La llamada

-¡No! – un grito ahogado procedente de mi propia garganta rasgó el velo silencioso de la noche- ¡Vampiro, vampiro!

El miedo me recorría las venas, como si mi sangre se tratara de un torrente gélido que se esparcía por mi cuerpo. A pesar de que una diminuta parte de mí era consciente de que estaba despierta, y de que había estado soñando, no podía detenerme y dejar de pedir auxilio a todo pulmón, entremezclado con sollozos desesperados. La otra parte, aún creía que estaba inmersa en la pesadilla.

Los pasos de las zapatillas de levantar de Richard llegaron hasta mis oídos, otorgándome un poco más de calma. No tardó mucho en entrar por mi puerta, puesto que su habitación estaba prácticamente junto a la mía.

Le vi aparecer como una silueta alta y oscura en el umbral , a contraluz. Luego se aproximó hacia mí, me sujetó por los brazos, orientándolos hacia abajo y me intentó calmar.

-¡Basta, Lizzie! Ya estás despierta; reacciona – decía él con voz enérgica.

-¡Los vampiros, los vampiros!- repetía yo una y otra vez, buscando con la vista los ojos de Richard, tan nítidos para mí en la oscuridad.

-Fue sólo un mal sueño, linda- insistía él- ¡yo estoy aquí contigo!

Comencé a controlar mi respiración de forma paulatina, a medida que mi mente comenzaba a relacionar a la prescencia con realidad, con Canadá, con algo completamente alejado del escenario de mi pesadilla. Miré a mi alrededor y fui completamente consciente de que me hallaba en mi cuarto, en el piso de Richard, y no en otro lugar.

Mi jadeos continuaron irregulares, pero mucho menos intensos. Tragué varias veces y de forma apresurada, con el fin de aplacarlos.

-Eso, eso...- continuaba Richard, ahora con la voz dulce como miel. Me pasaba una mano por el cabello, húmedo por el frío sudor y con la otra, me orientaba el rostro hacia él.

-Lizzie – dijo después de un par de minutos – es la novena de vez que tienes pesadillas...

Su voz reflejaba una genuina preocupación, la cual yo compartía con él. Era todos los días el mismo sueño recurrente; en el que sucumbía ante los vampiros, que disfrutaban bebiendo de mi sangre verdosa.

-No sé qué me sucede- le expliqué al vuelo, para evitar que comenzara a especular al respecto.- pierdo el control.

-¿No quieres contarme ahora? – Las últimas nueve noches, había sido más o menos igual. Yo despertaba gritando en la madrugada, Richard acudía a tranquilizarme y me insistía en que le contara mi pesadilla, mas yo siempre me negaba. Jamás me sentiría cómoda contándole algo así, y menos cuando la mitad de mi relato era real.

-No- dije, negando con la cabeza. Había puesto una negativa ocho noches seguidas; no iba a ceder ahora.

-¿Ves? No dejas que te ayude. Si no me cuentas, no puedo...no lo sé, orientarte.

-Estaré bien...- le aseguré, como todas las veces.

-No, no- insistió él- lo siento, Lizzie, pero tal vez deberías volver a visitar al doctor Nesbitt.

-¡No!- aquello era algo nuevo. Sabía que Richard se había aguantado de decirlo o proponerlo, pero dado la continuidad del asunto, se había visto obligado a hacerlo. El doctor Nesbitt, era mi psiquiatra.

Hace más de un año que no había puesto pie en su consulta, desde que me diera de alta. Me había atendido desde que yo tenía diez, y su nombre sólo despertaba en mí un sentimiento de rechazo.

-Lizzie, necesitas ayuda. ¿quién mejor que alguien que te conoce hace años?

-No iré a ningún psiquiatra- declaré- no lo necesito.

-Aunque no lo creas, sí que lo necesitas- insistió Richard- Linda, ¡los vampiros no existen! Pensé que habías dejado de creer en monstruos cuando tenían cuatro años.

¡Ay, pobre Richard!..., si tan sólo supiera que vive en la más absoluta de las ignorancias. No me atreví a responderle nada más. Lo último que quería era que él pensara que yo estaba loca de patio. Ahí sí que no me salvaría de tener que ver al doctor Nesbitt.

-Ahora estás bajo mi tutela- continuaba Richard- y por lo tanto, eres de mí responsabilidad. Mañana llamaré para pedir una hora con tu doctor.

-No voy a ir- protesté.

-Oh, sí que lo harás – me aseguró él, y supe que no estaba bromeando. Algo se me revolvió en el estómago al imaginarme entrando una vez más a la consulta del psiquiatra.

-Necesito ir al baño- exclamé de pronto, con una voz mucho más grave de lo normal. Richard se puso inmediatamente de pie y me ayudó a levantarme. Ni siquiera me molesté en ir descalza, y Richard me guió con pasos presurosos hacia el cuarto de baño. Una vez allí, ni siquiera alcancé a llegar al váter y sólo alcancé el lavamanos. A Richard no pareció importarle, y sólo se concentró en asistirme. Cuando hube terminado, me di cuenta de que lo que había en el lavamanos en su mayoría era bilis y flema. Entonces recordé que me había negado a cenar, y que mi última comida había sido un vaso de leche a mitad de la tarde.

-¿Algo te cayo mal? – interrogó Richard preocupado, mientras me tendía una toalla. No le contesté nada; sólo me limité a enjuagarme la cara y la boca, y luego a secarme.

Dejé que Richard dirigiera mis pasos inestables e inseguros hacia la cama, donde me acomodó y me arropó.

-¿Cómo te sientes ahora? – me preguntó.

-Mejor

-Creo que no estaría demás una visita al médico también. No es la primera vez que tienes vómitos de la nada.

Asentí. Eso no lo podía negar, y no tenía ninguna intención de continuar con aquella desagradable costumbre que mi cuerpo había adoptado. Ya no había día en que no lo hiciera.

Luego, me acomodé en la cama y puse la cabeza sobre la almohada..., cerrando los ojos, rogando por no tener aquel sueño nefasto nuevamente.

Los fantasmas del pasado me perseguían y yo no había hecho más que avivarles el juego. Un día miércoles, cuando acaba de despedirme de David y llegaba a casa, me sentí tan bien, tan viva, que me puse a ordenar mi cuarto. Ningún libro, ningún lápiz y ningún CD quedó fuera de lugar. Cuando me disponía a organizar el clóset, la primera prenda que cogí fue la chaqueta marrón. Enseguida, recordé que era en esa prenda donde había metido el papelito amarillo, con el número de Isabella Swan. Introduje la mano en el bolsillo y encontré lo que buscada. Contemplé el papel doblado, ajado y sucio, y con duras arrugas marcadas en una esquina por un momento. Ni siquiera el recuerdo consiguió disipar la sensación de bienestar que me invadía. Sentía que podía combatirlo todo, enfrentarme a lo que fuera y qué mejor manera de demostrármelo que decidirme finalmente a hacerle a llamada que le había prometido. No había nada extraño en eso, sólo una amiga llamando a otra que no veía hace tiempo.

Salí del cuarto y me dirigí hasta la mesita del teléfono. Me senté en el sofá junto a ella, tomé el aparato y disqué el número. A los tres tonos, la llamada fue contestada.

-¿Aló?

-¿Sí, diga? – la voz marcadamente masculina me llegó desde el otro lado.

-Me gustaría hablar con Isabella- dije de forma apresurada. Había contado con que ella contestara el teléfono.

-Bella no está- dijo el hombre con voz seca- ya no vive aquí.

-¿No? – exclamé, sorprendida.

-No, disculpe, ¿con quién tengo el gusto?

-Me llamo Elizabeth Niles, estuve en Forks hace un tiempo y...

-¡Ah!- exclamó él- la hermana de Edward.

La mención de ese nombre me dio n puntada desde el interior.

-Sí- respondí, alargando el monosílabo.

-Bueno, usted habla con Charlie, el padre de Bella. Ella se mudó a College Park a comienzos de semestre.

-¿A Prince George? – pregunté, incrédula.

-Sí, sí- dijo Charlie- esta estudiando allí ahora.

-Vaya, no me lo esperaba...-admití.

-Sí, ninguno de nosotros- dijo él, con voz apagada. Seguramente no le hacía ninguna gracia que su hija partiera a vivir completamente sola al otro extremo del país.

-¿No conoce algún número en donde la pueda ubicar? Me gustaría hablar con ella.

-Sí, si, por supuesto..., déjeme ver- Se escuchó un sonido de papeles al otro lado de la línea. También era posible distinguir el repiquetear de la lluvia sobre el tejado.

-¿Tiene lápiz?

-Sí, descuide- me incliné hacia la mesita del teléfono y cogí el bolígrafo siempre dispuesto junto al talonario de apuntes. De algo que me sirviera el sentido del orden de Richard. Charlie me dictó el número –códigos de larga distancia incluidos- y lo apunté con cuidado. Luego se lo repetí para asegurarme que estaba correcto y le dí las gracias. Me despedí cortésmente y colgué el teléfono.

Volví a cogerlo para marcar el número nuevo. Lo hice con extrema lentitud, para no pasar por alto ninguno de los dígitos. A los tres tonos contestó una operadora, dijo algo sobre un campus; no lo capté. Luego vino un tono de espera, algo diferente, más musical. Entonces, al fin, la voz de Isabella apareció del otro lado.

-¿Diga?

-¿Bella?- pregunté, recordando lo mucho que odiaba que la llamara por su nombre completo.

-¿Sí, quién habla?

-Soy yo, Elizabeth.

-¿Lizzie?- reaccionó ella, después de varios segundos - ¿Lizzie Niles?

-Sí, la misma.

-¡Guau! Nunca me hubiera esperado esta llamada.- dijo ella, con emoción.- ¿cómo estás? Desde que dejaste mi casa que no sé nada de ti.

-Estoy bien, gracias.

-¿Dónde estás? – preguntó enseguida.

-En Vancouver, de vuelta. Richard se ha hecho cargo de mí.

-Suenas contenta. – observó ella.

-Gracias, tú también..., la sorprendida soy yo- dije- ¿dónde has ido a parar?

-Sí, no yo misma me lo creo.- reconoció- pero las cosas se fueron dando, la suerte me sonrió y aquí me tienes, sumergida en un montón de libros.

-¿Estás estudiando?

-Literatura Comparativa- declaró ella.

-Vaya, no tenía idea que te gustaban las letras.

-Bueno, sí...no sabes cuanto. Creo que no podría haber encontrado una mejor vocación.

-Eso es genial...,pero ¿vives sola?

-No, comparto habitación con otras dos chicas, muy amables..., una de ellas es francesa- confesó Bella y pued imaginar la expresión de su cara- y ambas estudian en Maryland también.

-Vaya, ¿Maryland?

-Sí, ¿no lo había mencionado?

-No- dije como si fuera lo más obvio del mundo.

-Oh bueno..., si me preguntas, no sé cómo me aceptaron.- me confió por lo bajo.

-No digas eso, de seguro los impresionaste- reí. Isabella nunca me pareció una persona inculta, al contrario.

-Sí, puede ser...., pero¿ qué hay sobre ti? ¿qué estás haciendo?

-Bueno- comencé- a Richard le dio con que debía socializar con la gente así que me metriculó en un instituto y estoy abocada a eso principalmente.

-¿De veras?

-Sí- contesté, algo contrariada. Aún no me acostumbraba a la idea de decirlo.

-¿Y cómo va?

-Pues, bastante bien...., aunque al principio concordé con la concepción horrible que tantas veces escuché.

-Lo siento- dijo ella.- no sabes lo mucho que te entiendo.

-Sí, pero no hay por qué preocuparse- repliqué, más animada e incorporándome en el asiento- las cosas van de maravilla.

-¿Maravilla? ¿Es que acaso ha pasado algo?

-He tenido la oportunidad de conocer a mucha gente agradable.

Bella percibió algo en mi voz que le hizo pregunta rlo siguiente. Después de todo, ella también había tenido quince años.

-Mmmm, ¿será que apareció acaso algún chico? – inquirió, suspicaz.

-No exactamente- confesé- pero sí.

-No entendí nada de eso- rió ella.

-Bien , y tampoco entiendo mucho, Bella.- ni siquiera sabía muy bien por que había añadido eso último a mi oración anterior.

-Bueno, cuando quieras hablar, aquí estoy. Por cierto, ¿cómo conseguiste mi número?

-Llamé a tu casa y tu padre me lo dio.

-Ah, Charlie- dijo ella, con voz apagada- ¿cómo está?

-Se oye bien..., desanimado, pero entero- contesté, no muy segura de lo que estaba diciendo. Yo no conocía tanto a su padre como para determinar eso, pero ella pareció conforme.

-Al principio el se lo había tomado bien, pero supongo que la soledad le está pasando la cuenta.

-Lo lamento.

-No no hay por qué- concluyó Bella- pues, bien..., me gustaría seguir hablando contigo , ¡Hay tantas cosas que quisiera contarte! Pero ya es tiempo de que me vaya a dormir. Mañana tengo examen temprano.

-Ah, disculpa..., había olvidado la diferencia horaria- dije mientras mis ojos volaban fugazmente al reloj de pared del la habitación- Eran las ocho y cuarto.

-¿Qué horas es allá?

-Las once con quince- contestó ella.

-Ah, pues entonces, no te molestó más.

-No molestas, Elizabeth. Me ha encantado hablar contigo.

-A mí también.

-No olvides llamarme más seguido..., esta vez te demoraste bastante.

-Cuenta con ello- le aseguré, y luego me despedí, deseándole suerte en el examen.

Había obviado muchos detalles en la conversación cuando me limité tan sólo a decirle que me encontraba bien. Es decir, no lo estaba..., no del todo. Con los malestares físicos, las pesadillas y el pensamiento rumiante no podía simplemente estar bien.

Me frustraba enormemente que esto sucediera justamente ahora, que mi vida comenzaba a tomar un giro más cercano a la normalidad que nunca. Mis días de instituto nunca habían sido más placenteros, y todo gracias a la compañía de David. Aquella parte del día, era la mejor, la más agradable.

Además, no era David el único amigo que había logrado hacer en la escuela. También estaba Steve, y de cierta forma su hermana Lyla- aunque siempre se las arreglara para mostrar sutil apatía hacia mí- y las amigas que luego ella me presentara: Tara, Mina y Nikki, con quien compartía varias clases, pero nunca me había dado la molestia de saludar. Ahora, todo era diferente, y asistir al instituto ya no era más una tortura. Las materias ni siquiera presentaba un problema para mí, a excepción de físicas y matemáticas, pero en ambas materias siempre tenía a David para que me aclarara mis dudas. En resumidas cuentas, Richard estaría bastante satisfecho cuando recibiera mi informe de notas.

Lo único malo, era que ahora podía salir cada vez menos de paseo, a causa de horrendo clima. El frío y las lluvias habían comenzado a azotar la zona, y a pesar de que las nevadas no eran algo común en la ciudad misma, se dejaban ver de vez en cuando. Antes, cuando yo era pequeña, solía nevar exclusivamente en los sectores aledaños a las montañas y en los centros de esquí. Lo cierto es que las autoridades estaban preocupadas. Por todos los diarios, en Internet y en los noticieros matutinos se hablaba de lo mismo; un cambio climático. Según decían no era sólo aquí, sino en todo el resto del mundo.

A pesar de que ni siquiera el clima evitaba que David me telefoneara para invitarme a algún sitio, la excusa de las amigas ya se estaba tornando sospechosa para Richard. Aquello me desganaba un poco, pero mi consuelo era ver a David de lunes a viernes, siempre muy temprano en la mañana, aguardándome en la puerta del instituto.

Allí me saludaba, nos poníamos al día de lo que nos había ocurrido y me acompañaba hasta el salón. Luego, él debía marcharse a dar sus clases, y no le veía hasta la hora del almuerzo, donde hacia caso omiso a cualquier otra invitación e iba a sentarme con él en nuestra mesa. Siempre bajo docenas de miradas reprobatorias.

Después de la clase de matemáticas, mi ahora asignatura favorita, siempre se ofrecía a llevarme a casa. Ambos sabíamos que ya era un hábito, y que estaba establecido así, pero él siempre preguntaba y yo le daba mi respuesta, que siempre era un sí.

Aún así, procuraba no descuidar las otras amistades que había cultivado, tanto en clases, como en los recesos.

El día en que Steve me invitó a su casa, no supe muy bien qué esperar de aquella invitación. Me cogió completamente por sorpresa y además, no supe si debía o no aceptar. Lo cierto, es que jamás había tenido la experiencia de ser invitada a casa de una amigo. Como consecuencia del homeschooling, no se me había dado la posibilidad de conocer a otros niños y hacer lazos de amistad. Ahora que a Richard se le había fijado la loca idea del instituto, era lógico que éstas cosas comenzaran a suceder. Era lo natural.

Así que decidí aceptar u invitación, necesitaba cambiar de aire- siempre de la escuela a la casa, Richard y David- y esa visita podía convertirse en un excelente panorama. Ni siquiera Martha me hacía visitas tan asiduas como antes, ya que su trabajo de puertas adentro apenas se lo permitía. A todo eso le sumaba que últimamente tenía demasiadas preocupaciones, y me estaban agobiando.

Desde aquella noche en la que...

Bueno, en la que estuve estúpidamente tentada por la sangre de Richard, no podía parar de darle vueltas al asunto. Además, las situaciones extrañas se sumaban unas sobre otras.

Continuaba con los mareos recurrentes, las bajas de presión y ahora se añadía una total inapetencia. Incluso, David comenzó a notar algunos de ellos, y comenzó a preocuparse. Dijo exactamente lo mismo que Richard, que debía visitar al médico. Tonterías.

Steve me había confirmado su invitación para el día sábado, el segundo sábado de diciembre. Richard no puso problemas con eso, puesto que ahora tenía la certeza de a dónde me dirigía y en compañía de quién estaría. Ni siquiera protestó cuando le dije que tendría que ir a dejarme, y cuando añadí que la casa quedaba un tanto apartada del centro. Lo cierto, es que estaba bastante apartada del centro, cerca de la costa.

Me sentí un poco incómoda cuando llegamos; la casa de Steve era enorme, más de lo que hubiera pensado.

De hecho, parecía un palacete de color mostaza. El antejardin era enorme, cubierto en su mayoría por el fino césped- con algunos manchones de nieve ocasionales- y sus formas evidenciaban claramente la mano de un buen jardinero. El pavimento se extendía por él trazando una curva orientada hacia la puerta principal. El auto de Richard siguió el camino de asfalto hasta quedar frente a la puerta. Steve me esperaba en la escalinata de la entrada y junto a él, había un hombre alto, ataviado en traje de etiqueta. Me despedí de Richard y le dije que le llamaría cuando fuera hora de recogerme. Abría la puerta y me bajé del auto, rápidamente. Apenas saludé a Steve, me llevó adentro, para escapar de frío que al parecer le calaba los huesos. El hombre junto a él no dijo palabra, y nos siguió en silencio.

-¿Cuánto llevabas esperándome? – le pregunté en cuanto estuvimos adentro.

-No demasiado- respondió mi amigo encogiéndose de hombros. Steve se quitó la chaqueta, y la dejó en la percha que había a su derecha. Según tenían entendido, la izquierda era siempre para los invitados, y me disponía a quitarme el abrigo cuando me di cuenta- no sin sorprenderme- de que el hombre alto que acompañaba a Steve se mostraba dispuesto a ayudarme.

-Señorita.

Me quitó la chaqueta y la colgó el mismo en la percha izquierda. Hizo igual con el sombrero y el paraguas que le entregué.. Steve sonrió ante mi intento de parecer cortés.

Ya me había explicado que a lo mejor me sentiría incómoda en su casa, y yo le dije que me hallaba un tanto familiarizada con eso.

A los pocos pasos apareció ante mi vista el salón, que estaba atiborrado de adornos navideños. Incluso las cortinas estaban a juego, pues eran de un color rojo intenso y sus ataduras doradas. La sala contaba con dos sofás enormes, y uno de ellos se curvaba hacia delante en un extremo. También habían tres sillones, una mesa de centro, y una chimenea, todo sobre el escenario de una gruesa alfombra color burdeo que se extendía por toda la habitación, en claro contraste con las paredes de tono perlado. Por último, para completar el ostentoso escenario, se erguía en la esquina más lejana un enorme pino navideño, decorado únicamente con tonos dorados. Ese árbol tenía el doble del tamaño de cualquiera que hubiéramos tenido alguna vez en casa, pues había que considerar que el techo del salón de Steve era bastante más alto. Cuando alcé la vista, y me percaté de eso, noté que también habían guardas doradas bordeando todo el contorno de la habitación, con alguna que otra aplicación detalla en las esquinas. Un detalle muy bonito.

-Ésta es la sala principal..., no es gran cosa- explicó mi amigo.

-Ya vi a qué te referías con particularmente espaciosa.

-Sí..., bueno, creo que será mejor que subamos- sugirió él, algo incómodo ante mi mirada, que recorría todo el lugar, un tanto maravillada- Venga, te mostraré mi habitación.

Antes de que se moviera, mi vista se detuvo en un gran cuadro que había sobre la chimenea de la sala. Era un retrato. Una mujer increíblemente hermosa, joven y distinguida dominaba el cuadro, sentada sobre una silla. No tuve tiempo de preguntar quién era, porque Steve me cogió de la mano y me llevó escaleras arriba. Tengo que mencionar que las escaleras eran enormemente anchas, como las de un centro comercial, y estaban tapizadas también en rojo. Cuando llegamos arriba, Steve me guió por el corredor hacia la derecha. En la tercera puerta se detuvo; estaba abierta. Entré detrás de él y me encontré con un dormitorio enorme, como si tres como el mío se fusionaran en unos solo. No podía creer que Steve, aquel que se sentaba todos los días conmigo en Lengua y que a veces compraba chocolates que no valían ni una moneda, realmente viviera allí.

-Guau, es gigantesca...- dije en cuanto la examiné con la vista. El piso era completamente de algo similar a la madera, pero no crujía y las separaciones entre tabla y tabla eran demasiado finas. En la pared opuesta a la puerta, la que daba hacia el jardín, habían tres grandes ventanas, que si bien no llegaban hasta el suelo, eran bastante largas. En paralelo a las paredes, se hallaba una enorme cama de tamaño matrimonial, cubierta por una manta azul oscuro. Las almohadas eran blancas, y el armazón marrón, imitando la madera. Junto a la cama, había un pequeño velador, del mismo tono que la cama, y también que el gran escritorio que se extendía al otro extremo de la habitación. Sobre él, descansaba un portátil de color gris, con la tapa abajo y un tanto apartado de él, un globo terráqueo de un tamaño considerable. Las paredes estaban tapizadas con decomural azul y sólo una franja blanca la atravesaba de forma horizontal, rodeando todo el perímetro. Junto al escritorio, habían también varios muebles, estanterías llenas de libros, enciclopedias y alguna que otra chuchería de colección. Nada de posters ni escritos en las paredes, y mucho menos; nada de desorden. Parecía que todo estaba en perfecta armonía con todo y que todas las cosas estaban en su sitio. Ni siquiera se veía una partícula de polvo flotando por ahí.

-¿Te gusta?- preguntó Steve algo inseguro.

-Por supuesto, es grandiosa- dije con sinceridad, aproximándome al acuario que encontraba en medio de dos de las ventanas. Tenía el tamaño de dos microondas, y los tonos azulinos predominaban en él, así com oen el resto de la habitación. Cuando estuve lo bastante cerca, me incliné, para ver si acaso conseguía divisar a algún pez. No tardaron en parecer ante mis ojos. Unos eran pequeños, casi del tamaño de una uña, mientras que otros podrían compararse fácilmente con la manita de un bebé. A algunos le colgaban de las aletas unos pequeños filamentos, como si se trataran de bigotes, y ver cómo éstos se mecían de un lado a otro, me producía una sensación de nervio.

-No la toques- dijo Steve con una sonrisa, atajando mi mano que ya se hallaba a mitad de camino- los aturdirás.

-Es cierto, disculpa- dije, encogiéndome de hombros. Seguía recorriendo la habitación, llena de detalles, de objetos pequeños sobre los muebles, con uno que otro cuadro pendiendo de las paredes.

-Mi padre me regaló el acuario cuando cumplí dos años.- comenzó a relatar mi amigo, y supe que no se detendría hasta contar toda la historia, así que me senté en su cama, para oírle.

-Luego, para cada uno de mis cumpleaños, me regalaba un pez distinto. Han ido creciendo a medida que yo lo he hecho también. No es que se a el único regalo que me da, casi siempre soy yo el que lo elige unas semanas antes, pero este es un regalo simbólico. No hay año en que no aya recibido mi pez. ¡Pero no sabes la cantidad de trabajo que dan! Es increíble.

-Lo increíble es que aún sigan vivos- convine.

-¿Por qué?

-Los peces no viven mucho, aunque en realidad, no me tomes enserio porque no tengo idea.- expliqué trastabillándome con las palabras- quiero decir, yo tuve un pez hace tiempo. Era un pez dorado y recuerdo que tenía una pecera, mucho más pequeña que ésta, por supuesto. Pero un día, la verdad no me acuerdo bien, creo que enfermó o algo así...dijeron que tenía que deshacerme de él y devolverlo a su hábitat natural.

-¿Y qué hiciste?

-Lo devolví..., fuimos a una laguna y lo dejamos libre.

-No lo sé- dijo Steve- los peces dan bastante trabajo, pero son fieles amigos.

-Eso porque no pueden ir demasiado lejos.

-Buen punto- admitió él, con un sonrisa- pero aún así, el pez que me regalaron en mi cumpleaños número dos sigue vivo.

-Eso demuestra lo dedicado que eres.

-Los peces y es estudio demandan y se llevan la mayor parte de tiempo.

-Lo dices como si lo lamentaras- comenté, escogiendo con cuidado mis palabras. S i algo había aprendido con Steve; era que no debía quedarme callada cuando creyera que tenían algo que decir. Qué curiosos. Jamás pensé qu sería capaz de aprender de una persona que no ha vivido tanto o menos que yo.

-No...- replicó él después de unos segundos haciendo una mueca torcida. Se aproximó y se sentó junto a mí, pero miraba hacia abajo- sólo..., siento que a veces me falta algo.

-¿Algo...como qué?

-Como un espacio vacío. Como si fuera la única persona que carga con ese espacio hueco.

-Sé a lo que te refieres- dije, y Steve clavó la vista en mí.

-Sí es algo tonto, pero a veces cuando me encuentro sólo, pues lo recuerdo y ...

-No es tonto, en absoluto. Me sentía de la misma manera hasta hace poco. Ése es el hueco que deja la carencia de afecto. Ves que todo el mundo esta rodeado de gente, de amigos, de personas incondicionales y leales, que comparten y viven cosas juntos, pero no sabes cómo lograr tú lo mismo. Te preguntas si hay alguna fórmula, alguna manera de insertarte, pero no la encuentras y vez que todo siempre se mantiene dentro de los cánones de la normalidad.. Además, es como si el resto de la gente percibiera aquello que te falta y que necesitas. Tal vez lo notan en tu actitud, y como es algo distinto al común; lo rechazan. Es un círculo vicioso.

-Vaya, no la había visto de esa forma.- admitió él.

-Sí, pero es tan sólo una opinión, eres libre de formar la propia.

-Dijiste que sentías igual hasta hace poco. ¿qué paso, qué cambió para que dejarás de sentirte como en ese entonces?

En realidad, lo que había cambiado era una enormidad de cosas. Pero lo que mas me había marcado, era el haber encontrado a personas- aunque no fuera el término apropiado- deseosas de compartir conmigo, de conocerme y experimenté por primera vez la experiencia de cultivar una amistad. Pero Steve desconocía aquella parte de mi historia, por lo que tuve que omitir aquello. Tampoco es que quisiera recodarlo. En vez de eso, me situé mucho más adelante.

-Apareciste tú, apareció Dave, Tara, Victoria y los demás.

No sabe qué tan grande era ese demás.

Steve sonrió ante mi intentó y posé una mano en su hombro, para infundarle confianza.

-Sí, sobre eso- dijo cambiando completamente de actitud. Ahora hablaba de forma pausada, dubitativo, avergonzado- ¿qué sucede con el señor Craven?

-¿Qué quieres decir? – inquirí, aunque sabía muy bien a lo que quería llegar.

-¿Dave? – dijo con claro tono de ironía.

-Ah, eso...

-Sí, eso...

-Es muy amable....-asentí- es una gran persona.

-¿Son amigos?

-Sí, lo somos- respondí, un tanto molesta por las preguntas hostigantes de Steve. ¿Qué le incumbía a él si era amiga o no de David? - ¿Por qué?

-No por nada. ¿Tú tío lo sabe?

-¿Qué cosa?

-Que son amigos.

-Richard no conoce a ninguno de mis amigos, ¿por qué la pregunta?

-Es que...no creo que él le guste que seáis amigos.

Expiré sonoramente, entrecerrando los ojos, incrédula. Me puse de pie, necesitaba sentirme superior, para encarar a Steve. Tenía que decir las coas claramente.

-¿Y qué sabes tú de lo que parece o no a Richard? Ni siquiera lo conoces.- mi voz ahora era áspera, distante.

-Para nadie es algo normal que una niña esté todo el tiempo con un hombre mayor.

¿Mayor? ¡David apenas tenía veintiocho!

-Bueno, eso depende de lo que la persona considere por normal.

-No es apropiado.- declaró él. Ah, así que era ahí dónde quería llegar.

-Bien- convine, sin dudarlo- si ese tu punto de vista, me parece que eres muy prejuicioso, y quiero que sepas que no lo comparto, por ningún motivo. No debería quedarme aquí.

-Lizzie, no es lo que quise decir...

Me apresuré a salir por la puerta del cuarto, antes de que él pudiera detenerme, Sabía que venía tras de mí, y apreté el paso. Bajé las escaleras prácticamente corriendo y Steve me imitó.

-No te vayas- decía a mi espalda- sabes que tengo razón.

Aquello me enfureció aún más.

Cuando llegué abajo, el hombre alto se apresuró a descolgar mi abrigo. Su falta de urgencia me jugó en contra, y Steve me dio alcance.

-Te estás comportando de una manera muy infantil...

-¡Ja! ¿infantil? Tú eres el prejuicioso de mente corrompida.

-Eso fue bajo- reconoció él, como si intentara calmar los ánimos. Me cogió por el brazo y me obligó a mirarle a la cara.

-Al menos deja que te lleve.

-No es necesario; puedo llamar a Richard.- recordé que afuera estaba que nevaba, y no tenía la mayor intención de recorrer tantos kilómetros a pie.

-Bueno, entonces, deja que te presté el teléfono.

-Esta bien- acepté como quien no quiere la cosa. Steve me guió nuevamente hacia el espacioso salón, donde oculto en una esquina se hallaba la mesita del teléfono. No me detuve a observar el sofisticado diseño del aparato, simplemente marqué el número. Lo más probable es que Richard se molestara, puesto que recién debía estar llegando a la oficina. Al cabo de varios segundo y algunos tonos de espera, Steve habló.

-De veras, no es ninguna molestia ir a dejarte.

-No, espera..., tengo otra opción.- musité sin mirarle, y disqué rápidamente otro número. Steve aguardaba por lo menos a un metro de distancia, pero sabía que afinaba el oído para no perderse detalle.

-¿Hola? – la voz de David sonaba algo extrañada. Seguramente, el número le era desconocido.

-Hola, ¿cómo estás? – pregunté con voz apagada. La emoción por la sensación de agrado de escucharle de nuevo me repiqueteaba dentro como el aletear de un colibrí, pero intentaba mostrarme indiferente en presencia de Steve.

-¿Lizzie?

-Sí, soy yo.

-¿Dónde estás? – preguntó David, un tato preocupado.

-Necesito que vengas por mí.

-¿ Te sucedió alguna cosa?

-No- me apresuré a aclarar- sólo he pasado un mal rato.

En cuanto dije eso, giré la cabeza para mirar a Steve por encima de hombro. Estaba más cerca que antes y entrecerré los ojos. Luego, procedí a darle la dirección de la casa a David, de la misma forma en la que Steve me la había indicado a mí. Me sentí un poco incómoda al tener que usar sus mismas palabras.

-¿Puedes venir? – pregunté al terminar.

-Ni que lo preguntes- respondió David y casi pude ver lq sonrisa que se le dibujaba en el rostro. Quise sonreír también – Espérame.

-De acuerdo.

Corté la comunicación y dejé el teléfono en su sitio.

-¿A quién llamaste? – preguntó Steve, insidioso. Le miré con rabia en los ojos y no alcancé a contestarle lo que hubiera querido. Una mujer alta y esbelta había aparecido en la entrada del salón. La reconocí como la dama del retrato. Tenía el cabello rubio y sorprendentemente brillante y largo. La piel, lisa y tersa del rostro finamente maquillado estaba en armonía con el vestido claro que llevaba puesto. Definitivamente ya había pasado los treinta, pero lucía increíblemente bien. Cada una de sus ropas, cada unas de sus joyas denotaban sólo una cosa; elegancia.

-¿No me vas a presentar a tu amiga, Stephen?

Miré inmediatamente a Steve, que se encogía hombros, lanzándome una mirada de súplica.

-Claro, mamá. Ella es Elizabeth.

Decidí que no iba a morirme por seguirle el juego, y quedar bien con su madre, así que me acerqué a ella y estreché la mano que la dama me ofrecía. La fragancia floral que la rodeaba me embriagó.

-Yo soy Stella, la madre de Stephen- se presentó la señora. Le dediqué una amable sonrisa y ella pareció complacida.

-Eres la primera amiga que mi hijo trae a casa, no es de muy sociable.

No sabía muy bien qué debía contestar a eso, así que me reservé cualquier palabra. Sólo intenté mantener la actitud afable. Me sentía realmente pequeña al lado de aquella mujer.

-Bien, ¿quieren que les mande traer alguna cosa? ¿Tienen hambre?- ofreció ella con amabilidad.

-No, no....- me apresuré a decir- acabo de llamar para que vengan a recogerme.

-Pero- replicó la señora estupefacta- si acabas de llegar...

-Sí, es que no me siento del todo bien.

-¿Estás enferma? ¿Quieres que..?

-No, gracias, sólo es algo pasajero.

-Ayúdala, hijo- le indicó ella- será mejor que se siente.

Steve se acercó a mí con aire dubitativo, pero mi mirada tolerante le indicó que no había por qué temer. Apenas me tocó para guiarme hasta el asiento, donde me dejé caer pesadamente. No me acomodaba fingir, pero tampoco quería que la madre de él se diera cuenta de la tensión entre nosotros dos.

-Haré que te traigan algo de agua- anunció la madre de Steve saliendo del salón, con paso apurado y postura altiva.

-Tu madre es muy linda- dije en voz baja.

-Gracias.- fue todo lo que dijo Steve. Al rato, llegó una mucama para entregarme un vaso de agua que llevaba en una bandeja de plata. No sé por qué, pero el agua me supo mil veces mejor que la del grifo de la cocina de Richard.

Pronto, también, o por lo menos, antes de lo que esperaba, sentí el ruido de un motor acercándose a la casa. Si el oído no me fallaba, se trataba de el coche color índigo que tan bien conocía. Me puse inmediatamente de pie y me dirigí hacia la salida.

¿Dónde vas? – preguntó Steve, que había permanecido en silencio todo ese tiempo.

-A casa- dije con voz seca. El hombre alto continuaba parado justo donde le había visto la última vez; junto a la percha. Descolgó mi abrigo por segunda vez me ayudó a ponérmelo. Al girarme, pude ver a Steve asomándose por la ventana del salón para ver el coche. Suficiente tenía con eso; no quería que David entrara, ni siquiera que tuviera la oportunidad de llamar a la puerta, o de salir del auto.

-Me puse el sombrero, cogí el paraguas y me adelanté hacia la puerta. El hombre alto la abrió en un solo y fluido movimiento. Seguramente, llevaba años haciendo eso.

El frío viento me azotó la cara y junté las manos para no perder el calor. La puerta del auto aparcado en la curva de la entrada me esperaba entreabierta. La abría del todo y me introduje dentro. No supe cuanto tiempo Steve se quedó mirando, ni si había distinguido o no a David, porque no me digné a mirar atrás.

-¿De quién la casa?- preguntó David con falta de entonación.

-De Steve- musité.

-Ya veo.

-¿Ya no me saludas? – inquirí.

David giró la llave y puso las manos en el volante, con una sonrisa relampageandole en el rostro. Enseguida el auto estuvo en marcha, recorriendo el estrecho pavimento, alejándonos de la casa de Steve.

¿Y qué pasó? – preguntó, curioso.

-Nos peleamos.

-Ah, cierto. Las peleas de la infancia.

Puse los ojos en blanco, y me aseguré que David lo notara.

-Sí, claro- dije con sarcasmo- ¿y cómo es que pudiste escapar de tu absorbente vida de adulto para venir por mí? De seguro interrumpí en una cosa.

David se rió. ¿Es que todo lo que yo hacía o decía le causaba gracia?

-En realidad no estaba tan ocupado. Me había llevado un poco de trabajo a casa y estaba en eso cuando sonó el teléfono.- dijo encogiéndose de hombros.

-Ah, lamento haberte molestado.

-No es una molestia- dijo él, y logró animarme el alma.

-Me siento muy mal. Te he convertido en mi chofer personal.

Ambos reímos, pero él se moderó más, para mantener la concentración en la conducción; ya habíamos salido a la autopista.

-No me importa, ser chofer puede tener su lado bueno.

-¿Ah, sí? ¿Cómo cuál?

-Como decidir el destino, por ejemplo.- dijo él pausadamente.

-¿Qué quieres decir?- miré por la ventana, sólo para darme cuanta de que íbamos en la dirección contraria- ¿dónde vamos?

-A casa- se excusó David- no puedo dejar trabajo inconcluso.

-Espera- dije al vuelo- ¿ a tú casa? ¿ Hablas enserio?

-Sí, ¿por qué no?

-Richard no...

-Nada de eso. Tu amigo nos ha dado la coartada perfecta invitándote a pasar el sábado con él.

-Eres imposible- dije entre risas, de cierta forma, para esconder mi amargura.- te aprovechas de mi falta de independencia a la hora de conducir.

David junto los labios con actitud teatral, y frunció el ceño. Me divirtió mucho la expresión de su rostro.

-Aprovecharse..., -repitió- esa una declaración bastante fuerte. ¿te das cuenta de lo mal que puede llegar a sonar?

-Lo sé, peor sabes que no le doy esa connotación- señalé – además, tengo razón. Siempre estoy dependiendo de ti o de Richard o de un autobús para poder ir de un lugar a otro.

-Jamás has tomado el autobús- me recordó él.

-Cierto..., pero algún día me veré obligada a hacerlo y no quiero.

-¿Y para qué está éste chofer?- exclamó David.

-Pues, de todas formas, me gustaría tener independencia en eso.

-Compra un bici- dijo el al vuelo. Sabía que estaba bromeando.

-Hablo enserio- declaré con voz dura.

-Esta bien, esta bien..., si eso quieres, supongo que podría enseñarte a conducir.- dijo al fin, y mi rostro se iluminó con una sonrisa- pero sólo lo básico. No olvides que en ningún lugar es legal que vayas por ahí conduciendo con tu edad.

-Lo sé, lo sé- dije a regañadientes. Detestaba cuando David sacaba a colación el tema de mi edad, aunque fuera de una manera tan común y cotidiana. De algún modo, eso me recordaba el abismo existente entre él y yo, y me producía una molestia bastante peculiar.


N/A : Agradecería bastante si pudiérais contestar a la encuesta que hay en la parte superior de la página de mi perfil, a la pregunta ¿Qué te parece Penumbra?...

Me harían un gran favor contestando, y tal vez, dejándo algún comentario. Ahora más que nunca necesito conocer vuestra opinión, pues será crucial. Mis saludos!