- Titulo: Nadie dijo que sería fácil

- Autor: Babi (Ex Miku_Cullen)

- Disclaimer: Twilight y todas sus referencias no me pertenece, son de la escritora del best-seller, Stephanie Meyer.

- Algo que deben saber:

1.- No gano dinero haciendo esto, sólo lo hago por diversión

ENJOY!

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La hora de vuelo desde Vancouver hasta Seattle se había hecho eterna para los dos jóvenes padres de los pequeños Masen. Noah había estado inquieto todo el viaje y no dejaba de removerse en los brazos de su madre mientras que Lyla, al tener sueño por levantarse temprano, se encontraba molesta y no quería nada del mundo.

Habían tenido que soportar el carácter de sus pequeños hasta la mitad del viaje, cuando por fin se quedaron dormidos en sus brazos. Noah se había dormido después de su biberón y Lyla se durmió viendo una película.

Al aterrizar una azafata les ayudó a acomodarse sus bolsos para que ellos pudieran coger a los pequeños y bajar del avión. Edward llevaba a Lyla apoyada en su hombro mientras que a Noah lo acomodaron en su pequeño cochecito en cuanto estuvieron abajo.

Sacaron las maletas desde la cinta cuando las vieron pasar y luego salieron de ahí. Habían llamado a los abuelos de Rosalie para que fueran a buscarlos al aeropuerto y se quedarían en su casa durante las fiestas.

Eliana y Francesco los recibieron con grandes sonrisas en sus rostros. Hace tiempo no veían a su nieta y a su familia, por lo que estaban más que emocionados de verlos por fin en el pueblo que los vio crecer y convertirse en lo que eran ahora.

— Mi pequeña— exclamó Eliana en cuanto la vio pasando por las puertas de cristal. Rosalie sonrió y salió corriendo hacia su abuela para abrazarla fuertemente.

Luego fue el turno de Francesco, quien también envolvió a su nieta en un fuerte abrazo y la besó en la frente mientras que su mujer saludaba a Edward y luego admiraba la belleza de sus bisnietos. Definitivamente esos dos pequeños serían unos rompecorazones cuando crecieran.

Se dirigieron a los autos y pronto llegaron a la gran casa de los abuelos Hale. Estaba tal cual la recordaba Edward, claro que con uno que otro adorno nuevo pero que seguía con la misma línea decorativa que tenía.

— Abuela ¿Dónde podemos acostar a los niños? — preguntó Rosalie con el pequeño Noah en sus brazos

— ¡Oh, claro! Síganme. Sus cuartos están listos, así que podemos dejarlos ahí— le sonrió— Dame a este pequeñuelo y tu llevas a Lyla— le pidió estirándole los brazos para que le tendiera al bebé.

La rubia hizo lo que su abuela le indicó y luego cogió a su hija. Tanto ella como Edward sabían que la anciana quería pasar el mayor tiempo posible con sus bisnietos y no le negarían la oportunidad.

Edward se quedó viendo como subían las escaleras hasta que sintió una mano en su hombro. Era Francesco, quien le sonreía ampliamente y lo invitaba a que sacaran las cosas del automóvil para entrarlas en la casa. El cobrizo asintió y lo siguió hacia la salida.

Hablaban de todo y de nada a la vez. Edward le preguntaba cómo iban sus negocios y la empresa, mientras que él le preguntaba cómo iban las competencias y los auspicios. Los dos iban bien con lo que hacían.

Pronto se reunieron los cuatro en la sala para seguir con la conversación y colocarse al día. Además Rosalie aprovechó de preguntar por su hermano y saber cómo estaba. Desde que Jasper había comenzado a salir con Alice que era menos lo que se veían tanto para no incomodar a Edward como por el poco tiempo que los dos tenían por los estudios. Ella estaba siendo madre, pareja y estudiante a tiempo completo y a él sus estudios de pedagogía en matemáticas lo tenían metido en los libros.

Así pasaron todo el día, conversando y disfrutando de los pequeños. Después de todo tenían que aprovechar este tiempo de calma antes que llegara la cena de navidad y luego el año nuevo.

La víspera de navidad era una fecha hermosa para compartir en familia, pasar un tiempo en calma y disfrutar de ese calor y ambiente tan especial que se generaba. Además había que sumarle la alegría de los pequeños de las familia que, sin lugar a dudas, hacían mucho más amena la celebración.

Esa noche se encontraban en la gran casa de los abuelos Platt. Ahí era donde harían la cena de navidad y toda la familia se iba a reunir en ese lugar. Incluso habían invitado a los Hale para que pasaran la fiesta con ellos.

Edward había saludado a sus tíos, primos, cuñado y padres, aunque a estos últimos solo por cortesía y educación. La verdad es que no le faltaban ganas para mandarlos a cualquier otra parte lejana a él y su familia, pero la emoción de su hija al verlos y la de ellos al poder estar con sus nietos lo había hecho aguantarse.

— ¡Nano! — gritó una aguda voz a sus espaldas y tuvo que voltearse a ver quién era. Pronto tuvo a una mota de rulos de color castaño pegado a sus piernas y riéndose a más no poder. Él sonrió y se agachó a su altura para cogerla en brazos.

— Sophia, enana— la saludó y la abrazó con fuerza.

Sophia Andrade era la hermanita menor de Edward. Había nacido de la relación de Diego con su madre Bree y ahora tenía dos años y medio de edad. A pesar de no verla demasiado adoraba a la pequeña y disfrutaba cada momento con ella las pocas veces que viajaba a Seattle como su cumpleaños o para festividades como ésta.

La pequeña adoraba a su hermano y, con todas las fuerzas que tenía, le devolvió el abrazo.

Pronto Edward estuvo rodeado de pequeños torbellinos. Su pequeño sobrino Damián— hijo de Jasper y Alice de apenas dos años—, Sophía, Lyla, el hijo de Emmett llamado Christian, e incluso Sebastián, el hijo de Jacob con Bella, se habían adueñado del cobrizo y es que él era como un imán para los niños. Ahora se encontraba jugando con todos ellos en la sala de la casa y, si no fuera porque afuera estaba todo nevado, se encontrarían jugando en la cama elástica que los abuelos habían colocado para los pequeños de la familia.

— Veo que estas en problemas— se burló Jasper al ver a Edward tirado en el suelo con todos los pequeños sentados sobre él. Pero se le veía feliz y relajado— ¿Necesitas ayuda?

— Un poco no estaría para nada mal— contestó y pronto Jasper comenzó a sacar a todos los niños para mandarlos a que se lavaran las manos. Todos salieron corriendo hacia el cuarto de baño, todos menos Sophía que se quedó abrazada a su hermano y Edward le devolvió el gesto.

— ¡Es mío!— gritó Lyla entrando en la sala nuevamente. Se abrazó a la otra pierna de su padre y empujaba a su tía para que lo soltara.

— ¡Lyla, eso no se hace! — la riñó Rosalie que venía entrando con Noah en sus brazos. Justamente venía a buscarlos y se encontró con la escena y era algo que no podía dejar pasar.

La pequeña, como era de esperarse, armó un escándalo de aquellos. Lyla era una pequeña consentida que siempre trataba de obtener lo que quería a como diera lugar y que pocas veces era reñida por sus padres, o al menos por Edward ya que su madre era la que se encargaba de colocarla en su lugar cuando era necesario.

Rosalie no era de las madres que les permitieran muchas libertades a su hija por muy pequeña que fuera, pero con un padre tan consentidor como Edward y con una hija con un carácter muy parecido al de ella a veces se hacía complicado.

Edward, por otro lado, siempre le daba en el gusto a Lyla en lo que ella quisiera y nunca la reñía demasiado. El, más bien, trataba de conversar las cosas con ella y hacerle entender que era lo que estaba mal y bien.

En lo que si coincidían los dos era en que nunca les habían dado ni siquiera una nalgada a sus hijos. Ellos estaban completamente convencidos que los golpes no llevaban a nada y que solo conseguían que los niños respetaran a sus padre por miedo y no por otra cosa. Y ellos, definitivamente, no querían que sus hijos les temieran pero sí que los respetaran.

Rosalie se acercó hasta su hija para reñirla y evitar que siguiera con su actitud. Obviamente a la pequeña no le agradó para nada eso y siguió con su berrinche, pero Edward no aguantó y se fue a su lado para cogerla con el otro brazo. La rubia se quejó, pero sabía que era una batalla pérdida.

Luego todos se fueron hacia el comedor donde todos ya estaban acomodándose en sus puestos, incluso los niños que ya habían regresado desde el baño con sus manos limpias.

Edwards acomodó a las dos niñas en sus sillas y luego se fue a la suya al lado de su amada rubia. Sentía que todas las miradas estaban puestas sobre él y no quería levantar la mirada por temor a lo que podía encontrar.

En las horas que llevaba en la casa de sus abuelos apenas había cruzado miradas con su madre, primos o Diego. No se atrevía y era así cada vez que se encontraban. A veces pensaba que tenía que superarlo y dejar atrás todo el pasado, pero ¿Cómo perdonar a los hombres que te destrozaron toda tu vida escolar? ¿Cómo perdonar a la mujer que te mintió toda la vida con respecto a la existencia de un padre y que había ocultado su oscuro pasado? ¿Cómo perdonar al que quisiste como a un padre pero que resultó ser sólo un mentiroso? Los podía tratar de aguantar para no incomodar a los demás, pero perdonar... Eso tomaría tiempo.

La cena paso sin contratiempos y todo parecía salir bastante bien. La familia conversaba de todo y de nada a la vez, trataban de ponerse al día con los acontecimientos de sus vidas, pero Edward parecía completamente ajeno a todo eso.

Después de cenar se fueron a sus habitaciones o a sus casas. Era bueno que sus abuelos tuvieran una gran casa y que algunos vivieran solo a unos minutos de ésta, así podían abrir todos juntos los regalos por la mañana.

Edward besó la frente de su hija después de colocarle su pijama rosa y acomodarla en la cama de tamaño king donde dormirían esa noche. La pequeña había quedado agotada después de tanto jugar y se durmió en cuanto estuvo en brazos de su padre en la sala. Noah tampoco se había quedado atrás y, después de que lo bañaran, se quedó dormido.

— ¿En qué piensas?— le preguntó su rubia cuando ya estuvieron acostados los cuatro en la cama.

— En nada concreto... Solo...— suspiró con fuerza dejando salir todo el aire de sus pulmones— Olvidado, no es nada.

— Claro— Rose sabía que algo le incómodas a su amado y creía saber que era, pero no lo forzaría a hablar si no quería

Se dio la vuelta para darle un último beso a sus tres amores y se acomodó para dormir.

En la noche sintió como Edward se debatía en sueños, pero más nada podía hacer.

A la mañana siguiente el grito de todos los niños despertó al joven padre, quien se desperezó y salió del cuarto hacia el pasillo, donde se topó de lleno con Diego. Lo saludó con un asentamiento de cabeza y luego bajó las escaleras hacia la primera planta. Diego suspiró audiblemente, para luego seguir al cobrizo en la misma dirección que había tomado.

En la sala ya se encontraban casi todos los adultos y definitivamente todos los niños. Incluso su hijo estaba despierto bebiendo su biberón en los brazos de Bree, situación que Edward vio pero de la que omitió comentario.

Se sentó a un lado de su amada y sacó su celular para tomar fotografías de cada cosa que hacían sus hijos, hermana y sobrinos. Después de todo ellos no tenían culpa y Edward adoraba a los niños.

— Te has ido de nuevo— comentó la rubia acariciando su cabello— ¿No te gustó tu regalo?

— No, no es eso... Estaba recordando que en unos días más me debo ir a Francia para el inicio de la temporada

Lyla, quien estaba pendiente de sus padres, escuchó esto y no dudó de ir a donde ellos. Si su papá iba a viajar tenía que ir con él.

— Papi, papi, papi... ¿Puedo ir contigo?— le preguntó sentándose en sus piernas mientras abrazaba a la nueva muñeca que le había traído Santa.

Edward la miró de frente y luego vio a su amada para zafar de la situación, pero a Rose también la había pillado por sorpresa.

Intentaron explicarle que no era posible que fuera ya que su papá iba a participar en una competencia como las de gimnasia de ella y además debía regresar a clases, pero Lyla no se iba a quedar tranquila hasta tener un si por respuesta. Siguió insistiendo hasta que los dos terminaron por aceptar.

Sería la primera vez que la pequeña viajaría sola con su padre y que Rose estuviera separada por tanto tiempo de su hija, así que sería un reto para todos los de esa pequeña familia.

— Prométeme que te vas a portar bien, Lyla. Vas a hacerle caso en todo a tu papá o a Yann, te comportarás todo sin reclamos y te abrigaras.

— Si, mamita, te lo prometo por chorromil vez— repitió la niña rodando los ojos y abrazando a su mamá— Tu cuida de Noah, que no rompa mis muñecas ni las llene de babas...¡Ah, y recuerda decirle a mis maestras de ballet y gimnasia que no iré estos días!

Rosalie sonrió al ver que a su hija le preocupaban más sus clases de recreación que las educativas. Pero era como cualquier niña, relajada, viviendo su propio mundo de fantasías.

La abrazó con fuerza y beso su cabello, aspirando su olor a shampoo de manzanilla, ese que adoraba comprarle y que usaba desde que era una bebé.

— ¿Podemos unirnos a los besos y abrazos?— preguntó Edward a sus espaldas y ellas le sonrieron. Junto con su pequeño Noah se unieron a la despedida hasta que el altoparlante anunció que padre e hija debían abordar el vuelo.

Se despidieron por última vez y luego se fueron hacia el avión, dejando a una joven madre llorando al ver que su niña se iba de su lado aunque sabía que sólo era por unos días.

Al estar ya arriba tanto Edward como Lyla y Yann se sentaron en sus puestos y se acomodaron para partir con el viaje. La pequeña estaba extasiada y sólo quería llegar a su destino, mientras que los dos hombres la miraban con alegría.

Después de horas de viaje, por fin habían aterrizado en la hermosa ciudad de París. Este era el nuevo destino de padre e hija Masen, además de su mánager Yann.

Ahora solo tenían que esperar a que las maletas y todo el resto del equipaje de los tres llegaran para poder marcharse al hotel y descansar de una vez por todas. El viaje no era incómodo, pero eran demasiadas horas tanto para el joven padre como para su hijita de cinco años.

Una vez tuvieron sus maletas en su posesión, salieron del aeropuerto para coger el automóvil que los llevaría hacia el hotel donde se hospedarían.

— ¡Papi, mira! ¡Son muchas luces!— gritaba la pequeña a medida que el auto se movía por la ciudad. Edward no podía dejar de sonreír por la felicidad de su hija.

Esta era la primera vez que viajaban los dos juntos. Al principio Rosalie no había estado muy de acuerdo pues sabía que Lyla haría lo que quisiera y eso no le gustaba mucho, pero tanto ella como Edward estaban ilusionados por realizar esta aventura y a su pareja le haría bien pasar un tiempo con la pequeña.

Lyla estaba extasiada y todo lo que veía le encantaba. Si, había viajado muchas veces a distintas partes del mundo. Visitaba a sus abuelitos en Estados Unidos, iba a vacacionar a distintas playas en el mundo o visitaban otras ciudades, pero esto era distinto a todo lo que había visto en sus cortos años de vida. Sin lugar a dudas tendría que contarle a todos sus amigos lo maravilloso que era este lugar y que tenían que visitarlo si o si.

— ¡Hey!— los llamaron cuando estaban en la recepción del hotel y, al voltear se, se toparon con James. Lyla le sonrió y salió corriendo de inmediato a sus brazos. El la levantó del suelo y la abrazó con fuerza— ¿Pequeña, qué estás haciendo aquí?— le besó la mejilla.

— Vine a acompañar a mi papi en su competencia, tío ¿Kate también vino contigo?— inquirió mirándolo fijamente pero con esa sonrisa matadora que tanto adoraba James y todos aquellos que conocían a la pequeña. El rubio negó.

— No, pequeña. Ella se fue con su mamá a ver a sus abuelos y después tenía que volver para ir a clases.

La niña hizo un puchero y empezó con su usual show para inspirar lástima. Sabía que con esas muecas conseguía muchas cosas pero, definitivamente, esta vez no le serviría pues no había nada que hacer.

Edward llegó a su lado y la cogió en bazos para luego saludar a su amigo. No se suponía que James viniera a competir esta vez pues viajaría con Victoria y Kate a visitar a sus suegros, pero había cambiado de opinión y decidió viajar a defender su título.

Luego de conversar por un tiempo se fueron a su habitación a descansar. Aun debían desempacar, comer algo y luego podrían dormir unas cuantas horas antes que Edward tuviera que ir a su primera reunión apenas despuntara el alba.

— ¡Mira esa cama, papá! — gritó la pequeña en cuanto abrieron la puerta de la habitación. La gran cama tamaño king estaba en el centro de la habitación y justo en frente tenía un televisor enorme. Definitivamente Lyla se pasaría horas en ese lugar cuando no tuvieran que ir a las pistas ni a reuniones— ¡Es enorme!

La pequeña dejó tirada en el suelo su pequeña maleta rosa y salió corriendo para subirse a la cama. Se quitó los zapatos en cuanto se subió y comenzó a saltar una y otra vez mientras reía y gritaba lo genial que era.

Edward solo la miraba con una sonrisa y le pedía que por favor se bajara o podía caerse, pero ella no le prestaba atención y solo seguía saltando como un pequeño saltamontes.

Estuvo así por unos cuantos minutos hasta que su padre la cogió de un brazo y la hizo detenerse. Estaba roja y su cabello desordenado, tenía calor. El cobrizo le quitó la chaqueta blanca invierno que llevaba puesta y le acomodó el cabello en completo silencio mientras ella solo se quedaba quieta y trataba de acompasar su respiración errática.

Luego de eso se dedicaron a desempacar sus pertenencias. Lyla se encargó de sacar todos los útiles de aseo mientras que Edward ordenó la ropa y zapatos, por lo que terminaron en poco tiempo y pudieron darse una relajante ducha en lo que llegaba la comida al cuarto que había pedido Edward.

— Pequeña, aun no te vistes— la riñó sutilmente su padre cuando salió ya bañado y vestido desde el baño. Lyla aún estaba sobre la cama, cubierta solo con toallas, su cabello mojado y jugando en el iPad de su papá— Si tu mamá descubre que estas con el cabello mojado y jugando en la Tablet en la noche me reñirá a mí.

— No te preocupes, papito. Este será un secreto entre tú y yo y mamá nunca lo sabrá, créeme— le aseguró, dejando el aparato sobre la cama

El cobrizo solo le sonrió, a la vez que volvía a mandarla a que se vistiera con su pijama. En ese momento tocaron a la puerta y Edward fue a ver qué pasaba. De seguro era la comida que habían pedido.

Después de comer hasta hartarse y que se llevaran el carrito vacío, se cepillaron los dientes y se acostaron a dormir. Hasta que no colocaron la cabeza en la almohada no se dieron cuenta de lo cansados que estaban y quedaron profundamente dormidos en un dos por tres.

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Hola a todos y todas ¿Cómo están? Aquí les traigo el capítulo de esta semana que es más bien una transición entre lo que comenzará a pasar desde ahora en adelante ¿Les gustó? ¿Lo odiaron? ¿Qué piensan de Lyla y Edward? ¿Creen que se comportará? Espero para saber que piensan.

Como todas las semanas le agradezco a mi amiga Jennifer, quien me ayuda cuando me quedo bloqueada, y a Sandra, que siempre está para darme ideas. Además les agradezco a:

Aru1313: Jajajaja. Ok, puedes decirle Hunter, pero seguirá llamándose Noah jajajaja. Bueno, ya viste que con su familia las cosas no se han arreglado y solo guarda la compostura por sus niños. Conste que avisé que me demoraría dos semanas en subir capítulo, pero ahora si serán semanales. Besos y saludos.

Yolo: Hola, me encuentro bien ¿Y tú? Que bueno que la historia te siga gustando. Si, ese capítulo fue bastante relajado al igual que este otro. La verdad es que creo que esta parte de la historia es bastante tranquilo, o al menos hasta el momento no tiene tanto drama como las otras dos. Es más familiar. Cuídate y nos leemos.

Mary Mustang: bienvenida a la historia. Espero saber que te parece. Saludos.

Hoy saqué el cálculo de capítulos y tenemos mínimo unos nueve, así que pueden respirar tranquilas porque nos queda un poco antes del final.

Ahora, sin nada más que decir y deseándoles una buena semana, me despido. Cuídense.

Babi_Cullen