CAPÍTULO 34

CANDICE

Abrazo a mi hermanito con fuerza. Hoy estoy muy inquieta. Ha empezado diciembre y la cuenta atrás ha comenzado. Algo no va bien, lo presiento, y que Terry a veces esté distraído no ayuda. Cuando se da cuenta de que lo miro, me sonríe, pero eso no me hace olvidar su mirada perdida.

Él y Anthony no se separan de los libros y se han ido a visitar bibliotecas en busca de ejemplares raros en los que puedan encontrar algo. Yo no he ido con ellos. Les he puesto excusas, pero lo cierto es que tengo el presentimiento de que ha vuelto a suceder. Que una vez más estoy presa en este pueblo.

Ha pasado una semana desde que Terry llegó y, aunque todas las noches duerme a mi lado, cuando amanece regresa a su cuarto y por el día se va a hacer cosas con su padre. Me dijo un día que su padre se esforzaba mucho en pasar tiempo con él y le sabía mal darle plantón. Ya han recogido las pruebas de paternidad y, como todos esperábamos, son familia. Su padre lo ha reconocido como hijo y Terry ya tiene carné de identidad nuevo, con sus verdaderos apellidos. Entré en su cuarto justo cuando lo sacaba de su cartera y lo observaba. No notó mi presencia y me miró sorprendido cuando ya estaba a un paso de él. Me inquietó, pues yo también lo noto menos, la señal se hace más débil cada día que pasa, y temo que a él le esté ocurriendo lo mismo.

—Terrence James Browe Audrey —leí—. Me gusta cómo suena tu nombre con tus apellidos.

—Sí... Quiero ir a ver a mi madre. Mi padre está concertando una cita.

Me giré y lo abracé.

—Será duro para ti verla en ese estado, ¿verdad?

—Más lo es para Anthony, que se culpa por no haber sido lo suficiente bueno para que su madre se quedara a su lado y luchara por él.

—Les haremos pagar por esto...

—Les haré . Tú no vas a verte metida en esta guerra.

—Yo decido... —Terry me besó; sonreí entre sus labios—. No me vas a hacer cambiar de idea por muy bien que beses.

—Vaya, tendré que esforzarme más entonces. —Y dicho esto, me besó para que no pensara en nada más. Austin me tira de pelo. Se lo quito de la mano y le doy un beso a sus regordetes dedos.

—Debo hacerlo —le digo cuando me mira como si supiera lo que estoy pensando—. Si se lo comento a alguien, lo preocuparé. ¿Me guardas el secreto?

Mi hermano me sonríe. Le doy un beso y lo dejo en su cuna. Enciendo el monitor de bebés por si llora y salgo del cuarto. Terry ha ido hoy a ver a su madre. Lo he llamado hace un rato y me ha dicho que aún no les habían dejado pasar. La clínica está a una hora de aquí, y eso me da tiempo para hacer lo que tengo que hacer antes de que regrese.

Salgo de la casa tras decirle a Ágata que voy a hacer un recado al pueblo. Me sabe mal mentirle, pero dudo que si le cuento lo que me propongo hacer le haga gracia. En el fondo, sé que todos pensarán lo mismo que yo: que va a salir mal.

Cojo la moto y conduzco hacia las afueras del pueblo. Al llegar al límite, detengo la moto y me bajo. Con el corazón acelerado y sin quitarme el casco, comienzo a acercarme al límite muy despacio. He buscado una zona despejada del bosque, donde no haya rocas puntiagudas cerca.

Un paso más. «Lo vas a lograr», pienso a punto de traspasarlo.

Pero entonces, algo me expulsa hacia atrás, como si acabara de chocar contra la onda expansiva de una bomba.

Por suerte, el casco amortigua el impacto en la cabeza, pero mi cuerpo se resiente cuando choca con el suelo. Tomo aire y me incorporo agitada. Me quito el casco y miro hacia el límite, aterrada por lo que significa este descubrimiento. He de contárselo a los demás.

Me levanto dolorida y comienzo a andar hacia la moto, cojeando. Estoy llegando a ella cuando, de pronto, alguien sale de entre los árboles y se interpone en mi camino. No lo conozco de nada, pero algo en su mirada me pone alerta. Instintivamente doy un paso atrás.

—¿Me recuerdas? —Niego con la cabeza, mientras retrocedo otro paso. Él da uno hacia delante—. Nos conocimos hace tiempo y, por tu culpa, he estado en la cárcel desde entonces.

Lo miro aterrada y se ríe cuando reconozco en él a mi agresor. Sin perder tiempo, me doy la vuelta y corro hacia el límite del pueblo con un plan desesperado en mente. Cuando llego a él, como ya suponía, salgo despedida y lo golpeo con fuerza, derribándolo, pues venía detrás de mí. Caigo al suelo. Estoy atontada, mareada y aterrada, pero me levanto como puedo y corro hacia la moto. Solo pienso en escapar.

TERRENCE

Llego a casa de Candy, inquieto. No nos han dejado ver a nuestra madre —nos han dicho que había tenido una crisis y no era prudente—, Anthony se ha enfadado y nos hemos marchado de allí tan cabreados que no hemos mediado palabra en todo el viaje. Pero, además, estoy inquieto por Candy; tengo la sensación de que algo no va bien.

—¿Qué tal la visita? —nos pregunta Thomas con el pequeño Austin en los brazos.

—No hemos podido verla.

—Vaya, lo siento.

Asiento y busco a Candy con la mirada.

—¿Dónde está Candy?

—Me ha dicho mi madre que ha salido a hacer un recado al pueblo.—Pongo mala cara y voy hacia la puerta— ¿Pasa algo?

—No tiene por qué.

—Voy contigo. No me gusta nada la cara que has puesto —dice con el ceño fruncido.

Considero negarme, pero si ha sucedido algo, como temo, necesito cuanta más gente mejor. Llama a Martina y, tras darle un beso a su hijo, coge su abrigo y sale conmigo de la casa. Saco el móvil y la llamo. Nadie responde. Llamo a Carlota.

—Hola, Terry.

—¿Has tenido alguna visión?

—Desde hace unos días, no... Pero siento que algo no va bien. ¿Qué ocurre?

—No sé dónde está Candy.

Un breve silencio.

—Vale, tranquilo, no tiene por qué haberle pasado nada.

—¿Qué sucede? —pregunta Any en segundo plano.

—Es Terry. No sabe dónde está Candy. Terry ahora mismo vamos en coche de camino al pueblo...

—¡Esa es su moto! ¿Qué hace tirada en medio de la carretera? —grita Any.

—¿Está ella cerca? —le pregunto aterrado.

—No... —Escucho la frenada del coche—. Vamos a investigar. Ahora te llamo.

Cuelgo y voy hacia el garaje mientras le cuento al padre de Candy la conversación. Mi móvil vuelve a sonar. Contesto con un nudo en la garganta.

—¿Está ahí?

—No, y su casco está tirado en el asfalto... No te voy a engañar, Terry, todo esto me da muy mala espina.

—Vamos para allá.

Cuando cuelgo, miro a Thomas: está pálido como el papel.

—No hay ni rastro de Candy —le digo.

—No tiene por qué significar nada.

—No.

Pero ambos sabemos que nos estamos mintiendo. Cogemos el coche y salimos de la finca. Me detengo cuando un coche de policía nos corta el paso.

—¡¿Se pude saber qué haces?! —estalla el padre de Candy.

Felicia sale del coche y viene hacia nosotros.

—¿Dónde está Candy?

—No te importa —le responde Thomas con malos modos.

—Esto es serio, Thomas...

—Nada de lo que tenga que ver con Candy es asunto tuyo.

—Si vais a discutir, me marcho andando —les digo a ambos cansado de esta discusión que no comprendo, ni me importa por qué estos dos se llevan tan mal.

—No, nos vamos, apártate.

—El atacante de Candy se ha fugado y todo apunta a que ha venido al pueblo. ¿Sigues sin querer mi ayuda?

—¿Cómo que se ha escapado? —pregunto pálido.

—Subid al coche. Pondré la sirena y llegaremos antes.

Tiene razón, por lo que los dos salimos y nos montamos en el coche patrulla. Aunque Felicia conduce muy deprisa y todos se apartan de su camino, no me parece que vayamos lo suficientemente rápido. El padre de Candy le ha dicho dónde han encontrado la moto y ha mandado patrullas por la zona. Espero que dondequiera que se encuentre Candy, no esté con su atacante.

«Aguanta, Candy».

La mera idea de que haya caído en manos de ese desalmado me hiela la sangre.

CANDICE

Me tiene inmovilizada. Está sentado encima de mí y me ha atrapado las manos en una de las suyas. Se ríe cada vez que trato de soltarme. Me atrapó cuando estaba a punto de llegar a mi moto, le dio una patada y con gran facilidad me internó en el bosque. Se nota que en la cárcel ha estado haciendo ejercicio.

—Desde que te vi, sueño contigo y nunca dejo nada sin acabar...

Me toca el pelo. Siento náuseas.

—Apártate de mí...

—Apártate de mí —me imita—. ¿Sabes? Me atraparon por tu culpa. Tras mi primer ataque, que no sé cómo te escapaste, me capturaro

me usaron para hacerte creer que te había vuelto a atacar... —Se ríe—Yo no fui, pero alguien quería que todos pensaran que sí; les venía muy bien que el delito se le cargara a otro para que no sospecharan nada... y he de admitir que todo estaba muy bien planificado... Y ¿para qué? Lástima que tú no lo vas a descubrir nunca.

Me pasa el cuchillo por el cuello. Grito y se ríe por mi sufrimiento. Me remuevo y se carcajea más fuerte. Baja el cuchillo para rasgarme la ropa, pero antes de llegar, alguien se lanza a su cuello. Se echa hacia atrás para defenderse y me levanto. Veo que se trata de Carlota y que se deshace de ella con facilidad, lanzándola lejos, y viene hacia mí. Huyo sabiendo que va a seguirme. Carlota no se mueve. Grito fuerte pidiendo ayuda, pero me alcanza y me cierra la boca. Ya no le hace tanta gracia que grite. Me tira al suelo y continúa por donde lo dejó, pero una vez más es interrumpido, y esta vez no puede deshacerse tan rápido de su presa. Descubro que se trata de Terry, y que estoy viendo al Oscuro. Su mirada es fría como el hielo y sé que si nadie lo detiene, acabará con mi atacante. Lo golpea sin descanso. Una y otra vez. Lo tiene acorralado. La fuerza de Terry es impresionante.

—¡Terry, no lo mates!

Terry se vuelve y me mira. Una gota de sangre le ha salpicado la mejilla. Veo al guerrero, y odio a los desgraciados que nos hicieron esto. Sé que una parte de él siempre estará corrompida por el dolor de la guerra. Él no debería haber padecido eso. Luchó en batallas ya libradas y decididas que lo único que han hecho ha sido atormentar su alma.

—Terry...

—¡Detente! —dice Felicia y le toma el pulso a mi atacante.

Terry lo mira aterrado y luego a mí.

—Terry —lo llamo cuando empieza a irse.

—¿Estás bien?

—No lo estaré si te marchas. —Cierra los ojos. Se mira las manos llenas de sangre y se va tras mirar hacia mi derecha— ¡Terry!

—Hija.

Mi padre viene hacia mí, y me doy cuenta de que Terry se ha ido porque sabía que mi padre iba a cuidarme.

—Estoy bien. Carlota...

Miro hacia donde ha caído y veo que se ha levantado y pone gesto de dolor.

—Estoy... mareada —reconoce.

Llega la policía y la ambulancia, me reconocen a mí y también a Carlota, quien al parecer se ha golpeado la cabeza al caer. Yo solo tengo heridas leves. Trato de ir tras Terry, pero mi padre no me deja, y a Felicia tampoco le deja acercarse. Any me abraza en cuanto me ve. Anthony llega pálido y posa sus ojos en Carlota, que sigue las indicaciones del médico.

—¿Estás bien?

—Sí —le respondo, pero sus ojos siguen puestos en Carlota.

—¿Acaso estás mal de la cabeza? —le dice furioso yendo hacia ella—¿Cómo se te ocurre internarte tú sola en el bosque y enfrentarte a él?

—Dejadme en paz...

—Dejadla, necesita reposo —le dice una enfermera.

Salgo de la UVI móvil. A Carlota se la quieren llevar al hospital para hacerle pruebas; Anthony se va con ella, a pesar de sus protestas. Antes de que cierren la ambulancia, veo a Carlota coger la mano de Abthony y apretársela. No es tan fuerte como quiere aparentar.

Vamos hacia un coche de policía. Veo cómo se llevan a mi atacante. Me mira y sonríe. Me entra pánico al recordar sus palabras, pues sé que son ciertas. Que no fue él quien me atacó la segunda vez. ¿Por qué hicieron eso?

Regresamos a casa en un coche patrulla. He llamado a Terry varias veces.

Al llegar, mi abuela Ágata me abraza; no quiere soltarme. Mi abuelo me abraza también, pero es menos efusivo.

—Estoy bien, tranquilos —digo, aunque no es cierto.

Estoy aterrada por lo sucedido y preocupada por Terry; por la desolación que he visto en su mirada. Mi padre me cura y me pregunta qué ha pasado.

—Candy, Terry estará bien.

—Tú no has visto su mirada...

Se me escapa una lágrima y corre libre por mi mejilla antes de que mi padre me la seque con ternura.

—Los dos habéis vivido una vida que no os tocaba vivir. Tú también has pasado lo tuyo.

Asiento, y mi sed de venganza ante los que nos han hecho esto se intensifica. No tendré piedad.

Me adentro en el cuarto de Terry. Son cerca de las doce de la noche y aún no ha regresado ni respondido a mis llamadas. Le he mandado varios mensajes diciéndole que estaba preocupada y otro donde le decía que yo no le debía de importar mucho si tras mi agresión se había ido de aquella forma. Ese lo he mandado hace poco y creo que he sido un poco dura, pues sé que él se ha ido cuando ha visto que estaba bien y que lo hizo porque he visto cómo golpeaba a mi atacante. Lo conozco y sé que se odia por haberme mostrado esa parte de él. Porque yo pueda sentir miedo a su lado.

Me siento en su cama y miro la pantalla de nuestra conversación para ver si tiene los dos tics y ha recibido el mensaje. Sí, le ha llegado. Estoy a punto de mandarle otro cuando escucho la puerta abrirse.

Me levanto de la cama al tiempo que entra Terry.

Lo miro. Él no me devuelve la mirada. Noto que está tenso y enfadado.

—No deberías estar aquí. Al fin y al cabo, no me importas, ni me preocupo por ti, ¿no?

Me arrepiento aún más del mensaje. Me acerco a él.

—Estaba enfadada porque te hubieras ido de esa forma, pensando que te miré de ese modo porque vería en ti a un monstruo...

—No verías algo que no fuera cierto.

—No veía eso, Terry, y lo que estaba pensando era que por culpa de nuestros secuestradores, habías tenido que vivir una guerra que no era la tuya. Si viste algo en mis ojos, fue odio hacia ellos, no hacia ti.

—Tú no sabes nada.

Me mira un instante, pero aparta la mirada enseguida.

—¿Es que no has huido de mí por eso?

—¿Acaso importa?

—No me das miedo. —Cojo su mano, que está cortada por los golpes, y le acaricio los nudillos—. Tú no eres un asesino...

—Lo habría matado.

—Te aseguro que si la situación fuera a la inversa y una desgraciada tratara de violarte amenazándote con una afilada navaja, yo también perdería los nervios y puede que hasta la matara.

Terry me mira, y leo en sus ojos lo ridículo que es lo que he dicho.

—Sé que tú no eres como yo y sabes defenderte —continúo—. Lo que quiero decir es que cuando vemos a un ser querido siendo atacado, es difícil no reaccionar como lo has hecho tú. Lo que te diferencia de ese desgraciado es que tú te detuviste. Que tú no matarías a una persona por el mero placer de asesinar. Tú no eres así, y si una vez tuviste que hacerlo, fue para defenderte en una batalla para sobrevivir.

Terry se aleja de mí y va hacia la ventana a contemplar la noche, que baña de negro todo lo que nos rodea. Voy hacia él, que me pone ante sí y me abraza por la espalda para que observemos juntos el paisaje. Su gesto me alivia, ya que es un paso para entrar en su atormentado mundo y que no me deje de lado como ha hecho antes.

De repente, me estrecha fuerte entre sus brazos.

—No sabes lo que sentí cuando vi a ese desgraciado sobre ti... —dice tenso.

Me giro entre sus brazos para mirarlo a los ojos.

—Estoy bien.

—¿De verdad?

Alza una mano y me acaricia una de las heridas que tengo en el rostro.

—Sí, no le dio tiempo a hacer nada, y por suerte Carlota solo tiene una leve contusión. Pero pese a eso, debe pasar la noche en el hospital.

Terry asiente.

—Me alejé porque odiaba que hubieras visto esa parte tan oscura de mí. Lo que me asombra es que en verdad no estés aterrada de la clase de hombre con el que estás.

—No lo estoy porque te conozco y sé que nunca me harías daño. Siempre me has dado pruebas de que harías lo imposible por mi felicidad.

—¿Qué bien he hecho en esta vida para merecerte y que me comprendas tan bien?

Me alzo y lo beso para decirle sin palabras lo mucho que lo quiero y lo que valoro estar a su lado.

—¿Cómo estás? —me pregunta de nuevo tras darme un tierno beso. Se ha calmado un poco y sus ojos parecen más cálidos, menos atormentados— Y quiero la verdad.

—La verdad es que no puedo dejar de ver su cara siniestra cada vez que cierro los ojos, pero estaba tan preocupada por ti que no pensaba mucho en ello...

—Hasta ahora. —Asiento—. No dejaré que te haga nada, aunque tenga que matarlo, Candy. Antes me condeno que dejar que te vuelva a poner un solo dedo encima.

Me recorre un escalofrío. Espero que eso nunca suceda. Nos abrazamos, ambos buscando el apoyo en el otro. Necesito más que nunca la seguridad que solo me aportan sus brazos. Pasado un rato, se separa y me mira serio.

—¿Qué hacía tu moto en la entrada del pueblo si se supone que ibas a hacer un recado? —Agacho la mirada—. Candy...

—¿Y tú qué? ¿Acaso me vas a decir el secreto que te traes con Tristán? —Terry se tensa. Tal vez pensaba que no lo había pillado— Sé que ocultas algo y llevo días esperando a que me lo cuentes. Se separa y da una vuelta por el cuarto.

—Está bien, yo no tendré secretos contigo si tú no los tienes conmigo. Creo que los dos hemos callado para no preocupar al otro, y no puedo exigirte que me cuentes lo que te inquieta si no te digo lo que me preocupa a mí.

—Cierto. ¿Y bien?

—Yo he preguntado primero.

—Está bien. —Me siento en el sofá, Terry me sigue y se gira para mirarme. Hago lo mismo—. Desde hace días sentía que algo no iba bien. Tenía el presentimiento de que no podía salir del pueblo, que una vez más estaba atrapada...

Terry me mira expectante y preocupado; creo que ya sabe lo que voy a decirle.

—¿Y? —me pregunta cuando guardo demasiado silencio.

—Y no puedo marcharme del pueblo..., salí despedida. Pero fui precavida y llevaba el casco puesto. Cuando me lo quité para ver cómo estaba, él apareció, y aunque corrí hacia el límite para que me volviese a lanzar por los aires y que quedara aturdido al no saber qué había pasado, me consiguió atrapar. Era muy rápido. —Tomo la mano de Terry y este me la aprieta— ¿Y si no puedo salir de aquí nunca? No creo que sea justo para ti estar con alguien que está atrapada...

—Eso no lo digas ni en broma, Candy. Sabes que aunque hubieras seguido viajando en el tiempo yo me habría amoldado a tu vida. Te quiero con todo lo que representa el estar a tu lado.

—¿Aunque no sea una joven normal y perfecta...?

—La perfección está sobrevalorada. —Me acaricia la mejilla y me acerco a su mano intensificando su contacto—. La felicidad no es buscar la perfección, es saber encontrar lo que es perfecto para ti, y tú eres perfecta para mí.

Me resbala una lágrima que Terry atrapa. Me acerco para besarlo con ternura y lo abrazo con fuerza.

—Y tú ¿qué me tienes que contar? —le pregunto apoyada en su pecho. Nos hemos acomodado en el sofá para estar medio tumbados.

—De acuerdo, allá va. Hace tiempo te dije que tenía un don para saber si la gente me mentía o no...

—Intuyo que cuando dices tenías es porque ya no lo tienes —adivino.

Terry asiente.

—Desde hace unos días no siento si alguien me miente o no, y al parecer Anthony tampoco puede usar su don...

—¿Anthony tiene un don?

—Puede hacer que la gente sienta la necesidad de decirle la verdad.

Enseguida me viene a la mente aquel momento en que, sin saber por qué, le conté lo de mis mareos y me quedé extrañada por haberlo hecho.

—¡Lo usó conmigo!

—Sí. No se siente orgulloso de aquello, pero estaba preocupado por ti. No suele usar su don, pero ahora que no lo tiene le pasa como a mí, que se pregunta qué está pasando. Y si a esto le sumas que tú

vuelves a estar encerrada en el pueblo...

—¿Crees que el día de mi cumpleaños sucederá algo? —le pegunto sintiendo cómo la sangre se me congela en las venas.

—Sí, pero tenemos tiempo para saber el qué. Tal vez solo estemos ante unos chiflados que se creen los brujos y tratan de asustarnos... No lo sé.

—¿Y eso explica la magia y que tengáis dones?

—No, pero creo que los hemos heredado de los brujos y con el paso de los años han disminuido y solo se presentan en forma de pequeñas habilidades. Pero aún debemos descubrir qué buscan y qué conexión tiene eso con la flor que comimos de niños.

—Yo también lo creo. Y también pienso que escondiéndonos cosas nos hacemos más daño.

—Cierto, pero estoy acostumbrado a cuidar de los demás, lo siento.

—No pasa nada.

Me alzo y lo beso. Necesito sentirlo cerca y saber que juntos podremos con esto.

Me despierto agitada y con un dolor intenso en la pierna donde fui apuñalada. Me la toco.

—Candy, ¿qué sucede?

Terry enciende la luz y me mira preocupado.

—Me duele.

Terry aparta las mantas. Asustada, me alzo el pantalón del pijama, pues el dolor es cada vez más intenso.

—¡Dios! —estalla Terry cuando ve que toda mi pierna está morada alrededor de donde me apuñalaron hace años.

Ahora tengo la certeza de que aquel ataque fue por algo, y una vez más lo hemos descubierto demasiado tarde.

Terry sale de la cama; sé que va a buscar a mi padre. El dolor se hace más fuerte. Ahogo el grito que se forma en mi garganta. La pierna se me queda tiesa, me palpita, y noto como si la sangre quisiera salírseme de las venas.

De repente, el dolor es tan fuerte que no puedo callarme un alarido que sale de lo más profundo de mi alma, llevándose con él mi consciencia y sumiéndome en un pozo oscuro.

Continuara...