Taiora
Decimotercero
—¿Matt? —la pelirroja acababa de atender una llamada de su móvil. —¿La encontraste? Qué bueno —suspiró Sora, aliviada. —Te llamaré en cuanto llegue a casa, ¿está bien? Yo le diré a Tai, no te preocupes. Sí, adiós.
—¿Mimi está con él? —preguntó Tai.
—Sí —sonrió Sora.
Tai y ella compartieron una sonrisa de alivio, pero al cabo de segundos, ambos contrajeron sus rostros en gestos serios. Sora desvió la mirada, incómoda.
—Será mejor que me vaya… —musitó ella.
—¿N-no quieres ir a mi casa? —se apresuró a decir Tai. —Queda más cerca y puedes llamar a Matt desde allí. Yo también quiero saber cómo está Mimi.
—Es-está bien.
Se encaminaron a la casa de Tai y no tardaron casi en nada en llegar.
Se quitaron los impermeables en el recibidor y los colgaron en el perchero tras la puerta. Inevitablemente se rozaron en el reducido espacio. Sora se sonrojó y evitó mirarlo; Tai hizo como si nada hubiese pasado.
—Aquí tienes —le dijo él, dándole el teléfono. —Ya marqué a Matt —agregó.
La pelirroja asintió y se puso el aparato al oído.
—¿Tai? —preguntó la voz que salió por el auricular.
—No, soy Sora —dijo ella.
—Hola Sora.
—¿Cómo está Mimi?
—Está tomando una ducha.
—¿Te dijo qué pasó?
—No. No ha hablado desde que la encontré.
—¿Dónde la encontraste?
—En los columpios del parque.
—¿No viste a Len?
—No —respondió él, y Sora pudo notar el resentimiento en su voz. —Estaba sola.
—Iré a tu casa.
—No creo que sea buena idea.
—¿Por qué no? —exigió ella, frunciendo el ceño.
—Porque está lloviendo a cántaros y dudo mucho que al venir hagas algún bien.
Sora abrió la boca en una mueca de tal indignación, que Taichi dejó de hacer lo que sea que estaba haciendo en la cocina para dedicarle a la pelirroja una mirada alarmada.
—¡¿Cómo te atreves? —exclamó Sora encolerizada.
—Sólo digo que…
—¡Es mi mejor amiga! —dijo ella.
—Ella no quiere hablar, Sora —dijo él en un tono que trataba de hacerla entrar en razón.
—Ella me hablará, ¡soy su mejor amiga!
—No quiero que la fuerces.
—¿Quién te crees para decirme eso? —cuestionó ella de mal talante.
Matt se tardó unos minutos en contestar.
—Nadie —dijo. —Yo sólo… quiero que ella esté bien —y fue su tono de voz lo que hizo que el semblante de Sora se suavizara.
—Matt…
—Y si quiere hablar… quiero estar con ella.
—Bien —suspiró Sora, rendida. —Pero me debes una explicación —le advirtió ella con tono de reproche.
El rubio también suspiro.
—¿De verdad tengo que explicarlo? —preguntó él.
—No —sonrió ella, y entonces Taichi, quien le había estado observando un tanto alarmado desde que subió el tono de voz, relajó los hombros y siguió con lo suyo en la cocina. —Pero aún así me debes una larga conversación.
—De acuerdo —dijo Matt con resignación. —Te invitaré un café.
—Me parece bien. Dale mis saludos a mi Mimi —Tai le hizo gestos y ella agregó: —Y de Tai también.
—¿Ya no están peleados? —preguntó Matt.
—No… no lo sé.
—Entiendo. Suerte.
—Tú también. Adiós.
—Adiós —y la llamada se cortó.
—¿Por qué discutían?
—Por nada en especial —suspiró ella. —A Matt le gusta Mimi.
—¿Te lo dijo? —preguntó el moreno. —Me alegro, esto de ser el único conocedor del secreto me ponía nervioso, no soy bueno ocultando cosas.
—¿O sea que a Matt sí le gusta Mimi?
—No acabas de decir… —comenzó a decir el moreno, confundido.
—Fue lo que Matt me dio a entender, sólo necesitaba que él me lo confirmara. ¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde hace mucho, pero él me lo confirmó en Hawái.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —preguntó ella.
—Pues… no era un secreto mío, era un secreto de Matt. Me pidió que no se lo dijera a nadie.
—Entiendo —murmuró ella.
—Sora… —dijo Tai, acercándose a ella. —No te sientas mal, pero es que Matt me dijo que…
—Entiendo —sonrió ella.
Y él moreno le sonrió de vuelta.
Pero de pronto se dieron cuenta de que entre ellos había asperezas que aún no se suavizaban, y la situación se volvió incómoda.
—Dime Tai —comenzó a decir ella. —¿Estamos… bien? —preguntó, mirándolo.
El castaño la miró le sonrió, melancólico, negando con la cabeza.
—Pero… eres mi mejor amigo —dijo ella. Y esa era una verdad irrefutable, una verdad que a Tai le pesaba. —No quiero que eso cambie —agregó ella en un murmullo.
Y él sabía a qué se refería, él tampoco quería perderla como mejor amiga, aun cuando desease algo más.
—Siempre seremos amigos —dijo él, abrazándola. Sora hundió la cabeza en su pecho y dejó que las lágrimas brotaran. —Lo lamento. Yo sólo… estaba confundido.
—Estúpido Tai —dijo ella con voz temblorosa, removiéndose entre sus brazos.
El moreno sonrió mientras la estrechaba más contra sí.
—Lo sé —dijo. —Te acompañaré hasta tu casa, ¿sí?
—No —dijo ella. —Me quedaré aquí hasta que deje de llover.
—No dejará de llover hasta mañana.
—Lo sé —murmuró ella.
Tai sonrió.
—Yo dormiré en el sofá —dijo. —Lo más probable es que mis padres y Hikari no lleguen hasta mañana, así que dormirás en el cuarto de Kari.
—Está bien —ella se separó un poco de él y le sonrió. —¿Preparo algo para cenar?
—Por favor —sonrió él guiñándole un ojo. La pelirroja fue hasta la cocina y é le siguió. —¿Quieres que te ayude? —ofreció él.
—Puedes comenzar a poner la mesa, ¿te apetece un poco de Yakisoba?
Los ojos de Taichi brillaron a la mención del platillo.
—Sora… —comenzó a decir con una sonrisa que vacilaba entre muecas de pura emoción.
La pelirroja rió mientras sacaba los tallarines de la despensa.
(…)
—Ya está listo —anunció ella.
—Huele delicioso —comentó el moreno, viendo con entusiasmo la generosa porción que Sora le servía.
—Espero que te gusten.
—Todo lo que tú preparas me gusta —dijo él. —Buen provecho —agregó, contento, dando el primer bocado. —Mmm —gimió. —Está delicioso —dijo después de tragar.
Ella, complacida, se dedicó a comerse su ración, y comieron en silencio, pero ya no era ese silencio incómodo tan usual en las últimas semanas, y Sora agradeció mentalmente por eso.
—Gracias por la comida —dijo Tai cuando terminó su tercera ración. —Ya extrañaba comer algo hecho por ti.
Sora le sonrió, divertida.
—¿Creíste que no volvería a cocinarte?
—Algo así —dijo él, frunciendo levemente el ceño. —Bien, lavaré los platos —se puso de pie.
—Te ayudaré.
—No Sora —dijo con gesto serio. —Tú ya preparaste la comida. Me toca mi lavar los platos.
—Está bien, pero… ¿Qué hago?
—Puedes encender el televisor si quieres —le dijo el moreno mientras recogía los platos.
La pelirroja fue hasta el sofá y tomó el control de la televisión. Apenas llevaba unos cinco minutos viendo un video musical cuando las luces de la casa amenazaron con apagarse, al igual que la T.V.
—Hay bajo voltaje —comentó Tai desde la cocina.
—Seguramente la electricidad se irá en cualquier momento.
—Es culpa de la lluvia. Deberíamos buscar una linterna y algunas velas.
—Yo lo haré —Sora sabía perfectamente donde se guardaban esas cosas, en el armario café de la cocina.
Tai terminaba de guardar los platos y Sora sacaba una linterna y un par de velas cuando la luz amenazó otra vez con irse. Ella buscaba una caja de fósforos para emergencias cuando el teléfono sonó y Tai atendió.
—Era mi madre. Se quedaran en la casa de mis tíos debido a la lluvia. Kari está en casa de Yolei así que no hay nada de qué preocuparse.
—Me alegro por mí, significa que dormiré en una cama —dijo ella, sonriente.
—Claro, te prestaré algo para dormir —dijo él.
—Que sea la franela roja —pidió ella.
—Es tu favorita —sonrió él, perdiéndose en el cuarto de su hermana, donde guardaba sus cosas.
Sora dejó la cocina con el fin de sentarse en el sofá, pero la luz se apagó de repente, y quedó completamente a oscuras.
—¿Dónde quedó la linterna? —murmuró ella para sí, tanteando en la oscuridad.
—¡Sora! —llamó Tai desde su habitación. —¿Puedes traer la linterna? No puedo ver nada.
—¡Enseguida! —contestó ella. —¿Dónde está? —siguió tanteando en la oscuridad. —¡Auch! —se quejó al dar un paso y golpearse con la punta de algún mueble.
—¿Estás bien? —preguntó la voz de su amigo.
Se tardó en contestar. Los ojos se le llenaron de lágrimas y la rodilla le escocía.
—¡Sí! —respondió al cabo de segundos. —Estúpido mueble —musitó. —Dónde estás linterna… —agregó con desesperación, tanteando con una mano mientras que con la otro se frotaba su muy adolorida rodilla.
—Sora —la voz de Tai se oyó más cercana, y ella supuso que había salido de la habitación de su hermana. —¿Qué tanto haces?
—No encuentro la linterna —él se rió. —¡No te rías! Por culpa de esa linterna me he golpeado la rodilla y me duele muchísimo.
—Pobrecilla —dijo él sin perder el tono risueño. —Déjame ayudarte.
—¿Puedes llegar aquí? —cuestionó ella.
—¿Dudas de mi habilidad para moverme en la oscuridad? Viví prácticamente toda mi vida aquí, así que no te preocupes. ¡Auch!
—Lo que digas, Tai —rió la pelirroja. El moreno le respondió con un quejido. —¿Te hiciste daño?
—Sora… —dijo él con voz rasposa. —Duele…
—¿Dónde te golpeaste?, ¿estás bien? —pero él no le respondió. —¿Tai? —el moreno seguía sin responder y Sora comenzaba a preocuparse. —¡Tai! —exclamó, dispuesta a ir a donde le parecía que provino la voz de su amigo, pero un par de brazos la rodearon y le impidieron moverse.
El corazón de ella dio un vuelco por el susto.
—¡Tai! —exclamó ella, enojada. El moreno comenzó a reírse como loco. —¡No te rías! —le exigió ella.
—Lo siento —dijo él, y trató de acallar su risa en el hombro de Sora, pero no podía dejar de reír.
—¡Basta! No es gracioso.
—Te pasa por dudar de mi habilidad.
—¡Hiciste que me preocupara por ti! —le espetó ella.
—Adoro cuando te preocupas por mí —dijo él con sinceridad, sorbiendo el aroma de la piel de su cuello.
Sora se estremeció, y cerró los ojos. Los brazos de Tai la estrecharon y la apegaron más a su cuerpo.
—Tai —dijo ella en lo que sonó más a un gemido.
—Sora… —suspiró él, acariciando con sus labios.
Ella sintió los labios de su amigo deslizarse con suavidad, provocándole escalofríos.
Quería detenerlo, pero no tenía fuerza de voluntad. ¿Cómo era posible que siempre terminaran en una situación así?
—Tai —murmuró ella, bajito.
El moreno suspiró y se alejó de ella.
—Yo… —comenzó a decir él, con un dejo de arrepentimiento tiñendo su voz. —Eeeh… ¿dónde dejaste la linterna?
—Eeeh… la… la dejé p-por aquí —balbuceó ella, y agradeció que estuviera oscuro para que él no viese su rostro, que seguramente estaba todo rojo. Ella tanteó sobre una superficie que no reconoció y su mano dio al fin con la linterna. —La tengo —exclamó, encendiéndola, apuntando directamente a los ojos de Tai. —Lo siento —se apresuró a dirigir el rayo de luz hacia otra dirección.
—Descuida —sonrió el moreno, restregándose los ojos. —Vamos por tu pijama.
Al entrar a la habitación, Sora levantó la linterna para que así iluminara gran parte de la habitación.
—Ten —el moreno le pasó la franela roja. —Estaré afuera mientras te cambias —dijo él, y se apresuró a salir de la habitación.
Sora suspiró, y se quitó la ropa, doblándola y dejándola sobre el bolso de Tai, que descansaba en la silla del escritorio de Kari. Se puso la franela, que le quedaba algo, grande y era lo suficientemente larga como para cubrir las partes indispensables.
Salió de la habitación con la linterna en mano, y moviéndola, buscó a Tai, que se había echado sobre el sofá.
—¿No vas a ponerte pijama? —le preguntó ella.
El moreno se incorporó y miró en su dirección.
—¿Podrías hacer el favor de no apuntar eso a mi cara?
—Lo siento. Mejor encenderé velas —la pelirroja fue a la cocina y regresó a la sala con unas cuantas velas que colocó estratégicamente para que iluminara todo el lugar. —¿No vas a cambiarte?
El moreno le miraba fijamente y cuando ella le habló y le miró, él desvió la mirada, y ella podría jurar que se había sonrojado, pero era difícil de determinar debido a la tenue luz amarilla.
—Sí —dijo él. —Ya regreso —se levantó, pasó junto ella evitando mirarla y cerró la puerta de la habitación de Kari.
—Humm, Tai, ¿quieres la linterna? —exclamó ella.
—Sí, por favor —dijo él, abriendo la puerta.
Ella rió y le tendió la linterna.
—Gracias —sonrió él, y volvió a encerrarse en el cuarto de su hermana.
Sora se sentó en el sofá y se dedicó a mirar el techo mientras esperaba.
—Ya estoy listo —dijo Tai, saliendo de la habitación, envuelto con una manta.
—¿No usas almohada?
—La verdad no —dijo él, parándose frente a ella. —Siempre aparece en el suelo cuando despierto.
Ella rió.
—Quítate la manta —le dijo.
—No —se apresuró a decir él, aferrándose más a la manta.
—¿Por qué no? Si duermes así te ahogarás.
—Me gusta dormir así, es cómodo.
—¡Claro que no! Te destapas a mitad de la noche, lo sé.
—Sí, bueno… Me gusta quedarme dormido así…
—Ya quítatela —ella tiró de la manta, y aunque é se resistió, logró tirar de ella y desenvolverlo. —Ah… eehm… ¿Duermes así? —le preguntó.
El pijama de Tai consistía en unos pantaloncillos oscuros, nada más.
—Pues sí —dijo él. —Me da calor dormir con algo puesto.
—O sea que… si yo no estuviera aquí, ¿dormirías desnudo?
—No en la casa de mi padres —dijo él.
—Pero en tu departamento…
—Sí. Pero a Matt no le hace mucha gracia —rió.
—Me imagino —dijo ella. —Quiero decir… no es que te imagine a ti desnudo. Imagino la cara de Matt cuando te ve desnudo.
Sora sintió un desagradable calor subirle a la cara. ¿Podría decir algo más tonto que eso?
—Me iré a dormir —dijo ella, poniéndose de pie de un salto. —Buenas noches.
—Buenas noches —le sonrió. —Si necesitas algo, estaré aquí.
Ella le sonrió. Se disponía a marcharse cuando su pie se enredó en algo.
—¡Ah! —exclamó ella.
—Cuidado —dijo él, agarrándola justo a tiempo.
—Estúpida manta —masculló ella con enfado.
—Estás bien, ¿cierto?
—Lo estoy.
—Que bueno.
Sora le miró. Estaban tan cerca. Sin el menor aviso ella le abrazó, y él, aunque sorprendido, le correspondió el abrazo.
—Me alegro que todo se haya arreglado —dijo ella, hablando en su oído.
—Sí —suspiró él. —Es bueno tenerte de vuelta.
Fue algo inevitable.
—Eres mi mejor amigo —susurró ella.
—Sí —dijo él, aturdido por el aroma que emanaba de ella.
Él movió su rostro, muy lentamente, casi imperceptiblemente hasta que sus labios rozaron apenas los de ella.
—Eres mi mejor amigo —repitió ella, más para convencerse a sí misma.
—Y tú eres mi mejor amiga —dijo él, con la voz algo ronca. —Pero resulta que… tú me gustas mucho —a Sora el corazón le latió desbocado. —Y sé que te gusto… que te gusta como beso y como te abrazo… Y cuando dos personas se gustan… yo creo que es bueno que disfruten de eso… —Tai le hablaba rozando su boca, y su aliento cálido y masculino chocaba con el suyo. —Y si son dos mejores amigos es mejor aún porque… hay confianza… y porque seguiremos siendo mejores amigos aún cuando nos besemos de vez en cuando… Ya sabes… —le mordió ligeramente el labio inferior, y Sora se estremeció toda, —un beso de amigos.
Y ella eliminó esa desesperante distancia y atrapó su boca en un beso. Sus manos acariciaron la castaña cabellera mientras él la estrechaba de la cintura. Sus labios se acariciaron, sus lenguas se tocaron y bailaron al suave compás de los gemidos quedos que escapan de ambos.
Sora se rindió ante las palabras de él. Tai tenía razón. Ningún sentido tenía negar que le gustaba como él le abrazaba y besaba. Ella se dio cuenta de que estaba perdida cuando Tai le susurró que se quedara con ella en el sofá y le respondió que se quedaría; cuando el moreno se alejó con cierta dificultad para apagar con un soplido las llamas de las velas, dejando la habitación a oscuras; cuando lo sintiendo recostarse a su lado, apegarse a ella, y rodearla con sus brazos mientras repartía besos por su cuello, murmurando:
—Que tengas dulces sueños —para finalmente besarle la frente y disponerse a dormir.
Sora creyó que no le sería posible dormir. Su corazón iba tan fuerte, que su palpitar se le antojaba estruendoso y molesto. Tardó horas en calmarse y regularizar su respiración y su pulso. Sólo entonces pudo acurrucarse y disfrutar de la calidez de ese cuerpo apegado al suyo que la rodeaba en un gesto tan protector que hasta la conmovía.
N/A: No sé ustedes, pero yo amé este capítulo. Un Taichi todo sexy, semidesnudo, hablándome contra los labios... *Nosebleed* *¬* xDDDDD. Quién fuera Sora? xD
A pesar de que este capi me dio problemas, adoré escribir la parte final, está perfect My God! xD.
Esto es para mi adorado patroclo que está desaparecido, sé que te gustaría esto honey u_U.
Y para Nora y Len, que aman tanto a esta pareja =D.
Gracias por leer
Lyls
