Capítulo 35: Fin del juego
La nube se disipó y apareció el álter ego de Cyrus, portando en su brazo aquella escalofriante arma. La cadena de cuchillas había crecido como por arte de magia.
El rostro del Príncipe Oscuro mostraba una expresión de ira contenida que estaba a punto de explotar. Malik y Farah estaban preocupados, pues no se movía de su posición. Parecía una estatua. A la Princesa le aterrorizaba ver a Cyrus transformado en aquel monstruo sin sentimientos.
Malik, en cambio, se mostraba precavido. Sabía que su hermano sentía envidia por su posición en la Familia Real, por sus logros, y sobre todo, sentía una grave envidia que se transformaba en locura por haberle robado a quien él daba por hecho que sería su esposa cuando todo acabase.
Con cuidado, se había aferrado a Farah y la había llevado tras él, por si el Príncipe Oscuro atacaba. Pero no se había movido. El Grifo comenzaba a alejarse y si no lo detenían, Kaileena correría grave peligro.
De pronto, el Príncipe Oscuro abrió los ojos, mostrando su siniestro color dorado. Miró brevemente hacia la posición de Malik y Farah, y rápidamente se giró hacia el Grifo, que se alejaba hacia las montañas.
Con un rápido movimiento, lanzó la cadena hacia el enorme animal, enganchándola en la punta de su cola, que al tener un armazón que la protegía, impidió que sintiera la presión de las cuchillas. El Príncipe Oscuro se vio arrastrado por la fuerza del animal, que lo llevaba en volandas hacia las paredes rocosas de las imponentes montañas.
Aquellas cordilleras separaban a la ciudad de Babilonia del árido desierto. Era una zona llena de barrancos, suelos que se desmoronaban y caminos peligrosos. Era muy peligroso adentrarse en ellas en solitario, pues los caminos eran antiguos y era posible quedar sepultado si había un derrumbamiento.
El escenario era toda una prueba de supervivencia para cualquier persona normal que osase adentrarse en él. Pero, ¿para el Príncipe Oscuro? No … Él no era alguien normal. Haciendo uso de su mejorada agilidad, se fue apoyando en las paredes rocosas por las que iba adentrándose el Grifo para balancearse y así, poco a poco, acercarse más a él.
Kaileena continuaba forcejeando con el Cuervo, pero en su situación, siendo amenazada con la Daga del Tiempo y maniatada, todo esfuerzo parecía inútil.
¡¿Qué pretendes hacer Cuervo? – Le preguntó a gritos. - ¡¿Adónde me llevas?
¡Lejos de tus nuevos amigos! Así podré acabar con tu patética existencia sin interrupciones. – La tumbó delante de él sobre el Grifo, como si de una presa cazada se tratase y la obligó a mirar abajo. - ¡Pero observa! ¡Disfruta del paisaje! Porque cuando acabe contigo, esto pasará a ser un montón de arena …
No … - Pensó. Miró triste al vacío que había bajo ellos y, de pronto, vio a alguien colgado de una cadena. Con sólo verle un nombre se le vino a la cabeza. – Cyrus …
Estaban llegando a un estrechamiento. Era la oportunidad del Príncipe Oscuro. Si aprovechaba las paredes al máximo, podría subir hasta su objetivo sin que el Grifo se percatara de que estaba colgado de él. Y así, cogió impulso, soltó la cadena, corrió de pared en pared tan rápido como le permitieron las piernas y, de un lanzamiento perfecto, enganchó la cadena en uno de los cuernos de la bestia alada.
De pronto, ante los ojos del Cuervo, apareció el Príncipe Oscuro, sobrevolando la cabeza del Grifo, y cayendo sobre él.
¡Hazle volver! – Ordenó amenazante. - ¡Regresa al Templo!
¡Jamás!
De una patada, se lo quitó de encima. Comenzaron a forcejear el uno con el otro a lomos del Grifo, que iba descontrolado. Kaileena, mientras tanto, luchaba por agarrarse al animal para no caer al vacío.
¡Maldita rata! – Masculló el Príncipe Oscuro, golpeando a su oponente.
¡Vos no sois mejor que yo! – Respondió él con el mismo gesto.
¡Yo no le he arrebatado todo lo que le pertenecía por derecho propio! ¡Le ofrecí una segunda oportunidad!
Y aprovechasteis esa segunda oportunidad para traicionarla y apresarla … - El Príncipe Oscuro se colocó sobre él y acercó la cadena a su cuello. – Asumid la verdad … ¡Sois tan traidor como lo he sido yo!
¡Eso no es cierto! – El Príncipe Oscuro se enfurecía más y más.
¿Y qué hay de la Princesa? Peleáis con vuestro hermano por ella … - Se rió. – Admitidlo, Kaileena no os importa. Lo que ella sienta por vos no os importa. Nunca os ha importado. Habéis jugado con sus sentimientos como lo hice yo.
El Príncipe Oscuro apartó la vista de su enemigo y miró a Kaileena. Les estaba mirando. Aquella reacción por parte de él parecía una confirmación a lo que el Cuervo le había dicho. Cyrus sabía que no era así. Quería disculparse, pero su orgullo seguía impidiéndoselo.
Arrepentido, apartó la mirada de ella, pensando en las palabras del Cuervo. Su risa le hizo volver en sí.
Decidme, ¿qué pretendéis hacer con ella si al final sobrevive? – Le preguntó riéndose a carcajadas.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. El Príncipe Oscuro se dispuso a acabar con la vida de aquel traidor. Pero cuando iba a degollarle con la cadena de cuchillas, el Grifo hizo un movimiento brusco que casi los tiró de él.
Kaileena comenzó a resbalar poco a poco, incapaz de seguir agarrándose. Sus gritos alertaron al Príncipe Oscuro, que vio como sus intentos por seguir sobre el Grifo eran inútiles.
¡Kaileena! – Gritó al tiempo que saltaba y la sujetaba justo a tiempo. - ¡Aguanta!
No podía creer lo que veía. El Príncipe Oscuro le había salvado la vida. Aquello no era normal. Sin embargo, le hacía pensar que, al menos, a Cyrus si le importase, aunque sólo fuera un poco.
El Cuervo apareció detrás de Cyrus, Daga en mano, dispuesto a darle el golpe de gracia. Kaileena advirtió sus intenciones y alertó al Príncipe Oscuro.
¡Cyrus! – Le gritó. – Detrás de ti.
Al esquivar el ataque del Cuervo, éste clavó la Daga por error en el Grifo, hiriéndolo. El animal comenzó a retorcerse en el aire, rugiendo en la agonía. Había perdido el control y aleteaba las alas sin sincronización alguna.
El Cuervo, siendo consciente de la situación, se transformó en su forma animal y voló lejos de allí, abandonando a Kaileena y al Príncipe Oscuro sobre la criatura descontrolada.
Kaileena logró subir de nuevo al animal con la ayuda del Príncipe Oscuro. Tenían que hacerle aterrizar antes de que se desvaneciese en Arena. Sin embargo, el Grifo estaba completamente descontrolado y se chocaba con todo aquello con lo que se cruzaba, sin poder esquivarlo. Poco a poco, se iba debilitando aún más.
¡Haz que aterrice! – Le dijo el Príncipe Oscuro.
¡¿Cómo?
¡Ordénaselo! ¡¿No lo tenías amaestrado?
¡Ya no me obedece! Solo hace lo que el Cuervo le dice.
Pues si no logramos hacer que aterrice, caeremos con él.
¡Mira! ¡Allí hay una explanada! – Le dijo, señalando hacia el lugar. - ¡Llévalo hacia allí!
¡¿Cómo pretendes que haga eso?
¡Usa la cadena! ¡Dirígelo con ella!
El Príncipe Oscuro miró la cadena, pensando en un modo de utilizarña som dañar más al Grifo. Una idea le vino a la cabeza y rodeó ambos cuernos del animal con ella, tomando el control sobre la trayectoria de vuelo.
El Grifo parecía obedecer, pero, de pronto, su cuerpo comenzó a volverse dorado. Se estaba convirtiendo en Arena. Por más que intentó hacerle llegar a su objetivo, el Príncipe Oscuro no consiguió hacerle llegar, y antes de que se dieran cuenta se estaban precipitando al vacío.
No podían permanecer más tiempo sobre él. Si lo hacían, se estrellarían contra el suelo y sus probabilidades de supervivencia serían nulas.
¡Hay que saltar!
¡¿Estás loco? ¡Nos mataremos!
¿Prefieres quedarte sobre él? – Kaileena no respondió. - ¡Agárrate!
El Príncipe Oscuro la acercó a su cuerpo, rodeándola con el brazo. Kaileena se aferró con fuerza a él. Entonces, separó la cadena de los cuernos del Grifo y saltaron.
Por más que lo intentaba, el Príncipe Oscuro no lograba enganchar la cadena a algún sitio. El suelo estaba cada vez más cerca y sus oportunidades de salvarse se desvanecían.
De pronto, se presentó ante ellos su salvación. En un ensanchamiento del camino que bordeaba la montaña había un árbol pegado al borde. No parecía muy robusto, pero era su única oportunidad y la iba a dejar escapar.
Cuando llegaron a su altura, el Príncipe Oscuro lanzó la cadena, que rodeó al árbol, clavando sus cuchillas en él. Entonces vino lo realmente duro. Al tensarse la cadena, ésta tiró de ellos hacia el muro de piedra. El árbol resistió, pero el impacto contra la pared fue tremendo.
El Príncipe Oscuro fue el que recibió la mayor parte de la fuerza del golpe, dejándolo desorientado y débil. Kaileena seguía aferrada a él con todas sus fuerzas. Estaba temblando. Había visto a la muerte muy de cerca. Si no hubiese sido por él, aún estaría cayendo hacia el fondo del cañón.
Estamos vivos … - Dijo, aún sin creerlo.
Tenemos que subir. – Contestó él, dolorido. – No sé cuánto podré aguantar así.
El brillo dorado de las marcas que recorrían el cuerpo del Príncipe Oscuro comenzaba a apagarse. Estaba demasiado débil. En su estado le sería imposible escalar hasta el camino que había sobre ellos.
Aunque era peligroso y quizás no funcionase, Kaileena decidió arriesgarse y, sujetando al Príncipe con fuerza, invocó lo poco que le quedaba de sus poderes. Una nube de Arena apareció a su alrededor y, al momento, estaban tumbados en el borde del camino.
Aquello la debilitó considerablemente. Ya era un gran esfuerzo teletransportarse a sí misma en su estado, por lo que llevar a otra persona más era, simplemente, exhaustivo.
Ambos respiraban con dificultad, tirados en el suelo, tratando de recuperarse de aquella experiencia tan peligrosamente cercana a la muerte.
¿Estamos a salvo? – Preguntó él, mirando al cielo.
Si. – Respondió ella, reprimiendo el dolor de las marcas de sus brazos, que le ardían más que nunca.
Entonces … ya puedo cambiar de forma.
Conforme decía aquellas palabras, Cyrus volvió en sí, recuperando su forma original. Kaileena lo miró sorprendida. Había regresado a su forma humana sin necesidad de agua. Cyrus se levantó y fue hacia ella, que seguía en el suelo, mirándole con los ojos muy abiertos.
¿Cómo has hecho eso?
¿El qué?
¡Revertir el efecto de las Arenas por ti mismo, sin agua!
No lo sé …
Has logrado controlar al monstruo de Arena que llevas dentro… ¡¿Pero cómo?
También me transformé por voluntad propia. – Al decir esto, Kaileena le miró aún más confusa. – Sabía que no lograría alcanzar al Grifo así. De haberlo intentado, probablemente no hubiera llegado a tiempo y el Cuervo te habría matado.
¿Me estás diciendo que el deseo de rescatarme te motivó para controlar los efectos de las Arenas del Tiempo sobre tu cuerpo?
Di mejor el deber de salvarte … - Le contestó muy serio, tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse. – Si mueres, todo lo que conozco se transformará en Arena. Ya experimenté eso una vez.
Claro … - Respondió decepcionada. – Proteges a tu Reino …
¿Puedes caminar?
Creo que sí.
Kaileena dio un paso, pero sus piernas no le respondían y tropezó torpemente. Cyrus la agarró a tiempo para que no cayese al suelo, y, al hacerlo, vio las marcas de sus brazos. Pasó la mano sobre ellas, analizándolas. Estaban tatuadas en su piel. Kaileena le miraba con seriedad. Sus actos contradecían sus palabras constantemente, y se preguntaba cuando aclararía sus ideas.
Aún recordaba la primera vez que vio esas marcas, cuando empezaron a brotarle. Kaileena se había desmayado por culpa de una visión y él la había encontrado tirada en la bodega del barco, inconsciente. Desde entonces sus poderes se fueron reduciendo sin razón alguna.
Apartó la mirada de sus brazos y miró sus manos. Las tenía sujetadas con las suyas. Ella no ponía resistencia alguna. Cuando alzó la vista y la miró a los ojos, ella le estaba mirando. Aquellos ojos no tenían la maldad reflejada que tenían en la Isla del Tiempo.
Una disculpa, sólo una disculpa. Eso lo solucionaría todo. Pero su orgullo seguía ahí. Cyrus estaba inmerso en un mar de dudas del que jamás saldría. Sin embargo, no era el único con dudas.
¿Por qué me salvaste del Dahaka?
¿Qué? – La pregunta le pilló por sorpresa.
¿Por qué me rescataste? Pudiste dejarme morir allí. Esto no habría ocurrido.
No lo sé …
¿No lo sabes?
Yo … - Suspiró.- No vi al monstruo que narraban las Leyendas. Vi a una mujer que estaba en la misma situación que yo. Si el Dahaka había sido liberado por mi culpa, no tenías que pagar por ello.
¿Y qué ves ahora?
Las consecuencias del monstruo en el que me he convertido yo. – Cyrus apartó la mirada, avergonzado. – Será mejor que caminemos … Ya hablaremos cuando esto acabe.
Si es que acaba …
Kaileena comenzó a caminar a paso ligero camino abajo. Cyrus la siguió, sin querer levantar la vista del suelo, dándole vueltas a todo lo sucedido. ¿Merecía Kaileena realmente pasar un mal rato recordando todo por lo que la había hecho pasar para hablar de ello? No cambiaría nada.
¿De qué serviría una disculpa? Disculparse no borraría las cicatrices que le habían provocado sus torturadores. Cada vez confiaba menos en lo que había leído en su diario. Pero mantenía la esperanza de estar en lo cierto, no por hacer quedar a Kaileena como la mala, sino para que todo lo que le había hecho no fuera por un simple error.
Sus errores ya le habían salido demasiado caros. Había perdido a seres queridos, amigos, gente de confianza que le apoyaba en todo momento. Había perdido su lugar en el seno de su propia Familia.
Cyrus volvió en sí. No era momento para pensar en lo ocurrido. Tenía que tener las ideas claras o perdería aquella batalla. Kaileena estaba lejos de él. Tenía que acelerar el paso.
¡Kaileena! Espera. – Le dijo, corriendo hacia ella mientras ella se acercaba a una curva del camino.
Vamos, ¡tenemos que regresar rápido al templo!
A pesar de estar herida, aún era rápida corriendo. Cyrus se fue acercando con rapidez. Sin embargo, aquella carrera se vio interrumpida al doblar la esquina de aquel camino. Tras aquella curva tan peliaguda, Kaileena chocó con algo, y Cyrus, que tampoco lo vio a tiempo como para esquivarlo, chocó con ella y cayó al suelo de la inercia.
Kaileena permanecía de pie, apoyada en lo que le había cortado el paso. Pero el dolor del golpe no era lo único que sentía. Un fuerte dolor en el costado que se adentraba hacia sus entrañas, a la altura del ombligo. La boca le sabía a sangre y notaba que algo líquido y tibio resbalaba por su pierna hacia el suelo.
Al mirar sobre lo que estaba apoyada, sus temores se confirmaron. Era el Cuervo. No necesitó descender la mirada hacia su cuerpo para saber por qué sentía ese dolor. La expresión de la cara del Cuervo lo decía todo, y la suya propia, con los ojos abiertos a más no poder, la boca levemente abierta, pálida y temblando como si hubiera visto un fantasma, dejaban claro que el dolor que sentía era la Daga del Tiempo, que se había abierto paso a través de su piel, sus músculos y órganos vitales, derramando su sangre.
El Cuervo sacó la Daga y empujó a Kaileena, haciéndola caer sobre Cyrus. Al caer, quedó abrazada a él. Aunque para ella aquellos segundos habían sido eternos, lo que Cyrus vio ocurrió demasiado deprisa. Kaileena no se movía, y aquello no le gustaba.
¿Kaileena? – La llamó. A pesar de que su cabeza estaba apoyada en el arco que formaba su hombro y su cuello, no le contestó. Alarmado, colocó una mano en su cuerpo y la sacudió un poco. - ¡¿Kaileena? ¡Responde!
Seguía sin contestarle. Podía notar su respiración, pero no a un ritmo normal. Entonces, al tratar de quitársela de encima, notó que su mano se mojaba con un líquido. Al mirársela, vio que era sangre y el mundo se le vino encima.
No … - Nervioso, se levantó y examinó a Kaileena, temiendo lo peor. Sus sospechas se confirmaron al ver la herida, que ella trataba de taponar con la mano para frenar la hemorragia. - ¡No! – Se decía al verla en tan deplorable estado, agonizando en sus brazos.
Cyrus no sabía qué hacer. La herida era profunda a juzgar por cómo sangraba. Kaileena necesitaba atención médica urgentemente. Pero estaban en mitad de una montaña, lejos de la ciudad. El verla en sus brazos, con la respiración entrecortada, la mano en la herida, sangrando y agonizando, le estaba volviendo loco.
A sus espaldas, el Cuervo se reía, sosteniendo la Daga manchada con la sangre de Kaileena en sus manos. Finalmente, había logrado lo que venía buscando. Cyrus se giró hacia él y lo vio allí, triunfante, regocijándose de su hazaña.
Tú … - Le dijo. Enfurecido, dejó a Kaileena en el suelo y se levantó lentamente. – Tú … Malnacido … ¡Vas a pagar por esto!
Gritando, lleno de ira, Cyrus se lanzó sobre el Cuervo. Pero éste desapareció, haciéndole caer al suelo. Aquello sólo le enfurecía más. Se levantó y, al darse la vuelta, vio que estaba detrás de él. Había usado el mismo poder que Kaileena empleaba para esquivar sus ataques, cambiando constantemente de lugar.
Cyrus ya tenía experiencia con esa magia y sabía abordarla. El siguiente intento que empleó el Cuervo para aparecer tras él y atacarle fue evitado por Cyrus, quien se giró rápidamente y comenzó a forcejear con él para arrebatarle la Daga del Tiempo.
Si lo hería con ella, sería su fin. Pero el Cuervo sabía eso también y no se lo pondría fácil. Antes de que se hiciera con la Daga, se transformó en decenas de cuervos y comenzaron a revolotear. Cayeron en picado sobre Cyrus, impidiéndole ver o moverse. Los picotazos y arañazos le iban reduciendo poco a poco. Lo único que podía hacer era cubrirse con los brazos.
Farah y Malik llegaron corriendo desde el Templo. Al llegar a aquella parte del camino, lo primero que vieron fue a Cyrus tratando de recuperar su posición, rodeado por un grupo muy numerosos de cuervos.
Oh no … - Murmuró Farah.
El Cuervo le tiene atrapado. ¡Maldición! – Masculló Malik.
¿Qué podemos hacer?
Un momento … - Dijo, observando con detenimiento. - ¿Ves aquel cuervo? El que tiene la Daga. ¡Dispara a ese!
Malik, se mueve demasiado rápido. No podré darle.
¡Tú inténtalo! El que lleva la Daga tiene que ser el original.
Farah siguió al cuervo que Malik le señaló con la flecha y disparó. No llegó a darle, pero bastó para que dejara caer la Daga al suelo. Al advertir su presencia allí, regresó a su forma humana y avanzó hacia ellos, dejando a Cyrus atrás, aturdido en el suelo.
Permanece al margen. – Ordenó Malik a Farah, poniéndose delante de ella.
Malik, no podrás con él tú solo.
Puede que no pueda con él. Pero podré ganar algo de tiempo para que Cyrus se recupere. – Le respondió. – Ve con él y ayúdale.
Pero Malik …
¡Haz lo que te digo, Farah! Sólo él sabe cómo derrotarle.
Farah, aunque no quería separarse de Malik, acató sus órdenes. El Cuervo desenvainó su espada, la afamada en la Isla "Kerena". Malik hizo lo mismo y se acercó a él, en guardia.
Ambos guerreros empezaron a luchar, cosa que Farah aprovechó para acercarse a Cyrus. Sin embargo, el Cuervo la vio y usó sus poderes para lanzarla por los aires. La joven Princesa aterrizó rodando por el suelo, más allá de la posición de Cyrus.
¡Maldito bastardo! – Insultó Malik, enfurecido al ver lo que le había hecho. - ¡Te haré pagar!
Farah, al recuperarse, vio que estaba sobre un charco de sangre. En un principio se aterró, pensando que estaba herida. Pero al darse cuenta de que estaba perfectamente, siguió la sangre hasta dar con el cuerpo de Kaileena, a quien no había visto antes por la bandada de Cuervos que cubría todo.
¡Kaileena! – Se acercó a ella y trató de reanimarla. - ¡¿Qué te han hecho? ¡Responde!
La Daga … - Dijo ella, sin poder hablar casi. – Tenéis que … quitarle la Daga.
¿La Daga?
Farah se giró y miró en dirección hacia donde estaban Malik y el Cuervo. La Daga estaba tirada en el suelo y él estaba distraído. Era su oportunidad. Corrió hacia ella, pero justo cuando la cogió, sintió una fuerte presión en el cuello que tiró de ella hacia arriba, sosteniéndola en el aire.
Frente a ella apareció el Cuervo, mirándola fijamente. Él era quién la tenía suspendida en el aire, agarrada por el cuello, apretando y cortándole, en parte, la respiración.
¡Soltadla! – Le ordenó Malik, corriendo hacia él.
¡Un paso más y separo su cabeza del resto del cuerpo! – Amenazó y, luego, se giró de nuevo hacia ella. – Bien, Princesita, dame la Daga del Tiempo.
No …
Vamos … - Insistió, apretando. – No me hagas estrangularte delante de tus dos amiguitos. Sé una buena chica y dame la Daga. – Ella negó con la cabeza, agotando su paciencia. - ¡Dame esa Daga!
En lugar de darle la Daga, Farah arriesgó su vida y lanzó la Daga lejos de él. Cyrus, que estaba recuperado, la vio volar y corrió hacia ella. El Cuervo, dispuesto a hacerse con ella, tiró a Farah al suelo y siguió el arma tan rápido como pudo, calculando su lugar de caída para teletransportarse hasta allí antes que su oponente.
Malik también corrió hacia el lugar. Si podía evitar que fuera él quien cogiese la Daga, haría lo que fuese. Los tres se lanzaron hacia ella.
Farah puso una flecha en su arco, apuntó, e ignorando el tremendo dolor que sentía en su brazo, disparó sin reparo alguno. La flecha impactó en la espalda del Cuervo, deteniéndole en su carrera hacia la Daga. Cyrus se hizo finalmente con ella, y de un salto, se tiró sobre él y la clavó en su corazón.
Una luz emanó de la herida del Cuervo iluminándolo todo. Malik apartó a Cyrus de allí. Farah, desde su posición, se cubrió, sin saber qué estaba pasando.
Tras varios segundos cegados por aquella extraña luz, todo volvió a la normalidad. El Cuervo ya no estaba. Todo había acabado. Cyrus respiró aliviado. Pero su alivio fue sólo hasta que escuchó la voz de Farah.
Kaileena …
Farah se había arrodillado junto a ella. Malik ayudó a Cyrus a levantarse y ambos corrieron hacia las dos mujeres. Cyrus se arrodilló y tomó a Kaileena en sus brazos, sujetándola con fuerza. Farah y Malik se pusieron frente a él, al otro lado de Kaileena.
Estaba muy débil. Había perdido mucha sangre y apenas podía hablar. Cyrus sostuvo su mano, que a pesar de querer aferrarse a la suya, apenas tenía fuerzas para hacerlo.
Kaileena … - Cyrus no sabía que decir. Estaba bloqueado.
¿Habéis … matado al Cuervo? – Preguntó con voz débil.
Sí. – Le respondió él con voz temblona. – Está muerto. Tranquila … - Cyrus no podía verla en aquel estado. Se estaba desesperando. – Dioses, esto es mi culpa …
Cyrus, me habría apuñalado de todos modos …
No, tendría que haber ido yo delante para asegurarme de que no había peligro. ¡Podría haber evitado esto!
Pero está hecho … Ya no hay vuelta atrás. – Kaileena contuvo el dolor que incrementaba por momentos. – Esto no se puede deshacer.
¡No! Tiene que haber una forma de frenar la hemorragia. – Miró a Farah. – Farah, tú has curado muchas heridas. ¿No puedes hacer nada?
La herida es muy profunda, Cyrus. – Decía ella, a punto de llorar. – Yo no puedo hacer nada. Necesita un médico.
Entonces debemos buscar ayuda … - Sugirió él, presa de la desesperación.
Cyrus, estamos demasiado lejos de la ciudad. – Malik no quería quitarle las esperanzas a Cyrus, pero la cruda realidad era aquella. – No llegaríamos a tiempo …
¡¿Y pretendes que nos quedemos aquí esperando a que muera? ¡Tenemos que intentarlo! – Se dispuso a cogerla y salir corriendo, pero ella le detuvo.
Espera … - Le dijo, mirando a lo lejos. Alguien se acercaba.
¿Quién es ese? – Preguntó Malik, llevando su mano hacia la empuñadura de su espada.
Ormazd … - Respondió ella, girando la cabeza hacia el cuerpo de Cyrus, sabiendo lo que venía buscando. – Viene a por mí …
¡¿Qué? – Los tres se quedaron perplejos.
No, ni hablar. – Negó Cyrus. – No lo permitiré.
No intentes detenerle …
¡No pienso dejar que te lleve!
Ormazd apareció frente a ellos. Al ver su rostro, numerosos recuerdos asaltaron la mente de Cyrus, quien no daba crédito a lo que veía.
No es posible … ¡Sois el Visir! – Le dijo.
¿Sorprendido? – Ormazd se rio al escuchar sus palabras. - ¿Acaso creíais que todo lo que os ha ocurrido relacionado con las Arenas fue fortuito? Todo estaba escrito. Vos erais el elegido para liberar a Kaileena de la oscuridad que la rodeaba. Pero nuestros planes se torcieron cuando leísteis aquel diario.
No puede ser … - Cyrus no quería creerlo.
Ormazd, ¿a qué has venido? – Preguntó Kaileena, sabiendo la respuesta.
A cumplir lo que has estado rogando durante siglos. Voy a poner fin a tu vida en este mundo.
¡No! ¡Esperad! – Interrumpió Cyrus. – No la matéis.
¿Es realmente necesario que muera? – Preguntó Malik. - ¿No hay otra posibilidad?
Es lo único que se puede hacer. – Contestó el Gran Dios.
Pero Ormazd … - Kaileena comenzaba a tener dificultades para respirar mínimamente. – No estoy lista para abandonar este mundo.
Eso no depende de ti, Kaileena. – Le respondió. – Además, hace unos días, tras tu "presentación en sociedad", volviste a suplicar que acabase con tu vida.
¡¿Qué? – Cyrus se estaba desmoronando.
Pero las cosas han cambiado … - Insistía ella. – Estos humanos …
Sé tu relación con estos humanos.
Ormazd, por favor … - Suplicó Cyrus. – No la matéis. Yo cuidaré de ella. ¡Me haré responsable de su recuperación!
Aunque la dejara vivir, no sobreviviría. – Sentenció él. – No en su estado. Haberlo pensado dos veces antes de atreveros a torturar a una Diosa.
Cyrus no pudo responder ante semejante acusación. Sabía que no era el más indicado para pedirle a Ormazd que la dejara vivir. Derrotado, descendió la mirada, cruzándose con la de Kaileena, pero la evitó y miró al suelo.
Kaileena, si tienes algo que decir a estos humanos antes de que te libere de este cuerpo, ahora es el momento.
Kaileena le miró con tristeza, manteniendo la leve esperanza de que cambiase de opinión. Pero no iba a hacerlo. Al menos le había permitido despedirse, que ya era más de lo que merecía.
Farah, has sido la única que ha logrado evitar que me volviese loca en algunos momentos … Ojalá nuestra relación hubiera podido durar más tiempo y llegar a eso que los humanos llamáis "amistad".
Para mí ya lo es. – Le dijo sonriendo mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Aquella respuesta provocó una sonrisa en Kaileena también. – Buena suerte …
Malik, gracias por haberme defendido, a pesar de no conocerme, y haberme juzgado justamente. Serás un gran Rey.
Gracias. – Respondió él, colocando su mano sobre su hombro. – Pase lo que pase, y vaya a donde vaya tu alma, jamás te olvidaremos.
Cyrus … - Se quedó en silencio. Él la miraba expectante, lleno de tristeza. No sabía qué decirle a él. Suspiró y optó por una despedida simple. – Adiós …
Malik y Farah se miraron al escuchar las palabras que le dedicó a Cyrus. A pesar de su simplicidad, era una despedida fría y dura. Cyrus se sintió herido. Tampoco respondió.
Llegó el momento de ponerle fin a su sufrimiento. Ormazd iba a absorber la vida de Kaileena.
La Daga. – Ordenó.
Cyrus se hizo el sordo y no quiso dársela. Malik, que no deseaba que hubiera más peleas, se la quitó de un tirón y se la entregó al Dios. Cyrus ni siquiera estaba mirando.
En manos de Ormazd, la Daga comenzó a brillar. Decidido, acercó su hoja al pecho de Kaileena, mientras ella le miraba con miedo y con la respiración más acelerada. Le atravesó el corazón con ella. No sangró. En lugar de eso, una luz idéntica a la que mostró el Cuervo emanó de esa herida provocada con la mística arma.
En aquel momento, la mano de Kaileena que Cyrus sostenía se aferró con fuerza a él, haciéndole mirar. Kaileena contenía la respiración y miraba al vacío mientras la Daga del Tiempo absorbía sus fuerzas.
Poco a poco, fue cerrando los ojos, exhalando su último suspiro. Cuando Ormazd desapareció, Kaileena yacía muerta. Su mano había dejado de hacer esfuerzos y su rostro, por primera vez en muchos días, la mostraba en paz.
Farah se apoyó en Malik, llorando, buscando su consuelo. Él le respondió abrazándola, y aunque se mostraba sereno, la pérdida de Kaileena le dolía.
A Cyrus no le importó en aquel momento que Malik abrazase a Farah. No le quitaba el ojo de encima al cadáver de Kaileena. La había perdido. Pero no era eso lo que más le dolía. No. Lo que verdaderamente le destrozó el corazón fue que su cuerpo no se transformó en las Arenas del Tiempo, verificando lo que ella había estado alegando desde que la apresó. Se había redimido por sus actos. Él se había equivocado. Y ahora, jamás podría disculparse.
Ha salvado su alma … - Dijo, alzando la vista hacia las nubes.
Malik y Farah le imitaron. La batalla había terminado. Finalmente, Kaileena demostró su inocencia, pero para ello había tenido que perder la vida. Fue un precio alto. Ahora, los tres se preguntaban qué habría sido de ella. ¿Dónde estaría en aquel momento?
