Capítulo XXXIV
Día del padre
Permanecían abrazados. Habían estado en esa posición durante más de diez minutos. Regina no paraba de llorar sobre el hombro de Graham, y éste, aunque de forma más discreta, hacía lo propio.
Su mano derecha que aferraba a los cabellos de Regina, como tratando de no soltarla, por temor a que fuese para siempre.
Para cuando la intensidad del llanto de la morena disminuyó, y la respiración fue más relajada y continua, Graham ya estaba calmado, menos exaltado, y bastante decepcionado. Pero aún así permanecían abrazados.
Graham quitó su mano de la cabeza de Regina, y ésta se aferró más a él. Con su brazo derecho obtuvo firmeza, y con el izquierdo sostuvo a Regina. Se levantó del sofá colgante, cargándola en brazos.
Ésta, se dejó caer de lado, y ahora enterraba su cara en el pecho de Graham. No tenía conciencia ni corazón para mirarlo. Su hombre tampoco deseaba tener contacto visual con ella en esos momentos.
Sorteando la taza en el piso, y dejando la manta atrás, entraron a la cabaña. Regina era llevada por Graham, agotada emocional y físicamente, casi a punto de desmallarse. La condujo directo al baño. La sentó en la silla que allí había, le quito la bata que permanecía abierta, y la alzó nuevamente, para meterla con delicadeza en la bañera
- ¿Te sientes bien? – Notó que las fuerzas abandonaban a Regina
- ¡Sí! – respondió vacilante sin mirarlo.
Llevó hasta el lateral de la bañera la silla, se sentó y tomó esponja y jabón. Empezó a ver el cuerpo de su mujer, a recorrerlo todo con las manos, pero no observó su rostro. Ella se dio cuenta de que la ayudaba a bañarse, de que seguía a su lado, y al observar su expresión neutral, y su falta de calor, se llevó la mano a la boca y se puso a llorar.
Cuando él se percató, la miró inerte, y la ayudó a lavarse el rostro. Siguió acariciando su cuerpo sumergido, ignorando a su dueña, hasta que súbitamente se levantó, y se dirigió a la puerta
- Si necesitas ayuda para salir, o te sientes mal, me llamas… – dijo antes de retirarse, dejándola sola
Volvió a romper en llanto. Se abrazaba para tratar de recordar las pasadas caricias de Graham, tratando de no sentirlo tan ajeno
- Ya no estás conmigo… mi vida… – lloraba amargamente – ¿Qué hice? – le costaba hablar y respirar – ¿Qué nos hice?... ¡Perdóname!
Graham no podía oír lo que decía, pero podía notar que estaba llorando, y sentía su dolor. Pero él no era el de siempre. Se ajustó la bata, recogió las cosas del piso, acomodó lo de la cocina. Avivó el fuego en la chimenea, ya que el frío de la noche empezaba a colarse en la cabaña.
Se sentó a ver cómo las llamas consumían los minutos de la que sería una larga noche. Notó la pequeña caja que había dejado sobre el sofá, y en cuya existencia Regina no reparó. La abrió y observó cómo brillaba por efecto de la luz del fuego. La cerró, la cubrió con sus manos, y continuó observando la nada.
Regina salió de la bañera y fue a buscar sus calmantes, solicitando de ellos el consuelo necesario. Se colocó una pijama de encaje azul rey, de short muy corto y franelilla de tirantes, y sobre éste una bata haciendo juego, que dejó abierta.
Se acercó a Graham en silencio, y lo observó contemplando el fuego. El tenía los codos sobre las rodillas, y algún objeto entre sus manos
- Me tomé los calmantes… Así que me voy a dormir, supongo… – hablaba en un tono de duelo – Presumo que está todo listo, y hay mantas…
Graham no movía ni un músculo. No podía articular palabra. Regina sitió el paso de los segundos, como puñales que se clavaban en su pecho. Se le hizo un nudo terrible en la garganta, y sentía que no podía llorar más. Trató de respirar profundo, para no romperse en mil pedazos, y las lágrimas igualmente brotaron de sus ojos sin voluntad
- ¡Hasta mañana! – dijo, aclarando la temblorosa voz
Se volteó lentamente, y cuando se disponía a seguir, sintió como tiraba de su brazo derecho. Graham se levantó, le dio la vuelta quedando frente a frente. La tomó de la mano, y le entregó la pequeña caja.
Se acercó, y la besó tiernamente en los labios. Regina sintió cómo las lágrimas de Graham y las propias, hacían de aquel beso un momento amargo. Él colocó sus manos en los hombros de la morena
- Esto era para ti… – le dijo en tono neutral. Se notaba profundamente triste
Ella bajó la mirada, y al darse cuenta que era la caja de un anillo, sintió cómo su corazón se paralizaba
- ¡Graham! – su cara de asombro la delataba – Yo…
Colocó su dedo índice sobre los labios, interrumpiéndola, en señal de que guardara silencio. Ahora sí que la estaba mirando. La detallaba, y en su cara había miedo, extrañeza y dolor
- ¿Quién demonios crees que eres para hacer éstas cosas como si nada? – le dijo dolido - ¡¿Quién?! – alzó la voz
- ¡Graham! – estaba en shock por cómo la veía.
No era el Graham del que estaba enamorada. Era el hombre dolido y engañado el que hablaba. Se separó de ella con desprecio, y caminó hacia una de las ventanas, apoyándose en el marco. Rompió a llorar como un niño, como lo hacen los hombres cuando nadie los ve. Se sentía indefenso
- ¡Es mi hijo! – dijo entre lágrimas – ¡Nuestro hijo! ¿Sabes cuánto soñé que eso sucediera? ¿Sabes cuánto quise ignorar tus deseos, irrespetarte y obligarte a quedarte conmigo en Aruba? – su dolor era palpable – Debí haberte secuestrado… ¡Quería tenerte, que fueses la madre de mis hijos! Y ahora…
Regina lloraba de forma descontrolada pero silenciosa. Las lágrimas nublaban su vista, mientras abría la cajita y contemplaba el espectacular anillo de compromiso, que le pertenecía sin saberlo. Se quedaron en silencio unos segundos
- Y yo debí haberme dejado secuestrar… ¡Debí quedarme! – le dijo con una sonrisa nostalgia, y en un volumen apenas audible
Bajó la mirada, no soportaba la posibilidad de perder a Graham para siempre. Parecía que ese anillo, ya no tenía ningún valor para él, y que su desilusión había matado cualquier posibilidad
- ¿Por qué me dijiste que no podías tener hijos? – le preguntó más sereno
- Porque así era… o eso creía. Y en realidad no puedo tenerlo conmigo… – le decía con franqueza
- ¡Esa es otra historia que me contarás! ¿Qué otro retorcido secreto escondes? ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? – la interrumpió
Regina respiró profundo, llamando a su coraje y a su paciencia. Sabía que con Graham estaba perdiendo todo, y debía conducirse con cuidado
- Porque… ¿si es mi hijo? ¿Verdad? – estaba terriblemente herido
- ¡Graham! – Regina ahora estaba ofendida – Entiendo que me odies, y que posiblemente mañana en la mañana me eches de aquí… Pero si hay algo que no soy es estúpida, como para contarte algo que nos pueda destruir – le hablaba, y él permanecía de espaldas
No recibió respuesta alguna. Graham también sabía perderse en sus pensamientos, en su angustia, e ignorarla
- ¡Mírame por favor! – Regina le suplicaba, llorando nuevamente. Esperó unos segundos, y decidió hablar de todas formas – ¿Recuerdas mi cicatriz debajo del vientre? La que viste en Aruba, no tan grande pero irregular… Sufrí un accidente a los dieciocho años, cuyos daños causaron varias semanas en el hospital, y que trajeron sus consecuencias… Entre las cuales estaba mi posibilidad de tener hijos, según me explicaron en ese momento.
Graham no se inmutaba. Se limitaba a oírla, mirando a través de la ventana con vista al lago
- Mi madre… – seguía hablando a pesar del dolor tan profundo que estaba sintiendo – me aseguró que no podría más que casarme con alguien que ya tuviese hijos… Me hacía sentir miserable, como una basura cada vez que podía… Ya que parte de ese accidente, se debía a mi rebeldía por lo ocurrido con Daniel años atrás – Seguía afligida – Cuando estaba con Daniel, la vez que me capturó, me dio una paliza y me dijo que si algún día se me ocurría salir embarazada me encerraría y me haría tener al bebé, para luego quitármelo – hablaba con asco y rabia – Y yo le creía Graham… ¿Qué otra cosa podía hacer más que creerle? Después de lo de Daniel, el pobre… nunca más dudé de sus intenciones
- ¿Qué clase de madre haría eso? – por fin se dignó a responder
- La mía… Ella en realidad ha hecho cosas… Yo no quería ser igual… ¡No quiero ser como ella! – empezaba a llorar nuevamente
- Eres adulta Regina… ¡Por si no lo habías notado! – era irónico – ¿Ahora me dirás que te obligó a ocultarlo?
- ¡Graham! – ya la estaba lastimando, y no lo podía soportar – ¡Mírame maldición! ¡Mírame! – lo tomó del brazo y lo hizo girarse hasta verla a los ojos, a pocos centímetros de distancia – ¿Crees que fue fácil para mí? Llegar a tomar posición de mi nuevo nombramiento, pese a las amenazas que había recibo… Nunca he sido muy regular, pero jamás… Jamás pensé estar embarazada. Todo fue tan rápido, y no se notaba…
- ¡Regina por favor! – se soltó de su mano
- ¡Es cierto! – Lo interrumpió, hecha un mar de llanto y furia – Fui cobarde y egoísta, por no saber absolutamente nada de ti, por mantener nuestro absurdo acuerdo… ¿Crees que no me rompí en mil pedazos cuando tuve que entregar a mí bebé, a mi Henry… Negarlo, no vivir las veinticuatro horas del día cuidando de él… el regalo más hermoso y jamás esperado que me ha dado la vida – estaba ahoga en llanto, gritando para poder decir lo que sentía – El fruto del más grande y único amor que he sentido – le tomó la mano, y la colocó en su pecho – Deseando Graham… Deseando morir día con día… Y el tiempo pasaba, y yo estaba sola… Acepté lo inevitable, que tal vez nunca te vería… Acepté mi podrido destino sólo porque no quería sentir más… Estoy desecha por dentro, pero tú… Tú Graham Humbert, con tu perfección irreal me reconstruyes y me sanas…
- ¡Regina! – estaba asombrado por la dolorosa franqueza de su mujer
- ¡No Graham! ¡No! – lo interrumpió – Déjame explicarte… Aunque nada me justifica, y eso lo sé, déjame decirte cómo he muerto un poco todos los días desde que me fui de aquella isla, y cómo terminé por condenarme al dar a mi bebé, por no confinarlo a mi infierno particular… Del cual sólo tú has podido sacarme… – se desplomó, pero no cayó porque Graham la sostuvo
- ¡Regina! – Estaba impactado y preocupado. La abrazó fuertemente contra su pecho, revolviendo sus cabellos, y rompiendo a llorar – ¡Respira por favor!
- Cuando apareciste… – le costaba hablar – me sentí vivir y morir al mismo tiempo. Eras tú, por fin mis sueños olvidados se hacían realidad… Pero iba a tener que cargar con las consecuencias de mi cobardía, de ese darme por vencida sin luchar… ¡Lo sé Señor, lo sé! ¡Lo acepto! Pero no me dejes Graham ¡Te lo suplico! – colocaba las manos en gesto de ruego, echa un desastre sobre los brazos de Graham
- Shiii, Shiii… ¡Vamos Regina, calma! – la mecía, tratando de calmarla – ¡aquí estoy! Molesto y dolido, pero no me iré a ninguna parte, y no te dejaré sola
- Mi amor… Por eso quería morirme… Lo deseaba. No despertar más para no hacerte sufrir… Mi vida, mi ángel… – en eso paró de hablar y se desmayó en sus brazos
- ¡Regina!
Verificó que estuviera respirando, y así era. La tocó, y observó que estaba empapada en sudor frío
- ¡Regina! – le daba ligeras palmas en el rostro, tratando de reanimarla
La cargó, y la cajita con el anillo cayó al piso. La llevó hasta el sofá, y allí la dejó mientras buscaba alcohol en el botiquín de primeros auxilios
- ¡Regina! – la veía recobrar el conocimiento
- ¡Graham! – se recuperaba, así como sus ganas de llorar – ¡Perdóname! – le costaba un poco hablar, y sollozaba
- ¿Tomaste alguno de los calmantes? – Le preguntó preocupado
- ¡To… Todos! – estaba quedándose dormida nuevamente
- ¿Cómo? – se exaltó
- Una, de cada… una – le tocó el barbado rostro
- ¡Dios! ¡Me asustaste! – Tomó la cajita. Abrazó a la morena contra su pecho, y la cargó – Ven, te llevaré a la cama…
La subió con cuidado, agachándose un poco cuando llegó al segundo piso. Una cama matrimonial King, de corte bajo los esperaba. La tendió sobre la manta, la arropó con ella y la tomó de las manos. Luego, colocó la cajita en la mesita de noche, también de poca altura, y agarró con su mano derecha la de su bella durmiente.
Ella luchaba por verlo, por estar despierta para observarlo. Él le retribuía la mirada, mientras acariciaba sus cabellos. Poco rato después se quedó profundamente dormida.
Al día siguiente, abrió los ojos con dificultad, pese a que no había mucha luz en esa parte de la cabaña. Se dio vuelta, y notó que Graham no estaba, y no había indicios que hubiese dormido a su lado.
- ¿Graham? – preguntó en voz alta, pero no le respondió – ¡Graham! – Gritó, pero no sucedió nada – ¡Se fue! – volvió a recostarse, dejándose caer sobre la almohada.
Se llevó las manos a la cabeza, estaba preocupada. Luego pasó sus manos por el rostro, tratando de reanimarse y de ocultar su pena, cuando notó algo inusual. Tenía el anillo de compromiso en su dedo anular, y por supuesto, no había sido ella la que lo había dejado allí.
Su corazón dio un vuelco de emoción, y se sintió viva nuevamente. Sabía que Graham seguiría molesto, pero ese gesto sólo significaba una cosa: "No todo estaba perdido".
Se levantó, y se fue directo al baño. Quería estar presentable para cuando Graham regresara, pero se dejó la sexy pijama que se había puesto la noche anterior. Se asomó por la ventana, y observó que la camioneta seguía en el mismo lugar, en cambio, el bote no se encontraba en el muelle, por lo que dedujo dónde podría estar su amante.
- ¡No me dejó! – se llevó las manos a la boca, y un par de lágrimas se escaparon de sus ojos.
Miró de nuevo el anillo, que destellaba ante la blanca luz de la mañana. Su corazón latía cada vez más fuerte, porque podría tratarse de un compromiso tácito, o de una forma de castigarla. Quería creer que era la primera opción, lo deseaba con todas sus fuerzas.
Revisó en la cocina, y observó que no había preparado café, y de que posiblemente había salido sin comer. Luego se percató de la nota en el refrigerador
"Cazaré algo para el almuerzo. Espero estar de regreso antes de que despiertes…
… Pero, por si decides llevarme la contraria (como sueles hacer), espero que al leer esta nota, te sientas menos ansiosa.
Graham
P.D. no puedo dejar de amarte, pese a lo que ha sucedido… Y no sé explicarme bien el por qué."
¡Vaya! No era todo lo que ella esperaba, pero era la confirmación de que el anillo representaba "matrimonio". Graham le había pedido que fuese su esposa, en una de las circunstancias más desastrosas posibles en la historia de la humanidad.
- ¡Mi amor! – Susurró. Y una sonrisa amorosa se dibujó en su cara – ¿Cómo me conoces tanto?
Se dedicó a preparar el desayuno, con lo que encontró en la nevera y la despensa, que estaban suficientemente abastecidas para esos días. Panqueques con miel y fresas, café y jugo. Quería endulzarlo, e incitarlo a perdonarla por completo. Tenía muchas cosas en mente, pero sabía que debía conducirse con cuidado, porque lo que había sucedido, era peor que lo ocurrido con Jefferson.
Cuando escuchó el motor del bote, ya tenía lista la mesa, y todo a punto. Se quitó la bata, quedando únicamente en la diminuta y transparente pijama de encaje, color azul rey. Se sentó como si cualquier cosa, mientras esperaba ansiosa a que entrara por la puerta
- Hola cazador… Buen día – le dijo con timidez
- Buen día Regina – le habló como si se tratara de cualquiera
¿Buen día Re-gi-na? Las sílabas de su nombre retumbaban en la cabeza como un sonido aturdidor. Él colocaba la escopeta en el lugar indicado, y se quitaba los abrigos. La morena salió corriendo a ayudarlo. Le quitó la bufada, y la colgó, y lo ayudó con la chaqueta, mientras el dejaba las botas de lado
- Está haciendo frío… – le dijo mirándola de arriba abajo – ¡creo que deberías cubrirte! – La dejó parada en la puerta, y siguió a encender la chimenea
- ¡No hace falta! – respondió disimulando su molestia – Menos aún si vas a prender el fuego… Lo que necesito es… – se quedó callada. No quería cometer una indiscreción
- ¿Qué? – la miró de reojo, notando como su cuerpo resaltaba debajo de la pijama
- Necesito que te sientes a comer… Eso te dará más calor – disimuló
- Ummm… ¡Entiendo! – parecía que había encontrado un nuevo deporte: Torturar a Regina Mills. Juego en el cual, él también era torturado por el cuerpo de la morena
- Preparé panqueques, espero que te apetezcan… – Le dijo con cara de preocupación, mordiéndose el labio en el proceso
- ¡Claro! – dijo con voz temblorosa, y aclaró la garganta.
Se sentaron a comer, y por alguna no tan extraña razón, no podía dejar de verla. Estaba tan hermosa, y más aún cuando la vio usando el anillo con orgullo, como si nada. No se lo había quitado, no había dicho nada al respecto. Supuso que había escarmentado, pero sabía que Regina era incorregible en muchos aspectos.
Ahí estaba, apenada por lo que había sucedido, sufriendo tanto como él, quizás más, y tratando de aferrarse a él de todas las formas que encontraba. Y por supuesto también, jugando con las fresas y sus labios.
Regina disimulaba, pero estaba comiendo su desayuno de la forma más erótica posible. No tan directa como en un momento normal, pero de forma decidida. Graham se levantó de repente, y ella lo siguió extrañada con la mirada. Volvió con una bata abrigadora, y se colocó al lado de Regina
- ¡Párate! – la tomó delicadamente por un brazo
- Pero… ¡Graham! – parecía una niña a la que le quitan su juguete
La obligó a cubrirse, y la dejó de pie, atónita de la reacción de Graham, que siempre se había deleitado con el cuerpo desnudo de la morena. Se sentó nuevamente, y siguió comiendo. Al ver que Regina estaba perpleja, aún de pie al lado de la silla, la miró como si se tratara de una extraña
- ¿No vas a comer más? – La ignoraba – ¡Está rico! Y deberías alimentarte, lo necesitas. Apenas ayer saliste del hospital…
- ¡Ya! ¡Detente! – le dijo molesta – Tienes razón… Debo comer ¿verdad?
- ¡Sí!
- Sentirme cómoda ¿cierto? – aprovechaba que él seguía ignorándola, y se desnudó completamente. Eso volvió a llamar la atención del hombre
- ¡Regina!
- Me siento cómoda desnuda… Con frío o sin frío… Tanto que voy a salir así, ahora mismo, a darme un baño en el lago… ¡Permiso! – se dirigió a la puerta
- ¡Regina! – sorprendido, apenas reaccionó para ir a buscarla.
Salió a paso firme de la casa, sintiendo el frío del lugar desvanecerse por la adrenalina que la recorría, y por el calor del sol que ya se levantaba para hacer lo propio. No sintió los pasos de Graham correr detrás de ella, no sintió el sonido de su nombre en los labios de su amado. Lo único que quería era desaparecer en aquella agua fría
- ¡Regina No! – sintió como la tomaba del brazo derecho
- ¡Suéltame! – se disponía a saltar.
La giró, tomándola con su fuerza hercúlea, y la inmovilizó entre sus brazos. Ella se retorcía, exigiendo liberación y dando pelea, tanto, que ambos cayeron en el pequeño muelle, Graham sobre la madera, y ella sobre él.
Se quedaron mirando unos segundos en silencio, para luego romper a reír al mismo tiempo. Graham paró de hacerlo, y como pudo, aún con ella retenida contra su pecho, logró incorporarse. La tomó con fuerza con su brazo izquierdo, y con el derecho acariciaba toda la piel que alcanzaba
- ¿Por qué me haces esto? – le dijo, mirándola con deseo. Entonces la besó con pasión.
El beso era intenso, era de necesidad y perdón. Él no podía ya vivir sin ella, y Regina no podía permitirse no estar a su lado. Ambos respiraban por causa del otro, y eso era una realidad más fuerte que su pasado
- ¡Graham! – Regina estaba sorprendida por lo intenso e imprevisto del beso
- ¡Estás helada!... – la miró con urgencia – ¡Te necesito!
No tuvo que decir nada más. Regina se volvió a unir a él en un beso apasionado y profundo, sólo que ésta vez era ella la que lo iniciaba. A penas llegaron a la cabaña, entre besos, caricias, y la tarea de deshacerse de la ropa de Graham
- ¡Necesito… Calor humano! – le costaba hablar por la excitación. Se había apoderado ella la lujuria, y se la estaba transmitiendo a él. Se sonrió con picardía, mordiéndose el labio después
- ¡Regina! – le decía también de forma apasionada – ¿Qué estás haciendo conmigo?... Mejor dicho… ¿Qué haces conmigo? – terminaba de quitarse la ropa
- ¡Tómame!
Y así lo hizo, la cargó con facilidad. Ella era tan pequeña entre sus brazos. La llevó a la habitación, y la tendió en la cama con cuidado, posándose sobre ella.
Sus cuerpos desnudos se tocaban completamente, se rozaban. Estaban muy excitados, no había nada más que objetar, que decir.
Graham besó a Regina, cerrándolo con un suave mordisco. Fue por su cuello, recorriéndolo poco a poco. Bajó a sus pechos. Sus pezones erectos lo invitaban a probarlos, y eran como un manjar entre sus dientes. Los saboreó con avidez, los sintió endurecerse aún más, y notó cómo Regina se estremecía de placer
- ¿Más caliente? – le dijo el, sonriendo con malicia
- ¡Más! – ella era una experta en ese juego
- ¡Quiero comerte toda! ¡Duro! – la besaba por el vientre, y las caderas
- ¡Ah! – gemía – ¡Hazlo!
Y así lo hizo. Abrió sus piernas con ferocidad, tomándola por las rodillas. Atrapó el sexo de su mujer entre los labios y lo succionó con fuerza para iniciar el proceso der devorarla. Masajeaba sus caderas, besaba y frotaba con su lengua el clítoris de la morena, haciéndola retorcerse de placer. Chupándolo con fuerza a cada tanto.
Veía cómo se hinchaba cada vez más, cómo se endurecía en su boca. Sentía el cuerpo de Regina arquearse, y a la misma gritar al borde de clímax
- ¡Acepto! – Gritó, mientras llegaba en la boca de Graham de una manera espectacular
- ¡Lo sé! – le dijo, soltándola sólo cuando terminó de sentir – Pero yo aún no culmino esto… – la miró con malicia
Tomó sus piernas, y las colocó una a cada lado, sobre sus hombros. Entonces la penetró con fuerza, y empezó a moverse dentro de ella con ahínco. Entraba y salía lenta pero enérgicamente, e iba aumentando la velocidad, a medida que ella lo gozaba, y él la sentía apretarlo con los músculos de su vagina.
- Sigue mi amor… ¡No pares! – le dijo, visiblemente excitada – ¡Dios! ¡Mi vida! – estaba a punto de venirse
- Llega mi vida… déjame sentir de nuevo tu orgasmo – él también estaba agitado
Seguía moviéndose fuerte, duro y rápido dentro de ella, entrando y saliendo. Sintió la humedad del orgasmo de Regina, calentar aún más sus bríos, y luego de ella, acabó dentro con vigor.
Salió de ella con cuidado. Se tendió a su lado, visiblemente agotado. La acercó hacia él, y la abrazó contra su pecho
- Te amo infinitamente Graham… Nada puede cambiar eso – lo besó tiernamente en los labios, y volvió a acomodarse en su pecho
- Y yo te amo a ti Regina Mills. Pase lo que pase, ya no puedo dejar de hacerlo… ¡Gracias por aceptar ser mi esposa! – revolvía sus cabellos, mientras notaba que ella lo miraba con ternura y lágrimas en sus ojos.
Se quedaron dormidos. Por fin estaban disfrutando de la plenitud de su amor, pese a los problemas no resueltos aún. En ese momento, fueron eternos.
El sonido del celular de Regina los despertó sobresaltados. Además de éste, el celular de Graham también comenzaba a sonar, de forma insistente
- ¿Aló? ¿Qué pasa David? – le dijo al ver que de su compañero se trataba
- Me llamaron… la chica está en el hospital… La llevó el esposo hace un momento – dijo el detective al otro lado de la línea.
- ¿Pasó algo? – trataba de disimular para no asustar a Regina, que lo miraba expectante
- No, bueno… Nada malo. Parece que va a dar a luz… Está donde estuvo Mary Margaret, casualmente – hablaba sobre el nacimiento de su hijo Neal, un par de semanas atrás
- Ok… Perfecto ¡Gracias por avisarme compadre! – se despedía
- ¡De nada! Espero que todo salga bien con Regina
- ¡Lo está! Saludos a Mary…
Colgó, y se volteó para ver a su mujer, que ya no cabía de la ansiedad
- ¿Pasó algo? – Regina presentía que se trataba de la rubia – ¿Emma está bien?
- Tranquila que ella está bien… Está en el hospital… – la vio llevarse la mano a la boca – ¡Tranquila! – la tomó de las manos – Es sólo que la niña ya va a nacer – le dijo con una dulce sonrisa
- Pero… ¿Ya es tiempo? – Revisaba en su celular los mensajes de Emma y Killiam
- Eso no lo sé bien… Pero creo que sí – se encogió de hombros
- ¡Vamos! Necesita que lo ayude con… – Se quedó paralizada, sabía lo que iba a decir, y cuánto iba a doler o a dañar su avance
- … Con Henry… – se había percatado de la cara de dolor de Regina – ¡Está bien! ¡Vamos!
Se bañaron juntos a velocidad en la ducha, la bañera la dejarían para después. Se vistieron. Regina como siempre, por más casual que quisiera vestirse, se veía tremendamente elegante
- ¿Tacones? – le preguntó al verla salir – ¿Y si tenemos que correr? – se reía. Trataba de no perder el impulso de los pasados minutos
- Te aseguro que corro más rápido que tú con ellos… – le decía, fingiendo estar ofendida
- ¡Ah! Eso es claro… Yo no estoy acostumbrado a usar tacones – Se burlaba
- ¡Tonto! – estaba tensa por su encuentro en el hospital, pero sentía la disposición de su amante y futuro esposo
- ¿Recogiste una muda de ropa, por si acaso?
- ¡Sí! – estaba ansiosa
Graham condujo a velocidad, por el camino de tierra entre los árboles. Un señor mayor de barba le abrió el portón de la propiedad, y lo saludó
- ¡Hasta luego Señor!
- ¡Cuídese! – asintió
Ella no le preguntó nada. Quería que él le fuese desvelándole todos los detalles de su vida. Se lo debía
- Ésta mañana cazamos cuatro patos… – dijo orgulloso
- ¿Sí? – le causaba gracia su actitud de niño presumido
- Si… con Arthur… Él ha sido la figura paterna más fuerte, desde que mi padre… falleció – había melancolía en sus palabras
- ¡Te amo! – puso la mano en su hombro. Ya tenía otro secreto que ocultarle, el romance de Cora con su padre – ¿Él cuida el lugar?
- ¡Sí! Vive allí con su esposa, y sus hijos… Por eso no quiero que salgas por allí, desnuda… a ver si alguno se enamora y tengo problemas después… ¡No gracias!
Lo veía divertida. ¡Cuánto la amaba Graham! Y ella no lo merecía, claro que no; pero no podía soltarlo, lo necesitaba para seguir viviendo
- ¡Yo no te merezco! – se dejó decir
- ¡Te amo! – repitió el gesto anterior de Regina, y ambos se sonrieron
El camino de regreso se les hizo más corto, por lo menos a la morena a pesar de estar ansiosa por llegar a saber de Emma.
Entrando por emergencias, observaron a Killiam esperando por ellos. En lo que llegaron, el joven parecía haber recuperado el color del rostro, y sonreía nervioso. Henry estaba en sus brazos. Regina sólo pudo ver al bebé y la cara de Graham transfigurarse
- ¡Gracias a Dios que llegaron! – se acercó efusivo – Tengo todas las cosas de Emma en el carro… ¡Pero qué cara tienen! – se sonrió
- ¡Discúlpalo! Es que se siente mal – Lo abrazó, y luego le habló al bebé – Hola Henry… ¡Mamá está aquí!
El niño, que permanecía acostado en el hombro de su supuesto padre, se levantó enérgico al escuchar la voz de la morena
- ¡Mami! – se dirigía con su voz y palabras infantiles a la que reconocía como tal
Regina quería besar al bebé, pero también que se la tragara la tierra en ese preciso instante
- Necesito que me ayudes a buscar las cosas de Emma – le dijo a Graham, extendiéndole las llaves del carro – ¡Por favor compadre!
- ¡Claro! – Graham estaba en modo robótico – ¡Yo sé cuál es! – salió despavorido
- ¿Qué le sucede? – preguntó Killiam extrañado
- Las cosas de los niños, y los bebés en general, lo ponen muy nervioso – mintió
- Y eso que tiene a sus sobrinas… Bueno, será que lo tienes agotado Regina – le dijo en broma – Es un buen hombre… – aseguró en tono de complicidad
- ¡Lo sé! – desvió la vista a Henry, apenada, mientras éste le extendía los brazos
- ¡Pues quiere irse contigo! Y yo necesito preguntar por Emma…
- ¡Claro! Vente bebé, ven con mami – lo cargó – ¿Pero ella estaba bien?
- Si… Simplemente estamos cercanos a la fecha, y se le presentaron los dolores… Rompió fuente llegando aquí… Ahí viene la enfermera – salió corriendo, dejando a la madre con su hijo.
Graham venía cargado con un bolso, y la pañalera de Henry. Desaceleró el paso al ver a Regina, hablándole al bebé y cómo éste la miraba con amor. Sentía una mezcla de emociones, rabia con su mujer por apartarlo de su hijo, y a la vez un profundo amor y ternura, al verla así, como una hermosa madre con su niño en brazos.
En eso Killiam regresó con prisa, y se les unió
- La van a llevar a quirófano – estaba agitado
- ¿Pero qué pasó? – ella también lo estaba
- Aparentemente no puede ser parto normal, así que le van a hacer cesárea – explicó
- ¡Dios!... ¡Todo va a estar bien! – estaba muy preocupada – ¿Quieres ir y que me quede con Henry? O quieres que vaya primero…
- ¡Vamos! – la interrumpió – Quiero que me ayudes con algunas cosas… Soy su esposo – le dijo serio – pero ella también te necesita… – Le quitó a Henry de los brazos, tomó el bolso de Emma, y luego le entregó el niño a Graham, a lo que Regina hizo un gesto contenido de evitarlo – ¡Toma compadre! Te toca hacer de niñero… Ya libero a tu mujer – la tomó de la mano – ¡Vente!
Ella se alejó, cruzando por la puerta hacia la sala de espera de quirófano, mirándolo con pena y rogando su perdón.
Graham soltó la pañalera sobre una silla, y tomó al niño por los bracitos, con los piecitos en el aire, alejándolo de él para observarlo mejor. El bebé se sonrió con él y le balbuceó palabras desconocidas, y unas cuantas conocidas.
- ¿Mami? – le preguntó la voz infantil
- Mami… – tuvo que aclarar la voz – Mami fue a ver a tu otro mamá
- ¡Mamá! – dijo Henry antes de bostezar
- Si, mami fue a ver a mamá – el niño lo miraba con atención, aunque se estaba durmiendo – Al menos tú si lo tienes claro…
Lo atrajo hacia su pecho, y lo abrazó con fuerza. Sintió un dolor agudo en el corazón. Saber que posiblemente no podría tenerlo como su hijo, lo estaba destrozando por dentro.
Al rato ya Henry se había quedado dormido sobre él. Su cabeza reposaba sobre el brazo izquierdo de Graham, y el cuerpo en sus piernas. No hacía más que mirarlo, buscando los indicios de su parecido.
Regina atravesó las puertas de la sala, por la que había desaparecido minutos, y se paró en seco al ver la escena del padre y el hijo. Su corazón dio un vuelco y se detuvo por unos milisegundos, entonces lo supo, estaba perdida. No podía evitar sentirse tan culpable como conmovida.
Él se percató de la presencia de la morena, cuando ésta ya se encontraba a pocos pasos de él, estática, mirándolos embobada
- No me mires como si fuese el "Día del padre", porque no lo es – estaba dolido pero encantado con Henry
- ¡Lo lamento! – Se sentó a su lado, colocó la cabeza contra la pared, y sintió las lágrimas caer por sus mejillas
- ¡Es mi hijo! Regina, ¡es mío!… – le dijo con emoción
- ¡Lo es! – nadie podía negar que era hijo de ambos
- Y… ¿No lo sabrá nunca? – la miraba suplicante por escuchar un "si"
- ¡No!
Se quedaron en silencio unos segundos
- Voy a necesitar un tiempo a solas… – dijo Graham abrumado
oOo
Gracias por sus comentarios, en especial a los nuevos seguidores y a los que le son fieles a la historia.
Amo la relación de Regina y Graham, idealizada; por eso no abandono éste proyecto.
Espero sus comentarios… Saludos
