Autor: ChemicalFairy

Personajes: Koushiro y Satoe Tachikawa

Canción: Crash de The Primitives

Choque

Koushirou guardó su pasaporte en su bolsillo interior, tomó del carrusel sus dos valijas, que pagaron peso extra en Narita, y se dirigió al área de los teléfonos públicos. Estaba molido después de un viaje de más de diecisiete horas.

¿Diga?

—Hola, Mimi, soy yo. —Se acomodó el auricular del teléfono público que se le estaba resbalando por el cuello.

¡Kyaaa! Okaeri, mi amor. ¿Cómo estuvo el vuelo? No olvidaste los dulces que te encargue, ¿verdad? Sora me dijo que también me había mandado algo contigo, ¿qué es? ¡No, mejor no me digas! Qué sea sorpresa. Te extrañé.

Y a pesar de que el jet lag le estuviese dando jaqueca no pudo evitar sonreír al escuchar a Mimi diciéndole que lo había extrañado. Había pasado tres largos meses en Japón preparando los últimos detalles para su regreso a la nación del sol naciente. Infló los cachetes:

—Y yo a ti. No te preocupes, tengo todo. ¿Ya estás cerca?

Ah, cierto. Olvidé que hoy tenia cita con el obstetra…

—Ya veo, no te preocupes. Tomaré un taxi.

—…pero mi madre quedó en pasar por ti. Ya no debe de tardar, se fue hace una hora.

Koushirou despertó por completo al escuchar aquello. ¿La mamá de Mimi iría a recogerle al aeropuerto? Se mordió el labio nervioso.

—Entonces, ¿dices que ya viene para acá?

Ajá. No te desesperes, ¿okay?

—No le hubieras causado la molestia. Ni hablar, pues la espero.

En realidad fue su idea —le explicó Mimi—. ¿Koushirou?

—¿Sí?

Sé amable. Ya sabes cómo se pone.

Por supuesto que lo sabía. Satoe Tachikawa no se había reservado lo que pensaba cuando dieron la noticia de que, una vez que el bebé naciera, se irían a vivir a Japón. Nombrarlo un ataque de histeria se quedaba corto. Desde aquel día su suegra le había hecho la ley del hielo ya que, por supuesto, Koushirou era considerado el primer responsable de que su única hija se fuera al otro lado del mundo. Era por eso que lo ponía especialmente nervioso que Satoe se hubiese ofrecido a venir por él, porque si de algún lado Mimi había heredado lo psicópata (que había dejado salir en el segundo trimestre de embarazo), había sido de su madre.

Se dejó caer en una incómoda banca en el área de espera y cerró sus ojos por un momento. En sus párpados se proyectaron las últimas fotografías que Mimi le había pasado por WhatsApp y se preguntó qué tan enorme estaría ahora. Así intentó mantenerse despierto por un buen rato, hasta que su reloj de pulsera le avisó que había pasado ya más de una hora tras la llamada que había tenido con Mimi. Refunfuñó con ganas, le urgía una cama.

Apenas subía la mirada cuando Satoe Tachikawa entraba triunfante por la puerta automática. Venía hablando por celular y cuando encontró a Koushirou con la mirada le entrecerró los ojos. «Si las miradas matasen...», pensó Koushirou algo abrumado. Tomó sus valijas y su equipaje de mano y caminó hacia su suegra.

—Te llamo después —dijo antes de cortar la llamada. Puso los brazos en jarra y esperó a que Koushirou fuese a su encuentro sin importarle que el pelirrojo estuviese haciendo malabares con todas las cosas que venía cargando—. Bienvenido de vuelta a América.

—Señora Tachikawa —respondió a su saludo con una reverencia que terminó con todo el contenido de su equipaje de mano vertido en el piso. Koushirou se reprimió una palabrota—. No debió molestarse.

—Ni lo menciones.

Y dicho aquello empezó a caminar hacia la salida, dejando a su yerno recogiendo sus calzoncillos de emergencia del piso.

La carretera que llevaba desde el JFK hasta la casa de los Tachikawa, en Long Island, no era realmente larga, lo que le daba una especie de alivio a Koushirou. Satoe se colocó el cinturón de seguridad antes de encender el automóvil y emprender el camino.

—¿Había tráfico? —le preguntó Koushirou al ver la carretera vacía.

—No, pero tenía cita para la manicura. Espero no te moleste.

A Koushirou solo le quedó sonreírle. Cuando Mimi le había dicho que su madre pasaría por él se le ocurrió solo una teoría: tal vez era el momento perfecto para arreglar los malentendidos, para hablar de sus diferencias y llegar a un acuerdo. Ahora sabía que Satoe Tachikawa solo deseaba hacerle pasar un mal rato.

Pero claro que no se imaginaba de qué manera sería.

—Koushirou, ¿puedes ponerme un disco que tengo en la guantera?

—Por supuesto.

Koushirou colocó el disco compacto y, después de varios intentos infructuosos, logró hacerlo reproducir. Guitarras ochenteras empezaron a sonar en los bafles del automóvil nuevo de los Tachikawa. Satoe se permitió sonreír cuando la cantante empezó a recitar los primeros versos de aquella popera canción y decidió subir el volumen a uno que dejaría sordo a cualquiera. También empezó a acelerar.

Koushirou se refregó el rostro cuando la canción empezaba a sonar por doceava vez. También llevaba varios kilómetros rezando los cantos budistas que Jou le había enseñado hacia años. Satoe era un peligro al volante. Se pasaba los entronques, los semáforos en amarillo y las vías del ferrocarril volando y Koushirou ya se había golpeado dos veces la cabeza en el techo del automóvil, pero ni que un tráiler casi les embistiese de frente por haber rebasado a un tractor había hecho que Satoe Tachikawa dejase de cantar a todo pulmón.

De hecho le hacía oda a la letra que hablaba sobre ir muy rápido, chocar y romperse el cuello. Koushirou le imploró a los cielos que la manía se acabara pronto. Incluso varias veces trató de alcanzar la perilla del volumen, recibiendo un manotazo por parte de la madre de su novia.

—Señora Tachikawa, por favor, hablemos como las personas civilizadas que... ¡Cuidado! —Satoe apenas y evadió a una familia de patitos que querían cruzar el camino.

Don't slow down, you're gonna crash. Na, nana, nanana.

«Voy a morir esta noche. No conoceré a mi bebé y Mimi me odiará por siempre aunque haya sido su madre la que me haya matado» se dijo en su fuero interno.

Na, nanana, nanana.

Koushirou, totalmente frustrado por la idea de dejar sin padre a su bebé, finalmente alcanzó el botón de stop y lo presionó furioso, dejándolo sumido. Tragó la poca saliva que tenía en la boca cuando los ojos malva de su suegra lo atravesaron.

—¡¿Qué crees que haces?! Eres muy irrespetuoso con tus mayores, jovencito. ¿Y así pretendes educar a un niño? ¡Pobre de mi hija que tendrá que hacer todo el trabajo!

Y, como también había desacelerado el automóvil, Koushirou decidió usar la palanca del freno de mano, deteniendo el automóvil en medio de la calle. Satoe se cubrió la boca con las manos para evitar soltar un improperio.

—Lo siento mucho, señora Tachikawa, pero no podemos seguir así. ¡Todo el camino fue una tortura psicológica! Hablemos, por favor. Resolvamos las cosas.

—No hay nada que resolver. ¡No te vas a llevar a mi hija de vuelta a Japón!

Satoe gritó aquello última con todas sus fuerzas. Los vidrios del maltratado automóvil retumbaron. Después de unos segundos de silencio se soltó a llorar como si no hubiese un mañana.

Koushirou la escuchó murmurar frases sin sentido: que no podría ver a su nieto crecer, que nunca visitarían Nueva York, que moriría sola y vieja porque su marido seguro se iría con otra también, que para tal prefería morir en la carretera escuchando su canción favorita.

—¡Y te llevaría conmigo!

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Koushirou. Abrió la puerta de su lado, rodeó el auto y entonces abrió la del conductor. Le quitó el cinturón de seguridad a Satoe y le ayudó a meterse en el asiento trasero, donde la mujer, envuelta en llanto, se acostó.

—Recordé que le gustaban las gomitas de calamar que vendían en la tienda de los Inoue. Le traje algunas, están en la bolsa de mano.

Y con él ocupando el mando al volante, encendió el automóvil, que antes de avanzar hizo un ruido extraño. Koushirou suspiró al pensar en el cheque que tendría que darle al señor Tachikawa por concepto de daños materiales.

Cuando llegaron a la casa de los padres de Mimi, justamente la embarazada salió a su encuentro. Satoe observó cómo su hija se colgaba del cuello del pelirrojo y como este trataba de mantener el equilibrio para no caer. Le vio abrazarla, olfatear su cuello y murmurarle al oído. Su Mimi tenía lágrimas en los ojos y una sonrisa en los labios.

Antes que anunciaran que vivirían en Japón pensaba que ambos hacían la pareja más cute del mundo. Cuando su yerno acarició la barriga de su hija se le aguaron los ojos. Suspiró, se metió la última gomita de calamar a la boca y salió del automóvil. Al pasarle de lado a la pareja le sonrió a Koushirou y le hizo la señal universal de amor y paz.

—¿Por qué suspiras así, sweetie?

—Es que me moría por verte.


Notas: Okaeri: bienvenido de vuelta (a casa). Siempre pensé que Satoe tenía serios problemas y si esto salió a comedia fue por la canción que tocó.

¡Gracias por leer!