NOTA: Recientemente he descubierto que hay varias personas que han añadido a sus listas esta historia y no les he dado las gracias. Yo soy muy educadita y sirva esta nota para este fin. Lamentablemente, FF no envía las notificaciones de Fav&Fol si son realizadas desde la aplicación para teléfonos móviles, a quien no la tiene. Les agradezco que crean en esta historia.

Gracias también, como siempre, a aquellos usuarios no registrados a quienes no puedo agradecer personalmente.


Longbourn se llenó de música. No de fiestas, por supuesto, porque la casa seguía de luto, pero del pianoforte (en el comedor, la única habitación en la que cabía) nacían melodías hermosas y complicadas, tocado a cuatro manos dedicadas. Georgiana era una maestra paciente y Mary, tenía que reconocerlo, jamás había disfrutado tanto con la música. Juntas estudian partituras, comentan canciones y ensayan. Alguna vez a la señora Bennet se le ocurrió sugerir la posibilidad de que las muchachas celebraran una velada musical, solo para los íntimos, por supuesto, pero su hija Lizzy la hizo desistir con una sola mirada, digna de aquel basilisco de leyenda. Ella, con buen criterio, decidió no insistir. Sin embargo, más de una vez, la señora Bennet entrecerraba los ojos y se balanceaba suavemente siguiendo el ritmo, recordando quizás, aquellos bailes de su juventud…

Hoy no suena la música. Georgiana y Mary escribían anotaciones en la partitura en la que trabajan, sobre aquella misma mesita baja de su primera vez en Longbourn, y la señora Bennet dormitaba durante la sobremesa, con algún ocasional ronquido, mientras Kitty mantenía una conversación susurrada con la señora Annesley. Jane bordaba, fingiendo que no contaba los minutos para que el señor Bingley tocara a la puerta, y Lizzy estaba en su despacho escribiéndole a Jacob un poder bancario para autorizar una inversión a plazo fijo. Poco, en realidad, una cantidad pequeña, pero que rendiría sus buenas libras si el señor Darcy tenía razón… Y suele tenerla, le reconocía Lizzy.

Por lo demás, la llegada de Georgiana Darcy debería haber supuesto un contratiempo para la señora Bennet, en tanto que su presencia la convertía en una rival más, en detrimento de sus hijas, para cualquier posible pretendiente. Era hermosa —no tanto como su Jane, evidentemente—, de suave talante, poseía una cuantiosa dote y estaba socialmente muy bien conectada. Lo tenía todo para ser odiada, o al menos envidiada, por la señora Bennet… Pero no era ese el caso. La señorita Darcy, por el contrario, emanaba tal aire de tristeza y de fragilidad que suscitaba en ella el afán de protegerla y cuidar de ella. No era como ninguna de sus hijas, criadas a su aire, nada dependientes de su madre (excepto cuando llegaba el regimiento a Meryton…), vivaces y fuertes de espíritu (incluso Mary. Sí, su Mary era definitivamente una flor tardía).

—No poseo la hermosura de Jane ni la despierta inteligencia de Lizzy, ni siquiera la digna mediocridad de Mary… —le decía Kitty a la señora Annesley, con ese susurro de quien revela algo en confidencia. Su interlocutora ladeó la cabeza, preguntándose qué tan bajo concepto tenía de sí misma la muchacha—. Y no es que las cosas vayan mal con la hacienda, pero supongo que si no me caso pronto, como madre desea, tendré que hacer algo para ganarme la vida…

—Podría usted probar un trabajo como el mío —le respondió ella—. Ser acompañante de señoritas proporciona una salida honorable para las mujeres de buena cuna pero que carecemos de recursos. En mi caso, el fallecimiento de mi esposo me dejó casi en la indigencia.

—¡Eso es terrible, señora Annesley! —exclamó Kitty, llevándose las manos a las mejillas. Kitty la entendía demasiado bien: la muerte de su padre, primero, y de su cuñado después, fueron tiempos de incertidumbre y terror al porvenir—. Por fortuna, pudo usted encontrar una ocupación con los Darcy —Ella asintió y esbozó una sonrisa triste—. ¿Usted cree de veras que yo podría dedicarme a lo mismo?

—Si tiene usted suerte de entrar en una buena familia, todo irá bien —le dijo—. Y cuando digo buena, no me refiero a su estatus ni a su renta anual, sino a su carácter —Kitty asintió, atenta—. No se le pedirán conocimientos equiparables a los de una institutriz, señorita Kitty, pero sí poseer una cultura amplia, buena conversación, pero sobre todo, sensatez y sentido común, mucha discreción, junto con la disciplina suficiente para gobernar, si hiciera falta, el posible carácter díscolo de la señorita a su cargo —Kitty volvió a asentir, con más vigor esta vez—. Si tiene usted suerte, será más una pequeña amiga que un trabajo —Aquí hizo una pausa y le dedicó una mirada afectuosa a Georgiana, que seguía entretenida con Mary y sus partituras—. Pero puede tocarle un espíritu indomable y esas cosas no suelen acabar bien…

—Oh, señora Annesley —dijo Kitty, acordándose de Lydia y de cómo durante años, ella le rió las gracias y la acompañó en sus coqueteos descarados y absolutamente fuera de tono. Kitty aún tenía sentimientos encontrados con la hermana que fue su otra mitad toda su vida y la tonta egoísta que casi arrastró a sus hermanas no casadas por el fango—, tengo un poco de conocimiento sobre ese asunto…

—Rectitud, sobriedad, saber estar —continuó la señora Annesley, enumerando con los dedos. Kitty se maldecía por no tener papel y lápiz a mano…—, y confundirse con el empapelado de la pared si hiciera falta, a menos que se requiriera explícitamente de su intervención. Pero claro —añadió—, todo está en función de la familia que le toque en suerte. En ese sentido, yo soy muy afortunada. La señorita Georgiana es un amor y el señor Darcy es un patrón atento y cabal.

—¿Podría usted instruirme? ¿Orientarme un poco? —rogó Kitty, con un poco más de entusiasmo del apropiado. Pero aún era muy joven, pensó la señora Annesley—. Quiero decir, qué libros leer y cosas así… Creo, oh, señora Annesley, tengo mucho que aprender, eso es evidente —agregó—, pero creo —exhaló un suspiro y luego junto las manos en el regazo y alzó el mentón, llena de determinación— que podría hacerlo…

—Tendría que consultarlo con el señor Darcy —le contestó, y una suave sonrisa adornó sus rasgos—, pero conociéndolo, no creo que eso vaya a suponer un problema…


Pero una tarde, Jane escucha por casualidad una conversación que nunca estuvo destinada a ella.

Jane se lleva la mano a la boca, ahogando una exclamación de espanto, y antes de darse cuenta avanza hasta el umbral del despacho de su hermana, sorprendiéndolos.

—¡Jane! —exclamó Lizzy.

—¡Señorita Bennet! —dijo el señor Darcy, apresurándose a ponerse en pie.

—¿Es cierto? —preguntó, luchando por contener el sollozo que trepaba por su garganta—. ¿El señor Bingley le hizo caso a usted?

—No quisiera que usted… —dijo él, tendiendo la mano al frente, como si así pudiera detener el desastre—. Nunca fue mi intención interferir… Yo creía que… —Al final, dejó caer las manos a los costados, rendido—. Le ruego que me perdone…

Jane apartó la mirada, tratando de ahuyentar el llanto, tragó saliva y se llevó una mano rápida a los ojos. Luego enderezó la espalda y cruzó las manos al frente de su vestido, en esa postura tan suya, antes de volver a encararlo.

—Por favor, señor Darcy, déjelo estar… —le dijo ella, con suavidad. Y Lizzy no pudo más que admirar su fortaleza—. Cualesquiera que hayan sido sus razones, si mi hermana le ha perdonado, tenga por seguro que yo también lo haré… —El señor Darcy se removía, un tanto inquieto, mirando alternativamente a una y otra hermana—. Quiero saber, no obstante…

—Señorita Bennet, por favor…

—Señor Darcy, responda —le pidió ella, con los ojos llenos ya de lágrimas—, por favor…

—Jane, no… —le rogó su hermana.

—Usted le aconsejó al señor Bingley —insistió Jane— que renunciara a mí, ¿y él lo hizo? ¿Sin más? —Y su voz por fin se quiebra—. ¿No peleó por mí?

Darcy calló, y su silencio fue como un grito que le rompió a Jane el corazón en mil pedazos.