Ep. 35:
Ino no conocía el territorio lo suficiente como para darse cuenta de que el coche que habían recuperado cerca de Hoshigakure había cambiado de dirección a mitad de camino en el trayecto de regreso. Estaba convencida de que la llevaban a su casa, a Konoha. Cuando vio las señales que le resultaron familiares, no se le ocurrió pensar que debía de haberlas visto ya hacía muchos años y no la semana anterior. Claro que, no mucho después, no tuvo problemas en identificar la magnificencia de Suna, que de pronto se dibujó en el horizonte.
Estaba tan azorada como la primera vez que había visto aquella imponente torre, aunque no por la misma razón. Se trataba de un majestuoso edificio, digno de la realeza. El problema era que el propietario era su marido y que ella no debería haberse convertido en su esposa. Gaara, sentado frente a ella, estaba dormitando... o fingiendo hacerlo. Últimamente, muchas veces había echado mano de ese recurso para evitar las miradas regañonas de Ino, o al menos eso supuso. Él le había explicado el motivo de la artimaña del criador de caballos, pero Naruto y Karin no significaban nada para ella, de modo que no se sintió para nada impresionada por el malicioso motivo del subterfugio de su esposo. Aunque Ino conjeturó y dijo:
- Le dijiste a mi padre que eras kage, ¿verdad? Por eso estaba tan contento de que me casara contigo, ¿no es así?
- Sólo le dije que diera curso a la cuestión.
- ¿Pero no pudiste decírmelo?
- ¿Cuando tú disfrutabas tanto de tu resentimiento por tener que casarte con un criador de caballos? ¿Para qué te lo echaría a perder?
Respuestas como esas habían logrado que las conversaciones se redujeran a un mínimo, pero Ino no estaba acostumbrada a embotellar su infelicidad, y ya lo había hecho durante mucho tiempo. Se acercó para despertarle, pero vaciló.
No con el humor que tiene ahora. ¿O quieres reiniciar una pelea cuando dentro de muy pocos minutos sus sirvientes te harán descender del carruaje?
- Creo que no daría una buena impresión, ¿no?
Definitivamente no. Ya es una desgracia que le maldigas por haberse casado contigo. Por lo menos, sus sirvientes se alegrarán por él... hasta que te conozcan.
- Bueno, parece que la bruja eres tú hoy. Y él se merece que le maldiga, o al menos que le compadezca. Le he estropeado la vida, ¿recuerdas?
¿Y tu vida? Está tan afectada como la de él.
- Pero fue más mi culpa...
¡Ajá! Era hora de que recordaras eso.
- ¡No lo había olvidado! Pero antes había echado a perder la vida de Gaara, el criador de caballos, que no significaba demasiado. Y existía la posibilidad de que esa boda conmigo hubiera mejorado su vida en gran medida, aunque él creyera lo contrario. Pero ahora he estropeado la vida de un kage, cosa que es mucho peor. Por eso me odia tanto.
¿Sabes? Tendrías que buscar algo positivo en todo este lío, en lugar de vivir insistiendo sobre todos los aspectos negativos.
- No existe nada positivo.
¿Y qué me dices con respecto a los resultados? Obtuviste lo que querías: al Kazekage.
- El plan original incluía su amor por mí.
Está bien, borremos eso. ¿Y qué me dices del hecho de que vas a vivir en la fastuosa torre de Suna?
- Ya no me importa.
¡Mentirosa! Te enamoraste de esa casa.
- Es un maldito mausoleo, como dijo Sakura.
Es mejor que un establo.
- Cierto.
- Estás muy callada - le murmuró Gaara con suavidad - ¿Nerviosa?
Ino le dirigió una rápida mirada y luego siguió observando por la ventana.
- Qué oportuno eres. Te despiertas justo cuando estamos llegando.
- ¿Qué puedo decir? Tengo una noción del tiempo excelente.
- No, no estoy nerviosa - resopló ella - Tampoco estaba callada. Olvidas que hablo conmigo misma.
- Tienes razón, lo había olvidado. Y todas las personas que hablan consigo mismas jamás se sienten solas, ¿verdad? Tendrías que permitirme que alguna vez escuche una de esas conversaciones. Deben de ser fascinantes.
Ino se daba cuenta de que intentaba levantarle el ánimo, pero decidió que eso era mucho mejor que la ira que el pelirrojo había denotado la última vez que había surgido el tema.
- Supongo que te resultarían fascinantes porque la mayoría de ellas te incluyen a ti. Pero me temo que tendré que negarme a que las escuches. Mis conversaciones son privadas... y en silencio.
- ¿Quieres decir que cuando hablas sola no lo haces en voz alta?
- ¡Por supuesto que no!
- No fue esa la impresión que me diste.
La muchacha se encogió de hombros. Recordó que ella misma le había incentivado para que pensara que estaba un poco loca, con la esperanza de que al saberlo pospusiera el matrimonio... y entonces él se había puesto furioso.
- No es mi culpa si en ese momento me malinterpretaste.
- ¿No?
El coche se detuvo, por lo que la chica se salvó de tener que responder la incriminatoria pregunta. Por lo general, Gaara era el que abría las puertas, pero esa vez no fue lo bastante rápido como para anticiparse al grupo de sirvientes que acababa de aparecer. Más criados comenzaron a salir cuando advirtieron que no se trataba de la llegada de un visitante sino de la del Kazekage. Entre el vehículo y la casa, Ino escuchó más ouji-sama de los que hubiera deseado. Claro que eso no fue nada comparado con la conmoción que se produjo cuando ingresaron a la enorme entrada, donde aparentemente, cada sirviente de la residencia tenía intenciones de darles la bienvenida.
En cuanto Gaara la presentó como su esposa, otra vez comenzaron los ojou-sama. La rubia ignoraba de dónde había sacado fuerzas para tolerar todo aquello. El mayordomo y el ama de llaves parecían estar dispuestos a informarla del nombre y cargo que cada uno de los criados tenía allí, pero se mostraron tan sinceros y cálidos al recibirla que Ino enseguida se sintió aliviada del estado de nerviosismo que apenas un momento antes había negado tener.
Por un momento, el joven Kazekage se apartó del grupo para observar el intercambio comunicativo entre la Yamanaka y su gente. Francamente, se quedó atónito al descubrir a una nueva Ino, a quien jamás había visto. Gaara había hecho algo inesperado al traer de improviso a su esposa, sin notificar antes a la servidumbre para que preparasen todo para ello. Sin embargo, la muchacha había logrado tranquilizar a los más nerviosos, asegurándoles que primero deseaba conocer todos los jardines y el terreno (cosa que sin duda era cierta, pues los establos estaban en los jardines) y luego parte de la casa, antes de que la guiasen a su recámara. De ese modo, les había otorgado el tiempo necesario para que prepararan dichas alcobas.
Cuando Ino conoció a Mabui, Gaara estaba demasiado nervioso como para notar su comportamiento o para advertir lo que ella le había dicho a su anfitriona, pero en esta oportunidad, escuchó cuidadosamente cada una de sus palabras y la observó desempeñarse con gracia, como una perfecta dama. Por fin, cuando ya no pudo más con su asombro, exclamó:
- Kami-sama, ¿qué ha sido de mi ojou-san caprichosa?
Al instante, se dio cuenta de que acababa cometer un grave error. La espalda de Ino se puso rígida. Se volvió para mirarle y él sintió que el dolor le estallaba en el rostro. Su esposa abrió los ojos desmesuradamente, como preguntándole qué había hecho para que le dijera eso delante de todo el servicio doméstico. Gaara no se sorprendió entonces cuando la vio echarse a llorar y salir corriendo del vestíbulo. Por un momento sintió deseos de imitarla.
Al igual que todos los demás, Gaara era consciente de que las primeras impresiones son duraderas, y sin pensarlo, había echado a perder la presentación de Ino ante los criados, hecho que sin duda le restaría autoridad con ellos en un futuro. Y no tenía justificación su comportamiento, excepto que había estado bajo la misma presión emocional que ella durante la última semana, y también que no se había comportado con normalidad desde que la había conocido.
En lugar de ordenarles que se retiraran, ante la sorpresa e incomodidad de muchos de ellos, Gaara les dio una explicación.
- Durante las últimas dos semanas hemos viajado sin parar. Naturalmente, mi esposa está exhausta y no actúa como siempre lo hace.
- Usted debe de estar exhausto también - dijo el mayordomo junto a él, y como hacía más de treinta años que trabajaba en aquella casa, tuvo la osadía de agregar - Porque no creo haberle visto antes hacer una cosa tan estúpida, Kazekage-dono.
El Sabaku oyó varios murmullos de coincidencia, y se dio cuenta de que todos culpaban a quien correspondía. Casi rió aliviado, pero logró dar una respuesta seria:
- Tiene razón. La verdad es que no me he comportado con naturalidad desde que conocí a esta joven dama.
- Es el amor, si me permite que se lo diga - comentó el ama de llaves.
- ¿Sí? Entonces será mejor que me adapte a él, ¿no?
Y entonces todo el personal recuperó la sonrisa, lo que daba a Gaara una excelente oportunidad para salir en busca de su furiosa esposa. Esta vez, le debía una auténtica disculpa, aunque podría darse por afortunado si conseguía decirla antes de que ella le recibiera con otro puntapié. No cabía duda de que tendría que comprarle unos zapatos más blandos.
