INTERCAMBIO
Capítulo 34
La Batalla de Hogwarts
[SEGUNDA PARTE]
Seamus POV
Junto con el resto de los tres últimos grados de la escuela, fui a la cafetería. Sabía que Sextus escondía las espadas en un armario dentro de la pared, camuflado para que nadie lo encontrara. Todos lo habíamos visto hacerlo. Sextus siempre ponía un candado en la cerradura. Un candado de color bronce y del tamaño del mundo.
Esperaba que lo hubiera olvidado ayer.
Cuando llegué a la cafetería, ya no estaban las mesas y había una tarima —la que siempre había en la clase de esgrima. Durante un momento, me pregunté si la cafetería era como la Sala del Requerimiento, pero lo dejé en paz después de unos segundos. Nunca se sabía con Hogwarts. Ni con Dumbledore, Hogwarts me recordaba a Dumbledore.
Sacudí ligeramente la cabeza y me acerqué a donde estaba el armario.
Los chicos se arremolinaban alrededor. Unos intentaban abrir la puerta con magia, mientras que, por otra parte, los gemelos Weasley intentaban abrirla con una aparato extraño. Era como un palo puntiagudo de metal, plano y que se doblaba un poco al final.
—Es una ganzúa —explicó George—. Los muggles las usan para abrir puertas cuando no tienen la llave.
—O a veces tiran las puertas —añadió Fred con una sonrisa traviesa.
Inevitablemente, segundos después, al estar atravesados en el candado, uno de los hechizos dio a Fred y George, pero había sido un hechizo que se había combinado con otros. De alguna manera, su cabello se había vuelto purpura.
Los gemelos se miraron entre sí y suspiraron, a la vez que McGonagall les dirigía una mirada.
—A la enfermería —instó.
—Ya lo imaginábamos —suspiraron los gemelos.
Me acerqué a examinar el candado. Me pregunté si Percy hubiera podido abrir el candado. Percy era un buen líder, habría encontrado la manera. Conociendolo, probablemente haría algo estúpido como atacar el candado con su espada —una vez que se frustrara— y el candado se abriría.
Con frustración, empujé la puerta con mi cuerpo al mismo tiempo que giraba el pomo.
Y se abrió.
Solté una risa nerviosa cuando los hechizos dejaron de volar de un lado a otro y sentí las miradas de mis compañeros en la nuca. ¿Había hecho yo eso? No es que hubiera sido difícil. Tenía la sensación de que si solo hubiera girado el pomo suavemente, la puerta se hubiera abierto.
—¿Alguien intentó abrir el pomo? —preguntó Hermione, incrédula de que nadie lo haya hecho.
Los magos y brujas se miraron los unos a los otros. Un coro de no's y ¿por qué lo haría?'s sonó alrededor.
Hermione rodó los ojos.
Parvati hizo lo mismo, al mismo tiempo que se acercaba al armario. Miré el armario. En cierta manera, no era como lo había imaginado.
Armario no era el término adecuado, el término adecuado era bodega. A simple vista, sabía que lo que estaba mirando era el pasillo. A los lados del pasillo había cuatro puertas, dos de cada lado.
Tentativamente, di un paso adelante. Me dirigí a la puerta más cercana, que estaba de lado izquierdo del pasillo. La puerta era de madera de roble. Si no se podía abrir con un hechizo o solo girando el pomo, estaríamos en problemas. No sería fácil derribarla.
Puse mi mano en el pomo helado y giré la muñeca.
Esperaba encontrar las espadas. Digo, el debió haber dividido el equipo para que se repartiera entre las tres habitaciones, ¿no? Aunque tal vez había hecho uno de ellos una sala de juegos…
Lo que no esperaba era encontrarme todo el equipo que teníamos en esa habitación. El hecho de que todo estuviera embutido ahí (y no fácilmente) me hizo preguntarme que es lo que había en las otras habitaciones.
—Aquí está el equipo —anuncié sobre mi hombro.
Tuve que empujar a algunas personas para poder moverme hacia la otra puerta, ya que los chicos se había parado a mí alrededor, intentando ver sobre mi hombro lo que había en la habitación. Rodé los ojos cuando, al ver que solo era el equipo, suspiraron por lo bajo con decepción. ¿Acaso creían que les había mentido? ¿Por qué haría eso?, pensé con un bufido.
Caminé cuidadosamente hacia la siguiente puerta del mismo lado. Ahí había un estudio. Era un estudio de aspecto acogedor. Las paredes estaban tapizadas con libreros, de piso a techo, el piso tenía una alfombra color borgoña, y el escritorio estaba hecho de roble. Había una lámpara en una esquina del escritorio, y, cerca dela puerta, había un par de muebles. Uno era de dos plazas y el otro era individual. Era de color borgoña oscuro, con unos tonos de gris. Eran del tipo de muebles y prácticamente rogaban que te sentaras en ellos por lo acogedores que se veía.
Suspiré, aun nada.
—Es un estudio —exclamé sobre mi hombro.
Paseé lentamente hacia la siguiente puerta, al otro lado del pasillo. Esta vez fue más sencillo, ya que ya me habían hecho espacio para caminar en vez de pararse ahí. Caminé directamente hacia la puerta, he intenté abrirla. Naturalmente, al ver que el resto de las puertas se habían abierto, mi cuerpo se abalanzó hacia adelante cuando giré la muñeca…, pero solo para chocar con la puerta.
Parvati reprimió una vista al verlo, luego rodó los ojos y se acercó.
—Miré esto —señaló con su dedo índice, después de golpearme en la frente con el mismo dedo. Abrí la boca para quejarme, cuando vi lo que señalaba. Era una inscripción.
Presione aquí para oír el mensaje.
Y justo debajo, había un círculo. El color del círculo era casi imperceptiblemente más oscuro que el del resto de la puerta, pero cuando se veía de cerca, era notable. El relieve del círculo sobresalía ligeramente contra el resto de la puerta.
Me encogí de hombros y procedí a presionar el círculo.
De la nada, apareció un mensaje. En las orillas parecía un arcoíris, pero el efecto se difuminaba hasta presentar una imagen, así que no podía estar seguro. La imagen enseñaba a Sextus Gladiuslord —o Lord Sextus—, mirándonos. Las comisuras de su boca estaban torcidas hacia arriba, pero el resto de su cara indicaba seriedad.
—Muy bien —dijo Sextus—. Si estás viendo esto (o están) es que, quien quiera que seas, has entrado a mi armario. Si estás aquí, significa que hay problemas. Si son solo tus problemas o de Hogwarts en general, no lo sé.
—Es un video. El verdadero Sextus no sabe que estamos aquí —tranquilizó Hermione a todos.
—Bueno, si no lo sabe, debe de ser muy despistado. Todos los a estudiantes de quinto, sexto y séptimo año están aquí —replicó Ron.
Hermione codeó a Ron en las costillas y lo fulminó con la mirada.
—Es verdad —dijo Parvati—, ¿dónde está Sextus? —preguntó.
—¡Shhh! —la calló Romilda Vane—. Sextus está hablando —susurró.
—Si son solo tus problemas, da la vuelta. Vamos, hazlo. Tu [i]de verdad[/i] no quieres saber lo que hay en este cuarto. Te provocaría demasiadas preguntas que no serán contestadas, ya que, si me preguntas, negaré la existencia de esta habitación. Te volverás loco. Por otra parte, si los problemas en Hogwarts son verdaderos, entonces ustedes tendrán sus respuestas… pero solo después de que tengan necesidad de las armas. Antes no puedo. La preguntas te volverán loco, si sabes que jamás tendrás las respuestas, así que, sí que Hogwarts no está en problemas, realmente deberías irte. Si Hogwarts está en problemas… Adelante. —En ese momento, el Sextus del video hizo una reverencia, señalando a la puerta, y luego el arcoíris se disolvió. Se escuchó el candado de la puerta destrabarse.
Le dirigí una mirada a McGonagall. No sabía qué hacer. ¿Preguntas que me volverán loco? No sonaba placentero. Tenía la sensación de que McGonagall sabía de lo que hablaba Sextus, ya que ella se veía pálida, como si supiera lo que nos esperaba dentro del cuarto, y lo hubiera aceptado. Había aceptado que era necesario. Sus manos estaban entrelazadas, sus nudillos blancos por la fuerza con la que las apretaba.
Mi mirada se trasladó a Parvati. Noté que ella también había estado analizando a McGonagall, y que ahora ella también me miraba.
Ella me dirigió un pequeño asentimiento.
Suspiré suavemente y posé mi mano en el pomo de la puerta. Tenía un tono dorado, como el resto de las puertas, pero era ligeramente diferente. El tono de esta puerta era más broncíneo que dorado.
Bronce…
Giré el pomo de la puerta.
Parvati POV
No sabía que esperaba. ¿Libros? No, eso implicaría explicaciones. ¿Tal vez una estatua? ¿Un animal? Tal vez un elefante.
Pero sabía que definitivamente no esperaba más equipo. Seguro, este se veía ligeramente diferente al otro, que era plateado, el color de este equipo era más… broncíneo. En tonos calientes.
Por una parte estaban las corazas. Eran diferentes. En lugar de ser completamente de metal, tenían algo de piel. Tenían recubrimiento de piel, y las correas eran de piel, haciendo que fuera más sencillo que se ajustaran al cuerpo. Las grebas también eran del metal broncíneo, como las corazas, y también tenían recubrimiento y correas de piel.
Luego estaban las armas. Había muchas. No se limitaba a espadas, nop, ahí había jabalinas y arcos, entre otras cosas. La mayoría de ellas estaban hechas del curioso metal broncíneo, y tenían las agarraderas hechas de piel.
Y parecían peligrosas.
Nadie sabía realmente que hacer. Quiero decir, ¿qué haces cuando llegas a un salón lleno de equipo? ¿Sobre todo cuando dicho equipo no debería existir? Ya tenemos equipo, ¿no? En la otra habitación… ¿gris, viejo y oxidado? Ese.
Fueron cinco segundos de silencio y apreciación, hasta que, por fin, los susurros y rumores comenzaron a circular.
Y diez segundos después, la primera cara desconocida entre la multitud corrió a ver el equipo.
No me malentiendan. Comprendía que tendríamos que usar las armas y la armadura para ¿luchar? Con los monstruos. ¿Pero por qué es que ese chico sentía la necesidad de correr hacia las armas?
La escena, extrañamente, me recordaba a la escena de una de esas películas, donde dos personas van corriendo hacia el otro con los brazos abiertos y, cuando están cerca, se abrazan en el aire.
Solo que esta vez era solo de un lado.
El chico corrió hacia las espadas y comenzó a probar cual le quedaba.
El chico miró hacia arriba y nos encontró mirando con incredulidad y curiosidad, algunos con un poco de suspicacia.
—¿Qué? —murmuró en voz baja, bajando la cabeza para esconder sus mejillas ruborizadas—. Siempre quise una espada de verdad y las de Sextus no tienen filo.
Todos aceptaron su explicación y, siguiendo su ejemplo, comenzaron a caminar cuidadosamente hacia las armas. Todos estaban armándose con espadas, dagas, arcos o jabalinas, mientras que McGonagall nos miraba con preocupación. Estaba absolutamente segura de que ella dejaba ver menos de lo que en realidad sabía, y que ella tenía una idea bastante clara sobre quienes o que son los monstruos que estaban fuera de Hogwarts.
Intenté tranquilizarme diciéndome que por algo no nos estaba diciendo lo que pasaba y que probablemente era lo mejor.
Al final, en cuestión de armas, quedó una especie de clasificación. En Ravenclaw, había en su mayoría arcos y dagas. En Hufflepuff había arcos y jabalinas. En Slytherin había espadas y dagas, y en Gryffindor espadas y jabalinas, aunque en cada casa había unas pocas espadas, aunque la mayoría no las tuviera.
Mientras practicábamos (yo con mi espada), no importaba que arma, descubrimos que muchas de las técnicas que nos había enseñado Sextus, también eran aplicables al arma de nuestra elección.
—Debemos regresar a aguardar arriba —recordó Seamus.
Sabía perfectamente, de haber sido otro momento y otro lugar, todas estas personas hubieran comenzado a chillar y a protestar, pero ahora no había tiempo para esto. No debíamos hacerlo. Yo no lo haría. Este era un asunto serio, uno que había tomado ya una vida y ponía en peligro otras miles.
Descubrimos que fue una buena elección volver a cuidar las puertas del castillo cuando escuchamos a los monstruos golpear la puerta. Era mucho como en la Bella y la Bestia, la película de Disney, cuando los campesinos intentan entrar al castillo usando un tronco para abrir las puertas. De hecho, estaba casi segura de que era un tronco lo que usaban para abrir la puerta.
—Parvati —me llamó Seamus luciendo aturdido—, llama a Justin —me dijo—, está arriba. Pregúntale que es lo que ve que hacen las criaturas.
Asentí. Para ahorrar tiempo, fui a la Lechucería y cogí a una de las lechuzas disponibles para los alumnos. Escribí descuidadamente un mensaje para Justin Finch-Fletchley, preguntándole que es lo que veía desde su posición y mandé a la lechuza.
La Lechucería estaba en un jardín interior. Una cabaña con largas ventanas. Era ventanas abiertas para dejar a las lechuzas entrar y salir, pero había un hechizo en la cabaña para mantener el calor en invierno y fresco en verano. Una temperatura agradable para las lechuzas. Afuera de la cabaña había un pasillo alrededor de unos dos metros de ancho, y, al ser jardín interior, no tenía techo. Por ahí salían las lechuzas.
Cuidadosamente, me acerqué a una de las ventanas y, suavemente, lancé a la lechuza. Según en un pequeño lazo en su pata derecha, su nombre era Nagueria.
La lechuza, color caramelo, salió volando. Me quedé mirándola para asegurarme de que llegara a su destino. Varios pisos más arriba, mirando los monstruos desde un balcón, estaba Justin. La lechuza aterrizó en la orilla del balcón y gorjeó, llamando la atención de Justin.
Justin leyó la carta rápidamente y luego su mirada se trasladó hacia la Lechucería. En mi mensaje lo había puesto. Sacudí la mano llamativamente, esperando que pudiera notarlo desde esa distancia. Respondió con el mismo gesto y luego volvió a mirar el pergamino.
Unos minutos después llegó su réplica.
Acaricié suavemente la cabeza de Nagueria y cogí el mensaje de su pata.
Hay unos doscientos monstruos allá abajo. An cortado uno de los robles ancianos y ahora unos veinte monstruos lo están usando. Al frente hay un hombre con cabeza de toro, ese se ve especialmente enfadado. El resto de los monstruos solo están rondando por los límites de Hogwarts. Por alguna razón, las barreras nos funcionan más que en Hogwarts, pero creo que es lo mismo que causa lo del cielo. También creo que deberías decirle a Seamus que los monstruos actúan como si alguien les hubiera dado órdenes, como un ejército. Me preocupa. Y esto también es importante que sepan que se ven figuras humanas en los límites del bosque. Al principio no estaba seguro, pero hace unos minutos una de las figuras tropezó y salió del bosque. Son personas, y no creo que estén de nuestro lado. Me mandas un mensaje si hay más noticias.
Levanté mi vista del pergamino y sacudí el brazo, intentando decirle a Justin que lo haría. El respondió el gesto, así que supuse lo había comprendido.
A paso apresurado corrí hacia Seamus. Había colocado a los magos estratégicamente, con ayuda de Ron y Hermione. Yo jamás había imaginado que Ron era bueno en cuestiones de estrategia, pero sabía que él era bueno en ajedrez, así que supuse que era lógico.
Ron, Hermione, y Seamus habían conjurado una maqueta de Hogwarts, usando como base la Sala de los Menesteres. Actualmente, por cuestiones prácticas, la puerta se hallaba a un lado de las puertas del comedor.
Hermione, Seamus y Ron se encontraban alrededor de una mesa. Había pequeños hologramas, que, por lo que pude deducir, la figura era equivalente a diez magos.
Ron y Hermione estaban discutiendo mientras que Seamus intentaba separarlos. Noté que, usualmente, éramos él y yo quienes discutíamos, y, con diversión, pensé que esta vez era su turno de detener a otras dos personas de discutir.
Y, como si el solo atrevimiento de haber tenido diversión durante un segundo lo hubiera causado, todo Hogwarts tembló. Automáticamente todos o se levantaron de sus lugares tensamente, o se quedaron en su en sus sillas y enroscaron sus dedos en la orilla.
—¿Qué está pasando? —gritó Seamus en mi dirección, intentando hacer su voz sonar sobre el ruido que hacían las cosas por el terremoto.
—¡Un terremoto, idiota! —repliqué, fuera de quicio. Sé que estuvo mal explotar así contra él, pero la situación carcomía mis nervios lo suficiente sin que el intentara pedirme explicaciones que yo no podía darle. Era más… frustración que sentía conmigo misma por no saber lo que pasaba.
¿Qué eran esos monstruos? ¿Qué hacían aquí? ¿Quién los lideraba, aparte de Quien-tu-sabes? ¿Hassan estaba vivo o muerto? ¿…Percy? ¡¿Y dónde diantres estaba el infame otro mundo que debería estar ayudándonos?!
Reprimí un chillido de frustración e intenté caminar sobre el tembloroso piso hacia la puerta. Sentía que, sutilmente, las vibraciones eran más fuertes del lado derecho de la Sala de Menesteres… en el comedor.
¿Podía ser que los monstruos hubieran logrado entrar? Tal vez había monstruos subterráneos, como topos, y cavaron su túnel hasta dentro de Hogwarts. En ese caso, ¿qué rayos había pasado con las barreras protectoras? Aunque, por supuesto, jamás tuvimos "barreras protectoras". Todo era obra del poder intimidante de Dumbledore, y, por desgracia, no había ningún Dumbledore en la escuela por ahora.
Cuando llegué a la puerta, hubo un temblor especialmente fuerte que e hizo caer en mis rodillas. Hice una mueca cuando sentí el golpe en mis rodillas y me di cuenta de que, en unos minutos, ahí habría unos bonitos moretones. Por suerte, antes de caer, había logrado agarrarme del pomo de la puerta. Realmente el pomo no había hecho nada contra mi caída, pero por el rabillo del ojo podía ver como el temblor movía de lugar a las personas en el piso, así que agarrarme del pomo evitó que me alejara de él gradualmente.
Lentamente, ayudándome del pomo, me impulsé hacia arriba con mis brazos. Detrás de mí, oí a alguien más tropezando para intentar llegar a mi lado. Una mirada obre mi hombro me aseguró que era Seamus.
Jadeando, le tendí mi mano, para ayudarlo a llegar. Lo había estado haciendo bien por sí solo, pero era difícil y su camino fue más largo que el mío. Un poco falto de aliento, Seamus cogió mi mano.
Juntos, apoyándonos entre nosotros, tropezamos hasta el comedor. No habíamos sido los únicos que habíamos notado que la intensidad del temblor era mayor en el comedor, pero éramos de los pocos que habíamos logrado llegar, sobre todo teniendo en cuenta que la dificultad aumentaba cuanto más nos acercábamos.
Y lo que vi hizo mis rodillas debilitarse, aún más de lo que ya estaban.
Un gran hoyo en medio del comedor se estaba abriendo, comiendo varias mesas en la tarea.
Vagamente, oí las puertas de Hogwarts caer con un ruidoso «thump».
Estábamos completa y absolutamente perdidos.
