LA NOCHE MÁS LARGA: acto final

SESSHŌMARU

Cuando abro los ojos, paso unos inigualables segundos mecido por una cálida sensación de paz y tranquilidad. Sin duda estoy muerto y esto es el cielo. El aroma a jazmín y agua de lluvia, el cálido cuerpo de Kagome en mis brazos, su lengua lamiendo mis heridas…

"¡Alto! ¿Pero qué rayos está haciendo esta suicida?"

Se acaba el encantamiento.

La avalancha de recuerdos me aplasta contra el suelo, el sexo, la sangre, mis gritos, el pánico en los ojos de Kagome… Con el corazón latiendo a mil por hora, aparto su cabeza con algo de brusquedad de mi hombro y la observo horrorizado.

— ¿Dónde estás metiendo la lengua, mujer? ¿Acaso no ves que en ese corte hay restos de veneno? — ¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto? Entrecierro los ojos confirmando mi inicial sospecha. Kagome me aprieta las piernas con fuerza entre sus muslos, impidiendo que me aleje, se limpia provocativamente un resto de saliva de la cara con el dorso de la mano mientras permanece tumbada de lado apoyándose sobre su codo. Me sonríe divertida mientras se sujeta la cabeza con la palma de la mano.

— ¿Estas muerta? ¿Yo te maté?

Sigue sonriendo mientras gira la cabeza en señal de negación.

— Entonces soy yo el que está muerto y tú eres un ángel.

Vuelve a negar sin parar de sonreír.

— Yo no estoy muerta, tú no estás muerto, nadie está muerto Sesshōmaru… Bueno si…, tu madre sí que está muerta. Pero eso seguro que lo sabías. Por cierto, ¿Cuánto tarda en hacer efecto este veneno tuyo?

A pesar del estado de estupor, acierto a citar con exactitud los datos.

— Nada. Es corrosivo al primer contacto. En estado diluido es similar al veneno del Fugu (pez globo). En 10 minutos como máximo paraliza todos los órganos causando la muerte por asfixia.

— ¿Y el de los colmillos?

— Como el diluido, sin el efecto corrosivo.

— Pues lamento informarle, Lord Sesshōmaru, que esta miko a su servicio debe de ser inmune. Llevo más de una hora haciendo eso que de manera tan brusca acaba de interrumpir y lo único que debo de tener paralizado es el sentido del gusto, a juzgar por lo delicioso que me parece el sabor de su sangre.

— No es posible. Sólo yo soy inmune a mi veneno.

— ¿Acaso no me cree? ¿Desea una demostración?

Ella amplía su sonrisa, atrapa una de mis manos y con el pulgar aprieta con fuerza sobre mis garras hasta lograr exprimir una gota de líquido verdoso con la capacidad de fundir la roca. Observo hipnotizado como la extiende sobre la yema de sus dedos, como si de simple saliva se tratase. Pero no contenta con eso me sujeta la mano con firmeza y la acerca lentamente a su cara. Sin dudar ni por un momento se introduce mi dedo índice en la boca y lo chupa con deleite, jugueteando con la lengua sobre los afilados bordes de mi garra.

— ¿Convencido?

Pues no en realidad. Mi mente no para de darle vueltas al asunto.

Pero mi pene, en cambio, no tiene ningún interés en sucesos paranormales. Lo único que le importa es la erótica sensualidad de esa boca y el deseo de sentirse rodeado por esos carnosos labios y acariciado por esa juguetona lengua. Se pone duro de inmediato y es recibido por el muslo de Kagome, que le regala un suave apretón.

Ella se pone seria de repente y suelta una frase que permanecerá retumbando en mi cabeza quizá para siempre.

— Escúchame bien Sesshōmaru, lo repetiré las veces que haga falta hasta que me creas. No hay nada, absolutamente nada, que provenga de ti que pueda hacerme daño.

Esos profundos ojos de madera lacada me miran con total franqueza, no soy capaz de descubrir por ningún lado la trampa. Pero alguna trampa debe haber. Puede que esto sea un sueño.

— No estás soñando, — me lee el pensamiento. — Si lo piensas detenidamente todo encaja. Debo realmente de ser tu compañera, como ese muchacho tan majo de hace un momento insistía en repetirme.

—¿Quién? — Me sobresalto de repente sintiendo los aguijonazos de los celos.

— Ese que eres tú, en realidad. ¿Cómo lo llamabas? ¿Yako?

Suspiro aliviado pero nuevas preguntas se acumulan en la cola.

— ¿Has hablado con mi bestia? — ¿Cómo es posible que lo haya conseguido, si ni yo puedo hacerlo?

— Largo y tendido.

— ¿Y os habéis…?

— ¿Qué? ¿Apareado…? Definitivamente, no. Sigo siendo tan virgen como lo era antes de que te desmayaras. ¿Quieres comprobarlo?

Ella vuelve a guiar mi mano esta vez hacia su sexo, la deposita sobre su pubis de terciopelo y al notar que no tengo intención de moverla suspira y la abandona a su suerte. Yo tengo todavía los recuerdos de mi desliz de hace un rato demasiado frescos para atreverme a jugar con fuego, así que la retiro.

— Un autentico caballero, esa bestia tuya. Ha tenido un comportamiento intachable, bastante mejor que el tuyo, por cierto… Solo tuvimos charla de almohada. Gracias a eso he podido enterarme de algunas cosillas muy interesantes que me aclaran hasta cierto punto el misterio con patas que eres. Cosas como la causa de tu gusto por el boundage.

— ¿Boundage?

— Si…, esa manía que tienes de atarme o mejor dicho, ese pánico que tienes a que te toque.

"¡Ese bocazas…!"

— No sé de qué me estás hablando… — Aparto la mirada, no creo que mi mentira se sostenga por mucho tiempo pero por probar que no quede.

— ¿Me equivoco? Entonces no te importará que haga esto.

Ella alarga la mano en dirección a mi pecho y aprieto con fuerza los dientes con la intención de resistir. Pero al cerrar los ojos desde la oscuridad de mi mente, los ojos sin vida de Midori me recuerdan el precio del orgullo. La atrapo en el último momento y gruño amenazador.

— ¡Juegas con fuego, mujer!

— No me das ningún miedo, Sesshōmaru.

— Pues debería. Toda hembra que se ha atrevido a tocarme, con o sin intención, ha pagado con su vida el intento.

— Pero yo sé que no serás capaz de hacerme daño, soy tu compañera.

Ahora sí que pillo la bravata al vuelo, un leve temblor en su voz la delata. ¿Cómo podría estar tan segura de algo, si ni yo mismo lo estoy? Lo que no entiendo es por qué se juega el cuello si tiene toda la información. Nadie en su sano juicio iría a molestar a un tigre salvaje hambriento, si sabe lo hambriento que está y lo salvaje que puede llegar a ser. Nadie.

Lo último que deseo es hacerla sufrir más esta noche, por lo que si no funciona el miedo probaré con la diplomacia. Cojo entre mis zarpas su pequeña mano y deposito un suave beso en la punta de sus dedos.

— Es mejor detenerse aquí, Kagome. Es imposible para mí en estos momentos garantizar tu seguridad. Pensaba que podría pero es imposible. Seas o no seas mi compañera, ya eres lo suficientemente importante para que me aterrorice la idea de perderte. — Ella levanta una ceja. No parece muy convencida. — Sí, como lo oyes. Este Sesshōmaru tiene miedo, pavor incluso, a perderte. Jamás otro ser vivo me ha hecho reconocer tamaña debilidad. ¿No te puedes conformar con eso?

Aparta la mano mientras sus ojos se vuelven húmedos y brillantes. Pero la fuerza con la que me aprisiona con sus muslos no ha hecho más que aumentar. Mi erección pasa a niveles dolorosos y se clava en ellos. Está claro que mentir al respecto no es una opción.

— No…, me niego a darme por vencida. Jamás me rendiré contigo. — Se incorpora, cruzando las piernas a mi espalda y atrapa mi rostro con ambas manos obligándome a perderme en la profundidad de sus cálidos ojos.

— Te amo Sesshōmaru, eres todo lo que siempre soñé y mucho más. Te quiero, te deseo, te necesito. Me niego a regalar a esa despreciable mujer ni un minuto más de nuestra felicidad. Ella está muerta, jamás volverá a hacernos daño. — La voz de Kagome me adormece los sentidos y dejo de tratar de medir la veracidad de sus palabras. Mis brazos se mueven solos, rodeándola y enlazándose en su espalda. La abrazo con todas mis fuerzas mientras ella coloca mi cabeza sobre su pecho y entierra los dedos en mi nuca. Me agarro a su cintura como un náufrago a un trozo de madera flotando en medio del océano, mientras las palabras que ella deposita en mis oídos son todo lo que alguna vez quise escuchar.

— Pero yo estoy aquí, Sesshōmaru, estoy viva y siento que fui creada solo y exclusivamente para ti. Para sanar tus heridas y adaptarme a tus necesidades. He sido capaz de vislumbrar a ese que llamas monstruo, detrás de tu máscara y no me da miedo, es más, me fascina. No me importan tus traumas, tu orgullo, tus obligaciones o tus temores. Cualquier barrera que me quieras poner será mucho más fácil de derribar que asumir la idea de renunciar a ti. A cambio de mi más absoluta devoción solo te pido que me des dos horas. Dos horas hasta el amanecer, para tratar de hacerte sentir bien. Sé que no tengo experiencia, ni soy la mujer más bella del mundo, pero hace poco disfrutaste acariciándome. — Su tono de voz está cambiando. De apasionamiento a una ligera ironía. — Yo también deseo disfrutar acariciándote a ti, como estoy haciendo en este preciso instante, desde hace un buen rato ya y sin oír ninguna protesta por tu parte y… ¡se acabó! ¡Fin del trauma! — Con un chasquido de sus dedos, Kagome me saca del trance y levanto la vista para descubrir de nuevo esa sonrisa traviesa en su cara.

— Así que todo lo que acabas de decir era solo eso…, ¿algún tipo de mantra hipnótico que usaste para distraerme y ayudarme a superar un trauma? — No puedo ocultar la amargura en mi voz.

— Nop. De la primera a la última, eran afirmaciones que partían de la más absoluta verdad. De no haberlo sido, no habrían funcionado tan bien. Puedo seguir si quieres, pero no quiero gastar mis preciadas dos horas en arrumacos y cariñitos. No de ese tipo al menos... — Aliviado, decido engancharme al tonteo.

— ¿Y de donde sacas la absurda idea de que te iba a permitir jugar con mi cuerpo durante dos horas? — Sin las pesadas cadenas del miedo o las mentiras por orgullo era tan condenadamente fácil simplemente divertirme con ella.

— Oh..., ya lo creo que lo harás. Cuando amanezca podrás mandarme cumplir cualquiera de tus deseos: atarme, dominarme de mil formas, provocarme orgasmos en sitios públicos o incluso ignorarme durante días para atacarme por sorpresa cuando llegues al límite. Ya te dije que con tal de tenerte soy capaz de cualquier cosa. Pero hasta entonces…— me empuja contra el suelo y se sube a horcajadas mía — tendré mis bien merecidas dos horas para hacer contigo lo que me apetezca.

Levanto las manos en señal de rendición

— Adelante entonces. Soy tuyo...

— Ahora, lo primero que quiero es que te des la vuelta.

— ¿Bocabajo?

— Eso es.

Es un arranque muy original. Para lo que estoy acostumbrado, al menos. Kagome coge un gran chawan (tazón de cerámica que se usa para la ceremonia del té) y se asoma por un momento fuera. Mientras espero impaciente su retorno pienso en lo fácil que me resultaría acostumbrarme a esto.

Cuando noto su presencia de vuelta, mis latidos se aceleran. Espero con los ojos cerrados a sentirla encima de mí pero ella permanece congelada en la entrada. Al final acabo por perder la paciencia y me doy la vuelta.

— ¿Te gusta lo que ves?

— Lord Sesshōmaru, tiene usted un trasero increíble.

— ¿Qué llevas ahí? — pregunto señalando el chawan.

— Ya lo verás, ahora date la vuelta.

Obedezco y ella se sienta a la altura de mi cadera. Al notar la suave piel y el húmedo coño contra la zona lumbar, mis latidos se aceleran y mi polla se vuelve a endurecer, clavándose dolorosamente en el tatami (suelo de bambú en placas). Kagome parece haber notado mi incomodidad porque tras abrazarme con dulzura me susurra al oído.

— Relájate Mi Amor, para lo que pretendo probar has de estar tranquilo.

Una gran calidez me inunda el pecho al oírla. Ella se incorpora y tras apartarme hacia un lado el pelo, comienza un suave pero firme masaje en mi cuello y nuca. Desciende por las cervicales y me aprieta los hombros. Dedica mucho tiempo y cariño a cada uno de mis atrofiados por el deseo músculos, mostrando especial atención a las marcas que me recorren los costados. Cuenta con los pulgares cada una de mis vértebras hasta llegar a la base de la columna donde se detiene para acomodarse más abajo, sobre mis muslos y masajearme con más libertad los glúteos.

Estoy flotando en una nube de paz que casi hace que me olvide de la enorme necesidad que tengo de darme la vuelta y follarla contra el suelo hasta que se desmaye.

— Eso es. Mucho mejor. — Susurra mientras vuelve a abrazarse a mí. — Ahora quiero que te concentres en mi respiración. Cuando yo respire tú tienes que soltar el aire y cuando expire, tú deberás inspirar.

Me cuesta un poco al principio pero la cercanía de su aliento en mi oído me ayuda a pillarle el tranquillo. Cuando hemos alcanzado un ritmo equivalente ella se incorpora de nuevo y tras unos instantes me pregunta.

— ¿Sientes algo en cuello o los brazos?

— Están relajados.

— ¿Nada más?

— ¿Qué debería sentir?

— No sé. ¿Frío? ¿Humedad?

— No Kagome, estoy ardiendo. Me enciendes como una antorcha.

Por algún motivo ella suspira decepcionada.

Yappari, muri deshō ka? Supongo que no se puede hacer sólo con la respiración. Puedes darte la vuelta. Siéntate frente a mi. — Se levanta para permitirme incorporarme. Al verla comprendo por fin lo que trajo en el tazón. Estaba lleno de trocitos de hielo del estanque. También tenía riachuelos de agua escurriéndose por el cuello y brazos. Trago duro para aguantarme las ganas de lamer las brillantes gotas mientras ella adopta la postura del loto con el chawan sobre las piernas cruzadas. No logro entender porqué me preguntaba si sentía frío, ella se había pasado el hielo por su propio cuello y brazos. No los míos.

— ¿Qué es lo que pretendes lograr, Kagome?

— Sexo tántrico. — Contesta sonriendo. Otro término que no entiendo. ¿De dónde se los sacará?

— ¿Y qué sexo es ese? Nunca había oído nada parecido.

— Es una práctica que viene de un país llamado India.

¿De dónde saca estos conocimientos y a su edad? En mis más de 200 años, jamás había oído hablar de sexo tántrico.

— Yo no tengo la experiencia necesaria para satisfacerte como deseo, así que sólo puedo recurrir a mis conocimientos teóricos para tratar de sorprenderte.

— Ya me tienes más que intrigado. ¿Y en qué consiste?

— Busca la completa sincronía y se dice que la pareja que lo logra, puede compartir sentimientos y sensaciones.

— Suena bien. ¿Y ahora qué? — Pregunto tras sentarme como me indica, mientras me acuerdo de la vez en que ella se mordía la mano en el salón comedor y yo sentía sus dientes clavándose en el dorso de la mía también.

— Debes dejar de contener el yōki y permitirle enlazarse con el mío.

— ¿No te molestará la presión?

— Para nada. Y recuerda respirar como lo hicimos antes.

Nos observamos perdiéndonos cada uno en los ojos del otro mientras los hilos de energía espiritual se entrelazaban y formaban espirales perfectas. Ella extendió los brazos para acariciarme la cara y me indicó que podía imitarla. Pasamos una eternidad jugando con el hielo, acariciándonos suave y lentamente cada centímetro de piel. Disfruté lo indecible arañando su cuello, frotando los rosados pezones hasta endurecerlos, peinando la seda de su pubis con los dedos… Ella no se quedaba atrás repasando cada cicatriz, trazando con los dedos todas las rutas posibles de mi pecho, frotando mi erección con enloquecedora lentitud. Cada roce, cada caricia, estaban perfectamente acompasados y nos hacían estremecer hasta límites insospechados. El olor a excitación aumentaba más y más, llenando la habitación de miles de matices. Lo más extraño es que a pesar de que cada contacto nos hacía estremecer de placer hasta el punto de estar ambos temblando, no existía ansiedad ni urgencia por explotar, por llevar al límite las sensaciones y alcanzar el final del camino. Cada segundo era una vida y el tiempo parecía transcurrir en bucle, al ritmo de nuestra respiración acompasada. En algún momento ella se volvió a sentar encima de mí, con las piernas rodeando mis caderas. Nos fundimos en un interminable beso humano mientras que con las manos nos estimulábamos el sexo el uno al otro. En algún momento después de que la primera luz del amanecer iluminara la estancia ella dijo:

— Quiero sentirte dentro de mí, Sesshōmaru.

Me dejé caer extasiado y ella se situó en cuclillas, manteniendo un precario equilibrio y agarrando con las manos temblorosas mi erección para colocarla en la empapada entrada de su vagina.

— ¿Estás lista? ¿Segura? En esa postura no podrás introducirla despacio. — Le indico preocupado.

— Creo que sí. Tú déjame hacerlo.

Cerré los ojos dispuesto a disfrutar de tan ansiado momento y cuando ella se dejó caer la sentí romperse mientras un latigazo de dolor mezclado con el placer más absoluto recorrió mi columna como una descarga eléctrica. La sensación de placer la aportaba yo, sin duda, con la polla oprimida por la estrechez de sus paredes, pero de Kagome provenía el dolor. Un dolor que ella no estaba preparada para aguantar. Con pánico abrí los ojos para ver a mi diosa con los dientes apretados y dos lagrimas resbalando por su rostro convulsionado. Tenía mi miembro incrustado hasta el fondo y su vagina sangraba profusamente. Ella a su vez estaba paralizada, tratando de no moverse lo más mínimo y de aguantar estoicamente las consecuencias de su tozudez.

— Se acabó tu tiempo Kagome. — Le dije mientras me incorporaba. — Te dije que acabarías por hacerte daño. En esa postura la penetración es muy profunda. Ahora deja a tu amo y señor ayudarte, que sabe cómo hacer estas cosas. — Metí las manos debajo de sus muslos y la agarré del trasero, para levantarla en vilo con toda la lentitud y cuidado que pude reunir. Aún así ella soltó un gemido y una vez más sentí el horrible latigazo de dolor.

Sin duda estábamos sincronizados. Sólo espero que ella hubiera sentido también algo del placer que su interior había proporcionado a mi palpitante miembro.

Al verse libre de la presencia abrumadora de mi polla, inmediatamente hace un mohín protestando por la pérdida del poder.

— ¡Jo! Yo quería hacer que te corrieras en mi interior. — Sus pucheros me sacan una sonrisa. ¡Es tan obstinada y linda!

— Tranquila que pienso inundarte con mi semilla hasta que reboses. Pero lo primero es curar el desgarro.

Si dejamos a parte el veneno de mis colmillos, al que soy inmune, sé que mi saliva tiene unas potentes propiedades cauterizadoras. Normalmente soy capaz de cerrarme pequeñas heridas en cuestión de minutos y si Kagome es tan inmune como yo al veneno, pronto dejara de sentir tanto el dolor como la sensación de escozor.

Además está su sangre. Pensaba que no existía nada más delicioso en el mundo pero eso fue antes de probarla mezclada con sus dulces fluidos. Me apropio de cada gota resbalando por sus muslos y paso a succionar extasiado el embriagador líquido de los labios de su vagina. Luego paso a introducir la lengua profundamente, aplicando la cura en cada roce, cerrando los cortes y sustituyendo el tormento por gozo. El primer gemido genuinamente de placer de Kagome es como un pistoletazo de salida para mí. La sangre se me ha ido subiendo a la cabeza paulatinamente y me está nublando la vista. Se acabaron la respiración a dúo y los movimientos acompasados. Lo único que queda inalterado de la sesión de "sexo tántrico" es la firme espiral de rosa pálido y morado oscuro que están entrelazados y girando a velocidad de vendaval. Es quizás por eso que la conexión entre nuestros sentidos permanece, a pesar de que mis latidos retumban como campanas y las llamaradas de deseo me impulsan a la romper de placer la mujer que acabo de curar. La conexión me permite sentir el efecto de mi propia lengua sobre mis propios genitales, cuando es el coño de Kagome lo que estoy devorando. Ella por su parte también siente mi impaciencia, los impulsos descontrolados y las palpitaciones de mi erección, porque me ha agarrado la cabeza y empuja mi cara sobre su sexo.

— Más Sesshōmaru, métemela más, más profundo, más rápido, más duro… ¡Métemela ya!

Eso sin duda son mis deseos en su boca. Saco la lengua y la sustituyo por mis dedos. Con ellos puedo llegar más al fondo y por un momento he tocado con la yema, un lugar cuyo roce nos provoca un calambrazo de placer. Lo busco de nuevo y dejo mi dedo frotando compulsivamente ese lugar mientras que mi lengua ya ha llegado a su destino y girando alrededor del clítoris convierte la locura en demencia. Los gritos de Kagome se vuelven aún más exigentes y su néctar se escurre en tal cantidad que ya me empapa la muñeca amenazando con llegar al codo. Dejo al pulgar frotando su clítoris y hundo la lengua en su boca, dándole una muestra del sabor de sus propios fluidos. Ella me muerde con fuerza y me vuelvo a quedar sin aliento. Está lista y yo entre sofocos trato de prevenirla.

— Kagome… Ahora sí que… más te vale… estar preparada… Porque voy a follarte… hasta que pierdas la razón…

KAGOME

Fue un momento memorable, único. El planeta se salió del eje y giró en dirección contraria. Me sentía rodeada, maniatada, encajada en una prisión de calor amoldada a mi silueta. Pero sólo duró un momento y después llego el dolor: horrible, desgarrador, paralizante.

Joder, sabía que me iba a doler pero no sabía cuánto. Y es que lo de ponerse encima cuando te están temblando todos los músculos del cuerpo y tu centro de equilibrio oscila como un péndulo, no era tan buena idea como parecía al principio.

No, el introducirse la enorme y dura polla de Sesshōmaru no es como tirarse a la piscina de agua fría de golpe. Ya me habría resultado problemático si hubiera ido poco a poco, pero el caer de golpe sobre ella era como meterse un machetazo en el vientre.

Y lo peor era que él me lo advirtió y no quise escucharle. Estaba tan orgullosa de mi misma por el éxito de mi sesión tántrica, que me consideraba ya una diosa del sexo omnipotente que no renunciaría a su trono por un poco de dolor.

Ahora entiendo porque le gusta tanto a Sesshōmaru dominar. Es una sensación de poder que te embriaga y dominar a alguien tan fuerte es todavía más estimulante. Pero no es una situación fácil de mantener y en cuanto me observa flaquear recupera su cetro, terminando con la dictadura de Kagome en un suspiro.

Pero el dolor ya se ha ido. Ha sido cuestión de pocos minutos el ponerle remedio. Me dejo devorar por la vorágine de sensaciones y me invade una sensación de ansiedad incontrolable. Las oleadas de placer me azotan implacables pero quiero más y se lo hago saber. Él me lleva al borde del abismo una y otra vez y cada azote es superior al anterior. Cuando escucho el profundo gruñido que me promete la locura infinita, llego al límite y me rompo en mil pedazos.

Todavía estoy recomponiéndome entre convulsiones cuando noto un cálido y espeso líquido salpicarme las piernas. Mi amante se ha corrido conmigo, la conexión continua intacta. Eso significa que cualquier sensación que tenga estará multiplicada por dos.

Mi placer y el de Sesshōmaru...

Teniendo en cuenta los años de práctica que hacen falta para lograr abrir la puerta de la conexión, el uso de la cuarta llave se nos había dado de maravilla. Pero no es el momento para contenerse, ninguno de los dos lo deseamos.

Mi vagina está extremadamente sensible después de correrme y el primer roce de seda de la punta de su glande me hace ver las estrellas. El miembro de Sesshōmaru, a pesar de la corrida continua duro como una roca. El frota mis labios, presiona el botón del clítoris con fuerza y de mi garganta escapa un quejido. Después introduce tan solo la punta y la saca inmediatamente para repetir el proceso desde el principio. Yo siento cada roce, los míos y los suyos. Muerdo su cuello con fuerza, quiero hacerle daño y sentir ese dolor tan adictivo. El me separa aún más las piernas y sigue rozándose con un rítmico balanceo, aumentando la velocidad progresivamente. Imagino el camino al clímax como una escalera. Subo los escalones con una velocidad pasmosa. Nuestros sexos están completamente empapados y cada movimiento es acompañado de un sonido obsceno y húmedo. En el penúltimo escalón Sesshōmaru se entretiene más de la cuenta frotándose contra el perineo. Su boca está muy ocupada succionándome un pezón y mordiéndolo con cada vez más fuerza. Escucho una voz que apenas reconozco salir de mi boca.

— ¡Métemela de una puta vez! ¡No aguanto más, maldito sádico…!

Sesshōmaru me responde con un gruñido y clava los colmillos en el arco de mi pecho a la vez que me atraviesa con su polla hasta la empuñadura. El hinchado miembro se abre paso sin encontrar resistencia alguna, y mi interior le da la bienvenida. Basta una sola embestida para volver a correrme. Esta vez el orgasmo nos azota con doble intensidad. Noto las paredes de mi vagina contraerse y estrujar su erección. Un ardiente y espeso líquido me abrasa el vientre.

Durante todo el clímax Sesshōmaru ha estado empujando con movimientos secos su cadera contra la mía y a pesar de haber terminado de correrse hace ya un rato, no ha parado de repetir el vaivén enloquecedor. Sigue duro y no tiene intención de hacer ninguna pausa.

Lo único que va variando es la postura. Sin sacarla me levanta el trasero y empuja mis piernas hasta que mis rodillas me rozan los hombros. Yo las rodeo con los brazos y aprieto los muslos ante lo cual él ruge y se coloca de rodillas. Sus pulgares juegan con mi clítoris y vuelvo a subir varios escalones de golpe. Después decide sacarla, o eso me hace creer porque al llegar a la salida cambia de opinión y con una potente embestida llega de nuevo al fondo haciéndome gritar. Subo otro escalón.

Desde el fondo de mi interior me abrasa con una mirada lasciva que no aparta en ningún momento mientras se queda dentro segundos que parecen horas.

Lo que sigue es una serie de potentes embistes, cada uno más profundo que el anterior y con largos parones entre uno y otro. Siento cada parte de mi cuerpo, desde las orejas a la punta de los pies, vibrar cada vez que la punta de su erección golpea la pared de mi útero y acompaño cada acometida con un alarido de satisfacción. Tras la octavo o noveno, pierdo la cuenta porque estoy de nuevo en la cima de la escalera. Sesshōmaru repentinamente empieza a atacarme con increíble velocidad y volvemos a corrernos sin cortar en ningún momento el contacto visual. El orgasmo se prolonga haciéndose interminable, la tierra tiembla y los mares se separan.

Al terminar finalmente la saca dejándome inundada de su semilla.

Pero la pausa es engañosa. Se pone de pie de un salto alzando mi tembloroso cuerpo y me pone de espaldas. Mis piernas no me sostienen por lo que, sujetándome de la cintura y levantándome en el aire, me traslada hacia la esquina donde me coloca bocabajo sobre la mesa de las herramientas para el Sadō.

Estoy totalmente expuesta a su mirada y manos. Su semen sale a chorros de mi interior, resbalándose por mis piernas y formando charcos a mis pies.

Debería sentirme avergonzada por lo obsceno de la postura pero ¿cómo sentir pudor si se ha perdido hace un buen rato la cordura? Mi cuerpo ha perdido todo equilibrio y de vez en cuando se sacude violentamente con alguna residual contracción. Él está detrás de mí. Pasa la lengua desde la base de la columna hasta la nuca siguiendo la vía que marcan mis vértebras. Un hormigueo le acompaña haciéndome estremecer, cuando me confirma que no habrá recesos.

— No puedo parar Kagome, me vuelves loco. Quiero más de ti. Lo quiero todo.

Después me separa los glúteos y comienza a frotar con lentitud su mojado y de nuevo endurecido miembro entre ellos. El enloquecedor balanceo se prolonga hasta que mi vientre se vuelve a tensar excitado. El sujeta su polla con la mano y continúa frotándose contra mí, desde la rabadilla hasta el clítoris y viceversa. Mi dolorido cuerpo protesta ante la idea de más sexo salvaje pero mi excitación tiene vida propia y otra vez me escucho a mi misma suplicar que me llene con abrasadora polla. No duda en complacerme al instante, introduciéndose en mi con un gemido. Una vez dentro carga una y otra vez. Una de sus manos está apoyada en mi coxis con el pulgar describiendo suaves círculos sobre mi ano, mientras que la otra frota lentamente mi pubis. En las embestidas más profundas se queda apretando con fuerza mi clítoris.

Esta vez el clímax tarda un poco más en llegar pero cada instante durante esta triple estimulación es como un orgasmo lento y prolongado. Pierdo totalmente el contacto con la realidad. Solo existe la polla de Sesshōmaru, sus dedos sobre mis centros de placer y el calor de su aliento en mi nuca.

Cuando recupero la percepción del mundo a mí alrededor, estoy tumbada en el suelo enlazada a mi compañero con piernas y brazos. Noto que todavía una parte de él está profundamente enterrada en mi vientre. A esa última postura del perrito siguieron otras, hasta que perdí la cuenta de las veces que nos corrimos. No llegamos a parar sino que, literalmente nos desmayamos de agotamiento. Fuera la oscuridad vuelve a reinar, lo que me indica que la noche más larga e increíble de mi vida se había enlazado al día más corto y cautivador de mi existencia.

Sesshōmaru duerme tranquilo a mi lado. Se me encoge el corazón cuando pienso que muy pronto tendré que separarme de él. Pero como dice el dicho: cada cosa a su tiempo.


Uff, escribir este capítulo me ha dejado agotada. Creo que me tomaré un pequeño descanso.

Por cierto, con él cerramos la parte central de la historia y nos encaminamos con paso firme hacia el final. La última parte del Circulo es la más trágica así que id preparando armaduras para vuestros corazones, XD.