Dos noches después. Los galeones
Después de su primera experiencia y gracias a los consejos de Tony, el grupo de amigos se sentía más seguro para disfrutar de los bailes latinos. Nada más que se llevaron una sorpresa, pues era la noche de pop de los 80 y 90. De todos modos, Lisa y Rick seguían sin dar una con el baile.
Luego de ordenar sus mojitos, Mira mira de Magneto se dejó escuchar en los altavoces.
—Me tienes impresionando, Lisa, tanto que me pregunto si eres la misma persona.
—No entiendo, Tony.
—Por lo común, los bailes se te dificultan muchísimo. En cambio, cuando estamos juntos te mueves de forma muy fogosa.
—Tal vez sea que estamos en privado.
—Te adoro, gatita ojos de jade.
—¡Miauuuu!
En otra parte de la pista…
—Rick, trata de seguir el ritmo. Es todo.
—¿Así? —trató de moverse con algo de gracia—. Es complicado. Prefiero verte bailar.
—¡Vamos! Lo estás haciendo bien.
—Temo pisarte.
En la mesa, las Conejitas estaban tremendamente dolidas con Rico, Bron y Konda. Los ex espías zentraedis les avisaron esa misma mañana que partirían de Nueva Macross a buscar fortuna en otros lugares. Rumiaban sus penas cuando Romanov y Acosta llegaron. Se habían vuelto grandes amigos.
—¡Evgeni! Acá estamos —Sammy se levantó agitando las manos para llamar su atención.
—Hola, chicas —saludó cordialmente—. ¿Nos podemos sentar con ustedes?
—Claro, hay espacio para dos chicos guapos como ustedes —Kim les guiñó coquetamente su ojo derecho.
—¿Qué están tomando? —inquirió el mexicano.
—Mojitos. Tony los ordenó —respondió Sammy tomando seductoramente la pajilla con sus labios.
Llamaron al mesero. Acosta pidió ron en las rocas. El ruso se decidió por un vodka tónic.
—¡Vamos a bailar, Evgeni! —propuso la ansiosa Kim.
—¡Por supuesto! Nada más que despacio para evitar dar un mal paso.
—¿Y tú, Vane? —Acosta le ofreció su mano para invitarla. La chica de lentes se sintió soñada.
Así, los cinco se unieron a la diversión al ritmo de El tiburón de Proyecto Uno. Pese a su discapacidad, Romanov utilizaba su bastón al estilo Fred Astaire. Acosta, no tendría las aptitudes que Tony para moverse, pero tenía lo suyo. Cuando el puertorriqueño lo descubrió, se puso tan tenso que sus pasos se volvieron erráticos.
—¿Quién lo invitó?
—Me alegra que el teniente Acosta esté con Vanessa —sonrió Lisa que empezaba a soltarse cada vez más—. Las chicas andan muy desconsoladas.
—Ese tipo me disgusta.
—¡Vamos, cariño! Si no está haciendo algo malo.
—Es lo que me preocupa.
—¡Detente, por favor! —al sentir un roce del pie de su pareja en el suyo—. Si sigues distrayéndote, vas a pisarme.
—Disculpa, mi corazón. Ese idiota me saca de quicio.
—Tal vez fue mi imaginación, pero me pareció que fijaste demasiado tu atención en el teniente Acosta aquella vez en la cafetería. ¿De dónde lo conoces?
Tony se pasó la mano por el rostro.
—¿Tienes algún problema con él?
—Ven, necesito hablarte a solas.
Se dirigieron a la terraza que estaba completamente vacía. El boricua se apoyó en la baranda buscando las palabras exactas.
—Sé que puedo confiar en ti, Lisa. Acosta es el ex novio de Nicté.
—¿Él es Juan Miranda?
—Entonces ya conoces la historia.
—Nicté nos la contó cuando tú, Roy, Max y Rick se fueron el satélite-fábrica.
—La hubieras visto después que la cortó, parecía muerta en vida. Fue muy doloroso escucharla llorar por las noches, apenas si comía, siempre irritable. Ahora con Hunter está feliz y tranquila. Me preocupa que ese desdichado quiera acabar con eso.
—Si dices que se llama Juan Mirada, entonces ¿quién es Andrea Acosta?
—La misma persona. Su nombre completo es Juan Andrea Miranda Acosta.
—¿Cómo? No entiendo.
—Verás, los hispanos tenemos uno o dos nombres más los apellidos paterno y materno. Mientras el resto del mundo acostumbra uno o dos nombres más el apellido del padre.
El problema fue que cuando se registró a los refugiados de las delegaciones latinoamericana y española, pusieron dos nombres y un apellido. En algunos casos se perdió el apellido materno, en otros el paterno y en otros más, el primer nombre. Como sucedió con Juan Miranda. Así se crearon otras identidades. Al hacer el recuento de bajas civiles tras la primera transformación, se detectó el error. Se hicieron nuevas listas de sobrevivientes para verificar si la escritura era la correcta. Posiblemente en el caso de él no se pudo hacer el cambio. ¡Qué se yo!
Si te preguntas por su honestidad, podemos fiarnos de él.
—Habrá que solucionar lo de los formularios. Descuida, amor. Si detecto alguna anomalía entre ellos dos, te aviso.
—Gracias —la abrazó y besó con ternura en la boca—. Me alegra tenerte a mi lado. Volvamos porque esta vez sí vas aprender a bailar —la jaló hacia el interior del lugar.
Las melodías siguieron sus curso, Con solo una mirada, Olé Olé; Autos moda y rock and roll; Fandango, Venecia, Hombres G; Rumba, samba, mambo, Locomía; No puedo más, Caló; Love, Thalía; No culpes a la noche, Luis Miguel; La salsa del destino, Magneto; Princesa tibetana, Timbiriche; Toda la vida, Franco; Este ritmo se baila así, Chayanne; Sabes lo que pasa, Yuri; Bambú, Miguel Bosé; Bikini a lunares amarillo, The sacados.
Aunque tenían pareja fija, los amigos decidieron intercambiarlas para mayor diversión. Acosta se acercó a Nicté y Rick al terminar La vida loca de Ricky Martin.
—¿Bailamos? —dirigiéndose a la chica.
—¿Por qué no?
—Acosta, ya ni te agradecí lo bien que cuidaron tú y Romanov a esta linda flor cuando salieron a cenar. Diviértanse. Vengo en un momento, mi ángel —afirmó el piloto. Tenía que ir al sanitario
Con Kumbala de Maldita Vecindad, Acosta llevaba a Nicté a distancia prudente, pero quedó anonadado por aquellos movimientos tan sensuales completamente desconocidos para él. Inconscientemente, bajó lentamente la mano por la cintura de su compañera de baile hasta el inicio de su cadera, lo cual la alarmó separándose inmediatamente.
—Juan, compórtate, por favor.
Acosta exclamó con enfado:
—¡No te hice nada! ¿De acuerdo?
Rick Hunter volvió tomando a su pareja por detrás.
—Estoy listo para la siguiente ronda, si antes no muero de cansancio. Gracias, compañero.
—Fue un placer, capitán —dijo con una sonrisa forzada—. Con permiso. ¡Me lleva la tiznada! —salió rumbo a la barra. Estaba molesto consigo mismo; descubrió su juego demasiado pronto.
A medida que transcurrieron las horas, Lisa se sentía con más confianza para dar algunos pasos de baile. Rick, aunque no perdía del todo el miedo a pisar a sus parejas, se animó a probar sus nuevos conocimientos con Miriya, Claudia, las Conejitas y la misma Lisa.
—Nomás mueve un poco más la cadera y voilá!, Hunter. Oye —Tony lo llamó aparte—. Un tip: sacúdete como cuando estás acompañado en la cama.
—¿Estás loco, Arce? Van a decir que soy un pervertido —protestó sonrojado.
—Hacer el amor se dice también el baile horizontal. Te lo dejo de tarea, cuñado.
El resto de la velada, Evgeni se la pasó con las Conejitas bebiendo mojitos, contando chistes y bailando. De pronto, Nicté Andrade sintió la necesidad de ir al sanitario y le pidió a Sammy que la acompañara. Al pasar cerca del aparato de hielo seco, una gran nube las envolvió. Desgraciadamente, la piloto aspiró algo del humo blanco causándole sofoco. Su amiga la llevó a la terraza para recuperar el aliento.
—¿Estás mejor?
—¡Coff, coff, coff! Un… poco…
—¿Necesitas algo?
—A-gu-a.
—Ya te la traigo.
La teniente Andrade descubrió el cielo nocturno desde aquel sitio, sumergiéndose en aquella bóveda tan profunda y enigmática.
—Nic, ¿ya estás mejor?
Era Andrea Acosta.
—Sí, gracias. ¿Y tú qué haces aquí?
—Me tocó ver lo que pasó —al notar aquel sitio, afirmó—. Tu eterno gusto por el cielo. Creo que ya comprendo porqué eres piloto.
—Cuando te subas a un varitech, tal vez lo comprendas mejor. Es una sensación mágica la velocidad a la que te desplazas con la potencia de sus reactores para surcar el espacio exterior. Ya me tocó ir al satélite-fábrica y la vista es indescriptible.
—También quise ser piloto, ¿recuerdas? Pero estos —señaló sus anteojos— no me dejaron. ¿Cómo lo consiguió Sterling? Tiene mayor graduación que la mía.
—Causas desesperadas requieren medidas desesperadas. Se necesitaba gente para las fuerzas de defensa del SDF-1. Kenji también usaba lentes y aprobó la selección. Todavía podrías unirte si de verdad lo deseas.
—Prefiero estar de este lado, muchas gracias. Por favor, necesito que me respondas ¿eras tú bailando conmigo? Porque antes te movías con rigidez, aunque llevaras bien el ritmo.
—Ya viste que aprendí. Tony es un gran maestro.
—¿Cuándo ocurrió?
—Un día que me fastidié de no entender los pasos.
Después que el Gato, el Negro y yo salimos del hospital humillados por semejante corte marcial. Tony notó que traía mucha ira conmigo, sólo bailando pude sacarla. Ira por todo: la actitud dejada de mis padres, el bullying de esa maestra, la muerte de mis abuelos, sentirme poca cosa y de paso, tu manera de cortarme.
Lourdes me explicó que cuando las emociones se quedan guardadas, causan estragos físicos y psicológicos.
—Me dejaste mudo.
Pudiste quedarte con mi mano en tu cadera mientras bailábamos, pero me pediste parar. Eres una mujer tan fuerte, mi cielo. Hoy veo lo que perdí al dejarte esa tarde.
Me fui corriendo sin ver hacia atrás por temor a arrepentirme de última hora Luego, tuve el impulso de voltear. Estabas de pie llorando en silencio. Quise regresar, pero mis piernas se quedaron pegadas al suelo enlodado. Te retiraste caminado bajo la lluvia que se soltó de golpe. Traté de convencerme los siguientes meses que dejarte fue lo mejor, pero mi maldito corazón gritaba una y otra vez: "¿Qué hiciste, Juan?" Me receté sexo de una noche todos los días después del trabajo para sacarte de mi cuerpo. Tenía que acallar este sufrimiento. Te escribía SMS que jamás envié y que terminaba borrándolos o te marcaba desde un teléfono público solamente para escuchar tu voz.
Una noche, Kyle llegó a la casa y le conté todo. Él también me narró cómo el teniente Hunter le había arrebatado el cariño de Minmei. Juntos nos íbamos de juerga con mujeres de paga. Jamás me gustó eso. Fue cuando te mandé ese mensaje al calor de las copas. Nunca pensé que me responderías. Me sentí un pendejo. Por eso te mentí.
Kyle me propuso poner un taller de reparación de computadoras en Monumento. Tendría todo lo necesario, incluido un salón para dar clases. Necesitaba salir del infierno en el que había caído. Todo me recordaba a ti.
El día que dejé México me topé con Antonio y Flavio en un bar de Coyoacán. Pensé que habíamos coincidido y hablábamos de todo y nada. Hubo tiempo de echarse un último dominó. Me despedí de ellos. En ningún momento hablamos de ti. Me fui por un callejón hacia la avenida donde Kyle me recogería para ir al aeropuerto cuando observé que dos figuras me seguían.
Comencé a correr, sin embargo me dieron alcance. Antonio me sujetó por detrás y Flavio me golpeó en el abdomen. Lo escuché decir: "¡Maricón de mierda, ya valiste madres! ¡Ahora sí te llevó la chingada!" No sé cómo me solté y tiré mis lentes. Me defendí como pude. Los puños de Antonio y de Flavio parecían piedras estrellándose contra mi cuerpo. La sangre manaba por mi nariz y mi boca. Caí de rodillas y ya no me levanté. Entre los dos me cosieron a patadas. Entonces Antonio, con la voz entrecortada dijo: "Cobarde". Me escupieron al rostro antes de irse.
Sonó el celular que estaba en mi mochila. Era Kyle. Le dije donde encontrarme. Al llegar, ayudó a levantarme. Fuimos al hospital para que me curaran. Me dieron 14 puntos en la ceja derecha, me entablillaron tres dedos de mi mano derecha. Estaba completamente madreado. Afortunadamente, no me rompieron las costillas. Partimos a las 0100 en el jet privado de su prima.
Ambos se apoyaron en la baranda contemplando las estrellas sin decirse nada más. Se sentían a gusto en presencia del otro en comparación con su primer encuentro tan lleno de incomodidad.
—Fue bonito bailar contigo otra vez —se detuvo abruptamente—. ¡Ouch, mi ojo!
—¿Te molesta?
—Siento algo que me impide parpadear sin dolor.
—Tal vez se te metió algo del hielo seco. Déjame ver —ella accedió. La examinó detenidamente tomando su rostro entre sus manos—. No te muevas.
—¿Y esa cicatriz en su ceja derecha? Sí, ten cuidado. Mañana tengo patrulla.
Acosta haló suavemente del párpado para hacer la maniobra. Sus rostros quedaron peligrosamente juntos. Nicté percibió una sensación muy peculiar en su interior. El ingeniero bajó un poco la vista para toparse con el escote del vestido de la chica que dejaba ver el nacimiento de sus pechos. Le sudaba la frente, las manos le temblaban y sintió una revolución en su entrepierna. Tu piel sigue tan suave. Y tu aroma, cidra. ¡Dios mío! Esto es una tortura. Respiró profundamente para calmarse. Encontró el objeto: una pelusa de fibra de vidrio y la retiró con delicadeza.
Un ruido que no supieron reconocer se oyó. Se acercaron al umbral de la terraza. Había un vaso roto en pedazos. También descubrieron sangre.
—¿Y esto?
—Quizá algún mesero tuvo un accidente. Volvamos, han de preguntar por ti.
A su regreso, Sammy se dirigió a su amiga.
—¿Estás mejor?
—Sí, nena. ¿Qué pasó con el agua? Te estuve esperando.
—El capitán Hunter te la llevó.
—Nunca lo vi. ¿Estás segura?
—Completamente —Vanessa y Kim se acercaron, fue la última la que habló—. En cuanto Sammy le dijo lo que te pasó, se ofreció personalmente a llevártela a la terraza.
—Lo que se me hizo extraño fue que en cuanto volvió dijera que te quedarías un rato más a recuperarte. Sacó a Lisa a bailar de manera muy ruda —añadió la chica de lentes.
Efectivamente, el capitán Hunter traía una expresión endurecida. Nunca volvió a bailar con Nicté en toda la noche.
La velada terminó debido al cansancio. Evgeni propuso continuar la fiesta en su recién entregada barraca, pero declinaron la oferta para mejor ocasión.
Rick Hunter permaneció callado todo el camino que manejó al barrio militar. Su mano derecha iba cubierta por un pañuelo, lo cual llamó poderosamente la atención de Nicté Andrade.
—¿Qué le pasó a tu mano?
—Nada.
—Entonces quiero saber cuál es la causa para que evites verme a la cara.
Bruscamente enfrenó a unos metros de la barraca de la teniente Andrade, dejando el motor encendido en plena avenida.
—¿Por qué besaste a Acosta?
—¿Qué?
—Los vi besarse en la terraza de Los galeones.
—En primera, jamás dejaría que otro hombre que no seas tú me bese. En segunda, me sacó una pelusa de fibra de vidrio del ojo. En tercera, me parece que deberías bajarle al alcohol.
—¡Deja de mentirme! Únicamente me tomé un mojito en toda la noche y el resto fue agua mineral. Igual que tú.
—¿O sea que me estás espiando?
—Me ofrecí a llevarte el agua que le pediste a Sammy. No quiero que vuelvas a platicar con ese mequetrefe. ¿Quedó claro?
Nicté Andrade se bajó del jeep sin decir más ante el azoro de su novio.
—Escúchame bien, Richard Hunter, me molesta que tomes estas actitudes conmigo. Yo te amo, ¿para qué me estaría fijando en otro? Me quedó muy claro que por tu comportamiento impulsivo estás viendo lo que crees ver.
Soy una persona libre que platica con quien quiere. ¿Y qué sigue? ¿Exigirme que me ponga un velo para que nadie me vea? Soy tu novia, entiéndelo. Nunca tu propiedad, ni tú mi dueño.
¡Ah! Y la próxima vez que me lleves algo, abre la boca para decir que estás presente. Y lávate esa herida. Buenas noches —caminó agitadamente hasta su casa, abrió la puerta y la cerró de un portazo.
Rick Hunter golpeó el volante. Se fue echando maldiciones de camino a su barraca.
A la mañana siguiente. Base Macross
El escuadrón Bermellón realizó patrullaje en el cuadrante Gama sector 9. El capitán Hunter jamás le dirigió la palabra a la piloto del Bermellón 4, salvo por una que otra orden. La teniente Andrade esperaba que su pareja se hubiera tranquilizado, mas se dio cuenta que su terquedad era insufrible.
Miriya notó que algo sucedía entre ellos y se comunicó con Nicté vía canal privado.
—¿Qué tiene Rick? Ha estado muy distante contigo.
—No sé de dónde sacó la bendita idea que anoche me besé con Acosta.
—¿Acaso este microniano jamás aprenderá a usar su cabezota? Espero que no hayas cometido una tontería.
—Por supuesto que no, Miri. Le debo respeto a mi pareja. Pero que se ponga así, me molesta. Y mucho.
—¿Quieres que Max hable con él?
—Dudo que Max pueda sacarlo de su estado "no oigo, no oigo, soy de palo". Si piensa que me está castigando aplicándome la "ley del hielo", pierde su tiempo. Ya somos adultos, ni que estuviéramos en la preparatoria.
—Un día, su impulsividad le traerá un problema. Te aseguro que cuando volvamos, el mayor Focker estará esperándolo. Tenlo por seguro.
—Ojalá le abra ese coco que tiene por cabeza. Gracias por preocuparte. Cambio y fuera.
Efectivamente, el mayor Roy Focker ya esperaba a Rick Hunter en la oficina del Bermellón en cuanto retornaron a Macross.
—¿Y ahora qué te picó, cachorro? Has estado de un humorcito.
—Nada. ¡Déjame en paz!
—Querrás decir "estoy que me lleva el diablo". Anda, bebe algo —le arrojó una Petit Cola que había sacado de la máquina de refrescos.
Al pasar el primer sorbo, habló con mucho enojo.
—Nicté y Acosta se besaron en la terraza de Los galeones.
—Te lo creería de cualquier otra chica de la base, menos de ella —dijo sin sorprenderse—. ¿De dónde sacaste semejante idea?
—Sammy me contó que Nicté se sofocó por aspirar hielo seco después de pasar por la máquina y le pidió agua. Decidí llevársela. De pronto, los vi. Él tomándola del rostro y ella dejándose como una…
—¡Ten cuidado, Rick! —le advirtió—. No te permito que insultes a Ángel. De seguro viste otra cosa. Estábamos en un sitio a media luz y sales de repente a otro más iluminado, es lógico que te deslumbraras.
—Sé perfectamente lo que vi, Roy. Le exigí que dejara de hablar con Acosta y se molestó. Me dijo que yo no era su dueño. ¿Qué le pasa?
—Pues tiene toda a razón, aunque te enojes. ¿Sabes qué me dijo Pops? Entre más piensas que vas perder a una mujer estando con ella, la pierdes por robarle su libertad. Y lo comprobé en los primeros días de estar con Claudia. Ella me dijo que si entre nosotros había desconfianza, la relación jamás funcionaría.
Nicté es una mujer cariñosa, buena amiga y compañera, entregada a su trabajo, fuerte y con un gran corazón. Me consta que se esforzó por hallarte cuando te perdiste el otro día. Mejor discúlpate, no sea que por tus celos realmente la pierdas.
Nos vemos, piensa en lo que te dije.
Rick asintió en silencio, pero la duda persistía en su cabeza ¿Realmente los vi o fue mi imaginación? Una a una aparecieron en su mente las fotos y las notas de los misteriosos anónimos nocturnos.
Prometheus. Área de vestidores femeninos
Sigues tan bella como siempre
—Otro SMS equivocado. ¿De quién será el número?
—¿Qué sucede, Nicté?
—Es lo que quisiera saber, Miri. Desde hace días, recibo mensajes de texto de un número desconocido.
—Bloquéalo.
—Ya lo hice, pero siguen entrando.
—¿Por qué no les dices a los ciberfrikis? A Max se le descompuso su consola de videojuegos hace unas semanas y se la dejaron mejor que nueva.
—De veras. Ni me acordaba. Vuelvo en un rato —echó a correr hacia el comando central.
Laboratorio de cómputo
Se escucharon unos toques en la puerta.
—Pase —Acosta estaba jugando Age of Empire en línea.
—¡Atención!
Ante aquellas palabras, el ingeniero se levantó cuadrándose de golpe. Al reconocer a su superior, exhaló aire.
—¡Tú! —expresó con cierta molestia al ver a Nicté riéndose—. ¿No te bastaba con un simple hola? ¡Me sorprendiste! —pasó junto a ella para entrecerrar la puerta.
—Ya veo lo bien que cumples con tus obligaciones. Es una suerte que estés lejos de las garras de la Reina del Hielo porque te despelleja vivo si te descubre.
—¿La comadreja parlanchina? De verdad, ¿cómo la aguantaste? Esa mujer solamente vive para dar órdenes. "Teniente Acosta esto, teniente Romanov lo otro".
Nicté sonrió traviesamente ante la imitación.
—¿Qué se te ofrece? Dudo que sea una visita de cortesía.
—Es mi celular. Quiero bloquear un número y no puedo.
Tomó el aparato para ingresar a configuraciones de llamada.
—Es un número desconocido. Te vas a esta ventana para activar el bloqueador —mostrándole—. Si lo tienes activado —comentó extrañado—. Reinícialo. Con eso bastará.
—Gracias. Tú siempre tan hábil con estas cosas. ¿Cuánto es?
—Nada.
—¿Otra vez? Tampoco me cobraste por el reproductor de música. ¿Por qué lo haces?
Como respuesta, Acosta fijó su mirada en aquellos ojos miel. De pronto, Nicté Andrade despertó del hechizo.
—Es mejor irme. Gracias.
Acosta la detuvo por el brazo.
—¿Podemos ser amigos? Fingir que nuestra historia jamás existió de nada sirve.
—Tendrás que ganarte mi confianza otra vez. Chau.
La acompañó hasta la puerta. Al despedirse, nunca notaron que las Conejitas los estaban espiando.
—¿O sea que ellos se conocen? —preguntó Sammy.
—Nicté es demasiado discreta como para decirnos. Ya ves cuando regañó al capitán Hunter en la cafetería —indicó Kim.
—Me consta que cuando comen juntos, ni siquiera se echan una miradita coqueta —repitió Conejita más joven.
Vanessa se quedó callada, llevándose la mano derecha a la barbilla en actitud pensativa.
—¿Te ocurre algo , Vanessa? —preguntó Kim.
—Yo sé que he visto el rostro de Andy en algún sitio. ¡Aghh! Si al menos me acordara.
—Ya recordarás. Por lo pronto, vine a con Evgeni para que arregle mi MP4 —afirmó Kim.
—Y yo mi tablet —siguió Vanessa.
—Les gano —mostró Sammy su sonrisa de triunfo absoluto—. Mi memoria USB está llena de virus que estuve recolectando toda la mañana.
Prometheus. Hangar del escuadrón Bermellón (escuchar con Frozen de Madonna)
Rick terminaba de revisar algunos documentos. Se sentía frustrado e irritable. No sabía qué pensar. Salió un momento a respirar aire puro. En la entrada, Nicté Andrade charlaba amigablemente con dos compañeros de extinto grupo de reconocimiento, Maclahan del escuadrón Wolf y Curtis del Panther, riéndose de algún chiste que habían contado. Esa sola escena elevó el clamor de los tambores de los celos.
¡Esto es demasiado!
Los tres pilotos se despidieron. Para esa hora, el hangar estaba totalmente desierto, excepto por ellos dos. Tras unos minutos, el capitán Rick Hunter enfiló sus pasos hacia el vestidor de mujeres. Entró en silencio para evitar que lo detectaran. Descubrió a Nicté hablando para sí.
—¿Qué viste exactamente, Rick? ¿Qué necesito hacer para que me creas?
En ese momento, en el interior de Rick Hunter se libraba una batalla colosal: su mente contra su corazón. Lentamente avanzó. Al escuchar un rumor, Nicté volvió su rostro hacía donde provenía el sonido.
—¡Sal de aquí! Es el vestidor de mujeres.
Nunca escuchó palabra alguna. Los ojos azules de Rick Hunter brillaban con intensidad. En segundos, el líder del Bermellón la aprisionó entre su cuerpo y el casillero de Miriya, besándola y acariciándola con frenesí.
—¡Rick, basta! ¡No me gusta!
Rick Hunter estaba sordo a esas súplicas. Le besaba el cuello y metía su lengua en su oreja. Sus manos empezaron a bajar la cremallera del traje de vuelo de Nicté. Ante esa acción, ella le dio un rodillazo en la entrepierna y una doble bofetada doblándolo por el agudo dolor que recorrió su columna. La piloto se alejó lo suficiente para evitar su alcance.
Resoplando con dificultad, Rick Hunter se levantó lentamente. Nicté Andrade comenzó a caminar hacia tras en posición de guardia.
—¿Te volviste loco?
—¡RAMERA! —gritó con odio inyectado en sus ojos y en su voz— ¡LÁRGATE! ¡LÁRGATE!
Por única respuesta, la chica se echó a correr llorando de rabia. En el camino se topó con Max, Roy y Tony que fueron a buscar a Rick para su noche de chicos. Llegaron corriendo al hangar y lo encontraron golpeando la pared hasta herirse los puños.
Entre Max y Roy tuvieron que someterlo. Tony le echó un vaso de agua fría en la cara para que recuperara la cordura.
—¿Se puede saber qué te sucede, Rick? Pareces un verdadero psicópata —señaló Roy.
—Es Nicté.
—¿Qué sucede con mi hermana?
—Me ha estado engañando. Anoche la vi besarse con otro y hoy… estuvo coqueteando con Maclahan y Curtis.
Los tres se quedaron viendo entre sí. Rick temblaba de ira y dolor.
—¡ES UNA MALDITA RAMERA!
Al terminar de decir aquellas palabras, un dolor agudo se cernió sobre su quijada tumbándolo bocabajo.
—¡MAX! —Roy y Tony estaban sin habla. El tranquilo y siempre ecuánime Max Sterling había perdido los estribos.
—¡ERES UN ESTÚPIDO; RICHARD HUNTER! ¿Volviste a recibir anónimos?
—A ver a ver, no estoy entendiendo. ¿De qué estás hablando, Max? —preguntó Tony. Él ya había preparado su puño para darle a Rick cuando Max se le adelantó.
—Rick ha estado recibiendo anónimos desde hace unos días con fotos y notas insinuando que Nicté lo engaña —Max se sobaba su puño adolorido.
—¿Por qué no me dijiste, cachorro? Te habría ayudado.
—¿Anónimos? En serio que eres un cabeza hueca, Hunter. Jamás hay que creer en ellos. ¿Dónde están?
—Los llevé con un amigo —aclaró Max—. Disculpen el exabrupto, chicos. Perdí el juicio. Tendremos que ir a verlo esta noche antes que la sangre llegue al río.
—¿Para qué? ¿Para que me diga que Nicté tiene un amante? —Rick escupió sangre. Max lo había golpeando en la nariz
—¡Guarda silencio y cámbiate! Y no intentes escapar, Rick —le advirtió Max.
Una hora después
En su loca carrera, Nicté Andrade dejó olvidada su bolsa donde estaban sus llaves. Decidió ir a casa de Kim que estaba con Sammy y Vanessa. Al tocar la puerta…
—¡Ya voy! –la abrió para sorprenderse—. ¡Nicté! ¿Qué haces aquí?
Lo único que hizo fue abrazar con fuerza a su amiga. Sammy y Vanessa se acercaron.
—¡Amiga! ¿Qué tienes?
—No me hagan preguntas. ¡Vamos adónde sea!
—Estábamos por ir a un bar. Suerte que me diste la copia de tu llave.
Fueron a la barraca de Nicté Andrade donde pudo cambiarse por unos jeans entubados botas negras de caña alta, una blusa roja sin mangas con lentejuelas bordadas y su chamarra de piel negra.
Fueron a La Casa de Bambú. Pidieron una botella de vino blanco para compartir sus penas. La música dance sonaba con todo. Bailaron entre ellas. Nicté bailó sin descanso cada pieza. Necesitaba sacar esa ira que amenazaba con carcomer su mente. Recordó que su psicoterapeuta le mencionó que esa emoción tan destructiva había que purgarla del sistema lo antes posible para poder pensar con claridad.
Las Conejitas sabían que algo más sucedía con su amiga, algo que remotamente no estaba bien, ya que la vieron con la mirada vidriosa al inicio y después llorando.
—¿Estás bien? —se acercó Sammy tomándola de os hombros.
—Lo estaré cuando el cansancio me venza.
Al mismo tiempo, barrio militar
Los cuatro pilotos bajaron del jeep de Roy ante una de las barracas. Rick Hunter iba con una bandita en la nariz, vendoletes en la boca y las manos raspadas. Sentía que era inútil estar ahí.
Max tocó al timbre. La puerta se abrió.
—¡Gafas Oscuras! ¡Qué gusto verte! ¿Vienes a una partida de Halo?
—Buenas noches, Evgeni. No, hoy no. Vine por el asunto tan importante del que te platiqué. ¿Podemos pasar?
—Claro, claro. Adelante. ¿Gustan una cerveza? —el ruso los dejó pasar a su nueva morada.
—Las necesitaremos —sentenció Roy observando con detenimiento la barraca.
En la sala había tres computadoras de escritorio encendidas junto con varios cartuchos de videojuegos de diferentes títulos de Nintendo, Playstation, Xbox, PC.
—Disculpen el desorden. Apenas me entregaron mi casa. ¡Ahhh! —dijo con alivio—. ¡Por fin libertad!
Fue por las cervezas y se sentó en su sillón.
—¿Encontraste algo? —Max fue directo al grano.
Evgeni habló con gran seriedad.
—Sí. Antes de mostrárselas, debo mencionar que me extrañó mucho el ángulo de toma.
Los cuatro le pusieron atención.
—Por lo general, cuando se fotografían personas a la hora de espiarlas, se busca que estén al nivel de nuestra vista. Como las de los paparazzi de las revistas del corazón.
Estás fotos están en picada, más propio de instalaciones de prioridad clase A, es decir, instalaciones militares, plataformas petroleras, plantas eléctricas y nucleares. ¡Ah sí! Y de personajes poderosos. Casi podría decir que son de reconocimiento aéreo.
Ayer estuve trabajando un poco en ellas. Vengan.
Se acercó a una de las computadoras donde buscó un archiv. Al teclear, se desplegaron las tomas del primero de los anónimos. Activó el proyector que estaba conectado para que los cuatro pilotos puedas verlas con facilidad.
—¡Oigan! ¡Ése soy yo!
—Efectivamente, capitán Arce. La postura de sus cuerpos indica que son amigos haciendo bromas. Tengo entendido que usted y la teniente Andrade poseen un vínculo muy especial. De entrada, afirmo que no hay delito que perseguir sobre estas imágenes. Sin embargo, vean éstas.
Las fotos que despertaron los celos de Rick aparecieron ante sus ojos. Nuevamente empuñó sus manos heridas, lo cual Romanov detectó.
—Tal como lo sospechó, capitán Hunter: la teniente Andrade tiene un amante.
—Pero Evgeni —Max se vio interrumpido por un gesto de su amigo informático.
—¿Quiere saber quién es?
Rick asintió con los ojos encendidos de rabia.
Dio un tecleo más y la primera imagen cambió de perspectiva.
—Helo aquí.
Los cuatro enmudecieron. ¿Cómo era posible
En otro lado del barrio militar
Una camioneta negra se estacionó cerca de una de las barracas. El conductor observaba por el retrovisor a su víctima acercarse. A una señal suya, se disparó un rifle. El sujeto cayó instantáneamente in emitir un quejido. Rápidamente, dos sujetos bajaron del vehículo para llevarlo a rastras a su interior.
Al mismo tiempo, se recibió un SMS.
—Inicia el acto final
Barraca de Evgeni Romanov
—¿Qué?
—No entiendo.
Max sonrió aliviado.
—El amante de la teniente Andrade es usted, capitán Hunter.
—Yo les explicaré —intervino Max—. Mayor Focker ¿recuerda el partido de béisbol que sostuvimos el pasado otoño contra la base de Granito?
—Perfectamente Max. Le ganamos gracias a los cuadrangulares del cachorro. Es más, te comisioné para que mandaras hacer las playeras, blancas con vivos azul rey. A Rick le tocó el número 8 —sin más, comenzó a carcajearse—. La playera más graciosa. Un ocho con bigote.
—No le veo la gracia, Roy.
—Evgeni, ¿puedes hacer un acercamiento a la playera del sujeto que está con Nicté? —solicitó Max.
En segundos, se apreció la seña tan particular de la prenda.
—¿Cuándo usaste esa ropa? —preguntó Tony.
—Déjenme recordar —haciendo un gran esfuerzo—. El… el… la noche antes de salir hacia Hawái. Llevé a Nicté a su casa y nos besamos antes de entrar. Por si es necesario aclararlo, no pasamos la noche juntos. Nicté arguyó que necesitaba estar bien descansado para tan largo viaje.
—¿Cómo pudieron obtener esas fotos? —Roy era el más interesado en saber.
—Por eso mencioné que me extraña el ángulo, especialmente porque en el barrio militar no existen lugares tan altos para hacerlas.
—Está el teleférico —agregó Tony.
—Muy alejado de la zona. Tal parece que fueron hechas con las cámaras de vigilancia de la ciudad. Justamente hay una enfrente de la casa de la teniente Andrade. Capitán Arce, ¿hacia dónde se dirigían y cuándo fue? ¿Qué estaban haciendo?
—Rumbo a mi casa. Desde el día que partió el convoy a Hawái y dos días más, hicimos un maratón de cine.
—Hay una cámara en la esquina norte, cerca de su domicilio.
Me atrevo a insinuar que un envidioso de su relación, les sembró una discordia del tamaño de Troya, capitán Hunter. Aquí veo la mano de una persona con amplio conocimiento en psicología. Supo perfectamente unir una imagen cualquiera sacándola de su contexto con un texto escrito para la ocasión.
Gracias a la memoria de Max, reproducimos los mensajes escritos.
—¿Dices entonces que son de las cámaras de vigilancia de la ciudad? ¿Cómo puede ser posible? —Max estaba realmente inquieto.
—Apuesto mi pierna verdadera a que alguien se vendió al mejor postor por esas tomas. Todos tenemos un precio. Como le comenté a la teniente Andrade en su momento, cuando hay las intenciones de lastimar, se cumplen. Como sea y donde sea.
—¿Ya ves, cachorrito? Te lo dije, Nicté jamás podría engañarte.
—Y te lo confirmo yo que la conozco. Lo que más odia en este mundo es la traición.
—Bien, jefe. Ya podrás dormir tranquilo.
Rick permaneció absorto en las imágenes. De pronto, salió corriendo sin volver atrás con rumbo desconocido. Los gritos de Roy, Max, Evgeni y Tony se escucharon por algunas cuadras.
¡Soy un estúpido! ¡Me porté como una bestia! Pops y Roy tenían razón —las lágrimas empañaron su visión provocando que tropezara contra el pavimento. Apoyado en cuatro puntos, sintiéndose abatido, se llevó la mano al cuello para estrujar la medalla con su palma herida por los fragmentos de vidrio que trató de recoger en Los galeones, llorando incontenible. Mi ángel. ¡No quería lastimarte!
Trató de recordar cómo fue esa noche. Le llevó el agua a Nicté cuando la vio levantando el rostro hacia Acosta. Las manos de la chica estaban quietas, nada que indicara excitación de su parte. El ingeniero aproximó su rostro al de ella. Fue cuando dejó caer el vaso haciéndose añicos. Se agachó a recoger los pedazos con su atención puesta a ellos. No supo cómo, pero el ardor de la cortada lo sacó de ese trance, dejando el vidrio donde había caído.
Volvió con los demás. Se acercó a las Conejitas para informarles que Nicté necesitaba quedarse otro poco en la terraza. Fue donde Lisa y de un jalón la llevó a la pista. Ella notó que sangraba y le vendó la mano con su pañuelo. Unos minutos después, Nicté y Acosta volvieron cada uno por su lado. Jamás se hablaron el resto de la velada.
Se levantó y corrió hacia la barraca de Nicté Andrade. Tocó a la puerta. Ninguna respuesta. La llamó por celular al teléfono fijo. Nada.
—Nicté, por favor, ábreme. Soy una bestia, una completa bestia. Mi ángel —la lastimera súplica salió de su garganta—, perdóname, no quise herirte.
Silencio total. Besó sus dedos con suavidad para depositarlos en la puerta. Regresó a su barraca lleno de desconcierto y dolor.
