(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas, la traducción tampoco me pertenece, le pertenece a Traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)
*nota: si están inconformes con que utilice su traducción, favor de avisarme.
Capitulo 35.
No habría velas para estos actos de medianoche, ni cuerno de marfil para señalar el comienzo de esta cacería. Ella se vistió con su túnica más oscura y deslizo un antifaz negro y sencillo en el bolsillo de su abrigo. Todas sus armas, incluso las horquillas, habían sido retiradas de su habitación. Sabía sin comprobar que las puertas y ventanas estaban siendo observadas. Bien.
Esta no era el tipo de cacería que se iniciaba en la puerta principal.
Candy bloqueó la puerta de su habitación y echó un vistazo a Ligera, quien se encogió bajo la cama cuando ella abrió la puerta secreta. El perro seguía gimiendo en voz baja cuando Candy entró en el pasaje.
No necesito luz para llegar hasta la tumba. Ella sabía el camino de memoria ahora, cada paso, cada giro.
Su capa susurró contra los escalones. Ella fue bajando, bajando.
Era la guerra sobre todos ellos. Que temblaran de miedo ante lo que habían despertado.
La luz de la luna se derramó sobre la estancia, iluminando la puerta de la tumba y la pequeña cara de bronce de Mort.
—Siento lo de tu amiga, — dijo con sorprendente dolor cuando ella caminó hacia él.
Ella no respondió. No le importó cómo lo sabía. Solo siguió caminando, a través de la puerta, entrando al sarcófago, hacia al montón de tesoros apilados en la parte posterior.
Dagas, cuchillos de caza... ella tomó todo lo que podía caber en su correa, y en sus botas. También tomó un puñado de oro y joyas y las metió en su bolsillo.
— ¿Qué estás haciendo?— Exigió saber Mort desde el pasillo.
Candy se acercó al estante donde estaba Damaris, la espada de Gavin, el primer rey de Adarlan. El pomo dorado brillaba a la luz de la luna mientras ella jalaba la funda del estante y la ataba a su espalda.
—Es una espada sagrada— dijo Mort entre dientes, como si pudiera ver el interior.
Candy sonrió sombríamente mientras acechaba de vuelta hacia la puerta, poniéndose la capucha sobre la cabeza.
—A donde quiera que vayas, — continuó Mort, — cualquiera que vaya a ser tu plan, tu degradaras la espada sacándola de aquí. ¿No tienes miedo de enojar a los dioses?
Candy se rio en voz baja antes de subir las escaleras, saboreando cada paso, cada movimiento que la hacía acercarse a su presa.
Ella disfrutó de la quemazón en sus brazos mientras tiraba la tapa del la alcantarilla hacia arriba, girando la antigua rueda hasta que estuviera completamente levantada, goteando con la suciedad, el agua bajo el castillo fluía libremente en el pequeño río de afuera. Arrojó un pedazo de piedra rota al río más allá del arco, escuchando si aparecían los guardias. Ni un sonido, ni un roce de armaduras o un susurro de advertencia.
Un asesino había matado a Annie, un asesino con un gusto por lo grotesco y el deseo de notoriedad. Encontrar a Tumba tomaría solo unas pocas preguntas.
Ató la cadena alrededor de la palanca, probando su fuerza, y checo para asegurarse de que Damaris estuviera fuertemente atada a su espalda.
Luego, agarrándose de las piedras del castillo, comenzó a balancearse por la pared, deslizándose hacia un lado. No se molestó en mirar hacia arriba donde estaba el castillo mientras estaba por llegar a la orilla del río, tan solo se dejó caer en el suelo helado. Luego ella se desvaneció en la noche.
Envuelta en la oscuridad, Candy acechaba las calles de Rifthold. No hizo ningún sonido al pasar por callejones sombríos. Sólo un lugar podría proporcionarle las respuestas que quería.
Las aguas residuales y los charcos de excremento yacían debajo de las ventanas de los barrios bajos y sus calles empedradas estaban rotas y deformes después de muchos inviernos duros. Los edificios se apoyaban entre sí, algunos tan destartalados que hasta los ciudadanos más pobres los habían abandonado.
En la mayoría de las calles, las tabernas se desbordaban de borrachos, prostitutas y todos los demás que buscaban un alivio temporal de sus vidas miserables.
No importaba ya cuantos la veían. Nadie la molestaría esa noche.
El cabo se elevaba detrás de ella, su rostro permanecía inexpresivo debajo de su máscara obsidiana mientras se movía por las calles. Las Bóvedas estaban a pocas cuadras de distancia.
Las manos enguantadas de Candy se apretaron. Una vez que ella se enterara en dónde se estaba escondido Tumba, ella le voltearía la piel de adentro hacia fuera. En realidad, algo mucho peor que eso.
Se detuvo frente a una puerta de hierro anodino en una calle tranquila. Sicarios vigilaban fuera, les mostró el brillo de la cuota de entrada en plata antes de que abrieran la puerta para ella. En el laberinto subterráneo, se podía encontrar a los asesinos, los monstruos y los condenados de Adarlan. La suciedad había ido a ese lugar para intercambiar historias y ofertas, y era allí donde cualquier susurro del asesino de Annie se encontraría.
Sin duda, Tumba había recibido una cuota grande por sus servicios, y se podría contar con que, por ahora él estuviera gastando imprudentemente su dinero de sangre, eso no pasaría desapercibido. No había dejado Rifthold, oh no. Quería que la gente supiera que él había matado a la princesa; él quería escucharse a sí mismo como el nuevo Asesino de Adarlan. También quería que Candy lo supiera.
Mientras caminaba por las escaleras en Las Bóvedas, el olor a cerveza y cuerpos sin lavar la golpearon como una piedra a la cara. No había estado en ese tipo de lugares tan horribles durante mucho tiempo.
La cámara principal estaba estratégicamente iluminada: había una lámpara colgada en el centro de la habitación, pero había poca luz que se encontraba a lo largo de las paredes para aquellos que buscaban no ser vistos. Toda risa se detuvo cuando ella se acercó entre las mesas. Ojos enrojecidos la siguieron cada paso.
Ella no conocía la identidad del nuevo señor del crimen que gobernaba la cuidad, no le importaba. Sus negocios no eran con él, no esta noche. No se permitió mirar las muchas arenas de combate que ocupaban el extremo lejano de la Cámara, las arenas donde aún se reunían multitudes, animando a quienes luchaban con puños y carne adentro.
Ella había estado en Las Bóvedas antes, muchas veces en los últimos días antes de su captura. Ahora que Ioan Jayne y Rourke Farran estaban muertos, el lugar parecía haber pasado a un nuevo propietario, sin perder nada de su depravación.
Candy caminó hasta el tabernero. Él no la reconoció, pero ella tampoco esperaba que lo hiciera, no cuando ella había sido tan cuidadosa en ocultar su identidad durante todos esos años.
El tabernero ya estaba pálido y su pelo ralo se había vuelto aún más escaso en el último año y medio. Trató de mirar por debajo de la capucha cuando ella se detuvo en el bar, pero la máscara y capucha mantuvieron sus rasgos ocultos.
— ¿Bebe algo? — le preguntó, secándose el sudor de la frente. Todo el mundo en el bar todavía estaba observando, ya sea discreta o abiertamente.
—No, — dijo ella, con la voz contorsionada y muy por debajo de la máscara.
El tabernero se aferró al borde de la encimera.
—Tú-tú estás de vuelta. — dijo en voz baja, a medida que las cabezas se volvieron. —Escapaste.
Así que él la había reconocido, entonces. Se preguntó si los nuevos propietarios mantenían aun un resentimiento por el asesinato de Ioan Jayne, y cuantos cuerpos tendría que dejar a su paso si ellos decidían iniciar una pelea en ese lugar, en ese mismo momento. Lo que planeo hacer esta noche, ya había roto suficientes reglas, había cruzado demasiadas líneas.
Se apoyó en la barra, cruzando un tobillo sobre el otro. El tabernero se secó la frente de nuevo y le sirvió una copa de coñac. —Corre por la casa, —dijo, deslizándola hacia ella.
Ella lo cogió con la mano, pero no bebió. Él se humedeció los labios y luego preguntó: — ¿Cómo-cómo pudiste escapar?
La gente se echó hacia atrás en su sillas, tratando de escuchar. Que se propagaran los rumores. Dejaría que dudaran antes de cruzarse en su camino. Esperaba que Arobynn también escuchara. Esperaba que él escuchara y se quedara bien lejos de ella.
— Pronto lo descubrirás, — dijo ella. — Pero ahora necesito de ti.
Sus cejas se levantaron. — ¿De mi?
—He venido a preguntar por un hombre. — Su voz era áspera y hueca. —Un hombre que recientemente obtuvo una gran suma de oro. Por el asesinato de la princesa Eyllwe. Él se hace llamar Tumba. Necesito saber dónde está.
—Yo no sé nada. — El rostro del tabernero se puso aún más pálido.
Metió la mano en el bolsillo y sacó un puñado de relucientes joyas antiguas y oro. Todos los ojos los observaban ahora.
—Permíteme repetir mi pregunta, tabernero.
El asesino que se hacía llamar Tumba corrió.
No sabía por cuánto tiempo lo había estado cazando. Había pasado más de una semana desde que había asesinado a la princesa, una semana y nadie había mirado donde él se encontraba. Pensó que se había salido con la suya, incluso había empezado a preguntarse si debió ser más creativo con el cuerpo, si debería haber dejado algún tipo de tarjeta personal. Pero todo eso cambió esta noche.
Había estado bebiendo en el mostrador de su taberna favorita cuando de pronto la sala completa se quedó callada. Él giró la cabeza para ver la puerta cuando ella gritó su nombre, pareciendo más un espectro que humana.
Su nombre ni siquiera había terminado de hacer eco en la sala cuando él se echó a correr, escapando por la puerta de atrás y en el callejón. No podía oír los pasos, pero sabía que estaba detrás de él, fusionándose dentro de las sombras y la niebla.
Tomó callejones y calles laterales, saltando por encima de las paredes, zigzagueando a través de los barrios bajos. Cualquier cosa para confundirla, para cansarla. Tomaría su posición final en una calle tranquila. Allí, él sacaría las cuchillas atadas a su piel y la haría pagar por como lo había humillado en la competencia. La forma en que se había burlado de él, la forma en que le había roto la nariz y le había lanzado un pañuelo sobre su pecho.
Altiva, perra estúpida.
Se tambaleó cuando dobló una esquina, con la respiración entrecortada y tosca.
Sólo tenía tres dagas escondidas. Sin embargo, haría que contaran. Cuando ella apareció en la taberna, había tomado nota de inmediato sobre la espada que cernía sobre uno de sus hombros y el surtido de brillantes cuchillas de aspecto malvado atadas a sus caderas.
Pero el podía hacer que ella pagara, incluso si sólo tenía tres dagas.
Tumba estaba a medio camino por el callejón de adoquines cuando se dio cuenta que era un callejón sin salida, con la pared demasiado alta como para poder escalar. Allí, entonces. Allí, ella tendría de pedir clemencia antes de que él la cortara en pequeños, pequeños pedacitos. Sacando una de sus dagas, él sonrió dándose la vuelta ante la calle abierta detrás de él.
Una bruma azul flotaba cerca, y una rata corrió a través del estrecho pasaje.
No había ruido, sólo los sonidos distantes de las fiestas. Tal vez la había perdido. Esos tontos de la realeza habían cometido el mayor error de sus vidas cuando la coronaron como su campeona. Su cliente había dicho lo mismo cuando había contratado a Tumba.
Tumba esperó un momento, sin dejar de mirar la entrada de la calle, y luego dejó de respirar, sorprendió al descubrir que estaba un poco decepcionado.
En realidad, la Campeona del Rey no había sido difícil de perder en absoluto.
Y ahora él iría a su casa, y recibiría otra oferta de trabajo en cuestión de días. Y luego otra. Y otra. Su cliente le había prometido que las ofertas llegarían. Arobynn Hamel maldeciría el día en que rechazó a Tumba del Gremio de los Asesinos por ser demasiado cruel con sus presas.
Tumba rió entre dientes, mientras hacía girar la daga entre sus manos. Entonces ella apareció.
Ella vino a través de la niebla, no más que una astilla en la oscuridad. Ella no corrió, ella simplemente camino con esa arrogancia insufrible. Tumba inspeccionó los edificios que los rodeaban. La piedra era demasiado resbaladiza y no había ventanas.
Un paso a la vez, ella se acercó. El de verdad, de verdad disfrutaría haciéndola sufrir tanto como la princesa había sufrido.
Sonriendo, Tumba se retiró hasta el final del callejón, sólo paró cuando su espalda chocó contra la pared de piedra. En un espacio más estrecho donde el podría dominarla. Y en esta calle olvidada, él podría tomarse su propio tiempo delicioso para hacer lo que quería.
Ella todavía se acercó más, la espada que estaba en su espalda silbó cuando ella la sacó. La luz de la luna se reflejaba en la larga hoja. Probablemente, un regalo de su amante principito.
Tumba sacó la segunda daga de su bota. Esta no era una competencia ridícula dirigida por la nobleza. Allí, ninguna regla se aplicaba.
Ella no dijo nada cuando se acercó. Y Tumba no le dijo nada mientras se lanzaba hacia ella, con ambas cuchillas sobre la cabeza de ella.
Ella se hizo a un lado, lo esquivo con una enloquecedora facilidad. Tumba arremetió de nuevo. Pero, más rápido de lo que él podía seguirla, ella se agachó y cortó con la espada a través de sus espinillas.
Cayó al suelo húmedo antes de sentir el dolor. Entonces el mundo brilló negro y gris y rojo, y la agonía lo desgarró. Aún le quedaba una daga en la mano, él se escabulló hacia atrás, hacia la pared. Sus piernas no le respondían, y sus brazos estaban tensos, mientras lo trataban de sacar de la húmeda suciedad.
—Perra, —dijo entre dientes. —Perra —. Él golpeó la pared, había sangre que brotaba de sus piernas. El hueso había sido cortado. Ya no sería capaz de caminar. Sin embargo, aún podía encontrar la manera de hacerle pagar.
Ella se detuvo a unos metros de distancia y envainó la espada. Sacó una daga larga y enjoyada.
La maldijo, con las palabras más sucias que se le ocurrieron.
Ella se echó a reír, y más rápido que una cobra, ella tenía uno de sus brazos contra la pared, con la daga reluciente.
El dolor atravesó su muñeca derecha, y luego la izquierda, también, ya que, esta también esta se estrelló contra la piedra. Tumba gritó, verdaderamente gritó, cuando encontró sus brazos clavados a la pared con dos puñales.
Su sangre era casi negra bajo la luna. Se retorció, maldiciéndola una y otra vez. Él se desangraría hasta la muerte a menos que arrancara sus brazos de la pared.
Con un silencio de otro mundo, ella se agachó delante de él y le levantó la barbilla con la otra daga. Tumba jadeó mientras ella acercaba la cara a la suya. No había nada debajo de la capucha, nada de este mundo.
Ella no tenía rostro.
— ¿Quién te contrató?— Preguntó ella, con la voz como la grava.
— ¿Para qué? — preguntó, casi sollozando. Tal vez podría fingir inocencia. Él podría salir de esta, convencer a esa puta arrogante que no tenía nada que ver con eso...
Acercó la daga, presionándola contra su cuello. —Para matar a la princesa Annie.
—N -n- nadie. No sé lo que estás hablando.
Y entonces, sin siquiera tomar una bocanada de aire, enterró una segunda daga que él ni siquiera se había dado cuenta que tenía, en su muslo. Tan profundo que sintió el retumbo al chocar contra el pavimento que estaba debajo suyo. Su grito se rompió fuera de él, y Tumba se retorció, haciendo que sus muñecas se enterraran aun más en las dagas.
— ¿Quién te contrató?—Preguntó de nuevo. Tranquilamente, tan tranquilamente.
— Oro, —gimió Grave. —Tengo oro.
Sacó otra daga y la enterró en el otro muslo, atravesándolo de nuevo hasta llegar a la piedra. Tumba, chilló, gritó a los dioses que no lo salvaban. — ¿Quién lo contrató?
— ¡No sé de qué estás hablando!
Después de un instante, ella retiró los puñales de sus muslos. Casi se ensucia a sí mismo por el dolor y el alivio.
—Gracias, —lloró, incluso al pensar en cómo iba a castigarla.
Ella se sentó sobre los talones y lo miró fijamente. —Gracias.
Pero entonces ella sacó otra daga, con el borde dentado y brillante, que flotaba muy acerca de su mano.
—Elige un dedo, —dijo. Se estremeció y sacudió la cabeza. —Elige un dedo.
—P-por favor. — Un calor húmedo llenó la parte trasera de sus pantalones.
—Pulgar entonces.
—N-no. ¡Yo... yo voy a contártelo todo! —Aún así, ella atrajo la cuchilla más cerca, hasta que se detuvo frente a la base de su pulgar. — ¡No lo hagas! ¡Te voy a decir todo!
Continuara…
Laura GrandChester: Hola! Ya somos 2, también necesito terapia… xD lo bueno que va a hacer justicia.
irene: nos faltan 25 capítulos, en total son 56 al igual que en Trono de Cristal
GINAA: muchas gracias por leer, espero que sea de tu agrado.
También, un saludo para aquellas que leen anónimamente.
Quería decirles, no había tenido oportunidad, pero en otoño va a salir el 3cer libro que tiene por nombre Heredera de Fuego, aunque estoy muy emocionada pasaran siglos para que lo traduzcan.
Saludos…
