Capítulo 34
.
—¡Ya estamos aquí! —gritó Killian al entrar en casa llevando a Neal subido en sus hombros.
—¡Papi, papi! —Exclamó Elsa—. Mira que dibujo te traigo.
David, en cuanto oyó a su pequeña, acudió corriendo.
—Hola, princesa. ¡Es precioso! Siempre he querido tener un dibujo así —dijo mientras la abrazaba.
En aquel cuadro familiar intervino Killian.
—Hemos decidido que es tan bonito que lo vamos a colgar en la nevera con un imán ¿verdad, cariño?
—Sí, papi. El tío y yo lo hemos decidido mientras veníamos en el coche.
David se dirigió a la cocina donde hizo lo que la niña pedía.
—Pues no se hable más. Aquí queda estupendo.
La niña, orgullosa de lo que había hecho, miró a su alrededor y preguntó:
—¿Dónde están Ollie, Cat y la abuelita?
—Ahora vienen —comentó David mirándola—. Anda lávate las manos y te daré unas galletas.
Cuando la niña corrió al baño, Killian preguntó:
—¿Qué tal?
—Bien… de momento todo bien —respondió con una media sonrisa.
—¿Y esa sonrisa? ¿Ha pasado algo emocionante?
Al ver que Emma se acercaba por la puerta de atrás, David contestó.
—No… pero está por pasar.
Killian, al verlo tan positivo, soltó una carcajada y en ese momento se oyó:
—David, dice mamá que…
Pero Emma no pudo continuar, ante ella estaba su mayor objeto de deseo.
—Hola, Killian —balbuceó como pudo.
—Aloha, Emma. ¿Cómo tú por aquí? —respondió cuando consiguió reaccionar.
—Vine para acompañar a Gina. Ella me lo pidió —aclaró nerviosa sin quitarle ojo de encima.
Killian, volviéndose hacia David y mirándole con ojos de asesino, resopló.
—Pues qué divertido —y mirándola de nuevo a ella musitó—. Encantado por tu visita. Y ya sabes, si necesitas algo, olvídate que vivo aquí.
—¡Serás imbécil! —protestó ella.
—Sí. Lo soy —rio Killian ácido—. Además de ser el chulito de la isla. ¿Algo más que soltar por tu dulce boquita?
—Oh, sí… No me tientes —bufó Emma.
David, al ver lo que se avecinaba, fue a decir algo, cuando un torbellino llamado Elsa entró en la habitación.
—Papi ya tengo las manos limpias. ¿Me das las galletas?
David, conociendo al terremoto de su hija, antes de que la niña preguntara o hiciera algo que pudiera molestar a Emma la cogió en brazos.
—Mira cariño, ella es Emma, la tía de Ollie y Cat. Ha venido a pasar unos días aquí con nosotros.
Emma, todavía furiosa por el recibimiento de Killian, intentó sonreír hasta que se fijó en los puntos que aquella niña tenía en la cabeza. En ese momento entraron Cora y el resto.
—Pero si ya está aquí mi chiquitina —gritó Cora.
—Hola, abuelita —dijo corriendo a sus brazos.
—¿Pero aquí qué les hacen a los niños? —preguntó Emma con burla.
David sonrió. Ver a Elsa y a Cat lesionadas daba qué pensar.
—Sí, hija —aclaró Cora—. Menuda racha que llevamos.
—Me hice pupa —dijo la niña mirando a Emma sin percatarse de la presencia de Regina—. Pero ya no me duele y cuando lo hace es poquito y chiquitito.
Emma intentó no reír ante la expresividad de la niña.
—Vaya, lo siento Elsa, debió ser un golpe fuerte.
—Uf… mucho susto —resopló la niña y, finalmente, Emma no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Regina, armándose de valor, cogió aire.
—Hola, Elsa. ¿Me recuerdas?
La niña, al verla, abrió sus ojazos verdes y gritó con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Papi… papi! ¡Está aquí tu amiga Regina, la señora guapa que me compró la Barbie!
—Ya lo sé, princesa —sonrió David apoyado en el quicio de la puerta junto a un mudo Killian—. Pero no hace falta que grites.
La niña, emocionada por toda aquella gente, miró a Regina y le dijo:
—Todavía tengo la Barbie aunque Neal me la quita. Pero yo la cuido porque es una de mis preferidas.
—No te preocupes —sonrió esta—. Seguro que Neal solo la quiere para jugar un ratito. —Y acercándose a la niña añadió—: Me alegro que te acuerdes de mí.
La pequeña alargó la mano y, tocándole el pelo con una sonrisa que la desarmó, añadió:
—Te has cortado el pelo.
—Sí.
—Me gusta mucho —y mirando a su padre que las observaba con atención dijo—: Papi, ¿verdad que Regina está muy guapa?
Killian sonrió y acercándose a él, le susurró al oído:
—Esta niña es digna nieta de Cora.
David le miró sin entender nada y, moviéndose con nerviosismo, consiguió balbucear por fin.
—Sí, está muy guapa.
Regina, entendiendo que aquello era incómodo para todos, preguntó:
—¿Dónde está Neal?
—Aquí está —dijo Killian.
—Hola, Neal —saludó Regina acercándose a él—. Vaya... que moto más bonita llevas, ¿me la dejas?
El niño, sonriendo, le dejó la moto y segundos después le tendió los bracitos para que ella le cogiera.
—¿Te quieres venir conmigo? —El niño asintió, y ella, sin pensárselo dos veces, le cogió en brazos ante la atenta mirada de David y de todos los demás.
Cora, con la pequeña Elsa en brazos, observaba la escena casi con lágrimas en los ojos. A veces, sus hijas, le hacían estremecerse al ver como reaccionaban ante las difíciles circunstancias de la vida.
David estaba tan nervioso que era incapaz de reaccionar. Ollie y Cat disfrutaban al ver a sus padres juntos en la misma habitación y Emma y Killian intentaban no mirarse para no ocasionar un cortocircuito.
—Esa moto se la compró el tío Killian. Es igual que la que él tiene —aportó la pequeña Elsa.
—¿Tienes moto? —preguntó Emma.
—Sí. Pero para ti como si no la tuviera.
Todos, sorprendidos, le miraron.
—¿Quieres que el tío te lleve en su moto? —preguntó Elsa, incapaz de permanecer callada.
—Ni lo sueñes —refunfuñó Killian tan alto que todos le escucharon.
—No pensaba montar, listillo —respondió Emma enfadada.
—¿Por qué no quieres llevarla tío? —preguntó la niña mirando a su tío.
Maldiciendo por haber pensado en voz alta, Killian se agachó e intentando suavizar la situación murmuró.
—Princesa, en mi moto no monta cualquiera…
Emma, fue a contestar, pero al final calló. Su hermana Regina le había pedido prudencia con la mirada. Pero la niña era demasiado curiosa.
—¿Están enfadados? —preguntó.
David cogió a su hija en brazos.
—Vale ya de preguntas, preciosa… —le susurró.
—Pero ¿por qué? —insistió.
Killian, deseoso de acabar con aquella situación tan incómoda, intervino.
—¿Quién quiere un helado de fresa?
Elsa, olvidándose de todo, gritó.
—¡Yoooooooooooooooo!
Cuando Killian desapareció con la pequeña, Cora miró a Emma y esta se encogió de hombros.
—¿Qué les parece si vamos al restaurante de Dick y cenamos allí? —propuso David deseoso de salir de la casa para que los nervios se relajaran.
Encantados con la idea se montaron en el monovolumen de David, mientras
Ollie subía a la moto con su tío. Cuando llegaron al local, David se acercó con Regina a la barra y allí, ésta, emocionada saludó a Dick y a Samantha. La última vez que se vieron fue en la boda de la alemana y el polinesio.
Concluida la cena Dick y Samantha se acercaron a la mesa y esta se mofó de Killian al recordarle a la doctora. Aquel detalle no pasó por alto a Emma, pero disimuló como pudo su malestar.
Cora les miraba a todos encantada. Junto a ella estaban las personas que más quería en el mundo y entre ellos incluía a esos dos pequeños que habían empezado a formar parte de su vida. Tras los postres, Regina disimuló un bostezo y David, solícito, sugirió regresar a casa. Regina y Emma debían estar cansadas del viaje. Al llegar, todos se despidieron encaminándose cada uno a sus respectivas casas.
