DISCLAIMER: Los personajes de la serie Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de kyoko Mizuki y compañía, yo solo los tomo prestaditos para dar rienda suelta a mi inquieta imaginación.

Hola amigas como están, aquí les traigo un corto capítulo especial para las Terrytanas, basado en uno del anime que ya se darán cuenta cual es. Ya se nos viene el verano y muchas cosas están por suceder en esta historia.

Agradezco infinitamente a todos o todas las que siguen esta historia y me apoyan con sus reviews y favs, también a los que aunque no comenten siempre están pendientes. Los quiero =)

A Vikiar, Verito, Stear's Girl, Angld, Majo, Lupita1797, Aide22, Veronica Brower, Diana, Lis69, un gran abrazo.

Capítulo XXXV: Una amistad especial

Así como el cauce de un río desemboca en el mar, las discusiones y desavenencias entre Terry y Candy terminaron convirtiéndose en una gran amistad en la que había muchas experiencias y gustos en común: las soledades, sus rebeldías, el enfrentarse de cara a la vida ellos mismos desde muy pequeños (ella huérfana y el proveniente de un hogar disfuncional), sus personalidades únicas, la manera de comportarse diferente tan en contra del molde estipulado por la sociedad, un conjunto de factores que les permitió tejer rápidamente un fuerte lazo de forma natural. Ambos eran almas sencillas que aunque contaban a la mano con abundantes riquezas preferían concentrarse en lo inmaterial, en aquellas cosas que enriquecían sus espíritus.

Un día cualquiera se encontraron en el pasillo, él la siguió, más adelante discutieron, luego bromearon y al final terminaron volviendo a ser amigos.

Quizá fueron sus reuniones diarias debajo del árbol de la pequeña colina del colegio antes de que empezaran las clases o sus acuerdos para estudiar juntos en la biblioteca los fines de semana, cuando ella le ayudaba en Química y él en Francés, un segundo idioma que se le daba extremadamente bien, lo que les hizo a la larga muy unidos.

Candy con su paciencia le enseñó al joven despreocupado que repasaba todo a última hora y obtenía por lo general buenas calificaciones pero no a conciencia o muchas veces copiando de diferentes maneras, a ser más responsable y mejorar su aprendizaje al embeberse de lleno en las materias.

Por ello, la primera vez que gracias a sus renovados esfuerzos incentivados por su original maestra y a una noche de desvelo estudiando, Terry logró obtener un 10 en Química, materia que no se le daba bien, casi abraza al profesor en un acto espontáneo de alegría, prometiéndose a sí mismo que luego repetiría su hazaña de éxito con Trigonometría, otra asignatura en la que pataleaba.

Sus compañeros empezaron a darse cuenta del inusual comportamiento entusiasta del rebelde, antes siempre tan amargado y mal genio y lo relacionaron enseguida con su nueva "amiga" o nueva conquista.

No era difícil reparar en ello, pues se le notaba a distancia la ilusión en sus ojos cada vez que veía Candy. Él no disimulaba en sus acciones al tenerla cerca.

Pronto el rumor se extendió por los pasillos y todo el colegio comenzó a notar que el temible Terrence Grandchester estaba enamorado.

Candy por su parte, parecía ser la única que no reparaba o no le daba importancia a aquello puesto que su situación sentimental la mantenía cegada. Además debido a su cercanía con Terry no siempre le iba bien. Se ganó por ejemplo, varias miradas de regaño por parte de las religiosas al percibir algún guiño, silbido o gesto de él hacia ella e incluso un día, una buena reprimenda delante de sus compañeras de curso por parte de la maestra de Costura, una ancianita anticuada, al encontrarlo haciéndole señas e indicándole con los dedos de la mano la hora para encontrarse.

Está demás decir que estaba estrictamente prohibido que los chicos se relacionaran con las chicas en días de clases por lo que aquellos métodos de comunicación al ser notados también eran condenables.

-¡Usted Srta. White debe aprender a respetar el uniforme, qué es eso de esas señales! Eso se deja para un "quinto domingo" o un fin de semana. ¡Las reglas del plantel se respetan, aprenda a comportarse como una dama!-

-Pero Mrs. Olsen, yo no…-

-¡No me responda, cuide esos modales jovencita y aprenda a respetarse también a sí misma, no le da vergüenza andar con semejante rufián…!-

Ninguna excusa por parte de Candy fue aceptada, aparte de mal vista la amistad, Terry gozaba de mala fama también entre los profesores. Ese día sí lograron bajarle al ánimo al punto de hacerla querer esconder la cabeza en un hoyo dentro de la tierra.

Terry presenció impotente todo aquello de lejos porque no le estaba permitido acercarse y lleno de coraje por la vergüenza que le hicieran pasar a ella, decidió vengarse.

Grande fue la sorpresa de los estudiantes al encontrarse a la mañana siguiente dibujada con tizas de colores en una pared por la entrada del edificio femenino a la misma profesora de Costura, con su típica mueca gruñona que afeaba su cara y unos ovillos de lana en la mano que hacían alusión a que se trataba de ella, aparte de unas letras con el nombre de su asignatura que no dejaban lugar a dudas. Una obra que hizo reír a todo el mundo.

Para las que habían presenciado el incidente con Candy el día anterior, no les fue complicado sospechar quien había sido el autor, más nadie pudo comprobarlo puesto que el dibujo había sido elaborado de madrugada, sin testigos.

No obstante, Candy en medio de todo el alboroto suscitado por la aparición del dibujo, supo al instante que se trataba de él y que aquella obra había sido solo por ella, pero se abstuvo de comentarios y solo sonrió.

A sabiendas de que había personas que se la pasaban hablando de ellos, Candy y Terry decidieron no tomar en cuenta las opiniones y seguir viento en popa con su sana amistad.

Pero una noche las cosas se pusieron raras.

Entre sueños Candy desde su cuarto escuchó rumores de voces afuera en el jardín pero no le dio importancia y dándose la vuelta en su cama continúo durmiendo, sin saber que pocos minutos después alguien irrumpiría en su habitación despertándola sobresaltada.

-¡Terry!- fue su exclamación llena de susto al lograr encender la lámpara de su mesita de noche y verle

El castaño desorientado y algo tambaleante observó todo alrededor con detenimiento, llevándose una mano a la cabeza al darse cuenta que había cometido un gran error al ingresar a una habitación de chica.

Candy aún lo suficiente aturdida como para poder pronunciar algo con coherencia, reparó en su deplorable estado, todo sucio, con señales de haber sostenido una pelea e indicaciones de que estaba medio ebrio.

-¿Qué haces aquí?- ya no pudo contenerse más

-Así que este es tu cuarto pequeña pecosa- dijo él reparando un instante en ella pero enseguida un ligero mareo le hizo tener que dejarse caer en el suelo y apoyar su respaldar en el borde de la cama – Ni te emociones, no he entrado aquí a propósito para verte, sino porque la persona que me traía se confundió- explicó mientras se sostenía el tabique de la nariz con los dedos, totalmente exhausto. Podía sentirla mirándolo en la mediana oscuridad.

-Menos mal porque ya pensaba en denunciarte a las autoridades del colegio- le dejó ella saber de mal humor mientras se levantaba poniéndose su salto de cama sobre su pijama para encender la luz de la habitación.

-¡Ja!, ni que hubiera mucho que ver- argumentó él burlón al verla cubrirse, haciendo que Candy lo mirara con rabia, más cuando intentó reírse un temblor de dolor a causa de los golpes recibidos en el cuerpo le sobrevino y tuvo que echar su cabeza hacia atrás, apoyándola en el borde de la cama para soportar el malestar –Déjame descansar un rato aquí por favor y me iré pronto- le pidió.

Candy entonces olvidó su incomodidad y se acercó a él preocupada

-¿Te encuentras bien? ¿Pero que te sucedió? Estás todo lleno de heridas y magulladuras-

-Tuve una pelea en un bar por algo estúpido –Terry le contó. El ver como ella se preocupaba, aún en su estado le enterneció un poco –eran muchos contra mí, fue una riña desigual- se apresuró a decir

-¡Oh cielos, tu rodilla!- exclamó ella al notar que tenía un corte –debo hacer algo para detener la sangre- añadió para sí misma tomando la responsabilidad y seriedad de una enfermera, tal como solía hacer con los niños en el Hogar de Pony.

Fue hasta su cómoda para ver si tenía aún algo de gazas o algodón guardados pero se le habían terminado, así que ingeniándoselas decidió que la cinta de su bata podía servir.

-Esto quizá te moleste un poco al principio pero te ayudará- indicó al tiempo que volvía donde él para pasarle la banda por detrás de la rodilla y la ajustaba para cortar el flujo sanguíneo. Terry le respondió con un gemido de dolor al principio pero al final terminó por admirarla, tan concentrada como una profesional en su labor.

Candy en esos momentos se sintió insegura, sabía que estaba cometiendo algo prohibido, yendo contra las reglas del colegio al tenerlo allí en su habitación pero no estaba dispuesta a dejarlo ir sin antes auxiliarlo.

"¿Por qué se habrá metido en una pelea así?" se preguntó intrigada, si Terry era un joven noble que lo tenía todo, ¿por qué también era un busca problemas?

Terry empezó a sentirse soñoliento por causa de la embriaguez. Ella aprovechó entonces para limpiarle la sangre de la boca con un pañuelo, pues tenía un costado del labio inferior partido.

-Bien, quédate quieto, ya casi termino- susurró con calma al verlo bufar

Ten cuidado Tarzán pecosa- masculló entre dientes pero en cuanto Candy concluyó con eso, con una mirada de admiración y agradecimiento le tomó la mano para hacerle saber que era capaz de soportar cualquier dolor si estaba con ella.

Candy pensó que aquel comportamiento podía ser signo de desvarío y le colocó la otra mano en la frente para comprobar si tenía subida la temperatura

-Lo sabía, estás volando en fiebre- confirmó -Necesitamos algo de medicamentos… pero a esta hora la enfermería ya está cerrada…quizá pueda escaparme a buscar una farmacia…- caviló entonces preocupada en voz alta

-¡Estás loca pecosa! Te pueden descubrir, además salir a estas horas sola es muy peligroso para una chica- profirió él frunciendo el ceño ante lo que consideraba un disparate

-No te preocupes, por suerte yo no soy del tipo de chica que se desmaya- resolvió ella sonriendo, dispuesta a levantarse pero él la retuvo del brazo y la haló hacia él, sintiendo en ese momento que su corazón ya no podía contenerse más.

-¿Qué te pasa, que haces?- le reclamó extrañada

-Candy…- Terry pronunció su nombre de la forma más tierna en que se lo había escuchado decir y prosiguió tomándole un mechón del flequillo - …a veces pienso que si no fuera por ese rubio pedante metido en tu historia, tú y yo estaríamos destinados a estar juntos…-

-Terry ¿qué dices?, estás ebrio, suéltame- profirió ella con toda su paciencia, intentando liberar su brazo, más él la retuvo con firmeza

-Te amo – le confesó al fin -…si supieras cuanto…-

Candy quedó anonadada en ese instante ante toda la sinceridad que la embriaguez de Terry dejaba salir, solo que cuando él sin dejar de mirarla comenzó a acercarse, le hizo explotar de coraje

-¡Aléjate de mí borracho sinvergüenza, violaste las reglas!- protestó defendiéndose a manotones y descuidándose de levantar la voz

-¡Shhh… cálmate no hagas ruido o nos descubrirán!- reclamó él. Candy entonces tuvo que cubrirse la boca reconociendo que había metido la pata. Acción que tuvo su consecuencia pocos minutos después cuando la Hermana Margareth, quien estaba de guardia esa noche, se acercó a la habitación a inspeccionar que todo estuviera bien

-¿Candy? ¿Candy estás despierta, estás bien?- preguntó, las luces de la habitación que se filtraban por los bordes de la puerta aparte de los ruidos le llamaron la atención

Adentro, los dos jóvenes sobresaltados supieron que debían actuar rápido, por lo que se levantaron de un impulso ideando que hacer a continuación.

Terry propuso con una seña esconderse en el armario pero Candy concluyó que debajo de la cama era más rápido y levantando un poco la cobija que por suerte caía casi hasta el suelo, le apresuró a entrar. Terry obedeció.

-¿Candy?- volvió a llamar la Hermana, mientras a su vez la joven rubia saltaba dentro de su cama para hacerse la dormida, apenas alcanzando a apagar la lamparita de noche

Poco después tal como lo previeran, la monja abría la puerta con su propia llave maestra para encontrarla a Candy fingiendo que deliraba entre sueños

Por su parte, Terry debajo de la cama contenía la respiración y cerraba los ojos esperando que pasara rápido el momento y no fuese encontrado o de lo contrario sería el fin para ambos

-¡Candy, Candy, es solo una pesadilla!- dijo la religiosa desde el umbral de la puerta para despertarla, mientras Candy simulaba volver en sí - por favor, cuando duermas no te olvides de apagar la luz- no olvidó recordarle

-¡Oh, Hermana Margareth!, lo siento- excusó apenada simulando que recién se levantaba y se encontraba con la sorpresa de que estuviese allí llamándole la atención -…es que últimamente he tenido muchas pesadillas y la luz las aminora un poco-

-¡Tonterías Candy!- expresó la monjita con una mueca de desconfianza –Quizá una buena confesión el domingo antes de misa te ayude, ahora tranquilízate, intenta relajarte y vuelve a dormir- recomendó

-Lo haré Hermana Margareth, gracias, buenas noches- Candy expresó. La religiosa entonces se retiró, volviendo a cerrar la puerta y dejando el cuarto en completa oscuridad

-¡Ufff…menos mal era ella!- Candy susurró con alivio, sin embargo al igual que Terry esperó un momento más antes de salir de su puesto, hasta que escucharon los ecos de los pasos de la religiosa alejarse. Ni bien no hubo más moros en la costa, Candy fue la primera en moverse y asomarse debajo de la cama, donde el rebelde castaño descansaba cómodamente acostado boca arriba con los brazos detrás de la cabeza.

-¡Hey mocoso despierta!- le llamó. Terry al espabilarse se encontró con la cara bonita de ella de cabeza observándole y le pareció gracioso.

-Estaba bien allí abajo señorita pecosa- confesó al salir, intentando ponerse de pie lo mejor que podía

-"Tarzán Pecosa", tú misma me bautizaste- corrigió ella moviendo el dedito con ganas de bromear mientras le ayudaba, contenta de haber superado con éxito la situación.

-Gracias por recordármelo- profirió Terry entonces, sonriendo de forma burlona pero ella arrugó la cara dejando a un lado la broma y prefirió alejarse

-¿Por qué siempre tienes que estarte metiendo en problemas? De no ser así no ocurrirían cosas como ésta- le reclamó

-Tenías que salir con tus improperios- lamentó él

-¿Quién es tu cómplice en esto?- Candy quiso saber

-No necesito un cómplice –Terry le dejó saber, más le contó lo ocurrido como ella buscaba - Hoy Albert pasaba por el bar del problema sin querer y me ayudó, simplemente eso. Me acompañó hasta el jardín pero como no conoce el colegio confundió el edificio de las chicas con el de los varones y por desgracia tu habitación está en la misma dirección que la mía-

-Ah- comprendió Candy bajando la mirada – Albert siempre tan amable, siempre dispuesto a ayudar cuando lo necesitamos- comentó y ésta vez fue Terry quien la miró con desconfianza. Reparó en ese momento en la situación y que a esas alturas ya no tenía nada que hacer allí por no revelar que se sintió celoso.

-Ya estoy bien, es hora de que me vaya- declaró

-¿Estás seguro?- preguntó ella

-Claro, a no ser que desees que duerma aquí- Terry no tenía pelos en la lengua, siempre estaba listo para coquetear

-La ventana está abierta- dejó claro Candy enseguida

-Bien- acordó él por no dejarse vencer y tambaleante como estaba salió al balcón pero ella fue condescendiente, pues sabía que si intentaba bajar en su estado era muy probable que se matara

-Aguarda- dijo mientras iba a buscar un utensilio que apreciaba, en el último cajón de su cómoda. La larga cuerda que solía atar de los árboles para ir a visitar a sus primos – Esto servirá- indicó pasando al lado de Terry y procediendo a amarrarla de la baranda del balcón, mientras él la miraba sin poderlo creer

Listo- concretó

-Y luego dicen que soy yo el revoltoso- comentó Terry mientras ella no podía evitar reír

-Ok- convino él tomando la soga en sus manos y pasando una pierna por la baranda, preparándose para bajar por allí sin más, sin siquiera detenerse a mirarla a ella o darle las gracias por ayudarle, aún cuando se había expuesto a meterse en graves problemas. Candy sintió su fría ingratitud.

-¿Y?

-¿Y qué?-

-Creo que me merezco un "Gracias Candy" por lo menos- objetó

-Oye Pecosa no me impongas el agradecimiento- Terry era cortante cuando le daba la gana.

-Olvídalo, solo vete- Ella entendió que su pedido había estado de más, no obstante cuando ya se retiraba adentro de su habitación sintió que él la retenía del brazo y sentado como estaba sobre el barandal, acercaba su mano a sus labios para depositar sobre ella un beso que la dejó sorprendida. Un momento que quizá hubiese sido más especial de no ser por el aroma a licor que lo envolvía, que le hizo querer alejarse enseguida, recordándole que no se encontraba en sus completos cabales.

-Te amo…de verdad- reiteró Terry mirándola con sinceridad antes de bajar. Candy no le respondió pero se quedó apartada del balcón, sólo acercándose al borde cuando calculó que él llegaba al suelo, luego le vio detenerse un momento y mirar hacia arriba para hacerle una teatral reverencia justo antes de echarse a correr entre las sombras.

Candy se quedó pensativa, tratando de dejar de lado las emociones confusas que el rebelde con su repentina acción había despertado en ella. Sin querer su mente lo relacionó con Romeo Montesco, personaje que de interpretarlo él en alguna obra, de seguro se le daría muy bien, pero después se regañó a sí misma por estar reparando en ello. No debía, pues gracias al cielo la vida ya le había puesto en su camino a su propio Romeo. Convencida de ello, retiró la cuerda, ingresó a su habitación y cerró el ventanal.


Al día siguiente, Terry no apareció para nada, lo que encendió la preocupación de Candy al ser la última que lo viera y más aún conociendo el estado catastrófico en que se encontraba, por lo que no dudó en rondar por las partes del jardín que sabía que él solía frecuentar, ni tampoco le dio pereza pasar dos veces por la Enfermería mirando al disimulo para saber si estaba dentro.

Al otro día y al siguiente el castaño tampoco se dejó ver, preocupándola más, al punto que hasta intentó sacar al descuido el tema en medio de conversaciones con sus amistades para saber si alguien estaba al tanto de su paradero pero nadie le daba una respuesta concreta.

"Sí que sabes ocasionar problemas Terry y también causarme dolor de cabeza con facilidad" pensaba Candy enojándose con él en su interior pero pronto recordaba las circunstancias de su última inesperado encuentro y se le pasaba, entonces le volvía la angustia

"¿Qué le habrá ocurrido? ¿Se encontrará bien? ¿Estará herido de gravedad? ¿Volverá antes de que empiece el verano o después?"

Decenas de interrogantes surcaban su cabeza cuando se ponía a pensar en él, sus amigas la notaban media ida pero en cuanto querían saber la causa, se hacía la desentendida y cambiaba la conversación. No era conveniente que les contase que estaba preocupada por él, pues no lo entenderían y podía ser comprometedor. La explicación solo ella la sabía. Había conseguido asomarse al alma de Terry y encontrado allí algo de ella misma, por eso congeniaban tanto, por eso valoraba tanto su amistad.

Pero no todo fue depresivo en aquellos días pues al tercero pasó algo que la sorprendió, sucedió a la hora del almuerzo mientras estaba parada en la fila a la espera de que le sirvieran la comida, recordando también por casualidad el incidente de la guerra de comida que le acercara de nuevo a Terry, cuando una de las cocineras, una amable señora escocesa que tenía años laborando en el colegio le entabló conversación

-¿Es usted la Srta. Candice White, verdad?-

-Eh…sí…¿por?- Candy quiso saber extrañada

-¡Awww! Cierta personita la describió perfectamente- comentó la señora observándola con maternal ternura

-En serio... ¿quién?- la curiosidad de Candy iba en aumento pero la señora con astucia cambió el tema pues aún no era momento de revelar información

-He escuchado hablar mucho sobre usted, es muy popular en el colegio- añadió

-¿Quién…yo?- Candy se sonrojó con modestia, era gracioso e irónico que se lo dijera puesto que nunca hacía nada con el afán de llamar la atención como otras pero aún así reconocía que tenía bastantes amistades y compañeras que la admiraban o le veían como un ejemplo a seguir, aparte de un sinnúmero de pretendientes. Candy se decía a sí misma para explicarlo que tal vez el ser una chica natural y sencilla en un nido de plásticas refinadas le concedía un atractivo especial, como si se tratase de un diamante en bruto de los más hermosos.

La señora entonces apresuró para servirle rápido la comida que había elegido porque ya habían otros alumnos protestando por la demora en la fila pero antes de que se retirara, sacó de su bolsillo un dulce, una barra de chocolate para más exactitud y se la entregó

-Esto se lo envía una persona especial- dijo sorprendiéndola. Candy quiso indagar quien era pero la señora no soltó nada más y volvió a su labor. Mientras tanto Annie y Patty ya desde la mesa, donde acostumbraban a sentarse siempre, la llamaron.

-¿Y eso?- preguntó Annie en cuanto vio la golosina descansando en su charola

-No sé… me lo entregó la señora de la cocina de parte de alguien más, pero no quiso revelarme de quién es- contó la pequeña pecosa

-¡Uy!- comentó Patty con picardía –Eso suena como un pretendiente nuevo-

-¿De verdad chicas, ustedes lo creen?- preguntó Candy aunque por demás sabía que era afirmativa la respuesta. Ya había recibido regalitos en otras ocasiones, sobre todo en su cumpleaños o en Navidad, solo que ningún pretendiente se atrevía a insistir mucho puesto que todo el mundo conocía de su relación con Anthony, quien fuera uno de los respetables capitanes de futbol del colegio. No obstante, el pequeño obsequio de esa ocasión le parecía un gesto dulce, así que lo aceptó y lo disfrutó compartiendo con sus amigas. Estaba delicioso.

Para variar el mismo detalle comenzó a repetirse todos los días a la misma hora, el dulce cambiaba de presentación pero siempre era de chocolate. Candy llena de curiosidad intentó sonsacarle a la señora o suplicarle que le contara quien era el misterioso joven, pero ésta muy leal a su amigo, siempre se rehusaba a decir más.

-Lo siento mi niña, no puedo decir nada aún- respondía con cotidianidad

Por ultimo aquello sirvió también para transformarlas en buenas amigas a las dos. La mujer le contó que se llamaba Paula y tenía en Escocia un niño pequeño llamado Marc, por quien se sacrificaba trabajando para darle un buen futuro y educación.

La señora se confesó con naturalidad con Candy debido al poder de escuchar que ella poseía y ambas terminaron llorando juntas en una ocasión, dándose consejos mientras platicaban sentadas en unas escalinatas que había a la salida de la cocina al jardín.

-El galante joven del que le hablo, no se ha equivocado al notar en usted un alma de oro- comentó la señora

-Por favor, dígame de quien se trata- Candy le rogó

-Debe ser paciente y esperar. Uno de estos días él va a hacerse presente frente a usted, pero mientras tanto solo puedo decirle que es un gran chico- la señora Paula alegó

Candy confió en que decía la verdad, no obstante no tenía mucho tiempo para ponerse a pensar en ello, tenía hartas cosas importantes que hacer como empeñarse en sus tareas finales ya que el año lectivo estaba por terminar o empacar su equipaje para ir a Escocia porque el verano estaba a la vuelta de la esquina.

"¿Dónde se encontrará Terry?"

Aunque no lo buscaba él siempre volvía a sus pensamientos porque era su amigo. Más cuando ya estaba resignada a no volverlo a ver durante todas las vacaciones sino hasta el curso siguiente, apareció otra vez de forma inesperada tal como había desparecido. Exactamente diez días después.

Sucedió al volver de la Biblioteca donde estaba investigando un tema de arte para hacer una redacción, sin saber que el rebelde la esperaba escondido en un salón cercano calculando verla pasar. En cuanto ella estuvo lo suficiente cerca, salió del aula y le saltó enfrente para hacerla asustar.

-¡Buuuuu!-

Candy profirió un pequeño grito como era natural, retrocediendo instantáneamente, sin embargo él la retuvo de los brazos

-¡Hey Tarzán Pecosa, no seas tan escandalosa!- replicó riéndose ante la expresión de susto de ella. Candy a ciencia cierta no supo bien que sintió en ese momento, si coraje por haberla asustado, alegría por volver a verlo o resentimiento por haber desaparecido tantos días sin avisarle. Al final pudieron más la primera y última causa, por lo que soltándose de forma brusca, le torció los ojos para continuar su camino. Terry solo silbó ante esa actitud.

-Uhm…tomaré eso como un "yo también te extrañé Terry"- profirió empezando a seguirla descomplicado, con las manos en los bolsillos. Aquello le hizo a Candy detenerse y voltearse a verlo

-Me pregunto cómo es que haces para que te concedan permiso en el colegio tantos días- expresó

-Tengo mis contactos- confesó él encogiéndose de hombros – pero eso no es asunto tuyo- aclaró, no dispuesto a dejar que ella se entrometiera en ese terreno

-Claro que no, ni me importa- se defendió ella – pero al menos podrías avisarle a las personas que nos preocupamos por ti cuando decidas hacerlo- Ya estaba, lo había dicho porque no pensaba quedarse atorada con ese hueso, Candy era sincera. Terry se vio sorprendido

-¿Eso significa que te preocupas por mí?-

Candy entendió entonces que tal vez había hablado demás

-Ehm…lo hacía- contestó fingiendo que se arreglaba el uniforme negro de parada que tocaba ese día, con indiferencia -…pero ya no estoy segura- diciendo esto intentó seguir su camino pero él se apresuró y le cortó el paso

-Espera, tengo algo que decirte-

Candy se asombró, más en ese momento notaron que uno de los sacerdotes que se encargaba de cuidar el área de los varones se acercaba por el pasillo, por lo que Terry tomándola del brazo cauteloso la llevó hacia la pared, logrando ocultarse con ella detrás de un pilar para que el religioso no reparase en ellos. Por suerte iba ocupado conversando con un par de alumnos y no los vio.

Candy no se sitió muy cómoda quedando tan cerca de Terry así que cruzándose de brazos con los libros apretados a su pecho, se alejó del pilar y se arrimó un momento a la pared a la espera de lo que tuviese que decir

-Y bien… te escucho-

Terry entonces se le acercó con su media sonrisa coqueta, colocando la mano en la pared al lado de ella

-Pecosa debo reconocer que la otra noche que ingresé a tu cuarto por equivocación, no estaba en mis completos cabales, sin embargo tú me ayudaste, por lo que me siento en deuda contigo y quisiera recompensártelo-

-No tienes por qué- se apresuró a decirle ella pero él se llevó un dedo a los labios pidiéndole que guardara silencio

-No me interrumpas que no he terminado- le dijo, provocando que ella le mirara con cierto disgusto – como te decía mañana que empiezan las vacaciones y que nos dejan el día libre en Edimburgo ¿Te gustaría ir a pasear al Castillo y después al cinematógrafo?-

Candy tuvo que pestañear dos veces para poder creer lo que escuchaba, la estaba invitando a salir

-Es solo como una forma de compensación por tu ayuda, eres buena como enfermera- añadió él al verla dudar. A Candy le agradó el elogió y pensó con inocencia que en ese caso no había nada malo, después de todo sonaba divertido y pasar con Terry le resultaba entretenido cuando no salían peleando ambos, claro estaba

-Está bien- aceptó

-¿Bien?- quiso corroborar él

-Bien- ella confirmó

-Ok, en ese caso te recogeré allá ni bien bajemos del tren, ¿Te parece?- añadió él empezando a alejarse para disimular, después de que la campana sonara y los alumnos empezaran a salir de los diferentes salones de clases. Candy solo asintió

-Ah pecosa y una cosa más- agregó antes de irse –cualquier disparate que allá dicho o hecho la otra vez, no lo tomes en cuenta–Candy entendió que con ello se refería a la noche de la borrachera, pero solo abrió los brazos para dejarle en claro que no estaba diciendo nada.

-Así es mejor, no quiero que te hagas ilusiones- añadió Terry para molestarla, ganándose que ella le sacara la lengua y se direccionara luego por su propio camino sin poder creerlo, pero él riéndose la llamó

-¡Oye Candy!-

Y cuando ella se volteó le lanzó algo que a duras penas pudo agarrar entre sus manos. Con asombro Candy se dio cuenta de que era un bombón de chocolate.

-Te veré luego- dijo entonces él, guiñándole el ojo.


Continuará…

¡Gracias por leer!

Belén