"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."
"Diecisiete"
Capítulo XXXVI
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—¿Crees que acertarías a darme un sólo puñetazo? Me encantaría verte intentarlo… —susurró Diecisiete.
Blake titubeó y miró brevemente a Auri por encima de su hombro. La niña estaba encogida en el mismo lugar, con las rodillas abrazadas. Estaba aterrorizada.
Diecisiete amplió aún más aquella diabólica sonrisa, situó el antebrazo sobre su rodilla con posición relajada e hizo un gesto con los dedos invitándole a realizar el primer movimiento.
—Vamos... ¿A qué esperas?
Tembloroso, Blake tanteó sus bolsillos. Le quedaban tres petardos más.
—De acuerdo —dijo, aceptando el reto, pese a que nunca había ganado ninguna pelea en el orfanato.
Pero su plan era sencillo: escapar tras dejar inconsciente al Ranger. Le daría una patada en la cara, tomaría a Auri de la mano y echarían a correr. Si el agente se levantaba antes de lo esperado, Blake le demostraría por qué le llamaban el "Jesse James" de los petardos.
Y, sin preparación previa, ni detenerse a elaborar estrategia alguna, Blake inició el ataque. La patada que le soltó a Diecisiete, nada más empezar, era la que, presuntamente, debía noquear al Ranger. Pero aquel hombre bloqueó su golpe con facilidad y empujó la pierna de Blake, rudamente, arrojándole al suelo.
La arrogante risa del Ranger fue lo único que detectaron los oídos de un humillado Blake, que se incorporó del suelo para encontrar el rostro del agente sonriendo con una mueca aún más burlona.
—¿Eso es todo lo que sabes hacer? ¡Vamos! ¡Regresa y pelea como un hombre!
—¡Blake, no! —suplicó Auri a su hermano. No le gustaba nada lo que estaba sucediendo. No le gustaba nada aquel hombre.
Pero Blake, se levantó del suelo con lágrimas de rabia en los ojos. La urgencia de escapar estaba siendo opacada por las ganas de machacar a ese desgraciado.
Se abalanzó de nuevo hacia Diecisiete, liberando toda la rabia contenida a través de cada puñetazo y de cada patada que, torpemente, le dirigía. Pero cada uno de sus golpes moría en el vacío, sin lograr acertarle una sola vez. Era como si aquel tipo conociera de antemano hacia dónde iba a dirigir los golpes o, peor aún, que fuera capaz de ver sus movimientos a cámara lenta.
Su mirada de hielo le traspasaba como si se asomara directamente a su alma. Todo en él parecía tan inhumano e intimidante que el niño comenzaba a pensar que se hallaba ante algún tipo de monstruo.
Pero Blake no podía echarse atrás. Había comenzado aquello y ahora debía terminarlo. Tenía que demostrarle que él no le tenía miedo por terrorífica que fuera el aura de Diecisiete.
Él no era un cobarde.
—Venga, voy a ser generoso —canturreó con voz suave y peligrosa, Diecisiete—. Para demostrarte mi buena fé te enseñaré a pegar de forma apropiada…
Blake limpió sus lágrimas. ¿Quién se creía que era ese lunático?
—¡Oye, viejo! ¡No necesito lecciones de un loco! —escupió.
—¡¿Viejo?! —exclamó el androide, incrédulo.
¡Viejo! Era la primera vez en su vida que le llamaban viejo. Diecisiete era plenamente consciente de que tenía el mismo aspecto que la primera vez que despertó, recién transformado en androide. Estaba congelado en los últimos años de su adolescencia. Y, o bien se mantendría eternamente joven o envejecería a un ritmo extremadamente lento, no estaba seguro de lo que iba pasar en el futuro, pero ambas posibilidades eran probables.
La cuestión era que, durante su vida, le habían llamado chico, muchacho, jovencito, mocoso… Incluso cerebro de tostadora. Pero, ¿viejo? Eso se le había clavado como un dardo.
Sonrió. Ese niño era muy interesante.
—De acuerdo, si estás tan seguro… —murmuró—. Te dejaré intentarlo una vez más. Golpéame —insistió—. Y esta vez ven con todo.
El chico apretó los puños. Se mantuvo erguido, con la espalda rígida y los brazos en el aire, listo para proteger su cabeza de golpes inesperados. Sabía que lo más probable era que aquel tipo le arrojara al suelo como un trapo, de nuevo.
Pero tenía que hacerlo.
Ignoró los sollozos de Auri, concentrado como estaba en la cara de Diecisiete. Quería rompérsela...
—Vamos, atácame. Pero sé gentil, mis huesos de viejo no pueden resistir mucho... —se burló, Diecisiete, provocándole.
—Blake… —musitó débilmente Auri, asustada y hecha un ovillo junto al tronco del árbol.
Pero, a esas alturas, Blake estaba enojado de verdad y ni siquiera prestó atención a la vocecilla de su hermana pequeña.
Ese imbécil les estaba haciendo perder un tiempo precioso. Todo su plan se estaba yendo al carajo. No necesitaba de más razones para odiar al Ranger con toda su alma y desear partirle la crisma.
¿Con qué fin le retaba? ¿Por qué no se dejaba de juegos y les detenía de una vez por todas? Y si no iba a hacerlo, ¿por qué no les dejaba escapar?
Corrió hacia él, gritando y golpeándolo con todo su ser. Y de nuevo falló una y otra vez, aunque el tipo ni siquiera parecía moverse. ¿Estaba esquivándole o estaba evitando golpearlo? Ya ni siquiera podía diferenciar una cosa de la otra.
—Nunca lograrás darme si sigues intentándolo de esa manera. Fíjate bien, te mostraré cómo se hace.
El muchacho se quedó helado al ver el puño de Diecisiete acercarse a él a una velocidad imposible de esquivar. Sintió que el brazo de aquel hombre frenaba su trayectoria en el último segundo, disminuyendo la velocidad al acercarse a su rostro, y deteniéndose ligeramente a la izquierda de su oreja.
La réplica del golpe sacudió apenas las puntas de su corto cabello alborotado y ni siquiera llegó a rozar su mejilla. Pero Blake se mantuvo en estado catatónico durante unos segundos, en los que su mente trató de registrar la situación. Sólo podía pensar en la velocidad a la que se había movido aquel puño.
—ASÍ es como se da un puñetazo— terminó la lección, Diecisiete. Y regresó a su lugar, de cuclillas y de cara al niño—. Tu turno —sonrió, de nuevo esperando.
—¡E-eso es imposible, no puedo hacerlo! —gritó el chico, sintiendo el llanto contenido quemarle la garganta.
Era una completa pérdida de tiempo, él jamás tendría una oportunidad contra ese tipo.
—Entonces renuncia, eres demasiado blando —sentenció Diecisiete, sin rastro de compasión. Lo miró a los ojos, el verde esmeralda de Blake se estrelló contra el desprecio del azul helado de Diecisiete. Lo decía en serio. Y el niño sabía que tenía razón—. Ríndete de una vez. Acabemos con esto y vámonos de aquí. Los demás están esperando… Tengo otras cosas que hacer aparte de jugar contigo.
—¿Blando…? ¡¿Qué sabrás tú?! —explotó el niño, incapaz de contener ya más sus lágrimas. Se avergonzaba de sí mismo. Se avergonzaba de ser tan débil, pero no iba a dejarse despreciar por aquel desgraciado—. ¡Cuando este día haya terminado, volverás a tu casa, mientras nosotros tendremos que regresar al orfanato! ¡No sabes nada de ese lugar! ¡No conoces el futuro que nos espera a mi hermana y a mí! —gritó. Su rostro, empapado de lágrimas, se tornó rojo de rabia—. ¡A ti te da lo mismo lo que nos pase! ¡Déjanos escapar! Diles a los demás que no nos encontraste. Seguro que aquí desaparece mucha gente y ya no se vuelve a saber de ellos. ¡Déjanos ir! ¡No volverás a vernos y todos seremos felices!
Diecisiete entornó los ojos.
—Felices… Puedo asegurarte que tengo mucha más experiencia como superviviente que tú —le dijo al chico, con seriedad—. Y si realmente quieres continuar con esto, si quieres escapar con tu hermana, no regresar a ese orfanato y apañártelas tú solo sin depender de nadie, entonces tendrás que golpearme —añadió, haciendo un gesto para que el chico lo enfrentara seriamente esta vez.
—¡Blake, no! —chilló Auri.
El niño no necesitó otra invitación. Se acercó a él con toda su fuerza, cegado por las lágrimas y dirigiendo su puño contra pecho del Ranger.
Y esta vez acertó de pleno y el golpe fue digno de ovacionar para venir de un niño de sólo ocho años.
Pero Diecisiete ni siquiera se estremeció.
Blake retrocedió casi de inmediato, con el brazo dolorido como si acabara de golpear una columna de hormigón. Sostuvo su mano magullada cerca de él, caminando hacia atrás y respirando entrecortadamente a través de las lágrimas.
Diecisiete se acercó a él, helándole con su mirada penetrante y haciendo que Blake se sintiera como un ratón acorralado en una esquina por el león que quería atraparlo.
Entonces su visión se volvió borrosa y gris cuando notó que le golpeaban en el estómago tan fuerte, que sus pulmones quedaron privados durante eternos segundos de la capacidad de respirar.
Le vació de oxígeno. Blake cayó al suelo, agarrándose el vientre dolorido.
Diecisiete le observó, sin mostrar un solo atisbo de emoción. Sabía que sólo le había dado un toque ligero. No había forma de que con aquello el niño resultará herido de gravedad. Pero si tan dispuesto estaba a salir adelante en la vida con la única compañía de una niña aún más pequeña que él de la que encargarse, tenía que entender que otros no iban a permitirle tantas oportunidades. No, otros no se lo iban a poner fácil.
En las calles y en la vida, en general, el pez grande se comía al chico, y esos niños eran carne de cañón.
—¡Ya basta!
Diecisiete se giró de repente hacia la fuente del sonido y vio a la más pequeña, con el rostro húmedo de lágrimas, corriendo hasta el muchacho. La niña se dejó caer de rodillas al llegar junto a él. Blake se incorporó poco a poco, aún atontado por el golpe de Diecisiete, y miró a su hermana.
—Suficiente —masculló el androide, observando la escena—. Se acabó la excursión. Ahora vais a desfilar los dos directos al coche y hasta que lleguemos no quiero oír una palabra más.
Pero cuando fue a sujetarlos a ambos por el brazo, Auri le sorprendió mordiéndole un dedo. El gesto le hizo abrir los ojos como platos.
¿De dónde diablos había salido aquella resolución?
Aquel mosquito sabía usar bien el factor sorpresa y, en un parpadeo, había conseguido lo que el otro niño llevaba veinte minutos intentando: inflingir daño. «¡Chica lista! ¡Esa no la vi venir!» admitió Diecisiete para sí mismo, satisfecho.
Pero la siguiente tampoco la vio venir, porque Auri había guardado en su mano un puñado de tierra que, aprovechando su confusión, arrojó a los ojos abiertos de Diecisiete y le cegó.
Y ni siquiera un androide era inmune a semejante treta.
—¡Jodida mocosa! —farfulló, protegiéndose los ojos con ambas mano. ¡Eso era un truco muy sucio!
—¡Vámonos de aquí, Auri! —escuchó la voz del niño.
Diecisiete se irguió, dispuesto a detenerles. Podía atraparlos con facilidad aún habiendo sido privado temporalmente de su visión.
Pero los niños aún no habían terminado de revelar todos los ases.
—¡BOOOOOM!
Tres tremendas explosiones se sucedieron alarmantemente cerca del cuerpo de Diecisiete. ¡El maldito niño le había lanzado a bocajarro TRES petardos como bombas!
El androide rechinó los dientes. No era que aquellos inofensivos juguetes fueran a provocarle el más mínimo dañ ya se había cansado.
Iba a poner punto y final a aquello a la voz de YA.
—¡Deprisa! —escuchó la voz de Blake.
Y sólo lograron alejarse unos pasos más antes de sentir una dolorosa sacudida que los golpeó por la espalda y los arrojó al suelo. Fue como si acabaran de tocar una verja electrificada.
—Otra lección para vosotros: no gritéis cuando intentáis huir del adversario, estáis regalando la posición —rugió Diecisiete, luchando aún contra los restos de tierra alojados dentro de sus párpados.
Afortunadamente no necesitaba verles para golpearles con una onda de energía.
Se acercó a ellos, frotándose los ojos con la manga. Su visión comenzó a regresar, aunque borrosa, aún. Casi parecía que los niños estaban llorando.
Ah, no... Estaban llorando de verdad.
Blake le devolvió la mirada, con los ojos rebosantes de miedo. ¿Quién diantres era aquel tipo?
Aún podía notar la sensación de abotargamiento en la espalda. Pero con la distancia que habían interpuesto entre ellos y Diecisiete, y con éste cegado por la treta de Auri, ¿cómo era posible que hubiera alcanzado a golpearles?
—¡No le hagas daño a ella! Conmigo haz lo que quieras pero a ella no… —suplicó Blake, arrastrándose hasta su hermana y protegiéndola de Diecisiete en un abrazo desesperado.
Y lo que sucedió a continuación ocurrió tan repentinamente que Diecisiete no supo reaccionar en un buen rato.
Fue como si el ruego de Blake abriera el resquicio de una ventana en su cerebro que, hasta entonces, había permanecido cerrada a cal y canto. Y, a través de tal rendija, su propia voz le llegó mentalmente, clara e inconfundible, pero con un matiz demasiado humano, demasiado sensible, demasiado asustado.
"Voy a protegerte, me cueste lo que me cueste. No permitiré que ese Gero te ponga una mano encima. Aunque me deje la vida, Lázuli"
Y entonces lo entendió: no era la voz de Diecisiete lo que estaba recordando, era la voz de Lapis.
Y la cabeza le dio vueltas de tal modo que necesitó sentarse.
Tenía la boca seca y respiraba con dificultad.
Diecisiete miró con ojos semicerrados a los dos niños desde el lugar en el suelo en que había tenido que arrodillarse rápidamente para no caerse redondo. Estaba seguro de que si su estómago hubiera tenido algún tipo de contenido, habría vomitado.
No era posible... Una parte infinitesimal de su pasado había regresado a su mente como un intenso flash, golpeándole de forma inesperada y muy, muy dolorosa.
Acababa de recordar los momentos previos al inicio de las operaciones que Gero ejecutó con su cuerpo.
Esperó unos instantes, con el pánico visible en los ojos, temeroso de que más de aquellos recuerdos comenzaran a azotarle de repente y le privaran de la cordura que aún creía poseer. Pero, afortunadamente, el vacío que ocupaba su mente antes de los momentos correspondientes a tan breve recuerdo continuó allí.
Diecisiete se quedó mirando a los niños, que se abrazaban entre ellos con los ojos fuertemente cerrados.
El Ranger se puso de pie, recobrando el aire sereno y frío que le caracterizaba. Se acercó a ellos sin dejar de vigilarles ni un segundo y los puso en pie estirando de sus brazos.
—El mundo se os comerá vivos, tenedlo por seguro. Pero sobreviviréis durante más tiempo si dejas que sea tu hermana la que dirija el cotarro —murmuró, hablándole al niño.
Y, aquella vez, Blake no detectó burla en su voz.
Suspiró y, cabizbajo, miró a Auri. Ya no podía hacer nada más, debía rendirse.
No lograrían jamás escapar del orfanato. Su pequeña unidad familiar estaba sentenciada.
—Andando —masculló Diecisiete, empujándoles ligeramente por los hombros y obligándoles a seguir una estrecha y casi invisible senda abierta por los animales que habitaban el bosque.
Los niños obedecieron y, sin soltarse de la mano, echaron a caminar delante del agente sin osar decir nada, él por estar demasiado avergonzado y ella, por estar demasiado asustada. Ni siquiera se giraron cuando oyeron al Ranger manipular su walkie para dar el parte.
—Flynn, aquí Diecisiete.
—Te recibo, Diecisiete.
—Les he encontrado. Les estoy llevando directamente a la Central. Cambio y corto.
...
Caminaron siguiendo el sendero durante un tiempo indeterminado. El paisaje se repetía, y Blake comenzaba a plantearse que, de no haber sido encontrados por Diecisiete, no habría sido capaz de orientarse en aquel inmenso bosque y llegar a la carretera. Era todo mucho más grande de lo que había imaginado.
Diecisiete les lanzaba miradas curiosas desde detrás. Eran tan menudos que no entendía de dónde habían sacado la valentía para cometer semejante estupidez. Aunque probablemente aquello que confundía con valentía era sólo la falta de conciencia típica de esas edades.
—¿Por qué lo hicisteis? —preguntó Diecisiete, intrigado. Blake no miró atrás, se dedicó a observar la maleza que atravesaban sin soltar en ningún momento la manita de Auri—. ¿Por qué escapásteis? ¿Qué fue lo que te llevó a pensar que conseguirías salir de aquí con vida? Dos niños como vosotros sois pasto seguro para los osos, o mejor aún, para los lobos… —continuó Diecisiete. Blake frunció el ceño y no respondió, y entonces la voz del Ranger varió el matiz—. Mirad, ¡hablando de lobos!
Los niños se detuvieron. Un poco a la izquierda del sendero, y camuflado entre las sombras de unos arbustos, había un enorme lobo gris acechándoles.
Blake se quedó completamente quieto, sintiendo una mezcla de sensaciones que variaban desde el miedo hasta la ilusión. Inconscientemente apretó la mano de su hermana.
¡Un lobo! ¡Siempre había querido ver uno en su hábitat! Eso fue lo que siempre le confesaba a su madre cuando, de niño, solía acompañarla en sus expediciones. Y desde entonces aquel humilde pero casi imposible deseo había permanecido grabado en su cabeza como con un hierro al rojo vivo.
La boca del niño se abrió para expresar su emoción, pero se cerró inmediatamente al darse cuenta de que, probablemente, aquel lobo lo que quería era atacarles.
Atrajo a Auri hacia sí y la abrazó protectoramente. No quería ni pensar qué habrían hecho de haberse cruzado con aquel lobo estando solos. Los lobos solitarios eran tan peligrosos como los que vivían en manada. Ahora se alegraba de haber sido encontrados por Diecisiete. Seguro que aquel Ranger sabía qué hacer.
Pero, aunque esperó que Diecisiete empuñara alguna de sus armas y disparara al aire para ahuyentar a la criatura, lo único que provino de él fue otro gruñido más como todos los que había soltado hasta entonces.
—Llegas tarde.
El lobo se acercó trotando hacia ellos, sin titubear ni un momento. Blake se agazapó cuando lo vio pasar tan cerca, pero el animal le ignoró por completo. El pequeño le siguió con la vista y le vio detenerse junto a Diecisiete y olfatear su mano antes de sentarse y esperar.
—¿Es tuyo? —preguntó, asombrado, con un hilito de voz.
Diecisiete alzó las cejas. El mocoso delincuente y petardista acababa de desaparecer y, ante sus ojos, había aparecido un inocente niño con una ilusión desbordante en su infantil forma de mirar. Sonrió y asintió, en silencio.
Blake exhaló, sin lograr apartar la vista del cánido.
—Continuad caminando —ordenó entonces Diecisiete. Y aquella cálida sonrisa que adornó de repente su rostro lo abandonó tan rápido como había aparecido.
Reanudaron el camino con Tristan trotando alegremente delante de ellos, guiándoles de forma segura por aquel sendero casi invisible, hacia el coche.
—¿Sabes? —dijo Diecisiete entonces, pensativo—. Es un detalle por tu parte que quisieras compartir el peligro con tu hermana. En compañía se sufre mejor que a solas —admitió el androide.
—Yo sólo quería que ambos desapareciéramos —confesó Blake.
—Desaparecer está sobrevalorado —espetó el androide—. No es tan bueno como tú piensas. Cuando quieras volver atrás ya no sabrás ni quién eres...
Y parecía que sabía de lo que hablaba. Blake se giró y le observó un instante por encima del hombro. Un aura sombría rodeaba a Diecisiete, que no dijo nada más.
Incapaces de atreverse a entablar una conversación normal, los niños permanecieron callados durante cuarenta y cinco minutos, avanzando a través del bosque y siguiendo una pendiente siempre negativa. El sol comenzaba a descender desde su posición más alta, y el ambiente se tornaba más frío.
Diecisiete no les permitió detenerse ni siquiera para beber agua, y ni hablar de comerse los bocadillos que llevaban en las mochilas.
Cansados, sedientos y hambrientos, continuaban con paso cada vez menos firme, los anoraks abrochados del toco y los hombros encogidos de frío, hasta que la pequeña se paró en seco, recibiendo la mirada de extrañeza de Blake y la de hastío del Ranger.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó con absoluta falta de tacto.
Ella se giró hacia él y titubeó un instante. Pero la urgencia que tenía era superior a cualquier miedo que Diecisiete pudiera inspirarle.
—Señor Ranger… —dijo la vocecita de Auri. La pequeña le miraba intensamente con sus ojos grises.
Diecisiete entornó los ojos por si acaso, aunque no veía que los puños de ella estuvieran cerrados. Nunca más se iba a fiar de aquella mocosa.
—¿Qué quieres?
—Tengo pipí…
Diecisiete alzó las cejas. No esperaba tal confesión.
—Vé ahí detrás y haz lo que tengas que hacer. Pero no te alejes —murmuró el androide. La niña dio un paso hacia los matorrales que el Ranger había señalado cuando oyó de nuevo la voz del Ranger a su espalda—. ¡Tristan! Síguela. Y tú no intentes nada o te comerá de un bocado.
Auri miró aterrada al lobo, que caminó hasta ella y la observó, curioso. El miedo que sintió de repente, agarrotó sus piernas y no fue capaz de continuar.
—También puedes mear ahí en el medio, si quieres. A mí me da igual. Tienes dos minutos —gruñó Diecisiete.
Ella dio un respingo y decidió ocultarse un poco más, tratando de no perder de vista a su hermano y de vigilar en todo momento al lobo. Pero tenía la ligera impresión que las ganas de hacer sus necesidades iban a desaparecer en cuanto se bajara los pantalones. Dudaba que alguien pudiera hacer pis con un lobo enorme mirándole.
El walkie del Ranger hizo un ruido de interferencias en aquel momento, y después emitió la voz de una mujer.
—¿Diecisiete? Soy Ruby.
—Aquí Diecisiete —respondió él.
Sin quitarles los ojos de encima, Diecisiete se retiró unos metros para hablar en un tono más bajo que el que había usado con sus compañeros. Pero por más lejos que se situara el volumen de la voz de Ruby impedía mantener una conversación privada.
—¡Diecisiete! ¿Les has encontrado? Dime que sí, por favor…
Blake se sintió intrigado por el tono coloquial que la mujer utilizaba para dirigirse a Diecisiete, tan diferente del que había escuchado en sus compañeros del cuerpo.
Diecisiete entornó los ojos y resopló.
—Veo que te has enterado. ¿Quién te lo ha dicho?
—Jimmy pasó por aquí hace un rato con el resto de los chicos del Sunnyside y me dijo lo que había pasado. ¡Diecisiete, están en la zona de los cepos! ¡Tienes que encontrarlos antes de que…!
—Ya les he encontrado, Ruby.
—Oh… Gracias Kamisama… —la voz de la mujer bajó varias octavas, hasta sonar casi como un susurro de alivio.
Diecisiete chasqueó la lengua, impacientándose.
—Ruby, tengo trabajo…
—Oh, claro. Lo siento… Oye, antes de llevarles a la Central, ¿por qué no les traes al Centro de Recuperación?
—¿Eso que es? ¿Un premio por haberse escapado del grupo? —bufó él. No aprobaba en absoluto la idea de Ruby.
—¡No, idiota! Son solo niños, y quizá nunca tengan la oportunidad de ver un águila dorada en su vida. A fin de cuentas es parte de lo que han venido a ver, oficialmente. Han venido a ver animales, Diecisiete, no te olvides del sitio al que van a volver…
—¡Oye! —exclamó Diecisiete, ignorando el walkie y dirigiéndose hacia los arbustos—. ¡Te he dicho dos minutos! ¡Ya te estás excediendo! ¡Si en diez segundos no estás aquí, le ordenaré al lobo que te muerda el culo!
—¡Diecisiete!
El grito a través del walkie provocó que Blake diera un respingo y que el androide separara el aparato de su oreja lo más que podía. Ruby tenía potencia sonora suficiente para saturar aquel chisme y dejarle sordo.
—¿No te estarás dirigiendo a los niños de ese modo, verdad? —preguntó ella, claramente indignada.
Diecisiete rechinó los dientes y retrocedió unos pasos más para intercambiar otra serie de sus acostumbrados desplantes con Ruby.
Mientras tanto, Auri terminó con sus necesidades biológicas y regresó junto a su hermano, seguida del lobo, quien, cumplida su misión, trotó de nuevo hasta Diecisiete. La niña encontró a Blake rebuscando en las mochilas de ambos con gesto preocupado, y lanzando miradas furtivas hacia el Ranger.
En el suelo del bosque, junto a él, estaba el inseparable peluche gatuno de Auri que la pequeña había traído consigo. Ella lo levantó y miró a su hermano, ofendida.
—¿Por qué has dejado a Randy en el suelo? —preguntó, con matiz acusador.
—Estoy buscando las botellas de agua, Auri. Las que te di para que las guardaras en tu mochila antes de subir al coche del Ranger Booz. ¿Dónde las metiste? —preguntó Blake.
Había aprovechado que Diecisiete estaba entretenido hablando por radio para buscar agua y beber. A ese paso aquel lunático era capaz de matarles de sed.
Al no recibir respuesta de Auri, Blake alzó la vista y se encontró los ojos de su hermana mirándole, rebosantes de culpa. Blake la atravesó con los ojos.
—Oh, no, Auri…
—Es que si las guardaba en la mochila Randy no cabía… y como vi que el señor Booz llevaba botellas de agua en su coche… pensé que podían quedarse allí… en el porche de la Central.
Blake dejó caer la cabeza con gesto derrotado.
—¿Por qué te cuesta tanto obedecer Auri? —gruñó Blake. Ella estrujó el estropeado pelaje de Randy y se mordió el labio.
—Lo siento...
—¿Qué estáis haciendo? ¡Recoged todo esto! —ordenó Diecisiete, con rudeza, regresando junto a ellos con el walkie apagado. Los niños dieron un brinco al oírle tan cerca, de repente—. ¿Creéis que vamos de acampada?
Blake se apresuró a obedecer. La conversación con aquella mujer no le había sentado nada bien a la escasa amabilidad del androide, y el niño no deseaba provocar otro enfrentamiento con aquel loco, con un puñetazo había tenido suficiente.
Pero si no le explicaba lo que ocurría, se deshidratarían. De hecho, la sed se estaba volviendo insoportable.
—Señor Ranger… No tenemos agua —le informó, simplemente, teniendo fé de que esas palabras fueran suficientes para hacerle entender.
Diecisiete rodó los ojos y suspiró. Guardó el walkie en el bolsillo interior de la cazadora que llevaba y los miró brevemente.
—Ya casi hemos llegado —musitó, como única respuesta.
Y sin más dilación el androide les obligó a continuar caminando.
La ruta se volvió más abrupta, la vegetación menos frondosa y la tierra que pisaban más rojiza.
Los niños continuaban caminando, extenuados y comenzando a marearse, siempre siguiendo la estela del incombustible lobo que marchaba en cabeza
Y cuando el cansancio comenzaba ya a provocar temblores en sus piernas y creían que no podían dar un paso más, el bosque llegó a su fin.Y junto a la linde, estacionado cerca de un camino que ascendía serpenteando hasta alcanzar la cima de un cañón no muy lejano, había un vehículo 4x4 de color azul oscuro.
Los niños se dejaron caer al suelo de rodillas, extenuados, junto al coche. Diecisiete, en cambio, no aparentaba haber recorrido ni un metro de distancia. Descolgó la escopeta de su hombro, abrió la puerta del conductor y colocó arma y aparato de radio en los soportes correspondientes. Luego abrió la puerta de atrás y dedicó a los niños su acostumbrada mirada de hielo antes de dirigirles la palabra.
—Adentro.
—Pero señor… Seguimos teniendo sed… —se lamentó Blake. Estaba comenzando a pensar que aquel loco quería matarles de verdad.
—ADENTRO —repitió el androide, remarcando cada sílaba.
Los niños se miraron entre ellos, preocupados, antes de ocupar dos de las plazas traseras del coche.
Diecisiete cerró aquella puerta y, antes de sentarse él mismo al volante, dejó entrar a Tristan, que se situó en su lugar acostumbrado: el del acompañante.
El androide suspiró sonoramente, harto de la aventura y deseando tener bien lejos a aquellos dos mocosos tan problemáticos. Rotó el torso para mirar hacia los asientos traseros antes de arrancar.
—Qué curioso… —musitó. Los dos niños se habían colocado los cinturones de seguridad y aguardaban con aspecto modosito, como si no hubieran roto un plato.
En los casi cuatro años que llevaba trabajando de Ranger no había visto nunca nada igual. Ningún criminal de los que había detenido le había dado tantos problemas como aquellos dos niños. Y, para colmo, le habían hecho rememorar aquel fugaz retazo de su pasado, que habría preferido no recordar.
Diecisiete miró de nuevo adelante y arrancó. Movió la palanca del cambio hasta la posición "D" y puso rumbo hacia la pista principal del parque.
No dejaba en ningún momento de vigilar a los niños a través del espejo retrovisor interior, pero parecía que se les habían terminado las ganas de hacer fechorías. Ambos estaban callados y con semblante triste… Y blancos, tremendamente blancos.
Diecisiete chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Descolgó el dispositivo de radio del coche y seleccionó la frecuencia de la zoóloga.
—Ruby, aquí Diecisiete.
—Hola —respondió ella, malhumorada.
—Oye prepara algo de beber, o estos dos se me morirán en el coche antes de llegar a la central.
—¡Hecho! —respondió ella, con el ánimo renovado.
Los niños se miraron entre ellos.
Beber, ¡había dicho beber! ¡Estaban salvados!
La sola palabra les hizo salivar anticipadamente y, con las bocas más secas que el papel de lija, los dos niños se mantuvieron en perfecto silencio, evitando cualquier detalle que pudiera molestar a aquel Ranger del que dependía el prometido trago.
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Nota de la autora:
Me estoy riendo como nunca mientras escribo este primer encuentro entre Diecisiete y los dos niños. Como era de esperarse, posee un encanto natural para ganarse a la gente XD.
Ese recuerdo suyo no parará de asaltarle, y será peor cuanto más hable con Blake y Auri.
Continuará, y esta vez se unirá Ruby...
Muchas gracias por leer!
Dragon Ball © Akira Toriyama
