XXX

Una Decisión Precipitada

Puedo escuchar el estruendo del violento azotar del viento que precede al tornado que va acercándose poco a poco a la ciudad. Las personas gritan con desesperación y corren a ocultarse, a pesar de que una parte de ellos sabe que no hay manera en la que puedan evadir el destino. El faro cae en mil pedazos. Los alaridos de agonía llenan mi sentido del oído.

— ¡Max…!

Todo mi cuerpo está cubierto de agua. La lluvia es tan fuerte que me cuesta un poco mirar en dirección hacia el tornado sin que el aire haga escocer mis ojos. Lo único que puedo mirar con claridad es a ese ciervo que me mira desde donde yacen los restos del faro. La mariposa azul revolotea hacia mí para posarse justo sobre el dorso de mi mano.

¿Qué significa todo esto…?

— ¡Max! ¡Despierta!

Me siento como si hubiera estado bajo el agua durante mucho tiempo, como si recién hubiera salido a tomar un poco de aire para llenar mis pulmones. No puedo controlar la tos, ni el temblor que ataca a todo mi cuerpo. Mi cuerpo comienza a despertar poco a poco. El dolor punzante en mi cabeza aparece justo antes de que mi visión se aclare para mostrarme que Kate está aquí, y que está mirándome con angustia mientras me ayuda a levantarme.

—K-Kate…

Ugh… Mi cabeza…

¿Qué fue lo que sucedió…?

—Max, ¿te encuentras bien?

Está atardeciendo, la noche está cada vez más cerca. El estacionamiento está desolado. Y yo, por alguna razón que no puedo comprender del todo, estoy aún en el suelo.

N-no me siento bien…

—Max, respóndeme.

Kate me llama con aire suplicante. Algunos de nuestros compañeros pasan a nuestro lado, sin fijarse en lo que nosotras estamos haciendo. Supongo que todos deben detestarnos tanto, que les importa un comino lo que pase con nosotras.

Debo aferrarme al hombro de Kate para mantenerme en pie. El intenso mareo me hace tener la impresión de que voy a vomitar. Intento llevar una mano hacia mi nuca, en el punto donde se concentra la mayor parte del dolor. Pero lo único que consigo con eso es hacer que mis dedos se impregnen con mi propia sangre.

— ¡Max!

— ¿Qué…? ¿Qué pasó…?

Kate suspira aliviada. Saca un pañuelo de su bolsillo y procede a limpiar la sangre de mi nuca.

—Dímelo tú. Te encontré aquí, inconsciente.

— ¿Qué…?

—Rachel y tú tardaron tanto, que tuve que bajar para saber si necesitaban ayuda… ¿Qué sucedió? ¿Recuerdas algo?

—N-no… Yo…

El eco de la voz de Rachel resuena en mi cabeza, obligándome a mirar en todas direcciones cuando toda la oleada de recuerdos me golpea con fuerza. Tengo que alejarme de Kate para avanzar con torpes andares hacia el auto de Rachel, cuyo portaequipajes aún está abierto. La caja de cervezas yace en el suelo, así como las llaves del auto y el móvil de Rachel que ha recibido un pisotón.

Mi primera reacción es retroceder y cubrir mi boca con una mano para intentar desahogar un poco mi sensación de incertidumbre. Pero eso, al final, no resolverá nada. Mi propia cabeza comienza a sacudirse cuando me niego a aceptar la realidad. Mi nuca duele a horrores.

— ¡Rachel!

Sé que es inútil. Sé que esto no servirá de nada. Pero igualmente tengo que intentarlo. Rachel no puede… no puede haber…

— ¡Rachel, responde!

Esto no está pasando…

Esto no es real…

Esto… ¿Esto es mi culpa…?

— ¡Rachel!

Intento rebobinar, pero eso sólo aumenta el dolor en mi cabeza. Mi nariz comienza a sangrar.

—Max, estás asustándome…

Esas palabras de Kate no se comparan en nada a la manera en la que su expresión facial cambia radicalmente cuando la miro por una fracción de segundo, preparándome para decir justamente lo que no quiero admitir.

—Kate… S-se han llevado a Rachel…

Ella retrocede igualmente, sólo para correr hacia el auto tras un par de segundos. Toma las llaves y el móvil olvidado, intentando encenderlo sin lograr éxito en ello. No funciona. Ha quedado totalmente inservible.

—N-no… —musita ella—. N-no, esto no es verdad…

Y echa a correr hacia los edificios de Blackwell, gritando a voz en cuello el nombre de su ángel sin obtener ninguna respuesta. Las demás personas sólo nos miran como si ambas hubiésemos enloquecido, especialmente cuando nuestras voces no pueden seguir disimulando la desesperación con la que llamamos a nuestra amiga.

Kate se detiene cuando llega a la fuente, donde debe aferrarse con ambas manos al borde para detenerse y finalmente tomar un respiro. En cuanto yo la alcanzo, puedo notar que las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos. Está desesperada. No necesitamos hablar del tema para saber que ambas estamos pensando lo mismo, y que ambas podríamos tener razón.

—Kate…

—N-no… E-esto no… E-ella no…

Enjuga sus lágrimas con el dorso de su mano. Con la respiración entrecortada, busca ávidamente con la mirada en los al rededores hasta que encuentra a quien está buscando. Corre a toda velocidad hacia donde están Warren y Stella, besuqueándose y gozando de sus vidas tranquilas.

Aunque a mí me miran con odio, ambos reciben cálidamente a Kate.

—Warren… —dice Kate agitada—. Stella… ¿Han…? ¿Han visto a Rachel por alguna parte…?

—No —responde Warren frunciendo el entrecejo, como si el aspecto de Kate hubiese despertado alguna alerta en su interior—. Kate, ¿te encuentras bien?

—S-sí, yo… Yo… E-entonces, ¿han visto a…? ¿Han visto a Nathan Prescott?

Warren y Stella intercambian miradas.

—Lo vi esta mañana —responde Stella—, pero hace un rato escuché a Victoria quejarse de que Nathan ha estado fuera durante casi todo el día. ¿Por qué lo preguntas?

— ¿Han visto al profesor Jefferson?

Ni a Warren ni a Stella les agrada que yo haya intervenido, pero ya es tarde para retractarme. Ambos se miran nuevamente por un instante. Stella reprime una expresión de sorpresa cuando se da cuenta de las manchas de sangre seca que hay en mi cuello.

—Uh… Y-yo lo vi… —responde Stella insegura—. H-hace un par de horas estaba hablando con el director Wells, en el estacionamiento.

— ¿Qué sucede, chicas? —pregunta Warren ya un tanto angustiado.

Por un instante, a pesar de su fachada de matón con medio cerebro, el verdadero Warren Graham aún muestra señales de vida.

—No es nada —miente Kate—. Muchas gracias, chicos.

Se da media vuelta y toma mi mano para arrastrarme, volviendo sobre nuestros pasos para llegar al estacionamiento. Sin pensarlo dos veces, Kate se monta en el auto de Rachel y enciende el motor. Me da apenas el tiempo suficiente para ocupar el asiento del copiloto, pues ella decide hacer una breve pausa para tomar su móvil y buscar algo velozmente. Finalmente lo encuentra y pulsa una tecla para llamar.

Espera un par de tonos, y termina por lanzar con ira el móvil hacia el tablero del auto. Golpea el volante un par de veces. La impotencia la ha transformado en algo que desconozco totalmente.

—No responde —me dice—. Nathan no responde.

—Lo intentaré yo.

Si no quiere responderle a Kate, apuesto a que Nathan querrá responderme a mí. Al menos, quiero suponer que lo haría para burlarse de lo que ha hecho. Pero en cuanto pulso la tecla para llamar y espero el primer tono, la voz de la operadora hace que mi mundo se derrumbe a mis pies.

El número que usted marcó se encuentra fuera del área de servicio. Por favor, intente llamar más tarde.

Mierda…

Rachel… No…

—No responde, Kate… Deben estar ya en el cuarto oscuro.

—Y es ahí a dónde iremos nosotras —decide ella resuelta—. Tengo que sacar a Rachel de ese lugar.

—Estoy contigo… Pero, ¿cómo vas a hacerlo? Nathan y Jefferson son peligrosos. Uno de los dos tiene que haberme golpeado para sacarme del camino.

Controlando sus manos temblorosas, Kate estira un brazo para buscar algo en la guantera del auto. Y cuando finalmente lo encuentra, siento que un desagradable cosquilleo se apodera de cada rincón de mi cuerpo.

Un Revólver de bolsillo.

—Desearía que hubiera otra arma aquí… —se queja Kate aún desesperada—. Pero… con esto podremos defendernos…

— ¿Es que acaso has enloquecido? ¿Quieres que entremos al cuarto oscuro y asesinemos a ese par de bastardos?

Ella me mira con intensidad por un instante.

Creo que no necesito más respuestas.

—N-no permitiré que Rachel sufra lo que todas esas chicas tuvieron que padecer —dice.

Y pisa el acelerador a fondo, convenciéndome de esa manera de que vale la pena vivir al límite una vez más, si con eso podemos remediar algo de todo lo malo que ha sucedido aquí.

Resiste, Rachel… La ayuda está en camino.

Me cuesta respirar sin que mi torso lance punzadas de dolor. Ni siquiera recuerdo cómo es que sucedió, sólo sé que… sólo sé que el dolor se debe a un par de golpes que recibí… ¿cuándo…?

Cada uno de mis sentidos va despertando a su ritmo, que es exageradamente lento y desesperante. La conciencia va volviendo poco a poco a mí, sin que yo pueda recordar qué fue lo que sucedió después de que yo abriera el maletero del auto para sacar esa caja de cervezas. Al menos, ahora puedo darme una idea de qué es lo que está sucediendo… O no… No tengo idea…

Sólo sé que mis manos están sujetas con cinta adhesiva a los descansabrazos de una silla de madera, al igual que mis tobillos. Que mi boca seca percibe el desagradable sabor del pegamento de la cinta adhesiva que también cubre mi boca. Que mi nariz capta aún los rastros del cloroformo, combinados con el cloro y los químicos que le dan a este lugar el aspecto frío y desolador de un hospital. Que mis oídos captan las voces de dos hombres que sé que conozco, pero que no puedo reconocer del todo a causa del aturdimiento. Y que mis ojos, a pesar de mi visión nublada, alcanzan a distinguir que hay una cámara profesional colocada en un trípode y con el lente apuntando hacia mí.

Uno de los hombres ríe.

Intento levantar una mano para rebobinar, pero se siente pesada como el plomo. El simple intento dispara un intenso mareo y hace sangrar mi nariz.

No entiendo nada… Estoy tan confundida…

Vaya, vaya… Parece que ya has despertado. Mira esos ojos… Realmente estás desesperada, ¿no es cierto?

Apenas puedo sentir cuando ese hombre moreno y de camisa blanca, que usa guantes de látex, sostiene mi barbilla con una mano y me obliga a levantar el rostro para mirarlo de frente.

Mirarlo… Sí, claro…

Ni siquiera puedo distinguir sus rasgos…

Creo que ha sido la dosis perfecta… Estás lo suficientemente consciente como para saber en dónde estás, pero no lo suficiente como para hacer algo al respecto…

¿Qué…?

¿Qué está diciendo…?

La bofetada que me propina hace que mi cuello aúlle de dolor. Poco le importa el sangrado de mi nariz. La cinta que cubre mi boca me impide hacer siquiera un miserable sonido.

¿P-por qué me golpea…?

¿Qué es lo que hice…?

Espero que con esto finalmente aprendas la lección… Caulfield y tú no son más que un par de putas entrometidas. Querían jugar a ser detectives, ¿no es cierto?

¿Qué…?

¿Caulfield…?

¿Max Caulfield…?

Creyeron que podrían entrar a este lugar sin que yo lo supiera… Pero además de que dejaron todo desordenado, hay cámaras de seguridad. Así que ahora tendrás que sentirte contenta, Rachel Amber… Vas a presenciar, en carne propia, lo mismo que le hice a Kate Marsh.

¿Kate…?

¿Katie…?

¿Qué…?

Ahora mantén esa pose… Eso es. Eres perfecta.

Eso que se escucha parece ser el obturador de una cámara. Yo no puedo hacer más que respirar con pesadez, intentando aclarar un poco más mi visión sin lograr tener éxito en ello. Tan sólo escucho las risas de ese otro sujeto, así como el hombre moreno no deja de repetir una y otra vez que soy perfecta. Que mantenga esa pose. ¿De qué pose está hablando?

¿Qué está pasando…?

¿Dónde estoy…?

¿El cuarto oscuro…?