"Hija de la Tempestad"
Cap. 35: Camaradas de armas.
Las ruinas de Sancre Tor eran un lugar que escapaba a la mente, imbuido en flamas de verdes tonos y de poderosa magia arcana oscura. De una longitud insólita y una profundidad desconcertante, aquel complejo arquitectónico tenía más de subterráneo que de superficie, como si al exterior solo asomase la ridícula punta de un gigantesco iceberg incrustado en las montañas.
Negras eran sus entrañas y más negra aún la inquietante maldición que parecía cernirse sobre el emplazamiento: cada energía mística liberada y cada esqueleto reducido a polvo volvían a materializarse, con tiempo, en una nueva no-vida, como si aquel ciclo de muerte fuese un círculo cerrado sin retorno del que sus víctimas jamás pudieran liberarse.
La Eterna Damnación.
- Si los nueve dioses del Imperio son reconocidos y reverenciados por su misericordia, pajarillo... – decía el Hombre Oscuro en voz baja, apenas un susurro, asiendo a su Silenciadora por uno de sus huesudos codos para tenerla controlada en todo momento y que no se le desmandase durante aquella peligrosísima incursión – … Debo apostillar, sin que el pulso me tiemble, que, o bien su poder no es tan grande como dicen, o bien su conmiseración para con estas almas en desgracia es cuanto menos... deleznable.
Tempest se abstuvo de suspirar de puro aburrimiento. Los ruidos allí debían reducirse al mínimo hasta para la respiración.
No te preocupes, que con palabros tan añejos como los que sueltas a la carrera, estas "almas en desgracia" acabarán descansando muy en paz con la soñarrera que les entrará de solo oírte.
La verdad es que, de lo que el jefe acababa de decirle, entendía la frase por contexto, no porque supiera precisamente lo que significaba la palabra "apostillar" y otros tantos arcaísmos actualmente en desuso.
Pero ya comenzaba a acostumbrarse a ello.
Total, ¿de qué servía enfadarse por algo inherente a la naturaleza de otra persona? Si el jefe quería ir de "fisno" por la vida hablando cual académico repipi, ¿quién era ella para criticarle? Más tonta sería si se le ocurriese desafiar en un duelo verbal a alguien, evidentemente, mucho más aventajado en la materia.
Vagaban sumidos en las tinieblas los dispares amantes, el uno con los cinco sentidos alerta en todo momento, la otra tratando de seguirle el ritmo a buen paso sin tropezarse ni meter la pata. Ambos con un objetivo en mente, cada uno por motivos diferentes, unidos por un extraño destino que parecía, con cada paso en la oscuridad, verse abocado a una meta esquiva y lejana.
- Estamos dando rodeos, jefe. Creo que, en las dos horas que llevamos recorriendo esta tumba, tengo vista ésa esquina de ahí lo menos tres veces. - apuntó la muchacha con cansancio señalando con el dedo el pretendido lugar.
- ¡Cállate! - replicó Lachance molesto mientras apretaba el codo de la chica significativamente – Aquí los pasillos y sus correspondientes giros son calcos los unos de los otros. En realidad es bastante normal que lo veas todo igual. - argumentó.
- ¿Con las mismas telarañas y el mismo polvo distribuido de la misma forma? - inquirió Tempest con sorna.
- Telarañas y polvo cubren este lugar entero por doquier. - repuso el hombre testarudamente.
- Ya... ¿y qué tal si te digo que he estado marcando los lugares por los que hemos pasado con una tiza? - señaló la chica con un gesto de orgullosa autosuficiencia mientras mostraba a su atónito superior la pequeña aspa blanca trazada sobre la roca - ¿Lo ves?
Lachance torció inmediatamente el gesto y resopló irritado.
- ¡Vaya!, ¿ahora resulta que tienes un talento oculto para esbozar monigotes en las paredes igual que los críos gamberros de Waterfront? - escupió desdeñosamente, no muy dispuesto a admitir su equivocación. Porque él RARA VEZ se equivocaba – ¿Por qué no escribes también algo estilo "Tonto el que lo lea" para amenizarnos la cuarta de las supuestas tres veces que dices que hemos pasado por aquí? ¿Hmmm?
Tempest se mordió un carrillo y meneó la cabeza de lado a lado.
La próxima vez lo que escribiré será "LACHANCE CAPULLO" en letras bien grandes para que te hagas cuenta de lo sumamente merluzo que te pones algunas veces.
La pega de ir "de excursión" con el jefe era siempre la misma: que no había dios que le aguantase.
Un nuevo tirón brusco de su codo para que siguiera avanzando informó a Tempest del creciente estado de impaciencia del Oyente ante aquel laberíntico lugar. O avanzaban en su lento descender hacia las entrañas de las altas Tierras Colovianas, o ya se podía ir preparando para que el tipo le pusiera la cabeza modorra hasta que salieran de allí... si es que salían, claro.
Porque, transcurridos otros tres cuartos de hora, dieron finalmente con algo nuevo: el camino se escindía en dos direcciones.
La primera les llevó a una suerte de cuartucho circular excavado en la tierra provisto de un simple saco de dormir andrajoso, mohoso y apolillado y varios maderos podridos apilados en un rincón de lo que antaño debió de haber sido algún tipo de mueble hecho trizas. Allí no había nada de valor o utilidad que expoliar.
La segunda opción de camino se quedó en eso, en una opción: una puerta de rejas cerrada a cal y canto que, con toda la gracia, se abría a distancia. Y la palanquita que activaba el mecanismo de apertura debía de estar por ahí escondida, a saber si del lado en el que estaban ambos imperiales o del contrario, imposible de alcanzar entonces.
Resoplando de cansancio e indignación, el Hombre Oscuro y la Heroína de Kvatch sentaron sus respectivos traseros en el polvoriento suelo para descansar algo y aclarar ideas.
- Oye jefe... – comenzó la chiquilla con aire ausente tras un minuto de silencio.
- ¿Y ahora qué quieres? - replicó el hombre dejando reposar su nuca contra uno de los muros de piedra y alzando el rostro hacia el techo con los ojos escocidos a causa del polvo.
- ¿Y si intentáramos levantar la reja entre los dos a pulso? - sugirió ella.
Lachance lo sopesó un momento.
- ¿Qué tal si reformulas ésa frase y me preguntas directamente si puedo levantar yo solo la puerta de las narices? - bufó mirándola de arriba abajo – Porque lo que es con tu ayuda...
Tempest se sintió inmediatamente ofendida por la insinuación.
- ¡Eh!, ¡que he ganado bastante fuerza en el último año! - protestó.
- Sí, para levantar en vez de dos libros, tres. – se mofó el Oyente – No me vengas con cuentos akaviri, mujer, que por no poder no consigues ni mantener erguido un simple mandoble de acero más de diez segundos seguidos.
- ¡Hay mucha gente que no puede usar un mandoble y no por ello son unos blandengues!
- ¿Y quién diablos ha empleado el verbo "usar" en esta conversación? - replicó Lachance, más que dispuesto a iniciar una intensa confrontación verbal con la chica - ¡He hablado de "mantener", Silenciadora, "mantener" un simple mandoble erguido en posición de ataque! Tú lo máximo que consigues es arrastrarlo por el suelo.
- ¡Pues todavía yo no te he visto a ti manipular tampoco ningún mandoble, jefe!
Lucien se abstuvo de soltarle la monumental grosería que se le pasó por la cabeza acerca de mandobles y otras cosas alargadas que se manipulan, y optó por levantarse para ponerse inmediatamente en cuclillas con las piernas separadas frente a la reja para examinarla de cerca.
- Ponte tú en la esquina opuesta. – señaló el hombre imperial con un dedo enguantado uno de los extremos del portón de rejas – Adopta mi misma postura y, cuando yo te diga, empuja hacia arriba empleando tanto los músculos de los brazos como los de las piernas. – explicó señalando con los ojos los cubiertos cuádriceps tras el material de cuero de la vieja Armadura Etérea que llevaba esta vez bajo la túnica negra como medida de precaución ante posibles ataques físicos – A la de tres. – instruyó una vez observó a la muchacha seguir sus instrucciones – Una, dos...
A la tercera comenzaron a hacer fuerza, a emplear cada bocanada de aire y cada músculo del cuerpo en mover aquella cosa oxidada, monstruosamente pesada y monstruosamente bien afianzada al suelo.
A Tempest, de habitual pálida y blancuzca, se le puso todo el rostro rojo por el esfuerzo y comenzó a jadear. Los nudillos de las manos que sujetaban la reja por abajo se le pusieron blancos bajo los guantes y las palmas comenzaron a dolerle de veras.
Su superior, por su parte, apretaba los dientes de tal modo que hasta él mismo temió por un momento rompérselos a causa de la presión ejercida por la mandíbula, todo él en tensión a más no poder, con cada vena sobresaliéndole por el cuello y la frente a consecuencia del esfuerzo; sudando como si se estuviera pegando la maratón de su vida y odiando en aquel instante las capas de ropa que llevaba encima.
Al cabo de un rato, la reja cedió apenas un par de centímetros, lo suficiente como para animarles a seguir otro rato más hasta que se percataron de que tendrían que estar así por lo menos un par de horas hasta levantarla del todo.
Y aquello, para ellos dos solos, era físicamente un poco imposible. Nadie puede estar ejerciendo tal esfuerzo durante tanto tiempo seguido.
Desencantados de la vida, el hombre y la muchacha volvieron a su lugar de antes, sentados en el suelo; esta vez con los riñones verdaderamente adoloridos.
- No hay caso. – jadeó Lucien menando la cabeza de lado a lado – No hay manera de levantar ésa cosa entre tú y yo. Necesitaríamos al menos otros tres hombres fornidos para moverlo.
- ¿Y qué tal la fuerza sobrenatural de un Nosferatu?
Ambos imperiales pegaron un brinco en el sitio, totalmente pillados por sorpresa ante aquella voz suave, que no les pertenecía a ninguno y que tenían bastante claro de quién era el dueño de la misma.
Retirando su temporal hechizo de invisibilidad, que le había permitido pasar muy tranquilamente entre las energías oscuras de allí junto con su propio estado de no-muerte sin ser detectado, la silueta de Vicente Valtieri se perfiló en la oscuridad frente a ambos seres humanos. Los globos oculares albinos le brillaban en aquellos instantes como dos antorchas en la negrura fantasmagórica de las profundidades de Sancre Tor.
- ¡Vicente!, ¿qué...? - comenzó a decir la chica, atónita.
- Nos ha seguido el rastro a través de la campiña. – apuntó Lachance inmediatamente, poniéndose en pie – Supongo que no te ha costado mucho sumar dos y dos, agenciarte una montura y seguirnos la pista a través del olfato todo el camino hasta aquí. – asumió, dirigiéndose directamente al vampiro – Lo demás, una vez dentro, ha sido un juego de niños. ¿Me equivoco?
Vicente le dio una de sus extrañas y peculiares sonrisas, carente por completo de humor o calidez, afilada, brillante... perturbadora.
- Digamos que esperaba hallarte, como es tu costumbre los Morndas, trabajando y redistribuyendo papeleo en tu... residencia de Fuerte Farragut. – explicó el no-muerto con toda la naturalidad del mundo – Y al encontrarme el lugar vacío y... ciertamente rico en olores cargados de buenas dosis de adrenalina. – puntualizó dándole una significativa mirada a la muchacha - Decidí seguiros para obtener un buen vistazo de uno de ésos temibles Portones al Oblivion. Imagínate mi sorpresa cuando me encontré este lugar, tan henchido de energías nigrománticas... temo que la curiosidad me pudo. - rió un instante, pasándose la roja lengua picuda por los dientes y las encías – No creas de todos modos que no me ha costado encontraros. Ni aún con el clima estático y sin viento es fácil seguir un rastro de varias horas a la intemperie... pero soy hombre paciente.
Antes de que el Oyente o la Silenciadora pudieran decir nada al respecto, a lo lejos se oyeron repentinamente varios ruidos en eco de lo que parecían pisadas de dos pares de zapatos distintos y varias maldiciones murmuradas en voz baja.
- Ah... creo que mi ausencia en el Santuario tampoco ha pasado muy desapercibida, si no me engañan mis oídos. – dijo el vampiro como si le restara importancia por completo al asunto – Se nos acabó el tema de ir en silencio, me temo. No con esta compañía.
Lucien y Tempest agudizaron bien el oído y, antes de que la muchacha se levantara del suelo, el Oyente comprendió.
- Gogron gro-Bolmog. – dijo Lachance enarcando una ceja – Me sorprende que haya logrado razonar por su cuenta el cómo seguirte, Vicente.
- No lo ha hecho. – replicó el vampiro enigmáticamente.
Los gritos de una voz femenina quien, evidentemente, estaba regañando a su muy escandaloso acompañante, borraron toda duda de sus mentes.
- Toni... - murmuró la chiquilla imperial una vez se irguió del suelo y se cruzó de brazos, esperando la inminente aparición de su amiga acompañada de aquella mala bestia de orco.
Ambos venían refunfuñando entre unas cosas y otras.
- ¡Sithis bendito, Gogron! - siseaba la bretona Antonietta Marie, enfadada como pocas veces la había visto... u oído Tempest - ¿Qué entiendes tú cuando te digo "mantén la hoja en la vaina y camina en silencio"? ¡Mira la que has liado ahí atrás!
- ¡¿Qué culpa tengo yo si los fiambres ésos se vuelven a levantar minutos después de haberlos hecho trizas?! - replicaba el vozarrón del gigantesco orsimer a la defensiva - ¡Es como jugar a los bolos, lanzar la bola y que los que tires se vuelvan a erguir solos como por arte de magia!
- Los símiles no son lo tuyo, Gogron... definitivamente...
- ¿Los qué?
- Déjalo...
Al llegar hasta la puerta de rejas, los primeros sorprendidos fueron ellos al percatarse de la profusa compañía que acababan inesperadamente de hallar, habiéndose esperado únicamente encontrar al Portavoz vampiro; y al notar la tosca seriedad en el rostro del Oyente como señal de que acababan de hacer algo monumentalmente estúpido.
- Uh... - comenzó la bretona tras reponerse de la sorpresa, sin saber muy bien en aquel momento qué decir exactamente – De acuerdo... ¿puede tener alguien la amabilidad de explicarnos de qué va todo esto?
- Habéis seguido a un superior directo en sus asuntos personales sin su previo consentimiento. – expuso Lucien Lachance sin responder a la pregunta, cruzándose de brazos y encarando a los recién llegados con un halo de suma contrariedad - ¿Qué tenéis que decir?
La bretona envuelta en cuero y el orco blindado se quedaron un instante con caras de no entender absolutamente nada. Todo lo acaecido en el día de hoy era una cadena de imprevistos que, conforme avanzaban las horas, se iba haciendo cada vez más extensa y compleja.
Y, por lo menos en lo que a Gogron gro-Bolmog se refería, desmenuzar misterios complejos dentro de su cabeza no era lo que se dijese una parte muy entrenada de su limitadísima materia gris.
- ¡No teníamos ni idea de que te estuviéramos siguiendo precisamente a ti! - se defendió la rubia alzando las manos – Pero estábamos buscando a Vicente por un asunto de contratos relacionados entre sí que no nos cuadran... pero ya se había ido... - explicó atropelladamente - Y luego, al salir de la ciudad, le vimos marcharse a toda velocidad con uno de los caballos de los establos y...
- Y ése no es motivo en absoluto para seguir a un Portavoz de la Mano Negra en sus viajes privados, me parece. – replicó Lachance inflexiblemente - ¿Qué demonios os creéis que es esto? ¿Una fiesta de un club social a la que podéis autoinvitaros cuando os venga en gana?, ¿eh?
- No pretendíamos... - comenzó la bretona, si bien conociendo de sobras el habitual mal genio del Oyente, también algo... intimidada por la violencia que parecía emanar en ésos instantes como una espiral de rayos y truenos por aquellos ojos insondables de ave de presa.
- ¡No me repliques, asesina! - ladró el Oyente, imprevisiblemente furioso - ¡No tenéis ninguna clase de pundonor ni disciplina y no pienso tolerarlo! - amenazó señalándoles a ambos con el dedo - ¡Tal vez consigáis entender en qué consiste realmente una jerarquía de poderes dentro de la nuestra Hermandad por medio del pertinente correctivo que se dispensa a subalternos irrespetuosos como vosot...!
- ¡LA PUERTA DE REJAS! - se alzó otra voz por encima de las demás con un agudo chillido ratonil.
Tanto el atónito y repentinamente rígido Oyente como sus aún más atónitos subalternos se giraron para observar detenidamente a la joven Tempest, agazapada en una esquina y súbitamente empequeñecida, señalar el portón levadizo tras ella con una diminuta mano enguantada igual que si fuera una niña pequeña demandando un capricho a grito pelado.
En un instante se hizo un vehemente silencio y, sin que sirviera de precedente, comenzó a mascarse lenta pero muy sutilmente la violencia en el ambiente. Y tensión. Mucha tensión contenida irradiando entre los cinco cuerpos de los asesinos, como los abrasivos vapores de una fragua.
- ¿Y si... la abrimos entre todos? - probó la chiquilla una vez más, esta vez tímidamente y con un hilo de voz, consciente de lo que su interrupción podría traer si no la manejaba adecuadamente y con rapidez.
Y, como siempre, la suerte del tonto volvió a sonreírle una vez más: a los pocos minutos ya estaban los cinco sudando la gota gorda, empujando las rejas hacia arriba a pulso como un solo cuerpo controlado por un mismo pensamiento.
Bien... quizás los cinco no, dado que nos vampiros, por definición, no suelen sudar.
Peculiaridades de no estar realmente vivo y otras yerbas.
- Me parece a mí que se ha cabreado bastante...
- Bah, en cuanto salgamos de esta tumba y respire un poco de aire fresco se le volverá a oxigenar el cerebro y retraerá las garras. Confía en mí, Tempy, le llevo conociendo más años que tú.
Ambas amigas, la exuberante bretona rubia y la finúsquila imperial blancucha, a cada cual más bajita, debatían entre susurros los pormenores del ánimo sombrío del Oyente, quien iba en aquellos instantes a la cabeza de tan singular expedición en una tensa postura que, más tarde, le reportaría serios dolores de cuello y hombros.
Las jóvenes por su cuenta iban del brazo, cuchicheando la una en la oreja de la otra como cándidas quinceañeras ansiosas de intercambiar entre ellas rumores y secretitos.
Vicente, en todo momento con sus rojos iris de criatura sobrenatural posados sobre la curva suave que la ceñida armadura de cuero perfilaba sobre las contoneantes caderas de su femenina paisana, las iba escuchando casualmente desde atrás con una media sonrisa colmilluda oscilante entre la diversión y la siempre permanente agresividad soterrada que la presencia de Lachance le generaba desde el tema de la fallida Purificación.
Su no-vida había mejorado considerablemente desde su reciente ascenso a Portavoz y su ánimo venía mostrándose calmado tras el punto y final que la muerte de Mathieu Bellamont había venido a poner en el drama de la traición dentro de la Hermandad Oscura.
Pero un vampiro jamás olvida. JAMÁS.
Tal vez, de haber sido aún humano, todavía entendería el significado de la frase "olvidar para perdonar" y no culparía al Oyente de su actual sensación de inseguridad que, tras dos siglos dentro de la Hermandad, jamás había atinado a experimentar.
Y la inseguridad para un vampiro puede ser motivo de acabar convertido, más pronto que tarde, en una enorme pila de cenizas.
Los infectados por la Hemofilia Porfiria o, lo que es lo mismo, los retoños de Molag Bal no se caracterizaban precisamente por ser criaturas humildes e inofensivas.
El hambre que les consumía a permanencia y su... particular metabolismo cíclico de regeneración celular solía producir en los afectados períodos de ansiedad que, solo a fuerza de mucho autocontrol y voluntad, podían dominar con el tiempo.
Sin embargo, cualquier desencadenante traumático, por muy psicológico que este fuera, solía ser para ellos tres veces más difícil de superar que para un mortal medianamente cuerdo.
Una depresión, una experiencia dolorosa, un suceso límite... cualquiera de estas cosas que les hiciera pensar que su integridad física peligraba tendía a desquiciarles.
Quizás un mortal temiera, como es lógico, la finitud de su existencia... pero el conocimiento de que, antes o después, esta existencia está abocada a terminar, otorgaba una relativa "tranquilidad" que los seres inmortales no poseían en absoluto.
Y Valtieri no era la excepción a su especie.
El hecho de haber estado tan condenadamente cerca de haber sido despachado por un vulgar carnicero aficionado mientras dormía tranquilamente, había creado en Vicente una ola de miedo e ira que, por más que lo intentara, no lograba reprimir.
Y el culpable más inmediato en todo aquel entramado era un hombre al que prácticamente había arropado bajo sus alas, considerándole digno de su mayor confianza, su discípulo más perfecto en todos los aspectos.
Es curioso ver lo delgada que es la línea que separa la confianza más ciega y el aprecio más incondicional del odio y desprecio más absolutos.
Respetaría a Lucien porque los Principios le ataban a ello... pero seguramente, de haberse dado las circunstancias favorables, el rencor del no-muerto hubiera acabado actuando por cuenta propia de tal manera que la cabeza de Lachance habría terminado siendo arrancada de cuajo de los hombros de su dueño. Literalmente.
Sin embargo... nada podría ser utilizado en su contra si, en una de sus peligrosísimas expediciones al Plano del Oblivion, el Oyente perdía... trágicamente la vida.
Un sonido fuera de lugar que alertase a los demonios... una trampa casualmente activada... un pequeño empujón contra cualquier protuberancia puntiaguda... El Otro Plano abría al vampiro un abanico de infinitas posibilidades.
Ése era, quizás, el principal motivo de haberles seguido a él y a Tempest varias horas a través de la nieve.
- ¿Cómo es que habéis decidido salir Gogron y tú juntos del Santuario? – seguía susurrando la tenue voz de Tempest al oído de su amiga mientras seguían avanzando en la fantasmagórica oscuridad de Sancre Tor – Telaendril, cuando vivía, me dijo que nadie debía vernos hablando en público, pues el riesgo de ser relacionados era demasiado alto.
- Telaendril, y perdona que te lo diga así, era una gran paranoica, Tempy. – respondió la bretona tranquilamente – No hay nada de malo en que nos vean juntos... siempre y cuando los encuentros no sean frecuentes, entre muchos de nosotros, y demasiado duraderos. Lo recomendable es actuar entre nosotros como si fuéramos unos completos desconocidos, pero... que yo sepa no hay nada estipulado en los Cinco Principios que indique que hacer lo contrario sea motivo de penalización. Son simples "sugerencias" que puedes o no seguir si te apetece. Punto.
- Aaah, vale, "sugerencias" con el entrecomillé... Tomo nota, ¿eh? - dijo Tempest a su vez alzando las cejas con recochineo al tiempo que imitaba con las manos el acto de escribir sobre una libreta invisible.
Las dos se echaron a reír en voz baja.
El lento paseo silencioso en descenso a las cada vez más profundas ruinas estaba siendo inusualmente tranquilo, sin energías extraordinarias obrando a su antojo por la estructura para detenerles. Tras aquel portón de rejas que tantísimo trabajo les había costado levantar parecía no haber... nada. Solo el silencio y la oscuridad de una cripta centenaria.
- Esto no me gusta. – musitó el Hombre Oscuro tras detenerse un instante y ordenar al resto de la cuadrilla que venía tras sus pasos hacer lo mismo con un simple gesto de su mano enguantada – Hay demasiado silencio... y el olor a podredumbre parece volverse más intenso en aquella dirección. - dijo señalando otro de los infinitos pasillos que daban a segundos caminos a ninguna parte, todo ramificaciones de un complejo sistema arterial de caminos entrecruzados – Vamos a dividirnos.
Inmediatamente, y sin mediar una sola palabra entre ellos, se hicieron dos grupos: Vicente con Gogron; y Antonietta con Tempest quien, como siempre, había acabado de perrito faldero del jefe.
Por otra parte también es que Lachance no quería ir en compañía de un orco tan escandaloso y necesitaba tener bien vigilada a la cría metepatas por si la liaba, Vicente directamente no quería la compañía del Oyente y Antonietta, básicamente, no querría ir cerca del vampiro con solo una persona de diferencia a estar los dos a solas.
Ambos grupos tomaron sendas distintas, conviniendo en quedar en aquel mismo cruce al cabo de una hora si no encontraban nada interesante. Todo el mundo estaba ahora al tanto de que había que recuperar la coraza de Tiber Septim (indistintamente de por qué razón había que hacerlo) y, ante cualquier pista que pudieran hallar de su paradero, debían informar a los demás.
El grupo de Tempest siguió en pos de aquel olor nauseabundo que, muy pronto, les llevó a una sala abovedada de considerable altitud y amplitud donde encontraron en el suelo de piedra rastros de sangre.
Sangre relativamente fresca.
- Alguien ha pasado por aquí hace poco. – informó la rubia bretona al Oyente en cuanto se quitó un guante y pasó un dedo desnudo por el pavimento, manchándoselo de rojo oscuro – Puede que sea de hace una hora, más o menos. – concluyó tras oler brevemente la sangre entre sus dedos y palparla para reconocer la textura – Hay mucha sangre, pero no hay cadáver ni signos de arrastre, por lo que pienso que esto podría pertenecer a más de un individuo.
- Probablemente fueron los que cerraron aquel portón de rejas. – apuntó Tempest mirando a su superior a la expectativa - ¿Jefe?
Lachance le daba oscuras miradas cargadas de suspicacia a las paredes del lugar.
- Pegaos a la pared y alejaos de los puntos de luz. – ordenó inmediatamente en voz baja – Aquí en medio somos un blanco fácil.
Sin embargo, antes de que ambas jóvenes pudieran siquiera reaccionar a las órdenes de su superior, el terrible olor a podredumbre se hizo de pronto insoportable a tal punto que los ojos comenzaron a escocerles.
- ¡Joder!, ¡qué asco! - rezongó la pequeña imperial cubriéndose la boza y la nariz con una mano - ¡Huele igual que un puñado de huevos podridos! - sin embargo, al ver que tanto su amiga como Lachance desenvainaban de inmediato sus respectivas armas de los cintos, preguntó confusa - ¿Qué pasa?
Antonietta se limitó a hacerle un gesto con la cabeza para señalarle el motivo de tan repentino cambio de comportamiento.
De entre las múltiples sombras verdosas que los fuegos fatuos de aquel lugar perfilaban en las paredes de roca surgió una figura renqueante que, poco a poco, tomó forma hasta convertirse en lo que se asemejaba a un ser humano.
Pero precisamente se "asemejaba", que no "era", a un ser humano por el simple hecho de que aquella criatura... no tenía piel.
Asimismo, gran parte del deteriorado tejido muscular que antaño cubriera aquel penoso cadáver se hallaba ausente, por lo que los huesos podían adivinársele fácilmente a través que los restos de carne.
Pero lo más sorprendente de aquella criatura no era su aspecto (el cual, al fin y al cabo, seguía siendo el de un cadáver en permanente estado de descomposición), sino su indumentaria: si bien oxidada, deslucida y abollada por los siglos transcurridos, poseía un asombroso parecido a la armadura ceremonial akaviri que todo Cuchilla del Imperio luciría en el campo de batalla.
Los tres vivos se quedaron un instante observando entontecidos al no-muerto hasta que este último, pegando un sorpresivo grito chirriante producto, seguramente, de tener las putrefactas cuerdas vocales para el arrastre, arremetió contra ellos katana akaviri en mano.
La primera embestida la paró Antonietta con su cuchillo y Tempest, reaccionando finalmente ante lo que estaba viendo, desenvainó a su vez y atravesó la caja torácica del Cuchilla no-muerto con su propia katana.
Pero el ser ni siquiera se inmutó y, sacándose el arma akaviri de la muy maltratada carne de una sola vez, agarró a la pequeña imperial por el pescuezo mientras que con una de sus botas reforzadas pateaba a la bretona en el pecho, provocando que esta se cayera hacia atrás de espaldas y soltara el cuchillo.
El resucitado alzó en vilo varios centímetros del suelo a la joven y esta le arreó una patada lo bastante fuerte como para desencajarle la mandíbula y que esta quedase colgando de una de las junturas maxilares, a medio camino entre el suelo y los cuatro pútridos tendones que la mantenían aún pegada al cuerpo. La presa del no-muerto en torno a su cuello comenzó a apretar.
Cuando Tempest ya comenzaba a ver puntos blancos en el aire a consecuencia de la asfixia, de repente la presa aflojó y ella se precipitó dolorosamente al pavimento, golpeándose la espalda y la nuca.
Otro nuevo chirrido procedente de aquella cosa vino a herirle los oídos y, una vez su vista volvió a aclararse, observó a su jefe ensartar al engendro con su espada de plata, arma eficaz donde las hubiera contra no-muertos, mientras que trataba de sacar con la otra mano una daga que hace unos instantes había enterrado entre el cubito y el radio del brazo putrefacto que había estado sujetando a la chiquilla por el cuello.
Antonietta, quien se había recuperado inmediatamente de su caída, se levantó y, enfocando bien la vista, encauzó inmediatamente un chorro de fuego hacia el no-muerto, poniendo cuidado de no dañar al peligrosamente cercano Oyente en el proceso.
El engendro continuó chillando, pataleó y envió a Lachance contra una de las paredes de la habitación de un guantazo. Tras aquello se sacó la daga del brazo y se la lanzó a la bretona, quien en el último segundo pudo esquivarla y solo se llevó un corte superficial en la mejilla izquierda.
Extrayéndose el doloroso filo de plata del pecho, el ahora chamuscado cadáver cargó contra el Oyente. Y Lachance, llenándose las palmas de ampollas bajo los guantes al sujetar la carne quemada de los brazos del no-muerto, lo inmovilizó contra la pared contra la que él mismo había sido arrojado, le arrebató el arma y lo ensartó de nuevo, procurándose de anclar bien el cuerpo muerto al muro de piedra para que no pudiera moverse.
- ¡Ahora! - bramó el hombre imperial haciéndose a un lado para darle espacio a la bretona.
Y Antonietta Marie, sin dudar un solo segundo, volvió a canalizar sus energías místicas a través de las palmas de sus manos para que una nueva rociada de fuego friera a aquella cosa hasta que esta dejó de convulsionarse.
Pero pronto, al abandonar la esencia nigromántica aquel cuerpo lastimoso, el alma dentro de él se liberó para materializarse a toda velocidad en la forma etérea de un fantasma.
El fantasma de un hombre.
- "Por fin..." - suspiró la voz en eco, perdida en otro tiempo de otra época - "Me habéis liberado. Ahora, finalmente, ya puedo cumplir el último deseo de mi Señor."
Tempest, levantándose del suelo y recogiendo su katana tras su penosa actuación, se acercó entonces al espectro, le pasó una mano por delante de los ojos etéreos y, al percibir cierta respuesta al movimiento, decidió probar.
- ¿Quién eres? - inquirió, insegura y algo... cortada por estar hablándole a alguien ya muerto - ¿Perteneces a la Orden de los Cuchillas?
- "Sí, yo soy... era Rielus." - se autocorrigió el fantasma inmediatamente demostrando un hondo pesar en todas y cada una de sus palabras - "Leal Cuchilla del Emperador Tiber Septim. No recuerdo cuánto tiempo llevo muerto... parece que haya sido una Eternidad."
Pese a la mirada sumamente acerada que el jefe le estaba dando en aquellos instantes desde una esquina por estar hablando con un espíritu, Tempest siguió a lo suyo.
- ¿Qué te pasó?
El fantasma suspiró.
- "El Emperador Tiber Septim nos envió a mis tres compañeros y a mí a descubrir qué mal había profanado las sagradas catacumbas de Sancre Tor." - explicó casi en un susurro - "Ignorábamos que el Virrey, Zurin Arctus, se había alzado para vengarse de su antiguo Señor. Nos derrotó y, con un hechizo maligno, nos condenó a vigilar para siempre la Ermita profanada de Tiber Septim."
Tempest sintió en aquel instante una terrible lástima por tan aciago destino. Aquellos hombres habían dado la vida por su Emperador y nadie se había molestado hasta la fecha en saber siquiera qué les había sucedido. Su Gran Maestro de por aquel entonces había cerrado las ruinas a cal y canto y se había quedado tan ancho, sin preocuparse de buscar siquiera los cadáveres para darles digna sepultura.
Que no te sorprenda en lo más mínimo. Eso es lo que precisamente haría Jauffre si acabases muerta aquí: cerrar el lugar de nuevo y dejar que los gusanos se ceben bien contigo. - pensó la muchacha amargamente.
De pronto, un súbito escalofrío le recorrió la espina dorsal de arriba abajo al percatarse...
- Dime, Rielus... ¿el Virrey... sigue aquí? - inquirió con un hilillo de voz que denotaba su mucho miedo a acabar convertida en uno de aquellos temibles seres no-muertos.
El fantasma negó con la cabeza.
- "No... se fue hace mucho tiempo." - replicó serenamente - "Pero su mal permanece e impide que se venere la Ermita de Tiber Septim." - expuso muy seriamente - "A lo largo de los incontables años de esclavitud en este lugar, mis camaradas y yo hemos analizado nuestra derrota y creemos poder deshacer la magia negra del Virrey." - afirmó levantando la vista de sus vacíos ojos espectrales para fijarla en los azul eléctrico de la muchacha - "Ahora me marcho para cumplir mi deber hacia mi Señor Tiber Septim. Liberad a mis Hermanos y, juntos, quizá podamos levantar la maldición del Virrey. Id en paz."
Y la joven Hija de la Tempestad no tuvo siquiera la oportunidad de expresarle sus condolencias cuando, inmediatamente, el espíritu se disolvió en el aire cual jirón de niebla, tal y como ya había visto en el sepulcro de la condesa Indarys que se desvanecían las almas de los muertos.
Cabizbaja y extrañamente afligida, Tempest solo levantó la cabeza en cuanto sintió el brazo de su amiga bretona rodearle los hombros y darle un suave apretón.
- De modo que ésa espada es de los Cuchillas... - musitó Antonietta con la mejilla empapada en carmesí señalando el arma de la pequeña imperial con la cabeza – Siempre supe que había algo noble en ti, Tempy.
La muchacha alzó la vista y sus ojos se encontraron con la sonrisa de la mujer rubia.
Una sonrisa sincera.
Lucien Lachance, por su parte, decidió ignorar aquello y, tras extraer su preciada espada del muro haciendo palanca con el pie, se marchó sin abrir la boca caminando por donde había llegado antes el no-muerto, seguro de encontrar lo que buscaban en aquella dirección. Sus dos subordinadas no tardaron mucho en unírsele.
El Hombre Oscuro se hallaba sumamente intranquilo por lo que acababa de presenciar, añadiendo a los espíritus de aparecidos a su muy extensa lista de cosas que le disgustaban.
Llevaba una temporada oyendo voces de tanto en tanto. Voces que sabía positivamente que no deberían de existir, voces dentro de su cabeza.
Y no, no tenía nada que ver con su conexión con la Madre Noche dado su presente estatus de Oyente. La Madre Noche era un caso aparte y Lucien tenía muy claro que eso de oír la Voz del Espectro dentro de su cabeza era, dentro de lo que cabe, bastante "normal".
Lo que ya no era tan normal era la cantidad de voces que parecían a veces gritarle a apenas un par de centímetros del oído, siseando... susurrando... implorando... amenazando...
En un momento dado lo había relacionado con mero estrés pero, tras aquel evento sobrenatural en el Santuario de Cheydinhal donde NO volvería a pasar la noche ni aunque le pagaran por ello, había comenzado a creer en fantasmas.
Y ahora acababa de ver uno. Y, para más inri, su Silenciadora había hablado con el susodicho.
Así que una de dos: o los tres acababan de tener una alucinación de las gordas al mismo tiempo o, en verdad, los fantasmas como tal existían.
El pensamiento le perturbaba bastante, y el hecho de que la chica hablase con aparecidos tan tranquilamente le revolvía el estómago. Quería recuperar la dichosa coraza y salir de allí lo antes posible. Su mente no lo soportaría mucho más tiempo.
- Toni, ése corte... trae que te cure. – oía que decía la más pequeña de ambas jóvenes en voz baja.
- Deja, Tempy, ya me lo curo yo, ¿ves?
- ¡Hala!, qué flipe... no te ha quedado marca ni nada.
- No por nada soy bretona, mon amie. – rió Antonietta, dando especial énfasis a las palabras de su lengua nativa. Excepto en Cyrodiil, la Capital, la mayor parte de la población del Imperio y de otras naciones eran bilingües. Y ella no era la excepción – Dicen que tenemos un talento natural para la magia.
- Lo del fuego ha sido un puntazo.
- Ah... eso lo aprendí mucho después de entrar en la Hermandad. No te haces una idea de lo que ayuda leer y ponerte en serio a emplear lo aprendido con una diana de prácticas.
Volvían a hacerlo, volvían a estar de cháchara como si no ocurriera nada, ¡como si ver a un maldito fantasma fuera una simple menudencia más del día a día!
Locas... las mujeres están locas...
Meneando la cabeza de lado a lado, tratando de contener su terriblemente volátil temperamento, Lucien Lachance fue zigzagueando por los cada vez más estrechos corredores de aquel inmenso complejo arquitectónico sin final hasta que una serie de gritos de batalla les frenaron en seco a él y a las dos jóvenes que venían detrás.
- ¡Por Sithis, juro que te arrancaré la cabeza de los hombros, mujer! - tronaba el vozarrón de Gogron gro-Bolmog en mitad del rabioso entrechocar de los aceros.
- ¡Ja!, ¡me gustaría verte intentándolo, mula de carga! - replicó otra voz, la de una mujer... una mujer que Tempest conocía demasiado bien - ¡Luchas igual que una vaca preñada!
Aquel insulto. El insulto por excelencia. Tempest lo había aprendido gracias a la compañía de...
- ¡Mazoga! - exclamó la chica echando a correr en la dirección de tan enardecida batalla, zigzagueando para que el jefe no la atrapara al vuelo y le impidiera hacer la tontería que se le estaba pasando por la cabeza: detener el combate.
Y cuando llegó, no pudo encontrar un espectáculo más formidable: midiendo sus aceros, a cada cual más pesado, cruzaban brutales golpes y embestidas Mazoga la Orca, Caballero de Leyawiin, y Gogron gro-Bolmog, sicario a sueldo de la Hermandad Oscura.
Y ahí no acababa el show, pues a unos metros de distancia de tan singulares contendientes se desarrollaba otra extraña batalla: Vicente Valtieri, armado con su viejo mandoble, asestaba una estocada tras otra contra el acero de otro orsimer, extraordinariamente pálido para su condición, de ojos fieros y colmillos exageradamente puntiagudos, quien iba repeliendo con rotundo éxito los rapidísimos ataques del vampiro sin apenas pestañear.
- ¡PARAD LA PUTA PELEA AHORA! - chilló la chiquilla imperial con voz estentórea - ¡MAZOGA, GOGRON!
Y antes de que pudiera lanzarse en picado en mitad de dos aceros que, con toda seguridad, la hubieran loncheado en un abrir y cerrar de ojos, se encontró con el brazo de Lucien Lachance agarrándola de mala manera para evitar que se le escurriera y la chica terminara haciéndose daño de por medio en aquella pelea entre malas bestias. Para hacerle daño ya estaba él, que más tarde le dispensaría un buen pescozón por impulsiva y temeraria.
- ¡¿Qué demonios te crees que haces, mujer?! - ladró el Oyente, furioso.
- ¡Que se matan!, ¡se van a matar entre ellos! - jadeó la chica señalando con un dedo tembloroso la escena, completamente desaforada - ¡Diles que paren, jefe!, ¡DÍSELO!
El imperial alzó la vista de su rebelde presa de pelo verde y quedó un momento desconcertado, no teniendo muy claro el qué estaba pasando allí ni quiénes eran aquella gente, hasta que una súbita llamarada de fuego irrumpió de pleno en la pelea y separó definitivamente a los cuatro combatientes.
Antonietta Marie resoplaba desde detrás de ambos imperiales.
- ¡Quietos todos o monto una barbacoa de Sithis y muy Señor mío! - gritó la bretona - ¡Tirad las malditas armas, AHORA!
Se hizo un tenso momento de silencio y, tanto Mazoga como su pálido compañero orsimer, depusieron los aceros inmediatamente con un más que evidente gesto de hastío.
Una vez Lachance la soltó, Tempest fue corriendo en dirección a su amiga y la estrechó en un apretado abrazo.
- ¿Nirn? - inquirió la hercúlea mujer orco una vez se hubo repuesto de tal avalancha de acontecimientos y pudo mirar a su pequeña amiga a los ojos - ¿Qué narices haces tú aquí?
- Buscar una coraza del Año de la Pera. – soltó la chica de sopetón, sin pensarse dos veces en informar a Mazoga pertinentemente de la situación - ¿Tú?
- Buscar algo de valor con lo que llenarme los bolsillos. – admitió la mujer con una fugaz sonrisa colmilluda que fue rápidamente reemplazada por un ceño fruncido - ¿Conoces a estos tipos? - preguntó señalando con el pulgar, obviamente, al gigantesco orco y al vampiro.
La muchacha asintió una vez.
- Me acompañan para buscar la coraza ésa que te he dicho. – explicó y, una vez se dio la vuelta, comenzó a hacerles gestos tranquilizadores con los brazos a los demás – No pasa nada, es amiga, es amiga.
Vicente Valtieri mostró los dientes, sumamente contrariado, y dejó escapar un agudo silbido semejante al siseo de una serpiente, aún con el arma levantada y en guardia.
- ¿Conoces también a este individuo? - inquirió con voz chirriante, señalando con los albinos ojos al acompañante de Mazoga – Porque tiene de orco lo que este lugar de cálido y confortable.
Tempest le dio una mirada de duda a la orsimer y esta resopló con evidente diversión.
- Se llama Agronak gro-Malog. – dijo tranquilamente – Supongo que ése nombre te lo dirá todo, ¿verdad Nirn?
Tempest estudió cuidadosamente al supuesto "no-orco" y encontró que, si bien poseía todas las características físicas de los de su raza, había algo en él ligeramente... distinto. La estructura ósea de su cráneo era afilada, de huesos perfectamente bien delineados y no toscos como la mayoría de los orcos; su envergadura física, si bien alta, era asombrosamente compacta, como si todo él fuera de piedra y no hubiera un solo lugar en todo su cuerpo fácil de quebrar. Su piel era de un tono verde increíblemente pálido, como si fuera un albino, pero conservando lo negro de su cabello.
Pero sus ojos... sus ojos traicionaban toda certeza que se pudiera tener acerca de su linaje, pues estos eran completamente oscuros, desde el lagrimal hasta la misma pupila.
Los ojos de un ser sobrenatural.
- ¿Este es el Príncipe Gris de la Arena? - preguntó la muchacha, alucinada - ¿Y qué...?
- Somos compañeros de negocio. – atajó la mujer orco sin dejarla terminar – Dejó la Arena y eso... tuvo un problema personal.
Vicente resopló, no muy predispuesto a dejar que su anterior comentario se pasara por alto tan alegremente.
- ¿Un problema como que es un bastardo mestizo consecuencia de un cruce interracial entre un orco y un inmortal, quizás? - disparó venenosamente – NADIE tiene ésa clase de reflejos y rapidez en el campo de batalla.
- ¿Y tú cómo es que has llegado a ésa conclusión tan rápidamente, bretón? - le interpeló Mazoga sin cortarse un pelo – No te creas que no me he dado cuenta de que tienes los ojos rojos y los dientes muy largos. Eres un jodido chupasangres al cien por cien.
Y ya se iban a enzarzar en una pelea verbal que derivaría, como es natural, en otro enfrentamiento físico, cuando el lugar comenzó a llenarse de aquel familiar olor a podredumbre, aquel olor a muerte.
- Vamos, no me jodas... - comenzó Mazoga recogiendo su mandoble dwemer y poniéndose en guardia – Otro de ésos fiambres malolientes no, por favor...
Tempest desenvainó su katana y quedó espalda con espalda contra su amiga orsimer. Y pronto, el resto de los allí presentes, las imitaron en su proceder, formando una extraña piña de siete personas, a cada cual más dispar que la anterior.
De las sombras comenzaron a surgir más y más cadáveres reanimados, unos más descompuestos que otros, armados hasta los dientes y comandados por dos Cuchillas no-muertos a la cabeza.
- ¡¿Cuántos de ésos bichos hay, maldita sea?! - exclamó la mujer-Caballero - ¡Antes ya nos cargamos a uno y casi no lo contamos!
- Quedan esos dos que ves. – sentenció Lucien Lachance, tenso a más no poder en aquellos instantes – Nosotros hemos despachado a otro.
Mazoga le contempló brevemente y abrió los ojos, sorprendida.
- Oye, ¿tú no eres ése guardia de Leyawiin que estaba en el bosque con ella aquella vez? - inquirió apuntando con los ojos a la pequeña Tempest, quien se puso blanca del susto.
Lucien le dio una mirada fija.
- Me parece que te equivocas de persona. – mintió rápidamente.
- Sí, ya... - se mofó la orca – Lo que tú digas, pimpollo.
Pronto, el cerco de esqueletos y cadáveres se fue cerrando en torno al grupo, lento pero seguro.
Todos sostuvieron sus respectivas armas de frente y se colocaron en posición de ataque, decididos.
Y Tempest no se lo pensó dos veces ni le tembló el pulso antes de atacar, como una sola voz, junto al resto de sus compañeros.
Porque se sentía bien. Porque no estaba sola.
Porque, si hoy moría, lo haría con orgullo, sin miedo y arropada por sus amigos.
Sus camaradas de armas.
Nota de la autora: ¿cómo es que me dejo caer por estos lares en época de exámenes? Porque, sencillamente, necesitaba desconectar un poco mentalmente. Y la escritura ayuda mucho :)
Tenía las tres cuartas partes de este capítulo ya escritas, solo me quedaba hacer que los pedazos encajaran entre sí y darle un final al episodio. La verdad es que no sabía muy bien cómo terminarlo y ahí lo he dejado, en mitad del fragor de una batalla :D El siguiente lo tengo más o menos estructurado y ya van 11 hojas de Word, así que, con suerte, en un par de semanas lo veréis subido.
Tule91: sí, Sheogorath tiende a caer bien, aun a pesar de estar como una cabra a mí me resulta un tipo súper entrañable... incluso cuando te amenaza con estrangularte con tus intestinos y cosas de ésas jajajaja Para Shivering Isles quedarán unos 5 capítulos, más o menos, que aún hay que asentar unas determinadas bases del conflicto bélico. Pero leer leerás muchas cosas extrañas jejejejeje
Un saludo a todos y espero que, si tenéis exámenes, no os estreséis tanto como yo... ay... D:
