Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son de autoría de la fabulosa Stephenie Meyer quien nos regalo un excelente mundo de fantasía. Yo solo me acredito esta historia. Se prohíbe la reproducción parcial o total de la misma.
ADVERTENCIA: El capítulo que están ustedes por leer contiene algo suspenso y violencia. Se recomienda la supervisión de un adulto. ¡Bah! ¡Qué adultos ni nada…! Espero disfruten el capítulo pero sin duda están advertidas.
Capítulo 32: Sonidos de violencia.
Canción recomendada para el capítulo: Safe and Sound – Taylor Swift Feat. The Civil Wars
"¿Qué es la muerte? Si todavía no sabemos lo que es la vida, ¿Cómo puede inquietarnos el conocer la esencia de la muerte?"
Confucio
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Desde que Isabella Swan era una pequeña niña y de la mano de su padre aprendió a contar, siempre le gustó el número tres. Decía que era su número favorito porque siempre estaba asociado a los mejores momentos de su vida. A los tres años conoció a su mejor amigo y amor de toda la vida, Edward Cullen. Tres era el número del pincel con el más le gustaba pintar sus cuadros de mil colores al igual que tres eran patas del caballete donde apoyaba sus óleos. Tres eran las señas que ella necesitaba para decir "Yo te amo", y tres… tres sería el número que cambiaría su vida.
Y es que cuando la joven Bella se despertó la mañana del 11 de diciembre de ese año, jamás creyó que su número favorito se convertiría también en su maldición. Tres violentos sonidos, provocados por tres disparos de tres armas diferentes, fueron todo lo que ella necesitó para saber que su entrada al mundo de los sonidos, era también su entrada al infierno.
El primero de ellos, lo escuchó a su lado, cuando de manera súbita el fuerte y decidido brazo de Emmett la tomó por sorpresa, empujándola hacia un lado intentando en vano protegerla de un hombre que la apuntaba con un arma. El primer sonido, proveniente del arma de Laurent, se escuchó fuerte en su tímpano. Escasos fueron los segundos que le tomaron a Isabella percatarse que el sonido que escuchó era el de un disparo, uno que hirió a Emmett en su hombro izquierdo.
Aterrada por lo ocurrido, la joven no tuvo otra reacción que gritar a viva voz cuando vio a su amigo desplomado en el suelo, con su camiseta bañada en sangre y con una mirada de disculpa por algo que intentó evitar y que el maldito destino se empeñó en hacer realidad. ¿Qué demonios estaba pasando? Se preguntó ella en ese momento. Una fría arma en su frente le susurró la respuesta: Vas a morir.
– ¡Cállate y entra al auto, ahora! – fueron las palabras que Isabella alcanzó a leer de los labios del hombre del revólver y que eran dirigidas a su amigo Jacob. Casi de inmediato el hombre empujó a Jacob al interior del auto y con violencia ella fue obligada a hacer lo mismo. Antes que el hombre entrara al auto con ellos, con sus ojos llenos de lágrimas Isabella vio por el cristal de la ventana a un Emmett que gritaba desesperado en el suelo al parecer pidiendo ayuda. Quiso gritar y pedir ayuda también, pero se sintió tan impotente al igual que la vez que gritó y pidió ayuda cuando la vida de su bebé se le escapaba de sus manos. No le quedó más que romper en llanto y rogar en silencio que la vida de su amigo no tenga el mismo fin que él de su bebé. ¡No, por favor, él no…!
El auto se empezó a alejar con rapidez y se perdió entre unos estrechos callejones de la parte central de la ciudad dejando atrás gritos de sorpresa y horror que desesperados pedían entre sí que alguien llame a una ambulancia. Ajena a todo este problema se encontraba Rachel, quien se había retrasado un poco en su salón de clases mientras recogía sus óleos. Con sus manos llenas de sus materiales de trabajo, salió de su facultad deseando que por primera vez el cabezota de su hermano Jacob estuviese allí con Isabella para que la ayudara. ¡Ella te hará daño, Jacob! Le había advertido Rachel el día anterior, y jamás en su vida había estado tan en lo cierto como ese día, cuando al escuchar que un hombre había sido herido por un disparo unos minutos atrás, supo de inmediato que la advertencia había llegado muy tarde para Jacob.
Con rapidez ella quiso acercase hasta la multitud reunida a la entrada para ver de quién se trataba pero sus pies se sentía de plomo y su espíritu se sentía tan pesado que no la dejaban avanzar. En cuanto logró acercarse lo suficiente, sus óleos, sus pinceles, sus pinturas y su alma y vida entera terminaron en el suelo al reconocer al novio de Rosalie como el hombre herido en el suelo. De inmediato el aire escapó de sus pulmones y comenzó a buscar por todos lados en busca de su hermano y de Isabella, pero entre las mil caras extrañas no encontró una conocida.
– Jacob, Jacob…– lo llamó ella en un susurro –. Jacob, ¿dónde estás? – preguntó a las personas a su alrededor –. ¡Jacob, Jacob! – gritó esta vez con fuerza provocando así que más de una persona volteara a verla.
– ¿Él, se llama Jacob? – preguntó una jovencita rubia que estaba al teléfono al parecer contactándose con los servicios de emergencia mientras de rodillas intentaba tomarle los signos vitales al herido. Por un segundo no reconoció a la joven de cabellos rubios ya que durante sus tres años juntas en clase jamás le había escuchado su voz o notado su presencia siquiera, y ahora ver la tenacidad y seguridad con la que la joven Ellen Cohen se movía no le parecía estar viendo a la misma chica que Vaughn había catalogado como "La miedosa del pincel" hace dos años atrás.
– Abran paso a Rachel – se escuchó decir a un voz cerca de ella. La multitud le hizo espacio a Rachel, quien de inmediato se acercó a la muchacha y negó con fuerza.
– Se llama Emmett – dijo ella con voz quebrantada al recordar el nombre con el que Isabella se refería al novio de su cuñada Rosalie. Al escuchar su nombre un débil Emmett miró a Rachel y negó con tristeza a la vez que su rostro se desfiguraba del dolor a causa del leve movimiento de su cabeza.
– Yo… yo qui…se…pero no pude… lo sien…siento – masculló él con lágrimas en los ojos. Reconocía a la joven frente a él. En varias ocasiones la vio salir del antiguo departamento de Bella y Edward y sabía, por su extremo parecido con el muchacho que estaba con Isabella, que era ella Rachel Black la hermana de Jacob.
– Emmett – le habló mientras caía de rodillas junto a Emmett y tomaba su mano –. ¿Dónde está mi hermano? ¿Dónde está Isabella? – dijo ella sollozante. Emmett tomó aire para hablar pero se sentía tan débil que apenas logró reunir fuerzas para decir unas cuantas palabras.
– Llama Rosalie… él llevó a Jacob y Be…Bella… corren peligro…asesi…asesino, él es asesino – susurró con debilitada voz Emmett antes de desmayarse a causa del dolor provocado por la bala en su hombro.
– ¡Emmett! ¡Emmett! – volvió a gritar ella pero él no respondió. En ese momento Rachel rompió en llanto y gritos desesperados cuando el peso de las palabras de Emmett le cayó encima. Jacob y Bella corren peligro. Su hermanito, el bebé que ella crió y cuidó desde la partida de su madre no podía estar en peligro. Él no debía estarlo, no merecía estar… ¡No por favor, él no…!
– Tengo que presionar con un torniquete para detener la hemorragia. ¿Alguien tiene una corbata por aquí? – preguntó Ellen a la multitud –. ¡Por favor alguien que me dé una bufanda, un mandil o lo que sea ¡Carajo! ¡Alguien ayúdeme! – gritó esta vez con su voz llena de rabia y desesperación. Alguien de la multitud le entregó una bufanda gris que llegó a sus manos y ella rápidamente la tomó e hizo un improvisado torniquete para detener la hemorragia –. ¡Listo! Tengo que aflojarlo cada intervalo de tiempo y no moverlo ¿Así era? ¿En cuánto estará la ambulancia? ¿Familiares? No lo sé – dijo ella al teléfono mientras veía a Rachel seguir con sus ataque de llanto y desesperación –. Rachel, me están preguntando por la familia de Emmett. ¿La conoces? ¿Sabes a quién se le puede avisar? ¿Rachel? ¡Rachel! – gritó Ellen al ver que Rachel no reaccionaba ante sus preguntas. Tuvo que acercarse hasta ella y remecerla con una mano para ver si así lograba traerla de regreso. Cuando la mirada de Rachel volvió a enfocarse en Ellen, ella asintió.
– Conozco a su novia – sollozó ella mientras se agachaba hasta el cuerpo desmayado de Emmett y tomaba de su pantalón su celular. Buscó rápidamente entre sus contactos y llamó a Rosalie. Una, dos, tres veces timbró el teléfono. En el cuarto intento, la dulce y enamorada voz de Rosalie se escuchó del otro lado.
– ¡Hola amor! ¿Estás ya donde Isabella? ¿Todo bien por allá? – preguntó ella muy despacito. En ese momento se encontraba en la biblioteca haciendo una investigación sobre su próxima tesis y no podía hacer otra cosa que apenas susurrar al teléfono.
– Rosalie, es Rachel. Emmett está muy mal herido y la ambulancia viene para acá. Alguien se llevó a mi hermano y a Isabella. No sé qué hacer Rosalie… ¿Dónde está Jacob? ¿Quién se lo llevó? ¿Qué quieren con él? – dijo Rachel entre desesperados sollozos. Un largo silencio se hizo del otro lado del teléfono por varios segundos –. ¿Rosalie? ¡Rosalie! – gritó Rachel al teléfono pero obtuvo respuesta. Cuando Rachel se disponía a cerrar la llamada al no obtener respuesta alguna, un chillido se escuchó del otro lado.
– ¡Emmett…! ¡Emmett! ¡Emmett mi amor, no! – fue el desgarrador grito de Rosalie al teléfono –. ¡Emmett, tú no! ¡Emmett! – volvió a gritar –. ¡Emmett, tú no carajo! ¡Tú no mi amor! – chilló por tercera vez a pesar de la protesta de la bibliotecaria que le había pedido silencio desde el primero grito – ¿Dónde está Emmett, Rachel? ¡Dime! ¡Dime que pasó!
– No sé qué pasó, Rosalie – confesó sollozante ella –. Yo solo salí de clases y lo encontré aquí al pie de la facultad. Tiene una herida en el hombro, al parecer alguien le disparó y se llevó a mi hermano y a Bella. ¿Tú sabes quién se los llevó? ¿Dónde están ellos ahora? – preguntó con hilo de voz Rachel.
– ¿Han llamado a la ambulancia? ¿Alguien le está dando primeros auxilios? – preguntó Rosalie ignorando las preguntas de Rachel mientras salía corriendo de la biblioteca de su facultad y se dirigía con prisa a su auto. Escuchó al otro lado del teléfono la potente sirena de los paramédicos por lo que supuso que debía apresurarse para alcanzarlos y saber a qué hospital llevarían a Emmett.
– ¡Rosalie, por favor, respóndeme! – pidió desesperada Rachel a Rosalie mientras veía la ambulancia estacionarse con premura –. ¡Tú sabes qué está ocurriendo y tienes que decírmelo! ¡Es mi hermano el que corre riesgo, maldita sea!
– No pierdas tu tiempo conmigo, Rachel – le pidió Rosalie mientras aceleraba el auto desesperada –. Llama a la policía si aún no lo han hecho, y diles que Isabella Swan y Jacob Black fueron secuestrados. Y que existe un sospechoso de esto – Rachel jadeó asustada a causa de la confesión de Rosalie pero en cuanto quiso preguntar el nombre del sospechoso era ya muy tarde, Rosalie había cerrado la llamada y se dirigía ahora a toda velocidad a la entrada de la Facultad de Arte, que para buena suerte estaba muy cerca de la Facultad de Comunicación.
Los paramédicos bajaron de la ambulancia casi enseguida que ella cerró la llamada. Inmovilizaron a Emmett con una tablilla para la espalda y con cuidado lo subieron a una camilla. Confirmaron sus signos vitales y le pusieron sobre su rostro una mascarilla para la respiración que tenía del otro lado un pequeño balón que expulsaba aire. Uno de los jóvenes paramédicos aflojó el improvisado torniquete que Ellen la había hecho y la felicitó por el excelente trabajo. Una lágrima corrió por la mejilla de la muchacha y de inmediato se retiró del lugar volviendo a mostrar su semblante tímido y taciturno.
– ¿Alguien de ustedes es familiar o conoce al joven? – preguntó el otro paramédico, un poco más viejo que el primero de ellos. Rachel se apresuró a responder mientras marcaba el número de emergencias nuevamente, esta vez para contactarse con el Departamento de Policía de Seattle.
– No, pero su novia está por llegar – respondió ella. De inmediato el chirrido de unas llantas se escuchó muy cerca de donde estaba la multitud congregada. Una joven rubia y hermosa que conducía un convertible rojo se bajó del auto con rapidez dejando el motor aún en marcha.
– ¡Emmett! ¡Emmett! – gritó ella en cuanto alcanzó a ver a su amor, con su camiseta llena de sangre y su rostro pálido y transformado a causa del dolor. Corrió hasta la camilla y tomando su mano se echó a llorar –. ¡Emmett! ¿Qué pasó mi amor? ¿Qué te hizo ese asesino? – preguntó ella entre gritos y sollozos.
– Señorita, debemos llevarnos al joven. Está perdiendo demasiada sangre y hay que llevarlo a cirugía ahora – le pidió el joven paramédico a Rosalie.
– ¿A dónde lo llevan? – preguntó ella mientras soltaba la pálida mano de su amor y secaba sus lágrimas.
– Al Seattle Memorial, está aproximadamente a siete cuadras de aquí – respondió el joven mientras empujaba la camilla de Emmett.
– Es el mismo hospital donde me llevó Emmett cuando tuve el accidente – susurró para sí –. Sé dónde queda, llegaré detrás de ustedes – el hombre asintió al tiempo que ingresaba la camilla en la parte de atrás de la ambulancia. Antes de que él cerrara la puerta, Rosalie dio un último vistazo a su gran amor y le susurró sollozante –. Emmett, aguanta por favor, no me puedes dejar sola. No ahora, por favor – dijo ella con tristeza mientras tocaba la puerta de la ambulancia y la veía alejarse rápidamente. Quiso caminar hasta su auto y seguir a la ambulancia pero una mano se lo impidió.
– Tengo en la línea a la policía, les dije que tenías una sospecha de quién pudo secuestrar a mi hermano y a Bella. Te van a pasar a la persona indicada, toma la llamada – dijo Rachel extendiéndole el teléfono de Emmett a ella. Rosalie asintió y tomándolo rápidamente caminó con él hasta el auto. Rachel la siguió de cerca.
– Hola, mi nombre es Rosalie Cullen, y creo saber quién está detrás del secuestro de Isabella Swan y Jacob Black – dijo ella con voz decidida al tiempo que subía a su auto.
– Srta. Cullen está usted hablando con el agente Malcom Fox de la Unidad Antisecuestro del Departamento de Policía de Seattle y por los siguientes minutos soy todo oídos de lo que tenga que decirme.
– El probable culpable del secuestro se llama James, su apellido no lo sé. Hace varios años asesinó a los padres de mi novio y hace unos cuantos días lo vimos rondar por el departamento de Isabella. Es un criminal muy astuto, se ha escabullido de la ley por muchos años y ahora está detrás de la fortuna de Isabella – soltó ella sin respirar siquiera. Del otro lado el agente Fox tomaba notas de la declaración de joven y una atenta Rachel miraba ahora a Rosalie desde el asiento del copiloto del BMW.
– ¿Cómo puede asegurar usted que el tal James es el asesino de los señores que usted mencionó? – preguntó el hombre con tono inquisitivo en su voz.
– ¡Porque los mató frente a Emmett, por todos los cielos! ¡Mi novio vio morir a sus padres frente a él y ahora el muy maldito le está quitando la vida a lo único que en esta condenada existencia tiene sentido para mí! ¡Ese asesino vino a cumplir lo que no pudo esa vez y ahora mucho más, ese hombre vino a matar a Emmett y a secuestrar a Isabella!
– ¡Y a mi hermano también! – gritó Rachel al escuchar que su hermano estaba siendo excluido de la ecuación.
– Tú hermano solo estuvo en el lugar y momento equivocado, Rachel! ¡Él no tiene nada que ver en esto! ¡No es a él a quién vinieron a buscar! – le gritó en respuesta Rosalie a Rachel. Ella le dio una mirada envenenada a Rosalie pero se quedó sin poder decir palabra alguna, debido la veracidad de su declaración. Era cierto, desde que Jacob conoció a Bella, al parecer él siempre estaba en el lugar y momento equivocado.
Puso entonces Rosalie su auto en marcha y notó que Rachel seguía sentada en el asiento de copiloto.
– ¡No pienso moverme de aquí! Tienes algo de información sobre lo que está pasando y no pretendo separarme de ustedes. Puede que mi hermano haya estado en el momento y lugar equivocado pero yo no haré lo mismo, tengo que estar aquí para él – gritó Rachel decidida. Rosalie asintió poco convencida, arrancó el auto y violando las leyes de tránsito, volvió a prestar atención a la llamada telefónica.
– Srta. Cullen y quien sea la persona con la que está discutiendo, necesito que se calmen por un minuto y al menos usted me preste atención. Su declaración es importante y necesaria para saber por dónde empezar. ¿Los secuestradores se han comunicado con ustedes? ¿Han dejado alguna nota de rescate? – preguntó el agente.
– No que yo sepa, al parecer solo los tomaron y se los llevaron. Supongo que Emmett se interpuso y por eso le dispararon. No sé mucho del secuestro porque no estuve aquí agente, lo que sí puedo asegurarle es que, ese hombre es quien está detrás de todo esto – respondió ella con firmeza mientras conducía a toda velocidad por las pocas cuadras que la separaban del hospital.
– Bueno Srta. Cullen, voy a proceder a redactar el parte policial y como primera acción tomaré declaración a los posibles testigos del lugar. Me contactaré con usted en aproximadamente tres horas que es el tiempo esperado para que los secuestradores se pongan en contacto con ustedes. ¿Quién podría ser la persona a quien ellos contacten para pedir rescate por la joven Swan? – inquirió el agente. En ese momento los ojos de Rosalie se abrieron desmesuradamente cuando a su mente vino la imagen de la única persona a quien podría James contactar en un momento así. Tuvo que frenar su auto a raya provocando que Rachel se aferrara asustada al salpicadero del convertible.
– ¡Edward! ¡Dios…! ¿Cómo le voy a decir esto? – susurró ella preocupada con su auto detenido en la mitad de la calle. Aquel suceso casi provoca un accidente masivo pero al tener cercana la luz roja todos los autos bajaron la velocidad considerablemente y evitaron así una tercera tragedia ese día. El agente Fox preguntó entonces quién era Edward para la joven y ella respondió de inmediato mientras ponía el auto en marcha nuevamente –. Es su novio y mi hermano a la vez. Si James ha averiguado lo suficiente sabrá que es a Edward a quién debe ubicar.
– Bueno, necesito entonces que me ayude con su número de teléfono y el de su hermano para llamarlo de inmediato y ponerle en aviso de la llamada que recibirá en…– Rosalie de inmediato detuvo al agente.
– ¡NO! – gritó asustada volviendo a frenar, esta vez estaba ya frente al hospital por lo que una aterrada Rachel se bajó de inmediato del auto –. ¡No lo puede llamar usted! ¡Déjeme a mí darle la noticia y tranquilizarlo! ¡Si lo hace usted probablemente Edward se vuelva loco!
– Está bien, señorita Cullen pero necesito que lo llame ahora mismo y le comunique lo que está pasando. Por experiencia debo decirle que en casos de secuestros cada minuto cuenta y perderlos es un lujo que no nos podemos permitir – dijo el agente con firme voz. Después que Rosalie le diera sus datos completos y los de Edward, ella cerró la llamada y bajó del auto con rumbo a la entrada de emergencia del hospital.
– ¿Qué te dijo la policía? – inquirió Rachel en cuando Rosalie puso un pie fuera del auto. Rosalie bufó levemente y negó mientras se ponía en marcha.
– Ellos saben tanto o menos que nosotras, Rachel. El agente que me atendió va a ir a la Facultad y va a tomar testimonio de lo que pasó, supongo que una patrulla estará en camino. Solo queda esperar noticias.
– ¿Y qué se supone que voy a hacer hasta mientras? ¿Sentarme y esperar que te llamen? – preguntó Rachel desesperada.
– ¿Y qué más quieres hacer, Rachel? – respondió molesta Rose mientras entraba a emergencias del hospital –. No sé si te has dado cuenta pero mi novio esta debatiéndose entre la vida y la muerte, mi cuñada está secuestrada y tengo que llamar a mi hermano para darle la noticia. Como puedes ver tengo demasiado que lidiar ahora como para ponerme a pensar que puedes hacer tú. Tu hermano está en la misma situación que Isabella y lo único que puedo hacer yo es esperar, por lo que te sugiero hagas lo mismo… ¡Y ya no me jodas! – dijo esta última palabra en un susurro para no perturbar a los visitantes en la sala de espera. Rachel asintió de mala gana ante las palabras de Rosalie y buscó un asiento en la pequeña sala mientras la rubia se acercaba a la estación de enfermeras.
– Busco información sobre un paciente que llegó hace un par de minutos. Emmett McCarthy se llama, es alto, cabello oscuro y piel…– su voz se interrumpió cuando el celular que aún tenía en sus manos sonó y mostró el nombre de la persona con la que le daba pavor lidiar ahora.
– Emmett. ¿Estás con Isabella? ¿Han llegado a casa? Hoy salí temprano, al parecer hubo un altercado en otra facultad y nos obligaron a evacuar. ¿Saben algo de eso? Si andan por acá puedo pasarlos recogiendo. ¿Cómo está mi Bella? – soltó Edward con impresionante rapidez. Rosalie negó y bajando la cabeza se retiró de la estación de enfermeras con dirección a la puerta –. ¿Emmett? ¿Estás allí? ¿Hola? – preguntó Edward, un leve tono de pánico se sintió en su voz.
– Edward, es Rosalie – susurró Rosalie con voz sollozante. Edward, quien en ese momento se acababa de sentar en el asiento del conductor de su Volvo se quedó paralizado con las llaves en su mano. El latido de su corazón se detuvo por un segundo cuando se percató de un certero hecho: Rosalie no lloraba nunca, a menos que algo anduviese realmente mal.
– Rosalie ¿Dónde está…Isabella? – preguntó balbuceando Edward. El sollozo de Rosalie se hizo más profundo y fue entonces que Edward temió lo peor –. Rosalie, mierda… ¡Háblame! ¿Dónde está Isabella? – preguntó esta vez con su voz temblorosa.
– Se la llevó, Edward. Emmett no pudo detenerlo porque le dispararon. Estaba con Jacob y se lo han llevado a él también. Se llevaron a Bella, Edward. Ese maldito se llevó a tu amor y el mío está en un maldito quirófano debatiéndose entre la vida y la muerte – chilló impotente Rosalie mientras caía de rodillas y sollozaba de manera incontrolable.
– ¡No puede ser! ¡Esto no puede estar pasando! – gritó Edward golpeando el volante con violencia ¡Isabella no, por Dios! ¡Ella no! ¡Ella no! – dijo él esta vez rompiendo en fuerte llanto y abrazando el volante que segundos atrás había golpeado.
Por minutos eternos todo lo que hicieron los hermanos Cullen fue llorar al teléfono. El sollozo de Edward rompía el alma de su hermana, y Edward a su vez lloraba al escuchar a Rose llorar. Ambos querían detener su llanto y preguntar que debían hacer, pero al saber que el otro tampoco tendría la respuesta permitieron a su cuerpo y espíritu lavarse con lágrimas de desesperación y de incertidumbre por no saber si volverían a ver con vida a las otras partes de sus almas.
– ¿Rosalie? – se escuchó la voz de Rachel a su lado –. Están llamando a un familiar de Emmett.
– ¡Oh por Dios! – gimió ella asustada –. Edward, debo irme. Estoy en el Seattle Memorial, ya la policía está al tanto y deben llamarte en unos minutos. Quizás el maldito ese también se ponga en contacto contigo si es dinero lo que quiere. No te despegues de tu teléfono y llama a Alice para que le avise a Jasper sobre lo que está pasando con Emmett – dijo ella poniéndose de pie y secando las lágrimas que habían mojado sus mejillas.
– No voy a esperar que la policía me llame, Rosalie. ¡Es Isabella la que está secuestrada, maldita sea! ¡No voy a sentarme de brazos cruzados sin hacer nada! ¡Voy a buscarla yo mismo! – masculló furioso él.
– ¿Y por donde piensas empezar, Edward? No sabes lo que estás haciendo. Tienes que esperar que la policía haga su trabajo – le habló Rosalie con un hilo de voz –. No vayas a hacer ninguna estupidez, Edward. No puedes hacerme esto también.
– ¡Rosalie! ¡Es mi vida la que está allí afuera, aterrada porque no sabe lo que está pasando! ¡Es el amor de mi vida el que corre peligro! – gritó Edward.
– ¡Al menos está viva, Edward! Yo no sé si Emmett salga de esto – le respondió ella sollozante. Rachel le señaló la persona que la estaba buscando por lo que Rosalie se apresuró al hablar –. Debo dejarte pero prométeme que no vas a hacer nada estúpido.
– Rosalie… no puedes…– se quejó Edward.
– ¡Promételo! – le pidió nuevamente ella.
– Tengo que buscar a Bella, te veré dentro de poco Rosalie – fueron las palabras de Edward quien cortó la llamada antes que su hermana protestara. Sin perder el tiempo encendió el auto y poniéndolo en marcha salió disparado de la facultad aparentemente sin un rumbo fijo pero una idea clara en mente: Remover hasta la última nube del cielo y hasta la última piedra de la tierra con tal de encontrar a Isabella.
Por un par de horas al menos no hizo nada más que conducir desesperado por las calles de Seattle, buscando un indicio de dónde podría estar ahora su amor, pero en cuanto los minutos pasaban y la agonía de la incertidumbre se hacía cada vez más dolorosa, decidió detenerse y hacer una llamada importante. Era necesario que él lo supiera, y quizás con sus indicaciones la tarea de buscar a Bella fuese, a lo mejor más rápida.
Cuando su grave voz se escuchó al otro lado del teléfono, Edward tomó un fuerte respiro y se dio ánimo para hablar.
– Charlie, es Edward. Isabella fue secuestrada – un largo silencio se hizo al teléfono antes que la pasiva voz de Charlie estallara enfurecida.
– ¿Cómo? ¿Qué estás diciendo? ¿Quién se llevó a mi hija? ¿Por qué? ¡Edward, respóndeme! ¿Cómo pudo esto suceder? – preguntó él con rabia.
– No estaba con ella cuando sucedió – fue la única respuesta que pudo darle Edward a Charlie.
– ¡Tú juraste jamás dejarla sola, Edward! ¡Me lo prometiste ese día! – gritó Charlie con su voz casi rota.
– ¡Lo sé, lo sé Charlie! Pero no pudimos detenerlo. El novio de mi hermana salió herido y el hermano de su mejor amiga está secuestrado con ella. Al parecer alguien se ha enterado que Isabella tiene ahora mucho dinero y a lo mejor la secuestró para pedir un rescate. Si es así tendremos que pagar y recuperaremos rápidamente a Isabella. Todo saldría bien si pagamos.
– Edward, en casos de secuestro como el de mi hija, nada jamás sale bien. Lo he visto mil veces, ellos obtienen el dinero y matan a la victima para no dejar testigos. ¿No lo ves? La vida de mi hija ahora tiene un precio y aunque lo paguemos nunca será suficiente para regresarla – respondió Charlie desesperado. Un nuevo y atemorizante silencio se hizo entre los, duró varios segundos y dejó en el ambiente una terrible sensación de un precipitado duelo que los dejó sin palabras. Fue Charlie quien retomó la conversación después de un momento.
– ¿Se han puesto en contacto contigo o algo así? – preguntó él.
– No – fue la sencilla de Edward.
– Muy bien, es mejor que no lo hagan aún. Necesito ser yo quien hable con ese malnacido. Estoy saliendo para Seattle en este momento – dijo Charlie antes de cerrar la llamada telefónica.
Algo aliviado por la noticia, Edward decidió que la búsqueda por sus propios medios sería infructuosa por lo que decidió volver al hospital y estar junto a su hermana en estos momentos tan duros por los que ella también estaba pasando.
Estacionó su auto con rapidez y con la misma premura entró al área de emergencias en donde una desesperada Rachel lo alcanzó a ver en cuanto llegó al lugar.
– ¿Dónde está Rosalie? – fue lo primero que preguntó Edward al ver a la amiga de su amor.
– Todo esto es una locura, Edward. ¡Es una maldita pesadilla! – masculló ella con ella. Edward pasó una mano por su cabello en clara desesperación y se obligó a respirar.
– Rachel, ¿Dónde está mi hermana? – preguntó intentando mostrar tranquilidad.
– El médico de Emmett vino por ella. Él había perdido mucha sangre por el disparo y en la cirugía y en el banco de sangre del hospital no había suficiente sangre de su tipo y traerla desde otro lado podría poner en peligro la vida de Emmett. Ella se ofreció a donarle sangre porque son del tipo universal y están ahora extrayéndole sangre para la transfusión de emergencia para él.
– ¿Sabes en qué parte del hospital está ella ahora? – preguntó el, Rachel negó –. No importa, yo lo voy a averiguar, gracias de todas formas – dijo él antes de alejarse a la estación de enfermeras. Rachel lo detuvo rápidamente y lo miró con sus ojos llenos de lágrimas.
– ¿Qué sabes de ellos? ¿Te han llamado? – preguntó ella con su voz ahogada en sollozos.
– No Rachel, no sé nada de ellos. La policía no nos ha llamado ni tampoco quien sea que se los llevó – respondió él en un susurro, temiendo que si alzaba la voz saldría en tono quebrantando.
– Tengo miedo por la vida de Jacob, Edward. Él está perdido por Isabella, y tengo que miedo que haga una locura por protegerla – confesó Rachel. Los ojos de Edward se abrieron de manera desmesurada y miró asustado a Rachel –. Él la quiere demasiado, Edward, tienes que saber eso. Desde hace años él la ha querido en silencio, a la sombra de la potente luz del amor que Isabella te tiene. Y a pesar de eso mi hermano aceptó las sobras de poco que ella podía darle, él sabía que tampoco tenía el derecho de exigir nada. Jacob siempre supo que eras tú el hombre para Bella. Pero ahora, ahora no sé si él tenga eso claro. Puede cometer alguna estupidez por ella y tengo miedo de perder a mi hermano por culpa de Bella.
– No puedes culparla de lo que está ocurriendo, Rachel – le dijo Edward nuevamente pasando la mano por su cabello, esta vez agarrando sus desordenadas hebras cobrizas con fuerza.
– Lo sé, Edward, lo sé. Pero ¿Qué ocurre si mi hermano no regresa? ¿Qué pasa si no vuelvo a ver su sonrisa o a sentir sus cálidos abrazos? ¿Qué hago yo sin Jacob sin ellos lo matan a causa de Isabella? ¡Explícame que hago yo sin mi hermano!– le exigió Rachel a la vez que rompía en fuerte llanto y golpeaba a Edward desesperada en su pecho. Edward respondió abrazándola con fuerza y permitiendo que ella desahogara su rabia e impotencia por varios minutos.
– Todo saldrá bien, Rachel. Déjame pensar que así será porque todos me dicen lo contrario. Permíteme creer que los volveremos a ver – le dijo él abrazado a Rachel con fuerza mientras lloraba en silencio sobre su hombro, aferrándose al pequeño cuerpo de la joven al igual que se aferraba a la esperanza que temerosa le susurraba a lo lejos que de alguna u otra forma en realidad todo saldría bien.
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Varios minutos después Edward se excusó por unos minutos para ir a ver a su hermana. Le indicaron que estaba en una sala de recuperación y que permanecería allí por al menos un par de horas. Le permitieron entrar a saludarla y él con cuidado entró.
– Me dijiste que no haga ninguna locura, y vengo al hospital y te encuentro pálida en una cama después de haber donado sangre. Al parecer quién debió hacerte prometer eso fui yo, no tú – dijo Edward con suave voz en cuanto la vio a lo lejos. Ella únicamente le sonrió y le pidió que se acercara a la cama.
– ¿Cómo está él? – preguntó ella con su voz ronca y bastante seca a causa de la repentina debilidad.
– Está en la sala de cuidados intensivos. Al parecer la bala entró y salió de inmediato por el hombro de Emmett por lo que el daño no fue tan grande como si le hubiesen disparado en el pecho o en la cabeza o si se hubiese quedado al interior del cuerpo de Emmett. Esperan tenerlo allí en la UCI por al menos un par de días para verificar que no exista sangrado interno, tu sangre fue un factor clave para Emmett. Según su médico eso fue lo que le salvó la vida.
– Eso es bueno – dijo ella con una leve sonrisa que lógicamente no llegó a sus ojos – ¿Has sabido algo de ella? – preguntó Rosalie mientras intentaba sentarse en la cama.
– No, creo que ya son las cinco de la tarde y no sé nada de ella, Rosalie. Me estoy volviendo loco…– dijo él apretando sus puños con fuerza mientras miraba el reloj de pared de la habitación de su hermana. Su suposición era cierta, eran ya las 5 p.m., Isabella tenía 4 horas secuestrada.
– Ten calma, él no pudo habérsela llevado sin tener una razón de peso, y estoy segura que en poco sabremos qué es lo que ese maldito quiere.
– Debí hacerte caso, Rosalie. Tú me advertiste sobre él y si te hubiese prestado atención hubiese contratado alguien que protegiera a Bella, entonces Emmett no estuviera en un hospital y tú no estuvieses aquí recuperándote por haber donado la mitad de tu peso en sangre. Si te das cuenta, todo esto es mi culpa. Bella, Emmett y tú están como están por mi culpa.
– Tienes que parar esto, Edward. Las mierdas pasan en la vida. No puedes ir pensando siempre que todo lo que nos ocurre siempre será tu culpa. No eres un superhéroe, y te lo dije ya una vez hace algunos años en este mismo hospital. No puedes evitar que el destino suceda – le dijo Rosalie con furia mientras levantaba la voz. Edward negó con tristeza y acarició el cabello de su hermana intentando de esa manera tranquilizarla.
– Será mejor que no hablemos de eso ahora. Es bueno que ahora descanses un poco y te recuperes. Yo me quedaré aquí unos minutos más – le habló su hermano. Ella asintió despacio y lentamente cerró los ojos mientras él tarareaba muy suavecito una dulce melodía.
Y mientras unos ojos azules se cerraban despacio en una blanca habitación de hospital, unos ojos cafés intentaban abrirse en una oscura habitación desconocida. Su captor, atento a cada uno de sus movimientos, se apresuró a acercarse a ella en cuanto ella se removió inquieta. Se ubicó frente a ella y apuntó con su arma la sien de la joven mientras ella abría sus ojos. Una sonrisa siniestra se dibujó en el rostro de James al rastrillar su arma y moverla ahora a la parte frontal de su rostro, sobre el hueso de su frente. Isabella, como no podía ser de otra manera jadeó asustada y rompió nuevamente en llanto.
– Shh, shhh. No llores pequeña Isabella, no llores – le habló entre siseos James –. ¡Oh! ¡Lo había olvidado! Tu amigo dijo que eras una pequeña sordita ¿Sabes leer labios Isabella? – le preguntó despacio aquella última parte. Ella asintió asustada y él sonrió complacido –. Muy bien, muy bien. Vamos a comunicarnos de esta manera entonces. ¿Sabes por qué estás aquí? – le preguntó James, ella negó enseguida –. Bueno, yo tampoco sé el porqué tú estás aquí. Es decir, sé que quiero contigo, lo que no sé es que es lo que quiere ella contigo. Pero no hablemos de ella ahora, mejor hablemos de ti. Déjame decirte algo, no eres nada parecida a la vieja astuta de tu abuela. ¿Sabías que la conocí hace años? – Isabella negó asustada por segunda vez –. Veras, yo quería hacer negocios con tu abuelo, los Higginbotham estaban forrados de dinero y llevarme una parte de esa fortuna no me parecía tan malo. Pero tu abuela era muy lista y descubrió enseguida mis intenciones en las empresas de su marido. Advirtió de mi "maliciosa" presencia y tu abuelo se rehusó a hacer negocios conmigo. ¡Quién diría que años después su pequeña nietecita pagaría por su pequeño error!
– No… no me haga…daño – susurró ella con su voz temblorosa a causa del pánico. James abrió los ojos desmesuradamente y soltó una fuerte carcajada.
– ¡Pero si la sordita ha podido hablar! – gritó James con fingida emoción mientras alejaba un poco el revólver de la frente de Isabella –. Eso es perfecto para mí, porque si puedes hablar me dirás dónde está todo el condenado dinero que te dejaron tus abuelos y vas a entregarme lo que yo te pida si quieres salir de este lugar y volver a ver la luz del sol.
– Dinero… no es mío. No tengo dinero – respondió ella. James bufó molesto y volvió a poner el arma en su frente.
– No me la pongas difícil Isabella, porque no me pesará apretar el gatillo de esta arma y comenzar a dispararla – ella jadeó aterrada por las palabras del hombre –. No, no querida. No te asustes aún. Porque quien va a recibir las balas no serás tú, sino todas las personas de tu listado telefónico – le habló él mientras verificaba del teléfono de Bella su corta lista de contactos –. Veamos con quien podemos empezar, busquemos de abajo hacia arriba ¿Te parece? Aquí hay una tal Rosalie, parece no ser muy importante ahora ¿O me equivoco? ¿Quizás esta tal Rachel sea más importante? ¿O que tal este tal Mike?– Las lágrimas rodaban incontrolables por las mejillas de Bella mientras el hombre seguía buscando en su teléfono – Aquí hay alguien interesante, papá. ¡Este puede ser nuestro primer invitado!
– ¡No… papá no! – suplicó ella asustada. James únicamente sonrió y siguió mirando al teléfono.
– Aquí tenemos otros nombres: Kate, Jessica, Jenks, Jacob ¿Cuál será de ellos el segundo en morir? ¿Y el tercero será de este último grupo? Edward, Bree…– Al leer de los labios del hombre el nombre de Edward, la piel de Isabella se estremeció y tembló de manera involuntaria. James detuvo la lectura de los nombres y sonrió de forma siniestra –. Creo tener el ganador del último grupo ¡Edward! ¿Qué es él para ti, Isabella? – Bella se negó a responder por lo que James apuntó con su arma nuevamente su sien –. ¿Quién es Edward para ti, Isabella? Será mejor que hables o a él le irá peor – gritó James. Debido a la fuerza de su voz, el hasta ahora inconsciente Jacob empezó a abrir sus ojos y vio de manera borrosa a un hombre frente a Isabella.
– ¡Déjala! – logró decir con ronca voz mientras intentaba zafarse débilmente de las cuerdas que lo ataban a un pilar en el sótano y enfocaba mejor su visión –. No le hagas daño.
– Bueno, bueno. El metido Bella Durmiente nos complace con su presencia. ¿Acaso tú eres el condenado Edward? – preguntó James. Jacob negó en respuesta.
– Soy Jacob, y te ordenó que sueltes a Isabella. ¿Por qué le estás haciendo esto? ¿Por qué nos secuestraste? – preguntó esta vez Jacob con voz un poco más clara.
– Bueno, querido Jacob. El objetivo era secuestrar a Isabella, tú eres lo que la policía conocería como daño colateral. Un agregado que para variar, nadie pidió tener – le respondió James retornando su atención a Bella –. Bueno, Isabella. ¿Vas a cooperar conmigo o no? ¿Debo llamar a Edward y conversar con él sobre tu rescate? ¿O es a papito a quien debo llamar? No creo que me digas que quieres que sea tu padre, porque bien sabes que él está a tres horas de acá y poco o nada puede hacer desde ese mugriento pueblo de Forks – Isabella sollozó desesperada en ese momento. ¡Dios! ¿Es que acaso la pesadilla de su vida jamás iba a terminar? ¿Por qué no era más fácil que ese hombre solo halara el gatillo y acabara con su infierno de una vez?
– ¡Déjala en paz! ¡Ella no merece lo que estás haciendo con ella! – dijo Jacob desde su posición.
– Mira, muchachito. Me estás poniendo nervioso con tus gritos y tus recursos estúpidos que intentan impedir lo que quiero. Déjame hacer mi trabajo y si te portas bien quizás logres salir con vida – Jacob abrió sus ojos asustado e Isabella jadeó entre sollozos –. Te lo diré una sola vez más Isabella. ¿Edward es la persona indicada para llamar y pedir tu rescate? – Isabella se negó a responder por lo que James le dio una fuerte bofetada que la hizo caer hacia un lado. Ella quedó en el suelo con su mejilla sobre el frío suelo mientras el hombre la apuntaba en la cabeza una vez más.
– ¡Maldito hijo de puta! ¡Déjala! ¡Déjala en paz! – gritó desesperado Jacob al ver a su Isabella casi desmayada, atemorizada y siendo apuntada por un arma de fuego. Sus ojos estaban llenos de lágrimas que con tristeza lo miraban a lo lejos. Su mirada llena de dolor y desesperanza lo llenaron de valor y lo llevaron a gritar una plegaria desesperada –. ¡No le hagas nada a ella! ¡Déjala en paz! ¡Si quieres matar a alguien, mátame a mí! ¡A mí! – James miró a Jacob con desconcierto pero sonrió al ver a los ojos al decidido joven.
– Eso, amigo mío, será todo un placer – respondió mientras se ponía de pie y se acercaba lentamente a Jacob –. Te dije una vez que esta chica te haría perder la cabeza y no bromeaba cuando lo dije. Adiós Jacob – susurró él con su cabeza ladeada James mientras ponía el arma en la sien izquierda de Jacob y disparaba el gatillo.
Fue así como el segundo sonido, el segundo disparo de una segunda arma distinta, retumbó en el oído de Isabella Swan ese día. Aquella segunda bala se llevó en cuestión de segundos la vida de su amigo, del joven de la sonrisa clara y amable, del hombre que con paciencia la ayudó a reconstruir de a poco lo que la vida y el dolor en ella habían destruido. Su vida, una paleta de colores que iluminó sus momentos más oscuros era ahora apagada por una infame bala que se llevó su alegría, su corazón y esperanza.
Lo vio desplomarse en el suelo bañado de su propia sangre con sus ojos asustados y aún abiertos por lo que ella entró en franco ataque de pánico.
– ¡No! ¡No!... ¡Jacob! – dijo ella un grito ahogado e intentó en vano ponerse de pie –. ¡Jacob! ¡No! ¡Auxilio por…por favor! ¡Alguien…ayúdelo! – volvió a gritar desesperada desde el suelo.
– ¡No, grites, Isabella! ¡Nadie te va a escuchar desde aquí! ¡Tu amiguito ya está acompañando a tu abuelita desde el infierno y no hay nada que puedas hacer por él! – masculló molesto James mientras le hablaba despacio para que ella lea sus labios –. Ahora, dime. ¿Llamo al tal Edward o empiezo a aniquilar a todo tu maldito listado telefónico? – esta vez Isabella asintió por lo que James tomó el teléfono de Isabella y marcó enseguida a Edward. Mientras él se alejaba para hablar, Isabella no paraba de sollozar y pedir ayuda en vano por su amigo, por su Jacob, el joven que murió por su culpa.
Apenas había sonado una segunda vez el teléfono cuando un desesperado Edward contestó la llamada desde el hospital al ver que en la pantalla del móvil titilaba el nombre de su amor.
– ¡Isabella, mi amor! ¿Dónde estás? ¿Estás bien? – preguntó él con su voz llena de esperanza. Apenas le tomó un segundo reaccionar y recordar que Isabella jamás lo llamaba por teléfono ya que al no poder oír su voz su único medio de comunicación eran los mensajes. Una risa se escuchó del otro lado y el semblante de Edward cayó de inmediato.
– Creo que di en el blanco al llamarte, Edward – la voz de James se escuchó algo distorsionada y ronca a causa de una vieja camiseta que usó para cubrir su boca y provocar que su voz no sea fácilmente reconocida al teléfono.
– ¡Maldito! ¡Tú tienes a Isabella! – gritó Edward provocando que su hermana se despertara –. ¡Tú te llevaste a mi Isabella, y la quiero de regreso!
– ¡Wow! – expresó admirado James –. Creo que realmente di con la persona correcta – Edward le gritó un par de improperios más al teléfono por lo que James únicamente negó –. Tsk, tsk. Edward, Edward. Necesitamos calma si vamos a hacer esto bien. Necesito que te controles un poquito y dejes de insultarme porque si mal no recuerdas yo tengo algo tuyo, lo que sea que ella fuese para ti, en mis manos.
– ¿Dinero? ¿Eso es lo que buscas? ¿Cuánto necesitas, eh? – preguntó Edward en un grito.
– Directo, así es como me gusta la gente. El precio de tu nena es algo alto, pero realmente nada comparado con la fortuna que ella tiene. La vida de Isabella es de veinte millones de dólares.
– ¿Veinte millones de dólares? ¿Estás acaso loco? ¡No tengo ese dinero! – chilló Edward desesperado mientras caminaba de un lado al otro de la habitación.
– Nadie dijo que tú los pagarías. Ese dinero es una tontería comparado con todo el dinero que los abuelos de Isabella tuvieron que haberle heredado – respondió James mirando a Isabella quien no dejaba de temblar y sollozar aún en shock por lo acontecido escasos segundos atrás.
– Pero Isabella no tiene ese dinero. Ella no posee nada porque todo está en un fideicomiso. ¡Ella no posee ni un maldito dólar! – contestó Edward irritado.
– Bueno, pues ella podría no tener efectivo pero tiene de seguro algunas propiedades. Véndelas, sortéalas, haz lo que sea, pero necesito ese dinero en 24 horas. Mañana a esta hora necesito el dinero en mis manos o la vida de la sordita se irá así de rápido como se fue la de su metido amigo. Adiós, Edward – dijo James para luego cerrar la llamada. Dejando la vieja camiseta a un lado, James regresó hasta donde estaba Isabella para hablarle lentamente.
– A mi no me engañan con lo de tu fideicomiso, Isabella. No cabe en mi cabeza que seas una persona tan altruista y que a estas alturas no estés disfrutando de la fortuna de tus jodidos abuelos. Simplemente no me la creo. Pero bueno, tu rescate ya fue pedido y como pronto será la hora de la cena será mejor hacer otro pedido. ¿Pizza de pepperoni o solo de jamón y queso? – le preguntó él mientras acariciaba con su arma el filo de la mandíbula de Isabella quien aún estaba en el suelo. Ella se estremeció ante la sensación del frío metal pero no respondió a la pregunta de James –. En fin, no me importa porque tampoco pensaba darte – dijo él antes de soltar una carcajada –. Voy a subir y avisar a Laurent que pida una pizza, no intentes hacer nada estúpido o lo vas a lamentar, Isabella – dijo esta vez paseando el arma por sus mejillas y luego por sus ojos –. Ella asintió asustada y James sonrió complacido. Se puso entonces de pie, y cuando se disponía a ponerse en marcha, un familiar movimiento en su pantalón llamó su atención.
Con su ceño fruncido ante la repentina vibración que sintió en uno de sus bolsillos, James soltó por un momento su arma, dejándola sobre una vieja mesa de madera que estaba cerca suyo. Llevó de inmediato su mano a su bolsillo izquierdo para sacar de allí su teléfono celular. En cuanto vio el nombre de la persona que estaba llamándolo, bufó molesto y se alejó un poco más de la joven de asustados ojos cafés que lo miraba intensamente.
– ¿Dónde carajos estás? – fue lo primero que escuchó en cuanto atendió la llamada. Quiso soltar una risa irónica pero se contuvo por un momento.
– Buenas tardes, amorcito – susurró en fingido tono amoroso él. Se escuchó un gruñido molesto al otro lado del teléfono, esta vez ya no logró contener la risa y soltó una pequeña carcajada –. ¿Qué pasa, mi amor? ¿Tan pocas horas alejada de mí y ya te hago falta?
– No seas imbécil – espetó Audrina con furia –. ¿Dónde mierda estás?
– Tsk, tsk – le regañó James intentando sonar algo severo –. Esos no son términos para tratar a tu querido esposo, mi amor – masculló él con un tono un poco venenoso al final de su frase.
– James, no estoy para tus juegos estúpidos. ¿Dónde estás metido? Esta tarde, al salir de clases, escuché que hubo disparos en la facultad de la malnacida de Isabella Swan. ¿Lograste matarla? Porque puedo jurar que esos disparos tuvieron que venir de ti, tenemos un compromiso ¿cierto? –. James soltó una nueva carcajada, provocando que Audrina perdiera aún más la paciencia – ¡Maldita sea, James! ¿Dónde estás? ¿Mataste a Isabella? –. Preguntó ella con algo de temor y pánico en su voz.
– Nena, nena… Eres tan joven, tan ingenua…– fue la respuesta de James. Los ojos de la joven en el suelo seguían atentos a sus movimientos por lo que él se acercó despacio hasta ella. Se agachó y con sus manos teñidas de la invisible sangre inocente que por años fue derramada por su culpa, acarició la mejilla de Isabella y siguió hablando –. Debes saber, Audrina, que hay personas cuyas vidas valen más vivas que muertas. Isabella es, por decirlo así, un ejemplo de ese tipo de personas – dijo él con una sonrisa mientras volteaba a ver al cuerpo sin vida del hombre junto a él.
Quiso fingir por un momento que aquella vida le importaba, pero no podía. Para James, él era solo una complicación. Negó con su cabeza rápidamente en cuanto escuchó a Isabella sollozar desde el suelo por lo que nuevamente tocó su mejilla y le sonrió mientras le hablaba a su esposa al teléfono.
– Tienes que aprender, nena, que la vida de la gente tiene un precio. Hay gente que vale la pena más viva que muerta, hay otras que valen más muertas que vivas, pero hay unos cuantos casos… en que ni muerto ni vivo, valen la pena – masculló James antes de ponerse de pie y alejarse de la joven cuyos ojos llenos de lágrimas le habían permitido leer los labios del hombre en cuyas manos estaba desde hace varias horas no solo su vida, sino también de las personas que amaba.
– No me des lecciones sobre la importancia de la vida de la gente, James. La conozco muy bien y sé que hay vidas que no valen ni una mierda como la de la maldita Isabella Swan. ¡Necesito saber si la mataste o no! – chilló enfadada Audrina. James volvió a reír por lo que Audrina se enfadó aún más.
– ¿Cuál es la verdadera razón por la que quieres aniquilar a Isabella, Audrina? ¡La pobre muchacha es sorda, por todos los cielos! ¿Qué pudo haberte hecho una simple sordita a ti, la súper poderosa Audrina Moore? – preguntó intrigado James mientras veía a la frágil Isabella a lo lejos y sonreía levemente.
– ¡Se metió con algo que es mío! ¡Esa perra tuvo la osadía de quitarme algo que era para mí! – masculló furiosa ella. James frunció el ceño entonces al confirmar entonces, que por la rabia de Audrina, ese algo tenía un nombre.
– Edward, Audrina. Ese algo se llama Edward – dijo en tono serio James. La boca de Audrina se abrió como pececillo fuera del agua y él volvió a reír –. ¿Te he sorprendido, amorcito? ¿Ese tal Edward es lo que Isabella te quitó verdad?
– Yo…yo…– balbuceó ella de manera nerviosa.
– No necesitas decir más, Audrina. No nací ayer y sé que la razón por la que quieres aniquilar a Isabella es por el tal Edward, pero una cosa debo dejarte muy en claro. Eso no será tan fácil ¿sabes? Isabella está ahora en mi poder y no pienso matarla al menos por un tiempo más. No pretendo dejarte camino libre para que vayas y folles con ese maldito Edward. No, amorcito, yo podré ser muchas cosas, pero jamás seré un cornudo al que le verás la cara de idiota. – finalizó él antes de cerrar la llamada y dejar a Audrina llena de estupor al otro lado del teléfono.
– Tú crees que yo no puedo verte la cara de idiota, pero tú tampoco me la verás a mí – masculló ella mientras marcaba rápidamente un número y se llevaba el teléfono a su oreja. Después de tres timbradas, una operadora respondió del otro lado –. Buenas tardes, quiero reportar el robo de mi auto y necesito activar el rastreo satelital para saber dónde está. – pidió Audrina con sus puños apretados a causa de rabia a la joven que le respondió. Una vez que comprobó su identidad y demostró que el auto era de su propiedad, se le fue confirmado que el GPS estaba aún activado y que el rastreo estaba siendo llevado a cabo, Audrina soltó un poco su tensa postura y se sentó en uno de los muebles de su habitación a esperar.
Los resultados fueron rápidos y el satélite le dio una posible ubicación de su auto. Estaba fuera de los límites de Seattle, en un suburbio cercano a la autopista interestatal. Se le recomendó que dé aviso a la policía ya que en esos casos los delincuentes podrían estar haciendo uso del mismo y su vida podría correr peligro. Ella mintió diciendo que lógicamente correría hasta la policía y les pediría ayuda por lo que la inexperta operadora le dio las coordenadas exactas de su auto. Con una enorme sonrisa ella agradeció a la joven mujer y cerró la llamada.
– A veces hasta a los más expertos se les puede perder su estrella de la buena suerte, James. Hoy fue sin duda el peor día para que usaras mi auto, idiota – masculló ella. Con prisa caminó hasta el estudio de su padre y después de digitar la clave de la caja fuerte familiar sacó de ella un arma que sabía muy bien que su padre guardaba. Sonrió al verificar que el revólver estaba cargado aunque únicamente tenía una bala.
– Suficiente para matarte, maldita Isabella. Si el inútil ese no lo piensa hacer, pues yo sí. Hoy mismo tu bastardo hijo y tú se irán directo al infierno – dijo ella mientras cerraba la caja fuerte y bajaba rápidamente las escaleras con rumbo al garaje. En el mismo únicamente encontró el Mazda que pocas veces usaba su madre por lo que corrió de regreso al estante de las llaves y tomó de él la del auto en mención. Entró sin demoras y escondiendo el arma en la guantera del asiento del copiloto puso en marcha el auto y se dirigió al lugar indicado, con un solo objetivo en mente. Matar a Isabella Swan.
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– ¡No pueden pedir tanto dinero y en tan corto tiempo! ¡Es absurdo! – gritó Charlie que apenas unos minutos atrás había llegado a la estación central de policía y estaba ahora en una sala de espera especial con Edward sentado a su derecha, Rachel a su izquierda y con el agente Malcom Fox de pie frente a él.
– No es tan absurdo si tomamos en cuenta lo que la Srta. Cullen nos mencionó sobre el posible sospechoso. Si hablamos del mismo hombre que ella asegura mató a los padres de su novio el móvil del secuestro es claramente el dinero, y una suma como esa es relativamente pequeña comparado con lo que esta clase de personas suelen pedir en estos casos.
– ¡Pero es absurdo! ¡Isabella no tiene ese dinero! ¡Maldita sea, mi hija no tiene ese dinero! – volvió a gritar Charlie.
– Sr. Swan, yo…– empezó diciendo Malcom Fox pero Charlie lo detuvo.
– Jefe Swan. Si usted va a hablar conmigo en términos policiales que es exactamente lo que creo que va a hacer será mejor que se refiera a mí como uno de sus mayores. Jefe Swan, por favor.
– Muy bien, jefe Swan – respondió el agente –. En cuanto recibimos la llamada fuimos a la Universidad de Seattle a tomar declaración de los testigos. Todos coinciden en que nadie vio nada, solo dicen haber visto un auto negro de placas cubiertas que se detuvo en la entrada de la facultad de su hija. Mencionaron también que se escuchó un disparo enseguida y luego el auto salió en rápida escapada. Nadie vio rostros o número de personas. No tenemos una referencia más clara del auto como para solicitar con una orden policial, un rastreo satelital en caso que el auto tuviese ese dispositivo. Ni siquiera tenemos algo más que un nombre, James. La Srta. Cullen dice no conocer su apellido y su novio que es quien sí lo conoce está aún inconsciente y en recuperación por el disparo que recibió. Cuando Edward recibió la llamada del rescate nosotros estábamos aún en camino al hospital para tomar la declaración de la Srta. Cullen y de Edward por lo que no pudimos rastrear tampoco la llamada. Jefe Swan, una vez explicado todo esto, sabrá usted al igual que yo que buscar a su hija y al hermano de la Srta. Black es como buscar una aguja en un pajar. No hay una sola pista que nos lleve a su paradero por el momento. La próxima llamada de los secuestradores será en poco menos de veinte horas – dijo el agente mirando su reloj. Eran ya las 9 p.m. de ese día, Isabella llevaba ya casi 8 horas secuestrada –. Quizás la próxima llamada pueda ser rastreada y podamos dar con su ubicación sin pagar el rescate pero todo esto es hipotético. A lo mejor la llamada es muy corta o se comunicarán por un mensaje de texto, hay mil formas de evadir el rastreo Jefe Swan y usted eso también lo sabe. Yo sugiero que en lo que nos queda de tiempo veamos la forma como se puede conseguir ese dinero y poder pagar el rescate. Es lógico que en el momento de la entrega vamos a capturar al raptor y el dinero volverá a sus manos pero lo peor que podemos hacer ahora es engañarlo con dinero falso, eso lo único que provocaría es que sus vidas corran aún más riesgo.
– ¿Pero dónde vamos a conseguir veinte millones de dólares para mañana? – preguntó exasperado Charlie –. ¡No conozco a nadie que pueda tener esa cantidad de dinero!
– Yo sí – susurró Edward mientras agarraba su cabello con fuerza y nerviosismo con su mano izquierda, la que no estaba lastimada.
Y es que, desde que recibió esa llamada hace cuatro horas atrás, su mundo se vino abajo en cuestión de minutos. Al cerrar la llamada comenzó a gritar y a vociferar mil maldiciones en la habitación de su hermana por lo que tuvo que ser retirado de la misma y expulsado de las instalaciones del hospital. Con rabia caminó hasta su auto y lleno de impotencia golpeó con su mano derecha el vidrio de la ventana de su Volvo, partiéndolo de esta manera en mil pedazos. Un lacerante dolor lo golpeó enseguida y al ver la sangre correr por sus nudillos se sentó junto a su auto y no hizo nada más que llorar desesperado. Se preguntó como estaría su Isabella, se preguntó si la habrían alimentado, cobijado o si la habrían lastimado. Se preguntó también si era cierto lo que la voz había dicho, si era cierto que Jacob había sido asesinado y que en caso de salir todo mal la próxima víctima sería su amor. Se preguntó tantas cosas y de sus dudas ninguna tuvo respuesta.
Rachel quién había visto el desesperado accionar de Edward a lo lejos se acercó a él y le pidió que regresara en busca de atención. Ella no sabía que los secuestradores habían llamado y Edward tampoco tenía el valor para decírselo. ¿Cómo tendría el coraje de mirarla a la cara y responderle lo que ella le había preguntado horas atrás? ¿Cómo le decía que todo estaría bien y que siga adelante ahora que su hermano había sido probablemente asesinado a causa de Isabella?
– Eso se puede infectar Edward, regresa y pide que te revisen la herida – susurró ella mientras lo invitaba a ponerse de pie. Él terminó accediendo y con lentitud se puso de pie y caminó hasta el área de emergencias donde ahora lo esperaba también el agente Malcom Fox para tomarle su declaración.
Un cabestrillo por luxación en su muñeca, un par de puntos de sutura, y analgésicos que lo dejaron fuera de combate para combatir de manera inútil un dolor inmensurable que provenía no de su mano sino de su corazón, lo tenían tres horas después sentado en la sala de espera especial. Había escuchado atento la conversación de los dos policías sin interrumpirlos, pero cuando Charlie hizo una pregunta de la que Edward sabía su respuesta, supo que era momento de intervenir.
– Rebecca Vaughn tiene ese dinero – dijo Edward mirando a Charlie –. Su parte de la herencia era de 38 millones de dólares y realmente dudo que ella lo haya gastado todo. Ella podría ayudarnos con el dinero, Isabella es su sobrina–nieta y no creo que se niegue a ayudar.
– Rebecca Vaughn – repitió el agente Fox apuntando el nombre en su libreta –. ¿Tienes como contactarla?
– No, pero tengo el número de su hija, Bree. Era médico de Isabella cuando ella estaba…– Edward se interrumpió a si mismo antes que su voz se quebrara a causa del final de su frase. "Embarazada"
– Perfecto, al menos tenemos ya una esperanza – se apuró en hablar el agente Fox –. Necesito que te comuniques con Rebecca Vaughn y confirmes si está dispuesta a ayudarnos. Si su respuesta no es positiva, tendremos que buscar alguna otra fuente – afirmó el agente.
Sin perder un segundo más, Edward marcó a Bree y le comunicó las malas noticias. Con un desesperado sollozo Bree llamó a su madre quien sin dudar se ofreció a pagar voluntariamente por el rescate. Cuando Edward les confirmó a todos en la sala que Rebecca estaba dispuesta a ayudar, un suspiro de alivio colectivo se escuchó en el lugar. Todos respiraron tranquilos, bueno… no todos.
– Edward. ¿Por qué ellos no están pidiendo nada por mi hermano? ¿Por qué solo hablamos de Isabella? ¿Qué piensan hacer ellos con él? – le habló entre sollozos Rachel – ¿Él no está en sus planes de rescate, cierto?
– No lo sé, Rachel. Quizás esa cantidad sea por los dos. No lo sabremos hasta mañana – le dijo en voz baja Edward, mintiéndole y mintiéndose a si mismo sobre tener esperanza de un hecho que desde su inicio no la tenía.
Un espeso silencio se hizo en la sala unos minutos después, era un silencio tan pesado e insoportable que Edward tuvo que salir de allí para tomar algo de aire. Caminó por varias cuadras hasta encontrar una licorería cerca y sin pensarlo dos veces pidió una botella de vodka que pagó con su tarjeta de crédito. En cuanto el dependiente se la entregó, salió del lugar de prisa y se sentó sobre la acera para consumirla. La abrió con su mano buena y se la llevó a sus labios para dar de ella un buen sorbo. En cuanto el fuerte sabor del alcohol tocó su lengua la imagen de su Isabella vino a su mente. La recordó tan clara y precisa como si tuviera a su mariposa frente a él, sentada en su bañera sonriente y llena de espuma. Exactamente la misma imagen que él guardó en su memoria y por la que juró nunca más volver a beber. Y ahora, precisamente era ella y su desaparición repentina quien lo estaba llevando a romper su promesa. Cuando la imagen en su cabeza dibujó una lágrima en su mejilla, él de inmediato retiró la botella de sus labios y la lanzó a la calle con fuerza.
– ¡Maldita sea! – vociferó él de manera impotente –. ¡Isabella! ¿Dónde estás, mi amor? ¿Dónde estás? ¡Te necesito! ¡Te amo! – volvió a gritar mientras rompía en fuertes y desesperados sollozos esta vez en la mitad de la fría y solitaria calle de Seattle. Después de varios minutos se obligó a caminar de regreso a la estación central, no sin antes ver su reloj una vez más. Eran ya las 10 p.m., Isabella tenía ahora 9 horas secuestrada.
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– ¡Bingo! – gritó alegre Audrina desde el asiento del conductor del Mazda de su madre cuando al final de una estrecha calle encontró estacionado su auto. Llevaba algunas horas al interior del tranquilo barrio buscando su auto y saber de esa manera donde estaba James e Isabella, por lo que cuando lo encontró no pudo hacer otra cosa que sonreír complacida.
Dejó el auto de su madre unas cuantas casas más allá, tomó de la guantera el arma de su padre y cerrando su gruesa cazadora se protegió del frío causado por las bajas temperaturas de invierno.
Llegó casi enseguida a su auto y dirigió su mirada a la casa frente a él. Era una casa de grandes ventanales claros y una enorme puerta roja. Al ver las luces prendidas de la planta baja de la casa, sospechó que había dado con el lugar correcto por lo que decidida subió las escaleras y se dispuso a tocar el timbre. Una sola vez hundió su dedo en el timbre antes que una silueta se dibujara por el vidrio de la puerta principal
– Por fin llegó la pi…– dijo Laurent en alegre tono mientras abría la puerta, pero su felicidad se desvaneció de inmediato en cuanto vio a Audrina de pie allí con su arma apuntándolo en la mitad de la frente.
– Llévame hasta donde está James – masculló ella. Laurent negó de inmediato por lo que ella rastrilló el arma –. ¡Te dije que me lleves hasta James! ¡Ahora! – Esta vez un nervioso Laurent asintió y retrocedió unos cuantos pasos. De soslayo alcanzó a ver que su arma estaba sobre la mesa a escasos pasos de su posición actual pero Audrina detuvo sus intenciones de inmediato –. Ni siquiera lo pienses. Esta arma está cargada y puedo llenarte el cerebro de plomo si intentas siquiera moverte un centímetro en esa dirección. ¡Llévame hasta James! – lo urgió ella.
– Ahora entiendo porqué se casó contigo, estás igual de loca que él – masculló un nervioso Laurent caminando en línea recta hasta el sótano con el arma ahora en su sien.
– ¡Yo no estoy loca! ¡Y cállate antes que me pongas nerviosa! – farfulló ella. Al llegar a la puerta del sótano, ella se aseguró de escabullirse y entrar primero al lugar. Cerró el pestillo de seguridad con rapidez antes que Laurent intente hacer algún movimiento y respiró aliviada en cuanto no escuchó sonido alguno del otro lado de la puerta. Metió su arma nuevamente al interior de su cazadora y se volteó enseguida.
En cuanto se dispuso a bajar por las oscuras escaleras, un fétido olor golpeó sus sentidos y un fuerte sollozo la confundió. Se apresuró a bajar y vio un cuadro que jamás esperó ver. En el piso, cerca de la escalera y en medio de un charco de sangre había un hombre desmayado. Arrugó su nariz cuando se percató que el nauseabundo olor provenía de él por lo que supuso que llevaba ya algunas horas muerto. Llevó sus manos a su boca a causa del asombro y jadeó asustada.
– ¿Quién eras tú? – le preguntó al rígido cadáver de Jacob Black. Negó al ver que el hombre aún tenía sus ojos negros abiertos y sus pupilas estaban dilatadas. Por su reciente conocimiento en medicina pudo deducir que su muerte fue súbita y que por la cantidad de sangre perdida proveniente de su cabeza, tuvo que ser causa de un arma de fuego disparada a quemarropa a su cráneo.
Nuevamente un sollozo se escuchó al final de la oscura habitación y ella alejó su mirada del hombre para buscar la fuente de los sollozos. Dio un grito ahogado cuando vio a una sollozante y atada Isabella sentada sobre un viejo colchón y frente a ella su maldito esposo manoseando sus pechos.
– ¿Qué carajos estás haciendo? – gritó aterrada Audrina al ver lo que James intentaba hacer con Isabella.
– ¿Qué demonios? – vociferó él mientras se levantaba rápidamente y caminaba hasta donde Audrina –. ¿Cómo mierda llegaste hasta aquí? – le gritó mientras la agarraba de un brazo y la remecía con fuerza.
– ¡Eres un enfermo, James! ¿Qué pensabas hacer? ¿Pensabas violar a Isabella? ¡Ella está embarazada! – le dijo intentando de librarse de su agarre.
– ¡Mira quién habla de enferma! ¡Tú quieres matar a una embarazada! ¡Yo solo quería divertirme un rato! ¡Quería verificar si su coño es más estrecho que él tuyo! – dijo él soltando una carcajada. Audrina bufó histérica y aprovechando la distracción de su esposo logró zafarse de su agarre y caminar hasta donde estaba Isabella.
– Vaya, vaya. Así que aquí está la gran Isabella Swan. La jodida y estúpida Isabella Swan – dijo mientras se acercaba lentamente hasta ella. Isabella retrocedió asustada y llorosa por la avalancha de eventos ocurridos en ese día: El disparo de Emmett, la muerte de Jacob, ese asqueroso hombre tocándola quien sabe con qué intención y ahora la aparición de la que ella creyó que era su amiga –. ¿Sorprendida de verme, verdad? – Isabella no respondió por lo que Audrina le gritó mirándola a la cara –. ¿No estás sorprendida de verme, Isabella? ¿A estas alturas de tu inútil vida no te sorprende que yo esté aquí y que haya venido para matarte? – Bella abrió sus ojos asustada y un molesto James hizo su intervención.
– Ni siquiera te atrevas – le dijo James tomando a Audrina del brazo y haciendo que ella se volteara –. Ni siquiera pienses en tocar a la sordita o lo vas a lamentar.
– ¿Y qué piensas hacerme, James? ¿Matarme? – preguntó Audrina con rabia –. Matarme a mi cómo has matado a tanta gente para quedarte con su dinero. Pues déjame decirte que no soy estúpida. El contrato de matrimonio que firmaste tenía una clausula prematrimonial que tú en tu apuro no leíste. Si me muero ni un solo centavo quedara en tus manos, así que si uso tus mismas palabras hay personas que valen la pena más vivos que muertos, y yo soy una de ellas.
– ¡Maldita perra! – le gritó James mientras sacaba su arma y apuntaba la cabeza de Audrina. Ella en rápida respuesta sacó el revólver de su padre con una sola bala en su tambor y con el mismo apuntó al estomago de James. Al ver aquella imagen, Isabella cerró sus ojos con fuerza y soltó un fuerte sollozo.
Un solo segundo después, un tercer tiro resonó en el tímpano de la aterrada Isabella Swan. Una tercera bala, de una tercera arma fue disparada frente a ella y un cuerpo se desplomó de inmediato. Ella abrió sus ojos asustada y soltó un grito ahogado al ver de quién se trataba esta vez.
– El infierno está recién por comenzar, Isabella – le susurró la persona de pie frente ella mientras la apuntaba con su arma.
Isabella sollozó nuevamente al percatarse que la voz tenía razón…
¡Chan Chan! ¿Alguien por aquí?
Mis niñas, aquí estoy de regreso con un capítulo algo intenso. ¿Qué les ha parecido? Pobre Jacob, realmente no merecía algo así, pero en manos de James cualquier cosa podía pasar. Recuerden que la escritora les quiere mucho y no desea aún morir.
Quiero darle las gracias a todas las que está semana me han escrito deseando pronta mejoría, la gripe no me dejó ni abrir los ojos la semana anterior por lo que espero haber compensado el retraso con este capítulo un poquito más largo de lo normal. Muchas gracias a todas, son de verdad personas muy especiales para mí.
Muchas gracias también a todas las alertas y favoritos que llegaron estos días, gracias por el voto de confianza y por seguir aquí cada semana. A mis lectoras silenciosas, mil gracias. Y a las que nos dejaron su huellita esta semana, un beso enorme: Rosi22, Tata XOXO, mgcb, Alibell Cullen, Ely Cullen M, AinavMoon, Coqui Pattz, MiaCarLu, CindyLis, Mentxu Masen Cullen, ALI-LU CULLEN, Rosse Pattinson, Sully YM, ludgardita, Fery Cupcake, anita Cullen, Lola Kriss, cintia black, V, Anahi-littrell, geMaaW, maddycullen, Diana Prenze, TheDC1809, Izzy . md, Karito Cullen, Arwe, Caresme, Milita Cullen, Krom, solecitopucheta, vivi S R, Little . wishes . Pxa, vivi S R, Sita, Angie Masen, musegirl17, indacea, Aleowo, monikcullen009, Carmen Cullen - . i love fic, Estteffani Cullen-Swan, Karla Cullen Hale, Angeles Nahuel, Nevy Masen19, AglaeeCullen810, Adriu, Lizeth Flores, micalu, Naobi Chan, Lillybeth Amber Granger, anamart05, ViviORD'Cs, NuRySh, Auralizeth, Zoe Jm, Sony Bells, Raquee, VictoriamarieHale, Ximena, La chica del gorro azul, Anonimo, MerlinaSwanMD, isaag29, Marianixcr, annabolena, olmary, lexa0619, MaGa Cullen, Chayley Costa, Nina Cullen, Dianarz03, tatanlc, Nessa610, Anabella Valencia, Ara, MCPH76, Nia Masen, Saraitk Hale Cullen, Sarah-Crish Cullen, MarianTosh, JazCullenSwan, Pola Mellark, janalez, Tanya Pattz Cullen, Laura Katherine, Isela Cullen, NaChiKa Cullen, Stefi Martinez, Mtica, JosWeasleyC, Ana508, Mss1-cullen-swan, bella Cullen Swan, Karnnlizz, vale . potter, suzette-cullen, Kikis-Kris, sonia sandria, romycrazy, Marie . Ang Christensen, mary8potter, Sky LeVan, nelda, Control Yourselft, Kikid'cullen, Eli, Kata Cullen, chinita, Catalina, valeskaisrobstenforever, bleusoleil, bellami, ariizona, cris20, Ximena, marie101008, EdithCullen71283, Bea, DianElizz, Poemusician, a las niñas del Facebook, a las del twitter, a las del blog, al TTC, y Team Matemos a Audrina, al Team En Huelga de Reviews, en fin a todas. Las llevo muy dentro del corazón.
Como siempre, Isita mi beta bellísima. Gracias por tu tiempo y tu paciencia con todo esto, gracias por no mandarme al carajo cuando sé que lo quieres hacer jejeje. Gaby, ¿leyendo The Hunger Games? Vas a amar a Peeta igual que yo. Besos grandes a las dos.
Bueno, antes que lo olvide. Hace unas semanas atrás, Silent Love fue nominado como uno de los fics participantes en el concurso de The Next Book, gracias a sus votos pasamos a la ronda final. Quiero agradecer a todas las que ya han votado y para las que aún no lo han hecho les invito a hacerlo en el siguiente link. De antemano muchas gracias
http : / / premios – ffad . blogspot . com/ ( recuerden quitar los espacios)
¿Quién murió a causa del tercer disparo? ¿Qué sucederá ahora con Isabella? Como siempre las respuestas a estas preguntas y muchas interrogantes más cuando Silent Love vuelva a actualizar la semana siguiente como siempre. Nos veremos entonces…
Pero hasta eso… ¡Nos leemos en los reviews!
