¡Hola chicos! ¿Qué tal todo? De nuevo, gracias a todos los que seguís mi historia. Es un verdadero orgullo que cada vez más personas se animen a echarle un vistazo.
34.
Ya está cayendo la noche. Un bonito espectáculo para el que pueda contemplarlo. Me toca noche intensiva de trabajo. Odio trabajar de madrugada, y para colmo el cabrón de Irons ha aumentado la duración y la intensidad de los entrenamientos.
Llevamos una racha malísima en los últimos cinco partidos: dos victorias y tres derrotas, las cuales han sido seguidas frente a Denver, Maine y Washington. Y lo peor de todo es que hemos dejado una imagen muy pobre. En ningún momento tuvimos la situación controlada, y el partido se nos fue por completo de las manos.
Me siento fatal por no poder ayudar al equipo como se merece, y salvo un milagro, nuestras posibilidades de ganar son casi inexistentes. Lo único bueno y malo al mismo tiempo es que nos quedan los dos últimos partidos en Raccoon, y son contra nuestros rivales directos: Maine y Salt Lake City.
El nivel de confianza del equipo está por los suelos, y a mí no me apetece absolutamente nada disputar los dos encuentros que nos quedan. Y debo reconocer que desde la baja de Jill hemos ido de mal en peor. La hemos echado mucho en falta, y veo muy poco probable que Irons la fuerce para los dos partidos que quedan.
Todavía no se ha incorporado al trabajo, y eso que hace más de dos semanas que ocurrió el incidente en el almacén. Los médicos no se atreven a darle el alta por miedo a que las heridas se le abran, pero no sé, en alguna ocasión Jill me ha contado que acude al gimnasio y que no tiene demasiados problemas. Eso sí, no puede coger nada de peso de momento.
En lo que respecta al trabajo, todo sigue igual de aburrido que siempre: despacho, despacho… y más despacho. Para rematar la faena, empieza a hacer un calor bastante bochornoso en la oficina. Ya se está acercando el verano, y es de auténticos héroes estar allí más de dos horas seguidas sin sudar la gota gorda.
No sé cuándo demonios se dignará Irons a arreglar la calefacción y el aire acondicionado. Sinceramente, creo que nunca.
-Es una pena no poder disfrutar de una noche así juntos –comenta Amanda girando a la derecha en una larga avenida. Va conduciendo. Como tenemos el mismo turno hemos decidido venir juntos.
-Habrá más noches, preciosa –le digo acariciando su rodilla derecha -. Cuando termine mi condenado turno de noche haremos muchas cosas juntos.
-Contando con que a mí no me toque –me corrige Amanda con una sonrisa. Me gusta verla sonreír. Ya estamos llegando a la comisaría. Puedo verla de lejos -. ¿Ahora tenéis entrenamiento?
-Sí –asiento resignado. Maldito Irons -. El cabrón de nuestro jefe nos va a exprimir hasta el final.
-Pues voy a tener que hablar con él, porque si no no me rindes.
Me mira de reojo con una sonrisa pícara a la que respondo captando su sentido. Santo Dios. Entre el trabajo, los entrenamientos y esta mujer no tengo tiempo ni para respirar. Es insaciable. Follamos todos los días, e incluso hay veces que más de una vez. Siempre me he considerado un hombre muy activo, y todo esto me encanta, pero debo reconocer que acabo agotado.
Amanda detiene su coche frente a la verja la entrada. Le paso mi tarjeta S.T.A.R.S. y la entrega junto a la suya. La oigo bromear con el guarda y reírse de algo que le ha dicho, pero no me importa. Nunca me he sentido celoso respecto a Amanda. Sin embargo…
Niego en silencio. Es otra historia. Agua pasada. Tengo por delante un futuro prometedor lleno de esperanza. Amanda acelera cuando la barrera termina de subir y accedemos al interior. Espero que el resto del equipo esté ya por allí.
-Este Robert es un salido –comenta Amanda con una sonrisa entrando en la zona de aparcamientos. Los suyos están al otro lado de los míos -. ¿Sabes que me ha dicho? ¡Dile a Chris que te comparta un rato! ¡Será cabrón!
Vaya, otro al que le gustan las aventuras nocturnas. Cierto que he estado con más de una mujer a la vez, pero eso parece quedarse en una galaxia muy lejana. Últimamente estoy muy acostumbrado a un producto único, y la verdad es que no me deja nada disgustado.
-¿No le vas a decir nada? –me pregunta Amanda sorprendida mientras aparca su vehículo en una plaza libre.
-Que le den bien por el culo –respondo quitándome el cinturón de seguridad. Sé que no es algo por lo que debería estar tranquilo, pero lo cierto es que esos comentarios me los paso por la polla. Yo decido con quién quiero estar, y ahora mismo lo único que tengo claro es que Amanda es mi chica, pese a quien le pese.
Me estremezco un poco. Nunca he sido posesivo. Siempre he pensado que todo el mundo tiene libertad para ir con quien quiera. Ahora tengo una relación con Amanda, y sé que debería ponerme más serio y vigilante con comentarios de ese tipo.
¿Y qué hubiera pasado si se lo hubieran dicho a otra persona?
Niego varias veces en silencio abriendo la puerta del coche. ¿Por qué demonios siempre vuelvo a lo mismo? Es un callejón sin salida.
Amanda abre el maletero y cojo mi bolsa de deporte. Me la cargo al hombro izquierdo mientras veo cómo mi chica cierra el maletero y echa el seguro al coche. Le paso un brazo por la cintura mientras caminamos hacia el interior de la comisaria. Me mira con lujuria y señala hacia la puerta que conduce hacia la salida de emergencia. Sé lo que está pensando. Lo que estamos pensando. Mi pene empieza a despertarse. Esto es un no parar.
Amanda me agarra de la mano y nos detenemos frente a la puerta. Se echa a mis brazos y me besa con desenfreno. Tiro la bolsa al suelo y la atraigo hacia mí pasando mis manos por su prieto culo, un culito que he tenido tiempo de explorar gustosamente.
Mi polla sigue creciendo y pidiendo guerra. El empalme empieza a ser considerable. Miro distraídamente hacia arriba mientras beso a Amanda en el cuello. No hay cámaras por allí. Menos mal. Mi chica emite un gemido de placer, y eso me gusta. Quiero hacerla llegar al éxtasis, a su explosión. Ya me encargaré de trabajarla bien.
Pasa su mano por mi entrepierna y ríe con gracia. Le gusta. Le gusto. Busco de nuevo su boca mientras nos acercamos a la puerta y miro hacia la zona de los aparcamientos de los S.T.A.R.S. Están casi todos ocupados a excepción de dos o tres, y uno de ellos es el mío.
Amanda me abre la bragueta del pantalón y mi amigo sale a flote sólo cubierto por mis bóxer. Entonces me fijo en un coche plateado que está aparcado en la parte izquierda. Un Ford Fiesta. Dejo de besar a Amanda para centrarme en el coche, uno que creo saber a quién pertenece.
¡Jill! Pero es imposible… Todavía está de baja.
Sé que por la tarde preguntó en el grupo la hora a la que entrenábamos, pero sólo lo entendí como simple curiosidad. Ahora… ya no lo tengo tan claro.
Me aparto de Amanda más bruscamente de lo que me gustaría y me agacho para coger mi bolsa. Necesito comprobarlo en persona.
-Pero, ¿qué…? –oigo exclamar a Amanda. No me atrevo ni a mirarla mientras me incorporo. Sé que le debo una disculpa.
-Cariño, acabo de acordarme que el capitán me ordenó enviarle unos informes por fax antes de que empezara el entrenamiento –miento lo mejor que puedo. ¿Qué demonios estoy haciendo? ¡Mentirle a mi chica!
-¿Y me vas a dejar así? –me espeta con los ojos llenos de furia y los mofletes como dos tomates. Redfield, la has cagado bien. La observo durante unos segundos sin saber bien qué decir. Me encantan todos nuestros juegos, pero… necesito saber si Jill está aquí.
Me acerco a Amanda y le acaricio el rostro. Me gira la cara violentamente. Está muy enfadada. Mierda. Deberían mandarme al infierno por todo esto.
-Escucha cielo… - la agarro del brazo para que me mire, pero vuelve a evitarme. Suspiro con resignación -. De verdad que me gustaría pasar un rato más contigo, pero esto es realmente importante, y no puede esperar.
Amanda sigue sin mirarme. Tiene los labios apretados. Maldita sea. ¿Por qué todas las mujeres son tan complicadas? Camino y me pongo delante de ella. Le pongo la mano derecha en la barbilla y le levanto el rostro. Nos miramos. Creo que está pensando que soy un maldito cabrón.
-Está bien –dice con resignación. Suspira -. Ve. Nos vemos más tarde.
Le sonrío y le planto un tierno beso en los labios. Saben de maravilla. Nos miramos por última vez y camino a buen ritmo hacia el interior de la comisaría. Mi primer destino serán los vestuarios. No sé cuánto tiempo hace de su llegada, ni dónde puede estar, pero el vestuario es el primer lugar por el que todos tenemos que pasar.
Camino por los pasillos al trote, y no me encuentro a ninguno de mis compañeros para preguntarles. Abro la puerta de los vestuarios escuchando voces al otro lado. Lo primero que veo es al capitán Enrico buscando algo en su taquilla. Joseph y Edward charlan al lado mientras se colocan la ropa de entrenamiento.
Veo a Barry atarse sus zapatillas en uno de los rincones más alejados.
-Barry, ¿has visto a Jill? –le pregunto sin andarme con rodeos. Barry levanta la mirada y me mira extrañado.
-¿Jill? Pero si todavía está de baja.
-No, su coche está en el parking.
-Ah… -parece muy sorprendido. Yo estoy igual -. Entonces puede que esté hablando con el capitán o con Irons…
Me rasco la barbilla distraídamente antes de abrir mi taquilla. Saco mi ropa de entrenamiento intentando averiguar dónde puede estar Jill. Puede que, tal y como ha dicho Barry, esté en la oficina o en el despacho de Irons. Pero ahora ellos van a estar en el entrenamiento con nosotros.
Lo cual quiere decir que tiene que estar en el pabellón… o en los vestuarios. ¡Sí, tiene que estar allí! Cojo rápidamente todo lo necesario y empiezo a desvestirme sin preocuparme si me están observando. Dejo la camiseta y el pantalón de cualquier manera en la taquilla y la cierro antes de que alguien vea el lío que tengo allí montado.
Dejo los zapatos bajo el asiento y me pongo la camisa blanca con el logo de los S.T.A.R.S. impreso y el lema Raccoon City Basketball. Detrás está puesto mi apellido y mi dorsal. Me pongo los pantalones casi de un tirón mientras algunos miembros del equipo pasan por mi lado.
-Te veo hay muy espabilado, Redfield –me dice Kenneth cuando pasa por mi lado -. Eso me gusta, aunque parezca que te han metido un cohete en el culo.
Me río sin poder evitarlo mientras me abrocho los cordones de mis tenis. Son de color blanco, y aunque no me gustan mucho, son muy cómodos. No soy tan innovador como Jill o Joseph, que llevan zapatillas de colores.
Miro a Barry, que está terminando de ajustarse el pantalón.
-¿Te queda mucho? –le pregunto impaciente. Quiero ir ya hacia el pabellón. Necesito ver a Jill.
-Tranquilo míster impaciencia –me responde Barry bromeando mientras se incorpora -. Hoy tienes muchas ganas de entrenar.
Y me mira como diciendo eso no te lo crees ni tú. Yo me limito a dedicarle la mejor de mis sonrisas.
-Yo también estoy deseando verla –añade sin dejar de sonreír. Me da una palmada en el hombro -. Vamos.
Pero justo cuando nos acercamos a la puerta un teléfono móvil empieza a sonar. Barry me mira y camina hacia su taquilla con tranquilidad. Abre la puerta y coge su teléfono con el ceño fruncido.
-Es Kate –me informa sin dejar de mirar la pantalla -. Ve tú delante. Luego te alcanzo.
Asiento en silencio y salgo al solitario pasillo que comunica la zona de aparcamientos con la primera planta de la comisaría. La pista donde entrenamos y los vestuarios están al otro lado, en el ala oeste.
Subo por las escaleras hacia la primera planta pensando en Amanda. Me he comportado como un auténtico capullo mintiéndole, pero la única forma de poder acercarme a Jill. No sé por qué está tan celosa. Ya le he dejado claro en varias ocasiones que Jill y yo somos muy buenos amigos, y que nos llevamos maravillosamente bien. Pero ella parece no entenderlo. Espero que toda esta situación se normalice algún día. Tal vez debería hablar con Claire. Quizá pueda darme algún consejo.
Claire está ahora muy liada con los exámenes finales. Hablamos muy poco últimamente. No quiero que se distraiga. Los resultados que obtenga ahora serán decisivos para su futuro. Le diré que se venga a Raccoon cuando ya esté más tranquila. Echo mucho de menos todas las cosas que hacíamos juntos: ir de fiesta, bañarnos en la piscina, jugar al billar…
-¡Chris! –exclama alguien a mi espalda. Me giro. Es Elliot -. ¿Qué pasa, tío? ¡Hace un siglo que no te veo!
-¡Elliot! –le choco la mano y nos damos un abrazo -. Estos horarios de mierda me matan, por no decir los entrenamientos.
-¿Ahora vais a entrenar?
-Sí, el cabrón de nuestro jefe nos ha aumentado las sesiones, aunque no sé para qué. Ya estamos prácticamente sentenciados.
-Vaya… Oye –baja un poco la voz -. Me he enterado que le has tirado la caña a cierta señorita, Don Juan.
Me río.
-Sí. Amanda y yo llevamos casi un mes.
-Tiene pinta de ser una fiera en la cama –comenta con una sonrisa y dándome un codazo en el hombro. Le devuelvo la sonrisa. Sí, es una fiera, pero no es lo único en lo que me fijo -. Me enteré de lo de Jill… ¿Cómo está?
Eso me recuerda la prisa que tenía por llegar al pabellón.
-Al principio estuvo bastante mal –le confieso. Estoy deseando largarme -. Pero ha conseguido salir adelante afortunadamente.
Consulto mi reloj. Mierda. Son casi las nueve y cuarto. La sesión está programada para y media. Si no me doy prisa no tendré tiempo de verla.
-Será mejor que me vaya –comento para dar por terminada la conversación -. Voy a llegar tarde al entrenamiento.
-Venga tío. A ver si quedamos para tomar algo.
Me despido con la mano y camino a buen ritmo hasta llegar a la pista de entrenamiento. Un vistazo rápido me hace ver que Jill no está por allí. Sólo veo a Brad y a Forest practicando tiros libres, a Enrico, Joseph y Kenneth tirar a canasta y al capitán Wesker charlar con el cretino de Irons. Se le ve bastante tranquilo después de todo. Me quito de su vista antes de que me detecte y vuelvo mis pasos.
Me detengo frente a la puerta de los vestuarios de las mujeres. Pego la oreja para intentar detectar algo. Oigo pasos al otro lado. Sonrío. Jill está dentro. Pego en la puerta.
-¿Sí? –su respuesta no se hace esperar. Sonrío aún más. Cómo me alegra que esté de vuelta.
-Jill, soy Chris. ¿Puedo pasar?
-Entra.
Abro la puerta bastante nervioso. Maldita sea. Ni que estuviera en una cita. Mis ojos la buscan rápidamente, y la encuentro sentada en un banco poniéndose sus zapatillas azules.
En la parte de arriba sólo lleva un sujetador deportivo. Mi polla reacciona de inmediato. Trago saliva. No debería pasarme esto, pero es que joder, la veo tan bien… Además, ya conozco su cuerpo un poco después de las experiencias que hemos compartido.
Mi amigo se pone más duro, y me es prácticamente imposible esconder mi erección. Para colmo, Jill levanta la cabeza y me mira con una sonrisa radiante. La mejor que me puede dedicar.
-Estás… genial –le suelto sin poder salir de mi asombro. Y pensar que hace unas semanas estuvo al borde de la muerte…
Su cara ha recuperado el color que había perdido. Siempre estaba pálida, pero ahora está llena de energía y de vitalidad. Incluso parece haber perdido algo de peso. Pero lo que más me sorprende es que su cuerpo está más tonificado, como si hubiera cogido un poco de masa muscular.
-Me vas a comer con la mirada –bromea poniéndose en pie. En ese momento puedo verle la cicatriz que va desde su hombro hasta su pecho izquierdo. Un recordatorio de lo cerca que estamos siempre de la muerte.
-¿Cómo estás? –le pregunto mientras se pone la camiseta de entreno.
-Ya me estaba aburriendo mucho en casa –responde mirándose en el espejo y ajustándose los pantalones -. El médico me ha dado esta mañana el alta, y como tenemos de turno de noche… Aquí estoy.
No puedo dejar de sonreír. Parezco un bobo. Me alegra tanto que haya vuelto… Seguro que el ánimo del equipo va a estar por las nubes. El mío ya lo está.
-Oye, ¿qué tienes ahí en el cuello? –me pregunta señalando mi parte derecha.
Me llevo una mano instintivamente a la zona. Mierda. Ha debido ser Amanda… y otra vez vuelve a pillarme Jill. Los otros capullos ya me podrían haber dicho algo. A lo mejor no se han dado cuenta.
Me acerco al lavabo y enciendo el grifo. Me doy con agua por el cuello en la zona donde veo unas marcas rosas de pintalabios. Oigo a Jill reírse a mis espaldas. Sí, muy graciosa. Me miro en el espejo y compruebo con alegría que no queda rastro.
-¿Cómo te va con Amanda? –me pregunta mientras se coloca la cerpa en la cabeza. No sé si es su tono de voz o su actitud, pero algo me dice que está bastante interesada en el tema.
-La verdad que bastante bien –respondo siendo sincero. Todo va según lo previsto. ¿Por qué iba a mentirle?
¿Por qué albergas otras esperanzas?
¿En qué diablos estoy pensando? Ni hablar. Debo quitar toda esa mierda de mi cabeza. De inmediato.
-Me alegro –contesta Jill poniendo su ropa de calle junto a su bolso -. Se te ve muy feliz.
¿En serio? ¿De verdad se me nota? Hay algo en su forma de decir la palabra feliz que no me ha gustado. ¿Envidia? No lo creo. Jill no es ese tipo de persona. ¿Y si ese Tom la está tratando mal? No quiero ni imaginarlo.
-¿Y tú qué tal con Tom? –le pregunto para salir de dudas. Hace muchos días que no nos vemos, aunque intercambiamos mensajes a diario. Tarda más de la cuenta en responder. Vaya…
-Es encantador –me mira con esos encantadores ojos grises. Le brillan de emoción. Parece que estaba jugando al despiste -. Me ha ayudado mucho estos días. Se porta muy bien conmigo.
Asiento en silencio. Menos mal, porque iba y le partía la cara a ese cabrón. No soporto la idea de que las personas que me importan sufran. No acercamos… y nos damos un abrazo. Cierro los ojos. Sé lo que significa. Se siente agradecida por estar aquí de nuevo.
-Bienvenida a casa –susurro. Su pelo huele de maravilla. Me cautiva. Nos apartamos lentamente sin dejar de sonreír.
-Tengo que entregarle el papel del alta a Irons.
-¿Todavía no lo sabe el muy cabrón?
Jill ríe.
-Cuando he ido a su despacho no estaba, así que se lo daré ahora… ¿Lo has visto por casualidad?
-Sí… está metiendo las narices donde siempre.
Volvemos a sonreír y abro la puerta que comunica con el pasillo. Dejo que Jill salga en primer lugar y luego lo hago yo. Estoy seguro de que va a ser una noche menos larga de lo normal. Caminamos en silencio los últimos metros que nos separan del campo. Todos están distraídos, pero nuestros pasos llaman la atención del equipo.
No puedo evitar sentirme feliz al ver a todos mis compañeros quedarse boquiabiertos y venir a nuestro encuentro sin dar crédito a lo que ven. Todos le dan abrazos y gestos de cariño. No me equivocaba al pensar que íbamos a estar más animados.
Comparto una mirada con Barry. Gracias a Dios que todo salió bien.
