─ Escucha Ryu ─ Rabí estaba muy serio y a pesar del terrible dolor de cabeza podía comprender que había algo detrás de la mirada de su nakama. Al mover los ojos hacia izquierda, vio a Mitty. Ella traía una expresión más profunda y sentida que la de su hermano, pero no expresaba lo mismo. La carpintera se veía dolida, incluso parecía decepcionada. No podía comprender por qué, a qué se debía que lo viera con esa expresión. ─ Estuviste inconsciente tres días
Ryu se sentó. Se mareó y le dio una arcada. Náuseas. Todo le daba vueltas. ¿Tanto podía haberle afectado la cerveza que tomó en ese lugar? ¿Qué cosa le había hecho aquella camarera para dejarlo así? Después de todo no recordaba nada después de que Umi salió del bar. Cerró los ojos con fuerza para evitar ver el revoltijo de cosas. La habitación giraba alrededor de él. Rabí lo había tomado de los hombros y lo había guiado nuevamente a la posición horizontal.
─ ¿Qué fue lo que sucedió? ─ preguntó Mitty, sentándose en la cama de junto, habiendo perdido casi toda la paciencia. Ryu no abrió los ojos, pero relajó sus músculos. Rabí los soltó. ─ Todos estábamos muy preocupados porque no volviste al hotel durante la noche
─ Te encontramos tirado en un callejón, inconsciente, apestando a alcohol ─ acotó Rabí. Ryu se mantenía callado y con los ojos cerrados.
─ ¿Dónde está Umi? ─ preguntó luego de unos cuantos segundos de silencio. Los hermanos se miraron.
─ Ella está en la cocina ─ Mitty mentía, y Ryu podía intuirlo, pero decidió que era mejor no decir nada. Después de todo, la realidad era que él había insultado a su Capitana negándose a obedecer una orden directa. Abrió los ojos.
─ Tomé mucha cerveza, eso es todo ─ fue lo primero que se le vino a la mente. Era tonto decir eso, por unas cuantas cervezas de más, jamás podría haber estado inconsciente tres días. Pero la verdad, la única que conocía, lo que realmente había pasado era eso. Había tomado cerveza en el bar.
─ ¿No sucedió nada más? ─ insistió Rabí.
─ Nada más ─ el tono de voz de Ryu les dio a entender a ambos que no sólo estaba diciendo la verdad, sino que también deseaba que lo dejasen solo y no lo atosigaran más con preguntas.
Los mellizos salieron de la habitación sin decir nada. Ni siquiera se veían entre ellos. Cerraron la puerta y al ver al frente, quedaron aún más silenciados. Parada en el dintel de la puerta del cuarto de las chicas, estaba Umi. Llevaba una chaqueta roja, amplia, abotonada; una bermuda también ancha, hasta debajo de las rodillas, de jean azul claro. Iba descalza y estaba despeinada. Más que nunca parecía un chico. Rabí entreabrió la boca para decir algo, pero fue Mitty la que se adelantó, la tomó por la mano y la entró a la fuerza nuevamente en su habitación.
─ ¿Qué es lo que sucede, Umi? ─ le dijo en forma de regaño. La Capitana levantó la vista y sonrió despreocupadamente.
─ Nada, tengo hambre ─ parecía normal, pero Mitty sabía que no estaba bien. El día que la conoció en Syrup la confundió con un muchacho, porque llevaba exactamente la misma ropa que traía puesta en ese momento. Pero, con el paso del tiempo, su vestuario se fue pareciendo al de una jovencita de diecisiete años. Las camisetas y blusas que usaba eran ajustadas y cortas, usaba vestidos, minifaldas y shorts, y ya no dejaba de recogerse el cabello con el broche de mariposa que tanto le gustaba. Inlcuso la noche en la que todos decidieron salir, no sólo no se había quejado de la ropa que Mitty y Marisol habían elegido para ella, sino que había usado los zapatos de tacón y maquillaje. La carpintera comprendía que de a poco ella se había vuelto cada vez más femenina y también, después de conocer a Ryu y la relación entre ellos, podía afirmar con seguridad que ella había cambiado gracias ─justamente─ a eso.
─ ¿Dónde está tu broche? ─ preguntó cruzándose de brazos. Y era eso lo que más le llamaba la atención. La conoció con aquel broche de mariposa y nunca jamás la había visto sin él. Siempre supuso que significaba algo muy importante para Umi, y estaba segura que esta conducta que había tomado luego de que Ryu no quisiera volver con ella al hotel y se quedara con la mesera, tenía totalmente que ver con las expectativas que inconscientemente tenía puestas en su relación con Ryu. Estaba decepcionada y podía saberlo con sólo mirarla unos cuantos minutos a los ojos.
─ No sé, lo perdí ─ Umi volteó en dirección a la puerta, dispuesta a salir sin seguir dando explicaciones absurdas. Si quería vestirse como antes e ir por ahí así, ¿qué había de malo en eso?
─ No mientas, Umi
─ Basta Mitty ─ bajó la cabeza. Sus ojos se ensombrecieron. ─ Tengo hambre ─ salió del cuarto dejando a la carpintera más preocupada que antes.
Isla Victoria
Sobre el escritorio de la oficina de Giorgio había tantos papeles que no se veía quién estaba sentado al otro lado. Cuando Regina entró, quiso no haberlo hecho, porque una ráfaga de viento entró con ella y levantó unos cuantos papeles, arrojándolos en el suelo. Ella traía un vestido rosado liviano, de falda amplia, sin miriñaque. El corsé le ajustaba bastante el busto, pero no tanto como para realzarlo. Era de mangas cortas, con frunces. Tenía las manos desnudas, ya que había optado por no ponerse guantes desde el día anterior. Ninguno allí los llevaba y le daba vergüenza hacerlo. Tenía el cabello trenzado hacia el lado derecho y el fleco recogido con un broche de brillantes hacia el lado izquierdo. No se había maquillado y llevaba sólo unas zapatillas de baile con suela color negro. El vestido no era corto, pero tampoco arrastraba en el suelo gracias a que una de las criadas le había subido el ruedo. Cerró la puerta con rapidez para agacharse a tomar los papeles que gracias a su descuido habían salido volando, cuando descubrió que Giorgio estaba dormido sentado en el sillón, detrás de la enorme pila de papeles. Sonrió.
Juntó todo y lo apoyó con suavidad sobre una de las pilas y justo en ese momento él se removió, asuntándola. Entreabrió los ojos y se encontró con los orbes azules de ella, algo espantada. Él también se asustó.
─ ¡Hola! ─ dijo, reacomodándose en el sillón. Llevaba una camisa blanca arremangada hasta los codos y el pantalón negro estaba arrugado. El cabello estaba prolijamente recogido con un lazo, y por suerte no se había desbaratado en la siesta que se había echado sin querer. ─ Lo siento ─ sonrió con nerviosismo. ─ Parece que me quedé dormido
─ Eso parece ─ ella también sonrió y bajó las manos que aún estaban sobre la pila. ─ Tienes mucho trabajo ─ acotó. Era obvio y se sintió tonta luego de decirlo.
─ Organizar nuestra boda no es tarea fácil, más cuando tienes que lidiar también con otras cuestiones del país ─ bufó. ─ Mi padre es un desconsiderado ─ sonrió.
─ ¿Necesitas ayuda? ─ preguntó ella. Había ido allí para otra cosa, no para eso. Pero al verlo tan cansado no podía ignorar su sentimiento de culpa. Mientras su prometido pasaba el día entero encerrado en aquella oficina, ella cabalgaba con Israel por las mañanas, por las tardes caminaba con Israel por los jardines, y por las noches jugaba cartas con Israel. Se sonrojó de pronto al descubrir que desde hacía varios días lo único que hacía era estar con Israel en vez de ayudar a su futuro esposo.
─ No, estoy bien ─ Giorgio se estiró un poco antes de volver a tomar la pluma. ─ Aunque estuve pensando en algo ─ se rascó la barbilla. ─ Quizá deberíamos posponer la boda
─ ¿Qué? ─ ella estaba extrañada y aliviada a la vez. Justamente era eso lo que quería decirle a Giorgio. Después de todo era lo que había estado dando vueltas en su cabeza desde que Israel le había dicho que se iría, es misma mañana.
─ Es que no llegaremos con los preparativos. Sería más fácil hacer un baile de compromiso, ya que las invitaciones aún no fueron entregadas a todos ─ dejó nuevamente la pluma en el tintero y se puso de pie. ─ Con unas cuantas llamadas bastará para disculparnos, de cualquier forma los que ya están en viaje, no han viajado de gusto ─ sonreía. Regina también.
─ Me parece una buena idea ─ dijo. ─ Pero, quisiera que fuese un baile de máscaras ─ acotó. Sabía que si el emisario de la jefa le entregaba el objeto durante un baile de máscaras, sería mucho más fácil que no los descubrieran. Eso sin contar que le gustaba mucho la idea de hacer un baile así.
─ Oh ─ soltó un sorprendido Giorgio. ─ Es una muy buena idea ─ sonrió. ─ Me gusta ─ le tomó la mano y se la besó. ─ Empezaré a hacer los llamados de inmediato
─ Iré a contarle a Israel ─ dijo ella. Dio media vuelta y salió casi corriendo. Giorgio la vio alejarse y salir. Quizá sí había sido una buena idea posponer la boda, después de todo aún no se conocían. Necesitaban algo más de tiempo. Y sobre todo, algo más de tiempo para encontrar a Giovanni y la brújula.
Corrió por los pasillos buscándolo. Suponía que estaría dormitando en la biblioteca o en el solárium, que se hallaba en una de las terrazas. Él mismo le había contado que esos eran sus lugares preferidos para pasar el rato después del almuerzo. También le había contado algunas travesuras que hacían él y Giorgio cuando eran pequeños, cuando él vivía ahí y cuando lo visitaba. En la biblioteca no había nadie, así que optó por la segunda opción y se dirigió a la misma velocidad a la que venía hacia el solárium. Subió dos de las tres escaleras y cuando quiso acordarse estaba acalorada, tenía palpitaciones y descubrió que en realidad no comprendía el motivo por el que se sentía tan emocionada sabiendo que la boda se pospondría, y que le pediría nuevamente a Israel que se quedara. ¿Por qué pensaba que el objeto que le entregaría el enviado y ella debía darle a la jefa era el mismo que Israel buscaba? Además, no tenía sentido pensar aquello. Ella debía entregar el objeto, ¿en qué estaba pensando realmente? Suspiró, se llevó ambas manos al pecho y cerró los ojos, apoyándose contra la pared.
─ Regina ─ la voz de Israel la distrajo por completo y olvidó en qué estaba pensando. Abrió los ojos con sorpresa, el corazón volvió a acelerársele y sonrió. El peliblanco también estaba sorprendido. Llevaba unos pantalones anchos de liencillo, una camisa blanca arremangada hasta los codos e iba descalzo, llevando un libro en la mano izquierda. Israel pensó que ella se veía muy bonita con aquel atuendo. El vestido era sencillo comparado con los otros que había estado usando los días anteriores, pero era más parecido a los vestidos que se usaban en la corte en Alubarna. El rosado le quedaba muy bien y su cabello recogido de aquella forma la hacía ver diferente. Tenía que decir algo, había quedado en silencio después de pronunciar su nombre.
─ Israel, te estaba buscando ─ dijo ella, adelantándose. ─ Giorgio pospondrá la boda ─ soltó. Por alguna razón Israel no se sorprendió al saberlo. ─ Yo ─ dudó un momento. Y luego quedó muda cuando el príncipe la tomó por la mano y la llevó hacia arriba, hacia el solárium. Sólo se escuchaban suaves movimientos de las telas de las ropas que llevaban puestas, y apenas sus respiraciones. Todo estaba en absoluto silencio. Eran las dos de la tarde.
Al abrir la puerta, el sol abrasador entró. No hacía calor, pero tampoco estaba fresco. La temperatura era ideal. El lugar era una terraza amplia, de piedras en colores claros. En medio había una glorieta elevada, de unos cuatro metros de diámetro, con una mesa pequeña y dos sillones de hierro forjado pintados de negro. Sobre la mesa había un jugo a medio tomar y una pluma. Un poco más lejos, se podían observar varios sillones y sillas también de hierro. Una piscina pequeña, con agua cristalina y peces de colores. Los balcones estaban cubiertos de plantas de diversos tonos de verde, sin flores.
Israel la soltó y se acercó a la glorieta, para volver a tomar el lugar que supuso Regina había dejado para buscar el libro que traía con él. Ella se quedó inmóvil admirando el bonito lugar. La vista era increíble. Podía verse incluso la costa y más allá en inmenso East Blue.
─ Ven ─ le dijo él, con voz suave. Cuando Regina lo vio, tenía la cabeza gacha y sus ojos puestos en el libro que acababa de abrir. Se acercó obedeciendo la petición del príncipe y tomó asiento a su lado debajo de la sobra que otorgaba la glorieta.
─ Que bello lugar ─ comentó ella, para poder continuar con una conversación normal. Por alguna razón sentía unos nervios que antes jamás había sentido junto a él.
─ ¿Por qué razón estás tan contenta? ─ preguntó directamente, notando que ella estaba entusiasmada con el atraso de la boda en lugar de molesta, como suponía debía estar una novia. Ella lo miró con sorpresa, pero él no levantó la vista. ─ ¿Giorgio lo decidió o fuiste tú la que se lo propuso? ─ Israel parecía enojado.
─ Giorgio lo decidió ─ no era mentira, pero no le diría que ella pensaba pedirle lo mismo.
─ Ya veo, entonces tu vas y le dices que si toda contenta y corres a decírmelo a mí como si fuera una gran noticia ─ cerró el libro con rudeza, levantó la vista y clavó sus ojos azules en los de ella. Tenían un brillo diferente, como si tuviesen luz propia.
─ No, yo ─ quiso excusarse pero Israel no la dejó.
─ ¿Qué estás buscando? ─ preguntó, pero realmente no quería escuchar la respuesta. ─ Eres la prometida de mi mejor amigo, de mi hermano ─ continuó. ─ No es correcto ─ seguía observándola de aquella forma. ─ Debes casarte con él, deben firmar el tratado entre los dos países y yo debo irme de aquí cuanto antes ─ retiró la vista. ─ Es más, debería irme ahora mismo
─ No ─ soltó ella logrando que él volviera a verla. ─ No debes irte ─ agregó. ─ Yo vine aquí obligada por mi padre ─ debía explicarle, tenía que hacerlo. Después de todo, Israel tenía razón. No estaba bien lo que ella estaba haciendo. ─ No quiero casarme, no quiero estar aquí, quiero regresar a mi casa ─ continuó. Sus ojos se llenaron de lágrimas. ─ Pero hay más ─ apretó los puños. Israel se sorprendió. ─ Mi madre consiguió protección de una organización ─ los ojos del chico se abrieron un poco más. ─ Pero para poder concretarlo debo cumplir una misión aquí ─ las lágrimas caían. ─ Estoy arriesgando mi vida, mi futuro por mi reino, por mi país ─ se llevó las manos al rostro. ─ Sé que hay algo que no está bien con esto que estoy haciendo ─ sollozaba. ─ Pero me siento tan bien estando contigo ─ él no sabía bien qué debía hacer. ─ No quiero casarme con Giorgio ─ susurró antes de romper en llanto, en un llanto sentido y quizá guardado por meses.
─ Estás cargando con todo eso tu sola ─ dijo después de unos segundos. ─ ¿Por qué no le cuentas a Giorgio? ─ preguntó. Ella levantó el rostro, sin importarle lo mal que podría llegar a verse tan acongojada, con sus ojos enrojecidos por las lágrimas y la frustración que sentía.
─ No puedo hacerlo ─ le costaba hablar. ─ No debería hablar de la misión ─ continuó.
─ Entonces no lo hagas ─ Israel fue tajante. No quería continuar inmiscuyéndose en algo que no le concernía. Regina era la novia de Giorgio, y por más que ella confiara en él, que él quisiera confiar en ella. Y que también se sintiera a gusto estando con ella, no era correcto que estuviesen hablando de eso tan importante, ni siquiera deberían haber hablando en primer lugar.
─ La organización quiere el mismo objeto que tu ─ se secaba las lágrimas con el dorso de las manos. Israel la miró. ─ Estoy segura de eso
─ ¿Estás diciendo que tu tienes la brújula? ─ preguntó saliéndose de la vaina. La tomó por las manos, sintiendo que estaban mojadas por las lágrimas.
─ No ─ negó también con la cabeza. ─ Me lo entregarían el día de mi boda ─ sentía que decírselo era lo correcto. Ya no importaba los deseos de la jefa, y su país y su madre le parecían tan lejanos… ─ Realmente no sé cuáles son los intereses de la organización con el objeto, ni siquiera me dijeron qué es ─ hizo la cabeza a un lado, con cierta vergüenza, dándose cuenta de lo poco que en realidad sabía. ─ Pienso que lo correcto es dártelo a ti, por eso te estoy contando esto ─ Israel tiró de sus manos, obligándola a que lo mirara. Y la abrazó. Con tanta fuerza que pensó que la quebraría.
─ Me quedaré hasta entonces ─ fue lo único que dijo. La soltó, se puso de pie, y la dejó allí sentada, bajo la glorieta.
En el Sea Mistery
Umi entró en la cocina con el mismo entusiasmo de siempre. Sora le había recalentado el desayuno, ya que era más de mediodía. En el lugar estaba Marisol sentada a la mesa, leyendo el periódico y Gio en la barra, observando unos mapas. La situación no podía ser más tensa, pero nadie decía absolutamente nada.
─ Buenos días, Umi ─ fue Rabí el que entró con una sonrisa en los labios, cosa que extraño a Sora.
─ ¿Novedades? ─ preguntó inmediatamente.
─ Deberías preparar algo para el almuerzo, Ryu despertó ─ dijo y todos los presentes lo miraron, salvo Umi que continuaba tragando desesperadamente.
─ Yo también quiero almuerzo ─ se quejó cual niña caprichosa, con la boca llena de huevo revuelto.
─ Si Umi san, prepararé algo especial para ti ─ Sora le sonrió amablemente. Rabí, sentándose junto a Umi, moría de ganas porque ella le preguntara por el espadachín, pero no lo hizo.
─ Gio, ¿cuándo llegaremos a Isla Victoria? ─ ignoró completamente el hecho de que Ryu hubiese despertado después de tres días.
─ En una semana estaremos allí ─ no levantó la vista del mapa.
─ ¡Qué aburrido! ─ protestó. Dejó la cuchara en el plato y se estiró. ─ Muy bien, iré afuera hasta que esté listo el almuerzo ─ anunció. Cuando iba a ponerse de pie, entró Mitty.
─ Gio ─ lo llamó y el aludido volteó a verla. ─ Creo que habrá una tormenta, las nubes se ven negras en el horizonte ─ comentó.
─ Iré a ver ─ dijo él, doblando el mapa. Umi saltó del banco y salió como loca por la puerta, llevándose a Mitty por delante.
─ ¡Yo también! ─ gritó. Todos se miraron entre si.
─ Estoy no puede continuar ─ dijo Mitty a todos, en un tono muy serio.
─ Ella no está bien ─ acotó Rabí.
─ ¿Qué dijo Ryu san? ─ fue la pregunta de Sora.
─ Dice que lo único que hizo fue tomar cerveza ─ Mitty levantó los hombros en señal de resignación. Después de todo el espadachín era tan necio como Umi.
─ Hablaré con él ─ se ofreció Gio y todos lo vieron con espanto. ─ No me miren así ─ levantó las manos en señal de defensa. ─ Creo que es mi culpa que todo haya salido mal ─ era cierto. ─ Así que iré a hablar con él
─ No necesito hablar contigo ─ la voz de Ryu fue la que se oyó, sorprendiéndolos a todos. ─ Estoy bien ─ aclaró. ─ Y déjalo así ─ clavó sus ojos en los del navegante. ─ No quiero que nadie más toque el tema
¿Y? Lo que está sucediendo en el Sea Mistery es muy extraño. Ryu no sabe si le sucedió algo mientras que Umi se vio tan afectada por lo que él hizo que tuvo una regresión a aquellos momentos en los que no se podía distinguir si era un chico o una chica. ¿Es que no se da cuenta de lo que le pasa o qué? Este Ryu, ¿habrá actuado por despecho? ¿O habrá otra cosa atrás de todo esto?
Por otro lado tenemos a Regina, confundida y conmovida por la historia de Israel. ¿Les parece que hay atracción entre ellos? Sabemos que Regina siente algo por él, pero, ¿Israel siente algo similar? Además, está el asunto de la brújula, ¿realmente dejará Syra que Regina le entregue la brújula a Israel? ¿Saldrá todo como lo tenían planeado o sucederá alguna otra cosa que altere todo?
Pronto el siguiente, gracias por leer! Mary
