Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son exclusivos de Rumiko Takahashi. Esta historia está libre de fin de lucro.

Nota: Episodio editado.


Tomando la iniciativa

Los nervios estaban provocando que su irá acrecentará, sobre todo, porque Rin no le había contestado ni una sola llamada, ni antes de salir de Berlín, mucho menos cuando piso suelo japonés. Había pensado el comunicarse con su padre, pero desistió de la ida, ya que no quería involucrarlo, al menos que fuera necesario. Se creía capaz de arreglar toda esta situación.

Tenía que hacerlo.

Al llegar al edificio donde residía, le pagó al taxista sin siquiera esperar el cambio, cogió la maleta y desmontó el automóvil. Entró al solitario lobby del recinto, fue directamente hacia el elevador, que no tardó —para su suerte— ni un minuto en abrir las puertas metálicas.

Se recargó en la cubierta de madera, mientras veía cómo los números iban cambiando. En ese momento estaba odiando el vivir en el último piso. Y, aunque estaba ansioso, por fuera estaba con su acostumbrada parsimonia, ya que consideraba que era lo mejor en esos momentos. No sabía cómo la encontraría, pero viniendo de Magatsuhi, se esperaba lo peor.

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron al instante, dándole paso hacia el pent-house. Se encontró con nada, el lugar estaba tranquilo, sin ningún vestigio de vida. Algo que no le agradaba en absoluto.

—Rin.

No obtuvo ninguna respuesta, estaba tan solitario cómo se veía, y eso estaba empezando a preocuparle. Se adentró un poco más, dejando la maleta a espaldas del sofá. Vio todo el lugar con detalle, para encontrar algo que fuera diferente. Lo encontró. El modesto escritorio era un total desorden, había una gran cantidad de hojas esparcidas tanto en la tabla, cómo en el suelo.

Caminó con letanía, dándose una idea de lo que se trataba. No tenía que ser un genio, para saber que todos esos documentos pertenecían a los expedientes que había recolectado, durante esos largos siete meses. Se detuvo frente al escritorio y cogió la hoja más cercana.

No se había equivocado.

Frunció el entrecejo y su mandíbula se tensó, provocando que sus muelas rechinaran entre sí. Estaba que se lo llevaba el demonio. En ese momento, sólo estaba pensando en la manera en que se desharía de ese infeliz. Magatsuhi se metió con la mujer equivocada, y, no había duda, de que el albino encontraría la forma para regresárselo al doble.

Bajó su mirada al sentir que algo húmedo topaba contra su mano, así encontrándose con Yako, que movía la cola con lentitud, buscando un poco de su atención. El canino regresó al departamento, cuando Sesshōmaru se había ido a Berlín. Rin le dijo que sería la mejor compañía que tendría, mientras esperaba su regreso. Acarició la peluda cabeza blanca, cómo una respuesta a la bienvenida que le daba.

—Sessh… ¿Sesshōmaru? —Lo nombró una tenue voz.

Sesshōmaru se giró hacia dónde provenía la voz, que era exactamente al frente de las escaleras. Y ahí estaba, mucho peor de lo que se imaginó. Rin era todo, menos ella misma en esos momentos.

—Rin.

La pequeña mujer no se hizo esperar y corrió hacía él, abrazándolo cómo si en ello se le fuera la vida misma. Sesshōmaru la acogió en sus brazos alzándola, al sentir cómo se le resbalaba cómo el agua. Escuchó ese intenso sollozo y el temblar del menudo cuerpo. Rin le rodeó del cuello con sus delgados brazos y entre llanto, dijo:

—No…no vuelva a dejarme, no se le ocurra…no me deje sola de nuevo.

—No volverá a ocurrir —le aseguró, mientras la sostenía con firmeza.

Con su mujer entre sus brazos caminó hasta llegar al sillón, donde acogió asiento, dejando así a la pelinegra sobre su regazo, sin apartarla y dejar que se calmara. Sería lo mejor, cuestionarla ahora no era prudente. Sabía, que si alguien debía ser interrogado en esos momentos, sería él. Siendo lo más justo y razonable.

—¿Por qué a mí? —Preguntó débilmente—. ¿Por qué yo?

Sesshōmaru presionó el pequeño cuerpo al suyo, al no saber que decirle. Esas cuestiones eran algo a lo cual no le tenía respuesta. Él también se lo había preguntado más de una vez.

¡¿Por qué a ella?!

—Debiste llamarme o esperarme —le dijo lo más suave que pudo—. Dijiste que me lo preguntarías, que lo escucharías de mí.

—No veo que eso pudiera cambiar las cosas —se alejó lo suficiente para encararlo—. ¿Qué hubiera sido diferente?

Rin estaba tan pálida, cómo aquella vez que recibió las cartas del imbécil de Naraku; sus ojos estaban tan hinchados y rojizos, y, toda ella, fue cómo si estuviera abrazando un tempano de hielo.

Acercó sus manos al redondeado rostro y limpió aquellas lágrimas, que no querían dejar de fluir de los ojos marrones.

Cómo odiaba verla llorar.

—Que no hubieras conocido la verdad en soledad.

Lo vio con esos ojos irritados y cristalinos, con sus labios trémulos y algo resecos de tanto relamerlos.

Rin volvió a echarse a llorar con tanto sentimiento, que le hizo sentir cómo su pecho se oprimía. Ella se aferró a él, cómo si eso fuera suficiente para asegurar que estaba entre sus brazos, que no sé trataba sólo una ilusión de su propia desesperación.

Atinó en acunarla entre sus brazos, apoyó su mentón en la oscura melena que no dejaba de acariciar, si eso fuera suficiente para menguar la tristeza y el dolor que su pequeña mujer estaba viviendo. No tenía idea de lo que ese hombre le dijo, pero debió haber sido lo suficientemente persuasivo, cómo para orillarla a buscar sobre su pasado, aun cuando ella no tenía ningún interés en averiguarlo.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero había sido el necesario para sentir la calmada respiración de su novia y cómo las lamentaciones se redujeron a la nada. Sólo podía sentir a las pequeñas manos que le sujetaban de la camisa y ese rostro oculto entre su cuello.

Estaba seguro de que había pasado toda la noche en vela y llorando sin poder contenerse, oculta bajo las sábanas, tratando de esconderse de su pasado. Si no es que quizás estuvo refugiándose en el armario.

Estaba empezando a creer, que lo mejor fue haberle dicho la verdad desde que lo supo en su totalidad, aun en contra de la voluntad de Rin. Al menos así no se hubiera creado una fisura, por la cual recibió tal daño. De esa manera, Magatsuhi no hubiera encontrado la manera de perjudicarla.

Cerró los ojos con frustración, al darse cuenta de que su madre volvió a tener la razón. Rin sería un flanco fácil para Magatsuhi, y más al no estar emocionalmente bien. El tema de su pasado, eran cimientos demasiado débiles y construidos bajo escombros. Con un golpe dado en el punto exacto, haría añicos todo lo que ella tardó en construirse cómo persona.

—¿La conoció? —La débil voz de Rin, fue quien lo trajo de nuevo a la realidad.

—¿A quién?

—A Hito… —Sintió cómo esas manos estrujaron su camisa y vio morderse el labio inferior con fuerza—. A mi mamá…

—No —suspiró—. En ese entonces aún vivía en Berlín.

—Oh.

Se quedó en silenció por un prolongado tiempo, sólo veía esas largas pestañas bañadas con aquel líquido salino, moverse a cada parpadeo dado. Sesshōmaru sabía que ella quería preguntar más cosas. Lo malo es que no sabía cómo.

—Una vez que platique con Mido…con mi tía, me dijo que ese hombre —dijo despectivamente— jamás quiso al señor Takashima. Cuando charlé con el mejor amigo de mi papá, entendí el motivo por el cual no aceptaba a su familia. Fue porque no son totalmente japoneses —su voz se le quebró—. Fue por ese mismo motivo que mató a mí…y por el cual se deshizo de mí.

—Rin…

—¿Qué tenía de malo que mi padre no fuera japonés? ¿Por qué no se dio una oportunidad de tratarlo? ¡¿Por qué me arrebató a mi familia?! —Exclamó con dolo, las lágrimas se volvieron hacer presentes—. ¿Por qué dejó que ese hombre decidiera mi destino? ¿Por qué?

Matsuda Hara había tomado la decisión de dejar el destino de Rin, sobre las manos de Onigumo Ootori. Así fue cómo la pequeña bebé terminó formando parte de la familia de los Honjō.

Kondo Honjō, fue uno de los trabajadores más allegados de Onigumo, por lo tanto éste sabía todo sobre Rin. Desde quienes eran sus verdaderos padres y lo que representaba en la vida de los Hara. Cómo también sabía que los terrenos que una vez fueron de Hitomiko, pasaron a ser parte de los territorios de su jefe. Después de eso, firmó su sentencia de muerte.

Kondo había tomado la decisión de chantajear a Onigumo, alegando que esos terrenos debían quedar en manos de Rin, por ser la hija legitima de Hitomiko. Así que, entre chantajes y una gran información ilícita que tenía sobre la cabecilla de los Ootori, éste último terminó traspasando los terrenos a su empleado. De esa manera, fue que mandaron a matar a la familia Honjō, para volver hacerse de las tierras y deshacerse de aquella piedra en el zapato, en la cual se convirtió Kondo.

Pero todo su plan se vino abajo, cuando quedo una sobreviviente y, que ya estaba estipulado un testamento. En dicho testamento se ponía a Rin, cómo la heredera universal de todas las propiedades de los Honjō. Siendo la casa en donde ocurrió el atentado y los dos terrenos que alguna vez fueron de la verdadera madre.

Matsuda se enteró de lo sucedió y actúo rápidamente, dejando fuera de la jugada a Onigumo y poniendo a su nieta bajo la protección de uno de los orfanatos más importantes de Tokio, en donde estipulo que la niña no se daría en adopción a nadie, aparte de que la mantuvo protegida durante el tiempo que duro dentro de aquel sitió.

Sesshōmaru no llegaba a entender las acciones que realizo Matsuda. Tal vez le dio remordimiento el saber el destino que había trazado para su nieta, pero no tanto para aceptarla cómo parte de su familia y protegerla debidamente. Parecía ser, que su amor por el linaje puro fue más importante que la hija de su amada Hitomiko.

—Y después me quitaron a la familia que me acogió cómo una más de ellos —el tonó de su voz, se volvió más lúgubre—. Todo por esa maldita perla.

Prestó atención a la faz carente de alguna expresión de dolor o rabia, estaba estoica, perdida en algún lugar al cual no podía darle alcance. Llevó su mano hacia el rostro inexpresivo y acarició aquella pálida mejilla, así volviendo a traer a su mujer, la cual le miró tan rápido cómo le tocó y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

Sesshōmaru ya no sabía que era peor, si verla llorar o verla tan fría. Ninguna de las dos se trataba de su Rin. No sabía cómo, pero Magatsuhi se las pagaría por haberse metido con ella, con su mujer.

—¿Está preocupado por mí? —Musitó—. ¿Desde cuándo a cargado con mi pasado?

Sesshōmaru no le contestó, simplemente se limitó a retirar el agua salda de las mejillas de la pelinegra. No quería contestar algo que no valía la pena, ahora ya no importaba más.

—Deberías descansar —le sugirió—, seguiremos hablando cuando te sientas mejor.

—¿Sentirme mejor? —Una mueca parecida a una sonrisa se hizo presente en el rostro femenino—. No quiero sentirme bien, no ahora.

La observó detenidamente, tratando de entender a lo que la mujer se refería con esas palabras, que por algún motivo le desagradaron.

Tenía presente que cuando una persona estaba dolida y enojada, actuaba por impulso y rencor. Una actitud justificada. Aun así, no era lo que quería para Rin. Ella no debía caer en el juego de nadie, ni de Magatsuhi.

—Lléveme con Midori…con mi tía —corrigió sin muchos ánimos.

—Rin.

—Iré de todas formas, aunque usted no me acompañe.

—Desconozco si está en Japón.

—Lo está, hace dos días estuvo en una presentación de un proyecto de bienes raíces. ¿Me llevará? —Lo miró directamente a los ojos.

Los ojos marrones estaban ensombrecidos, volviéndolos cada vez más negros que cafés. Eso fue suficiente para que su estómago se le revolviera. Fue cómo mirar un pozo sin fondo, uno tan estrecho y oscuro, que haría que el más valiente se volviera claustrofóbico en cualquier instante.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Está bien —suspiró cansado—. Alístate, en diez minutos nos vamos.

Rin se levantó torpemente, dando camino hacia la planta alta para ir arreglarse, o al menos echarse agua en ese rostro, para eliminar toda marca de llanto. Aunque esos hinchados y rojizos parpados le delatarían en cuestión de segundos.

Se incorporó y se caminó de nuevo hacia el escritorio, en donde todo estaba hecho un desastre. Comenzó a acomodar las hojas sin un orden alguno, y menos al darse cuenta de que alguno de los papeles, estaban manchadas de agua. Lágrimas que la mujer no pudo retener al descubrir toda la verdad.

Sesshōmaru tenía tantas ganas de cuestionarle sobre lo ocurrido con Magatsuhi, pero no sabía cómo abordarla. Y menos cuando se diera cuenta que la tenía vigilada sin que ella se diera cuenta, o estuviera de acuerdo con ello.

En esos momentos la mujer no tenía cabeza, más que aclarar todas las dudas que tenía respecto a su pasado. Y quizás, de odiarlo todo, cómo jamás lo había hecho. Eso era lo que más le preocupaba a Sesshōmaru. Temía que aquella dulce mujer, que nunca había odiado a alguien, terminara aprendiéndolo y lo volviera algo propio de su ser.

~O~

Durante el trayecto del edificio donde vivían hasta el hogar de Midoriko, permanecieron en un sepulcral silencio. La mirada de Rin estaba perdida por la ventanilla del coche, mirando el camino que estaban trazando para llegar a su destino. De momento, una que otra lágrima escapaba de los castaños ojos, para ser removida al instante con el dorso de la pequeña mano. En ningún instante volteó a verlo. Fue cómo si también estuviera molesta con él. Tal vez estaba en su derecho de hacerlo.

Al llegar frente al gran portón blanco, Sesshōmaru se detuvo al costado del interruptor. Cuando lo presionó, no se hizo esperar una respuesta.

Buena tarde. ¿En qué le puedo ayudar? —Se escuchó una voz masculina y algo rasposa.

—Busco a la señora Midoriko Hara —contestó Rin, quien ya estaba encima de él—. Dígale que le busca Rin Honjō, ella sabe quién soy.

Espere un momento.

Rin lo miró y un leve sonrojo se hizo presente en las mejillas de la mujer, quien no tardó en acomodarse de nuevo en su asiento, con la mirada baja y frotándose las manos entre sí.

Puede pasar —se hizo presente de nuevo la voz, y con ello el portón empezó abrirse ante ellos.

Sesshōmaru hizo marchar el auto con calma, mientras seguía el pequeño camino que lo llevaría hacia la puerta principal de la mansión. Esta sería la segunda vez que estaba en ese lugar, al igual que Rin.

Cuando salieron del coche, la mujer lo sujetó del brazo con todas las fuerzas que tenía. No sabía si estaba empezando a desistir de su propia idea, o quizás trataba de recobrar las fuerzas para enfrentarse a Midoriko.

Dentro de la gran casa, fueron guiados por un viejo hombre que parecía ser el mayordomo del lugar. Caminaron hasta llegar a una amplia puerta de caoba, que fue abierta rápidamente por el hombre, dándoles el paso hacia el despacho de Midoriko.

—Rin…y Sesshōmaru —pronunció algo desorientada—. Bienvenidos, ¿desean algo de beber?

—No —respondió por los dos, y sintió cómo su novia entrelazaba sus dedos con los suyos.

—Te puedes retirar, Toru —el hombre sólo hizo una reverencia y se marchó—. ¿Puedo saber en qué puedo ayudarlos? —Cuestionó amablemente, pero sin apartar su vista de las manos que mantenían entrelazadas.

El albino miró a su compañera, esperando que fuera ella quien le diera respuesta a esa duda. Él no podía entrometerse en la plática entre ellas dos, y menos cuando no estaba de acuerdo de estar en ese lugar.

—¿Desde… —Rin se alejó de él, pero no lo suficiente para no soltarlo—…desde cuando sabe que soy su sobrina?

La serenidad que estuvo reinando en la cara de Midoriko se borró, con tal letanía que fue incluso perceptible para Sesshōmaru, que no había apartado su mirada de la mujer. Mientras sentía cómo esa mano lo sujetaba con más fuerza. Rin estaba empezando a enojarse, lo sabía.

—¡Tú! —Midoriko lo miro a él, con el rostro casi desfigurado del coraje.

—¡No! —Rin gritó con fuerza, mientras se posó frente a Sesshōmaru. Cómo si eso fuera suficiente, para contrarrestar la mirada de la mujer hacia su novio—. Ni se le ocurra inmiscuirlo, ya que no tienen nada que ver —la enfrentó—. Ahora, respóndame.

Rin pudo notar la confusión en la mujer, la misma que ella sintió cuando empezó a leer todos esos informes. Y aunque no deseaba aceptarlo, estaba ahí, enfrentándose con la hermana menor de su verdadera madre.

—Rin…

—¡Responda! —Alzó la voz molesta, mientras se tragaba las ganas de volver a llorar—. ¿Desde cuándo?

—Desde hace tres años —respondió, pero su rostro estaba agachado—. Tres meses después de que empezaste a trabajar para Inutaishō.

—¡¿Tres años?! —Su voz se turbó—. ¡Tres malditos años y no me dijo nada!

—Rin, por favor…

—¡No! —Dio dos pasos hacia adelante enfrentando a la mujer, que aún estaba detrás de su escritorio—. ¿Por qué se quedó callada? ¿Por qué no me dijo nada?

—Yo… —las lágrimas empezaron a fluir de los ojos marrones—. Rin, yo quería decírtelo todo, pero…pero, tenía miedo a que no me escucharas, de que me rechazaras. Que me culparas por algo que no estuvo en mis manos detener. Temí a perderte, que me juzgaras por algo que no cometí.

—¿Y no se puso a pensar que pudo haber sido diferente? —El llanto volvió a brotar de ella—. De que si me hubiera explicado las cosas, yo hubiera comprendido. A que tal vez, yo necesitaba saber que no estaba sola. ¡Que la tenía a usted!

»Pero se le hizo más fácil dejarme al cuidado de otra persona, fue mucho más cómodo que alguien hiciera lo que usted no pudo —apretó con tal fuerza sus manos, que sentía que en cualquier momento sus uñas terminarían por cortar las palmas de sus manos—. Dejó que todo esto marchara a este grado, aun sabiendo en el peligro en el que me ponía.

—Yo creí que si mantenía alejada de mí, Naraku no tendría ningún interés en ti —respiró hondo, para proseguir—. Yo sabía que iba tras los terrenos que quedaron a tu nombre. Él estaba buscando una valiosa joya, pero yo le dije que esa cosa ya no existía, que no tenía caso el que te molestara. Así que tome la decisión de mantenerte alejada, al menos hasta que su curiosidad y morbo por ti se fueran desvaneciendo o fracasara —comenzó a caminar con letanía hacia donde se encontraba Rin—. Tenía miedo de que algo te sucediera, de que ese infeliz te hiciera daño.

—Déjeme informarle, que su plan no funcionó del todo —dio un paso hacia atrás, al ver a la mujer más cerca de ella—. Si salí ilesa de ese tipo, no fue por su «sacrificio», sino por el hombre que no se cansa de juzgar. Si sigo de pie, fue por Sesshōmaru.

»Y no me siga mintiendo, porque la perla esta en mi poder —le hizo saber entre dientes.

—¡¿Qué?! —La sorpresa que reflejó Midoriko, fue tan genuina, que incluso pudo notarlo Sesshōmaru—. No puede ser, tu madre se deshizo de esa joya. Yo escuche cuando se lo dijo a nuestro padre. Que la perla se había perdido entre la basura en donde la había echado.

—Rin encontró la perla en la antigua mansión de Hitomiko —Sesshōmaru intervino por primera vez—. Estaba dentro de un peluche, en donde dejó escrito que era la herencia que le dejaba a su hijo.

—Yo no… —Los miró a ambos—. Yo no sabía que mi hermana la había ocultado.

—Da igual, al final de cuentas terminó cayendo en mis manos —dijo con molestia—. Sólo quería saber el motivo, por el cual me negó una familia durante tanto tiempo.

—Por favor, créeme. Lo único que buscaba era mantenerte segura —su llanto se hizo más fuere—. No sabes las ganas que he tenido de poder estrecharte entre mis brazos y decirte que yo soy tu tía. Lo siento, fui una estúpida cobarde.

—Igual que su padre —escupió con veneno—. Una familia de estúpidos cobardes.

Sintió la penetrante mirada ambarina sobre de ella, tal vez reprendiéndola por sus palabras. Pero la verdad es que poco le importaba a la pelinegra, estaba tan enojada y cansada, que sus palabras salían de lo más profundo de su alma. Comenzaba a fastidiarse de ser siempre la que sonríe y perdona a todo el mundo.

—¿Nos vamos? —Le preguntó al estar frente él.

Sesshōmaru la miró, para luego posar sus ojos sobre aquella mujer, que no tenía intenciones de ver de nuevo. Por un momento, creyó ver un destello de compasión de albino hacia Midoriko. Pero tal vez, había sido su imaginación, no quería pensar en esos momentos. Sólo quería irse y dormir, comenzaba a resentir la mala noche que había pasado.

Los dos caminaron hacia la salida del lugar, en un completo y frío silencio, que le hizo sentir mucho peor de lo que ya estaba. Tenía ganas de soltarse a llorar de nuevo, y más, por la indiferencia que el albino le estaba regalando. Pero se quedó callada, no quería escuchar algún regaño de su parte, no se sentía de ánimos para ser juzgada por su único apoyo.

—¡Rin! —Le llamó Midoriko—. Por favor, tienes que creerme.

Rin se quedó estática frente al coche al escucharla, se sintió tan tensa al oír aquellas palabras. Sería tan fácil creerle y perdonarla, pero la realidad es que no deseaba hacerlo. No quería perdonar, no más.

—Entra al auto —le ordenó Sesshōmaru.

—¿A dónde va? —Le miró dudosa.

—Sólo entra —masculló entre dientes. Estaba empezando a perder la paciencia—. Hablare con ella, espera aquí.

—No —apretó sus puños con fuerzas—. Vámonos.

—Rin.

La pelinegra tragó seco al ver esa fría mirada, lo cual sólo decía que estaba enfadado y que provocarlo no era lo corrector. Pero ella no quería que hablara con esa mujer, no quería que lo convenciera, no quería que la dejara sola.

—No tardaré —le dijo suavizando su voz—. Confía en mí.

Asintió al sentir los delgados labios sobre los suyos, apreciando aquel corto y cálido beso. Fue algo que le hizo sentirse tranquila y relajada, cómo si Sesshōmaru fuera el mejor somnífero para adormecer toda su rabia y frustración.

Le abrió la puerta y ella entró al auto, sólo vio cómo su novio caminó hacia la entrada, donde se encontraba Midoriko, la cual le miró confusa y asustada. O al menos eso fue lo que creyó Rin, ya que no pudo definir bien esas expresiones.

Bajó el rostro al momento en que los dos volvieron a entrar a la mansión. No sabía que pensar y que sería lo que le diría el albino a Midoriko. Aunque esperaba que fuera lo suficientemente amenazante o convincente, para que esa mujer no se le volviera acercar.

Cerró los ojos con fuerza, cómo si eso pudiera evitar las lágrimas que volvieron hacerse presente. Ya no sabía que pensar o que hacer, sólo quería salir de esa pesadilla en la cual se había sumergido. Deseaba volver a casa y acurrucarse entre los brazos de Sesshōmaru. No quería nada más en la vida que a él.

~O~

Sesshōmaru y Midoriko volvieron al despacho, pero la mujer aun no parecía entender que es lo que estaba pasando, y, mucho menos, porque había regresado él con ella. Pero sería una duda que le aclararía en segundos.

—Sesshōmaru, por favor…

—Cállate y escucha —habló severamente.

La mujer asintió y lo miró, mientras limpiaba la salina agua de las mejillas.

—Naraku estaba interesado en la perla, porque se la prometió a Magatsuhi —le hizo saber sin rodeos, no quería tardar tanto tiempo ahí—. Pero cómo eso no ocurrió, Magatsuhi aprovecho mi ausencia para acercarse y amedrentar a Rin, de tal manera que ha ocurrido todo esto.

—Yo no sabía del interés de Kondo.

—Ahora lo sabes, y, por supuesto, que también entiendes que las cosas son peores que antes.

—Sí —los ojos marrones se encontraron con los suyos. Estaban llenos de tristeza y preocupación—. ¿Qué fue lo que le dijo a Rin? ¿Él le contó la verdad?

—No se enteró por él, pero si la orilló a que buscara la verdad —fue lo más sincero que pudo—. Desconozco lo que ese infeliz le dijo, pero poco importa. Lo que quiero, es que por primera vez sirvas de algo —la mujer frunció el ceño, por la manera tan despectiva en que le dijo las cosas—. Voy a hundir a ese idiota, y tienes que ser parte de esto, ¿he sido claro?

—Sí.

—Bien.

~O~

Rin bajó las escaleras lentamente para ir hacia Sesshōmaru, quien estaba recostado en el sofá. El albino la había mandado a que se tomara un baño, y, antes de dormir, bebiera un té. Pero ella sólo pensaba en estar con él, ya que de alguna manera, encontraba el sosiego que tanto necesitaba en Sesshōmaru. No es que quisiera depender en su totalidad de él, pero en estos momentos quería estar entre sus brazos y olvidarse de todo.

Quería aferrarse al futuro que ese hombre le prometía y dejar su detestable pasado atrás. Pero a la vez, temía que en cualquier momento aquel sujeto se lo arrebatara para siempre. No sabía que haría ahora. Tenía claro que podía tomar la joya y entregársela a Magatsuhi. Esa sería la solución que cualquiera tomaría, pero algo en su cabeza le decía que no lo hiciera, que no se comportara cómo una cobarde. Estaba debatiendo entre si decírselo a Sesshōmaru o pelear su propia guerra, para liberarlo de cualquier problema innecesario.

Rin se abrió paso entre los brazos de Sesshōmaru, buscando aquel calor que tanto había extrañado y el cual necesitaba con urgencia en esos momentos. Pudo sentir cómo éste le dio el campo necesario, para que se acostara sobre de él y envolverla con sus brazos.

—¿Cómo te sientes?

—Mejor —empezó a jugar con el ojal de la camisa negra—. Fue cómo si el agua se hubiera llevado todo lo malo, al menos por ahora.

—¿Por qué decidiste saber la verdad?

Rin apretó la fina tela negra entre sus manos por aquella cuestión, no quería responder nada. No quería decirle de su encuentro con Magatsuhi, no quería que las palabras de aquel sujeto se cumplieran.

—No sé —habló tenuemente—. Es que, fue un momento de aburrición y me encontré con los archivos y luego pasó todo —no se atrevió a levantar el rostro y verlo—. Cuando acorde, ya sabía la verdad detrás de mí.

—¿Segura que eso fue todo, Rin? —Preguntó al no estar del todo convencido del relato.

—Sí.

Sintió los dedos que estrujaban los pliegues del pijama, estaba segura de que no le había creído nada. Pero no le importaba, no diría nada, no hasta que se sintiera segura de que ese hombre no le tocaría ni un sólo cabello a Sesshōmaru.

—¿Por qué no me llamó y me dijo que volvería a Japón? —Prefirió indagar el repentino regreso de su prometido.

—Te estuve llamando, pero no contestaste.

—¡Oh! —Levantó su rostro y se encontró con los dorados ojos—. Recuerdo que lo apague, lo siento.

—Ya no importa.

—¿Está enojado conmigo? —Preguntó temerosa.

—¿Tendría que estarlo?

—Me pareció que se molestó por lo que le dije a… —Calló antes de decir aquella fastidiosa palabra—. Por favor entiéndame, ella pudo…

—Estas en todo tu derecho —la interrumpió—. Y si me pareció bien o mal, no debe influir en nada. Rin, yo no soy nadie para manejar tus sentimientos y lo que quieras hacer. Trato de entenderte, al menos sé que necesitas salir y desquitarte de alguna manera.

Rin lo observó detenidamente y pudo saber que él no estaba de acuerdo ante su arranque. Pero también sabía que no la limitaría en nada, y, aunque quisiera, no podría evitarlo. Nadie tenía el derecho de reprocharle nada, no cuando la engañada en todo eso sólo había sido ella.

—¿Y cómo siguió su mamá? —Prefirió cambiar de tema. Volvió apoyar su rostro en el amplio pecho.

—Ya está en casa.

—¿No necesitara de usted? —Se aferró un poco más a él, cómo si eso fuera suficiente para no dejarlo ir de su lado.

—Estará bien.

—¿Ya no se irá?

—No.

—Gracias —pronunció entre el naciente sollozo.

—Tonta.

Volvió a llorar en un total silencio, pero la única diferencia es que ya no estaba sola. Sesshōmaru estaba con ella, abrigándola con su protección. Eso era lo único que la mujer deseaba en esos momentos.

~O~

Ya pasaban de las diez de la noche y aun no podía terminar con esa bendita máquina. Ese ordenador se había puesto más difícil de lo que pensó, estaba siendo todo un reto para el albino. Sobre todo, al ser tan bueno diagnosticando y reparando las computadoras, cómo si se tratara del mejor neurocirujano del mundo.

Suspiró pesadamente, estaba cansado y ya quería ir a casa. Estaba seguro de que su hermana ya le tenía preparada una rica cena. Sonrió, al menos ese era su mayor consuelo. Desde que Sesshōmaru le ofreció aquel trato, su hermana había mejorado con los tratamientos que estuvo recibiendo. Se veía más fuerte e independiente, incluso el carmín se había vuelto permanente en los blanquecinos pómulos. Sin olvidar que ya había tenido a uno que otro pretendiente pidiéndole permiso, para que dejara a Kanna a salir con ellos.

—Idiotas —masticó entre dientes.

En eso su celular empezó a sonar con insistencia, se impulsó con los pies para echar hacia atrás la silla, la cual tenía aquellas pequeñas ruedas en sus patas. Cogió el celular de la estantería y se le quedo mirando. Se trataba de un número desconocido, y no sólo eso, sino que era extranjero, algo que lo hizo dudar el contestar. Pero al ver la insistencia del aparato en seguir reproduciendo su canción favorita hasta al cansancio, terminó por atender la llamada.

—¿Quién habla? —Fue directo, no tenía tiempo que perder.

¿Eres Hakudōshi Ootori? —Cuestionó una voz cargada de feminidad y sensualidad.

—¿Quién es? —No se dejó engañar por la atractiva voz.

Alguien que tiene un trabajo muy importante, y que puede asegurar la vida de tu hermana y la tuya.

—¿A sí? —Rió divertido—. ¡Sorpréndame, madame!

Un chico muy decidido —canturreó divertida—. Creo que nos entenderemos muy bien.

—Sí hay dinero de por medio, de por seguro que así será, madame —se recargó en el respaldo de su asiento—. ¿Con quién tengo el gusto de hacer negocios?

Irasue Kaiser, cariño.


Notas:

1.- Quería aclarar este punto, porque leí muchos comentarios al respecto. Y no quería que la mayoría fueran a comentar del "por qué" no ocurrió, lo que creían más lógico.

¿Por qué Rin no le reclamó o se enojó con Sesshōmaru?

Para aquellas que no recuerden el capítulo 16, en este se hizo una aclaración muy importante entre los dos personajes. Cuando Rin, se da cuenta que Sesshōmaru tiene información de ella, le pregunto: "Si en algún instante yo deseo saber lo que usted conoce de mí, ¿me lo diría? A lo cual Sesshōmaru respondió con un "Sí".
Sesshōmaru explayó un pensamiento interno, en donde dijo que él podía decirle toda la verdad sin ningún problema, aunque no se consideraba la persona adecuada (porque era trabajo que le correspondía a Midoriko), pero que lo haría si ella se lo pedía.
Sesshōmaru no le ocultó su pasado, fue ella quien no quiso que se lo revelaran. Por lo tanto, Sesshōmaru sale libre de todo ese rollo de culpabilidad.

2.- Esta es una pregunta que me hicieron, y a la cual quiero dar contestación.

Melibupe22 me preguntó por qué había tomado la decisión de que el padre de Rin (Elías Duarte) fuera colombiano, que le causaba mucha curiosidad.

Realmente no sabría decirte por qué tome la decisión de que el "padre" de Rin, fuera de Colombia. Pero cuando lo escribí, me pareció lo más sensato y lo que más cuadraba. Ya que Rin, en el aspecto físico que le regale, tendía a ser más un cuerpo "occidental-latino" que el de una japonesa promedio. Aparte, como fui describiendo a Elías, le fui dando un poco del carisma que poseen los colombianos (al menos a mi parecer). Esa actitud tan suelta, divertida y coqueta que he visto algunas veces por televisión. Pero no puedo asegurarte nada, ya que yo no conozco a ningún colombiano. Pero me pareció mucho más atractivo, el que Hitomiko terminara enamorada por un hombre que fuera más abierto y divertido. Algo que suelo resaltar mucho en Rin. Sería cómo justificar un poco ese comportamiento atrevido y burlón que suele tener, y la manera tan abierta de decir las cosas, que una japonesa no diría si no hubiera una gran confianza de por medio.
Tuve la oportunidad de poner cualquier nacionalidad latina, ya que solemos tener unas características tan arraigadas similares. Por lo general, a los latinos se nos consideran personas mucho más abiertas, dicharacheras y más optimistas. Pero por algún extraño motivo, el que fuera colombiano me lleno más las expectativas. Por lo tanto no hubo mucho que influenciara la toma de decisión.

No suelo dar muchas explicaciones, y por lo tanto, no sé si me di a entender. Pero espero que haya calmado tu curiosidad. Realmente no hay mucho que explicar al respecto, fue una decisión que tome en el momento y me gusto. Me gusta que esta Rin, sea mitad colombiana.

¡Hola a todos!

Voy muy lenta, muy lenta, pero muy lenta. Debí publicar esto ayer, pero...no alcance, no andaba en mi mejor momento cómo "escritora", así que lo suspendí, y dejaría todo a la suerte para este día. Pero estoy aquí, dándoles el capítulo que les prometí. Espero les guste y me digan que tal les pareció.

Gracias a todas las personas que me han seguido apoyando en este fic, y que no han dejado de leerlo. A los nuevos que se han puesto al corriente y le han dado una oportunidad. Y sobre todo, a los que me han dejado sus constante review. Los leo todos, sin ninguna excepción. No teman a dejar sus comentarios, ni en este, ni en otro fic, sin importar quién sea el autor. Créanme que los reviews, son lo que nos alienta y nos hace echarle más ganas a estas historias que les compartimos.
No hay mejor alimento para nosotros, que el leer sus ideas, sus conjeturas, sus críticas constructivas, sus pensamientos y todas las cosas que podamos provocarles con nuestros escritos.
No le teman a dejar su review, que siempre serán lo más importante para nosotros.

Ya los dejo, este... Les deseo un bonito fin de semana y nos estamos leyendo la semana que entra... Espero poder publicar el lunes, sino...ya será el martes o el miércoles.

¡Nos estamos leyendo!