Hoy presentamos:

Capítulo 31: La caída de la casa DeNile

Así que deja que sea escrito.
Así que deja que sea hecho.
Mataré al primogénito del faraón
Soy la muerte sigilosa.
James Hetfield

Cabo Calavera, Isla de la Muerte, Protectorado de Costas del Cráneo, miércoles 18 de octubre de 2023. Las húmedas y frías catacumbas del Castillo Rojo son realmente peligrosas en comparación con las de Monster High. Y es que al pertenecer a una construcción de propósitos militares, están llenas de trampas y pasadizos secretos que ya cobraron muchas vidas a lo largo de los siglos. Y aún lo siguen haciendo. Las de Monster High, en cambio, jamás han causado algo más problemático que el extravío de un estudiante despistado que al final encuentra el camino de regreso.

Los niveles bajos del Castillo son el corazón de esta compleja red de túneles, cámaras, celdas de arresto, canales de desagüe, tuberías y pasillos que se extienden por debajo de todo el Cabo Norte y la Ciudad Baja. Llegan incluso hasta el Bosque de las Agujas a través de la Casa de los Espíritus, una antigua mansión construida como casa de veraneo para el Gran Maestre de la Hermandad. Se calcula que las catacumbas de Monster High apenas tienen una extensión total de 175 kilómetros lineales de pasillos, abarcando un área conjunta de casi 150 hectáreas. Las del Castillo Rojo, en cambio, corren por más de mil kilómetros de túneles, y tienen un área combinada de poco más de 110 kilómetros cuadrados.

El día de hoy, estos oscuros y lóbregos pasajes cuyos muros guardan dentro el eco de miles de gritos de lamento, ira, rebeldía y libertad, han vuelto a su antiguo propósito: proporcionar una vía de escape y refugio para los líderes políticos de los monstruos, y una cárcel para los enemigos de éstos. En un cruce de caminos, aguardando enfadadamente algo más interesante que el goteo de los ladrillos del techo, un Medjay exhala un enorme bostezo que deja ver toda la dentadura amarillenta que puebla sus negras fauces. A punto de dejar su lanza recargada en la pared, su cuerpo se estremece y cae al suelo inerte. Las llamas lo consumen completamente desde su costado derecho y lo dejan convertido en un puñado de arena y cenizas en medio del pasillo.

— Gracias por el fuego, Espada — dice Micka al tiempo que acomoda otra flecha llameante en su arco.

Ella, Rochelle y Jinafire avanzan con cautela por el pasillo con sus armas en mano. Jin lleva las espadas mariposa, mientras que su compañera francesa empuña los dos estiletes que hasta hace unos minutos estaban enfundados entre su espalda. Detrás de ellas, un dardo corta el aire enmohecido de las catacumbas y va a estrellarse justo en el ala de la gárgola, quien, al sentir el objeto acercándosele, se cubrió del impacto oportunamente. La chica se gira para ver quién le ha lanzado el ataque y les da aviso a sus amigas:

Filles, tenemos compañía.

Las otras dos muchachas se dan la vuelta para encontrarse con un Medjay acorazado que corre a toda velocidad hacia ellas.

— Yo me encargo. — dice Micka estirando la cuerda de su arco hasta que ésta toca sus labios.

— Déjame ayudarte — le dice Jin. Luego forma una esfera ardiente con su aliento y la clava en la punta de la flecha de la arquera azteca.

Micka suelta la cuerda del arco y la saeta sale con la furia de una estrella llameante. El proyectil vuela por entre todas las celdas y finalmente se estrella en el pecho del monstruo. Una pequeña explosión de humo y chispas lo deja totalmente convertido en polvo dorado que se derrama hacia el interior de algunos de los cubículos de aquel lugar.

En ese momento, la victoria de las chicas es sucedida por el sonido de una voz femenina que grita desde el fondo del pasillo. Las tres corren hacia la dirección desde la que proviene la voz, bajan por una escalera de caracol y salen a otro pasillo de más celdas. El grito sigue sonando y lo único que alcanzan a distinguir son las sombras de aquellos que van bajando por la escalera del otro extremo. Las guerreras arrancan lo más rápido que pueden tratando de llegar a la escalinata del fondo.

— ¡Hey, chicas! — grita Micka al detenerse en mitad del pasaje. — ¡Esperen!

La dragona y la gárgola detienen su carrera y vuelven con su amiga. Adentro de la celda, un hombre tigre de piel blanca a rayas negras y cuerpo grande está sentado en la banca de piedra del fondo. Cuando las chicas se paran frente a la reja de hierro, los ojos de él se levantan y brillan como dos luciérnagas azules desde la parte de atrás de aquel cubículo de ladrillos.

— ¿Tú eres Thor Whitefang? — pregunta Rochelle.

— Sí. — responde él con una voz grave.

— Hemos venido a liberarte. — le indica Jinafire. — Nos envía una amiga nuestra cuyo nombre no te podemos dar por ahora.

— Entonces seguro que Gótica recibió mi mensaje. — contesta el tigre.

— ¿Un momento? — le dice Rochelle — Entonces ¿Sabes de quién estamos hablando?

— Por supuesto que lo sé. — contesta Thor con determinación. — Sé todo el plan de Thlan para destituir a los DeNile, mas algunas otras cosas que a ellos no les gustaría que llegaran a oídos del público. Por eso me tienen aquí.

— Pero creí que nosotras éramos las únicas que sabíamos de la conspiración. — replica Rochelle.

— Mi hermano hizo planes muy grandes. — le aclara Micka. — El problema es que casi nunca te dice lo que tiene planeado hasta que está a punto de llevarlo a cabo.

— Si van a liberarme será mejor que se apresuren. — indica Thor desde dentro de la celda. — Esos desalmados tienen al secretario Huntsman, al gran almirante Cook y a Isis DeNile, la única miembro de la Familia Real Egipcia que puede detenerlos.

— Entonces será mejor que retrocedas un poco. — dice Jinafire al acomodarse junto al pestillo de la reja. — Esto va a arder.

La dragona exhala una pequeña pero poderosa llamarada desde sus labios tintos que pronto comienza a calentar el metal de la reja. El material va enrojeciendo rápidamente hasta adquirir una tonalidad dorada, momento en el que un chorro de chispas áureas se proyecta hacia el interior de la celda. En cuestión de unos cuantos segundos, el pestillo de la verja cede completamente ante el calor de Jin. Ella le da un jalón a la puerta y ésta se abre dejando caer los pedazos de hierro caliente en uno de los charcos del piso, donde el agua se evapora al contacto con el metal.

Prêt. — le dice Rochelle. — Eres hombre libre.

— Será mejor que nos apresuremos. — indica Thor. — Antes de que me trajeran aquí me pareció oír al secretario Ramsés decir que tenía planes de ejecutar al secretario David y al gran almirante y culpar de su muerte a los oficiales de la Marina o a algún manifestante disidente.

Dicho esto, los cuatro salen corriendo rumbo a las escaleras del fondo del pasillo. Necesitan al secretario David para que él tome el liderazgo de la Organización una vez que Ramsés DeNile sea detenido. El gran almirante Cook es una pieza clave en la estrategia que se deberá implementar para liberar a Necrópolis; e Isis DeNile es uno de los testigos más importantes para el juicio que se instaurará contra el secretario monstruo. Los necesitan vivos a los tres.

II

Sin el helicóptero que Ignysse y Spectra derribaron en la bahía, Ramsés y Seti tienen una vía de escape menos. Padre e hijo momia van de un lado a otro en el estrado al frente del graderío de la Gran Sala de Cadáveres como dos leones enjaulados y hambrientos. La Asamblea General de la Organización ya fue evacuada y asegurada en el búnker, por lo que los únicos que quedan ahí son los dos monstruos egipcios. El secretario monstruo va dándole otro trago al licor del vaso de cristal que lleva en la mano cuando un fuerte estruendo se escucha en el frente del recinto. Las puertas de la sala se abren de par en par y a través de ellas caen los cuerpos desmoronados de dos guerreros Medjay. Ambos faraones comenzaron a correr hacia la otra puerta. Un disparo resonó y uno de ellos cayó sobre la alfombra.

— ¡Alto ahí Ramsés! — exclama Mick empuñando su pistola en una mano, y una de sus guadañas retráctiles en la otra.

Seti yace en el suelo, encorvado y sosteniendo su pierna derecha. Un ligero rastro de arena negra le precede. El secretario monstruo se detiene junto a la puerta de al lado, alza las manos y lentamente se da la vuelta.

— Está bien Thlan, me atrapaste. — dice con una sonrisa burlona en lo poco que alcanza a verse de su rostro bajo los vendajes.

— ¿Sólo así nada más? — pregunta Dana totalmente atónita. — ¿Sin trucos ni nada?

— Yo no confiaría en él, Tormenta. — le responde Mick. — Es egipcio. Debe tener aún una trampa bajo la manga.

— En eso tienes razón, Thlan. — responde Ramsés. — Te has adentrado demasiado en la pirámide ¡Ahora tendrás que enfrentar la maldición!

La gran estatua de Anubis que estaba junto a la chimenea del salón comienza a crujir y exhalar polvo y granos de arena. El monstruo de casi seis metros de estatura se desprende de la pared y camina pesadamente sobre las costosas alfombras. Lleva un enorme escudo en su brazo izquierdo, y un arma similar a un cañón en su diestra. Un intenso fulgor rojo emerge de su espalda iluminando todo tras de él. La creatura exhala un poderoso rugido y exhala un aliento desértico y pútrido justo en el rostro del marino azteca.

— Eso es a lo que yo le llamo "aliento de muerto" — dice limpiando su rostro de la saliva del animal.

Asesino apunta su pistola a la cabeza del monstruo y le asesta un par de tiros sólo para descubrir que no ha logrado dañar ni un ápice a su nuevo adversario. En vez de eso, la bestia se repliega en una posición defensiva detrás de su colosal escudo y asoma su cañón por un lado de éste. En el interior de la boca del arma comienza a gestarse un intenso brillo rojo y el aire caliente que sale del orificio distorsiona la luz de detrás de la habitación.

— Diablos… — murmura Asesino justo antes de lanzarse al suelo.

Una gigantesca esfera de fuego sale disparada de aquel cañón y causa una erupción de vidrios rotos y escombros en el exterior de la sala.

— ¡¿Qué demonios fue eso?! — grita Dana tratando de cubrirse del polvo y las chispas.

— ¡No lo sé! — responde el capitán. — ¡Pero tenemos que matarlo dentro del Castillo!

— ¡¿Alguna idea?! — pregunta la chica mientras ambos salen corriendo a ocultarse en uno de los habitáculos contiguos a la sala.

El monstruo se gira levemente y avanza con la lentitud de un viejo tanque, caminando con las piernas flexionadas, replegado detrás de su escudo y preparando un nuevo disparo.

— Ninguna — contesta Mick. — Necesito más tiempo para evaluar al enemigo.

— Creo que es obvio que no podemos enfrentarlo de frente. — replica la marinera al tiempo que sale detrás de su compañero corriendo apenas instantes antes de que una nueva esfera de fuego destruya otra de las vidrieras de la inmensa Sala de Cadáveres.

— Debe tener algún punto débil. — replica el azteca. — Todo enemigo tiene una debilidad.

— La luz roja detrás de él, tal vez sea una pista.

— Necesito verla más de cerca. — indica Asesino. — Parece que hay algo en su espalda, pero no logro distinguir qué.

— Bien, le daré algo de tiempo.

Dana sale corriendo y trata por todos los medios de llamar la atención de la gigantesca bestia hacia ella.

— ¡Hey, pulgoso! — grita la chica disparándole con una de sus pistolas. — ¡Aquí, hijo de perra!

El enorme animal se gira y comienza a andar hacia la joven marinera. Cuando se acerca lo suficiente a ella, levanta su titánico escudo para asestarle un fuerte golpe. El hierro cae estruendosamente y destroza la duela del piso justo a centímetros de los pies de la guerrera, que se había lanzado hacia atrás apenas a tiempo.

Desde el otro lado de la habitación, Mick distingue un enorme medallón rojo incrustado en la base del cuello del gigantesco Medjay. Mientras el monstruo intenta destrabar su escudo de las tablas del piso, el capitán toma su Beretta y le da un par de tiros al medallón. El chacal arquea su espalda y profiere un alarido de dolor cuando el impacto de la bala agrieta el cristal. Con una explosión de polvo y astillas libera su coraza y da un giro violento que derriba las butacas de la sala como si fuesen piedras barridas por una ola en una playa. El marino sale corriendo por detrás de las butacas hacia los vestíbulos del recinto en busca de valiosos segundos que le permitan pensar en una solución.

— ¿Y bien? — le pregunta Dana al encontrarse con él cerca de la entrada. — ¿qué encontró?

— Al parecer su soporte vital es el medallón rojo que lleva en la espalda. — le explica Asesino. — Uno de los dos va a tener que distraerlo mientras el otro intenta alcanzarlo con la espada o algún objeto contundente.

— ¿Cómo? — pregunta la muchacha visiblemente sorprendida. — ¿No consiguió dañarlo con la pistola?

— No lo suficiente. — le aclara el capitán. — Se necesita un golpe más cercano y más fuerte. Un arma que sea capaz de penetrar objetos místicos

El monstruo vuelve a dispararles desde el interior de la sala, perforando la pared del vestíbulo y llenándola de restos de madera y butacas quemadas.

— Se supone que el Castillo está lleno de esas cosas — contesta Dana — Pero todas están en el museo. ¿Dónde vamos a encontrar algo así a esta hora?

— Mi cuchillo… — murmura el marino. — ¡Eso es!

El hombre extrae la afilada daga de obsidiana de su funda de cuero negro y se la muestra a la chica.

— Con este cuchillo — explica — los dioses mataron al Monstruo de la Tierra. No hay forma de que ese bastardo pueda resistirlo.

— Está bien, yo iré a distraerlo de nuevo y usted prepárese.

— ¡Hey, espera! — le ordena Asesino a Tormenta. — Debes hacer que vaya hacia el centro de la sala.

— ¿Para qué?

Otro estallido de fuego abre un nuevo boquete en la pared del recibidor.

— ¡No hay tiempo para explicaciones! — replica el hombre. — ¡Sólo hazlo!

— ¡A la orden, capitán! — exclama Dana al salir corriendo por la única puerta que queda en pie.

La muchacha corre y usa los últimos dos cartuchos de su pistola para llamar la atención del Medjay gigante. Éste comienza a caminar hacia ella derribando las butacas de la sala cual tren descarrilado. La marinera baja los suaves escalones del graderío lo más rápido que puede. Detrás de ella, el monstruo ruge y arremete contra todo lo que le bloquea el camino. Ya casi llegando a la parte de abajo, uno de los escombros hace que Dana pierda el equilibrio y caiga de bruces. La bestia se detiene apenas frente a ella y levanta su escudo en el aire para darle el golpe de gracia. Conociendo perfectamente la posición de su enemigo por los sonidos y el olor, la mujer del mar ya sólo puede cubrirse la cabeza y esperar lo peor.

El Medjay da un fuerte jalón a su coraza de hierro para acabar con su desafortunada presa, pero algo se lo impide. Hala una y otra vez, pero no consigue hacer que caiga.

— ¡Tormenta! — grita Mick desde la entrada al salón. — ¡Corre!

Ella se voltea rápidamente y descubre que el escudo del monstruo está atorado en la majestuosa lámpara de araña que cuelga del centro de la Sala de Cadáveres. Se pone de pie lo más de prisa que puede y sale corriendo hacia el estrado. Del otro lado del lugar, Mick corre en dirección a su enemigo con el cuchillo negro en su derecha.

— Mientras más grandes son… — se dice para sus adentros mientras ve al chacal gigante luchar por liberarse.

Se acerca y de un salto logra apenas esquivar el brazo encañonado de aquella fiera. Trepa con dificultad por su amplia espalda y alcanza por fin el medallón.

—… Más ruido hacen al caer.

El cristal rojo se fractura rápidamente. Su fulgor escarlata moja una tercera parte de la Gran Sala cuando el puñal negro se hunde justo en su centro. En un último y doloroso esfuerzo, el Medjay usa toda la energía que le queda para liberar su escudo de la lámpara. Un terrible ruido estremece todo el Castillo y una nube de polvo sale por las ventanas y las puertas del edificio como el humo de una chimenea. Desde las calles aledañas se puede ver el nimbo teñido por las luces doradas de la ciudad, e incluso se escucha el crepitar que brota junto con él. En la Sala de Cadáveres los segundos pasan lentamente y Dana no tiene ni la menor idea de qué es lo que está pasando.

Cuando las partículas de escombros se disipan en el ambiente, el cataclismo que acaba de ocurrir se hace evidente. El Medjay no ha querido irse solo al inframundo. El estirón que le dio a la lámpara de araña para liberarse ante la desesperación de su próxima muerte hizo caer todo el cielo raso de la sala. El techo ha quedado como un cadáver sin rostro. Los cables de la iluminación chispean desde las alturas, dejando caer diminutas gotas de luz sobre la enorme montaña de escombros que lo inunda todo.

Dana está completamente impactada por lo que pasó. Desde su posición en el centro del estrado no logra ver ni al capitán ni al monstruo. La noche ya ha cobijado a la ciudad de afuera, y con las lámparas de la sala formando parte de los escombros, la única luz que entra al recinto es la que se cuela a través de los boquetes que dejó el cañón del Medjay gigante. Abbey está parada en el umbral de la entrada, su sombra proyectada sobre la pila de cascajo. Justo iba entrando cuando Mick hundió el cuchillo en el monstruo. Ella está igual o aún más conmocionada por lo ocurrido. Con sus manos saca el cristal de crionita de debajo de sus ropas y usa su brillo índigo para guiarse por entre los fragmentos del techo, como si buscara sobrevivientes en los restos flotantes de un naufragio. El capitán Mick Thlan ha sido como un maestro para ella desde sus inicios en la Armada durante la Batalla de Costas del Cráneo, así que debe encontrarlo a como dé lugar. A él o a su cuerpo.

III

En el núcleo del complejo sistema de catacumbas de la Ciudad Baja se encuentra el Pozo de los Condenados, una caverna situada bajo el acantilado donde se asienta el Castillo Rojo. Ésta es la boca de un canal natural cuyo extremo opuesto se abre al noreste del Cabo Norte en un lugar conocido como El Revolcadero, a 20 km de la capital. En su interior habitan diversos monstruos marinos de gran importancia para el ecosistema de la isla. Al canal se le llamó de esta manera debido a que en su interior eran vertidos los cadáveres de aquellos que eran ejecutados y no reclamados por ningún familiar o amigo. La fuerte corriente de vacío que se crea durante los cambios de marea hace que sea imposible bucear en él, por lo que ningún objeto que caiga en su interior puede ser recuperado sino hasta que sale del otro lado. Algunas hipótesis de geólogos y marinos dictan que el Pozo pudiera estar también conectado con la Bahía del Cráneo, pues se necesita una combinación de dos flujos para producir el vórtice giratorio que se genera dentro de él. No obstante, esto no ha podido ser comprobado, puesto que ninguno de los equipos automáticos de exploración que han sido enviados al Pozo ha regresado entero.

Con el cambio de marea del crepúsculo, el Pozo ruge con la furia de una bestia hambrienta y furiosa. El agua salada del mar gira violentamente en sentido anti horario, sacudiendo la roca del acantilado y haciéndola temblar levemente. La increíble resistencia a la erosión del material que conforma el acantilado ha fascinado e intrigado a geólogos de todo el mundo, quienes aún discuten acerca de cómo es que esta formación rocosa ha resistido miles de años de corrientes violentas, e incluso la colocación de un castillo en su cima.

Alrededor de la negra boca del pozo, la brisa salada irrita los ojos y produce un molesto picor en la nariz. No está permitido el acceso al público en esta área del Castillo, y la entrada al personal científico sólo puede aprobarse con reservación anticipada; no obstante, hoy hay personas en este lugar.

El fuego de las antorchas tiembla y se contorsiona por el aliento salado del monstruo bajo el Castillo, convirtiendo las sombras de las estalactitas de la cámara en espectros silentes que corren por las paredes y el techo de la enorme cámara. La boca del Pozo tiene al menos cuarenta metros de diámetro y hay treinta metros desde su borde hasta donde el agua toca las paredes. La caverna es tan alta que su techo se pierde en la lejana oscuridad, de la que emergen espadas de roca sólida y murciélagos.

En uno de los bordes de Pozo, precedidos por una explanada cubierta por ladrillos, un grupo de Medjay tiene presos al secretario humano David Huntsman, el gran almirante John Cook y la doctora Isis DeNile. Están acompañados por otros monstruos vestidos con traje formal que sobre las solapas llevan el símbolo del Ojo de Horus.

— Muy bien, acabemos con esto. — dice uno de ellos encañonando al gran almirante.

Los dos caminan hacia el borde del pozo. El aliento de la bestia mueve levemente la cabellera blanca del oficial, que ya fue despojado de todo su armamento. Al otro lado de la explanada, Thor, Jin, Micka y Rochelle llegan caminando con el mayor silencio posible, y se ocultan tras una habitación anexa al pasillo para vigilar a través de una ventana.

— Ahí están. — señala Thor con su garra.

— ¿Quiénes son esos monstruos? — pregunta Rochelle al ver a los hombres de traje.

— Seguramente deben ser los guardaespaldas de Ramsés. — contesta el felino.

— Pero ¿qué no esos son los Medjay? — pregunta la dragona.

— No, ya no. — aclara Thor. — Los Medjay no saben usar las armas modernas, así que ahora son sólo sirvientes. Ramsés necesitaba protección moderna, así que contrató a monstruos que supieran usar armas de fuego y tácticas de combate actuales.

— Seguramente son ellos los que están gaseando a los manifestantes — comenta Micka.

Frente a ellos, Cook está parado al borde del abismo, viendo toda su vida y su carrera militar pasar frente a sus ojos. En ese momento recuerda un dicho mencionado por el capitán Mick Thlan, y decide que no puede permitirse el rendirse sin pelear.

— Prefiero morir de pie… — susurra para sus adentros. — ¡Que vivir arrodillado!

Con un esfuerzo característico de las especies monstruosas, el gran almirante rompe la cadena que une a las esposas y se gira para asestarle un buen golpe en el estómago a su secuestrador. El otro dispara su arma al aire y se enfrasca en un violento forcejeo por la posesión del arma. Los dos pelean al borde del abismo, que ruge desde abajo como un león en espera de su alimento.

Aprovechando la confusión, Micka dispara una flecha desde su atalaya y derriba al monstruo que tenía encañonada a Isis. Ella sale corriendo al ver a su captor caer al suelo y se pierde entre unas formaciones rocosas. Otro de los guardaespaldas abre fuego hacia donde corrió la fugitiva, pero ninguna de sus balas hace blanco.

— ¡Es ahora o nunca! — grita Rochelle empuñando la pistola antigua que Dana le prestó.

Micka y Jinafire salen detrás de ella y abren fuego contra el resto de los guardaespaldas con los cañones que llevan ocultos cada una en su mano izquierda. Ninguno de ellos logra disparar sus armas antes de ser alcanzado por las balas de las guerreras. Rochelle recibe tres descargas en el abdomen y se detiene por un instante para mirar hacia abajo. Su contrincante cree que ya la ha vencido, pero en lugar de ello se encuentra con una sonrisa burlona que le dice que la gárgola no ha sufrido un ápice el impacto de los proyectiles en su piel de piedra.

Mientras tanto, John Cook y el otro guardaespaldas siguen peleando por la pistola. Ambos parecen estar muy bien entrenados, pues hasta ahora el combate no parece favorecer a ninguno de los dos. El guardia finalmente consigue derribar al gran almirante, pero éste no cede y lo hace caer junto con él.

— No seré yo quien se vaya hoy al infierno. — dice Cook al tiempo que acerca a su adversario al borde del Pozo.

Con los guardaespaldas neutralizados, los únicos enemigos que quedan son los Medjay. Sólo quedan cuatro de ellos, por lo que Thor deja atrás su escondite y toma una de las cimitarras que yacen sobre la arena.

Espada se lanza al ataque empuñando la legendaria Jian. La lanza del chacal al que se enfrenta se mueve como una serpiente tratando de morder a su presa. La dragona le saca astillas al asta del arma y usa el fuego de sus labios para replegar a su contrincante. Un descuido ha hecho que la afilada hoja de acero que empuña Jin corte de tajo la primera mitad de la lanza. Ella patea esta sección y todo lo que le queda al Medjay para luchar es un simple bastón de madera con el que poco puede hacer contra un arma de metal. Una espectacular estocada le arranca el madero de las manos al monstruo y lo deja justo al borde del abismo. Jinafire pone la punta de su espada en el cuello de su oponente y detiene toda su ofensiva. Éste la mira con unos ojos completamente inexpresivos y las manos en alto. Da un paso hacia atrás y se deja caer al abismo convertido en un soplo de arena dorada.

Rochelle, a su vez, se enfrenta a un Medjay armado sólo con una cimitarra curva. La espada de la gárgola canta y echa chispas con el eufórico combate. El chacal ve cómo su espacio se reduce entre la pared de roca y la explanada, así que sopla una nube de arena directo a los ojos de la francesa. Ella se repliega y con sus manos intenta aclarar su vista. Su contrincante, mientras tanto, alza su sable y da una contundente estocada en el hombro de la chica. Un crujido metálico se escucha y un objeto brillante sale despedido. El monstruo mira con cuidado su sable y descubre que ahora sólo tiene una fracción de arma. Rochelle sonríe discretamente ante la sorpresa de su contrincante, sólo para apuñalarlo con su espada un segundo después.

Micka y Thor están juntos en un combate de parejas. La azteca se mueve rápidamente, intercambiando de adversario con su compañero felino. Éste responde bastante bien para ser un detective, puesto que el entrenamiento de combate que reciben ellos está más enfocado al dominio de las armas de fuego que al combate con armas blancas.

Tras una cadena de movimientos e intercambio de golpes, Flecha y Whitefang han quedado espalda con espalda, cada uno defendiéndose de su respectivo contrincante. Llega un momento en que estos últimos se repliegan un poco, sin dejar de amenazar a la azteca y al felino.

— ¿Tienes alguna idea? — le pregunta Micka a su compañero.

— Bueno, se me ocurre algo — contesta él. — Lo vi en una película, así que no sé si funcionará.

— Cualquier cosa es mejor que nada. — replica ella.

— Ok, cuando yo te diga — indica Thor — saltas lo más alto que puedas.

Los dos Medjay emprenden una carrera hacia sus enemigos, con sus sables apuntando hacia el frente.

— ¡Ahora!

Micka y Thor dan un salto que los deja unidos en el aire, espalda con espalda. Ambos extienden sus piernas y les asestan una contundente patada en el rostro a los dos chacales. Éstos caen aturdidos por el golpe y se quedan sin tiempo para defenderse de las armas de la azteca y el hombre tigre. El fuego los consume y de ellos sólo queda un montón de arena.

Mientras tanto, John Cook y el último guardaespaldas siguen enfrascados en la pelea por la pistola. El gran almirante tiene a su enemigo de espaldas contra el barandal. Ya casi ha conseguido quitarle el arma; y entonces, una detonación resuena por encima del rugido del remolino. El esbirro cae por detrás del barandal hacia el vórtice acuático, mientras que el marino se derrumba de espaldas sobre los ladrillos del piso.

Jinafire, Rochelle y Micka corren hacia él, seguidas de cerca por Thor.

— ¡Almirante! — exclama Flecha al ver el color rojo que tiñe la pierna del marino.

— Pero ¿qué pasó? — pregunta Jinafire al llegar hasta el oficial. — Creí que ese sujeto sólo traía un arma.

— Al parecer no. — susurra el gran almirante.

— Equipo: — indica Micka por el comunicador de su muñeca derecha — solicito evacuación médica en el Pozo de los Condenados. El gran almirante está herido. ¿Alguien me recibe?

Mientras la chica espera una respuesta, Isis DeNile y David Huntsman salen de sus escondites entre las rocas de la cueva y se acercan al cuerpo del oficial.

— ¿Dónde está la herida? — pregunta la mujer.

— Aquí. — señala Micka.

— Si el Castillo aún está en poder de Ramsés no podrán venir a evacuarlo. — apunta Isis. — Tendremos que atenderlo aquí.

— Pero no tengo nada qué ponerle. — replica Flecha.

— Creo que yo sí. — responde la egipcia.

Ella saca un frasco de vidrio rojo del pequeño bolso que llevaba en el costado y lo abre con cuidado. Vierte un poco de su contenido sobre la herida del almirante y luego comienza a musitar unas extrañas palabras. Sus manos se mueven en círculos sobre el lugar donde impactó la bala y un extraño brillo dorado parece salir de ahí. El gran almirante Cook cierra los ojos por un momento y luego vuelve a abrirlos al sentir que su dolor se ha ido.

— Gracias. — le dice a Isis luego de enderezarse sobre el piso de la caverna.

— Vayámonos de este maldito lugar. — dice el secretario Huntsman ayudando al oficial a levantarse.

Los siete caminan hacia la salida de la cámara, rumbo a la superficie. Cuando al fin dejan atrás el estruendo del Pozo de los Condenados, otro ruido fuerte resuena en el auricular de las chicas.

— ¡¿Qué fue eso?! ¡Alguien, responda! — dice Flecha por el micrófono, como presintiendo lo ocurrido. — ¡Asesino! ¡¿Alguien me escucha?!

IV

Las partículas de polvo de asbesto y cemento trazan el camino de los rayos de luz amarillenta que entran por las vidrieras rotas y los agujeros dejados por el ardiente brazo del Medjay en las paredes de la gran Sala de Cadáveres. Abbey ha escalado poco a poco la montaña de escombros que yace sobre las gradas buscando algún indicio de vida con la luz de su collar de crionita azul. Apenas va llegando al centro del montículo cuando Robecca, Spectra e Ignysse aparecen en la entrada, atraídas por la nube de polvo y el estruendo.

— ¡Espíritu de Lorentz! — exclama la fantasma al ver los restos del cielo raso. — ¡¿Pero qué pasó aquí?!

— El techo se cayó — explica Dana mientras sostiene a Seti DeNile, quien está esposado en el suelo.

— ¡¿Pero por qué?! — pregunta Robecca adentrándose al recinto.

— ¡No haber tiempo para explicaciones! — grita Abbey desde su lugar. — ¡Asesino está aquí abajo! ¡Tenemos que sacarlo! ¡Ayúdenme!

Tras oír estas palabras, las chicas se ponen manos a la obra. El semblante de Ignysse cambia a uno de profunda preocupación. Es ella la primera en alcanzar el monte de escombros, y la que cava con más vigor. Se ha quitado la capucha para que la fría luz azul que mana de su cabello y su rostro sirva de faro guía a sus compañeras de equipo. Con gran desespero arroja fragmentos de falso techo hacia los bordes de la gigantesca cámara, y la intensidad de su luminiscencia fluctúa como la de una vela que tiembla de nervios ante el ataque del viento.

Al quitar una placa de yeso de grandes dimensiones, Abbey descubre un intenso brillo rojo que emerge de debajo de los escombros. Un intenso calor comienza a subir por el mismo camino óptico de aquella luz y ella salta hacia atrás y les hace la advertencia a sus amigas:

— ¡Todas atrás! ¡Chacal seguir vivo!

Las guerreras apenas consiguen librarse de la violenta erupción que hace temblar la cámara entera. Fragmentos de mampostería fundida y techo requemado vuelan por los aires, alumbrados por el macabro brillo rojo. Todo lo que ha subido vuelve a caer y sólo queda aquella luz escarlata en el centro del montículo. El polvo se arremolina en espirales sobre el haz, danzando al ritmo de los leves crujidos que salen de entre los escombros. Abbey y el resto del equipo apuntan sus armas de fuego hacia el lugar en espera del enemigo.

— ¡Alto! — prorrumpe Abbey al ver lo que emerge del pozo.

Una mano se alza en medio de los escombros, recortada contra la luz carmesí. Sostiene un cuchillo largo, pero de proporciones humanas. Ignysse reconoce de inmediato aquella mano y corre directamente hacia ella. La toma con las dos suyas y comienza a tirar de la extremidad para sacar de debajo el cuerpo al que le corresponde. Abbey sube inmediatamente detrás de ella y entre las dos sacan a un hombre cubierto totalmente del polvo blanco del yeso. En su izquierda trae el cañón que estaba en la derecha del Medjay. Al ser liberado totalmente de su prisión de escombros, Asesino abalanza el arma y la arroja contra el estrado donde solían reunirse los directivos de la asamblea. El cilindro de piedra cae con un sordo estampido sobre el piso de duela, apenas a unos metros de Dana y Seti, y poco a poco va perdiendo para el brillo de su boca. El hombre inhala profundamente el aire empolvado de la sala y mira por una de las ventanas. Ignysse, parada a su lado, aún no le suelta la mano. Lo llama tocándole el hombro, mirándolo con un gesto de ligera preocupación.

— Tranquila. — le dice él devolviéndole la mirada y hablándole en tono un poco más cálido de lo habitual. — Estoy bien.

Ella suelta su mano y le dedica una leve sonrisa. Robecca observa a ambos mientras sube por los escombros. Le da un poco de curiosidad la manera en que él se dirigió a ella. Hasta ese momento, la mecánica sólo lo había escuchado usar esa entonación al dirigirse a su hermana.

— Asesino: — le dice Robecca acercándose — ¿Todo bien?

— Sí. — responde él con un leve acceso de tos. — ¿Y Ramsés?

— Perdimos al rey de oros, señor. — informa Dana tras dejar a su prisionero a cargo de Spectra.

— Diablos… — murmura el capitán, luego, toma el comunicador de su muñeca: — Electra ¿ven algo en las cámaras de seguridad?

Se escucha un leve ruido estático, y luego nada.

— Yo hablo. — se adelanta Abbey. — Electra ¿Ven a Ramsés en cámaras de seguridad?

— Sí — responde Frankie del otro lado de la línea — Por lo que vemos en el plano virtual, se dirige hacia el búnker.

— Entonces hay que correr. — apunta Mick al oír la indicación en su auricular, lo único que quedó medianamente servible de su dispositivo de comunicación. — Si llega al búnker antes que nosotros será imposible entrar en él.

— ¡Yo ir por él! — dice Abbey apenas un segundo antes de salir corriendo.

La montañesa avanza con paso firme y apresurado por entre los laberínticos pasillos del Castillo Rojo. Extrañamente, no hay guardias Medjay en su camino. Al parecer todos ellos están tratando de contener el avance de la infantería de marina en el perímetro de la ciudadela o perecieron ante las armas de sus compañeras de equipo. Abbey ha salido al cruce de un largo corredor, en cuyo extremo opuesto una pesada puerta de acero se está cerrando. Toma su pistola y efectúa un par de disparos que no hacen más que sacarle chispas al metal de la puerta. La yeti llega hasta aquella entrada y la golpea con disgusto al verla completamente bloqueada.

— Maldito… — se dice para sus adentros. — ¡Ramsés entró al búnker! ¡No pude alcanzarle!

— Hijo de… — dice el capitán del equipo. — Ahora será imposible sacarlo de ahí.

— Entonces lo obligaremos a salir. — dice una voz femenina a través de los auriculares.

— Espada ¿tienes alguna idea? — pregunta Asesino usando el micrófono de la mano de Ignysse.

— El Castillo tiene un sistema contra incendios ¿no? — objeta Jinafire a través del auricular.

— Sí. — contesta Spectra. — Hasta donde yo sé tiene dos circuitos: uno de agua y otro de gas. Creo que usa dióxido de carbono o algo así.

— ¿Por dónde está distribuido cada circuito? — pregunta la dragona.

— El de agua está en las plantas superiores, — responde Jackson por el radio. — pero el búnker cuenta con ambos.

— Perfecto. — celebra Espada. — Si mis deducciones son correctas, Ramsés respira aire, al igual que Cleo y Nefera. Si logramos inundar el búnker con el gas del sistema contra incendios, no le quedará más remedio que salir a respirar.

— Un momento Espada. — interrumpe Mick. — Los miembros de la Asamblea también están en el búnker. Si hacemos eso los mataremos a todos.

"No lo creo." responde Ghoulia con un gemido casi indescifrable "No pude abrir la puerta principal del búnker, pero Azul me ayudó con unos números y logré cerrar varias de las puertas internas y aislar a nuestro objetivo en una de las salas inferiores de ese lugar. Podemos inundar de gas sólo esa cámara y obligarlo a salir."

— Perfecto. Háganlo. — ordena el capitán. — Electra: manténganos al tanto de la ubicación del blanco. El búnker tiene muchas salidas. Debemos saber exactamente por cual de todas ellas tratará de escapar.

"Sólo tiene un par de opciones" aclara la zombi. "Tomar el camino hacia el Pozo de los Condenados o salir hacia el muelle bajo el acantilado."

— Pues no se diga más. — indica Mick. — Llenen esa cámara ¡ahora! — luego, se dirige a Abbey por el comunicador. — ¡Svetta: tú eres la que está más cerca de esa puerta! ¡Ve por él, ya!

Adentro del búnker, Ramsés aguarda sentado en un sillón de la sala donde quedó atrapado. Su asistente aún prueba cada una de las tarjetas de acceso que tiene, intentando abrir al menos una de las puertas de esa habitación. De pronto, una serie de pequeñas piezas cilíndricas de acero salen del techo y comienzan a emitir un gas blanco. El vapor pronto llena todo el cuarto y hace toser incontroladamente a sus ocupantes. Víctima de la desesperación, el secretario monstruo le arrebata una de las tarjetas a su asistente y lo deja encerrado en esa cámara de gas.

Mientras tanto, Abbey corre velozmente por encima de un largo pasillo alfombrado. Mientras va acercándose a la puerta del final va desenredando la cuerda que lleva alrededor del cuerpo y comienza a hacer girar el gancho de tres picos de la punta. Al final del corredor sale a la parte superior de la muralla que cuelga sobre las rocas del acantilado. Sin disminuir ni un ápice su velocidad, la montañesa salta majestuosamente por encima de la baranda superior del muro directo hacia las rocas. Gira su cuerpo y lanza el gancho y la cuerda hacia la parte superior de la muralla. El garfio da vueltas alrededor del poste de una luminaria y se afianza firmemente de él. Abbey le da un fuerte tirón a la cuerda que sale del otro lado del descensor de rappel que lleva enganchado a su arnés de escalada y con ello frena su caída. Sus piernas amortiguan su aterrizaje en las rocas y comienza su descenso.

Pero la oscuridad reina en el peñón del Castillo Rojo. A pesar de su buena visión nocturna, la montañesa no puede distinguir el contorno de las rocas ahora que la noche se ha cernido sobre el Cabo. Es entonces cuando una clara luz índigo brilla junto a ella y le ilumina su camino con una intensidad mayor que la de la más bella luna de octubre.

La yeti sabe que no tiene tiempo para indagar quién o qué le ha traído esa guía luminosa, así que reemprende su descenso. Saltando y balanceándose de roca en roca, de saliente en saliente, la chica domina el acantilado con la gracia de una cabra montesa. Apenas ha cubierto poco más de un sexto del camino cuando la cuerda se le acaba. No hay manera de soltar el gancho que amarró en lo alto de la muralla que se yergue más de cincuenta metros por encima de su cabeza, así que el resto del camino lo debe hacer como todos sus antepasados: a mano, sin cuerda ni malla de seguridad.

Abbey desamarra la soga del descensor, se apoya sobre una saliente y entonces encuentra la fuente de la luz que la guía: las manos de Ignysse, que flotan a unos diez metros de ella sobre las aguas de la bahía. La montañesa le alza el pulgar a su compañera, ésta le responde el gesto, y entonces reanuda su camino.

En las faldas del acantilado, oculto a la entrada de una cueva, hay un raquítico muelle de madera en el que espera una ostentosa lancha rápida. Corriendo por sobre las tablas de madera viene Ramsés DeNile acompañado de tres Medjay. Dos de ellos van detrás de él, mientras que el tercero corre en su frente. Van apenas llegando a la lancha cuando algo cae sobre su amo. Éste se precipita al suelo con un grito ahogado, y sus sirvientes inmediatamente despliegan sus cimitarras para repeler al agresor. Con la hoja oculta que lleva en su brazo derecho rozando la garganta de Ramsés, Abbey lo obliga a ponerse de pie.

— ¡Abajo armas! — ordena la yeti.

Los tres chacales se quedan atónitos ante la escena. El secretario monstruo exhala un leve quejido cuando el acero se presiona aún más contra su cuello.

— ¡Abajo armas! — vuelve a ordenar Abbey. — ¡Ahora!

Los segundos pasan y cada uno se estira hasta su límite. Ignysse observa la escena parada en una de las estrellas de concreto que protegen la base del acantilado del embate de las olas. Tras unos minutos de extrema tensión, los Medjay parecen por fin ceder ante las peticiones de Svetta a favor de la vida de su señor.

— Asesino: — informa la montañesa por el comunicador — tengo al rey de oros.

— Perfecto Svetta. — responde él. — Nos vemos en la Sala de las Ánimas. Gótica va para allá para ayudarte con eso.

— Entendido. — contesta Abbey, luego, se dirige a Ramsés: — Andando, monstruo.

El hombre se queja pero accede a cooperar. Ignysse camina detrás de ellos, amenazando a los Medjay con el fuego de sus manos. Al final del entarimado del muelle, en la entrada a las catacumbas, Spectra los espera con un par de esposas en la mano.

— Ramsés DeNile: — le indica al ponérselas. — Está usted detenido por violaciones múltiples a los estatutos de los Tratados de Transilvania. Tiene derecho a guardar silencio. Si no lo hace, todo lo que diga será usado en su contra durante un proceso judicial. También tiene derecho a un abogado. Si no tiene uno, la Corte se lo proporcionará. Por último, tiene derecho a una única llamada telefónica.

— ¡No saben con quién se han metido! — vocifera el hombre momia cuando las esposas se cierran en sus muñecas. — ¡Soy un DeNile! ¡Pertenezco a la familia monstruo más poderosa del mundo! ¡Jamás podrán ganarme! ¡Jamás!

— Eso ya lo veremos. — le dice Abbey.

Minutos más tarde, el grupo llega con el prisionero a la Sala de las Ánimas. Ahí ya los esperan Mick, Micka, Jinafire, Rochelle, Robecca y Dana. En el lugar se encuentran también el gran almirante John Cook y el secretario humano David Huntsman, pero no hay nada de Isis DeNile. Están también varios oficiales de la Armada resguardando las puertas de la sala, mientras que el resto de los Medjay aguardan impacientemente frente a los cañones de los fusiles de la infantería de marina. Un vehículo blindado de la Armada se ha llevado a Seti DeNile al Hospital de Las Agujas para que le atiendan la herida que Mick le hizo en la rodilla.

Al ver llegar al resto de su equipo, Asesino se levanta de su lugar y va hasta ellos. Dos oficiales del Ejército esperan para llevar al egipcio a su centro de detención, pero son interrumpidos por el capitán Thlan.

— Un momento, señores. — dice al tomar al secretario monstruo del brazo. — Me parece que este hombre tiene algo que me pertenece.

Los soldados le miran algo perplejos, pero acceden a su petición. Mick entonces gira a Ramsés y toma el anillo de oro[1] que lleva en el índice derecho.

— ¡Eso no es tuyo, ladrón! — exclama el prisionero mientras se mueve para tratar de impedir que el capitán le quite el anillo.

— Claro que lo es. — replica Mick al sacar la joya de la mano del mandatario.

En el preciso momento en que la sortija abandona el dedo del hombre momia, los cuerpos de los Medjay que aguardan afuera de la sala comienzan a llenarse de fisuras. El color de sus vestimentas se desvanece y la arena sale por sus grietas como la sangre a través de las heridas de un hombre. Exhalan un clamor tremebundo al tiempo que la erosión degrada sus cuerpos. Y no solo los Medjay que están afuera de la sala sucumben ante la misteriosa infección.

Los de las murallas del Castillo que vigilan el horizonte; los de las calles circundantes que miran las bocas de los cañones de los marinos; los que están en la Mansión DeNile, lo mismo cuidando los alrededores que preparando la cena en la cocina; los que aguardan en el yate la próxima visita de su amo; e incluso aquellos que se han quedado en El Cairo en la residencia oficial de los DeNile. Todos van lentamente desvaneciéndose y desintegrándose hasta que de ellos no queda nada más que montones de arena que anegan todos los lugares que alguna vez dominaron.

Veni, vidi, vici.[2] — le dice Mick a Ramsés.

Derrotado por completo, el monstruo tiembla de rabia y rencor. No se explica cómo es que Thlan pudo quitarle el anillo. Los legendarios Papiros dicen que sólo aquel en cuyas venas corra la sangre de los dioses podrá poseerlo, y hasta donde él sabe, el capitán no tiene vínculo sanguíneo alguno con ninguna familia real de ninguna parte del mundo. Lo que Ramsés sí recuerda es que la sortija le había estado molestando en los últimos días; y según los Papiros, esa no es una buena señal para un rey.

Mick guarda la sortija en su bolsillo tras examinar levemente la piedra azul que está incrustada frente a los diminutos caballos, para después darles da una última orden a los soldados:

— Llévenselo, señores.

Notas del autor:

1.-El Anillo de Ramsés II, conocido también como "Anillo con Caballos", perteneció al faraón egipcio Ramsés II (1303-1213 a.C.) y se exhibe de forma permanente en el Museo del Louvre desde 1827. Fue donado a dicha institución por Mehmet Alí (1769-1849), valí de Egipto.

2.- Veni, vidi, vici es una locución latina empleada por el general y cónsul romano Julio César en el año 47 a. C. al dirigirse al Senado romano, describiendo su victoria reciente sobre Farnaces II del Ponto en la Batalla de Zela. Significa: "Vine, vi y vencí".

3.-Banda Sonora Original: Creeping Death, Metallica, Ride The Lightning

Er Deivi: pues hasta aquí llegó Ramsés, pero aún quedan Vasiliev y su ejército. Vamos a ver cómo les va a Abbey y a Dana en los siguientes capítulos. Sí, desde que conocí a Abbey, yo siempre me la he imaginado como una auténtica guerrera, a ella y al pueblo yeti.