.-.-.-.-.-.-. Capitulo 35 .-.-.-.-.-.-.

El mes de marzo se estaba marchando casi sin darse cuenta. En el colegio, los alumnos ya estaban esperando con ansiedad las vacaciones de Semana Santa, que comenzaban el viernes. Muchos ya tenían planes hechos con sus padres para pasar esos días; otros se quedarían para disfrutar de lo que la ciudad podía ofrecerles. Robin ya sabía qué iba a hacer . Puesto que Zoro pasaría los días de fiesta dando clases prácticas a los alumnos del PER (Patrón de Embarcación de Recreo) en el velero, ella aprovecharía para pasarlas con sus padres.

Llevaría a Noah y se dedicarían a pasear por los alrededores con su abuelo. La madre de Robin insistiría en quedarse a limpiar la casa y a poner las cosas en orden. Siempre había sido así. Ya se había acostumbrado a esa forma de ver la vida.

—¿Qué tal encaras las próximas vacaciones? —preguntó Luffy en el comedor del colegio, sentándose a su lado—. ¿Iras a algún sitio?

—Pensaba en eso ahora mismo. Noah y yo la pasaremos en la casa mis padres.

—¿Y Zoro? —se extrañó Luffy.

—Él tiene que trabajar. Aprovechan los días de fiesta para hacer una salida con los alumnos y hacer prácticas de vela.

—¡Ah! Es interesante. ¿Van muchos?

—Creo que había diez apuntados. Se han repartido entre dos veleros. —Luffy la miró sin entender—. Es que van en dos. Uno lo pilota Zoro y el otro, su padre. Por lo que me ha contado, llevan varios años haciéndolo así y les va muy bien.

—Entonces no podrá disfrutar de vacaciones.

—No. Ellos trabajan más cuando el resto tiene fiesta. De lo contrario los alumnos no podrían marcharse cuatro días para no dejar sus trabajos empantanados.

—Desde luego que no —convino Luffy. Se levantó para sacar su plato del microondas —. Bueno, también las disfrutará. Al fin y al cabo, hace lo que le gusta, ¿no?

—Sí, desde luego. El mar es su pasión. Le está contagiando esa fiebre a Noah. Todos los fines de semana, si él no tiene salida programada, quiere que vayamos a navegar — explicó—. Menos mal que a mí también me gusta. —Alzó las cejas, consternada—. Lo pasaría fatal si no fuera así.

—Pareces una surfista, con la piel morena y el pelo aclarado. Se nota que pasáis muchas horas al aire libre y que te sientan muy bien —comentó Luffy—. ¿Le diste las gracias a Zoro por ayudarnos con la mudanza?

—Sí. Dijo que no había sido nada. Que, solo por escuchar las anécdotas sobre mí, que te empeñaste en recordar, volvería a ayudarloss encantado. ¿Cómo se te ocurrió contar la vez que fuimos al albergue con los niños y me asusté al ver aquella araña en la cama? ¡Me hiciste parecer una tonta! —le riñó, entre risas.

—¡Qué va! A Zoro le encantó. No sabía que le tenías tanto miedo a las arañas.

—Eso es lo malo, ahora cada vez que vamos a la cama se presta a mirar por todos los lados por si aparece alguna y tiene que sacarla de allí como un caballero andante. Hasta Noah empieza a participar en la búsqueda de la araña perdida. Cada día es peor. Ayer se empeñaron en mirar bajo las camas con linternas, como espeleólogos.

Terminó por echarse a reír ante lo absurdo de todo eso. Con todo, desde que Zoro vivía con ellos no había un momento de aburrimiento. Siempre se le ocurría algo para hacer la vida más divertida. Se encargaba de entretener a Noah para que ella corrigiera los exámenes o los ejercicios pendientes. Participaba en las tareas de la casa como uno más, y hasta involucraba a Noah para que colaborase. Era una auténtica joya. Lástima que ella siempre tuviera presente aquel prejuicio sobre la diferencia de edad. Ese era el motivo por el que, después de casi tres meses de salir con él, aún no se lo había presentado a sus padres. Sí, les había dicho que salía con un hombre e, incluso, les había contado a qué se dedicaba, pero omitiendo la edad. Zoro deseaba conocerlos, pero ella ponía excusas para no presentarlos. Era una tontería; tarde o temprano tendría que hacerlo. Ella, en cambio, prefería postergar ese momento lo máximo posible. Conocía a su madre y los prejuicios que tenía sobre el tema.

—¿Ustedes iran a algún sitio? —le preguntó a Luffy, para no seguir pensando en eso.

—Los padres de Irati tienen un apartamento en Torrevieja y, como este año no van, nos lo han prestado para los quince días. —Terminó de comer y se dedicó a pelar una naranja con parsimonia.

—¡Estupendo! Seguro que lo pasáis bien. Al menos el tiempo será más benévolo que lo previsto para aquí.

—Eso nos han dicho. Ya veremos. —Guardó silencio un instante. Después se volvió a mirarla—. Oye, no has vuelto a mencionar a Nami. ¿Siguen sin hablarse?

Robin inspiró. Le dolía la situación con su amiga. Sufría por no saber nada de ella. Varias veces había intentado llamarla por teléfono, pero en el último momento colgaba sin terminar de marcar su número. Pese a lo mucho que deseaba hablar con ella, la frenaba el temor a que volviera a recriminarle su decisión de vivir con Zoro . Era una chiquillada mostrarse orgullosa; al final terminarían por hablar . Siempre había sido así. La diferencia estaba en que, por esa vez, debía ser Nami la que diera el primer paso.

—No nos hablamos desde febrero. —Se sujetó la cabeza con una mano, el codo apoyado en la mesa—. Es complicado.

—¿Habías estado alguna vez tanto tiempo sin hablarse?

—No. Ni siquiera lo estuvimos tanto cuando le dije que me iba a casar con Law. Es una cabezota. —Se incorporó para recoger sus platos. No tardaría en sonar el timbre de comienzo de clases—. Esperaré a regresar de la casa de mis padres para llamarla, si es que aún no me ha llamado ella. No creo que yo sea capaz de aguantar más tiempo.

—Hazlo. Luego te sentirás mejor —aseguró Luffy con acierto—. Nami no es mala persona, solo tiene ideas demasiado rígidas sobre el tema. —Tienes razón —asintió Robin, arrepentida por haber esperado tanto para hablar con ella. Sacó su móvil con intención de mandarle un wasap. El sonido estridente del timbre le impidió llevar la idea acabo.


Zoro miró al cielo encapotado, pidiendo paciencia con aquel grupo que le había tocado en suerte. Eran tres chicos y dos chicas, de entre diecinueve y treinta cinco años. Una de las chicas había navegado muchas veces, pues sus padres tenían un velero; el resto apenas tenía experiencia en la mar y su equilibrio era bastante precario. Para evitar cualquier accidente, les había obligado a llevar el chaleco salvavidas los dos primeros días, hasta ver que eran capaces de caminar por la cubierta sin tropezarse con sus propios pies. No quería tener más problemas de los necesarios. Los del grupo de su padre parecían más seguros. Al menos, aún no había oído flamear las velas como si fueran sábanas tendidas al sol, igual que ocurría en el suyo. Por mucho que les había explicado el modo de izar las velas, con varias demostraciones, todavía no le habían cogido el tranquillo al asunto. Sabía que no era sencillo, pero...

—¡Cuidado, Carlos! —advirtió Zoro , al ver que el barco iba a trasluchar. Por desgracia, no rectificó a tiempo y la botavara golpeó con fuerza al chico que estaba haciendo la maniobra. Tropezó hacia atrás y cayó al mar—. ¡Hombre al agua! —gritó, al tiempo que se preparaba para hacer la maniobra de rescate y salvamento—. ¡Lanzad un salvavidas! ¡Alguien a la rueda! ¡No lo perdáis de vista en ningún momento!

Al tiempo que daba órdenes, se dedicó a arriar la vela que Carlos había intentado izar con resultados desastrosos. Debía evitar alejarse más del náufrago. Por suerte, en ese momento no llovía y la visibilidad era aceptable.

—¿Lo ven? —preguntó, dirigiéndose al timón—. ¿Lo tienen a la vista?

—¡Sí! Está nadando hasta el aro salvavidas —aseguró Silvia, la chica que había navegado más veces—. Pero...

—¿Qué pasa?

—Se lo han lanzado con cabo...

—¡Joder! La hélice —masculló por lo bajo. Ahora no solo debía aproximarse al náufrago, sino que también debía hacerlo cuidando de controlar dónde estaba el cabo para que no se enredara con la hélice. Al llegar a la rueda, Zoro buscó a Carlos en el agua. Ya había alcanzado el aro y se sujetaba sin hacer movimientos innecesarios. «Buen chico. Veo que recuerdas la lección de salvamento de ayer», pensó, satisfecho por la buena noticia. No convenía que se agotara. Era primordial que mantuviera la temperatura.

—Que alguien vigile ese cabo. ¿Lo ven?

—Sí —contestaron todos.

—Bien, pues avisad si me acerco demasiado.

Zoro puso en marcha el motor y, una vez volvió a localizar a Carlos, puso todo a estribor hasta tener al náufrago por el costado del barco; justo en ese momento, giró la rueda al sentido contrario hasta que Carlos estuvo justo delante de ellos. Puso punto muerto y fue dejando que el barco se situara a barlovento para dar socaire al chico y que el mar no lo golpease contra el casco.

—¡El cabo! —gritó Silvia.

—Tranquila, la hélice está parada. Que alguien intente sujetarlo con un bichero.

Uno de los chicos corrió a cogerlo para hacer lo que había mandado.

—Nada de carreras por la cubierta. Con un náufrago tenemos suficiente —recordó, sin perder la calma.

—Lo siento —dijo el joven. Una vez tomado el cabo, fueron tirando de él para acercar al náufrago al velero y ayudarle a subir por la popa. Carlos, el más joven de sus alumnos, temblaba de frío y miedo. Zoro suspiró de alivio al ver que todo había quedado en un susto. Había sido una suerte que no estuvieran izadas las velas, de lo contrario la maniobra hubiera sido más lenta.

—Ya estás a salvo, tío —comentó uno de los chicos, pálido como un muerto—. Menudo susto que nos has dado.

—Carlos, ve a tu camarote y cámbiate de ropa lo antes posible —le recomendó Zoro —. Calentaré un poco de café. Gracias a todos, os habéis portado muy bien.

La radio crepitó en ese momento.

—Garbiñe, Garbiñe aquí Luccia. ¿Me recibes? Cambio. —Silencio —. Garbiñe, aquí Luccia. ¿Me recibes? Cambio.

—Adelante Lucia, aquí Garbiñe —dijo Zoro al tomar el micrófono—. Te recibo alto y claro, pásate al Canal 12, primero, segundo, cambio.

—De acuerdo, Garbiñe, paso al Canal 12. Cambio —dijo su padre a través de la radio. Otro momento de silencio, mientras los dos cambiaban de canal—. Zoro , Zoro , Zoro , soy Mihawk. ¿Estás por ahí? Cambio. —Se oyó por el canal 12.

—Aquí estoy, Padre. Cambio.

—¿Qué ha pasado? Cambio. —La voz de su padre sonaba tensa.

—Hombre al agua, pero ya está recuperado. Cambio.

—Algo así me había parecido. Buena guardia. Cambio al Canal 16. Cambio y corto.

—Buen viento. Cambio y corto —murmuró antes de cambiar de nuevo al Canal 16, de escucha obligatoria. Cuando regresó a cubierta, todos estaban sentados en la bañera, amparando entre las manos una taza de humeante café. Carlos lo miró, algo avergonzado por lo ocurrido.

—Tranquilo; nos podría haber pasado a cualquiera —comentó Zoro , sincero—. En el fondo ha estado bien, así hemos podido hacer un ejercicio de salvamento.

—No me he dado cuenta del cabo. Estaba demasiado nervioso para ver algo más que el aro —confesó—. Debería haberlo recogido para evitar males mayores.

—No ha sido necesario y, además, tuviste la sangre fría de no empezar a gritar o a manotear en el agua. Sabías que te habíamos localizado y que volvíamos a por ti.

Carlos se puso colorado por el halago y bajó la cabeza para ocultarlo. Silvia le pasó la mano por los hombros para confortarlo.

—Has sido muy valiente. Yo no sé si me hubiera mantenido tan tranquila como tú — aseguró ella.

—Bueno, chicos, ¿volvemos a los ejercicios de izado y arriado?

Carlos fue el primero en ponerse manos a la obra. Realizó todos los pasos con más seguridad que las veces anteriores, pero aún se le notaba muy torpe. A los otros no les fue mucho mejor.

«Bueno, se les nota una leve destreza, si lo comparo con el primer día», pensó, más contento. «Silvia es la única que realiza las maniobras con soltura y sin apenas titubeos.» Zoro estaba convencido de que ella sabía hacerlo mejor , pero que no se esforzaba para no destacar tanto de sus compañeros. Era una chica muy considerada. En los tres días pasados habían hecho varias maniobras de atraque y desatraque con muy buenos resultados. La comprobación de la meteorología también se les daba bien, igual que la navegación a motor . Con la navegación a vela tenían más dificultades, pero nada insalvable; de hecho, ya veía progresos en todos ellos. Si conseguía que izaran las velas con un poco más de destreza se daría por satisfecho.

Una hora más tarde, cuando todos hubieron realizado aquella tarea, empezaron a repetir el ejercicio de navegar entre dos boyas, para tomar todos los vientos y aprender los distintos rumbos. Eso era lo que más les gustaba, por lo que se volcaron en hacerlo lo mejor posible. Zoro se preguntó cómo lo estaría pasando Robin en casa de sus padres. Pese a que no tenía apenas un minuto libre, la extrañaba. A quince millas de tierra los móviles no servían de nada, así que no habían podido hablar desde el miércoles y añoraba su voz; añoraba a Robin más incluso de lo que habría esperado. No veía la hora de que llegara el día siguiente para regresar a puerto y volver a verla. Además, sin Noah tendrían la casa para ellos solos. Se le empezaban a ocurrir un montón de ideas con las que sorprenderla y hacerla vibrar.

Sí... No dejaba de pensar en cuánto faltaba para tenerla entre los brazos.


Continuara...

hay un evento importante mañana y estoy ocupado por ahora... espero vernos pronto mañana ;) :)