You hid your skeletons when I had shown you mine

You woke the devil that I thought you'd left behind

I saw the evidence, the crimson soaking through

Ten thousand promises, ten thousand ways to lose

I watched you fall apart and chased you to the end.

I'm left with emptiness that words cannot defend

You'll never know what I became because of you

Ten thousand promises, ten thousand ways to lose

And you held it all but you were careless to let it fall

You held it all and I was by your side, powerless

.- Powerless, Linkin Park

33-

Irreversible

I.-

Pasó entre la lluvia sin tocarla, las gotas de agua eran cuentas de un collar suspendidas en el aire, fáciles de esquivar. Las luces se habían ido después de las explosiones y la ciudad estaba a oscuras, sumida en las sombras, completamente suya para recorrerla. Su mente corría también, frenética, confusa, los pensamientos se agolpaban unos con otros, se confundían con los recuerdos, los sentimientos con frases, las caras con emociones, lo real con el espejismo de lo que alguna vez pensó que podía ser y finalmente nunca fue.

Su cabeza volvió a llenarse de las imágenes de la última batalla con Shredder; tantas cosas habían pasado desde entonces y aun así, seguían siendo lo más nítido del repertorio. Y no era el casi haber perdido la pelea ni el haber escapado por los pelos lo que más dolía, ni las heridas en el cuerpo o en el orgullo; Karai lo destruyó de una forma nueva y dolorosa y las consecuencias todavía lo perseguían: recordaba con exactitud el momento en el que descubrió que todo en lo creía era falso; la noche en la que se sintió el más estúpido del mundo por haber creído alguna vez, que la mujer podía tener algo que ver con él, que podían pertenecer al mismo mundo, que podían entender los mismos códigos.

No pudo evitar reír un poco, por primera vez en su vida una mujer le destrozaba el corazón, tal vez debía agradecer por la experiencia; después de eso, el tener la espada de Karai enterrada en el pecho era casi un detalle.

Raphael se burló de él y tenia derecho a hacerlo, siempre supo lo que pasaría, siempre tuvo razón, al no creer en nada ni en nadie, nunca se equivocaba. Debió escucharlo, debió creerle cuando dijo que Karai sólo era una perra traidora, debió hacerlo, pero quería tanto creer… Y creyó, en ella, en el futuro, en casi todo, y por mucho tiempo pensó que no estaba solo en el mundo, que había alguien allá afuera que sentía lo mismo que él, que entendía las cosas de la misma manera y ¿qué si estaba en el bando contrario?, él sabía que no era por voluntad, que no era su elección, una cosa más en que la que eran iguales, ninguno de los dos tenía ningún control sobre su destino o sobre sus vidas, llevados de un lado a otro por lazos y compromisos que ninguno de los dos se sentía lo suficientemente fuerte como para romper. Pero entre toda la desesperanza que podía llegar a sentir, al menos saber que ella estaba en la misma situación, le hacía sentir que había una oportunidad; él la ayudaría a escapar de su destino y con eso él podría romper el suyo. Se sintió bien, increíblemente bien. Pero todo eso no existió más que en su cabeza, ella nunca dijo nada, nunca prometió nada; vivió todo ese tiempo engañado por sí mismo, con una imagen de ella que él mismo había creado y querido creer, tuvo que pasar todo lo que pasó para que pudiera por fin darse cuenta de que Karai era exactamente como todos los demás, como aquellos a los que pertenecía. Era algo que debió ser obvio desde un comienzo, pero sólo fue claro esa noche, cuando lo apuñaló. Ella era de ellos y eso jamás, jamás, iba a cambiar.

No había honor ahí, no había lealtad, no había una puta cosa que no fuera matar y tratar de que no lo mataran. No había más que maldad y locura.

.- ¡Maldita sea!- le gritó a sus recuerdos, sacudiendo la cabeza, como si se pudiera desprender físicamente de ellos. Apenas había notado que ya estaba frente a los vestigios de lo que había sido la Torre, ahora sólo un montón de escombros humeantes. Las autoridades habían estado ahí, pero sólo se habían contentado con cerrar las calles aledañas, luego se habían ido tan rápido como habían podido.

Se detuvo por completo frente a las ruinas y se tomó un instante para admirarlas, nunca antes como en ese momento tuvo la seguridad de que no volverían a levantarse. Tuvo de nuevo esa sensación de final, de que todo estaba acabando, muriendo definitivamente y no sabía decidirse entre la angustia, el alivio o una exhilarante felicidad. Parte de él moría también, un pedacito de él mismo quedaba enterrado ahí, algo muy personal, muy privado.

No quedaba nadie ahí, escudriñó las sombras y no vio nada, los que hubieran logrado sobrevivir habían abandonado el lugar. La mujer no estaba ahí tampoco. Se escuchó a sí mismo gritando su nombre entre los restos del edificio, frenéticamente recorrió cada esquina, sólo para estar seguro, pero su mente no estaba pensando claramente.

La pobre de Fé sólo había sido una víctima en todo eso, arrastrada sin querer en todo ese sinsentido, en su ceguera no vio en lo que la estaba metiendo, pero ¿alguien podría culparlo? Hasta que ella apareció en su vida, estuvo convencido de que había cosas que no tenía derecho ni siquiera a desear, que daba por sentado que nunca las tendría, por lo que era, de donde venía, una criatura rara en un mundo que no lo aceptaba ni lo quería, que estaba de más en todo tipo de escalas. Y luego ella. Ella, contra todas las posibilidades, contra toda lógica y sentido común, quería estar con él. Lo quería a él.

De pronto se encontró a sí mismo queriendo tener un propósito, un futuro, quería algo más que esas malditas espadas y por fin se atrevió a pensar que lo tendría. Le costó mucho, porque tenía miedo, porque estaba asustado, confundido… pero no recordaba un segundo en su vida en que no se hubiera sentido así. Era su oportunidad, quería escapar a toda costa y crearse una vida distinta que fuera de él, pero Karai no lo permitió, apareció en el momento preciso sólo para recordarle que ella seguía ahí, que siempre estaría ahí, en ese extraño círculo alrededor del cual se darían vueltas eternamente, hasta que uno de los dos lograra darle fin.

Parado en medio de los pedazos de concreto y los metales retorcidos, con la lluvia empapándolo en medio de la oscuridad y el silencio, todo en lo que había creído parecía ahora tan imbécil, tan ingenuo. Estaba tan profundamente equivocado, nada podía cambiar, no podía hacer que nada cambiara, todo no era más de lo que era, no era más que una maldita guerra, una constante batalla en donde estaba destinado a perderlo todo.