¡Hola a todos! Gracias a mágico Hogwarts y a Rose malfoy por los reviews que me han dejado en el capítulo pasado. Me alegra saber que les guste la historia. Y bueno, es tiempo de una nueva aventura en esta historia. Espero que les guste este episodio, aunque se desarrolla fuera de Hogwarts la verdad me gustó bastante :D
35. Imperio
—¿De qué sirve nuestra red de información si no hemos conseguido nada importante?
Los cinco miembros de la Orden de Venus que habían emigrado a Inglaterra se encontraban en su escondite. Uther Thanatos, el líder de todos ellos parecía sumamente molesto.
—¿Me permite decir algo señor? -preguntó Agatha, la única mujer del grupo.
—Mejor que sea algo bueno Agatha.
—Señor, la Orden suele tardar demasiado tiempo en obtener información fidedigna incluso en la Europa continental. No debería sorprendernos no haber encontrado nada hasta el momento, y más cuando estamos aquí por rumores y sin estar seguros realmente de que el Espejo Maldito haya sido visto aquí.
Un silencio siguió a aquella declaración. Lamius, Salomón y Joshua estaban extremadamente nerviosos ante la reacción que pudiera tener el primer senescal. Igual podía tomarlo bien o tal vez lo tomaría como un insulto y arrasaría con todo lo que se encontraba a su paso.
—Odio reconocer que tienes razón —dijo finalmente Uther con las mandíbulas apretadas.
La mujer no dijo nada más. Sabía que en aquellos momentos se jugaba la vida si decía algo que hiciera enojar aún más a Uther.
—De acuerdo, intentaré ser más paciente —aceptó finalmente Uther—. Me estoy dejando llevar por mi instinto que me dice que el Espejo Maldito se encuentra en este país.
—Si está tan seguro estoy convencido que lo encontraremos señor —lo animó Joshua.
—Sí, sin ninguna duda —dijo Lamius.
—Así será. El Señor de las Tinieblas volverá a este mundo y nosotros seremos sus lugartenientes —afirmó convencido Uther Thanatos.
— —
—Estoy preocupada.
Laura Helio se encontraba en la habitación de un pequeño departamento en el centro de Glasgow. Rentaba el lugar mientras sus hijos se encontraban en Hogwarts. Bueno, de hecho solía moverse bastante seguido de lugar, aunque mientras los gemelos se encontraran en Hogwarts prefería mantenerse dentro del territorio británico.
—No hay razón para ello —le contestó David Jacot desde el magicel que la mujer sostenía entre sus manos—. Los chicos están seguros dentro de Hogwarts y ambos sabemos lo improbable que es que nos suceda algo dentro Inglaterra.
—Y sin embargo no puedo desprenderme de este horrible presentimiento de que algo horrible se cierne sobre nosotros —comentó Laura.
—Pues mira, el único problema que se me ocurriría sería en el remoto caso de que pudieran encontrarnos —comentó David—. Y aunque lo lograran quisiera ver cuantos magos se necesitan para lograr reducirte.
—No soy quien solía ser —contestó ella.
—Lo sé, pero apuesto que aún eres igual de buena —comentó David—. No por nada eras la segunda senescal.
—Tú también eras un senescal —le recordó la mujer.
—Sí, pero yo era el tercero —contestó el hombre—. Tú estabas por encima de mí. Y si yo estoy confiado en que nadie puede reducirme eso quiere decir que tengo una mayor confianza en que tú saldrías airosa de situaciones peliagudas para mí.
—¡Ay David! —exclamó tras soltar una carcajada Laura.
El hombre Jacot solo se le quedó viendo con una extraña expresión en el rostro. Sonreía, pero sus ojos no reflejaban exactamente alegría.
—¿Sucede algo? —preguntó la señora Helio.
—Es solo que me doy cuenta que no puedo recordar cuál fue la última ocasión en que te hice reír de esa forma —comentó David—. Al principio solía hacerlo todo el tiempo.
—Sí lo recuerdo —contestó Laura mientras desviaba la mirada. Recordaba esos días. Muchas veces no quería hacerlo, ya que había recuerdos que no eran agradables y que habían ocurrido cuando conoció a David Jacot.
—Perdón, no quería que pensaras en eso —se disculpó David—. Mejor piensa cuando tuvimos a Justin y a William. También en esa época te hacía reír bastante.
—Jajaja. En eso tienes razón —aceptó Laura sonriendo nuevamente.
—Laura yo... —comenzó a decir David Jacot con la misma expresión de antes.
—¿Qué? —preguntó la mujer.
—No, nada —dijo David sonriendo—. Solo no te preocupes, ¿de acuerdo? Los chicos están seguros y aunque no fuera así nos tendrían a ambos para protegerlos.
—Creo que tienes razón —comentó Laura—. Perdona que te haya molestado, pero sabes que no puedo hablar de estos temas con nadie más.
—No te preocupes. Cuando quieras aquí estoy —contestó el hombre.
—Bueno, muchas gracias. Hasta luego —se despidió la señora Helio.
Y dicho eso cortó la comunicación, dejando a David con una esfera entre las manos dentro de la habitación que alquilaba en Las Tres Escobas.
—Yo había olvidado lo mucho que me gustabas —le dijo el hombre a la esfera de cristal.
Cerró los ojos con fuerza, intentando contener cualquier lágrima. Los últimos años de su matrimonio los había pasado peleando con Laura, por lo cual al término de este no sabía ya cuál era la razón por la que se había unido con ella en primer lugar. Y lo que más le molestaba era recordar ahora la razón por la que habían sido todas esas peleas. Él había empezado aquellas peleas motivado por su familia, quienes le reclamaban frecuentemente el tener un hijo que consideraban squib. Y David no podía creer cuan estúpido había sido por descargar sus frustraciones con la mujer que amaba, como si ella fuera la culpable de que William no mostrara signos de magia a temprana edad. Porque si de algo estaba seguro es que incluso aunque William hubiera sido un squib lo hubiera querido de la manera en que lo quería ahora, y hubiera estado igual de orgulloso de lo que se encontraba ahora que su hijo le había demostrado ser un mago sobresaliente. En resumen, había echado a perder su matrimonio para nada y ahora se arrepentía de ello. Porque si no hubiera hecho caso a los reclamos de su familia seguramente en esos momentos se encontraría en la misma habitación que Laura, esperando a que llegaran las vacaciones de Pascua para pasarlas en compañía de sus dos bellos hijos.
—No vale la pena preocuparse por el hubiera —se dijo a sí mismo el señor Jacot—. Lo mejor es concentrarse en el presente. Y lo que tengo en el presente es todo lo que necesito. Como se lo dije a Laura tengo seguridad y tengo a mis tres hijos cerca de mí.
Esa era la parte buena de estar yendo a Hogwarts para el club de duelo. David Jacot de esa manera podía ver a sus tres hijos al mismo tiempo, incluso si estos preferían en aquellos momentos a sus amigos que a su padre. Pero bueno, eran adolescentes. ¿Qué se podía esperar de ellos?
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—Bienvenido a Sortilegios Weasley —dijo Ron mientras un cliente entraba a la tienda—. ¿En qué puedo ayudarle?
George se encontraba supervisando la sucursal de Hogsmeade. Había que mantenerla bien surtida para aquellos fines de semana que los chicos de Hogwarts bajaban al pueblo, aunque la mayor parte del tiempo los dos hermanos se la pasaban atendiendo la sucursal del callejón Diagon y dejaban en manos de los dependientes a Hogsmeade.
—He oído que tienen una línea exclusiva de artículos para defensa contra las artes oscuras —respondió el hombre mientras miraba interesadamente a su alrededor, como si estuviera buscando los objetos de defensa.
—Así es, ha oído bien —dijo Ron mientras salía de atrás del mostrador—. Si gusta seguirme —le indicó al hombre mientras avanzaba hacia el fondo del local.
Los artículos de Defensa no era algo que se vendiera demasiado en los últimos tiempos, aunque George y Ron se encargaban siempre de mantenerse aprovisionados. Mejor que sobrara y no que faltara. Además, desde que se habían comenzado a dar los casos de maldición Imperius en el país el flujo de clientes en aquella línea se había incrementado un poco, aunque no demasiado ya que no tenían ningún objeto que pudiera contra esa clase de magia. Sin embargo, esperaban que eso cambiara pronto. Apoyados por Hermione, los dos Weasley habían estado trabajando en un sensor de maldición Imperius, que en teoría debería señalar cuando alguien se encontrara bajo la maldición. El problema hasta el momento es que no habían tenido una oportunidad de probarlo realmente, por lo que no podían decir que realmente funcionara. Estaban en medio de trámites para que el Departamento de Seguridad Mágica del Ministerio les diera un permiso especial para utilizar una de las maldiciones imperdonables, solo con fines de prueba. Sin embargo, el proceso burocrático era sumamente engorroso por la naturaleza de la petición. Pero George afirmaba que aquello a la larga valdría la pena, ya que si creaban un aparato capaz de detectar la maldición imperius sería un objeto sumamente valioso que muchos magos querrían comprar para asegurarse de que con quienes trataban no estuvieran bajo esa clase de maldición. Ron sabía que era cierto. Seguramente un objeto como aquel haría que la línea de Defensa de Sortilegios Weasley se vendiera como nunca antes lo había hecho.
—Bueno señor, ¿qué clase de artículos está buscando? —inquirió Ron—. ¿Alguna clase de situación que tenga que enfrentar?
—No podría decirlo con seguridad —dijo el hombre—. Ataques de otros magos, principalmente, supongo.
—Muy bien, entonces supongo que quizás esté interesado en nuestra línea de ropa escudo, protección garantizada contra encantamientos de leves a moderados sin que usted tenga que preocuparse de levantar la varita —comenzó explicar Ron mientras se acercaba al anaquel donde se encontraban la ropa—. O tal vez prefiera comprar los polvos de oscuridad instantánea, que ciegan a su oponente y le dan la oportunidad de escapar a menos que...
Ron se interrumpió al ver que el hombre frente a él le apuntaba con la varita mientras sonreía. Una parte de él sabía que debía defenderse, pero estaba sorprendido. Normalmente los delincuentes solían ser chiquillos en edad escolar que intentaban atacarlo cerca de la caja registradora, no hombres que fingían ser clientes y lo llevaban hasta la sección de defensa.
—Imperio —dijo el hombre antes de que Ron tuviera oportunidad de hacer algo, sacar su varita o tomar cualquiera de los objetos del lugar para defenderse. Seguía demasiado impresionado, aunque cuando el encantamiento lo golpeó olvidó completamente aquello. El hombre Weasley solo escuchaba una voz en su cabeza que le decía "ahora tú tarea es acercarme hasta el famoso Harry Potter. Mientras lo logras ve a casa e intenta no llamar la atención".
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—Snug, ¿se puede saber qué estás haciendo? —preguntó Spears con la boca torcida.
—Eh... desestresándome un poco, ¿por qué? —inquirió el auror.
—Te agradecería que no lo hicieras con los muñecos del modelo —le contestó Kay.
Sobre el escritorio de la auror había un mapa de los alrededores del Ministerio bastante detallado, con unos muñequitos de color rojo que representaban a funcionarios del Ministerio Magia y unos azules que representaban muggles, todos ellos atacados por una banda de jóvenes magos maleantes de Londres. El departamento de Seguridad Mágica estaba siendo fuertemente criticado porque tantos ataques estuvieran aconteciendo cerca de donde se encontraba el Ministerio de Magia, así que habían puesto a los aurores a trabajar en ello. Spears estaba intentando ver si había algún patrón en los ataques acontecidos de los últimos meses, pero mientras ella intentaba verlo Robert había agarrado algunos de los muñequitos y había empezado a jugar con ellos.
—Sigo diciendo que quizás deberíamos salir, buscar a algunos de esos chicos y razonar con ellos —opinó Snug mientras dejaba los muñequitos en los lugares de los que los había tomado—. Seguramente si hablamos con ellos entenderán que no deberían estar haciéndolo.
—Eso es demasiado optimista para provenir de un auror, Snug —le respondió Kay mientras miraba el mapa—. No entiendo, parece que todos los ataques han sido al azar.
—Quizás lo hicieron como alguna clase de entretenimiento, ¿no? —sugirió Robert—. Podrían solo estar demostrando su poder frente a otras bandas al realizar ataques tan cerca del Ministerio.
—No, debe haber algo más que no alcanzo a ver —contestó Spears—. Me gustaría que estuviera aquí Potter. No me caería mal una segunda opinión sobre si observa un patrón por aquí.
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—Hermione, ¡ya estoy en casa! —anunció Ron Weasley mientras entraba por su puerta.
La casa de Ron y Hermione era realmente grande. Aunque se encontraba en una zona con viviendas muggles alrededor que tenían una apariencia similar a ella, Hermione le había lanzado un encantamiento extensor indetectable para que el interior fuera mucho más amplio que el exterior.
—¡Papá! —gritó el pequeño Hugo mientras corría a recibirlo con un abrazo.
—Hola cielo —dijo Hermione mientras entraba en el recibidor—. ¿Qué tal el trabajo?
—Nada digno de mención —contestó el pelirrojo mientras seguía a su mujer hasta el comedor, donde la comida ya estaba servida—. Lo más resaltable que sucedió hoy fue que un hombre llegó preguntando por la línea de defensa de Sortilegios Weasley, pero después se retiró sin comprar nada.
—Ojalá el Ministerio se apresure con el permiso para que podamos utilizar la maldición imperio —dijo Hermione mientras tomaban asiento en la mesa—. Ellos deberían darse cuenta de lo que significaría tener un aparato capaz de detectar la maldición imperius. Les ahorraría mucho trabajo en trámites y también para poder contar con seguridad en los edificios mágicos.
—Bueno, aunque si nos vamos al Ministerio la verdad es que la ropa escudo se sigue vendiendo bastante bien —comentó Ron muy sonriente.
Los tres Weasley presentes en casa comenzaron a comer, charlando un poco de esto y un poco de aquello antes de pasar a la sala, donde pensaban quedarse un rato escuchando la radio mágica. Sin embargo, el plan se vino abajo cuando Ron puso un pie en la sala y un sonido estridente resonó en la habitación.
—¡Es tu invento! —gritó el niño Weasley a su padre mientras se tapaba los oídos.
Y es que el detector que George, Hermione y él habían ideado, el cual era similar a un chivatoscopio, había comenzado a girar y a pitar con fuerza.
—Debe haberse descompuesto —contestó Ron mientras se acercaba al aparato para poder desactivarlo con un golpe de la varita—. Tendré que checarlo después, ¿no? —preguntó el pelirrojo mientras se daba la vuelta, solo para encontrarse con que su mujer le apuntaba con la varita.
—Desmaius —gritó Hermione.
Y por segunda vez en el día Ron Weasley fue víctima de un hechizo en el que no alzó su varita para defenderse, en esta ocasión cayendo al suelo inconsciente.
—¡Mamá! —exclamó sorprendido Hugo.
—Hugo, quiero que te quedes vigilando a papá —le dijo Hermione—. No intentes despertarlo, solo vigílalo, ¿de acuerdo?
El chiquillo Weasley solo asintió nerviosamente mientras miraba a los ojos a su madre. No entendía bien que estaba sucediendo, pero por el tono usado por su madre sabía que se trataba de algo serio.
Mientras tanto, Hermione se acercó a la chimenea, la cual prendió con ayuda de su varita para después tomar una bolsita que se encontraba sobre la repisa llena de polvos flu. Necesitaría ayuda para averiguar que era lo que había ocurrido con su marido. Ron jamás habría dicho que él checaría el producto el solo, en todo caso hubiera usado la primera persona del plural si no es que se lo hubiera encargado directamente a Hermione. La mujer no creía que el detector se hubiera descompuesto, sino más bien tenía el presentimiento de que había funcionado a la perfección.
