36. Grimmault Place

Hermione siempre se preguntaba qué dirección rara habría tomado su vida. Había estado en el pasado por casi un año y ahora estaba comprometida y viviendo con su antes profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, estaba a la mitad de la más grande batalla mágica del siglo y de nuevo estaba parada frente al número 12 de Grimmault Place.

Estaba lloviendo y el autobús Noctámbulo apenas acababa de dejarlos a Sirius y a ella frente a su casa. El cabello de Hermione estaba pegado a su cara y el agua caía de sus puntas. La cara de él estaba decidida y sus ojos se veían fieros, y ella se preguntó si él no habría cambiado de opinión.

Finalmente él se puso en acción cuando sintió el titiritero de ella a su lado. Volteó hacia ella y frunció el ceño cuando vio que él estaba tan mojado como ella, como si él no hubiera notado la lluvia en él mismo.

-Vamos, salgamos de la lluvia,- dijo. Caminó hasta la casa y tocó la campana.

-¿Qué haces?- preguntó Hermione. -¿Los quieres despertar?

Sirius la miró con extrañeza. -¿Qué?- preguntó.

-Los cuadros,- dijo Hermione. –Los despertarás.

-¿Y?- le regresó.

Hermione hizo una pausa. –Los cuadros,- repitió con incertidumbre. –Si se despiertan…- Fue interrumpida cuando la puerta de Grimmault Place se abrió.

Sirius puso una mano en la espalda de Hermione empujándola hacia dentro, para después seguirla con rapidez.

-Amo Black,- dijo una voz profundamente grave.

Hermione saltó del miedo. Miró hacia abajo y vio al decrépito elfo doméstico de los Black, que no se veía tan decrépito como lo recordaba.

-¿Dónde está mi madre, Kreacher?- preguntó Sirius directamente.

-Mi señora está en su habitación,- le contestó Kreacher.

-¿Y mi padre?- preguntó Sirius.

-El amo no está en casa.

-Dile a mi madre que estoy aquí con una visita,- ordenó Sirius.

-Mi señora le ordenó a Kreacher que no la molestara,- dijo Kreacher.

-No me importa,- dijo Sirius con enojo. –Dile que tengo que hablar con ella. ¡Ahora!

-Sí, amo Black,- dijo de mala gana. Lentamente se fue perdiendo de la vista de ellos en la casa.

Sirius miró a Hermione, quien seguía temblando y tenía sus brazos cruzados por su pecho. Sacó su varita e hizo un hechizo para secar a Hermione y a él mismo.

-No tenías que venir,- dijo él después de un momento.

Hermione no estaba segura de qué responder. Ella no había querido ir, pero al mismo tiempo sabía que tenía que. Grimmault Place era otro de los lugares en los que era doloroso estar. Había demasiadas memorias. Así que en vez de eso volvió al tema por el que habían ido.

-¿Realmente crees que tus padres sepan algo de los Potter?

Sirius encogió los hombros. –No estoy seguro, pero tenía que intentar.

Hermione asintió, pero sintió miedo. Ninguno de los abuelos de Harry estaban vivos cuando los Potter habían sido asesinados, de lo contrario él no habría tenido que irse con sus horribles tíos, pero una pequeña parte de Hermione tenía la esperanza de haber cambiado suficientes cosas como para salvarlos. Por momentos sentía que el futuro cada vez era más incierto que cuando había llegado.

De alguna manera se había sorprendido de que ni Remus, ni Dumbledore, ni Sirius le preguntaran sobre el futuro de los Potter. Como si tuvieran miedo de la respuesta.

Hermione observó el área en la que estaban. Sirius no había entrado más en la casa que el recibidor. Los cuadros seguían ahí en todas las paredes, pero sin las cortinas. Miró varios retratos, pero estaban mirando rígidamente hacia el frente como si rechazaran deliberadamente a las dos personas delante de ellos. Sus ojos finalmente cayeron en el cuadro de la madre de Sirius, el que la había asustado francamente cuando la casa era ocupada por la Orden.

El cuadro era hermoso. De hecho, su madre era muy atractiva e impactante con su cabello negro, brillante y nítido, sus marcados pómulos y sus labios. La madre de Sirius le devolvió la mirada, peor no dijo nada.

Sirius hizo como si ninguno de los cuadros estuviera ahí, como la mayoría de los retratos actuaban para con él.

Después de casi cinco minutos, Kreacher reapareció en el vestíbulo. –Mi señora dice que debe de irse de la casa,- dijo casi con alegría.

Sirius avanzó hacia el deleitado elfo. -¿Eso dice?- preguntó con los dientes apretados.

Hermione contuvo su respiración. Podría apostar que veía miedo en los ojos del elfo.

-Dile a mi madre que no me voy hasta que la vea, aunque tenga que esperar aquí toda la noche,- dijo Sirius. –Mejor aún, iré yo mismo allá arriba y la veré,- dijo empujando a Kreacher. Hermione lo siguió con rapidez. No quería quedarse sola en aquella casa.

-Quizás quieras quedarte acá abajo,- dijo Sirius quedamente.

Hermione se sorprendió que él se diera cuenta de que ella seguía ahí. –No te voy a dejar,- le contestó igual de despacio. -¿Pero estás seguro de que quieres hacer esto?

-Mis padres son amigos de prácticamente todos los Mortífagos de importancia. Puede que sepan qué les pasó a los Potter.

-Pero no son Mortífagos, Sirius.

-Eso no lo sabemos,- dijo cortante.

-Lo sé,- dijo ella con suavidad, poniendo una mano en el hombro de él.

-Mi hermano era un Mortífago,-la retó Sirius.

-Pero tus padres no. Y lo sabes.

-Mis padres no han hecho nada más que mentirme desde el día que nací.

-Sirius, digan lo que digan tus padres, no son Mortífagos,- dijo Hermione con firmeza.

Sirius se encontró con sus ojos. –Si hay una pequeña posibilidad de que sepan dónde están los Potter…- comenzó.

-Averigüémoslo,- dijo Hermione tomando su mano en la de ella como un gesto de apoyo. El resto del camino lo recorrieron tomados de la mano y Sirius abrió la puerta del cuarto de su madre sin tocar.

La señora Black estaba sentada en una banca decorativa frente a un tocador. Estaba mirando a Sirius y a Hermione a través del espejo.

-Hola madre,- dijo Sirius, mirando también por el espejo.

-Creí haberle dicho a Kreacher que te echara,- fue su única respuesta. Volvió su mirada a u propio reflejo y agarró un cepillo de plata para empezar a pasarlo por su cabello. –Me temo que deberá de ser castigado,- meditó.

El corazón de Hermione se torció por la horrible excusa para el elfo doméstico, pero si Sirius sintió algo, no lo demostró.

-Imagino que sabes por qué he venido,- dijo Sirius, yendo inmediatamente al grano.

-¿Dinero?- inquirió. –No, no podría ser eso. Tu padre y yo fuimos informados que tu tío Alphard te dejó una linda suma.- Dejó su cepillo en el tocador y tomó otro artículo, aunque Hermione no pudo ver qué era. –Quizás has recobrado tu sentido y te has arrepentido por tus pecados y regresado a tu familia.- Volteó hacia ellos y Hermione dio un paso hacia atrás involuntario. Hermione nunca había visto ojos como los de la señora Black. Eran oscuros y casi completamente desprovistos de cualquier cosa que se asemejara a la vida. Los ojos de Sirius también eran oscuros, pero brillaban con travesura y algo alegre e intocable.

Miró a Sirius con esos ojos. –Estás gastando tu tiempo. Ni tu padre ni yo nunca vamos a reconocerte de nuevo. Estás solo en este mundo. Tu padre será el último de los Black.

Hermione dejó salir su aliento. Nunca había visto a ningún padre actuar con tanto odio hacia alguno de sus hijos. Eso le hizo recordar a la señora Black de que ella y Sirius no eran los únicos en la sala. Sus labios se curvaron a una lenta sonrisa.

-No has cambiado ni un poco, madre. Puedes elegir vivir en el odio, pero yo me niego. He venido por una cosa, y una vez que la tenga, me iré y no me volverás a ver,- dijo Sirius sin emoción en la voz.

Su madre lo observó, pero no dijo nada. Sin dudar, Sirius continuó. -¿Saben algo de la desaparición de los Potter?

Ella se rió, aunque una risa áspera. –Fuera,- ordenó, volteándose.

-Dime,- le demandó, avanzando hacia ella. –Dime ahora.

-Tonto,- le escupió. –Esto es lo que te pasa por mezclarte con sangre sucias y traidores de la sangre. Todos caerán uno por uno. Tu hermano Regulus tuvo coraje. Era un hombre que sabía cómo alcanzar el poder. Tú, Sirius, eres un cobarde, demasiado miedoso como para extender tu mano y tomar lo que te pertenece.

Sirius sacudió la cabeza. –Regulus está muerto,- dijo con amargura. –Mi hermano era un tonto, creyéndose todas las mentiras que tú y mi padre nos escupían. Y murió como un tonto.

En un instante, la mano de la señora Black acortó la distancia con su hijo, estampándose contra la mejilla de éste. La cabeza de él se fue de lado por la fuerza del golpe y cuando se enderezó, Hermione pudo ver sangre en su cachete. –Vergüenza de mi carne,- gritó la señora Black. –Vil, traidor…

-¡Pare!- gritó Hermione, poniéndose enfrente de Sirius. No iba a dejar que ella lo lastimara. Sabía que ya le habían hecho daño y quedaría maldita si le hacían más, más si ella podía prevenirlo. -¿Qué tipo de madre es usted?- le escupió. -¿Tiene idea de qué tipo de hombre es su hijo? Vale más que todo el árbol genealógico de los Black juntos. Todos ustedes no son más que débiles y odiosos.

-¡Sálganse de esta casa!- continuó gritando. –No voy a tener porquería rondando por los pasillos de esta casa.

-Dinos lo que sabes de los Potter y nos iremos,- demandó Sirius.

-¡Rigel!- gritó. -¡Rigel!

Hermione sintió a Sirius tensarse tras ella y volteó hacia él sin entender. Sirius se había puesto pálido y de hecho empezaba a jalar a Hermione hacia atrás. Ella dejó que la llevara casi hasta la puerta del cuarto pero fueron detenidos por un alto e imponente hombre que bloqueaba la puerta.

Sirius empujó a Hermione tras él y ella lo podía sentir temblar. Eso la desconcertó. Aún cuando se habían enfrentado a Voldemort juntos no había visto a Sirius alterado. Había sido valiente y fuerte. Ahora, podía sentir su miedo, el cual casi tenía envuelto por completo a Sirius y amenazaba en consumirla a ella.

-¿Qué significa todo esto?- preguntó el hombre que estaba en el marco de la puerta.

-Padre,- dijo Sirius con voz ronca. –Nos dijeron que no estaba en casa.

-¿Qué hacen aquí?- demandó Rigel Black.

Sirius no contestó.

-Habla, niño,- amenazó su padre con peligrosidad.

Hermione intentó desesperadamente sacudirse el miedo que empezaba a burbujear dentro de ella. Rigel Black no era mucho más alto que Sirius, tampoco parecía pesar más, pero parecía dominarlos. No era como si fuera un gran hombre, más bien parecía como si Sirius se hubiera vuelto pequeño.

-Vino a preguntar sobre el paradero de los Potter,- dijo la señora Black detrás de su hijo y de Hermione.

Los ojos de Sirius Black nunca quitaron el contacto de los de Sirius y éste no tuvo otra opción más que mantener la mirada. –Los Potter están muertos,- dijo con frialdad. –Ahora sálganse de mi casa y nunca regresen.

Hermione se mordió su labio inferior con dureza para evitar llorar. Había pronunciado la muerte de los Potter de una manera que les todas las esperanzas que quedaban en su corazón se habían desvanecido. El tono indiferente, como si estuviera haciendo un reporte del clima, parecía desafiar la contradicción.

Estaba cerca de Sirius, su cuerpo tocando varias partes de las de él y después del pronunciamiento de su padre, cada músculo del cuerpo de Sirius se tensó. Se abalanzó hacia su padre, pero fue forzado a detener su movimiento hacia delante cuando sintió la picuda punta de una varita contra su pecho.

-No me tientes, muchacho,- le advirtió. –No me voy a templar como cuando hice cuando eras niño.

Hermione dio un paso hacia el frente lentamente. –Sirius,- dijo con suavidad. Colocó ambas manos en su brazo y lo movió de ahí con cautela. Sirius nunca desvió la mirada de la de su padre.

-Padre,- dijo, y Hermione estuvo orgullosa de no oír ni una nota de temblor en su voz ni de sentirla en su cuerpo. –Voy a tener un hijo y va a ser lo contrario de todo en este cuarto. No eres el último de los Black. Ésta es mi promesa y quiero que la recuerdes por el resto de tu vida.- Sin más palabras bajó las escaleras, manteniendo a Hermione cerca de él, aún cuando habían abandonado los confines de la casa.

Llamó al autobús Noctámbulo e hizo que Hermione entrara apresuradamente. Se sentaron solos al final del vacío transporte. Ninguno de ellos habló en un buen rato.

Hermione observó a Sirius todo el tiempo, pero su cara estaba ilegible. Finalmente ella se volteó, viendo cómo la lluvia pegaba contra el vidrio en la noche, cuando él habló. Fue casi imperceptible.

-James,- murmuró.

-¿Qué?- preguntó Hermione con suavidad.

-Tengo que ir con James,- se dijo más a sí mismo que a Hermione.

-Lo sé,- dijo con tristeza. –Remus ya lo ha de haber traído a Hogwarts por ahora,- le aseguró.

-Tiene que saber,- dijo quedamente.

-Oh, Sirius, no sabemos si…- paró cuando él la volteó a ver. Lágrimas brillaban en sus ojos y le estaba rogando que parara. Lo sabían. Los Potter estaban muertos. Ambos podían sentirlo y Sirius no sería capaz de controlarse a sí mismo si ella continuaba.

No supo cómo eventualmente llegaron a Hogwarts, pero lo hicieron. Fue como si los dos fueran sonámbulos, concentrando todos sus esfuerzos en poner un pie delante del otro, sabiendo que o era eso o sucumbir al dolor.

Hermione pudo oír el llanto antes de entrar al cuarto y vaciló, pero Sirius mantuvo su paso firme. Entró a la oficina de Dumbledore sin dudar, dejando la puerta abierta tras él. A través del marco de la puerta Hermione podía ver la escena que se desarrollaba dentro del cuarto.

Para Hermione, James nunca había parecido más su hijo que lo que parecía en ese momento. Estaba sentado en una silla viendo a un punto indefinido en una pared lejana. Cada parte de él luchaba por control. Lily estaba llorando silenciosamente detrás de él, no sabiendo cómo llegar a su esposo. Estaba muy lejos como para ser alcanzado. Ambos subieron la mirada cuando Sirius entró en el cuarto y James se paró. Ambos hermanos se encontraron a la mitad del camino respectivo de cada quien y se tiraron los brazos alrededor del otro.

Hermione continuó observando y vio a Remus emerger de algún lugar de la izquierda y acercarse. La abrazó de una manera protectora.

-Encontraron a los Potter,- susurró suavemente en su oído.

Ella asintió.

-Fue la maldición asesina,- dijo aún más bajito.

Ella asintió de nuevo, muy entumida como para hablar. Sabía lo que era la pérdida, pero esto parecía mucho que soportar. Los Potter los habían recibido en su hogar y los habían tratado como una familia. Los había llegado a querer en tan poco tiempo. Remus la guió silenciosamente al despacho de Dumbledore, cerrando la puerta tras ellos y bloqueando todo.

-¿Por qué?- preguntó James, incapaz de ocultar su angustia.

-No lo sé,- le contestó Sirius amargamente. –Pero no descansaremos hasta que paguen.

-No,- dijo James salvajemente, arrancándose del abrazo de Sirius. Volteó hacia donde estaban parados en silencio Remus y Hermione. -¿Por qué no lo paraste?- dijo, sus ojos brillando con rabia.

Hermione sacudió la cabeza, lágrimas nuevas corriendo por su cara.

James llegó hasta ella y la agarró de los hombros, sacudiéndola con fuerza. -¿Por qué no los salvaste? Esto es tu culpa. Estarían vivos de no ser por ti. Nunca debiste de haber venido.

Sus dientes castañearon mientras se quejaba. –James, por favor.

Él la soltó inmediatamente y cayó a sus pies, sollozando. Ella cayó en sus rodillas y pasó sus brazos alrededor de su conmocionada constitución. –No lo sabía. Lo prometo. No lo sabía.

La haya oído o no, ella no podía saber. Él continuó llorando, perdido en su dolor. Lily fue y se sentó, abriéndole sus brazos a él. Él se fue inmediatamente con ella. Remus se acercó a Hermione por atrás y la paró a sus pies. Intentó retenerla, pero ella no se dejó, escogiendo en vez de eso dejar el cuarto. Salió de la oficina de Dumbledore y empezó a correr.

-Hermione,- la llamó Remus, siguiéndola. Pero ella no paró. Corrió por los pasillos y luego comenzó a subir escaleras. Al principio subía de dos en dos, pero después su cuerpo comenzó a sentir el cansancio, cada vez más evidente y la forzó a alentar su ritmo, aunque se alentaba ella misma a no detenerse y seguir adelante.

Podía oír a Remus, pero estaba un piso abajo y no la podía alcanzar. Corrió por las escaleras del quinto piso y por las del sexto hasta llegar al séptimo. Abrió la puerta del séptimo piso y buscó en el pasillo. Vio lo que estaba buscando al final del pasillo. La antigua escritura seguía ahí, pero brillaba mucho menos que hacía un año. Strawgoh ed odasap le emreud atruep atse ed sévart a.

Hermione agarró la manija de la puerta y la movió, pero nada pasó. –Ábrete,- sollozó. –Maldición, ¡ábrete!

-¡Hermione, no!- gritó Remus del otro extremo del pasillo. Podía oírlo correr hacia ella.

Ella siguió intentando abrir la puerta y luego comenzó a golpear ésta. -¡Ábrete!- gritó.

Remus la alcanzó y la agarró del rededor de su cintura empujándola hacia atrás. Ella luchó contra él y ambos perdieron el balance, cayendo de espaldas. Hermione intentó volver de nuevo allá, pero Remus la sostuvo con rapidez.

-Déjame ir,- rogó. –Por favor. Necesito regresar. No quiero estar aquí más tiempo.

-Por favor, Hermione,- rogó él, su voz sonaba atragantada y desesperada. –Por favor, por favor.

Ella dejó de intentar zafarse eventualmente y dejó que Remus la atrajera hacia su fuerte abrazo.

-Tú me amas,- le susurró él. –Tú me amas. Por favor no me dejes.

Ambos estaban respirando pesadamente. Hermione no podía decir nada. No podía pensar.

-Haré lo que quieras,- continuó Remus. –Sólo quédate. Nos amamos el uno al otro. Nos vamos a casar. No lo eches por la borda. Sólo quédate.

-Nunca dejarán que nos casemos,- le contestó Hermione miserablemente. Se volteó en sus brazos. –Hubiera sido mejor para ti que nunca hubiera venido.

-No digas eso,- dijo con enojo. –No es cierto.

-Remus, ¿por qué me amas? Todo lo que he hecho es causar miseria desde que llegué.

Remus se rió con suavidad. –Lo único que has hecho desde que llegaste ha sido hacerme más feliz de lo que nunca he estado. Pero si yo no te hago tan feliz como tú me haces a mí entonces…

-Tú me haces feliz,- interrumpió Hermione. –Lo siento tanto. Simplemente era demasiado. Te amo. De verdad que sí.

-Te amo,- repitió él. –Todo va a estar bien.

Es todo. ¡No saben! Me acaban de regresar mi computadora hace como cuatro horas :S, se la habían llevado como por tres semanas y por eso no había podido traducir. Además una de esas semanas no estuve en mi casa. Que hayan tenido unas muy felices semanas (:

Caro D