RENACIMIENTO
Por Mal Theisman
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo XXV: Colisión Frontal
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Martes 7 de agosto de 2012
Los cinco cazas Veritech sobrevolaban a gran velocidad la extensión despoblada y parda de los desiertos al sudoeste de Nueva Macross; el sol de la mañana hacía que las partes metálicas de las máquinas de guerra refulgieran con destellos intensos. Ver a aquellos cazas volando por ese desierto vacío y muerto era una señal de vida en el planeta desolado que había escapado a la Guerra Robotech.
Aquellos cazas formaban parte del Escuadrón Skull, y eran conducidos en aquella misión nada más y nada menos que por el legendario Skull Uno del comandante Rick Hunter. A primera vista, la misión que tenía a los cazas del Skull en vuelo no era distinta de otras misiones de patrullado a las que estaba habituado el escuadrón emblema de las Fuerzas de la Tierra Unida.
El único detalle distintivo de aquella misión era que había comenzado a las tres de la mañana, cortesía de algún demente en el Alto Mando que había creído conveniente realizar patrullajes de combate aéreo en las horas de la madrugada... sin importar que eso obligara a cinco pilotos de combate a montarse en sus Veritech a horas infames en las que preferían dormir o, a lo sumo, hacer el amor.
Y el horario infame de la misión se reflejaba en el ánimo de los pilotos asignados a la tarea. La red táctica estaba inusualmente silenciosa, sin los chistes y bromas que hacían soportables y amenas las horas de patrullaje. Ninguno de los pilotos hacía las piruetas y maniobras (siempre prohibidas y oficialmente reprendidas por el líder de la patrulla) con las que demostraban sus habilidades de vuelo, empeorando el aburrimiento al no darles a ninguno de los pilotos algo en qué distraer su atención.
El desierto sobre el que volaban hacía peor las cosas: ni siquiera había paisajes debajo de sus cazas de combate.
Para el comandante Rick Hunter había un componente de especial desagrado en todo aquello; al margen de odiar tener que volar de madrugada, le había sido excepcionalmente difícil levantarse de la cama mientras Lisa, en sueños, lo sujetaba por la muñeca, gruñendo en sueños para que él no se fuera de su lado.
Pero el deber era el deber y el deber era el deber, y Lisa debía entenderlo mejor que nadie... sólo que no tenía ganas de entenderlo. Rick tenía todavía menos ganas que Lisa, ya que a él le tocaba montarse en su caza y volar sobre el desierto cuando todas las personas decentes y honestas del mundo estaban durmiendo a esa hora.
Durante las seis horas de ese patrullaje, Rick no había podido quitarse de la mente la imagen adorable de Lisa durmiendo y tomándolo por la muñeca para que no se fuera... no podía olvidar esa imagen de ternura y paz absoluta, de ver a esa belleza que compartía su lecho, su casa y su vida con él, completamente tranquila mientras él se preparaba para cumplir con su misión.
Cuando él la besó a modo de despedida, la sonrisa dormida que apareció en los labios de Lisa le dio a Rick la imagen más patente y clara de por qué él la amaba más que a cualquier otra cosa en el Universo.
Lamentablemente, aquella misión le había impedido pasar el resto de la noche y de la madrugada con ella... y le costaba horrores imaginarla durmiendo sola.
De todas formas, ya eran las nueve menos cuarto de la mañana... Lisa ya debía haber despertado a las siete y media, ya se habría duchado y puesto el uniforme para poder desayunar a las ocho menos veinte... café y tostadas con queso, o croissants para variar... después habría tomado el teleférico de las ocho menos diez al SDF-1... se habría reportado a servicio exactamente a las ocho en punto, haciéndose cargo de la Central de Operaciones con el profesionalismo de siempre.
Pero ese día no se habría duchado junto con Rick, ni hubiera bromeado con él a la hora del desayuno... y menos que menos se había despertado con un beso, que para los dos era la mejor manera de arrancar la mañana... menos todavía habrían podido darse el ocasional gusto de---
Maldito vuelo de madrugada.
Justo cuando Rick estuvo a punto de largar una maldición, la pantalla de comunicaciones de su consola se encendió, mostrando el rostro dormido y hastiado del teniente Arthur Lewartowski.
– ¿Jefe?
– ¿Qué pasa, Lewartowski? – preguntó con desgano el comandante Hunter, viendo que a su subordinado se le escapaba un bostezo.
– Me estoy cayendo dormido sobre el instrumental de vuelo.
– Aguanta un poco más, Lewartowski.
La otra pantalla se encendió al mismo tiempo, pero se trataba de la teniente Maike Scheffer, una de las novatas asignadas al escuadrón Skull... que traía la misma cara de sueño y disgusto que Lewartowski.
– Yo quiero saber quién fue el genio que pensó que hacía falta una salida de patrullaje a las malditas tres de la mañana.
En ese momento la red táctica cobró vida, mientras los pilotos se enfrascaban en un entretenido debate sobre las aptitudes morales, físicas y humanas del alto oficial que había tenido la idea de hacerlos volar sobre la nada a la madrugada.
Por más que Rick coincidiera en todo con sus subordinados, era su deber como comandante del Skull poner en orden las comunicaciones de sus subordinados.
– Señores, somos un escuadrón de combate y debemos operar en todo tiempo y a cualquier hora – sentenció Rick, muy a pesar de sus propias opiniones al respecto. – Incluso a la madrugada.
– Que molesten a la Fuerza Aérea con esas cosas, jefe – gruñó y bostezó a la vez el teniente Lewartowski. – Yo quiero dormir.
– Y yo – añadió la teniente Scheffer.
– Y yo también – se sumó el teniente Kotane.
– Y yo más que todos – intervino a la vez el teniente Peled.
– Y ustedes cállense de una vez – ordenó Rick a sus subordinados. – Si pueden mantenerse calladitos y quietitos hasta el aterrizaje, les prometo una buena siesta para todos ustedes.
La red táctica cayó en silencio a la orden de Rick, arrancándole al Líder Skull una sonrisa desganada.
Rick miró el reloj digital de la consola de vuelo de su Veritech: eran casi las nueve de la mañana. Además, en otra de las pantallas el comandante Hunter comprobó que ya estaban bastante cerca de su base en Nueva Macross, con lo que cabía esperar que en poco tiempo más aquella infame misión de patrullaje llegara a su fin.
Más agradable era para Rick y sus subordinados contar con la plena seguridad de que al final de ese vuelo les esperaba una tarde libre en la que podían recuperar el sueño perdido... una idea que hacía que todos los pilotos del Skull que participaban de la tarea soñaran con dormir en sus propias camas por horas, horas y horas...
Para el comandante Hunter, lo único que lo hubiera hecho mejor era si Lisa podía dormir con él, pero no iba a poder ser... al menos, hasta que ella terminara su turno de servicio en el SDF-1.
La decisión del comandante Hunter era hacer que esa noche fuera algo épico.
Pero antes de darse aquel gusto supremo, primero Rick iba a tener que llegar a la base y desmontarse de su caza... y antes que eso, tenía que ponerse en contacto con el SDF-1 para reportar el final de un vuelo totalmente intrascendente y aburrido.
Con la facilidad de alguien habituado a esos menesteres, Rick activó la radio y buscó la frecuencia del SDF-1.
– Control SDF-1, aquí Líder Skull – dijo Rick a través de la red táctica con el SDF-1 cuando pudo entablar contacto. – Estamos de regreso a casa... fue un viaje tranquilo.
En la pantalla de comunicaciones apareció la imagen de la segunda teniente Sammie Porter, con su aspecto aniñado y terrible a la vez, recibiendo a Rick con una sonrisa amistosa que le vino muy bien al cansado y molesto Líder Skull.
– Me alegra escucharlo, comandante.
– Muy buenos días, Sammie.
– Muy buenos días, señor – le devolvió el saludo la joven oficial de la Central de Operaciones. – ¿Cómo estuvo su vuelo?
Rick hizo una mueca de disgusto y sacudió la cabeza.
– Aburrido y con mucho sueño.
La teniente Porter se conmiseró genuinamente, algo que Rick agradecía a pesar de que no resolviera su problema inmediato: el sueño y el disgusto... y también el hambre de desayuno que sentía.
– Lo lamento mucho, señor.
– ¿Pasó algo en el mundo mientras mis muchachos y yo nos moríamos de sueño?
– Nada raro, señor, sólo las mismas cosas de siempre – contestó la teniente Porter con bastante hastío. – Por ejemplo, Kim llegó cinco minutos tarde... tuvo una cita anoche con no sé quién, y Vanessa se pasó toda la última hora yendo y viniendo con las sargentos Farrell y Dumais para revisar consolas.
– Suena emocionante.
Sammie sonrió de manera traviesa al escuchar eso.
– Demasiado sarcasmo, señor.
– Sólo aburrimiento, Sammie... – se defendió Rick con una sonrisa. – Sólo aburrimiento y mucho sueño... y también hambre... no desayuné...
– Mis condolencias, señor... un minuto... – pausó Sammie mientras escuchaba lo que le estaban diciendo por el auricular. – Comandante Hunter, tengo una transmisión prioritaria para usted, se la estoy enviando en un canal seguro.
Los primeros atisbos de una sonrisa de genuina felicidad asomaron en el rostro de Rick Hunter.
– Adelante.
La imagen de Sammie desapareció, reemplazada primero por unos breves instantes de estática mientras el sistema de comunicaciones se ponía nuevamente en línea... y luego apareció en la pantalla el rostro sonriente, feliz y sumamente enamorado de la comandante Lisa Hayes, un verdadero bálsamo para los ojos cansados de Rick Hunter.
No importaba cuántas veces lo viera; cada vez que Rick veía esos ojos verdes y esa sonrisa dándole la bienvenida, su corazón galopaba de amor...
"¿Dios, todavía falta mucho para aterrizar?"
– Hola, chiquito.
– Heyyyy, preciosa... – saludó el piloto como si acabara de ver lo más hermoso del Universo. – Te levantaste.
Lisa sonrió y asintió levemente, un gesto que a Rick se le hizo extraordinario y maravilloso... tanto que no pudo evitar decir algo al respecto.
– Estás hermosa.
– Aw...
– Lo digo en serio, bonita... – le aseguró Rick. – ¿Dormiste bien?
– Bastante bien... pero no tanto desde que me desperté a las dos de la mañana.
Eso sorprendió de verdad a Rick; había podido jurar de buena fe que Lisa nunca se había despertado mientras él se iba, pero saber ahora que ella estuvo despierta al momento de irse él en su vuelo de madrugada fue algo que partió el corazón de Rick y lo conmovió hasta lo indecible.
– Aw, amor, lo siento mucho.
–No te disculpes – lo tranquilizó ella, poniéndole su sonrisa más cálida. – Sólo vuelve a casa.
La sonrisa de Lisa se esfumó sólo por un segundo.
– Fue muy feo despertarme y estar sola en la cama.
Rick sintió emociones encontradas... pena infinita por lo que Lisa le estaba diciendo, ganas desesperadas de estar junto a ella para calmar el mal rato de su novia, y una profunda y perdurable sed de masacrar al responsable de ordenar aquel vuelo de madrugada que le había privado a él de sueño y amor, y a ella de compañía durante la noche.
Había días en los que Rick maldecía al servicio militar casi tanto como lo hacía Lynn Kyle... después recordaba que él era un ser humano decente y normal, no un político.
– Puedes culpar al genio que pensó en mandarnos de patrullaje a la madrugada.
– Ya estoy de cacería, amor – le contestó Lisa, para diversión de su novio. – Me estoy afilando los dientes para eso.
Rick se rió con ganas de sólo imaginar a Lisa decapitando con su dentadura al responsable de la misión, agregándole detalles truculentos y sangrientos a la escena... casi podía imaginarla portando en una mano la cabeza degollada de aquel oficial y en la otra un pañuelo para limpiarse la sangre de su boca, aunque su uniforme iba a necesitar algunas semanas en el lavarropas para quitarse esas manchas escarlata.
A pesar de lo truculento de la escena, eso sólo hacía que Rick confirmara en su interior la verdad fundamental de su vida... aquella verdad que tenía que decirle a Lisa como si fuera la primera vez.
– Hayes, ¿sabes que te amo?
– Sí – le confirmó ella, sonrojándose hasta lo indecible y agregando luego en un susurro: – Y yo te amo más.
– No vamos a entrar en esas competencias...
Ella frunció el ceño primero e hizo un puchero conmovedor después... y la mirada que ella le hizo entonces logró que Rick mandara al diablo cualquier ilusión de comportarse como macho impasible mientras durara aquella conversación radial.
– Hayes.
– ¿Qué pasa?
– ¿Sabes que tienes los ojos más hermosos que haya visto en mi vida?
Al escuchar eso, Lisa lo miró con sorpresa tal que su rostro sonrojado hacía un lindo contraste con sus ojos verdes, enterneciendo al piloto a más no poder y haciendo que sus ganas de besarla y abrazarla estuvieran peligrosamente cerca de hacerle perder la razón y el sentido común.
Si tan sólo pudiera exprimirle algo más de velocidad a su Veritech...
Del otro lado de la pantalla, Lisa continuaba sonriéndole y mirándolo con amor.
– Adulador.
– Lo digo en serio – le aseguró él, guiñándole el ojo para remarcarlo.
– Sólo vuelve a casa de una vez, amor... – le pidió ella, hablando luego en un tono bajo y discreto para que nadie más pudiera escucharla de su lado. – Te extraño demasiado.
Rick sonrió con ternura.
– Ya estoy de vuelta.
Ella le devolvió el gesto y puso la mano sobre su pantalla, invitando silenciosamente a Rick a hacer lo propio, cosa que el piloto no tardó en hacer... y para él fue casi como sentir la mano de Lisa tocando la suya propia. Lo más probable era que en realidad fuera la estática de la pantalla, pero a Rick no le importaba eso... esa mañana, las cosas románticas tenían más sentido para él que la ciencia fría y dura.
– Bien, comandante Hayes... la veré en un rato.
– Lo estaré esperando, comandante Hunter – contestó la comandante Hayes con la sonrisa más radiante que Rick le hubiera visto en su vida. – Cambio y fuera.
Para tristeza de Rick, la imagen de Lisa desapareció de la pantalla de comunicaciones y por un instante no hubo más que silencio de radio... pero eso estaba por cambiar.
Fue cuando Rick notó que la red táctica estaba demasiado silenciosa... más de lo que cabía esperar luego de esa misión nunca suficientemente maldita. El silencio entre los pilotos siempre es una señal de alerta y no importaba que Rick estuviera amodorrado o cansado por el vuelo; le fue demasiado sencillo sumar dos más dos y vincular el silencio de sus subordinados con la charla que acababa de mantener con la mujer a la que adoraba.
Ante la duda, Rick empleó sus privilegios de líder de escuadrón y abrió un canal simultáneo con todos sus pilotos, mostrándolos de a dos por pantalla... y sus subordinados parecían extrañamente sorprendidos de verse hablando con el Líder Skull.
Pero lo que ninguno de los pilotos podía ocultar era la sonrisa traviesa que portaban, sonrisas que Rick asoció claramente con el hecho de que su líder había pasado los últimos minutos charlando con el SDF-1... en un canal cerrado.
Dentro de la familia que era el Escuadrón Skull no hacía falta decir las cosas con palabras; las miradas y gestos eran demasiado elocuentes y claros para Rick Hunter... especialmente cuando estaba demasiado habituado a ver esas caras en sus subordinados cada vez que sus caminos se cruzaban con los de la comandante Lisa Hayes.
Era el precio que pagaba por estar enamorado... pero lo pagaba con gusto.
– ¿Qué les pasa? – inquirió Rick a sus muchachos, sin que recibiera ninguna respuesta de parte de ellos. – ¡Vuelvan a volar, insurrectos!
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Para el almirante Henry Gloval, el aviso de su asistente había hecho que el más inquietante compromiso de aquel día dejara de ser una amenazante anotación en su agenda y se convirtiera en una realidad más amenazante aún.
Esa realidad amenazante se corporizó cuando a su oficina personal en el SDF-1 ingresó la figura madura, calva y bigotuda del brigadier Nigel Aldershot, portando un maletín en su mano sobre el que recayeron todos los recelos del almirante Gloval.
Gloval había temido aquella reunión... el momento en el que Aldershot le reportara el avance de la tarea que el mismo almirante le había encomendado tiempo atrás: la creación de una nueva agencia de seguridad para el Gobierno de la Tierra Unida.
Aquel había sido un tema con el que Gloval podía llegar a coincidir lógicamente, pero que le provocaba tales resistencias emocionales que lo habían hecho aceptar el pedido del Primer Ministro a regañadientes. Sin embargo, Gloval no estaba dispuesto a abrir un nuevo frente de tormentas con el Primer Ministro por esa cuestión, así que tendría aquella reunión y continuaría con el proyecto como le había sido ordenado.
Pero eso no significaba que le tuviera que agradar... o que tuviera que recibir con calidez al oficial de Inteligencia encargado de dar a luz a la nueva agencia.
Cerca del escritorio de Gloval, el brigadier Aldershot adoptó la posición militar y saludó formalmente al máximo oficial militar de la Tierra Unida.
– Almirante.
– Buenos días, brigadier – lo saludó Gloval sin perder más tiempo en formalidades. – ¿Qué tiene para mí?
Antes de contestar, pero después de recibir el permiso gestual de Gloval para hacerlo, el brigadier Aldershot tomó asiento del otro lado del escritorio del almirante y tomó una carpeta de su maletín para respaldar su presentación.
– Estamos en condiciones de iniciar nuestras operaciones, señor.
El almirante arqueó una ceja en señal de sorpresa.
– ¿Tan pronto?
– Así es, almirante – contestó con bastante orgullo el brigadier Aldershot. – Los procesos de selección y organización ocuparon menos tiempo del que teníamos planeado.
Aldershot había revelado esa información con la esperanza de que el almirante picara el anzuelo y demostrara un poco más de interés en el proyecto... lo suficiente como para que superara de una vez por todas aquel extraño desagrado que sentía por la tarea que le había encomendado al brigadier de Inteligencia.
Y a juzgar por la sonrisa leve que esbozó Gloval, ese objetivo ya estaba cumplido en parte.
– Cuénteme.
– Nuestra búsqueda de personal se orientó hacia tres áreas determinadas del servicio militar – relató el brigadier Aldershot, mostrando uno de los gráficos que llevaba en la carpeta. – En particular, seleccionamos personal perteneciente a las actuales ramas de Policía Militar y de Inteligencia, así como integrantes del Ejército con experiencia en operaciones especiales.
Gloval tomó el gráfico que el brigadier le estaba ofreciendo y lo leyó detenidamente. El almirante había aprendido demasiado bien que en ciertas circunstancias era conveniente examinar por su propia cuenta el material que le presentaban, y no conformarse con lo que le decían sus subordinados. Especialmente cuando la tarea que esos mismos subordinados cumplían era una que no lo convencía en lo más mínimo.
Haciendo a un lado su desconfianza sólo por un instante, Gloval se enfocó en el gráfico. Se trataba de un resumen estadístico de los requerimientos de personal que Aldershot y su equipo habían previsto para la nueva agencia, clasificados detalladamente de acuerdo a las funciones y tareas que debían ser cumplidas, en los distintos niveles de autoridad de la agencia.
A pesar de todo, el almirante debió reconocer que Aldershot y los suyos habían hecho bien su trabajo.
Uno de los cuadros del gráfico llamó mucho la atención del almirante Gloval. Era el que explicaba las procedencias preferenciales de los miembros de la agencia, es decir: de donde se los había reclutado y de donde se los seguiría reclutando en el futuro... y esa información le planteó a Gloval una ligera observación.
– Parece un grupo muy heterogéneo, brigadier.
– Estamos planeando una organización con funciones bastante diversas, señor – explicó el creador de la nueva agencia. – De su propuesta inicial, hemos derivado que requerimos una institución capaz de desempeñar tareas en el campo de la seguridad militar, la contrainteligencia y la investigación, misiones que esperamos cumplir con los reclutados de la actual Policía Militar y de la Oficina de Inteligencia Militar.
– ¿Y los de operaciones especiales, brigadier Aldershot? – inquirió con cierta desconfianza el almirante, señalando un ítem específico del gráfico. – ¿Para qué necesita Spetsnaz en su agencia?
Aldershot no pudo reprimir una sonrisa; sabía que el almirante iba a preguntar precisamente eso. Y sabía las razones exactas de sus dudas al respecto: la propia experiencia de la KGB en la tierra natal del almirante, que tanto había predispuesto a Gloval acerca de la propuesta de crear una nueva agencia... al punto de hacerlo emplear el término ruso para "fuerzas especiales".
– Porque esta agencia no sólo va a requerir de pensadores y analistas, señor. Va a necesitar músculo, y de preferencia, uno que pueda ser empleado con la precisión del escalpelo en operaciones que no estemos interesados en que se divulguen al público.
La mirada que Gloval le clavó a Aldershot distó mucho de ser agradable o tranquilizadora.
– ¿Por ejemplo?
– Allanamientos, misiones de infiltración, contrainsurgencia... operaciones de búsqueda y destrucción.
Gloval no desvió la mirada de su subordinado ni por un minuto... quería ver si el brigadier estaba siendo completamente serio acerca de darle a su nueva agencia elementos capaces de operar de manera clandestina en misiones de las que lo más delicado que podía decirse era que eran "cuestionables". La sola idea de una agencia con los poderes que Pelletier estaba dispuesto a darle, con sus propias unidades de operaciones especiales a su disposición, era algo que le despertaba demasiados temores al almirante Gloval, lo que lo hacía taladrar con la mirada a Aldershot a la espera de disuadirlo de esa idea.
Pero Aldershot parecía estar hecho de hielo, porque no cedió a la silenciosa presión de Gloval en ningún momento... y el almirante se vio obligado a admitir la realidad en lugar de dejar que sus miedos e inquietudes la definieran.
– Spetsnaz.
– Exactamente – confirmó Aldershot.
La oficina cayó en un breve silencio que ni Gloval ni Aldershot estaban interesados en romper; Aldershot para no predisponer mal al Supremo Comandante, y Gloval por temor de perder los estribos. Todos los argumentos de Aldershot eran válidos y valederos, y él estaba de acuerdo con ellos desde un punto de vista lógico...
– Bien... supongo que tendré que coincidir con usted, brigadier – repuso Gloval, reconociendo su derrota antes de ir a la siguiente cuestión de aquella junta. – ¿Qué organización tiene planeada?
Al instante, Aldershot extrajo otro diagrama de su carpeta y lo colocó sobre el escritorio, frente a Gloval. Este diagrama mostraba una estructura organizativa de la agencia que Aldershot había concebido, y cada uno de sus elementos le fue explicado al almirante por el mismo brigadier.
– Pienso estructurarla en base a seis departamentos principales: Administración, para la gestión interna de la agencia; Contrainteligencia, para la detección y desbaratamiento de las redes de espionaje que pudiera haber en el seno del Gobierno; Seguridad Militar, para cumplir con las mismas tareas dentro de las Fuerzas de la Tierra Unida y garantizar la represión de los delitos en el ámbito militar; Investigaciones, para lo que su nombre indica, en especial en lo referido a grupos terroristas, movimientos antigubernamentales y demás; Asuntos Zentraedi, que creo que es bastante obvio con sólo ver su nombre; y por último, Operaciones... para eventuales trabajos que sean necesarios.
Mientras Gloval leía el primer diagrama, Aldershot colocaba otro más sobre el escritorio. Este mostraba otra estructura de organización, pero al pie de cada uno de los elementos subordinados se hallaba un sencillo dibujo que representaba a cada una de las grandes regiones en las que se dividía el GTU: América del Norte, América del Sur, Europa, Eurasia, Medio Oriente, Asia Meridional, Asia Oriental, África y Oceanía.
– La agencia tendrá presencia en cada uno de los comandos regionales militares, con elementos de cada uno de los seis departamentos conformando una División Regional encargada de todas las tareas de la agencia en el área. Naturalmente, los encargados de cada División Regional reportarán no solamente a las autoridades de la agencia, sino también al comandante militar regional y al comisionado del GTU para la región.
Gloval asintió sin mucho pensarlo.
– ¿Ya ha constituido esas Divisiones Regionales, brigadier?
– Por el momento, sólo tenemos a la división norteamericana en condiciones de funcionar cuando se nos autorice, señor – explicó el brigadier, mostrándole a Gloval otra página de su presentación. – El resto de las Divisiones están en un estado embrionario por el momento... reclutando personal y organizándose. De cualquier manera, pensamos emplear a la división norteamericana como laboratorio de pruebas para la agencia antes de hacerla funcionar a nivel global.
El almirante no repuso nada y tampoco Aldershot quiso que lo hiciera, de modo que los dos hombres se quedaron callados hasta que el almirante Gloval acabara de leer y estudiar los gráficos a su entera satisfacción.
– ¿Qué propone como comando de la agencia? – inquirió súbitamente Gloval, dejando a un lado los dos gráficos.
– Los seis directores departamentales, junto con un staff de apoyo, formarán la Dirección Central de la agencia, encargada de administrarla y planificar sus actividades. Ésta, a su vez, estará conducida por un Director General, que reportará regularmente tanto al ministerio de Seguridad como al ministerio de Defensa, y a través de ellos, al Primer Ministro y al Senado.
Para ilustrarlo mejor, Aldershot sacó un gráfico más y se lo mostró a Gloval, quien no pudo evitar reparar en uno de los cuadros superiores de aquel esquema organizativo: el que correspondía a la cabeza visible y funcional de la agencia.
– Asumo que por ahora, usted actúa como Director General, ¿no es verdad?
Por primera vez en esa reunión, el brigadier Aldershot perdió su sangre fría y se mostró sorprendido.
– Así es, señor. Por el momento, es una cuestión provisoria---
– Ya no lo es – aseguró el Supremo Comandante con brusquedad. – Lo nombro oficialmente como Director General de la---
La sorpresa que Aldershot mostró en ese momento hubiera hecho reír al almirante, de no ser porque él mismo se quedó atascado en una cuestión que no había considerado con anterioridad... una cuestión que, en cualquier otra circunstancia, hubiera calificado como demostración de aquel adagio que dice que "el diablo se esconde en los detalles".
Al cabo de unos instantes de incómoda pausa por parte de Gloval, Aldershot debió sacar a la reunión de aquel impasse con una pregunta educada y respetuosa.
– ¿Almirante?
– ¿Ya escogió nombre para la agencia, brigadier Aldershot? – preguntó finalmente Gloval, dejando a la luz lo que lo había congelado a mitad de la frase.
Una sonrisa de orgullo inocultable asomó en el rostro de Nigel Aldershot.
– "Policía Militar Global", señor – respondió Aldershot, casi como si estuviera proclamando el nombre a los cuatro vientos. – Pensamos darle un nombre que sea lo más inocuo y lo menos llamativo posible.
"Inocuo y poco llamativo... espero por el bien de todos que así se comporte esta Policía Militar Global, Nigel", pensó Gloval, tratando a la vez de que su rostro no traicionara la profunda desconfianza que aún sentía por la idea.
Pero ese no era el momento de desconfianzas. Era el momento de aceptar los hechos, por más desagradables que fueran, y tratar de poner en marcha a la nueva creación de Aldershot... esperando que fuera para bien y no para más problemas.
Dios sabía que ya tenían demasiados problemas de por sí.
– Bien, brigadier Aldershot... muy bien.
Aldershot sonrió con orgullo, y no dijo nada más hasta que Gloval retomó la palabra.
– He discutido mucho con el Primer Ministro y con los ministros Eitan y Gorbunova sobre el tema, y los tres hemos coincidido que la primera tarea que le asignaremos a su agencia será encargarse de estos grupos terroristas que nos están plagando – anunció el Supremo Comandante al flamante Director General de la Policía Militar Global. – No pensábamos pedírselo ahora, pero ya que me dice que está en condiciones de operar al menos en este continente, le daré la misión ahora mismo.
Frente a Gloval, el brigadier Aldershot se veía ligeramente distante de aquella imagen de frialdad y seriedad que se había labrado. Cualquiera hubiera incluso dicho que el creador de la Policía Militar Global estaba ansioso de demostrar lo que su creación podía hacer, y que la oportunidad que Gloval le presentaba (cortesía del Primer Ministro y de los ministros de Seguridad y Defensa, nada menos) le venía como anillo al dedo.
Y si todo salía bien, pensó Aldershot, el futuro se vería prometedor.
– La primera misión de la Policía Militar Global, brigadier Aldershot, será investigar las actividades terroristas en América del Norte, determinar la composición, fuerza, capacidades e intenciones de los grupos terroristas, y actuar sin dilación para lograr su rápido y completo desbaratamiento. ¿Entendió?
– Perfectamente, señor.
Gloval volvió a sonreír.
– Bien, brigadier, manos a la obra. Estaremos pendientes de sus próximos reportes – le aseguró el almirante antes de tenderle la mano. – Y buena suerte.
Tras estrechar la mano del Supremo Comandante, el brigadier Nigel Aldershot dejó la carpeta sobre el escritorio de Gloval para que el almirante la pudiera leer con mayor detenimiento. Con la reunión oficialmente concluida, el Director General de la Policía Militar Gloval se colocó en posición de firmes e hizo la venia al Supremo Comandante, quien se la devolvió con la formalidad que exigía la ocasión.
Luego de eso, Aldershot abandonó la oficina de Gloval, dejando al almirante en soledad con todas sus dudas e inquietudes.
Cuando la puerta se cerró, Gloval se tomó algunos minutos para reflexionar sobre todo lo que había visto y escuchado. Evidentemente, Aldershot había hecho su trabajo a conciencia y había preparado de la nada una organización que podía ser excepcionalmente al GTU contra sus enemigos internos. Quizás, la creación de Aldershot permitiera salvar vidas en el futuro y evitar fiascos como los que regularmente tenían al Gobierno de la Tierra Unida en el ojo del público.
Quizás fuera una buena idea... la mejor que hubieran tenido en mucho tiempo.
Pero Gloval no podía quitarse de la cabeza la idea de que aquella buena idea podía convertirse en un Frankenstein cuando menos lo esperaban... y a su memoria acudieron recuerdos de lo que la KGB había llegado a ser en su tierra natal: un instrumento de terror y poder absoluto enquistado en el Estado como un cáncer, la larga y silenciosa mano que un régimen opresivo utilizaba para mantener en su lugar a cientos de millones de personas.
La comparación histórica dejó muy intranquilo al almirante... pero a la vez lo llenó de resolución.
Estaba en sus manos evitar que la PMG (le fue imposible a Gloval no asignarle ya un acrónimo a la nueva agencia) se convirtiera en la KGB. Para eso, se iba a necesitar un férreo control y vigilancia de aquella nueva rama de seguridad. Especialmente, sobre su fundador y nuevo líder.
Sin embargo, esa sería una tarea para encarar en momentos más propicios, decidió Gloval antes de retomar su trabajo de aquel día.
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De todas las cosas que ella podía estar haciendo en ese momento, esa era la más delirante y absurda.
Lo peor para Karin Birkeland era ser completamente consciente de lo absurdo de su presencia ese día en ese lugar... porque estaba en territorio de pisahormigas. Pisahormigas por donde ella pudiera ver, de todos los rangos y colores... pisahormigas que la miraban con extrañeza, como si se preguntaran cómo osaba aquella jovencita de las Fuerzas Espaciales profanar uno de sus sagrados recintos.
Para ser honesta consigo misma, la idea también se le había ocurrido a la propia Karin, que trataba de pasar lo más desapercibida posible en ese pasillo del Edificio 8 del Fuerte Tomahawk.
El Fuerte Tomahawk era una de las mayores bases militares del Ejército en el área de Nueva Macross, y estaba completamente dedicada a los sistemas de armas Destroid. Además de ser el asiento en tiempos de paz del 4to Regimiento Mecanizado del Ejército, que ocupaba la mayoría de las treinta y siete edificaciones permanentes del lugar, el Fuerte Tomahawk albergaba en sus ochocientas hectáreas de terreno un campo de entrenamiento propicio para las simulaciones de batalla de los Destroids, así como para las pruebas de aptitud de los nuevos pilotos de los mechas terrestres.
Pero por sobre todas las cosas, el Fuerte Tomahawk estaba a menos de diez kilómetros de la Base Aérea... lo que le permitió a la teniente Birkeland aprovechar la circunstancia de hallarse con un día tranquilo en lo laboral y hacerse una pequeña escapada al Fuerte... en particular, a uno de sus edificios.
El Edificio 8 del Fuerte era la sede del Centro de Capacitación y Evaluación, la instancia militar encargada de entrenar y evaluar a los futuros pilotos de Destroid del Ejército. Muchos en la fuerza terrestre se referían al Edificio 8 como "el matadero de sueños", por el tremendo nivel de exigencia que los evaluadores del Centro aplicaban a los candidatos a pilotos... y la propia Karin lo pudo comprobar al ver a dos o tres jóvenes oficiales del Ejército atravesar los pasillos con las caras de dolor de alguien que ha sido derrotado en el momento más ansiado de su vida.
Una imagen escabrosa se le apareció a Karin en ese momento, pero la joven no tardó en quitársela de la cabeza... a fin de cuentas, ella estaba allí por otras cosas.
Por décima vez en lo que iba de la tarde, Karin miró su reloj primero y después miró a la puerta todavía cerrada de la sala de evaluación, preguntándose qué diablos ocurría que estaban tardando tanto.
Casi al instante, los temores volvieron a sobrecoger a la joven piloto del Skull. ¿Para qué había tenido la idea de ir allí? ¿Qué esperaba ganar con estar en ese momento en territorio de pisahormigas?
Y por sobre todas las cosas: ¿por qué demonios había tenido la idea de ir al Fuerte Tomahawk el día en que Shelby recibía su evaluación como candidato a piloto de Destroid?
La respuesta más evidente era la que Karin menos deseaba escuchar... y eso la ponía de peor humor.
No era porque ella no se diera cuenta de las cosas que aquel terco pisahormigas le estaba empezando a hacer sentir en un rincón de su ser que ella ya había dado por muerto, sino porque había demasiadas emociones y viejos dolores rugiendo todavía en su corazón como para permitirse pensar que podía volver a sentir en su vida lo que alguna vez sintió por John---
Justo entonces la puerta se abrió y de detrás de ella salió el capitán Shelby, portando una expresión que Karin no pudo descifrar.
Tal fue la sorpresa de ver finalmente a quien había venido a visitar, que la teniente Birkeland prácticamente se atropelló a sí misma en su afán de saludar a su "aprendiz" de piloto y de preguntarle cómo le había ido en el examen del que dependía el futuro profesional de Shelby.
– ¿Cómo te fue?
Por su parte, para el capitán Daniel Shelby fue demasiado shock salir del examen en donde todos sus esfuerzos por convertirse en piloto de Destroid habían sido sometidos al juicio de un grupo de oficiales secos y avinagrados, para encontrarse con la grata sorpresa de ver allí a la persona que más lo había apoyado y alentado en sus esfuerzos... que casualmente era la misma persona que lo tenía totalmente embobado a pesar de sus esfuerzos por negarlo.
Y es que a Shelby se le hacía cada vez más difícil negar lo que para él ya era una sencilla y asumida realidad, reconocida tranquilamente luego de semanas de compartir con su "maestra" clases de pilotaje y almuerzos. Lo que se le hacía fundamental al oficial del Ejército, empero, era asegurarse de no quedar como el idiota del pueblo... un efecto que la segunda teniente Birkeland solía tener en él con algo tan simple como una sonrisa...
Especialmente una sonrisa tan grande como la que ella tenía al correr a saludarlo.
– Karin... qué sorpresa – dijo Shelby, dejando patente y evidente que la sorpresa había sido demasiado grande como para que pudiera recuperarse al instante. – ¿Qué estás haciendo por acá?
Ante esa pregunta, la joven piloto respondió con la evasiva que tenía pensada, al tiempo que rogó que sonara creíble.
– Vine a preguntarte cómo te fue...
Shelby quedó todavía más sorprendido, pero no por lo que ella dijo sino por la expresión absolutamente adorable que ella tenía en el rostro... y tan atontado quedó que bien cerca estuvo de quedarse sin habla.
– Vaya... qué considerada.
Tal vez Shelby esperaba ser galante con ese comentario; desafortunadamente, sus palabras sólo lograron poner al cóctel de emociones que era Karin Birkeland en estado de erupción.
– ¡¿Podrías decirme de una vez cómo te fue en la prueba?!
De pronto, el ánimo feliz y sorprendido de Shelby cedió lugar a una postura cabizbaja, casi ensimismada... el oficial del Ejército ni siquiera miraba a los ojos de su maestra, quien lo empezó a ver como a aquellos otros candidatos a pilotos que habían caído víctimas del "matadero de sueños".
Karin había imaginado que el fracaso de Shelby la pondría triste, dada la amistad que había entre los dos –que ella no iba a negar, sin importar las otras cosas que había entre ellos– y el esfuerzo invertido en convertir al pisahormigas en lo más parecido a un piloto de combate que podría ser en su vida. Lo que no había imaginado la joven era que el fracaso de Shelby la impactaría tanto que la dejó casi sin aliento y embargada por la tristeza.
¿Qué hacer en esa circunstancia?, se preguntó Karin. ¿Debía darle alguna señal de aliento a su amigo, algo bien marcial que lo incentivara a seguir adelante? ¿Debía quedarse callada y acompañarlo silenciosamente? ¿O debía ir de manera más audaz y atreverse al abrazo... para empezar?
– Lo lamento... – susurró ella, que ya se movía tímidamente para abrazar a su amigo.
Shelby levantó la cabeza y miró a Karin con algo parecido al reproche... dejando a la joven totalmente confundida y desconcertada.
– Deberías... – le aconsejó Shelby a su maestra, cambiando la cara seria por una sonrisa de oreja a oreja. – Porque creo que voy a odiar ser piloto de Destroid... y sabes ya que fue por tu culpa, ¿no?
Karin sintió entonces ganas de moler a palos a Shelby por aquella broma... no importaba que el oficial del Ejército le sacara uno o dos cuerpos, ella estaba segura de que lo dejaría malherido e inconsciente en el suelo por haber osado bromear con algo tan serio como aquello... pero la joven se quedó con las ganas.
La razón era simple: la tristeza había desaparecido y ahora Karin Birkeland estaba exultante de saber que su amigo se había convertido en piloto de Destroid.
– ¡¿Aprobaste?!
– 496 puntos sobre 520 – contestó Shelby muy ufano de sí mismo. – Lo sé... soy asqueroso.
– ¡Felicitaciones!
Después de eso, ya no quedaba la menor duda de lo que Karin tenía que hacer. Sin darle advertencia alguna, la joven se lanzó a abrazar a Shelby con todas sus fuerzas, sorprendiéndose de su propio arrojo... aunque no se sorprendió ni la mitad de lo que lo hizo el capitán Daniel Shelby, cuya cara ya había tomado un simpático color rojo, y no precisamente por estar falto de aire.
Algunos de los transeúntes miraron la escena con curiosidad, pero ni Shelby ni Karin se percataron de ello...
– Gracias... – dijo el oficial del Ejército con toda la gratitud que sentía. – No hubiera podido sin tu ayuda...
Súbitamente consciente de sí misma después de dejarse llevar por el abrazo, la teniente Birkeland se apartó con velocidad de Shelby y trató de parecer lo más digna y normal posible. Le fue difícil, habida cuenta de lo sonrojada y despeinada que había quedado después del abrazo, pero lo intentó con todas sus fuerzas y consiguió algo muy parecido a lo que buscaba, al punto de sonar completamente normal cuando pudo volver a hablar.
– Bah, no exageres.
– Es en serio – insistió Shelby, haciendo que Karin se esforzara más por minimizar su parte.
– Yo sólo saqué al piloto que llevas dentro, Dan. Nada más que eso.
– ¡¿Tenía un piloto adentro todo este tiempo y no me di cuenta?! – exclamó horrorizado el oficial del Ejército, tomándose después el estómago con las manos como si estuviera por explotar. – Siento náuseas.
– Lo sé, por eso no quería decírtelo... – explicó Karin en medio de sus risas y sonrisas, las que se calmaron cuando pasó a otro tema. – ¿Ya tienes asignación?
Sin perder su propia sonrisa (ganada a pulso luego del cruel examen de tres horas del que acababa de salir), el capitán Shelby le contestó a su maestra.
– Depende de los muchachos de Personal... pero por lo que me comentó uno de los evaluadores, hay una plaza disponible en el 18° Mechanizado. No va a ser un puesto muy elevado... después de todo, hace menos de diez minutos que soy oficialmente piloto de Destroid.
– ¿Y cuándo te lo dirán?
– Cuando se les ocurra... así funciona el Ejército – contestó Shelby para risa de su maestra, encogiéndose de hombros primero y poniendo cara de nostalgia después. – Bueno... supongo que es oficial ahora.
Karin no entendía de qué podía estar hablando su amigo.
– ¿Eh?
– Que ya no estoy más en la Infantería.
Sonriéndole, la teniente Birkeland le puso una mano en el hombro a Shelby y lo miró con una expresión entre condescendiente y divertida.
– Algún día vas a ser una persona normal.
– ¡Qué falta de respeto, teniente Birkeland!
– Lo siento, capitán Shelby – le devolvió Karin con una sonrisa de oreja a oreja. – Hay cosas que son más fuertes que una.
Shelby pensó en devolverle aquel comentario con alguno de sus clásicos desquites contra las Fuerzas Espaciales y en especial su rama de pilotos Veritech, pero encontró que le ocurría algo demasiado curioso y extraño... le resultaba imposible burlarse de los pilotos de combate teniendo a aquella jovencita frente a él, mirándolo con esos profundos ojos grises que lo tenían fascinado...
Y entonces, movido por un impulso que casi no reconoció como propio, Shelby contestó con algo que hasta entonces venía madurando sólo como una idea loca e improbable... pero que en ese momento le pareció que podía llegar a tener bastante éxito.
Además, si después de aquella sorpresa de encontrar a Karin esperándolo a la salida de su examen, él no intentaba algo como eso... ¿cuándo podría?
– Pero me parece que esto es algo digno de celebrar, ¿no te parece?
La joven piloto quedó con los ojos bien abiertos por la sorpresa... mientras por dentro se preguntaba si estaba despierta o dormida, porque escuchar que Shelby la invitaba a---
– ¿Eh? – balbuceó ella con sumo desconcierto, apurándose a decir algo coherente antes de que Shelby pensara mal de toda la situación... y retirara la invitación. – Claro... por supuesto... ¿qué se te ocurre?
Shelby respiró aliviado... cuando vio a Karin confundida y sorprendida por su propuesta, temió con toda su alma que estuviera a segundos de un rechazo que bastaría para dejar por tierra toda la alegría que sentía después del examen de piloto. Pero cuando ella finalmente aceptó la idea, fue para él algo completamente maravilloso, una razón más para marcar aquel día en los almanaques y celebrarlo como uno de los mejores de su vida.
Primero que todo, empero, tenía que proponer algo para que los dos hicieran... pequeño detalle que se le había escapado en medio del frenesí por invitarla.
– ¿Qué piensas de la pizza?
Karin se encogió de hombros y sonrió despreocupadamente.
– Me gusta como a cualquiera...
– ¡Perfecto! – exclamó emocionado (tal vez demasiado para lo que convenía) el capitán del Ejército. – ¿Pizzas con cerveza?
– ¡Amén! – aprobó vigorosamente la piloto, poniendo una sonrisa tan radiante que Shelby temió quedarse babeando frente a ella. – ¿A qué hora quieres?
Él miró su reloj de pulsera e hizo algunas especulaciones en su cabeza. ¿Cómo manejarse a partir de ese momento? ¿Debía proponer algo más de tardenoche o ir el todo por el todo y lanzarse a una buena cita nocturna? En cualquiera de los casos, ¿cómo lo tomaría ella?
Eran demasiadas dudas para Shelby, de modo que cortó por lo sano y puso una hora que le pareció justa y apropiada.
– Esta noche a las... ¿2030?
Mala señal para el capitán Daniel Shelby: la teniente Birkeland reaccionó a la propuesta con tristeza y leve decepción, encendiendo todas las alarmas en el oficial del Ejército y llevándolo a un repentino pánico.
– No sé si esta noche pueda... no me tocó volar a la madrugada, pero sí tendré que hacer guardia a la noche – explicó ella con tristeza, aunque después se apuró a mantener viva la esperanza de los dos. – ¿Qué tal mañana?
Y la que entonces debió ver una mala señal en la expresión del otro fue Karin Birkeland... aunque la cara de Shelby tenía menos de tristeza que de ansias infinitas de maldecir a toda la cadena de mandos del Ejército de la Tierra Unida.
– Ahora yo soy el del problema... tengo que reportarme al día siguiente a las 0800 horas para que me informen a donde voy a terminar sirviendo.
– Qué mala suerte...
Cayó un pesado silencio entre los dos, que sin decírselo con palabras estaban enfrascados en un loco esfuerzo por salvar aquella pequeña oportunidad que se estaban dando mutuamente.
– Cortemos por lo sano – se decidió finalmente Karin, clavando la mirada en los ojos de Shelby. – El viernes a la noche.
– Genial – coincidió Shelby con una sonrisa gigantesca en los labios. – ¿En el bar de O'Neill?
Shelby no tenía forma de saberlo, pero lo último que tendría que haber propuesto era el bar de O'Neill... aquel lugar tenía un significado demasiado especial, demasiado personal y demasiado doloroso para Karin. La sola mención del bar de O'Neill hizo que Karin sintiera que aquel dolor en el pecho que la había oprimido por tanto tiempo desde aquel día fatídico volviera a acosarla... y si bien el dolor no era tan grave como cuando John murió, fue lo suficientemente horrible como para devolverla fugazmente a aquel día de dolor.
Ella puso todo de sí para no mostrar su dolor a Shelby, e incluso fue capaz de esbozar una sonrisa cuando le propuso a su alumno y amigo un plan alternativo... porque lo último que ella quería hacer era ir con el hombre por quien ella estaba empezando a sentir algo al mismo lugar donde tantas veces ella había concurrido con su difunto amor.
– ¿Qué te parece el Stardust?
– Me parece muy pero muy bien... – aprobó vivamente el capitán Shelby. – Entonces, te espero el viernes a las 2030.
Los miedos son algo especial y desconcertante... una vez que uno cree haberlos aplastado por completo, ellos aguardan al primer momento de descuido para volver con toda la furia e imperar una vez más, demoliendo las seguridades construidas con tanto trabajo y haciendo que la pobre persona corra hacia atrás los pasos que tanto se esforzó en dar.
Ese fue el caso de Karin Birkeland, quien se vio acosada en ese instante por tantas dudas y miedos sobre lo que estaba por hacer que se aferró a un dato trivial para poder dar marcha atrás, y abandonar aquel incierto pero promisorio futuro para regresar al solitario pero seguro pasado.
No importaba que más tarde se maldijera una y otra vez por lo que dijo. La explicación era tan sencilla como humana: Karin Birkeland había sentido miedo.
– Ahem... – carraspeó ella como si nada. – ¿Quieres que yo le diga al comandante Hunter y al teniente Sterling?
La idea de Karin tomó a Shelby desguarnecido y lo dejó confundido, desconcertado... y levemente decepcionado.
– ¿Cómo?
– Si prefieres que yo me ocupe de... de invitarlos – prosiguió ella. – Estoy seguro de que los dos van a querer celebrar contigo tu nueva condición de piloto.
El capitán Shelby asintió tímidamente y sonrió... pero no contaba con que Karin ya era capaz de determinar cuándo sus sonrisas eran genuinas y cuándo eran pobres intentos de parecer contento con algo que no lo tenía para nada contento.
Y Karin era tan honesta que se lo tuvo que preguntar.
– ¿Hay algún problema?
– No... ningún problema – le contestó Shelby con sólo una leve e imperceptible nota de decepción en su voz... a pesar de lo que de verdad sentía en ese momento. – Mejor que tú les digas... prefiero estar borracho cuando empiecen a bromear a costa mía.
– Muy bien, entonces yo les voy a avisar – decidió ella, notando con una mirada a su reloj que su tiempo para perder se le estaba agotando. – Diablos... tengo que volver a la base.
– Adelante, no dejes que te detenga.
A pesar de aquella contestación que podía sonar un poco brusca, Karin no le dio importancia y trató de sonreír, descubriendo que se le hacía muy difícil por culpa del arrepentimiento que ya sentía.
– Bien... después te aviso qué me dijeron los dos...
Dicho eso, la joven dio algunos pasos para alejarse de Shelby, pero esa intención no le duró mucho... contra todo el sentido común, Karin dio media vuelta y se abalanzó sobre el capitán Shelby para volver a abrazarlo con toda su energía.
El abrazo no fue lo que dejó a Shelby al borde de la catatonía; fue el beso espontáneo que ella le dio en la mejilla mientras él apenas podía salir del estupor como para intentar rodearla con sus propios brazos.
– Estoy muy orgullosa de ti – le dijo Karin al oído casi como en un susurro, antes de echarse a correr por el pasillo en busca de la salida del Edificio 8. – ¡Nos vemos!
Le costaría mucho al capitán Daniel Shelby, flamante piloto de Destroid en el Cuerpo Mecanizado del Ejército de la Tierra Unida, salir del estado de gloria en el que había quedado por culpa del beso de una piloto de combate. Tanto era así, que ya ni se acordaba de lo decepcionado que había estado apenas un par de minutos atrás.
Ya ni le importaba: era un piloto de Destroid hecho y derecho (lo que salvaba su carrera militar), había conseguido una cuasi–cita con Karin (que debía compartir con Hunter y Sterling, pero no se le podía pedir todo a la vida) y como si eso fuera poco, la chica que lo estaba llevando a la locura había tenido el lindo gesto de despedirse de él con un beso.
Definitivamente, ese era un día para marcar en los almanaques.
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El doctor Roger Winslow miró una vez más su reloj antes de volver a ver a través del grueso ventanal.
Ya no faltaba mucho para el momento clave de la segunda fase.
Winslow se había preparado concienzudamente para aquel momento; un fuerte desayuno para no tener la necesidad de comer durante buena parte del resto del día, una furiosa lectura de sus notas y de los resultados de incontables pruebas y análisis para ponerse al tanto de las cosas, una revisión concienzuda de todos los elementos involucrados en esa etapa de pruebas para que ninguna sorpresa desagradable arruinara el proyecto... todo lo que podía hacer Winslow para garantizar el éxito de la prueba, ya estaba hecho. A partir de ese momento, todo quedaba en manos de...
Del destino, pensó Winslow. Por alguna razón, el científico no creyó conveniente meter a Dios en el asunto.
Para alejarse de reflexiones potencialmente incómodas, Roger Winslow volvió a ocuparse de lo que tenía que hacer, prefiriendo mirar a través del ventanal cómo se estaban preparando sus ratas de laboratorio... si es que tenían alguna idea de lo que estaba por venir.
Del otro lado del ventanal, nueve figuras se movían a tientas en la penumbra de la sala donde pasaban su cautiverio. Cinco Zentraedi masculinos y cuatro femeninos, todos ellos tan desorientados e irritados como en el momento mismo de su "incorporación" al Proyecto Némesis, cortesía de los equipos de trabajo de Rudolf Spier.
Winslow no sabía nada acerca de sus conejillos de Indias, excepto que cuatro habían sido "reclutados" en el área metropolitana de Denver, mientras que el resto provenía de otras regiones vecinas... de cuáles, él no lo sabía con exactitud: Spier no quiso decirle, y él no sintió interés en preguntar.
En lo que al doctor Winslow concernía, mientras menos supiera sobre esas abominaciones, mejor para todos. No estaba interesado en qué tan bien podían pretender ser humanos, sino en la manera en que podían colaborar con el objetivo final del proyecto.
Pero observarlos era algo fascinante, algo que él mismo debía admitir a pesar de su feroz odio hacia aquellas criaturas.
Casi no se movían ni emitían sonido... nada que pudiera parecer una queja o una rebelión contra su cautiverio. Los nueve ejemplares se comportaban de manera disciplinada y tranquila, propia de las máquinas de matar que eran en realidad. Sólo que desprovistos de su colosal tamaño y de su increíble fuerza, aquellas cosas se veían tan medrosas y macilentas como cualquier humano... y tan vulnerables como el más débil de aquellos a quienes durante el auge de su poder solían tildar como "micronianos".
Así como David acabó con Goliat con un certero golpe, la raza humana ejercitaría su venganza devastadora contra sus verdugos con un arma tan insignificante a primera vista como la proverbial honda.
Tan insignificante era en efecto aquella arma que Winslow no podía verla, excepto en las ampliaciones de las fotografías tomadas a través del microscopio, como las que estaban en la carpeta que tenía en sus manos... una carpeta que llevaba el simple y descriptivo rótulo de "Némesis".
"Némesis", dijo para sus adentros el científico, reflexionando sobre el nombre que le había sido impuesto a su creación. La diosa griega de la venganza, que perseguía de manera implacable a los peores criminales, a los transgresores de las leyes de los dioses y de los hombres, para administrarles un castigo supremo y acorde con sus crímenes. Pero Némesis también castigaba a aquellos cuya soberbia los había envanecido al punto de querer transgredir todos los límites y equipararse con los dioses mismos.
Ambos aspectos mitológicos le parecían apropiados al científico, ya que su creación no sólo castigaría a los monstruos que casi habían erradicado todo rastro de vida en la Tierra, sino también a aquellos que se creyeron capaces de imponerle a los sobrevivientes de la raza humana el oprobio de tener que convivir con aquellas abominaciones.
Doble sería el gusto para Winslow.
El reloj de pulsera dio las cuatro de la tarde, y el científico dejó atrás todas las reflexiones y se concentró en lo que estaba por ocurrir.
Por el ventanal pudo ver que la puerta de la sala donde estaban cautivos los Zentraedi se abría, dejando entrar un poco más de luz en el lugar. La puerta permaneció abierta sólo lo suficiente para que los guardias arrojaran con violencia dentro de la sala a otra persona, luego de lo cual la cerraron y dejaron que la prisión de los Zentraedi volviera a su habitual oscuridad.
Winslow sonrió levemente. El recién llegado era tan Zentraedi como sus nuevos compañeros de cautiverio, pero venía con una sorpresa que ninguno de los otros podía imaginar.
El nuevo había conseguido aquella sorpresa por cortesía de uno de los ayudantes de Winslow, quien le había inyectado por vía intravenosa tres mililitros de sangre extraída del espécimen al que Winslow conocía como "Paciente Cero"... con unos pocos aditivos.
El Paciente Cero había sido infectado con la cepa A de Némesis: el primer tipo de virus desarrollado por el equipo de Winslow. Las pruebas en el Paciente Cero habían sido exitosas, pero no del todo satisfactorias, ya que se había comprobado que el sistema inmunológico del Zentraedi era capaz de darle una buena batalla a la cepa A antes de sucumbir inevitablemente a la peste.
Y para Winslow y sus patrocinadores, un virus que matara con retraso no era lo suficientemente bueno... por lo que a la muestra de sangre se le habían colocado algunos cuantos ejemplares de la cepa B.
La cepa B era un desarrollo avanzado de su predecesora, específicamente diseñado para darle pelea al sistema inmunológico Zentraedi al tiempo que cumplía con su cometido virulento. En su diseño, Winslow y sus colegas habían empleado la información que Spier había "conseguido" del Grupo de Investigación Robotech, logrando así perfeccionar las que ya se veían como fallas en el diseño de la cepa A, diseñada cuando todavía no contaban con aquellos maravillosos datos sobre la biología Zentraedi.
Winslow y sus científicos tenían grandes esperanzas en que la cepa B pudiera superar a su predecesora.
La segunda etapa de las pruebas de Némesis acababa de comenzar. En esta etapa, el objetivo de los científicos era comprobar la capacidad de contagio del virus desde un organismo infectado a otros todavía no atacados, en condiciones razonablemente normales.
Se trataba de determinar si el virus podía ser transmitido de un portador a otro de manera efectiva, además de todos los datos asociados: virulencia, tiempo de contagio, diferencias a causa de género, mutaciones a causa del huésped... una serie de características que Winslow y sus colegas iban a estudiar durante los días que aquella etapa iba a prolongarse, desde el momento de la infección hasta la autopsia.
A pesar de que Némesis había sido obsesivamente analizado para evitar cualquier tipo de contagio en humanos, Winslow no iba a ser negligente con eso, por lo que toda la etapa se realizaba siguiendo las más exigentes normas de bioseguridad para evitar cualquier riesgo.
Pero era más interesante ver el espectáculo que preocuparse por los riesgos.
Los Zentraedi ya se habían reunido en torno del recién llegado, notó Winslow con satisfacción. Ahora iban a hablar con él, con la esperanza de averiguar a través de su nuevo compañero algo acerca de sus captores y de sus intenciones... seguramente terminarían decepcionados de comprobar que el nuevo no tenía nada para aportar acerca de su predicamento, con lo que probablemente todos volverían a su habitual mutismo, del que sólo salían para repartirse la comida que los guardias les proveían de tanto en tanto.
Era curioso cómo funcionaban las cosas, pensó el científico humano con genuina curiosidad. Allí estaban cinco machos y cinco hembras –Winslow se resistía a referirse a ellos como "hombres" y "mujeres"– de aspecto joven, no muy distintos de cualquier muchacho que anduviera por allí, reunidos en grupo para protegerse del peligro común en el que estaban, con sus miradas confusas e inquietas y sus rostros preocupados...
Y ninguno de los nueve que habían recibido al recién llegado podía imaginarse que éste los había condenado a morir con su sola presencia. Estaban muertos desde que respiraron el aire que el nuevo exhaló, desde que las microscópicas gotitas de agua despedidas por el nuevo al respirar llegaron a ellos... sentenciándolos a una muerte certera en una fracción de segundo.
De cualquier manera, llegar al desenlace tardaría un tiempo, eso lo sabía bien Winslow. Unos tres o cuatro días en total, probablemente... si las proyecciones de contagio se convertían en realidad.
El científico se reprendió: no convenía preocuparse por el final de la película cuando ésta recién empezaba.
Por ahora, era mejor ver cómo seguían con sus vidas aquellos muertos andantes extraterrestres... mientras siguieran vivos.
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Después de un día cargado de trabajo y de las habituales situaciones que venían asociadas, la comandante Lisa Hayes no podía esperar a llegar a su casa para descansar un poco. Hubo momentos en el viaje en los que Lisa hubiera roto de buen grado los límites de velocidad para el tránsito; tal era su anhelo por llegar a su hogar y volver a los brazos de Rick.
Salvo aquella buena y necesaria charla con Rick por la red táctica, pocas cosas pasaron en el día de Lisa Hayes. Sólo la eterna serie de reportes recibidos y despachados, la supervisión de los vuelos de patrullaje y un entretenido almuerzo con Claudia y las chicas del trío. Y a cada momento, la ilusión de poder pasar un rato con Rick.
De hecho, a Lisa no dejaba de sorprenderle cuánto necesitaba a ese piloto loco y encantador en su vida... y cuánto odiaba que por esas cosas del servicio los dos se vieran obligados a separarse, aunque más no fuera por una parte del día como había sido el caso en aquella oportunidad.
Tan emocionada estaba por volver a descansar con su novio, que tras estacionar el automóvil en la puerta de su casa, ella descendió del mismo con una sonrisa enorme y silbando una canción romántica.
Si alguien la veía y pensaba que ella estaba loca, pues sería su problema.
Lisa entró a la casa y de inmediato se llevó una sorpresa. Todas las luces estaban apagadas, cuando lo normal era que para esa hora del día ya debían estar encendidas, con lo que el living y la cocina estaban completamente a oscuras. En esa situación, Lisa debió tantear hasta encontrar el interruptor de luz más cercano, cuidando mucho de no tropezarse con algún objeto perdido en el suelo.
Pero más extraño que hallar todo apagado y a oscuras era no encontrar a Rick por ningún lado.
Ella sabía que él tenía que estar en casa: su jornada de servicio había terminado antes de lo acostumbrado, luego de su infame vuelo de madrugada, y conociéndolo como lo conocía, ella estaba segura de que Rick no hubiera pasado ni un minuto más de lo necesario en la Base Aérea, especialmente si tenía mucho sueño encima.
Y sin embargo, Rick no estaba en el living. La cocina también estaba a oscuras, y no había indicios de que nadie hubiera estado preparando la cena, dada la hora.
"¿Donde diablos te metiste, amor?"
Eso sólo dejaba un lugar para que Lisa revisara, y fue así que la comandante Hayes se adentró en el dormitorio de la casa, encontrándolo a oscuras como el resto de la vivienda... pero esta vez, Lisa no necesitó encender la luz para ver lo que ocurría allí.
No fue necesario: aún en la penumbra ella podía distinguir la figura acostada y profundamente dormida de Rick Hunter. Era una visión de paz y tranquilidad que consiguió arrancarle una sonrisa tierna a la cansada oficial militar, que no perdió tiempo en colocarse del otro lado de la cama y acostarse al lado del hombre al que amaba.
Cuidando de no despertarlo, Lisa acarició la nuca y la línea de la mandíbula de Rick con trazos finos y suaves que provocaban leves escalofríos en el piloto, aunque no lo suficientes como para sacarlo de su profundo sueño.
Lisa sonrió; era hora de medidas más drásticas.
Lentamente, la comandante Hayes hizo que Rick girara sobre sí mismo para que los dos pudieran estar enfrentados, comprobando al hacerlo que Rick estaba tan cansado que no podía despertarse ni aunque lo hicieran rodar en la cama. Por fin, cuando lo tuvo frente a frente y ella pudo ver el rostro plácido y dormido de su amor, Lisa se acercó sin prisa, pero sin pausa, para después besar suavemente los labios de Rick, dejándose enloquecer por la sensación de tener a su hombre junto a ella y de sentir el sabor de sus labios en los de ella.
Con gusto, ella comprobó que aún en sus sueños Rick reaccionaba al beso, aunque fuera de manera un poco torpe e involuntaria. Quizás no fuera algo que le quitara el aliento, como ocurría cuando él la besaba con energía y pasión, pero sí bastó para encender el corazón de Lisa y hacer que ella profundizara el beso, ya olvidándose del todo de cualquier intención de no despertar a Rick.
Poco a poco, el joven piloto fue abriendo los ojos, y Lisa sintió que su corazón se estremecía al ver fugaces destellos azules en los ojos de su novio. Primero fue algo fugaz, como si el joven no quisiera despertarse o no supiera lo que estaba ocurriendo... pero después de un rato de desorientación, la mirada azul de Rick se tornó más enfocada y clara, y Lisa pudo ver en los ojos de Rick la dicha que sentía de verla junto a él... una sensación de felicidad casi perfecta.
Y si él estaba la mitad de contento de lo que estaba ella por verlo despertar, pues entonces estaba garantizada una noche de puro amor en ese dormitorio.
– Hola, amor... – le susurró ella casi a los labios, mientras trataba de rodear el cuerpo de Rick con sus brazos.
Al piloto le costó sacudirse la modorra, pero pudo hacerlo lo suficiente como para devolverle el beso a Lisa, aunque más no fuera por un segundo eterno de placer y de amor.
Al cabo de ese beso, el piloto sonrió y cerró los ojos, como si quisiera volver cuanto antes a dormir.
– Mmmm... – murmuró con voz arrastrada el piloto. – Estoy teniendo ese sueño otra vez...
Ella se rió tiernamente con aquella broma tan común entre los dos y se acercó aún más al piloto, hasta que sus frentes se tocaron y ella pudo sentir la piel de Rick rozando la suya propia... un contacto que despertó en ella una locura de sensaciones de la que le costaría salir.
– ¿Soy un sueño?
Él abrió los ojos, perdiéndose en los ojos verdes de Lisa como si fueran la única cosa en el Universo por la que valía la pena vivir... así, separados sólo por unos pocos centímetros de nada, los dos podían ver hasta sus propias almas reflejadas en los ojos del otro, y lo que veían era exactamente lo mismo que sentían: amor, amor y más amor.
– Un sueño muy lindo... – contestó él sin quitar su mirada de los ojos de Lisa.
Pero la atención de Rick fue captada por la sonrisa espectacular y radiante que Lisa puso entonces, que hizo que su corazón saltara de felicidad... y si tener a Lisa tan cerca suyo después de un día de separación era algo intoxicante, lo que sintió cuando la escuchó darle la bienvenida fue indescriptible.
– Buenas noches, dormilón.
– Buenas noches – le contestó Rick antes de rendirse a un sonoro bostezo que ya no podía contener. – ¿Qué hora es?
– Las siete de la tarde.
Los ojos del piloto se abrieron grandes como platos, y de manera algo brusca Rick Hunter se levantó para poder ver el reloj despertador, esperando tal vez que se tratara de una nueva broma de Lisa. Desafortunadamente, no fue así: el reloj digital confirmaba, para espanto de Rick, que eran las 19 horas en la ciudad de Nueva Macross... y que él se había pasado la mayor parte de la tarde durmiendo y roncando a pata suelta.
– Woah... ¡qué siesta! – comentó Rick en una asombrosa observación de lo obvio que le arrancó una risa a la comandante Hayes.
– ¿Cuánto hace que estás durmiendo?
– No lo sé... llegué a casa a las 11 de la mañana, almorcé un sandwich y me recosté un rato en la cama para descansar...
Ella le besó la frente y volvió a sonreír, iluminando el mundo entero de Rick con ese gesto tan simple y maravilloso.
– Y te quedaste dormido.
– Y me quedé dormido – confirmó él, sin poder quitarle los ojos de encima a la belleza de cabello castaño que lo tenía atrapado.
Lisa se corrió un mechón molesto de la cara y después le asestó un beso largo y poderoso al comandante Hunter, esperando que bastara para despertarlo del todo. Ese fue un objetivo cumplido, ya que la pasión y el ardor que ella sintió en la respuesta enérgica de Rick a ese beso fue la mejor prueba de que no sólo estaba despierto, sino que estaba fervorosamente enamorado de ella.
Ese beso fue devastador para Lisa... le quitó el aliento y la hizo perder la razón, borrando de su mente cualquier cosa que no fuera dejarse llevar por los labios y la lengua de aquel joven que se había adueñado de su corazón.
En un arrebato de conciencia, Lisa se detuvo antes de terminar de abrir la camisa de Rick, porque de lo contrario... sólo Dios sabía donde irían a terminar aquellos dos. Además, con el hambre que tenía, le convenía mucho más a Lisa rellenar el tanque antes de emprender más actividades... entretenidas.
Fue así que, para leve molestia de Rick, ella separó sus labios de los de él y se alejó un poco, poniendo algo de distancia entre ella y el piloto, mientras trataba de poner una cara seria y decidida.
– Por tu bien, Hunter, espero que duermas esta noche – le advirtió Lisa primero; las bromas venían después. – Me parece que te quedaste con el sueño cambiado.
Lejos de protestar aquel comentario, Rick coincidió calurosamente, dejando escapar un murmullo de queja antes de pasarse una mano por los ojos como para tallárselos.
– Urgh... odio andar funcionando con la hora de China.
Ella le hubiera contestado, pero justo entonces su estómago se ocupó de recordarle con un feo gruñido cuán hambrienta estaba, por lo que trató de levantarse para ir a la cocina y servirse algo que pudiera calmar el hambre.
Y eso quedó en un intento nada más, porque antes de que pudiera levantarse de la cama, la mano de Rick Hunter se cerró sobre la muñeca de Lisa, reteniéndola para sí e impidiéndole a la joven mujer abandonar el nidito de amor de los dos.
– No te vayas... – pidió él con tono soñoliento.
– Rick, suéltame.
La respuesta del piloto vino en un chillido caprichoso y berrinchudo.
– ¡No quiero!
Respaldando esa decisión, Rick sujetó con más fuerza a Lisa y trató de atraerla hacia él, impertérrito a los forcejeos y sacudidas de la comandante Hayes.
– ¡Suéltameeeee! – exigió Lisa en su afán de librarse de los brazos de su piloto. – ¡RIIIICKKKKKKKKKKKK!
Naturalmente, aquella era una batalla que Rick tenía ganada desde el primer momento. Sus fuerzas eran muy superiores a las de Lisa aún estando semidormido, y fue así que él acabó imponiéndose sobre ella y obligándola a caer de vuelta en la cama junto a él, sin importar las quejas, forcejeos o protestas fingidas de aquella encantadora mujer.
– ¡Te tengo! – proclamó Rick cuando la tuvo de vuelta entre sus brazos, haciendo oídos sordos a la queja que ella lanzó entonces.
– Rick, tenemos que preparar la cena.
– No quiero – protestó el piloto, haciendo un puchero entre conmovedor y caprichoso. – Dame un beso.
– ¡Eres un caprichoso!
Rick asintió vigorosamente, arrancándole una risa a la comandante Hayes... y después, envalentonado por su victoria, se atrevió a exigirle una concesión importante a la joven mujer de cabellos castaños y ojos verdes que él mantenía aprisionada.
– ¡Dame un beso!
Haciéndose la ofendida, Lisa le hizo un reclamo duro al joven piloto, aún cuando no sintiera por él más que amor y deseo.
– Rick, madura de una vez---
– ¡Beso!
Y era tal la vehemencia e insistencia del comandante Hunter, tan fuerte y protector su abrazo, y tan enamorada y encendida la mirada de esos penetrantes ojos azules, que Lisa no tuvo más remedio que ceder a la exigencia de Rick. Fue algo lento, hecho con toda la intención de hacer sufrir a Rick en cada instante que pasaba, y ella no tenía el menor apuro... pero tarde o temprano, sus labios se encontraron de vuelta con los del comandante Hunter.
Para hacer más dura la cosa, Lisa simuló retirarse ni bien sus labios tocaron los de Rick, pero el piloto estaba completamente preparado para eso; con rápidos movimientos, Rick detuvo la cabeza de Lisa en su escape y la llevó una vez más a tiro de sus labios, para poder atrapar con más facilidad aquellos labios de miel de Lisa Hayes en un nuevo beso que los enloqueció a la par.
Tan enloquecido estaban los dos, que sin siquiera percatarse de ello la otra mano de Rick viajó clandestinamente por la espalda arqueada de Lisa hasta llegar a esas regiones sugerentes y misteriosas del sur, cuya propiedad el piloto reclamó con un gesto posesivo que en otros contextos hubiera pasado por ser algo extremadamente grosero e inapropiado.
Sólo que tal como estaban las cosas entre los dos, el acto de Rick apenas le provocó una risa a la comandante Hayes y la hizo devolverle el favor de dos maneras: primero castigando al piloto con un rápido golpe en la mano culpable, y después enviando a su otra mano en un ataque descarado contra una región determinada de la entrepierna del piloto.
Rick le dio gusto sólo por unos segundos... porque si dejaba que Lisa se enseñoreara todavía más de aquella región, entonces él no respondería de sus actos. Rápidamente el piloto separó sus labios de los de Lisa, dejándola con ganas de más y con una mirada encendida que iba a quemar al propio Rick si seguía perdiéndose en esos ojos verdes por más tiempo...
Mientras la veía allí a su lado, tan hermosa, tan apasionada y tan tierna, lo único que pasaba por la mente del comandante Hunter era que él era un tipo endemoniadamente afortunado de tener a una mujer tan maravillosa compartiendo su vida... y como solía pasarle, recordaba las épocas en las que él odiaba la sola presencia de Lisa en la red táctica, lo que lo hizo maldecir su estupidez inmadura y agradecer a Dios por haberle dado algo de sentido común.
– ¿Fue tan difícil? – la provocó él con un guiño cómplice que ella devolvió con tono de queja.
– Eres un mocoso caprichoso y berrinchudo...
Con toda la intención de probar que la podía volver loca, Rick cambió la sonrisa y la expresión ganadora por una cara de tristeza conmovedora, acompañada por la mirada más triste y desamparada que podía poner... y le fue muy complicado a Rick no romper en carcajadas cuando vio que la expresión seria de Lisa estaba empezando a resquebrajarse.
– No me hagas ojitos, piloto – le advirtió Lisa sin mucho éxito. – No, ni lo intentes.
El único resultado de esa advertencia fue que Rick hizo más intensa su actuación de perrito desamparado, aderezándola con una tristeza tan grande en sus ojos azules que a Lisa le costó no suspirar de ternura.
– Rick, te lo advierto... – intentó detenerlo Lisa por última vez antes de rendirse a lo evidente y darle un rápido beso en los labios a su novio. – Argh, Hunter... hay días en que te mataría.
Lejos de su tristeza fingida, ahora la cara de Rick mostraba una expresión triunfal y vencedora que Lisa anheló borrar de allí, fuera a besos o a golpes... lo que más efectivo resultara ser.
– No, no lo harías – proclamó el piloto, sonriendo de oreja a oreja mientras veía que su novia cedía y le devolvía una sonrisa digna de una mujer enamorada.
– Supongo que no – se rindió Lisa antes de pasar a otro tema de vital importancia. – ¿Qué vamos a comer?
– ¡Barrilito sin fondo!
Ella le dio un golpe fingido en el brazo como respuesta al comentario, aunque jamás dejó de reír. Por su parte, y viendo que Lisa estaba con cara de devorar lo primero que se encontrara en su camino, Rick hizo un esfuerzo por recordar lo que había en la heladera como para comer sin mucha preparación.
Naturalmente, la respuesta gravitó en torno de la comida chatarra.
– Creo que hay algunas hamburguesas por ahí... y unas papas fritas que podemos preparar rápido.
Lisa no emitió ningún sonido, y siendo que el silencio de parte de ella era una señal preocupante, el comandante Hunter se vio obligado a preguntar.
– ¿Te parece bien?
Su novia se encogió de hombros de manera displicente.
– Si no hay remedio...
– ¡Vamos, amor, es una cena gourmet!
– Está bien, está bien, chiquito... – cedió entre risas la comandante Hayes, para luego poner cara de sufriente y martirizada. – Tendremos que comer hamburguesas con papas fritas, entonces.
Rick Hunter dudaba entre desternillarse de la risa o insistir por el lado serio... hasta que al final se decantó por desenmascarar a Lisa por completo.
– No lo niegues, Hayes, te encanta la idea...
Ella no perdió tiempo en cerrar los ojos y sacar la lengua en señal de ofensa, pero Rick no sólo no se ofendió por eso, sino que tuvo el descaro de elogiarla por eso.
– Qué linda lengua que tienes.
– ¡Bocón!
Rápidamente, el comandante Hunter abrazó a su novia y la calló con un beso, sin que ella pensara siquiera en protestar por ello. No tenía necesidad de hacerlo, ya que entre los dos, las discusiones solían zanjarse de esa manera tan placentera y especial.
Por un buen rato, ninguno de los dos dijo una sola palabra... no querían romper la magia del momento, la magia de estar juntos en ese lugar tan maravilloso para ambos... no querían hacer nada que los quitara de ese sueño maravilloso y compartido de estar junto al ser amado, de llenarse de su aroma, de sentir el contacto entre sus pieles o el deseo en sus miradas... o el sabor de sus labios.
Los dos estuvieron alternando entre besos furiosos y ratos de paz durante más o menos media hora de pura diversión... pero incluso las cosas buenas como esas tenían que terminar; los dos lo supieron cuando el estómago de Lisa Hayes hizo pública su particular situación, para carcajada de ambos.
Pero antes de ocuparse de la comida, Rick recordó algo que se le había pasado después de su monumental siesta... algo que una de sus subordinadas le había comentado mientras se la cruzaba al irse de la base.
– Dime, ¿no tienes nada que hacer el viernes por la noche, no?
Lisa puso cara de pensarlo mucho y después miró al piloto con ojos pícaros y una sonrisa traviesa.
– Bueno, supuestamente iba a encontrarme con mi amante para una noche larga y tormentosa de pasión desenfrenada... tú sabes... hacer el amor en un penthouse de lujo a la luz de las velas...
– Muy graciosa – le contestó enfurruñado y ofendido el comandante Hunter, poniéndole una cara de "mejor me desofendes rápido o todo se va al diablo" que no podía ser confundida con otra cosa.
– No, no tengo nada, amor – le respondió Lisa finalmente en serio, "desofendiendo" a su novio con una rápida andanada de besos en los labios. – ¿Por qué preguntas?
– Porque tenemos una invitación para ir a tomar algo al Stardust el viernes a la noche.
Al escuchar la palabra "Stardust", Lisa se frotó las manos de felicidad: aquel bar era uno de sus antros favoritos de toda la ciudad.
– ¿Max y Miriya?
Rick sacudió la cabeza: su muy inteligente novia había errado por kilómetros.
– Dan Shelby.
– ¿Eh? – balbuceó confundida Lisa, a lo que Rick asintió.
– ¿Puedes creerlo? – preguntó retóricamente Rick, sin dejar de sonreír por todo aquello. – Finalmente se convirtió en piloto de Destroid... los del Ejército están totalmente locos.
Ella le devolvió la sonrisa, tanto por el chiste acerca del Ejército como por Shelby y por la propuesta para el viernes en la noche... cualquier oportunidad para salir con su piloto (y "pavonearse con él en la calle", al decir sarcástico de Claudia Grant) era siempre bienvenida.
– Me alegro muchísimo por él... – dijo entonces Lisa. – Qué bueno que finalmente pudo encontrar algo.
Rick asintió vivamente... en varias oportunidades había pensado qué podía pasar si algo como lo que le pasó a Shelby le hubiera ocurrido a él, y la única conclusión en firme era que no deseaba pasar por eso jamás.
– La verdad que sí.
– Me encantaría ir allá, amor... – confirmó Lisa. – Díselo a Shelby si lo vuelves a ver.
Otra vez la sonrisa traviesa asomó en el rostro de Rick, quien explicó luego de manera misteriosa:
– Es que no lo he visto.
– ¿Y quién te lo dijo entonces?
– Karin Birkeland.
La comandante Hayes arqueó una ceja; la relación entre Shelby y la teniente Birkeland se le escapaba por completo.
– ¿De tu escuadrón? – quiso confirmar ella, y cuando Rick lo hizo, ella pasó a su siguiente pregunta. – ¿Qué tiene que ver ella con Shelby?
– Le ha estado dando clases de pilotaje... – le contestó su novio con un tono misterioso que dejaba la respuesta completa librada a la imaginación... o al sentido común de cualquier persona capaz de descifrar a Rick Hunter cuando quería pasar por misterioso, cosa que en honor a la verdad, no era una empresa excepcionalmente difícil.
Menos para Lisa Hayes, que ya se ufanaba de leer a su novio como si fuera un libro abierto que ya no guardaba ningún secreto para ella... y por lo que le veía a Rick en su expresión, tal parecía que las cosas entre su amigo del Ejército y su subordinada del Skull tenían el potencial de ir mucho más allá que una simple relación de instructora a aprendiz.
Y el resto de las implicaciones se le hicieron bien claras a Lisa, en particular todo lo relacionado con la salida del viernes por la noche.
Para Lisa Hayes no había ningún problema; a fin de cuentas, ella caía dentro del rótulo de una "tonta romántica" en esas situaciones, cosa que no le preocupaba tanto como lo hubiera hecho hacía apenas dos o tres años...
– Ahhh... – murmuró ella con complicidad. – Comprendo...
Su novio le devolvió una enorme y divertida sonrisa, y estuvo a punto de abrazarla y besarla una vez más... pero ella lo detuvo, poniendo algo de distancia entre los dos y retomando un tema que había quedado relegado por demasiado tiempo.
– ¿Vamos a comer o no, piloto?
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Por más que lo intentara, Sean Brent no podía conciliar el sueño.
No había forma de que pudiera dormir en paz sin que en sus pesadillas asomaran todos sus temores unidos en un único y espantoso escenario. Y últimamente, el mayor temor al que se enfrentaba el asesor político estaba relacionado con la última y más estúpida imprudencia del demente al que había ayudado a encaramarse en una banca del Senado de la Tierra Unida.
De sólo pensar en Kyle y su descarado apoyo a los terroristas de la Vanguardia de la Paz, la sangre de Brent hervía en sus venas. No sólo por el desprecio innato que sentía por los terroristas (y más cuando abrazaban causas tan estúpidas e incoherentes como el "pacifismo a través de las bombas"), sino sobre todo por las repercusiones devastadoras que podría llegar a enfrentar si aquel jueguito de Kyle salía a la luz.
En principio, tendría al GTU abalanzándose sobre el senador Lynn con toda la furia y hambre que podían... después de todo, el chico era casi una bestia negra para Pelletier y sus lacayos, en especial Gloval y sus muchachos de uniforme. Luego, mientras el Gobierno se hacía un festín con el senador, los aliados que Brent había reunido con tanto trabajo dentro de su arco opositor iban a oler las señales de peligro para ellos si seguían asociados con un colaborador de terroristas y huirían tan rápido de su lado que ni les podrían tomar el rastro.
De seguro, Meridian se despediría del proyecto... quizás archivaría a Némesis en lo más profundo de sus depósitos, a la espera de una oportunidad más propicia para emplear el arma. Montague y el resto de los políticos de Denver se desentenderían de Kyle por completo, al punto de negar incluso conocer al chico.
Y eso no consideraba las repercusiones en el público; de seguro, buena parte del apoyo público a Kyle desaparecería, transformado en una oleada de imagen negativa que arruinaría la figura del senador ante la sociedad prácticamente de por vida. El chico dorado de Denver, el ídolo de las masas, se convertiría de la noche a la mañana en un cadáver político andante, apestando todo lo que tocara como si fuera la mismísima María Tifoidea.
Y todo eso, sin contar lo que podrían empeorar las cosas si Kyle, en lugar de llamarse a silencio como la prudencia indicaría en esos casos, salía a enfrentar las acusaciones con su inflamada y confundida retórica.
Ni hablar de lo que podría llegar a ocurrirle a los laderos de Kyle... en particular, al propio Sean Brent.
Una vez más, el asesor político apretó los puños debajo de las sábanas y masculló una letanía de maldiciones, tanto hacia el muchacho como por consecuencia de su insomnio pertinaz.
Por desgracia, sus maldiciones fueron escuchadas entre sueños por la mujer que dormía a su lado, despertándola y haciéndola girar sobre su costado para mirar a su amante.
– ¿Sean? – murmuró semidormida Marietta Blanchard, corriéndose un mechón de cabello que le tapaba la mirada.
– ¿Qué?
– ¡¿Estás despierto?!
– ¿Qué te parece? – contestó él, escupiendo bilis en cada palabra aún sabiendo que su amante no lo merecía.
Por su parte, Blanchard se acomodó y acarició el brazo descubierto de Brent, tratando de llegar por vías más amables a lo que lo tenía tan molesto y enfurruñado.
– ¿Qué te pasa?
De boca de Brent salió una única palabra que lo explicó todo para Blanchard, sin que hicieran falta más aclaraciones al respecto.
– Kyle.
– ¿Sigues pensando en eso? – le preguntó Marietta con preocupación; ella estaba al tanto de todo lo ocurrido y compartía las preocupaciones de Brent... aunque no tanto como para que no pudiera dormir.
– No puedo dejar de pensar en eso. Ese maldito infeliz... – explotó Brent con sólo pensar en el senador Lynn. – Si el GTU llega a descubrir lo que Kyle estuvo haciendo, será el fin de todo, te lo digo, Marietta...
Brent calló por un segundo, dejando que las implicancias de lo que acababa de decir flotaran en el aire como espectros tenebrosos, para después repetir:
– El fin de todo.
Prudentemente, Blanchard hizo silencio, dejando que su amante se desahogara todo lo que pudiera.
– Cielos... ¿cómo diablos salir de este atolladero?
– No puedes ir al GTU con esta información o amenazar a Kyle con hacerlo... – dijo Blanchard, aún sabiendo que eso era evidente desde el primer momento. – Sería el equivalente de suicidarte.
– Tampoco puedo moverme contra la Vanguardia de la Paz – agregó Brent con profunda ira. – No mientras el buen senador siga siendo su gran amigo.
Tras darle a su amante unos segundos de tranquilidad para que pudiera calmarse y empezar a razonar en frío, Marietta Blanchard hizo la pregunta que cabía hacerse en aquel momento de dificultades para los planes de Brent.
– ¿Y entonces?
La respuesta de Brent fue fría pero casual, dicha como quien discute los planes para ir a comer a algún restaurant.
– Entonces... tendremos que pensar en cómo deshacernos del senador cuando llegue el momento.
– ¡¿Qué?!
Lejos de callarse por la sorpresa de Marietta, Brent siguió planeando como si se tratara de algo sencillo y necesario.
– Si sigue provocando problemas como estos, no sé si podemos seguir viéndolo como un as en nuestra manga y no como un lastre en nuestro zapato.
Brent no lo sabía y tampoco lo podía ver por la oscuridad, pero Marietta estaba completamente pálida.
– ¿No estarás hablando de...?
– Es una de las opciones – confirmó su amante, sabedor de lo que ella había querido decir.
– Cielos, Sean... – susurró Marietta Blanchard, aún sin poder creer lo que su amante estaba sugiriendo. – ¿Estás loco?
– No, Marietta... sólo desesperado.
Brent giró sobre su costado para enfrentar a Marietta, mientras le hablaba con un tono de total y absoluta decisión.
– Tenemos mucho invertido en estos planes, y no pienso dejar que este imbécil pagado de sí mismo lo arruine todo con uno de sus caprichos adolescentes.
Ante la mirada atónita de su amante, Sean Brent continuaba relatando el resultado de su planificación frenética y desesperada, convenciéndose cada vez más de lo conveniente de su plan mientras hablaba.
– Además, piénsalo bien... todos estos personajes que se convierten en leyenda en su propio tiempo se terminan desgastando en el ejercicio cotidiano del gobierno. Sólo mira lo que le ocurrió a Mandela: pasó de icono a presidente, y se terminó convirtiendo en un político más.
Entonces, Brent sonrió cruelmente.
– Pero por cada Mandela, siempre tendrás a un Gandhi que evitó desgastarse... gracias a una muerte temprana – argumentó Brent, ya viendo en su idea la posible salvación para su problema. – Tal vez tengamos que decidirnos a convertir a Lynn Kyle de ser un "ídolo" a ser un "mártir"... si sigue haciendo estas idioteces, tendremos que hacerlo más temprano que tarde.
A falta de algo coherente para decirle a su amante, ya que ni siquiera sabía por donde empezar, Marietta Blanchard decidió ir a algo más práctico y concreto... porque viendo la expresión de Brent, ella ya temía que la idea de "martirizar" a Kyle fuera algo ya decidido en la mente del hombre al que amaba.
– ¿Se lo vas a decir a Rudolf?
– ¿Ahora? – replicó Brent como si comentarle el plan a Spier fuera la peor idea del mundo. – Ni lo pienses. Odia tanto al muchacho que sería capaz de moverse contra él ni bien le sugiera la idea.
Como si quisiera reforzar su propia idea, Brent sacudió la cabeza para ser más enfático en su negación.
– No... tenemos que movernos con mucho cuidado en esto... tampoco vamos a hacerlo mañana mismo, si es que terminamos haciéndolo.
Por su parte, Marietta estaba demasiado cansada para seguir discutiendo, demasiado atontada por el sueño para argumentar coherentemente, y demasiado aterrada para seguir tratando el tema.
– Sean.
– ¿Sí, amor?
– No conspires más a la madrugada – le pidió su amante con una sonrisa gigantesca en los labios que disimulaba muy bien su estremecimiento interior. – Si quieres darle rienda suelta a tu lado homicida, espera hasta mañana.
– ¿Por qué?
– Porque sí. Porque quiero dormir – explicó tajantemente Blanchard. – Por eso.
Una vez más Brent sonrió, pero esta vez fue una sonrisa amable y casi tierna en él.
– Como tú digas, amor.
Dicho eso, el asesor político volvió a acostarse y trató de conciliar el sueño.
Esta vez, le fue mucho más fácil.
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Miércoles 8 de agosto de 2012
A una orden que les había llegado por los auriculares que portaban, dos policías militares abrieron la puerta de la sala y se colocaron en posición de firmes mientras todos los integrantes del tribunal militar, vestidos con sus uniformes de diario, hacían su entrada en el recinto.
Las cámaras de la MBS y de los demás servicios televisivos que cubrían la corte marcial se enfocaron obsesivamente en los jueces militares, mientras los periodistas esperaban ver en la expresión corporal de los oficiales algo que les permitiera intuir la sentencia que –como todos esperaban– podría conocerse en minutos más.
Hacía ya tres días que los abogados de la acusación y la defensa habían hecho sus alegatos finales, esperando con ellos convencer a los jueces militares de la necesidad imperiosa de condenar o absolver a los acusados. Cada uno de aquellos apasionados discursos había sido transmitido a todo el mundo por la radio y la televisión, generando en todas las personas una expectativa increíble desde el cierre del último alegato, cuando la jueza Erdogan dio por finalizada la sesión y se retiró junto con los otros jueces a deliberar.
Después de tres días de silencio oficial al respecto, y de especulaciones diversas que iban desde lo sensato hasta lo delirante, el momento de la verdad parecía haber llegado.
Eso era lo que esperaban todos los presentes en la sala del tribunal, y el resto del mundo a través de las cámaras y radios, mientras veían a los jueces militares permanecer en impecable posición de firmes hasta que la jueza Erdogan llegara a su sitial y se sentara.
Sólo cuando Erdogan se sentó pudieron los demás jueces militares hacer lo propio, dando la señal de que aquella decisiva sesión de la corte marcial acababa de empezar.
A las caras de piedra y al silencio absoluto de los jueces militares, que no parecían alterarse por los incontables flashes de las cámaras que los iluminaban, les siguió el llamado a orden del capitán de policía militar, preanuncio del momento en el que la comodoro Sameera Erdogan, jueza presidente de la Corte Marcial, abrió formalmente la sesión e instruyó a los acusados con una simple orden.
– Los acusados se pondrán de pie.
Inmediatamente, los once acusados y sus abogados defensores se pusieron de pie, esperando con paciencia cada vez más amenazada por los nervios a que la jueza Erdogan diera lectura a la sentencia.
En nada ayudó que la jueza Erdogan se tomara su tiempo para hojear el fallo del juicio; a cada página que la magistrada daba vuelta con parsimonia, más tensa era la situación para los acusados y más impacientes se ponían los corresponsales de los medios de comunicación.
Pero todo tenía que terminar, incluida la parsimonia de la comodoro Erdogan. Después de terminar de hojear el fallo y de ajustarse los anteojos, la presidenta del tribunal militar que juzgaba la causa acomodó el micrófono y se lo acercó a la boca para poder hablar con más claridad y potencia. En aquella sala, cientos de personas estaban pendientes de cada movimiento de la jueza, esperando que de su boca saliera el resultado de aquel juicio que había tenido en vilo a toda la ciudad.
Y finalmente, la comodoro Sameera Erdogan comenzó a dar lectura de la sentencia, mientras los otros jueces del tribunal militar alternaban miradas dirigidas a ella y otras que apuntaban a la audiencia y a las cámaras.
– En lo referido a la primera acusación: múltiples cargos de homicidio agravado por alevosía y ventaja, esta Corte Marcial encuentra a todos los acusados... inocentes.
No hubo mayor revuelo en la sala; sólo los acusados mostraron señales visibles de alivio y alegría, aunque se abstenían de demostrarlo demasiado por su propio cansancio y por respeto a los demás presentes. Al mismo tiempo, algunos otros espectadores quedaron como si la sentencia les hubiera quitado el aire, mirándose los unos a los otros sin entender qué era lo que estaba pasando.
Y del otro lado de las pantallas de toda la ciudad, Nueva Macross reaccionaba con estupor y sorpresa colectivos... sin que nadie abjurara de sus opiniones sobre lo acontecido en el Lago Gloval. Los que sostenían la inocencia de los acusados respiraban más tranquilos y se llenaban de fuerzas para seguir adelante, mientras los convencidos de la culpabilidad de los oficiales acusados mascullaban su indignación con furia creciente, dirigida a una corte marcial que no había fallado como ellos querían.
En la sala de audiencias donde se llevaba a cabo la corte marcial, la jueza Erdogan creyó oportuno fundamentar su fallo. Los hombros de la magistrada cargaban con el peso de explicarle a todo el mundo por qué ella y los jueces que integraban el tribunal militar habían resuelto fallar de aquella manera.
Aunque eso no garantizaba en lo más mínimo que alguien se calmara con aquella información.
– El contexto en el que se desarrollaron estos lamentables incidentes encaja claramente en una situación de defensa propia, en la que los acusados y los soldados que respondían a sus órdenes debieron procurar su propia seguridad frente a la agresión de elementos terroristas que estaban camuflados en la multitud – relató la jueza Erdogan, condensando todos los argumentos de la sentencia en frases cortas y comprensibles. – Si bien este último hecho resultó en las pérdidas de vidas inocentes que todos conocemos, no podemos ignorar que esa misma muchedumbre desafortunadamente, sirvió como escondite para los agresores, que actuaron con el pleno convencimiento de que sus acciones redundarían en los incidentes deplorables que son de público conocimiento.
La mirada de la jueza recorrió uno a uno los rostros exhaustos de los acusados antes de terminar de fundamentar la decisión.
– Los acusados actuaron frente a la amenaza como lo indicaban los procedimientos, y un análisis exhaustivo de la evidencia nos lleva a concluir que en todo momento se intentó minimizar el impacto de la autodefensa sobre los inocentes allí presentes. Podemos lamentar las muertes y esta Corte Marcial las deplora profundamente, al igual que todos los integrantes de las Fuerzas de la Tierra Unida y las personas de buena voluntad, pero eso no quita que el personal que servía bajo las órdenes de los acusados abrió fuego en defensa propia, luego de sufrir bajas propias por culpa de la agresión enemiga.
Los periodistas tomaban furiosamente notas de las palabras de la jueza en sus libretas y grabadoras; los espectadores del juicio comentaban por lo bajo el fallo de la corte marcial, tanto a favor como en contra del mismo... y los acusados se daban el lujo de respirar tranquilos por primera vez en días.
Hasta que la jueza pasó al siguiente cargo levantado contra los acusados.
– En lo referido a la segunda acusación: crímenes de guerra, esta Corte Marcial la descarta y encuentra a todos los acusados... inocentes.
Lo que sucedió tras la lectura del primer fallo ocurrió luego del segundo, sólo que multiplicado y potenciado. Ya podían escucharse en la sala los primeros gritos de protesta, que no tardaron en ser silenciados por el martillo de la jueza Erdogan y por las miradas intimidantes de los policías militares encargados de la seguridad.
Una vez que el silencio volvió a la corte, la jueza presidente de la corte marcial leyó las explicaciones del fallo, aún a sabiendas de que eso no convencería a los que no querían aceptar la decisión de la corte.
– Rige para esta misma acusación las consideraciones que se aplicaron a la precedente, sumando además la irrelevancia de pretender encuadrar este incidente como "crimen de guerra" siendo que la situación no se encuadraba en ninguno de los casos que hacen aplicable la legislación sobre crímenes de guerra.
Anticipándose a la posibilidad de incidentes, la jueza Erdogan sólo calló para que la taquígrafa de la corte terminara de tomar constancia de lo declarado, luego de lo cual retomó la lectura del fallo.
– En lo referido a la tercera acusación: negligencia extrema por parte del personal de comando en el ejercicio de sus responsabilidades, agravada por la pérdida de vidas humanas, esta Corte Marcial encuentra a todos los acusados, con excepción del teniente coronel Henri Loizeau... inocentes.
A pesar de la seriedad del evento y de la presencia de las cámaras, casi todos los acusados dejaron salir un murmullo de alivio; todos menos uno de ellos.
Y es que el teniente coronel Henri Loizeau, que sabía muy bien que haber sido nombrado específicamente por la jueza Erdogan no podía significar nada bueno, tenía en la cara la expresión de alguien que se sabe próximo al momento crucial de su vida... y que lo enfrentaba con tranquilidad y aplomo, aunque más no fuera porque ya no le quedaban fuerzas para luchar.
Lo único que el teniente coronel Loizeau podía hacer era mirar a la jueza Erdogan mientras continuaba con la explicación de su fallo.
– Ninguno de los acusados estuvo en condiciones de tener un control efectivo sobre la situación, que les permitiera ponerse rápidamente por encima de las circunstancias, excepto uno de ellos... el que estaba al frente del operativo de seguridad en torno al Cuartel General.
Todos los ojos y cámaras se clavaron en el teniente coronel Loizeau, y semejante atención pareció pesarle al oficial mientras escuchaba cómo la jueza desgranaba los razonamientos que habían llevado a la corte marcial a su decisión.
– La responsabilidad del teniente coronel Loizeau en los hechos se entiende a través de su demora en tomar el control de las distintas unidades de su batallón... en los segundos críticos que se perdieron antes de poder dar la simple orden de "alto el fuego", segundos que tuvieron un exagerado precio en vidas humanas – clarificó la jueza Erdogan, sin imaginarse que sus palabras le provocaban dolor físico al acusado. – Esta demora puede atribuirse a la natural confusión de una situación como esta... pero no es el trabajo de las Fuerzas de la Tierra Unida dejarse sobrecoger por la confusión. Era el deber del teniente coronel Loizeau, así como de los oficiales que organizaron el operativo de seguridad, el prever mecanismos efectivos y rápidos de comando y control en caso de una emergencia como la presente, mecanismos que por otro lado, están contemplados en los procedimientos militares normales como lo pudo demostrar la evidencia presentada durante el juicio.
Muchos esperaron ver en Loizeau algún gesto de desafío ante esas declaraciones lapidarias de la jueza Erdogan, pero nada salió de boca del oficial, ni siquiera un gruñido. Lejos de mostrarse altanero o contestatario, el coronel Loizeau calló y permaneció impávido durante toda la lectura y también en el breve silencio que la siguió.
Había una sencilla razón: Loizeau sabía más que nadie que todo lo que había dicho la jueza era cierto... y aún si no lo era, él había estado a cargo de la operación y sobre él debía recaer la responsabilidad. Y Henri Loizeau no iba a entregar a los jóvenes bajo su mando o a salvar su pellejo con evasivas y contestaciones cuando él se había juzgado y condenado con más dureza que lo que cualquier corte marcial podía hacer.
De parte de los otros acusados, sobre los que ya no pesaba el fantasma de las condenas, Loizeau recibió miradas comprensivas, gestos silenciosos de respaldo y apoyo de parte de quienes habían servido bajo sus órdenes.
En ese momento, un aviso de la jueza atrajo la atención de todo el mundo.
– Teniendo en cuenta todas las circunstancias, incluidas aquellas que obraron en defensa del acusado, esta Corte Marcial está lista para pasar sentencia.
Apelando a sus últimas energías, el teniente coronel Loizeau se acomodó el uniforme y permaneció lo más firme que le fue posible mientras la jueza se aclaraba la voz para leer formalmente la sentencia.
Había un silencio absoluto en la sala, sólo marcado por la respiración de los más ansiosos y los clicks de las cámaras fotográficas.
Impávida ante la atención mediática, la comodoro Sameera Erdogan llegó al momento que todos estaban esperando... y que Henri Loizeau había temido.
– Teniente coronel Henri Édouard Loizeau, esta Corte Marcial lo encuentra culpable del cargo de negligencia extrema en ejercicio de las funciones de comando, resultante en la pérdida de vidas humanas entre las fuerzas propias y la población civil, de acuerdo a las especificaciones del Artículo 204 del Código de Justicia Militar.
Loizeau no acusó recibo del golpe; sólo le pareció a muchos de los que estaban allí que el porte del militar parecía más avejentado y cansado que los años que tenía en realidad. En ningún momento pareció Loizeau resistirse al veredicto de culpabilidad o intentar alguna resistencia a la pena que ya sabía cercana.
El peso de una conciencia atormentada por los muertos propios y ajenos, por las culpas que le cabían como comandante, y por el frenesí de una sociedad convulsionada, además de los recuerdos de los muchos momentos crueles y duros de su servicio militar, terminaron de hacer mella en el ánimo de Loizeau y lo dejaron sin más que hacer que escuchar en silencio la condena que la jueza le impuso.
– Por lo tanto, esta Corte Marcial lo sentencia a la pena de baja deshonrosa del servicio militar y diez años de prisión. Se le impondrá además una indemnización pecuniaria a ser determinada por un futuro proceso, aunque tal indemnización no afectará los aportes previsionales hechos hasta el día de la fecha, los cuales permanecerán congelados hasta la efectiva conclusión de su condena – dijo la jueza Erdogan sin ninguna clase de emoción.
Pero la máscara de imparcialidad de la magistrada ya no podía sostenerse después de tensas semanas de juicio y circo mediático, y con sus fuerzas aún sin recuperarse de los días de feroz discusión con el resto de los jueces de la corte marcial.
Sameera Erdogan sólo se permitió una leve sonrisa de conmiseración y una única frase que, a su entender, explicaba mejor lo que sentía que cualquier largo discurso.
– En una nota personal, lamento profundamente haber tenido que hacer esto con un oficial de su trayectoria y legajo, coronel.
En el rostro congelado del coronel Loizeau asomó un destello de agradecimiento y de comprensión hacia la jueza, pero no duró mucho; el shock de lo que acababa de ocurrir, de la condena que acababa de serle impuesta, estaba cayendo con toda su devastadora intensidad sobre los hombros del ahora ex teniente coronel Henri Loizeau.
Por un segundo, el destituido oficial estuvo a punto de perder el equilibrio y caer al suelo, pero sus reflejos aún no entorpecidos y la rápida reacción de su abogado defensor lograron que la temida caída no pasara de un simple temblor... y fue así que Loizeau todavía estaba de pie cuando la jueza retomó la palabra.
– Se levanta la sesión – anunció la comodoro Erdogan, dando tres golpes con su maza ceremonial para remarcar el hecho. – Habiendo cumplido con su deber, esta Corte Marcial queda oficialmente disuelta. Agradezco a todos los miembros del tribunal por su participación.
Tres golpes de la maza de Erdogan concluyeron de manera oficial y simbólica las deliberaciones de la corte marcial. El fallo ya había sido leído y la sentencia ya había sido fijada, con lo que las obligaciones de los jueces de la corte marcial ya estaban cumplidas.
Ahora era el turno de las repercusiones... de las inevitables idas y vueltas discursivas en la sociedad y en los medios, de las acusaciones furibundas y de las defensas acérrimas, pero eso ya no era tema que le preocupara a la jueza Erdogan o a alguno de los otros magistrados de la corte marcial.
Su labor estaba cumplida; su parte en aquella triste e ingrata obra de teatro ya había sido interpretada. Era hora de que otros actores siguieran cumpliendo su parte en el drama.
Además de todo, la jueza Erdogan estaba a tal punto agotada por la corte marcial que ya casi ni le quedaban fuerzas para dar la última orden de aquel juicio.
– Pongan al condenado bajo custodia y desalojen el recinto.
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El doctor Roger Winslow tenía sentimientos muy definidos hacia el lugar donde se realizaban las pruebas del Proyecto Némesis: lo odiaba con todas sus fuerzas.
Odiaba el ambiente oscuro del lugar, con su pobre e insuficiente iluminación; odiaba la humedad insufrible de aquellos pasillos y habitaciones; odiaba el calor siempre demasiado alto para su gusto que había por doquier; odiaba el tono gris metálico de las paredes, carentes de cualquier cosa que representara calidez; odiaba el aroma rancio y húmedo que despedían las cosas allí abajo, y odiaba por sobre todo la necesidad imperiosa que sentía de ducharse cada vez que terminaba de trabajar allí.
A pesar de todo, Winslow admitía que era lo mejor que se podía hacer, dadas las características del trabajo que tenía lugar allí. No se podía simplemente tener un sitio de pruebas de armas biológicas en el medio de una ciudad, a la vista de todos... especialmente del Gobierno.
Por eso, el sitio de pruebas del Proyecto Némesis estaba ubicado en el desierto, a unos cuantos kilómetros de la ciudad de Denver y construido bajo tierra, que en la superficie estaba ocupada por una de las plantas de industrias químicas de la Corporación Meridian.
El acceso al complejo estaba totalmente restringido; sólo aquellos asociados al Proyecto Némesis tenían acceso a los tres pisos subterráneos construidos por Meridian para sus proyectos más especiales. Y a pesar de que el acceso al complejo sólo era posible después de una profunda investigación de parte de la Corporación, las medidas de seguridad que guardaban el acceso al lugar hacían imposible cualquier tipo de infiltración sin que el personal de seguridad de Meridian se enterara.
Y por lo estricto del proceso de selección, Winslow estaba completamente seguro de que los cinco científicos que lo acompañaban en la visita de aquel día eran de la más absoluta confianza. Sus credenciales eran impecables, su dedicación al proyecto era absoluta... y su odio hacia los Zentraedi era total.
Además, si alguno de ellos llegaba a traicionar la confianza que les había sido dada, Winslow no tenía la menor duda de que encontraría un triste y horrible final; conociendo a Rudolf Spier, estaba completamente seguro de eso. Winslow era un lector asiduo del Denver Star y conocía más de la historia de Callie Frenkel que lo que el resto del público había escuchado...
Pero no debía preocuparse por eso en ese momento. Las únicas preocupaciones del doctor Winslow consistían en continuar con los estudios del Proyecto Némesis y tener resultados lo más rápido posible... y para eso, era indispensable que contara con toda la ayuda posible, bajo las circunstancias.
Adelantándose para llegar a la puerta de la sala de observación antes que los otros científicos, Winslow abrió la puerta y les indicó a sus acompañantes:
– Pasen por aquí.
Los otros hicieron caso y entraron a la sala. Adentro había unas una docena de sillas acomodadas a la manera de un cine, todas apuntando a un ventanal de vidrio que permanecía cubierto por una placa metálica, haciendo imposible que alguien pudiera ver lo que estaba ocurriendo del otro lado.
– Tomen asiento.
Una vez que los científicos se sentaron en sus sillas, Winslow se colocó frente a ellos, con la ventana detrás de él.
– Les recuerdo que lo que están a punto de ver deberá permanecer bajo la mayor confidencialidad – dijo el doctor Winslow a modo de advertencia. – Cualquier quiebra de la confidencialidad será objeto de acciones rápidas y decisivas. ¿Está entendido?
Cinco cabezas asintieron sin decir palabra, arrancándole una sonrisa de satisfacción a Winslow.
– Bien – murmuró entonces el director del Proyecto Némesis, para después instruir a los visitantes sobre lo que estaban a punto de presenciar. – Tenemos aquí la segunda etapa de evaluación activa del agente viral conocido con el nombre clave de "Némesis", después de una primera prueba excepcionalmente satisfactoria. Como ustedes pueden apreciar leyendo los protocolos, la segunda etapa de evaluación consiste en la diseminación del agente viral en una muestra poblacional del blanco a ser atacado, es decir, en una reunión mínima de diez Zentraedi. Esta etapa tiene como propósito evaluar la virulencia del agente, su tasa de contagio y su sintomatología, entre otras cosas...
Mientras los otros científicos tomaban notas y se alistaban para ver lo que Winslow les tenía preparados, éste último buscaba la mejor forma de decirles a los presentes algo que a él se le hacía excepcionalmente importante... porque lo último que Winslow y el Proyecto necesitaban era que alguien tuviera un arrebato de conciencia por algo que pudiera ver allí.
– Antes de abrir esta persiana, les recordaré una vez más lo siguiente: no se dejen engañar por lo que van a ver.
Viendo que algunos de los científicos estaban confundidos por lo que escuchaban, Winslow creyó necesario aclararse, haciéndolo con la mayor gravedad y seriedad posible.
– Parecen humanos, hablan como humanos y quieren hasta vivir como humanos, pero son Zentraedi... son enemigos de nuestra gente. Ya casi nos exterminaron una vez, y no vamos a darles la posibilidad de volver a intentarlo.
Silencio.
– Y si todavía tienen dudas o se dejan llevar por lo que van a ver, sólo imaginen a estos especimenes como gigantes de diez metros de altura destruyendo todo lo que ustedes conocían y matando a sus seres queridos – aconsejó Winslow. – Recuérdenlos como son y no como quieren presentarse ante nosotros.
Winslow no halló en los rostros de sus colaboradores ninguna clase de duda sobre lo que acababa de decir, lo que lo dejó aún más satisfecho de saber que no iba a tener que enfrentarse a arrebatos de conciencia hacia aquellos monstruos que habían puesto a la humanidad al borde de la extinción.
No importaba lo difícil que fuera... era necesario que la conciencia se hiciera a un lado en temas como el que los reunía en aquella oportunidad.
– Sin más que decir...
El doctor Winslow oprimió un botón en la pared, haciendo que la cortina metálica que cubría la ventana se fuera levantando poco a poco con un chirrido industrial y escalofriante.
La cortina tardó un par de minutos en levantarse del todo, un lapso insoportable para aquellos científicos ansiosos de ver cómo actuaba en la realidad el resultado de sus investigaciones y desvelos.
– Ahí lo tienen, señores – anunció el doctor Winslow, no sin un dejo de extraño orgullo por la obra que había creado y que se manifestaba en todos aquellos malditos alienígenas. – Némesis.
A través de la ventana, Winslow y sus acompañantes veían un panorama inimaginable.
En la habitación desnuda que veían por la ventana, el equipo de científicos podía ver cómo una decena de Zentraedi, cinco hombres y cinco mujeres, languidecían en un estado de espantoso sufrimiento, infligido por la insidiosa y mortífera creación en la que estaban trabajando.
Los rostros de los infectados aparecían pálidos y ojerosos, desprovistos de otro color que no fuera el blanco pastoso; sus ropas rasgadas e indistintas estaban manchadas con grumos rojos y negros de sangre. Muchos estaban sobrecogidos por el dolor, dejándolos tumbados y quietos en los rincones de la habitación, mientras los otros sufrían espasmos incontrolables y arranques de tos en los que la sangre escapaba de sus bocas. No podían escucharse en la sala de los científicos sonidos de ninguna clase procedentes de la habitación de los infectados, pero no era necesario escucharlos... con sólo leerles los labios, los científicos podían ver que estaban gimiendo de dolor.
Tampoco era necesario para los científicos estudiar qué era lo que estaba causándoles dolor a los infectados: un intenso dolor en el pecho provocado por las laceraciones en la membrana pulmonar, daños en las vías respiratorias, derrames sanguíneos y rupturas en los vasos internos... una colección de sufrimientos que parecía un catálogo de inhumanidades infligidas a aquellos prisioneros.
Al margen de un ocasional resquemor, ninguno de los científicos sintió pena o compasión para con sus "conejillos de indias".
Inhumanidad era lo que esos inhumanos merecían.
– Bueno, pueden comenzar sus análisis – dijo Winslow a sus colaboradores, quienes ya estaban anotando en sus libretas a una velocidad furiosa e indicándose cosas varias al oído. – Estoy muy interesado en escuchar sus propuestas y sugerencias.
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Jueves 9 de agosto de 2012
Hasta que se lo trasladara a la prisión militar donde cumpliría su sentencia, al ex teniente coronel Loizeau se le había impuesto un arresto domiciliario provisional, sujeto a una estricta vigilancia por parte de la Policía Militar para evitar cualquier intento de fuga.
Sin embargo, el estar bajo arresto domiciliario no le impedía a Loizeau recibir ocasionales visitas, aunque éstas estaban bien reguladas por la custodia que se había instalado en torno al domicilio del destituido y condenado militar.
Esa tarde, una visita inesperada sorprendió a Loizeau mientras se preparaba algo liviano para cenar, cuidando siempre de tener algo listo para los encargados de la vigilancia de su casa. No importaba para él que fueran sus carceleros; él sabía que aquellos muchachos de la Policía Militar sólo estaban cumpliendo con su deber, y por eso, los trataría con el respeto que se merecieran. Además, hasta entonces los guardias se habían comportado con respeto y profesionalismo, y Loizeau iba a devolverles con la misma moneda.
Justo cuando Loizeau terminaba algo en la cocina, el sonido del timbre lo hizo ir hasta la recepción de su casa, en donde uno de los guardias le abría la puerta (previa revisión exhaustiva) al capitán Daniel Shelby.
En medio de todo el desastre de su vida, era bueno para Loizeau recibir la visita de uno de los oficiales que habían servido bajo sus órdenes durante toda la Guerra Robotech... y después.
– Ah, Daniel... qué sorpresa.
Loizeau tendió la mano y Shelby se la estrechó, agregando luego a modo de excusa:
– Espero no estar molestándolo, señor.
– No se preocupe, al contrario... – le aseguró Loizeau. – Es un verdadero gusto verlo por aquí... aunque preferiría que no llevara esa cosa prendida del cuello.
El ceño del ex jefe de Shelby se frunció cuando miró la insignia que ostentaba Shelby en el cuello de su uniforme: dos relámpagos cruzados detrás de un escudo redondo, el emblema distintivo del Cuerpo Mecanizado del Ejército de la Tierra Unida.
– Yo también, señor – comentó risueño el capitán Shelby, aunque por dentro coincidía en parte con su antiguo comandante de batallón. – Pero bien dicen que la necesidad tiene cara de hereje.
Tras acompañar a su antiguo subordinado en la risa, Loizeau puso una expresión más seria mientras invitaba a Shelby a tomar asiento en la sala de estar de su casa.
– Para lo que sirve, siempre lamenté mucho lo que le ocurrió, Daniel... usted tenía madera de infante.
– Señor, con lo que le ocurrió a todos los demás... creo que tengo que darme por satisfecho – le contestó apesadumbrado Shelby, al recordar los horrorosos combates en La Española.
Loizeau asintió con tristeza; él también tenía muchos recuerdos de aquel día espantoso... y todos giraban en torno a su propia experiencia de ver a su batallón masacrado por las armas Zentraedi.
Mientras veía a Loizeau ensimismado, Shelby no podía evitar notar cuán demacrado se veía su antiguo comandante. Durante su servicio en el 54 de Fusileros, Henri Loizeau siempre había sido una persona enérgica y determinada, a la que los años no se le notaban en ningún momento. Pero ahora... ahora se veía cansado, envejecido prematuramente por la presión y por sobre todas las cosas, desganado.
Era la imagen de un hombre derrotado.
Justo cuando Shelby empezaba a sentir inquietud, Loizeau volvió a hablar, impulsado por un recuerdo repentino.
– ¿Su sargento de compañía...?
– ¿Ordoñez? – arriesgó Shelby.
– Ordoñez... ese mismo – confirmó Loizeau con una leve sonrisa que murió cuando recordó el final del sargento de compañía de Shelby. – Un buen soldado.
El capitán Shelby sonrió con nostalgia, recordando al veterano suboficial que lo había ayudado a mantener a la Compañía C del 54 funcionando con algo de normalidad.
– Y un mejor hombre, señor.
– No lo dudo.
En ese momento y por la fuerza de los recuerdos, Shelby dejó de sonreír y adoptó un semblante más taciturno y pensativo... más apropiado para cuando se recuerda a alguien que ya no está más entre los vivos.
– Nunca le pregunté si le molestaba en absoluto tener que recibir órdenes de alguien como yo...
– Para nada – le aseguró Loizeau con toda la autoridad de un oficial de carrera. – Todos sabemos que cuando firmamos el 5–24 nos comprometemos a que pasen cosas como estas. Ordoñez lo sabía... él era un suboficial de carrera.
Shelby asintió vivamente; si había una forma de definir en pocas palabras al sargento ayudante Manuel Ordoñez, era como un "suboficial de carrera"... alguien que había hecho del Ejército su propia vida, pero no por estudios o calificaciones, sino a base de puro esfuerzo desde lo más bajo del escalafón. Cualquier oficial que se preciara de sí mismo sabía bien que un sargento no era alguien a quien se pudiera despreciar, sino un vivo repositorio de experiencia militar práctica... y Loizeau lo sabía perfectamente bien.
– Y los suboficiales de carrera saben bien que deben hacerle la venia a cualquier mocoso con insignias de oficial... porque también saben que en realidad son ellos y no los oficiales los que manejan el Ejército.
– Sin embargo... debe haber sido raro para Ordoñez, ¿no lo cree? – quiso saber Shelby, explicándose cuando vio en el rostro de Loizeau que su viejo jefe no le había entendido. – ¿Quedar a órdenes de uno de sus "microbios" de la instrucción básica de Infantería?
Loizeau se limitó a encogerse de hombros; no pensaba explicarle toda la historia a Shelby.
– Han pasado cosas raras en la vida, Daniel.
– Amén, señor – coincidió Shelby para luego guardar un silencio apesadumbrado. – Lo odié con toda mi alma durante la básica... pero creo que no hubiera sobrevivido a la guerra de no ser por él.
Las palabras terminaron ahogándose en la garganta del capitán Shelby, al punto que ya no pudo seguir diciendo más acerca de Ordoñez o de cualquiera de los otros que habían perdido la vida en La Española... era imposible sustraerse al peso de los recuerdos y de las emociones.
Pero había otras cosas sobre las que hablar, y Shelby no había ido a visitar a su antiguo jefe caído en desgracia sólo para perderse en reminiscencias sobre los camaradas que ya no estaban...
Le gustara o no, lo quisiera o no, Dan Shelby no podía dejar que su antiguo jefe y mentor fuera encarcelado sin al menos hablar al respecto, y con voz entrecortada por la irritación de todo aquello, el joven comenzó a hablar.
– Señor, lamento muchísimo todo lo que---
Loizeau lo interrumpió al instante, poniendo una sonrisa compasiva y resignada; ya sabía de qué estaba queriéndole hablar Shelby y sabía todavía más que a su antiguo subordinado le costaría mucho entender su opinión al respecto.
– No hay nada que lamentar, Daniel.
– Lo mandaron al matadero, señor – murmuró indignado el capitán del Ejército, que se sentía exasperado por la reacción derrotada que veía en su antiguo comandante de batallón. – Disculpe mi franqueza, pero es la verdad y no me lo niegue... ¡¿"negligencia en el ejercicio del mando"?! Lo están usando de chivo expiatorio.
El ex teniente coronel no respondió de inmediato. Tenía que buscar la mejor manera de hacerle entender a Shelby lo que él sólo había entendido luego de largos días de reproches, remordimientos y culpas sin fin. Y si bien sabía que Shelby no lo iba a entender de buenas a primeras, también sabía que si aquel joven quería convertirse en un oficial de carrera, entonces debía aprender a conciencia lo que significaba ser el responsable de una unidad militar.
– Daniel, yo estaba al mando ese día... por acción u omisión, la decisión de disparar quedó en manos de chicos asustados a los que les estaban disparando desde la muchedumbre.
Frente a él, Shelby no podía sino mirar incrédulo a su ex jefe... aunque a cada instante podía entender un poco más lo que Loizeau estaba tratando de decirle.
Pero eso no significaba que estuviera de acuerdo con esa actitud de cordero al matadero que estaba teniendo Loizeau luego de la sentencia.
– Yo estaba al frente... si había algo que yo hubiera podido hacer para evitar que tanta gente muriera y no lo hice, soy tanto o más culpable que si hubiera dado la orden de abrir fuego yo mismo... – trató Loizeau de hacerse entender como pudo. – Y además, si con esto puedo lograr que quiten a mis muchachos del candelero, pues al menos algo se habrá ganado...
Ya todo estaba dicho... y Shelby supo que nada de lo que pudiera decir iba a cambiar la opinión de Loizeau. Especialmente cuando Loizeau tenía toda la razón del mundo en lo que pensaba, como insistía en decirle a Shelby una voz desde un pequeño y desagradable lugar de su conciencia.
– ¿Y se va a entregar así nomás, señor?
– ¿No se le ocurre que ya estoy cansado de pelear, capitán Shelby?
Shelby se sobresaltó, pero no por el tono de voz de Loizeau, sino porque podía ver en el rostro de su viejo jefe de batallón que ya estaba cansado de pelear. El viejo se veía derrotado por la vida y las desgracias... era un hombre al que le había caído un peso demasiado grande sobre sus espaldas, y que ahora sólo anhelaba una salida honrosa para él.
Fue más esa expresión de derrota y no lo que él decía lo que inquietó más a Dan Shelby acerca de Henri Loizeau.
De pronto, Loizeau sorprendió a Shelby con una pregunta totalmente ajena a lo que venían hablando hasta entonces.
– ¿Tienes amigos, Daniel?
Aunque un poco extrañado por el cambio de tema, Shelby contestó la pregunta.
– Sí, señor.
– No los pierdas jamás – lo aconsejó Loizeau con todo el dolor que podía sentir alguien que no había hecho caso de ese consejo. – ¿Sabe qué es lo peor de estar al mando, capitán?
– No lo sé, señor.
La mirada de Loizeau se tornó infinitamente triste y solitaria.
– Estás endemoniadamente solo allá arriba.
Tras un largo rato de silencio en el que los dos hombres meditaron profundamente todo lo que allí se había dicho, esperando poder aprender aquellas lecciones, el capitán Shelby carraspeó y retomó la palabra.
– Creo que mejor me retiro, señor...
– Dale mis saludos a los guardias.
Los dos hombres se levantaron de sus asientos al mismo tiempo. Luego de que Loizeau acompañara a Shelby a la puerta, le extendió la mano a su ex subordinado, quien no dudó en estrecharla con todas sus fuerzas.
– Mucha suerte, Daniel.
– Para usted también, señor.
Instantes después, Loizeau ya estaba solo una vez más en la casa que servía como su cárcel.
El resto de la mañana transcurrió con normalidad. Almorzó, le hizo llegar a los guardias algo de comida, y más tarde se sentó a leer alguno de sus libros en el living de su casa, disfrutando de la tranquilidad del condenado. Durante el resto del día, el ex teniente coronel Loizeau ni se molestó en encender la radio o ver las noticias en la televisión; cosas como esas no le importaban en lo más mínimo a un hombre que ya estaba decidido.
A media tarde, Loizeau se puso frente a la ventana de su casa. La calle se veía tan tranquila como siempre, pacífica y apacible en medio de ese atardecer soleado y despejado. Era un oasis de paz y tranquilidad del que el antiguo oficial militar deseaba poder disfrutar siempre... a sabiendas de que ya le sería imposible.
Después de unos minutos, Loizeau cerró la cortina y se retiró a su estudio. Allí, sobre su escritorio, una lapicera y una hoja de papel lo estaban esperando para trabajar, cosa que no tardó en ponerse a hacer.
Escribir aquel documento no le llevó mucho tiempo en sí, pero sí le tomó bastante pensar las palabras correctas para aquel mensaje, pues estaba decidido a hacer que se entendiera perfectamente no sólo su punto de vista sino todo lo que lo motivaba en aquellos momentos. Le fue complicado; él estaba entrenado para disparar en combate, no para redactar discursos.
Pero no lo detuvo... tenía todo el tiempo del mundo.
Finalmente, Loizeau creyó tener un texto más o menos definitivo, y lo leyó para sí en la tranquilidad de su estudio, pensando en cada palabra... en cada idea que trataba de transmitir... en cómo sería recibido aquel mensaje, más teniendo en cuenta las circunstancias en las que sería dado a conocer.
"A los familiares de los difuntos por los incidentes en el Lago Gloval."
"Nada de lo que pueda decir o hacer puede calmar el dolor que sienten por las pérdidas sufridas, o la furia que mi persona y las de los soldados bajo mi mando les provocan. Sería no sólo presuntuoso, sino cruel de mi parte pretender eso. Sólo tengo un pedido para hacerles: les ruego, les imploro que no den lugar en sus corazones al odio. Les suplico que hagan a un lado cualquier ansia de venganza que pudieran sentir y que podamos entre todos construir el mañana que merecen nuestros hijos y todos aquellos que escapamos a la noche de muerte."
"Durante casi dos años, he tenido el incomparable honor de comandar el mejor batallón de todo el Ejército de la Tierra Unida en el cumplimiento de su deber de proteger y preservar las vidas, derechos y libertades de la Tierra Unida, sus naciones constituyentes y sus ciudadanos, frente a cualquier enemigo extranjero o doméstico. El máximo anhelo de todo soldado, además de no verse obligado a disparar su arma en una guerra, es poder concluir su servicio con honor y distinción. Sé que ese anhelo está completamente lejos de mis manos, y por buena razón."
"En las circunstancias de público conocimiento, he fracasado estrepitosamente en mi deber de comandante, segando las vidas de aquellos a quienes juré proteger y trayendo deshonra y humillación a los hombres que comandaba en el transcurso de las operaciones. Ninguna prisión o destitución podrá borrar esa culpabilidad, y ningún perdón que reciba podrá curar de mi alma el dolor profundo de haber sido responsable de tanto sufrimiento y rencor."
"Todos mis bienes de uso militar han de ser legados al Batallón 54 de Fusileros; que el resto de mis propiedades sean destinadas a las indemnizaciones que ordene la Justicia."
"Ruego que este acto sea para bien de todos, y no para más males o rencores."
"Viva el 54 de Fusileros. Viva el Ejército de la Tierra Unida."
"Henri Édouard Loizeau, teniente coronel, Ejército de la Tierra Unida."
Terminada la lectura, Loizeau sonrió y dejó la hoja manuscrita sobre el escritorio.
Perfecto.
Con calma, el oficial dobló la hoja por el medio y la colocó dentro de un sobre, el cual cerró para después llevárselo consigo. Después, Loizeau se dirigió a su dormitorio, en donde procedió tranquilamente a vestirse con su uniforme de gala del Ejército. Cuando terminó de hacerlo, se permitió una sonrisa leve y nostálgica ante lo que veía en el reflejo de la ventana... una sonrisa que desapareció al instante, trocada en una expresión de dolor y determinación.
Sólo por un instante, el destituido teniente coronel vaciló ante el paso que iba a dar... sólo por un instante el temor se apoderó de él y lo hizo recapacitar, pero esto no duró mucho. Lo que estaba por hacer era la única solución que veía... lo único que podía poner fin a toda aquella locura era que él se hiciera cargo de su responsabilidad ante la historia.
Y la verdad era que no podía seguir soportando en su conciencia el peso de todas esas muertes y de la deshonra que había atraído sobre su batallón y sobre el Ejército.
Además... estaba cansado de pelear.
De un cajón oculto en su armario, Loizeau extrajo dos objetos que había conseguido mantener a resguardo de los policías militares: una pistola reglamentaria calibre 9 milímetros... y un cargador de municiones para la misma.
Loizeau cargó el arma, terminó por calzarse la gorra y se colocó frente a la ventana, dándose el gusto de un último vistazo a la calle y a la ciudad que continuaba su vida como siempre...
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Al escuchar el estruendo de un arma disparándose, los guardias que mantenían vigilancia sobre la casa de Loizeau rompieron la puerta e irrumpieron en la vivienda con urgencia.
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Como era de esperarse, la noticia del suicidio del teniente coronel Loizeau llegó bien pronto a los boletines de noticias de la radio y televisión.
El abrupto final del principal acusado por los incidentes del Lago Gloval fue una nota de sorpresa que dejó perplejos a todos los residentes de Nueva Macross, incluso a aquellos que, por desinterés o por otras razones, se habían mantenido alejados de la obsesiva cobertura mediática brindada al juicio.
Durante buena parte de la tarde, la transmisión de la MBS se ocupó de rememorar las escenas finales de la corte marcial de Loizeau, mostrando después imágenes varias del finado oficial tomadas durante la Guerra, o al regreso de la Operación Navaja, en la que él había comandado al heroico (y ahora vilipendiado) 54 de Fusileros en su desesperada defensa del paso montañoso frente a las hordas de rebeldes Zentraedi que habían querido devastarlo todo en la isla La Española.
En pocos segundos, los televidentes de la MBS vieron las imágenes más importantes de la vida de un soldado que había pasado de héroe a criminal en cuestión de momentos.
Pero las imágenes de la MBS también llegaban al Centro de Gobierno de la Tierra Unida. En la Torre Sur, en una de los tantos despachos ocupados por los senadores del GTU para sus asuntos privados, el senador Lynn Kyle contemplaba la transmisión televisiva con una furia creciente que podía dejarlo cerca de la apoplejía.
– Los investigadores forenses todavía están realizando estudios que la Justicia mantiene bajo el secreto de sumario, pero de las declaraciones reservadas del personal policial que han llegado a los medios, existen pocas dudas de que el deceso del teniente coronel Loizeau se deba a un suicidio...
Los improperios se atoraron en la boca del senador, completamente fuera de sí desde el momento en que oyó que el responsable de haber matado a todas aquellas personas en su marcha, había logrado evadir a la justicia poniendo fin a su propia vida.
Pero Kyle sabía la verdad... la verdad era que el coronel Loizeau, ese maldito asesino de uniforme, tuvo que haber sido ultimado por los propios militares. Era la única hipótesis con sentido: furiosos por haber sido hallados culpables de la masacre, los mandos militares habían decidido terminar con Loizeau antes de dejar que uno de ellos afrontara las consecuencias de sus actos criminales.
No podía ser de otra manera para el senador Lynn... y con cada vez que pensaba y repensaba la hipótesis, la furia del joven político se elevaba hasta la estratósfera, alimentada por la usual combinación de indignación, rabia e impotencia ante un mundo cruel y despiadado que se complacía en escatimarle los pocos logros que obtenía. Y una vez más nació en Kyle el ansia de calmar la furia, de darle rienda suelta a todo el dolor que albergaba... de explotar en el mundo para no explotar él mismo.
El senador miró la pantalla sólo por unos segundos, sin prestar atención a nada de lo que la MBS dijera o mostrara en la transmisión televisiva. No había nada que la televisión pudiera mostrarle o contarle que él ya no supiera... nada que él no hubiera deducido ya.
Nada que pudiera hacerle cambiar de determinación.
Después de un rato, el senador Lynn Kyle tomó el teléfono y apretó el boton que lo comunicaba al instante con su secretaria.
– Clarice.
– ¿Sí, señor? – inquirió solícita la secretaria, cuidándose mucho de revelar que con todos los gruñidos y gritos de Kyle, ella ya podía hacerse una muy buena idea de lo que el senador podía estar planeando.
– Llama a la MBS y al resto de los canales.
Antes de terminar la frase, Kyle volvió a ver en la pantalla del televisor la transmisión del noticiero de MBS-2, que mostraba en esos instantes los momentos en los que el cadáver del coronel Loizeau era subido a una ambulancia y alejado de la casa en donde se había quitado la vida.
Al ver cómo ese militar había escapado de la justicia, Kyle cerró el puño y retomó la conversación con su secretaria.
– Tengo una conferencia de prensa que anunciar.
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Viernes 10 de agosto de 2012
La noche del viernes había llegado al fin, desatando sobre Nueva Macross el júbilo colectivo de cientos de miles de personas que ya se paladeaban sus fines de semana. Algunos esperaban ponerse al día con cosas pendientes, otros anhelaban la diversión que los había eludido durante toda la semana, y el resto simplemente buscaba descansar lo suficiente como para poder encarar la semana siguiente con mejor ánimo.
Pero lo que sí tenían muchos neomacrossianos en común era el deseo de empezar el fin de semana con el pie derecho y de la mejor manera; y para la mayoría de ellos, eso significaba una salida de viernes por la noche.
Uno de los "antros" más populares entre los jóvenes y los treintañeros de la ciudad era un bar situado en la intersección de la Avenida Decimoquinta y la calle Protea, llamado "Stardust". El lugar había empezado siendo una cantina de estilo irlandés, pero eventualmente fue encontrando su propio estilo, incorporando elementos más típicos de la década de 1940, lo que le daba al pub un clima "retro" que lo individualizó bien pronto de otros lugares concurridos de la noche capitalina.
Además, el sitio era relativamente tranquilo, ya que funcionaba como bar/restaurant sin pretender convertirse en discoteca u otro tipo de salón pasadas las doce horas, como le ocurría a muchos establecimientos similares de la capital. Eso hacía que el Stardust fuera preferido por aquellos que anhelaban una buena cena con sus amigos, o que apuntaban a algo más romántico e íntimo... con una suave música de fondo, principalmente temas de jazz o blues de mediados del siglo XX.
Por su relativa cercanía al barrio militar de la ciudad, el Stardust se había convertido en uno de los sitios más frecuentados por los militares asignados a las distintas unidades de la ciudad de Nueva Macross, lo que también ayudaba a que el establecimiento tuviera un estilo muy peculiar y especial, con sus particularidades asociadas.
Por ejemplo: la ley no escrita que obligaba a cualquier persona que nombrara a Lynn Kyle a pagar las rondas de todos los que estaban con él, lo que ayudaba a que el Stardust se mantuviera convenientemente libre de pacifistas... y libre de peleas y reyertas.
Las seis personas sentadas en torno a una de las mesas que el Stardust tenía hacia el lado de la calle formaban parte de las Fuerzas de la Tierra Unida, como muy probablemente la gran mayoría de los demás, pero sólo un observador avezado hubiera notado que eran militares, tal vez por sus movimientos... porque por lo demás, sólo parecían un grupo de jóvenes en una alegre y entretenida salida de viernes por la noche, de la que ya llevaban un buen par de horas entre pizza y más pizza.
El motivo de aquella reunión era celebrar el gran salto profesional de uno de ellos, situación que hacía que el capitán Daniel Shelby se sintiera levemente cohibido de tener a todas aquellas personas acompañándolo.
No era para menos: junto al comandante Rick Hunter estaba la comandante Lisa Hayes, por quien ningún oficial que hubiera servido en el SDF-1 estaba exento de sentir un temor absoluto. De momento, sin embargo, la comandante Hayes estaba más entretenida torturando a Rick Hunter que fijando sus blancos sobre el capitán Shelby, algo que ayudaba a aliviar al oficial del Ejército, porque eso significaba que sólo tendría que preocuparse por Hunter.
Hacia el otro lado, empero, las cosas no eran tan simples. Quizás Maximilian Sterling no fuera tan afecto a bromear con él en honor a una "rivalidad" que ya era algo anecdótico, pero Shelby no podía descartar jamás nada que viniera del callado oficial de anteojos. O peor aún, de su esposa y compañera de maldades, Miriya Parino, de quien lo más delicado que podía decirse era que era una persona "absolutamente impredecible". En lo que iba de la noche, Shelby había recibido más andanadas de parte de los Sterling que de nadie más, para risa de Hunter y Hayes.
Y como si no fuera poco para el celebrado de la noche, junto a él se hallaba sentada la persona que más desapercibida pasaba en aquella reunión de titanes, pero a la que Shelby le dedicaba más atención que a nadie... más aún cuando, aprovechando que los demás estaban entretenidos en otra cosa, él la miraba de reojo.
Aquella persona, una joven mujer de cabello rubio vestida con jeans y un sweater azul, le devolvía de tanto en tanto las miradas y les agregaba una sonrisa amistosa, haciendo que Shelby sudara clavos en la cena... aunque ella también tuviera sus propios problemas con la reunión.
La simple verdad era que la teniente Karin Birkeland estaba aún más cohibida que el propio Shelby, si tal cosa fuera posible. A diferencia de Shelby, cuyos tratos con Hunter y Sterling venían desde el principio de la guerra contra los Zentraedi, Karin no tenía más trato con Rick que el que cabía tener entre una piloto y su líder de escuadrón. Con Max Sterling el caso era similar, dada su condición de segundo al mando del Skull, mientras que en cuanto a Miriya Sterling las cosas iban entre una admiración sincera y un temor reverencial.
Y hacia Lisa Hayes... bueno, Karin llevaba el suficiente tiempo en las Fuerzas de la Tierra Unida para conocer todas las historias "absolutamente verdaderas" que circulaban sobre la antigua primer oficial de la fortaleza espacial. Y ni siquiera comprobar en aquella cena que la "Reina del Hielo" era simplemente una mujer joven y muy agradable en su trato conseguía hacer que Karin exorcizara el temor que le despertaba Elizabeth Hayes.
Sumado a todo eso, estar sentada a la misma mesa que el capitán del Ejército por quien estaba empezando a sentir algo que iba más allá de la amistad y la camaradería sólo hacía que Karin Birkeland estuviera mucho muy nerviosa... y atenta a las señales que venían de parte del capitán Shelby.
De esa manera, mientras la charla iba y venía entre los seis comensales, tanto Dan como Karin tenían razones para sentirse muy nerviosos e inquietos... especialmente cuando parecía que los otros cuatro sabían mucho más de lo que decían.
Fue en medio de ese clima de sospecha que Shelby tardó en reparar en que uno de los camareros le estaba tratando de dejar unos paquetitos que le había pedido minutos antes. Finalmente, Shelby recibió los paquetes y le agradeció al cantinero, quien partió presuroso para atender los pedidos de otras mesas y otros clientes.
Ante la mirada curiosa de los demás, Dan abrió uno de aquellos paquetes, de color rojo fuego, y roció su contenido sobre la porción de pizza a la napolitana que tenía en su plato.
La curiosidad fue demasiada para que el comandante Hunter se la guardara por mucho tiempo, y fue así que Rick preguntó de una vez por todas cuál era la historia con esos paquetitos.
– ¿Qué pediste?
– Un poco de condimento – contestó Shelby sin mirar a Rick. – Ketchup.
– Déjamelo ver... – intervino Max, tomando uno de los paquetes y leyendo sus descripciones. – "Condimentado con ajíes Tamadre".
Al escuchar eso, Lisa miró a Miriya y encontró en la Zentraedi la misma expresión de desconocimiento que ella sabía que tenía en su propia cara.
– ¿"Tamadre"? No los conozco...
Las dos amigas se encogieron de hombros en resignación, mientras que Karin trataba de no llamar demasiado la atención... ante la combinación de Lisa Hayes y Miriya Parino, era mejor no tentar la suerte.
Pero "tentar la suerte" era precisamente lo que Dan Shelby estaba haciendo, dado que ni él mismo sabía qué diablos tenía de especial aquel ketchup. La única razón por la que lo había pedido era porque necesitaba algo más de condimentos para su pizza y porque el nombre del producto le había interesado lo bastante como para atreverse a algo nuevo.
– Soy un valiente, entonces – se ufanó Shelby mientras exageraba toda la maniobra de llevarse un pedazo de pizza a la boca.
– Adelante, piloto de Destroid – lo azuzó Rick. – Dinos qué tal es tu condimento.
Impertérrito, Shelby comenzó a masticar el pedazo de pizza, sin que nada extraño apareciera. Al principio, eso fue una decepción para los otros comensales, que ya se estaban imaginando alguna situación ridícula que les permitiera burlarse del oficial del Ejército. Por su parte, el capitán Shelby estaba perfectamente tranquilo, masticando su porción de pizza como si nada... cuando las cosas dejaron de estar "como si nada" en su boca.
Primero empezó como un leve ardor en su paladar... después vino una sensación de tener una colonia entera de hormigas caminándole por la pared del esófago... al rato sintió que toda la boca se le estaba secando como si fuera un cubito de hielo en el Sahara... más tarde vino la falta de aire y de aliento, y los ojos que se le ponían llorosos como si fuera actor de telenovela...
Y la cara se le estaba poniendo de un simpático color rojo que llamó la atención y provocó las sonrisas de sus amigos y comensales, siendo Rick Hunter el primero en picar la cresta del oficial del Ejército, en su aparente sufrimiento.
– ¿Y?
Shelby no le contestó... era más importante llevarse un vaso de agua a la boca... pero ya no le era posible... no cuando el pedazo asesino de pizza terminaba su devastador paso por el esófago del capitán... provocándole un ardor tan espantoso que no tuvo más opción que abrir la boca para refrescarse, recobrar el aliento y luego gritar a voz en cuello:
– ¡¡¡¡Puuuuu–TA MADRE!!!!
La carcajada que estalló en la mesa de los jóvenes militares fue tan fuerte que varias personas sentadas en otras mesas voltearon a ver lo que estaba pasando.
Mientras el capitán Shelby se recuperaba de la quemazón bebiendo agua como un condenado, Rick Hunter tomaba el paquetito de ketchup vacío y releía el nombre, para después hacer un comentario socarrón.
– El nombre estaba bien elegido ¿no lo crees, Max?
El teniente Sterling, que aún se estaba riendo, asintió vivamente.
– Yeap, un producto que cumple su promesa.
Shelby fusiló con la mirada a los dos pilotos de Veritech, que seguían riéndose de él en compañía de sus mujeres... y curiosamente, no se sintió molesto porque Karin también se sumara al jolgorio general. A lo sumo, sólo se sintió levemente avergonzado de haber hecho el ridículo frente a la joven piloto.
Pero esas preocupaciones quedaron de lado cuando Max Sterling volvió al ataque, obligando al oficial del Ejército a retomar su defensa.
– Te falta resistencia, Shelby.
– Seguro – contraatacó Shelby de manera desafiante. – Ahora van a decirme que ustedes podrían comer eso sin problemas.
A eso, el comandante Hunter entrecerró los ojos y cerró el puño, para después hacerle un sencillo pedido a Lisa Hayes... que estaba mucho más cerca de los paquetes de ketchup que el propio Rick.
– Lisa, alcánzame un paquete de esos.
– Rick, no vayas a hacer algo estúpido – le advirtió ella, a lo que Rick contestó con un guiño cómplice.
– Vamos... me conoces...
Lisa se cruzó de brazos y miró de reojo a Rick.
– Precisamente por eso.
El comandante Hunter iba a decir algo más, pero no contó con que Miriya se interpusiera en el asunto, lanzándose en contra de Lisa... lo que no quería decir necesariamente que interviniera a favor suyo.
– Lisa, Rick es un hombre grande y un piloto valiente... déjalo que pruebe el ketchup.
Lejos de convencerse, Lisa siguió en sus trece.
– Ni lo sueñes, Mir – insistió la comandante Hayes. – Después soy yo la que tengo que soportarlo cuando está con indigestión y se siente mal.
– Gracias por eso, amor – murmuró un Rick Hunter molesto y ofendido.
Por su parte, Lisa le sonrió a su novio y hasta se dio el gusto de darle un besito fugaz en los labios... no fue mucho, pero sí alcanzó para confundir a Rick y dejarlo sin más argumentos en el medio de la discusión.
– La moraleja de la historia, Shelby – dijo entonces Max con tono de maestro, aprovechando el momento – es que no debes meterte de cabeza en algo que no sabes si vas a cumplir.
– Es cierto – coincidió Rick, ansioso de recuperar terreno a costa del oficial del Ejército. – Como piloto de combate, debes saber que no te puedes meter en una pelea que no puedes ganar.
– No soy piloto de combate – se defendió Shelby como si eso fuera una ofensa a su buen nombre.
Rick y Max asintieron.
– Claro que no lo eres – dijo Sterling.
– Sólo eres una pobre imitación – añadió Hunter, con la sonrisa necesaria para que Shelby no lo tomara a mal.
La que sí tomó a mal eso fue la teniente Birkeland, que si bien en otro contexto no se hubiera atrevido a plantársele a su jefe de escuadrón y a su segundo al mando, en esa circunstancia se sentía lo suficientemente desenvuelta (quizás a causa de la cerveza) como para ir directamente al choque con las dos máximas autoridades del Skull.
– Señor, me ofende con lo que dice – protestó la teniente.
– Lo lamento, Karin – se excusó Rick con una sonrisa compasiva. – Sé que hiciste lo que pudiste... además... con el material que te tocó para trabajar...
Ahí fue cuando Shelby saltó, en un acto de caballerosidad que, aún cuando él no lo supo en ese momento, le ganó varios puntos a ojos de Karin Birkeland.
– 496 sobre 520 en la evaluación, mi querido comandante Hunter – se ufanó Shelby. – Y todo gracias a la mejor instructora de las Fuerzas de la Tierra Unida.
Lo único que salvó a Karin fue que con la penumbra del lugar nadie podía notar lo sonrojada que estaba.
Los ojos de Max y de Rick se abrieron grandes como platos, aunque no mostraban la total sorpresa que sentían en realidad. El puntaje que Shelby decía obtener, aún cuando no fuera algo para los libros de historia, era sin embargo sorprendentemente bueno para alguien sin experiencia previa de pilotaje, incluso para los sistemas Destroid.
Eso obligó a los dos oficiales no sólo a reevaluar a Shelby, sino a mirar con más respeto a Karin Birkeland... porque si ella había conseguido que Shelby aprobara con ese puntaje, entonces debía ser buena en lo que hacía.
– Felicitaciones, capitán – exclamó Rick con genuina alegría por su camarada de tierra.
– Todo un logro, Daniel – se sumó Lisa mientras Rick le pasaba un brazo por detrás del hombro. – Estoy segura de que te irá muy bien en esto.
– Como todo en la vida, te irá bien en algo si es lo que realmente quieres... – agregó Max con un tono medio místico y una mirada hacia Shelby que trataba de decirle más que lo que expresaban las palabras. – Si quieres lograr algo en la vida, capitán Shelby, no te escondas ni lo evadas... ve de frente y lucha por eso como un hombre.
Mientras Rick y Lisa miraban confundidos a Max, sin entender nada de lo que estaba diciendo, y mientras Karin Birkeland trataba de pasar desapercibida haciéndose la que miraba un automóvil en la calle, Shelby le devolvía a Max una mueca que parecía gritar a los cuatro vientos: "¿Me estás queriendo decir algo?".
– ¡Brindemos por eso! – propuso Miriya de manera algo descolgada, rompiendo el silencio y levantando su vaso de cerveza con mermelada en el aire.
Seis vasos chocaron en el aire, mientras sus dueños celebraban el gran logro obtenido por uno de ellos. Ni bien terminó el brindis, todos los presentes volvieron a darle sus felicitaciones al flamante piloto de Destroid del Ejército, que las agradeció de corazón... y en el caso de las felicitaciones que le dio su instructora, llegó incluso a darle un abrazo ante la mirada de todos.
El significado de ese gesto no pasó inadvertido para una persona sensible y diplomática como el primer teniente Max Sterling. Al notar eso, Max tuvo bien en claro que todo lo que Miriya y él podían hacer allí ya estaba hecho, y que a partir de entonces sólo entorpecerían lo que tenía que pasar... o al menos, lo que debía pasar si se basaban en las expresiones de Shelby y Birkeland.
Max miró a su esposa y vio en la expresión de ella que Miriya compartía su punto de vista sobre la situación, lo que lo hizo sentirse más seguro de que no estaba equivocado en lo que pensaba.
Tras llegar a un silencioso acuerdo con su esposa, sellado con un mutuo asentimiento, Max carraspeó y habló como quien no quiere la cosa.
– Bueno, amigos, creo que ya llegó la hora de que partamos de aquí.
– Vamos, Sterling, no seas aguafiestas – protestó Shelby entre risotadas, mientras Karin se daba el lujo de hacer un puchero.
– Es cierto, Max – agregó Rick, dándole una palmada en la espalda a su mejor amigo y segundo al mando. – ¿Qué le pasó a ese joven alegre y divertido?
– Primero, jefe, nunca fui alegre y divertido – le contestó Max al comandante Hunter, mirando luego y de reojo a su esposa. – Segundo, me pasó que me casé con una mujer endiabladamente hermosa y endiabladamente loca.
La susodicha entrecerró los ojos y le lanzó una sonrisa siniestra a su esposo... tan siniestra que aún conociendo a Miriya, Rick creyó que la cosa podía terminar mal en serio.
– Y endiabladamente capaz de molerte a golpes.
– Amor, no delante de ellos... – dijo Max para evitar la pelea, a lo que Miriya simplemente se encogió de hombros y contestó con su tono más sugerente y seductor...
– Si prefieres que lo hagamos en privado...
El sonrojado de Max sólo fue equiparable a las risas de Rick, Shelby y Lisa, que estaban tomando la franqueza brutal de Miriya como algo por lo cual reír con ganas y fuerza.
– Max, por Dios, está embarazada – dijo Rick en cuanto pudo dejar de reír.
Sin embargo, no fue Max sino Miriya la que le contestó... aunque jamás dejó de fijar sus intensos ojos verdes en su esposo, lanzándole una mirada hambrienta y no precisamente de mermelada.
– Eso no me va a detener, Rick.
En medio de esa discusión, Lisa Hayes notó de reojo algunas miradas que iban de Dan a Karin y viceversa... miradas que le arrancaron una sonrisa a la comandante Hayes. Siendo que ella era una mujer discreta y poco afecta a meterse en donde estorbara (y por lo que creía ver en esas miradas, todos ellos estaban estorbando y mucho), Lisa tomó una decisión rápida y adecuada, dadas las circunstancias.
– Ahora que lo dices, Max, creo que nosotros también tenemos que ir partiendo.
– Aw, ¿ustedes también se van? – preguntó sorprendido Shelby.
– ¡Todavía es temprano! – exclamó Karin.
– ¿Nos estamos yendo? – preguntó confundido el comandante Hunter, ganándose un codazo gratuito y por debajo de la mesa, de parte de Lisa.
– Sí, Rick – insistió ella, señalando con la mirada y de manera poco conspicua a Shelby y Karin. – Ya es hora de que nos vayamos... se hace tarde.
La indirecta de Lisa tardó mucho en ser captada por Rick, algo que le pasaba frecuentemente con las indirectas... pero cuando la captó, no tardó mucho en coincidir con el buen juicio de su novia.
– Aaaahhhhhh... – exclamó Rick con algo de exageración, y Lisa tuvo que evitar taparse la cara con las manos. – Sí, amor, ya es tarde... mejor nos vamos de aquí y tratamos de descansar.
– Además fue un día largo – agregó Lisa.
Max y Miriya asintieron vigorosamente a lo que Lisa decía, al igual que Rick... y tanta vehemencia en la despedida le pareció un tanto sospechosa al capitán Shelby, que ante eso no tuvo más opción que encogerse de hombros, resignarse a lo que iba a pasar y decir:
– Bueno... supongo que es tarde y ya fue una noche larga.
– Oh, no, Dan – lo detuvo Rick, poniéndole una mano en el hombro a Shelby y la otra a Karin como para detenerlos si intentaban ponerse de pie. – No tienen por qué irse ustedes dos...
– Eso, muchachos – acotó Miriya. – ¿Por qué no siguen ustedes y terminan por pre---?
Con demasiada experiencia en esas lides, Max se apresuró a tapar la boca de su esposa con un beso... y ella, sorprendida gratamente por el impulso de su esposo, se dejó callar, aún sabiendo que Max no lo hacía por apasionado sino para evitar un problema mayor.
Eran esa clase de reacciones de Max las que hacían que Miriya se tomara con parsimonia lo de aprender a mantener la boca callada...
Lo importante, al fin y al cabo, era que los cuatro oficiales estaban casi ansiosos por irse del Stardust, vaya uno a saber por qué... y dado que ni Dan ni Karin podían hacer nada para detenerlos, no les quedó más alternativa que aceptar lo inevitable: que iban a quedarse los dos completamente solos en el Stardust.
Y al instante de esa revelación compartida, Dan y Karin cruzaron sus miradas y supieron que no había escapatoria para ninguno de los dos. Un rápido vistazo a Rick, Max, Lisa y Miriya les confirmó a los dos jóvenes que no iban a lograr escapar por adelantado... menos aún cuando Rick Hunter extrajo de su billetera un par de billetes de cincuenta créditos para pagar la parte de la cena que les correspondía a ellos cuatro.
– No se preocupen, muchachos – dijo Rick mientras dejaba los billetes en manos de Shelby. – Nosotros nos vamos a arreglar con el dinero. Ustedes sólo ocúpense de terminar bien la noche.
"Lo siento, muchachos", parecían decirles las miradas de los otros cuatro. "Hasta aquí llegamos... ahora se arreglan ustedes."
Luego de las despedidas, felicitaciones y buenos deseos de rigor, los cuatro amigos abandonaron el Stardust, dejando solos a Dan Shelby y Karin Birkeland en una mesa demasiado grande para los dos... una mesa que los mantenía demasiado alejados el uno del otro.
Fue así que Shelby le dijo a uno de los camareros que los dos iban a pasar a otra mesa, y que por lo tanto la cuenta de la cena debía ser pasada a la mesa que los dos eligieran, un pedido al que el camarero accedió de buen grado.
La mesa elegida por Shelby y Karin fue una que estaba más hacia el interior del bar, lejos de la ventana y de la calle... y si bien los dos quisieron convencerse de que la elegían porque era la única mesa para dos que quedaba libre, la pura verdad era que el lugar les parecía más que apropiado... por lo íntimo que parecía ser.
El resto del bar continuaba como siempre, con sus mesas ocupadas por amigos y comensales que charlaban y se divertían con cualquier cosa, y con los camareros y mozos que iban y venían para tomar y llevar pedidos... pero en la pequeña mesa que se había convertido en refugio de los dos, el tiempo parecía haberse detenido por completo.
Claro que las cosas no iban necesariamente a pedir de boca. Había miedo, había inquietud y había inseguridad, por más que ninguno de los dos se atreviera a decirlo. Era la primera vez que los dos se encontraban sin la excusa de algún acto de servicio o la barrera que el portar uniforme podía levantar entre los dos... era la primera vez que los dos estaban no ya solos, sino juntos.
Y esa fue la razón por la que ni Karin ni Dan dijeron nada durante los primeros minutos, limitándose a beber de sus vasos y tratar de parecer lo más despreocupados que pudieran... a sabiendas de que sólo se estaban mintiendo a sí mismos.
De tanto en tanto, los dos cruzaban sus miradas por un instante... y el impacto de ese fugaz contacto visual los dejaba sin aliento.
– Creo que estamos mejor así – dijo Karin con una gigantesca sonrisa en los labios, tratando de sonar lo más natural posible al romper el silencio, aunque al instante tuvo que aclararse para evitar malentendidos. – Hablo de que se hayan ido los demás... porque entre nosotros, esta conversación estaba poniéndose demasiado extraña.
– Oye, no me mires a mí, son tus compañeros de escuadrón – le replicó en tono bromista Shelby, agradeciendo silenciosamente a la muchacha por sacar a ambos de ese impasse. – ¿Cómo fue que saliste tan normal de ese manicomio que es el Skull?
Ella frunció el ceño, pero su sonrisa demostraba que estaba de un excelente humor.
– ¿Qué puedo decir, Dan? Soy una chica especial.
Hubo algo en la manera que tuvo Karin de decir eso, algo en su expresión y postura corporal que fascinó a Dan Shelby y lo dejó momentáneamente embobado y pasándose la mano por el hombro como en un tic nervioso, mientras seguía perdido irremediablemente en un par de ojos grises que se veían agrandados y especialmente encantadores en la penumbra del lugar.
Y esa sonrisa... Shelby no sabía cómo sería el Cielo, pero tenía perfectamente claro que si esa sonrisa no estaba allí, entonces no sería del todo perfecto.
Tan embobado quedó Dan Shelby que le costó unos segundos encontrar lo más adecuado para decir, mientras apoyaba la mano en el primer lugar que encontraba.
– Bueno... tú eres muy especial...
Curiosamente, más tarde Dan Shelby notaría que esa frase tenía muchos más significados que el evidente.
Ella no supo qué decir a eso... no supo de qué manera salir del estremecimiento en el que la habían dejado esas pocas pero sinceras palabras de Shelby. No sabía cómo podía recuperarse del shock de escuchar al hombre del que se había prendado casi sin notarlo refiriéndose a ella como alguien "especial".
"¿Pero especial en qué sentido, diablos?" chilló Karin para sus adentros. "¿"Especial" como única o "especial" como...?"
Ante el temor de parecer como si hubiera quedado en coma, Karin se estremeció y le devolvió una sonrisa tímida a Shelby. Después, la joven piloto trató de beber de su vaso, tanto para seguir manteniendo la apariencia de normalidad, como para refrescar su garganta repentinamente seca.
Para su sorpresa, le costó mover la mano, y naturalmente miró hacia ella para ver qué estaba pasando, mientras Dan hacía lo propio.
Sólo entonces los dos notaron que la mano de Dan se había posado sin proponérselo sobre la de Karin.
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Luego de salir del Stardust, Rick y Lisa caminaron por la calle hasta el lugar en donde habían dejado su automóvil.
Fue una charla amena y deliciosa entre dos personas profundamente enamoradas, en la que hubo desde temas serios e incluso urticantes hasta las clásicas sonrisas y chistes con los que los dos condimentaban todas sus conversaciones... y de vez en cuando, un beso tormentoso robado sin pudor alguno al otro.
La noche de Nueva Macross era tranquila y fresca, quizás demasiado para una noche de verano como aquella, pero ninguno de los dos iba a quejarse de algo que les daba la oportunidad de mimarse y acurrucarse mutuamente mientras seguían su caminata.
Definitivamente, una caminata como esa era la mejor manera que los dos podían encontrar para compensar aquellas deliciosas pizzas que acababan de cenar... dadas las circunstancias. No era ningún secreto para Rick y Lisa que había una forma mucho más agradable de quemar calorías, y por lo que cada uno podía ver en la mirada tierna y encendida del otro, aquella noche iban a tener una buena sesión de ese ejercicio tan delicioso.
Y si a Lisa le quedó alguna duda, Rick se la borró con un más que sugerente beso que recorrió la línea de la mandíbula de la joven, hasta terminar en los labios abiertos y ansiosos de Lisa Hayes. Por su parte, ella reaccionó dejando escapar un suspiro de puro placer que fue música para los oídos del comandante Hunter, que tras darse el gusto de una sonrisa, prosiguió su ataque, sin el menor empacho en arrinconar a Lisa contra la pared.
Afortunadamente para los dos, no había muchos transeúntes que pudieran escandalizarse por ese gratuito espectáculo de impúdico amor.
Pero aún cuando mimarse y devorarse a besos fuera algo sumamente grato para los dos, más grato les sería poder dedicarse a ese agradable entretenimiento en la paz de su hogar y no en la vía pública, por lo que los dos jóvenes se resignaron a lo inevitable y retomaron su caminata.
Ya estaban a punto de llegar al Fiat cuando todo comenzó.
Al principio, ni Rick ni Lisa le prestaron atención al pequeño grupito de seis o siete muchachos que venían caminando por la vereda en sentido contrario al suyo, charlando y hablando de sus cosas; a lo sumo, si los llegaron a ver, los tomaron por jóvenes listos para una noche de diversión en el centro de la ciudad, vestidos para la ocasión con aquellas ropas que ellos no se pondrían ni borrachos.
Desafortunadamente, uno de ellos sí les prestó atención a los dos jóvenes oficiales militares... y se detuvo.
Al instante, sus amigos se detuvieron junto a él... y miraron a las mismas personas a las que el primero estaba viendo.
– Hey... yo los conozco a ustedes – dijo repentinamente el joven, aunque ni Rick ni Lisa se dieron por aludidos.
Sólo cuando el joven se colocó junto al automóvil, Rick y Lisa notaron que la cosa era con ellos... y al ver la cara del muchacho, que no era precisamente amistosa o agradable, un resquemor de inquietud recorrió a los dos novios de pies a cabeza.
La cara del muchacho empeoró cuando confirmó con quienes hablaba.
– Sí... tú eres ese asesino Hunter, ¿no es así? – exclamó el pandillero, silbando después de manera exagerada tras echarle un vistazo al automóvil de Rick y Lisa. – Vaya, vaya, vaya... sí que te pagan bien, ¿no es verdad, carnicero de Indiana?
Actuando rápidamente, Rick maniobró para abrir la puerta del asiento del acompañante; Lisa subiría primero y él la seguiría cuanto antes, alejándose de allí antes de que hubiera algún problema.
Pero para cumplir ese plan, Rick tenía que sacarse de encima momentáneamente a aquel tipo y evitar que sus amigos, a quienes ya les veía una cara tan avinagrada y desagradable como al primero, se metieran en el asunto.
– Mira, amigo, sólo quiero subirme e irme de aquí, no quiero problemas – murmuró Rick, sólo para que el muchacho lo interrumpiera con una sonrisa cruel en los labios.
– Pero ya los tienes, asesino... tú eres el problema.
El rostro de Rick se endureció; el de Lisa se llenó de preocupación y de furia a la vez... y los amigos del provocador ya estaban junto a él, listos para reforzar lo que a todas luces ya era una presión descarada sobre el joven piloto militar.
– Te salvaste de la justicia, ¿eh, Hunter? – lo azuzó el joven, mirando después a sus compañeros que reían con él. – Me parece que vamos a tener que hacer nosotros lo que los jueces no quisieron hacer... ¿no les parece, muchachos?
Los gamberros ya estaban con el ceño fruncido; uno de ellos incluso hizo un gesto teatral de golpear un puño cerrado en la otra mano abierta. Lentamente, los muchachos dieron pasos para arrinconar a Rick contra el automóvil, en preparación para lo que para ellos era "el castigo merecido".
Por su parte, Rick no tenía intenciones de meterse en una pelea contra siete muchachos, aunque tampoco iba a dejarse golpear mansamente. El joven piloto trató de ponerse en una posición defensiva, que buscaba hacerles entender a los gamberros que les iba a ir bastante mal si trataban de actuar contra él... pero antes de que pudiera decir una palabra, la voz tronante de Lisa Hayes se inmiscuyó en la conversación, dirigiendo una orden teñida de disgusto hacia el provocador que osaba arrinconar a su novio.
– ¡Cierre la boca!
De mil amores, Rick hubiera deseado que Lisa no se metiera en el asunto... porque eso significaba, como ocurrió entonces, que los provocadores fijaran su atención en ella y no en él, metiéndola de lleno en el problema y convirtiéndola en un nuevo blanco de las palabras (y gestos) de aquellos muchachos.
Y el provocador líder confirmó los temores de Rick Hunter, ya que clavó sus ojos en la figura de Lisa y dejó escapar un silbido que en otro contexto hubiera pasado por un cumplido... pero que allí y entonces, estaba teñido del más vitriólico desprecio hacia Lisa Hayes.
– Pero mira nada más qué bonita compañía... si es la mismísima puta de Gloval en persona, y vestida para matar.
La sangre de Rick Hunter ardió en sus venas y lo fue llenando de un deseo incontenible de moler a palos a ese imbécil... y lo mismo le ocurrió a Lisa Hayes, quien escupió una sola palabra con todo el desprecio del que era capaz.
– Desgraciado...
– ¿Qué te pasa, preciosa? – continuó increpando burlonamente el pandillero a Lisa. – ¿Finalmente te hartaste del viejo y fuiste a buscar carne joven?
Ese momento fue el quiebre de la paciencia del joven piloto militar, quien se interpuso entre el gamberro y Lisa con toda la intención de protegerla de ese tipo.
– ¡Te lo advierto, cerdo! – explotó entonces Rick Hunter, tras sentir que la situación había pasado el punto de no retorno cuando Lisa se convirtió en blanco de aquellos desgraciados. – ¡Una palabra más, y---!
– ¿Por qué esperar?
Antes de que Rick lo notara, el gamberro había conectado su puño derecho con la boca del estómago del piloto, haciéndolo contorsionar de dolor y perder el aliento... aunque no bastó para hacerlo caer al suelo, como se lo había propuesto el muchacho con ese golpe.
Al ver eso, Lisa gritó con desesperación.
– ¡RICK!
El joven piloto continuaba doblado sobre sí mismo, tratando de recuperar el aire e incorporarse una vez más, pero no le fue posible; el líder de la pandilla le asestó un golpe en la espalda y lo dejó sobre el suelo, apoyado únicamente sobre sus rodillas y sus manos.
Lentamente, Rick levantó la mirada. Sus ojos azules fulminaban de ira a los provocadores. Éstos, lejos de sentirse intimidados, se lanzaron a golpear al caído piloto de combate, aplicándole golpe tras golpe ante la mirada aterrada de la comandante Lisa Hayes.
Para añadir insulto a la agresión, el líder de los camorristas le dedicó una sonrisa sardónica a Lisa y le asestó un comentario vicioso a la víctima de sus golpes.
– ¿No eres tan macho ahora, no?
Rick respondió alzando la cabeza y lanzando un escupitajo que dio de lleno en la mejilla del líder de los matones, para después abalanzarse sobre sus piernas y hacerlo caer al suelo de manera poco elegante.
Tras ese contraataque de su víctima, una vez más volvieron los gamberros a patear y golpear a Rick, aunque el joven piloto se defendía bastante bien de sus agresores y conseguía dejarles a más de uno unas merecidas gracias por sus atenciones... hecho que puso a los camorristas de peor humor y los incentivó a empeorar la golpiza.
Sin que ellos la pudieran ver, Lisa se acercó a los camorristas, dispuesta a meterse a golpes en el asunto si hacía falta... y tomó por el hombro al jefe de la pandilla, quien sólo entonces se había vuelto a poner de pie, listo para proseguir con la agresión al comandante Hunter.
– ¡Deténganse!
El provocador no tenía ganas de verse molestado por Lisa, de modo que la empujó poco ceremoniosamente de allí.
– ¡Fuera de aquí, puta!
Libre ya de la molestia que era Lisa Hayes, el camorrista se lanzó sin asco a golpear a la figura caída de Rick Hunter, que resistía aquellos golpes con toda su energía, sin dejar de devolver todo lo que era posible.
Durante un tiempo que a Lisa le pareció eterno, la golpiza continuó y continuó; los puñetazos, patadas y rodillazos de los camorristas continuaban dejando su marca en Rick Hunter, que se defendía como un león acosado por una manada de hienas... aún cuando éstas fueran muchas más en número y fuerza aparente.
Justo cuando Lisa estaba por hacer un nuevo intento, decidida ya a asestarle un golpe fulminante a la nuca expuesta del líder de los pandilleros, el sonido estridente de una sirena rompió con el clima del lugar, sumiendo a los pandilleros en un estado de pánico y estupefacción del que sólo pudieron salir cuando uno de ellos gritó lo evidente.
– ¡LA POLICÍA!
Efectivamente, un patrullero de la Policía Civil avanzaba a toda velocidad por la calle, deteniéndose justo a pocos metros del lugar donde estaba siendo atacado Rick Hunter. Del vehículo descendieron cuatro agentes policiales, cada uno de ellos con una fiera macana de plástico duro en la mano. Los agentes policiales avanzaron rápidamente hacia los pandilleros, quienes tras un instante inicial de confusión se lanzaron a la huída en direcciones distintas.
Sin preocuparse por ello, los cuatro policías se ocuparon de los camorristas que estaban más cerca; tres de ellos cayeron al suelo tras ser tomados por los policías, y allí empezó lo que podría definirse como un acto de "justicia poética".
Los policías empezaron a golpear a macanazo limpio a los pandilleros que habían conseguido detener, sin aminorar el ritmo de los golpes por unos buenos minutos. Era claro que aquellos policías estaban bajo mucha presión desde todos los flancos, y que aquellos pandilleros que habían detenido les servirían como buena manera de desahogar sus presiones.
Una y otra y otra vez las macanas golpearon las espaldas y brazos de los caídos pacifistas, mientras los agentes que las empuñaban continuaban su labor, impertérritos a los aullidos y maldiciones de los pandilleros.
Pero hasta la golpiza eventualmente dejó de agradarles a los policías. Cuando éstos se dieron por satisfechos, levantaron a sus detenidos y los hicieron poner de pie, para después estamparlos contra la pared más cercana e ir con la siguiente parte de su trabajo: colocarles las esposas.
Uno de los detenidos, que había sido el líder de esa pandilla, todavía tenía fuerzas para lanzarle un grito al policía que lo mantenía sujeto.
– ¡Suéltame!
– No lo creo – le contestó el policía, forzando los brazos del joven sólo un poco más de lo que era necesario para colocarle las esposas. – Vas a pasar un buen tiempo en la cárcel, "pacifista".
Mientras tres de los agentes se llevaban a los camorristas arrestados al patrullero, en donde esperarían la llegada de refuerzos para poder llevarlos a la comisaría más cercana, el oficial a cargo de la patrulla caminó a donde estaba Lisa, que estaba arrodillada en el suelo cuidando a Rick como si su vida dependiera de ello. Por su parte, el comandante Hunter estaba acostado en el suelo, mirando hacia arriba y tratando de ignorar el dolor espantoso que le llegaba de todo el cuerpo... porque prácticamente esos pandilleros no habían dejado lugar de su cuerpo sin atender con sus golpes y patadas.
– Escuchamos algunos ruidos en nuestra ronda y vinimos para acá... lamentamos no haber llegado a tiempo – se disculpó el policía ante Rick y Lisa. – ¿Está usted bien?
– Estoy bien, oficial... muchas gracias – contestó Lisa, mirando luego a los detenidos mientras permanecían bajo vigilancia policial. – ¿Quiénes son?
– Gamberros... pacifistas... chicos con demasiado tiempo libre – respondió el oficial de la Policía Civil, escupiendo aquellas descripciones como si le parecieran un insulto. – Estamos teniendo muchos problemas con ellos hoy en día... usted sabe... las noticias y todo.
Lisa coincidía plenamente con el policía; si las cosas ya estaban tensas hasta el hartazgo entre los militares, la situación debía ser peor entre aquellos encargados de mantener la ley y el orden en la ciudad... que eran los que estaban siempre en primera fila cada vez que los pacifistas se movían en una de sus marchas, lo que los convertía en los blancos preferenciales de aquellos.
El agente de policía miró de reojo a los arrestados, que todavía estaban puestos contra el patrullero policial, y una mueca de asco se dibujó en su rostro.
Por su parte, Lisa estaba por decir algo... pero por el rabillo del ojo vio que Rick estaba intentando incorporarse, y naturalmente todo pasó a un segundo plano.
– ¡Rick! – exclamó ella entre el alivio y el temor. – ¿Estás bien?
Tras tantos golpes, era comprensible que Rick hubiera terminado medio mareado y algo atontado... de modo que Lisa ni le reprochó que tardara en contestarle, o que lo hiciera con un comentario tan incoherente como hilarante para ella.
– Wow... dos Lisas... soy un tipo con suerte...
Ella sonrió y una lágrima escapó de sus ojos humedecidos, mientras se agachaba para ayudar a Rick y de paso, revisar si había alguna secuela grave de la golpiza.
Por fortuna, no había nada grave en la superficie, lo que hizo sonreír de alivio a la comandante Hayes. Su novio no sólo tenía la cabeza dura como un roble, sino que también parecía tener un cuerpo tan resistente como dicho árbol.
– No tienes nada grave... – suspiró aliviada Lisa, haciendo que Rick le respondiera con desparpajo.
– Deberías ver cómo quedó el otro tipo, amor...
Los ojos de Rick se cruzaron con los de Lisa. En los de él había puro y absoluto amor; en los de ella había alivio por ver salvo y más o menos sano a su novio... y un poco de reproche por la pelea, que no se le escapó a Rick por más atontado que lo dejaran los golpes.
– No iba a dejar que te insultaran así...
– Te amo mucho... – repuso ella, rodeando con sus brazos a Rick y abrazándolo.
– Yo también...
Los dos probablemente terminarían besándose, de no ser porque el jefe de la partida policial creyó conveniente inmiscuirse para hacer una sugerencia amable, vista la condición que tenía Rick tras la golpiza.
– Si me disculpan, creo que lo más conveniente es que lo llevemos al hospital más cercano.
Más molesto por haber sido interrumpido antes de besar a Lisa que por cualquier otra cosa, Rick objetó la sugerencia.
– No me siento mal.
– Pero no pierde nada con una revisión – argumentó el policía en una envidiable muestra de sentido común. – Nos evitaríamos sorpresas desagradables.
Lisa aprobó la sugerencia del policía y después se lo hizo saber a Rick.
– Tiene razón, Rick.
Mientras ayudaba a Lisa a levantar a Rick, el agente de policía le hizo un ofrecimiento a la comandante Hayes que ella no tardaría en declinar.
– Si quieren, los podemos llevar---
– Tenemos el auto aquí mismo, muchas gracias.
– Por nada, señorita – respondió el agente de la Policía Civil para después volver a ocuparse de "su" pandillero. – Nosotros nos vamos a llevar a estos estúpidos para que aprendan la lección del día. Una vez más, les pido disculpas por no haber llegado a tiempo.
Lisa le sonrió al agente de la Policía y luego miró a Rick, que a pesar de estar tambaleante y aún un poco confundido por la tunda, se veía más firme y seguro que antes... y como si quisiera demostrarlo, él le pasó una mano por detrás a Lisa, apretándola contra su propio cuerpo
– Llegó más que a tiempo, oficial, no se preocupe – le aseguró Lisa al policía, mientras miraba con cariño a Rick. – Muchas gracias por todo.
El policía asintió y se despidió respetuosamente, incluso casi colocándose en posición de firmes al hacerlo.
– Que tengan una buena noche.
Mientras el agente de policía volvía a su patrullero y a sus prisioneros, Lisa se ocupaba de abrir la puerta del lado del acompañante, para después ayudar a Rick a sentarse con sumo cuidado, tratando de no causarle ningún tipo de dolor. Cuando Rick se sentó, Lisa hizo lo propio del lado del conductor, molestándose únicamente en hacer oficial su decisión a Rick con un anuncio que no admitiría crítica alguna
– Yo conduzco, Hunter. Ni se te ocurra discutirme.
– Ni que esté en condiciones, amor – repuso el piloto en medio de un arrebato de dolor.
Sin perder el tiempo, Lisa se abalanzó sobre Rick, tratando de no aplastarlo en el proceso, y lo besó con toda su alma en cuanto pudo hacerlo... y ella sintió que su corazón se estremecía al comprobar que Rick le devolvía el beso con ternura y cariño a pesar de todo...
Eso sólo la incentivó a redoblar sus esfuerzos y volver al ataque, aunque no lo hizo por mucho tiempo para no tentar la suerte con Rick.
Cuando finalmente dejó de besarlo y después de darse unos segundos para mirar esos ojos brillantes y azules que la tenían enloquecida, Lisa acarició el rostro de Rick y le hizo una pregunta muy sencilla.
– ¿Mejor?
– Un poco... – contestó Rick después de simular pensarlo muy seriamente. – Pero voy a necesitar más.
– Veremos qué dice el médico.
– ¡Hayes!
La comandante Hayes se limitaría a mostrarle la lengua a su piloto como única respuesta, para después encender el motor del auto y comenzar el viaje al hospital más cercano, en donde esperaba que aquella sorprendente locura pudiera tener un final tranquilo y sin consecuencias.
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Un breve paso por el hospital más próximo terminó por traer paz y alivio a Rick y Lisa; no había consecuencias más graves para el joven piloto que los magullones y moretones que tantos golpes le habían dejado en el cuerpo... aunque las heridas en el ánimo de Rick y de Lisa tardarían mucho tiempo en curarse.
Los incidentes habían dejado un amargo sabor de boca a los dos jóvenes. Hasta aquel momento, la tensión social y el descontento que imperaba en la ciudadanía los había tocado muy por encima, salvando situaciones como las vividas durante los coletazos del incidente de Indiana... pero era la primera vez que los dos experimentaban una agresión como aquella desde el final de la guerra.
A Lisa Hayes todavía la dominaba la misma rabia e impotencia que sintió cuando vio a aquellos pandilleros moler a golpes al hombre de su vida, sin poder hacer ella más que gritar y tratar de golpear a alguno de esos tipos, sin mayores resultados. No importaba que Rick le reasegurara una y otra vez que todo ya había pasado: para ella, esa horrenda situación la había dejado perturbada y dolida... un dolor que tardaría tanto en desaparecer como la furia que sentía hacia esos tipos.
Rick, por otro lado, no estaba para tantos devaneos emocionales. Todo lo que el joven piloto sentía en ese momento era un profundo y perdurable dolor... pero a causa de los golpes, no de otra cosa. Aunque en realidad, había algo que lo enfurecía mucho más que cualquier agresión en su contra, y eso era la sarta de insultos que aquel cobarde gamberro le había asestado a Lisa. Esas palabras espantosas todavía le hacían hervir la sangre y lo llenaban de una resolución fulminante por ir a golpear pacifistas donde quiera que estuvieran.
Aunque visto cómo estaban las cosas, quizás fuera preferible dejar que el día terminara de manera más o menos tranquila.
Ni bien salieron del hospital, Lisa se ocupó de avisarle a Claudia, a los Sterling y a Shelby de lo que había pasado, tranquilizándolos y asegurándoles que Rick no había sufrido mayores heridas... pero guardándose convenientemente todo lo demás para no irritarlos más de lo que estaban. Después de todo, la comandante Hayes estaba segura de que aquel maldito incidente no tardaría en empeorar el ya tenso clima que se vivía en la ciudad de Nueva Macross.
Por el momento, sin embargo, esas preocupaciones estaban lejos de su atención. Desde el momento mismo en que los dos regresaron a su casa, la primera prioridad de Lisa fue asegurarse de que Rick se sintiera lo más cómodo y tranquilo posible, para lo que lo condujo lentamente, sosteniéndolo con sus brazos, hasta el sofá de la casa.
En el trayecto, el joven piloto no pudo evitar quejarse de sus dolores, no porque no los resistiera, sino porque ya eran demasiado.
– Ouchhh...
– Ven por acá... – indicaba Lisa mientras ayudaba a Rick a moverse por el living, sin percatarse de que la pierna de su novio acabó golpeándose contra uno de los sillones.
– ¡Cuidado con mi pierna!
– Lo siento, amor...
El viaje de los horrores terminó bien rápido, justo cuando Rick sintió una nueva oleada de dolor que lo acometía desde sus golpeadas piernas.
– Aaggghhhhh...
– Ya, ya... – intentaba calmarlo Lisa mientras lo ayudaba a colocarse en el sofá. – Acuéstate por aquí...
Rick accedió al pedido de Lisa, cuidando de no forzarse demasiado con los movimientos, y después de un buen rato de maniobrar para no hacerse sufrir innecesariamente, el comandante Hunter pudo por fin acostarse boca arriba en el sofá y dejar descansar su golpeado cuerpo.
A su lado, Lisa tomó una silla y se sentó junto a él, sin dejar de sostenerle y acariciarle la mano... o de mirarlo a los ojos con ternura mientras él permanecía en el sofá.
– ¿Mejor?
– Un poco... – le contestó él, tratando además de tranquilizarla con una sonrisa dulce.
Ella sintió que el corazón se le estremecía de ver esa sonrisa en el rostro de Rick... ese rostro que ella adoraba y que ahora llevaba dos o tres feos moretones en distintos rincones, cortesía de un grupo de violentos que curiosamente se hacían llamar "pacifistas".
La mano de Lisa pasó suavemente por encima de esos moretones para acariciar a su novio, pero se detuvo cuando vio que Rick se sacudía levemente al contacto de su mano con su piel.
– ¿Todavía te duele?
– Sí... – le contestó él con tal voz de dolor que ella se conmovió.
– ¿Por donde?
El piloto señaló su mejilla izquierda, en especial un moretón oscuro que estaba bastante cerca de su ojo.
– Por acá...
Al instante, Lisa se agachó sobre él y posó sus labios en el sitio del moretón, dándole a Rick un beso suave y fugaz que le sentó mejor que cualquier medicina. Ella lo sabía y lo podía notar, ya que sintió cómo el piloto se estremecía con aquel beso y cómo en sus labios, y en sus ojos también, se dibujaba la sonrisa de un hombre enamorado.
Cuando Lisa terminó el beso, Rick volvió a poner cara de sufriente y se apresuró a indicar con su dedo un moretón que tenía en el lado izquierdo de la mandíbula.
– Y por acá...
Acto seguido, y para alivio infinito del piloto de combate, Lisa obró una vez más su magia, dándole a su novio un beso y una caricia que a ella le costó mucho no convertir en un nuevo arrebato de pasión... ella estaba interesada en que su novio no acabara con todos los huesos rotos aquella noche.
Pero esa no era la idea de Rick, que quería más y más Lisa en su vida... como ella lo notó cuando el joven, sonriendo traviesamente, señaló un moretón que tenía en el lado derecho de su frente, poniendo después su más practicada cara de sufrido.
– Y acá también... – insistió en quejarse Rick. – Me duele todo...
– Exagerado – le contestó Lisa con una sonrisa de fingido desprecio, lo que motivó una protesta viva y sentida de su novio.
– ¡Estoy sufriendo!
– El médico dice que no tienes nada más que unos raspones y moretones, pilotito.
Otra vez volvió a poner Rick una cara de sufrimiento agonizante, que junto con la intensa y dolida mirada azul de sus ojos, estuvo bien cerca de hacer que Lisa dejara atrás su repentina resistencia a seguir besándolo. Lo que Rick no había tenido en cuenta era que Lisa iba a bromear con él hasta el último momento... y que nada la haría cambiar de parecer.
Ni siquiera su lamento más lastimero.
– ¡Pero duelen como no te imaginas!
La comandante Hayes, aquella mujer que era su razón de ser y existir, simplemente entrecerró sus ojos verdes y se cruzó de brazos.
– ¿Y qué quieres que haga? – lanzó ella en tono desafiante.
La respuesta de Rick fue la ideal: sonrió con ternura e inocencia y trató de darle pena con toda su expresión, agregando algún leve chillido de dolor para hacer más completa la escena... señalándose además varios lugares de dolor en todo su cuerpo.
La idea del piloto era que Lisa captara el mensaje sin tener que decírselo.
Por suerte para él, Lisa ya era muy hábil para captar las indirectas no verbales de su novio.
– ¿Más besos?
– Si no es molestia... – le respondió él con una sonrisa que iba de oreja a oreja.
Ya no tenía sentido seguir haciendo sufrir a su novio, por lo que Lisa le sonrió y volvió a agacharse para así poder besarlo con mayor facilidad... el primer beso fue justo en la barbilla del piloto, en donde ella se dio el gusto de torturar de placer a Rick con su lengua; después sus labios fueron marcando un camino de amor por toda la barbilla del piloto, para terminar con una llegada triunfal a los labios expectantes del comandante Hunter en el mismo momento en que ella acariciaba la mejilla de Rick con sus manos.
Antes de hacer que aquel beso fuera algo inolvidable, Lisa se separó de él sólo lo suficiente para poder mirarlo a los ojos y decirle:
– Te los mereces, amor... has sido muy valiente.
Y después, Lisa se lanzó abiertamente a atrapar los labios de Rick en los suyos propios y demostrarle exactamente aquello que el piloto merecía por su valor; un beso tormentoso y cargado de cariño que a pesar de todo, era una pálida e insuficiente muestra de todo el amor que ella albergaba en su corazón por él.
De cualquier manera, ese beso fue lo bastante potente como para casi provocarle un paro cardíaco a Rick Hunter... a falta de eso, el piloto sintió que todo su cuerpo se estremecía de placer y de amor, al punto de hacerle olvidar, sólo por un instante, que había recibido una golpiza que lo había dejado con dolores por todo el cuerpo.
Sólo Lisa podía obrar esa magia en él... y sólo Lisa podía hacerlo sentir el hombre más dichoso de la Tierra con palabras como las que le dijo entonces, mientras él todavía no podía sacudirse ni la locura de aquel beso ni lo que sentía al ver esos ojos profundamente verdes.
– Estoy muy orgullosa de ti...
Él le pasó una mano por detrás de la cabeza y la acercó a él para que pudiera besarla fugazmente en los labios.
– Es lo menos que podía hacer, preciosa – le susurró Rick al oído, motivando que ella le contestara con emoción:
– Siempre tienes que ser mi caballero guardián...
De no ser porque estaba acostado y adolorido, Rick hubiera contestado a eso con una reverencia bien exagerada... pero como no podía hacerlo, el piloto debió contentarse con devolverle a su novia dos sencillas palabras.
– Para servirte.
Como forma de demostrarle lo agradecida que estaba por el servicio, Lisa volvió a inclinarse sobre él para besarlo, pero en su afán de dejarse enloquecer por los labios de Rick, ella no reparó en que su codo terminó por apoyarse con demasiada fuerza en el pecho de Rick, provocándole a su novio un dolor demasiado intenso como para mantenerlo callado por mucho tiempo.
– Ouch...
Rápidamente Lisa levantó el codo y acarició el lugar donde había estado apoyado, mientras le preguntaba a Rick con súbita preocupación y culpa:
– ¿Todavía te duele?
– Un poco – admitió él; ya le era imposible negar lo obvio.
Lisa pensó unos instantes antes de decidirse a actuar. Los besos podían ser lindos e innegablemente placenteros, pero si quería ayudar a Rick, entonces tenía que apelar a recursos más drásticos y duros. Ella no se lo diría en aquel momento, pero estaba dispuesta a hacer lo que fuera para hacerlo sentir mejor y más cómodo... simplemente se lo debía, después de todo el cariño y devoción que él tuviera para con ella luego del derribo de su transporte.
Lo menos que podía hacer para recompensarlo después de un mes entero de ayudarla en su convalecencia, era darle una pequeña mano con las secuelas de esa cobarde golpiza.
Y lo haría, lo quisiera Rick o no.
– Date vuelta – ordenó repentinamente Lisa, dejando con eso muy confundido a un Rick que estaba listo para recibir un nuevo beso, no una orden directa.
– ¿Por qué?
A juzgar por su mirada, Lisa no iba a admitir ni críticas ni dudas, sólo obediencia estricta a sus órdenes. Estaba con esa expresión que Rick tildaba de "señora, sí señora"... y Rick sabía que cuando Lisa estaba de ese humor, la alternativa a la obediencia era la decapitación sumaria por dentellada letal.
Así como la amaba, había ratos en los que Rick le temía a su novia.
– Hazlo – insistió ella, rompiendo así con la última resistencia de Rick.
– Está bien.
Con mucho esfuerzo y cuidado, y no sin buenas dosis de dolor en todo el cuerpo, Rick giró sobre sí mismo para poder darle la espalda a su novia, tras lo cual esperó en silencio a que ella le dijera qué diablos tenía en mente para los dos... pero no se atrevió a preguntarlo, temiendo malas consecuencias para su ya de por sí comprometida integridad física.
Rick no debió esperar mucho más; la siguiente orden de Lisa no tardó en llegar.
– Quítate la camisa.
Más por instinto que por otra cosa, el piloto reaccionó de manera defensiva... aún cuando ella fuera la que tuviera todas las riendas en aquel momento particular.
– ¡Lisa!
Ella sólo lo atravesó con la mirada y le hizo una única pregunta.
– ¿Vas a quejarte?
– No, pero... – balbuceó el piloto, sabedor de que no tenía defensa ante ella. – ¿Qué quieres hacer?
Lisa no dijo absolutamente nada: simplemente esperó a que él obedeciera su orden y se quitara (trabajosamente, dado el dolor que sentía) la camisa, dejando su espalda totalmente descubierta y expuesta a lo que su novia tuviera en mente para él.
Y como estaba cabeza abajo, el comandante Hunter no supo de qué se trataba hasta que sintió dos manos que le empezaban a acariciar la espalda, recorriéndola rítmicamente de arriba a abajo con movimientos suaves y pausados, que al principio le hicieron sentir dolor por todos lados, pero que no tardaron en provocarle ondas cada vez más intensas e irresistibles de placer y tranquilidad.
Ella obraba magia con sus manos, no había otra explicación... y bien pronto, la respiración y los latidos del corazón del piloto estaban en perfecta sincronía con los masajes que Lisa le daba de manera admirable.
¿Dios santo, cómo podía ser que la mereciera? Le alegraba el día con una risa o una broma, lo estremecía con una mirada de aquellos ojos profundos e intensos, lo hacía sentir el ser más dichoso del mundo con un simple beso, lo enloquecía de pasión cada vez que hacían el amor... y como si todo eso no fuera suficiente, ahora también resultaba ser que podía curarle los dolores con unas pocas y hábiles pasadas de sus manos.
Rick se sintió tentado de mirarla, para confirmar que fuera una humana y no un ángel venido del Cielo... pero no lo hizo; no tenía ninguna intención de romper la magia o de perturbar el masaje que recibía.
– Ah... – suspiró Rick casi sin pensarlo; hasta ese punto estaba enloquecido de alivio.
Sin siquiera verla, Rick supo que ella había sonreído... y después la sintió más cerca de él que nunca, despertándole escalofríos cuando escuchó la voz suave, susurrante y melodiosa de Lisa Hayes a distancia peligrosamente cercana de su oído.
Se escuchaba como música...
– ¿Mejor?
No podía ocultarlo ni podía mentirle, por lo que Rick debió admitir la pura verdad a su novia.
– Ahora sí...
Ella sonrió una vez más y lo besó en la nuca primero y después en la espalda, aparentemente ignorante del efecto que sus besos tenían en Rick Hunter... o por el contrario, más que consciente de ello, ya que podía ver cómo reaccionaba Rick: con estremecimientos, escalofríos y suspiros de amor que le conmovían el corazón a la joven Lisa Hayes.
Dios, lo amaba tanto...
– Rick Hunter, esto es lo que ganas por ser el hombre más valiente y noble que conozco... – suspiró ella al oído de Rick. – Te amo...
Y las manos de Lisa Hayes, aquellas manos que habían curado el dolor que los médicos fueron incapaces de tratar, retomaron su mágico y sensual recorrido de la espalda de Rick Hunter, quien por su parte estaba muy cerca de descubrir que hasta los dedos de Lisa transmitían amor puro.
Al cabo de diez minutos de masajes, Rick ya casi ni recordaba que su cuerpo le había estado doliendo como los mil demonios apenas un rato antes, e incluso se sintió lo suficientemente aliviado como para acometer la empresa de llevar a Lisa junto a él en el sofá, cosa a la que ella no sólo no se resistió, sino que colaboró entusiastamente para hacerle más fácil las cosas a Rick.
Una vez que los dos estuvieron juntos en el sofá, los besos volvieron a llevar a la joven pareja a la felicidad.
Esa noche que había visto momentos de tensión y espanto en las vidas de Rick Hunter y Lisa Hayes, pasaba sus últimas horas con aquellos dos jóvenes tranquilos y seguros en su casa, restañando las heridas del cuerpo y del alma con la fuerza de su amor.
Para Rick Hunter y Lisa Hayes, eso era algo perfectamente natural.
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Domingo 12 de agosto de 2012
Con el pasar de los meses, el almirante Henry Gloval había aprendido a odiar aquella sala.
Odiaba cada instante que tenía que pasar en la Sala de Situación del Centro de Gobierno. Odiaba el ambiente opresivo y claustrofóbico que tenía el lugar cada vez que se llenaba con las máximas figuras del Gobierno de la Tierra Unida. Odiaba la boiserie de madera que recubría las paredes, odiaba la iluminación siempre demasiado baja que irritaba su vista, odiaba (cosa extraña en un fumador inveterado como él) el olor persistente a tabaco que tenía el lugar, odiaba las pantallas de televisión y el inmenso planisferio iluminado que estaba allí para marcar los sitios problemáticos del planeta.
Sobre todas las cosas, Gloval odiaba cada ocasión que le hacía concurrir a la Sala de Situación, porque inevitablemente terminaba tratándose de algún nuevo desastre para el Gobierno o para las fuerzas militares que él comandaba.
Y aquel día no era la excepción.
A pesar de algunos encuentros informales con el Primer Ministro y la ministra de Defensa sobre el tema, la reunión oficial se había demorado unos cuantos días, dado que muchos de los ministros del GTU estaban en distintos lugares del mundo cumpliendo tareas oficiales, además de que los equipos de investigadores habían requerido algunos días para tener datos firmes y teorías concretas que presentar ante el Gobierno y los altos mandos militares.
Gloval no necesitaba que le dijeran cuál era la razón de aquella junta de emergencia de los miembros del "comité de crisis" del GTU: sabía exactamente de qué se trataba desde el instante en que uno de sus asistentes le informara, con la cara totalmente pálida de temor, que el senador Lynn Kyle había convocado a una nueva manifestación de protesta al SDF-1, en repudio de la legislación de seguridad propuesta por el Primer Ministro... y de lo que él llamaba "el burdo silenciamiento" de Henri Loizeau.
Una mueca fea oscureció el rostro de Gloval. Todo el asunto de Loizeau había sido una catástrofe desde el primer momento para las Fuerzas de la Tierra Unida, tanto en lo que hacía a su imagen pública como hacia dentro de la propia institución... pero jamás iba a hacer que Gloval o cualquier otro oficial pensara siquiera en ultimar a Loizeau para tratar de sacar algún rédito político que sólo existía en las afiebradas mentes de desequilibrados como Lynn Kyle.
Bastaba con leer la carta póstuma de Loizeau para entender lo que había ocurrido... y a Gloval todavía se le erizaba la piel cada vez que recordaba lo que había sido para él leer el original de dicha carta, que le había sido acercado por los investigadores de la Policía Militar.
Un hombre decente y honorable, un héroe de guerra respetado por todos y merecedor de la lealtad casi fanática de sus subordinados, un oficial cabal y meritorio como Henri Loizeau, había sido llevado al extremo de quitarse la vida por una combinación de mala fortuna, imprevisión y desmesura política.
Y allí estaban pagando el precio todos los máximos dirigentes del GTU; un precio que Loizeau había sido el primero en pagar mediante un sencillo disparo de su reglamentaria.
Pero Loizeau había sido sólo el primero, recordó Gloval con incontenible furia: Lisa Hayes y Rick Hunter habían sido los siguientes. La sangre del almirante hervía en sus venas cuando rememoraba la noticia de la cobarde agresión de aquellos pandilleros contra dos de sus mejores oficiales... un ataque que él sintió tan cercano y doloroso como si las víctimas hubieran sido sus propios hijos.
Todo eso contribuía a que el almirante Gloval no estuviera precisamente de ánimo contemporizador para aquella junta, y que se mantuviera junto con los dos coroneles que lo acompañaban, en un estado de frío silencio totalmente ajeno a las charlas y murmullos de los demás funcionarios del Gobierno.
De cualquier manera, todas las conversaciones callaron cuando la puerta de la sala se abrió de par en par para que entrara el Primer Ministro. Curiosamente, Pelletier venía con una sonrisa en el rostro que, cuando menos, no se condecía con el ánimo tenso que reinaba en la Sala de Situación.
– Buenas tardes a todos – saludó Pelletier a sus ministros y asesores, quienes contestaron de manera apagada y como lo exigía el protocolo del GTU.
– Primer Ministro.
Poco después, Pelletier se sentó en la cabecera y desplegó un par de revistas sobre la mesa, tomando luego una de ellas y señalando una nota en particular, mientras la sonrisa que portaba se hacía cada vez más grande.
– ¿Sabían que un grupo fundamentalista en Nueva Houston afirma que si se toman las letras que forman mi nombre completo y se las procesa mediante un algoritmo elaborado a partir de un código supuestamente hallado en la Biblia, terminan formando la frase "Baphomet, hijo bastardo de Satanás enviado para la condenación del hombre"?
Una vez que superaron la confusión y la sorpresa, algunos de los ministros se dieron el gusto de una risa para festejar el hallazgo del Primer Ministro, quien parecía también muy interesado en reír... dadas las circunstancias.
Algunos de los presentes, en cambio, mantuvieron las caras de póker.
El almirante Henry Gloval fue uno de ellos.
– Esa es sólo una de las mejores historias que he leído sobre mí en los últimos días – continuó Pelletier, tomando después la otra revista y marcando otro artículo. – Esta otra revista, aparentemente, me coloca en el puesto número 32 de los cincuenta pentagenarios más sexies del mundo.
La expresión de disgusto de Gloval, tanto por la situación como por todo lo que traía encima, se hizo imposible de ocultar... menos que menos para el Primer Ministro de la Tierra Unida.
– No sé por qué la cara, almirante – le reprochó con sorna Pelletier, para después marcar otro punto en particular de aquel artículo. – Usted está en el puesto 26.
Ahí los demás miembros del Gabinete, incluido el propio Gloval, se permitieron reír un poco, aunque más allá de la chanza no lograran encontrar ningún motivo de risa. Pero al menos, les venía bien despejarse al menos unos cinco minutos y así poder encarar el resto de los asuntos con un ánimo un poco mejor.
Claro que no tenían cinco minutos... ni siquiera llegaron a tener dos minutos completos antes de que el Primer Ministro cambiara por completo la expresión.
– Señores, pasemos a lo serio – anunció Pelletier para abrir la junta, y su mirada entonces se clavó en el alto y delgado oficial de uniforme azul. – Almirante Gloval, ¿cómo diablos pudo suicidarse Loizeau si estaba bajo vigilancia?
El tono de reproche no le cayó bien a Gloval, pero esta vez sí fue capaz de guardar mejor sus emociones cuando respondió de manera técnica y escueta la pregunta del Primer Ministro.
– Creemos que Loizeau mantenía un arma oculta en algún lugar de su dormitorio.
– ¿Y por qué nunca revisaron su dormitorio? – intervino entonces el ministro de Finanzas, con perplejidad rayana en la incredulidad.
– Porque nunca hubo una orden de allanamiento contra su domicilio, ministro – le contestó con tono cortante el almirante Gloval, a quien no le gustaba para nada el tono empleado por su interlocutor. – ¿O sugiere que deberíamos haber revisado su casa de manera ilegal?
El rostro del otro ministro se arrugó de ira, y su tono igualó en frialdad al de Gloval.
– No, almirante. Sólo que debería haber extremado las precauciones en el caso.
Mientras Gloval lo fulminaba con la mirada, el ministro de Finanzas calló por un segundo antes de terminar la idea que quería que el almirante comprendiera plenamente... más cuando de él dependió aquel desastre desde el primer día.
– Ahora todo el mundo va a pensar que fuimos nosotros los que decidimos "terminar" a Loizeau.
– O peor aún – acotó la ministra de Justicia, dándole una mirada torva a Gloval y sus asistentes. – Que fueron ustedes, por su cuenta.
Ante el ataque de los dos políticos, Gloval parecía listo para saltarles al cuello y lo hubiera hecho, de no ser por la inverosímil intervención de otro encumbrado personaje del Gabinete del Gobierno de la Tierra Unida.
– Bueno, no le dediquemos tanto tiempo al asunto. Loizeau se suicidó y eso ya es un hecho de por sí irrevocable – habló entonces Svetlana Gorbunova, mirando luego al resto de sus colegas del Gabinete. – Lo que tendría que preocuparnos es lo que va a ocurrir desde ahora.
Satisfecho con la manera en que su ministra de Defensa había contenido la situación antes de que se saliera de control, Marcel Pelletier sonrió y retomó las riendas de la junta, recobrando en ese momento la atención indivisa de todos sus ministros y principales funcionarios.
– Específicamente, con nuestro senador favorito. ¿Para cuándo convocó su nueva marcha?
– Para mañana mismo a las 11 de la mañana, Primer Ministro – le confirmó el ministro de Seguridad, Eliezer Eitan, sin necesidad de leer la carpeta que contenía todos los datos. – Recorrerán la ruta desde el Centro de Gobierno hasta el SDF-1.
– Por sólo 39,95 si utilizan sus millas de manifestante frecuente – bufó con desparpajo el ministro de Asuntos Diplomáticos, cuyo odio hacia Lynn Kyle sólo era un secreto para los ermitaños.
Se desató una nueva ronda de risas entre el Gabinete, que hubiera durado un buen rato de no ser por la interrupción seca de Pelletier.
– Señores.
Casi como si fueran escolares regañados, los demás asistentes a la reunión callaron y cambiaron las risas y comentarios por gestos serios y atentos.
– Muy bien, quiero opciones, damas y caballeros – reclamó Pelletier de sus ministros y funcionarios. – La violencia en las calles ya está saliéndose de control con todos estos incidentes. Evidentemente, el senador Lynn está dispuesto a prenderle fuego a esta ciudad y eso es algo que no pienso permitir. Así que la pregunta es sencilla: ¿qué hacemos?
Todas las miradas convergieron en el ministro de Seguridad, y Eliezer Eitan estaba listo para el desafío.
– Los planes de contingencia que elaboramos con la Municipalidad de Nueva Macross incluyen un despliegue adicional de personal policial en el área de manifestación, tomando a efectivos asignados actualmente a labores administrativas y redesplegando momentáneamente personal afectado al patrullaje de la ciudad. Creemos que con eso podremos mantener una cobertura casi total de todo el trayecto de la manifestación.
Pelletier asintió y estuvo a punto de preguntar algo más, de no ser porque se vio interrumpido por el mismísimo almirante Gloval. Éste, por su parte, vio que era la oportunidad perfecta para poner en discusión algo que sus equipos de planificadores habían estado desarrollando por su cuenta desde hacía varios meses para una situación como aquella.
Podía ser una propuesta que a Gloval le pusiera los pelos de punta con sólo pensarla, pero para el almirante, no había otra alternativa más que la que él tenía; los planes del ministro Eitan pecaban de ser demasiado blandos para lo que requería la hora.
– Señor, tengo una propuesta.
– Adelante, almirante – lo invitó Pelletier, con sorpresa y curiosidad por saber qué tenía en mente Gloval.
Una vez recibida la venia de Pelletier, Gloval le hizo un gesto a uno de sus ayudantes.
– Coronel...
El coronel se levantó de su asiento y alistó el proyector de diapositivas para una presentación, ocupándose luego de bajar las luces para que nada perturbara la exposición.
– Es un plan de operaciones, nombre clave "Ventisca" – comenzó a relatar Gloval, cambiando las diapositivas mientras avanzaba con su explicación. – Básicamente, consiste en un despliegue preventivo de las unidades terrestres del Distrito Militar Nueva Macross en la ciudad, como paso previo ante un posible ataque enemigo... o ante la posibilidad de disturbios generalizados y colapso de la autoridad.
Mientras los ministros observaban los gráficos y mapas de la presentación, el almirante Gloval continuaba exponiendo su propuesta a los funcionarios del GTU... sin percatarse de que varios de ellos estaban atónitos ante lo que veían: un plan detallado hasta el más mínimo elemento para poner a la capital del GTU en manos militares.
– "Ventisca" apunta a contener cualquiera de estas situaciones mediante un despliegue rápido de nuestras fuerzas, contando con la sorpresa y la conservación de la iniciativa para prevenir movimientos hostiles, o al menos, morigerar sus efectos.
La diapositiva mostró entonces un listado de unidades militares del Ejército, cada una identificada por su designación y su escudo de armas; todas ellas estaban acantonadas en la capital o en las bases aledañas.
– Todas las unidades del Distrito Militar tienen un papel asignado en Ventisca, y para que entren en acción sólo se requiere una orden – concluyó Gloval, dejando que su mirada se enfocara en Pelletier mientras culminaba la frase.
Con la presentación terminada, el coronel volvió a subir las luces y regresó a su asiento. El resto de los asistentes permaneció en silencio y sin decir nada sobre lo que vieron... hasta que el Primer Ministro rompió con el silencio, despertando allí mismo la inquietud del propio almirante Gloval.
– Déjeme ver si le entendí, almirante Gloval... – dijo Pelletier en un tono que fue de la consulta al pedido de explicaciones. – ¿Usted sugiere que declaremos la ley marcial en la ciudad?
El almirante tragó saliva: a él le gustaba aún menos la idea... pero eso no quitaba que la considerara completamente indispensable en aquel momento, aún cuando eso fuera de choque contra las posturas más moderadas del Primer Ministro.
– Señor, a estas alturas creo que es necesario poner un coto a toda esta situación.
– ¿Sacando al Ejército a la calle? ¿Aún después de lo que ocurrió la última vez que sus tropas se hicieron cargo de la seguridad?
– No tenemos ninguna garantía de que esta nueva marcha vaya a ser pacífica... más si recordamos lo que ocurrió la última vez – argumentó Gloval. – Me parece prudente que nos adelantemos a los hechos y tratemos de prevenir mayores tragedias.
Pelletier miró incrédulo a Gloval, como si no pudiera concebir que se estuviera proponiendo esa opción en la junta.
– Almirante, está proponiendo arrojar combustible al fuego – trató de hacerse entender el Primer Ministro, sin perder la autoridad ni por un instante. – Lynn Kyle no va a detenerse sólo porque vea soldados en la calle... y menos los enfervorizados que lo siguen.
Gloval se irguió en su asiento, y para inquietud del Gabinete, le contestó al Primer Ministro de manera que podía tomarse como ligeramente irrespetuosa de su comandante en jefe.
– Con todo respeto, señor... pero la opción que enfrentamos es dejar que Kyle nos queme o levantar un cortafuegos.
Pelletier fusiló con la mirada a Gloval, como si el almirante hubiera pretendido tirar abajo su gobierno con aquella propuesta. El resto del Gabinete calló, dejando que las dos figuras más prominentes del GTU siguieran siendo el centro de la tensión en esa junta... pero lo que ninguno esperó fue que uno de los ministros interviniera en la discusión.
– Concuerdo con el almirante Gloval, señor – declaró el ministro de Asuntos Diplomáticos, que miró alrededor de la mesa para buscar apoyo entre sus colegas del Gabinete. – Con los antecedentes de Lynn Kyle y sus anteriores manifestaciones, nada nos garantiza que esto tenga un buen final si lo dejamos marchar tranquilo.
De pronto, la ministra de Defensa pareció querer hacer su propio aporte, aunque inmediatamente se guardó su comentario y trató de pasar inadvertida... cosa que le fue imposible, ya que Pelletier había notado toda la escena desde el primer momento y no iba a dejar que la responsable civil de las Fuerzas de la Tierra Unida se quedara callada en ese momento de tensión entre él y Gloval.
– ¿Svetlana?
La ministra de Defensa tardó un poco en contestar; era obvio que estaba buscando las palabras apropiadas y más "políticas" para exponer su opinión... señal de que lo que iba a decir no sería precisamente del agrado de Pelletier.
Y no lo fue.
– Si bien la opción del almirante no es muy agradable, no creo que haya una salida agradable para todo este asunto – sentenció Gorbunova para consternación de sus colegas del Gabinete.
No hizo falta que Pelletier le pidiera a Gorbunova que se aclarara, ya que la sola cara del Primer Ministro lo solicitaba de manera urgente, y la ministra de Defensa, que no estaba acostumbrada a retroceder en esas situaciones, no tuvo ningún empacho en poner sobre la mesa lo que para ella era la verdad absoluta sobre el tema.
– Mal que nos pese, puede haber llegado el momento de apelar a medios excepcionales para mantener la ley y el orden, especialmente si corremos el riesgo de un caos civil generalizado.
– Y yo estoy en contra – repuso la ministra de Justicia, sin disimular su rivalidad hacia su colega de la cartera de Defensa. – Tener al Ejército en la calle sería inflamatorio, por no decir que pondría al resto de la población en un estado de temor e incertidumbre.
Asintiendo vigorosamente, el ministro de Educación expuso su propia opinión al respecto.
– Si ya estos muchachos se le atreven a la Policía, no quiero imaginarme lo que le harán a los soldados si los ven patrullando por las calles de la ciudad.
Por un instante, pareció como que todo el Gabinete iba a meterse en el debate, pero tal cosa no ocurrió... sólo hubo un extenso y tenso silencio en la Sala de Situación, mientras cada ministro estudiaba los rostros de sus colegas con la esperanza de determinar qué pensaban al respecto, y por lo tanto, si era seguro o no declararse a favor o en contra de alguna de las dos posturas.
Gloval, por otro lado, calló mientras los políticos se hacían cargo del asunto, pero no hizo ningún esfuerzo por ocultar su punto de vista duro y decidido. La expresión del almirante era de tensión y determinación, y más de un ministro prefirió desviar la mirada para no verse acribillado por los ojos fríos del Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida.
Para el almirante, la situación era simple: Kyle amenazaba con el caos y la ciudad no iba a poder resistir ese caos recurriendo a los medios normales. Pero lo que no era simple para Gloval era procesar la reticencia de Pelletier a hacer lo necesario... y en momentos en los que la irritación del almirante estaba llegando a un punto crítico, empezar a ver a su comandante en jefe civil como un potencial timorato no fue algo de lo más reconfortante.
Como si Pelletier hubiera notado que Gloval esperaba de él que mostrara decisión, el Primer Ministro se acomodó en la silla y se inclinó hacia adelante, mirando específicamente al ministro de Seguridad.
– Ministro Eitan, coordine con la Policía Civil para que coloquen personal adicional de seguridad en el área de la manifestación. E incluya carros hidrantes en el despliegue, por si hay que disolver la marcha por la fuerza... cosa que creo probable. Y redoble la seguridad en todos los edificios de Gobierno... a partir de ahora y hasta que esto termine, quiero que su personal esté en alerta permanente, por si algún revoltoso o terrorista quiere aprovechar la situación.
– Sí, Primer Ministro – respondió el susodicho ministro.
Después de esa confirmación, el Primer Ministro de la Tierra Unida fijó su atención en el Supremo Comandante, sin perder el tiempo en ir al grano.
– Almirante Gloval, su plan queda rechazado.
En el interior del almirante se produjo una reacción que prometía ser explosiva, pero que por obra del autocontrol de Gloval, solamente quedó en una protesta viva y estentórea.
– ¡Señor!
– Lo siento, pero me parece que poner al Ejército en la calle traerá más problemas de los que puede resolver – se adelantó a replicar Pelletier. – En estos momentos, nuestra prioridad debe ser buscar la pacificación y tranquilidad de la sociedad, no enfervorizarla con medidas espectaculares que nos pueden costar caro.
El ceño de Gloval se frunció aún más.
– Debo insistir, señor.
– Y yo debo rechazar una vez más su propuesta, almirante. La ley marcial no es la solución.
Gloval no contestó a eso, por más que en ese momento estuviera del otro lado de la discusión; el almirante prefirió que Pelletier explicara su parecer, con la espera de hallarle algo de sentido a todo el asunto.
– Si los manifestantes intentan algo contra el SDF-1, su personal de Policía Militar deberá ser suficiente para contenerlos – instruyó Pelletier ante el silencio revelador de Gloval. – Puede desplegar elementos adicionales de Policía Militar para el caso, pero nada más. Menos aún tropas de Infantería.
Si Marcel Pelletier reparó en la mirada asesina que el almirante Gloval le asestó en ese momento, no lo demostró ni allí ni más tarde. A fin de cuentas, el Primer Ministro estaba más ocupado en llevar a esa junta a una reunión satisfactoria, por lo que tras recorrer una a una las caras de sus ministros, les comunicó de manera sencilla y escueta su punto de vista sobre toda la situación.
– Nuestra única oportunidad es tratar de capear el temporal, señores.
Desafortunadamente para Pelletier, había allí en esa sala muchos que pensaban que para capear el temporal iba a hacer falta algo más que buenas intenciones y medidas tibias.
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En la soledad de su oficina, cuando las luces ya habían caído sobre Nueva Macross, el almirante Gloval cavilaba en soledad, con la única compañía de su infaltable pipa. De tanto en tanto, el almirante le echaba un poco de tabaco a la pipa y la volvía a encender, para después darle algunas pitadas y dejar que sus pensamientos vagaran, como solían hacerlo, en una nube de humo.
El humo lo ayudaba a pensar... y esa noche Gloval tenía mucho por pensar.
Todavía estaba irritado por la reciente reunión con el Primer Ministro y su Gabinete... pero como si eso no hubiera sido suficiente, como si no hubiera bastado con tratar de hacerle entender a Pelletier que permitirle a Kyle que realizara otra marcha iba a ser una invitación al caos en Nueva Macross, el nuevo día había traído la noticia de la agresión contra Lisa Hayes y Rick Hunter.
Gloval había llamado telefónicamente al comandante Hunter y a la comandante Hayes para cerciorarse de que los dos estuvieran bien y fuera de problemas... un gesto amable y preocupado que no calmó en absoluto la furia que llevaba dentro el almirante.
Hasta ese momento, Gloval había estado tolerando la creciente animadversión entre militares y civiles, intentando componer entre las partes y mantener la disciplina en las filas que comandaba, pero como todo en la vida, llegaba un punto en que las fuerzas de un hombre ya no eran suficientes para afrontar lo que la vida le estaba lanzando.
Y que esos pandilleros hubieran querido atacar a Lisa Hayes, e hirieran a Rick Hunter en el intento, era el colmo para Gloval. A partir de ese momento, se habían acabado las contemplaciones.
En la mente de Gloval se sucedían las imágenes de un pavoroso futuro, un futuro que él veía como probable si Kyle conseguía incendiar Nueva Macross con las llamas de su retórica encendida. Un futuro de conflicto, caos y disturbios en un mundo urgido de tranquilidad para reconstruirse.
No podía culpar a Pelletier por pretender una salida tranquila y consensuada de aquella crisis, una que de preferencia no acabara con más muertos en la calle, pero desafortunadamente el almirante sabía bien que a veces, la única elección es cuánta carga se estaba dispuesto a llevar en la conciencia.
Entonces, si el Primer Ministro no estaba dispuesto a hacer lo necesario para poner un freno a ese revoltoso, pues él lo haría.
A fin de cuentas, no era la primera vez que Henry Gloval desafiaba la voluntad del GTU... aunque esta vez, debió reconocer el almirante, ya no era un capitán renegado y exiliado por los altos mandos. Ahora él era el hombre del que dependían todas las tropas de la Tierra Unida.
Y sus acciones iban a tener repercusiones inmediatas.
Pues bien, que se lo culpe por actuar y no por quedarse sin hacer nada.
Después de mirar por unos minutos a la ciudad de Nueva Macross, que transitaba las últimas horas de aquel día, el almirante giró la silla y tomó el teléfono que estaba sobre su escritorio. Sólo le bastó marcar dos números que conocía de memoria para que quedara hecha la llamada a un edificio militar ubicado a unas pocas cuadras del SDF-1.
A pesar de la hora, el almirante Gloval no tuvo problemas en que le atendieran la llamada en el edificio central del Distrito Militar Nueva Macross, el mando encargado de las operaciones militares en el área de la capital.
Tras identificarse (y provocarle un principio de infarto al pobre operador de la línea), el almirante Gloval pidió que se lo comunicara con el brigadier Connor Mayhew, el comandante del Distrito Militar Nueva Macross y máximo responsable de la guarnición militar. Ante un pedido del Supremo Comandante de la Tierra Unida, nadie en el comando del Distrito Militar osó demorar más de lo indispensable, y fue así que el tiempo de espera de Gloval fue sorprendentemente breve.
– Brigadier Mayhew, habla el almirante Gloval. Ejecute el Plan Ventisca de inmediato – ordenó el almirante en cuanto su subordinado atendió la llamada. – Estamos en una situación de emergencia, brigadier, así que debemos desplegar nuestras fuerzas cuanto antes... esperaré sus reportes, Connor. Buena suerte.
La llamada duró menos de dos minutos, pero acabó por poner en marcha grandes cosas.
Terminada la llamada, el almirante Gloval se hundió en el sillón y se tomó un buen respiro. Necesitaba reponer sus fuerzas, porque aquella iba a ser una larga noche.
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Las órdenes de implementar el Plan Ventisca se transmitieron rápidamente por la red de comunicaciones militares, poniendo en marcha a las unidades militares en el área de Nueva Macross en cuestión de minutos.
A aquella hora de la mañana, los cuarteles militares de la capital y de su periferia estaban en su estado más bajo de alistamiento; sólo el personal de la guardia nocturna estaba despierto y listo para actuar al momento de recibirse las órdenes.
Pero eso no significaba que no se pudiera alistar rápidamente a las fuerzas militares.
Al momento de recibir las órdenes, la primera reacción de los oficiales de guardia en cada una de las bases militares adscriptas al Distrito Militar Nueva Macross fue la de comprobar la autenticidad de lo que habían recibido, cosa que los procedimientos normales preveían con el habitual grado de detalle y anticipación. Una rápida lectura de los códigos que antecedían y concluían a las órdenes, y una aún más rápida revisión de los registros de claves de comunicaciones, probaron sin lugar a dudas que las órdenes procedían del comandante del Distrito Militar, y a través de éste, del mismísimo Cuartel General de las Fuerzas de la Tierra Unida.
Eso bastó para que muchos de los oficiales de guardia se sacaran de encima la modorra y reaccionaran con presteza, poniendo en marcha todos los procedimientos para tener a las unidades militares en condiciones de actuar.
Tras recibir las órdenes y verificar su autenticidad, cada oficial de guardia tomó el teléfono y marcó el número del oficial comandante de su respectiva unidad... que en casi todos los casos había estado durmiendo. Con sólo decirles a sus superiores que se había puesto en marcha algo llamado "Plan Ventisca", los comandantes de las unidades inmediatamente entraron en acción, como si la mismísima ciudad estuviera bajo ataque en ese mismo instante... aunque no fueron pocos los mayores, tenientes coroneles y coroneles con mando de tropas que reaccionaron con improperios a las llamadas que los habían despertado.
Las llamadas siguieron atiborrando la red de comunicaciones militares durante la primera media hora. Al terminar esa primera media hora desde la emisión de las órdenes, todos los oficiales con mando de tropas en la ciudad de Nueva Macross estaban en sus respectivos cuarteles, actuando junto a sus planas mayores para poner a sus unidades en movimiento.
Las disposiciones del Plan Ventisca, que todos los oficiales superiores del Distrito Militar conocían muy bien, estaban orientadas a poner a toda la guarnición militar de la capital en alerta inmediata ante una emergencia o riesgo contra la seguridad de Nueva Macross, garantizando un tiempo de respuesta mínimo y un despliegue inmediato y extendido de las tropas por toda la ciudad que permitiera resguardarla de cualquier amenaza. Ventisca era parte de los planes militares normales, y con el objetivo de responder rápidamente, todo había sido planificado con un grado de detalle rayano en la obsesión, de tal manera de no dejar nada librado al azar o que introdujera demoras a una rápida puesta en marcha de la operación.
Cada unidad, incluso a los niveles más bajos de la organización militar, tenía un sitio asignado en el plan de operaciones de Ventisca, al punto tal que cada teniente que comandaba un pelotón sabía bien cuál iba a ser el sitio de operaciones de los cincuenta soldados bajo su mando. Puentes, intersecciones de grandes avenidas, accesos a las autopistas, los aeropuertos civiles, las estaciones de radio y televisión, los principales edificios públicos, todos los lugares más importantes de la ciudad de Nueva Macross estaban cubiertos por las disposiciones del plan Ventisca.
El plan había sido ensayado una y otra vez, con el mismo grado de minuciosidad y exigencia que insumía la preparación para el combate, y fue por eso que las reuniones de planeamiento de cada unidad militar fueron en su mayoría asuntos rápidos orientados a poner en marcha a las tropas cuanto antes.
La miríada de sonidos que hacían todos aquellos soldados corriendo de un lugar a otro dentro de sus bases no podía pasar desapercibida... el sonido de todo un ejército despertándose de sus descansos, armándose y preparándose para salir. Un sonido de pasos vivos, de motores encendiéndose, de órdenes y respuestas dichas a los gritos. No había pasado ni siquiera una hora del momento en que se recibieron las órdenes, para que el personal de todos los batallones del Ejército en el área de Nueva Macross estuviera listo para entrar en acción o muy cerca de estarlo.
Y pasada una hora y media de la activación oficial del Plan Ventisca, los portones de todos los cuarteles militares en Nueva Macross se abrieron.
De los portones abiertos emergieron rápidamente docenas de vehículos blindados de transporte de personal, que llevaban en su interior escuadras de soldados armados como para ir a la guerra, acompañados por los más livianos y ágiles vehículos Hummer, y por camiones de transporte de color verde oscuro.
Disgregándose en pequeñas formaciones, todos los vehículos militares se adentraron en las calles de Nueva Macross, llevando a las tropas a los puntos que les habían sido asignados en la planificación de Ventisca.
Solo aquellos pocos que por trabajo o casualidad estaban despiertos mientras la gran ciudad dormía fueron testigos de las primeras tropas que entraban a Nueva Macross.
En las calles y autopistas de la ciudad, los conductores de camiones y los taxistas que manejaban sus vehículos como usualmente lo hacían a esas horas fueron los más sorprendidos de ver convoyes de transportes militares avanzando por las arterias de la ciudad en perfecta formación.
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Lunes 13 de agosto de 2012
Ser el presidente del inmenso conglomerado mediático que era Macross Broadcasting System y por eso dirigir los destinos de uno de los diez multimedios más grandes del mundo era un trabajo exigente hasta el extremo, lo que daba por resultado que Lester McNeish valorara cada minuto que podía dormir junto a su esposa como si fuera lo más preciado del mundo.
Aquella noche no era la excepción; luego de un día tan agotador como los demás, sólo que un poco más que lo habitual, el presidente de la MBS dio por terminadas sus labores a las diez y media de la noche y se retiró a la lujosa propiedad que poseía en el elegante distrito neomacrossiano de Rosemont, en donde una cena reparadora, una buena charla con su esposa y el acto cotidiano de sentarse a ver las Noticias de medianoche en MBS-2 fueron todo lo que McNeish hizo antes de acostarse a dormir.
Lester McNeish venía teniendo un descanso muy bueno que, de haber sido por él, se hubiera prolongado por días... pero desafortunadamente, sólo le duró una hora. El teléfono de su mesa de velador repicó una y otra vez con su chillido molesto, despertando a regañadientes al presidente de la MBS... que no tardó mucho en decidir que la llamada podía irse al mismísimo diablo.
Pero el teléfono seguía sonando y McNeish no podía conciliar el sueño... y tampoco su esposa, que gruñía más fuerte con cada repique, hasta que el sonido del aparato fue demasiado para ella y la hizo colocarse la almohada sobre la cabeza para tapar el ruido del teléfono.
Fue ahí que McNeish se rindió y tanteó la mesa hasta dar con el teléfono, el cual se llevó al oído con un movimiento brusco... aunque no tan brusco como la manera que tuvo de responder la llamada.
– ¿Quién mierda es?
Una voz masculina levemente temblorosa se escuchó del otro lado del teléfono.
– Le pido disculpas, señor presidente---
– ¡¿Quién es?! – exclamó McNeish, sin dejar terminar de hablar al otro hombre.
– Ariel Theroux, señor... – se presentó el hombre, que hablaba con la plena conciencia de que lo que estaba haciendo podía costarle el trabajo. – Estoy a cargo de los Estudios Centrales en la madrugada...
McNeish levantó la cabeza y trató de ver la hora en su reloj despertador. Estaba todavía muy dormido, así que le costó un poco superar la visión borrosa y alcanzar a distinguir la hora que marcaba el indicador digital del reloj, aunque a fin de cuentas, la hora exacta no era tan importante como el hecho de haber sido despertado por esa llamada nunca suficientemente maldita.
– ¿Por qué me despertó a la... una menos cuarto de la madrugada, Theroux? – preguntó McNeish con un tono irritado.
Hubo un instante de silencio del otro lado de la línea... lo suficiente como para que McNeish fuera capaz de distinguir otras voces que hablaban cerca de Theroux.
Por alguna razón que no supo explicarse, escuchar esas voces erizó la piel del presidente de la MBS... y fue todavía peor cuando finalmente escuchó la explicación que le dio Theroux.
– Es que hay un oficial militar en el edificio, señor... está exigiendo que pongamos a la emisora bajo control militar para transmitir un mensaje.
Dejando de lado la inquietud, lo que McNeish acababa de escuchar era tan irracional que no podía ser tomado en serio. No era el Día de los Inocentes, pero ciertamente tenía todo el aspecto de ser una broma muy mala.
Naturalmente, Lester McNeish no reaccionó bien al dato que le acababa de pasar su empleado.
– Si esto es una broma, Theroux, puede considerarse despedido...
Theroux se agitó aún más, y su voz sonaba como si el pobre hombre estuviera a segundos de una taquicardia.
– Señor, quisiera que lo fuera, pero para este hombre no es una broma...
Más voces podían escucharse del otro lado de la línea, haciendo que McNeish dejara de lado su molestia por haber sido despertado y se preguntara qué era lo que podía estar pasando. Por instinto, el presidente de la MBS tomó el control remoto e intentó prender el televisor, pero Theroux dijo algo que dejó helado a McNeish e incapaz de creer lo que estaba ocurriendo.
– Tampoco es una broma para los soldados armados que trajo como compañía.
– ¿Qué dijo? – preguntó atónito el presidente de la MBS.
Tal era el silencio que se hizo en la línea que McNeish creyó escuchar cómo Theroux tragaba saliva antes de repetirse.
– Hay soldados en el edificio... soldados armados... y dicen que tienen órdenes de transmitir un anuncio por televisión.
McNeish se incorporó súbitamente, sujetando el teléfono como si se le estuviera a punto de caer de la mano. El presidente de la MBS ya no era un hombre cansado y molesto por haber sido despertado a medianoche, sino que parecía alguien que estaba enfrentándose a una situación extremadamente imprevisible y confusa... una situación que requería decisión ejecutiva e inmediata.
– Voy hacia allá – anunció McNeish, tras lo cual escuchó que Theroux colgaba el teléfono.
Inmediatamente, el presidente de la Macross Broadcasting System se levantó de la cama, haciendo caso omiso a los gruñidos apenas inteligibles de su esposa, con los que ella trataba de retenerlo en el lecho e impedir que se fuera de allí. Para el momento en que la señora McNeish fue capaz de abrir los ojos y tratar de ver qué estaba ocurriendo, su esposo ya estaba con los pantalones puestos y forcejeando para ponerse una camisa.
Quitarse el pijama y ponerse algo medianamente decente le llevó cinco minutos, llamar a un chofer para que tuviera listo el automóvil cuanto antes le tomó otros tres minutos, y después de eso, Lester McNeish ya estaba completamente preparado para afrontar lo que sea que estuviera ocurriendo en los estudios de televisión de la cadena.
Sin embargo, ni Lester McNeish ni los empleados de turno en los estudios televisivos de la MBS serían ni los primeros ni los últimos habitantes de Nueva Macross en verse envueltos por la vorágine de aquella incipiente madrugada.
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Cuando el teléfono suena a una hora poco propicia como aquella, la reacción natural de toda persona es aventarle un zapato al aparato para callarlo. Sin embargo, aún en el sueño más profundo la razón tiene espacios por los cuales salir, evitando así que las personas actúen siguiendo sus reacciones naturales.
La primera cosa que Rick Hunter hizo fue tratar de hundir su cabeza en la almohada, esperando que ésta pudiera atemperar el repique del teléfono y hacerlo lo suficientemente inocuo como para que él pudiera seguir durmiendo... pero todo su afán por lograr ese objetivo fue en vano: el teléfono continuaba sonando con perversa insistencia, en apariencia determinado a arruinar el necesario descanso de los comandantes Rick Hunter y Lisa Hayes.
Habiéndose quedado sin opciones a las que recurrir, el comandante Hunter exhaló una maldición y quiso abrir los ojos, mientras se estiraba para tratar de tomar el teléfono inalámbrico que perturbaba su sueño desde su sitial en la mesa de luz.
Justo cuando estaba por tomar el aparato, Rick Hunter sintió que una mano pequeña pero firme lo tomaba por el hombro, impidiéndole así continuar moviéndose.
A esa voz le siguió entonces una orden tajante, que no por sonar amodorrada tenía menos autoridad.
– No atiendas, Rick...
– Está bien, amor... – gruñó Rick Hunter sin dudarlo, abandonando su intento y prefiriendo ocuparse de abrazar a su novia enfurruñada y semidormida.
A pesar de la intención de Rick y Lisa, el teléfono no dejó de sonar ni por un instante.
Como buena oficial militar que era, la comandante Lisa Hayes estaba acostumbrada a adaptar sus movimientos a las circunstancias imperantes... y siendo que el teléfono no dejaba de sonar por más que ella quisiera ignorarlo y le ordenara a Rick hacerlo, no cabía otra opción más que reconocer lo obvio.
– Atiende, Rick – ordenó Lisa, a lo que Rick contestó de manera solícita:
– Ya va, amor.
Tanteando en la oscuridad y rogando en silencio no tirar nada al suelo, Rick trató de tomar el aparato de teléfono para atender la llamada, y con cada intento fallido, más maldiciones irreproducibles se le cruzaban por la cabeza.
– Hunter – gruñó Rick cuando pudo finalmente atender el teléfono. – Si esto no es por una buena razón, puede irse al---
– ¡Cállate y escucha, Hunter!
En su estado de somnolencia, Rick tardó mucho en reconocer la voz que le gritaba desde el otro lado de la línea, pero cuando finalmente lo hizo su reacción fue una de gran confusión.
– ¿Shelby? ¿Qué te pasa?
– ¿Que qué me pasa, hombre? – le contestó incrédulo y a los gritos el capitán Shelby. – ¡¿Acaso estás dormido?!
– Para serte honesto---
Antes de que Rick terminara de explicar lo que para él era obvio, Shelby lo interrumpió con un grito feroz... y cuando Rick se preguntaba por qué estaba gritando tanto su colega del Ejército, en la línea pudo escucharse el ruido de vehículos moviéndose.
– ¡Nos están sacando a la calle, Rick!
– ¿Quién puede ser tan enfermo para hacer un ejercicio a esta hora?
– ¡Ningún ejercicio, Rick! – insistió Shelby hasta el paroxismo. – ¡Llegaron órdenes hace un rato... están sacando al Ejército a la calle!
– ¿Qué?
Era tan absurdo e increíble lo que Shelby estaba diciendo que a Rick le pareció que estaba todavía inmerso en un sueño, y llegó al punto de pellizcarse para ver si no estaba dormido.
– No tengo idea de por qué... – dijo el del Ejército, deteniendo a Rick cuando ya estaba por pellizcarse el trasero. – Sólo sé que las órdenes vinieron de muy arriba. Nos quieren a todos con uniformes de combate y armados para una "situación de emergencia" en la ciudad...
– ¿Incluidos los Destroids?
– Dije todos, Hunter – le contestó Shelby con impaciencia.
En ese momento, Rick reconoció la necesidad de bajar un poco el ánimo de la conversación y ser un poco más amistoso.
– Está bien, está bien... gracias por avisar, Dan.
– Ni lo menciones, Rick – le contestó ya un poco más tranquilo el capitán Shelby. – Una última cosa...
– Adelante.
Hubo una breve pausa en la conversación, luego de la cual Shelby volvió a hablar... aunque sonaba muy distinto del oficial duro e irritado que había sido apenas unos minutos antes.
– Si algo llega a pasar... mantenme al tanto de Karin, ¿quieres?
Rick esbozó una sonrisa traviesa y bromista al escuchar ese pedido, que al margen de las bromas y habladurías sonaba sincero y sentido.
– ¿Te pusiste sentimental?
– Idiota.
– No te preocupes, Dan – le aseguró Rick, tranquilizando sobremanera a su amigo del Ejército de la Tierra Unida.
– Gracias... – respondió Shelby antes de despedirse. – Adiós, comandante... me están llamando.
Sin esperar a que Rick le respondiera, Shelby colgó el teléfono, dejando del otro lado de la línea a un Rick Hunter semidormido que sostenía en su mano un aparato de teléfono sin entender qué diablos podía estar pasando en el mundo.
El estado confuso de Rick acabó cuando escuchó los gruñidos de Lisa detrás suyo... y terminó por desaparecer cuando sintió las manos de su novia posándose en sus hombros a modo de abrazo y sostén a la vez. Por instinto, Rick besó la mano que más cerca tenía, lo que hizo que Lisa se aferrara con más fuerza a él, para después recostar su cabeza sobre la espalda descubierta del piloto al tiempo que murmuraba una pregunta.
– ¿Quién era?
– Era Shelby, amor... dice que---
Antes de que Rick pudiera explicarle a Lisa aquella extraña conversación, un sonido apagado pero retumbante comenzó a ganar intensidad en el dormitorio de los dos jóvenes oficiales.
Ese sonido era muy similar al de varios motores en movimiento... pero no podía ser... el sonido se escuchaba cada vez más cercano a Rick y Lisa, al punto que la cama parecía empezar a temblar... el rugido de aquel sonido se tornaba progresivamente más estridente y escalofriante, hasta que finalmente Rick no pudo soportarlo más y se levantó de la cama.
– ¿Qué diablos...? – exclamó Rick mientras caminaba medio a los tumbos hasta la ventana del dormitorio.
Y lo que vio al llegar a la ventana dejó al piloto con la sangre helada en las venas.
Frente a su casa, una formación de transportes blindados de tropas avanzaban por la calle a baja pero constante velocidad, con las luces frontales encendidas y encandilando cualquier cosa que se hallara en su camino. Encaramados al tope de los transportes de tropas, varios soldados vestidos para el combate atendían las armas de sus vehículos, aunque nunca apuntaban a nadie... sólo se mostraban amenazantes.
Como si una docena de transportes de tropas moviéndose por una calle residencial (aún en un barrio militar) no fuera algo de por sí extremadamente amenazante.
Uno a uno pasaban los vehículos frente a la casa de Rick y Lisa. Él miraba el espectáculo con la fascinación del terror, incapaz de pronunciar sonido alguno ante esa imagen imponente de poderío militar moviéndose por las calles, como si el mundo estuviera a punto de entrar en guerra una vez más. Nada de lo que estaba viendo tenía sentido para el piloto, nada de lo que pudiera pensar podía siquiera explicar esa imagen que se desarrollaba frente a sus ojos.
Nada en lo absoluto.
Entonces, Lisa se arrimó al piloto, igualando la sorpresa de su novio cuando ella pudo ver lo que estaba ocurriendo en la calle. Por instinto, la mano de Lisa buscó la de Rick y la apretó con fuerza, mientras de sus labios sólo salía una palabra que bien podía ser una maldición, una plegaria o un exabrupto...
– No...
– Lisa... – murmuró Rick sin dejar de ver lo que ocurría en la calle.
La voz de Lisa sonó baja e incrédula... y ella tampoco miró a su novio cuando le contestó.
– ¿Qué?
– ¿Qué está pasando?
De mil amores, la comandante Elizabeth Hayes deseaba tener una respuesta a esa pregunta... porque era la misma que ella se estaba haciendo.
Afuera de la casa, en la que hasta entonces era una tranquila calle del barrio militar de Nueva Macross, los transportes blindados continuaban su avance hacia el interior de la ciudad.
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Aún a esa hora de la madrugada, la Central de Operaciones de Defensa bullía de actividad, con todas sus estaciones atendidas por el personal que había sido convocado de urgencia tras la activación del Plan Ventisca.
Todo el personal de la Central, oficiales, suboficiales y enlistados, se mantenían plenamente alertas y atendiendo las consolas puestas a su cargo, para asegurarse de que ningún detalle de la implementación del Plan Ventisca pasara desapercibido para los encargados de la operación. Muchos de ellos estaban preocupados e inquietos por lo que ocurría, pero su disciplina y profesionalismo eran lo suficientemente fuertes como para imponerse y mantenerlos en pleno cumplimiento de sus deberes.
En el mismísimo módulo de control de la Central, desde donde habitualmente el oficial a cargo monitoreaba toda la actividad en aquel medular centro de comando, el almirante Henry Gloval en persona estaba presidiendo la implementación del Plan Ventisca, acompañado por algunos pocos altos oficiales del Estado Mayor y del Distrito Militar de Nueva Macross.
La mente del almirante Gloval era un hervidero de emociones encontradas y de inquietudes que lo acosaban.
El Supremo Comandante era perfectamente consciente de que lo que había hecho era algo sumamente grave, y que tendría consecuencias imprevisibles en un escenario que ya de por sí estaba bastante convulsionado... pero todo eso palidecía ante lo que para Gloval eran las consecuencias de dejar que Lynn Kyle hiciera lo que quisiera.
Su última marcha hacia el SDF-1 había terminado en un desastre sin atenuantes para todos... y el almirante no iba a permitir que aquel agitador llevara a la ciudad al caos en su búsqueda de un idealismo absurdo.
El Primer Ministro era un hombre decente y honesto que hacía lo mejor que podía, pero sencillamente no entendía cómo funcionaba Lynn Kyle... no lo conocía tan bien como lo conocía Gloval. Pelletier no sabía que a Kyle no se le podía dejar el menor espacio libre, ni sabía que el senador estaba tan convencido de la santidad de sus ideas que para él era inconcebible transigir con alguien que no las aceptara de corazón. El senador por Denver-Colorado era un fanático irrecuperable, capaz de sumir al mundo en caos con tal de ver sus ideas convertidas en realidad.
Gloval sabía que permitir la marcha de Lynn Kyle había sido un error sumo de parte del Gobierno... y si el Gobierno no estaba dispuesto a hacerse cargo, él lo haría.
No sería la primera vez que Gloval desobedeciera las órdenes del Gobierno, a fin de cuentas.
De pronto, un coronel del Ejército que se había mantenido al habla en el teléfono colgó el aparato y se cuadró frente al almirante Gloval, reclamando su atención.
– Está hecho, almirante... tenemos retenes en todas las autopistas de acceso a la ciudad, y en los principales cruces de avenidas.
– ¿Qué hay del aeropuerto? – quiso saber el almirante, y el oficial no tardó en responder.
– La Fuerza Aérea se ocupó de eso... dentro de diez minutos, ningún avión podrá despegar, aterrizar o moverse sobre la ciudad sin permiso militar.
– Manténganme al tanto – ordenó Gloval, para luego notar que otro de sus oficiales estaba de pie junto a él y alcanzándole el auricular de un teléfono. – ¿Qué pasa?
– Es el capitán Montgomery en la línea tres, señor.
Con tantas cosas en la cabeza, al almirante le fue imposible recordar quién era ese capitán Montgomery y por qué habría de ser tan importante que hablara con él.
– ¿Montgomery?
– El oficial que enviamos a los estudios de la MBS – explicó rápidamente el oficial.
– Ah... pásemelo – respondió Gloval luego de recordar de qué se trataba todo, tomando entonces el auricular del teléfono y llevándoselo al oído. – ¿Capitán Montgomery, cuál es la situación?
– Tuvimos algunos entredichos con el personal de la cadena pero ya los hemos resuelto, señor – reportó el joven capitán del Ejército que se había hecho cargo de las cosas en los estudios de la cadena de televisión, tras un largo altercado con el presidente de la MBS. – Estamos listos para transmitir el anuncio cuando usted lo disponga.
En la Central de Operaciones, Gloval asintió satisfecho, pero todavía quedaban algunas cosas por atender.
– ¿La seguridad en los estudios?
– Tengo a un pelotón entero de infantería manteniendo guardia en torno al edificio de estudios, señor – anunció confiado el oficial del Ejército. – Hasta el momento no parece que vayamos a tener más problemas.
– Buen trabajo, capitán. Continúe informándome.
– ¡Sí, señor!
Devolviéndole el auricular a su asistente, el almirante Gloval caminó hasta la baranda del módulo de comando y se tomó un breve respiro.
Las cosas estaban marchando de acuerdo al plan: las tropas estaban tomando posiciones en los sitios estratégicos de la ciudad, la cadena de televisión y las estaciones radiales ya estaban bajo supervisión militar, y todos los accesos a Nueva Macross estaban bajo la vigilancia estricta de las tropas de la Tierra Unida.
Gloval miró uno de los relojes digitales del módulo de comando. Eran las tres en punto de la mañana. Después de apenas tres horas de despliegue, ya había una sólida presencia militar en las calles de Nueva Macross.
A partir de ese momento, empero, sólo Dios sabía cómo iban a salir las cosas.
Los soldados de Gloval estaban armados y listos para reaccionar ante cualquier desorden, pero no había manera de saber cómo iban a tomar los habitantes de Nueva Macross la noticia de que su ciudad estaba bajo ley marcial. A pesar de que el almirante y los oficiales que estaban al frente del Plan Ventisca confiaban en que las cosas podrían mantenerse bajo control, la experiencia práctica le decía al almirante que lo único seguro era que nada saldría como se lo había planeado.
Al menos, Gloval esperaba darle al Gobierno algo de tiempo para recapacitar y ponerse en orden... pero si no lo hacía, si el Primer Ministro no entendía razones y se negaba a hacer lo necesario, el almirante temía que las cosas acabaran saliéndose de control por completo.
De todas formas... era preferible que antes las cosas hubieran pasado por el control de sus tropas y no que hubieran sido dejadas al arbitrio de Lynn Kyle.
Algo llamó entonces la atención del Supremo Comandante. A pocos metros de él, un teniente estaba al teléfono en una de las estaciones adyacentes del módulo de comando, y por lo que Gloval podía ver, el hombre estaba en una posición de firmes que no escondía una inquietud espantosa. Sea lo que sea, lo que aquel hombre estaba escuchando en el teléfono era lo suficientemente serio como para poner a un teniente del Ejército de la Tierra Unida al borde de un ataque de nervios.
Los temores de Gloval quedaron confirmados cuando el teniente giró sobre sus talones y trató de alcanzarle el teléfono al Supremo Comandante, quien notó que su subordinado estaba con cara de haber visto a la Parca... o al menos, de haberla escuchado.
– ¿Qué pasa ahora?
El teniente trató de hablar pero el aliento lo traicionó en el momento clave. Después de una rápida tragada de saliva, el oficial finalmente comenzó a hablar.
– Almirante...
– ¡Hable, hombre! – lo azuzó el almirante, sin darse cuenta de que lo había interrumpido a mitad de la frase. – ¿Qué está pasando?
– Es el Primer Ministro, señor... por la línea prioritaria.
Un frío espantoso recorrió la espalda de Henry Gloval; tal parecía que una de sus peores previsiones estaba cerca de convertirse en realidad.
Alrededor del almirante, la mención de las palabras "Primer Ministro" había puesto a todo el personal del módulo de comando en guardia... y las miradas de todos esos oficiales convergieron en el alto y delgado almirante, que parecía haberse quedado petrificado por emociones imposibles de ser descritas por los otros.
– ¿Qué quiere que haga, señor? – inquirió cortésmente el teniente tras comprobar que su máximo superior de uniforme se había quedado callado por espacio de varios segundos.
– Déme el teléfono, teniente.
No tardó el teniente de deshacerse del teléfono como si le estuviera quemando las manos, apresurándose a volver a su estación en cuanto Gloval tomó el aparato en sus manos.
Mientras todos los oficiales del módulo lo miraban, Gloval se llevó el auricular del teléfono a la boca y se hizo cargo de la conversación al instante.
– Gloval.
– ¿Se puede saber qué diablos está haciendo, almirante? – espetó del otro lado el Primer Ministro de la Tierra Unida, con un tono que denotaba una irritación que no conocía límites... una irritación sólo explicable por el hecho de haber sido despertado a mitad de la madrugada por la noticia de que había tropas desplegándose por Nueva Macross sin órdenes suyas.
Antes de responder, el almirante Gloval llenó sus pulmones de aire e hizo lo posible por calmarse... no convenía ir al choque de entrada.
– Ocupándome de un riesgo para la seguridad de esta ciudad, señor. Le advertí que Lynn Kyle era una verdadera amenaza para este Gobierno, y no voy a tolerar que se observe así nomás cómo ese revoltoso nos lleva al borde de la guerra civil.
– Almirante Gloval, usted conoce las órdenes que le di sobre este tema.
– Y usted sabe que yo estoy en absoluto desacuerdo al respecto. Al igual que muchos de sus ministros.
– Su desacuerdo es irrelevante – dijo terminantemente Pelletier, aún más irritado por haberle sido recordado el profundo debate en su gabinete acerca de qué hacer con la marcha de Kyle. – Lo que sí importa es que usted recibió una orden directa y legítima de su comandante en jefe y está actuando abiertamente en contravención a las mismas. En mi libro, eso se llama insubordinación.
La palabra "insubordinación" encendió algo en Henry Gloval que difícilmente podría ser apagado... todo el orgullo personal del almirante, todo su ser militar, entraron en combustión al escucharse siendo tildado de insubordinado.
– Y en el mío, se llama "preservar y proteger al Gobierno de la Tierra Unida", Primer Ministro – replicó Gloval con frialdad. – Aún de sus propios errores.
Toda la paciencia y circunspección de Marcel Pelletier explotó en ese instante, dejando al Primer Ministro en un estado de furia que lo hizo seguir la discusión con su máximo comandante militar a los gritos.
– ¿Quién diablos se cree que es para juzgar si el Gobierno está equivocado o no, almirante?
– Señor, como ya le he dicho, estoy preservando al Gobierno de la Tierra Unida. Nuestras tropas sólo están tomando posiciones de manera preventiva para impedir que los revoltosos se adueñen de la ciudad.
Si las palabras con las que Pelletier le contestó al almirante Gloval hubieran sido realmente filosas, el Supremo Comandante habría quedado tajeado por todos los costados.
– Está moviéndose para derrocar al gobierno, almirante. Porque eso es lo que parece que está haciendo.
– Estoy previniendo una nueva serie de incidentes, señor – se defendió Gloval, sintiendo cada vez más rabia por todo el asunto. – Permitir que Lynn Kyle continúe con sus manifestaciones sólo llevará al caos.
– ¿Es imbécil, almirante? Siga con esta locura y convertirá a Lynn Kyle en un problema diez veces más grande de lo que es ahora. ¿O no sabe cómo se fabrica un mártir?
La frase de Pelletier dejó al almirante en un estado de confusión que le impidió contestar de entrada... y le dio suficiente tiempo al Primer Ministro como para hacer la única ofrenda de paz que estaba dispuesto a hacer en esa crisis estúpida y explosiva.
– Gloval, le daré una oportunidad de salir de esto... retire de inmediato a sus tropas de la ciudad.
Los dedos del almirante tamborilearon sobre el auricular del teléfono, al tiempo que Gloval no podía evitar morderse el labio inferior.
"Ojalá pudiera, Primer Ministro... pero me temo que ya no estamos para salidas tan sencillas..."
– Señor, no puedo hacer eso.
Casi podía sentirse el frío del silencio en el que había caído la línea telefónica... pero el silencio no era ni la décima parte de lo frías que fueron las siguientes palabras del Primer Ministro de la Tierra Unida.
– Si usted sigue adelante, almirante, no seré yo el responsable de las consecuencias...
La respuesta de Gloval fue igual de fría y determinada.
– En ese caso, señor, si yo soy el responsable... tendré que seguir adelante.
– ¡ALMIRANTE GLOVAL!
Sin más por decir, el almirante Gloval caminó para poder colgar el teléfono, aunque pudo escuchar la voz exaltada del Primer Ministro a cada momento.
Cuando colgó el teléfono, Gloval se sintió extrañamente tranquilo, como si acabara de aceptar el destino que había trazado con su decisión. En un arrebato de comparación histórica, el Supremo Comandante de la Tierra Unida se encontró pensando si esa misma sensación de calma y resignación que tenía era la misma que había sentido Hernán Cortés luego de quemar sus buques.
Esa sensación no le duró mucho al almirante Henry Gloval; una súbita náusea lo atacó casi al instante, pero no logró quebrantar al Supremo Comandante o hacerle perder la dignidad.
Incorporándose, Gloval miró a sus oficiales, que se habían quedado quietos y silenciosos, todavía tratando de procesar lo que habían escuchado de la conversación entre el almirante y el Primer Ministro. Aunque aquellos hombres estaban confundidos e inquietos, el almirante Gloval no podía permitirse que se dejaran llevar por la confusión, de modo que se decidió a ponerlos una vez más en marcha.
– Continúen.
El Plan Ventisca seguía su curso.
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A primeras horas de la madrugada, los ciudadanos de Nueva Macross ya no podían ignorar que había algo muy serio ocurriendo en su ciudad.
Aquellos que habían estado despiertos y en la calle para ver el despliegue impresionante y ominoso de las tropas de la Tierra Unida por toda la ciudad no habían perdido el tiempo para correr a sus casas o marcar el número de sus amigos y familiares en sus celulares. Muchos de los llamados no recibieron respuesta, por estar sus destinatarios demasiado dormidos o demasiado desganados como para atenderlas, pero hubo otros que sí fueron contestados, y en esos casos la pregunta que se hacían los ciudadanos de Nueva Macross era la misma:
¿Qué diablos estaba pasando?
La reacción instintiva de los residentes de la ciudad fue correr a sus televisores y encenderlos, esperando ver en las transmisiones de la MBS alguna novedad que pudiera explicar por qué las calles de Nueva Macross estaban repletas de soldados, vehículos blindados... y tanques.
Para frustración de los neomacrossianos, los servicios televisivos de la MBS estaban fuera de servicio, como lo explicaba un mensaje difundido simultáneamente por MBS-1 y MBS-2, que comunicaba a los televidentes que por varias razones la transmisión permanecería interrumpida hasta nuevo aviso, además de urgir calma a los ciudadanos y pedirles perdón por las molestias ocasionadas.
Aquel pedido de perdón, escrito con letras en las pantallas de todos los televisores de la ciudad, provocaron una oleada nunca antes vista de zapatos arrojados a los aparatos de TV, lanzados por ciudadanos inquietos por lo que ocurría... que se estaban poniendo cada vez más nerviosos.
No había ningún problema con Radio MBS, excepto que no había ni un miserable reporte de noticias: todo lo que las cuatro emisoras radiales de la MBS transmitían era música, música y más música... que a muchos les pareció como un pobre intento de calmar a las fieras.
Con la televisión muerta y la radio alternando entre Mozart, Metallica y Minmei de acuerdo al humor de la estación, los ciudadanos hambrientos de noticias recurrieron a la más vieja fuente de información: el comentario pasado boca a boca.
Fue natural y esperable; los que estaban en la calle tendieron a juntarse unos con otros a comentar lo que estaba ocurriendo y a averiguar si alguien más sabía qué podía estar pasando en la ciudad. A esos grupos se les fueron juntando los residentes de los edificios de departamentos más cercanos, los transeúntes y todos los que trabajaban por las madrugadas, congregándose en grupos cada vez más grandes de personas curiosas e inquietas.
En esos grupos, abundaban los rumores de todo tipo y color. Se barajaban hipótesis que iban desde un ejercicio sorpresa de las tropas acantonadas en la ciudad, a una maniobra preventiva a causa de algún evento que hubiera ocurrido en otro lugar del continente, a la preparación ante un posible ataque Zentraedi... los rumores y habladurías estaban a la orden del día.
Los que más al tanto estaban de los vericuetos de la política y de las cosas que venían ocupando las portadas de los periódicos, naturalmente, pensaron ante todo en los desacuerdos que había entre el Primer Ministro y los máximos comandantes militares... e instintivamente atribuyeron los movimientos del día a un intento de golpe de Estado.
Y como todos los otros rumores, éste corrió de boca en boca con la velocidad de la luz, moviéndose de un grupo de ciudadanos al otro, atravesando calles y avenidas, plazas y parques, barrios comerciales y residenciales, hasta que la habladuría de que estaba ocurriendo un golpe de Estado cundió por toda la ciudad.
La inquietud de muchos neomacrossianos se convirtió en temor genuino cuando se empezó a ver cómo los soldados se desmontaban de sus vehículos de transporte y tomaban posiciones por toda la ciudad, instalando retenes de control y bloqueos en las principales avenidas de Nueva Macross y montando guardia en los edificios más estratégicos de la urbe.
La foto de una docena de transportes de personal estacionados en la calle sobre la que se erigía el colosal Centro de Gobierno de la Tierra Unida, captada por la cámara de un teléfono celular, fue la imagen más transmitida por teléfonos y correos electrónicos en aquellas primeras horas.
Pero nada provocó tanto revuelo como el anuncio, en muchos casos hecho a los gritos y desde las ventanas de los edificios, de que la televisión parecía estar volviendo a transmitir.
Hubo verdaderas estampidas humanas por escaleras y ascensores para volver a los departamentos, o por las calles para llegar a algún bar con televisión... tan hambrientos estaban todos por saber qué estaba pasando, que nadie reparaba en esfuerzos.
Finalmente, a las tres y cuarto de la mañana y ante cientos de miles de afiebrados teleespectadores congregados en torno a los televisores como si fueran el Santo Grial, los canales de la MBS difundieron un mensaje hablado y pregrabado. No se podía ver a la persona que daba el mensaje... porque la única imagen que ocupaba las pantallas de televisión era el emblema oficial de las Fuerzas de la Tierra Unida.
Pero a pesar de todo eso, ni una mosca voló mientras el mensaje se propalaba a través de la televisión y la radio.
– A partir de este momento, se declara el estado de ley marcial en la ciudad de Nueva Macross. Se establece un toque de queda entre las 2200 y las 0600 horas. Toda reunión pública de más de ocho personas queda prohibida hasta nuevo aviso. Se solicita a los ciudadanos mantenerse atentos a las directivas militares, y dirigir todas sus consultas a la unidad militar más cercana a su domicilio – instruía la dura voz que leía el mensaje, para luego hacer un anuncio más duro aún. – Todos los delitos contra la vida, la propiedad, o el funcionamiento de los servicios públicos, serán penados de manera sumaria y severísima. Este anuncio se repetirá en todos los medios de comunicación cada media hora...
La reacción al anuncio fue dispar, pero idéntica en una única cosa: en la estupefacción que provocó a todos los habitantes de Nueva Macross.
Lejos de aplacar sus temores, el anuncio sólo los había exacerbado. La noticia de que la ley marcial había sido declarada en la ciudad era algo extraordinario y desconcertante, que en algunos causó miedo y en otros un cierto alivio... quizás de pensar que con las tropas en la calle, las cosas ya podrían calmarse un poco en la convulsionada capital del GTU.
El anuncio militar se despidió de las pantallas con una simple frase.
– Gracias por su cooperación...
Menos de dos horas después, los primeros rayos del sol alumbraron los rascacielos y edificios de la ciudad de Nueva Macross, bañando a la capital de la Tierra Unida con una luz tenue y levemente anaranjada que se reflejó intensamente en los pulidos ventanales de los edificios. La luz dispersó las tinieblas y penumbras de la noche, permitiendo a los habitantes de Nueva Macross ver mejor las cosas en su ciudad y moverse por las calles con más confianza y seguridad.
Pero lo que la luz del alba reveló a los habitantes de Nueva Macross fue algo más inquietante que cualquier oscuridad.
Tropas desplegadas por toda la ciudad... transportes militares ocupando las calles... la imagen perturbadora de soldados vestidos y armados para el combate patrullando por las avenidas de la ciudad... los principales edificios de la ciudad custodiados por tropas del Ejército... y el imponente operativo de seguridad montado en las inmediaciones del Lago Gloval, con tanques, transportes blindados y utilitarios rodeando como un cerrojo el lecho donde reposaba el inmóvil SDF-1, ocupados por soldados alertas y listos junto con sus armas.
Las implicaciones de todo aquello no se le podían escapar a ningún ciudadano de Nueva Macross.
Para las cinco de la mañana, cuando ya había amanecido por completo, no quedaba duda de que toda la ciudad de Nueva Macross estaba bajo control militar.
Y el día recién comenzaba.
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NOTAS DEL AUTOR:
* En respuesta a la consulta que me hiciera Matías en su review del capítulo anterior: en efecto, se supone que Dan Shelby es el piloto de Destroid que aparece en el capítulo 29 de Robotech. Como necesitaba un personaje de las fuerzas de tierra y ese era el único que tenía un nombre y cierta familiaridad (dado que Rick lo llama por su primer nombre, "Dan"), lo tomé como base y a partir de ese personaje y ese nombre fui creando a Dan Shelby… en cuanto a Karin, no existe como personaje en la serie de Robotech; hasta donde yo sé, la única mujer piloto de Veritech que aparece en Robotech es Miriya.
* Aprovecho como siempre para agradecerles a todos ustedes por sus reviews, comentarios y opiniones, y por tomarse el tiempo para leer esta historia. Y como siempre, les mando mis saludos a mis amigas y betas Evi, Sara y Kats… ¡suerte con todo!
* ¡Mucha suerte para todos ustedes y nos veremos en dos semanas con el Capítulo 26! ¡Y que tengan todos ustedes, sus familias y sus seres queridos una muy Feliz Navidad!
