N.A. : Buf, cuánto tiempo. Si habéis seguido mi profile sabréis que esta actualización ha tardado tanto porque me he desilusionado mucho con Vampire Knight, por lo lento y –para mi gusto personal- soso y plano argumentalmente que me está resultando este segundo arco fuera de la Academia. Lo cual hizo que perdiera toda inspiración por escribir, traducir o incluso leer fics de VK ¡Pero no iba a dejar la historia colgada, por supuesto! El epílogo tendrá dos partes, porque ésta se estaba alargando demasiado y aún me quedan cabos por atar :)

Espero que esta parte no os aburra, viniendo de los densos capítulos anteriores. Hay mucha "atmósfera" y mucha descripción, porque tenía que presentar a un personaje al que aún no había tratado: la mansión Kuran. Digo personaje porque para mí tiene identidad propia, con sus recuerdos y sus secretos. El capi está inspirado en el libro "Rebecca", de Daphne du Maurier ¿Alguien más no se cree que una niña de 16 años volviera a un enorme caserón donde han muerto sus padres y se quedara igual, instalándose sin ni un pensamiento al respecto? En cuanto a cierto lugar secreto, soy consciente que la explicación que tendrá en el manga será muy diferente a la mía, pero, hey, es la que mejor encaja con el argumento de "Rosa" ;) ¡Acepto todo tipo de opiniones y perdón de nuevo por el retraso imperdonable! El próximo capi tendrá... ejem, escenas más "movidas" y conversciones entre varios personajes ¡Muchas gracias por vuestros mensajes!

Capítulo 12. Acompáñame a la eternidad. Parte 1

El vaho emanó de la boca de Yuuki formando una nube gélida cuando salió del coche, haciendo crujir la nieve bajo sus botas. Incluso a sus ojos de vampiro, lo que les rodeaba parecía sumido en la penumbra provocada por la cellisca, que dispersaba cristales de nieve en la noche.

-Muchas gracias. Puedes seguir hasta la mansión. Yuuki y yo continuaremos a pie. Dile al servicio que lleve nuestras maletas al comedor principal.

Yuuki se giró hacia Kaname mientras éste daba las últimas instrucciones a su nuevo chófer y luego salía del BMW, levantándose el cuello del largo abrigo negro para protegerse del helor. El coche se perdió en el camino que subía hacia la cima de la montaña, levantando nieve.

El conductor era uno de los varios Niveles C liberados de la Asociación de Cazadores que se habían puesto en contacto con ellos en los últimos días para solicitar entrar a su servicio. Tenía lógica, supuso Yuuki. Muchos habían pasado tantos años domesticados en los sótanos de la Asociación que no tenían ningún tipo de vínculo con sus familias anteriores, ni éstas les habían reclamado para que se reincorporaran al servicio después de haberles vendido a los cazavampiros. Pero todos tenían que trabajar para sobrevivir, así que la necesidad y el sentimiento de gratitud había impulsado a varios de ellos a solicitar entrar al servicio de los Kuran. Ambos los habían entrevistado a todos y habían seleccionado a quienes creían que podían resultar más valiosos. A fin de cuentas, tenían una enorme mansión que atender.

-¿Estás segura de que no quieres entrar por la puerta? La vista de la fachada es espléndida.

Yuuki se giró hacia Kaname con una sonrisa en los labios, ajustándose la bufanda, y meneó la cabeza.

-No. Prefiero entrar por donde salí hace años. Es... -se encogió de hombros-... no sé, me parece lo más adecuado.

-Como quieras.- le tendió la mano enguantada con una sonrisa reservada.

Mientras Yuuki echaba a andar por el sendero, de la mano de Kaname, pensó en lo que debía estar suponiendo todo aquello para su hermano. La idea de pasar la semana y media que les quedaba de vacaciones en la mansión Kuran había sido suya, a fin de cuentas, y ella era la que menos cosas recordaba. Para ella, la mansión sólo estaba asociada a un recuerdo dramático. Para Kaname, a muchos más. El joven guardaba silencio mientras conducía a Yuuki bosque adentro. Allí los árboles eran perennes y las ramas crujían bajo el peso de la nieve como si espíritus invernales los vigilaran desde las altas copas. La luz de la luna sólo se filtraba entre la bóveda del bosque de vez en cuando, convirtiendo la nieve en diamantes. La mayor parte del camino transcurrió en la más completa oscuridad.

Al cabo de diez minutos caminando por la nieve recién caída tenían el calzado, los pantalones, las medias y los bajos de los abrigos empapados. Yuuki había perdido por completo el sentido de la orientación, mareada por el túnel oscuro de las ramas de los árboles. Un profundo escalofrío la recorrió de la cabeza a los pies, dejándole la piel de gallina, y deseó poder fundirse con el abrigo. Cuatro días en la mansión Aido, a miles de kilómetros de allí, habían conseguido que su cuerpo se aclimatara al calor. Ahora se sentía como si hubiera salido de una sauna de vapor para tirarse a un lago helado, completamente destemplada en mitad de aquella galerna.

Mientras intentaba no trastabillar en las raíces de los árboles que la nieve mantenía traicioneramente ocultas, tuvo que repetirse que lo que estaban haciendo era lo correcto. Se había sentido como si hubiera dejado a los demás nobles en la estacada, marchándose de la casa de verano de los Aido para instalarse en la mansión Kuran. Pero Kaname había insistido en que era el mejor momento. No iba a transcurrir mucho tiempo antes de que los nobles empezaran a pulular alrededor de la mansión Kuran como enjambres hechizados y aquella casa iba a ser su hogar algún día, así que ya era hora de abrir de nuevo sus puertas. Además, las dos personas que más les preocupaban, Senri y Takuma, permanecerían junto a la familia Aido en su mansión hasta que se reanudaran las clases en la Academia. A ningún vampiro se le ocurriría intentar atacarles en ninguno de los dos sitios, así que no tenían que temer por su integridad física.

Lo de su integridad emocional ya harina de otro costal. Yuuki apartó la rama de un pino con la mano mientras recordaba la calma antinatural con la que Takuma había aceptado la pérdida de sus poderes. Casi como si asintiera interiormente, satisfecho de haberse librado de aquello que, a sus ojos, le convertía en un ser depravado.

Hicieron un pequeño alto en su caminata por el bosque para recuperar el aliento, en la penumbra, y Yuuki pensó que, aunque se hubiera librado del sello, Takuma se comportaba como si su mente estuviera todavía en blanco. Sonreía, comía, hablaba con los demás, pero sus ojos mostraban la misma mirada vacía. En cierto modo, era aún más escalofriante que antes porque, cuando había estado poseído, todos sabían que aquel estado de no-Takuma se debía al control de otra mente. Ahora no.

-¿Seguimos? La entrada a la cueva no está lejos.- Kaname le quitó la nieve del gorro con delicadeza.

-Sí, antes de que nos quedemos congelados.- ella intentó mover los ateridos dedos de los pies dentro de las botas mojadas e hizo una mueca cuando casi no los sintió.

Echaron a andar y la bota de Yuuki se le hundió hasta el tobillo en un ventisquero oculto. Ahogó una exclamación y aceptó la ayuda de Kaname para salir de allí, rogando mentalmente por un pijama seco, un baño caliente y una cama mullida mientras seguía con el hilo de sus pensamientos.

Curiosamente, el apocado Senri Shiki parecía haber seguido el proceso inverso a Takuma. No es que se hubiera convertido en un predicador de masas, pero cuando hablaba lo hacía con más seguridad de la que Yuuki le había oído nunca. Supuso que el hecho de haber dado metafóricamente un puñetazo sobre la mesa ante su familia, imponiendo su opinión por una vez en su vida, le había infundido nuevas fuerzas. Sí, Senri y Takuma parecían haber cambiado sus papeles.

Tras la designación de Kaname como Rey de los Vampiros, las familias invitadas al Baile de Invierno habían iniciado su diáspora, tanto para llevar la noticia a todos los confines del mundo nocturno como para evitar la presión sensorial de tantos nobles bajo el mismo techo. Lo mismo se podía decir de los cazadores. A decir de Yagari, parecía que hubieran encendido cerillas debajo de sus culos.

Los días que habían pasado en la mansión Aido, mientras los nobles y los cazadores hacían las maletas, habían servido para que Yuuki entendiera mejor cómo se sentía un imán. Parecía que todo el mundo acababa convergiendo en ella en algún momento. Prácticamente no había tenido un instante de privacidad: saludos, invitaciones a mansiones y a veladas sociales, sutiles interrogatorios... La parte positiva había sido el interés de varias familias nobles por enviar a sus hijos a la Academia, entre ellos, los Kurenai. No importaba que muchos lo hicieran llevados de la erótica del poder que suponía que sus retoños formaran parte del círculo de la Princesa –no, de la Reina- Kuran. Lo importante es que más jóvenes vampiros podrían formarse en la nueva asignatura de la Coexistencia y que aquello daba alas a su voluntad de ponerse al frente de la Academia algún día. Apostaría su mano derecha a que su padre adoptivo seguía llorando, tres días después de comunicarle esas intenciones.

Por supuesto, como bien había señalado el director Cross, más vampiros en la Clase Nocturna supondría, necesariamente, más vigilantes en la Academia. Con Kaname ocupado como Rey y Yuuki como ayudante –y estudiando-, estaba claro que ella no iba a poder seguir siendo un guardián. Así que iban a necesitar cazadores que patrullaran los terrenos de la Academia. Yagari había prometido aportar al menos un par de vigilantes procedentes de las nuevas generaciones de la Asociación y Cross había ejercido de gota malaya hasta arrancar a Zero el juramento hastiado de que volvería a la Academia. Había tenido que aceptar que el joven Kiryu no pasaría las noches allí, porque Zero tendía que reintegrarse en la rutina nocturna de la Asociación si quería progresar en sus filas, pero, al menos, su hijo adoptivo volvería a clase durante el día donde él pudiera verle.

Cambios. Muchos cambios. El mundo parecía haber iniciado una nueva era a su alrededor y, en cambio, Kaname y ella se dirigían ahora mismo al pasado. Porque, si algo representaba la mansión Kuran para Yuuki, era su vida anterior a su paréntesis humano. Se detuvo, prácticamente sintiendo los carámbanos que se le formaban dentro de los pulmones, mientras ante su ojo interior desfilaban imágenes de alfombras, sofás enormes, cojines calentitos y risas. Así es como recordaba su casa. Todo lo contrario a aquel infierno gélido que parecía dispararles dardos de hielo con una cerbatana.

Se detuvo un instante, agotada, apoyando las manos en los muslos, justo en la linde de un pequeño claro en la falda de la montaña, mordido por el viento. Kaname se detuvo en medio, con el cabello negro salpicado de nieve azotándole el rostro, inmóvil. Yuuki se caló el gorro y se estremeció bajo el abrigo de lana húmedo, pensando que aquel no era un buen lugar para pararse durante mucho rato…

... especialmente si una era una niña pequeña perdida con abrigo y guantes rojos...

Parpadeó, confusa, mientras miraba alrededor. Curiosamente, no fue el entorno el que le dio la pista, sino el viento. Se clavaba en su rostro como cuchilladas salvajes. Aquella vez, de pequeña, cuando había aparecido completamente perdida en la ladera nevada de una montaña oscura, lo que más recordaba, además del vampiro que quería devorarla, era el viento. Nunca lo había sentido en el rostro, no sabía lo cruel que podía ser la naturaleza de verdad, al margen de los bonitos dibujos de los libros de cuentos. El viento gélido clavándose en su piel la asustó tanto como el encontrarse sola.

Aquel era el lugar, estaba segura. Alzó la vista hacia la oscura figura de su hermano, distinguiendo sólo el perfil de su nariz y los ojos entrecerrados, con el abrigo y el cabello tapando los demás rasgos.

-¿Kaname? Aquí me encontraste, ¿verdad?- el viento se llevaba sus palabras.

Él asintió, apretándole más la mano, y, cuando la miró, tenía aquella expresión reservada y neutral tan característica.

-Sí. Éste fue el principio de diez años de oscuridad sin recuerdos.

Sólo fue un murmullo, pero ella lo oyó perfectamente. No recordaba cómo había llegado al claro, sólo la sensación de soledad y de miedo mientras el viento amenazaba con matarla de frío, aquellos colmillos obscenos que querían comérsela y el rostro amable del chico que la salvó. Si sólo hubiera sabido el dolor que debía estar sintiendo su hermano, entregándola a un humano para que la cuidara sabiendo que ella no recordaba nada...

Le rodeó por delante y se puso de puntillas, pasándole los brazos por el cuello para hacer que se agachara, y le dio un pequeño beso en los labios fríos mientras se apretaba contra él. Kaname le apartó el pelo del rostro con una leve sonrisa de "sé lo que estás pensando".

-Vamos al túnel. No hay nada que nos retenga aquí.

La entrada al túnel no era más que una grieta asaeteada por las raíces de los árboles, en la base de un risco vertiginoso que se alzaba hacia los cielos como una negra muralla, surgiendo abruptamente de la tierra. Yuuki paseó la mirada desde la roca cubierta por la nieve que disimulaba la entrada haciéndola invisible -a menos que alguien supiera lo que buscaba- hasta lo alto de la montaña. Allí, en la cima, le pareció adivinar algún perfil acechante recortado contra el cielo negro, quizás la silueta de unos tejados, aunque la nevada hacía difícil precisar dónde acababa la montaña y dónde comenzaba la mansión construida encima. Frunció el ceño. Aquello no era como recordaba su hogar.

Parpadeó cuando Kaname se introdujo por la grieta, ladeando el cuerpo. A todos los efectos, parecía que se hubiera fundido con la piedra. Yuuki se apresuró a seguirlo y, al cabo de unos pasos en la oscuridad, sus botas resonaron contra la piedra desnuda en vez de hundirse en nieve mullida. Se sacó el gorro húmedo, guardándoselo en el bolsillo del abrigo, y suspiró agradecida cuando la ventisca dejó de chillarle en los oídos, reducida a un ulular amenazante en el exterior.

Antes de que el miedo a la oscuridad pudiera hacer presa en ella, una cálida luz anaranjada iluminó el rostro de Kaname a su lado. Una sucesión de lámparas de aceite incrustadas en la piedra con abrazaderas de hierro oxidado chisporroteó, disipando la negrura. Kaname le tendió la mano izquierda, apretando los dedos finos de ella, y comenzó a caminar, internándose en un angosto pasadizo de piedra natural.

-El túnel forma parte de las grutas naturales de la montaña sobre la que se construyó la mansión.- explicó, con una pequeña sonrisa tranquilizadora de medio lado-. Sólo hubo que excavar en algunos puntos para habilitar esta ruta. Ten cuidado.-la advertencia llegó justo cuando el tacón de una de las botas empapadas de ella resbaló sobre un saliente-. La piedra está húmeda y hace subida.

-Gracias por el consejo.- murmuró, haciendo una mueca.

Bien, definitivamente aquello era más lóbrego que cualquier escena que ella pudiera recordar de su vida en la mansión, aunque supuso que sus padres no la habrían llevado de excursión muy a menudo por un túnel que parecía salido de "Dragones y Mazmorras". En algunos trozos tuvieron que agachar la cabeza para evitar toparse con el techo, otros tramos eran tan estrechos que tuvieron que pasar en fila india y algunos eran tan anchos que parecían estancias. El túnel mantenía una suave inclinación en los primeros tramos para convertirse en una ascensión pronunciada al final.

-Esto parece un acceso muy secreto, Kaname.- Yuuki se apoyó en una piedra musgosa, recuperando el resuello- ¿Por qué papá y mamá no lo usaron nunca para sacarme al bosque? Al menos, a la boca del túnel. Habría podido ver el sol.

Kaname se detuvo al momento y se giró para escrutarla.

-Se lo pedí muchas veces, pero no quisieron arriesgarse.- murmuró-. Haruuka y Juuri vivían aterrorizados por que alguien pudiera secuestrarte. Y recuerda que Rido sí sabía de la existencia de este túnel. Creció en esta casa.

Un familiar escalofrío trepó por la espina dorsal de ella hasta ponerle el vello de la nuca de punta. Nunca lo había pensado pero, por supuesto, así era. Los tres hermanos Kuran habían vivido en la mansión familiar, al menos hasta que Rido decidió seguir su propio camino y abandonarla. El susurro de aquel hombre contra su oído y las imágenes suscitadas por el relato de Kaname de todo lo que le había hecho a su madre se superpusieron con la acogedora habitación que ella recordaba en aquella casa y con el túnel oscuro en el que se hallaban. La expectación por volver a la mansión descendió un par de grados.

-Pero Rido no entró por aquí aquella noche ¿verdad?- Yuuki contempló a Kaname con el rostro contraído, pálido en la penumbra-. Cuando atacó, lo hizo por la entrada principal.

Él asintió, girando el rostro un momento en busca de algo más adelante.

-Haruuka selló la entrada al túnel usando su sangre. La puerta sólo podía abrirse desde dentro.- trazó un arco con el brazo, señalando el final del túnel -. Es una antigua fórmula al alcance de nobles y purasangres que solía usarse habitualmente en el pasado. Ya aprenderás a hacerlo.

-Hay tantas cosas que tengo que aprender...- Yuuki se apoyó en la misma roca cubierta de musgo mientras Kaname tanteaba la pared con la mano.

-Tienes tiempo, Yuuki, no te preocupes. Yo te guiaré en cuanto a tus poderes más ... místicos, digamos, y Seiren te ayudará con el entrenamiento físico.- su mano se detuvo sobre un saliente de la piedra.- Por fin, aquí está.

Kaname empujó con fuerza la roca y, ante la sorpresa de Yuuki, el saliente se hundió en la pared con un chasquido. Sus oídos captaron el ruido de poleas y engranajes y luego un panel de roca se deslizó a un lado, dejando al descubierto una puerta de madera que desentonaba por completo. Kaname giró el pomo y la puerta se abrió con un chirrido de las bisagras. Empujó la hoja y se hizo a un lado con una pequeña reverencia.

-Bienvenida a casa, Yuuki.

-Dijiste que estaba cerrada por unn sello.- una gota le resbaló por la frente desde el pelo mojado por la nieve y se la secó con el guante mientras cruzaba el umbral.

-Cuando Juuri... hizo lo que hizo... - la voz de Kaname vaciló a sus espaldas, indeciso sobre resucitar los recuerdos- el sello quedó anulado. Nadie ha estado en la mansión desde aquella noche, más allá del equipo de limpieza y de conservación que contrato cada año. Todo está como la última vez que estuviste aquí.

Excepto por la oscuridad. Yuuki aguardó en la penumbra donde fuere que estuviera mientras Kaname buscaba el interruptor de la luz. Oyó un "clic" y se encendió una larga serie de lamparitas de cristal, sujetas con agarraderas doradas a una pared forrada de oscuros paneles de madera. Había puertas a ambos lados del pasillo, idénticas a por la que acababan de salir, sin duda para despistar a posibles intrusos. Yuuki contempló el pasillo a ambos lados, desorientada.

-¿Dónde estamos? No recuerdo este sitio.

-Cerca de las cocinas, en la planta baja.- Kaname señaló hacia la izquierda- ¿Me permites que te enseñe la casa? Seiren debe estar esperándonos en el salón principal. Podemos dejar nuestros abrigos y decidir dónde nos acomodamos para poder ponernos ropa seca.

Yuuki asintió, dejándose conducir por un laberinto de pasillos forrados de madera, sin duda en un intento de aislar la casa del helor y la humedad del bosque. Vislumbró habitaciones a oscuras, algunas con los muebles todavía tapados con sábanas blancas. Cuartos de invitados, recargadas habitaciones con paredes tapizadas, muebles clásicos de caoba, obras de arte incunables decorando las paredes en grandes marcos dorados, estatuas de mármol blanco en las esquinas… Todo era noble, clásico… y distante, como si estuviera caminando por un museo de noche. Un museo, además, que parecía observarla, conteniendo la respiración, evaluando aquella nueva presencia entre las vetustas paredes. Las tablas de madera bajo sus pies crujieron y Yuuki se encontró caminando de puntillas, con la sensación de que no debía sobresaltar a la casa. Cuando Kaname cerró la luz del enésimo saloncito que habían dejado atrás, se apresuró a seguirlo hacia lo que parecía una prometedora estancia bien iluminada, diciéndose que la oscuridad que dejaba atrás no tenía ojos y por tanto no podía…

-Bienvenidos a casa, señores.

-¡¡AAH!!!

Yuuki respingó y emitió un chillido agudo, discordante, que acabó por ponerle los pelos aún más de punta por la sensación de que a la casa no le gustaba en absoluto que rompiera la paz que reinaba. Se giró hacia la habitación iluminada con la mano en el pecho, esperando una Parca armada con guadaña pero, en vez de eso, se enfrentó a los sorprendidos ojos rasgados de Seiren, a la risita de Kaname y a un pequeño ejército de vampiros pulcramente vestidos de negro y blanco, cofias incluidas: el nuevo personal de servicio. Sí, hola, ¿qué tal? Soy la nueva Kuran adolescente e histérica. Yuuki compuso una sonrisa avergonzada y se inclinó un instante, saludando a los criados.

-Siento haberles asustado, todo estaba tan silencioso que… -se interrumpió, con la sensación de que estaba quedando como una niña tonta cuando, probablemente, ellos esperaban una señora. En aquel momento, el pelo empezó a gotear agua en el suelo impoluto. Yupi. Se enderezó, retorciéndose la melena en una cola improvisada, cosa que sólo consiguió que el charquito fuera un poco más grande.- Em…la nieve…

-Por favor, señorita, señor, les hemos preparado unas toallas.- una Nivel C de pelo canoso recogido en un moñito bajo y cálidas arrugas alrededor de los ojos se adelantó hacia ellos, ofreciéndoles sendas toallas blancas calientes.- Siguiendo las instrucciones del señor- se inclinó hacia Kaname- les hemos dejado las maletas aquí, en el salón central. Todas las habitaciones principales de la casa están disponibles para ser ocupadas, sólo tienen que indicarnos dónde querrán instalarse. Por supuesto, no hemos cambiado nada.- contempló cómo los jóvenes señores se secaban el cabello y la cara, dedicándoles una amplia sonrisa-. Soy la señora Nakata.

Yuuki sonrió en respuesta a la amabilidad de la criada sin darse cuenta. Recordaba que la mujer había sido vendida a los cazadores por su señora, después de que se negara a declararse culpable del robo de las joyas de una invitada, sabiendo que la ladrona había sido la hija de los dueños. Su nueva ama de llaves les presentó al resto del personal: cocinero, lavandera, jardinero, obrero de reparaciones… Mentalmente se preguntó si habría alguien encargado específicamente de hacerle los deberes.

Kaname les dio la bienvenida a todos a la casa y apoyó la mano en la cintura de Yuuki, acompañándola en una visita guiada a la planta baja y primer piso de la mansión. Era como pasear por el interior de un cuadro, uno de aquellos bodegones oscuros e inmóviles. O por un decorado lleno de objetos maravillosos que, mirándolos por detrás, estaban huecos.

-¿Quieres ver la habitación de Juuri y Haruuka?- preguntó Kaname en tono suave.

-¿Eh? Claro.- por algún motivo, Yuuki no se atrevía a hablar más alto que en un murmullo.

El pasillo por el que caminaban desembocó en una puerta de doble hoja de madera blanca con relieves de volutas doradas, que a Yuuki le recordó las fotografías de mansiones victorianas. La escena que se reveló cuando Kaname abrió las puertas le golpeó por su surrealismo. La habitación era enorme, con una gran cama de cuatro postes en madera blanca, con una colcha satinada de color crema, un armario ropero de cuatro puertas, cómoda y tocador, todo a juego. Las cortinas eran también de tela clara, aunque las ventanas tenían puertas de madera que mantendrían el sol fuera. Un traje negro de hombre colgaba pulcramente de un galán, el tocador mostraba una generosa colección de frasquitos de plata y, sobre la silla, había una bata sedosa de mujer. Varios libros se amontonaban en las mesitas de noche a ambos lados de cama. Cuando Yuuki tomó aire, sintiendo que se asfixiaba, captó el olor a flores. Giró la cabeza hacia la cómoda y vio un jarrón, probablemente de porcelana, con un hermoso bouquet de flores blancas y amarillas atado con una cinta roja, como si su madre lo hubiera acabado de poner allí. Dio un paso atrás, a punto de salir corriendo de aquel tétrico –por luminoso- museo, cuando la señora Nakata habló justo detrás de ella.

-No hemos tocado nada de cómo lo encontramos, sólo hemos limpiado y puesto flores frescas. Todo está exactamente en el mismo sitio.

A Yuuki no le cupo la menor duda de que, si abría los cajones de la cómoda, encontraría los calcetines, las medias y la ropa interior de sus padres. Como si estuvieran vivos. Como si no les hubieran asesinado justamente en aquella casa. Sintió ganas de gritar.

-A partir del momento en que naciste, Haruuka y Juuri casi no usaron esta habitación; sólo como vestidor. Igual que la mía, que está al lado. Casi siempre acabábamos durmiendo todos abajo.- explicó Kaname, contemplando la habitación por encima de la cabeza de su hermana. Cuando ella no respondió, frunció el ceño- ¿Yuuki? ¿Estás bien?- la menuda joven se giró con un sobresalto, asintiendo mecánicamente- ¿Quieres ver mi cuarto?

Otro asentimiento silencioso.

La antigua habitación de Kaname estaba dos puertas más a la derecha que la de sus padres y Yuuki tomó aire, cuadrando los hombros. Era una habitación infantil, así que no tenía por qué esperar un cuarto oscuro ni tenía que ponerle los pelos de punta porque, a fin de cuentas, su hermano seguía vivo. Si estaba igual que la última vez que la ocupó, probablemente vería coches de juguete por el suelo, sillas de colores y un balón en una esquina. Entró en el cuarto decidida a reconciliarse con la casa.

No, no había nada de eso.

Cuando siguió a Kaname al interior de la habitación se encontró en un cuarto sobrio, por no decir espartano. Las paredes estaban empapeladas con discretos motivos rojos sobre fondo beige, los muebles eran de color cerezo y el escritorio parecía de adulto, con lamparita de estudio. No había cuadros en las paredes, ni corchos donde colgar dibujos con chinchetas. Sólo un montón de estanterías con libros, un juego de ajedrez en la mesita de noche y muchas maquetas de cartón. Yuuki caminó por la habitación, repasando las laboriosas réplicas de castillos, aviones y coches. Buscando a fondo, encontró un lapicero con colores y plumas encima de la mesa, así como un juego de construcción de piezas de madera en una esquina.

-Es… -dejó la frase en el aire, sin saber cómo acabarla ¿Fría? ¿Inhóspita? ¿Indiferente a que allí tenía que dormir un niño, con su mundo de inocencia y colores chillones?

-¿Vacía?- murmuró Kaname mirando por los ventanales sin volverse hacia ella.

-Sí… -Yuuki se acercó a su lado. Desde allí podía ver la caída a pico desde el acantilado en cuya cúspide estaba la casa- ¿No tenías juguetes?

Kaname ladeó un poco la cabeza, en un gesto de excusa, con la mirada perdida en la nevada del exterior.

-No sabía muy bien qué hacer con los juguetes. Y tampoco tenía otros niños que jugaran conmigo.- hizo un gesto hacia las estanterías-. Pero solía dibujar y a Haruuka le gustaba que hiciéramos maquetas.- tras un momento de silencio, se giró con una sonrisa- ¿Por qué no te das una ducha caliente y te pones cómoda? La cama de esta habitación es muy grande; podemos dormir aquí, si quieres. El cuarto de baño es esa puerta de allí. Yo buscaré otro para que no tengas que deambular por la casa.

Yuuki asintió y, al punto, el servicio entró su equipaje, retirándose con una reverencia. Hurgó en la maleta hasta dar con un pijama, bata, muda de ropa interior y entró en el baño. Al menos, era bonito, con cenefas de enredaderas, toallas blancas perfumadas y grifos dorados antiguos. Mientras agachaba la cabeza, disfrutando del chorro del agua caliente sobre el pelo, dejó ir un largo suspiro. Volver a la mansión había sido como regresar a aquel parque especial al que ibas de pequeño y que recuerdas como un lugar mágico con tus ojos de niño. Cuando lo ves de mayor, resulta que tiene desconchados, los columpios están rotos y te das cuenta de que todo era una ilusión infantil. No era sólo los malos recuerdos a los que podía asociar la casa, sino la inquietante sensación de que la mansión estaba vacía, no sólo en un sentido real sino espiritual. Muerta. Con un oscuro halo sumiéndola en el silencio.

Cuando salió del baño, Kaname ya le esperaba en la habitación, con el pelo húmedo, pijama y destapando las olorosas bandejas de un carrito arrimado a la cama. Enarcó las cejas.

-¿Mejor?

-Caliente y seca.- lo cual podía interpretarse como una evasiva. Olisqueó la comida y, a pesar del aspecto delicioso, reparó en que no tenía mucha hambre, sólo un mortal cansancio-. No sé a dónde han podido ir a comprar todo esto. La casa está totalmente aislada.

-Les avisamos con días de antelación de que vendríamos.- Kaname se sentó en su antigua cama, invitándola a imitarle con un gesto- ¿Por qué no comes algo?

Yuuki tragó con desgana medio plato de guisantes con patatas y un par de medallones de ternera con salsa, pensando que el ruido de la cubertería contra la porcelana parecía el caminar de un elefante en aquel silencio. Dejó caer los brazos sobre el regazo.

-¿Por qué se construyó la casa en un lugar tan apartado?- la pregunta le salió como un suspiro-. Ya sé que los purasangres recelan… recelamos de los demás, por la forma en que los nobles nos ven como presas. Así que imagino que nuestros antepasados no querrían vivir entre una multitud de Niveles B, pero… ¿esto? –alzó la mano, trazando un arco hacia los ventanales para indicar el risco, el bosque tupido y la tormenta que aullaba fuera de los muros.

Esperaba una respuesta de contexto histórico, algo así como una charla sobre las virtudes defensivas de los lugares elevados, pero, en su lugar, Kaname acabó de masticar lentamente su último trozo de fruta, se limpió la boca con el mismo gesto pausado y bajó la vista hacia sus manos, sin decir palabra.

-¿Kaname? ¿He dicho algo malo?

-No, has dicho algo muy sensato. Pero no esperaba tener que mostrártelo tan pronto.

-¿Mostrarme qué?- las dos cejas de Yuuki se juntaron sobre su nariz y las primeras campanitas de advertencia repiquetearon junto a su oreja.

Kaname consultó su reloj de pulsera.

-Son las cuatro y media de la madrugada, aún nos queda bastante rato de noche.- clavó los ojos en ella, serio- ¿Quieres conocer el gran secreto que guarda la mansión Kuran?

En cualquier otra circunstancia, Yuuki podría haber asentido con vigor y una sonrisa, pero algo hizo que sólo accediera con vacilación. Kaname inspiró y se puso en pie con cierta renuencia, acercándose al escritorio para recoger una lámpara de cristal portátil.

-¿Me acompañas a la biblioteca, Yuuki?

Ufff… bien, realmente va a ser una lección de historia militar. La joven asintió, más aliviada. Por un momento, un sexto sentido detector de historias siniestras había empezado a despertar. Siguió a Kaname por los pasillos alfombrados y los vestíbulos adornados de estatuas hasta otro juego de puertas oscuras en la planta baja. Aquella vez, para el inmenso descanso de Yuuki, no les sorprendió ninguna escena congelada en el tiempo. Sólo una sala cuadrada en el extremo de la mansión, con gruesas paredes de piedra encalada cubiertas en casi toda la extensión posible por estanterías del suelo al techo. El olor a polvo y papel traicionaba, sin necesidad de ver, la sucesión de volúmenes encuadernados en cuero con remaches en metal y repujados en oro, alternados con libros modernos siguiendo un orden riguroso. Una gran mesa con lámpara de lectura y un sillón de cuero presidía uno de los rincones, junto con varios sofás de cuero distribuidos aquí y allá.

Yuuki se giró hacia Kaname, transmitiéndole con una sonrisa que estaba preparada para sentarse y recibir explicaciones del origen de la mansión. En su lugar, la alarma sexto sentido volvió a repicar al ver la expresión resguardada del purasangre. Extrañada, le siguió con la vista mientras él recorría las estanterías, rozando los lomos de los libros con los dedos. Al final, asintió como si hubiera encontrado lo que buscaba. La miró de reojo.

-¿Preparada?

-S-sí… supongo.

Kaname empujó dos libros hacia dentro con fuerza. Algo resonó dentro de la pared contra la que se apoyaba la estantería. Algo que recordaba a dos ruedas dentadas encajando y moviéndose. El panel entero de la estantería se hundió en la pared y luego se desplazó un poco, revelando un agujero negro del que emanó un olor húmedo, viciado por la falta de aire fresco. Yuuki contempló el hueco cavernoso con una creciente sensación de irrealidad. Aquello no podía ser. En el mundo normal no había estantes que giraban y estrechas escaleras de caracol detrás. Se giró hacia Kaname con los ojos muy abiertos.

-¿Qué es esto?

Él se encogió de hombros con una pequeña sonrisa amarga. Sus ojos eran dos espejos que reflejaban lo que veían, sin manifestar nada de su interior, y había rodeado sus emociones con un muro invisible de titanio. Lo que fuere que hubiera al pie de aquellas escaleras secretas le causaba dolor.

-Querías saber por qué la mansión se construyó en un lugar tan inaccesible.- respondió con un susurro, casi sin mover los labios-. La respuesta está bajando esas escaleras.- alzó la lámpara de cristal y la tenue luz anaranjada arrancó un brillo peculiar, flamígero, de sus ojos. Luego le tendió la mano.

Yuuki lo contempló un largo instante, intentando discernir si aquello era alguna extraña broma de Kaname, para luego descartarlo. Su hermano parecía una estatua animada: ninguna expresión en su mirada, ninguna emoción emanando de él, totalmente resguardado. Aquello era serio. Asintió, y le cogió la mano, dejándose conducir a las estrechas escaleras de caracol que se hundían en el abismo.

La luz titilante de la lámpara, y el calor de la palma de Kaname contra la suya, fueron lo que le dieron valor en aquel descenso al corazón de la tierra, al centro mismo de la mansión Kuran. Lo único que alcanzaban a ver sus ojos era la bóveda enladrillada del hueco de la escalera y el cabello negro de su hermano ante ella. Cuando sus pies dieron dos pasos sin encontrar más escalones, Yuuki estuvo a punto de empotrarse contra la espalda de él. Kaname caminó unos pasos y se hizo a un lado, sin soltarle la mano. La oscuridad que reinaba donde fuera que estuvieran era tan densa que Yuuki tuvo la sensación de que le habían metido la cabeza en una bolsa y sintió el miedo trepando por todas sus vértebras, una a una, con dedos de hielo.

-¿Dónde...?- el susurro le salió seco como un chasquido- ¿Dónde estamos?

-Ahora lo verás.

El eco de sus voces reptó por la oscuridad que les rodeaba, amenazante, y Yuuki se apretó inconscientemente contra Kaname. Un susurro seguido de numerosos "fush" anunció el encendido de una docena de antiguas teas, prendidas a las paredes. Los pequeños charcos de resplandor anaranjado permitieron a Yuuki situarse en el espacio: estaban al principio de un pasillo, con las paredes, el suelo y el techo de ladrillo, igual que la escalera por la que habían bajado. Las teas situadas a cortos intervalos señalaban el camino hacia lo único que llamaba la atención en aquel espacio vacío: unas titánicas puertas de doble hoja al final del pasillo, con un gran blasón de los Kuran grabado en ellas. El aire allí tenía una curiosa cualidad, que a Yuuki le hizo pensar en descensos a pirámides o catacumbas; parecía quieto, detenido en el tiempo, como si hubieran entrado mágicamente en alguna fotografía de hacía milenios donde nada se había movido desde entonces. Contuvo un escalofrío al notar el helor y la humedad de la tierra que impregnaba las paredes, así como algo más. Una sensación de nostalgia, un suspiro apresado en aquel pasillo, un último aliento.

Muerto.

Aquel lugar estaba muerto desde hacía milenios, intocado por ningún alma viva, con el pesar suspendido en el tiempo. Yuuki se giró hacia su hermano con los ojos enormes a la luz de la lámpara y las antorchas, pero él tenía la mirada prendida en la puerta de doble hoja.

-¿Kaname?- la voz le tembló, con miles de preguntas concentradas en su nombre.

Él suspiró, una pequeña exhalación triste que pareció unirse con aquel suspiro ancestral atrapado en el lugar, y habló sin mirarla.

-Encontré este lugar cuando tenía seis años.- murmuró, su voz dispersándose como ondas en la quietud muerta del pasillo-. Me había despertado con una pesadilla, una visión de... -hundió los hombros y bajó la cabeza, ocultando su expresión-... la muerte del ancestro. Tenía el olor a sangre pegado a la nariz y me pareció... me pareció captar algo de ese olor en la mansión. Lo seguí hasta allí.- alzó un momento la cabeza para gesticular hacia la puerta. Se mantuvo en silencio un par de segundos y luego su tono fue neutral, informativo-. Estamos en el nivel más bajo de la mansión Kuran. En otro tiempo, hace siglos, esto era un repecho de la montaña. El ancestro hizo construir un pequeño recinto fortificado aquí meses antes de … morir. Luego, las generaciones posteriores fueron ampliándolo, hasta convertirlo en la mansión que es ahora. La casa siempre ha tenido la misión de preservar... -vaciló, alzando la mirada hacia la puerta-... lo que hay allí. Aquel es el sanctasanctorum de la familia Kuran.

-No me gusta este lugar. Es frío y... muerto.- Yuuki le apretó los dedos con fuerza, intentando que la mirara-. Y no me gusta lo que te hace a ti.

Kaname se giró un poco, lo justo para mirarla bajo una caída de pestañas negras.

-Esta es ahora tu casa, Yuuki. Tienes derecho a conocer qué es lo que custodia.- le dio un suave tirón de la mano, animándola a seguirle hacia el fondo del pasillo.- No temas. Aquí no hay nada que pueda hacerte daño, ni a mí tampoco. Es sólo que este sitio me trae muchos recuerdos.

Yuuki frunció el ceño mientras caminaba tras él, intentando ignorar el eco ominoso de sus pasos y la sensación de estar perturbando la paz inquieta de aquel lugar. Cuando llegaron ante las puertas de piedra de doble hoja, con el símbolo de los Kuran grabado y sin pomo aparente, tragó saliva. Kaname le soltó la mano y pasó suavemente los dedos por las líneas talladas en la piedra, perdido en sus pensamientos. Yuuki tuvo la inquietante sensación de que su hermano estaba muy lejos, en otro lugar donde ella no podía llegar, y cedió a la urgencia de hablar para traerle de vuelta.

-¿Cómo se abre? No hay cerradura, ni aldaba ni pomo.- murmuró, estudiando el grabado.

-De la forma más antigua posible.- Kaname retiró la mano de la puerta y le cedió la lámpara. Tomó aire y se llevó las garras de la mano derecha a la muñeca izquierda, cortándose profundamente-. Aquí sólo puede entrar un Kuran.

Yuuki dio un respingo sobresaltado.

-¡Kaname! ¿Por qué haces eso?

-Observa...

Acercó la muñeca herida a la parte superior del grabado, a la punta de lo que parecía una flor de lis, dejando que la sangre resbalara por la canalización grabada en la piedra. El fino hilillo rojo inició una rápida carrera por la hendidura, iluminando el blasón de la familia real con el rico carmesí de la sangre más pura. Cuando el escudo de los Kuran resaltó íntegramente contra la piedra gris, silueteado con la sangre de Kaname, la quietud del pasillo se rompió con un seco "crac". Las dos gigantescas hojas de piedra se abrieron unos centímetros, desencajándose con desgana.

Yuuki sostuvo la muñeca de Kaname con cuidado, lamiéndole delicadamente las heridas y los rastros de sangre sobre la piel, sin desviar la mirada de sus ojos. Aquel vacío que ella odiaba volvía a asomar a los iris tintos. Cuando acabó, él le acarició la mejilla con la palma, contemplándola inexpresivo durante un par de segundos más, y luego se giró hacia las puertas. Puso una mano en cada hoja y empujó. Con fuerza. Cada una de aquellas puertas pétreas debía pesar más de lo que podían mover varios humanos. El lugar había sido construido por y para vampiros.

Cuando las puertas se abrieron de par en par, un aire húmedo, cargado de olor a tierra, emanó de aquella lóbrega negrura, llevando a la nariz de Yuuki algo más, que había pasado por alto hasta aquel momento. El olor de la sangre de Kaname. Mucho más intenso de lo que correspondía a la pequeña cantidad que había derramado para abrir el sello. Pesar, compasión, determinación y muerte, galoparon hacia ella desde aquella boca negra, jinetes del Apocalipse confinados en aquella prisión de piedra que ahora parecían querer liberarse. Yuuki tembló de pies a cabeza, y se giró hacia Kaname, lo único que parecía vivo en aquel lugar. Él mantuvo la mirada perdida en la vasta oscuridad durante un momento y luego echó a andar, arrastrándola con él.

A su paso, antiguas teas de aceite prendieron en las lejanas paredes, devolviendo el eco cavernoso de sus pasos y permitiendo a Yuuki distinguir un suelo de piedra basta, brillante de humedad. Tropezó en un saliente irregular y Kaname la sostuvo al punto, mirándola de reojo un momento.

-Ten cuidado. Es una gruta natural.- murmuró, el amplio espacio deformando su voz hasta convertirla en un coro de fantasmas.

-Casi no veo.- por algún motivo, sentía que las palabras y las voces no eran bienvenidas allí.

-Espera.

Al instante, oyó el familiar susurro de las teas prendiendo, y el olor a aceite quemando mezclándose con aquella traza de sangre que impregnaba todo el lugar. Cuando las llamas de las antorchas y de decenas de velas siluetearon todo el contorno de la cámara, Yuuki sintió que la sangre se le helaba en las venas.

El techo de la gruta era alto, abovedado, y recordaba el de las antiguas catedrales, con nervaduras que se unían en lo alto. Eternas gotas de agua resbalaban por sus resquicios, cayendo al suelo con la lentitud de los siglos, formando diminutos riachuelos en la piedra negra. Era como un viaje al inhóspito centro de la tierra, donde únicamente las teas en soportes oxidados de hierro incrustados en la pared y las decenas de velas medio derretidas en los salientes de piedra daban testigo de la presencia, alguna vez, de seres vivos allí.

¿Únicamente? No, había algo más que delataba que aquella gruta se había usado alguna vez con un propósito, el origen del aquel olor a la sangre de Kaname, pero Yuuki se sentía incapaz de mirar hacia allí.

-Hazlo.- el susurro de él contra su oído le arrancó una exclamación ahogada-. Mira hacia el fondo.

Ya fuera por el hipnótico murmullo de Kaname o porque sucumbió a la curiosidad, Yuuki giró lentamente la cabeza hacia lo que había al fondo de la caverna. Una enorme piedra -no, una losa, se corrigió-, negra como toda la gruta ¿Un altar? Las emociones que emanaban de ella eran tan sólidas, tan reales, que Yuuki sólo tenía que cerrar los ojos para tocarlas. Kaname tiró de su mano.

-Ven. Acerquémonos.

No quiero. Pero sus piernas se movieron por sí solas, caminando inconscientemente de puntillas para no levantar más ecos en aquel agujero desolado. Cuando se aproximó a la piedra, vio que le llegaba por la cintura, un enorme bloque macizo. Tragó saliva cuando las velas que ardían en la pared del fondo le permitieron discernir algo más: grilletes. Había gruesos grilletes de hierro negro, rezumando óxido de siglos, preparados cerca de la cabecera de la losa, a ambos lados a media altura y dos más al final. Bandas de hierro.

Con la sensación de que el suelo se había abierto de golpe bajo sus pies, Yuuki reparó en que la piedra era tan larga como para que un hombre alto pudiera tenderse en ella. Y ser atado. Asqueada, paseó los ojos por aquel bloque, reparando en que había dos profundas canalizaciones grabadas en la piedra, que partían de donde estaban los grilletes para las muñecas y finalizaban a los pies de la losa, donde sin duda se habrían dispuesto recipientes. Preparados para recoger la sangre del sacrificio…

Ojos rojos, de un profundo rubí, mirándola. Cabellos como tinta sobre la losa. Una banda de acero ciñendo el cuello grácil, pálido. El brillo de un cuchillo. Grilletes en las muñecas delicadas. Las pestañas aleteando una última vez antes de esconder aquellos iris de sangre y los labios entreabriéndose para un último suspiro. Sangre… huele a sangre…

Aquello no era una cueva. Era una tumba. Y el escenario de una matanza. Justo debajo de su casa.

Antes de tomar una decisión racional, Yuuki se dio la vuelta, el cabello ondeando, y echó a correr, alejándose de aquel lugar oscuro que olía a muerte. A la muerte de Kaname. La cueva atronó con sus pisadas enloquecidas, pero no llegó a las puertas. Los brazos de Kaname la rodearon como un aro de hierro, deteniendo en seco su carrera. Le dio la vuelta como si ella no fuera más que un bebé indefenso y la estrelló contra su pecho.

-Shh... nadie te va a hacer daño aquí, Yuuki. No lo permitiría. No hay nada vivo aquí, no tienes nada que temer. Shh...

Yuuki escurrió las manos entre ellos, apoyando las palmas en el pecho de él y empujando con todas sus fuerzas para separarse. Dio un paso hacia atrás, mirándole con los ojos arrasados de lágrimas.

-¡No lo entiendes! ¡Te vi!- su grito rebotó entre las paredes de piedra, la voz de un fantasma airado- ¡Te vi atado en ese... en ese bloque negro! ¡Vi cómo cerrabas los ojos mientras te... te desangraban!- furiosa, se pasó el dorso de la mano por la cara, restregándose las lágrimas- ¡Te vi muerto en esa piedra! ¡¿Cómo es posible que papá y mamá quisieran que vivieras aquí, en esta casa, encima de... de eso?!- señaló la losa con un dedo trémulo, acusatorio, mientras Kaname la contemplaba en silencio, sin interrumpir la tormenta- ¡No quiero volver a este sitio! ¡No pienso quedarme en esta casa! ¿ME OYES? ¡NO VOY A QUEDARME!

Apretó los pequeños puños a los lados, temblando, furiosa con sus padres por su crueldad, con el ancestro por ser una pesada sombra oscura omnipresente, con Kaname por haberla obligado a acudir allí. Por un momento, deseó que él perdiera los papeles, que le gritara, porque esa reacción demostraría que seguía vivo, lavaría su miedo. Pero él pestañeó lentamente y se limitó a contemplarla con expresión indescifrable.

Yuuki se dio media vuelta y salió de la gruta con pasos rápidos. Para cuando hubo llegado al pasadizo de ladrillo, trotaba. Cuando salió a la biblioteca después de subir los angostos escalones, corría. No sabía a dónde, sólo que quería poner el máximo espacio posible entre aquel lugar de muerte y ella. Los pasillos de madera oscura la atraparon en su abrazo, ofreciéndole un nuevo atisbo del laberinto de la mansión cada vez que doblaba una esquina. Espacios vacíos, silenciosos.

Dejó de correr cuando sus pasos sonaron amortiguados, en vez de levantar el familiar eco. Jadeante, se apoyó en uno de los paneles de caoba que forraban las paredes y bajó la vista al suelo. Una alfombra de intrincados diseños recorría el centro de aquel pasillo oscuro. Tragó saliva, intentando que su respiración volviera a la normalidad. Había algo en aquella alfombra... Tanteó la pared por instinto y sus dedos tropezaron con un interruptor. Cuando lo accionó, pequeñas lamparitas de cristal cobraron una alegre vida en las paredes del pasillo, haciendo que cálidos destellos bailotearan sobre la madera. Se encontraba en alguna parte habitable de la casa, sin duda, a juzgar por las puertas que se abrían a ambos lados, con una muy hermosa, de madera labrada, cerca de ella.

Desconcertada por el cambio de ambiente, Yuuki frunció el ceño, bajando la vista a los motivos en espiral de la alfombra...

-¡Mira, onii-sama, parece un bosque! ¡Es como un bosque! ¡Puedo bailar entre los árboles! ¡Mira cómo lo hago!

Los diminutos pies de la niña, calzados con unos zapatitos de charol negro, bailotearon sobre la alfombra, dando saltos sobre las puntas. Yuuki extendió los bracitos a ambos lados del cuerpo y giró como una peonza, imaginándose que el vestido blanco que llevaba era una etérea túnica resplandeciente, y que un par de alas transparentes con purpurina la elevaban del suelo.

-¿Jugando a las hadas, Yuuki? Te vas a marear...

La niña se detuvo con un pequeño saltito, quedándose grácilmente de puntillas, y bizqueó un poco cuando el pasillo y las lamparitas siguieron girando ante sus ojos.

-¡Yo no me mareo!- afirmó con un mohín y toda la vehemencia de sus cuatro años.

Unos brazos cálidos que ella conocía muy bien la rodearon por la cintura y se encontró alzada al vuelo, hasta que su carita estuvo al mismo nivel que los ojos profundos de Kaname. Había diminutas cosas blancas encima de su pelo negro y algunos mechones goteaban agua. Curiosa, alargó la mano, tocando aquella cosa blanca. Era fría y se derritió en su mano, mojándola. Al ver la expresión de su cara, Kaname rió un momento y la acomodó en sus brazos ¿Por qué él era tan alto y ella tan pequeña? No era justo.

-Es nieve, hermanita. Fuera está nevando.

Los ojos de Yuuki se abrieron como platos, sopesando aquella nueva revelación del mundo exterior.

-¿Y está todo blanco?- preguntó, con la boca de piñón en una "o".

-Ajá.- Kaname asintió y sus ojos se volvieron tristes-. Ojalá pudiera llevarte a verlo, aunque sólo fuera al bosque de al lado de casa.

-¿Por qué no le enseñas los cuentos de las cuatro estaciones que le trajimos, Kaname?- la cálida voz de Juuri precedió a su aparición por una puerta al final del pasillo. Tenía aquella clásica sonrisa de Mona Lisa, serena y distante-. Le gustará verlos contigo.

Yuuki vio que el rostro de su hermano se ensombrecía como el sol tras una nube y forcejeó para bajar de sus brazos. Luego le ofreció una de aquellas sonrisas deslumbrantes que siempre conseguía que algo de alegría asomara a su expresión y tironeó de su mano.

-¡Sí, onii-sama! Explícame el cuento, vamos, explícamelo, ¿vale?

Kaname siguió contemplando a su madre un instante por encima de su cabeza, hasta que al fin bajó la vista hacia ella y una leve sonrisa distendió sus labios.

-Claro, Yuuki ¿Vamos a tu habitación?

-¡Sí!- la niña tiró con energías del brazo de su hermano, bailoteando sobre la alfombra hacia una puerta casi al fondo del pasillo...

... Yuuki levantó la vista de la alfombra, dándose cuenta de que había echado a andar. Supo exactamente dónde se encontraba: en el pasillo que daba acceso a las habitaciones del complejo subterráneo de la mansión. Allí donde ella había vivido los cinco primeros años de su vida, sin ver el mundo exterior.

En trance, caminó por el pasillo alfombrado hasta que un olor penetrante la hizo detenerse. Sangre. Un olor familiar y querido asociado a un recuerdo terrible... Lentamente, bajó la vista hacia sus pies. Había una mancha oscura en la alfombra, una gran mancha oscura reseca, como si algo la hubiera empapado hacía muchos años.

Diez, exactamente.

-Cuando despiertes, no recordarás nada.

Sangre resbalando por la frente de su ser más querido, sonriéndole aún en sus últimos momentos...

Aquel era el lugar donde había muerto su madre. Otra tumba.

Yuuki dejó ir otro grito ahogado, sintiendo que alguien apretaba sus pulmones hasta asfixiarla, y echó a correr pegada a la pared, sin pisar la alfombra, hasta chocar contra una puerta. Forcejeó con el tirador con manos temblorosas, la abrió y se precipitó en la habitación, huyendo de la muerte que parecía reinar en todos los confines de la casa. Cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella en la completa oscuridad, agachando la cabeza y sollozando. Cuando le había pedido a Kaname que la llevara a casa, nunca habría creído que ahora rogaba por huir de ella.

Limón y azahar.

El perfume, tan inesperado después del olor a sangre, hizo que alzara la cabeza, hipando, sin ver nada en la densa penumbra. Por alguna razón, aquel olor le recordaba a la sensación de cuando recuperas un viejo jersey olvidado en el fondo del armario que aún conserva tu perfume. Era familiar y tranquilizador. Alargó la mano, buscando el interruptor de la luz. Cuando lo accionó, pensó que había entrado directamente en el País de Nunca Jamás.

Una lámpara forrada en tela rosa con agujeritos en forma de estrellas pendía del techo, proyectando aquellas figuras de luz sobre las paredes. Estaban pintadas de rosa pálido en la parte inferior, con una cenefa infantil de muñequitos recorriéndolas a media altura, y la parte superior de un blanco inmaculado. Una camita con dosel de tul blanco y una colcha rosa con dibujos de ositos sonrientes presidía la habitación. Tenía cojines en forma de corazón y sobre ellos reposaba el maltrecho peluche de un conejito beige con enormes orejas. El armario de madera tallada, igual que un conjunto de mesa baja con sillitas y tres enormes baúles, era blanco. Todos tenían motivos infantiles grabados. En el suelo, junto a la cama, había una pequeña alfombra rosa pálido, a juego con otra más grande en un rincón de la habitación, aquella rodeada de cojines y con varias pilas de cuentos amontonadas al lado. El suelo era de madera clara.

Había un aire fresco y cálido a la vez en aquella habitación. Respiraba dulzura, amor y limpieza, tan diferente a la atmósfera rígida del cuarto de Kaname y del resto de la mansión. Yuuki se secó los ojos con las palmas de las manos y se adentró en su antigua habitación. Pasó la mano por la colcha, apreciando la suavidad del satén, y recolocó un par de cojines de terciopelo. Luego se inclinó con una sonrisa llorosa para coger el peluche del conejito de color canela, acariciando con un dedo las cicatrices que le habían dejado los múltiples zurcidos y los dos botones dispares que tenía por ojos.

-Pasaste por tiempos mejores, ¿eh?- le susurró, jugueteando con las largas orejas suaves.

-No podías dormirte sin él. Tenías montones de peluches, pero ése era tu favorito. Juuri y tú discutíais cada noche porque siempre querías meterlo en la bañera contigo.

Yuuki se giró, sobresaltada, al oír la voz suave de Kaname desde el umbral de la puerta. Su hermano tenía las manos en los bolsillos de los pantalones y apoyaba el hombro derecho contra el marco de la puerta, con una expresión cálida.

-Siento haberte asustado.- se disculpó-. Me imaginaba que acabarías encontrando tu cuarto.

Ella acabó de secarse los ojos, con el miedo y la irritación parcialmente amortiguados por la peculiar isla de inocencia que acababa de encontrar. Paseó la vista por el cuarto.

-Está todo como si acabara de salir por la puerta... -murmuró.

-En realidad está bastante más ordenado de lo que solía estar cuando vivías aquí.- comentó Kaname, todavía desde el umbral. Gesticuló hacia los arcones de madera-. Lo normal era que desparramaras los juguetes por toda la habitación hasta que no se sabía dónde estaba el suelo.- elevó las comisuras por un momento.

-Siempre he sido una desordenada, ¿verdad?

-Sin duda.- no había asomo de censura en la voz de él. La contempló en silencio un momento y luego gesticuló con la cabeza en dirección al interior de la habitación- ¿Puedo pasar?

Yuuki levantó la vista del conejo, confusa.

-Claro, es tu casa.

-Y la tuya. Pero ésta es tu habitación.- repuso él con rostro serio.

Por primera vez desde que había entrado en la mansión Kuran, Yuuki sonrió.

-Lo era. No me imagino durmiendo bajo una colcha con ositos.

-¿Seguro que no?- Kaname alzó una ceja con ironía mientras entraba al cuarto. Se detuvo justo en medio, observándolo todo con cariño- ¿Sabes? Pasaba más rato aquí que en mi habitación.

-No me extraña. Tu cuarto era oscuro y desnudo.-repuso ella antes de poder contenerse. Al darse cuenta de lo que había dicho se mordió el labio y agachó la cabeza, dejando luego el peluche en su lugar de honor, apoyado en la almohada de la cama.

Kaname no contestó y se limitó a pasar las manos por encima de los muebles blancos en una caricia. Yuuki giró sobre los talones y señaló a una segunda puerta de la espaciosa habitación.

-¿A dónde conduce?

-Ábrela y lo verás.- Kaname le sonrió con la cabeza inclinada.

-No sé si me atrevo.- Yuuki hundió los hombros-. Cada rincón de esta casa parece ocultar una tragedia. Es... es como una... cosa grande y oscura empapada de tristeza.

Kaname levantó la vista del mueble y la escrutó un instante en silencio. Luego se dirigió a aquella segunda puerta y la abrió, tendiéndole la mano a Yuuki.

-Esta casa, y las que la han precedido en el mismo lugar, tiene muchos siglos y ha vivido muchas cosas. Algunas son oscuras y terribles, pero no todas. Déjame que te muestre las partes alegres.

Ella suspiró y aceptó la mano que le tendía. Cruzó la puerta y oyó a Kaname encender varios interruptores. Lo que vio pintó una sonrisa de reconocimiento en su rostro. Ante ella se extendía un enorme salón, con las paredes forradas de paneles de madera clara y artesonado en el techo. No tenía ventanas, pero transmitía una impresión espaciosa, alegre y cómoda. Había una gran mesa de madera con sillas, cómodos sofás y sillones alrededor de alfombras de un vivo color rojo. Igual que en su habitación, vio una mesita baja con cuentos apilados encima, y un par de silloncitos del tamaño de niños pequeños.

Con una sonrisa en los labios, pasó la mano por encima de los sofás, recordando que la última vez que estuvo allí tenía que escalar para conseguir sentarse. Permaneció de pie, con las manos en la parte superior del chaise-longue, contemplando el lugar donde había vivido los primeros años de vida. Nada de lo que recordaba cuadraba con los pasillos fríos y desiertos de la parte superior de la mansión que había recorrido, ni con aquella cueva espeluznante. Sus recuerdos hablaban de risas y abrazos, por mucho que no pudiera salir al exterior.

-Esta parte es muy diferente de las otras.- murmuró, y aquella vez las paredes no la asustaron con eco.- Es cálida y alegre. Parece la casa de una familia, aunque no tenga ventanas.

Kaname caminó hasta situarse detrás de ella. Enlazó la cintura con los brazos y apoyó la barbilla en su cabeza.

-Eso es porque éste era el verdadero hogar de los Kuran hace diez años.- su susurro tenía la misma calidez que la estancia-. Si algo he aprendido es que las casas las hacen las personas que viven en ellas. No importa lo hermosos que sean los muebles, las casas son hogares cuando las personas lo sienten así. La parte superior de la mansión era la cara que Juuri y Haruuka tenían que mostrar al mundo. Su verdadera alegría vivía aquí.- besó sus cabellos, acunándola entre los brazos-. Y esto también forma parte de la mansión.

Yuuki echó la cabeza hacia atrás, disfrutando del olor de Kaname a su alrededor.

-Ojalá pudiéramos subir arriba lo que se respira aquí abajo.- suspiró.- Y borrar esa sensación de vacío que hay en toda la casa.

Kaname la soltó, tirando de su mano para rodear el sofá y sentarse.

-Yuuki, dijiste que creías que no tenías una casa y por eso te traje aquí, para que vieras que no es así. Pero una casa no son sólo cuatro paredes, también es lo que se ha vivido en ella a lo largo de los años.- le acarició el rostro con la palma-. Lo último que vio esta mansión fue unos padres sacrificándose para que sus hijos pudieran vivir. Forma parte de la historia de la casa, y de la nuestra. El momento que vivimos nosotros es muy distinto.- paseó la vista por el salón-. Podemos hacer que la mansión sea como esta estancia, un auténtico hogar.- fijó los ojos en los de ella-. Si tú quieres. La decisión está en tus manos. Podemos cerrar la mansión Kuran para siempre y comprar una casa nueva, empezar en otro lugar sin toda esta carga de recuerdos. O podemos intentar hacer de este caserón nuestro hogar. Tú decides.

Yuuki lo miró sin parpadear un momento y luego desvió la cara para recorrer el salón con la mirada. Extrañamente, a pesar de que Kaname había conservado durante aquella década todos los recuerdos de los hechos trágicos que habían ocurrido en la mansión, y de lo que se ocultaba en sus cimientos, le resultaba más fácil que a ella aceptar la idea de vivir allí. O, quizás, justamente porque lo había recordado todo durante años había podido ir asimilándolo, mientras que ella se acababa de encontrar de repente con una mansión que más que una casa era una entidad con presencia propia. Volvió a suspirar y se giró hacia él.

-¿Cómo podrías considerar esto tu hogar sabiendo que el ancestro fue desangrado hasta la muerte a unos metros debajo de nosotros, recordándolo?- murmuró, casi sin despegar los labios.

Una sonrisa sabia se dibujó en el rostro de Kaname, que alzó las manos para sostenerle el rostro con delicadeza. Se inclinó hasta apoyar la frente en la suya, cerrando los ojos.

-Yuuki, no lo entiendes. Por mucho que recuerde ese momento, por mucho que las pesadillas me atormentaran de pequeño, quien murió en esa losa no fui yo. Fue el ancestro. Fue otra persona distinta que vivió hace milenios.- sus labios cálidos se movieron sobre los de ella al hablar y le apretó un poco más el rostro entre las palmas-. Forma parte de mí, pero soy un ser distinto. Y lo que ocurrió aquí fue fruto de la decisión de ese hombre. No fue un asesinato, fue una ofrenda, un acto desprendido. No es un lugar de horror, es el escenario de una donación al mundo, a los seres humanos.- separó la cara de la de ella y le acarició el cabello con una mano-. Por eso se conservó ese lugar. Para que los Kuran no olvidáramos que siempre nos hemos preocupado por la humanidad. Que la muerte del ancestro, de nuestro bisabuelo, sirvió para crear vida, por mucho que luego la existencia de los cazavampiros prendiera la mecha de una larga guerra. Este es un lugar muy íntimo para los Kuran.- sonrió de medio lado-. Nos sirve para recordar qué principios defendemos.

-Aún así, te atormentó durante años.- musitó ella.

-Sí. Pero he empezado a entender cómo se sentía aquel hombre cuando tomó aquella decisión. Sus acciones son el fundamento del pensamiento de los Kuran.- jugueteó con la mano de ella-. Ahora veo esa cueva como un símbolo de esperanza, en vez de como un matadero, por extraña que te resulte la idea. Pero, como te he dicho, la decisión sobre dónde viviremos y qué hacer con la mansión es tuya.- su sonrisa se volvió irónica- ¿No son siempre las mujeres quienes acaban decidiendo?

Ella bajó la cabeza sin sonreír y permaneció en silencio unos minutos.

-La alfombra del pasillo aún conserva la sangre de mamá.

-Lo sé.- le apretó la mano-. Nadie ha tocado nada de esta casa en 10 años, excepto para limpiarla una vez al año y hacer pequeñas reparaciones. Es como si la cogiéramos después de aquella noche. Nos toca a nosotros decidir qué queremos hacer en ella.

-¿Pero por qué papá y mamá no... no sé, no se cambiaron de casa al saber las pesadillas que tenías con ese sitio?- frunció el ceño, intentando entender- ¿Y por qué te he visto? He visto tu cara en esa piedra, me mirabas.

Kaname jugueteó con su pelo, intentando calmar su agitación.

-Nuestros padres no hicieron nada porque no sabían exactamente en qué consistían mis pesadillas. Supongo que primero era demasiado pequeño para saber explicárselas y luego... -su expresión se volvió reservada-... luego supe que algo no estaba bien en mí por tener aquellos sueños y decidí que no iba a explicarlo. No quería que pensaran que yo era más raro de lo que creían. Cuando encontré la gruta tampoco se lo dije.

Ella lo miró en silencio ¿Qué podía decir? ¿Cómo podía juzgar ni a Kaname ni a sus padres sin haber vivido aquella situación?

-En cuanto a por qué me viste, dudo que fuera a mí, más bien creo que viste al ancestro en sus últimos momentos.

-Era tu cara, Kaname.- insistió ella-. Los mismos ojos, el mismo pelo. Hasta el mismo color de piel.

Él frunció el ceño, pensativo.

-No sé qué decirte. No hay retratos del ancestro y yo recuerdo sus vivencias, no su físico. Puede que nos pareciéramos. Lo que es seguro es que yo estoy vivo.- sonrió de lado, bajando la mirada hacia su cuerpo antes de volver a levantarla-. Pero tienes la capacidad de sentir las auras de las personas y, por tanto, sus emociones. Los objetos también tienen auras. A veces, las emociones de quienes viven en una casa o de quienes esgrimen un arma o construyen un edificio son tan poderosas, o tan continuadas en el tiempo, que impregnan ese objeto. Es fácil que leyeras el aura del altar, las emociones del ancestro cuando murió. Si tu percepción es lo bastante aguda, podrías llegar a percibir imágenes. Es la explicación más lógica que se me ocurre.

-¿Por eso hay partes de esta casa que parecen tristes o frías y, en cambio, la atmósfera aquí abajo es alegre? Es como si las personas que emanaban esas emociones aún caminaran por las habitaciones, como fantasmas.- empezaban a dolerle las sienes. Y por eso parece que haya presencias detrás de cada esquina.

-Es posible. Supongo que, para cambiar la atmósfera de una casa, hay que cambiar lo que se vive en ella.

Yuuki asintió, súbitamente agotada. El largo viaje, el cambio de clima y, sobre todo, la carga emocional de las últimas horas la habían drenado de energía. Pero había algo que tenía que preguntar. Se mordió el labio, vacilando un momento antes de mirar a Kaname de reojo.

-¿Qué hiciste aquella noche?- preguntó con un hilo de voz- Ya sabes… después de ver que papá… después de que tú…

-¿Después de que yo atacara a Rido?- su voz fue cautelosamente inexpresiva.

-Sí. He recuperado los recuerdos de cuando era pequeña, pero casi ningún detalle de aquella noche.- Yuuki empezó a retorcerse un mechón de pelo-. No sé cuánto tiempo pasé sola fuera antes de que me encontraras.

-Un rato.- Kaname entrelazó los dedos con los suyos y fijó la mirada en el suelo de madera.

Algo se le había helado en las mejillas y la piel empezaba a tirarle ¿Cuánto tiempo llevaba allí, de pie ante los escalones de entrada en casa, contemplando cómo los restos de Haruuka se confundían con la nieve? No notaba ni las manos ni los pies, pero eso tenía que ser por el frío. Estaba en camisa en mitad de una nevada. Aquella cosa volvió a humedecerle las mejillas y a helarse al instante. Kaname levantó una mano como un autómata, tocándose la cara con los dedos delgados.

Lágrimas…

Bajó la mano y las apretó ambas en dos pequeños puños, recorriendocon la mirada el claro ante la mansión Kuran. Estaba totalmente vacío, un páramo yermo y helado. Kaname todavía era demasiado pequeño para poder hacer comparaciones de aquel tipo pero, años más tarde, reflexionaría que así es como se sentía él en aquel momento. Sus sentidos no percibían ni a Haruuka, ni a Juuri ni a ninguno de los criados. Semanas después sabría que habían huido de la mansión cuando comenzó el ataque de Rido. Habían sido listos. Los Kuran no y ahora Kaname había perdido todo lo que tenía.

Un remolino de viento arrastró los últimos fragmentos de cristal que reconoció como el cuerpo de Haruuka y él los siguió con la mirada, perdiéndose en la noche. Había dejado de llamarle papá hacía años, igual que había dejado de llamar mamá a Juuri, a medida que las pesadillas inconexas se transformaban en una historia coherente de quién era él. Y tenía la sensación de que no podría hacerlo nunca, no después de lo ocurrido aquella noche, no cuando él, el supuesto ancestro, les había fallado. Los puños empezaron a temblarle, igual que todo el cuerpo menudo, y la rabia y el dolor y la pena y el odio y todo aquello que su mente de niño no podía nombrar salieron como una bala por su garganta en gritos desgarrados.

-¡¡PAPÁAAAAA!! ¡¡MAMÁAAAA!!!

Gritó con los ojos cerrados hasta que la garganta le ardió, sin interrumpir cada alarido hasta que no quedaba una sola gota de oxígeno en los pulmones, vaciándose del miedo y del estupor. Nadie le respondió, ni siquiera el eco. El viento se llevó sus gritos, la última reacción instintiva de un niño, dejándole solo, a merced de sí mismo y de sus circunstancias, un apropiado prólogo para lo que vendría.

Hubo un nombre que no gritó. Era demasiado íntimo, demasiado suyo, demasiado precioso como para pronunciarlo en voz alta. Porque si llamaba a Yuuki a gritos sería como sellar que la había perdido para siempre. Y no era así, no podía ser así, aunque sus sentidos no alcanzaran a percibirla.

¿Qué le había encargado su ma…Juuri al despedirse de él? "Cuida de Yuuki" ¿Podría hacerlo? No había sabido cuidar de sus padres, pero él era lo único que le quedaba a su hermana.

Se giró lentamente, con los zapatos crujiendo al despegarse de la nieve, y entró en la mansión caminando con pasos flotantes. Las paredes le devolvieron el eco. Pasillos desiertos, luces encendidas, libros aquí y allá. Testigos de unas vidas quebradas. El olor penetrante de la sangre de Juuri le guió como un hilo en un laberinto. Cuando llegó al pasillo subterráneo, no se paró a tiempo de evitar el sonido absorbente de sus zapatos sobre una alfombra empapada de sangre. Qué curioso, pensó, inclinando la cabeza a un lado. La alfombra era como una esponja. En las películas, cuando alguien se desangraba, el charco brillante se extendía sobre el suelo, parándose justo ante los zapatos de alguien. Pero aquello era la realidad y él acababa de pisar lo que quedaba de su madre.

Alzó la vista, escrutando el pasillo. Parecía que una mitad de su cerebro había decidido ausentarse y la otra estaba a punto de entrar en frenesí. El resultado era un extraño estado desconectado de las emociones y rabioso al mismo tiempo. Vio huellas de pasitos. Pasitos pequeños ensangrentados. Vaya, parecía que él no había sido el único en pisar a su madre, menos mal. Giró sobre sus talones con los labios apretados con firmeza, siguiendo los pasos de Yuuki. Subían hacia el piso superior, era un milagro que nadie la hubiera detectado. Normal, ni siquiera él la detectaba ahora.

Una ráfaga de aire húmedo llegó hasta su nariz y oyó el crujir de una puerta golpeando contra una pared. Ah, la salida al túnel secreto. La hoja de madera estaba abierta de par en par y el aire gélido que entraba por la cueva la hacía golpear rítmicamente contra la pared. Tonc. Tonc. Tonc. Kaname sintió deseos de arrancarla de los goznes pero, ¿qué importaba? Estaba a punto de internarse en el túnel cuando su mente disociada lo detuvo con un pensamiento muy pertinente: no se sale de casa sin abrigo. Por muy vampiro que seas, puedes resfriarte, así que coge el abrigo y la bufanda.

Claro, Juuri.

Dejó que la puerta del túnel siguiera golpeando la pared mientras subía a su habitación, sacaba el abrigo y la bufanda del armario y se los ponía. Se enrolló la bufanda cuidadosamente al cuello y abrochó todos los botones del abrigo.

¿Puedo salir ahora a fuera? ¿Sí? Gracias…

El túnel era inclinado, estaba húmedo y los zapatos hechos a mano que llevaba hicieron que resbalara varias veces. Se incorporó sin un pestañeo, como si no hubiera ocurrido, con la vista al frente. Cuando salió al exterior, la nieve le cegó por un instante, desorientándolo. Tampoco le importó. Era un niño obediente, había hecho caso a Juuri y se había puesto el abrigo, así que no podía pasarle nada. El único problema es que no podía seguir las huellas de Yuuki porque la nieve recién caída las habría tapado casi al segundo. Así que esperó ¿Tenía sentido? No, pero ¿qué otra cosa podía hacer?

El viento trajo un grito agudo, familiar, que penetró en su cerebro en shock como una aguja fina. A la milésima de segundo siguiente, Kaname atravesaba la cortina de nieve a la velocidad del pensamiento. Un vampiro. Un Nivel E liberado por Rido. Una niña pequeña asustada. Yuuki.

Matarle fue fácil. Lástima que no hubiera podido hacer lo mismo con su tío. Entregar a Yuuki a un humano desconocido también fue fácil. A veces, el estado de shock podía ser una gran ayuda; uno se limita a seguir los ruegos que ha recibido sin cuestionar, ni procesar, sin reaccionar. Lo peor vendría cuando aquella confusión remitiera ¡Oh, sí! Entonces empezaría la verdadera agonía.

"Si alguna vez la vida de Yuuki corre peligro, la convertiré en humana, Kaname. Si eso ocurre, llévala a Kaien Cross. Es un humano, te explicaré dónde vive. Él la cuidará. No le digas a Yuuki quién eres ni quién es ella si su cordura o su vida no están en peligro. Serás su guardián desde lejos. Tendrás que ser fuerte, Kaname".

Sí, Juuri.

No recordaba lo que le había dicho a aquel humano cuando depositó a Yuuki en sus brazos. Sólo las lágrimas que caían detrás de unas gafas y una mención al Consejo de Ancianos. "Quédate aquí hasta que vengan a buscarte", la voz del hombre era acongojada.

"No, tengo que volver a casa".

"Pero allí no hay nadie…"

"Lo sé".

Cuando Kaname volvió a ver la puerta abierta de la mansión Kuran faltaba una hora para el amanecer, justo cuando la oscuridad de la noche es más profunda. Los dientes le castañeteaban después de caminar bajo la nevada durante horas. La ropa chorreaba agua helada. Subió a su habitación, se puso ropa seca, cogió una silla para alcanzar lo alto de su armario, bajó una pequeña maleta y la llenó con varias mudas. Dejó la ropa mojada en el cesto para la colada.

Luego, arrastrando la maleta, recorrió todas y cada una de las habitaciones de la casa. Cerró las cortinas y apagó las luces. Cuando acabó, se sentó en una silla del enorme recibidor, solo y completamente a oscuras salvo por un candil en el suelo, junto a la maleta. Apoyó las manitas en las rodillas, con la vista fija en las grandes puertas, y esperó.

En realidad, llevaba esperando diez años.

-¿Kaname? ¿Estás bien?

Parpadeó, confuso, para ver la mano de Yuuki sobre su muslo. La recorrió lentamente con la mirada, hasta alcanzar sus ojos. Grandes, expresivos… y llenos de amor. Impulsivamente, se inclinó hacia delante, juntando los labios con los suyos durante un largo instante sentido. Al separarse, ella sonreía, tímida.

-Vaya, ¿y eso?

-A veces no me creo que te tenga conmigo.

La sonrisa de Yuuki se hizo más amplia, hasta que un bostezo la interrumpió. Hundió un poco los hombros y se frotó los ojos con el dorso de una mano, suspirando.

-Estás agotada.- Kaname le retiró un mechón castaño de la cara y se lo colocó detrás de una oreja-. Deberíamos descansar y aposentarnos.- torció la sonrisa- ¿Dónde quieres dormir? Creo que mi antigua habitación no te ha gustado demasiado.

Buena pregunta ¿En mi habitación de la Residencia Luna? Yuuki frunció el ceño cuando su mente le proporcionó la respuesta más sincera posible ¿Cuál era su hogar? La habitación que había ocupado en casa de Kaien Cross era una buena opción a considerar, pero el cariño que sentía por la Academia hacía que el espacioso cuarto de la Residencia Luna superara a su antiguo cuarto de niña. La mansión Kuran no estaba, de momento, en su lista de lugares acogedores. A menos que...

Hizo un mohín, disculpándose de antemano por lo que iba a decir.

-¿Te importaría mucho si durmiéramos en mi antigua habitación? Ya sé que es rosa, la cama es pequeña y está llena de peluches, pero...

-Pero es lo más parecido que hay aquí a un auténtico hogar.- Kaname acabó la frase por ella y asintió-. Claro que no me importa, aunque tendremos que encogernos. Ya no somos niños.

Ella lo miró muy seria por un momento.

-No, no lo somos.

OOO

Yuuki cambió de postura en la cama por enésima vez aquel día. Por cómoda que pudiera resultar su antigua camita cuando tenía cinco años, estaba claro que no estaba pensada como cama de matrimonio para dos adultos. A pesar de eso, en los cuatro días que llevaban en la mansión Kuran no habían dormido en ningún otro sitio. Sabía que era una cobardía por su parte, refugiándose en aquel oasis de infancia para no tener que tomar las riendas de la casa. Porque eso implicaba enfrentarse a los recuerdos que la impregnaban.

Se sentó en la cama, descansando las manos sobre la colcha con ositos, en el regazo, y contempló la figura durmiente de Kaname. Estaba encogido de costado, con los brazos pegados al pecho, y a penas se movía en todo el día. Lo que sin duda era una buena idea, porque si lo hacía corría el peligro de despertarse de bruces en el suelo. Completamente desvelada, Yuuki sacó las piernas de debajo de la cubierta, se puso las zapatillas, la bata de invierno y salió de la habitación hacia el salón subterráneo, dedicándole una última mirada a un purasangre adulto durmiendo bajo una lámpara rosa.

Era ridículo. La situación no tenía ni pies ni cabeza, a pesar de lo cual él no la había presionado para que le diera una respuesta a qué quería hacer con la mansión. Habían pasado aquellos días organizando al servicio, revisando las necesidades de la casa, haciendo inventario de lo que tenían y, en el caso de Kaname, en contacto con medio mundo vampírico con el teléfono enganchado al oído. Ella bastante había tenido con reflexionar sobre dónde y cómo iba a vivir el resto de su muy larga vida.

Yuuki se ciñó el cinturón de la bata y se abrazó, contemplando el salón ¿Por qué no subir aquello a la parte de arriba, por qué no trasladar aquel espacio oculto de felicidad al lugar visible de la casa? ¿O, mejor aún, por qué seguir aferrándose a una falsa niñez en un sótano en vez de convertir aquella casa en un hogar, escogiendo una habitación nueva y recogiendo todos los recuerdos? La respuesta vino sola, aunque las implicaciones no le gustaron: porque sentía que la mansión no era enteramente suya. Ni siquiera de sus padres. Que había alguien más allí, una presencia oculta, a quien tenía que pedir permiso para dar un mero paso en la mansión Kuran. Hacía un par de días que le daba vueltas a aquel pensamiento: para poder sentirse en casa, antes tenía que reconciliarse con su fundador.

Frunció el ceño y suspiró con fuerza. La mera perspectiva de bajar a las húmedas entrañas de la casa le ponía los pelos de punta, pero sabía que tenía que hacerlo. Ella sola, no con Kaname al lado. No tenía una idea demasiado elaborada en mente pero, siguiendo una inspiración, rebuscó en la maleta que había bajado a su cuarto infantil y sacó a Artemis. Comprobó por última vez que su hermano seguía dormido, cerró la puerta de la habitación con cuidado y cogió una de aquellas lámparas de cristal parecida a los antiguos candiles. Recorrió los pasillos de la mansión hasta las cocinas, abriendo sólo las luces imprescindibles, con la sensación de que alguien la estaba esperando.

La enorme cocina parecía un escenario de película de fantasmas, con las ollas y los utensilios colgando de los ganchos, pero se obligó a no empezar a imaginarse cosas. Como Kaname le había dicho, en aquella casa no había nada que pudiera hacerle daño. Abrió los cajones hasta que encontró las velas. La señora Nakata le había explicado que aún había que revisar la vieja instalación eléctrica de la mansión, así que los criados habían hecho un gran acopio de velas para iluminar las habitaciones principales en caso de que se quedaran sin luz. Yuuki esperó que no fuera así, porque pensaba usar todas y cada una de ellas para otro fin menos práctico. Buscó una bolsa de tela y las cajas que encontró, calculando que tenía al menos un centenar de velas blancas. Perfecto. Antes de salir de la cocina, se aseguró de llevar un mechero. No quería arriesgarse a que el truco de encender las velas con la mente acabara en incendio descontrolado.

La luz del candil iluminó el pasillo secreto de ladrillo, creando sombras monstruosas en las paredes. Nada había cambiado en su atmósfera y Yuuki supuso que nada cambiaría en los siguientes siglos. Cuando llegó ante las grandes puertas de piedra, recorrió el blasón de los Kuran con el dedo, con cariño, antes de reunir el valor para morderse la muñeca y dejar que su sangre corriera por las canalizaciones, hasta resaltar el dibujo de la flor de lis. El chasquido de los engranajes de las puertas le arrancó un respingo sobresaltado, aunque lo esperara, y empujar las dos hojas requirió que pusiera a prueba los límites de su fuerza vampírica. Estuvo a punto de caerse al suelo cuando la puerta se abrió hacia el interior de la cámara.

Tragó saliva. Kaname debía haber apagado las teas cuando salió de allí, porque la oscuridad era total, impregnada de olor a cera y aceite. La pequeña luz del candil se antojaba ridícula para disipar aquella penumbra densa, de mortaja, que transmitía la sensación de que unas manos fantasmales podían materializarse en cualquier momento para arañarla. Aquel leve olor a sangre seguía flotando en la cueva, mezclado con el de la humedad.

-Hola.- su susurro respetuoso viajó hasta los confines de la caverna y volvió a ella, como si alguien le devolviera el saludo. Alzó la bolsa donde llevaba las cajas con las velas a una audiencia invisible-. Traigo un poco de luz, espero que no te moleste.

Envuelta en el eco de su voz, caminó hasta las paredes de la cueva, alumbrando con el candil hasta vislumbrar las primeras teas y velas medio derretidas en salientes de roca. Se colgó la bolsa del hombro izquierdo, sostuvo la lámpara con esa mano y empezó a encenderlas con el mechero. Una a una, con reverencia. Los puntos titilantes comenzaron a cobrar vida lentamente, desperezándose. Yuuki no supo cuánto tiempo tardó en encender todas las velas que encontró en la cueva, evitando siempre mirar el altar, ni en distribuir el centenar nuevo que había traído de la cocina. Le dolían los dedos de la mano derecha por el esfuerzo repetido de encender el mechero pero, cuando por fin prendió la última vela blanca, aquella cueva tétrica se había transformado en un lugar mágico.

Todavía era húmeda, los hilillos de agua seguían resbalando como capilares por las paredes y el suelo, pero ahora parecía el cielo estrellado en las entrañas de la tierra, un espacio enjoyado e íntimo. Un lugar donde el velo que separa el pasado y el presente era tan fino como una tela de araña. La luz parpadeante de los cientos de velas lamía la piedra negra al final de la caverna y ahora a Yuuki le pareció más un altar que una losa de sacrificio. Quizás lo era. Un altar al idealismo.

Derramó un poco de cera sobre una piedra justo detrás del altar y pegó la última vela encima, asegurándose de que no se cayera. No pensaba apagarlas cuando se marchara de allí, decidió, dejaría que se consumieran, desvaneciéndose con calidez, como la presencia del ancestro. Se mordió el labio, indecisa. Su plan llegaba hasta allí, había surgido del impulso de traer algo de luz a aquel lugar tenebroso, pero le parecía que era necesario algo más. Tenía la sensación de que alguien seguía esperando.

Miró directamente el altar, con sus canalizaciones en la piedra y las bandas de hierro oxidado, repitiéndose para sus adentros que Kaname dormía a salvo justo por encima de su cabeza. Quien ella había visto, tumbado sobre aquella losa, sólo podía ser una persona. Caminó casi de puntillas hasta al lado de la piedra, que le llegaba por la cintura. El ancestro tenía que haber sido muy alto, al menos tanto como Kaname, a juzgar por dónde estaban situadas las bandas. Poco a poco, acercó la mano a la piedra, acariciándola con los dedos mientras cerraba los ojos. Dura, áspera, lacerante y fría. Y el ancestro había estado tumbado con el torso desnudo, sujeto. Lo único que habría podido ver habría sido el techo de la cueva y la persona que tuviera justo al lado del altar en el momento del sacrificio.

Un profundo sentimiento de pena la bañó de improviso y Yuuki abrió los ojos, olvidando por un momento el presente. Unos ojos la miraban desde la losa, o eso le pareció. Eran rasgados, profundos y de un vivo rojo rubí, sin que la sed de sangre tuviera nada que ver con su color. Estuvo a punto de levantar la mano de la piedra, asustada, cuando aquella diferencia de matiz adquirió sentido: no eran los ojos de Kaname, su hermano los tenía borgoña. El hombre prendió la vista en el techo, moviendo un poco la cabeza, todo lo que le permitía la banda de acero que le ceñía el cuello, y el cabello negro se desparramó sobre la losa. Debía llegarle hasta los hombros, más largo que Kaname. En trance, Yuuki alargó la mano hacia el pelo del ancestro. Aunque sus dedos se pararon en el aire, le pareció sentir su suavidad y los movió como si lo acariciara.

El rostro fantasmal se volvió a mirarla, o a quien fuera que había tenido al lado en aquel momento que había quedado congelado, y los labios dibujaron una pequeña sonrisa. Por algún motivo, Yuuki se di cuenta de que aquel hombre había sido mucho más mayor que Kaname al morir. No sabía en qué basaba aquella deducción, porque el hermoso rostro no mostraba signos de edad; quizás en que el torso desnudo que veía era más amplio que el de su hermano, más musculoso, como correspondía a un hombre, no a un chico.

Los milenios parecieron replegarse en la mente de Yuuki, acercándola a su antepasado. Sabía que no había sido un santo, que cualquier humano actual le tacharía de cruel, pero lo único que ella podía captar era pesar, desilusión, soledad y una muy leve esperanza. No, la persona que había muerto sobre aquella piedra no tenía la culpa de la guerra atroz entre hombres y vampiros. Ni de que personas sin escrúpulos hubieran usado su sangre para causar dolor a sus padres, destruir el alma de un bebé no nacido y atormentar a Kaname. El tiempo del ancestro había pasado. No tenía sentido culparle de los males del presente.

Yuuki recorrió los rasgos etéreos con el dedo índice, sabiendo que se estaba imaginando el tacto de la piel bajo sus yemas, y se encontró sonriendo con cariño. Los ojos carmesíes seguían fijos en ella.

-Sé que no me conoces. Me llamo Yuuki. Supongo que soy tu… bisnieta.- se encogió de hombros sin perder la pequeña sonrisa cálida. Una parte de ella sabía que no había nadie allí que pudiera escucharla, sólo una emoción almacenada en la piedra, pero comprendió que, en realidad, estaba hablando para ella misma.- Siento haber salido huyendo cuando me trajo Kaname, no entendía lo que veía. Creí que este lugar era como un cementerio, ya sabes. Uno de esos lugares tétricos y desagradables empapados de… miedo.- hizo una gañota ante sus ideas-. Me enfadé con mis padres… tus nietos… -precisó-… por obligarnos a vivir sobre un sitio tan espantoso. Y me enfadé contigo porque creía que tu… no sé, tu espíritu hacía que esta casa fuera oscura. Supongo que sólo tengo 16 años y hay muchas cosas que no entiendo.- el rostro fantasmal volvió a esbozar una pequeña sonrisa y parpadeó.- ¿Sabes? En realidad tenía miedo de ser quien soy. De venir a esta casa y tener que aceptar de verdad que mi madre se desangró delante de mí, que mi padre murió en la puerta y que mi hermano fue infeliz en su habitación vacía y que yo tenía que coger toda esa herencia y vivir aquí. Tenía miedo de aceptar que soy una Kuran.-inclinó la cabeza a un lado, observando cómo la figura espectral giraba el rostro para mirar a alguien invisible, frunciendo el ceño-. Lo sé, es como para disgustarse conmigo.

Yuuki suspiró, perdiendo la mirada por un momento en las velas de la pared. La sensación de opresión que arrastraba desde hacía días, desde que había entrado en la mansión Aido y las cosas se habían precipitado, había empezado a desvanecerse en algún momento de su monólogo. Volvió a girarse hacia la piedra y vio que el rostro del ancestro se contraía, como si estuviera notando dolor.

-Siento que haya gente que ha usado tu sacrificio para causar daño. Entiendo lo que hiciste. Ojalá pudieras conocer a Kaname.- apoyó la mano en el pecho irreal del ancestro, intentando consolarlo de su dolor-. Estarías orgulloso de él. Es el nuevo Rey de los Vampiros y tiene muchas ideas para que nuestra raza sea como tú querías que fuera, honorable. Él tampoco entendió tus recuerdos al principio, pero ahora sí lo hace, mejor que yo.- el ancestro cerró los ojos, suspiró y ella supo que no los volvería a abrir-. Será un orgullo vivir en la mansión Kuran y tener tu recuerdo con nosotros. Ojalá pudiera darte un nombre.- el cuerpo del ancestro tembló y Yuuki se quitó la bata, llevada de un impulso, y la echó sobre la imagen. La tela cayó sobre la piedra-. Te he traído algo.- se agachó y sacó de la bolsa un pequeño bastón metálico. Al cerrar su mano sobre él, el metal palpitó como un ser vivo, culebreando hasta desplegarse en la forma de una guadaña imponente, que apoyó contra un lateral del altar. El rostro de ancestro adquirió el tono del papel-. Creo que éste es el lugar al que pertenece este fragmento en concreto de tu alma. Lo dejaré aquí, por si algún miembro de la familia Kuran tiene que enfrentarse alguna vez a otro vampiro para proteger a un humano. Así, una parte de tu voluntad seguirá viva.- muy lentamente, el ancestro dejó caer la cara a un lado y su cuerpo se aflojó. La imagen se volvió borrosa ante los sentidos de Yuuki, difuminándose hasta desaparecer-. Descansa en paz…

Paz… paz… paz…

Las paredes le devolvieron el eco de su voz. Yuuki no escuchó ningún suspiro dramático de un alma que alcanza la luz, como en las novelas sobrenaturales. Más bien, fue ella quien respiró hondo, sintiéndose en calma.

-Ojalá te haya oído.

La joven alzó la cabeza de golpe, creyendo por un loco momento que todo aquello había sido real y que el ancestro la contemplaba, en carne y hueso, desde la mitad de la cueva, rodeado de un halo anaranjado y pulsante. Pero era Kaname, en pijama, sonriente y silueteado por las velas. Yuuki le devolvió el gesto.

-No lo ha hecho. El alma de este hombre hace muchos milenios que ha encontrado su destino.- arregló la bata que, impulsivamente, había echado sobre el altar-. Lo que vi ni siquiera son sus recuerdos, sino la impresión de alguien que estuvo a su lado durante el ritual, que le vio morir. Creo que debió ser alguien amable y bueno, porque el ancestro le sonrió. Su sacrificio impresionó tanto a esa persona que sus recuerdos permanecen impregnados en esta piedra. Pero nuestro… nuestro bisabuelo no está. Ni aquí, ni en esta casa.- miró hacia arriba, imaginándose los pisos sobre su cabeza-. Y este es realmente un lugar de paz.

Kaname se acercó a ella, rodeando el altar, y la atrajo contra su cuerpo.

-¿No quieres tu bata? Aquí hace frío.

Yuuki sacudió la cabeza.

-No, creo que la persona que estuvo a su lado habría querido poder reconfortar al ancestro de alguna manera, aliviar el dolor de sus últimos momentos, y que ese deseo incumplido es lo que hace que las emociones de quien fuera sigan aquí. Sé que es una tontería, pero siento que así hago algo que esa persona habría querido hacer.

Kaname besó su nariz y cabeceó hacia Artemis.

-¿Y tu vara? ¿No la echarás de menos?

-No. Si la conservo, me dará pereza esforzarme por desarrollar mis poderes y no nos podemos permitir eso.- arrugó la nariz, reprendiéndose.- Espero que nunca suceda pero, si alguna vez tengo que destruir a otro vampiro para proteger a quienes quiero o a los humanos, entonces sí que vendré a buscarla. Será mi forma de hacer que la voluntad de nuestro bisabuelo siga viva.- guardaron silencio un momento, abrazados, y Yuuki dio gracias por el calor que emanaba de Kaname- ¿Puedo pedirte algo?

-Sabes que sí.

Yuuki levantó la cara de su pecho.

-Quiero quitar esas bandas de hierro del altar. Seguro que no hubieran podido retener al ancestro si él hubiera querido liberarse, su ofrecimiento fue voluntario. Siento que dejándolas ahí profanamos su voluntad.- cerró la boca y luego volvió a abrirla-. Y no sé qué te parecería, pero me gustaría preparar una habitación donde podamos guardar todo lo que hay de mamá y papá. La ropa, sus documentos, sus cosas favoritas... incluso esa alfombra. Me gustaría que fuera un lugar alegre, donde podamos ir cuando queramos estar cerca de ellos. Así los sentiríamos cerca pero sin condicionar la casa a sus recuerdos. Y también me gustaría invitar a nuestros amigos a pasar unos días con nosotros, creo que a la casa le vendría bien llenarse de voces.

La sonrisa lenta de Kaname emanó orgullo por todos los poros.

-Lo haremos. Puedo llevar las pocas cosas que hay en mi antigua habitación a ese nuevo cuarto Kuran ¿Qué hacemos con la tuya?

Yuuki se arrebujó en su cuerpo, frotándole el pecho con la nariz.

-Creo que podríamos desmontarla y guardar las cosas en esa nuevo espacio. Quién sabe... a lo mejor en el futuro nos resulta útil tener a mano los muebles de un par de habitaciones infantiles.

Kaname se puso rígido y bajó la mirada hacia ella, pero sólo pudo verle la cabeza.

-¿Piensas en... niños?- la palabra casi se le atragantó en la garganta.

Yuuki se encogió de hombros antes de levantar la cabeza y mirarle. Un leve rubor teñía sus mejillas, pero lo miró a los ojos con una sonrisa.

-Supongo... En un futuro. Vivimos eternamente, ¿verdad? ¿Tú no querrías tener hijos en algún momento de todo ese tiempo?

Kaname le soltó un brazo de la cintura y se pasó la mano por el pelo. Varias veces. Luego cambió el peso de un pie a otro. Y contempló las velas que adornaban la cueva. A continuación descubrió que sentía un súbito interés por colocar bien a Artemis para que no resbalara al suelo.

-¿Kaname?

Se giró poquito a poco hacia ella y se aclaró la garganta.

-No creo... no creo que yo sirva para eso.

-¿Para ser padre? ¿Y por qué no?

Porque aún no he recibido el alta del psiquiatra conforme estoy curado de todos mis traumas. Suspiró con fuerza y volvió a atraerla hacia él.

-No sabría qué hacer. No soy... bueno expresando mis sentimientos y un hijo necesita cariño para crecer feliz.- frunció el ceño-. Creo que puedo opinar sobre eso con conocimiento de causa ¿Y si... no le quisiera? ¿Y si no supiera cómo abrazarle? ¿Y si..?

Yuuki interrumpió su retahíla de inseguridades poniéndole el dedo índice sobre los labios.

-¿Ves como serías un padre estupendo? Sabes exactamente qué necesita un niño justamente porque es lo que tú siempre has deseado. De todas formas... ¡creo que podríamos esperar unos cuantos siglos! Como... no sé, cinco o seis.- dejó que él bebiera de su sonrisa y de sus palabras antes de que un escalofrío gélido le hiciera entrechocar los dientes.

Aquello le dio a Kaname la excusa perfecta para cambiar a un tema más seguro.

-¿Qué tal si volvemos arriba y te abrigas? Te estás quedando helada.

-Vale, ¡pero tenemos que encontrar otra habitación donde instalarnos!- Yuuki recogió la bolsa con las cajas vacías de las velas y echó a andar, cogida a la cintura de Kaname.

-¿Has visto alguna que te guste?

-Ajá.- asintió con una sonrisa-. Hay un cuarto precioso con una tribuna de ventanales en una esquina. Supongo que debió ser un salón o algo así, porque tiene unas vistas preciosas del bosque ¿Sabes? Podríamos poner una mesita y sofás en esa esquina, para leer viendo el paisaje. Y es lo bastante grande como para que quepa una cama doble y un armario vestidor ¡Al menos las paredes son de color crema, no rosas!

La cueva les devolvió el eco de sus risas, las primeras que se oían en aquel espacio desde hacía milenios.

-Bien, pero creo que esa habitación está completamente vacía. Tendremos que esperar a mañana para mover algunos muebles.- Kaname le hizo un gesto con el brazo para que saliera de la cueva.

-¿Por qué? Podemos coger un par de colchones de otras habitaciones y ponerlos en el suelo ¡Con un montón de cojines! ¡Y una manta peluda! Será como si estuviéramos de campamento.- los ojos de Yuuki brillaron.

-Mmm...- los ojos de él relucieron con un brillo peculiar mientras tiraba de las puertas de piedra-. Creo que la manta peluda me ha dado otra idea... –ronroneó, restregando la nariz contra su cuello- ¿Te importa si te la demuestro?

La risa de Yuuki se coló dentro de la caverna iluminada y las pesadas puertas de piedra se cerraron con suavidad, atesorándola dentro como el tintineo de un cascabel, haciendo eco entre los centenares de velas ardiendo con calidez.


N.A.: si alguien tiene curiosidad por quién fue la persona que estuvo al lado del ancestro mientras éste era desangrado, y cuyos recuerdos han quedado impregnados en el altar, sólo tiene que consultar el capítulo 9, "Conoce a tu enemigo", parte 3 :DD