CAPÍTULO 33

Abre los ojos cuando escucha que llaman a la puerta de su habitación. ¿Qué hora es?

Sakura bosteza y echa un vistazo al reloj de su móvil. ¡Casi las dos de la tarde!

No, no... ¡No! —grita al percatarse de que se ha perdido todas las clases del viernes mientras golpea desesperada la almohada.

Cuando llegó a su habitación, decidió tumbarse un rato antes de ir a la facultad. Necesitaba descansar tras una noche con tantas emociones. Puso el despertador a las ocho y diez y, por lo visto, la condenada alarma no había sonado.

Maldiciendo a su smartphone, se levanta y abre la puerta.

Vaya cara. ¿No me digas que te acabas de despertar? —le pregunta Itachi jugueteando con un tíquet rojo que sostiene entre las manos.

Sí, el maldito despertador no ha sonado. ¡Me he perdido un día entero de clases!

¡Anda, como yo! Estoy tan arrepentido...

Pero Sakura no está para bromas, y menos para las del malagueño. Intenta cerrar la puerta, aunque no lo consigue del todo, ya que el pie del chico lo evita. Sin muchos miramientos, el estudiante de Fisio se abre hueco y consigue entrar en su cuarto.

Joder. Te van a dar un premio por pesado.

No te enfades. Solo venía a preguntarte si querías venir a comer.

Estoy sin duchar y sin vestir.

Pues hazlo, yo te espero aquí.

El joven se sienta sobre la cama deshecha y mira con una sonrisa traviesa a Sakura. Pero ella no se deja amedrentar: se acerca para cogerle de la mano y lo conduce hasta la puerta para invitarlo a salir.

Espérame fuera mejor. Ahora salgo.

No tardes. Que tengo hambre.

La chica cierra la puerta de su habitación y respira hondo para tratar de situarse. Ni siquiera había planeado lo que ponerse hoy. Pero no tiene ganas de pensar. Así que coge lo primero que ve, un vaquero negro y una camiseta también oscura, y se viste. Para los pies, las botas altas negras. Después se dará la ducha, que falta le hace. El saltarse el desayuno y no comer nada desde la cena hace que esté muerta de hambre. Pasa por el baño. Se peina, se pone un poco de sombra de ojos y, finalmente, se hace con el tíquet rojo de la comida y el teléfono. Lista en menos de diez minutos.

Cuando sale, Itachi la está esperando apoyado en la pared de enfrente, junto al cuarto de Sai. ¿Habrá ido el sevillano a clase? Entonces recuerda lo que le comentó ayer: la esperaría al salir de la universidad todos los días. ¿Lo habrá hecho hoy?

Oye, ¿has visto a Sai?

No. La última vez fue esta mañana, antes de meterme en mi cuarto.

Mierda. Él sabe a qué hora sale ella, pero ella no tiene ni idea de a qué hora sale él. Debería haberle preguntado su horario.

Mientras caminan hacia el comedor, le envía un whtasapp avisándole de que no está en la facultad.

Luego me dirás que no estás obsesionada con el sevillano.

Y no lo estoy.

¿Ah, no? ¿Y a quién acabas de escribir?

A él, pero no estoy obsesionada con Sai. Solo le avisaba de que no estoy en la universidad, por si se pasaba a recogerme como hizo ayer. Tenemos horarios parecidos y salimos más o menos a la misma hora.

El malagueño arquea una ceja. Por lo visto, su adversario había movido ficha antes que él. Sonríe satisfecho por haberse adelantado esta vez.

¿Adónde te gustaría ir a cenar esta noche?

No lo sé. De eso te encargas tú, ¿no?

Sí, pero no quiero llevarte a un sitio que no te guste. ¿Qué te parece la comida asiática?

La odio. Me encanta el pescado, pero no que esté crudo.

Vale, en eso coincidimos. Donde esté un buen espeto de sardinas bien asaditas de mi tierra, que se quite todo el sushi de Japón. ¿Y un mexicano?

El picante me sienta fatal.

¿Un indio?

Uf. Qué va. Esas especias que le echan a la comida no las aguanto.

¿Italiano?

¿Pasta? ¿De noche? ¿Estás de broma?

Itachi suelta una carcajada. Va a ser más difícil invitarla a cenar que conseguir que le bese. Es lo que piensa, aunque no se lo dice.

Si quieres, nos llevamos la comida de la residencia en un táper y nos sentamos a cenar en la plaza de España.

Es la mejor idea que has tenido desde que te conozco.

¿En serio?

No —responde contundente Sakura mientras entrega su tíquet a la encargada del comedor—. Podríamos ir a un vegetariano. Me encantan.

Ni de coña.

Los dos entran en la sala sin dejar de discutir sobre el tipo de restaurante al que van a ir por la noche. Allí ya se encuentran Hinata, Naruto, Tenten, Ino y Gaara. Los cinco están sentados en la mesa del fondo que usan desde el primer día. Sakura también ve en otra mesa a Sasuke, acompañado por varios veteranos a los que conoció en la noche de los novatos. Sasuke la saluda con un gesto con la cabeza y una sonrisa.

Parece que también le has gustado a ese —le comenta Itachi, que empieza a servirse en una bandeja.

No digas tonterías. Aunque para ti eso es complicado.

No me digas que no te has dado cuenta.

Son imaginaciones tuyas. No me he dado cuenta de nada —miente Sakura.

En realidad, sí que ha observado como aquel chico la mira de una forma poco convencional. En ocasiones incluso de manera intimidante.

Esta mañana he descubierto algo sobre él.

¿El qué?

Algo que te va a sorprender muchísimo.

¡Dímelo ya y no te hagas más el interesante!

Aunque la mayoría de las cosas que Itachi dice o insinúa no le importan demasiado, en este caso ha logrado picar su curiosidad.

Me he enterado del motivo por el que les permiten a Sasuke y a los demás veteranos hacer la noche de los novatos.

¿Sí? ¿Qué es lo que sabes?

Que tienen autorización de la residencia porque... el subdirector es su padre —le susurra al oído.

¿De verdad? ¿Quién te lo ha dicho?

Megan, la chica a la que tengo que servir el desayuno durante un mes. Me lo ha contado esta mañana.

Después de llenar hasta arriba un par de platos y de sentarse junto a Sakura en la mesa con los demás, el malagueño le cuenta al resto de lo que se ha enterado en el desayuno.

No es algo que sepa mucha gente, pero el subdirector de la residencia es el padre de Sasuke y uno de los que comenzaron la tradición cuando él era residente de la Benjamin Franklin.

¿Él también estuvo en esta residencia? —pregunta Naruto muy interesado.

Sí, en la primera promoción.

¿Y cómo sabe todo eso Megan?

Porque salió con él varios meses el curso pasado. Lo dejaron en abril.

Itachi les explica que la noche de los novatos se hace desde el segundo año de estar abierta la residencia para que los nuevos se aclimaten al centro lo antes posible. Fugaku Uchiha formaba parte de aquel grupo de veteranos que inició la tradición hace más de veinticinco años. Megan también le reveló al malagueño que tanto guardas de seguridad como bedeles están al tanto de lo que se hace. Y que la única condición que se les pone a los veteranos es que no se pasen de la raya con los novatos. Solo se permiten pruebas que no inflijan ningún daño, físico o mental, y que no humillen a nadie. El único fin es que los chicos de primer año se adapten lo antes posible y conozcan a otros residentes para que no se sientan solos.

Aunque ha habido años en que se les ha ido de las manos y estuvieron a punto de ser denunciados, siguen viendo esta noche como algo positivo. Por eso piden discreción y que nadie hable de lo que se hace esa noche. No quieren polémicas.

Ya me extrañaba que nadie de la residencia apareciera aquí con el ruido que estábamos montando —señala Naruto, que acaba de terminar de comer.

El de seguridad de guardia y el bedel que se quedó anoche sabían perfectamente que estábamos en la pista de fútbol sala. Pero tenían órdenes de no aparecer a no ser que alguien fuera a ellos a quejarse. Algo por lo que habría tenido que responder luego Sasuke ante su padre.

Vamos, que lo de anoche eran novatadas consentidas —interviene Hinata.

Exactamente. Autorizadas en secreto por la dirección de la residencia. Un secreto que dura veinticinco años.

¿Y por qué intentaron intimidarnos y amenazarnos si no estábamos o no hacíamos lo que ellos nos dijeran? —insiste la canaria.

Porque si no lo hicieran de esa forma, muchos de los novatos pasarían de ir. Seguramente, los más tímidos y a los que más les cuesta relacionarse se quedarían en sus habitaciones y no intentarían integrarse con el resto. De esta manera, a todos se nos obliga a participar de esta especie de celebración inaugural del curso. Aunque se trate realmente de un simple teatrillo tradicional de los veteranos. El año que viene nos tocará hacerlo a nosotros. Bueno, a los que sigamos aquí.

Siguen hablando del tema hasta la sobremesa. Y ninguno lo hace de forma negativa. Incluso se ríen de algunas de las anécdotas que vivieron. Todos parecen divertirse en la conversación salvo Sakura, que no deja de vigilar el móvil y de preguntarse dónde está Sai. Ni siquiera ha contestado su whatsapp. Le resulta muy extraño. Y es que, por muchas vueltas que le dé, jamás imaginaría lo que su amigo sevillano está haciendo en ese momento.