— ¿Son ciertos los rumores? —quiso saber Italia.

— ¿Qué rumores? —inquirió Japón.

—Nunca sonríes genuinamente. Sólo cuando a la gente le ocurren cosas malas o para hablar con tus clientes.

—Sí, es cierto.

— ¿Acaso jamás te viste en la situación de sonreír genuinamente?

—No.

— ¿Ni siquiera cuando vas a hablar con chicas bonitas?

—No.

— ¿Nada de restaurantes románticos, lenguaje corporal, o tomarla de las manos y besarla?

—Oh, vamos, tú jamás llegaste a la última parte.

—…No con una mujer.

Se hizo un rato de silencio.

— ¿Lo harás? —quiso saber el italiano.

—No—respondió el japonés—Ahora, si me disculpas, debo sacarme la cursi imagen mental de Alemania y tú comiéndose la boca al estilo comedia romántica.

—En mi casa, a eso se le llama "envidia".

— ¡No! —Exclamó Romano, con el rostro lleno de tristeza— ¡Se acabó la pasta!

— ¿¡Y qué se supone que almorzaré ahora!? —Se alarmó Italia—Tal vez deba recurrir a las patatas aplastadas o al wurst…

— ¡Ni muerto! —siseó el mayor de los italianos.

—Hermano, no hay de otra. Además, prefiero eso antes que la comida de Inglaterra…

— ¡Los odio a todos! ¡Prefiero morir de hambre a comer algo alemán! —Y Romano se fue corriendo.

.

— ¡Españaaaaaaaa! —gritó Romano, acercándose al nombrado. Éste se giró, para recibir instantáneamente un abrazo asfixiante de parte del rubio.

— ¿Qué sucede, Romano? —quiso saber el español, sin que su expresión cambiara por la muestra de cariño. Aunque su corazón se había acelerado un poco.

— ¡No hay más pasta! ¡Dime que tienes pasta, por favor!

—…Puede que tenga algo.

— ¡Lo sabía! ¡Eres un ángel! ¡Un ángel! —exclamó el italiano, abrazándose más al cuello del mayor.

—S-sí—tartamudeó, descolocado por las palabras del otro—Pero, suéltame…

—Oh, ¡Y te hice un regalo! Al menos compensará lo de la pasta~.

—No necesito regalos…—pero Romano comenzó a sacar un pequeño pedazo de tela del bolsillo de su chaqueta. Los desdobló, y una larga bufanda rozó el suelo. Era amarilla, con tomates rojos. Y tejida a mano.

— ¿De dónde sacaste eso?

—La hice yo mismo~.

Los dos se quedaron en silencio, el rubio con una gran sonrisa, esperando que el ibérico elogiara su trabajo.

—Quedó bien… pero no creo que use algo tan llamativo por la calle—se quejó España. Instantáneamente, Italia del Sur hizo una mueca similar a un puchero. El mayor frunció el ceño, y se reprendió mentalmente por caer ante eso—De acuerdo, de acuerdo. Lo acepto.

Romano volvió a sonreír, y enredó la bufanda en el cuello del español.

—Yo creo que te queda muy bien~—opinó el rubio, sin soltar la tela. España hizo algo similar a un gruñido, pero a modo de queja. Le gustaba la bufanda—Bueno, aunque a ti todo te queda bien.

Antes de que el castaño pudiera decir algo, el italiano decidió hacer algo que llevaba deseando hacía tiempo, y que jamás se había atrevido a hacer.

Jalando de la bufanda, acercó el rostro del español al suyo, sin despegar sus ojos rosados de la mirada carmín del mayor. Luego, acortó la distancia restante, y le dio un pequeño e inocente beso en los labios.

—No te atrevas a entrar a mi territorio~—advirtió Suiza, armado con su escopeta decorada con flores rosadas.

—…Suiza es diferente a como me lo imaginaba—murmuró Japón.

Hubiera apostado a que el suizo era una persona muy hosca, enfurruñada, seria, y agresiva.

Pero esa nación… era completamente simpática, amigable, divertida, y pacífica.

Excepto cuando alguien le ocultaba información vital.

O chismes, como muchos preferían llamar a eso.

Sacro Imperio Romano corría a toda velocidad por las angostas calles de Venecia. Había oído rumores sobre cierto problema en Italia. Por eso estaba allí. Buscando información. Sólo eso.

Eso quería creer.

Siglo XV en la casa de Chibitalia.

— ¡Señor Italia! —llamó un hombre de edad avanzada, perteneciente a la clase alta de la población.

— ¿Y ahora qué? —se quejó el pequeño castaño, arreglando su vestido negro.

— ¡Ha pasado algo terrible! ¿Podría venir un momento?

—No. Quiero leer la biblia.

— ¡Es por aquí!

— ¡Dije que no podía! ¿¡Por qué me ignoran!? —de todas formas, lo siguió. Y Sacro Imperio Romano siguió también al pequeño italiano.

.

Había un gran barco atascado en uno de los canales de la ciudad de Venecia.

Italia frunció el ceño.

—Cuántas veces…—comenzó, con un aura asesina rodeándolo—Cuántas veces tengo que repetir… ¡Que ustedes los malditos ricos no deben usar botes gigantes para desplazarse por la ciudad! Che palle!

—Lo siento, lo siento—se disculpaba el hombre.

— ¡Prohibiré sus malditos botes lujosos y con adornos!

—Pero… no es tan grande…

— ¡Prohibido, he dicho! —Sacro Imperio Romano asentía con la cabeza, de acuerdo con las palabras del italiano.

— ¿Podemos negociarlo?

—No.

—Te daré dulces~.

—Bueno… aceptaré esos dulces.

—De acuerdo. Ahora, si me disculpa, iré a construir un nuevo bote…

—Dije que aceptaría los dulces, no la negociación.

De esta forma nació la góndola.

—Alemania~—lo llamó Italia—Vamos a dar un paseo en góndola.

—No me interesa—se quejó el aludido, volviendo a concentrarse en su periódico.

—Oh, vamos, ¡será muy romántico!

—No.

— ¡Con vino!

—No.

—…Y cerveza.

Se hizo un silencio, en el cuál Alemania suspiró, dejando su periódico de lado.

—Supongo que… tengo un hueco en mi agenda esta noche—murmuró el alemán.

—Deja de hacerte el ocupado.

Continuará~.


Cita, cita, cita~. Algún día escribiré de esa cita, lo dejaré en mi lista de cosas por hacer :D