Los personajes le pertenecen a Meyer.

FALSAS APARIENCIAS

Capítulo 36


El licor era maravilloso.

Al trasluz, daba un intenso color ámbar.

El vaivén involuntario al que era sometido indicaba que su cuerpo era el exacto.

Su aroma ─madera y frutal─ emanaba del vaso y era intenso.

Seguramente, estuvo celosamente guardado para que madurara e impresionar a los selectivos bebedores que podrían pagar su precio.

Pero, a Edward Cullen, no. En esta noche no estaba en condiciones de paladear un whisky ni nada.

Edward estaba ebrio y observaba el líquido ─en el vaso donde bebía─ como si no hubiese mañana, sonreía cínico y amargado frente a todos los que lo observaban en el burdel de Esmerald, escuchaba la música del pianoforte y la voz de la mujer que cantaba una triste canción de amor.

Y él se ha ido, y no volverá,

Nunca dijo él porque no me amaba, solo se fue y no volverá.

Veo el mar oscuro, y lo llamo en silencio.

Pero él no volverá, no volverá.

Edward, con los ojos inyectados en sangre y con esa terrible opresión en el pecho, cerró el puño, se levantó de la mesa siendo seguido por los ojos impresionados de Esme y se fue hasta la mujer la tomó del brazo y la tiró hacia un lado.

─ No volverá porque eres una ramera ─soltó una carcajada, otro puño sobre las teclas del piano─ otra canción, esto no es un maldito funeral.

─ ¡Edward! ─la voz de Esme se alzó sobre todos los que estaban allí que, entre divertidos y asustados, veían al hombre hermoso que trataba de mantenerse en pie─ ven, por favor ─fue hasta él y lo haló de su chaqueta que estaba hecha jirones─ ven a la mesa, o ven a dormir, cariño, no has dormido en dos días.

El rostro de Edward se transformó, por medio segundo, en un gesto de dolor y de tristeza, pero rápidamente volvió a la máscara de cinismo impenitente y con violencia se desprendió de la mano de la mujer que lo invitaba a calmarse.

─ No quiero dormir, ¡Quiero divertirme! ─caminó hacia su mesa, tomó el vaso de whisky y lo levantó con fuerza─ ¡Soy un hombre casado! ¡Tengo derecho a celebrar! ─aspiró con fuerza y la inhalación fue como si un cuchillo que rasgaba con lentitud su garganta, se llevó el vaso a su boca y bebió el alcohol como si fuera una medicina que le sanaba sus heridas.

Pero no sanaba.

«─ ¿Crees que soy estúpida, Edward? ¿Crees que no sabía que me engañabas? ¿Qué te casaste conmigo por mi dinero? ¿Por una maldita apuesta? ¡Me subestimas! Mataste mi amor por ti.»

Si tan sólo pudiese olvidarlo.

Si tan sólo pudiese retroceder el tiempo.

Y sin tan solo hubiese dicho a Sinclair que no haría semejante bajeza.

Una solitaria lágrima cayó por su mejilla, porque sabía que si hubiese dicho que no a la propuesta, jamás se hubiese acercado a ella, a su princesa malvada, a esa bruja que lo tenía intoxicado.

¡La amaba!

Y ella, ella había tomado su corazón y se lo había tragado por completo.

«─ … lo supe, cuando entendí el porqué del hermoso cínico de Edward Cullen se había acercado a mí, reafirmé mi teoría: jamás te habrías fijado en mí si no hubieses sido por esas diez mil libras ¡Lo entendí! ¡Todo! ¿Y sabes qué, cariño? ¿Sabes qué? ¡No me importa! Gracias a eso me liberé. Tú liberaste a la mujer real que existe en mí, a la que se escondió por años. Debo darte las gracias amor mío, darte las gracias porque ahora contigo como mi esposo, puedo hacer lo que me dé la gana, ¿Apuestas, Edward? ¡Por supuesto! Ganaste tú y gané yo, tu ganaste ser el heredero de la fortuna de Charles Swan, yo gane mi libertad.»

¡No!

¡No era lo que deseaba! ¡Él la deseaba a ella! ¡La amaba!

─ ¡Otro más! Otro trago más.

─ ¡No le sirvan un trago más! Ha bebido por dos día seguidos, ni uno solo más.

─ ¡No te metas, mujer! ─le arrancó la botella a uno de los hombres que estaban allí, y la bebió a pico de botella, no le importó nada y bebiendo y bebiendo sintió que un dolor lo atravesaba, un mareo lo tomó por completo y sus piernas no le respondieron. Cayó sobre la mesa con todo el peso de su enorme cuerpo y la mesa se partió en dos y en el suelo, se rió a carcajadas batientes.

Esmerald quería llorar, le era difícil ver como aquel hombre arrogante frente a todos, en ese momento, era nada.

Dos hombres se ofrecieron a levantarlo, sin embargo rechazó la oferta y como pudo se levantó del piso hiriendo una de sus manos con el vidrio de las botellas rotas en el piso.

No dijo una sola palabra, no sentía el dolor de su mano, una de la mujerzuelas soltó un gritó porque la sangre salía borbotones, la pequeña pelirroja ─que durante años fue su amante─ trató de ayudarlo, Esmerald corría por agua y alcohol para así tratar de limpiar y desinfectar la herida.

─Te has hecho daño, cariño ─la chiquilla limpiaba la sangre con ternura, mientras él sólo miraba su mano con indiferencia.

─ No.

─ Es una herida terrible ¿no te duele? ─besó la palma de la mano herida─ estas heridas duelen mucho.

Cerró los ojos casi hasta dolerle las cuencas de éstos.

─ Hay otras que duelen más ─Esmerald se acercó al hombre que descansaba en una silla, permitió que las dos mujeres lo curaran mientras que bebía otro vaso de whisky con amargura.

─ Ustedes ─la voz de mando de la dueña del burdel hizo que varios hombres levantaran a Edward de la mesa─ llévenlo a una de las habitaciones.

─ ¡No! ─el hombre rugió con fuerza─ no necesito dormir, quiero celebrar ─sin embargo todo el licor en su cuerpo le hizo una mala jugada y volvió a trastabillar, y en ese momento se dio cuenta que necesitaba descansar.

Dormir, dormir un rato y no pensar en ella, en la piel de ella, en la boca de ella, en la tremenda sensación de haberla poseído, en la horrible sensación de saber que ella no lo amaba.

«No eres el amante que yo creí, bastardo.»

Y esas palabras acabaron con él, todas las que ella le había dicho, todas:

«Eres hermoso, me gustas Edward, pero no me eres suficiente… he tenido mejores.»

Caminó con dificultad hacia las escaleras, tomando una botella de vino de una de las mesas, mientras que Esmerald y la pequeña pelirroja lo seguían, como perritos falderos.

En el cuarto, las mujeres trataron de quitarle sus final botas, para que él así descansara pero él negó la ayuda, trepó sobre la cama aun con la botella en la mano, poniéndola sobre su pecho.

─ No puedes beber más, querido ─las palabras de Esmerald fueron tiernas─ te vas a destruir.

Los ojos del caballero la enfrentaron con burla, y bebió un trago largo y ardiente.

─ No eres mi madre Esme, no me digas que hacer.

Los ojos de la mujer se anegaron en lágrimas, bajó la cabeza para que el hombre que ella amaba con todo su corazón no viera como aquellas palabras de borracho la habían lastimado.

─ No… ─ella trató de que su voz fuese clara y tranquila─ no soy tu madre, pero soy tu amiga, toda la ciudad está hablando de tu comportamiento Edward, ya no eres simplemente Edward Cullen. Sé que nunca te importó tu apellido y tampoco ser el hijo del hombre que fue tu padre, pero ahora es diferente, eres el esposo de Lady Swan, debes comportarte.

Una carcajada enorme y ronca resonó en la habitación.

─ ¡Esposo! ¡No soy nada! ¡Nada! Ella me desprecia y me odia ─mas las palabras no salieron de su boca─ ¿Quieres que me vaya, Esme? ─trató de levantarse─ me voy.

─ No te estoy echando, hijo.

─ Puedo pagar ─llevó su mano a los bolsillos interiores de su saco leva y tocó el fajo de billetes que allí estaban─ puedo pagar, soy muy rico ─tiró el dinero al suelo, la pelirroja con la boca abierta miraba aquella cantidad de libras que estaban esparcidas por todas partes, nunca en su vida había visto tanto dinero─ ya no te debo nada y no quiero tus atenciones ni limosnas.

─ ¡Edward Cullen! ─furiosa Esme caminó resuelta hasta la cama– no me ofendas, soy tu amiga, siempre lo he sido, ahora no me vengas con tus estupideces ofensivas conmigo, tu hermana está preocupada, tu cuñado también, y Jasper, quien tiene un escándalo sobre sus espaldas, ha estado preguntando por ti.

─ ¡No me importan!

─ ¿Ni siquiera tu mujer?

¿Mi mujer? Ojala eso fuese cierto.

─ Yo no le importo.

─ Ella te ama, querido.

─ Me odia, Esmerald ─las aletas de su nariz se ensancharon─ me odia, me odia.

─ Eso no puede ser verdad, ella te ama y mucho querido.

— No la conoces, Esmerald, ella es perversa, perversa ─se acercó al rostro de la gran madame de Londres— tomó mi corazón y lo devoró poco a poco.

— No puede ser tan malo, muchacho —llevó las manos a su cabello con dulzura, era para ella hermoso sentir bajo sus dedos la sensación— todo tiene solución.

Una leve sonrisa de amargura cruzó por el rostro de aquel hombre que estaba sucio, descuidado y con una barba de más de una semana.

— No, yo estoy condenado, Esme ─agarró el cuello de la mujer y lo acercó respirando sobre ella— condenado.

— Pensé que te había casado con ella por amor Edward, recé por eso.

Edward se apartó de la mujer, descansó su espalda en el respaldar de la cama y fijó su mirada en la pared.

— El amor, Esmerald —un gesto amargó se dibujó en su rostro— es cosa de los malditos melancólicos.

Y yo soy uno de ellos… uno de esos, tanto tiempo burlándome de esos infelices y heme aquí atrapado por el.

A la media hora dormía profundamente, su rostro enterrado en la almohada respirando con dificultad, en el sueño el rostro de Isabella le sonreía con dulzura, vestida de blanco, con un ramo de hermosos lirios en su mano.

«— Te amaré por siempre Edward —ella decía— para siempre mi amor, yo sólo soy tuya, no le he pertenecido a ninguno, a ninguno de ellos.»

Al segundo, la mujer hermosa de sus sueños se desprendía su bella ropa de bodas y se presentaba desnuda ante él, su cabello suelto caía sobre su espalda y sobre sus hermosos senos, ella caminó hacia él y la piel de alabastro parecía exudar un aceite de olor a jazmín, estaba ávido de ella, de tocarla, de besarla y de pasar sus labios por aquella hermosa geografía, en el sueño él se acercaba, y paso a paso a paso la mujer frente a él se iba transformando, su piel se desprendía de manera horrorosa y eran reemplazados por piedra inhumana y fría.

«─ ¡Qué pena, querido! La estatua hablaba —no puedes tocarme mi amor, no lo mereces»

Se removió en el sueño, sintió que una mano se deslizaba por su espalda de manera lenta, alguien se acercó tras su cuello y besó su cabello.

—Isabella —dijo entre sueños. Aspiró profundamente el olor del perfume que le llegaba a la nariz mientras la mano que lo recorría tomaba su muslo y se dirigía hasta su entrepierna, de pronto el olor de aquel perfume no era el que él esperaba, era otro, uno picoso, agrio y vulgar, abrió los ojos entre las brumas del sueño terrible y sintió como la mano que lo tocaba había llegado hasta su objetivo.

─ ¿Qué diablos?—se levantó con fuerza y vio a la pelirroja desnuda sentada sobre él tratando de desnudarlo, furioso la tiró a un lado y se irguió en la cama, mientras se abotonaba su bragueta─ ¿Quién te dijo que me tocaras, muchacha?

La pobre chica de enormes ojos azules se le quedó viendo estupefacta, él siempre era tan ardiente, jamás nunca había dicho no. Al menor indició, él siempre estaba sobre ella, desnudándola de forma agresiva, sin que nada ni nadie lo detuviese.

La muchacha de cabello salvaje era tonta para muchas cosas pero llena de sabiduría en lo que respecta a los hombres en la intimidad de la piel, inmediatamente supo que aquel ─su amante favorito y al que nunca le cobró ni un solo penique─ en ese momento, estaba intoxicado por otra mujer. Lo había visto en otros, otros hombres que enamorados hasta la medula no soportaban que otra mujer los tocara mínimamente.

— Lo siento, cariño —se levantó del suelo y con vergüenza cubrió su cuerpo— no te molestaré jamás.

Edward, aún ebrio, observó a la pobre mujer, ella, la prostituta ─una mujer ignorante y sin esperanzas─ tuvo compasión con él.

— Simplemente no puedo, Sally.

— Lo sé, algún día, si vuelves aquí, Mr. Cullen ─se dirigió a la puerta, aún a medio vestir— debe saber que cobro dos libras la hora.

Y si voltear hacia atrás la mujer salió del cuarto y en el pasillo lloró lágrimas silenciosas, porque ni su orgullo de puta pudo evitar que se le rompiera el corazón.

En la habitación del enorme burdel, el hombre bajó la cabeza, respiró duramente, miró su mano herida y se resignó a su destino, se vio a si mismo encadenado por siempre a la piel de aquella bruja cruel.

Cerró sus manos y la herida que cruzaba su palma ardió de manera insoportable, pero aquel dolor no era como aquel que desgarraba su alma en ese momento, no fue dolor sobre dolor. Levantó la mano y miró el hermoso anillo de bodas, la argolla que él, tan orgulloso, portaba durante aquel día del matrimonio. Un poco de sangre había allí, una mancha seca y pegajosa que se adhería a su piel y al metal.

Se llevó el anillo a la boca y lo besó con fuerza, de manera casi religiosa, dos semanas junto a ella e Isabella lo torturaba casi hasta el delirio y dioses malditos, él la amaba más, con ese amor que hablaba de hombres malditos amando a seres demoniacos y crueles.

Los celos lo mataban.

El deseo lo atravesaba de punta a punta.

No podía dejarla, ella lo llamaba, su piel lo incitaba, Bella y su piel hermosa era un opiáceo al que no podía resistir, un canto de sirenas que estaba dispuesto a escuchar y del cual no quería huir.

Dio un paso, luego dos.

¿A quién engañaba?

No podía volver con ella. Lo había jodido. Se merecía todas y cada una de las palabras y gestos de indiferencia que Isabella le dedicaba.

Él había sido cruel con todas sus amantes, había pisoteado sus almas y sus vidas como si fueran flores secas. Pretendió hacer lo mismo con ella, se acercó por dinero, por lo que representaba, había aceptado el trato asqueroso de Charlie Swan y ahora, sumido en el dolor y el arrepentimiento, reconocía su derrota.

A pesar de todo lo que ella le dijo, a pesar de todo lo que él le hizo, seguía amándola.

Isabella era una jugadora por instinto igual a él, una cazadora igual a él. Ella, el día la noche de la boda, había puesto sus cartas sobre la mesa y todas ellas eran ases a su favor, pero faltaban unas manos todavía y él se sentía capaz de tentar a la suerte y por amor a su bruja, lo haría.

Aspiró con fuerza y el olor de ella llegó a su memoria, toda desnuda y hermosa frente a él, cerrando su boca y cerrando sus ojos. Se estremeció al recordar su desenfrenada pasión cuando lo mordió como gata salvaje y le enterró sus uñas regalándole un doloroso placer. Ella lo sorprendió con cosas inimaginables aquella noche de bodas demostrándole que era una mujer con muchos recursos y con una infinita capacidad de enloquecerlo y no podía terminar todo así.

Era irremediable, era absurdo, era pavoroso, la adoraba y nada iba a cambiar. Sabía que no había vuelta atrás, ella era su mujer, era Isabella Cullen y estaba allí para castigarlo, despreciarle y amargarle su existencia. Eso no lo iba a detener, la bruja, la cazadora, la zorra perfecta le pertenecía y, aunque se le fuera la vida, haría valer su derecho.

Se miró en el espejo.

No soy un cobarde, no lo soy mi amor ¿me retas amor mío? ¿Quieres mi corazón? ¿Deseas devorarlo? ¿Sí? Pues que así sea, juguemos ambos, matémonos ambos.

Su imagen era terrible, estaba sucio y descuidado, la barba era asquerosa como si fuese un estibador de puerto, su cabello cobre ─con el cual luchaba desde que era un niño y que trataba por modales tener más o menos domado─ en ese momento era una mata salvaje que parecía no dirigirse a ninguna parte, tenía los ojos inyectados en sangre y aún en su mejilla tenía la marca de los golpes por la pelea en la calle hollín.

¡Demonios! ¡Todo un maldito poema salvaje!

Abrió la puerta del baño donde Esme había colocado cosas de aseo personal, se quitó la chaqueta y la camisa y fue hasta el aguamanil con agua fresca, tomó un trapo limpio con jabón perfumado y se limpió lentamente, después agarró la navaja de afeitar no sin antes enjabonar su barbilla y de manera mecánica rasuró y allí estaba de nuevo, el cínico y hermoso Edward Cullen, mirándose con ojos oscuros, sonriendo un poco, era un león tras su presa: Lady Isabella Swan.

En ese momento, como en los meses anteriores a su boda cuando él era lujuria pura, era indetenible. Ella era una fiera y él la amaba por eso, y también la odiaba. Se estaba convirtiendo en lo imperioso, la amaba y la deseaba hasta que todo su sexo fuese dolor absoluto ¿no soy bueno para ti bruja? ¿Muchos hombres? ¡Malditos sean! Así de necesitado de ella estaba.

Sólo su cabello dejó en libertad que sin los artilugios para mantenerlo en su lugar, tomaba un cariz más claro, casi rojo fuego. Fue hasta la botella de whisky que descansaba en la pequeña mesa de noche y tomó un trago largo que hizo que su garganta ardiera de terrible manera, llamó con la campanilla para que una de las mujeres le trajera algo de comer, a los diez minutos Esmerald apareció con una bandeja con un delicioso bistec, verduras frescas y postre, ella intentó entablar una charla con él, pero Edward levantó la mano y así le rogó silencio, estaba pensando, pensado en ella, su barbilla recién afeitada estaba tensa y la vena azul de su frente resaltaba con dureza.

Comió en silencio, Esme se quedó allí hasta que lo vio tragarse hasta el último bocado, él era igual a su padre, un hombre de tremendas resoluciones, sólo que Edward siempre dirigió su voluntad hacia actividades que lo destruían, siempre. Ahora, viéndolo, reconoció en él las actitudes típicas que asumía cuando estaba de nuevo en camino a decidir opciones y temió que esta vez, eligiera una que lo llevara más bajo de donde se encontraba.

Lo vio perderse en el baño, lo escuchó escupir, se lavaba sus dientes y hacía gárgaras, el aroma del enjuague bucal de eucalipto llenó la habitación. Lo esperó hasta que apareció frente a ella como el hombre hermoso y cínico que conocía muy bien, el patético borracho de apenas unas horas atrás ya no existía.

Las campanas del Big Ben se escucharon a lo lejos, él fue hasta la ventana y sacó su hermoso reloj de oro, algo oscuro lo atravesó y cerró su mano con dureza y llevó de nuevo el reloj a su bolsillo.

— Mi padre amaba este reloj, fue regalo de su padre que lo heredó del suyo.

Esme iba a contestar que lo sabía, pero decidió callar.

— Hoy extraño al viejo más que nunca, él sabría que decirme, siempre lo sabía ─caminó hasta el bastón de cedro con punta de marfil y lo empuñó con fuerza, se acercó a la mujer de profundos ojos verdes quien lloraba por dentro, lo había aprendido a hacer durante treinta años, era experta en ocultar lo que sentía, era experta en sobrevivir y si se hubiese permitido una sola lagrima ya habría sido destruida.

— Cualquier cosa, Edward y estoy aquí, cualquiera —sintió como el hombre se acercaba a su mejilla y la besaba tiernamente, ella se estremeció ante el toque del beso pequeño, era lo más cerca que había estado de él en años.

— Lo sé —se retiró en silencio y caminó erguido y orgulloso por todo el pasillo.

No era muy tarde, eran las diez de la noche y la ciudad, con sus lámparas amarillas, tenía el aspecto de un bella y nostálgica postal victoriana.

El aire frío lo golpeó de lleno, Kensington quedaba a unos veinte minutos de camino, no había usado el lujoso coche que le correspondía por ser el digno esposo de Isabella Swan ─ durante dos semanas después de la terrible noche de bodas sólo caminó, y bebió, y peleó, en los lugares más rastreros de la ciudad ─ y estuvo a punto de hacerlo pero, consideró que todavía no era el momento. Que si bien quería llegar luego donde su bruja, necesitaba templarse y para eso, debía caminar.

Se paró en medio de la calle, miró hacia donde debía llegar, ajustó nuevamente su sombrero ─ mas como acto de reafirmación que por necesidad ─ y comenzó a caminar, las coces de los caballos se escuchaban con furor ─ el cochero, como lo hizo durante esas dos infernales semanas, lo seguía discretamente ─ pero el rugido en su interior era tan intenso que rápidamente se olvidó del cochero, el coche y los caballos.

A medida que avanzaba, fue imprimiendo más ímpetu y decisión a cada paso. Fue raudo al caminar, no miraba a nadie, solo avanzaba firme y concentrado ─ los transeúntes de la noche de Londres no vieron otra cosa más que a un hombre de gran estatura que se deslizaba mágicamente como un espectro entre las calles ─ respiraba con fuerza.

Al final llegó hasta la enorme casa, el hierro de las enormes portadas crujió, levantó su mirada hacia la habitación matrimonial, la luz iluminaba toda la ventana.

Estaba furioso, tantos días sin verla y pensar en ella riéndose y burlándose lo enceguecía. Por un segundo, la esperanza de que quizás en sus días de ausencia ella lo había extrañado lo hizo bajar un poco sus defensas quizás me perdone… quizás sólo me mintió para castigarme y volvió a respirar,

Corrió hasta la puerta principal, el timbre que lo anunciaba sonó y la pálida y regordeta Susy se quedó en el umbral mirándolo con ojos aterrados.

— Milord —atinó a decir, el hombre frente a ella le aterraba.

— ¿Milady? —dio un paso hacia la escalera.

— En su habitación, señor.

Sin esperar, subió las escaleras con rapidez y sin llamar a la habitación abrió la puerta de una patada, no le importaba nada, la templanza adquirida en la caminata yacía en el más recóndito basural de la ciudad, estar bajo el mismo techo que ella lo había vuelto nuevamente a su estado de deseo y locura.

Estaban sólo ellos dos, apenas concluida la ceremonia de la boda Charles Swan se había mudado en silencio, consideraba que como patriarca de la familia ya había cumplido y con el deseo de no volver a ver más al mentecato marido de su hija, se fue a esperar a que llegara el heredero lo más pronto posible. Del resto, nada le importaba.

Isabella saltó, lo miró de arriba abajo, respirando con dificultad, tuvo miedo durante días por no saber de él y allí estaba de nuevo, hermoso con ojos encapotados y gesto fiero, como siempre, como si nada lo afectara. La princesa encantada volvió y levantó la ceja en burla.

— Vaya querido, has regresado —tenía un esplendoroso vestido de color verde oscuro con un precioso y sugerente escote.

— ¿Me extrañaste, bruja? —dio dos pasos hacia ella dibujando una mueca torcida y guasona, mientras se quitaba su chaqueta.

— Como se extraña una llaga, amor mío.

— ¡Mientes! Me extrañabas, hermosa.

Caminó hacia ella, Isabella trato de correr, pero él fue más rápido y la acorraló contra la pared, colocando sus brazos al lado de su cabeza, ella intentó escapar mas Edward la detuvo haciendo presión con su rodilla entre las piernas de su mujer.

— ¿Fuiste a la ópera, querida?—respiró sobre ella. Miró su hermoso rostro, demasiado hermoso y malvado, su boca de un color rojo manzana lo incitaba a morderla.

¡Y por todos los dioses del cielo que lo haría!

— Fui querido ¿no pretenderás que me quede aquí mientras tú te diviertes, amor mío?

— ¿Sola? ¿O algún hombre te acompañó? ¿Eleazar?

— Voy donde quiera esposo, sola o con alguien ¿Crees que ahora, que soy una mujer casada, debo portarme como una recatada damita?

— ¿Sola?

— ¡No te importa! —con su tacón golpeó al hombre en su pie, quien furioso rugió ante el dolor.

— Eres una gata —no dejó que la mujer se escapara, la tomó de su cintura y con fuerza la llevó de nuevo a la pared, acercó su pecho a los senos de Isabella que bailaban un compás salvaje— tú —se acercó a su boca— me odias.

— No sabes cuánto, mi amor.

— ¿Si? ─su mano acarició su cuello con lentitud, la electricidad entre ambos era pura y total, haciendo que la piel de ella ardiera en fuego— no te creo nada, Bella mía.

— Siempre tan estúpido y arrogante —ese era jugar, como la coqueta gata de años atrás.

Bella mordió su boca, relamió un poco sus labios y recorrió con sus ojos los labios carnosos de su marido, emitió un gemido, ambos lo hicieron, a milímetros el uno del otro. Edward, arrobado con los labios turgentes, fue hacia la trampa y sin mediar nada tomó la carne delicada y rosa y la intentó besar, pero los dientes de ella se enterraron con furia, mientras ella se carcajeaba, mirada contra mirada, ella en su boca y él tomando su cabello con fuerza.

Isabella lo soltó, desde el mismo momento en que él entró en la habitación su corazón latió descontroladamente, nada había cambiado, ella le pertenecía. Durante dos semanas se había lucido frente a la sociedad pero, en la oscuridad, lloraba porque él no aparecía. Rogó por él, lo buscó por todas partes con ayuda de sus sirvientes y ya había perdido la esperanza, pero al verlo de nuevo, tan arrogante como siempre, la furia volvió a ella.

— Te dije que tú no tocas Edward Cullen ¡No lo haces!

— No mientas bruja, te mueres porque lo haga —desabotonó su camisa con fuerza.

— ¡Eres un maldito!

— Y me odias —la camisa voló por el aire.

— ¡Largo de mi habitación! —sus ojos recorrieron su pecho torneado, no pudo evitarlo y mordió sus labios con lujuria, él se río a mandíbula batiente, al mismo tiempo que las palabras dichas en la noche de boda volvían a su mente, celos aterradores lo cegaban.

— Nunca has tenido un amante como yo.

— Mejores, mil veces mejores —mentía, recordó como tuvo que morder sus dedos y labios para no enloquecer de placer aquella noche.

— No los recordarás jamás —se llevó sus manos a su cabello y lo tiró hacia atrás— ¡Quítate la maldita ropa, Bella Cullen!

— Primero, muerta —dijo entre dientes, días en que la ropa, capas y capas de tela, le pesaban.

El aire estaba cargado, hacía frío en las calles y sin embargo en aquella habitación existía el infierno.

— Vas a darme lo que no me diste en la noche de bodas.

— ¡Oh querido! No seas quisquilloso, soy una esposa británica, no grito, ni gimo, no al menos con mi marido, es de mal gusto ─batió con sus manos el aire tratando de mermarle importancia al hecho ahogante de que ella ardía por dentro.

— ¡La ropa, Lady Swan! —las palabras de ella lo herían y lo incitaban

Lo miró con furia.

— ¡Jamás! —dio un vistazo a la puerta, que si bien no había caído con el golpe, permanecía abierta. Quería correr, sin embargo algo la detenía, él la detenía, él y la posibilidad volverlo a tocar, de sentirlo, de hundirse y de olvidar.

— No soy un hombre violento con las mujeres, esposa mía, me gustan que cooperen —su voz fue suave y sus ojos verdes centellearon, mas él era peligroso, no se puede retar a un hombre en los abismos de la rabia, el deseo, los celos y el amor que no razona.

Se adelantó y con su cuerpo cubrió la posible escape de ella, adelantó un poco su torso, algo leonino resoplaba en todo su cuerpo, verla con aquel vestido, con su barbilla levantada, sabiendo quien era ella, sabiendo que él estaba atrapado en su red.

— ¡Oh si, querido! escuche a Tania Denali hacerlo.

— Te amo a ti ¡Demonios!

— Ellas —por un segundo la necesidad de escapar de aquel lugar no fue tan importante como herirlo— todas tus amantes ¡Dios querido! ¿Y yo? Yo pagué por tan poco.

— ¿Cuánto he de disculparme, Isabella?

— No quiero tus disculpas, bastardo.

— ¿Quieres mi alma, Bella? ¡Es tuya!

La mujer orgullosa levantó su ceja y sonrió con burla.

— Es muy poca cosa, Mr. Cullen.

Los ojos del hombre centellearon, respiró con dureza, su rostro era implacable, con un gesto profundo y concentrado.

— Me amas.

— Eso quisieras querido, no he amado a nadie, sólo me he amado yo.

Mentía, se odiaba en ese momento, se odiaba por desearlo, dio un paso al frente creyendo que con el movimiento de arrogancia y decisión lo harían desistir de su deseo voraz por ella. Deseaba que él se fuera, deseaba que no lo hiciera. Como si una fuerza la tomara por sorpresa una fuerza telúrica que provenía de aquel hombre que la levantó de la cintura y sin pensar en nada la tiró sobre la cama, ella chillo, era una gata, sin embargo él no dio tiempo para que ella se levantara, ser abalanzo sobre ella, la tomó por las muñecas y las enterró con fuerza en el suave colchón.

— ¿Esto es lo que eres al final Mr. Bastardo? —soltó la carcajada, tratando de disimular su excitación y miedo— apuesto que esto seduce a tus amantes.

— ¡No! ─respiró sobre su boca— no digas eso, Bella mía —ella intentó morderlo de nuevo, pero él fue más rápido y mordió su labio inferior con ternura y desesperación— no digas eso —no parpadeaba, su mirada era profunda.

Respiraba sobre ella y un lento cosquilleo la recorrió de palmo a palmo, estaba inmovilizada por el enorme cuerpo semidesnudo de su esposo, podía oler su piel, no el olor de una loción ni el resabio del whisky tomado durante las dos semanas, era su olor de él tan macho y seductor, la piel que ella deseaba besar y morder, la boca que ella amaba, su cabello cobre cayendo libremente sobre su frente y la presencia que la seducía y que a la vez la lastimaba.

— El día —con una de sus manos agarró las muñecas de Isabella y con la otra dio un recorrido desde su garganta hasta la voluptuosidad de sus pechos que parecían pelear con el corsé que la apretaba— el día que me casé contigo, mi amor, fue el más feliz de mi vida.

— Una desgracia.

—Eras tan hermosa —besó su barbilla y con la punta de su lengua recorrió su cuello hasta quedarse en la pequeña depresión donde palpitaba su corazón— fui tan feliz.

— ¡Ja! Feliz de tener mi fortuna ¡Suéltame! —sin embargo el beso fue profundizado y se convirtió en una pequeño mordisco sensual que la hizo estremecer.

— Estaba tan orgulloso de mi —llevó su mano hasta la falda del vestido y lo levantó con suavidad, y penetró hacia la pierna que estaba criminalmente cubierta por una medias de seda que en la parte superior la sostenían unos ligueros— eras mía y todos me envidiaban.

Isabella se tensó, tragó hiel, cerró su boca y ladeo su cabeza hacia un lado, el tacto, la caricia de su mano caliente en una pequeña porción de su muslo que no era cubierta por la seda de la media era perfecta, íntima y cálida.

— Todos deseaban estar allí, a tu lado y yo me burlaba de todos eras mía, Lady Swan.

— No he sido de nadie Edward, de nadie, ni siquiera de Michell, que merecía mi piedad —lo dijo lentamente mientras él jugaba con su liguero, respiraba sobre su seno y exudaba su olor y su calor sobre ella.

— ¿No merezco tú piedad, madame? —se irguió sobre su cuerpo, volviendo a poner sus dos manos sobre sus muñecas— ¡Mírame bruja! ¿No merezco tu piedad?

— No —la contestación fue rotunda, dicha sin la menor emoción, era experta en mentir, era experta en ocultar y era experta en lastimar.

El rostro del hombre frente a ella fue hosco, la miró con intensidad y resopló sobre ella, aún estaba un poco borracho, se irguió de la cama, su pecho daba cuenta de su manera violenta de respirar. Isabella sintió como su alma se fracturaba al sentir como la cercanía que la quemaba unos segundos antes se apartaba, quería que se quedara y que deslizara sus manos por su piel, parpadeó un par de veces, cada mirada hacia él mostraba odio, cada respiración decía que lo necesitaba. Mordió sus labios de manera intensa, trato de levantarse de la cama, pero en medio segundo Edward Cullen la tomó de la cintura y sin que ella pudiese hacer nada estaba boca abajo y con la presión del cuerpo de su esposo que descansaba en su espalda.

Silencio.

Ambos gimieron.

Él respiró en su cuello, la piel de su cuerpo antes ardiente ahora era hierro líquido que la atravesaba, se odiaba por permitir que él hiciese eso con su cuerpo, se odiaba por permitirse que él, con un solo toque, la hiciera querer ir más allá de las orillas del olvido.

— Nunca bruja has tenido un amante como yo —la mano caliente por debajo del vestido traspasaba el muro de la tela— ninguno de tus amantes ¡Que los odio a todos! te han besado como lo haré yo —mordió el lóbulo de su oreja.

Isabella mordió su labio.

— Ninguno de ellos te ha deseado como yo —su voz estaba cargada de lujuria.

Isabella enterraba sus uñas en las sedas que cubrían la cama y trataba de ahogar los suspiros que aquel aliento ardiente provocaba en cada poro de su piel.

— Ninguno de ellos sabe cómo hacer que veas el jodido cielo, madame Swan —su voz susurrante viajó por toda su piel, una gota de sudor tocó su hombro como si fuese lava ardiente— todos son unos niños estúpidos frente a mí.

— ¡Arrogante! —contestó casi sin aire.

— ¡Oh si, madame! conozco mis virtudes, soy la joya de la corona, reina mía —dijo en lo profundo roncamente— vas a conocerme al fin —jadeó.

Bella enterró su rostro en la cama, una de las piernas de Edward separaron las suyas y la mano ardiente penetró en su entrepierna.

— Te lo dije mi amor —la ropa era el maldito enemigo.

Aún vestida con las telas que la protegían, no pudo evitar que la mano fuerte tocara su sexo, la acariciaba y presionaba. Sentía que besaba su cuello, utilizando su lengua y sus dientes, mordiendo y luego besando el lugar donde sus dientes habían dejado rastro. Sus manos no se detenían, él gemía y le hablaba a su piel, y a su cuerpo, la mano en su entrepierna era furiosa. Isabella odiaba su ropa en ese momento, un esfuerzo monumental por no moverse, por ser británica y frígida no le bastaba porque era traicionada irremediablemente por su cuerpo.

La mano libre agarró su cabello e hizo que su cabeza fuese hacía atrás y allí se encontró con la boca del bastardo que rozó sus labios suavemente y tentó con su lengua los bordes de su boca, ella lo mordió y con un respiró le suplicó tácitamente que la besara, sin embargo él no lo hizo seguía rozando su boca, torturándola en lo más íntimo, temblara ante la furia por entender que la posesión sería inminente, y porque aun así, ella debía tener el control y hacerle saber que su hermosura no la avasallaba, pero era imposible, él era un gran amante y ella estaba a su altura. Abrió su boca, algo empezaba a construirse en su vientre, no era sólo la mano que se presionaba, tocaba y apretaba, era el peso, el calor, la boca, el aire, su semidesnudés, el deseo, su deseo, rabia combinada, la pasión que nunca había sentido, la vida ardiente de un caballo loco y salvaje que corría por sus venas… necesitaba irse, soltarse, rogó por el beso absoluto, dejó de enterrar sus uñas en la sabana… cerró sus ojos, estaba a punto de la rendición y de pronto nada, un frio, una ligereza en su cuerpo, abrió sus ojos y él estaba frente a ella con sus risa demoniaca, burlándose, diciéndole con sus ojos verde bosque que él era el rey del mundo.

¡Oh maldito sea!

— ¿Has pagado por poco, Milady? ¿Por poco? ¿No valgo nada?

Cartas, rey contra reina, as de corazones puesto en la mesa de los jugadores, tahúres del corazón, partida hecha para ganar el corazón del otro, demostrar quién podía más, amar más, lastimar peor.

Isabella se irguió en la cama, levantó sus pechos, su cabello cayó en hondas sobre sus hombres.

Ganar y jugar.

— Entonces, Mr. Cullen deje de alardear como un mediocre jugador de póker que tiene una mala jugada y por eso, recurre a su lengua —levantó la ceja incitando el doble sentido de la frase— para salvarse —sus ojos lo recorrieron de arriba abajo— Demuéstreme que el semental que dice ser y por el que pague tanto, es más que un potrillo que se rezaga a la mitad de la carrera —adelantó su cuerpo para mostrar el contorno de sus pechos— me debe la noche de bodas.

Edward rugió de furia y deseo, gruñó con el jugador incitado ante la mejor jugada de su vida.

— ¡Oh bruja! Se lo que te di el día que nos casamos ─se adelantó hacia la cama impaciente.

— Un simple potrillo a mitad de carrera. Vamos Mr. Bastardo, ven y demuestra que eres capaz de tocarme, mi amor.

— No tientes tu suerte, que te amo.

— No tientes la tuya, que te desprecio.

Un duro gruñido surgió de su pecho, dos pasos y estaba frente a ella, la cama vibró por el peso, era ahora o nunca, ninguno de los dos retrocedió, sin vergüenza o pudor el llevó sus manos a los senos de su esposa y acarició provocando en ella un dolor agradable, ambos buscaron sus bocas y se besaron de manera salvaje, ella llevó sus manos a su cabello y haló con fuerza retirándolo de su cara y recorriéndolo de plano a plano.

— ¿Te gusta lo que ves, bruja? —preguntó con los dientes apretados.

— Nada que me satisfaga aún ─lo tomó por el cuello exigió un beso y enterró su uñas en la espalda.

Edward gimió y tembló, recorrió con sus manos el torso de su mujer aun cubierto por las ignominiosas ropas. La agarró de nuevo de su cabello, la tremenda estatura lo aventajaba, su rostro vertical al suyo, la boca rogando por un beso.

— Mi amor, no sabes nada de lo que soy capaz —en medio segundo él se alejó, Isabella iba a gritar de frustración, de pronto una navaja frente a ella, su corazón latió a millón cuando la punta del cuchillo hizo volar uno de los botones de su vestido y el corsé surgió como enemigo, faltaba el aire— te lo dije mi amor, la ropa es mi enemigo —y sin que ella quisiese evitar la violencia sobre su vestido, en medio segundo, botones y cordones que la atrapaban fueron rotos sin piedad alguna.

La princesa dio un gemido de guerra, libre de los arreos que la asfixiaban, el rasgar era su victoria, ese hombre que ella amaba y odiaba al mismo tiempo, en ese simple acto le dio a ella un descansó de años, era lujuria pura y total, la respuesta a lo que ella deseaba.

— No, mi amor —su pecho contra su espalda desnuda, la navaja cayó en el piso y las manos finalmente apretaron sus pezones pellizcándolos con fiereza— no es nuestra noche de bodas, esa fue una farsa —Isabella llevó sus brazos hacia el cuello de Edward haciendo así un abrazo de amantes, estaban sin aliento— no nos conocíamos, ahora somos tu y yo —gruñó duramente mientras acercaba su erección a las nalgas de su mujer— unos malditos perversos.

—Te odio.

— Me amarás —deslizó sus manos hacia su sexo y enredó sus dedos en su vello púbico— me amarás y me perdonarás amor mío, voy a dar la sangre por eso, cada gota pagará la afrenta —y la lanzó sobre la cama, quitando el resto de los girones de ropa sobre la cama. Isabella volteó como gata salvaje y llevó su cabeza hacia atrás evitando gemir de placer al ver como su esposo se desnudaba rápidamente frente a ella.

Un tigre precioso alardeando de su poder.

Caminó orgulloso dejándose observar.

— Cien millones de libras amor mío y valgo cada una —se llevó su mano a su pecho y lo golpeó con fuerza— Mi corazón es tuyo —hizo la mímica como si lo arrancara de su carne— Así te voy a pagar —su cuerpo exudaba bajo la luz de candil, de perversa manera deslizó sus manos por su piel hasta llegar a su sexo duro y erecto y lo tomó con su mano— Te pertenezco —una sugerente caricia a lo largo de éste— en alma y cuerpo, soy tu esclavo Milady, te voy a pagar te lo prometo aunque se me vaya la vida en ello. Más bien, no lo prometo: lo sentencio, vas a amarme de nuevo— los ojos la atravesaron con una amenaza de amor salvaje.

Isabella suspiró entre sollozos y lágrimas contenidas de amor, miedo, deseo y desprecio.

— Hazlo ya, empieza a pagar cariño.


EDITADO POR XBRONTE.

A todas gracias, Como siempre estoy aquí, un poquito tarde, pero aquí. Esta historia en pocos capítulos quizás tres cambiará completamente. Tengan un poco de paciencia, unos nuevos hombres en mi vida me tienen poseída. Como saben, siempre termino mis proyectos, son compromisos que nunca dejo en la mitad, voy siempre hasta el final. Amo esta historia como las demás, y mi responsabilidad va de lado de los personajes y de la historia que ellos empujan dentro de mí, tienen vida y deben tener su final, sea el que sea, el que su destino dicte. Desde este capítulo comienza una nueva etapa en el bastardo y la bruja, es hora de que empiecen a ser lo que son.