sangre.

El día anterior Blaise le había dicho que sería mejor que no me viera hasta que hubiera asentado en ella la nueva información que había recibido. Lisa se lo agradeció enormemente no porque pensara que algo como aquello pudiera asentar (ni en una noche ni en mil), sino porque no sabía si quería verme. O sí que sabía que no quería hacerlo, pero se sentía una persona horrible por ello.

«Él me necesita, ahora más que nunca» se repitió cientos de veces el día siguiente. Pero, y aunque se creyó, tampoco fue capaz de estar conmigo a solas. Era sábado y me vio durante el desayuno y el almuerzo. Trató de obligarse a acercarse o, como mínimo a hacerme un gesto de saludo con la mano, pero no hubo manera. Sus músculos parecían mucho más dispuestos a salir corriendo de allí que a un gesto amable.

«Mañana», se prometió, «mañana iré a hablar con él».

Tampoco lo hizo.


La chica morena estaba acariciando distraídamente al conejo sentada en la alfombra que había a los pies de mi cama. Llevaba ahí un buen rato sin hablar más que para soltarle tonterías a su mascota.

Daphne me había puesto al corriente de lo que habían hecho hacía unos días, Juramento incluido, y desde entonces notaba tres pares de ojos adicionales —además de los de Blaise, Draco y ella misma— clavados constantemente en mi nuca. Como si fuera un escreguto cuya cola estuviera a punto de explosionar.

Cuando di por hecho que Parkinson había ido al dormitorio de los chicos solo para vigilarme por encargo de algún otro, me sorprendió diciendo:

—Una vez, hace un par de cursos, Tracey Davis le dijo a Millicent Bulstrode que Draco no me tocaría ni con un palo aunque fuera la única persona de la Tierra porque ni siquiera me veía como a una chica. Porque ni siquiera parecía una chica.

»Se supone que no tendría que haberlo escuchado, pero lo comentaron en el baño mientras se duchaban y dio la casualidad de que yo estaba en el váter. Podría haber salido en ese momento y haberle dicho algo, pero en lugar de eso me quedé ahí encerrada un montón de tiempo llorando y pensando que tenía razón.

»Hace no mucho me enteré de que Tracey estaba colada por Adrian Pucey, ¿sabes? No sé si al mismo nivel que yo lo estaba por Draco, pero no daba la impresión de ser un simple capricho.

—¿Y te vengaste diciéndoselo a él?

La morena besó la cabeza de su mascota y la dejó corretear por el dormitorio antes de mirarme muy seria y decir.

—No, me vengué acostándome con él y viendo la cara que puso ella cuando se lo dije.

Abrí los ojos como platos, admirado por esa salida.

—Eres el único que lo sabe además de ellos dos. La cuestión es que perdí mi virginidad con un chico que me importaba un pimiento únicamente por hacer sufrir a una persona. Lo que importa de toda esta historia es que sentí una satisfacción enorme al hacerlo. Que lo repetiría cien veces para romperle el corazón cada una de ellas.

»Lo que intento decirte, Theodore, es que todos y cada uno de nosotros somos malas personas. Lo único que nos diferencia de ti es que al resto nos da vergüenza y miedo serlo.


Cuando Lisa giró hacia la derecha y miró a través del gran arco de piedra que daba a un patio interior del colegio, el corazón se le atragantó al verme sentado en uno de los bancos. Habían pasado ocho días desde que jurara y en esos ocho días no había sido capaz de acercarse a mí, daba igual lo que se dijera para tratar de convencerse. Sin embargo, cuando la noche anterior recibió mi nota su parte racional —o ese instinto primario que busca ante todo la preservación— no supo cómo negarse. Quiso, pero no supo.

Se aproximó a mí abrazada a si misma para tratar de escapar del frío.

—Pensé que no vendrías —le dije.

—¿Por qué no iba a hacerlo?

Cuando la miré a los ojos y sonreí, la Ravenclaw deseó con todas sus fuerzas salir corriendo de allí.

«Demasiado tarde», pensé.


NOTAS

¡Metanfeta is in da jaous, troncos! Aunque sea con un capítulo no demasiado largo de transición, sí. Pero, eh, que las transiciones son importantes, sobre todo las que tienen taaaaanto que ver con lo que está por venir. Ya veréis, ya.

Os comento varias cosas. La primera es que el capítulo siguiente (Vincent, con "uve" de "valiente") ya está casi terminado y me gusta mucho. Para variar un poco es hasta gracioso y tierno, ja. La segunda cosa es que, como siempre (siempre que lo hago, vaya), voy a empezar ahora mismo a responder a todos los reviews del capítulo anterior. Calculo que, como mucho, tardaré un par de días.

Por otro lado, estoy MUY orgullosa porque mis sobornos hayan dado tan buenos frutos. Hace no mucho se celebraron las votaciones para los Amortentia Awards 2016 en los que fui nominada en cinco categorías: Mejor autora, Mejor fic en proceso, Mejor fic, Mejor villano y Mejor pareja secundaria. Gracias a los galeones y a todo lo que me mimáis gané cuatro de cinco (¡las cuatro primeras, o sea, LAS MEJORES!) y me hice hijos con la idea. Me quiero mucho y os quiero mucho más. Gracias, de verdad. Habrá que estar a la altura.

Por último quería comentar que, tras muchas vueltas, he decidido ya qué voy a hacer para celebrar los mil reviews de "Mortífago". Sé que para algunos mil reviews no serán nada, pero me suda el popocho porque a mí me hace mucha ilusión. Mi idea es hacer un vídeo y colgarlo en YouTube respondiendo a vuestras preguntas. Preguntas del tipo que sea: sobre este y otros fics, sobre mí como autora, sobre mí como imbécil profesional... Me da lo mismo, lo que os salga del pie. Para que todo sea más cómodo, he pensado que las preguntas me las podéis hacer llegar a través de un ASK que me he hecho para la ocasión, así podéis ser anónimos (que todos sabemos que da menos corte). Colgaré el link de este Ask en mi perfil de la página, pero si no sabéis cómo llegar preguntadme por Twitter, Facebook o donde os plazca. El usuario es: Mortifago_Metanfetamina (sin tilde) y la página es ask(punto)fm.

Hala, me despido (¡os veo en un pedete!).

PD: ¿Alguien ha caído en cuál es la habitación en la que juran los Slytherin y Turpin? Jejé.