El día se hizo largo especialmente con todo el asunto de las clases de orientación que los trajeron a todos de cabeza pensando, algunos por primera vez en su vida, qué querrían hacer después de acabar el colegio, así que cuando llegó la noche se tumbaron en los sofás a descansar. El único que se había librado había sido Matt, pero había tenido también un día duro de clases, sobretodo con Snape que se había empeñado en fastidiarle su poción.
A pesar de lo cansados que estaban ninguno de los cuatro quiso ser el primero en subir a dormir. La sala común se había quedado casi vacía y no se oía ni un ruido. Harry estaba preparando el partido de esa semana con Matt ayudándole. Los dos hablaban en susurros delante de un pergamino que cada vez tenía más y más tachaduras así que ellos eran los únicos que entendía lo que estaban dibujando. Ízar se había tirado en el sofá y estaba leyendo un libro, se le cerraban los ojos de sueño pero se había empeñado en acabarlo antes de acostarse, así que ninguno estaba prestando mucha atención a Alan, que en ese momento miraba por la ventana con gesto ausente la enorme luna casi llena que iluminaba el cielo.
Después de un largo rato así ocurrió lo inevitable: Matt y Harry empezaron a discutir.
-Se hará lo que yo diga, enano- le gruñó Harry que tiró la silla al ponerse de pie cabreado.
-Pues vamos a perder porque esa es una malísima táctica- se defendió Matt. Cogió el pergamino en el que andaban dibujando los diagramas y lo rajó.
Ízar asomó la cabeza por el respaldo del sofá y negó con la cabeza con una sonrisa. Si había algo seguro en la vida era que Harry y Matt acabarían gritándose después de estar un rato juntos. Buscó a Alan que estaba sentado en el sillón de enfrente para hacer alguna broma a costa de los Potter pero se dio cuenta de lo triste que parecía mirando a través de la ventana. Hizo gestos con la mano a sus amigos para llamar la atención y sólo cuando Matt se dio cuenta de cómo estaba Alan consiguieron dejar de gritarse.
-¿Y a éste qué le pasa?- dijo Harry, que ofuscado como estaba no se había fijado en el estado de Alan. Matt, que aunque estaba enfadado tenía más sensibilidad que el tocho de su hermano, le dio un discreto pero no flojo codazo en las costillas.
-¿Se puede saber qué diablos haces, enano? – gritó, pero se calló porque esta vez fue Ízar el que le dio una colleja para que dejara de hacer el cenutrio.
-¿Ocurre algo, Alan? – osó preguntar Matt mientras se colocaba a su lado y miraba por la ventana él también – Mañana saldremos otra vez a pasear, ya verás cómo nos despejamos todos un poco de lo que está ocurriendo.
-Eso espero – susurró el arcángel, pero más para el que no para el resto.
Ízar y Matt cruzaron una mirada preocupada cuando Alan se levantó y se dirigió a las escaleras, pero fue Harry el que fue tras él, le pasó el brazo por los hombros y lo obligó a sentarse de nuevo con ellos ignorando el gesto de disgusto del arcángel.
-¿Qué te pasa?
-Nada- contestó Alan sacando una sonrisa. Cualquiera que no le conociera le habría creído pero estaba delante de las tres personas del mundo que mejor le conocían, así que tuvo que esforzarse al máximo cuando le miraron suspicazmente-. Vamos tíos, que no me pasa nada.
-Es mejor que dejes de comerte esto tú solo- le dijo Matt.
-¿Qué somos niñas ahora?- el contestos sarcástico- ¿me vais a regalar flores?
Alan se levantó del sofá pero los dos Potter lo cogieron de los hombros y le obligaron a sentarse. Ízar seguía sentado en el sillón cruzado de brazos sin quitarle el ojo ni un segundo a su mejor amigo. Sabía perfectamente que estaba deseando salir de allí, como lo hubiese deseado él mismo, pero no iba a ayudarle con aquello. Por mucho que él hubiese optado también por tragarse solo el problema, sabía que Alan, más que nadie, necesitaba quitarse aquella carga de los hombros de una vez.
-Te sientes culpable por la bronca con tus padres- le dijo sin inmutarse.
Alan lo miró con los ojos entrecerrados acusándole por la traición. Tenía vagos recuerdos de haberse encontrado a Ízar en la sala común aquella mañana después de que hubiese aterrizado con su loro Zipi en la nueva habitación de Remus y aunque Ízar después no le había dicho nada, tenía la sospecha de que le había contado lo que había ocurrido con sus padres.
-Deberías arreglarte con él- le dijo Harry que no tenía mucha idea de lo que le había pasado exactamente con Remus-. La separación de tus padres ha sido algo muy fuerte para todos pero no deberías tomar partido por ninguno.
-No lo hago- contestó Alan enfurruñado-. No le hablo a ninguno de los dos y tú- señaló a Ízar- eres el siguiente de mi lista.
-Tranquilo, ya estoy acostumbrado- le dijo Ízar haciendo un gesto chulesco con la mano.
-Vamos, Alan, - medió Matt- si te sientes tan mal podrías hablar con ellos. Con tu padre al menos- se corrigió al ver la forma en la que le estaba mirando Alan.
-Me pasé mucho con él- confesó-. Sé que lo está pasando mal pero… -hizo un gesto de odio mal contenido con la cara que era un claro ejemplo del conflicto emocional que sentía en ese momento- no sé. Estoy un poco saturado con esto.
Ízar se puso de pie y le dio un golpecito en el hombro. Le extrañó ver a Alan tan auténtico cuando no reservaba ese placer ni siquiera para ellos y sonrió interiormente al pensar que quizá se estaban haciendo mayores.
-Alan tu padre es la única persona en el mundo que te ha aguantado con paciencia- le dijo-. Y te aseguro que hace falta mucha paciencia para tratar contigo. El otro día te pasaste con él mucho más de lo que se merecía, así que arréglalo.
-Ya tienes bastante con los problemas que tienes con tu madre y todo el rollo de tu hermana- apoyó Harry.
Alan asintió con la cabeza pero no dijo nada. No le gustaba que nadie le viese de esa forma, así que se levantó. Le dio una palmadita en la cara a Harry y esbozó media sonrisa reconciliadora con Ízar agradeciendo en lo más profundo de su corazón que le dejaran irse sin insistir más, pero no contaba con el carácter mimosón de Matt que antes de que pudiera resistirse le estaba dando un abrazo tan fuerte que le hizo daño en las costillas.
-Vamos, enano, quita de ahí si no quieres que te pegue un porrazo.
Intentó con todas sus fuerzas que su voz sonara juguetona y hasta un poco enfadada por la intromisión de Matt es su esfera vital, pero no lo consiguió así que tuvo que aguantar la sonrisa triunfante de Matt que sabía que por una vez había conseguido tirar abajo la coraza de su amigo.
-De acuerdo chicos , hasta aquí la clase de hoy, recordad que para la semana que viene tenéis que entregarnos cuarenta centímetros de redacción sobre los animales venenosos que se encuentran en la selva amazónica y la forma en que tenemos para combatirlo – dijo James dando por terminada la clase. Ese día le había tocado dar a él el temario, ya que Sirius tenía clase de transformaciones con los de sexto y Remus ya estaba débil debido a la luna llena que se presentaría esa noche en el cielo.
Todos se apresuraron a recoger los pergaminos, libros, plumas y tinteros y salir atropelladamente hacia el gran comedor, pero justo cuando Harry acababa de meter su tintero en la mochila y se disponía a alcanzar a sus primos James los llamó.
-Tenemos que hablar – les dijo.
-¿Qué hemos hecho? – preguntó Ízar rezando para que sus padres no se hubiesen enterado de su salidita a la tierra de la Asterix
-Nada…que sepamos - James entrecerró los ojos - Sirius y yo queremos pediros un favor. Esta noche, quedaros en el castillo – les soltó mirándolos por turnos a cada uno, pero haciendo especial énfasis en Alan.
-¡Y qué más! – protestó Harry – nosotros también tenemos derecho a corretear por los terrenos.
La mirada que le dio su padre le hizo callarse y dejar de proclamar derechos, porque en realidad no los tenían. Eran alumnos, por lo que a las nueve de la noche tenían que estar todos en su sala común y para rematar la jugada, la animagia estaba prohibida a no ser que se estuviera censado, cosas que, evidentemente, ninguno de ellos lo estaba.
-¿Y por qué? – preguntó Ízar, que era el que tenía más diplomacia. Harry era conocido por su falta de tacto y Alan por su parte no había hecho ningún movimiento, continuaba apoyado en el escritorio con los brazos cruzados mirando fijamente a su tío.
-Ya sabéis como esta Remus – James miró a Alan discretamente – y hemos pensado que seguramente preferirá estar tranquilo. Nos transformaremos y …
Alan ya no quiso escuchar más. Chasqueó la lengua con desprecio y se marchó de allí dejando a James con la palabra en la boca. Éste meneo la cabeza con amargura.
-¿Cómo está? – preguntó James a Ízar – estos días ni siquiera viene a ver a Alya.
Tanto Harry como Ízar hicieron una mueca con la cara.
-Ya sabes como es, nunca cuenta nada.
-Por favor, chicos, hacednos caso, esta noche no salgáis – insistió – no sabemos cómo puede reaccionar Moony. En la época de estudiantes, cuando pasaba por una racha especialmente mala, se volvía bastante agresivo, y lo último que necesita es sentirse culpable si os llegara a hacer algo.
No muy conformes Harry e Ízar aceptaron.
La noche era fresca. La primavera se dejaba notar durante las horas de sol, pero a esa altura de la noche, el aire gélido de las montañas soplaba con fuerza. En el cielo, nubes finas cubrían de vez en cuando la luna, grande, blanca y llena.
Estaba siendo una noche especialmente difícil.
Cerca del anochecer Remus había pasado por la torre donde hacía escasamente dos semanas era feliz. Alya se había echado a sus brazos apretándolo fuertemente diciéndole cuanto lo echaba de menos y que no sabía que le pasaba a la tía Christine pero estaba muy triste estos últimos días.
Sin poder evitarlo, y a pesar de las promesas que se había hecho a si mismo de camino a la torre, había levantado la vista al alzar a la niña y Christine estaba allí, tumbada en el sofá con una cara de cansancio horrible y un aura de tristeza que hasta el insensible de Sirius notaba y evitaba si le era posible
-¿Podemos marcharnos ya? – había rogado, y una nueva punzada de dolor sintió cuando vio a James y Sirius despedirse de sus mujeres.
Y una vez en los terrenos la cosa no había mejorado. La transformación había dolido tanto como cuando era un pobre adolescente que no entendía porque el mundo le había castiga de esa manera. Había notado cómo cada uno de sus huesos se moldeaba, cómo de cada poro de su piel nacía un nuevo pelo y como sus extremidades se deformaban hasta quedar a cuatro patas.
Padfoot y Prongs se habían quedado rezagados, observando desde la distancia el sufrimiento de su amigo, su hermano. Se le veía tan derrotado que incluso Sirius había escondido el hocico entre sus patas durante un aullido particularmente agudo de Moony.
Pero eso no había sido lo peor. Cuando la transformación ya había terminado Prongs se había acercado para demostrarle apoyo y el lobo se había girado hacia él soltando una dentellada, que si no hubiese sido por el enorme perro negro habría habido daños que lamentar. Colocándose delante del ciervo para protegerlo, Padfoot enseñó los dientes y gruñó por lo bajo dándole a entender que se metiera en el bosque. El lobo, aulló fuertemente y echó a correr hacía la espesura de los árboles.
A esa misma hora un chico estaba sentado a lo alto de la torre de astronomía. Ése siempre había sido su refugio, pero durante ese curso, y sobretodo desde que se había enterado de que su madre estaba embarazada, se había convertido en poco menos que en su hogar. Miraba a la luna entre adorándola y odiándola a partes iguales. Todavía se acordaba cuando, con apenas tres añitos, le había prometido a su padre que cuando fuera mayor destruiría la luna para que él no sufriera más. Y doce años más tarde ahí estaba él. Observando a ese astro en soledad para olvidad su sufrimiento.
-Mierda de vida – susurró, pero un aullido y un ladrido lo sacaron de su ensoñación. La mitad lobo que corría por sus venas lo hizo ponerse en tensión, y casi sin darse cuenta desapareció tras una aura blanca.
El lobo marrón perlado de gris corría y corría. Sin sentido, sin dirección, sin destino. Solo corría, huía de todo y todos. Ojalá pudiera hacerlo de verdad. Correr y dejar atrás todo lo vivido, lo dicho, lo escuchado. No quería que nadie se acercara a él. Quería que lo dejaran solo, por eso estaba yendo tan rápido, ni siquiera quería a Padfoot o Prongs con él. Quería sentirse abandonado. Al fin y al cabo era lo que había hecho el con su mujer…y su hija.
Había conseguido casi su propósito de perderse en la soledad cuando un movimiento delante suyo le hizo frenar y levantar las orejas.
En frente suyo había aparecido otro lobo, pero este negro, más musculoso y joven. Y enseñaba los dientes.
Lo que faltaba, pensó el lobo mayor. Otra pelea con Alan. Y por el semblante que llevaba iba a ser física. Y efectivamente, no le había dado tiempo a tensar los músculos cuando Tusk se le echó encima mordiéndole el costado. Moony aulló, pero se defendió. Dio un cabezazo con su fuerte testa y consiguió apartarlo de él. Aprovechando que el lobo negro estaba recuperando el equilibrio, fue su ocasión de arremeter y se lanzó encima, agarrándolo fuertemente por el cogote, consiguiendo así tumbarlo.
Los aullidos que se escuchaban por todo el bosque alertaron a Padfoot y Prongs que arreciaron a sus patas lo más que pudieron para ver lo que estaba ocurriendo.
Cuando llegaron, la visión les dejó paralizados y no supieron qué hacer. Moony marcaba con fuerza el pelaje de Tusk, que no dejaba de luchar para liberarse. James hizo el amago de acercarse para detener aquello, pero sólo la mirada del perro lo detuvo.
Un nuevo envite de Alan hizo trastabillar a Remus, pero este aguantó y apretó más fuerte aún las mandíbulas, ocasionando un nuevo aullido de Alan, pero esta vez, de dolor. Eso bastó para hacerlo reaccionar. Asustado de si mismo reculó y la visión le hizo sentir todavía más, mal padre.
Alan, en su forma lobuna, estaba en el suelo aullando lastimeramente. Moony se acercó lentamente, y le tocó el hocico con el suyo propio, temiendo que lo rechazara, pero eso no ocurrió, por lo que se envalentonó.
Quería pedirle perdón. Por todo lo ocurrido ese mes, esa semana y esa noche. Al fin y al cabo, no era más que un muchacho de quince años, el cual estaba viendo cómo sus padres se estaban separando y lo que era peor, estaba viendo como su padre dejaba en la estacada a su madre y a su hermana. Pero ahora, en ese estado solo podía hacer una cosa. Lamió su cara en señal de estima y escondió su hocico debajo del cálido pelaje de su hijo. Éste se movió un poco para acomodarse más con su padre y se quedaron así lo que restaba de noche, en un silencioso perdón.
A unos diez metros de ahí, Sirius y James retomaron su forma humana.
-Vámonos Prongsie, aquí hoy no nos necesitan.
-Shrrssss, no hagáis ruido.- rogó James, enfocando la cámara, sin dejar de echar miradas hacia las escaleras.
Después de la luna llena, habían subido a la sala común y se habían encontrado con Ízar, Harry y Matt, tirados en los sofás, esperando su regreso. Como Remus y Alan se habían quedado rezagados, mientras los esperaban, Sirius había propuesto que se hicieran unas fotos en sus versiones animagas. Y llevaban quince minutos intercambiando posturas y saltando los unos encima de los otros. El problema era que Ízar y Matt se convertían en animales tan grandes que les costaba moverse entre los sofás y Sirius quería ser portada en todas las fotografías, así que no paraban de hacer ruido y prácticamente había amanecido y corrían el riesgo de que alguna de sus mujeres se despertara.
-Tranquilo, papá.- Harry, con la agilidad propia de una pantera, había saltado de uno de los sofás, transformándose de nuevo en un muchacho adolescente y arrebatándole la cámara a James.- Alan las ha dejado roque antes de irnos.- en lugar de estar preocupados por el mal uso de la magia, los dos adultos suspiraron aliviados.- ¡Venga, ahora te toca posar con Matt!- James, muy orgulloso del león, se acercó a su hijo, acariciando su pelaje. El león ronroneó a gusto.
-¡Eh, yo también quiero!- protestó Sirius. Volvió a adoptar la forma de un perro y se colocó justo delante de padre e hijo, cuando el flash de la cámara iba a inmortalizarlos.
-¡Bah, tío Sirius, me has estropeado la estampa!- Harry lanzó la cámara al sofá, se transformó de nuevo y se abalanzó sobre Sirius, arrinconando al perro. Inmediatamente, como si de una batalla campal se tratase, Ízar, Matt y James se unieron a la trifurca, todos ellos en sus formas animagas.
-¡Estoy en el zoo!- gritó una vocecita entusiasmada. Todos los animales se quedaron paralizados en una estampa bastante cómica. Harry mordía el rabo de Sirius, a la par que éste tenía enganchados los colmillos sobre las astas del ciervo y el león y el tigre se habían abrazado en medio de una pelea de garras. Alya se restregó los ojos y corrió hacia los animales, como si no le impresionase verlos y dio vueltas alrededor de ellos, arqueando las cejas.- Un momento...¡tú eres mi papá!- cogió la cabeza de la pantera, que aulló de dolor y estiró los pelos para liberar la cola de Sirius, que se transformó en humano, sabiendo que su hija lo había pillado in fraganti.
-¡Esto es un sueño!- Sirius cogió a Alya en brazos, encaminándose hacia las escaleras, pero la niña se había quedado mirando fijamente al león y pataleó hasta que su padre la dejó en el suelo. Con unos ojos brillantes por la emoción, corrió hacia el felino, dando saltitos de alegría.- ¡Me has comprado un peluche, Vatti! ¡Que guapo es, se parece a Matt!- Alya entornó los ojos. Los demás animales no se había movido de sus posturas, intentando que Sirius arreglara la situación.- ¡Un momento!- Alya cogió los bigotes del león y tiró de ellos, mirándolo fijamente. Matt, llorando por los tirones, no pudo aguantarlo y volvió a su forma original.- ¡Pero si es mi Matt!
-¡Ya la ha cagado el enano!- protestó Harry, transformándose también. James e Ízar lo imitaron. Sirius cogió a Alya con la esperanza de que se dejara llevar de vuelta a la cama, pero fue inútil.
-¡Suelta, suelta, suelta!
-Shrrsssss, cállate, cielo, que vas a despertar a tu madre.- le rogó Sirius. Los demás se colocaron alrededor de la niña, con los brazos cruzados. En ese momento, el retrato se abrió y entraron Remus y Alan, ambos con caras de circunstancias. Alya se escabulló de su padre y corrió hacia Alan, que la cogió en brazos.
-Hola, pequeñaja.- Alya le sonrió, con esa perversa mueca en los labios, que siempre vaticinaba problemas.
-Sé un secretito.- le susurró al oído. Alan miró descolocado a sus amigos, todos ellos enfurruñados, mientras Remus se acercaba a sus dos amigos, que estaban blancos como la pared, pensando en las maldades que podían ocurrírsele a la niña.- Son animales.- Alan se rascó la cabeza, confuso.
-Claro que sí, pero eso ya lo sabías.
-No, no, no,- negó Alya con la cabeza.- Que son animales de verdad. Como mi papá.- Alan intercambió una mirada con Sirius, que se encogió de hombros.
-A ver, ¿quién la ha cagado?
-¡Matt!- respondieron todos al unísono.
-¡Ehhh! ¡Que ha reconocido a Sirius primero!
-Y se pensaba que estaba en el zoo, idiota.- Harry le dio una colleja a su hermano pequeño.- Pero es que hasta como león tienes la misma cara de lelo.
-Sin insultar.- se ofendió Matt.- ¿Cómo lo arreglamos?- Alya se cruzó de brazos, todavía con Alan, que la miraba expectante.
-¿Qué es lo que quieres, enana?- fue al grano. Alya sonrió, complacida.
-Mañana por la tarde, cuando acabéis las clases, nos vamos de excursión al lago y jugamos todos a los animalitos.- las caras de Sirius y James mostraron horror, pero no eran peores que las de los chicos, que habían visto multitud de veces lo que significaba jugar a los animalitos. Cuando Alya pedía aquello, normalmente, a Sirius y James les tocaba transformarse y moverse en las posturas que ella les iba marcando. Claro, que además de hacer el tonto también les tocaba cargar sobre los lomos a los Nenuco, las Barbies y los peluches que Alya se llevaba a las excursiones.
-O si no...- tanteó Sirius, derrotado. Alya, muy orgullosa, levantó la cabeza.
-Me chivo a Mutti.- Sirius sopesó el problema y señaló a los chicos.
-Moony, Prongs, vámonos a la cama. El problema lo tienen ellos.
-¡Un momento!- dijo Ízar, impidiéndoles marcharse.- Ni en sueños penséis que si caemos, caeremos solos.
-Ni de coña- lo apoyó Harry.
-No podéis ser tan ilusos de pensar que mamá y tía Patri van a descartar que tenéis algo que ver, ¿verdad?- corroboró Matt.
-¡Pero es que no tenemos nada que ver!- les recordó Sirius. Los chicos se miraron entre sí, sonriendo.
-¡Los genes!- dijeron a coro. Cuando Sirius y James claudicaron, Alya aplaudió, muy pagada de sí misma.
Y allí estaban por la tarde. Habían escogido una zona alejada del lago, donde los estudiantes no solían acudir. Además, a aquellas horas, lo normal era que todos se encontrasen dentro del colegio, porque el atardecer ya caía sobre Hogwarts. Alya se lo estaba pasando en grande. Llevaba una hora moviendo a los animales a sus anchas y le gustaba especialmente ordenar a Harry que se peleara con James y enviar de expedición de caza al león, con ella subida a sus lomos. El pobre Matt estaba baldado y había perdido su forma animaga en un par de ocasiones.
-¡Bueno, ya está bien!- protestó Sirius, cuando por enésima vez, Alan, convertido en lobo, lo arrastró por el lomo hasta una jaula de ramitas, que Alya había rodeado por una artillería compuesta por Ken, Barbie y Shelly.- Ya estoy harto de lloriquear mientras el palomo este.- señaló al Ken que llevaba una escoba de juguete.- me fustiga con el palo.
-¡Yo quiero jugar más!- protestó Alya, dando un puntapié en el suelo. Alan, todo sudado, también adoptó la forma humana y se sentó en la sombra de un árbol, junto a su padre, que leía un ejemplar del diario el Profeta, ajeno al alboroto que montaban sus amigos. Como él no podía modificar su forma animal a su antojo, se había librado. Los demás también recuperaron sus formas.
-Alya, cariño.- Matt se acercó para mediar un poco.- Es muy tarde y tenemos que cenar. Otro día jugamos un ratito, ¿eh?
-No, no y no.- Matt buscó el apoyo de los demás, pero al parecer, a ninguno se le ocurrían argumentos suficientes para convencer a la niña. Finalmente, y ante las amenazas de que iba a chivarse, Remus se levantó del árbol y se acercó a ella.
-Tú quieres mucho a Matt, ¿verdad?- le preguntó. Alya asintió, restregándose los ojitos.- Entonces no querrás que le pase nada malo, ¿a qué no?
-No, claro que no.
-Matt y todos los demás podrían tener problemas si le cuentas a alguien lo que has visto.- le explicó Remus, paciente. Alya lo escuchó, calmándose por fin del berrinche y miró a Matt, sopesando las posibilidades.- ¿Vas a guardarle el secreto? Será algo muy especial, porque Matt no va a contárselo a ninguna otra chica.- el rostro de Alya se iluminó de alegría y corrió hacia Matt.
-¿Eso es cierto?- le preguntó.- ¿Es un secreto que solo me has contado a mí?
-Claro que sí.- corroboró el muchacho.- Sólo confío en mi novia.
-¡Qué chuli!- Alya le cogió de la mano y tiró de él hacia el castillo.- Vamos a cenar juntos. ¡Tengo mucha hambre!- Sirius, con cara de idiota, vio como su hija de marchaba con Matt y se giró hacia Remus, con cara de pocos amigos.
-¡Se te podía haber ocurrido ayer!- Remus cerró su periódico tranquilamente, se arregló la túnica que se había arrugado, encaminándose hacia el castillo.
-Se me ocurrió.- Sirius miró a James como si no se lo pudiese creer.
-¿Entonces por qué no interviniste?- Remus alzó la cejas, como si no pudiese creer lo que estaba oyendo.
-¿Y perderme verte jugar a los animalitos?- a pesar de que todos estaban bastante hartos del jueguecito, no pudieron evitar soltar una carcajada. Sirius, hecho una furia, se encaminó hacia el castillo, seguido de James.
Lo que ninguno sabía era que, desde la ventana de su despacho, Lily tenía una perspectiva perfecta de esa zona del lago y que había visto perfectamente como Matt cambiaba de león a persona sin la utilización de una varita. Lanzó unos polvos Flu a la chimenea.
-¿Patricia? ¡Tenemos que hablar!
Al día siguiente, después de las clases, James y Remus estaban sentados en la sala común, planificando las clases de Defensa de la próxima semana. En el suelo, alrededor de ellos, Alya jugaba con Luna y Alkes, sirviéndoles el té de manera ficticia en tazas de plástico. Era de aquellos días a los que a Sirius se le ponía un tic nervioso en la ceja y sufría una leve jaqueca, inquieto porque tenía la sensación de que iba a suceder algo.
-Es demasiado duro poner esto en los exámenes, Moony.- opinó James, haciendo unos cambios en los esquemas con la varita.
-Están preparados.- opinó Remus, rascándose la barbilla.- Este curso son los TIMOS y van un poco relajados...el último ejercicio que le pedí a Harry que saliera a la pizarra lo hizo bostezando y jugueteando con la varita.- James se giró hacia Sirius, que se masajeaba la sien.
-¿Tú que opinas?
-Aprobado general.- murmuró Sirius, con los ojos cerrados. James y Remus pusieron los ojos en blanco.
-Más te vale que empieces a planificar también el final de temario para Transformaciones.- le recomendó James a su amigo.- Como no contemples un plan de ejercicios estricto, Christine va a matarte.
-Esa mujer me da miedo.- se quejó Sirius. Miró de reojo a Remus, al que normalmente aquellos comentarios le hacían gracia, pero su amigo no se reía.- No tendría que haber aceptado jamás dar sus clases.- en ese momento, el retrato se abrió y por la puerta entraron Lily y Patricia. Iban muy animadas, comentando algo entre dientes y riéndose por lo bajo. En cuanto Sirius levantó la cabeza y el tic de su frente comenzó a latir más intensamente de dolor, supo que el motivo de su presentimiento estaba a punto de ser desvelado. Alya alzó la cabeza de sus juguetes y corrió a saludar a su madre.
-Con vosotros queríamos hablar.- los señaló Lily. Sirius se incorporó en el sofá y James dejó sobre la mesa los pergaminos.- ¿Dónde está Christine?
-Está descansado, arriba.- las tranquilizó Remus. Le hubiese gustado levantarse y marcharse, pero las miradas de súplica de sus amigos lo contuvieron.
-Mejor.- asintió Patricia, cabeceando afirmativamente.- Ya tiene bastantes disgustos...
-Yo no he hecho nada.- Sirius alzó las manos, de forma defensiva. Lily lo miró, arqueando las cejas, pero fue Patricia la que dio un paso hacia delante.
-Confesad.- les exigió.
-¿Quién de los dos ha sido?- continuó Lily, avanzando otro paso más. Alya bajó de los brazos de su madre y se colocó entre los dos adultos. Sirius la cogió y se la colocó delante, como escudo.
-¿Por qué siempre nos acusáis de todo?- protestó Sirius, mirando a James, en busca de ayuda.- ¿Y por qué deducís que Remus no ha participado?
-Porque Remus no se saltó la Ley en su adolescencia.- soltó Lily como quien no quiere la cosa.
-Ni es un Animago.- la apoyó Patricia, cruzándose de brazos.
-Ni entró en la Sección Prohibida para documentarse...
-¡Pero él fue quien nos sugirió donde encontrar los libros!- protestó Sirius, dándole un codazo a James, que ya veía por donde iban los tiros y se había quedado más blanco que la pared. Remus, que no le había dedicado ni un solo minuto a defenderse, continuó revisando su plan de trabajo.- Moony...
-A mí no me mires, Sirius. No es mi mujer la que me está acusando de nada.
-Y exactamente...¿qué hemos hecho esta vez?- quiso saber James, antes de que Lily le soltase a Remus alguna grosería por lo inoportuna de su respuesta. Ella sabía muy bien que si Christine estuviese en plenas facultades no se quedaría corta en el sermón.
-Confesad.- repitió Patricia.- ¿Los niños se han convertido en animagos?- en ese momento, Alya comenzó a darle pataditas poco disimuladas a su padre y a negar enérgicamente con la cabeza. Aquella fue la señal que las dos mujeres esperaban, como confirmación a sus sospechas.
-No me lo puedo creer.- bufó Lily.
-Lo llevan en la sangre.- se lamentó Patricia.
-¡Y Matt! ¡Con lo joven que es! ¡James, cómo se te ha ocurrido...!
-¡Nosotros no hemos hecho nada!- se defendió James. Y Sirius lo apoyó, moviendo la cabeza afirmativamente.
-¿Son o no son animagos?- rugió su mujer.
-¡No os chivéis!- Alya intentaba taparle la boca a su padre y a su tío al mismo tiempo.
-¡Sirius, vas a dormir en el sofá durante un mes!- lo amenazó Patricia. Sirius se levantó y se arrodilló en el suelo cómicamente, suplicándole a la mujer.
-¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Sí, es verdad, son animagos!- Alya se tapó la cara con una mano, negando con la cabeza, como si su padre la hubiese terminado de pifiar.
-¡Lo sabía!- rugió Patricia. Pareció meditar algo y señaló a Sirius con un dedo, amenazador.- ¡El tigre! ¡El tigre era Ízar! ¡Sirius responde!
-Sí, sí...
-¡Y el animal que vimos el otro día también era uno de ellos!- continuó Lily. James asintió.- ¡Madre mía! ¡Mis hijos...! ¡Mis dos hijos...!
-Y Alan.- masculló Sirius, mirando de reojo a Remus, que se estaba librando de toda la bronca, mientras seguía revisando los papeles.- Es un precioso lobito negro...
-¡Sois unos irresponsables!- rugió Lily, acusándolos con el dedo.- ¡Los tres! ¡Los habéis inducido a...!
-Eh, eh, eh,.- se defendió James, interrumpiéndola.- Menos lobos...ups, perdona, Remus, quiero decir, ¡que fueron ellos solitos los que lo hicieron!- Lily y Patricia se miraron.
-Se van a enterar.- Alya bajó del sofá y movió las manos de forma aparatosa.
-Ui ui ui...la que se va a liar.
Para cuando Alan, Ízar, Harry y Matt subieron a la sala común de sus padres, después de acabar los deberes, sólo estaban allí Lily y Patricia. Los tres hombres se habían llevado a Alya a visitar al profesor Dumbledore, que quería comentarles unas cosas sobre los exámenes. En cuanto Alan cruzó el retrato estuvo a punto de darse la vuelta, pero se chocó contra la frente de Matt.
-¡Auch!
-Vámonos.- les urgió a sus primos.- Notó mucho cabreo por aquí...
-Pasad, pasad.- los animó Lily, levantándose del sofá y cogiendo a Matt por los hombros, que se encogió sobre sí mismo.- No seáis tímidos.
-¿Cuánto de grave es?- le preguntó Ízar a Alan, que miraba atónito a las dos mujeres.
-Esta vez tiene que ser algo serio.- se giró hacia Harry.- ¿Has hecho alguna gorda?
-Fijo que se han enterado de lo de Beaxbauton- les chivó Harry por lo bajinis. A Matt ya lo habían sentado en un sofá y las dos madres, de pie, con los brazos cruzados, lo taladraban con una mirada más típica de Christine.
-Imposible.- negó Alan.
-Sentaos.- los interrumpió Patricia, señalando los lugares libres, al lado de Matt.
-Yo me abro.- les dijo Alan, alzando las manos.- Esto es cosa de madres e hijos y yo tengo que ir a ver a la mía...
-Tú no te mueves de aquí.- Lily lo cogió del brazo, antes de que él desapareciera y lo arrastró a los sofás, sentándolo al lado de Matt, de malas formas.- Seguro que podemos transmitirte una pequeña parte de lo que Christine sentiría en estos momentos...
-Lo dudo.- murmuró Alan, pero se quedó sentado. Patricia había decidido tomar la voz cantante, ya que Lily estaba demasiado furiosa, al tener dos hijos a los que castigar. Y sobretodo muy preocupada de que Matt estuviera implicado y que definitivamente se hubiese dejado poseer por el espíritu merodeador.
-Iremos al grano.- masculló.- Es inútil que lo neguéis porque vuestros queridos merodeadores os han delatado.- los chicos intercambiaron miradas nerviosas. No era posible que sus madres se hubiesen enterado...
-Lo han cantado todo.- corroboró Lily.
-Pero Alya os ha defendido muy bien.- siguió Patricia.- No me puedo creer que hasta la niña lo supiera antes que nosotras...
-Mierda.- masculló Harry.
-Lo saben.- les rebeló Alan, resignado. Había podido echar un vistazo a la mente de sus tías.- ¿Por qué pensamos que no iban a cagarla?
-¡Silencio!- gruñó Lily.- Nos habéis defraudado.
-Y subestimado.
-¡Bueno, bueno, ya vale!- protestó Harry, intentando levantarse, pero Matt le tiró de la manga de la túnica, para que se quedara sentado.- A ver, que no es para tanto. Deberíais estar orgullosas de tener grandes magos en la familia que os puedan proteger si algún día sale algún lunático como Voldemort...
-¡Grandes magos!- gritó Lily.- ¡Criminales más bien!
-¿Qué os creéis que fue la guerra con Voldemort, Harry?- inquirió Patricia, muy enfadada. Un par de pisos por encima, Christine estaba sufriendo las consecuencias de haber desgastado tanto poder para derrotar a Voldemort y los chicos se lo tomaban como si fuera un juego.- ¿Ya se te han olvidado los gritos en tu cabeza? ¿No ves que si no hubiese sido por Christine...?- Patricia se detuvo, al ver la cara que estaba poniendo Alan, pero no redujo su nivel de enfado.
-Lo siento, mamá.- intentó mediar Matt. Lily le devolvió una mirada cargada de reproche.
-No, no lo sientes, Matthew. Ninguno de vosotros lo lamenta.- Lily estaba más enfadada de lo que podía expresar.- Os sentís orgullosos de haber seguido el camino de vuestros padres, sin analizar que ellos cometieron un error cuando tenían quince años y que no justifica que vosotros lo cometáis también. ¡Es un delito, Matt!
-No somos delincuentes.- se defendió Ízar. Estaba encogido sobre el sofá, a lado de Alan y muy afectado por como su madre se estaba tomando las cosas.
-¿Ah, no?- prosiguió Lily.- La Animagia ilegal es un delito. ¡Podríais ir a Azkaban!- los chicos se miraron entre sí y Matt pareció horrorizado ante la idea.- Os podrían quitar la varita para siempre y no podríais volver a realizar magia.
-Habla por los demás.- soltó Alan, con chulería.- Mi magia de arcángel no tiene nada que ver con las leyes...
-¡Basta!- rugió Lily. Alan se quedó ensimismado, sin comprender la reacción desmesurada de su madrina. Lily siempre se había comportado bien con él, era capaz de entenderlo, pero ahora temblaba de rabia junto a Patricia, como si a las dos las hubiera poseído el espíritu de Christine.- Nos habéis decepcionado...- murmuro Lily, ahora a un volumen más bajo.- Estáis castigados...todos.- rebuscó entre su túnica y extrajo una jeringuilla de gran tamaño, que depositó encima de la mesa. Alan, al verla, la miró perplejo.- Durante tres fines de semana se os requisará la varita y no podréis hacer magia...- miró a su ahijado.- Tú tampoco, Alan.- él se puso en pie y la contempló con furia.- ¿Prefieres inyectártela tú o que lo haga yo?
-¡No lo haré!- se rebeló Alan.- ¡Es un golpe bajo! ¡Sabes que mi madre necesita energía!- Lily intercambió una breve mirada con Patricia, que asintió con pesar.
-No veo que te estés ocupando mucho de ella.- le soltó, con desdén.- Haberlo pensado antes. Sabías que estaba embarazada y sabías que le darías un disgusto.
-Esto es distinto.- se defendió Alan, señalando la poción que Snape sabía preparar y que anulaba la magia de un arcángel durante un periodo de tiempo determinado.- Necesito prepararme, ahorrar mucha energía para el momento del parto...de lo contrario...
-Tu madre no quiere que estés en el parto.- lo atajó Patricia, recogiendo la jeringuilla.- Lo dicho, los próximos tres fines de semana no emplearéis la magia. Haréis todas las tareas manualmente, eso incluirá una limpieza exhaustiva de vuestra sala común, de la nuestra y de nuestros respectivos despachos.
-¡Qué abuso!- se quejó Ízar, pero Patricia, que había cogido carrerilla, lo ignoró.
-Se acabaron las salidas nocturnas, con chicas, con amigas, con amigas con derecho a roce...¡todo está prohibido! ¿entendido?- Matt fue el primero en levantarse. Lily lo miró.
-Me has decepcionado mucho. De ti no lo habría esperado nunca...- Harry tiró de la túnica de su hermano y lo arrastró hacia la salida, antes de que se derrumbara ante su madre. Ízar los acompañó, pero Alan se quedó allí de pie, mirando a Lily con unos ojos ardientes, destilando furia y rencor a partes iguales. Su madrina no se amilanó. Conocía lo que la magia de los arcángeles podía afectar en las emociones y Alan parecía haberse envuelto en una capa de hielo y oscuridad.
-Me estás castigando por algo distinto a la animagia.- le reprochó. Lily irguió la cabeza, serena, conservando una calma que no sentía. En los últimos días, su preocupación por Christine había crecido hasta límites insospechados.
-Eres tú el dueño de tus acciones, Alan.- él apretó los puños y la mandíbula.
-Podría ponerse de parto...y...
-Si eso ocurre...de seguro encontrarás el poder que necesitas para salvarla.- Alan se puso por encima la chaqueta y se dirigió hacia el retrato, dispuesto a seguir a sus amigos. Patricia apretó la poción contra sus manos. No sabía si estaban adoptando la mejor solución, pero los chicos necesitaban un castigo y Alan por partida doble. Ambas se sentaron en soledad en los mullidos sillones, a contemplar el crepitar de las llamas, en un silencio sepulcral.
Remus estaba en su habitación corrigiendo unos trabajos de los chicos de séptimo luchando para concentrarse en lo que sus alumnos habían escrito en vez de en el caos de pensamientos y reproches en que se había convertido su cabeza en los últimos días. La puerta se abrió sin que nadie llamara, pero no le hizo falta levantar la cabeza de sus pergaminos para saber quiénes habían sido tan osados de entrar sin llamar.
-Venimos a distraerte un rato.- Sirius se tumbó de forma poco ortodoxa en un sillón que era bastante menos cómodo que el que ellos tenían en casa.
-No me interesa- le dijo Remus con voz cansina. Les agradecía el gesto pero necesitaba estar solo y corregir aquellos trabajos antes de irse a la cama.
-Vamos, Moony, salgamos un rato. – le animó James- Mañana te ayudamos nosotros con esos trabajos.
Sirius negó con la cabeza insistentemente y estuvo a punto de tirarle a James un libro que Remus había dejado allí a medio leer, pero cuando Remus le miró puso cara de inocente y sonrió.
-¡Claro! Te echamos una mano- le dijo con demasiada alegría- Si total yo sólo tengo que corregir sesenta trabajos- murmuró por debajo de cuerda.
La puerta volvió a abrirse sin que nadie llamara dejando entrar a Harry seguido de Matt e Ízar que parecían muy enfadados. El último en entrar fue Alan, con las manos metidas en los bolsillos y mirando la habitación con asco.
-¿Es que nadie sabe lo que es la intimidad en esta familia?- suspiró Remus exasperado.
-¡Aquí estáis!- gritó Ízar ignorando las palabras de Remus y señalando a James y Sirius que se quedaron perplejos.
-¿Cómo habéis podido?- les recriminó Harry.
Sirius se levantó intentando poner cara de inocente y fue a ponerse lo más cerca que pudo de James con la esperanza de que la bronca de su amigo fuese peor que la suya toda vez que James tenía que enfrentarse a sus dos hijos y él sólo a uno.
-Os habéis chivado…- Matt aún no salía de su asombro. Jamás en toda su vida hubiese pensado que alguno de ellos pudiera ser un chivato- ¡A mamá! ¿Sabes la bronca que nos ha caído?
-Y las risas que nos habéis robado- apuntó Alan por detrás como si con él no fuera la historia. Al fin y al cabo su madre aún no sabía nada de que eran animagos, aunque Christine tampoco estaba para ser el objeto de muchas bromas.
-¡No vengáis de ofendidos!- les recriminó Sirius todavía con medio cuerpo detrás de James- ¡Os han pillado!
-¡Torpes, que sois unos torpes!- le dijo James quitándose a Sirius de lo alto.-Nosotros llevamos más de veinte años siendo animagos y no nos ha pillado nadie.
-¡Uy lo que nos ha dicho!- saltó Harry ofendido mirando a sus amigos- ¡Pero si mamá te pilló a la segunda semana de que lo consiguieras!
-Bueno que no cambiéis de tema.- Ízar quitó a Harry que estaba encarándose con su padre y se puso delante para enfrentarse a Sirius que intentaba quedar un poco al margen- Mutti se ha pillado un rebote que no veas y ya puedes estar haciendo algo para que se le pase u os vais a enterar.
-¡Mira el niñato!- le dijo Sirius a James- ¡Se dignan a amenazarnos!
Siguieron un rato discutiendo sobre quién se había chivado y quién había sido tan torpe de dejarse descubrir. Mientras tanto Alan se sentó en la mesa donde su padre estaba corrigiendo y juntos admiraron el espectáculo como si fuera una pelea de gallos
-¿Tu madre también se ha enterado?- le preguntó Remus sin mirarle.
-No- contestó él de igual forma, atentos ahora al numerito que estaban dando Sirius e Ízar, a quienes les estaban agarrando James y Harry respectivamente para que no se abalanzaran el uno sobre el otro.
-¿Estás cuidando de ella?- le volvió a preguntar.
-No- y esta vez sí que le miró a la cara- Yo cuido de la niña. Cuidar de ella es cosa tuya.
-¡No os vamos a guardar un secreto nunca más!- gritó Matt por encima de los otros cuatro contendientes.
Alan resopló y se levantó con resignación.
-Habrá que poner paz- se frotó las manos y lanzó una bola de energía que pasó entre los dos bandos: Sirius y James a su derecha y Harry, Matt e Ízar a su izquierda. Todos se callaron al ver pasar la ráfaga de energía- ¡Al fin un poco de silencio!- Alan se masajeó las sienes. Le dolía la cabeza con tanto enfado y tanto reproche a su alrededor y sobretodo con la melancolía de su padre- Estos la han cagado, de eso no hay duda. Shh, shh,- levantó un dedo para callar los reproches de Sirius- pero lo que hay que hacer es calmar a Lily y a Patricia que están desatadas así que ya podéis ir currándooslo para que nos quiten el castigo que yo paso de estar tres semanas sin salir, que es primavera.
-¿Alguna idea?- le preguntó Matt a James.
-Ahora sí quieres mis ideas ¿no?- le contestó él con sorna, pero Matt puso su trabajada cara de niño bueno y desamparado y James acabó rindiéndose- ¡está bien! Hacedles la pelota.
-¡Eso siempre funciona!- aportó Sirius que seguía mirando con rencor a Ízar.
-¿Algo más?- presionó Ízar todavía muy digno, devolviéndole a su padre la mirada por encima del hombro.
-Es que las técnicas que yo uso para que Patricia me perdone no creo que os sirvan- meditó Sirius.
-¡Vatti, por Merlín! ¡Que nos vas a traumatizar!- le riñó Ízar.
-Será a ti.- murmuró Harry de manera que sólo pudiera oírlo su amigo, pero no por ello se libró de un buen codazo en las costillas.
-¿Por qué no le preparáis una cena y pedís disculpas?- Todos miraron a Remus que era quien había hecho la propuesta, sentado en su escritorio al margen de todo.- Sí, sí, me queréis mucho por ser tan listo y ahora largaos de mi habitación y dejadme solo de una vez.
El viernes después de las clases tuvieron que pasar por la sala común de la torre familiar para hacer entrega de sus varitas, que no les serían devueltas hasta el lunes por la mañana para ir a clase. Christine había hecho acopio de todas sus fuerzas y había arrastrado a Sirius de una oreja hasta su despacho para que le explicara cómo iba a encauzar la recta final de los cursos de quinto y séptimo y James había llevado a Alya a alegrarle un poco la tarde a Remus que no había querido aparecer por allí para no encontrarse con su mujer.
Cuando entraron, Lily y Patricia estaban con los brazos cruzados apoyadas en el respaldo de uno de los sofás. Aun no se les había pasado ni un poquito de su enfado así que los cuatro chicos dejaron a regañadientes su varita encima de la mesa sin decir una palabra. Ízar y Matt intentaron un acercamiento cariñoso, pero cuando fueron a dar un beso a sus madres estás se limitaron a ponerles las mejilla de forma muy distante, así que se dieron la vuelta y dejaron cualquier posibilidad de reconciliación para la cena sorpresa que le iban a preparar.
-Alan, tú no te vayas.- le dijo Patricia al ver que los chicos se marchaban ya por el retrato.
Alan volvió y procuró adoptar su pose más soberbia intentando disimular cualquier sentimiento que tuviera en ese momento, especialmente cuando Patricia le ofreció la inyección que sabía que contenía la poción para quitarle sus poderes como arcángel.
-Debéis estar locas para pensar que voy a dejar que me quitéis mis poderes.- se cruzó de brazos y las retó con la mirada.
-Alan o lo haces por las buenas o lo haces por las malas.- le advirtió Lily que empezaba a tener un tic en la ceja.
-Os diré algo que parece que no entendéis. Yo acepto que me castiguéis a pesar de que ninguna de las dos sea mi madre y no usaré ni mi varita ni mi magia de arcángel. Os doy mi palabra. Pero si alguna de las dos pretende que me quede sin magia cuando mi protegida está a punto de nacer es que no tenéis ni idea de lo que es un arcángel.- Lily tomó aire enfadada, pero Alan con un gesto de la mano paró cualquier cosa que pudiera decirle- Si alguna se atreve a quitarme mi magia, olvidaré quiénes sois, así que ateneos a las consecuencias.
Patricia tuvo que tragar saliva para pasar el nudo que se le había formado en la garganta. Alan se había dejado llevar por su instinto protector y destilaba tanto poder que a punto estuvo de esconderse detrás del sofá, sin embargo Lily hizo de tripas corazón, dio un paso adelante, le agarró por los hombros y le zarandeó
-Jamás en toda tu vida vuelvas a amenazarnos, Alan. Ahora lárgate, pero como uses tu magia para algo que no sea para ayudar a tu madre, yo misma te clavaré esa inyección, por mucho poder que tengas.- Alan se quedó parado mirándola asombrado de que su dulce tía Lily hubiese cogido el testigo de su madre- ¡Fuera!
Más tarde los cuatro chicos se metieron en la cocina de la torre familiar para preparar la cena. Sirius y James, a modo de disculpa se habían comprometido a llevarse a Lily y Patricia de paseo para que no se enteraran con la condición de que se quedaran con Alya. Christine había terminado agotada después de una larga pelea con Sirius sobre el temario de los alumnos de séptimo y Alan sin prácticamente ni mirarla había subido a su habitación para subir sus niveles de energía antes de meterse en la cocina.
-No bajes a la cocina- le dijo antes de salir de la habitación.
-¿Por qué no?- le preguntó Chris suspicaz.
-No lo hagas. Éstos quieren darles una sorpresa a Lily y Patricia.
-¡Ah, está bien!- a juzgar por la cara de Christine aquella noticia no fue sino una decepción más que cargar a su espalda.
Cuando Alan entró en la cocina, Matt se estaba peleando con un libro de recetas y un montón de verduras a su alrededor. Ízar tenía a Alya colgada a su espalda como si fuera un mono tití mientras batía unas claras en un bol enorme. Alya tenía las manos llenas de chocolate y había llenado a su hermano el pelo y la cara.
-¿Y Harry?- preguntó Alan al ver que faltaba el mayor de los Potter.
-Se ha escaqueado- bufó Matt.- Dice que ha ido a por ayuda. Sí, sí, déjate que venga que le voy a meter el calabacín en...
-¡Cómo está el patio!- exclamó Alan divertido- ¿Tú has visto lo que está haciendo ésta con tu pelo?- le preguntó a Ízar que estaba muy concentrado en batir sus claras.
-No me desconcentres que no me suben.-le dijo sin dejar de batir.
Alan y Matt se miraron, asombrados con Ízar que parecía haber sido poseído por el espíritu de Ferran Adrià. Alya sin embargo estaba encantada dejándose mecer por el meneíto de su hermano mientras se lamía alternativamente las manos llenas de chocolate.
-¿Quieres un poquito?- le ofreció a Alan alargándole la mano para que él la chupara.
-Mejor para ti.
La mitad de los cacharros de cocina no los habían usado en su vida, así que Matt y Alan se centraron en uno muy básico: el cuchillo. Cortaron las verduras como indicaba el libro apartándolas en platos sin saber muy bien cómo harían para que todo aquello se terminara convirtiendo en una lasaña.
-¡Ya estoy aquí!
Harry abrió la puerta de golpe y entró encantado de la vida, pero antes de que pudiera dar un paso Matt le tiró un tomate que se estrelló en su cara.
-¿Tú de qué vas, enano?
-¿Dónde estabas?- le gritó Matt hecho una furia.
-He ido a por ayuda- contestó muy sobrado.
Detrás de él entraron Yael y Andrea mirando a ambos lados por si también pudiera caerles un tomate a ellas. Ízar en cuanto vio a Andrea dejó de batir y toda la espuma que había conseguido empezó a deshacerse. Alya que estaba encantada con dejar de ser la única niña en aquella cocina de locos empezó a hacer palmitas con las manos, sin darse cuenta de que al soltarse del cuello de su hermano se podía caer. Yael la cogió justo a tiempo para que no se diera con la cabeza en la mesa y la niña se lo agradeció estampando sus manos chocolateadas en la cara de la chica.
-¿Qué hacéis aquí?- preguntó Alan.
-Son medio muggles- explicó Harry- He buscado a Hermione pero andaba dándose el lote con Ron. Además a Yael le encanta cocinar.
Yael miró la cocina con aprensión. Alan y Matt, ya que no sabían qué más hacer habían cortado tantas verduras como para hacer seis lasañas e Ízar se peleaba otra vez por que sus claras quedaran al punto de nieve después de la interrupción de Andrea.
-A ver, chicos, tenemos que darnos prisa- Yael se remango y sacó unas sartenes- Alan tú la bechamel y la pasta, Matt los entrantes, Harry tú y yo el relleno e Ízar…- todos le miraron muy concentrado salpicando por todas partes- él que siga con su tarta- murmuró.
Cada uno se puso a su tarea. De todos el que salió ganando fue Harry que se dedicó a observar a Yael moverse entre las sartenes y los fogones mientras la abrazaba por la espalda y la distraía dándole besos en el cuello. Matt había encontrado su sitio en la cocina untando paté en panecillos y pinchando anchoas en alcachofas que había sacado de una lata, mientras que Alan que había metido la pasta en un caldero de agua caliente ahora intentaba sacar una bechamel decente, siguiendo los pasos del libro y con Alya colgada a su espalda.
-¿Te puedo ayudar?-Andrea se apoyó en el frigorífico lo más cerca que pudo de Ízar.
-No.- le respondió rotundamente como hacía siempre.
-¿Qué es?- Andrea metió la mano en la mezcla de Ízar que ahora tenía mejor aspecto- Mmmm mousse de limón. No está mal, pero prefiero el chocolate.
-La tarta de chocolate está en el horno.- le dijo más suave sin levantar la cabeza.
-No me refería la tarta.- Andrea le pasó el dedo por una mancha de chocolate que Alya había dejado en la cara de su hermano. –Ízar Black con una rica cobertura de chocolate.- bromeó mientras se mordía el dedo con el que le había acariciado.
Aunque intentó no sonreír al final no pudo más. Sonrió y la miró sin rencor, lo cual era toda una proeza desde que habían roto.
-¡Una sonrisa!- exclamó Andrea acercándose aún más a él- La echaba de menos, así estás más guapo.
Le dio un beso en la mejilla e Ízar dejó de batir sin importarle ya la mousse o cualquier cosa que hubiera a su alrededor. Cualquier cosa salvo Alan. En cuanto Andrea se separó miró buscando a su amigo, pero estaba muy concentrado batiendo la bechamel con Alya haciéndole moñitos en el pelo.
-¡Andrea, la tarta!- le gritó Yael antes de que pudiera acabar carbonizada.
Al cabo de una hora lo tenían todo listo, pero la cocina era un desastre. Había salpicaduras por todas partes, tenían la ropa manchada y el pelo asqueroso, especialmente Alan e Ízar después de cargar con Alya.
-¿Y ahora hay que limpiar todo esto?- suspiró Matt que ya estaba agotado.
-¿Qué habréis hecho para que os quiten la varita?- se rió Yael, a quien Harry sólo le había contado que habían liado una muy gorda y que estaban castigados pero nada más.
-Bueno tú…- Harry se abrazó a ella y empezó a darle besitos en el cuello- podrías hacer algo para arreglarlo.
-Harry, sea lo que sea lo que estás pensando no voy a hacerlo delante de todos éstos.
Harry se sobresaltó y la miró sorprendido. Por un momento ella se había quedado un poco ida con los besos que le estaba dando su novio y también se sorprendió cuando él reaccionó así.
-Sólo quería que limpiaras tú, con tu varita.
-¡Ah, es eso!- dijo sonrojándose mientras se rascaba la nuca.
Andrea y Yael les hicieron el favor de hacer un par de hechizos para que todo quedara recogido y limpio antes de que llegara el resto de la familia.
Después de ducharse subieron a las habitaciones a avisar a sus madres. Alan se negó a subir a por la suya para que bajara a cenar. Él no tenía que pedir perdón por nada así que se sentó en el sofá donde Remus ya estaba esperando con pocas ganas de fiesta. Fue Ízar quien subió a por Chris y para compensar, se metió en la cama con ella y le dio un abrazo hasta que la convenció. Para que Ízar no tuviera que hacer trabajo doble, Matt fue con Alya a avisar a Patricia mientras que Harry dudaba si entrar o no en la habitación de su madre. No la había visto tan enfadada desde que con cinco años se había peleado con Matt y había hecho que le salieran plumas.
La mesa estaba preciosa adornada con candelabros y con las servilletas dobladas en forma de cisne. Por supuesto ese trabajo delicado había corrido a cargo de las chicas mientras ellos se daban codazos de asombro y asentían.
En cuanto Chris se sentó a la mesa, Ízar fue a hacerle la pelota a su madre. La abrazó por la cintura y le dio besos hasta que se ablandó lo cual no era difícil. Harry no era el cariñoso de la familia, así que la labor de besos y abrazos la cogió Matt con gusto que en cuanto soltó a Alya no se despegó de su madre hasta que quitó el gesto enfadado. Alan sin embargo seguía en sus trece, se sentó en su silla habitual y se cruzó de brazos mientras el resto se prodigaban mimos y amor.
Lo malo de cenar en familia tantas veces era que cada uno tenía su sitio adjudicado. Desde hacía dieciséis años las tres parejas se habían sentado uno junto al otro así que cuando Remus se levantó del sofá el único sitio que quedaba libre era el que estaba junto a Christine. Por suerte la comida fue lo suficientemente bulliciosa a cargo de James y de Sirius como para que se notara la tensión entre Remus y Chris. A Lily y Patricia se les había pasado el enfado antes del postre pero todos se guardaron mucho de comentar cualquier cosa delante de Christine, que era la única de la familia que todavía no lo sabía.
-¿Qué es lo que han hecho?- le preguntó a Remus en voz baja.
-No tiene importancia, una chorrada.- le contestó él.
-¿Alan también está metido?- él asintió- ¿Alguien le ha reñido?
-Creo que Lily y Patricia se las han arreglado muy bien con él.- Remus observó la mano de su mujer donde lucía su anillo de boda y sintió deseos de agarrarla con fuerza, sin embargo cuando estaba a punto de hacerlo se paró y la dejó muy cerca de la de ella.- Tú sólo preocúpate de cuidar de ti.
Christine le miró con cariño. Estaba agotada, tenía ojeras y cada vez sentía que su cuerpo y su mente no daban más de sí con aquella situación. Vio la mano de Remus tan cerca de la suya y no se resistió a estirar los dedos y acariciar los de él, con timidez como si tuviera miedo de que él los fuera a retirar, pero lo no lo hizo.
N/A: ¡Hola a todos! Aunque no lo creáis, estamos de vuelta. El verano ha sido complicado para ponernos de acuerdo y sobre todo para sentarnos un rato y poder escribir, pero no os preocupéis porque eso ya pasó. Hemos vuelto con ganas de más y no vamos a retrasarnos mucho.
Esperamos que hayáis pasado unas buenas vacaciones y que "la vuelta al cole" no haya sido muy traumática.
Un beso enorme y nos vemos pronto en el siguiente capítulo.
CONTESTACIÓN DE REVIEWSCeltapotter: Hola! Sí la cosa entre Remus y Chris está un poco tensa, pero esperemos que se arregle pronto. En cuanto a Andrea e Ízar es cierto que deberían haber actuado como dices, pero tiene 15 años y a esa edad se suele meter la pata. De todas formas, Ízar tampoco es un santo. Jejejeje. Besos.
YedraPhoenix: Hola! Lo has leído entero? Muchas gracias! La verdad es que ha pasado tanto tiempo desde que empezamos que nosotras también tuvimos que releerlo para cogerle el hilo. Alya es divertidísima y respecto al parto... a ver qué pasa. Jejejeje. Besos.
KatBlackMoon: Hola! Muchas gracias por leerlo y por el review. La tensión por el parto también nos trae a nosotras de cabeza, a ver si conseguimos que Remus y Chris se arreglen de una vez. En cuanto a Ízar y Andrea... es tan complicado! Y con su edad más, pero a ver cómo evoluciona, aunque lo del orgullo de Ízar no es para descartarlo. Besos.
