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(¸.-´ (¸.-' ❥ Capitulo 33 ❥ .-´¯'-. ❥
Mi cumpleaños fue triste y feliz a la vez. Pasé la mañana ocupada con Stear y mi padre en la cocina, acompañados de la receta especial de mi madre para preparar el pavo, algunas risas y un sinfín de recuerdos nostálgicos. La echo de menos, sobre todo en momentos como estos. Mis abuelos y mis tíos llegaron media hora antes de mediodía y se repartieron entre nuestra casa y la de Stear, hablándonos con su habitual atolondramiento, como si necesitaran contarnos las novedades del año en unos minutos.
La comida se llenó de risas, anécdotas, bromas y recuerdos. La falta de mi madre fue patente en muchos momentos, pero entre todos nos apoyamos para sobrevivir a la pena.
Me encantó soplar las velas rodeada de cariño, aunque mi mirada se perdió en la ventana, en busca de Albert. Deseé que lo nuestro termine bien, tenerle a mi lado el resto de cumpleaños, conseguir formar parte de su vida…
Canté con la guitarra para amenizar la tarde, como hacía de jovencita. Mi familia decidió utilizar la antigua costumbre de ofrecerme un regalo después de cada canción, como si me los ganara uno a uno. Pasé las horas con una mezcla de ilusión y melancolía, con mi madre presente en la memoria de todos.
Es domingo, apenas quedan unas horas para la llegada de Albert. Desde su felicitación el día de mi cumpleaños estoy confusa, no quiero caer en la tentación de pensar en la existencia de una pequeña esperanza para nosotros.
Prefiero no pensar más allá de la realidad que vivo ahora.
No ha vuelto a comunicarse conmigo, eso debería darme una pista de sus pensamientos.
La mañana se escurre en un ensayo en casa de Tony con la banda, preparándonos para una actuación especial la semana que viene en el The Hole. Las visitas a nuestro vídeo han aumentado mucho la última semana y hay expectación para vernos sobre el escenario, por eso Patty nos ha propuesto tocar también el próximo viernes, substituyendo la noche de micro abierto.
Stear me recoge a mediodía para llevarme de vuelta a casa. Tenemos la última comida en familia.
Me ha sentado bien estar rodeada de gente estos días.
—¿Qué te pasa últimamente Candy? —pregunta mi hermano cuando subo al coche—. ¿Estabas enamorada de Dick y descubrir la clase de persona que es te ha dejado hecha una mierda? El día de la cena con Albert dijiste que te gustaba un tío.
—No era Dick, con él me equivoqué. —Suspiro—. Intentaba darle celos a alguien, pero ya no importa, no quiere saber nada de mí.
—Eres muy joven para sufrir por amor. —Me acaricia el cabello con la mano derecha, sin soltar el volante con la izquierda—. Si no te hace caso deberías olvidarle. No vale la pena.
—Ese es el problema. —Aprieto los puños y espiro con fuerza—. No consigo sacármelo de la cabeza, me paso el día pensando en él. A veces creo que me volveré loca. Él también me quiere y eso me mata porque prefiere no arriesgarse a estar conmigo. Si como mínimo pudiera odiarle.
Pasamos el control de entrada a la base.
—¿Le conozco? —se interesa mi hermano cuando reanuda la marcha—. No lo entiendo, si os queréis, ¿qué problema hay?
—Es complicado. —Niego con la cabeza fustigándome en silencio por ser tan bocazas—. A veces te enamoras de quién no debes.
—¿Tiene novia? —pregunta mientras aparca en el callejón—. Porque si es así hay solución.
Meneo la cabeza. No puedo contarle a Stear la realidad.
—Algún día, ¿okey? Ahora vamos a divertirnos un poco.
Insiste durante un rato sin darse por vencido. Por suerte la comida nos distrae, conversaciones y muchas risas rellenan los espacios en blanco. Al terminar Stear se marcha rápido, Patty llega hoy de Indiana, donde ha pasado una semana con su familia. Espero que olvide nuestra conversación del coche, ha sido una temeridad por mi parte explicarle mis sentimientos.
Tras dejar a mi familia en el aeropuerto me paso la tarde con mi padre viendo una película tonta en la tele. Los nervios incrementan con el paso de las horas, llenándome de ansiedad. Albert está a punto de llegar y anhelo verle.
Después de cenar subo a mi habitación sin deseos de dormir. Abro el Facebook en el teléfono para leer por enésima vez el estado de Zack: CDTEAT. Hace una hora que estas siglas me tienen despistada, las ha publicado junto a una foto suya.
Está guapo en la fotografía. Sus ojos contienen un mundo lleno de color, como si quisieran anunciar determinación. Está sentado en el capó del Dodge, frente a una impresionante vista del Gran Cañón.
Quiero creer en imposibles, imaginarme que esas siglas son una manera de declararme su amor. Pero no puedo hacerlo, no voy a cometer la misma imprudencia de esperar demasiado de los próximos días. No me ha llamado, no me ha escrito más que una escueta felicitación ni ha mantenido ningún otro contacto conmigo en los días que lleva fuera de la base. Esta es la realidad que prevalece, no unas letras publicadas en una red social.
Me visto con el camisón rojo de seda de mi madre para sentirla cerca. Es de tirantes, con un tacto suave y delicado. La recuerdo ataviada con él mientras charlábamos en el salón antes de acostarnos. Le contaba mis secretos, mis sentimientos, cualquier cosa del día. Confiaba mucho en ella. Estoy convencida de que ahora sus consejos me vendrían bien, solía tener una visión práctica de las situaciones.
Miro por la ventana sentada en el alféizar a oscuras, esperando verle aparecer. El cielo muestra un universo despejado, lleno de estrellas resplandecientes. Las observo un instante, pensando en las ideas de mi madre, y busco la más brillante para ponerle su nombre.
No quiero irme a dormir hasta saberle en casa. No espero nada de él, solo una mirada, una sonrisa, un gesto para avivar las esperanzas que han empezado a apagarse en un recóndito lugar de mi alma.
La colección de baladas tristes que llena mi última lista de Spotify se reproduce en los auriculares hablándome de amores imposibles, de rupturas sentimentales, de nuevos comienzos.
La he llamado Sin ti.
A las doce y cuarto los faros de un coche iluminan la calzada y avanzan por la calle. Me enderezo un poco para comprobar si es el Dodge de Albert. Desde mi posición solo distingo el color plateado del vehículo cuando dobla en la esquina para aparcar en el callejón, junto a mi Camaro.
Una aceleración perceptible de los latidos de mi corazón me acompaña mientras apoyo la cara en el cristal. Albert aparece en mi campo de visión con unos vaqueros desgastados, una camiseta con escote en uve y una cazadora de cuero. Arrastra la maleta con destreza y produce un pequeño sonido de ruedas sobre la acera.
Se detiene frente a la valla de su casa, levanta la cabeza y me mira. Su sonrisa me derrite. Me da igual si no quiere estar conmigo, si la vida nos separa, si me ha dejado tirada varias veces. Mi cuerpo entero palpita con esa sonrisa como si me uniera a él en la distancia.
Levanta la mano para saludarme con un gesto enérgico, feliz, sin rastro de su tristeza de los últimos días. Contesto sin su arrojo, con un nudo en el estómago, sin entender demasiado esa expresión emocionada.
Le veo escribir en el móvil. El mío vibra.
A: CDTEAT
Coloco la palma en la ventana, boqueando. Él sonríe otra vez y me pide con gestos que baje a verle. Niego con la cabeza, me tapo los ojos con las manos e inspiro. No sé si estoy alterada, esperanzada o dolida, me siento vapuleada por mil sensaciones.
¿Qué quiere de mí ahora?
Vuelve a escribir en la pantalla del móvil.
A: Te he traído un regalo. Dejo la llave debajo de la maceta. TQM.
Mi corazón late desenfrenado.
Le veo entrar en la casa lentamente. Antes de cerrar la puerta se da la vuelta, junta los labios y me manda un beso. Escribe otra vez en el móvil y mi cuerpo tiembla con la llegada del mensaje.
A: No me hagas esperar. CDTEAT.
No tardo ni dos segundos en bajar del alféizar, vestirme con unos vaqueros y un suéter y descender las escaleras de puntillas, con las bambas en la mano. Respiro demasiado fuerte, mis jadeos rompen el silencio de la casa, acompañados de los latidos acelerados.
Por suerte el sueño de mi padre es profundo.
Una vez en el recibidor busco las llaves de casa en el bolso, que está colgado en el perchero de la entrada. Me cuesta más de lo normal encontrarlas. Lo descuelgo, lo apoyo en la mesilla y me ilumino con la linterna del móvil para ayudarme a dar con ellas.
Salgo al jardín por la puerta de la cocina, es más silenciosa que la principal. Una vez fuera me calzo con las bambas, cierro sin hacer ruido y corro hasta el otro lado de la casa. La valla chirría un poco al abrirla. Me quedo unos segundos quieta, observando. La habitación de mi padre da al jardín, pero si ha escuchado el ruido…
No tardo en cruzar la calle, entrar en el recinto de la casa de Albert y encontrar la llave. Cuando estoy a punto de girarla en la cerradura me detengo presa de la indecisión y el miedo. ¿Y si entro y vuelve a rechazarme? No lo soportaría, volvería a romperme en mil pedazos.
El móvil tiembla en el bolsillo del vaquero.
A: Tardas mucho, no aguanto un segundo más sin verte.
C: ¿Vas a volver a partirme el corazón?
A: Abre la puerta Candy.
Me quedo quieta, rendida a un nerviosismo extremo. Inspiro aire por la nariz en un intento de frenar los desbocados latidos de mi corazón, y lo suelto por la boca con pesadez, obligándome a girar la llave en la cerradura. La mano me tiembla al empujar la puerta, abriéndola con lentitud.
Albert me mira con ansia. Está a pocos centímetros de mí, apoyado en el marco de la puerta.
—¿Quieres ver tu regalo? —susurra.
—No lo soportaré otra vez —musito al borde del colapso—.Si vas a decirme lo de siempre no me hagas entrar Albert, por favor.
Sonríe, me da la mano y me acompaña al recibidor. Cierra la puerta despacio, dejándonos frente a frente, sin soltarme.
—Te he echado de menos. —Tira de mí hasta colocarme a tres centímetros de su cuerpo—. No podía dejar de pensar en ti.
Me aparto. Antes de dejarme ir necesito tener la certeza del significado de sus palabras, de su invitación, de este instante.
—Dime de qué va esto —suplico—. No me destroces más.
—No volveré a hacerte daño Candy. Te lo prometo.—Levanta la mano y me acaricia los labios—. Ven, tengo una sorpresa para ti.
Le acompaño al salón con nuestras manos entrelazadas. El tacto suave de Albert me llena el cuerpo de una cálida sensación. Camino vacilante, sin estar todavía segura de qué está sucediendo. Él se detiene frente al sofá, coge un paquete de encima la mesa y me lo entrega.
—Tu regalo de cumpleaños.
Es un paquete cuadrado.
Rasgo el papel rojo con rapidez, con las manos temblorosas. Todavía no soy capaz de controlar la respiración jadeante. Abro la caja carmín que se esconde tras el papel y profiero una exclamación al encontrarme con la partitura de All of me sobre el CD de John Legend.
Las hojas tiemblan entre mis dedos cuando las levanto. En el reverso de la primera Albert ha escrito una dedicatoria con un rotulador negro.
«Ya no nos separan once meses y cuatro semanas. Nada va a impedirme estar contigo a partir de ahora. CDTEAT».
Le miro mordiéndome el labio, con una emoción palpable y los ojos iluminados. Él me coloca las manos en las mejillas, acariciándolas con ternura.
—No voy a separarme de ti nunca más —musita acercando su boca a la mía—. Perdóname, he sido un estúpido. No me importa acabar en la cárcel ni perder mis galones ni empezar de nuevo fuera del ejército. Si estoy contigo lo demás es lo de menos.
Cierro un instante los ojos para llenarme con este momento. Él me roza con su boca, con deseo e ímpetu, como si no hubiera nada más importante que unir nuestros labios.
CONTINUARA
