Tanto los personajes como la idea de Zero no Tsukaima no son de mi propiedad, sino del autor de dicha obra, Yamaguchi Noboru (Que en paz descanse)
— Gracias por invitarme.
Todas las personas de la ciudad estaban celebrando. La razón era obvia, ese día daba comienzo el festival más grande en Halkeginia, el Festival de Adviento. Duraría diez días y todos querían aprovechar cada minuto de la festividad.
Alrededor de las cuatro de la tarde, dentro de la posada que Scarron había abierto, yo me encontraba junto con Louise.
Ella me miró con algo de indiferencia antes de responder a mi agradecimiento.
— No puedo creer que gastaras todo lo que llevabas en un solo día.
— Siendo justos… no tenía planeado acompañarte a la invasión. Caso contrario no hubiera… no hubiera dejado casi todo mi dinero en la academia. Tranquila, te lo devolveré… cuando volvamos.
Moví la botella que estaba a mi lado y la lleve a mi boca para beber su contenido.
— Sí, era cierto, sin duda el vino sabe mejor. Mucho, mucho, mucho mejor.
Louise también tomó un poco de su bebida. La que ella tenía, a diferencia de la mía, consistía en sólo un poco de vino mezclado con zumo de fruta, miel y agua. Aquello que sucedió cuando nos hicimos pasar por plebeyos todavía seguía fresco en su mente. No obstante, a pesar del poco alcohol que estaba ingiriendo, su rostro ya estaba ligeramente rojo.
— Llevas repitiendo eso diez veces.
— Y lo repetiré diez veces más. — Le respondí con euforia. — O quizás once, o doce, o… las veces que hagan falta.
Lo más curioso, sin embargo, era que yo estaba igual que Louise. Mi rostro estaba enrojecido y tenía esa tonalidad por la misma razón que Louise.
— ¿De verdad te encuentras bien?
— Muy bien, excelente, increíble, fantas...
No terminé de hablar, pues, de la nada, me desplomé sobre la mesa.
— ¡Aztor!
— Muy mal, terrible, espantoso, horrible…
Continúe mencionando sinónimos para dar a entender que me sentía mal. Obviamente no era necesario, pero seguí haciéndolo. Louise, después de razonarlo por unos segundos, infirió la causa de mi comportamiento.
— ¿Cuántas botellas llevas?
Louise realmente no estaba prestando atención a la cantidad de alcohol que había estado bebiendo.
— Llevaré dos cuando acabe con esta.
¿Sólo dos? Pensó Louise.
Era un evento raro verme embriagado tan pronto. En especial porque la botella que sostenía no era tan grande y no habían sido ni siquiera dos de estas. Normalmente, necesitaría dos o tres más de esas botellas para que el alcohol me termine por hacer efecto.
Louise pensó en llamar a alguien, pero no pudo hacerlo, pues fue otra persona la que habló en lugar de ella.
Todavía con mi frente recostada sobre la mesa, levanté mi mano.
— ¡Meseros!
Alguien llegó a atendernos tan sólo un momento después. Era alguien a quien tanto Louise como yo conocíamos. Obviamente, yo no podía ver quien era, pero sabía que estaba ahí por el sonido de sus pasos.
Sin levantar mi cabeza, hice mi pedido.
— Algo de agua, por favor.
No hubo respuesta hasta unos segundos después.
— Aztor, esa botella…
Rodé mi cabeza para ver a la persona que estaba parada junto a la mesa.
— Ah, Siesta, ¿cómo estás? — Pregunté a la vez que alcé la botella. — ¿Quieres un poco?
La sirvienta ignoró mi pregunta e hizo una ella misma.
— ¿Bebiste tú sólo la mitad de esa botella?
Louise, a quien le llamó la atención lo que dijo Siesta, respondió por mí.
— Esta es su segunda botella. ¿Tiene algo de malo?
— Usamos ese vino para cocinar. No se supone que lo sirvamos, porque es demasiado fuerte.
Eso lo explica. Pensó Louise.
Elevé levemente mi cabeza.
— Cocinar, beber… Si lo voy a terminar consumiendo, entonces no veo la…
Una vez más, no pude terminar de hablar, pues mi cabeza se desplomó contra la mesa nuevamente.
— Por favor, algo de agua. — Pedí de forma que parecía estar rogando.
Siesta asintió y se empezó a retirar.
— ¡También trae dos de… lo que sea que esté bebiendo Louise! — Grité un par de segundos después.
— ¿Vas a seguir bebiendo? — Preguntó Louise.
— No estoy tan… mal.
Louise no me respondió más. Lo único que hizo fue dar un largo suspiro.
Tan sólo un minuto después, la sirvienta llegó con el vaso de agua que le había pedido. Además, también trajo las dos bebidas que le había dicho. Naturalmente, cogí el vaso de inmediato y bebí toda el agua que este tenía en sólo un instante. Luego de ello, me recosté sobre la mesa.
— ¿Saben? Siempre he escuchado… que beber agua es bueno si bebiste demasiado, pero la verdad… nunca supe la razón de eso. De hecho, a veces me pregunto si… es verdad.
— ¿Y por qué pediste agua entonces?
— Si me convenzo de que funciona, entonces quizás mi mente lo haga funcionar.
Agarré una de las bebidas que acaban de traer.
— Lo llaman sugestión.
Me reí internamente por eso último.
…
— ¡Es nieve! ¡Es nieve!
Abrí mis ojos lentamente ante ese grito.
Después de beber una de las bebidas que me llevó Siesta, caí dormido. Tal parece que realmente había llegado a mi límite y seguir bebiendo fue realmente una mala idea. Para el momento en que desperté, ya era de noche.
Lo primero que noté fue a Louise y Siesta, quien había estado regresando a la mesa constantemente para saber si me encontraba bien, viendo hacia la ventana. Debido a que acababa de despertar, mi cerebro tardó unos segundos en procesar las palabras que me habían levantado. Al cabo de unos instantes, giré mi cabeza para ver al mismo lugar al que estaban viendo las dos chicas sentadas conmigo. Mis ojos se iluminaron ligeramente.
— Un Festival de Adviento de la Nieve. — Murmuró Louise.
— Siempre he soñado con esto. — Dijo Siesta.
— ¿En verdad?
— Sí, Tarbes es muy caluroso durante el invierno. Es la primera vez que he visto nieve.
— También sería mi primera vez. — Comenté.
Louise y Siesta, un poco sorprendidas por mi repentino despertar, me miraron.
— No puedo decir que también he soñado con verla, pero en verdad quise ver nieve al menos una vez.
Sentí una pequeña felicidad que me hizo sonreír ligeramente. Sentí tranquilidad al ver la nieve caer. Sentí como si lo que pasé las últimas semanas no hubiese ocurrido.
Un largo bostezo de mi parte rompió la atmósfera.
— ¿Cuánto tiempo estuve dormido?
— Alrededor de cuatro horas. — Respondió Louise.
Eso no es mucho. Pensé.
El que estuviera mejor luego de tan sólo cuatro horas era otra muestra de lo resistente que podía ser al alcohol. Al voltear mi cabeza, vi la bebida que me llevó Siesta y no había llegado a beber. Su sabor era bueno, pero realmente no tenía ganas de seguir bebiendo. A pesar de poder soportar el alcohol, eso no significaba que bebería de nuevo tan sólo un minuto después de recuperar la conciencia.
En ese momento, escuché cierta voz bastante familiar. Al girar mi cabeza, avisté a alguien que no había visto hace aproximadamente un mes. En una mesa algo alejada, Guiche estaba conversando con los Caballeros Dragón del segundo escuadrón.
— Oh, ¿es Guiche?
— Sí. Llegó hace unos minutos. Vino a esta mesa a saludar, pero como estabas dormido…
Al ver cómo reía, cierta idea llegó a mi mente.
— No le dijiste, ¿verdad?
— No.
No pude evitar preguntarme si debía contarle a Guiche sobre el ataque a la academia. Lo conocía lo suficientemente bien para saber que se preocuparía de sobremanera por la seguridad de Montmorency. Contarle significaría angustiarlo y, de hecho, se podría decir que yo mismo preferiría no saber del ataque.
Lo mejor no será decir nada. Al menos hasta que esta guerra terminé.
— Bueno, ya que estoy despierto, creo que iré a saludarlo.
Dicho eso, me levanté. No sin antes mirar nuevamente la bebida que no había llegado ni a tocar.
— Si lo deseas, puedes quedarte con mi bebida. Por hoy creo que ya bebí demasiado.
No había sido a Louise a quien le hice el ofrecimiento, sino a Siesta.
— Se la daría a Louise, pero si estuvo aquí esperándome durante cuatro horas, creo que ha bebido suficiente.
— A diferencia de ti, yo sé cuándo debo dejar de beber.
Louise desvió su mirada, para después agregar algo en un pequeño susurro que sólo ella misma pudo escuchar.
— Al menos ahora lo sé.
— Sí, lo que digas. Nos vemos después.
Ya sin nada más que agregar, me dirigí hacia la mesa en la que se encontraban Guiche y los demás.
Algo de confusión pudo presentarse en el rostro de Siesta. La actitud de Louise se le hizo bastante extraña.
— ¿Eso está bien?
Louise contestó a esa pregunta con otra.
— ¿Qué cosa?
— Imaginé que le diría algo.
Tal y como había dicho Siesta, el que Louise me dejara ir sin quejarse había sido algo bastante raro. Normalmente ella me hubiera dicho un par de cosas o me hubiera ordenado quedarme. En cambio, ella estuvo bastante pasiva por mi actuar.
Louise bebió un poco más antes de responder.
— Hasta hace unos días, él parecía estar siempre angustiado, siempre preocupado por algo. Ahora se ve completamente diferente.
Dio un pequeño trago más.
— Me reconforta ver que ya está mejor. Dejaré que se relaje y haga lo que quiera, al menos por un tiempo.
La noche siguió su transcurso.
Alrededor de las once, Louise decidió regresar a la posada. Al preguntarle si estaría bien por sí misma, ella aseguró que no habría problemas. Mi preocupación era pequeña, pero existía. Después de todo, ella había estado bebiendo durante horas. Fue una bebida ligera, pero una bebida al fin y al cabo. Sin embargo, Louise insistió en que no era gran cosa.
Mientras ella se retiraba, sólo atiné a meter mi mano en mi zurrón para sacar algo para después ir al baño.
Luego de eso, los minutos siguieron pasando.
— Y que no se te olvide nuestro acuerdo. — Dijo Guiche.
— Llevas repitiendo eso diez veces.
En verdad resultaba irónico que le hubiera respondido de esa forma.
— La guerra todavía no acaba. Asegúrate de volver con vida y luego preocúpate por el acuerdo. Además, no tienes mucho que presumir, seguro tus soldados hicieron todo.
— ¿Qué? ¿Acaso debo contarte nuevamente cómo lideré valientemente a mis tropas?
— No gracias, cuatro veces son más que suficientes.
En cada ocasión, Guiche había exagerado incluso más los sucesos. Al parecer estaba en una urgencia de impresionarme o algo así, cosa que era bastante normal en él. Obviamente, no lo estaba logrando, sino que mi incredulidad aumentaba luego de cada vez que repetía el relato.
— No, no lo son. Una historia así debe escucharse al menos cinco veces.
¿Qué no dijiste antes que bastaba con cuatro?
Guiche no perdió tiempo y comenzó a hablar de nuevo.
Di un pesado suspiro. Ciertamente era cómico y algo entretenido oír algo contado desde el punto de vista de Guiche. En especial considerando que él haría lo posible para hacer que su persona quede lo mejor posible, mas había un límite.
— Entonces, cuando vimos a los orcos, supe de inmediato lo que debía hacer.
— ¿Correr?
El estudiante ignoró mi pregunta y siguió con su relato. Relato en el que se había hecho sonar a sí mismo incluso más extraordinario que la vez anterior.
— Quinta vez que te lo digo, es difícil creer todo eso.
— Pues fue así como pasó.
— La primera vez me dijiste que valientemente quisiste entrar por el hueco que había en la muralla, pero que tu sargento logró detenerte a tiempo. En cambio, ahora dijiste que tu instinto te hizo saber que había peligro y por eso no lo hiciste. Puedo creer lo primero, pero lo segundo…
Guiche se quedó callado durante uno segundos. Al parecer estaba pensando en una forma de responder.
— Bien, quizás, sólo quizás… mi sargento me dio algunos consejos…
— ¿Algunos? Ya veo, eso tiene sentido. Usar a tus valquirias del modo de ese modo que dijiste no es algo que tú pensarías.
Guiche se sintió realmente enojado. La razón era obvia. A pesar de que me mostré incrédulo antes todo lo que dijo, a él no le importó tanto, pues eran cosas que realmente no habían pasado. Lo de las valquirias, por otro lado, en verdad fue idea suya.
— ¡Esa sí fue idea mía!
Al ver que reaccionó de esa forma, decidí seguir molestándolo.
— No lo sé, es difícil de creer que hayas pensado en tantas cosas… En especial lo de las valquirias.
Le sonreí burlonamente a Guiche.
— ¡Fue a mí a quien se le ocurrió esa idea! Las demás pudieron… no ser mías, pero ¡Lo de las valquirias fue realmente idea mía!
Al darse cuenta de lo que había admitido, Guiche desvió su mirada.
— Suena creíble. — Dije a la vez que bebí algo de agua.
Guiche volvió a mirarme.
— Espera, hace tan sólo unos momentos no creías nada de lo que decía, ¿por qué ahora…?
— Considerando que acabas de quitarte crédito a ti mismo, lo más probable es que ahora estés diciendo la verdad. El "quizás mi sargento me dio algunos consejos" no es suficiente para creerte.
Guiche no sabía qué contestar. Pasaron unos segundos para que alguien hablara, alguien que no era ni Guiche ni yo.
— En verdad es raro verte así. — Comentó René.
Al notar que se dirigía a mí, no pude evitar sentir curiosidad en saber de qué hablaba.
— Con eso te refieres a…
— Durante los días que estuvimos viviendo en su tienda, nunca estuviste tan animado.
Me recosté sobre mi silla.
— Tenía bastantes cosas en mi cabeza. Además, ni siquiera los conocía. En cambio, llevo siendo amigo de este idiota por varios meses. — Dije para después señalar a Guiche con mi pulgar.
— Bueno, sea cual sea la razón, es mejor verte así.
Sonreí por su comentario.
— Gracias.
Volví a levantar el vaso con agua para beber un poco.
— ¿Qué no planeas beber? — Preguntó René de pronto.
Era obvio que se estaba refiriendo a beber alcohol.
— Hace tan sólo unas horas me desmayé por exceso de alcohol. No soy tan idiota como para beber de nuevo.
— ¿En verdad es eso?
Un tono burlón pudo apreciarse en esa pregunta.
— ¿Qué tratas de intuir?
— Quizás no puedas manejar bien el vino.
— ¿De qué rayos hablas? No son pocas las veces que me viste beber.
— Mi memoria está algo atrofiada. Muchachos, ¿alguno recuerda haber visto a Aztor beber siquiera un poco de vino?
Todos ellos fingieron tratar de recordar por unos segundos. Luego de ese tiempo, no hubo ni uno que diera una respuesta afirmativa. De hecho, incluso Guiche empezó a decir que yo era débil ante el alcohol. Era obvio que trataban de incitarme a beber.
Así que llegamos a eso.
Levanté mi mano y llamé a una mesera. Afortunadamente, la persona que deseaba nos atendiera, respondió a mi llamado.
— Siesta, ¿puedes traer eso?
— ¿Eso?
— Ya sabes, eso. Debe quedar alrededor de la mitad. Me gustaría saber si pueden resistirlo. De hecho, trae una botella extra.
Ella parecía indecisa ante mi pedido.
— Tranquila, no es para mí. Si alguien como yo, quien es malo con el alcohol, puede beber una botella y media de ese vino sin desmayarse, entonces no veo porqué ellos no puedan beber unos cuantos vasos.
Un pequeño aire de nerviosismo apareció. No había alguien en la mesa que no me haya visto beber. Ellos sabían que podía soportar el alcohol muy bien.
— A menos claro que… sean ustedes los que no puedan soportar tomar algo un poco más fuerte de lo habitual.
René se levantó de inmediato y golpeó su mano contra la mesa.
— ¡Trae ese vino!
El resto de mis acompañantes, altamente motivados, apoyaron a René. Siesta, a pesar de todavía tener algunas dudas, aceptó el pedido.
…
— Eso fue realmente divertido.
Ya era más de medianoche y yo estaba de camino a la posada.
El vino realmente había sido demasiado para los demás. Ni uno de los que se atrevieron a beberlo se despertaría hasta unas horas más adelante. Ya que no había ni uno despierto, decidí regresar a la posada.
Me tambaleé ligeramente.
Sí… quizás no debí hacerlo.
Cabe mencionar que no pude vencer a la tentación. Había sobrado un cuarto de botella y ya que todos se habían desmayado, decidí acabarme el contenido de esta.
Di un largo bostezo para después mirar al cielo. Literalmente de la nada, cierto pensamiento llegó a mi mente.
Ahora que lo pienso… no he rezado desde hace un tiempo.
Desde el comienzo de la invasión, hasta el día que caí enfermo, no había habido ni un día en el que no rezara. Aunque claro, la razón de eso era porque no había día en el que no me sintiera angustiado. De hecho, es por eso que no me sentía bien de recurrir a los rezos sólo en momentos así.
Miré alrededor de mí durante unos instantes. Después de asegurarme que no había nadie, entré a un callejón, me arrodillé y junté mis dos manos.
¿El Sacro Dúo trasciende a mundos diferentes? Bueno, en teoría, deberían. En fin…
Di un muy largo respiro.
Este será mi último rezo, al menos en un muy buen tiempo. Perdón por recurrir a ustedes sólo cuando las cosas se ponen mal. En todo caso, gracias por haberme dado su protección en este tiempo de angustia. Quizás sea egoísta pedir esto, pero, por favor, asegúrense de que vuelva con salud a mi hogar.
Después de pensar en esto, tuve la intención de levantarme, mas recordé algo que me hizo quedarme arrodillado durante unos segundos más.
Y también protejan a Louise. Por favor, que ambos regresemos sanos y salvos.
Me puse de pie, salí del callejón y continué caminando hacia la posada. En mi mente, repasé los eventos del día y no pude evitar sentir algo de alegría. Además, tampoco pude evitar pensar en lo que podría hacer mañana.
Me pregunto si debería contarle a Louise sobre las runas. Para este punto, ya no es realmente importante mantenerlo en secreto.
Consideré la idea, pero terminé por desecharla apenas unos segundos después. No estaba seguro si Louise terminaría preocupándose de más al saber que participé en la guerra por la influencia de las runas.
Cuando esto acabe no habrá problema con que se lo diga. Sí, supongo que no habrá problema si me lo guardo hasta ese entonces.
Elevé mis brazos con el fin de poder estirarme.
Si es por tan sólo unos días, no creo que haya problemas si me relajo y dejo de preocuparme.
…
Me pregunto cuánto más tardará.
El camino de vuelta a la posada se había dado sin contratiempo alguno.
Faltando unos minutos para la medianoche, Louise seguía despierta. Ella podía dormirse en cualquier momento, pero quería esperar a que llegara. De ese modo, se sentiría más cómoda.
Quizás debería ir a dormir. Bien podría llegar hasta mañana en la mañana.
Mientras ella debatía consigo mismo si debía o no descansar, alguien tocó la puerta. Ella me había dejado atrás hace tan sólo una hora. Quizás por eso se le hacía algo difícil de creer que había llegado tan pronto.
— Soy yo, señorita Valliere. ¿Puedo entrar?
La persona que había hablado era Julio. Ello extrañó a Louise, quien no pudo evitar preguntarse qué hacía él ahí.
— ¿Sucede algo? Ya es medianoche.
— Tengo que hablarle de algo.
Julio no tardó en entrar luego de que Louise abriera la puerta. Una vez estuvo dentro de la habitación, el sacerdote hizo una reverencia.
— ¿Hablarme de algo?
Julio, sutilmente, tomó la mano de Louise. Ante esto, el cuerpo de ella se estremeció de forma espontánea.
— Tranquilícese. No haré nada extraño. El anillo real es lo que me interesa.
En el rostro de Louise se pudo apreciar la duda ante esas palabras. Sin embargo, después de decidir no protestar, ella dejó que Julio examinara el anillo conocido como el Rubí de Agua. Anillo entregado a ella por Henrietta.
— Un hermoso azul, sin duda. ¿Se lo ha preguntado?
Louise inclinó su cabeza. Ella no entendí a lo que Julio se estaba refiriendo.
— Me refiero al anillo. ¿Se ha preguntado por qué es un rubí azul?
— Eso…
Nunca se había hecho esa pregunta.
— Su nombre es el Rubí de Agua, lo sé.
Louise, sorprendida, miró a Julio.
— El Rubí de Agua es de un vívido azul, el Rubí de Viento es transparente, el Rubí de Tierra es Café.
Louise sacó su varita.
— ¿Quién eres?
— Soy tan sólo un sacerdote de Romalia. El mensajero del Papa. Bien, continuaré con mi relato. Las joyas legendarias son llamadas rubís, a pesar de que en realidad no son de color rojo. Es porque se dice que fueron hechas con la sangre del Fundador. De todos modos, es imposible saber si esto es verdad o mentira.
— Eso es muy detallado.
— Ah, nosotros estudiamos una gran cantidad de cosas para los divinos propósitos en Romalia. Ser uno con la naturaleza y el aprendizaje, eso me define. Las joyas fueron traídas a Halkeginia hace mucho, mucho tiempo… Agua para Tristain, Viento para Albión, Tierra para Galia… y Fuego para Romalia…
Hubo un pequeño énfasis en eso último.
— He estado buscando el Rubí de Fuego de Romalia. Como lo sugiere su nombre, es una gema roja como el fuego. Hay una extraña historia alrededor de este rubí. Fue robada de Romalia… y los rumores dicen que se encuentra en manos de Tristain. ¿Ha escuchado sobre esto?
Louise lo negó con su cabeza. Ella nunca había escuchado sobre dicho objeto.
— ¿No estarás mintiendo?
— No, no estoy mintiendo.
— Entonces, supongo que así están las cosas.
Julio dio media vuelta y se dirigió a la cama para sentarse en esta.
— ¿Qué? ¿Hay alguna otra historia que contar?
— Sí, su historia.
— ¿Mi historia?
— Estoy muy interesado.
Julio sonrió de forma encantadora.
— ¿A esta hora? Tengo sueño.
— Podríamos dormir juntos.
Esa actitud tan confiada molestó a Louise.
— Eso es muy arrogante.
— Julio César no es mi verdadero nombre. Es el nombre de un antiguo gran rey de Romalia.
— ¿Por qué tomaste ese nombre?
— De pequeño fui abandonado. Crecí en un orfanato. Fui un líder entre los otros niños, por lo tanto, después fui apodado como el gran rey Julio César. Debido a que era problemático, me presenté de esa manera también. La arrogancia es innata.
Louise iba a decir algo. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, un fuerte maullido se escuchó en la habitación. Tanto ella como Julio miraron en la dirección donde se originó ese ruido. Escondido en una sombra, un gato negro estaba recostado en el suelo.
El gato se levantó y caminó hasta la cama, para de inmediato saltar sobre esta. Una vez ahí, se sentó frente a Julio y lo miró fijamente. El sacerdote no tardó en reconocer al animal, pues este se le hacía bastante familiar. Julio empezó a mover su mano hacia el gato negro, pero este dio un bufido. Obviamente no tenía intenciones de dejar ser tocado por el sacerdote. Ello sólo confirmó lo que Julio ya sabía, era el mismo gato de aquella vez.
El silencio reinó la habitación durante unos segundos, hasta que Louise lo rompió de repente.
— Deberías irte. — Dijo ella de forma tajante.
Al voltear, Julio notó que Louise estaba señalando la puerta.
— Seguramente, tarde o temprano, usted se interesará en mí. Lo prometo.
Dicho eso, el sacerdote se levantó y, después de hacer una reverencia, abandonó la habitación. Louise caminó rápidamente hacia la puerta y colocó su oído al lado de esta. Ella pudo escuchar el sonido de los pasos de Julio, quien se estaba alejando. Una vez se aseguró que ya estaba lo suficientemente lejos, Louise dio media vuelta y dio un largo suspiro.
— Eres una copia, ¿verdad?
El gato negro asintió.
Cuando vi que Louise se retiraba, había metido mi mano en mi zurrón para sacar un papel rúnico de Ilusión. Apenas lo hice, me excusé un momento y fui al baño para poder efectuar el hechizo. Una vez lo hice, mi copia se transformó y empezó a seguir a Louise. Normalmente se hubiera desvanecido para así avisarme que ella llegó a salvo, pero no lo hizo, pues, en el camino, notó que cierta persona estaba siguiendo a Louise. Dicha persona era Julio. Haciendo lo mejor posible para no llamar la atención de Louise, mi copia entró al cuarto junto a ella y esperó por si algo llegaba a ocurrir.
Louise caminó hasta mi copia y colocó su mano sobre la cabeza de esta para acariciarla.
No puede hacer más papeles rúnicos y gasta uno en algo así.
Louise sonrió.
Idiota.
…
El Reino de Galia, con sus quince millones de habitantes, era el país de mayor población en Halkeginia. La capital de dicha nación, Lutece, era la ciudad más grande en todo el continente.
Lutece, conocida la Ciudad Antigua, estaba situada a las orillas del Río Shire, el cual desembocaba en el océano. El centro político de la ciudad era el Palacio de Versalles, ubicado en el lado izquierdo del río. Era una posición considerablemente alejada de la ciudad.
Dentro del palacio, había un edificio de dimensiones particularmente grande, Grand Troyes. Dicho edificio fue construir con radillos color azul, pues de ese modo se asemejaba al color de cabello de la Familia Real de Galia.
En Grand Troyes vivía el hombre que tenía el control del reino. Su nombre era Joseph, quien, obviamente, era el rey de Galia. Era un hombre de cabello y barba azules. Era un hombre de cuarenta y cinco años que aparentaba solamente treinta. Un hombre que estaba acompañado de dos escuderos. Era un hombre que, en ese momento, tenía una expresión algo sombría.
— Su Majestad… ¡Su Majestad! ¡Encontraron lo que buscaba! — Dijo una dama que apenas había llegado al lugar.
Al escuchar esas palabras, Joseph empezó a caminar hacia la entrada de la habitación. Una hermosa dama estaba allí, rodeada de rosas. Al verla, la cara de Joseph comenzó a brillar.
— ¡Sra. Molliere! ¡Sra. Molliere! ¡Usted es la mejor!
La mujer a la cual Joseph se refirió como Sra. Molliere le enseño al rey una caja.
— Por favor, enlístelo en las tropas de Su Majestad.
Joseph, cuyos ojos brillaban como los de un niño, abrió la caja y al ver lo que se encontraba en su interior, su rostro se iluminó incluso más.
— ¡Este! ¡Este es un caballeo mágico del período antiguo Kaap! ¡Es un magnífico artículo! ¡Sra. Molliere, es usted una persona maravillosa! — Dijo Joseph.
El rey sacó de la caja a la figura de aproximadamente veinte centímetros de alto. Luego de eso, tomó la mano de la Sra. Molliere y la guio hasta el centro de la habitación.
— ¡Ven, quiero que mires esto! ¡Este es mi mundo!
Los ojos de la Sra. Molliere se ampliaron al ver que toda la habitación se había convertido en un jardín en miniatura. Cabe mencionar que se asemejaba a un mapa de Halkeginia, como si fuera un enorme modelo.
— ¡Oh, cielos! ¡Qué hermoso jardín en miniatura! ¡Es maravilloso!
— ¡Maestros jardineros de todo el país fueron llamados para hacerlo! ¡Les tomó un mes completar el trabajo!
— ¿Es el último modelo de algún juego? ¿Se ha cansado del ajedrez?
— No, no, no, no. ¡No estoy cansado!
— ¡Oh! ¿Puedo preguntar qué es? Siempre pensé que era extraño como para que fuera divertido.
— ¿Por qué? ―Porque… no hay ningún oponente. Tanto los caballos enemigos como aliados se mueven de acuerdo a su voluntad, ¿qué hay de divertido en eso?
— Lamentablemente, como puede ver, no hay rivales por aquí.
La Sra. Molliere rio amargamente. Aunque el rey era rico y tenía una cara muy hermosa, a menudo era despreciado porque no era hábil en la magia. Fue llamado un imbécil y estúpido. Por lo tanto, el rey que tuvo una oscura juventud se volvió loco en medio de la soledad y se dedicó devotamente al ajedrez.
— El ajedrez no tiene ningún cambio de la fórmula original, sigue un cierto patrón de enfoque. ¡Pero este juego es diferente! — Dijo Joseph a la vez que señalaba el jardín en miniatura. — Las características geográficas se realizan siguiendo la realidad… los caballos, lanceros, arqueros, mosqueteros, caballeros, caballeros dragón, artilleros, buques de guerra… todo hecho imitando al ejército original, las peleas… ¡Así! ¡Para decidir la victoria o la derrota de la caballería se usan dados! ¡Como consecuencia, el resultado es siempre diferente y te da la sensación de un combate real!
La Sra. Molliere estaba interesada en el juego de guerra al que el rey hablaba con tanto cariño. Aunque ella no podía entenderlo, se alegró de ver su cara sonriente.
— Entonces ¿me permite también ser uno de los guardaespaldas de las tropas de Su Majestad?
— Con mucho gusto. Caballero de Parterre, usted será un espléndido caballero.
Joseph colocó la figura del caballero que la Sra. Molliere le había llevado hasta el jardín en miniatura. En broma, la Sra. Molliere hizo una reverencia.
— ¡Oh, cielos! ¿Honorable Caballero Galiano de Parterre? ¡Seré envidiado por todo el mundo!
— ¡Un brindis por la más hermosa líder de los caballeros del mundo!
Joseph levantó la copa a su lado. Un escudero corrió y la llenó con vino. Acto seguido, el mismo escudero llenó la copa de la Sra. Molliere, y se la pasó.
— Y en este juego, Su Majestad será al mismo tiempo… ¿amigo y enemigo? — Preguntó la mujer.
— Obviamente. ¿No te había dicho? En este juego de Halkeginia, no soy una figura. Yo soy el inventor de la estrategia… ¡Una ingeniosa y exacta estrategia! Así es como es. Uno mismo triunfa y es aplastado por su propia mano… Como he dicho, yo soy quien establezco un juego en este escenario, como el autor de un libro.
— Oh cielos, este jardín en miniatura es muy preciso.
La Sra. Molliere, quien estaba dando una larga mirada al modelo, sentía admiración. Colinas, montañas, ríos… Todo se elaboró para que coincidiera con las características geográficas reales, incluso los pequeños edificios en las ciudades y las aldeas fueron detalladas. Y en un paseo fue colocado el muñeco del soldado.
— ¿Qué clase de drama se desarrolla aquí? Por favor, explíqueme más.
— Actualmente, el ejército de azul sólo ocupa esta ciudad.
Joseph señaló a la ciudad con una muralla alrededor.
— Ahora, el Ejército Rojo, que se encerró en una ciudad aquí, observa cada uno de los movimientos de los demás. — Prosiguió el rey mientras señalaba a otra ciudad.
La ciudad estaba llena con los modelos de construcción de grandes dimensiones. Muchos muñecos de soldado fueron colocaron allí. También se colocaron algunas figuras de monstruos y dragones. Además, había modelos de buques.
— Ahora, aquí es donde se pone interesante. ¡El ejército azul se encuentra disfrutando de una victoria! ¡Sin embargo, el Ejército Rojo utiliza una inesperada Carta de Trampa y le da la vuelta a la situación!
Es igual que un niño. Pensó la Sra. Molliere.
Los asuntos internos y la diplomacia no podían ser llevados a cabo debido a la locura del Rey. Estos eran los rumores. Rumores que no se alejaban de la realidad.
Joseph sonrió y tomó la muñeca desde el jardín en miniatura. Era una figura femenina alta y delgada con el cabello oscuro. Joseph colocó la muñeca cerca de su oreja. Y, como si la muñeca le hablara, Joseph asintió muchas veces. Después de eso, Joseph le habló a la muñeca.
— ¡Eso es! ¡Oh, sí! ¡Los planes están en marcha! ¡Esto es ciertamente un colorido y divertido plan! ¡Oh, Musa! ¡El plan de Musa es más que lindo! ¡Toma una recompensa! ¡Quiero agarrar los juguetes, muñecos, incluso más de lo que ya tenemos! ¡Creo que es hora de poner en marcha el plan!
La mirada que la Sra. Molliere le dio a Joseph, quien hablaba con la muñeca, estaba llena de piedad. Él no era un rey, tampoco era el propietario de una cara bonita, sino que se trataba del excéntrico comportamiento de alguien cuyo corazón nunca fue amado. En comparación con su, hermano menor, quien había sido bueno en todo, él estuvo expuesto a las amenazas del trono, a los remolinos de lucha política, que finalmente afectaron la mente de Joseph.
— Su Majestad, Su Majestad… Ah, pobre de Su Majestad…
La Sra. Molliere, con un gesto teatral, acarició la mandíbula de Joseph. Él abrazó con delicadeza a la Sra. Molliere.
— Ah, Su Majestad… detenga las bromas…
— Bueno, como sabrá, un cambio dramático es el intento de poner fin al juego. Debe decidirse, la victoria o la derrota.
Mientras miraba a las dos ciudades Joseph miró a uno de los escuderos volvió a abrir su boca para hablar.
— Tíralos.
El escudero asintió y lanzó los dados. José observó y asintió.
— ¡Oh… siete! ¡Número delicado! En ese caso…
Después de meditarlo durante un momento, Joseph llamó al ministro.
— Ministro. El edicto imperial.
Desde las sombras, un pequeño hombre apareció e hizo una reverencia. Joseph, alegremente, informó al ministro, quien movió al caballo en el jardín en miniatura.
— Convoque a la flota. Ataquen a los enemigos de Albión. Tienes tres días para hacer las preparaciones.
— Como usted desee.
Sin mostrar ninguna emoción, el ministro hizo una reverencia y se marchó.
La Sra. Molliere empezó a temblar mientras veía la escena en completo shock. Esto ya no era un juego de jardín en miniatura. Ahora mismo, se había dado la instrucción de una guerra real.
— ¿Qué pasa, Sra. Molliere? ¿Tiene frío? Escudero, ponga más leña en la chimenea. La señora tiene escalofríos. — Ordenó Joseph con una voz firme.
— Su Majestad… Oh, Su Majestad…
— ¿Qué pasa, madame? La líder de los escuadrones de Caballeros Parterre de Galia no puede avergonzarse a sí misma con semejante cobardía.
…
— Me estoy acostumbrando a los paseos en la montaña. — Murmuró un hombre alto, cuyo rostro se asomaba por la apertura de su capucha.
El día en que comenzó el Festival de Adviento, a treinta leguas de la ciudad cubierta de nieve de Saxe-Gotha, personas, envueltas en ropas oscuras, caminaban.
Wardes, quien había sido la persona que acababa de hablar, estaba caminando junto a Fouquet y Sheffield. Los dos primeros habían sido enviados como guardias de esta última, quien tenía una misión muy importante.
— Matilde de Saxe-Gotha… Creo que haber oído el nombre de este lugar en alguna parte. — Le dijo Wardes a Fouquet.
— Es nostálgico. Nunca pensé que estaría caminando en esta montaña de nuevo — Respondió ella mientras caminaba alegremente.
— ¿Es todavía territorio de Saxe-Gotha?
— La "Ciudad" también incluye esta cordillera.
— ¿Esta tierra le pertenecía a tu hogar?
— El consejo de la ciudad lo ha tenido a su cargo. Algo así como virreinato.
— Aun así, es considerable.
— Es irónico que ahora esté guiando a otra persona por las tierras de donde fui expulsada hace mucho.
— Tu padre, sé que de alguna manera rechazaba a la familia real de Albión… Pero, ¿por qué les fue quitada esta tierra y el apellido a ti y a tu padre?
— Por las mentiras de la familia real.
— ¿Mentiras?
— En efecto. Mi padre sirvió debidamente a la familia real de Albión… Pero una vez desobedeció una orden de la Familia Real…
— ¿Y qué orden fue esa?
Fouquet se rio burlonamente y miró al rostro del hombre.
— Te lo diré sólo cuando me digas la historia de tu madre.
Entonces, Wardes giró su cabeza, mientras Fouquet resoplaba de insatisfacción.
— Oye, Jean-Jacques Wardes, ¿a quién quieres más… a mí o a tu madre?
Pero antes de que él pudiera contestar, Sheffield, que caminaba detrás, los llamó.
— ¿Qué tan cerca está el río más cercano?
Fouquet se detuvo, se colocó en cuclillas, empujó la nieve y tocó el suelo. Fouquet, que era una maga triangular de Tierra, entendía bien a este elemento. Además, por haber crecido aquí, ella comprendía la tierra de este lugar incluso mejor.
— Lejos, pero no es la única fuente de agua. Un tercio de los pozos de la ciudad reciben el agua de las montañas.
— Eso debería ser suficiente.
Fouquet apartó de un codazo a un arbusto de su camino y llegó a una roca agrietada. Aunque estaba cubierta de nieve, el agua era visible desde la grieta. Afortunadamente, el centro no estaba congelado. Sheffield sacó un anillo de su bolsillo. Wardes y Fouquet lo reconocieron a primera vista.
— ¿Ese no es el anillo de Cromwell? — Murmuró Fouquet.
— No, es diferente del anillo de Cromwell. — Negó Sheffield.
Wardes y Fouquet intercambiaron miradas. A ambos le llamó la atención que ella se refiriera a Cromwell por su nombre.
Sheffield sonrió. Debido a que era la primera vez que la veían sonreír, Wardes y Fouquet se quedaron perplejos.
— ¿Qué vas a hacer con el anillo?
— El agua es considerado un ser vivo y el Anillo de Andvarí tiene el poder para controlarlo, ya que es un elemento que se parece al espíritu del agua. O debería decir que es casi idéntica.
―Hm…
— Las lágrimas del espíritu del agua un material muy costoso utilizado en la fabricación de varias pociones. El poder del agua gobierna la composición del cuerpo… con una poción, se puede manipular ambos, el cuerpo y la mente.
— Esa fue una buena clase. Ahora, nos podría decir ¿qué es lo que va a hacer con él?
— El poder del agua para condensar… En otras palabras, puedo manipular a la ciudad con esto.
El cuerpo de Sheffield comenzó a brillar. Wardes recordó esta luz. Era el mismo brillo que adquirían las runas de la mano izquierda de cierto familiar con el que él había luchado. En la frente de Sheffield, medio cubierta por el pelo, unas antiguas runas brillaron.
— ¿Qué estás haciendo? — Preguntó Wardes.
Sheffield no volvió a responder, ya que estaba concentrándose. Ella acercó su mano con el anillo hacia el agua. Poco a poco, el anillo empezó a brillar y a derretirse. Parecía como si se hubiera derretido por el calor del cuerpo de Sheffield. Las gotas derretidas del Anillo de Andvarí comenzaron a caer. Luego, un fuerte chorro de agua se abrió a través de la grieta y corrió hacia la ciudad de Saxe-Gotha.
…
Así que hoy termina. Pensé mientras veía hacia al exterior por la ventana.
Una vez finalizara el día, el Festival de Adviento concluiría, así como la tregua entre las Fuerzas Aliadas y Albion. La ciudad, al no haber dejado de nevar, estaba cubierta por una gruesa capa de nieve.
Di un largo bostezo.
Había estado durmiendo gran parte del día. Por el frío que se sentía afuera, no tenía ganas de salir de la habitación. Las últimas horas me las pasé frente a la chimenea. Como no tenía nada más que hacer, empecé a practicar el hechizo Cañón de aire. Esa misma mañana había logrado perfeccionarlo, así que no podía evitar sentirme algo feliz.
Supongo que volveré a dormir.
Pensado eso, me dirigí nuevamente hacia la chimenea.
Mientras yo disfrutaba del día, había soldados que seguían haciendo sus labores. Entre ellos, dos soldados de Tristain que se encontraban patrullando la ciudad avistaron algo extraño.
— Oye, ¿no son de la Unidad de Patrullaje de Rossa?
— Así es, pero… ¿qué están haciendo aquí?
Mientras ellos hablaban, el grupo que avistaron estaba entrando y saliendo de una posada.
— ¡Hey! — Gritó uno de los dos soldados de Tristain.
No hubo ninguna respuesta.
— ¿No son esas bolsas de pólvora? — Preguntó el otro soldado.
La respuesta a esa pregunta era un sí. Los soldados de la Unidad de Patrullaje de Rossa estaban metiendo bolsas de pólvora dentro de la posada.
— ¡Oye! ¡Está es una posada, no un almacén! ¡Los soldados de la Unidad de Navarra se hospedan ahí! ¡Es demasiado peligroso que coloquen eso ahí!
El guardia que gritó eso se acercó y tocó el hombro de unos de los soldados. Sin embargo, se llevó una sorpresa cuando este último volteó a verlo. El soldado tenía un rostro totalmente inexpresivo. Si uno quisiera ir más lejos, podría decir que no parecía tener alma. El guardia sintió el peligro de inmediato y levantó su lanza.
— ¡Coloquen esas bolsas en el suelo!
Eso fue lo último que pudo decir antes de que otro soldado sacara una pistola de su cinturón y le disparara. El guardia, ya sin vida, cayó al suelo. Su compañero, al ver lo sucedido, trató de huir. No obstante, antes de poder hacerlo, una daga fue lanzada y clavada en su espalda. Tan sólo unos segundos después, sus gritos de dolor se detuvieron.
Los soldados, en completo silencio, regresaron a colocar las bolsas dentro de la posada. Terminada su labor, uno de ellos colocó una mecha y la prendió.
Unos segundos después, una enorme explosión ocurrió. La posada fue destruida por completo y todos los soldados que estaban en el interior fueron aniquilados.
…
— El transporte de las últimas provisiones debe finalizar esta noche. — Dijo Wimpffen.
Ubicados en el primer bloque de la ciudad, en el segundo piso de una posada, los líderes de las Fuerzas Aliadas estaban discutiendo la futura estrategia de invasión.
— Al parecer la tregua realmente finalizará sin ningún contratiempo. Realmente pensé que durante esta, Albion trataría de hacer algún ataque sorpresa. — Prosiguió Wimpffen mientras miraba un pergamino que estaba sobre la mesa.
— Ellos también tienen sus problemas. Seguro necesitaban ganar tiempo para terminar sus preparativos. — Comentó Handenburg.
Mientras ellos dos hablaban, De Poitiers estaba ocupado viendo un mapa.
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
— ¿Quién es? Estamos en un consejo militar. — Dijo Wimpffen.
— Una entrega de la Familia Real. Llegó esta mañana.
La entrega consistía en una caja junto a una carta que tenía el sello del Ministro de Finanzas. En el momento que vio dicho sello, De Poitiers cogía la carta para poder leerla de inmediato. Después de acabar la lectura, el Comandante Supremo murmuró alegremente.
— El Ministro de Finanzas nos felicita con anticipación.
De Poitiers abrió la tapa de la caja. Wimpffen y Handenburg miraron también el interior de esta. Ninguno de los dos pudo evitar que sus ojos se ensancharan al ver el contenido.
— ¡Un bastón de Mariscal de Campo!
Era un espléndido bastón tallado en ébano y con un escudo dorado de la Familia Real. Mirando su propio reflejo en dicho escudo, De Poitiers sonrió.
— Aunque la guerra no ha terminado, las Fuerzas Aliadas ahora tienen la completa ventaja. El ejército enemigo se ha encerrado en Londinium y no planean salir de ahí. Rodearlos y obtener la victoria decisiva es sólo cuestión de tiempo. Se ha decidido que en la última batalla yo comandaré con el bastón de Mariscal de Campo.
— Felicitaciones, Su Excelencia.
Handenburg y Wimpffen estrecharon sus manos con la de De Poitiers.
— Bueno, con todo lo que se ha dicho, todo está en mis manos. Ahora no podemos descuidados. ¡No está permitido ningún descuido! — Dijo De Poitiers.
De pronto, fuertes explosiones se pudieron escuchar en las afueras de la posada.
— ¿Qué está sucediendo?
Todavía sujetando su bastón, De Poitiers se acercó a la ventana. Desde esta pudo apreciar como varios soldados corrían alrededor de la plaza mientras apuntaban hacia algo. El Comandante Supremo observó los emblemas en sus capas.
— ¿No son de la Unidad de La Shien?
En ese momento se encontraban en el bloque oriental. La Unidad de Shien era parte del bloque occidental. No tenía sentido que se encontraran ahí. Además, también le llamó la atención ver que llevaban sus armas.
Handenburg no tardó en pararse junto a De Poitiers.
— Ellos no pueden ser soldados de mi ejército. No di orden alguna para marchar.
Ambos intercambiaron miradas.
En ese momento, los soldados que se encontraban en la plaza levantaron sus armas apuntando hacia las dos personas paradas frente a la ventana. Una repentina ráfaga de balas no tardó en ser disparada.
La última cosa que vio De Poitiers fue su bastón de Mariscal de Campo siendo destrozado en pequeños pedazos.
Wimpffen, completamente estupefacto, vio a De Poitiers y a Handenburg desplomarse. No podía creer lo que acababa de ocurrir.
A continuación, varios oficiales entraron a la habitación.
— ¡Revuelta! ¡Comenzó una revuelta!
— ¿Revuelta?
— ¡Las unidades de Rossa y de La Shien, y parte del ejército de Germania que se encontraban en el distrito Sai de la ciudad causaron la revuelta! ¡Los enfrentamientos con nuestro ejército están sucediendo en diversos sitios! ¡Es demasiado peligroso quedarse aquí!
Entonces, los oficiales vieron los cuerpos de De Poitiers y Handenburg, tendidos en el suelo junto a los pedazos de vidrio de la ventana que acababa de ser destrozada. Unos segundos después, ellos enderezaron sus posturas delante de Wimpffen.
— ¡S-Sus órdenes, Comandante Supremo!
…
— ¡Disparen!
La revuelta de las Fuerzas Aliadas establecidas en Saxe-Gotha sucedió de un momento a otro, por lo que los comandantes no pudieron evitar sentirse sorprendidos. Y aquello que más les costaba entender era el motivo de la revuelta. No había informes sobre rumores de descontento ni desorden entre los soldados, simplemente nunca vinieron venir un desenlace como ese. Fue como si la revuelta realmente hubiera comenzado de la nada.
Los soldados también estaban desconcertados. Sus compañeros de armas, con los que lucharon y celebraron juntos la victoria, ahora los atacaban con expresiones sin vida y con armas en las manos.
— ¡He dicho que disparen! ¡Disparen!
Incluso si el comandante gritaba la orden, los mosqueteros no podían jalar el gatillo, los arqueros no podían lanzar las flechas ni los lanceros podían arrojar sus lanzas.
— ¡…No, no podemos disparar, señor!
El comandante, al escuchar eso, intentó tomar la iniciativa. Levantó su varita y trató de lanzar un hechizo a los soldados sin expresión que se acercaban lentamente. No obstante, al ver a cierta persona entre dicho soldados, no pudo hacerlo.
— ¡Marco! ¡Soy yo! ¡Maurice! ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estás apuntando tu varita hacia nosotros?
La única respuesta que recibió fue una bala que atravesó el suelo que estaba a sus pies. El comandante, sin más opción, dio su siguiente orden.
— ¡Maldita sea! ¡Retirada! ¡Retirada ahora!
— ¿Hacia dónde nos retiramos…?
— ¡Como si lo supiera! ¡Retírense de todos modos!
En la mañana, las líneas defensivas habían sido desechas. Además, un informe proveniente del Redoutable fue presentado por un caballero dragón explorador. El ejército principal de Albión en Londinium comenzó a moverse y dirigía directamente hacia la ciudad de Saxe-Gotha.
En la sede temporal, a las afueras de la ciudad, Wimpffen había tomado una decisión. Obviamente, ya que ahora era el comandante principal de todas las operaciones.
— Vamos a retirarnos a Rosáis. No sirve de nada quedarse aquí.
La orden de retirada fue dada a todo el ejército bajo su mando.
…
Esto no parece más que un mal sueño.
El ejército que, hace tan sólo un día, estuvo tan emocionado por una aparentemente inevitable victoria, marchaba con rumbo a Rosais completamente derrotado. Los rostros de los aproximadamente treinta mil soldados se veían exhaustos. Era innegable que las tropas estaban envueltas por una atmósfera de depresión.
La inesperada revuelta de la noche anterior era algo a lo que nadie hallaba explicación. Como era de esperarse, varios rumores comenzaron. Uno decía que De Poitiers había sido un traidor y que fue él quien organizó la revuela, otro mencionaba algo sobre una magia desconocida que manipuló a gran parte del ejército.
¿Qué pasará luego de que volvamos? Pensé.
Por mi parte, lo que más presentaba era incertidumbre. Quería volver a Tristain, eso era un hecho, pero no de esa forma. Habría que ser un estúpido para mostrar siquiera una mínima alegría por un evento como ese, sea por el motivo que fuese. La invasión había sido un fracaso y por ello, no podía evitar preguntarme qué ocurriría más adelante. Si Albion trataría de atacar a Tristain, era algo que me estaba provocando ansiedad.
Sin mi mal humor, terminé siendo contagiado por la alegría de las personas. Ciertamente había excepciones, pero podía decirse que había dejado de preocuparme por un ataque sorpresa de Albion. Lamentablemente, por esa razón, no podía pensar en la situación actual como algo diferente a una pesadilla.
En las afueras de la posada se había escuchado a las personas gritando por una revuelta. Después de que me dirigí a la ventana, mi estupefacción evitó que me moviera por unos segundos. Varios edificios estaban destruidos o en llamas. Apostando por lo más seguro, nos quedamos en la posada. Tres copias se quedaron haciendo una vigía durante las horas siguientes, hasta que un mensajero llegó y le entregó a Louise una orden de retirada. Orden que cumplimos al instante luego de asegurarnos que los exteriores eran algo más seguros. Cabe mencionar que podría estar peor, afortunadamente, horas después, pude asegurarme que mis conocidos estaban todos a salvo.
Miré a mi costado. Louise, al igual que yo, mostraba algo de fatiga por la larga marcha. La preocupación que ella tenía era más que evidente.
— ¿Te encuentras bien? — Pregunté. — Perdón por la tonta pregunta. Sólo quiero conversar de algo para escapar un rato de la realidad.
Louise me observó por un instante, luego del cual me hizo un gesto para que la siguiera. Junto con ella, me alejé un poco de las tropas para que no pudieran escucharnos.
— ¿Qué crees que ocurra ahora? — Preguntó Louise.
— Ojalá lo supiera.
Yo era ignorante en temas de política y guerras. El qué tan preparado estaba cada país para una invasión o defensa se escapada de mis conocimientos. Sin embargo, al menos podía llegar a deducir algunas cosas.
— Lo más probable es que luego de volver nos quedemos en el Palacio Real.
— Bueno, con la escuela cerrada y tu hogar fuera de cuestión, parece ser la única opción.
Sumado a mis razones, estaba el hecho de que se necesitaría la magia de Louise si se presentaba alguna emergencia. Es por eso que no había mejor lugar para quedarse que el Palacio Real en un caso así.
Hubo un par de segundos de silencio. Ninguno de los sabía qué podíamos decir sin que nos deprimiéramos más. Al menos hasta que hablé nuevamente.
— Bueno, al menos volveré a dormir en una cama lujosa. Ya estaba extrañando eso. Oh, y no olvidemos la comida.
Louise me dio una pequeña sonrisa.
— Idiota.
Ambos regresamos con las tropas y seguimos caminando hacia Rosais.
Rodeé mis mi propio cuerpo usando mis brazos. Uno podría pensar que lo hice por el frío que todavía se sentía, pero la razón era otra. Un ligero temor estremeció mi peor escenario había aparecido en mi cabeza. Inmediatamente, sacudí mi cabeza de un lado a otro.
No, esto podría ser peor. Algunos de los dos pudimos haber muerto. Por ahora, lo más importante es que volvamos sanos y salvos a Tristain.
Aflojé el agarre que tenía sobre mí mismo y miré hacia al frente.
…
No puedo culparlos por eso. Pensó el nuevo Comandante Supremo.
Las Fuerzas Aliadas, incluyendo a Wimpffen que llegó primero a Rosais, pidieron permiso para regresar a sus países. La respuesta del gobierno, que no podía creer las circunstancias, fue negativa. Además, también exigió un reporte más detallado. Al gobierno le resultaba imposible creer que sólo quedara la mitad del ejército y que De Poitiers fuera asesinado. Cualquiera que leyera algo así mostraría incredulidad.
Tal vez, incluso yo mismo, después de leer tal informe, no lo creería. No es raro que no concedan el permiso para retirarse.
De este modo, el ejército derrotado se estaba concentrando en Rosáis, mientras que Wimpffen comenzó la negociación con su propio país. Insistió en varias ocasiones que, considerando la forma en que iban las cosas, se dirigían hacia la aniquilación. Con gran esfuerzo obtuvo el permiso para la retirada. No obstante, tardó medio día en conseguirlo, un muy valioso medio día. Un medio día que podría ser fatal para las Fuerzas Aliadas.
A medida que el ejército derrotado comenzaba a llegar, recibieron más malas noticias de un caballero dragón explorador. El ejército principal de Albión que había estado en Londinium se movía más rápido de lo esperado.
— Mañana al amanecer, el ejército principal del enemigo llegará a Rosáis.
Wimpffen miró el mapa y le hizo una pregunta a uno de sus subordinados.
— ¿Cuánto tiempo le tardaría al ejército embarcarse completamente?
— Hasta el amanecer de pasado mañana.
Aunque Rosáis tuviera un gran puerto que facilitaba el embarque en las naves, en tierra sólo puede haber un número limitado de soldados al mismo tiempo.
Wimpffen estaba preocupado. Después de meditarlo, pensó que lo mejor hubiera sido iniciar los preparativos de retirada antes de que se lo permitirán, mas él temía por su vida y no quería ser colgado por el tribunal de guerra.
— Necesitamos detener al ejército enemigo.
— ¿Cuarenta mil? No, ese número debe ser mucho mayor. ¿De qué lugar sacamos a una fuerza que los resista?
Hacer los preparativos para un bombardeo sólo retrasaría el proceso de embarcar a las tropas. Además, dudaba seriamente que el tiempo ganado por el bombardeo compensaría el perdido. Por otra parte, con el fin escapar lo más rápido posible, los soldados dejaron atrás todas las armas pesadas.
Wimpffen pensó. Y, de repente, tuvo una idea.
— Eso es. Vamos a usar eso.
— ¿Eso?
— ¡La carta de triunfo! ¡La carta de triunfo de mi ejército! ¡Ahora es el momento de usarlo! ¡Mensajero!
…
— ¿Qué fue lo que te dijeron?
La noche había llegado.
Un viejo soldado le había informado a Louise que Wimpffen estaba solicitando su presencia. Louise no entendió por qué fue Wimpffen y no De Poitiers quien pidió por ella. Sólo entonces, el soldado le explicó a Louise que De Poitiers y Handenburg habían muerto durante la revuelta. Eso fue algo que Louise, realmente, no esperó.
Ambos nos dirigimos a la tienda de Wimpffen, lugar donde él le entregó unas órdenes escritas a Louise. Al leerla, el rostro de ella se tornó completamente pálido.
No era necesario hacerle una pregunta a Louise para saber que algo andaba mal. Su rostro, bastante pálido, era suficiente para saberlo. No dijo nada más, Louise se limitó a salir de la tienda. Por mi parte, no tardé en seguirla para preguntarle por las órdenes que le dieron.
Louise, sin embargo, no contestó a mi pregunta. Simplemente miró hacia el frente y comenzó a caminar. Lo extraño de eso era que no estaba yendo en dirección a la flota para poder embarcar en esta.
— Louise, ¿a dónde vas?
Una vez más, ella no respondió. Sinceramente, no estaba de humor para ese tipo de cosas. Después de perder la paciencia, me acerqué rápidamente hacia ella y la sujeté del hombro.
— ¿Qué te sucede?
Fue entonces que noté como Louise estaba apretando fuertemente el pergamino que le habían dado. Por un simple acto reflejo, agarré las órdenes que le habían entregado. Se podía apreciar un mapa de Albion y una localización. Eso no me decía mucho. Fue después de leer el contenido del pergamino que abrí mis ojos en completa sorpresa.
— Es, literalmente, una muerte segura. No estarás pensando en ir, ¿verdad?
Yo ya sabía la respuesta a eso. Louise no estaba caminando fuera de Rosais por ninguna razón en absoluto. No obstante, quería oírlo de su propia boca.
— No hay otra opción.
Odié escuchar esas palabras.
Las órdenes eran simples. Ir a una colina que se encontraba a cincuenta leguas de distancia y detener al enemigo el mayor tiempo posible por medio de diversos hechizos del Vacío. Se le había prohibido retirarse o rendirse. En otras palabras, Louise debía luchar hasta la muerte.
— Por supuesto que la hay, correr.
Louise se zafó de mi agarre y siguió caminando. No tardé en llegar de nuevo hasta ella para sujetarla y darle la vuelta.
— Deja de bromear. ¿Cómo rayos puedes aceptar tan fácilmente?
— Alguien tiene que hacerlo.
Pero no tienes que ser tú. No, definitivamente no tienes que ser tú.
Louise me dio una sonrisa compasiva y siguió hablando.
— Yo me encargaré de esto. No tienes de qué preocuparte. Te aseguro que los detendré el tiempo suficiente.
Al escucharla decir eso, la solté inconscientemente. Ella se limitó a dar media vuelta y seguir caminando.
Me quedé inmóvil. En medio de mis dudas, vi como Louise se alejaba poco a poco. Ella no tardó mucho en casi perderse de vista.
Una parte de mí me estaba diciendo que debía ir con ella.
Una parte de mí me estaba diciendo que escapará.
Miré las runas de mi mano izquierda. Era obvio que trataban de hacerme escoger la primera opción. Las runas querían que fuera con ella y la protegiera hasta el final. Obviamente, esa no era una opción que pudiera escoger. Aunque, claramente, tampoco iba a dejar que ella fuera hacia su muerte sin más.
No pasé por tanto para que ella tire a la basura todo mi esfuerzo. Como si pudiera aceptar eso.
Metí mi mano dentro de mi zurrón.
Imagino que diez serán suficientes.
Después de sacar lo que necesitaba, corrí rápidamente hacia Louise. Ella volteó al escuchar el sonido de mis pasos. Después de verme, se detuvo.
Una vez llegué hasta ella, me coloqué justamente entre Louise y el lugar al que se estaba dirigiendo.
— ¿Recuerdas que intenté detenerte cuando quisiste ir a Tarbes? — Pregunté.
Louise me miró algo confundida por mi pregunta. Entonces, sin previo aviso, la empujé con gran fuerza y la hice caer al piso. No perdí ni un solo segundo y tiré todos los papeles rúnicos que tenía, los cuales se esparcieron por todo el lugar.
— Creo que esa vez fui demasiado amable. — Dije mientras desenvainé a Derflinger. — Si en verdad tienes planeado ir, entonces me veré obligado a detenerte aquí.
— Compañero, ¿en verdad tienes planeado pelear contra tu maestra?
Ignoré la pregunta de Derflinger.
Louise se paró lentamente y dijo una sola palabra.
— Quítate.
— Intenta obligarme.
— ¿Qué no lo entiendes? Si no voy, entonces todos serán aniquilados. No habrá ninguna excepción.
— Te haré una pregunta. ¿Acaso tienes ganas de ir a morir?
Ella no pensó en su respuesta ni un segundo.
— No, por supuesto que no quiero eso, pero tampoco quiero que los demás mueran. Si para evitar que todos ellos sean asesinados debo ser yo la que muera, entonces que así sea.
— Respuesta equivocada.
— Es la respuesta correcta, pero al no ser un noble no puedes entenderla. Puedes tener una idea, pero no entiendes por completo lo que es el honor para nosotros.
— Si quieres decir algo más, adelante. Te daré una última oportunidad de convencerme.
Me puse en posición para empezar la pelea. Louise me apuntó con su varita. Ella sabía que no cedería, pero de igual modo siguió en su intento de hacer que la deje pasar.
— Son treinta mil personas las que van a morir si no te haces a un lado.
— Sí, soy egoísta por poner tu vida por encima de todas esas personas, pero eso fue algo que decidí hace mucho. Se te acabaron las oportunidades.
Louise no necesitó escuchar nada más para empezar a recitar un hechizo. Ella me conocía bien y sabía bien lo que estaba a punto de hacer.
Sabía de primera mano de lo que ella era capaz y subestimarla era algo que no podía hacer por ningún motivo. Aproveché mi velocidad como Gandalfr y recorrí la distancia que nos separaba en un instante. Sin embargo, ella ya estaba preparada. Moverse dos pasos a su derecha fue suficiente para esquivar mi embestida.
Louise liberó el hechizo que recitó previamente. Yo, sabiendo lo que sucedería, salté a un lado y esquivé la explosión que ocurrió un segundo después. Louise dio un paso hacia atrás para coger distancia, un paso necesario para que ella estuviera en el rango de uno de mis hechizos. Hice la señal de mano apropiada y activé el hechizo de repulsión.
Lo que debió suceder es que Louise sería arrojada varios metros hacia atrás a la vez que sufría el golpe de la repulsión. Tal como planeé, ese fue el resultado, pero no tuve tanto éxito como pensé. Ella reconoció la señal de mano que había hecho y eso le bastó para saber qué hacer. Mientras activé el conjuro y moví mi brazo para aplicar la fuerza de empuje, ella dio un fuerte salto hacia atrás. Eso disminuyó mucho la fuerza con la que mi hechizo la golpeó y, si bien la hice retroceder varios metros, apenas recibió daño. A la vez que ella estaba siendo impulsada hacia atrás, Louise recitó un segundo hechizo de explosión. Hechizo que liberó apenas se levantó. Afortunadamente ya estaba preparado para eso. Una Prisión de agua se formó alrededor de mí para bloquear casi todo el daño.
Chasqueé mi lengua.
No pude tener peor contrincante.
Todas las horas que había estado conversando y practicando con Louise durante las vacaciones habían tenido sus frutos. Habíamos llegado al punto de saber con antelación la mayor parte de acciones que haríamos durante una batalla. Ciertamente, existía un pequeño retraso, pero en general podíamos predecir los movimientos del otro. En verdad sería útil si peleáramos en equipo, pero traía una gran repercusión al luchar el uno contra el otro. Además, había algo más. Algo que, de hecho, me ponía en una ligera desventaja.
…
— También deberías tratar de tomar una decisión más rápido, he notado que en ocasiones tardas en actuar. Como si imaginaras el resultado en tu propia mente antes de efectuar el hechizo. — Me comentó.
— Es difícil quitarme ese hábito, una vez lo descubren suelen aprovecharse de eso.
…
Tal y como me lo había aconsejado un contrincante mío hace más de un año, trabajé bastante en ese mal hábito. Me había esforzado, mas nunca llegué a eliminarlo completamente. Aparecía rara vez y en medida muy pequeña, pero eso era suficiente para que siguiera considerándose una desventaja. En especial considerando que Louise podía deducir lo que yo haría. Siendo el peor escenario uno en el que ella preparara su respuesta a mi ataque antes de que yo pudiera siquiera empezar a efectuarlo.
Apreté con más fuerza a Derflinger y me preparé para atacar nuevamente.
Necesito acabar esto rápido.
Lo que podía considerarse una pequeña fortuna era que, al menos, yo era consciente de mi debilidad. Ese era uno de los motivos por el que debía terminar rápido con la pelea. El segundo motivo era la energía que poseía cada uno para usar sus conjuros. Ya había usado dos hechizos y ninguno había cumplido bien su función. Incuso si usara diez más, no sería raro que Louise se las ingeniara para evitar mayores problemas. Si ella salía airosa de mis ataques, entonces yo estaría en graves problemas. La cantidad de explosiones que ella podía generar era mayor a los hechizos que yo podía usar antes de empezar a perder la movilidad de mi cuerpo.
Di unos cuantos pasos a mi derecha y me paré sobre uno de los papeles rúnicos de Ilusión. Hice una señal de mano y de inmediato generé tres copias. Mientras estas se generaban, Louise me apuntó con su varita.
Te dije que no me iba a contener. Y ahora, terminemos con esto.
Corrí junto con mis copias para acabar la pelea de una vez por todas. Sin embargo, no pude hacerlo, pues algo inesperado sucedió. Mis clones apenas pudieron moverse un metro antes de desaparecer.
Louise hizo una apuesta y salió ganadora. Nunca lo habíamos intentado, pero Disipar pudo desvanecer las tres copias que yo había creado. Además, algo más consiguió que la pelea se extendiera más.
Salí volando luego de que una explosión me golpeara directamente en el pecho.
No debí subestimarla al pensar que no lo usaría aquí.
Mientras me levantaba, vi a Louise y a su copia apuntándome con sus varitas. Me había descuidado. Mientras yo caminaba hacia el papel rúnico de Ilusión, Louise había hecho lo mismo. Ella se movió al lugar donde la había empujado la primera vez y donde había aprovechado para colocar el papel rúnico del único hechizo que conocía. Su copia, apenas apareció, usó una explosión para proteger a la Louise original, quien había desvanecido a mis clones. Afortunadamente, lo apresurado de la situación evitó que la explosión fuera demasiado fuerte.
Lo primero que hice fue saltar a un lado. Una explosión generada por la Louise original falló por tan sólo un metro. Mi error me había puesto en una situación bastante precaria. Crear más clones estaba fuera de cuestión. Incluso si lo hacía, Louise sólo tenía que usar nuevamente Disipar. Una vez más, la cantidad más limitada de hechizo que yo podía usar jugaba en mi contra. Además, aunque aprovechara ese instante para atacar, su copia la protegería.
Empecé a mover mi pierna en señal de nerviosismo.
Vamos, piensa en algo. Si no la detienes aquí…
…
Después de todo, ella sigue viva y eso es lo más importante.
…
¿De qué vale todo mi sacrifico si ella muere?
Di otro gran salto para evitar otra explosión. Sin embargo, no pueda evitar un segundo ataque mientras estaba en el aire. Después de caer al suelo, empecé a correr alrededor de Louise y su copia.
Veamos, ¿qué opciones tengo?
A la vez que corría, observaba levemente los papeles rúnicos que habían caído al suelo y eran utilizables. El viento los había distribuido de tal forma que me era difícil pensar en alguna forma de aprovechar varios a la vez. Si hacía algo, debía limitarme a uno o dos de ellos.
Ojalá funcione… No, va a funcionar.
En el mejor de los casos, finalizaría la pelea.
Así como yo tuve problemas pensando en algún modo de usar los papeles rúnicos que tenía disponibles, Louise tendría problemas en deducir lo que haría. Si yo hubiera colocado los papeles en los lugares que quería, entonces sería una historia diferente. No obstante, el azar había sido quien organizó todo. La distancia, la oscuridad y el tener que estar atenta a mis movimientos no le dejaron ver con claridad todos los papeles rúnicos que habían caído correctamente.
Tuve que rodear completamente a Louise una vez más para hacer mi movimiento. En medio de ese trayecto, una explosión más había impactado contra mí. Aunque no fue más que un daño superficial. Tanto ella como yo sólo intentábamos incapacitarnos. Por ello, nuestro ataques habían sido limitados. Sus explosiones eran más débiles que una normal. Por mi parte, había evitado tratar de atacarla usando a Derflinger.
Una vez llegué a la posición adecuada, activé Lluvia de rocas. Carecía de rango para que todas las piedras llegaran hasta Louise. Sin embargo, eso no era lo que buscaba. Aprovechando que finalmente había perfeccionado el Cañón de aire, utilicé dicho hechizo para arrojar una de las rocas hacia la copia de Louise. En todo ese tiempo no habían cambiado su posición y era fácil diferenciar a la original.
La copia reaccionó de inmediato y usó una explosión para destruir la roca. Sin embargo, el aire esparció los pequeños restos, cosa que provocó una nube de polvo, la cual ocultó mi figura de la visión de Louise. Ella sabría de inmediato si decidiera utilizar Luz cegadora. Incluso si era una finta, entre las Louise original y la copia, sólo una cerraría sus ojos. Necesitaba generar un punto ciego y lo había logrado.
Por unos segundos no hubo ningún índice de movimiento de mi parte. Ello confundió a Louise, quien esperó un inmediato ataque. Un momento después, salí a toda velocidad de entre la nube de polvo con la intención de embestir a Louise. Sin embargo, mi ataque fallo. Por tan sólo unos centímetros, no logré rozarla.
Su copia reaccionó de inmediato y generó otra explosión hacia mi persona. Explosión de la cual no pude defenderme. Me levanté rápidamente, cubrí mi vista y activé Luz cegadora, un hechizo que había colocado en mi capa. Después de recobrar la visión, noté que, tal y como había sospechado, sólo una de las Louise cerró sus ojos. La otra estaba temporalmente incapacitada.
Activé nuevamente Lluvia de rocas y repetí el anterior accionar. Mi mano izquierda se movió y una vez hizo contacto con la roca, activé Cañón de aire. Sin perder tiempo, corrí también. La Louise que no había sido afectada por mi hechizo se limitó a moverse a un lado para poder esquivar el proyectil.
Una varita fue alzada hacia mí con la intención de liberar un hechizo recitado previamente. Sin embargo, apenas la roca pasó por entre las dos Louise, la que me estaba observando abrió sus ojos en sorpresa. La causa de ello era la señal de mano que estaba haciendo.
Pero si no está en el rango para…
Tan sólo un instante después, desaparecí.
Lo logré. Pensé con alivio.
Al lado del primer papel rúnico de Lluvia de rocas había uno de Teletransportación. A primera vista, este último conjuro no me serviría de nada, pero me las ingenié para poder aprovecharlo. Después de generar esa nube de polvo, me tomé unos segundos para agarrar el papel de Teletransportación y guardarlo conmigo.
Una Louise había cerrado los ojos y la otra había sido cegada. La Louise que había cubierto sus ojos sólo pudo ver cuando mi brazo se movía en dirección a una de las rocas. Ella no pudo notar que en dicha roca había colocado el papel rúnico que había guardado. Finalmente, usé el hechizo cuando la roca que había arrojado pasó a las dos Louise.
Rápidamente formé un puño con la intención de golpear el estómago de la Louise que podía ver. Ella apenas tuvo tiempo de voltear para ver como mi puño impactaba contra ella.
Chasqueé mi lengua.
Maldición.
La Louise a la cual había golpeado se desvaneció. En ese momento, la segunda Louise, la cual había sido la original, recobró su visión y empezó a mover su varita.
Rápidamente hice una señal de mano. Había tomado en cuenta la posibilidad de fallar y tenía un plan de respaldo, Parálisis. Había usado varios hechizos, no sabía si podría detener sus movimientos el tiempo suficiente si usaba un hechizo libre básico y por ello decidí usar la runa mejorada, aquella que había obtenido cuando Wardes abandonó la zona del duelo en nuestra pelea.
Antes de que ella lograra apuntarme, activé el hechizo. La parálisis hizo su efecto y los movimientos de Louise se vieron impedidos.
Ahora, sólo necesito…
Sin embargo, las cosas no salieron como imaginé. Antes de que siquiera pudiera de terminar ese breve pensamiento, Louise volvió a moverse. Con su varita apuntándome directamente, ella liberó el hechizo que recitó mientras estaba cegada. Una vez más, una explosión impactó contra mi cuerpo.
Salí volando varios metros. Sin embargo, por fortuna, logré caer de pie.
— No eres el único que aprovechó esa nube de polvo. — Comentó Louise.
Así que intercambiaron lugares…
Consideré esa opción con anterior, pero no podía estar seguro que ocurrió. Había sido mera suerte que atacara a la copia. Si hubiera golpeado a la original, entonces Louise habría caído inconsciente y sólo tendría que ingeniármelas para recoger su cuerpo y correr. Lo que hiciera su copia no me interesaba en lo más mínimo.
Pero más importante… el efecto de Parálisis no duró ni un segundo. Incluso Wardes que era un mago Cuadrangular…
No sólo fuerza física, la energía que podía tener un mago era un factor importante en el tiempo que duraba el efecto del conjuro Parálisis.
Ese Vacío… sabía que era fuerte, pero jamás pensé que todavía le quedara tanto poder.
Había pasado mucho tiempo desde esa Explosión que Louise usó en Tarbes. Sin embargo, en tan sólo un mes, ella había usado Ilusión dos veces. Habían sido conjuros de gran poder. Imaginé que sus reservas estaban por el suelo, pero al parecer le quedaba suficiente Fuerza de Voluntad para que mi Parálisis se debilitara casi por completo. El Vacío sin duda era un poder de cuidado.
Empecé a jadear.
Demasiados hechizos.
Louise también estaba cansada debido a la gran cantidad de conjuros que usó en tan poco tiempo. Sin embargo, como yo bien sabía, ella estaba en mejores condiciones que yo.
— Déjame de ponerte en mi camino. — Dijo Louise de repente. — Esto sólo me complica más las cosas.
Era obvio el porqué empezó a tratar de convencerme nuevamente. Incluso si ella ganaba, tendría que pelear nuevamente contra todo un ejército. Ya había usado muchos conjuros, incluso uno rúnico, y ella quería estar en las mejores condiciones para cumplir su misión.
— Aunque sólo pueda arrastrarme al final de la pelea, te sacaré de este maldito país a salvo.
El único motivo por el cual seguí con la conversación fue para darme un momento para descansar. Louise también lo tendría, pero era algo que estaba dispuesto a aceptar.
— ¿Por qué debes ser tan obstinado?
— Es irónico que tú lo digas.
— Este ni siquiera es tu asunto.
No pude evitar enojarme al escuchar eso.
— ¿A qué te refieres con que no es mi asunto?
— Es mi vida. No puedes decidir por mí. Si quiero sacrificar mi vida para salvar a todos, entonces lo haré. No es tu asunto.
Sujeté a Derflinger con incluso más fuerza.
— Hazte a un lado. — Exigió Louise.
Estaba enojado, realmente enojado.
— Así que no es mi asunto…
— Exacto. Ahora quítate.
Idiota…
Tardé sólo un instante en llegar hasta Louise. Ella se movió a un lado, pero logré golpear el suelo con Derflinger para así sacarla de equilibrio.
— Claro que es mi asunto. Vine a este mundo por ti, arriesgué mi vida por ti y vine a esta guerra por ti. ¡Este es mi maldito asunto!
Louise, quien había caído al suelo, se levantó rápidamente y comenzó a recitar un conjuro. Una explosión se originó frente a mí. Explosión que pude evitar al teletransportarme cerca del lugar donde había arrojado mis papeles rúnicos.
— Nadie te obligo a venir. — Replicó ella.
— Sí, acompañarte no era mi obligación, pero me vi de cierta forma forzado por tu maldita culpa.
Comencé a correr en dirección a Louise. Planeé embestirla, pero ella evitó el impacto al saltar a un lado.
— ¿Mi culpa?
— ¡¿Quién fue la que me invocó como familiar para que la protegiera?!
Me di un impulsó y logré ponerme en un rango apropiado para empujarla. Ella cayó nuevamente al piso, pero desde el suelo ella lanzó una nueva explosión para sacarme de balance.
— ¡¿Quién fue por la que tuve que arriesgarme tantas veces?! — Pregunté a la vez que me levanté.
Louise no tardó mucho en hacer lo mismo.
— ¡¿Quién fue la que me besó y me puso estas malditas runas?! ¡¿Por qué no me lo dijiste?!
Ya no había ningún motivo por el cual no decírselo.
— ¡¿Por qué no me dijiste lo que le hacen las runas a un familiar?!
Ella no comprendió al inicio de lo que estaba hablando.
— ¿Acaso lo sabes? ¿Acaso sabes lo frustrante que es no saber si sacrificaste tu vida tantas veces sólo porque unas malditas runas te lavaron el cerebro?
Eso fue suficiente. Louise no era tonta ni había sido tan dedicada a sus estudios por nada. Por supuesto que pudo intuir a lo que quería llegar.
— Tú…
— Y lo peor de todo, ¿sabes lo frustrante que es enterarse que todo ese esfuerzo habrá sido por nada?
Estabas viva. Al menos podía reconfortarme sabiendo que todo lo que pasé había servido de algo. Pero si vas a terminar muriendo de todos modos…
— Me molesta que decidas hacer algo que pone en riesgo tu vida. Sin embargo, me molesta todavía más que decidas hacer algo que significa una muerta asegurada.
No era solamente eso.
— ¡Y lo que me enoja incluso más es que no decidiste hacerlo cuando fuimos tras Fouquet! ¡No decidiste hacerlo cuando fuimos a recuperar la carta! ¡No! ¡Justo ahora! ¡Justo cuando te puedo considerar una amiga tienes que decir que eliges morir!
Corrí hacia Louise. Ella, nuevamente, usó una explosión para detenerme. Sin embargo, en medio de mi trayecto, arrojé a Derflinger para que bloqueara al ataque por mí. Perdí velocidad al no contar con un arma en mis manos, pero eso no evitó que llegara hasta Louise y la derribada antes de que pudiera usar otro hechizo.
— ¿Acaso todo lo que he hecho fue en vano? Si vas a decidir morir ahora, entonces, ¡¿por qué rayos te salvé tantas veces?!
Sujeté sus dos manos de manera que no pudiera apuntarme con su varita.
— Gané.
Solamente me limité a decir eso.
— Sí, ganaste el duelo. Felicidades.
Fue una respuesta seca por parte de ella.
Durante cerca de un minuto, ninguno de los dos hizo ningún otro movimiento. Los únicos sonidos que podían percibirse eran aquellos que provenían de Rosais, el cual había quedado algo atrás.
— Lo siento, pero no me puedo permitir gastar más tiempo y energía contigo. — Dijo Louise de repente.
Lo siguiente que ella hizo no lo esperé de ningún modo. Mi cara denotó confusión por su accionar.
— ¿Qué es lo que haces?
— Quítate de mi camino. — Dijo Louise.
Me había encargado de que no pudiera mover su varita en dirección hacia mí, pero eso no evitó que ella la apuntara hacia su sien.
— Si me detienes aquí, deberás detenerme durante el resto de mi vida.
Sobraban las explicaciones.
— No estás hablando en serio.
— Para un noble, no hay nada más importante que el honor. Durante meses me escuchaste decir eso. Como dije, no entiendes el significado de eso por completo, pero puedes darte una idea. Ahora dime, ¿quieres arriesgarte?
Es obvio que estás mintiendo.
Pensé en eso, mas no lo dije. El motivo fue que trataba de convencerme a mí mismo de que era una mentira. Los ojos de Louise expresaban total seriedad. No había forma en la que pudiera asegurar que no estaba diciendo la verdad.
Lentamente, aflojé mi agarre y me quité de encima. Me quedé de rodillas. No podía levantarme, al menos no todavía. Sin embargo, Louise no tuvo problemas en hacer eso último.
— Perdí.
De mi boca sólo salió es única palabra. Era mi derrota y lo sabía muy bien. La prueba definitiva fue la señal que hice con mi mano para hacer que todos mis papeles rúnicos regresaran a mí. A pesar de haber ganado la pelea, no había sido más que una victoria vacía.
Louise, quizás por compasión, esperó a que pudiera ponerme de pie.
— Siento que todo lo que hiciste hasta ahora haya sido en vano. — Dijo Louise.
Las palabras que salieron de mi boca no tenían que ver con ese asunto en absoluto.
— En verdad no pedirás que te acompañe, ¿verdad?
— Si no lo hice antes, no lo haré ahora. Además, odiaría que terminaras muriendo junto a mí.
— Louise…
— Seguramente las runas te querrán hacer seguirme, pero sólo sentirás eso hasta que…
A pesar de que ella no terminó de decir esa oración, ambos sabíamos muy bien como terminaba.
No es así como quería deshacerme de las runas.
Teníamos un contrato hasta la muerte. Ya sea la mía o la de Louise. Obviamente, ninguna de esas opciones era algo que estaba dispuesto a aceptar.
— Entonces este es el adiós. — Dije con una voz temblorosa.
— Sí, eso parece… Realmente me hubiera gustado evitarlo. Es por eso que antes quise irme lo más pronto posible.
Nos quedamos parados enfrente del otro durante un largo instante. Ninguno de los dos hacía algún movimiento. Excepto Louise, quien movía ligeramente su cabeza de vez en cuando.
Por su rostro, uno podría concluir que había algo que ella quería decir. De hecho, no tardó mucho en hacerlo.
— Por cierto, antes de partir, hay un favor que me gustaría pedirte.
— ¿Un favor?
— Cásate conmigo. — Dijo Louise mientras se sonrojaba.
— ¿Perdón?
Louise se pudo incluso más roja.
— ¡N-No lo malinterpretes! ¡No es como si te amara o algo así! Es sólo que… morir antes de poder casarme es desagradable. ¡Sí! ¡Eso es! ¡Sólo quiero casarme!
Decidí ver en la dirección en la que Louise había estado fijando su vista. A la distancia podía observarse un pequeño templo. Lo habíamos dejado bastante atrás, pero todavía era perceptible a la lejanía.
Después de observar la estructura por unos segundos, volteé para ver nuevamente a Louise. Mi respuesta no tardó mucho más en llegar.
— Lo siento. — Dije a la vez que coloqué mi mano encima de su cabeza.
El tono con el que hablé indicó que no había nada más que decir respecto a ese asunto.
— Así que estás dispuesto a dejar que treinta mil personas mueran por mí, pero no a casarte conmigo.
Ambos empezamos a caminar hacia un establo ubicado a las afueras de la ciudad. En dicho establo se encontraba el caballo que llevaría a Louise hasta el lugar indicado en el mapa. En el trayecto, ninguno de los dos dijo ni una palabra más.
Una vez estuvo frente al caballo, Louise dio media vuelta.
— En verdad espero que encuentres una forma de volver a tu mundo.
— Lo haré. Puedes estar segura de eso.
Louise volteó con intención a subir al caballo, pero la detuve antes de eso.
— Antes de que te vayas, quiero darte algo.
— ¿Qué es?
— Cierra los ojos y cuenta hasta diez.
— ¿Por qué debo cerrar los…?
— No hay tiempo, así que lo mejor es que te apures.
Louise, sin terminar de comprender, cerró sus ojos y comenzó a contar.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez.
Una vez acabó, ella abrió sus ojos. Miró alrededor y no vio absolutamente a nadie. Al fijar su vista en dirección a la ciudad, pudo ver a mi figura alejarse.
Louise agachó su cabeza. Podía sentir un nudo en su garganta. Sin embargo, no se podía permitir perder más tiempo. Ella subió encima del caballo y comenzó a cabalgar en dirección al ejército de Albion.
Primero, a responder el comentario.
Shunk:
Bueno, prácticamente le estaba pidiendo al mundo a gritos que lo enfermara. Aprovecharé este punto para hablar de algo.
¿Han oído del Arma de Chéjov? Creo que con lo siguiente quedará claro de qué trata: "Uno nunca debe poner un rifle cargado en el escenario si no se va a usar." Incluso mientras escribía el capítulo 35, no tenía planeado que Aztor se enfermara. Cuando pensé en hacerlo, recordé lo del capítulo 34, la falta de sueño que estaba presentando. Aproveché eso, lo usé y expandí de tal modo para favorecer a la aparición de su enfermedad.
Sí, hay momentos donde no sigo ese principio, pero cada vez que puedo, uso cosas que he mencionado antes. ¿Por qué estoy diciendo esto ahora?
Tenía ganas.
En el capítulo anterior dije que me puse a ver reviews de otros fic (cosa que me motivó a reescribir los primeros capítulos). Bueno, no sólo vi las reviews, también le di una que otra ojeada a las historias y algo que noté es que, en muchos casos, cuando se incluía a un OC de otro mundo fantástico, había mucha exposición por las puras. "Su mundo es así, así y así." Entonces, es invocado y a medida que pasan los capítulos, lo de su mundo se queda ahí.
Me hace sentir que leí bastantes cosas innecesarias. Es normal que uno quiera expandir el mundo que uno creó, pero no es necesario hacerlo mediante un testamento enorme como introducción a la historia. En especial cuando todo lo de ese testamento se queda como una simple mención.
¿Por qué me interesaría saber que el mundo del protagonista era caótico si este no muestra alivio total ante los momentos de paz en Halkeginia? Eso sería un ejemplo. Algo así como que Aztor muestra su desagrado a participar en una guerra constantemente para que después suceda lo de estos capítulos.
¿Saben? Me agrada aprovechar los comentarios que dejar para hablar de otras cosas que están en mi cabeza.
Se le va una preocupación y en el siguiente capítulo sucede esto…
Gracias por el comentario.
Esto será corto, porque me reservaré muchas cosas para el siguiente capítulo.
1. Primero lo primero, ¿qué tal la pelea? Tenía planeado hacerla más corta, pero mientras la escribí se fue extendiendo poco a poco.
2. ¿Qué harían si les dijera que eso de quedarse con Louise o Tabitha era justamente porque no sabía si matar a la primera? Quién sabe, quizás varias cosas que he estado diciendo en capítulos anteriores fueron mentiras que dije para que no esperaran este desenlace.
3. No quiero extenderme mucho aquí, pero en los comentarios finales del siguiente capítulo… Bueno, seguramente será un texto enorme.
4. Por algún motivo, la sinopsis que le coloqué al fic no me convence. Nunca me convenció, pero ahora mismo me convence todavía menos. Sin bromear, si alguien tiene alguna sugerencia…
5. ¡Qué bonito es escribir un capítulo que ya tenías planeado en tu cabeza! Las palabras, oraciones y párrafos salen fluidamente. En ocasiones, me motivo y escribo durante algunos minutos sin detenerme. Realmente se siente bien. xD
6. La verdad, no pude evitar sentirme un poco mal por De Poitiers. Sí, que habrá sido un... una mala persona en muchos aspectos, pero murió justo luego de recibir su bastón de Mariscal de Campo. Fue algo cruel que lo mataran al minuto siguiente de cumplir su sueño. xD
7. Siento que me he olvidado de escribir algunas partes que quería… Bueno, ojalá no sean algo importante. xD
8. Les aclaro que tengo parciales y el siguiente capítulo puede estar o bien en una semana (si estoy re motivado) o bien en más tiempo. En fin, creo que eso sería todo por ahora.
Gracias por leer.
