*Los nombres de los personajes así como todo lo relacionado con Harry Potter pertenecen a J. K. Rowling.
35.- La Gran Madriguera (Parte 1)
El dolor comenzó a extenderse rápidamente mientras movía lentamente el cuello: se había quedado dormida ahí sentada. Los ojos le picaban y podría apostar que aún los tenía rojos e hinchados; sentía las lágrimas secas sobre sus mejillas. Alzó la vista rápidamente, haciendo una mueca ante otra oleada de dolor, esperando ver a Ron junto a ella, pero el pelirrojo no estaba.
Estiró las piernas frente a sí y recargó la espalda en la pared sintiendo como algo resbalaba por detrás de ella. Giró un poco y vio una delgada cobija, la tomó entre sus manos y la abrazó contra sí reconociendo el olor de Ron en ella, probablemente él se la había dejado.
Su mirada se deslizó hasta la puerta de la habitación de Ron, la cual estaba cerrada. ¿Estaría ahí?, tenía ganas de saberlo pero en ese momento su principal preocupación era Rose. Se levantó lentamente sintiendo como los músculos de su cuerpo dolían al estirarse. No sabía qué hora era, pero supuso que sería ya de noche.
Dudando, o más bien esperando, que la puerta abriera, giró el pomo suavemente y agradeció con alivio cuando la puerta cedió y se abrió. Dio un gran respiro antes de entrar, luego procedió y abrió la puerta lo suficiente para que pudiera pasar por ella.
Instintivamente miró hacia la cama; Rose no estaba ahí. Paseó la vista por toda la habitación pero no había rastro de la pequeña. Una alarma de preocupación se disparó dentro de ella, estaba a punto de salir de la habitación para buscar a la niña por la casa pero entonces se fijó en el armario.
Nuevamente dudó, recordando la única ocasión en la que Rose se había escondido ahí antes. Decidió mirar y cuál fue su sorpresa, y alivio, al encontrar a Rose sentada en el suelo del armario, con la cabeza apoyada contra la pared y con la mano derecha sujetando la izquierda reposando sobre su regazo.
El corazón de Hermione se derritió y con sumo cuidado cogió a Rose en brazos y la acostó en la cama. La castaña se sentó junto a ella y la observó en silencio. Una sensación de pesar la invadió, pero sobre todo de culpa. Dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas, ahogó los sollozos que comenzaban a formarse en su garganta.
¿Cómo había podido ser tan orgullosa, tan egoísta, tan tonta?
No se merecía a Ron. Se merecía odio y repulsión por parte de él... sabía que Ron se había guardado varias cosas más y que en verdad no había dicho todo lo que hubiera querido decir. Pero ella lo había leído en su mirada, había leído aquellas palabras que Ron no se había atrevido a decir.
Se había perdido el nacimiento de Rose, los primeros años de su vida; las primeras palabras, las primeras risas, los primeros llantos, todas esas cosas que ella sí había visto y vivido, ¿y todo por qué? ¿Por su estupidez? ¿Por su terquedad? ¿Por sus impulsos a los que ahora no les veía sentido? ¿Por todo eso?
Y, sin embargo, ahí estaba Ron, defendiéndola, tratando de entenderla, amándola...
¿Y ahora con la aparición de Lavander? ¿Y el hecho de que su padre siempre había sabido la verdad?
Eran demasiadas cosas para procesarlas de un solo golpe. Demasiadas cosas que no podía manejar.
— Mami... —la voz de Rose fue un suave susurro que bastó para que Hermione saliera de sus pensamientos, se limpiara las lágrimas con rapidez y dirigiera su vista a la pequeña.
— ¿Cómo te sientes, cariño? —fue lo primero que preguntó Hermione.
La pelirroja mordió su labio inferior y sus ojos se cristalizaron mientras comenzaba a llorar. Hermione la abrazó contra ella, cuidando de no lastimar la muñeca de la niña.
— Tranquila, cielo —Hermione intentó consolarla y aguantar las lágrimas —. Aquí estoy, mi niña.
— ¿Por...por eso...? —Rose hipó y la barbilla le tembló ligeramente — ¿Por eso...te fuiste? ¿Porque papá...porque papá estaba con esa mujer?
— Sí —respondió Hermione, con la voz en un hilo, sabiendo que era inútil negar aquella razón.
— ¿Y sí... sí estaba con ella? —se atrevió a preguntar la pequeña. Su voz había sido amortiguada, debido a que había escondido su rostro entre el hueco que había entre el cuello y el hombro de Hermione.
— Sí —volvió a repetir Hermione, tomando un respiro antes de seguir hablando —. Pero no de la forma en la que creí...
— ¿No te engañó? —dedujo Rose, haciendo notar su inteligencia.
— No. No lo hizo —contestó la castaña, negando con la cabeza —. Tu padre jamás me engañó, cariño. Yo fui la que estuve equivocada...
— ¿Entonces...? —Rose tragó saliva y espero unos segundos a que su llanto se calmara. Cuando estuvo lo suficientemente tranquila para poder hablar sin entrecortar la frase, hizo su siguiente pregunta — ¿Tampoco es cierto que él ama a esa mujer?
— Rosie, nada, absolutamente nada, de lo que dijo esa mujer, sea lo que sea que haya dicho, es verdad, ¿entiendes? Nada —Hermione hizo énfasis en la última palabra y Rose asintió.
Una mueca de dolor cruzó el rostro de la pequeña y Hermione inmediatamente tomó suavemente la muñeca de su hija, examinándola más a fondo. Lo que antes había sido rojo ahora era de un profundo color púrpura verdoso. Respiró con fuerza para calmar la ira que la estaba invadiendo. ¿Cómo no tenía a Lavander frente a ella y así podría romperle la cara por completo?
— ¿Te duele demasiado? —preguntó Hermione, tontamente. Se regañó por estar así, Rose era quien necesitaba de ella y era a quien tenía que cuidar, no al revés.
— Mucho —gimió Rose con lágrimas brillando en sus azules ojos —. Me duele mucho.
— Tranquila, Rose —pidió Hermione, tratando de aclarar su mente —. Iré a buscar una pomada para el dolor y una venda en el botiquín que hay en el sótano, ¿de acuerdo?
— Ajá —Rose asintió y se talló los ojos con su mano sana.
— No tardaré —Hermione besó la frente de Rose y se apresuró a salir y buscar lo que necesitaba.
Cuando pasó por la habitación que ocupaba Ron, vaciló un segundo, pero después pasó de largo, decidiendo que después arreglaría las cosas con él. O por lo menos lo intentaría...
Albus se sentó de golpe en la cama cuando vio a sus padres entrar a su habitación. Una mirada ansiosa se dibujó en su rostro mientras Harry y Ginny se sentaban junto a él.
— Los padres de Scorpius acaban de irse —anunció Harry, palmeando la rodilla de su hijo por encima de las cobijas.
— Y hemos hablado con ellos —enunció Ginny, dándole una mirada cómplice a Harry.
— ¿Y? —preguntó Albus, tratando de controlar su nerviosismo.
— Bueno... —Harry se ajustó sus lentes sobre el puente de su nariz y lo meditó unos segundos antes de responder, con una sonrisa —, Scorpius vendrá con nosotros.
— ¡Sí! —Albus saltó completamente de la cama y comenzó a brincar sobre ella.
— ¡Calma, Al! —le pidió Ginny, temiendo que el pequeño se cayera de la cama.
— Lo siento, mami —se disculpó el pequeño Potter, con una gran sonrisa. Abrazó a su madre con fuerza y le plantó un gran beso en la mejilla.
— ¿Y yo qué, Albus? —preguntó Harry, fingiendo enojo.
— ¡Gracias, papá! —Albus repitió sus movimientos anteriores y se quedó abrazado de su padre — ¿Scorpius lo sabe?
— Probablemente en unos minutos lo sabrá, o quizás mañana —respondió Ginny mirando con ternura a su hijo —. Hay otra cosa que debes saber, Albus.
— ¿Qué cosa? —preguntó el pequeño sin inmutarse.
— Pues que mañana al medio día nos pondremos en camino hacia La Gran Madriguera...
— ¡Sí! —volvió a gritar Albus, con más emoción que antes.
Albus sabía que la última vez que la familia Weasley había pasado las vacaciones en La Gran Madriguera, el sólo contaba con dos años de edad y no recordaba mucho, si es que nada, del lugar. Pero Lucy y los demás, e incluso su hermano James, le habían contado que era un lugar fabuloso y realmente esperaba con ansias pasar su primera navidad en ese lugar. Y lo mejor era que Scorpius estaría junto a él.
— ¿James ya lo sabe? —preguntó Albus, pensando en que quizás el podría darle la noticia a James.
— James probablemente ya está allá —respondió Harry, pensativo.
— ¿Pero no estaba en casa del tío George, con Fred y Rox? —preguntó Albus, un poco confundido.
— Bueno, el plan era ese. Pero los abuelos se iban a llevar a Fred y Rox y ya sabes cómo es James, Albus —le explicó Ginny. Albus se encogió de hombros.
— Entonces, ahora a dormir —le dijo Harry firmemente.
— Descansa, Al —Ginny besó la frente de su hijo y le regaló una sonrisa que el niño devolvió.
— Dulces sueños, campeón —Harry depositó un beso en la coronilla del pequeño.
— Gracias —murmuró Albus antes de cerrar sus ojos y quedarse dormido.
Ginny y Harry se miraron sonrientes y en completo silencio abandonaron la habitación de su hijo menor contentos por la felicidad de él.
— Ya está. ¿Lo sientes mejor?
Rose asintió y con los dedos de la mano derecha acarició el vendaje que ahora cubría su muñeca izquierda. Ciertamente seguía punzando y más cuando la movía pero ahora el dolor y la inflamación estaban bajando.
— ¿Tienes hambre? ¿Sed? —Rose negó ante las preguntas de su madre, Hermione suspiró.
— Mami, ¿por qué esa mujer te hizo daño? —preguntó Rose, en voz baja.
— No lo sé, Rose. Supongo que el hecho de que tu papi ya no la quisiera a ella —Hermione contestó sinceramente, sorprendida por la pregunta —. Realmente nunca me lo he planteado.
Rose la miró fijamente, meditando las palabras dichas por su madre. Sus ojitos azules seguían ligeramente bordeados por una línea roja, evidencia del llanto.
— ¿Papá y tú siguen peleados? —preguntó la ojiazul, temerosa de la respuesta.
Hermione vio aquel temor en la mirada de su niña y la volvió a abrazar, anticipando la respuesta en su mente.
— No, Rosie. No estamos peleados —contestó Hermione, finalmente.
— Pero estaban discutiendo —replicó Rose, alzando la mirada para poder ver a su madre a los ojos.
— A veces los papás discuten —le contestó Hermione acariciando la mejilla de Rose —, pero después hacen las paces y se reconcilian.
— ¿Entonces papá y tú se reconciliaran? —preguntó Rose, sonando esperanzada.
— No puedo responderte eso, Rosie —contestó Hermione, sintiéndose culpable por darle esa respuesta a su hija —. No ahora.
— Entonces seguirán enojados —bufó Rose, con frustración.
—Tampoco he dicho eso —se apresuró a contradecir la castaña. Rose sí que sabía meterla en líos —. Escucha cariño: es una situación difícil y no muy buena, por así decirlo. Pero tú no debes preocuparte por ello, ¿de acuerdo? Son cosas que nos corresponden a papá y a mí.
Rose se quedó callada un momento antes de dar un leve asentimiento. Por unos minutos no dijo nada y Hermione pensó que se había quedado dormida. La castaña soltó un suspiro y cerró los ojos mientras sentía como una leve pulsación iba creciendo en su cabeza.
— ¿Qué es ser bastarda? —preguntó Rose, rompiendo el silencio.
Hermione abrió los ojos de golpe y miró a Rose.
— ¿De dónde sacaste eso? —Hermione se alteró ante la palabra utilizada por su hija.
Rose vaciló y desvió la mirada un segundo antes de volver a mirar a su madre.
— Ella me dijo... ella dijo: "Así que tú eres la bastarda que Ro-Ro tuvo con esa id..." —Rose recitó rápidamente aquella frase y se detuvo ante la última palabra.
Hermione frunció el ceño y apretó los labios en una delgada línea. No le molestaba que Lavander la insultara a ella, pero a Rose... eso sí que no podía permitirlo.
— No significa nada —respondió Hermione firmemente. A Rose le sorprendió el tono que su madre había usado.
Y ese tono declaraba que no permitiría réplicas ni peros, y que el asunto debía ser olvidado. Pero, claro estaba, Rose no podría; algo en ella le decía que aquella palabra sí significaba algo y aunque su madre no quisiera decírselo, ella lo investigaría por su propia cuenta.
No por nada se llamaba Rose Jean Weasley.
— Olvida todo lo que escuchaste de ella —dijo Hermione, captando la mirada, un poco perdida, de su hija —. Las dos vamos a olvidar ese malo episodio.
— Sí —respondió Rose y se abrazó a su madre, sabiendo a la perfección que aquello no podría ser olvidado simplemente con decirlo.
Pero por el momento solo se acomodó y dejó que el sueño y el cansancio la vencieran por ese día.
Estaba mal. No, más que mal. Realmente mal. Abrió la puerta de la habitación y se asomó lo suficiente para ver que en la habitación de Hermione no había nadie y que en la de Rose estaba la luz encendida. ¡Rose había abierto la puerta!
El único gran alivio que en ese momento podía sentir. Sin pensarlo siquiera caminó hacia la puerta, que no estaba del todo cerrada, y la empujó suavemente hasta abrirla del todo. La escena que vio a continuación le enterneció hasta el alma.
Dio un paso vacilante, luego uno más y otro más hasta que estuvo al pie de la cama de Rose. Suprimió un suspiro y pasó sus dedos por el borde de la cama, a centímetros de distancia de los pies de Hermione. Miró a Rose y sintió una punzada de culpa al ver la mano vendada de su hija. ¿Cuánto la había lastimado aquella mujer? ¿Qué cosas le había dicho?
Y era su culpa. Él debió haber estado al pendiente de Rose sin dejar de observarla. Él debió de haber ido con ella y no dejarla sola. Simplemente debió haber estado con Rose.
— Perdóname, princesa —susurró Ron, dejando caer unas cuantas lágrimas. Rodeó la cama y se situó al lado de la pequeña, arrodillado en el suelo —. Yo... quería que pasáramos una linda tarde... pero tuvo que pasar esto. Supongo que tarde o temprano tenía que suceder pero... no de esta forma... no debía ser así. Mi pequeña, tú no debiste haber visto eso ni escuchado nada...
Ron hizo una pausa. Más lágrimas comenzaban a rodar por su rostro.
— Te amo, Rosie. Y siempre voy a estar contigo. Pase lo que pase... siempre...
Hubo un silencio antes de que Ron comenzara a levantarse.
— ¿Ron? —Hermione había despertado y observaba al pelirrojo.
Ron miró en dirección de la castaña y cuando sus ojos se encontraron con los de ella no supo que sentir. Se levantó rápidamente y murmurando un "Buenas noches" se encaminó hasta la puerta.
— Ron... —Hermione se levantó, cuidando de no mover ni despertar a Rose, y luego lo siguió.
Ron ya había salido de la habitación y se dirigía a la suya cuando Hermione salió y volvió a llamarlo.
Ron se detuvo y se giró hacia la castaña. Hermione cerró la puerta detrás de sí y avanzó hacia él.
— Hermione...
— Quiero hablar contigo —le interrumpió ella, decidida.
— Ahora no —negó Ron.
— Ron, por favor —insistió Hermione.
— Es tarde... —Ron se detuvo y miró a Hermione. Suspiró resignado —. De acuerdo. Hablemos. Pero adentro, no quiero que Rose escucha por si despierta de nuevo.
— Yo tampoco lo quiero —le respondió Hermione y entró a la habitación de Ron, seguida por él.
— ¿Quieres sentarte? —ofreció Ron, señalando la cama y la silla que había en la habitación.
Hermione negó y se quedó de pie en medio del cuarto — Bueno...
Un espacio vacío se formó y ambos se quedaron callados. Ron respiró profundamente. En las últimas horas había estado pensando todo lo sucedido ese día y no solo ése, si no desde el día del supuesto engaño. Y, aunque no quisiera aceptarlo, lo cierto era que sí, si había un sentimiento de enojo, decepción y hasta quizá un poco de rabia.
Y trataba de ignorarlos, de no sentirlos. Pero lo hacía y no quería eso. Porque no solo estaba enojado con Hermione, sino también con él... ¡y ni siquiera sabía por qué con el mismo!
Era un completo caos lo que había dentro de él. Dio media vuelta, evitando mirar a Hermione.
— Ron... —susurró la castaña mirando la amplia espalda del pelirrojo. Sentía que la garganta se le cerraba pero hizo un esfuerzo por decir las palabras que desde hace mucho tiempo sabía que tenía que haber dicho —, Yo... lo siento, Ron.
Ron no se movió ni hizo ningún gesto. Hermione esperaba impaciente si decir algo más o quedarse callada. La actitud de Ron la ponía nerviosa y preocupada. Finalmente Ron se giró hacia ella pero evadió verla a los ojos.
— No lo sé, Hermione —murmuró Ron mirando hacia el techo y luego bajando su vista y encontrándose con los ojos de Hermione en su camino —. Siento muchas cosas y me estoy confundiendo. No sé si... si... si enojarme contigo, olvidar todo... o simplemente... ¡Demonios! ¡No sé!
Hubo otro lapsus de silencio entre ellos, pero la tensión era más que notoria. Hermione, en el fondo, sabía que había una probabilidad de que Ron actuara así, lo conocía demasiado bien para predecir aquello.
— No voy a negarte que me duele mucho no haber estado contigo en estos últimos años, porque lo sabes. Y no sé quien tenga la culpa aquí, o tal vez los dos o tal vez nadie... o simplemente ambos cometimos errores.
— Ron... —Hermione caminó hacia él y quedaron frente a frente a tan solo un pie de distancia.
— Ni yo mismo me entiendo, Hermione —susurró Ron, abatido.
La castaña vaciló un segundo pero luego tomó la mano de Ron y lo miró firmemente.
— Solo espero que puedas perdonarme —dijo, con media sonrisa —. Cuando estés listo para hacerlo, ahí estaré...
Se puso en puntillas y depositó un suave beso en la mejilla de Ron, duró un segundo más de la cuenta y luego se separó. Dio media vuelta y se dispuso a salir. Cuando abrió la puerta, Ron la llamó. Ella se giró y miró al pelirrojo.
— Hay algo de lo que estoy seguro —dijo Ron, firmemente y sin apartar sus ojos de los de Hermione —. Nunca he dejado de amarte...
Hermione sonrió mientras sentía como su corazón comenzaba a correr a mil por hora.
— Yo tampoco lo he logrado, Ron...
El pelirrojo le dedicó una gran sonrisa pero no dijo nada más. Hermione salió y volvió a la habitación de Rose.
Sí, aquello era tan confuso. Aquello era doloroso. Aquello era tan complicado. Pero así eran las cosas y por el momento quedaban así.
Se sentía tan bien sentir el aire fresco contra sus mejillas, aunque le dolieran un poco y estuvieran sonrojadas. Además los lentes se le empañaban constantemente. Pero el silencio y la soledad de ese momento le gustaban. No debía pasar del medio día y recién acababan de terminar el almuerzo. O por lo menos ella, que en cuanto había terminado la mitad de la ración servida se había puesto de pie, tomado su gran abrigo y había echado a correr fuera de la gran casa.
— O te congelas o te haces estatua de hielo —una voz masculina se escuchó detrás de ella.
Lucy sonrió tímidamente y sin girarse a ver de quien se trataba contestó:
— Eso sería muy bueno. Así podría quedarme aquí...
— ¿Entonces es verdad? ¿Te vas? —Louis se paró junto a su prima y la miró esperando que ella volviera la vista hacia él pero la castaña no cedió y siguió con la vista al frente.
— Yo no lo he decidido, Lou —Lucy bajó la vista a sus manos, que reposaban sobre la pequeña cerca que dividía el patio del resto del gran terreno —. No es como si yo quisiera irme...
— Pero... —el rubio se quedó callado buscando las palabras adecuadas —, podrías no ir. Digo, no sé... tus papás podrían hacer algo.
Lucy negó firmemente. Vaho salió de su boca cuando la abrió, sin embargo no dijo nada por unos minutos.
— Ellos fueron quienes decidieron eso... ¿Por qué se echarían para atrás, luego? —Las palabras de Lucy reflejaban un poco de amargura pero más que nada tristeza —. Ellos lo han decidido así, Louis. Me iré a Suiza en dos meses.
Louis asintió lentamente y miró hacia donde su prima miraba: los enormes árboles en fila que adornaban los alrededores de los grandes campos alrededor de la Gran Madriguera.
— Voy a extrañarte mucho. Pero por lo menos te veré en el verano.
A Lucy le tembló el labio, pero Louis no se dio cuenta.
— Sí... en el verano...
Una débil corriente de aire revolvió sus cabellos y poco a poco comenzaron a descender pequeños copos de nieve. Uno de ellos cayó sobre el dorso de la mano de Lucy y ésta lo observo, comenzando a dibujar una pequeña sonrisa. Si había algo que le gustaba mucho, a parte del olor que desprendían los libros viejos, era la nieve.
— ¿Albus lo sabe? —preguntó Louis mirando los copos que comenzaban a caer más rápido. Lucy negó con la cabeza — ¿Y Rose?
La pequeña castaña volvió a negar. Sacudió la nieve de su mano y suspiró.
— Solo lo saben Victoire, Teddy, Molly, Dominique y tú... y los mayores, claro —añadió Lucy, bajando la mirada unos segundos —. Pero supongo que he de decirles...
Louis asintió lentamente. Un gran alboroto se escuchó tras ellos y ambos giraron la cabeza para ver a sus demás primos salir al patio y reír con diversión.
— ¡Eh, Lou, Lu! —Gritó Teddy, por encima de los demás — ¡Guerra de nieve!
— ¡Genial! —exclamó Louis, sonriendo. Se volvió hacia Lucy — ¿Vienes?
— Si —aceptó la castaña, devolviendo la sonrisa.
Sin embargo dejó que Louis se adelantara mientras ella se rezagó un poco y observó a todos mientras organizaban los equipos. Los únicos que faltaban eran Albus y Rose...
Esperaba que llegasen pronto. Mientras tanto se había propuesto disfrutar aquella navidad; disfrutarla y volverla inolvidable...
— ¡Vamos, Lucy! —gritó Victoire, llamando la atención de su prima — ¡Quiero que Teddy se congele hasta los huesos!
— ¡La congelada será otra! —rebatió el niño, mientras Lucy llegaba hasta ellos.
— Ted, tengo a Lucy en mi equipo —le dijo la rubia, con suficiencia —. La mejor planeando defensa y ataque.
— Yo tengo a James y Fred —repuso Teddy, aunque no muy seguro —, ellos son... los más rápidos.
Y Lucy escuchó como su prima y su primo (sí, porque para todos Teddy era un primo más) debatían quien tenía a quien y las cualidades que tenían. Lucy sonrió, era divertido verlos así. Y fue más divertido cuando ambos se callaron y se quedaron paralizados para después limpiar la nieve de sus mejillas.
Freddy y James estallaron en carcajadas ante la fulminante mirada de ambos.
— Somos rápidos, ¿no? —dijo Fred, con sorna.
— La espera nos aburre —completó James.
Y en menos de un segundo bolas de nieve comenzaron a ser lanzadas de un lado para otro. Gritos, risas, quejas y un montón de nieve llenaron el patio. Todos rieron cuando, en un intento de acorralar a Victoire, Teddy resbaló y cayó de sentón sobre la húmeda alfombra blanca de nieve. El muchacho refunfuñó y se incorporó rápidamente pero volvió a resbalar y cayó más duro.
Las carcajadas no se hicieron esperar y finalmente Teddy se unió a ellos.
Lucy observó que alguien los miraba desde una de las grandes ventanas de la gran casa, corrección: la miraba a ella. Lucy enfocó más la vista y se sorprendió al ver a su padre mirarla fijamente. No podía leer la mirada ni la expresión de su papá pero algo le decía que debería ir con él.
— Ahora vuelvo, chicos —dijo mientras dejaba caer la bola de nieve que ya tenía preparada.
Los que sabían sobre la situación de Lucy la miraron extrañados, luego observaron hacia donde Lucy miraba y comprendieron lo que sucedía.
Lucy abrió las puertas dobles de la entrada principal y sacudiendo la nieve de sus zapatillas deportivas (no había querido ponerse las botas) entró a la casa con dirección a la gran sala donde sabía que su padre estaría.
La estancia estaba caliente, a comparación del frío que se sentía fuera, era alumbrada por una leve luz amarillenta proveniente de una gran lámpara colgada en el techo, y la gran chimenea estaba encendida, las llamas bailaban alegremente mientras pedazos de papel eran arrojadas en ellas. Percy Weasley era quien lanzaba aquellos papeles.
Lucy vaciló un poco y se quedó en la puerta unos segundos. Tomó aire y con decisión avanzó, a pasos lentos, hasta colocarse al lado de su padre.
— Creí que nunca más te vería sonreír de la forma en que lo hiciste hace unos minutos allá afuera —Percy lanzó los últimos dos pedazos de papel al fuego —. Y me alegra que sonrías... últimamente no lo habías hecho y yo soy el culpable de eso.
— Papá...
—Tenías razón, Lucy —Percy suspiró y metió las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir —. Debimos consultarlo primero contigo y dejar que tú fueras quien tomará la decisión.
— Ustedes quieren lo mejor para mí —murmuró la castaña, fijando su vista en el suelo.
— ¿Molly ha estado hablando contigo? —preguntó Percy, logrando que su hija sonriera.
La misma sonrisa que él tenía pero con la chispa de su madre. Tal vez Lucy no quería aceptarlo pero era un hecho (muy notorio) que poseía la belleza de su madre, la formalidad de su padre, la chispa divertida de los Weasley, pero sobre todo tenía aquel corazón que para Percy, y para muchos, valía oro.
— Sí, lo ha hecho —admitió Lucy alzando la vista —. Pero, ¿acaso no tiene razón?
— La tiene, creo —Percy giró su cabeza y miró finalmente a su hija —. Pero aun así... tal vez nos precipitamos... y comprendo si me odias...
— No te odio, papá —le interrumpió Lucy, con un poco de brusquedad. Se ruborizó por haberle hablado de esa manera a su padre pero no se disculpó (sintiéndose un poco mal por no hacerlo) —. ¡Jamás podría odiarte! ¡Ni a mamá!
Percy sonrió dejando salir aire de sus pulmones. Y olvidándose de formalidades y todo lo demás, abrazó a Lucy con fuerza y la elevó unos cuantos centímetros del suelo. Lucy rio por aquello.
— Te amo, Lucy —le dijo Percy cuando la soltó —. Siempre serás mi pequeña Lucy.
— Y tú siempre serás mi papá —dijo Lucy, en respuesta. Desvió la vista un segundo y su labio inferior tembló ligeramente —. Es solo... que... tengo miedo.
El pelirrojo sonrió compresivamente.
— Entiendo que lo tengas, Lu —Percy se sentó en uno de los grandes sillones y sentó a Lucy en sus rodillas —. Yo, cuando fui a Hogwarts, también lo tuve. Aunque tú eres más pequeña.
— ¿Cómo lo hiciste papá? —Preguntó Lucy — ¿Cómo soportaste estar lejos de las personas que quieres?
— Si algo he aprendido, pequeña —Percy sonrió —, es que las personas que queremos siempre están con nosotros. No siempre físicamente pero siempre están aquí —Percy se dio un golpecito en la sien con un dedo —. Pero sobre todo aquí —señaló su pecho, justo donde tenía el corazón —. Además, no es como si nunca más las volvieras a ver.
Lucy pensó aquello y una extraña expresión cruzó su rostro. Percy solo atinó a componer una mueca de comprensión y disgusto. Ojala se estuviera equivocando en su deducción.
— Hace muchos años, cuando era muy joven y acababa de terminar Hogwarts, hice lo más estúpido que pude haber hecho en mi vida —comentó Percy, con expresión seria.
— ¿Qué hiciste? —quiso saber Lucy. La curiosidad y el interés estaban plasmados en su voz.
— Me alejé de la familia —respondió el tercer hijo Weasley. Sus ojos se habían nublado un poco y su voz había sido un profundo susurro —. Dije cosas que nunca debí haber dicho y de las cuales me arrepiento. Perdí gran tiempo por mi testarudez, por mi orgullo... tiempo que nunca podré recuperar, y eventos que no volverán a pasar, como la boda de tu tío Bill con tu tía Fleur.
— ¿No estuviste en su boda? —preguntó Lucy sorprendida; aunque algo se había prendido dentro de su cabeza.
— No. No estuve —afirmó Percy, frotándose su barbilla —. Aún sigo arrepentido por eso. Afortunadamente supe volver y encontrar el camino. Y todo gracias a tu madre. De no haberla conocido tal vez nunca hubiera entrado en razón. Tal vez seguiría siendo un amargado solitario y nunca te hubiera tenido a ti y a Molly. ¿Sabes porque te cuento esto?
— No —negó Lucy.
— Porque no quiero que hagas lo mismo que yo y te alejes de la familia —respondió Percy firme y solemnemente. Lucy se sorprendió ante aquellas palabras —. Te conozco Lucy, se lo que estás pensando y eso no es bueno.
— Pero es menos doloroso —rebatió ella.
— ¿En serio lo crees? —preguntó Percy, alzando las cejas.
Lucy le miró fijamente por un minuto antes de asentir lentamente con la cabeza.
— Difiero de tu opinión, Lu —dijo Percy, con sinceridad —. Pero esta es decisión tuya, no estoy de acuerdo, pero es tu decisión. Mantendré la esperanza de que el tiempo te haga cambiar de opinión...
— Yo también lo espero, papá... —Lucy se abrazó a su padre y cerró los ojos mientras dos solitarias lágrimas resbalaban por sus mejillas.
Aquella había sido la peor mañana que Rose había tenido. El dolor en su muñeca, que la noche anterior había menguado, hoy volvía a palpitar con ganas. Pero eso no era lo que más le dolía. Lo que verdaderamente le lastimaba era la situación en la que sus padres estaban.
Se había levantado temprano y no se sorprendió de ver a su madre dormida junto a ella. En silencio se había bajado de la cama y había salido de la habitación. Caminó hasta la de su padre y dio unos suaves golpecitos pero nadie respondió. Abrió la puerta y entró: la cama estaba impecable y no había nadie dentro.
¿Y si se había ido?
No. No podía haber hecho eso. Su papá no podría haberse ido y dejarla. Tal vez estaba en el baño o en la cocina. Sí, tenía que estar en alguno de esos dos lugares. Así que salió del cuarto para ir al cuarto de baño. Nada: estaba vacío. La cocina, ahí tenía que estar.
Cuando entró se quedó en el marco de la puerta. Sí, ahí estaba Ron Weasley de pie con una taza de café recién hecha. Pero lo que le sorprendió a Rose fue la expresión de su rostro. No sabía exactamente como definirla pero para ella era entre duda, preocupación y algo que no lograba identificar. Además notó un brillo extraño en la mirada de su padre y bajo sus ojos eran visibles unas profundas ojeras.
— ¿Papi? —preguntó Rose, titubeante.
Ron, al escuchar el llamado de su hija, se giró hacia ella y le regaló una sonrisa. Pero no era su sonrisa habitual, ésta tenía... tristeza.
— Princesa —dijo, mientras con un movimiento de su cabeza le indicaba que se acercara a él. Rose no dudó y corrió hacia su padre — ¿Cómo te sientes? ¿Te duele mucho?
La pelirroja miró su muñeca y asintió.
— Si. Ahora duele más —dijo con una mueca de dolor —. Mamá me había puesto una pomada pero creo que el efecto pasó.
— Bueno, puedo ponerte de nuevo esa pomada —sugirió Ron, mientras sentaba a la pequeña en la barra de mármol.
— Mamá la dejó junto a mi lámpara —informó Rose, mirando a su padre.
— De acuerdo. Iré por ella, no te muevas —indicó Ron, antes de salir de la cocina.
Avanzó con pasos lentos. Una parte de él no quería entrar y ver a Hermione, pero otra parte, mucho más fuerte, ansiaba verla y hablar con ella. Aún había un revoltijo dentro de su cabeza y no podía resolverlo muy bien. Necesitaba tiempo, pero no quería alejarse de Hermione. Aunque, por el momento, era la mejor opción que tenía.
Y ahora que sabía que Hermione lo seguía amando complicaba más las cosas. ¿Por qué? Porque aún estaba ese sentimiento de enojo hacia ella y solo el saber que seguía existiendo amor entre ellos lo hacía sentirse peor por tener el sentimiento de enojo hacia ella. Había llegado hasta la habitación de Rose, con dedos temblorosos abrió la puerta y entró.
Aunque su idea inicial era entrar, tomar la pomada y salir de ahí sin mirar a Hermione, el resultado fue otro. Pues en cuanto entró sus ojos se desviaron hacia la castaña.
Se regañó mentalmente y haciendo verdaderos esfuerzos de voluntad apartó sus ojos de Hermione y buscó la pomada. ¡Genial, tenía que estar del lado de Hermione!
Tomó la pomada lo más rápido que pudo y dio media vuelta, sin embargo no pudo evitar ver a Hermione otra vez. Con un suspiro salió de la habitación.
Cuando regresó a la cocina Rose estaba dibujando trazos irregulares con un dedo. El pelirrojo se decayó cuando vio la expresión triste en su rostro.
— La he encontrado —dijo, después de aclararse la garganta y tomar valor.
Rose levantó la vista y esbozó una sonrisa. En silencio Ron untó pomada de nuevo y volvió a vendar la muñeca de Rose.
— ¿Mejor así? —preguntó el ojiazul, logrando sonreír. Rose asintió.
— Gracias, papá...
— ¿Sabes que papá te ama, verdad? —soltó Ron de repente. Rose volvió a asentir — Nunca lo olvides Rose. Si pudiera haber evitado esto lo hubiera hecho. Lo lamento mucho, princesa... en verdad lo siento.
Rose se abrazó a su padre y comenzó a sollozar. Ron rodeó a la niña con sus brazos y trató de calmarla. Finalmente los sollozos de Rose cesaron y se separó un poco de Ron.
— ¿No vas a irte, verdad? —preguntó Rose con la voz temblorosa.
— Nunca, mi vida. Jamás te abandonaría —Ron alzó un mano y suavemente limpió las lágrimas del rostro de Rose —. No podría vivir sin ti. Eres lo más importante que tengo, ¿cómo podría irme?
— Te amo, papá —Rose se volvió a abrazar a su padre y por el momento decidió olvidarse de todo lo demás...
Pero ahora estaba ahí sentada en medio de sus padres. No sabía cuánto faltaba para llegar a Londres pero simplemente le parecía una eternidad. No había podido despedirse de Mark y no sabía cuándo lo vería de nuevo. Y sus padres ni siquiera se hablaban. Miró a uno y a otro pero ambos, o fingían o de verdad, estaban dormidos.
Si eso significaba que todo iba a estar bien entonces ella no quería eso. Porque no estaba bien. Nada estaba bien. Y todo por culpa de esa mujer... y, en cierta manera, por ella. Si ella no hubiera mirado a Lavander Brown ni le hubiera hablado nada de lo que ahora sucedía hubiera pasado.
— Nada... —murmuró en voz baja mirando el respaldo del asiento frente a ella.
Por lo menos ahora podría ver a Lucy y a Albus. Tal vez ellos, junto al tío Charlie, pudieran hacer algo, aunque ciertamente sus esperanzas estaban desvaneciendo.
¿Cuántas veces no le había dicho su padre que amaba a su madre? ¿Y cuántas veces, cuando ella le preguntaba cuando lo diría, él sólo decía que no era el momento? Entonces, ¿cuándo era el momento?
— Juegas pésimo...
— Sólo han sido... —Charlie hizo una pausa, luego continuo —, ¿diez de quince?
— Tú repartes —Emily le entregó el juego de cartas y sonrió —. Solo me faltan tres para ganarte.
— ¡Uh! —abuchearon James y Fred al mismo tiempo.
— Tío, te están dando una paliza —dijo Louis, apoyado en el respaldo del asiento de Charlie.
— Ya lo sé, Louis —dijo Charlie, mientras repartía un nuevo mazo —. Pero aquí la señorita Emily aún no sabe con quién está jugando.
— ¡Oh, por supuesto que lo sé! —Contradijo la mujer, sonriendo — Con Charlie Weasley, el completo perdedor.
— Ya veremos, cariño —Charlie terminó de repartir y enseguida los dos centraron su atención en las cartas delante de ellos.
— Yo digo que gana la tía Emily —susurró Molly a Dominique.
— No. El tío Charlie va a recuperarse y ganar —replicó Dominique.
— La tía Emily lleva ventaja de siete a dos —recordó Molly, triunfantemente.
— Es obvio que tío Charlie la dejó ganar —defendió Dominique ansiosamente, mientras los dos jugadores hacían sus movimientos.
— ¿Y por qué haría eso? —intervino la pequeña Roxanne.
— Porque cuando las personas están enamoradas hacen eso —respondió Dominique con rapidez.
— No todas —objetó Molly, cruzándose de brazos.
Dominique estaba a punto de responder cuando la puerta se abrió y Molly Weasley I entró. Al ver a sus nietos alrededor de su segundo hijo y de su nueva nuera sonrió, pero luego frunció el ceño.
— Charlie Weasley, ¿cómo es que aún estás aquí? —demandó la pelirroja con los brazos en jarras.
— Mamá, estoy jugando y...
— ¡Nada de juegos! —Le interrumpió la mujer, aún más enfadada — ¡Se supone que debes ir por tu hermano al aeropuerto!
— ¡Oh, maldición!
— ¡Charles! —Le reprendió Molly — Cuida tu lenguaje frente a los niños.
— Lo siento, madre. Lo siento, pequeños niños —se disculpó el pelirrojo suspirando.
— Más vale que te pongas en marcha, Charles —advirtió la señora Weasley antes de regresar por donde vino.
Los niños, incluida Emily, rompieron a reír en cuanto Molly cerró la puerta.
— ¡Hey, eso no es divertido! —farfulló Charlie, recogiendo sus cartas.
— Ver como tu madre te regaña sí es divertido —Emily hizo énfasis en las últimas tres palabras, provocando más risas por parte de sus nuevos sobrinos —. Tenemos un juego pendiente.
— No te preocupes. No se me olvidará —y con esas palabras Charlie salió en busca de su hermano menor, Hermione y Rose.
— Se supone que ya debería estar aquí —murmuró Ron, más para sí mismo.
Se sentía tan bien estar de nuevo en Londres aunque el frío fuera mucho más intenso que el de Australia.
— ¿Tardará mucho? —preguntó Rose, aferrando su mano enguantada a la mano de su madre.
— No creo —contestó el pelirrojo mirando entre la pequeña multitud.
— ¿No es ese de allá? —Hermione señaló a un hombre a unos seis metros de ellos.
— ¡Tío Charlie! —gritó Rose fuertemente, atrayendo la atención del hombre.
Él se giró hacia ellos y con una sonrisa se acercó.
— ¡Hey, chicos! —saludó, alegremente, frotando sus manos para agarrar un poco de calor.
— Hola, Charlie —saludó Ron, con un asentimiento de la cabeza.
— Los he estado buscando. Perdonen el retraso, me entretuve un poco —Charlie tomó las maletas de Hermione y Rose —. Será mejor que nos pongamos en marcha. La carretera está un poco difícil con este tiempo y creo que no tardará en volver a nevar.
— ¿Ya han llegado todos? —preguntó Ron mientras seguían a Charlie hasta el auto.
— Si —confirmó el pelirrojo mayor —. Harry y Ginny fueron los últimos en llegar. Llegaron hace unas horas. Trajeron al pequeño Malfoy.
— ¿Scorpius vino? —se apresuró a decir Rose. Charlie giró la cabeza un poco para ver a su sobrina y levantó las cejas. La pequeña se ruborizó —Yo... Albus estará contento.
— Albus, sí, por supuesto —musitó Charlie deteniéndose frente a una camioneta muy parecida a la de Ron.
— ¿Es la de papá? —preguntó Ron, mirando la camioneta.
— Si. Es la que mejor se mueve en estos terrenos —Charlie abrió la puerta trasera de la camioneta y depositó las maletas dentro. Ron le pasó las suyas.
— Adelante —Ron abrió la puerta de los pasajeros y les indicó a Rose y a Hermione que subieran. Rose subió primero, con ayuda de su madre. Luego la castaña.
Por un breve momento sus miradas se encontraron pero inmediatamente fueron desviadas. Ron cerró la puerta con un suave movimiento. Luego el mismo rodeó la camioneta y se subió del lado del copiloto y esperaron a que Charlie subiera.
— ¿Y entonces... —Charlie encendió el motor y enseguida se puso en camino —, cómo les fue en Australia?
Al parecer había dicho algo malo porque en cuanto se hubo mencionado aquello los hombros de su hermano se tensaron, Hermione miró por la ventana y Rose bajó la vista a su regazo. De acuerdo: algo andaba mal, realmente mal.
— A la Gran Madriguera... —y ese fue el último comentario que se escuchó en el camino.
Aunque no era más que un camino de media hora, y eso por la nieve, se sintió como si hubieran sido días lo que duró el trayecto. Fue un largo y tenso viaje. Charlie se alegró verdaderamente cuando finalmente apareció ante ellos el pequeño desvío que los llevaría al camino de la gran casa.
Rose no pudo evitar asombrarse ante la hermosa visión del lugar. Era realmente fantástico.
— Bienvenida, Rosie —dijo Ron, regalándole a su hija una real y sincera sonrisa.
Descendieron del vehículo y marcharon con pasos rápidos hasta la casa. En la última media hora el frío había encrudecido. Entraron a la casa y ésta los recibió cálidamente. Quién también los recibió fue Molly Weasley. En cuanto los vio, sonrió.
— ¡Ron! —exclamó felizmente.
— ¡Hola, mamá! —Ron se dejó abrazar por su madre sintiéndose reconfortado. No se había dado cuenta pero en esos momentos era lo que él necesitaba.
— ¡Hermione, querida! —Molly se separó de su hijo y abrazó a la castaña.
— Un gusto volver a verla, señora Weasley —Hermione hizo su mejor intento de sonreír, afortunadamente la mujer se lo creyó y fijo su atención en Rose.
— ¡Rose! —abrazó a la pequeña con fuerza y sin querer, y sin saber, lastimó la muñeca de Rose. Solo se dio cuenta cuando la niña soltó un gemido de dolor — ¿Pero qué te ha pasado, Rosie?
— Un pequeño accidente —mintió Rose, rápidamente.
— Pero...
— Mamá, después —interrumpió Charlie escondiendo su preocupación —. Han tenido un largo viaje y será mejor que descansen un poco antes de cenar.
— Cierto, cierto —Molly sonrió y besó la mejilla de su nieta —. Pero después me dirás de ese accidente.
— Yo les mostraré donde dormirán —Charlie los condujo escaleras arriba hasta la segunda planta. Se escuchaban varias charlas detrás de algunas de las puertas. Finalmente Charlie se detuvo en una puerta de madera pintada en color negro —. Aquí dormirás tu Rose. Compartirás habitación con Lucy y Rox.
— Eso está bien —murmuró la pelirroja y entró sin más en la habitación, dejando un poco perplejos a los adultos.
— Bien. Ustedes... —prosiguió Charlie, doblando por un corredor y luego parándose frente a una habitación de puerta blanca. La abrió y entró, seguido de Ron y Hermione — aquí dormirán.
Ron y Hermione miraron a Charlie perplejos y alarmados.
— ¿Aquí? —balbuceó Ron, evitando a toda costa la mirada de Hermione — Solo hay una cama.
Charlie suspiró y los rodeó. Se paró en el marco de la puerta y miró a ambos.
— Como si nunca hubieran compartido una. ¿O ya olvidaron como se procreó Rose?
El Weasley cerró la puerta llevándose una última impresión de los rostros de Hermione y Ron, que se habían ruborizado hasta la médula.
¡Hola, gente del mundo fiquero! Aquí estoy con un capítulo nuevo, espero no haber tardado más de la cuenta pero, bueno, el trabajo no me deja. En fin.
Veamos; pues las cosas entre Ron y Hermione no mejoran, están distanciados y la pobre Rose sufre con ellos. Pero ahora se vienen las Navidades y no sé, quizá eso pueda suavizar las cosas, puede que pase. Lucy, Lucy, las ideas que trae ante su partida a Suiza.
¿Alguien ama a Charlie Weasley? Porque yo sí y mucho. Me encanta este hombre, tiene buenos planes.
Creo que hoy no tengo mucho que decir, así que agradezco el que lean y comenten esta historia.
Espero todo les vaya muy bien. Nos leemos.
Besos.
LunitaEmo-Granger.
