35. Una familia especial

Yo me senté en el asiento del copiloto y Manel detrás. Mi padre iba primero, y nosotros le seguíamos. Íbamos a ir a un restaurante de Seattle, así que quedaba un rato en el coche.

—¿Por qué yo tengo que ir con vosotras? –preguntó Manel, molesto.

—¿Qué? –pregunté, sin entender muy bien.

—Pues que si tu novio se pone delante, yo quepo en el asiento de detrás con Marc y David…

—Ya… Pero tú no vas a dar ideas para preguntarle a Jacob. –repliqué, sabiendo que mi padre, con colaboración de mi hermano y David, iban a hacerle el cuestionario del siglo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada, déjalo.

—Nunca me explicáis nada.

—Pues te aguantas. –le dije, sacándole la lengua.

Él también lo hizo.

—¿Con qué pregunta crees que empezará? –le pregunté a mi madre tras un momento de silencio.

—Sobre la boda, seguro.

—Ugh… ¿Pero cómo quiere que me case con él a los dieciocho años?

—Bella lo ha hecho.

—Por un motivo distinto. –le recordé.

—Ya. Yo recuerdo que cuando yo tenía tu edad, me quería casar lo antes posible.

Levanté las cejas.

—Pues menos mal que encontraste a alguien con juicio.

—¿Con juicio? –dijo mi madre, como si estuviera loca.

—Sí. Papá te paró los pies. –supuse.

—No, cariño, no. Al cumplir yo los dieciocho, tu padre ya me pidió matrimonio.

Abrí los ojos como platos.

—¿Qué prisa tenía? –pregunté, incrédula.

Mi padre, que es tan ajeno a todo eso de las bodas… Ugh.

—¿Aún lo preguntas? –dijo mi madre, como si fuera obvio.

—¡Oh! Para la noche de bodas… —dije, dándome cuenta.

—Exacto.

Entonces se me encendió la bombilla.

—Papá se lo preguntará por la noche de bodas, no por la boda…

—Sí. –confirmó ella.

—Ups… —expresé, acordándome de la noche que pasé con él, y recalcándome a mí misma que no era la noche de bodas, exactamente…

—¡Lo has hecho! –exclamó mi madre, de repente.

—¿Qué? ¿El qué? –pregunté, confundida.

—¡Tu expresión habla por sí sola! ¡LO HAS HECHO!

—¡No sé de qué hablas, mamá!

—¡QUE LO HAS HECHO CON JACOOOOOB!

El color rojo decoró mis mejillas cuando entendí de qué hablaba.

—¡Qué! ¡No sigas tonterías, mamá! –negué yo.

—¡AY, DIOS MÍO! ¡LO HAS HECHO, LO HAS HECHOOOOO!

—¡Mamá! ¿Quieres tranquilizarte?

—¡MI HIJA YA LO HA HECHO! ¡Lo has hecho! ¿A qué sí? ¡No me lo niegues! ¡Lo has hecho, lo has hecho!

—Sí, vale, lo he hecho, pero cállate ya… —supliqué, rendida.

—¡AAAAH! ¡MI HIJA LO HA HECHO CON SU NOVIOOO!

—¡Mamá! ¡Si sigues chillando así papá se enterará! ¿Quieres NO chillarlo?

—¡Dios! Mi niña se ha hecho grande… ¡Lo ha hecho con su novio!

—¡Mamá! ¡Ya vale, hombre!

—Vale, vale, vale… Me calmo.

—Gracias.

Oh, por Dios… Mi madre está loca, loca de remate… ¿Cómo se le ocurre chillar lo que he hecho o no con mi novio? Oh, madre mía…

—No lo pillo. –anunció Manel.

—¿El qué? –pregunté.

—¿Qué has hecho con tu novio?

—Hum… Un trabajo. –contesté, mintiéndole.

No se lo iba a decir, es pequeño…

—¡Nunca me contáis nada! ¡Se lo diré al papa!

—Si se lo dices, mueres. –le avisé, haciendo el gesto del ahorcado.

—¡Pues dímelo!

—¡Sólo tienes doce años!

—¡Pero todos lo sabéis! Todos menos yo…

—Porque somos grandes.

—No, tú no. El papa y la mama son mayores, y vosotros sois mucho más pequeños que ellos, y lo sabéis.

—¡Eh! ¿No me estarás llamando vieja? –se quejó mi madre.

—No, si parece que tengas treinta y siete… —la piropeó mi hermano.

Mi madre sonrió. Mi hermano le tenía miedo.

Sonreí en mi fuero interno.

—A los quince. –definí.

—¡No! ¡Está muy lejos!

—Por eso mismo.

Llegamos al lugar donde estaba el restaurante y mi padre aparcó justo en la puerta.

—Tendrá morro… —me quejé.

—La ventaja de ir primero. –comentó mi madre. —¡Oh! Mira, ahí hay sitio.

Miré donde me señaló y vi que tenía razón.

¡Já! Se creían mejores que nosotras…

Me bajé del coche nerviosa.

Bueno, la hora de la verdad…

Fuimos hacia el restaurante y, cuando entramos, vimos a Jacob solo, esperándonos.

—¿Qué haces solo? –pregunté al llegar delante suyo.

—Tu padre y los demás han ido con el camarero para la mesa, y me ha dicho que os llevara.

—Ah, vale. Pues vamos. –dije, sonriendo.

Miré a mi madre, que me miraba extrañada.

—¿Qué pasa? –pregunté.

—¿No os dais un beso para saludaros?

Ough… Puse los ojos en blanco y le dije que pasara primero con mi hermano.

—¿Qué te ha preguntado mi padre? –le pregunté en un susurro.

—Si tenía intenciones de casarme contigo.

—Ugh… ¿Y qué le has dicho?

—Que sí, pero aún no. Somos muy jóvenes.

Oh, buena respuesta para lo que él se refería…

—Muy buena. ¿Y después?

—Si tomábamos precauciones.

Di un pequeño grito ahogado.

—¿Y qué le has contestado? –pregunté, un poco en shock.

—Qué la única vez, sí.

—Oh, ya… —entonces ya lo sabía. —¿Y luego?

—Hum… Pues cómo me sentía al estar con Edward, ya que leía los pensamientos. Después me ha preguntado si es guay convertirse en lobo, cómo era eso de la imprimación, si corría mucho siendo lobo…

—¿Te ha preguntado cosas sobre la licantropía?

—Sí. Curioso, tu padre.

—Sí. Un poco bastante.

La mesa era redonda, y cabíamos todos perfectamente. Mi padre se situó al lado de mi madre, casi en frente nuestro. Jacob se sentó a mi izquierda, mi hermano Manel a mi derecha y a su lado Marc, quedando a la derecha de éste David. Al lado de Jacob se sentó mi madre. De manera que, de derecha a izquierda, estábamos: David, Marc, Manel, yo, Jacob, mi madre y mi padre.

Perfecto.

Empezamos a mirar la carta, cuando mi padre preguntó:

—Bueno, y… ¿cómo se lo pediste?

Yo retiré la mirada de la carta, como todos, y miré a Jake, recordando aquel día: Yo le insulté, él me insultó y, después de mi huida, él lo arregló todo. Pero… ¿cómo iba a decirle a mi padre que me había insultado, aunque no fuera la intención?

—Hem… Yo le insulté diciéndole "perro sin sentimientos", y luego él, en vez de insultarme también, me dijo cosas… bonitas. –dije, casi sin mentir.

Sólo me había saltado la parte que no querían escuchar.

—¿Y eso? –preguntó mi padre.

—Es que… la quiero demasiado como para insultarla. –dijo Jake.

Oculté mi sonrisa y mi negación con la cabeza agachándola. Él me miró sonriente.

—Qué romántico. –dijo mi madre.

—Qué cutre. –dijeron mis hermanos y David.

—Y… ¿con la hija de Bella? Me han dicho que fuisteis como unos padres mientras Edward y Bella no estaban… —comentó mi padre de nuevo.

Jacob y yo nos miramos.

—Oh, no. Como unos padres no. Sólo que, creo que es la diferencia, es que nosotros la tratamos como a una adulta, y los demás como una niña. –explicó Jake.

—Pero es una niña… —comentó Marc.

—No exactamente. –dijo Jake.

—Ella… crece tanto mental como físicamente. Ahora parece que tenga un año, y ya sabe hablar y caminar. –seguí yo.

—¡Oh! ¡Tú eras tan graciosa cuando empezaste a caminar! –comentó mi madre, fundiéndose en sus recuerdos.

Oh, no… Las historias de cuando era bebé no…

—¿Sabes qué hacía? –preguntó excitada mi madre a Jacob.

—No. –contestó él.

—Mamá, no…

—Pues hacía poco había visto en la tele ver a bailarines de ballet bailar, y ella quería hacerlo como ellos. Pero no sabía andar aún, entonces cuando intentaba caminar, lo hacía de puntillas. Y se daba unos porrazos…

—¡Mamá! –me quejé.

Jacob reía.

—¡Oh! Y un día que dejé solo a mi marido, mi hija era un bebé aún. Y se ve que la puso en el cambiador, se giró para buscar algo, y cuando se volvió a girar, la niña estaba en el suelo.

—Sí, eso me lo había contado.

—Oh, no sabía que contabas estas cosas…

—¡E-estaba mal, mamá! –me excusé, tartamudeando. –Fue cuando viniste a curarlo.

—¡Oh! Sí que estaba mal… Total, que Rafa me llama diciendo: "¡creo que he matado a nuestra hija!" Y yo claro, corriendo a casa y, cuando llego, veo a mi hija tan dulcemente durmiendo. Y le digo a Rafa: "¡pero si está durmiendo como un perezoso!"

Jacob reía ante la historia.

—Mamá, por favor… —supliqué yo.

Todos reían con Jake ante los recuerdos de mi madre. Vaya familia…

—¡Y Marc! Como su hermana, un gracioso estaba hecho.

¡Já! Ahora le tocaba a él.

—¡Mamá! ¡Que es novio de Alba, no mío! –se quejó él.

Yo reí.

—Bueno, pues un día fuimos a la playa, y mi hijo nos preguntó, con ésa vocecita que oyes a kilómetros, es decir que toda la playa oyó la pregunta de Marc: "¿Quién hecha la sal al mar por la noche?" Qué vergüenza pasé. Nos fuimos corriendo de la playa…

Todos reímos, menos Marc.

—Tú no te rías. –me advirtió.

—Tú te has reído de mí. Ahora me toca a mí. –dije, volviendo a reír luego.

Él frunció los labios.

—¡Y los tres han inundado el baño! –continuó mi madre, alegre.

Oh, no… Ahora tocaba la historia de "los hermanos inundadores de baños"…

—Primero fue Alba. No me acuerdo dónde estábamos nosotros, pero la señorita puso en marcha la ducha y el bidet, a toda presión. Cuando llegamos nosotros, el agua nos llegaba a los tobillos… Increíble. Luego fue Marc. Se enfadó y se metió en el baño, encerrado. Puso en marcha la ducha, se sentó encima de por dónde se va el agua, eso redondo con agujeros, y el agua llegó al pasillo. ¡Para que veas lo que hace cuando se cabrea! Y después Manel. Él puso a toda presión el agua del bidet, y después lo puso en marcha. De la presión del agua, el niño salió disparado, y se puso a llorar mientras el baño de inundaba.

Todos reían, todos menos nosotros tres, claro está.

El camarero vino y nos preguntó por los platos.

—Hum… Yo una dorada a la sal, por favor. –pedí yo.

—Para mí otra. –pidió Jacob.

—Y para beber, agua. –continué yo.

—Yo una Coca-Cola, por favor. –pidió él, dándole nuestras cartas al camarero.

—Pensaba que sólo los gatos comían pez. –le susurré a Jake.

Le costó pillarlo. Claro, él es un perrito, y el pescado les gustaba a los gatos…

—Te tengo que querer mucho para aguantar esto. –dijo, sonriendo.

Yo reí y después le di un beso en la mejilla.

—Tú eras graciosa de niña. –comentó él, susurrando.

Le miré con mala cara.

—Te tengo que querer mucho para aguantarte. –dije, repitiendo su anterior frase, sonriendo.

Él rió y después me besó el pelo.

—¡Papa, papa! –le llamó Manel.

—¿Qué pasa? –le preguntó mi padre, ante el nerviosismo de mi hermano.

—La mama se ha alegrado un montón cuando Alba le ha dicho que "lo había hecho con su novio", y no me lo han querido explicar…

Eché a mi hermano una mirada asesina.

—Estás muerto. –vocalicé.

Él negó feliz, esperando la defensa de mi padre.

—Es que eres muy pequeño. –dijo él.

—¿Qué? ¡Pero no es justo…!

Yo sonreí y le saqué la lengua cuando me miró. Él me contestó de igual forma.

El resto de la comida fue normal. De vez en cuando nos preguntaban cosas, como cuánto hacía que salíamos, o si aquella noche estaban ellos en casa. Mi madre siguió contando alguna que otra anécdota, incluyendo alguna de David, ya que la madre de él hablaba mucho con la mía.

—¿Para cuando has reservado el vuelo? –le pregunté a Jake mientras nos tomábamos el postre.

Él me miró y frunció el ceño, intentando recordar.

—A las seis menos cuarto. –me informó.

—¿Y qué hora es? –pregunté en general, dirigiéndome a todos los de la mesa.

—Las cinco y diez. –contestaron descoordinadamente.

—Pues nos vamos a ir ya, ¿no? –le dije a Jacob.

—Sí, será mejor. ¿Os vais a quedar más rato? –preguntó, mirando a mis padres.

—No. La idea era comer, preguntar e irnos.

Yo le sonreí cuando dijo "preguntar".

—Bueno, entonces nos acabamos el postre y nos vamos.

—Vale. ¿Puedo preguntarte algo? –le dije.

—Sí, claro.

—¿Cómo os mantenéis en ésa línea comiendo chocolate y pastas?

Él rió.

—No tengo ni idea. –dijo, con una sonrisa de oreja a oreja.

Yo reí negando la cabeza. Como habíamos dicho, después del postre mi madre me dio las llaves de su coche para que nos fuéramos adelantando Jake y yo. Así que nos dirigimos al coche y yo me puse al volante.

Era obvio el plan, ¿verdad?

Ahora tenían que ir todos en el mismo coche para comentar sus opiniones sobre mi curioso novio licántropo.