El cielo se nubló repentinamente y comenzó a caer lluvia a cántaros, provocando que Mikasa sintiera muchos más escalofríos que antes y que abriera los ojos con pesadez. Aparentemente el hospital se había quedado vacío, ni siquiera había señales de las recepcionistas y el lugar se había vuelto mucho más macabro con la ausencia del sonido de las voces así como de la presencia de personas deambulantes en espera de buenas o malas noticias; el hospital se había convertido en el típico escenario para una película de terror, donde los protagonistas deben esconderse mientras que el asesino destripador los busca con tijeras, jeringas llenas de anestecia, bisturís, entre muchos otros instrumentos que pueden encontrarse en un quirófano.

Todo era muy extraño, pero lo que más sorprendió a Mikasa fue cuando la puerta a lado de la gran ventana se abrió con lentitud y salió de ella una figura demacrada, con el cabello largo y descuidado, un camisón arrugado y con la piel más blanca de lo que una persona viva podría tener. Parecía una mujer, o más bien, el cuerpo de una mujer, ya que difícilmente podría estar con vida, a pesar de que se movía y caminaba hacia la azabache, quien por el miedo se había paralizado.

El olor a creolina con alcohol se hizo presente una vez más, pero ahora mezclado con el amargo aroma de sangre, sangre que caía ligeramente por las piernas de esa tenebrosa mujer.

Mikasa reaccionó entonces, dando media vuelta a toda prisa para ponerse a correr. Aquello no podía estar pasándole, ella ni siquiera creía en los fantasmas. Pero se detuvo a los pocos metros que alcanzó a avanzar, ya que nada de aquello le cuadraba: ¿desde cuándo un hospital se hallaba vacío en su totalidad? Todo debía ser un sueño, o mejor dicho, una terrible pesadilla.

Dicen que cuando te das cuenta de que estás dentro de un sueño, debes ver tus manos y de esa forma tendrás el poder de controlar lo que sea que estés soñando. Pues éso hizo Mikasa, y para su sorpresa y algo de desagrado, se encontró con que tenía seis desfigurados dedos en una sola mano. Definitivamente estaba soñando, y ahora la azabache podría controlar ese mal sueño.

Fue así como pensó en la única persona que podría ayudarla y ''salvarla''.

Levi Ackerman.

No pasó mucho tiempo, cuando detrás de ella apareció la figura del azabache, moviendo a Mikasa y colocándola detrás de él de forma protectora.

Mocosa, ¿qué siempre tengo que salvarte el trasero?

De pronto su aroma se apoderó de ella, desapareciendo por completo el detestable olor del hospital. Ese aroma que minutos atrás se había apoderado de ella, antes de adentrarse en ese maldito sueño.

Levi...

Su voz parecía lejana, como un eco. El azabache continuó protegiéndola detrás de él, y Mikasa no hizo más que seguir pronunciando su nombre con necesidad a la vez que apretaba sus ojos con fuerza, evitando mirar a esa desfigurada mujer a toda costa.

— Levi...

¿Qué demonios sueñas, mocosa?

— ...

La voz del azabache también se escuchó bastante lejana, pero al abrir los ojos Mikasa, se encontró nuevamente en ese incómodo sillón, al parecer con una chaqueta sobre ella y con su cabeza recargada sobre el hombro de alguien. Rápidamente se incorporó y olfateó aquella fina chaqueta -que por cierto tenía un olor muy peculiar y que a Mikasa le parecía bastante familiar-, hasta que nuevamente una voz la hizo dar un salto por la sorpresa.

— ¿Estás bien?

La pelinegra volteó entonces hacia el lugar de donde provenía esa voz, y el sonrojo incontrolable que le ocasionaba el propietario de aquella melodiosa voz no tardó en hacerse presente. Levi la miraba ceñudo y con un brillo peculiar en los ojos, y Mikasa se giró inmediatamente al notar la poca distancia que tenían.

— Estoy perfectamente...

— Entonces, ¿por qué demonios me llamabas como si estuvieras en una situación de vida o muerte?

Para desgracia de la azabache, había hablado dormida, pronunciando únicamente el nombre de aquel enano. ¿Qué más podía pasarle donde él estuviera involucrado?

— No recuerdo, pero si estuviste tú en mi sueño, entonces fue una pesadilla.

Mikasa sintió que había sido brillante la forma en la que le respondió, pero rápidamente se arrepintió ya que, ¿qué se ganaba con pelear? Ahora no era el momento apropiado para comenzar una discusión con el mayor y menos porque al parecer estaba indefenso. El azabache miró entonces a sus manos, cubiertas con unos guantes negros que alguna vez la mocosa le regaló en agradecimiento por ayudarle a buscar a su mugroso conejo.

— Tsk... mocosa.

Fue lo único que dijo el azabache antes de girarse de nuevo y cruzarse de brazos, cubriendo su rostro con la bufanda roja que el día anterior Mikasa se había atrevido a abandonar. La escena conmovió a la ojigris, ya que no esperaba para nada que Levi conservara la bufanda y mucho menos que la usara; no recordaba el hecho de que le había hecho algún regalo anteriormente por lo que al verlo con los guantes ni se inmutó. Quería seguir la conversación con él, ya que le parecía bastante incómodo estar ahí después de todo lo ocurrido, ¿en qué estaba pensando cuando corrió a buscarlo?

— ... ¿Cómo está Kuchel?

Tenía que saberlo, después de todo la razón de estar ahí era la salud de esa mujer a la que le había tomado cariño desde el día que Levi las presentó nuevamente.

— Estable.

— Éso es bueno, ¿no crees?

— Supongo.

El tono frío en la voz de Levi regresó, y con razón: la mocosa que tanto quería se había aparecido en ese momento de necesidad y sin embargo el ambiente entre ambos seguía siendo muy tenso, ¿cómo podría cambiar las cosas? Actuando de forma fría y seria, no, pero Levi no era el mejor utilizando el tacto. Mikasa se quitó la chaqueta que al parecer el azabache le había puesto para que no pasara frío, y la extendió hacia él evitando mirarlo a los ojos lo más posible.

— Gracias... fue muy amable de tu parte prestármela...

— Así como mi hombro para que no te torcieras el cuello, mocosa. De nada.

El mayor acercó su mano hacia la chaqueta para tomarla, pero sus dedos rozaron con los de la menor provocándole un cosquilleo que definitivamente se negaba a desaparecer por más que intentara controlarlo, incluso debajo de la fina tela de los guantes. Tanto Levi como Mikasa sintieron un rubor en sus mejillas, y como si de imanes se tratara, sus dedos evitaban a toda costa separarse; Levi no pudo evitar sostener la mano de Mikasa aunque fuera por última vez, aunque la respuesta por parte de ella fuera probablemente un alejamiento instantáneo de su mano. Para su fortuna, y causándole una gran sonrisa que le fue difícil ocultar, Mikasa no se negó sino que incluso apretó con fuerza la mano del mayor, completamente sonrojada.

— Veo que conservas la bufanda...

— Tsk, es preferible a dejarla toda sucia en el suelo. Aunque si ya no la querías, podrías habérmela mandado por correo junto a los guantes que te dí.

Los guantes... A decir verdad, Mikasa nunca usó esos guantes que Levi le obsequió el día de su cumpleaños. Sí, eran muy bonitos y finos, pero por éso mismo la azabache tenía miedo de que algo les pasara, como ensuciarse con algo imposible de quitar o rasgarse con algún filo. Los tenía guardados en la misma caja donde se los obsequió, y hasta ese entonces había olvidado que los conservaba.

— No te preocupes, puedo devolvértelos si quieres para que se los regales a tu próxima novia.

Aquel comentario fue la gota que derramó el vaso, por lo que Levi se levantó del sillón soltando la mano de Mikasa y comenzó a alejarse, pero la pelinegra lo detuvo sosteniendo su muñeca con fuerza.

— Levi, yo...

El azabache se zafó rápidamente de aquel agarre provocando que Mikasa retrocediera unos pasos, aterrada por la mirada asesina que le daba el hombre.

— ¿Qué? ¿Qué más quieres decirme? ¿Y para qué demonios viniste? ¿Para reclamarme mientras me lamento por lo que pasa con mi madre y sentirme aún más culpable de lo que ya me siento?

— No, Levi, escucha...

— ¡Lo siento mucho! Nunca quise que nos pasara ésto, pero pasó y se salió todo de mi control. ¡YO NUNCA QUISE SEPARARME DE TI!

Mikasa ya no sabía cómo calmar a Levi porque todos los presentes los miraban con enfado y curiosidad, pero en ese momento moría por sellar los labios del mayor con los suyos debido a esa repentina e inconsciente declaración. Sin embargo, lo único que fue capaz de hacer es acercarse a él y tomar su rostro con sus manos obligándolo a verla a los ojos.

— Yo no busco que te alteres, no sé qué pasa conmigo pero no volveré a decir algo así, lo siento... Será mejor que me vaya.

Y así, sin más, lo soltó y se giró dispuesta a alejarse hacia la salida, pero un agarre en su brazo se lo impidió; Levi la sostenía con fuerza y la hizo girarse de nuevo para que quedara frente a él, a pocos centímetros de su rostro. La azabache ya parecía un tomate de tanto que se había sonrojado, pero apartar la mirada no serviría de nada.

— ¿Por qué viniste?

Esta vez, el tono de voz de Levi se volvió mucho más suave, incluso tierno. Mikasa reaccionó a esas palabras con un ligero temblor por parte de sus labios y con un suspiró soltó las palabras que el azabache tanto quería escuchar.

— Porque me preocupé por ti, y obviamente por tu madre, pero sobre todo por ti... Quería asegurarme que estabas bien.

Eso fue suficiente. Levi fue ahora quien sostuvo el rostro de Mikasa con ambas manos y, sin dejar de mirarle a los ojos, se acercó con cautela a esos labios que tanto ansiaba probar de nuevo, bajando la mirada a éstos mientras Mikasa sentía que se moría por dentro; ansiaba de igual forma ese beso, y cerró los ojos esperando que finalmente sus labios se unieran, sin importarle que un montón de personas los observaban aún.

— Señor Ackerman, su madre desea verlo.

Maldita suerte. Ni siquiera habían llegado a rozarse su labios cuando el médico los interrumpió, haciendo que Levi soltara el rostro de Mikasa y se alejara hacia la habitación de su madre, mientras que la pelinegra abría los ojos confundida y apenada, sintiendo cómo su corazón estaba a punto de explotar.