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El caso Regulus

35

El final

Parte II

By Gyllenhaal


Que alguien envíe a un mensajero a través del clima que tengo encima por el sentimiento que perdí hoy

Que alguien envíe a un corredor por el sentimiento que perdí hoy

Debes de estar en algún lugar de Londres

Debes de estar enamorado de la vida en la lluvia

Debes de estar en algún lugar de Londres

Recorriendo cada calle

Ni siquiera pienso en hacer…

Ni siquiera pienso en hacer correcciones

Ángeles famosos nunca vienen a través de Inglaterra

Inglaterra se queda con los nunca necesitas

Estoy en una catedral de Los Ángeles

Cabezas de chorlito cantando en voz menor vienen por mí

Pones un océano y un río entre todo el mundo, entre todo tú y tu hogar

Pones un océano y un río entre todo tú y tu hogar

Debes de estar en algún lugar de Londres

Debes de estar enamorado de la vida en la lluvia

Debes de estar en algún lugar de Londres

Recorriendo cada calle

Tienes miedo de la casa, por la noche te quedas con los pecadores

Tienes miedo de la casa, porque están desesperados por entretener

The National: "England"


Opening: "Another Life To Lose" de Greg Laswell


Esta vez no hubo penumbra. Fue un sueño; uno de los más bellos que hubiera disfrutado Sherlock.

Estaba sentado en su sillón de piel, al lado de la chimenea. Afuera estaba nevando, pero en la sala de estar del 221B de Baker Street había un ambiente cálido; muy familiar. Las llamas chisporroteaban, y de vez en cuando los leños crujían.

Esa era la casa del gigante.

Cuando el gigante entraba en ella, parecía pequeño; tanto como lo era John. Ahí todo era íntimo, y el gigante al que todos temían podía mostrar su verdadera forma. Sherlock lo amaba. Estaba sentado a su lado, y ambos veían las llamas. Conversaban. Pero Sherlock no estaba seguro de lo que decía. La voz de John se mezclaba con otra.

Despertó.

Supo dónde estaba antes de poder ver el lugar; el aroma le era familiar, y las sábanas tenían la suavidad perfecta y precisa que él siempre procuraba. Estaba en su cuarto, en el 221B de Baker Street.

Inspeccionó con calma cada detalle de la habitación. Estar en él significaba que ahora todo estaba bien.

La ventana estaba ligeramente abierta, tal como a él le gustaba. Las cortinas se ondeaban al ritmo del viento, y por ellas entraba la fragancia del Londres matutino, húmedo y, como siempre le había parecido a Sherlock, lleno de misterios.

Notó, para sorpresa suya, que al lado de su cama estaba John; dormido, recostado sobre un pequeño sofá. Tenía el cabello revuelto, la ropa de días anteriores, moretones en las manos, y había una venda que le cruzaba el pecho, donde la bala lo había herido. No llevaba camisa por ello, pero era evidente que se había quedado dormido cuidándolo a él. En la mano tenía una píldora; quizá una para el dolor, para John mismo.

Sherlock se sentó sobre su cama. No tenía dolores, sólo estaba ligeramente mareado por el sueño. A juzgar por la barba de John, habían pasado más o menos una semana desde que se desmayó.

Seguía adormilado, pero su estómago rogaba por un poco de comida.

Vio al doctor, pero no pensó prudente despertarlo. Era muy temprano, quizá las cinco de la mañana. La luz apenas comenzaba a colarse por la ventana.

Se puso de pie lentamente, procurando no hacer ruido que despertara a John. Caminó descalzo sobre el piso de madera, y se escabulló por la sala de estar hasta las escaleras. Descendió lentamente al piso de abajo. Poco a poco se sentía mejor, y el mareo comenzaba a disolverse. Llegó a la cocina y encontró allí un poco de fruta. Comenzó a comer. Devoró un par de manzanas con un hambre casi inhumana, y después se permitió robar la mitad de unos panqueques que la señora Hudson había dejado sobre la mesa de la cocina, cubiertos con una sartén.

Después tomó un gran trago de agua, y subió corriendo hacia su habitación.

Al parecer nadie se había despertado aún. Los panqueques eran de la noche anterior, según descubrió por su sabor.

Llevaba puesto el pijama. Un pantalón holgado, que seguramente John le había puesto mientras estaba inconsciente, y ahora la bata que él tomó antes de bajar en busca de comida. Llegó a su habitación, sigiloso. John continuaba apacible, recostado en el sofá. Tenía en sus ojos las marcas de haberse desvelado mucho.

Sherlock lo contempló un rato, y suspiró silenciosamente. Quería besarlo. Pero se contuvo. Se dirigió al baño para tomar una ducha y asearse apropiadamente. Llenó latina de agua y después se sumergió en ella, lentamente, disfrutando del contacto de su piel con ella. Después sumergió la cabeza, y permaneció un par de segundos bajo el agua. Cuando salió, ésta dejó aperlada su piel, y en su rostro corrieron varias gotas, lentamente, limpiando la suciedad de las calles, del sudor y todas las penas que había pasado. Sólo hasta ese momento, en el que las lágrimas se mezclaron con el agua de la tina, se permitió llorar.

Había silencio en toda la casa. John estaba afuera, vivo. Estaba bien, salvo por la herida. Pero estaba vivo, y lo esperaba. La señora Hudson seguramente estaría dormida, ni siquiera había encontrado al bajar las escaleras el rastro de Gladstone. Pero ahora todo estaba bien. Todo estaría bien.

Pero él lloraba. Lloraba por muchos motivos. Todos ellos diferentes entre sí. Estaba John, afuera. A salvo. Y todo apuntaba que finalmente podría estar con él. Pero también revoloteaba en su cabeza el recuerdo de Regulus; sus últimas palabras, las lágrimas que derramó y el gesto tan humilde y maravilloso que tuvo hacia él, Sherlock. De alguna forma se sentía derrotado. Lo había perdido a él. Y si había algo que Sherlock no soportaba, era perder a las personas. Mucho menos a personas buenas, que se acercaban a él con las mejores de las intenciones. Gente cercana.

Porque aprendió a encariñarse con Regulus; no de la misma forma que con John, con ese amor exorbitante, bello y magnífico, sino con un sentimiento de paternidad, quizá fraternidad.

Lloró porque se sentía decepcionado de sí mismo. Y por último, porque agradeció que el destino, Dios o las vicisitudes, le hubieran permitido estar de nuevo en su casa, con John. La que siempre había sido su casa.

Quitó el tapón de la tina, porque el agua estaba sucia, y volvió a llenarla. Esta vez vertió en ella un poco de sales, las que siempre lo relajaban. Sacó del cajón que tenía en el baño una pipa, la preparó con tabaco y a continuación la encendió.

Inhaló profundamente y conservó el humo en sus pulmones por un rato. Pensaba en cómo había estado meses atrás, allí mismo, pensando en qué hacer después de la boda de John. Había estado meditando seriamente remplazarlo; se sintió tonto al recordarlo, pero ya entonces era capaz de advertir que esos pensamientos le pasaron por la mente porque no sabía lo que sentía por John.

Exhaló el humo, y se recargó hacia atrás.

—No deberías estar fumando —le dijo una voz en la puerta. Sherlock volteó y divisó a John ahí. Estaba sonriente, y en sus ojos podía verse el brillo de una felicidad especial.

Sherlock apagó la pipa.

—Usted es el doctor —dijo, bromeando.

»¿Esta vez me honrará con su compañía, doctor?

Ambos sonrieron.

—Lo haría con mucho gusto…

—Pero hay cosas que debemos hablar antes, ¿verdad? —lo interrumpió Sherlock. John asintió.

»Prométame que tomará un baño conmigo cuando termine de hablar.

John lo miró, feliz.

—Te lo prometo —dijo, y se acercó hacia Sherlock. Tenía el hombro vendado, pero parecía poder mover el brazo que estaba más cerca de la herida. John se sentó sobre el borde de la tina. Acarició la espalda desnuda del detective, y lo siguió mirando con ternura. Sherlock puso su mano sobre la de John, pidiéndole que no siguiera. Lo que John hacía era acariciar una a una las cicatrices que tenía en la espalda, producto de la piel arrancada por los latigazos.

—No te lastimes —le pidió Sherlock. Acercó la mano de John a sus labios y la besó tiernamente.

John tomó la esponja y comenzó a tallar la espalda de Sherlock.

Las cicatrices estaban ahí, pero se habían curado rápidamente. John las había atendido; le puso ungüentos y varios líquidos para que se recuperaran. Ya no había revestimientos en las heridas, y la piel había comenzado a recuperarse de nuevo. Pronto ya no quedarían marcas visibles.

Cuando Sherlock salió de la tina, fue John quien lo envolvió en la toalla, y después lo abrazó.

—Me alegra que estés bien —dijo, con la voz quebrada.

—Y a mí que tú lo estés.

Después John pasó a la sala de estar, mientras Sherlock se cambiaba; en cuanto lo hizo, acompañó al doctor, sentándose en la alfombra, y consecuentemente recargándose sobre las rodillas del doctor.

Sherlock se abrazó a él.

—¿Qué ha pasado? —preguntó tranquilamente.

John suspiró, y después comenzó a hablar pausadamente.

—Cuando te desmayaste me dejaste solo —confesó el doctor—. Lestrade se mostró bastante flexible con todo. Te llevaron a un hospital, siempre vigilado; y conmigo, claro.

»El muchacho… tú lo viste. No sobrevivió. Fue llevado a la morgue, junto con su hermana, en espera de que alguien los recogiera. Pero eso no sucedería, como tú y yo sabemos.

»Le pedí a Lestrade que preparara el cuerpo de Regulus; le dije que yo me encargaría de hacer el funeral para él, aunque fuera algo demasiado personal. Él accedió. Me preguntó por la hermana y le dije que… que también me permitiera hacer los preparativos para ella. Busqué, con ayuda de la señora Hudson, lugares en Londres, donde pudieran estar juntos. La señora Hudson encontró un cementerio cerca de la catedral, a la orilla de la ciudad. Pensé que sería el lugar apropiado. —Hizo una pausa, esperando alguna respuesta de Sherlock, pero el detective se limitó a escuchar.

»Mycroft fue al hospital y me confesó la treta que planeaste; no había tal carta dirigida a la Reina, fue sólo un plan escabroso para alterar a la mujer. Sentí miedo, Sherlock —confesó John, estrechando con fuerza la mano de su amigo—. Pensé que si no existían tales pruebas entonces ellos tendrían todo el derecho a llevarte. A inculparte. Te mentiría si te dijera que no sentí miedo. —Al decir eso se agachó y abrazó el rostro de su amigo, contra el suyo.

»No quiero volver a perderte —le dijo.

Sherlock sintió calidez en su abrazo, en la forma en que estrechaba su cabeza y la besaba. Correspondió igual; pero no se podría permitir más hasta escuchar todo lo que John tenía por decir.

—Continúa —dijo, apacible.

John carraspeó, se apartó de Sherlock y se recargó en el respaldo del sillón, pero siguió acariciando el pelo de su amigo.

—El muchacho mencionó que en tu equipaje estaban los papeles; así que busqué. Había una serie de cartas y documentos que lo comprometían a él. En ellas él se hacía responsable (junto con su hermana) de haber creado las "pruebas" con las que te estaban inculpando. Incluso se echó la culpa de haber contratado a uno que otro secuestrador y ladrón para hacerte la vida imposible; se aseguró de usar nombres de hombres a los que lograste atrapar, así que continúan siendo proezas tuyas…

—Eso no es importante —respondió Holmes, solemne.

—Lo sé. —John sonrió.

»"Mycroft tiene un puesto invaluable en el gobierno británico", me has dicho. Pero hasta hace unos días no entendía a qué te referías. —Miró a Sherlock, extrañado—. Creo que… de no ser porque creo que es imposible, pensaría que Mycroft es la mismísima reina.

Ambos rieron un poco con ese chiste.

—¿Por qué lo dices?

Sherlock se sintió extraño. Hacía mucho que no se permitía sonreír. Que no había reído tan airadamente.

—Logró la destitución de Adrien, de Lady Windermere y los otros… La Mano derecha de la Reina ya no es más un problema, según dijo él. "En lo posible ha quedado destruida, y ahora será el gobierno quien tenga que decidir, razonablemente, pues ya están enterados de a qué se enfrentan", fueron las palabras de tu hermano.

»El gobierno y la mismísima Reina expresaron una disculpa pública a favor de ti. —John bufó y expresó—: Como si con eso fuera suficiente…

Sherlock no dijo nada. Después de que John terminó su relato, se quedó ahí, sentado sobre el suelo, viendo hacia la nada. John jugueteaba tiernamente con sus dedos entre las manos.

Así que todo había terminado. Finalmente, todo estaba bien.

El detective se puso de pie. Caminó hacia la ventana, siendo seguido de cerca por su amigo. Levantó la cortina, discretamente, para echar un vistazo a la calle. Todo estaba tranquilo; la gente había vuelto a su vida cotidiana; esa que Sherlock tanto despreciaba… o había despreciado. Después del apoyo que recibió de todo Londres, ya pensaba de otra forma. Regulus, la gente, y sobre todo, John, habían cambiado su manera de verlo todo. No podría decirse que era más humano; siempre lo había sido. Era más bien como si ahora tuviera más conciencia sobre su humanidad.

Las cicatrices en su espalda eran una prueba irrefutable de ello. Una que él mismo había permitido, y que había recibido con toda la dignidad de la que era capaz.

El doctor respetó su silencio. Se puso detrás de él, y después de un minuto lo envolvió en un apasionado abrazo. Era más alto que el detective, y por eso fue capaz de recargar su mentón en el hombro de Sherlock.

Sherlock disfrutó el abrazo. Tomó entre sus manos los brazos de John, que lo envolvían desde los hombros, y se entrelazaban en su pecho.

Cerró los ojos.

—John —dijo Sherlock, al cabo de un momento.

—¿Sí?

—El baño tendrá que esperar. Quiero ver al muchacho.


Salieron al atardecer, cuando el sol era un círculo rojo en el horizonte. John había ayudado a Sherlock a abotonarse la camisa, como tantas veces había hecho, e incluso le puso la bufanda; aquella misma que John le regaló, y que los acompañó a Glasgow. Cuando se la enredó en el cuello, Sherlock recordó aquel embarazoso momento en que tuvo a Regulus, desnudo, encima de él mismo. Pero sintió alivio cuando el sentimiento que despertó la bufanda lo ayudó a apartarlo, y ahora que John caminaba a su lado, se sentía agradecido con Regulus por haberle abierto los ojos.

Llegaron al cementerio después de un rato. Todo el camino fue silencio. Ni siquiera en el carruaje charlaron más de dos palabras.

Sherlock se plantó frente a la tumba. No había una lápida que lo señalara, que dijera su nombre o lo mucho que había sido querido por familiares o amigos. Y no era para menos, porque el muchacho no los tenía; salvo por la hermana, que ahora yacía a su lado.

Ahí sólo estaban los montículos de tierra, apenas aperlados por el ligero sereno.

Sherlock prolongó el silencio mientras le agradecía a Regulus por todo; por sus enseñanzas y por su sacrificio.

Después dio la vuelta hacia John.

—Gracias —le dijo, y lo tomó de la mano. John estrechó con fuerza.

»¿Sabes? Me gustaría poner una lápida en la tumba de ambos. No dejan de ser personas… olvidadas o perdidas, quizá. Por otros, al menos. Yo creo que no los olvidaré —se permitió reír con ironía—. Pero no soy tan bueno como tú escribiendo. Si algún día tienes algo que decirles… hazlo, por favor.

John asintió, con la promesa de que así lo haría.

—Yo le debo mucho a Regulus. Me enseñó a darme cuenta de que te amo.

Sherlock volteó hacia él, sorprendido por la declaración, y se encontró con la sonrisa de John, amplia, y sus ojos cerrados enternecedoramente.


Regresaron a su casa casi al anochecer. Sherlock se mostró más tranquilo después de aquella visita. John lo comprendió, y dentro del coche le permitió recargarse sobre su hombro.

Sherlock se quitó el abrigo cuando llegaron a la sala de estar. Y ayudó a John a quitarse el suyo.

—¿Estás bien? —le preguntó John.

—Todo bien —contestó Sherlock, esbozando una amplia sonrisa.

—Me gustaría preparar la cena —dijo John.

Sherlock no dijo nada. Lo miró con dulzura, y después se acercó a él. Lo miró de cerca, a pocos centímetros de su rostro. John tenía los ojos azules; eran profundos, como el más bello de los océanos, uno inalcanzable quizá, uno que todavía no había sido descubierto.

John repasó el rostro de Sherlock con la mirada. Se detuvo en sus labios, y después en los ojos del detective. Entonces comenzó a empujarlo, lentamente. Lo condujo a través de la sala, hasta el umbral del cuarto de Sherlock, y cuando estuvieron ahí, se acercó sin poder contenerse más. Sus labios se tocaron, húmedos y apasionados.

El doctor empujó a Sherlock a la cama, y éste se dejó caer tranquilamente. Después John lo siguió hasta la cama, se echó sobre el detective, y siguió besándolo apasionadamente.

Sherlock correspondió, sin culpas, sin miedos. Gimió ante la suavidad de los labios de John, ante la gentileza que tenía al besarlo, y después, ante el exacerbado deseo que creció desmesuradamente dentro de él.

Sherlock sintió la lengua de su amigo humedeciendo sus labios y acariciando con delicadeza las comisuras de su boca. Tomó entre sus manos el rostro de John, quizá con temor a que se alejara, a que se terminara ese momento. O tal vez tratando de prolongarlo, de disfrutarlo, dejándose llevar por sus apasionados deseos. Aquellos que habían anidado dentro de él desde hacía tanto tiempo… Tal vez, sólo tal vez, desde el momento en que conoció a John.

Sherlock empujó el cuerpo de John con suavidad. Sus rostros se separaron apenas unos centímetros, pero el detective pudo ver en el rostro del otro cómo sus facciones develaban un repentino miedo por que aquello terminara. Pero sus miradas siguieron encontrándose, y ambos se dieron el alivio que tanto anhelaban.

Sherlock se quedó ahí, debajo de John. Quieto. Su respiración era rápida, pero no estaba tan nervioso como seguramente lo parecía.

Jamás había estado con un hombre, y muy pocas ocasiones con una mujer, ya que regularmente se la pasaba trabajando. Y aquella situación era de lo más… extraña. No por lo mala que estuviera siendo, sino porque era algo que habían anhelado desde hacía tanto tiempo. Mucho antes de aquel beso apasionado en Glasgow.

John leyó en su mirada, y uno a uno comenzó a desabrochar los mismos botones que hacía un rato había abrochado.

Sherlock se lo permitió, hasta que su torso quedó completamente desnudo, ligeramente más delgado por el trato que había tenido su cuerpo desde hacía unas semanas

John lo contempló, lentamente. Disfrutó de cada palmo del pecho de su amigo. Lo había visto tantas veces, pero en realidad nunca como aquella vez. Tenía la piel tersa, pálida. Entonces comenzó a besarle el cuello. Se tomó el tiempo para recorrerlo todo, a veces con la lengua y a veces con sus labios. Después bajó lentamente. Llegó a sus pezones, y uno a uno los besó. Sintió una mar de sentimientos dentro de él. Y un impulso incontrolable por besar todo el cuerpo del detective.

Sherlock temblaba y gemía debajo de él, pero John se sintió seguro, y sintió unas arduas ganas de hacerle sentir bien. Ambos comprendían que aquello no sólo lo habían deseado desde hacía unas semanas o unos meses, sino de tantos años; los mismos que llevaban de conocerse.

A continuación el detective hizo lo mismo que John. Se sentó sobre la cama, con John encima de él, y desde abajo, abrazándolo por detrás, procedió a besar su cuello, y lentamente a bajar. Se detuvo en su pecho, y saboreó cada parte de él.

Después bajó la mirada, y comenzó a desabrochar el pantalón del doctor. Pero éste puso su mano para impedirlo.

Sherlock volteó la mirada hacia John, mirándolo con inseguridad. El doctor estaba listo, estaba seguro, pero aquel repentino acto, quizá por inercia, lo había paralizado un instante.

—Soy yo —le dijo Sherlock, con voz dulce.

John cerró sus ojos para tranquilizarse, y después apartó la mano, para dejar a Sherlock hacer lo suyo.

Sherlock abrió el pantalón, y ante él se encontró con la masculinidad de John. Aquella que él también había visto tantas veces, pero a la que jamás había contemplado de aquella manera, firme y lista para él.

Pasó las yemas de sus dedos por el cuerpo de John, y le ayudó a quitarse la camisa. Después volvió a recorrer su pecho y estómago, y a continuación se acercó, hambriento, al miembro de John.

Primero lo probó con la lengua. Lentamente. Quería hacer disfrutar a John, y él mismo quería disfrutar cada instante. Cuando el doctor se sacudió, entendió que había recibido la respuesta esperada. Después recorrió cada palmo.

Empujó suavemente a John hacia un lado, para que quedara recostado en el suelo, y a continuación se echó sobre él, para saborearlo, para amarlo.

John disfrutó el momento. La mayor parte del tiempo se aferraba fuertemente al cabello de Holmes o a las sábanas de la cama.

Sherlock continuó, adoptando un ritmo pausado y constante. Entonces John lo haló hacia sí. Esta vez fue el doctor el que se encontró debajo de él; le quitó el pantalón a Sherlock y se encontró de frente con su virilidad. Lo tomó entre sus manos; de pronto se sintió estúpido. Tonto. No estaba seguro de qué debía hacer. Como Sherlock, era la primera vez que él estaba con alguien que no fuera una mujer. Pero aquello era diferente. Era tan correcto, estaba tan bien, y sin dudas despertaba más emociones que todas aquellas mujeres juntas al mismo tiempo.

Imitó a Sherlock y lo lamió lentamente. Humedeció su virilidad, y se permitió sonreír de alivio cuando los espasmos del detective le hicieron saber que lo estaba haciendo bien.

Sherlock gimió de placer. Y John sintió un gusto inmenso. No pensaba en ese momento en los desgarradores gritos que el detective hubiera proferido durante los latigazos, en la plaza; pero de haberlo hecho se hubiera encontrado con que los gemidos en ese momento eran un bálsamo que aliviaba heridas y malos recuerdos.

El detective era tan vulnerable en aquel momento, tan diferente al Sherlock con el que convivía a menudo: tan seguro, tan vivaz y perfecto. Este era alguien cálido, tierno. Alguien cuya fragilidad y sensibilidad le arrancaban gritos de placer con cada movimiento de la lengua de John.

Sherlock se arrojó a un lado, y ayudó a John a ponerse encima de él. Abrió sus piernas, dándole acceso completo al doctor. Éste lo miró, indulgente. Con cariño y gentileza. Se llevó los dedos a la boca y los llenó de su propia saliva. Después los bajó y los sumergió en el interior de Sherlock.

Sherlock y gimió, y John se dejó arrastrar por una ardiente sensación de placer que no podía contener. Después comenzó un ritmo lento, pausado, sin escatimar en los besos y caricias para el detective.

Al cabo de un momento ambos ya estaban fundidos en un frenético momento, intenso tierno. Sherlock se arqueaba y se movía para recibir más de John, y éste siempre lo satisfacía, sin dejar de besarlo y darle ligeros mordiscos a cada parte de su cuerpo al alcance.

Ambos temblaban de placer. Y en ningún momento se pusieron a pensar qué había más allá. Todo se había disuelto, la sociedad londinense y todos aquellos títulos no significaban nada allí, en aquella habitación, donde sólo sus frenéticos deseos impulsaban todo lo que hacían.

A continuación John sacó sus dedos, y se preparó para entrar en Sherlock. Éste lo consintió, ayudándolo a acercarse con sus manos. John se arrodilló entre sus piernas y después se agachó para besar de nuevo el cuerpo de Holmes, su boca, su cuello. Ambos se miraron fijamente mientras John entraba en Sherlock. El doctor sintió la cavidad húmeda y calidad presionando sobre su hombría, y de nuevo tuvo la certeza de que todo aquello estaba bien. Sherlock lo recibió, ahogando un profundo gemido de placer.

Sherlock era tan estrecho, tan perfecto, tan suyo, que John sintió un tornado dentro de su cuerpo, cuando las vastas sensaciones lo hicieron titubear. Nunca había sentido algo igual. Aquellas mujeres, quienes quiera que hayan sido, no significaban nada en ese momento, el fatuo placer que le produjeron no se acercaban ni siquiera un ápice a las furiosas olas que Sherlock le hacían sentir. Todo estaba bien. Todo eso era tan correcto: John y Sherlock, juntos.

John no pudo soportar más aquél frenesí. Levantó la cadera para salir de Holmes, y comenzó un suave vaivén, que con cada empujón arrancaba a Sherlock un prolongado gemido de placer.

Sherlock disfrutó del ritmo. Lo veía en sus ojos, lo sentía en su estrechez, en su cálida cavidad, que lo envolvía a la perfección, que le provocaba seguir, sin poder contenerse. Daba besos al detective, sin dejar de dar estocadas al interior de Sherlock. Éste gemía, abría cuanto podía las piernas, en fieles intentos por dejar a John entrar más. Por formar parte de él.

Pronto el ritmo se hizo frenético. Los gemidos de placer se intensificaron, y ambos se entregaron por completo al placer que era aquello.

John comenzó a acariciar el miembro de Sherlock, lo acarició, lo embistió, y pronto sus dedos se encontraron embadurnados de la esencia del detective, que terminó con un prolongado gemido y algunos espasmos de placer.

La presión alrededor de John se intensificó a modos extremos, casi insoportables, y lo llevó directo al límite. Descargó su excitación dentro de Sherlock, gimiendo largamente en cada azote de placer.

De pronto John se encontró ahí, frente a Sherlock, aún dentro de él. Ambos tenían la respiración agitada y se miraban fijamente.

John se acercó a él, y volvió a besarlo, tiernamente; lo marcó y lo probó mientras salía de él.

—Te amo —fueron las últimas palabras que le dijo Sherlock antes de quedarse dormidos.

Se quedaron ahí tirados toda la noche. Dormidos uno sobre los brazos del otro. Se sumergieron en sueños blancos, pues éstos eran incapaces de superar la realidad que acababan de vivir.


La mañana siguiente los sorprendió desnudos, aún abrazados y dormidos.

Sherlock fue el primero en levantarse. Preparó el desayuno y sirvió la mesa. John se levantó al cabo de un rato, y se sentó a su lado.

De alguna forma el doctor parecía algo apenado, así que Sherlock comenzó a hablar, para romper el silencio.

—¿Cómo dormiste? —preguntó.

—Maravillosamente. —John rio.

El resto del desayuno pasó sin que ninguno dijera nada. Silencioso, quizá torpe. Cuando Sherlock terminó de beber su té y finalizó con sus galletas, decidió hablar.

—Hay algo de lo que aún no hemos conversado —dijo, tranquilo.

John desvió la mirada, como si el té demandara toda su atención.

—¿Qué ha pasado con Mary? —preguntó Sherlock, con tranquilidad.

John volvió la mirada hacia él, y dejó salir un profundo suspiro.

—Su padre está libre —dijo John—. Ayudé a que lo liberaran; bueno, en realidad Mycroft hizo la mayor parte…

—Me alegro por ella —dijo Sherlock, con honestidad—. ¿Qué más? —se apresuró a preguntar.

—Aún no he resuelto nada al respecto. No quiero casarme… Ya no —miró a Sherlock con cariño. En su mirada, el detective se encontró con los mismos sentimientos que la noche anterior.

—Entiendo —dijo él, cerrando los ojos y cavilando al respecto.

»Pero tenemos que preguntarnos qué tan sensato es eso… La gente habla y hablará. Siempre lo harán. Pero sería muy descuidado de nuestra parte darles motivos certeros. ¿No lo crees?

John tenía la expresión pasmada; estaba impresionado por lo que Sherlock acababa de decir. Agitó la cabeza de un lado a otro y luego lo siguió viendo con su mirada impresionada.

—No entiendo —dijo al fin—. Creí que eso ya no importaba.

—Y no lo hace… Pero creo que es mejor si somos discretos. Al menos por un tiempo. No quiero sonar como lo haré pero… De verdad que, al menos por un par se semanas, no quiero encontrarme para nada de nuevo con problemas con la ley. Sí, suelo ser rebelde, y hasta cierto punto es inadmisible que después de todo lo que nos han hecho pasar, yo aún siga considerando lo que la ley dicta. Pero no quiero darles nada por lo que hablar, ¿me entiendes?

John parpadeó. Dejó la taza a un lado y a continuación se acercó, con firmeza.

—¿Qué me sugieres? —preguntó.

Sherlock lo examinó con cautela. Ya no lo podía descifrar tan fácilmente como antes, pero John seguía siendo transparente.

—Cásate, John. Cásate lejos, y distanciémonos un tiempo. Más por conveniencia que por gusto.

—¡No! —exclamó John—. Después de todo lo que hemos pasado, ¿piensas que te dejaré así como así?

—No. Pienso que sabes cuánto te quiero. Y que me quieres lo suficiente como para actuar fríamente.

John se echó hacia atrás, sobre el respaldo del sillón. Cuán injusto era aquello. Cuán cruel era.

Respiró hondo y habló.

—¿Me prometes que siempre estarás aquí para mí? —preguntó a Sherlock.

El detective lo miró con indulgencia.

—Soy todo tuyo.

Después de eso hubo más besos y caricias. Terminaron en la cama, de nuevo.

Pero al día siguiente John salió de la casa para ir a hablar con Mary y continuar con los planes. Ella le había rogado interminablemente que viajaran, que se alejaran de todo aquello porque John parecía muy abrumado.

John lo consultó con Sherlock, y finalmente ambos acordaron que era lo más recomendable. Sherlock se quedaría para arreglar un par de asuntos y descansar un poco.

Una semana después John y Sherlock salieron de la casa, cargados de equipajes. John Pidió al conductor que los llevara al cementerio, y ahí John le mostró a Sherlock la lápida que había puesto en las tumbas de Regulus y Evelyne.

Se separaron al salir del cementerio. John tomaría un barco hacia Estados Unidos, con Mary, porque ella insistía en visitar las grandes catedrales del país, por si tenía la ocurrencia de casarse allá.

Sherlock despidió a John con un fuerte abrazo y regresó a su casa, caminando bajo la lluvia.

Estaba seguro de que había hecho lo correcto. Ahora ambos estaban conscientes de sus sentimientos, y ni siquiera la boda podría separarlos.

Se sentó frente a la ventana, para contemplar la vida nocturna y cotidiana de Londres. Se sirvió una copa, encendió su pipa, y finalmente cerró el archivo de El caso Regulus, aquel muchacho que le había hecho darse cuenta de sus sentimientos por John.

Sólo quedaba esperar por su doctor. Más adelante, podrían estar siempre juntos.


Epílogo


Semanas después, John pasaría al cementerio, a visitar al que posiblemente ya fuera como un viejo amigo. Sólo que éste era incapaz de hablar.

No obstante, el doctor tenía la esperanza de que pudiera escucharlo, más allá del delgado velo que marcaba el final de la vida, y de los tantos metros de tierra que había de distancia entre ellos dos.

"Aquí yace un gran detective, cuya carrera se vio truncada por el escándalo. Aquí yace un gran detective y un gran amigo.

Con aprecio,

Jhon Watson."

Leería en la fina lápida de mármol que él mismo escogiera semanas atrás, previo al viaje, con el epígrafe grabado que él escribiera con el más profundo de los agradecimientos.

Regulus se había culpado de todo, y el escándalo que antes había recaído sobre Sherlock se convirtió en una marca que Regulus tuvo que llevarse más allá de la muerte. Era, indiscutiblemente, un gran detective, y más además, una grandiosa persona; gracias a la cual John pudo estar de nuevo con Sherlock.

El viento corría inclemente, gélido, y con cada brisa erizaba los vellos de John. Anunciaba una nueva nevada.

El suelo estaba húmedo donde la tierra había sido removida para el entierro casi dos meses antes. En el pasto, minúsculas perlas de rocío que salpicaban cuando John movía los pies. El doctor miró hacia el cielo, estaba curiosamente mezclado con las nubes grises. Y pese a ello reflejaban la misma alegría que él sentía.

Algunas hojas secas lo golpeaban, conducidas por el viento, y danzando a su ritmo.

«Ya es tarde», pensó. Se dio la vuelta y caminó lentamente hacia el camino pavimentado; Sherlock lo esperaba en casa. Y ahora sí podrían tomar ese baño que le había prometido.


"England" de The National


El final, segunda parte. Las canciones han sido elegidas especialmente para este momento.

Daré agradecimientos en un siguiente "Capítulo", y un par de notas finales! :)