Breathe (Anna Nalick)

Save Me (Aimee Mann)


Hace exactamente cuatro años Oscar no pisaba la propiedad de su familia. En cuanto cruzó el enorme enrejado, su corazón comenzó a latir rápidamente. Lo primero que notó, fue que el jardín principal había perdido su esplendor, sólo la fuente continuaba funcionando y el sendero que llevaba a la caballeriza estaba descuidado. A medida que se acercaba al palacete, comenzaron a desfilar ante sus ojos miles de recuerdos de su niñez y adolescencia. Le pareció ver a dos niños riendo y corriendo descalzos tratando esconderse de las obligaciones diarias de estudio y práctica de esgrima. Una brisa de aire tibio la hizo mirar a su derecha, creyó ver su propia imagen cabalgando a toda velocidad y vistiendo llena de orgullo su primera guerrera blanca. Sacudió la cabeza tratando de espantar los fantasmas que amenazaban con minar el valor que tanto le había costado reunir. Se detuvo en el establo y le entregó su caballo a un chiquillo delgado y alto que oficiaba de mozo de cuadra, al quitarse los guantes de montar sintió las palmas de las manos húmedas, las secó sobre la tela de sus pantalones.

Caminó en dirección al sendero que daba a la cocina, constatando que prácticamente ya no había personal de servicio en la enorme mansión dado nadie salió a su encuentro. Deslizó la mano por la orilla de la ventana y abrió la puerta como tantas veces lo había hecho. Sus zapatos repicaron sobre las baldosas. El silencio le pareció ensordecedor. Una vez que llegó al recibidor principal, se detuvo a observar el enorme cuadro que estaba colgado en la entrada: era un retrato de su familia, sus padres lucían jóvenes y orgullosos, sus hermanas eran una niñas y ella era apenas un bebé que estaba en brazos de su madre, fijó la vista en el rostro de Lady Georgette y sus ojos se anegaron de lágrimas. Respiró profundo tratando de serenarse y comenzó a subir las escaleras aferrada a la barandilla, dado que conocía a su padre y sus rutinas, se dirigió directamente al estudio sabiendo que lo encontraría ahí.

Golpeó suavemente la puerta. Una vez que escuchó la aprobación de su padre giró la manilla despacio, entró a la habitación y guardó silencio por unos instantes, el ex general Jarjayes estaba de pie mirando concentrado el retrato de su difunta esposa y sosteniendo una copa de vino en la mano. Le llamó la atención la postura de sus hombros, ya no era gallarda ni orgullosa, se veía abatido y delgado.

-Padre...- susurró para no asustarlo.

El hombre guardó silencio por unos minutos antes de voltear, enderezó la espalda con presunción y giró lentamente para mirarla.-¿Qué haces aquí?- sus ojos brillaron contrariados. Oscar pudo distinguir rabia, dolor y pedantería. El anciano caminó hasta el sillón del escritorio y se sentó sin dejar de mirarla.

-¿Puedo sentarme?- se acercó a la silla que estaba frente a él. El hombre hizo un leve gesto de invitación con la mano. Se sentó y respiró profundo antes de hablar nuevamente –He venido a agradecer tu ayuda- lo miró a los ojos –Sin ella jamás habría logrado salir de donde estaba.

-¿El duque de Orleans te liberó?- preguntó el hombre con tranquilidad.

-No… André y Alain me sacaron por la fuerza- contestó.

-No has cambiado en nada- la miró cansado –Pensé que tu nueva vida te había convertido en una persona sensata.

-¿Mi nueva vida?- Oscar levantó la vista sin entender.

-Renunciaste un vez más a la vida llena de comodidades que tenías en Suecia para vivir con el proletariado- puso las manos sobre su escritorio y las cruzó con tranquilidad –No entiendo por qué insistes en complicarte la vida- el anciano movió la cabeza apesadumbrado -¿Al menos eres feliz?

-Lo intento- susurró ella.

-Hija… ¿Por qué destruiste nuestra familia?- la mirada del conde estaba húmeda.

-Yo…- tragó fuerte, no podía hablar. Pesadas lágrimas escaparon de sus ojos.

-Sé que me equivoqué al educarte como a un hombre, pero siempre fuiste amada... Dios me perdone por lo que voy a decir, pero pese a tu estricta educación, siempre has sido la hija que más he amado... eras mi adoración- la miró lleno de dolor –Me llenaste de orgullo durante tantos años…

-Yo no destruí nuestra familia- Oscar finalmente pudo articular lo que quería decir y bajó con tristeza la vista.

-Sí, lo hiciste- la voz del anciano sonó serena –Humillaste nuestra casa, tu madre falleció producto de la aflicción que sintió al creer que moriste en desgracia, tus hermanas debieron huir con las familias de sus esposos para evitar ser ajusticiadas por tu traición... es probable que jamás vuelva a verlas… y yo… yo perdí todo lo que había construido durante toda una vida, perdí todo el legado que quería entregarte.

Oscar se sentía preparada para sus gritos, pero no para la profunda tristeza con la que hablaba su padre. Apretó las manos buscando fortaleza y habló -Yo sólo trataba de ser feliz- levantó la vista y lo miró directamente a los ojos –Me estás culpando por cosas que no dependían de mi- respiró profundo para que su voz no se quebrara –Sólo puedo responder por mis decisiones y acciones, no por el curso de un país.

-Debiste haber protegido a los reyes con tu vida, eso era lo que se esperaba de ti… para eso te eduqué.

-¿Me preferirías muerta?- lo miró herida.

-Hay días en los que sí- el hombre tomó un sorbo de vino, su mirada estaba cargada de dolor –Otros días no sé qué es peor, llorar tu muerte o tu deshonra.

-Tú mismo me alentaste a rehacer mi vida como mujer- sus hombros temblaron de rabia -¿Por qué no puedes ser feliz al ver que estoy haciendo lo que mi corazón dictamina?

-¿Por qué dejaste todo por André?- el hombre la miró con reproche –Te eduqué para que fueras dueña de tu vida, una persona independiente y con poder de decisión, no para que desecharas todo lo que habías logrado con tal de seguir un enamoramiento sin futuro como cualquier damisela inexperta.

-No deseché mi vida- Oscar sostuvo su mirada –Tengo una hija, he sido amada y feliz.

-Con un sirviente… tuviste una hija con un sirviente- sonrió con tristeza -¿Qué futuro le espera a mi nieta? ¿Has pensado en eso?

-Padre, las cosas ya no son como antes- lo miró con pesar –Ahora todos somos iguales, Isabelle tendrá las mismas oportunidades que cualquier niña de su edad.

-Te engañas- respiró cansado –Al menos en Suecia iba a tener más oportunidades, podría haber tenido una infancia similar a la tuya.

-Jamás tendrá una infancia como la mía- su mentón tembló –No la obligaré a seguir la vida que yo quiera, ella forjará y seguirá su propio destino.

-Te desconozco- con una mano soltó un poco el pañuelo de su cravat. Oscar observó que sus manos se veían débiles. Después de unos instantes su padre continuó –Me impacta ver como reniegas de tu propia clase.

-¿Por qué me ayudaste esta vez?- le preguntó sin rodeos.

-No lo sé… supongo que no puedo evitarlo- los ojos del ex general humedecieron –Eres mi hija, la única que tengo cerca y lo único que me queda de mi adorada Georgette.

-Padre… yo…- trató de contestar pero él la interrumpió con un gesto de su mano.

-No tenemos nada más que hablar- su mirada se había endurecido nuevamente –Es mejor que te marches.

Oscar enderezó los hombros y se levantó lentamente de la silla. Secó rápidamente sus ojos con el dorso de su mano. –Gracias nuevamente por haberme ayudado.

-Trata de no llamar la atención, si escogiste vivir una vida sencilla limítate a eso. No volveré a ayudarte- le dijo con dureza.

-No te preocupes, no será necesario... No volveremos a molestarte.

Con el corazón desolado, dio media vuelta y salió de la habitación sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros. Bajó corriendo las escaleras y fue directo al establo, tomó su caballo y salió de prisa de la propiedad de su padre. Tardó horas en llegar a su destino, se sentía destrozada y no quería que nadie la viera así.


Breathe Again (Sara Barielles)

Car is parked, bags are packed, but what kind of heart doesn't look back

At the comfortable glow from the porch, the one I will still call yours?

All those words came undone and now I'm not the only one

Facing the ghosts that decide if the fire inside still burns

All I have, all I need, he's the air I would kill to breathe

Holds my love in his hands, still I'm searching for something

Out of breath, I am left hoping someday I'll breathe again

I'll breathe again

Open up next to you and my secrets become your truth

And the distance between that was sheltering me comes in full view

Hang my head, break my heart built from all I have torn apart

And my burden to bear is a love I can't carry anymore

All I have, all I need, he's the air I would kill to breathe

Holds my love in his hands, still I'm searching for something

Out of breath, I am left hoping someday I'll breathe again

Oh, It hurts to be hereI only wanted love from you

Yeah, it hurts to be hereWhat am I gonna do?

All I have, all I need, he's the air I would kill to breathe

Holds my love in his hands, still I'm searching

All I have, all I need, he's the air I would kill to breathe

Holds my love in his hands, and still I'm searching for something

Out of breath, I am left hoping someday I'll breathe again

I'll breathe again, I'll breathe again,

I'll breathe again, I'll breathe again,

I'll breathe again, I'll breathe again


Cuando finalmente llegó a casa, era mas de medianoche. Entró en silencio y subió directo a su dormitorio.

Al abrir la puerta, encontró a André caminando por la habitación con Isabelle en sus brazos, la niña estaba dormida, aún con su vestido de fiesta y descalza. El rostro de la pequeña estaba sonrojado y algunos de sus suaves rizos pegados en su frente. Oscar se acercó preocupada y la tocó, no tenía fiebre, más cuando vio en sus redondas mejillas rastros de lágrimas, se dio cuenta de que el estado de la niña no era debido a una enfermedad sino que a un persistente llanto. Sin palabras de por medio, recibió a la niña de brazos de su padre, la meció unos momentos para asegurarse de que no despertara, la vistió con su ropa de dormir y la acostó.

André permaneció en silencio a su lado. Cuando se aseguró de que Isabelle estaba profundamente dormida, colocó algunas almohadas para evitar que cayera de la cama y tomó de una mano a Oscar. La guió en silencio fuera de la habitación. Entró con ella a su dormitorio y cerró la puerta.

-¡¿Dónde estabas?!- preguntó controlando el volumen de su voz y mirándola molesto –Se supone que en un par de horas como máximo estarías aquí… han pasado más de seis.

-No me di cuenta del tiempo que estuve afuera- contestó ella de forma taciturna.

-Pensé que te habían capturado nuevamente- la tomó de los hombros tratando de llamar su atención –Isabelle lloró por horas al ver que no llegabas- la reprendió enojado.

-Lo lamento- dijo ella como única respuesta, movió sus hombros para soltarse y trató de salir de la habitación.

-Oscar…- André la detuvo de la mano y sorpresivamente la abrazó -¿Dónde estabas? ¿Qué pasó?- susurró contra su cabello.

La rubia hundió su rostro en el amplio pecho que la cobijaba y lo abrazó con fuerza, sintió que las piernas le fallaban y comenzó a deslizarse hacia el suelo. André, sin soltarla, se sentó con ella en el piso, esperando en silencio a que quisiera hablar mientras acariciaba con cariño su cabello.

-Perdóname, no quise preocuparte- susurró ella contra su pecho sin levantar la vista.

-Debes pensar que ya no soy sólo yo, Isabelle también te espera cada día- suspiró cansado –Hace muy poco desapareciste sin dejar rastro, ella aún no olvida eso.

-Lo lamento… de verdad lo lamento- habló contra su ropa.

André tomo su rostro para mirarla a los ojos. -¿Dónde estabas?

-Fui a ver a mi padre- sus ojos se humedecieron –Quería agradecerle por habernos ayudado.

-Entiendo- fue su única respuesta, pues los conocía a ambos e intuyó de inmediato todo lo que había pasado. Sin dejar de abrazarla besó su frente tratando de confortarla.

Oscar acomodó nuevamente su cabeza sobre el pecho de André y continuó en silencio entre sus brazos, perdiendo todo el sentido del tiempo. Se concentró en escuchar el latir de su corazón acompañado del tranquilo ritmo de su respiración, eso era lo único que necesitaba para aliviar el dolor que sentía.

-Me preguntó si era feliz…- susurró en la oscuridad después de un rato –Y no pude decirle que sí- su voz estaba llena de pesar.

-¿Qué necesitas para serlo?

-No lo sé- se separó unos centímetros de él para poder mirarlo directamente a la cara, sólo los iluminaba la luz de la luna que entraba por la ventana –André… no lo sé- se sentó frente a él entrelazando las piernas de ambos –No puedo dejar el pasado atrás… lo intento a diario pero no puedo hacerlo. Extraño el ejército, nuestro país está tan convulsionado... su majestad será ajusticiada... y yo no puedo hacer nada- suspiró cansada -Y Axel... sé que él está lejos y desesperado al igual que yo... me siento una inútil y no puedo hacer nada- repitió con pesar -Y ya no puedo arriesgarme como antes porque no quiero que mi hija quede huérfana...

André tomo sus manos y las besó. –Dime que quieres que haga y lo haré, no quiero que sufras por mí causa... Te ayudaré en lo que necesites.

-Todo lo que está pasando ya no es algo que dependa únicamente de ti o de mi- lo miró con tristeza -En realidad nunca lo fue...- movió la cabeza en señal de negación -Han pasado años y he tenido mucho tiempo para pensar...- suspiró -No puedo seguir sientiéndome culpable por siempre... y tampoco quiero que tú te sientas de esa forma- levantó una mano y rozó con cariño el apuesto rostro del hombre que estaba frente a ella -A pesar de todas las tribulaciones que siento a diario, sigues siendo tú quien me inspira e inevitablemente siento que sólo tú me puedes consolar y curar mis heridas- lo miró con los ojos húmedos –Sé que no somos perfectos, sé que ambos hemos cometido muchos errores- bajó la mano y la depositó con cuidado entre las manos de André –Y siendo honesta, hasta ahora sólo te he reprochado por los tuyos y necesito hablar con la verdad...- cerró los ojos y suspiró con pesar –No puedo dejar de pensar en si tú podrás perdonar todo lo que yo he hecho...

-No tengo nada que perdonarte- la miró lleno de amor.

-Estuve con alguien más- bajó la vista y la posó en sus manos entrelazadas –Mi cuerpo no sólo te ha pertenecido a ti- apretó sus manos –Fui infiel a tu memoria.

-Como podría reprocharte algo si antes de ti yo también estuve con otras mujeres- la voz de André sonó ronca, era algo que nunca le había dicho.

-Siempre lo intuí y no me importó- Oscar lo miró con tranquilidad antes de continuar –Pero tú mismo lo has dicho… eso fue antes de mi- bajó la cabeza con pesar, le costaba seguir mirándolo -Me enamoré de alguien más a pesar de que aún te amaba con devoción- movió la cabeza en un gesto abatido –Ni siquiera yo puedo entender eso- al notar que André permanecía en silencio, levantó la mirada buscando sus ojos –Después de casarme con Axel esperé un hijo de él… íbamos a ser padres y de haber nacido ese bebe, no habría tenido la valentía de regresar a Francia ni de regresar junto a ti- sintió que su corazón se estremecía al ver los ojos de André llenos de lágrimas, estaba herido, pero, una vez, más guardaba silencio –Dime algo… por favor, dime algo- suplicó.

-¿Qué fue lo que pasó?- André tragó saliva para poder continuar hablando, sentía la boca seca -¿Qué pasó con la criatura?

-Fue un muy mal embarazo, casi me costó la vida- ella habló en apenas un susurro –Axel quedó destrozado…- sus ojos también se llenaron de lágrimas –Y ya no puedo tener más hijos…- terminó la frase con apenas un hilo de voz.

-¿Por qué no me lo dijiste antes?- un par de lágrimas escaparon de los hermosos ojos verdes del padre de Isabelle.

-No quería herirte nuevamente…. estoy cansada de herirte una y otra vez- secó con los dedos las lágrimas que habían escapado de los ojos del hombre que había crecido a su lado –Pero no puedo ocultártelo por más tiempo- respiró aliviada, sintiendo que se quitaba un peso de encima –Ya no soy la misma mujer de la que te enamoraste hace años, no quiero mentirte en eso.

-Yo tampoco soy el mismo- André soltó sus manos –No te culpo de nada y tampoco creo que deba perdonarte por algo… de cierta forma sigo sintiendo que todo es mi responsabilidad- se puso de pie lentamente –Quizás lo que necesitamos es un tiempo separados y en calma para descubrir si aún podemos amarnos como antes- la miró lleno de dolor.

-Quizás eso sea lo mejor- Oscar susurró con la vista perdida en el suelo de la habitación –No me iré de aquí… te has acercado a Isabelle y no la alejaré de ti.

-Te lo agradezco- la voz de André sonó seria, mas no molesta.

La ex militar no fue capaz de levantar la vista para mirarlo. André abrió la puerta de la habitación y salió.


Julio de 1793

Después de la triste y reveladora conversación de Oscar y André, ambos tomaron una dolorosa distancia que se rompía sólo cuando estaban en compañía de su hija. Él se refugiaba en su trabajo en la imprenta, extendiendo su horario de atención, y alternando esa actividad con los viajes a Normandía para atender el negocio que tenía con Girodelle, el cual por fin comenzaba a rendir frutos. Y Oscar por su parte, comenzó a evaluar la posibilidad de dejar París y trasladarse a una zona mas tranquila con Isabelle a fin de buscar nuevamente trabajo como instructora, dado que definitivamente ya no podía regresar al ejército. Una vez más era una persona buscada por la ley. Luis Felpe de Orleans, utilizando sus últimas influencias, había solicitado se generara una orden de detención en su nombre, acusándola de sedición. Con soldados buscándola por toda la ciudad, lo único que detenía su viaje era el juicio contra María Antonieta, el cual pronto comenzaría. La reina caída en desgracia había sido trasladada a los pocos días de su entrevista a una lúgubre celda, y en total aislamiento, en la prision de la Conciergerie.

Como todos los días, y al terminar de desayunar, Oscar acompañó a Isabelle hasta la pequeña caballeriza de la casa, lugar donde su padre la estaba esperando. Siguiendo la rutina que ejecutaban, cada vez que André estaba en París, padre e hija cabalgaron juntos hacia a la imprenta, lugar en donde la niña permanecería algunas horas a fin de estrechar el lazo que poco a poco los estaba uniendo. Cuando la ex militar vio que el caballo se alejaba tranquilamente, sonrió e hizo un gesto de despedida a la niña. Apenas los perdió de vista, regresó al interior de la casa para buscar ropajes que le permitieran disimular su apariencia, pues quería ir a la oficina postal a verificar si había recibido algún tipo de correspondencia.

Aprovechando el abarrotamiento de la ciudad, caminó con tranquilidad, y disimulo, por las calles, teniendo siempre la precaución de ocultarse cada vez que algún soldado pasaba cerca de ella. Bernard había sido muy enfático en advertirle que debía exponerse lo menos posible, ya que al no tener pistas sobre su paradero, los uniformados tenían ordenes expresas de detener, e interrogar, a cualquier persona que se asemejara a la descripción que manejaban de su persona. Mientras esperaba, simulando mirar una vitrina, a que pasaran detrás de ella un par de uniformados, se cuestionó el peligro que estaba corriendo al arriesgarse de esa forma, era preciso que encontrara otra manera de comunicarse con Fersen y Sofía. Apenas llegó a la oficina, retiró rápidamente la correspondencia que había para el seudónimo que utilizaba y arrebujando su capa, para que ocultara su cabello, regresó rápido a la casa.

Fue directamente hacia el jardín trasero, se sentó en una de las sillas que estaban en la pequeña galería exterior y abrió el primer sobre, era una carta de Fersen.

Suspiró con pesar al ver que su misiva no era más que un conjunto de breves líneas y prácticamente igual a todas las cartas anteriores. Nuevamente él contestaba que estaba bien, que se mantenía ocupado con su trabajo y le pedía que no se preocupara por su bienestar. Cerraba la comunicación enviándole amor a ella y a Isabelle, lo único diferente de todas las misivas pasadas, era la petición de que no se arriesgara, que no se acercara a María Antonieta nuevamente, ni siquiera para obtener noticias para él. Con énfasis argumentaba que si él se había comprometido a no hacer ninguna locura, esperaba lo mismo de ella. Oscar cerró con tristeza la carta y la puso en uno de los bolsillos de su chaqueta.

Abrió el siguiente sobre, era un mensaje de la hermana de Fersen. Sintió un profundo dolor en el pecho al leer las noticias de Sofía. Axel estaba desesperado y prácticamente no dormía planeando alguna estrategia para poder ingresar con seguridad a Francia. La condesa además le relataba, que durante los últimos meses su hermano había viajado regularmente a Austria para entrevistarse con Francisco II, sobrino de María Antonieta. Un joven con muy poco tiempo a la cabeza de un gran imperio. El emperador, pese a querer continuar con las promesas de su recientemente fallecido padre hacia su hermana cautiva, se veía imposibilitado de realizar una campaña militar debido a que su país se veía constantemente amenazado por la avanzada de Catalina II de Rusia, pues la soberana aprovechaba cada participación de Austria en las coaliciones contra Francia para ganar terreno. Además de detallar la dura travesía por la que atravesaba Fersen, Sofía la reprendía sólidamente por haberse arriesgado contactando a María Antonieta, pedía disculpas por inmiscuirse en algo que no le correspondía, ni entendía, pero había visto a su hermano desesperado y aterrado al recibir las noticias que ella le había enviado acerca de la rápida reunión que había sostenido con la reina de Francia. Sofía le suplicaba que permaneciera a salvo, y lejos de cualquier peligro, ya que Axel no resistiría que algo le ocurriera a ella o a Isabelle.

Pesadas lágrimas cayeron sobre la carta de Sofía, mojando el papel y la tinta. Oscar se secó rápidamente los ojos y fue a guardar la correspondencia a su habitación. Entendía el dolor que estaba enfrentando el hombre con el que aún seguía casada y no sabía cómo ayudarlo, sentía su dolor como propio. Tomó una taza de té para tranquilizarse y fue en busca de su caballo para ir por Isabelle, dado que ese día André no podía llevarla de regreso.

Al llegar a la imprenta, encontró a Isabelle jugando con Dianne en la recepción. Luego de acordar con Dianne una visita a tomar el té de ella y su esposo, ya que la niña no quería irse del lugar sin ver al apuesto conde De Girodelle, se retiró. Oscar sonrió al notar la extraña fijación de la infanta para con el ex comandante, pues la pequeña saltaba mientras caminaban y hablaba sin parar de la próxima visita que Víctor Clemente les haría.

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Augustin Regnier De Jarjayes vio cómo su hija y nieta caminaban alejándose de él y no pudo evitar sonreír, la niña era preciosa, sus finas maneras le recordaban a su difunta y adorada esposa. Cada vez que observaba a Isabelle, la melancolía se apoderaba de él sin que pudiera evitarlo. Estaba seguro que de haber estado viva Lady Georgette, y a pesar de las diferencias con su hija, ambos habrían tenido una participación activa en la vida de su nieta.

Las siguió con la mirada hasta que se alejaron del lugar, tal y como lo hacía la mayoría de los días. Ajustó su capa para evitar el frío y caminó en busca de la berlina que estaba a algunos metros de distancia.

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Durante la cena de ese día, Oscar y André hablaron solo trivialidades de la jornada, nada de mucha importancia ni personal. La ex Comandante se sentía incómoda al no poder hablar con su amigo de infancia, como siempre lo había hecho, debido a que no quería imponerle su presencia ni obligarlo a compartir sus tribulaciones, no era justo para él. Por su parte André, estaba completamente agobiado con el trabajo en la imprenta y preocupado por lo que le informaba Bernard acerca de la persecución en contra de Oscar. Ambos sentían que el abismo que había entre los dos crecía día a día y ninguno era capaz de acercarse al otro, ni de comunicarse como lo habían hecho durante toda su vida.

Una vez que Oscar comprobó que Isabelle estaba profundamente dormida fue a la cocina por una copa de vino. Se sorprendió al ver a André sentado frente a la mesa del comedor de diario.

-¿Isabelle ya está durmiendo?- preguntó él poniéndose de pie.

-Sí- contestó Oscar con calma.

-Que descanses- el hombre tomó la copa que estaba bebiendo y caminó hasta la puerta de la cocina, dispuesto a abandonar la habitación.

-André…- Oscar comenzó a hablar –No es necesario que te vayas.

-No quiero incomodarte.

-No lo haces- la mujer se sentó frente a la mesa –Por favor, acompáñame un rato- sonrió tímidamente. Él asintió y se sentó frente a ella en silencio. Oscar observó con detención su apuesto rostro, lucía cansado. -¿Has tenido mucho trabajo?- trató de entablar un tema de conversación mientras se servía una copa de vino.

-Sí- André sonrió –No han sido tiempos fáciles en lo concerniente a las publicaciones... es complicado mantenerse al margen de las corrientes políticas- bebió un sorbo de vino.

-Sí gustas puedo ir a ayudarte en la prensa, puedo aprender rápido y ahí nadie me vería- lo miró esperando una respuesta. Sin proponérselo detuvo la vista en el cuello de André, su camisa estaba desabotonada hasta casi el esternón, permitiéndole ver las definidas líneas de los músculos de sus pectorales.

-No es necesario, no quiero molestarte- André la miró a los ojos y creyó perderse en ellos. Levantó rápidamente la copa y bebió otro sorbo de vino para distraerse.

-Quiero ayudarte… vivo en tu casa, es lo mínimo que puedo hacer- sin proponérselo de forma consciente, miró fijamente la boca de él y sintió que sus mejillas se sonrojaban. Desvío la vista nerviosa y bebió un sorbo de vino tratando de disimular.

-Esta también es tu casa - contestó André mientras recorría con la vista el rubio cabello de la madre de su hija, apreció con detención como brillaba a la luz de las velas, sintió un hormigueo en la punta de los dedos, estaba desesperado por enredar las manos en él –Prefiero que no estés mucho tiempo en la imprenta, siguen buscándote- terminó de hablar con la voz ronca.

-Necesito hacer algo… - lo miró a los ojos, al no poder sostener la mirada por mucho tiempo, la bajó hasta el torso de André nuevamente, notó que la camisa que vestía se ajustaba a la perfección a su amplio y fuerte tórax, volvió a fijar la vista en los botones destrabados. Su corazón comenzó a latir de prisa. De forma inconsciente se humedeció los labios.

-Lo sé- él contestó tratando de mantener la tranquilidad –Debes tener paciencia, no podemos arriesgarnos nuevamente- recorrió con la mirada el delicado talle de Oscar y tragó fuerte tratando de aclararse la garganta, sentía la boca seca a pesar del vino. Sin poder aguantar más la tensa situación, se puso de pie, tomó la botella que estaba sobre la mesa y la guardó en la alacena. No era buena idea continuar bebiendo.

Oscar se levantó de la silla al mismo tiempo que él. Mientras André se movía frente a la despensa, ella observó en silencio la amplia espalda y estrecha cintura del padre de su hija, aprovechando que él no la miraba, guió la vista un poco más abajo, posándola en sus firmes glúteos y piernas. Sintió como su corazón comenzaba a latir cada vez más rápido. -André yo…- trató de hablar, pero de su boca no salió más que un murmullo.

Apenas ella lo nombró, él se dio vuelta y con rapidez la tomó entre sus brazos acorralándola contra la pared. Llevó las manos a su cabello y enredó los dedos en la rubia melena mientras le mordía los labios al besarla. Ella, recorrió con desesperación su amplia espalda, apretándose a él como respuesta. André comenzó a besarla en el cuello provocando que Oscar se estremeciera hasta la punta de los dedos, con decisión bajó las manos hasta las finas caderas de la mujer y la atrajo con fuerza hacia su cuerpo, sentía que se estaba quemando en vida. Ella dejó escapar un débil gemido mientras levantaba una de sus rodillas para sentirlo más de cerca y acabar con el espacio que aún los separaba, sus vientres, caderas y pelvis chocaron entre sí. Ante esa invitación, André la subió bruscamente sobre la mesa de la cocina mientras recorría con sus manos las formas de sus senos. Oscar se recostó en la cubierta atrayéndolo hacia ella mientras lo abrazaba con las piernas y enredaba las manos en la negra melena. Él jadeó en su oído mientras se movía contra ella tratando de fundirse con su cuerpo, le tironeó la blusa hasta que la abrió y besó con desesperación uno de sus pequeños senos mientras ella jadeaba de placer.

Las copas que aún estaban sobre la mesa cayeron al suelo provocando un fuerte ruido. Ambos se miraron a los ojos, saliendo del trance en el que se encontraban. André se separó unos centímetros de ella. La respiración de los dos era agitada. -Te deseo tanto que me duele estar cerca de ti- le susurró al oído.

-Yo también...- contestó ella contra su cuello en apenas un murmullo.

-Pero no puedo hacer esto… - André se enderezó lentamente y la miró a los ojos mientras le acariciaba los labios con el pulgar –No puedo hacerlo hasta que tomes las decisiones que tienes pendientes y decidas ser mi esposa nuevamente- con esfuerzo se separó de ella y la ayudó a levantarse de la mesa –Te amo… estoy seguro de que siempre lo haré, pero no quiero compartirte… no puedo hacerlo... por primera vez en la vida te voy a pedir algo... por favor no me hagas conformarme con migajas de tu amor- bajo la vista y movió con pesar la cabeza mientras apretaba con fuerza el respaldo de la silla que estaba cerca, forzándose a no volver a tocarla. Sin atreverse a mirarla nuevamente, salió de la cocina en silencio.

Oscar arregló su blusa y comenzó a recoger las copas quebradas. Mientras limpiaba el vino derramado, un antiguo recuerdo volvió a su memoria. La última vez que había hecho algo similar, fue el día en que ella había llorado frente a Fersen por un amor no correspondido.

Al otro día, Isabelle jugaba en la oficina con una muñeca mientras André revisaba junto a Alain el trabajo recién hecho, esa misma semana tendría que viajar nuevamente a Normandía y no quería dejar nada al azar para que Oscar no tuviera que hacerse cargo, y por consiguiente exponerse en su ausencia. La noche anterior había estado a punto de ceder ante sus deseos y lo mas sensato era poner distancia entre los dos hasta que todo se aclarara. De pronto, un fuerte ruido los interrumpió, escucharon gritos desde la recepción. André corrió a tomar a Isabelle en sus brazos mientras Alain salía de la oficina.

En cuanto el ex teniente salió, vio a su hermana acorralada contra la pared por un par de militares que le gritaban instrucciones y preguntas, Dianne, aterrada, cubría su cabeza y oídos refugiándose contra el muro.

-¡Contéstenos! ¡¿Dónde está?!- insistían gritando los soldados que la atosigaban mientras la empujaban.

-¡¿Qué pasa aquí?!- Alain gritó alterado interponiéndose entre su hermana y los hombres. No alcanzó a reaccionar antes de que dos soldados, diferentes a los que acosaban a su hermana, trataran de reducirlo por la fuerza golpeándolo con los fusiles.

-¡Alain, no te resistas!- gritó Dianne al ver que su hermano intentaba golpear a los hombres armados que lo acorralaban –¡Alain, por favor no te resistas!

André puso a su hija en el suelo y la escondió bajo el escritorio –Cariño mío, debes esperar aquí…. Tu madre vendrá por ti, lo prometo- besó su frente angustiado –¿Isabelle, me entiendes?- la niña asintió asustada abrazando su muñeca –No debes salir de aquí hasta que tu madre o yo vengamos a buscarte- insistió. Cuando la niña asintió nuevamente se alejó de ella, cerró la puerta y salió.

Apenas apareció en la recepción del local, recibió un golpe con la culata de un fusil en la cabeza, cayó de rodillas al suelo y semi aturdido. Trató de incorporarse mientras buscaba con la vista a Alain, su amigo estaba de rodillas en el suelo y un soldado le apuntaba a la cabeza. Dianne estaba agazapada abajo del mesón, llorando en silencio mientras miraba a su hermano, su rostro era una mueca de terror. Levantó las manos mientras trataba de incorporarse.

-¿Qué es lo que buscan?- preguntó con toda la calma que pudo reunir, miró nervioso la puerta de la oficina, permanecía cerrada. Un soldado se acercó al despacho con un fusil en la mano. Desesperado trató de levantarse de suelo para interponerse entre la puerta y el uniformado que quería entrar, dos hombres lo empujaron contra el suelo mientras lo golpeaban con fuerza. Cuando vio que entraban a la oficina, el terror lo hizo incorporarse nuevamente, intentó correr en esa dirección. Se detuvo solo cuando percibió el cañón de una pistola en su cabeza.

-Un paso más y te vuelo los sesos- habló el oficial a cargo.

Uno de los hombres que había entrado a la oficina, salió con la niña tomada de la mano. Isabelle no dejaba de llorar mientras la tiraban con brusquedad hacia la recepción.

-¡Suéltenla! ¡No la toquen!- André gritó.

La niña lo vio de rodillas en el suelo y comenzó a gritar asustada. Dianne salió desde abajo del mesón y arrebató a Isabelle de las manos del soldado. La abrazó contra su pecho mientras se arrodillaba en el suelo tratando de consolarla.

-¡¿Quién es el dueño del establecimiento?!- preguntó el oficial que continuaba apuntando su arma contra su cabeza.

-Yo- contestó André mirando a Isabelle, la niña lloraba y gritaba aterrada –Dejen salir a mi hija, por favor déjenla salir de aquí…- suplicó. Un golpe en el estómago lo hizo perder el aire por un momento, cayó al suelo.

El militar le puso un pie sobre la cabeza para inmovilizarlo. –Sólo contestarás lo que te preguntemos- el oficial hizo un gesto a tres soldados que lo flanqueaban para que registraran el establecimiento, los hombres desaparecieron y registraron las habitaciones destrozando todo a su paso. El caos era absoluto. -¿Dónde está?- el militar presionó el pie contra la cabeza de André. Isabelle gritó nuevamente.

-¿Quién?... No sé de qué hablan- contestó André contra el suelo.

-Se nos informó que aquí estaba la ex brigadier Jarjayes- el oficial apretó nuevamente con fuerza el pie contra la cabeza y cuello -¡¿Dónde está?!

-Se equivocan- André habló con esfuerzo –No sé de qué hablan- insistió. Cuando el pie que lo presionaba salió de su cuello, levantó la cabeza y vio como el hombre caminaba en dirección a Dianne. La tomó con fuerza del cabello tratando de arrastrarla por el suelo, la joven apretó con fuerza a Isabelle entre sus brazos.

-¡Suéltala! – gritó Alain desesperado mientras embestía con sus hombros al soldado que aún le apuntaba con un arma. Tres hombres lo derribaron contra el suelo. El golpe de una patada en la cabeza lo dejó inconsciente.

-Juro que no sé de qué hablan- André insistió levantando las manos, no podía quitar la vista de Isabelle. La niña seguía llorando completamente horrorizada.


Sentado tranquilamente en un banco cerca de la imprenta, el ex general esperó, una vez más, a que Oscar fuera a buscar a su hija. Miró su reloj de bolsillo preocupado, su hija estaba casi media hora retrasada. Cuando levantó la vista nuevamente, vio que un par de soldados sacaban del establecimiento a un hombre inconsciente y maniatado, subiéndolo con brusquedad a una carreta. Reconoció al militar que había servido bajo el mando de su hija en el Regimiento B. Se levantó del asiento y se acercó un poco mientras miraba preocupado hacia la calle principal, cuando vio que Oscar se acercaba, corrió lo más rápido que pudo y se interpuso en su camino.

-Padre- lo miró asustada, pues el ex general se veía agitado.

-Detente aquí- la tomó con fuerza de un brazo y la arrastró hacia un costado de la calle, obligándola a esconderse tras un muro.

-¿Qué es lo que pasa?- insistió Oscar mientras trataba de soltarse de su agarre.

-Hay militares saqueando el negocio de André- apretó con fuerza la mano que aún la sostenía del brazo para evitar que se moviera.

-¡Isabelle está ahí!- gritó asustada.

-Es una niña, no le harán nada- contestó el anciano con calma –No puedes ir, pondrás en evidencia a André y eso le costará la cabeza, ambos terminarán muertos- habló con una frialdad que hizo que su hija se estremeciera.

Oscar asintió en silencio y se asomó con cuidado a la vía principal, vio pasar delante de ella a Girodelle corriendo a toda prisa.

-o-

Víctor entró al establecimiento –Caballeros…- comenzó a hablar con la mayor calma que pudo reunir –¿Serian tan amables de explicarme qué es lo que pasa aquí?- levantó las manos pacíficamente mientras recorría la habitación con la vista. Vio a su esposa arrodillada en el suelo protegiendo con su cuerpo a Isabelle mientras la niña lloraba desconsolada, había visto a Alain inconsciente en el vehículo que estaba afuera, en cuanto a André, el hombre continuaba siendo interrogado mientras era golpeado en el suelo.

-¿Quién es usted?- el oficial lo miró molesto deteniendo por un momento el interrogatorio.

-Soy un ex general del Ejército, mi nombre es Víctor Girodelle- se presentó –Están en el establecimiento de mi cuñado y mantienen a mi esposa y sobrina aterrorizadas- lo miró con rabia –¡Exijo que me expliquen que pasa aquí!

-Se nos informó que aquí estaba la ex brigadier Oscar François De Jarjayes.

-¡Mi Maman!- gritó Isabelle entre lágrimas.

-Están aterrando a mi sobrina- Víctor se acercó con calma a su esposa, que seguía encogida en el suelo con la niña entre sus brazos, se colocó delante de ellas –No sabemos de quien están hablando.

-Hay una orden de aprehensión en su contra solicitada por el diputado Felipe Igualdad- argumentó el oficial.

-Están mal informados- insistió Girodelle –Mi cuñado y su socio fueron destacados soldados que sirvieron en favor de la Revolución, jamás acogerían a alguien que tenga problemas con la justicia o con la República.

-¿Por qué habríamos de creerle?- el oficial se acercó amenazante.

-Pregúntele por mí al maestro Robespierre- Víctor lo miró con dureza –Él podrá comentarle que también serví a la Revolución cuando me rehusé a desalojar la Asamblea, él sabe quién soy y le aseguro que no le gustará saber que los soldados de la República están perdiendo el tiempo acosando a quien no corresponde- sus felinos ojos brillaron amenazantes.

El oficial lo miró nervioso, Robespierre estaba sobre Felipe Igualdad y nadie quería enemistarse con él. Hizo un gesto a los soldados que tenían a André contra el suelo para que lo levantaran. –Estos hombres se resistieron al interrogatorio y serán juzgados por traición.

Girodelle vio como arrastraban a André fuera del establecimiento y lo ataban junto a Alain. -Oficial le repito, esto es un error- habló tratando de dar alcance al uniformado que salía apresurado del establecimiento, al no recibir respuesta insistió -¿Dónde los llevan?

-A la Conciergerie- los soldados se marcharon junto a los dos prisioneros.

Víctor entró a la tienda y ayudó a levantarse a su esposa del suelo. La abrazó angustiado mientras besaba su cabello tratando de tranquilizarla. Tomó a la pequeña niña en sus brazos para consolarla. La puerta se abrió nuevamente. Dianne y Girodelle miraron asustados. Oscar entró corriendo, seguida por su padre, Isabelle estiró sus pequeños brazos para ir a su encuentro.

-¿Dianne que pasó?- preguntó la ex militar mientras besaba y abrazaba a Isabelle que temblaba en sus brazos.

-Se los llevaron...- la joven no dejaba de llorar aferrada a los brazos de su esposo –Los golpearon y se los llevaron, te buscaban a ti… los van a enjuiciar por traición.

-No puede ser…- la rubia sintió que las piernas no la sostendrían, alguien la afirmó devolviéndole la entereza que estaba a punto de perder, volteó a mirar, su padre la sostenía de un brazo.

-Debes tranquilizarte, no asustes a tu hija- el anciano habló con calma.

Ella asintió en silencio. –Debo llevar a Isabelle a casa- miró a Dianne –Te prometo que no permitiré que les pase nada- giró nuevamente a mirar a su padre. El hombre ya no estaba.

-Vamos- Víctor secó con cuidado las lágrimas que aún se deslizaban por el rosto de su esposa y la tomó de la mano –Te acompañaremos, aquí no hay nada más que hacer.


Cada día era una tortura, Oscar no lograba conciliar el sueño ni comer; Bernard había insistido a diario en la cárcel para que lo dejaran ver a los detenidos pero sus esfuerzos eran infructuosos, no tenían noticias de André o Alain desde hace una semana. Caminó nerviosa por la habitación, se sentía a punto de perder la razón. Suaves golpes en la puerta la asustaron, abrió rápidamente para que Isabelle no despertara.

-Milady, el señor Chatelet la está esperando- le informó Anne.

Oscar no contestó y bajó corriendo las escaleras. -Bernard…. Dime por favor que has sabido algo de ellos- lo interrogó angustiada.

-Me confirmaron que aún están vivos al interior de la cárcel- se acercó a ella y trató de tranquilizarla tomándola de los brazos –El que estén aún vivos es una buena señal, los juicios y las ejecuciones son casi inmediatos.

-Me entregaré, es lo único que puede salvarlos...

-No puedes hacer eso, André jamás lo permitiría.

-No puedo quedarme a esperar que los maten- Oscar se sentó en uno de los sofás –Bernard... los van a matar... los van a matar...- repitió aterrada.

-Aún tenemos una última oportunidad- el político se sentó junto a ella –Mañana, a primera hora, me reuniré con Robespierre, ahora que sé que están vivos pediré clemencia para ellos, debes creerme, no descansaré hasta que logre algo.

-No puedo quedarme de manos cruzadas… ¿Qué puedo hacer?- preguntó.

-Por ahora no puedes hacer nada- apretó con cariño uno de sus brazos para infundirle confianza –Trata de descansar, mañana vendré a hablar contigo apenas tenga noticias.

Después de una noche en completa vigilia, debido a que Isabelle seguía con constantes pesadillas que la hacían despertar aterrada y llamar a gritos a André. Oscar se sentó frente a la mesa de la cocina y miró la taza de té que se enfriaba ante sus ojos, no fue capaz de probar bocado al desayuno. Observó a Isabelle, que comía en brazos de Gabrielle y sintió que su corazón se acongojaba, su hija estaba triste y desanimada. Apretó los puños con rabia, sentía crecer en su interior un odio que no podía controlar.

La puerta de la cocina se abrió, la abuela de André entró y Oscar corrió a su encuentro. –Nana lo siento tanto- la abrazó -Te prometo que lo sacaré de ahí... no dejaré que nada le pase.

-Tranquila, mi niña- la anciana trató de consolarla –No sabías que esto pasaría- la guió de la mano hasta la mesa para que se sentara nuevamente –Traje algo que los ayudará cuando André sea puesto en libertad.

Oscar la miró sin entender. La Nana puso dos legajos de documentos frente a ella. La ex militar los empezó a revisar.

-No entiendo…- dijo mirándola llena de dudas –Son los títulos una propiedad en Arras y otra en Normandía.

-Así es- contestó la anciana.

-Pero están a tu nombre…. ¿Por qué me los entregas?- Oscar seguía sin entender.

-Hoy me los entregó tu padre.

-¿Mi padre?

-Son propiedades que alcanzó a salvar hace un par de años, antes de que le fueran arrebatadas por el Gobierno... las ocultó poniéndolas a mi nombre.

-¿Desde cuándo sabes esto?

-Hoy me lo informó, sólo lo supe cuando me pidió que te hiciera llegar estos documentos.

-Pero... ¿Por qué?…- Oscar movió la cabeza, en su estado de desesperación no podía entender nada.

-Cuando yo muera, estas propiedades pasarán a nombre de quien sea mi heredero, es decir a nombre de André y después de él a Isabelle… tu padre las guardó para ti, sabe que nosotros nos encargaremos de que estén en tus manos.

-Pero… No puedo aceptarlo...

-Debes irte de París con Isabelle en cuanto sea posible- Marrón Glacé tomó las manos de la mujer que había criado –Gracias a esto nadie las encontrará. Deja tu orgullo de lado y acepta la ayuda de tu padre.

-No puedo irme sin André- sus ojos se humedecieron –Nana no lo abandonaré...

-¡"Fançois"!- gritó Isabelle soltándose de los brazos de Gabrielle. Rosalie entró tras el niño por la puerta de la cocina. Los dos infantes salieron corriendo a jugar al jardín.

-¿Tienes noticias?- Oscar interrogó a Rosalie sin siquiera saludarla. Ella asintió pálida como un papel. –Dime que pasa, por favor- se puso de pie y la tomó de los hombros -¿Por qué estás tú aquí y no Bernard?

-Él no pudo venir, temió que lo siguieran- la miró asustada –La reunión con Robespierre fue de cierta forma exitosa.

-¿A qué te refieres?

-Robespierre intercedió por André y Alain debido a su cercanía con Bernard… pero... el duque de Orleans presentó documentos que los relacionaban contigo en el ejército para respaldar su teoría de que ellos te ayudaron, insiste en que ambos saben de tu paradero- suspiró con tristeza -Gracias a la ayuda que consiguió Bernard, les perdonaron la vida, pero no se marcharan sin castigo.

Oscar se sentó de golpe en la primera silla que estaba cerca de ella. –¿Cómo los castigarán?

-Estarán en prisión seis meses con posibilidad de salir en la mitad de tiempo si tienen buen comportamiento, Bernard quedó apelando a que rebajara la sentencia debido a su intachable pasado militar y argumentando lo peligroso que sería para ellos estar en prisión, pero antes de eso…

-¡¿Antes de eso qué?!

-Fueron sentenciados a recibir veinticinco latigazos cada uno a modo de escarmiento por haberse resistido al interrogatorio y haber golpeado a soldados de la República- Rosalie habló en apenas un murmullo.

-No puede ser…- Oscar la miró consternada, sintió que le faltaba el aire, trató de concentrarse en respirar pues tenía ganas de vomitar y la vista nublada. Después de unos segundos, cuando por fin logró dominar su cuerpo, levantó la mirada y vio a su adorada Nana llorando desconsolada mientras apretaba contra su boca un pañuelo para acallar sus sollozos.


Nueva nota: He notado que se mal entiende (o no se entiende) el tema del por qué Oscar presenta dudas o temores. Así que explicó este capítulo:

Quién después de separarse puede dar vuelta la pagina de manera definitiva en tan poco tiempo? Eso habla de la poca seguridad en la vida? NO. Es más, habla de la nobleza que hay en el corazón, ya que es imposible no querer y sobre todo no sentir gratitud por alguien que te ayudó en el momento de más fragilidad.

He puesto mucho cuidado en todo este fic, en relatar lo mejor posible y tratar de conservar la esencia de cada personaje, por lo que si consideran que no lo he hecho y que incluso estoy faltando el respeto a la obra o a los lectores, por favor no sigan leyendo porque esos comentarios con una falta de respeto hacia mi.

Lo que planteo es una historia poco común pero coherente, ser valiente o decidida no es garantía de ser perfecta, sobre todo en temas románticos. Así que... si esta historia no cumple con sus expectativas en cuanto a shippeos, favor no continuar.

Queridas todas, agradezco a cada una sus reviews y confieso que muero porque l*s nuev*s lector*s se apiaden de esta humilde aprendiz y dejen algún mensaje XD.

¡No me odien por favor! Sólo he tratado de seguir la línea "histórica" y hacer todo lo más real posible, la época del terror fue espantosa, llena de peligros e intrigas políticas.

OJO: La confesión de André en cuanto a su "castidad" está basada en información entregada por la misma Ikeda XD

Gracias especiales a la maestra Eödriel que es una increíble ilustradora y me ayuda a destrabar enredos mentales…. Cada personaje se manda solo y no saben lo que cuesta encausarlos jajajajajaja

Un abrazo y una vez más ¡GRACIAS POR LEER!

Pd: Y si van a dejar solo comentarios negativos, favor abstenerse, ser hater solo habla de lo pobres que somos.