El mundo y los personajes de Digimon no me pertenecen. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.
Personajes:
Taiyo Yagami. Hijo de Taichi y Ayane. Nueve años
Saori Ishida. Hija de Sora y Yamato. Nueve años.
Yoshiro Ishida. Hijo de Sora y Yamato. Cinco años.
Yuko Izumi.Hija de Koushiro y Tomoyo. Recién cumplidos nueve años.
Kevin Ryouta Washington. Hijo de Mimi y Michael. Nueve años.
Kazuma y Makoto Kido. Gemelos de Jou y Mariko. Once años.
Daiki Motomiya. Hijo de Daisuke y Mitsuko. Doce años.
Reiko Ichijouji. Hija de Miyako y Ken. Trece años.
Ozamu Ichijouji. Hijo de Miyako y Ken. Diez años.
Yusei Ichijouji. Hijo de Miyako y Ken. Ocho meses.
Hoshi Hida. Hija de Iori y Ume. Once años.
Koichi y Tsubasa Takaishi. Mellizos de Hikari y Takeru. Doce años.
Digimon Adventure:
Alfa y Omega
…
…
Parte III
Despedidas, encuentros… Y hasta luego.
7 de Agosto de 2027
.
Ken Ichijouji fue de los primeros en regresar al mundo real, cuando Gennai los dejó marchar. La tensión había quedado atrás, encerrada en el digimundo y ahora sólo permanecía el alivio por ver que, en realidad, todo había terminado. Aparentemente, no había mucho más que hacer por el momento.
Sabía que se excedía, pero no quería pensar en los problemas que vendrían. No en ese momento, al menos.
La comitiva que habían dejado atrás aun los esperaba. Ume, Tomoyo, Michael, Mitsuko. Todos lucían expectantes, todos lucían inquietos.
Les sonrió a todos, asegurando que no había problema y pudo divisar, a lo lejos, el reloj principal de uno de los pasillos.
La noche del viernes… Era increíble. Las horas seguían transcurriendo a su propia velocidad. En ese sentido, se encontraba perdido. No sabía cuanto tiempo había pasado en su totalidad desde que se vieron sumergidos en esa sombría aventura que los dejó impacientes, aturdidos, angustiados.
Suspiró, sería mejor no pensar en ello. Nunca.
Los niños lo siguieron con velocidad y luego, uno a uno, todos sus compañeros. Reiko, Ozamu, Daiki, Kazuma, Makoto (con mucha sorpresa en este punto), Koichi, Tsubasa, Taiyo, Saori, Yoshiro, Yuko y Kevin.
Todos los niños seguidos por sus padres, por supuesto. Ninguno de ellos iba a volver a dejarlos solos después de lo vivido. Nadie iba a culparlos por ello, de hecho.
Los recibimientos no se hicieron esperar, tampoco.
Abrazos, caricias, quizás… Llanto.
Pero sus hijos tenían sus propios planes.
Sus ojos siguieron a Reiko cuando ella se dirigió a Daiki Motomiya. ¿Por qué se ruborizaba su hija? Jamás había visto que su pequeña se sonrojase por su mejor amigo…
Era imposible que algo haya pasado entre ellos, ¿verdad?
Ozamu estaba más impaciente. De inmediato, reclamó por Miyako. Era innegable que el favoritismo por su madre no iba a ponerlo celoso nunca. Como Ozamu se parecía mucho a él, necesitaba de esa chispa, esa luz que su madre tenía de sobra. Su madre, y Reiko, que seguía extrañamente ruborizada.
— ¿Cuál es la habitación de mamá? —volvió a preguntar su segundo hijo.
Yusei regresó a sus brazos y Ken les dijo a los niños donde estaba la autora de sus días.
Y los Ichijouji fueron los primeros en dejar la reunió tan conmovedora que se había desarrollado hasta entonces en uno de los tantos pasillos del hospital
El policía siguió a sus hijos en silencio, pidiéndoles que no corriesen hacia donde estaba su madre y sintiéndose secretamente contento de que lo desobedeciesen.
Cuando la puerta de la habitación 1803 se abrió, lo primero que pudo percibir Miyako fueron un par de brazos que llegaron a ella.
Luego otros, un poco más pequeños. Y, al final, el rostro sonriente de Ken.
Parpadeó, extrañada por un momento, y luego todo se acomodó a su alrededor.
Las palabras no eran necesarias, pensó pese a que se moría de ganas de decir algo.
Yusei dormía profundamente en los brazos de su padre y Miyako sonrió mientras se esforzaba por acariciar el cabello de Ozamu, que estaba susurrando cosas incoherentes al abrazarla. Reiko permanecía en silencio, pero también la rodeaba con sus brazos. No, las palabras no sobraban pero sabía que no podría decir algo que exprese toda aquella felicidad que la llenaba. No había palabras que describiesen las emociones que la invadían.
Algunas le parecían insuficientes y otras ligeramente inadecuadas.
Sus hijos estaban de vuelta en sus brazos. En casa.
Momoe pensó, entonces, que aquella escena era demasiado bella. Permaneció un tanto ajena a todo eso, hasta que decidió —en tácito acuerdo con Jun— que era momento de retirarse.
— ¿Estás bien, mamá? —dudó Ozamu, con la ansiedad impregnado su voz.
— Claro que sí —casi se oía como la enérgica Miyako de siempre, casi.
— ¿Cómo puedes decir eso si estás en una camilla con todos esos aparatos horribles? —criticó Reiko, asustada — No hagas algo así de nuevo
— Mi niña —susurró la antigua elegida de la pureza y el amor, con dulzura.
Hawkmon y Wormmon, en silente espera, se mantuvieron contemplando la escena. Sonreían, porque nada les hacia más dichosos que ver a los niños en ese encuentro tan esperado, tan deseado y anhelado como el que estaba llevándose a cabo. Los Ichijouji, que tanta angustia habían tenido que pasar, estaban juntos de nuevo.
El alivio se notaba especialmente en el semblante de Ken, cuya sonrisa se encendió como una chispa que logró que la alegría se contagiase a todos los presentes.
No era poco lo que habían conseguido. No lo era.
— ¿Cuándo han regresado? —quiso saber Miyako
— Recién —aseguró Ozamu — Hemos estado hablando mucho con Gennai antes de regresar. Papá dijo que estabas bien pero nosotros queríamos venir a verte… ¿No te molesta, verdad?
— Claro que no, cariño
Las lágrimas se hicieron patentes en su rostro pese a que quería fingir que aquello era solo un pequeño reencuentro. No se sentía así, en absoluto. Porque ella había estado a punto de no verlos jamás, y ellos habían estado en las orillas de la más terrible oscuridad.
— Los amo —dijo ella, y sólo un par de lágrimas se derramaron.
— No llores, mamá —protestó Reiko, y sus ojos azules estaban cristalizados, reteniendo el llanto que atenazaba su pecho.
— No estoy llorando —discutió la aludida.
Un pequeño coro de risas no se hizo esperar. Porque aquella mentira evidente, lograba hacer ver cuan cálido era el ambiente que compartían. Estaban juntos y bien.
Ken pensó que no podía pedir más.
Taichi revolvió el cabello de su hijo, contemplando su expresión angustiada.
Fruncía el ceño y murmuraba cosas ininteligibles en medio de sus sueños.
No había podido separarse en ningún momento de su pequeño, así que desde que salieron del mundo digital, había procurado delegar todas las tareas que le correspondían como embajador.
No quería dejar a Taiyo.
Hikari y Takeru, junto con los mellizos, habían decidido que era mejor que los niños fuesen a descansar. Así, el diplomático, su hermana y sus dos sobrinos habían decidido ir a la residencia Takaishi.
Tsubasa y Koichi no habían resistido mucho.
Casi al llegar, junto a Nyaramon y Tokomon, se dirigieron hacia su habitación. Esperaba, sinceramente, que el soñar les permitiese escapar un poco de todo lo que habían vivido, a diferencia de su pequeño, que parecía seguir atormentado por las pesadillas.
Hikari sospechaba que no iban a dormir mucho esa noche y le dijo a Sora que, cuando recibiese noticias de Yamato, trajese a los niños con ella para que durmieran. Takeru se había quedado allí para ver a su hermano y luego traería a los pequeños Ishida.
Ella entendía que ni Yoshiro ni Saori habían querido salir del hospital sin saber de su padre pero tampoco podía dejarlos allí, sin descanso.
Taichi entendía también. Él tampoco quería alejarse de su hijo.
Sentado sobre el sofá, con Taiyo durmiendo a su lado, sospechaba que había muchas cosas que resolver con los niños. La forma en la que le había pedido disculpas al reencontrarse le había encogido el corazón.
— Toma, hermano —dijo la educadora.
El mayor de los hijos de Susumu Yagami apartó la mirada de su vástago y la centró en la taza —color naranja, justamente— que le ofrecía su consanguínea.
— Es bueno tenerlos a todos en casa, ¿no? —dictaminó ella, acomodándose en el respaldo del sillón, para estar cerca de su hermano.
— Sí —replicó él, bebiendo su café — ¿Ya se durmieron tus demonios?
Ella se rió apenas — Sí. Cuando fui a verlos, Tsubasa estaba a punto de caer de la cama. Tiene tus costumbres para dormir…
Taichi ladeó el rostro y le sonrió a su hermana pequeña — Gracias.
— ¿Por qué?
— Prometiste que lo traerías… —le recordó, revolviéndole el cabello alborotado a su hijo — Y aquí está.
— Los niños son los héroes aquí —murmuró ella, sin pensar — Estoy muy orgullosa de ellos.
— También yo… —aseveró él.
Ambos permanecieron en silencio durante unos instantes. Koromon estaba suspirando algo sobre la comida entre sueños y Taichi pensaba que eso era lo más normal que había en esa escena. Se acomodó ligeramente sobre el sofá, para sostener con mayor facilidad el digihuevo de Agumon.
— ¿Hikari?
— ¿Sí?
— ¿Qué tan malo fue?
La antigua elegida de la luz se mordió el labio durante un segundo. No quería decirle a su hermano mayor que había visto a su hijo caer ante una flecha de luz, que lo había visto con una profunda oscuridad en sus ojos, que había visto las tinieblas rodearlo, que había sentido miedo cuando se internó en sus ojos chocolate.
Pero no iba a mentir.
— Fue horrible —dijo, con sinceridad — No imagino que habrá pasado en ese lugar pero… Creo que fue horrible.
Taichi apretó los puños, firmemente, y finalmente soltó un suspiro.
— ¿Crees que sería mejor sí él… Sí él lo olvida todo?
Preocupada por el contenido que encerraban sus palabras, Hikari se giró hacia él con violencia — ¿Qué quieres decir?
Los ojos oscuros de su hermano la atravesaron como lanzas — ¿Crees que el olvidar lo que pasó, le haría bien a él?
— No te lo perdonaría si lo recuerda, Taichi —indicó ella, evadiendo la pregunta.
— ¿Sí o no?
La educadora contempló, aturdida, la infusión que estaba bebiendo. El calor se extendía desde las palmas de sus manos hasta la punta de sus dedos, que estaban en contacto con el contenedor cálido. Frunció el ceño, desesperada por la respuesta que tenía que dar. No eran sencillos, porque sabía lo que implicaba su respuesta.
Sí decía que sí, probablemente Taichi escogería que todos debían olvidar el digimundo.
Si decía que no…
Pero no podía decir que no.
Y ese era el problema.
Desvió la mirada del rostro de su hermano y sus ojos siguieron un trayecto hacia Gatomon, que reposaba en otro de los sillones, agotada también por el esfuerzo. De hecho, por todo lo que estaba ocurriendo en el digimundo —reorganización de los datos y reconstrucción— sospechaba que los digimon estaban agotados.
No podía decir que no, pero la afirmación se negaba a salir de sus labios.
Por Gatomon, por Patamon, por Tokomon y por Salamon. Por los digimon de sus amigos y familia. Por su viejos compañeros de aventuras…
Por ella, por su esposo, por lo que eran.
Los digimon eran parte de su vida, no podía negarlos pero…
— Hikari —escuchó decir a Taichi. La voz le sonaba muy diferente esta vez. Hikari reconoció el tono angustiado — Por favor, dime… ¿Sí o no?
¿Crees que el olvidar lo que pasó, le haría bien a él?
Apartó la mirada de Gatomon y cerró los ojos dolorosamente, incapaz de decir nada valioso o relevante que consolase a su hermano.
— Lo siento, Taichi, no puedo responder a eso.
Y la alarma del reloj dio las doce.
El mayor de los hermanos sonrió amargamente y se inclinó hacia su hijo. No olvidaba que aquel día, el siete de agosto no era cualquier fecha. Por supuesto que no olvidaba. Había perdido a Ayane ese mismo día, diez años atrás, y había llegado Taiyo a su vida…
El niño parecía ajeno a todo lo que inquietaba a los adultos presentes, sumido en sus sueños.
— Feliz cumpleaños, mi sol.
Yamato sonrió suavemente, levantando el brazo para acariciar el pálido rostro de Saori, tan parecido al suyo.
La pequeña se había subido a la camilla con ayuda de Takeru -cuando su hermano, esposa e hijos pudieron visitarlo- y no se había movido en ningún momento. Ladeó el rostro ligeramente, para marcar un pequeño beso en la frente de su pequeña. Saori parecía tener paz en sus sueños. Y eso lo había sentir mucho mejor que cualquier medicina que le dieran. Sora estaba sentada junto al lugar donde reposaba, con Yoshiro entre sus brazos.
El mayor de los hermanos Ishida se permitió extender su otro brazo y entrelazar sus dedos con los de Sora. Con todo lo que habían vivido para llegar a ese momento, le asustaba el haber estado tan cerca de perder a sus hijos porque tenía plena conciencia que todos los niños habían estado en peligro.
— Y Makoto esta bien ahora -fueron las palabras que rompieron el silencio.
Yamato recordó que Sora había estado hablándole de lo que tuvo que ver en el mundo digital. Mencionó varias veces que Yoshiro había sido muy valiente y que Saori le recordaba mucho a él.
— Lo que aún no entiendo —dijo ella con la voz queda — es porque Yoshi tiene otro emblema al que le fue elegido para él...
Ishida lo medito unos instantes - Eso me recuerda a nuestro último enfrentamiento, ¿sabes? Tal vez tenga algo que ver. ¿Recuerdas que dije que sentía que era la amistad de todos y cada uno de ustedes lo que hacía brillar mi emblema?
Sora se encontró pensando en aquella batalla lejana. Agradeció a Takeru por la escritura de su libro porque no estaba segura de poder recordarlo bien sino fuese por aquel relato que revivía sus aventuras.
— Sí, lo recuerdo. ¿Piensas que a los niños les pasó algo similar?
— Supongo. Quiero decir, me has dicho que Gennai dijo que el emblema de los milagros está relacionado de alguna manera con el de los milagros. Tal vez por eso ocurrió todo. Además Yusei no ha usado su emblema ni una sola vez. Tal vez por eso el emblema de los milagros tiene que estar con Yoshiro. De todas formas, aún podemos preguntarle a Gennai por la mañana.
La diseñadora asintió, antes de suspirar con resignación - Sí, aunque creo que mañana tendremos muchas cosas que resolver.
Yamato le dirigió una mirada rápida a Gabumon. Su amigo digital estaba junto a Yokomon, Tsunomon y el digihuevo de Biyomon, aún lado de su habitación. Todos en el hospital habían sido muy amables al aceptar a los digimon allí. Yamato sospechaba que Koushiro y Taichi habían tenido algo que ver con eso.
Tal vez incluso Takeru, que había sido considerado como aquel que dio a conocer la historia del mundo digital. Lo cierto era que aquel pintoresco relato interesó a muchas personas.
¿A donde había ido su hermanito?
Se había marchado hacia mucho tiempo ya, cuando Sora aún continuaba relatándole sobre las aventuras y desventuras de los niños. Tal vez había ido a llamar a su esposa. Conociéndolo ya decía hablar con su Hikari para calmarse.
Le resultaba gracioso pensar que era chica había sido la única siempre para su hermano. Desde que la había conocido -y en ese entonces apenas contaba con ocho años- Takeru había sentido algo especial por ella. ¡Que le dijeran a él que las parejas que se forman en la infancia se deshacen con él tiempo!
Su hermano y su cuñada eran el mejor ejemplo que contradecía esa expresión.
En menos medida, también ocurría eso con Sora. Habían tenido sus crisis —algunas muy fuertes— pero habían salido adelante juntos. Sonrió. Durante un segundo meditó la idea de moverse sobre la camilla pero sintió un tirón en su pierna y desistió. Sin dudas, aquella sensación no era normal.
— ¿como te sientes, hermano? —susurró repentinamente, la voz de Takeru.
Yamato y Sora, que habían estado en silencio, se volvieron rápidamente hacia la puerta que permitía la entrada en la habitación
Takeru Takaishi no estaba solo. Además de Patamon —quién reposaba sobre su cabeza— detrás del escritor, estaba el médico que había operado a Yamato. El galeno -cuyo nombre había olvidado- tenía una extraña carpeta en sus manos y una sería expresión en su rostro. Se veía cansado. Le recordaba ligeramente a Jou aunque no se parecían absolutamente en nada.
— Señor Ishida, hay algunas cosas que debemos hablar con usted.
Por alguna extraña razón, Yamato estaba esperando y deseando que las noticias que le diera ese hombre, fuesen buenas.
Cuando las atropelladas palabras se sucedieron unas a otras y pudo registrarlas en su mente, se dio cuenta de que estaba equivocado.
Mitsuko Motomiya no pensaba dejar que nada la separase de su hijo.
Ni siquiera la combinación de este y su adorado esposo. Por eso cuando Daiki estuvo en sus brazos, Mitsuko decidió que no iba a dejarlo ir en ningún momento.
— Mamá, vas a asfixiarme —articuló el niño, con dificultad.
— No deberías hacerme preocupado así —dictaminó ella — además, nunca te quejabas de dormir abrazado conmigo
Las mejillas del joven se tiñeron de rojo — ¡tenía cinco años, entonces! —protestó
Pero su madre parecía estar más que dispuesta a ignorarlo. Suspiró, y sonrió.
Discutir con Mitsuko era un caso perdido y Daiki lo sabía.
Su madre había demostrado siempre que sus decisiones eran firmes e indiscutibles. Por eso conoció a su padre. En su cumpleaños número 17 había decidido que pasaría tiempo con sus primos en Japón, y sus padres no la hicieron desistir. Sí bien su abuelo, Nozomu Takaishi, había querido retenerla, su hermana Natsuko —madre de Yamato y Takeru— terminó por persuadirlo.
Y el primer día que puso un pie en Japón, Mitsuko había atropellado -literalmente y Daiki no podía evitar reír al recordar la historia- a Daisuke Motomiya.
Había sido su madre, con la misma decisión que decidió venir cada verano luego de esa vez. Y posteriormente los enamorados se encontraban a escondidas en el digimundo.
Allí las distancias del mundo real no importaban en absoluto porque gracias a los D3 se podían abrir puertas en cualquier sitio del mundo digital.
Eso sí, pensó Daiki, habían sido tiempos realmente agitado para ese romance porque era plena la discusión entre humanos y digimon.
Ken Ichijouji -no pudo evitar ruborizarse y pensar en Reiko- fue un cómplice permanente de su padre en ese tiempo.
Tal vez los Ichijouji-Motomiya estaban destinados a ser grandes cómplices. El y Reiko podrían ser los Ichimiya o los Motojouji.
Se rió de sus propios pensamientos y luego cerró los ojos, rindiéndose al sueño de manera definitiva.
Mitsuko vio la sonrisa en los labios de Daiki y no pudo evitar que las comisuras de su boca ascendieran en un gesto satisfecho. Rodeó a su hijo con sus brazos y le acarició el cabello con ternura, jugando con las hebras de su cabello. No fue conciente de cuanto tiempo pasó, pero sí de la manera en que el cuerpo de Daiki se relajaba progresivamente, hasta rendirse del todo. La respiración serena anunciaba que estaba irremediablemente perdido en el mundo de los sueños.
— Has sido muy fuerte, mi niño —susurró, conciente que no la oía más — Me alegra que estés bien, cariño.
— Se ha comportado como todo un hombre —indicó Daisuke, sorpresivamente.
Los ojos de su esposo parecían querer disculparse.
Mitsuko siquiera lo había oído llegar, pero entendía porqué parecía pedirle disculpas. Él había insistido en quedarse allí, con los Ichijouji que —aparentemente— no pensaban dejar el hospital. Daiki lo había secundado y la señora Motomiya se preguntó de donde habían sacado el pensamiento que ella iba a negarse. ¿Tan poco la conocían?
— ¿Ken y los niños? —dudó ella.
— Con Miyako. Ella está despierta y los niños no quieren dejarla. Dudo que ella los deje ir tampoco.
Agotado, el empresario se dejó caer en uno de los asientos próximos a los de su esposa. Con uno de sus brazos, le rodeó los hombros y la atrajo un poco más a su lado. Mitsuko ladeó el rostro y marcó un beso fugaz en la mejilla de su esposo.
— ¿Estás bien? Te ves cansado —comentó, suavemente
Daisuke tuvo ganas de reír — Me pregunto sí alguna vez podré engañarte
Los ojos de ella se estrecharon — Nunca lo intentes
— Sabes que no lo haría
— Tampoco lo pienses —discutió ella, medianamente divertida — Y no cambies el tema, Dai. ¿Cual es el problema? ¿Que te preocupa?
Daisuke vaciló ligeramente esa vez — ¿Además de todos los destrozos causados por los digimon en este mundo? —contestó, evasivo.
— Me corrijo. ¿Que te preocupa además de todos los destrozos causados por los digimon en este mundo?
— Gennai nos ha dicho algunas cosas que pueden suceder a partir de ahora
— ¿que cosas?
— No son muy agradables y preferiría...
— ¿Que cosas Daisuke?
— Los digimon van a ser olvidados -dijo él, en voz muy baja. - Él digimundo tiene un sistema de protección que funciona de ese modo...
Mitsuko abrió los ojos como platos ante la revelación. Ella no tenía idea de que eso pudiese ocurrir.
— No quiero olvidar a Cutemon. Ni a Veemon o Chibimon... ¡eso es horrible! —protestó ella
— Eso no es todo —continuó quién lideró a la segunda generación de niños elegidos — También cerraran la puerta que une ambos mundos
— ¿Qué?
No sólo iban a quitarle parte de su vida —porque los digimon pertenecían a sus vidas de manera activa— sino que iban a borrarle la memoria y prohibir su reencuentro
— Ocurrió algo similar con Taichi y los demás. Takeru habla de ello en su libro... —comentó Daisuke
— Sí... Pero... Eso es tan cruel —se indignó ella— Pareciera como sí el mundo digital sólo los llámase cuando los necesita y cuando ya no les conviene, los empuja lejos...
Daisuke Motomiya se encontró sin saber que responder a esas palabras. Sabía que debía decir algo como defensa pero no podía hacerlo. Y, además, aún faltaba algo que comentarle.
Mitsuko, totalmente ajena a los pensamientos de su esposo, seguía farfullando cosas que sonaban como protesta.
— Gennai nos dijo que nosotros no olvidaríamos —explicó él— Pero...
— ¿Pero?
— Dijo, también, que podemos hacer que los niños olviden lo que ha pasado, también.
Tardó unos instantes en procesar él significado de aquellas palabras que tanto encerraban en su interior. Su indignación creció un poco más pero lo que más predominó fue la preocupación. Proteger a los niños de los malos recuerdos era un argumento fuerte.
Con inquietud, la mujer contempló la expresión de Daiki. Seguía durmiendo, afortunadamente.
— ¿Y que es lo que piensan hacer?
Su marido meditó la respuesta.
Para él era injusto tomar decisiones que les correspondían a los niños. Era su derecho porque sus recuerdos sólo le pertenecían a ellos... Sin embargo…
La situación era delicada.
Daisuke podía estar en contra de todo aquello, que lo estaba, pero sabía que no podía discutir la decisión que tomase la familia Izumi, por ejemplo. ¿Como convencería a Koushiro que lo mejor era dejar que los niños preserven sus recuerdos sí eso hería a Yuko? Aún no se había tomado la decisión pero...
Mitsuko lo contempló con preocupación y se acomodó ligeramente, para apoyarse en uno de sus hombros.
— Decidas lo que decidas, yo te apoyaré —susurró ella.
Él sonrió— Gracias, cariño.
Pero Daisuke sabía que tenía muchas posibilidades de que las cosas no saliesen bien a fin de cuentas.
— ¿Hoshi?
Ume Shimizu se removió mientras ladeaba el rostro.
Hoshi Hida, recostada sobre uno de sus hombros, dormía profundamente. No podía culparla, porque se notaba que estaba realmente agotada por todo lo que había vivido. En sus brazos estaba el pequeño Upamon, también durmiendo.
Marcó un beso fugaz sobre el largo cabello castaño de su hija y sonrió quedamente al verla a salvo. La rodeó con los brazos, torpemente, y dejó que su mejilla reposara contra la frente de la pequeña.
— Mi niña, me alegra tanto que hayas regresado con bien —susurró, confesándose en voz muy baja.
Casi tentativamente, giró el rostro hacia el otro lado. Iori estaba hablando con su madre, Fumiko Hida, sobre el regreso de la niña. No habían hablado mucho desde que él llegó con su hija pero tenía el presentimiento que su esposo quería comentarle sobre algo.
Sólo tenía que esperar…
Dejó caer la cabeza ligeramente, sintiendo la pared en la que se apoyaba.
— ¿Ume? —lo escuchó decir de repente.
Abrió los ojos al instante, preguntándose en que momento se había abandonado en el sueño.
— ¿Qué…?
La seria expresión de Iori Hida le dijo que algo había sucedido
— ¿Está bien tu madre?
— Sí, no te preocupes por ella. Yo… Yo quería hablarte del digimundo.
Ume lo miró confundida — ¿Le ocurrió algo a mi Diatirimon? —inquirió, inquieta
— No, es con respecto a los niños.
Eso, definitivamente, la puso alerta. Su rostro se volvió hacia Hoshi, quien dormía profundamente.
— Creo que podemos conversarlo camino a casa —murmuró él, mientras que se quitaba la chaqueta para cubrir el cuerpo de su hija antes de cargarla entre sus brazos.
Armadillomon bostezó a su lado y Ume se movió un poco incómoda tras aquella afirmación. Pese a que la tensa situación en la que habían estado, parecía haberse dispersado, seguía sin saber exactamente como comportarse delante de Iori.
Contempló el perfil de su marido, desde su posición, y se aferró aun más a su abrigo antes de salir a la calle. Habían permanecido en el hospital más tiempo del que se pensó porque Iori quería cerciorarse de que todos habían llegado con bien. Ume tenía que reconocer que aquella responsabilidad innata era algo que admiraba completamente de él.
El abogado cargó a su hija en silencio, pensando en que pronto su pequeña había crecido lo suficiente para que no pudiese llevarla en brazos.
Armadillomon y Upamon se acomodaron rápidamente en el asiento, dejando espacio libre para que Hoshi pudiese moverse con libertad.
Iori depositó la menuda figura de la niña en el asiento, sonriendo al ver que aquel trayecto —desde la sala de espera hasta el vehículo— no había perturbado su sueño. Divertido, vio que la cabeza de Hoshi se deslizaba apenas en el asiento, buscando una posición más cómoda.
Le acarició ligeramente el cabello antes de cerrar la puerta y encarar a Ume, que esperaba detrás de él. Era mejor conversar en la casa, pero allí no corrían el riesgo de que su hija escuchase. Se sentía mal por eso, pero no quería que Hoshi supiese que es lo que estaba sucediendo. ¡Su hija estaba tan cansada! Además… Además…
— Hay muchas cosas que tenemos que hablar sobre nuestra hija —avisó a Ume, sin mirarla.
Le resultaba casi imposible mirarla a los ojos, porque había visto dolor en ellos. No quería seguir pensando y dándole vueltas a lo que habían pasado. Su hija era lo que más le preocupaba en ese momento. Su hija y todo lo que los relacionaba con el mundo digital.
— Te escucho —dijo su esposa.
Con un largo respiro, Iori comenzó a explicar lo que había comentado con Gennai y sus amigos antes de marcharse al digimundo.
— Mañana tendremos que decidir sobre el puente que nos une al mundo digital… Si lo rompemos, Ume… Si lo rompemos, los niños olvidaran todo lo malo que han vivido en ese mundo.
La expresión estupefacta de su esposa le llamó la atención. Continuó explicándole los detalles con tranquilidad aparente, aunque se apresuró al ver que la brisa nocturna enfriaba aun más aquella situación.
— ¿Y ya has pensado que vas a decidir? —dudó ella, cuando la explicación llegó a su fin.
Iori cerró los ojos, suavemente — No lo he decidido…
Pero Ume sabía que había algo más detrás de esa respuesta — ¿Por qué no?
El abogado frunció el ceño un momento, centrándose en el suelo antes de mirar los ojos de la mujer que amaba pese a todo.
— Porque el sueño de mi padre fue que el digimundo pudiese ser conocido por todos. Él, su deseo… Su deseo siempre fue llegar allí. Siento que… Que estoy arrebatándoselo si decido quitarle a Hoshi eso.
Ume suspiró, con tristeza. Dio un paso y tocó el brazo de Iori, buscándose ser reconfortante — No hay cosas perfectas, Iori —sentía la amargura de esas palabras en su lengua mientras las pronunciaba — Por eso, no te preocupes, las cosas tienen que suceder y lo mejor para tomar una decisión es escuchar a tu corazón. Creo que, de esa forma, no te equivocarás.
El abogado asintió quedamente. En su fuero interno, esas palabras de consuelo se escucharon falsas y banales pero no pudo decirle eso a Ume, que solo pretendía confortarlo.
— Supongo que tienes razón —optó por decir, y le dio la espalda para abrirle la puerta del copiloto — Vamos a la casa
Ume percibió la distancia en aquella frase. Vamos a casa, hubiese sido la propuesta ideal. Pero pensó que aquella ya no era su casa… O al menos, no la de ambos.
— Yo… Puedo ir a un hotel y…
— No. Podemos convivir en un mismo lugar un poco más. No hará daño.
Ume no estaba segura de ello — Sí tu lo crees…
Y, sin decir más, subió al vehículo de su esposo, preguntándose que traería consigo el amanecer.
Compartieron el silencio, como pocas veces lo habían hecho antes. Quizás en la adolescencia, cuando eran íntimos cómplices y sus silencios decían más que mil palabras. Cuando se reían, compartiendo secretos y palabras que ocultaban más de lo que estaban dispuestos a reconocer. Sus primeros años también tuvieron su cuota ligera de mutismo, de compañía silente pero efectiva.
Con ella, eso era extraño. Mimi no recordaba que compartir el silencio con alguien fuese tan placentero. Le había ocurrido muy pocas veces porque ella prefería llenarlo, inundarlo de sonidos varios, sin importar lo que pensase su interlocutor.
En algún momento del recorrido, el silencio con Michael se hizo demasiado profundo, demasiado distante. Y romperlo requirió gritos.
Muchos gritos.
Para ese entonces, ella había dejado de disfrutarlo.
— ¿Puedo quedarme está noche, Mimi? —dudó él, cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso correspondiente.
Caminaron juntos, unos pocos metros, dirigiéndose a la habitación que era suya; la que no había pisado más que para cambiarse de ropa los primeros días y que bien podría considerarse abandonada.
Michael llevaba en brazos a Kevin y lo depositó suavemente sobre el colchón cuando Mimi abrió la puerta de la habitación, dejándole entrar.
Se tomó su tiempo para responder aquella cuestión, demasiado preocupada para tomar decisiones a la ligera en ese momento. Dejarlo quedarse no era sencillo, significaba levantar las barreras, desbloquear los recuerdos, pensar en que la última vez que pasaron tiempo juntos en la noche, devino en discusiones, en ella armando las maletas y en ella dejando a su marido atrás para marcharse con su hijo.
¿Qué hacer con aquellos antecedentes?
— Puedes hacerlo sí quieres, Michael —dijo ella, con aparente tranquilidad—. Esta noche.
Una pausa, una especie de tregua, pacto o solución.
Regresar al hotel después de lo que fue una eternidad le dejaba un regusto amargo que era incapaz de ignorar. Tal vez por eso, necesitaba desesperadamente no sentirse tan sola y abandonada.
Pero no había podido aceptar la oferta de sus compañeros —la mayoría habían insistido en acompañarla— porque Mimi sabía que era importante que estuviesen con su familia en esos momentos. No quería decirlo en voz alta, pero recuperar a los niños, volverlos a ver… Después de aquello, era demasiado complicado para tomarse a la ligera.
Lo había visto en los ojos de su hijo cuando la abrazó, reteniéndola con sus brazos como si todo dependiese de ella.
Se sintió perturbada por un abandono que no era tal.
Michael era otra cuestión, por supuesto. Era el padre de Kevin. Cuando regresaron al mundo real, lo primero que hizo fue llamarlo y decirle lo que ocurrió. Intentaron, juntos, que Kevin pudiese ser un poco como antes, un poco más feliz.
Y el ver la felicidad que se imprimió en el rostro de su hijo fue suficiente para que ella no se quejase ni una vez de su suerte.
Llevaban horas juntos —algo que se veía tan irreal en el tiempo— y aunque Kevin no había dicho muchas cosas, Mimi percibió como buena señal que haya cenado sin quejarse.
Ver a sus amigas casi inmediatamente y el cálido recibimiento de sus padres fue esencial para ella la vez que regreso al mundo real la primera vez. Sí, lo recordaba muy bien y de hecho, no podía evitar pensar en su primer regreso del digimundo, cuando todo lo que había añorado era un baño y un buen descanso.
— Me alegro que lo hayas traído con bien
— Él y los demás niños fueron muy valientes y afortunados. ¿Quieres un café?
Aun seguía siendo demasiado irreal el verlo regresar con bien después de esos días que habían parecido más bien eternidades. Como infinitos días de angustia, preguntándose por qué había sucedido eso, cómo hacer y qué hacer para verlo regresar. No quería hablar de eso, de la batalla, del tiempo sin Kevin.
No me hagas hablar de ello Michael, pensó.
Él pareció comprenderla— Sí, un café estaría bien.
Divorciados, en un hotel al otro lado del mundo del sitio que había sido su hogar, con su hijo durmiendo entre ellos y acompañados por inconcientes digimon.
Y bebiendo café, en la madrugada del sábado. Nada de fiestas, celebraciones, risas.
Velando por el sueño que ambos habían compartido, sin olvidar la pared invisible que los separaba.
Mimi pensó que nada podía ser más surrealista que aquello.
— ¿Cuándo volverás a New York? —dudó, en algún momento de la noche.
La infusión le entibiaba las manos, mientras el aroma le inundaba los sentidos. Cuando era niña, pensó, odiaba el café. Le gustaba tomarlo, al principio, con mucha leche.
No podía decir cuando eso había cambiado. No podía decir cuando muchas cosas en su vida habían cambiado.
— En una semana, tal vez.
— Debemos hacer un acuerdo sobre Kevin —murmuró — Pero no me gustaría que interviniera un juez, un abogado o algo así. Mi hijo no es un contrato.
Michael le sonrió tristemente — Tienes razón.
Se quedó en silencio, meditando. Ella lo contempló atentamente, sabiendo que una inminente propuesta se alzaría pronto tras la muralla de su sonrisa.
— ¿Puede pasar el verano conmigo? —inquirió él, suavemente.
Pensó que aquello era una ironía. Los veranos de Kevin, antes de la separación, consistían en visitar Japón. Ahora no concebía la idea de regresar a Estados Unidos, porque se sentía extranjera más que nunca. Allí, en America, estaban la mujer y el hijo de Michael. Una familia que no era ella, que no era legítima tampoco pero que era demasiado real…
Y él los amaba. Al menos, a ella, a la mujer, la amaba más de lo que amaba a Mimi Tachikawa. Más de lo que llegó a hacerlo alguna vez.
De pronto, comenzaba a hacerse la idea que su estadía en su país natal, iba a ser permanente.
Jou Kido se quitó las gafas para limpiarlas innecesariamente. ¿Qué había pasado? Aparentemente, se había quedado dormido en la sala de espera del hospital. Solía suceder cuando trabajaba, eso era cierto, pero en muy contadas ocasiones. Casi nunca se permitía descansar en la clínica. Sentía que no era ético.
Esta vez, sin embargo, era diferente.
Sus hermanos habían estado con él —Shin había decidido quedarse mientras que Shuu y su esposa se marchaban de regreso a casa— hasta que le permitiesen a los niños ingresar a ver a Mariko. Makoto y Kazuma habían tenido que darle unas cuantas explicaciones pero Jou intuía que sus hijos se habían reservado muchas cosas. Lo entendía, pero eso implicaba que tendrían que tener muchas charlas al respecto.
Se lo debían.
Mientras sus ojos se acostumbraban a la luz del pasillo —¿siempre era tan blanca?— Jou fue tomando conciencia del sitio exacto donde estaba.
Su hermano Shin —de brazos cruzados y expresión cansada— dormía en uno de los asientos. Él, por su parte, estaba rodeado por sus dos hijos, sentado frente a la puerta donde reposaba su esposa, recuperándose del accidente vivido por el ataque de los digimon.
Con la cabeza sobre sus piernas, ubicado de una manera realmente incómoda —según su punto de vista— estaba Kazuma. Su hijo compartía un sitio con el digihuevo de Gomamon, al que no había sacado de su bolso en ningún momento y que se percibía tibio.
Era curioso, los digimon de los tres Kido habían renacido. Los tres estaban allí, en forma de digihuevos, aguardando a despertar.
Su hijo mayor dormía y el doctor pensaba que hacia tiempo no lo veía dormir tan serenamente como en ese momento.
Su pobre Kazuma si lo había tenido angustiado. Le pasó una mano por el cabello, con ternura. Merecía poder descansar.
Giró el rostro y se sorprendió al ver unos ojos negros que le devolvieron la mirada.
Makoto seguía despierto.
Jou parpadeó —¡Incluso él se había quedado dormido!— y examinó el semblante de su segundo hijo, que estaba sentado junto a él.
— ¿No puedes dormir, Mako? —inquirió, tras bostezar.
¿Cuánto tiempo se había dormido? No podía evitar sentirse un mal padre por dormir mientras su pequeño estaba a su lado, totalmente conciente.
El niño negó con la cabeza — No quiero despertar, en realidad.
El mayor de los elegidos de la primera generación lo contempló, con extrañeza. Seguía, sin duda, somnoliento.
— ¿Despertar?
Makoto le devolvió la mirada a su padre con un fugaz brillo inquieto fundido en el color negro de sus ojos — Yo… muchas veces veía a Kazuma en sueños. A ti y a mamá también… Y cuando despertaba, no estaban conmigo.
No sabía que decir, eso era realmente cierto.
Con delicadeza, rodeó a su hijo con su brazo libre mientras intentaba sonreír. Era tan difícil tratar aquellas cuestiones que lo enviaban al pasado…
Pero no podía dejar que ese terrible pasado atormentase a Makoto.
— Siempre hemos estado contigo, entonces —musitó Jou, que no sabía como abordar el tema — Porque hemos estado en tu corazón, como tu has permanecido siempre en el nuestro.
Makoto abrió los ojos un poco pero luego suspiró.
Sopesando las palabras de su padre, dirigió una mirada a su hermano —que dormía— y luego a la puerta donde estaba su madre. No había ingresado a la habitación por temor a que el verlo afectase la delicada salud de su madre —le habían explicado a él y a Kazuma lo del accidente en el camino al mundo real— porque…
¿Cómo explicarle a ella que su hijo muerto estaba de pie frente a su camilla, vivo y sano?
Porque lo primero que había hecho su padre al llegar, fue corroborar su salud.
No sería bueno impresionarla de tal manera si no era fuerte para comenzar. Había sido un shock total para la mayoría cuando lo vieron conciente y se dieron cuenta de su presencia… Después de todo, con la adrenalina que circulaba en sus venas había sido toda una experiencia el volver a encontrarse.
Todos se habían asombrado cuando vieron que Makoto no tenía demasiados problemas de salud. Tenía algunas complicaciones, tal como lo indicaba el cansancio y la falta de apetito, pero parecía que eso podría recuperarse. Con lentitud y paciencia, Jou sabía que su hijo podría estar sano de nuevo.
— ¿Qué le diremos a mamá?
— La verdad —dijo Jou, como si fuese lo más obvio del mundo. Sus manos se crisparon sin motivo cuando vio el semblante apagado de su hijo menor — La verdad que tu me dijiste, Mako.
Makoto se mordió el labio. Había suavizado muchas cosas en el relato —¿había sido un relato, no?— que le había dado a su padre y a sus tíos.
Sabía que Kazuma iba a querer hablar de ello —sus ojos aun no le engañaban, en absoluto— pero no había podido decirle a su padre todo lo que había vivido en sus pesadillas.
Todo había terminado, sí, pero… ¿También para él?
Tenía miedo, en verdad, de cerrar los ojos y ver que sólo había sido un sueño más…
Uno de esos sueños que le indicaban lo que había perdido, lo que escapó de sus manos y le fue arrebatado.
Estaba aterrado con esa posibilidad. Y decirlo en voz alta hubiese hecho ese miedo mucho más real.
— La verdad… —repitió, con la voz queda — Es que me dejé llevar a ese lugar oscuro y no pude salir más. Que me convencí que ustedes no me querían, que Kazuma era mi enemigo y que los demás niños jamás me comprenderían…
Jou sabía que, a veces, es mejor que las palabras fluyan o estas pueden atorarse y no salir nunca.
Pero se forzó a parpadear para deshacerse de las lágrimas que llenaron sus ojos.
No podía permitir que Makoto tuviese que sufrir todo eso solo. No más. Nunca más.
— Y cuando hirió a Crabmon —Makoto aferró el digihuevo que estaba en su regazo — Porque él me dijo que estaba dejándome engañar, que Daemon era mi enemigo, que ustedes me querían… Que él no me podía dejar allí… Yo lo entendí todo. Lo único que deseaba era salir de allí. Pero dijo que si me marchaba iba a utilizar a otra persona… Y en mis sueños siempre era Kazuma quien se hundía en el mar de la oscuridad, papá. No podía dejar que eso suceda… No a Kazuma… Ni a nadie más…
Jou pensaba que no podía sentirse más orgulloso y triste de esa valentía. Era una sensación agria.
— Y entonces enviaste el diario al mundo digital.
— No recuerdo mucho sobre eso —afirmó el niño, con incomodidad — Tal vez es porque he querido olvidarlo. Sólo recuerdo mis pesadillas… Y los sueños que tenía con la señora Takaishi.
— Hikari no recordaba los sueños que tenía contigo.
— No me sorprende —indicó Makoto, lentamente — Porque ella se marchaba siempre abruptamente del mundo de los sueños. Si se quedaba más tiempo, probablemente iba a quedarse encerrada allí.
— ¿Sabes porque veías cosas del futuro?
— No
— Espero que no te suceda más —aseveró Jou, revolviendo con su mano, el cabello de su hijo menor.
— También yo
— Y Mako… Sabemos que no fue culpa tuya —dijo con cariño — Tu no eres responsable de nada, ¿de acuerdo? Sé que, aunque te diga esto, para ti no es cierto pero espero que tengas en cuenta que soy el dueño del emblema de la sinceridad (o lo fui) y eso no es cualquier cosa.
Makoto esbozó una leve sonrisa — Gracias, papá.
Jou dejó que su hijo se refugiase en sus brazos — Estoy muy orgulloso de ti, hijo mío.
Makoto sentía que las lágrimas abandonaban sus ojos y se apresuró a esconderse de la mirada de su padre. Aun sentía ganas de abandonarse un poco y llorar, pero no podía hacerlo.
— Mako… —susurró Jou, con la voz queda — Hay algo que me gustaría comentarte.
Con inquietud ante las palabras del autor de sus días, el niño se alejó de su abrazo y lo miró, atentamente.
— ¿Qué sucede?
— Si tuvieses la posibilidad de… olvidarlo todo… ¿desearías hacerlo?
Sin poder contenerse, se removió inquieto en el asiento — ¿O-olvidarlo todo? —dudó — ¿Hay alguna manera?
— Aparentemente. Gennai… Gennai nos ha propuesto que… —les borremos la memoria, criticó el médico en su fuero interno — lo hagamos. Dime, Mako, ¿Qué elegirías?
Jou se mordió la lengua para no seguir hablando. Él sabía que había acordado con sus amigos no decirles a los niños sobre los problemas que estaban teniendo, pero era incapaz de excluir a Makoto de todo eso. ¡Su hijo había estado en medio de todo desde el primer momento! No quería mantenerlo fuera. No lo deseaba en absoluto.
Además… La opinión de Makoto era lo único que lo podría hacer cambiar de opinión.
Porque vivir en el presente y soñar con el futuro no implicaba negar el pasado.
Con sinceridad, el pequeño no sabía que contestar.
Olvidar.
Si olvido… ¿Qué es lo que habré aprendido?, se preguntó dolorosamente.
Deseaba olvidar, pero no sabía si eso seria bueno. Es decir… No podía negar todo lo vivido… ¿O sí?
— Olvídalo, Makoto —susurró su padre y lo abrazó de nueva cuenta — Vamos a dormir un poco.
Pero Makoto aun seguía pensando en cómo olvidar cuando cerró los ojos.
Yuko no había querido soltarlo en ningún momento. Ni siquiera cuando regresaron a casa. Por ese motivo, había sido Tomoyo quien había conducido. La pequeña había llorado en brazos de su madre cuando se reunieron, suplicando perdón por heridas nunca hechas y palabras olvidadas.
Koushiro tenía que admirar la capacidad serena de su esposa para calmar a la niña porque él se había quedado sin palabras cuando el llanto se desató.
Yuko parecía más calmada ahora, envuelta en las mantas de la cama y abrazando al pequeño Motimon como si aferrarlo fuese una necesidad.
Tomoyo estaba apoyada sobre el cabecero y Yuko dormía plácidamente en su regazo.
Él las había dejado solas unos momentos porque había tenido que hablar con su madre sobre el regreso de la pequeña y ella no se había quedado tranquila hasta que le explicó todo lo que había sucedido.
Yoshie se había preocupado —como siempre— por su familia. Su madre tenía un corazón de oro y nunca iba a poder pensar en ella mejor que ahora, cuando velaba por ello pese a que estaba al otro lado de la ciudad, vacacionando con Masami. Porque Koushiro no había olvidado que esa semana de vacaciones de verano había sido interrumpida por sucesos imprevisibles…
La vida normal… Su vida normal…
¿Qué iba a hacer ahora de su vida?
— ¿Koushiro?
Ladeó el rostro y contempló los ojos amatistas de su esposa.
— ¿Te desperté?
La mujer negó suavemente con el rostro y él avanzó hasta llegar a la cama. Se sentó sobre el colchón, sin poder apartar los ojos del rostro pálido de la pequeña niña que estaba entre ellos.
— Me alegro que haya podido dormirse… —afirmó
Tomoyo sonrió — Quería quedarse despierta, pero en algún punto tenía que agotarse.
— Sí. Todos los niños estaban cansados. Apuesto a que dormirán mucho tiempo antes de despertar y…
— ¿Hay algo que te preocupa, verdad?
Los ojos negros del científico buscaron la atenta mirada de Tomoyo.
— Sí.
Ella extendió el brazo y cubrió la mano de Koushiro con la suya — ¿Quieres hablar de ello?
¿Cómo podía decir que no?
— Sobre Gennai, el digimundo, los digimon. Taichi tenía razón cuando dijo que un cambio profundo se cierne sobre nosotros. Yo…
Soltó un suspiro y apartó la mirada de los ojos amatistas, sintiéndose un poco idiota por los temores que lo invadían.
Él también había priorizado muchas cosas antes que su propia historia, su propio pasado… Recordaba lo que le costó abrirse ante la idea de que todo lo que había creído hasta los diez años eran mentira (consecuencia de haber escuchado una plática de sus padres donde develaban que era adoptado) y como había querido demorar más y más en las implicaciones que ello conllevaba.
Recordó como le dolió saber que sus padres habían sido muy jóvenes cuando le fueron arrebatados. Pero se alivió al saber que estaban juntos y que cuidaban de él desde el cielo.
Por todo, sabía muy bien las implicaciones que conllevaba una decisión tan simple como la idea de hacer que los niños olviden. Quería, sí, porque la simple idea de que Yuko volviese a llorar de esa forma, tan angustiada, triste... Le partía el corazón. Pero... ¿tenía derecho? No, no lo tenía. Sin embargo, se conocía y sabía que su decisión era la que no debería ser, la que no respetaba las opiniones de otros, la que encerraba verdades y mostraba mentiras. ¡Con lo mucho que detestaba las mentiras!
— No se que hacer, Tomoyo.
Su esposa era conciente de la difícil decisión que pesaba sobre sus hombros.
Bueno, sobre los hombros de todos ellos.
Sin duda, era muy delicado. Al menos, para él. Además tenía una vaga idea de quienes iban a estar a favor de la propuesta de Gennai y esperaba que no hubiese conflictos con todo lo que estaba en juego en algo tan aparentemente sencillo.
Era como un dominó, una pieza que caía sobre otra, que derribaba a su vez, otra. Y así sucesivamente, hasta perder el sentido de como se había desencadenado la situación.
Atravesaban algo parecido.
Algo que no podía detenerse, algo que había sido iniciado hace mucho tiempo por una pequeña elección y que ahora lo derrumbaba todo.
Era conciente que era irreversible, en términos prácticos. Habían llegado, con los digimon a un punto sin retorno. La desconfianza entre seres humanos y seres digitales volvía a estar a la orden del día. Así le había dicho a ellos, a él y a Taichi, cuando los militares los acompañaron de vuelta al hospital.
Él lamentaba todo eso, en verdad.
— Temo elegir algo incorrecto. No puedo ser imparcial en lo que está por venir.
— Decidir olvidar es sencillo —determinó Tomoyo, con suavidad — Recordar es más difícil.
— Pero... ¿tú crees que sea correcto obligar a otros a olvidar?
— No, pero... Para esa decisión no hay mejores representantes que ustedes. Después de todo, fueron ustedes los que abrieron la puerta al mundo digital.
— Sí, y ahora nos obligan a cerrarla. Y sellar los recuerdos de las personas en el proceso
— Suena injusto ¿no? Pero... ¿has pensado que tal vez ninguno de estos mundos debe tocarse?
Koushiro la miró aturdido - ¿tú crees eso?
— Quiero decir, todos los contactos que se han hecho públicos han sido muy conflictivos para ambas partes. Taichi, tú, Shuu y los demás han sido muy buenos al suavizar todos los enfrentamientos pero... ¿No recuerdas todas las complicaciones que los digimon tuvieron que afrontar para integrarse? Creo que Gennai sólo quiere conseguir un poco de la paz que se perdió en el mundo digital cuando los humanos llegaron a él.
— Sí, tal vez tenías razón.
— La peor parte —insistió ella, triste está vez — Se la llevan ustedes y los niños. Tal vez yo también olvide, tal vez no...
— En realidad, Gennai nos dijo algo más...
— ¿Que cosa?
— Que podemos hacer que los niños olviden
Tomoyo se quedó en silencio.
Ahora comprendía mejor porque Koushiro dudaba.
Antes había pensado sencillamente que lo único que estaba en juego eran los recuerdos de las demás personas -incluida ella misma- pero no había pensado que su hija pudiese ser involucrada en todo aquello. Era más difícil porque ahora comprendía la vacilación de su esposo.
Le apretó la mano y sonrió, con cariño. — Sabes que cualquier cosa que decidas, podrás contar conmigo -comentó ella.
— Gracias
— Aunque... —comenzó, mostrándose inquieta - Me preocupa lo que suceda con Yuko después de eso
Koushiro pensó que decía decir algo para confortarla.
— No te preocupes por lo que sucederá luego, Tomoyo —dijo Koushiro cuando volvió a mirarla — Todo estará bien, confía en mi.
Tomoyo contempló sus manos unidas durante un segundo y luego volvió a fijar sus ojos en los de su esposo.
— No es necesario que me lo pidas —aseguró, con dulzura — Confío en ti
Era increíble que unas pocas palabras devolviesen la seguridad perdida.
Gennai se movió incómodo por su hogar. A su lado, Benjamín permanecía impasible. Era gracioso, de todas las copias que había concebido a lo largo de su existencia, aquel parecía ser el más independiente de todos. Debía ser una cosa graciosa el verlos juntos a ambos, pero Gennai pensaba que así se sentía menos paranoico.
Al menos, era una manera de hablar consigo mismo sin parecer demente.
Con los brazos en la espalda, cruzados, se vio incapaz de detener su andanza. Podría, incluso, marcar un sendero en el suelo que pisaba. Y ni siquiera lo hubiese notado.
Benjamín, inmóvil, ladeó el rostro y enfocó su mirada en Gennai. En sus manos reposaba el libro que de tanta ayuda había sido a los guardianes del digimundo.
— Es increíble —pensó en voz alta, Benjamin— este niño ha escrito cosas que nosotros siquiera sabíamos que pasaría.
— Pienso que él no recuerda muchas de las cosas que escribió allí —apuntó Gennai.
— No sería extraño. En sueños, uno ve muchas cosas que a veces se olvidan. En el sueño, la conciencia se acerca demasiado a lo inconciente y los límites hacen contacto. Las barreras no están puestas para flanquearlas. ¿Pero cómo puede ver tan acertadamente el futuro?
Gennai medió sonrió — La habilidad de ver el futuro en sueños nunca ha sido realmente desacredidata. Los humanos, en ocasiones, ven lo que ocurrirá. Hay digimon que también son capaces de hacerlo, aunque quedan muy pocos que lo hagan en tiempo real.
— ¿Con tanta precisión?
— Caminante de sueños, se les llamaba —reflexionó Gennai, para si mismo — Son una clase de videntes que ven el futuro en sueños. Sin embargo, hay un precio muy grande que tiene relación con esa capacidad.
— ¿Crees que el elegido de la oscuridad es un caminante de sueños?
— Tiene aptitudes para serlo —comentó Gennai — Porque sus sueños se han vuelto realidad… Por eso no pudo cambiar las cosas que sucedieron, porque las vio antes.
— ¿Vas a decirles? —inquirió Benjamin
Gennai quedó inmóvil, abandonado todo movimiento — Será lo más conveniente. Esperemos que Makoto no haya desarrollado su habilidad estando en el mar de la oscuridad, sería demasiado terrible. Un caminante de sueños no puede intervenir en el futuro, no puede modificarlo. Es condenado a ver, saber y no hacer nada. No imagino castigo mayor.
— Y sobre las dos líneas de la profecía, ¿qué vas a decirles?
— No puedo decirles lo que realmente significan. No ahora, que Fanglongmon ha confiado en ello.
La quinta bestia sagrada, la más poderosa y la más fuerte de todas. Supervisor de las Cuatro Bestias Sagradas que protegen el este, oeste, sur y norte, el digimon emperador que está consagrado en el centro de la matriz y rige ese mundo.
Gennai nunca había tratado con él. Por lo que sabía, en algún pasado distante, cuando los homeostasis aun tenían un cuerpo, él había sido sellado en lo más profundo del corazón del mundo digital —tal como Dragomon, primero y ahora Daemon en el mar de la oscuridad— porque su energía fue el aliciente a que el mundo digital se recuperase después de aquella lejana batalla cuando la luz y la oscuridad fueron condenadas a separarse.
Fanglongmon era quien, encargó a las cuatro bestias sagradas —libres gracias a los niños elegidos— que velasen por el bienestar de ese mundo. Sólo aparecía en muy contadas ocasiones… ¿Había mencionado que nunca lo había tratado hasta el momento?
Jamás.
Y, de hecho, sólo Quinglongmon, protector de la luz y la esperanza, había tratado directamente con él. Xuanwumon, Baihumon y Zhuqiamon, no eran tan accesibles como el digimon protector del este, quien pese a ser neutral en los conflictos —debido a que su poder distorsionaría el equilibrio— solía brindarles ayuda a quienes lo necesitasen con desesperación.
Las bestias sagradas existían desde el comienzo del mismo mito, y su existencia se había puesto en dudas muchas veces. Un error frecuente.
Gennai, más que nadie, por ser quien era, sabía que todos los mitos y leyendas tenían algo de verdad.
Por eso, se sentía conmocionado. El hecho que el líder de las bestias sagradas se presentase ante él, pese a que el contacto parecía ser más una alucinación que otra cosa, era preocupante, alarmante e inquietante.
Y, por si fuese poco, Fanglongmon le había develado algo que había pensado había quedado cerrado cuando Daemon fue vencido y los niños llegaron a casa.
Otro error, sacar conclusiones antes de tiempo.
Koushiro lo había señalado, él había preferido no pensarlo demasiado. Cuando revisó las páginas del diario, la información lo dejó insatisfecho. No debería haber confiado tanto. Por mucho que Makoto supiese del futuro, no puede saberlo todo.
Pero obtuvo su respuesta.
Para romper una conexión deben romperse todas o siempre estarán ligadas. Y sí se rompe una conexión, como ocurrió en el año 1999, la puerta digital se cierra hasta que se establece nuevamente la conexión primordial. El mundo real y el mundo digital están conectados no sólo por las redes de comunicaciones sino también porque el primero es causa del segundo. Así que entre ellos las conexiones pueden desligarse parcialmente... Romperse de forma temporal... Pero al mismo tiempo se refuerzan en tiempo de crisis…
Pero ese hecho no indicaba que la puerta del digimundo no pudiese volver a abrirse. De hecho, Gennai había creído que, pasado un tiempo, los elegidos podrían tener acceso al mundo digital nuevamente.
Ahora, Fanglongmon había dicho que eso no debía ser posible.
El motivo por el que la puerta al digimundo se cerraba estaba implícito en esas dos frases sueltas, que sonaban a advertencia, a peligro… A destino trágico.
Si la puerta no se cerraba, si los dos mundos seguían intentando coexistir, las consecuencias serian catastróficas…
Cuando Daemon caiga en el corazón de la oscuridad, los elegidos habrán terminado el ciclo, había dicho el líder de las bestias sagradas en su encuentro fugas e inesperado, y todo comenzará de nuevo.
¿Era por eso que la puerta había quedado abierta veinticinco años ininterrumpidos? ¿Por qué los elegidos no habían acabado con todos los enemigos que amenazaban la vida en el mundo digital? Gennai pensó que sonaba pausible. Ahora comprendía porqué… Incluso entendía porque había habido más niños elegidos en el mundo. ¿Era, acaso, por qué Daemon era una amenaza que excedía los límites del mundo humano?
Entendía que, nunca, en realidad, había sido la idea de que ambos mundos se fusionaran. No, nunca.
Había estado equivocado todo el tiempo, se había dejado influir por la certeza de los elegidos, tan confiados en esa utopía que era sencillamente eso, una Utopía.
Pero cuando me acercó dos pasos al horizonte, este se aleja dos pasos. Y era lo que estaba sucediendo ahora…
"Los dos universos caerán. Uno con otro se destruirán. No quedará, en el fin, un sólo rayo de luz o algún resquicio de oscuridad."
Era otra profecía. Quizás ni siquiera podía calificarse como una, era una advertencia del destino inminente de un mundo que no nació para ser parte de otro.
O perecería. Y se llevaría todo consigo.
Para evitarlo, Gennai comprendió, la separación era necesaria.
Los humanos y los digimon deberían ser separados.
Los digimon y los humanos no deberían volver a encontrarse.
El problema sería decirle todo aquello a los elegidos, que habían arriesgado tanto, que habían luchado otro tanto y habían perdido demasiado.
La Utopía se alejaba a pasos agigantados…
Y los elegidos no podrían romper la distancia con ese sueño que jamás debió haberse creado.
N/A: ¡Un nuevo capítulo! Mi plan era subirlo ayer pero, como cada vez que me propongo hacer algo con este fic, nada sale como se planeó. ¿El problema? Nos cortaron la luz durante... ¡doce horas! No te das cuenta de lo acostumbrado que estas a algo hasta que desaparece abruptamente y te quedas sin batería en el celular, incapaz de escuchar música y lo más divertido que podes hacer son sombras en la pared a la luz de las velas (?
En un punto aparte, los niños volvieron, por fin, al mundo real. Salvo los Kido que por sus propias razones no pudieron reunirse todos juntos, los niños han vuelto a sus casas. La mayoría apenas participó y el capítulo se basó en dar vueltas a la importante decisión que los adultos tienen que tomar en este punto. Otra cosa... ¿Alguien se acordó que el siete de agosto es el cumpleaños de Taiyo?
Quizás a haya resultado familiar el termino "caminante de sueños". Eso tiene una explicación y se resume claramente en X de Clamp. Por lo que la idea, tampoco es mía. Lo importante es lo que ha dicho Gennai, son personas que "ven" el futuro en sueños. Me pareció interesante en cuanto lo leí... Makoto, nuestro Makoto, al parecer, tiene aptitudes para serlo.
Como en los últimos he tenido una alta dosis de mangas de Clamp, no pude evitar incluirlo. Además, eso me ha llevado a otra idea que no estoy segura si la incluiré en la secuela de este fic. El final parece tan lejano y cercano también. Ahora que estoy libre (Siiiii!), pienso dedicarme nuevamente a este fic que tan consentido tengo.
En fin, creo que me excedí un poco xDD Gracias a todos los que continuaron leyendo, a los que siguen la historia y a los que dejan su review!
Hasta la próxima!
